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Rebeca Gerschmann Medica Argentina Teoria de los Radicales Libres

Científica Rebeca Gerschmann
Teoría de los Radicales Libres 

Científica Rebeca GerschmannDiscípula del doctor Bernardo Houssay, Rebeca Gerschman fue una de las personalidades científicas argentinas que alcanzó mayor prestigio en el campo de la fisiología humana.

Rebeca Gerschman nace en 1903 en le seno de una familia rica de Carlos Casares, Argentina; lo que le da libertad de estudiar en la universidad de Buenos Aires, su dedicación le lleva a graduarse como farmacéutica y bioquímica.

Al cumplir 27 años trabaja en el Instituto de Houssay. Donde se doctora en 1939 con una tesis sobre el potasio plasmático, que daría lugar al método Gerschman-Marenzi, constituyó en su momento una técnica de vanguardia para el estudio de las variaciones de concentración de potasio sanguíneo en distintas condiciones fisiopatológicas.

Su tesis doctoral de 1939 sobre el potasio plasmático, daría lugar al método Gerschman-Marenzi, que constituyó en su momento una técnica de vanguardia para el estudio de las variaciones de concentración de potasio sanguíneo en distintas condiciones fisiopatológicas.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, la doctora Gerschman se especializó en Rochester (Nueva York) y comenzó a trabajar en el estudio del efecto fisiológico de los gases respiratorios. Su trabajo sobre la toxicidad del oxígeno, realizado en 1954 y publicado en la revista Science, constituyó una hipótesis revolucionaria.

La teoría de Gerschman, como se la denominó, acerca de la implicancia de los radicales libres de oxígeno-moléculas que oxidan y dañaban los tejidos en la patogénesis de ciertas enfermedades y en los procesos de envejecimiento, conmovió a la comunidad científica debido a que se oponía a las concepciones ortodoxas del momento.

En 1969, la hipótesis de Rebeca Gerschman fue confirmada por McCord y Fridovich, al descubrir una enzima superóxido-dismutasa y los científicos debieron abandonar sus reticencias hacia la teoría de los radicales libres de oxígeno para considerarla un aporte fuNdamental para la biología y la medicina modernas.

Específicamente, el trabajo de Gerschman abrió camino al reconocimiento de las situaciones y las condiciones en las cuales los antioxidantes y los prooxidantes ejercen acciones sobre el cuerpo humano, y podríamos decir que se le debe este nuevo culto de los alimentos, medicinas y tratamientos antioxidantes para detener el envejecimiento de las células, para mantener la salud humana.

El trabajo pionero de Rebeca Gerschman en el estudio de los radicales libres de oxigeno fue reconocido a nivel internacional y su nombre circulé entre los candidatos para el Premio Nobel de Fisiología y Medicina durante la década de 1980.

Fue también una docente admirable, desde su cátedra de Fisiología en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires. Con un concepto renovado de la enseñanza, impulsé una nueva dinámica de la docencia, al invitar a sus clases a personalidades destacadas de la fisiología.

También rescató el uso del cine científico como método audiovisual de aprendizaje. Luchó por los derechos de la mujer en el campo científico. Murió en 1986.

¿Que son los antioxidantes? Cuando respiramos, el oxígeno genera cierta cantidad de partículas oxidantes denominadas radicales libres, que son responsables del envejecimiento celular. Además, estamos expuestos a tóxicos del medio ambiente (tabaco, polución y pesticidas) que tornan nuestras defensas naturales insuficientes y pueden dañar nuestras células e inclusive alterar el material genético. Los antioxidantes juegan un rol protector frente a estos radicales libres, al contrarrestar su acción y frenar de alguna manera este proceso.

Por eso es importante aumentar nuestras reservas incorporándolos a nuestra dieta. Pero ¿cómo? Se encuentran en alimentos con pro-Vitamina A o betacaroteno, como frutas y verduras de color naranja/amarillo: mandarina, naranja, limón, zapallo, zanahoria, calabaza.

También podemos consumirlos en alimentos ricos en Vitamina E, como la palta, las semillas y aceites de girasol, soja, y los frutos secos. Una alimentación que incluya consumir 5 frutas y verduras al día, de variados colores, nos aportan todos los antioxidantes que nuestro cuerpo necesita. De esta manera, favorecemos el cuidado integral de nuestro organismo.

Fuente: lnfobae.com – Dra. Paola Harwicz.

Los Primeros Oficios en Argentina Pioneros en el Trabajo

Los Primeros Oficios en Argentina
Pioneros en el Trabajo Argentino

1-Primer Pregonero
2-Primer Verdugo
3-Primer Maestro
4-Primer Abogado
5-Prime Actor
6-Primer Periodista
7-Primer Fotógrafo y muchos mas!

El primer pregonero

La primera noticia sobre el pregonero de la ciudad, después de Garay, se registró en el acta acuerdo del Cabildo del 9 de julio de 1590: allí se habló de la necesidad de contar con alguien que diera a conocer a los vecinos las novedades de interés común y las disposiciones del gobierno. Lo curioso es que, en el caso de los comunicados oficiales, el pregonero no recibía remuneración alguna: «debíase pregonar sin pago —aclara el acta— cuando se tratare de asuntos de interés para este Puerto».

Años después se da cuenta de lentas y generalmente infructuosas gestiones del pregonero para tratar de cobrar algún salario hasta que finalmente el Cabildo unificó el trabajo de pregonero con el de verdugo, y este último sí recibía una paga. La «carga pública » del pregonero recayó por primera vez en Juan Aba, un indio que no sabía leer. Si bien el Cabildo no especificaba la capacidad de leer y escribir en su concurso por el cargo, es obvio que el pregonero, condenado a repetir, debía valerse de la lectura para poder memorizar.Juan Aba, entonces, sólo se dedicó a repetir en voz alta los dichos del escribano del Cabildo u otro funcionario que leyera a su lado los documentos para dar a publicidad.

El primer verdugo

El primer verdugo de Buenos Aires fue Diego Rivera o de Rivera, a la vez pregonero y tambor. Rivera vivía tapado de trabajo: al no existir la cárcel como elemento pretendidamente rehabilitador, eran muy pocas las detenciones que se llevaban a cabo; en general se preferían castigos «ejemplificadores» que iban desde cortar la cabeza a piernas o manos, o el linchamiento. Los castigados eran expuestos durante varios días en la Plaza Mayor, a la vista del público.

En el Cabildo del 13 de febrero de 1607 se colocó a la vista del público el «Arancel de los derechos de los jueces y escribanos, en una tabla, para que a todos conste». Según aquel arancel, los derechos de los verdugos eran los siguientes: por ejecutar una sentencia de tormento, un peso y medio ; por cualquier sentencia que no fuera de muerte,  dos pesos y medio; por la condena a muerte, dos pesos y medio más con la ropa del delincuente. Como pregoneros les correspondía: en el pregón por las cosas perdidas, un peso; por el voceo de una rebeldía, seis reales; por el remate de bienes, seis reales; por salir con los delincuentes pregonando su delito y sentencia, un peso y medio.

El primer maestro

No sólo las actas de fundación de la ciudad se han perdido, también las del Cabildo desde la fundación hasta 1588 y las de 1591 hasta 1605; este hecho hizo que se pensara, durante muchos años, que el primer maestro en Buenos Aires fue Francisco de Vitoria, sobre la base de un acta del Cabildo del 19 de agosto de 1605. Sin embargo, la enseñanza primaria debió iniciarse hacia 1591. Ya en ese año, la profesión de maestro no era respetada. No se consideraba un oficio, sino «la labor de quien no tiene otra cosa que hacer».

