Isabel I de Inglaterra Catalina de Rusia

Biografia de Du Guesclin Bertrand Causas de su Fama

Biografia de Bertrand Du Guesclin

Beltrán Du Guesclin, que había de llegar a ser uno de los más famosos guerreros de su época era bretón y nacido en los alrededores de Rennes, el mayor de los diez hijos de una familia noble que pobremente vivía en reducida heredad.

Era un muchacho rechoncho, feo, de color cetrino, rudo, que pegaba a sus hermanos y a sus camaradas. No aprendía nada, pues pasaba el tiempo bebiendo y peleándose con los mozos de la aldea. Sus padres no le tenían cariño y confesaban que habrían «querido verle bajo tierra».

bertrabd guesclin
Nación en Dinan, Bretaña, 1314 – Chateauneuf Randon, Auvernia, 1380) Capitán francés de la Guerra de los Cien Años. Luchó inicialmente al servicio de Carlos de Blois y, más tarde, para el rey Carlos V de Francia.

Un día que se celebraba un torneo en Rennes, Beltrán, que a la sazón contaba dlecisite años, ardía en deseos de ir allá; pero su familia era demasiado pobre para equiparle.

Entonces, saltando en un caballo de labor, llegó a Rennes y encontró a un primo suyo que accedió a prestarle su caballo y su armadura.

Se presentó en el torneo para combatir, el rostro oculto dentro del casco, y nadie supo quién era, ni siquiera sus padres, que figuraba entre los espectadores.

Hizo quince justas seguidas y siempre derribó a su adversario. Entonces levantó la visera del casco, su padre le admiró y en lo sucesivo se sintió orgulloso de él.

Es un personaje célebre en Francia por el papel que tuvo en la guerra de los Cien Años contra Inglaterra, y también en España por haber intervenido en las campañas que Enrique II de Trastámara, sostuvo contra su hermano el rey Pedro I de Castilla.

Durante la guerra de Bretaña, Beltrán, reunió una tropa de aldeanos y se dedicó a hacer la guerra y a tomar castillos. Acabada la guerra se puso al servicio del rey de Francia, que le recompensó nombrándole de su Consejo y dándole tierras. Entonces fue señor de dos castillos.

Du Guesclin había seguido siendo feo, falto de gracia y rudo, pero tenía un cuerpo robusto y ágil que no conocía el cansancio. No profesaba respecto a la guerra las mismas ideas que los señores, acostumbrados a las fiestas y los torneos. No peleaba por el placer de batirse y no se creía obligado a combatir al enemigo en batalla regular como en un torneo.

Prefería sorprenderlo, gustaba más de los sitios que de los combates. Cuidaba mucho a sus hombres, antes de enviarlos al asalto les hacía beber vino, y cuando la paga se retrasaba no dejaba de reclamar hasta tenerla. Era leal, cuando había dado su palabra la mantenía.

Una vez que hubo entrado al servicio del rey de Francia, le permaneció siempre fiel y constantemente peleó por él, sin olvidarse empero hacerse pagar. Detestaba a los ingleses y a los franceses que servían al rey de Inglaterra, a los que llamaba «malos franceses». Fue el más firme defensor del rey y de Francia.

Carlos V, que reinaba desde 1364, no se parecía a Juan, su padre. Siendo muy joven había padecido una grave enfermedad de la que no se había repuesto. Como le costaba trabajo andar a caballo, no tenía afición a la caza ni a la guerra.

Durante todo su reinado no se alejó nunca de París, y vivía en su fortaleza del Louvre o en los castillos de los alrededores, vestido como un burgués, leyendo, conversando, trabajando con sus consejeros y sus astrólogos. Se le llamó el Sabio.

Encargó a Du Guesclin de dispersar las compañías de bandoleros al servicio del rey de Navarra que se habían establecido entre París y la Normandía. Su jefe, un noble gascón, el Captal de Buch, había peleado en el ejército inglés.

Apostó sus hombres como los ingleses en Poitiers, en lo alto de una colina que domina al Eure, en Cocherel. Du Guesclin mandó avanzar a sus hombres como para el ataque. Cargaron al grito de «Nuestra Señora Guesclin», luego aparentaron huir.

El Captal había comprendido la estratagema, pero no pudo contener a los suyos que bajaron en persecución del enemigo. Entonces una tropa de 200 caballeros bretones, que Du Guesclin había mantenido de reserva, cargó contra ellos y los derrotó; el Captal fue hecho prisionero.

El rey dio en recompensa a Du Guesclin el condado de Longuevllle en Normandía (1364).