En 1642, el maestro Diego Rodríguez se propuso ante el Cabildo «porque era pobre y sin oficio». Francisco de Vitoria dijo en su solicitud de agosto que ofrecía sus servicios por no haber en la ciudad quien lo hiciera, «y por ser cosa muy conveniente el servicio de leer, escribir y contar, por hallarme al presente desocupado». De Vitoria, al ser aprobada su solicitud, pidió un adelanto de sueldo: un peso «por los de leer y dos por los de escribir y contar». Se ignora si el Cabildo cumplió lo pactado.

El primer sastre

En 1605, la ciudad contaba con un sastre, un maestro de primeras letras y un médico. El sastre tuvo un mal comienzo: en el acuerdo del Cabildo del 24 de enero se registró una petición del sastre Sebastián de la Vega en la que pidió que no se le aplicara la pena impuesta por habérsele hallado una  regla falsa; la regla de medir usada por Vega no alcanzaba la longitud de la vara, de modo que al medir la tela de los clientes se quedaba con una parte. Los cabildantes rechazaron el pedido y ejecutaron la condena.

Los primeros abogados

El primer desembarco leguleyo en Buenos Aires no rué aislado: intentó instalarse un bufete completo, que tropezó con la oposición del Cabildo. El 22 de octubre de 1613, bajo el gobierno de Mateo Leal de Ayala, decidió aplicar una ordenanza del virrey Francisco de Toledo que no dejaba lugar a equívoco alguno: mandaba que «en los asientos de minas, fronteras y nuevas poblaciones no haya abogados».

Aquel Cabildo sesionó completo, incluyendo al capitán de Ayala, gobernador interino, el capitán Simón de Valdez, tesorero, Bernardo de León, depositario general y todos los alcaldes y regidores.

«De lugares distintos cada uno de ellos —se informó— pero se han concertado los tres de venir este verano a este puerto con ánimo de que haya pleitos para ganar plata con que volverse o asistir en él.» El regidor Miguel del Corro aseguró que «era público y notorio» que «tres atrevidos abogados» llegarían en poco tiempo y «con su asistencia no faltan pleitos, marañas, trampas y otras disensiones que resultarán, para los pobres moradores, en inquietudes, gastos y pérdidas de hacienda». Del Corro terminó su exposición solicitando que «los dichos tres letrados, ni ninguno de ellos, no se admitan ni reciban en esta ciudad. Propongo que se les dé aviso de ello enviándoles al camino orden para que no entren en ella si no fuera trayendo particulares licencias de Su Majestad y Real Audiencia».

Los primeros contrabandistas

La preocupación del tesorero Valdez, como se verá, era eliminar a cualquier testigo molesto y peor aún, conocedor de la ley: su anhelo, como el de sus predecesores en el cargo, era entrar en gran escala mercaderías y esclavos negros de contrabando con destino al Alto Perú. Junto al teniente de gobernador Juan de Vergara y al capitán Diego de Vega, representante de comerciantes portugueses, organizaron el «contrabando legal» gracias a las maniobras de «arribadas forzosas» de barcos, debido a tormentas o vientos contrarios.

Valdez era, en verdad, un botón de muestra. En la primera mitad del siglo XVII Buenos Aires fue un centro de contrabandistas que formaron un poder dentro del poder del Estado, con vínculos y representantes establecidos en Brasil, Portugal, Angola, Holanda y otros puertos de esclavos.
Frente al contrabando, ningún gobernador era fuerte: cuando Hernandarias no quiso transigir con aquel ambiente fue perseguido, acusado de crímenes que no cometió y condenado por jueces afines a los contrabandistas.

No se trataba de corromper a los que ya estaban, sino de contar con «tropa propia»: adquirían en «subasta pública» los cargos de concejales que eran puestos a remate, paliando así con (acuidad la mayoría en el Cabildo.

La venta de cargos públicos —incluyendo gobernadores, grados militares, municipales, etc.— se hacía por remate o como «donativo gracioso» al rey. Esta «costumbre» comenzó bajo el reinado de Felipe II. Manuel de Velazco y Tezada, por ejemplo, adquirió su empleo de gobernador y capitán general de Buenos Aires en la suma de tres mil doblones como «donativo gracioso».
Las telas eran el principal rubro del contrabando, pero muchas otras mercaderías formaban parte de los cargamentos, recibiendo todas en conjunto el nombre de «géneros» en el habla coloquial de la época.

En la confiscación de la fragata Arbela, en 1719, las autoridades porteñas encontraron armas, telas, cerveza, aguardiente, brea, pólvora, marfil, cera, lienzos de algodón, loza de la China, arroz, cuchillos, espejos, tabaco, prendas de vestir, etc.

Un cargamento sorprendido en las lanchas del navío Wootle, en 1727, arrojó en el inventario: cuchillos, cucharas, limpiadientes, anteojos de larga vista, peinetas de asta, marfil, tijeras, navajas, tornillos, bastones de metal y de vidrio, cajitas de polvillo, medias de hombre y de mujer, medias de seda, vasos, saleros, sombreros finos, encajes, zapatos, chinelas, pañuelos de seda, hojalata para faroles, relojes de plata, hachas y todo tipo de baratijas.

El mito de la riqueza del Plata había encontrado su propia forma: según una crónica de viaje del siglo XVII firmada por Acárete du Biscay, comerciante holandés, había en Buenos Aires «unos cuatrocientos vecinos blancos y otros dos mil», muchos de ellos «muy ricos en dinero». En 1658 escribió que los vecinos «se hacían servir en vajillas de plata por un gran número de sirvientes indígenas, negros, esclavos y mestizos».

El primer casino

Fue nuestro ya conocido capitán Simón de Valdez, tesorero de la Real Hacienda, el primero en instalar una casa de juegos en Buenos Aires, en la esquina sudeste que forman las actuales calles Alsina y Bolívar. Tenía tejas y ladrillos —como pocas casas de la ciudad—, puertas ventanas labradas en Brasil y un lujo inusual para este puerto; allí se daban cita oficiales reales, funcionarios, traficantes de esclavos y contrabandistas. Valdez fue denunciado y encarcelado por Hernandarias, aunque su mala fortuna duró poco: en 1616 volvió al cargo de tesorero y fundó otra «casa de truques» con mayor osadía: alquiló un local anexo al Cabildo.

Los primeros boqueteros

La proximidad a los edificios oficiales determinó también la aparición de los primeros «boqueteros» del Plata. Alberto Rivas rescata la anécdota del primer robo de verdadera importancia en la Colonia, en 1631: desde un edificio vecino se construyó por la noche un boquete hasta «la Contaduría y Tribunal de los Jueces Oficiales de Vuestra Majestad, donde está su Real Caja, y quemado la tapa de ella y robado nueve mil cuatrocientos y tantos pesos de a ocho reales».

La cifra era inaudita, y también el sitio, lo que acortó rápidamente la lista de sospechosos: todos señalaron a Pedro Cajal, un funcionario que había desaparecido ese mismo día. Cajal y Juan Puma, su esclavo, fueron arrestados de inmediato, y el dinero se encontró enterrado en el fondo de su quinta. A la hora de discutir la pena, se planteó que ambos debían morir en la horca pero Cajal, «por tratarse de un hijodalgo», no podía ser ahorcado; sólo podía cortársele la cabeza. Y así fue.

EL PRIMER FABRICANTE DE BOTONES: Fue Agustín Raimondi, nacido en Milán en 1850 y llegado a nuestras tierras a los veinte años. Advirtió que en materia de algo tan simple pero tan elemental como los botones, la Argentina dependía de los caprichos de los importadores. Instaló entonces, en 1885, la primera fábrica. Tres años más tarde, en la Exposición General de Entre Ríos, obtuvo una medalla al mérito industrial. En 1889, durante la Exposición Universal de París, obtiene otra importante distinción. Sin duda, no había trabajado al divino botón.

EL PRIMER GRAN INCENDIO: Ocurrió en Buenos Aires el martes de carnaval de 1832. En el llamado Hueco de las Ánimas (actualmente la esquina de Reconquista y Rivadavia) se había inaugurado no hacía mucho el teatro Gran Coliseo. Por causas desconocidas se inició un fuego que arrasó por completo con las instalaciones. Se necesitaba mucha agua para apagar tanto fuego. Pero no había. Fue un desastre.

EL PRIMER ACTOR ARGENTINO: Juan Aurelio Casacuberta, nacido en 1798 en Buenos Aires. En 1818, con veinte años, debuta en teatro. Respetado en lo suyo, debe huir del país por haber participado de una revuelta en contra de Rosas. En Chile, muere al finalizar una representación, a sus cincuenta y un años.

EL PRIMER TRASPLANTE DE CORAZÓN

Se llevó a cabo en la madrugada del 31 de mayo de 1968, en la Clínica Modelo de Lanús, provincia de Buenos Aires. Un equipo médico comandado por el doctor Miguel Bellizi produjo el hecho. El donante, muerto hacía tal vez solo una hora, fue Emilio Tomasetti, de cuarenta y seis años, quien había sucumbido por una embolia cerebral. El receptor fue Antonio Enrique Serrano, de cincuenta y cuatro años. Era aquel el trasplante de corazón número 20 que se realizaba en todo el mundo. La operación duró 2 horas y 35 minutos.

Al principio resultó, pero Serrano moriría cuatro días más tarde al haberse complicado el cuadro médico. Sin esa operación, el paciente hubiera muerto indefectiblemente en un corto lapso. Bellizi como cirujano, Tomasetti como donante y Serrano como receptor, pasaron a la historia como los primeros argentinos protagonistas de un trasplante de corazón. El doctor Bellizi tenía cuarenta y dos años cuando realizó aquella histórica operación. Le gustaba pintar, había estudiado con Dentón Cooley en los Estados Unidos y le peleaba a la muerte. Una segunda paciente también murió y fue acusado ante la Justicia por un abogado que le endilgó el cargo de homicidio culposo.

Fue absuelto, por supuesto, pero no quiso volver a probar. Murió en 1991, con cierta amargura. Su sucesor natural fue Rene Favaloro, quien también murió decepcionado y con cierta amargura. Ambos tenían razón: hay en el país alrededor de 250 trasplantados y en el mundo ya superan los 50.000. Y viven. Sin la operación no sería así.

EL PRIMER PERIODISTA PAGO

Fue Pedro José Agrelo, vinculado a la Revolución de Mayo y amigo personal del director de nuestro primer periódico, Mariano Moreno. Agrelo fue redactor de La Gaceta de Buenos Aires, iniciando su labor el 23 de marzo de 1811, lo que lo marcaba como el primer periodista pago. Ganaba 1.200 pesos por mes.

LA PRIMERA COMPAÑÍA TELEFÓNICA

Fueron dos y prácticamente simultáneas: la Pantelefónica Gower Bell y la Unión Telefónica del Río de la Plata. Ambas nacieron en 1880. La primera comunicación telefónica entre dos ciudades de nuestro país se llevó a cabo entre Buenos Aires y Ea Plata seis años más tarde, el 1° de marzo de 1886. Las autoridades de la compañía llamaron desde la Capital y, curiosamente, consiguieron de inmediato.

PRIMERA ACTRIZ ARGENTINA QUE PERSONIFICÓ A EVITA

Flavia Palmiero, en 1984 y cuando ella tenía diecisiete años, en la película Evita (Quien quiera oír que oiga), dirigida por Eduardo Mignogna.

LA PRIMERA PELÍCULA ARGENTINA: Se exhibió en 1897, a un año y medio de la primera exhibición mundial de la historia llevada a cabo por los hermanos Eumiére el 28 de diciembre de 1895 en París, Francia. Se llamó La bandera argentina y se trataba de un corto sobre nuestra enseña patria, obviamente. Si con ese título hubiera tratado sobre la vida de los insectos en Nigeria, sería una verdadera curiosidad. Su director fue el belga Eugenio Py, operador de la pionera Casa Eepage de fotografía, que quedaba en Bolívar 375 de la Capital.

El primer documento fílmico de nuestro país, por otra parte, fue descubierto sin querer sólo en 1970. Por entonces se estaba realizando un inventario y clasificación del archivo del Hospital de Clínicas para proceder a su inminente traslado. Fue entonces que el doctor Florentino Sanguinetti, encargado de esa tarea, descubrió varios rollos de película en los que se documentaban diferentes operaciones. Uno de ellos mostraba al doctor Alejandro Posadas, uno de los grandes de la medicina argentina, operando un quiste de pulmón.

El doctor Posadas murió en 1902 en París, donde residía desde hacía ya un tiempo. Se estima que la filmación de aquella intervención quirúrgica data de 1899, lo que la transforma en el primer documental del cine nacional.

LA PRIMERA FUNCIÓN DE CINE: Seis meses y veintiún días después de la primera exhibición de cine en la historia del mundo, protagonizada por los hermanos Lumiére en el Salón Indien del Grand Café de París, se producía en la Argentina la que sería su primera función de cine. Fue el 18 de julio de 1896 y el lugar elegido fue el Teatro Odeón. Asistieron, entre otros, Julio A. Roca y Bartolomé Mitre. Se proyectaron los mismos filmes que se habían visto en París. Al principio hubo ciertas escenas de pánico durante la proyección de Llegada del tren a la estación de la Ciotat, ya que muchos espectadores creyeron que la locomotora saldría de la pantalla atropellando a la platea. Pero nadie nos llamó «sudacas» ni analfabetos. En París había ocurrido lo mismo.

LA PRIMERA MUJER GOBERNADORA

El 24 de junio de 2007 se llevaron a cabo las elecciones para gobernador de la provincia de Tierra del Fuego y ganó Fabiana Ríos. En otras ocasiones hubo mujeres que fueron electas como vicegobernadoras, acompañando al candidato principal, pero aquí Fabiana fue la que ganó por el 52 % de los votos el cargo más alto de la provincia, por primera vez en la historia argentina.

Fabiana Ríos ya tenía otro récord: es la primera diputada nacional cuya ocupación es la de farmacéutica. Pertenece al ARI, partido liderado por otra mujer, Elisa Garrió. Con cuarenta y tres años, casada con un concejal también recién electo y madre de dos hijos, nació en Rosario, pero hace veinte años que vive en la provincia más austral del planeta y que ahora está en sus democráticas manos.

LA PRIMERA NOTICIA FILMADA EN LA ARGENTINA: Fue el 25 de octubre de 1900. Se documentó en cine la visita de Manuel Ferraz de Campos Salles, presidente de Brasil. Su colega argentino y anfitrión era Julio Argentino Roca.