Du Guesclin fue luego a hacer la guerra a Bretaña y en una batalla cayó en poder de los Ingleses. El rey de Francia pagó su rescate. Luego se encargó de conducir a España las Grandes Compañías que saqueaban Francia.

Al pasar por Avlgnon, los de las compañías dijeron que eran peregrinos y obligaron al Papa a darles la absolución y a pagarles una gruesa suma. En España, Du Guesclin apoyó ál rey Enrique de Trastamara, aliado del de Francia, contra Pedro de Castilla, aliado del rey de Inglaterra. Fue preso en una batalla y los ingleses le llevaron a la Guyena (1367).

Un día, Du Guesclin fue a rogar ai Príncipe negro que le diera libertad. El Príncipe le dijo que fijase él mismo la cuantía de su rescate. Beltrán propuso 100.000 escudos de oro. «Se burla de mí, dijo el Príncipe, al ofrecer semejante suma.

Le dejaré libre por la cuarta parte.» Beltrán accedió a no ofrecer más que 60.000. «El rey de Francia, dijo, pagará mi rescate, y, si no pudiera, todas las hilanderas de Francia trabajarán para ganarlo.»

Carlos V rescató a Du Guesclin y volvió de nuevo a hacer la guerra a los ingleses (1369). Encargó a Du Guesclin de dirigirla y le dio el título de condestable (jefe del ejército), Du Guesclin se excusó en un principio, diciendo que no era más que un pobre caballero. «¿Cómo osaría yo mandar a vuestros hermanos, a vuestros primos? » Pero el rey le dijo: «Yo no tengo hermano, ni sobrino, ni primo que no os obedezca» (1370).

Los franceses habían adoptado un nuevo método de guerra, se encerraban en las ciudades fortificadas y dejaban a los Ingleses saquear los campos.

Tres ejércitos atravesaron Francia sin encontrar ningún ejército francés, pero hallando todas las plazas bien defendidas (1369, 1370, 1373). Un ejército pasó cerca de París (1370).

Desde sus ventanas Carlos V veía las aldeas incendiadas, y su consejero le decía: «Dejadlos, señor, no os quitarán vuestra herencia con todas sus humaredas». El ejército inglés, compuesto de caballeros, no podía tomar una plaza fuerte y, después de unos cuantos meses de campaña, los hombres caían enfermos y se dispersaban.

Por último Du Guesclin, con sus bretones, recuperó poco a poco todas las provincias del Oeste, ayudado por los habitantes que no uqerían obedecer al rey de Inglaterra.

Murión en 1379 sitiando una fortaleza en la montaña del rey de Inglaterra. No le quedaban en Francia mas que las plazas de Calais, Burdeos y Bayona.

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Batalla de Crécy Causas y Desarrollo La Toma de Calais

Causas y Desarrollo Batalla de Crécy y la Toma de Calais

Iniciado el conflicto entre Inglaterra y Francia, conocido como la Guerra de los 100 años, durante algunos años se peleó en Flandes y en Bretaña, luego en la Guyena, sin gran resultado. Pero el año 1346, Eduardo desembarcó en Normadía con un ejército diferente a los que hasta entonces habían combatido en Francia.

Contaba 4 ó 5.000 hombres de armas, revestidos con armadura completa como la de los antiguos caballeros, armados con lanza y montados en caballos protegidos con caparazón.

Pero los infantes eran de una clase nueva. La mayoría eran arqueros armados con un arco como no se había visto hasta entonces, arco ligero de madera de tejo, más alto que un hombre.

Se tendía a la altura de la vista, tiraba tres veces más de prisa que la ballesta y lanzaba largas flechas con tanta fuerza que a trescientos metros se podía matar a un hombre y atravesar una cota de malla.

Los otros infantes, llamados cuchilleros, llevaban un cuchillo puntiagudo al extremo de un asta y servían, sobre todo, para rematar a los caballeros caídos en tierra.

batalla de crecy

Eran todos subditos del rey, porque los ingleses debían tener armas en sus casas y acudir a la guerra cuando el rey lo ordenaba. Eduardo envió comisionados por toda Inglaterra los habían elegido entre los más robustos, valientes y más diestros.

El ejército inglés atravesó toda la Normandía. En ella encontró trigo y ganado en abundancia, y en las ciudades mucho oro, plata y ricos vestidos, porque el país era fértil y hacía mucho tiempo no había sido saqueado. Los ingleses lo arrebataron todo.

En Caen tomaron 40.000 piezas de paño y con ellas cargaron sus barcos. Luego llegaron por el Sena hasta Poissy, saqueando e incendiando todas las aldeas.