EL PRIMER LUGAR PORTEÑO EN EL QUE FLAMEÓ UNA BANDERA ARGENTINA: El 23 de agosto de 1812, exactamente 177 días después de que Manuel Belgrano la creara, en la Iglesia de San Nicolás de Bari, que en ese tiempo estaba en el sitio exacto donde hoy se erige el obelisco.

EL PRIMERO QUE LLEGÓ AL POLO SUR: El coronel Jorge Leal fue el comandante de la primera expedición argentina que llega al Polo Sur. Leal nació en Salta, muy lejos de allí, pero en ese momento era el jefe de la Base Antártica General Belgrano. De allí parte la expedición el 26 de octubre de 1965, llegando al Polo el 10 de diciembre a las 9 horas y 25 minutos, con una temperatura de 74° bajo cero.

Había nacido un héroe contemporáneo. El coronel Leal y su gente habían llegado allí durante una larga travesía terrestre y deja como agradecimiento y para sentar presencia una imagen de la Virgen del Milagro, una advocación salteña como él, y otra de la Virgen del Valle. Habían recorrido mil cien kilómetros por tierra o, mejor dicho, por hielos, a lo largo de 45 días. Tenían motivos sobrados para el agradecimiento. Y no fue por deporte, sino para refirmar la soberanía.

EL PRIMER CASO DE UN CORAZÓN EN EL COSTADO DERECHO: Se comprueba en 1896 y quien lo hizo fue el doctor Faustino Juan Trongé, que por aquellas épocas, oficiaba de practicante en la Penitenciaría Nacional. Precisamente un interno de aquel instituto, un preso, era el que había nacido con el corazón en su costado derecho, lo cual no le había creado (ni le creó nunca) ningún tipo de complicación. No quedó registrado su nombre.

EL PRIMER FOTÓGRAFO: El 22 de junio de 1843, La Gaceta Mercantil anunciaba que había llegado al país quien sería el primer fotógrafo afincado en estas tierras, un hombre de apellido Elliot, de origen estadounidense, que operaba con su máquina de daguerrotipo en la Recova Nueva, frente a la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo) en los altos de una casa ubicada en el número 56. En cuanto a la fotografía en papel, el primero en utilizarla fue Juan Camaña el 14 de noviembre de 1853. Camaña tenía su estudio en Chacabuco 76 y allí retrataba a quien pagara por eso, y daba clases a quienes lo requirieran.

EL PRIMER ARGENTINO QUE LLEGÓ A LA CIMA DEL EVEREST: El Everest es la montaña más alta del planeta Tierra, tiene 8.848 metros de altura. Muchos se le enfrentaron pero pocos llegaron a vencerla. El 11 de mayo de 1995 lo logró un argentino por primera vez. Tomás Heinrich, un ingeniero agrónomo que por entonces tenía treinta y tres años y un amor enorme por el andinismo. Volvió a intentar la hazaña tres años más tarde, pero debió abandonar a solo sesenta metros de la cúspide.

EL PRIMER PAPEL: Esto que ustedes tienen en las manos, el papel, es algo mucho más complejo de lo que algunos pueden imaginar. Sin embargo, aquí se consiguió de manera temprana. El primer pliego de papel industrialmente fabricado en nuestro país salió de las máquinas de la fábrica Primitiva, el 13 de enero de 1877 a las 18 horas y 11 minutos. A lo largo de la historia hubo, antes y después, grandes papeles, es decir papelones, pero eso estuvo por lo general a cargo de gente del mundo del espectáculo y de la política, como veremos más adelante.

EL PRIMER ARGENTINO CAMPEÓN MUNDIAL DE BOXEO: Pascual Pérez, el 26 de noviembre de 1954, en Tokio, le ganó el título mundial en la categoría de peso mosca a Yoshio Shirai, por puntos y a quince rounds.

EL PRIMER JEFE DE POLICÍA: Siendo ministro de Gobierno, Bernardino Rivadavia creó la llamada Policía del Estado el 24 de diciembre de 1821. Cuatro días después designa como jefe de Policía a Joaquín de Achaval, quien asume el 1° de enero de 1822. Achaval crea el Cuerpo de Peoneros que, con sus 150 hombres, se encargaría del cuidado de las obras públicas. Luego se los llamaría Celadores de Policía y agregarían a sus funciones una muy importante: el cuidado de la seguridad. Eran los primeros agentes de policía del país. Achaval y sus hombres fueron, también, quienes tuvieron a su cargo la tarea de colocar las tablillas con los nombres de las calles y los números en las casas de Buenos Aires.

EL PRIMER INFORMATIVO DE RADIO: Se difundió por la onda de LR1 Radio El Mundo el 12 de octubre de 1935. Fue leído por el periodista Carlos Taquini.

EL PRIMER CHORRO DE PETRÓLEO ARGENTINO: Brotó en Comodoro Rivadavia en 1907. Los felices descubridores de ese primer chorro de oro negro habían excavado hasta los 540 metros pero, en realidad, sin imaginar su buena suerte, ya que lo que buscaban era simplemente agua.

EL PRIMER CONGRESO MUNDIAL DE AMAS DE CASA: Se llevó a cabo en el hotel Bauen, de Buenos Aires, el 26 de octubre de 1995.

LA PRIMERA MORGUE: Por orden del día del 31 de diciembre de 1873, la Jefatura de Policía dispuso que los cadáveres de personas desconocidas o muertas violentamente fueran trasladados a un depósito de la repartición, en Moreno 121, transformándose aquel lugar en la primera morgue argentina. Hasta ese momento, los cadáveres eran colocados bajo los portales del Cabildo a efectos de ser reconocidos e identificados por algún pariente o amigo.

EL PRIMER PROGRAMA DE TELEVISIÓN: Se realizó en circuito cerrado en la Facultad de Medicina de Buenos Aires, en 1950. Los primeros televidentes del país fueron los estudiantes de Medicina de aquella época. Lo que presenciaron fue un teleteatro científico y pedagógico que estuvo protagonizado por el actor Roberto Airaldi y la actriz Myriam de Urquijo.

El nombre de aquel programa fue El piloto. Significa que la televisión argentina, desde su mismísimo inicio, fue un medio muy útil para enseñar y formar, cosa que, como todos sabemos, se mantuvo hasta nuestros días de manera rigurosa. En cuanto a la primera emisión pública, ocurrió el 17 de octubre de 1951 y lo que se mostró fue el acto del Día de la Lealtad, fiesta peronista tradicional que se llevó a cabo en la Plaza de Mayo. Solo había en Buenos Aires treinta aparatos de televisión que fueron puestos en las marquesinas de negocios importantes del centro.

Así muchos pudieron ver la última aparición de Eva Perón en el balcón de la Casa Rosada, siendo sostenida por la cintura por su esposo, el presidente Perón, y habiéndose levantado con esfuerzo luego de 24 días de no hacerlo debido a su extrema debilidad, provocada por el cáncer que la consumía. En ese mismo año, Adolfo Salinas, un hombre de radio, fue el primer locutor de TV de nuestra pantalla chica.

LA PRIMERA MUJER QUE PARTICIPÓ EN UNA OLIMPÍADA: En 1936, en las Olimpíadas de Berlín, con un clima tenso en el que se olía la guerra y con la asistencia de Adolfo Hitler a la inauguración de los juegos, una única mujer formaba parte de la delegación argentina. Cincuenta hombres y una mujer descripta como «de pollera ondulante, pelo rubio y zapatos de taco» formaban el grupo. Se llamaba Jeannette Campbell y era bella y coqueta. Ella no quiso chaperona ni acompañante alguna. Compitió con altura y el 10 de agosto de 1936 marcó un hito para nuestro deporte: se llevó la medalla de plata en natación, 100 metros libres, estableciendo una marca argentina que se mantuvo durante los siguientes veintiocho años.

LA PRIMERA PELÍCULA ARGENTINA A COLOR: El primer intento fue El gaucho y el diablo, dirigida por el italiano Ernesto Remani, pero las cosas no salieron bien. Se considera que el primer filme nacional a color, más precisamente con el sistema ferraniacolor, fue Lo que le pasó a Reynoso, estrenada el 24 de mayo de 1955 en el cine Monumental de Buenos Aires.

La película, basada en un libro teatral de Alberto Vacarezza, tuvo su primera versión en 1937. Fue en blanco y negro pero con dos coincidencias: el mismo director (Leopoldo Torres Ríos) y el actor Floren Delbene.

EL PRIMER AUTOMÓVIL ARGENTINO: Luego de cuatro años de trabajo fue armado por Manuel Iglesias, un gallego llegado a Buenos Aires en 1885. En 1903 decidió trasladarse a la ciudad de Campana y allí comenzó a trabajar en lo que sería el primer auto fabricado íntegramente en la Argentina.

Lo probó allí, en Campana, ante el asombro y el miedo de sus vecinos, el 20 de noviembre de 1907. Ese día ocurrió, también, el primer accidente con víctima producido por un automóvil argentino: don Manuel atropello, con fatales consecuencias, a un atrevido perro que se cruzó valientemente en el camino de aquella (para el perro) infernal máquina. No pudo frenar. Ni don Manuel ni el perro. Debido a ese accidente, los habitantes de Campana de aquella época comenzaron a llamar al auto de don Manuel con el poco agraciado nombre de «mataperros».

Sin embargo, un monumento en la ciudad rinde merecido homenaje a don Manuel Iglesias. Otro monumento, el mismísimo auto, que según dicen aún funciona, es conservado con razonable celo por los herederos del gallego ingenioso.

Fuente Consultada:
Crónica Loca de Víctor Sueiro
Argentinos de Jorge Lanata.

 

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IDENTIDAD NACIONAL ARGENTINA: GRANDES MÉDICOS ARGENTINOS

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MÉDICOS DE LA SALUD PUBLICA ARGENTINA

No hay dudas que referirse   a la vida de quienes en forma directa o indirecta inscribieron sus nombres en la historia de la Salud Pública argentina, insumiría con creces la extensión de este texto. En el siglo XVIII tenemos a Cosme Argerich, hijo de un coronel catalán, nació en Buenos Aires en 1758.

Estudió medicina en Barcelona, de donde regresó doctorado. Actuó, como es natural, en todos los establecimientos existentes en esa época. Hospital de Mujeres, Casa de Huérfanas, Casa de Niños Expósitos, lo contaron en algún momento en sus harto reducidos planteles médicos. Le cupo el mérito de ser el primer titular de la cátedra de Medicina que crease el Protomedicato. Trabajó duramente en las invasiones inglesas. A partir de las luchas de la Reconquista se le nombró cirujano del 29 escuadrón de Húsares. Participó en las jornadas preparatorias de la Revolución de Mayo.

En 1813, apenas se tuvo en Buenos Aires noticias del combate de San Lorenzo, salió para el lugar en posta, para atender a los heridos. Fue Argerich precisamente quien intervino quirúrgicamente al capitán Bermúdez. Desgraciadamente Bermúdez falleció el 14 de febrero de 1813. A fines de 1813 se incorpora como cirujano al Ejército Auxiliar del Alto Perú. Estuvo a las órdenes de San Martín y luego de Rondeau. Durante varios meses participó de las vicisitudes de aquella campaña. Una enfermedad fortuita, de la que se reponía en Cochabamba, le ahorró el dolor y el bochorno de Sipe-Sipe.

Murió a los 62 años, el 14 de febrero de 1820, en momentos en que era director del Instituto Médico que reemplazaba a la Escuela de Medicina de la que fuera fundador.

Dr. Juan Madera: Nació en Buenos Aires en 1784, murió en la misma en 1829. En su corta existencia desarrolló una actividad múltiple, de la que gran parte tuvo por marco los ejércitos de la Independencia. Empezó sus estudios de medicina en 1801.

En las jornadas gloriosas de la Reconquista y de la Defensa, el joven Madera fue afanoso practicante en los hospitales de sangre. Apenas graduado —en 1808— se le designó médico del Cuerpo de Patricios. Dos años después, era cirujano 1° del Ejército Auxiliar.

Cuando volvió a Buenos Aires, en la segunda mitad de 1811, dejó atrás la sangrienta represión de Cabeza de Tigre, los días de gloria de Cotagaita y Suipacha y la nefasta jornada de Huaqui. Rememoraba tal vez el trágico fin de Pereyra de Lucena, a quien debiera intervenir justamente en el desbande que siguió a Huaqui.

Para 1812 se incorpora al hospital de los Bethlemitas. A fines de 1812 se le nombra cirujano del Estado Mayor de la Plaza de Buenos Aires. En abril de 1813 se le honra con la designación de director de la Escuela de Medicina y Cirugía. Su curriculum es una interminable sucesión de éxitos, que premiaban sus relevantes aptitudes y su nunca desmentida vocación de servicio.

En 1813 fue nombrado cirujano a cargo de la visita sanitaria a los buques cirujano del Batallón de Cazadores, que arribaban a Buenos Aires, en 1814 en el mismo año cirujano del Cuerpo de Guardias de Caballería del Superior Gobierno. En 1816 vuelve a ser nombrado médico de Sanidad del Puerto, meses después es médico en comisión en el cuerpo de Inválidos. 1817 le acarrea la satisfacción de ser médico del Cabildo y —por si esto fuera poco honor— médico asimismo de la Morgue de la Cárcel y de la Casa de Expósitos.

En esta histórica Casa, fundada en 1779 por el virrey Vértiz, Madera tuvo la honra de ser el primer médico. También, como se verá en otro lugar, esa Casa le procuró algún disgusto. En la última década de su brillante carrera fue médico y primer administrador del Instituto de Vacunas (1821), fundador del Departamento de Medicina de la Universidad y profesor de Materia Médica y Patológica (1827), cargo este último desempeñado hasta su muerte.

Francisco Javier Muñiz nació en San Isidro en 1795. Pelea a los 12 años —y es herido— en las segundas invasiones inglesas. Ingresa a los 19 años en el Instituto Médico Militar, del que egresa a los 26 años como facultativo. Tres años más tarde se gradúa de médico y cirujano y en 1825 lo nombran médico militar en Chascomús. En 1827 se le designa profesor de medicina legal, partos y niños. Al año siguiente deja la enseñanza y se radica en Lujan como médico militar y de policía, para dedicarse a sus estudios paleontológicos.