Felipe VI reunió un gran ejército de caballeros, las milicias de las ciudades del norte de Francia y 6.000 ballesteros italianos. Tenía un ejército mucho más numeroso que el de Eduardo y empezó a perseguirle.

El ejército Inglés se retiró en dirección a Picardía. Al llegar al Somme, encontró los puentes cortados y los vados bajo la custodia de las milicias francesas. El ejército francés se acercaba e iba a rodearle.

Pero un muchacho del país llevó a los ingleses al vado de Blanchetaque, cerca de la desembocadura del Somme. Allí encontraron arena firme, por encima de la cual sus carros pasaron a marea baja.

El ejército francés se vio detenido por el mar que subía y no se apoderó más que de algunos bagajes.

El ejército inglés, escapado del peligro, atravesó el bosque de Crecy por un sendero y se apostó cerca de él al borde de una colina. Eduardo mandó apearse a sus hombres de armas y los alineó en tres batallones, los caballeros en el centro, los arqueros en las dos alas.

Delante, a la derecha, puso a su hijo el príncipe de Gales con 1.200 caballeros desmontados y 4.000 arqueros; a la izquierda, 1.200 caballeros a pie y 3.000 arqueros. El rey con el resto (1.500 caballeros y 4.000 arqueros) se quedó a retaguardia, próximo a un molino de viento desde el cual se podía ver toda la comarca.

Felipe VI no sabía ya dónde estaba el ejército inglés. Partió por la mañana de Abbeville, siguiendo el camino que daba vuelta al bosque. Por la tarde su vanguardia llegó cerca de Crécy, frente a los ingleses.

Unos caballeros vinieron a decirle que habían visto a los ingleses sentados en el suelo, el arco y el casco delante de ellos, y descansando. Los franceses estaban fatigados de la larga marcha. Felipe quería esperar al día siguiente para pelear y mandó hacer alto.

Pero los señores franceses, más habituados a los torneos que a la guerra, querían batirse sin más tardanza y todos llegar los primeros a presencia del enemigo.

Como la vanguardia hubiera hecho alto, los que seguían detrás empujaban para tratar de colocarse en primera fila. Los caballeros de vanguardia, que no querían quedarse detrás, avanzaron hasta llegar delante de los ingleses, de los que ya no les separaba más que una pequeña cañada.

El mismo rey, al ver a los Ingleses, fue acometido de cólera, porque los detestaba, y decidió atacar, ordenando que se adelantasen los ballesteros genoveses.

En aquel momento estalló violenta tempestad, y los dos ejércitos se calaron de agua. Luego la tempestad cesó y brilló el sol.

Los ballesteros bajaron al valle. Por tres veces lanzaron su grito de guerra e hicieron una descarga. Pero sus flechas cayeron delante de la línea de los ingleses. Entonces los arqueros ingleses dando un paso adelante, empezaron a tirar.

Sus flechas caían tan de prisa que parecían una tempestad de nieve y atravesaban cascos y corazas. Muchos ballesteros cayeron. Los demás, tirando la ballesta, retrocedieron subiendo de nuevo la pendiente.

Los señores franceses, no comprendiendo aquel movimiento, creyeron que los ballesteros hacían traición, y el rey gritó: «Matad a toda esa canalla, porque nos estorban el camino sin razón».

Entonces los caballeros franceses, cargaron contra sus propios ballesteros, bajaron la pendiente hiriéndolos. Al llegar abajo quisieron subir por el otro lado. Los arqueros ingleses comenzaron otra vez a lanzar flechas.

Los caballos, atravesados por ellas, retrocedían o se echaban a un lado, y los caballeros caían sin ver siquiera a los que los mataban.

Los franceses no lograron colocarse en orden de batalla. A medida que un grupo llegaba, se lanzaba en desorden contra los Ingleses.

Hubo de esta manera quince cargas. Algunas llegaron a la línea de los caballeros ingleses que los esperaban lanza en ristre; pero los arqueros, colocados en el flanco, atravesaban a los asaltantes con sus flechas.

Eduardo no necesitó hacer entrar en liza a su batallón de reserva y ni siquiera se puso el casco. Llegada la noche, las cargas se hicieron menos vigorosas y luego los caballeros franceses huyeron.

Eduardo prohibió a sus hombres abandonar su puesto. Los ingleses pasaron la noche vigilantes, no sabiendo la victoria que habían conseguido. Por la mañana la bruma era tan espesa que no se podía ver nada.