En 1844 descubre la vacuna indígena. Se creía entonces que la enfermedad benigna de las ubres vacunas, producida por un virus que protege contra la viruela negra, no existía en nuestras vacas. Tocó precisamente a Muñiz desvirtuarlo. Este hallazgo evitó muchos casos de viruela. Vuelve más tarde a sus cátedras y actúa como médico militar en Cepeda y la guerra del Paraguay. Cae en su ley, a los 76 años. En plena lucha contra la epidemia de fiebre amarilla, contrae la enfermedad. Muere el 8 de abril de 1871.

Nacido en San Juan en 1821, Guillermo Rawson se doctoró en medicina en 1844. Desarrolla una intensa actividad política (diputado, senador, ministro del interior de Mitre) que pudo haber culminado en la presidencia. En 1873 inaugura la Cátedra de Higiene Pública. Se ocupó del saneamiento de Buenos Aires, de la mortalidad infantil, del hacinamiento inhumano en los conventillos y muchos otros temas de Salud Pública. Murió en París en 1890.

La sedienta y postergada Santiago del Estero fue, en 1907, la cuna de quien habría de constituirse en renovador genial de la Salud Pública argentina.

Ramón Carrillo alcanza en su carrera, desde la adolescencia, las más preciadas distinciones. Egresa del Colegio Nacional de Santiago del Estero a los 16 años, galardonado con la medalla de oro al mejor bachiller de su promoción. A los 15 años de edad, su monografía «Juan Felipe Ibarra, su vida y su tiempo» es distinguida igualmente con medalla de oro.

Se gradúa de médico a los 21 años de edad. Una vez más, cansadamente, recibe la consabida medalla de oro que se adjudica al más elevado promedio de calificaciones de la promoción.

Orientado quirúrgicamente por su primer maestro, el Dr. José Arce, se vuelca a una especialidad poco frecuentada entonces, la neurocirugía, en la que su maestro fue Manuel Balado. A poco de graduado, es becado para seguir cursos de perfeccionamiento en Europa.

Trabaja dos años en Amsterdam y recorre luego, durante un año, los más importantes centros de su especialidad en Francia y Alemania. Los diez años que siguieron a su graduación con la obvia excepción de su beca en Europa, estuvieron dedicados por completo a su labor hospitalaria y a la investigación, en el viejo hospital de Clínicas. Recién en 1939 comienza a ejercer su profesión. En ese mismo año se le designa Jefe del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central.

Tres años más tarde, a la insólita edad de 35 años —fue, para la época, el más joven profesor titular de la Facultad de Medicina de Buenos Aires— gana el concurso a que se llama para cubrir la cátedra de Neurocirugía, vacante por la muerte de su maestro, Manuel Balado. Despliega en esa cátedra intensa actividad quirúrgica, docente y de investigación. En 1944 se hace cargo de la recién creada Secretaría de Salud Pública de la Nación.

Analizaremos más adelante la acción que desplegó en la secretaría primero, en el ministerio de Salud Pública, después. Lo que cuadra enfatizar aquí es la auténtica genialidad que puso al servicio de su cometido. No existía entonces un cuerpo orgánico de doctrina referido a la Administración Sanitaria. Ni aquí ni en el resto del mundo.

La sólida formación científica de Ramón Carrillo, y la universalidad de su pensamiento le llevaron a crearla. Tomó como punto de partida a quienes habían innovado en materia de organización y administración, sobre todo a Taylor y Fayol. Aplicó esos principios generales al campo particular de la Salud Pública. Aplicó asimismo su asombrosa capacidad prospectiva.

Erigió así una Administración Sanitaria original, no meramente copiada de modelos ajenos a nuestra realidad. Veinticinco años después, institucionalizada la Administración Hospitalaria y de Salud Pública como carreras de postgrado, resulta imposible para quienes enseñan las distintas asignaturas de esa especialidad, evitar repetir los conceptos que Carrillo enunciara como auténticamente novedosos desde 1944 hasta 1954. La poca funcionalidad de las construcciones hospitalarias le llevó a realizar un minucioso estudio de la arquitectura especializada. Su obra Teoría del Hospital es un aporte revolucionario a las ciencias y artes de la construcción y administración de hospitales.

Sus realizaciones en el terreno de la Salud Pública, tuvieron, sin duda, una magnitud más que suficiente para asegurar a Ramón Carrillo supervivencia histórica como el más notable sanitarista argentino.

En 1951 aparecen los primeros síntomas de la enfermedad que pocos años después habría de matarlo. Su presión arterial es muy alta y le ocasiona atroces dolores de cabeza que reducen su inagotable capacidad de trabajo y le obligan a alejarse de la función pública en 1954. Terminan sus días lejos de su tierra, en Belem, Brasil. Enfermo de muerte, exiliado y pobrísimo, se desempeña como médico de una compañía minera norteamericana.

En una carta de Carrillo a su amigo, e! periodista Segundo Ponzie Godoy, fechada en Belem el 6 de setiembre de 1956, la desgarrante sinceridad ahorra toda exégesis y muestra con elocuencia al hombre:

«No tengo la certeza de que algún día alcance a defenderme solo, pero, en todo caso, si yo desaparezco, queda mi obra y queda la verdad sobre mi gigantesco esfuerzo donde dejé mi vida. Esa obra debe ser reconocida y yo no puedo pasar a la historia como malversador y ladrón de nafta. Mis ex colaboradores conocen la verdad y la severidad con que manejé las cosas dentro de un tremendo mundo de angustias e infamias.»

Muere en 1958, a los 51 años de edad. Sus restos están aun lejos de su Santiago natal. La conspiración de silencio urdida en torno de su nombre y su obra se ha quebrado días atrás. El Hospital Policlínico Regional de Santiago del Estero se llama ya «Dr. Ramón Carrillo».

ALGO MAS SOBRE MÉDICOS ARGENTINOS…

ENRIQUE FINOCHIETTO: El legado de Enrique Finochietto (1881-1948), uno de los cirujanos más brillantes de nuestra medicina, incluye el recuerdo de su generosidad y de la preocupación que tenía por el bienestar de sus pacientes. Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo entero: dicen que ocurrió en 1924, una noche en que el médico disfrutaba con amigos de una velada en el Chantecler.

El músico julio De CaroEnrique Finochietto Medico Argentino le refirió el caso de la esposa de un amigo, de muy humilde condición, que estaba gravemente enferma. Finochietto se levantó enseguida de la mesa, visitó a la enferma y la hizo internar en un sanatorio privado donde, esa misma noche, le realizó la operación que le salvaría la vida.

No aceptó que De Caro se hiciera cargo de los gastos y éste le agradeció el gesto dedicándole un tango titulado B/ien íWiigo. Ya había dado señales de su vocación de servicio: pocos años antes había estado a cargo del hospital creado en Francia por iniciativa del embajador argentino, Marcelo Torcuata de Alvear,para asistir a los heridos de la Primera Guerra Mundial y el gobierno francés le había otorgado la medalla de la Legión de Honor.

En lo material se lo recuerda por el instrumental y por los aparatos quirúrgicos que creó, entre los que se destacan el separador intercostal a cremallera para operaciones de tórax y la lámpara conocida como «frontolux», que servía para que el cirujano iluminara la zona a operar. Estos v otros inventos superaron las fronteras y fueron adoptados en todo el mundo.

SALVADOR MAZZA
LaMEPRA y la penicilina
No hay dudas de que la vigilancia epidemiológica y el análisis de los factores socioeconómicos en el estudio de las enfermedades endémicas guiaron el camino de Salvador Mazza (1886-1946) y que la Misión de Estudios de la Patología Regional Argentina (MEPRA) fue su obra magna.

Se preparó para eso. Mientras se capacitaba en enfermedades tropicales en África conoció a Charles Nicolle, especialista en microbiología y gran entomólogo, a quien Mazza consideraría luego como «el padre espiritual de todos mis trabajos».

Con él emprendió, en 1925, el viaje de estudio por las provincias del norte argentino, que fue el origen de la creación de la MEPRA y la gran cruzada. A bordo de un vagón de ferrocarril especialmente equipado, recorrió el país con un equipo profesional multidisciplina-rio para realizar el relevamiento y análisis de las patologías regionales y brindar a los médicos locales conocimientos vítales.

Durante este emprendímiento llevó a cabo las valiosas investigaciones sobre la tripanosomiasis americana (luego, Mal de Chagas o Mal de Chagas-Mazza) por las cuales se lo recuerda. Más adelante, en 1942 cuando recién se comenzaba en los Estados Unidos con la producción de penicilina, que se destinaba mayormente a los soldados heridos, Mazza resolvió fabricarla en Jujuy. El propio Fleming le proporcionó las cepas del hongo necesarias para hacerlo y avaló más tarde la calidad del medicamento que de manera artesanal habían obtenido los científicos argentinos.

Pero cuando, en 1943, Mazza solicitó apoyo para encarar la producción en escala, las autoridades le dieron la espalda y el proyecto quedó en la nada. La otra gran derrota de su trabajo, aunque no llegó a verla, fue el cierre de la MEPRA, en 1959, doce años después de su muerte.

Fuente Consultada:
La Salud Pública Historia Popular Vida y Milagros de un Pueblo Fasc. N°61
Revista Muy Interesante Especial Medicina Año 5 – 2013 – N°11

Biografia de Ameghino Florentino Naturalista Argentino

VIDA Y OBRA CIENTÍFICA DE FLORENTINO AMEGHINO

Dinosaurios en
la Patagonia
Dinosaurio:
Abelisaurus
Biografía de
Francisco Moreno
Florentino
Ameghino

Florentino Ameghino

Florentino Ameghino (1854 – 1911): Naturalista, Paleontólogo y Antropólogo También considerado climatólogo, geólogo y zoologo.

Nació en Villa del Luján, de la Provincia de Buenos Aires, el 18 de septiembre de 1854, hijo de don Antonio Ameghino y de doñaMaría Dina Armanino. (hay versiones que dicen que nació en Génova, pero él declara que nació en Luján)

En Ameghino su interés por la paleontología comenzó muy de pequeño, cuando le preguntó a su padre de dónde venían los restos de caracoles que había encontrado en la barranca del río Luján, cerca de su casa, y éste le respondió que los traía el río.

Florentino consideró que no debía ser así porque la corriente no podría enterrarlos, y decidió que averiguaría por qué estaban allí y cómo habían llegado.

Tenía dos hermanos, llamado Juan y Carlos que le ayudaron en muchas oportunidades, pero Carlos fue siempre un excelente colaborador sobretodo en arduas y lentas exploraciones.

Puede considerarse como la primera gran figura de la ciencia nacional y la que alcanzó, seguramente, mayor trascendencia internacional. Fue un autodidacta, que puso por alto el prestigio científico del país sin más fuerzas que su formidable tesón y el apoyo de su hermano Carlos, y sin más financiamiento que los exiguos fondos obtenidos de una librería, negocio que manejó durante años en La Plata.

Florentino Ameghino fue una de las personalidades científicas más descollantes de la Argentina en el siglo XIX. Nació en 1854 y era adolescente aún cuando los muchachos de su edad lo apodaron «el loco de los huesos» por su inveterada costumbre de hurgar con pico y pala las cercanías del río Lujan en busca de restos fósiles. A los veinte años reunió en un folleto varias observaciones acerca del origen del hombre americano, y tiempo después abandonó su puesto de maestro en la localidad de Mercedes para trasladarse primero al Uruguay y después a Europa. Allá recorrió los principales museos de ciencias naturales y se vinculó con paleontólogos célebres, deslumbrándolos con la colección que había formado.

Su formación primaria la realizó en forma particular y como entretenimiento infantil recogía huesos en las barrancas de Luján. En Buenos Aires siguió los estudios secundarios que no concluyó y enseguida se trasladó a la localidad bonaerense de Mercedes, donde fue maestro, director de una escuela y dedicó nueve meses al estudio geológico y paleontológico de los terrenos de la llanura pampeana.

Ameghino fue un brillante autodidacta en paleontología, geología, antropología y anatomía comparada. Ya de adolescente, aprendió idiomas para poder leer a los principales científicos de la época, como el geólogo británico Charles Lyell, y adhirió a la teoría de Darwin.

Cuando tenía 17 años le presentó a Germán Burmeister, entonces director del Museo de Buenos Aires y autoridad máxima de las ciencias en el país, sus primeros descubrimientos. Pero a éste las investigaciones del joven provinciano no le inspiraron confianza ni le parecieron de interés. Al contrario de lo que podría creerse, esto no desalentó a Ameghino, que más tarde diría: “Pero para algo sirve la desgracia… la incredulidad e indiferencia que encontré hirieron mi amor propio, me obligaron a estudiar y buscar medios de acumular nuevos materiales”.

Siempre vivió estudiando, investigando y luchando por conseguir medios económicos para crecer en su actividad científica.

En 1875 dio a conocer las primeras especies nuevas que había descubierto. En el mismo año, se presentó en un concurso-exposición organizado por la Sociedad Científica con siete cajas de fósiles. Pero a los jurados poco les interesaban aquellas reliquias y sólo las premiaron con la última de las catorce menciones honoríficas. Ameghino insistió al año siguiente con una memoria sobre el cuaternario –la más reciente era geológica– que ni siquiera fue considerada.  Decidió viajar a Europa, y presentar su crecida colección de huesos en la Exposición Internacional de París de 1878 y gracias a su trabajo en la escuela puedo financiar en 1875 su primer viaje a Uruguay. Mas tarde con el apoyo del pueblo natal pudo viajar a París en 1878 y exhibir su colección de huesos en la Exposición Universal donde logró la admiración de los científicos mas destacados de su época.

Su viaje a Paris le demandó tres años y debió vender parte de los objetos llevado, por 40.000 francos, y con ese dinero financió la edición de La antigüedad del hombre en el Plata, una de sus principales obras y Los Mamíferos fósiles en la América Meridional. Al poco tiempo debió volver a vender mas material de su colección (que no se lo aceptaban en museos de la Argentina); hacia 1892, setenta piezas de su colección fueron destinadas a un museo de Munich y, tres años más tarde, se vio obligado a vender al Museo Británico una colección de unas 380 aves fósiles. El objetivo era, como siempre, financiar nuevas investigaciones.

Como curiosidad histórica hay que destacar que  cuando regresa de Europa, llega casado con una joven parisinaLeontina Poirier y pobre y como si fuera poco, se encuentra que había sido exonerado de su cargo de director de la escuela de Mercedes por abandono del puesto.

En 1886, Francisco Moreno lo nombra vicedirector del Museo de la Plata, en  el cual Ameghino aporta su propia colección de huesos, pero lamentablemente al poco tiempo estos científicos entran en un conflicto debido a diferencias y celos profesionales  y pierde el cargo oficial. Como salida decide abrir un negocio de libros y en donde por tercera vez volvió a iniciar una colección de fósiles, ya que Moreno le había prohibido la entrada al museo y no podía estudiar sus propios fósiles.