Entonces solamente fueron en busca de los muertos y los despojaron. Habían perecido más de 1.500 caballeros franceses, y los Ingleses no habían perdido más que tres hombres de armas y cuarenta arqueros.

Se cuenta que los ballesteros genoveses se habían negado a avanzar, porque la tempestad había mojado las cuerdas de sus arcos. Se dice también que los ingleses habían puesto en batalla varios cañones que sirvieron para asustar a los franceses.

TOMA DE CALAIS (1347)

El ejército inglés fue inmediatamente contra Calais. Era una ciudad de marinos que robaban los barcos de los ingleses y estorbaban mucho su comercio. Eduardo quería apoderarse de ella. Juró «no partir de allí, ni en invierno ni en verano, hasta que fuera tomada».

Calais estaba bien fortificada, rodeada de doble foso que se llenaba de agua todas las mareas. Todo el contorno, estaba formado por arenas movedizas en las cuales no podían asentarse máquinas de guerra.

Eduardo decidió tomarla por hambre. Para alojar a su ejército, mandó construir toda una ciudad de madera. Los habitantes del país tenían en ella dos mercados semanales a los que llevaban sus artículos.

Durante el invierno Calais recibió víveres por mar, pero al llegar la primavera una flota inglesa fue a bloquearla por aquel lado. Entonces faltaron víveres.

toma de calais
La Toma de Calais

El jefe de la guarnición escribió a Felipe VI: «Sabed que no hay nada que no se haya comido, los gatos, los perros, los caballos».

Felipe VI, que había llegado al fin con un ejército de caballeros, encontró el campamento Inglés demasiado bien fortificado. Propuso a Eduardo VI un día y un lugar para la batalla, como si se tratase de un torneo. Luego partió de nuevo.

El jefe de la guarnición rogó a Eduardo que dejase salir a los habitantes, pero el Inglés se negó. «Los de Calais, dijo, han hecho morir a tantos de mis hombres, que es preciso que de los suyos mueran también».

No obstante, consintió en dejarlos con vida. «Pero, dijo, es necesario que seis de los ciudadanos de más nota vengan con la cabeza descubierta y los pies descalzos, sin otro vestido que sus ropas interiores, la cuerda al cuello, llevando en sus manos las llaves de la ciudad y la de la fortaleza, y de esos seis haré lo que me plazca, y perdonaré a los demás».

El capitán francés mandó tocar las campanas, y todos, hombres y mujeres, se reunieron en el mercado. Les dijo lo que exigía el rey de Inglaterra y les rogó que se decidieran cuanto antes.

Todos empezaron a dar voces y a llorar tan fuerte que al capitán le dio lástima y lloró también.

Entonces el ciudadano más rico de Calais, Eustaquio de Saint-Pierre, se levantó y dijo: «Sería gran lástima dejar morir a este pueblo por hambre o de otra forma, si se puede impedir, y tengo gran esperanza de que me acompañe la gracia de Dios para salvar a este pueblo, que quiero ser el primero, y me pondré gustoso en camisa, la cabeza descubierta, los pies descalzos, la cuerda al cuello, a merced del rey de Inglaterra».

Otros cinco ciudadanos se sacrificaron también. El capitán, montado en un caballo de poca alzada, los llevó en camisa y bragas, la cuerda al cuello, con las llaves.

Fueron a arrodillarse delante del rey de Inglaterra. Eduardo permaneció al principio inmóvil, la cólera le impedía hablar. Luego mandó que les cortasen la cabeza.

Los ingleses lloraban y suplicaban al rey que los perdonase. «Sería demasiado cruel hacer morir a esos desgraciados ciudadanos, que se han puesto a vuestra merced por salvar a los demás».

Eduardo rechinó los dientes y dijo: «Hagan venir ai corta-cabezas».

Entonces la reina de Inglaterra, que había seguido a su marido a la guerra, se puso de rodillas delante de él y dijo: » ¡Ah, señor queridísimo, desde que he pasado el mar, con gran peligro, no os he pedido nada. Ruego ahora, en nombre del hijo de Santa María, que tengáis piedad de esos seis hombres! »

Eduardo, enternecido, la miró y dijo: «Tomad, os los entrego, haced de ellos lo que queráis».

La reina se levantó, les quitó la cuerda del cuello, los llevó consigo y mandó que los vistieran.

Los habitantes salieron de Calais. Felipe VI los estableció en diferentes ciudades de Francia. Eduardo mandó venir ingleses y les dio todas las casas. Calais llegó a ser una ciudad inglesa y siguió siéndolo hasta 1558.