Su obra publicada —185 títulos que totalizan unas 20.000 páginas— hace referencia tanto a la descripción de piezas fósiles, en gran parte halladas por él, como a apoyar su teoría sobre el origen americano del hombre. Para Ameghino, la especie humana había evolucionado en las Pampas argentinas, desde donde habría migrado al resto del planeta. Y para probarlo se sirvió de todos sus hallazgos paleontológicos.

De todas maneras en su etapas de comerciante, Ameghino desplegó un gran esfuerzo creador: Filogenia (otro libro de su autoría) le brindó el reconocimiento nacional y mientras fue librero en La Plata publicó el trabajo premiado en Paris y mantuvo acaloradas polémicas con científicos nacionales y extranjeros.

Un año después presentó en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias su obra magna, compuesta por 1028 páginas y un atlas: Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina.

En la exposición de París de 1889,obtuvo uno de los mayores logros científicos internacionales de la época: la medalla de oro y el diploma de honor, por su contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de Argentina, escrita en poco mas de un año, entre grandes dramas económicos. Este reconocimiento lo ubicó entre las pocas figuras mundiales del enfoque paleontológico de la biología evolutiva.

Ameghino murió en La Plata, el 6 de agosto de 1911. Su entierro fue grandioso, teniendo en cuenta lo alejado que estuvo de las esferas oficiales. Todo el mundo intelectual se hizo presente y al depositar sus restos en el Panteón de los maestros, hicieron uso de las palabras eminentes personalidades como E. Holmberg, Víctor Mercante, J. B. Ambrosetti, José Ingenieros y otros.

HITOS DE SU VIDA
1854: Nació en la ciudad de Lujan, el 18 de setiembre, hijo de modestos inmigrantes italianos.

1863: Desde niño llamó la atención de sus padres y maestros, por la forma en que se interesaba por desenterrar restos fósiles y averiguar su posible origen. A los nueve años de edad, reunió una colección de caracoles que había juntado a orillas del río Lujan.

1867: El maestro Carlos d’Aste, amigo de sus padres, les sugirió la idea de enviarlo a Buenos Aires para que siguiera estudios secundarios en la Escuela de Preceptores.

1870: Ameghino entró a desempeñarse, como Auxiliar Docente, en una escuela de Mercedes, donde, poco después, comenzó a dictar clases. 1871: Organizó, en Mercedes, un pequeño Museo de Ciencias Naturales, anexo al antes citado colegio.

1872: Fue nombrado Director de la Escuela Elemental de Mercedes, cargo que conservg durante varios años. Mientras tanto, proseguía estudios e investigaciones sobre etnografía y paleontología.

1873 a 1877: Estableció contacto epistolar con varios sabios europeos a quienes comunicó, por carta, sus hallazgos y teorías. Realizó gran cantidad de excavaciones, pagando él mismo los gastos que tales tareas originaban. Venciendo grandes dificultades, llegó a disponer de la mejor colección de fósiles conocida en América.

1878: Emprendió viaje hacia Europa, en cuyos museos estudió y trabajó con la venta de ejemplares repetidos de fósiles. Pudo costearse la edición de su libro «La antigüedad del hombre en el Plata». 1880: Contrajo enlace con Leontina Poirier, de nacionalidad francesa.

1881: Después de tres años de ausencia, regresó, con su esposa, a la Argentina, donde se enteró de que, vencida la licencia que le habían acordado en sus puestos docentes, ya no los tenía.

1882: Abrió en la ciudad de Buenos Aires una librería, a la  que llamó «El gliptodonte» y con los ingresos obtenidos, prosiguió sus estudios e investigaciones.

1883 a 1901: Reinició sus tareas paleontológicas, ayudado por su mujer y por su hermano Carlos, con quienes efectuó numerosos viajes por la costa atlántica y por el sur de la Argentina. Lograron encontrar más de un centenar de esqueletos de especies mamíferas extinguidas, los cuales pasaron a formar parte de la colección del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, que Carlos, posteriormente, dirigió. Florentino, mientras tanto, ejerció como pofesor en las universidades de Córdoba, La Plata y Buenos Aires.

1902: Sus méritos, como investigador, fueron reconocidos dentro y fuera de la Argentina. El Gobierno de ese país lo nombró Director del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, instituto que organizó con extraordinaria eficacia.

1911: Enfermo de diabetes y sintiéndose muy afectado, es-piritualmente, por la muerte de su madre y de su esposa, falleció el 6 de agosto. Sus últimas palabras fueron: «¡Cuánto me queda por hacer!».

SOBRE SU TRAYECTORIA….

Desempeñó los siguiente cargos: maestro de escuela de Mercedes (Bs.As.), catedrático de Zoología y Anatomía comparada de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Cordoba, conservador de las seccines de Zoología y Antropología de la misma Universidad, miembro académico de la Facultdad de Ciencias Médicas de la misma; Director del Museo de La Plata, etc.

Los premios que ha logrado por sus trabajos científicos son los siguientes: mención honorífica por la «Sociedad Científica Argentina» en el concurso y exposición del 28 de julio de 1875; medalla de bronce en la Exposición Universal de París en 1878: medalla de oro (primer premio) en la Exposición Continental Sud-Americana de 1882, en la ciudad de Buenos Aires; medalla de oro (primer premio) en la Exposición de París en 1889; y medalla de oro (primer premio) en la Exposición de Chicago en 1893.

Fuera de las obras que se han señalado más arriba, ha dado a la publicidad y se ha traducido a varios idiomas una colección numerosa de libros y trabajos sobre antropología, geología y paleontología, que fueron sus especialidades en las ciencias naturales, dedicando «Un recuerdo a la memoria de Darwin», cuyas teorías fueron sus ideales de niño-sabio y después fueron la base de su reputación científica.

La Dirección del Museo Nacional de Historia Nacional la ocupó Ameghino a la muerte de Berg en 1902: y entonces el genio produce su formidable teoría de la existencia del hombre en los terrenos terciarios del país. Semejante teoría produjo un revuelo en el avispero científico. La iglesia encontró un terrible enemigo en Ameghino, al que combatió intensamente.

Los iíltimos años de su vida los pasó el ilustre sabio al frente de una librería que instaló en La Plata donde luchó contra la adversidad del destino. Pero el precitado nombramiento de Director del Museo Nacional, le proporcionó un bienestar que alcanzó a disfrutar casi dos lustros. Murió en La Plata el 6 de agosto de 1911, desempeñando el cargo de referencia.

Ante su tumba abierta, el doctor José Ingenieros pronunció elocuente oración fúnebre, en la que dijo entre otras cosas: «Muere con él la tercera vida ejemplar de «nuestra centuria: Sarmiento inagotable catarata de energía en las gloriosas batallas de nuestra emancipación intelectual; Mitre, que alcanzó !a santidad «de un semi-Dios y fue consejero de pueblos; Ameghino, preclaro sembrador de altas verdades cosechadas a filo de hacha en la selva infinita de «la naturaleza. . .»

Fué su gran colaborador su hermano Carlos Ameghino, que más adelante lo reemplazó en el cargo de Director del Museo Nacional de Historia Natural. Fuera de las obras citadas, merece mencionarse: «El transformismo considerado como una ciencia exacta» y otras muchas que seríía largo enumerar .

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ciencia Joven Fasc. N°23 Florentino Ameghino Edit. Cuántica
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).