En seguida Eduardo, no teniendo ya dinero, hizo una tregua y se volvió a Inglaterra. Luego una peste terrible, traída de Oriente a los puertos de Provenza, acabó con una parte de la población, primeramente en el Mediodía de Francia (1348), más tarde en Inglaterra.

Se la llamó la Gran Peste o la Muerte negra y se dice que en ciertos sitios mató las dos terceras partes de la población.

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Biografia de Isabel de Portugal Reina

Biografia de Reina Isabel de Portugal

Mujer exquisita de soberana belleza, con ese velo de melancolía que tan bien supieron captar los pinceles del Ticiano y de Sánchez Coello, Isabel de Portugal, la única esposa del César, pasó rauda por esta vida, dejando tras de sí el recuerdo de su bondad y de sus virtudes inmarcesibles.

Isabel de Portugal
Isabel de Portugal fue la única esposa de Carlos I de España, y por tanto emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico y reina de España. Actuó como gobernadora de los reinos españoles durante los viajes por Europa de su marido.
Fecha de nacimiento: 24 de octubre de 1503, Lisboa, Portugal
Fallecimiento: 1 de mayo de 1539, Toledo, España
Entierro: Cripta Real del Monasterio de El Escorial
Cónyuge: Carlos I de España (m. 1526–1539)
Hijos: Felipe II de España, María de Austria y Portugal, Juana de Austria
Padres: Manuel I de Portugal, María de Aragón

En la corte de Carlos V no podía caber más reina que esa delicada portuguesa, de rasgos aristocráticos y nresencia majestuosa. Fue adorada por muchos de los cortesanos españoles, con ese amor platónico que era capaz de inspirar y de merecer.

Nacida en Lisboa el 25 de octubre de 1503, del rey don Manuel el Afortunado y de la infanta María de Aragón, tercera hija de los Reyes Católicos, fue destinada en matrimonio a su primo hermano, Carlos V, respondiendo a la política que tendía a enlazar firmemente las dos coronas de la península Hispánica.

La boda se celebró con gran pompa el 10 de marzo de 1526 en Sevilla. En los años siguientes dio a luz al príncipe don Felipe (1527) y a la infanta María (1528). Cuando Carlos V pasó a Italia y Alemania para atender a los asuntos de estas dos naciones (1529), Isabel fue nombrada regente de España, cargo que ejerció durante cuatro años.

En este tiempo gobernó con sumo tacto, asesorada por los consejos de Castilla y Aragón.

En septiembre de 1532 presidió las cortes de Segovia, cuyos procuradores presentaron un memorial con importantes peticiones. Doña Isabel difirió la respuesta hasta la llegada de su esposo, que se anunciaba próxima.

En efecto, desembarcó en abril de 1533 en Barcelona. Poco después, el emperador partía de nuevo para la empresa de Túnez, dejando otra vez confiada la re gencia a Isabel (30 de mayo de 1535).

Aun no había transcurrido un mes, la emperatriz ponía al mundo una hija, la infanta Juana (24 de junio). Esta nueva etapa de regencia, tan pacífica como la anterior, se prolongó hasta noviembre de 1536.

Dos años después, el 1° de mayo de 1539, Isabel moría en Toledo, de sobreparto de un niño que nació muerto. Carlos sintió tal pesar que se retiró por algunas semanas al monasterio de los Jerónimos de Sisla.

El cadáver de la emperatriz quedó tan desfigurado y fueron tantas las vicisitudes de su conducción a Granada, efectuada en un mayo tórrido, que su contemplación produjo en el alma del duque de Gandía la reacción que había de conducirlo a despreciar las vanidades del mundo y a buscar cabida para su fervor religioso en la Compañía de Jesús.

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Biografia de Safo Resumen de su Vida Poeta de la Grecia Clásica

Resumen Biografía Poetisa Griega: Safo

La figura de Safo, la gran poetisa de la Grecia clásica atravesó los siglos rodeada de misterio, dando origen a leyendas muy diversas, algunas de carácter equívoco. Sin embargo, y pese a que se tienen escasos datos sobre ella, los estudios contemporáneos tienden a reivindicar su controvertida imagen.

Si su obra mereció el elogio unánime de la crítica de todas las épocas, su personalidad despertó encendidas discusiones, pues para la mayoría de los estudiosos su nombre llegó a ser sinónimo de relaciones equívocas y de pasiones insanas, en tanto que otros -los menos- defendieron su virtud.

Se sabe que nació hacia el año 635 a.C. en un hogar noble de Eresos, ciudad de la isla de Lesbos, en Grecia y que el grupo familiar estaba integrado por sus padres, Scamandrónimos y Kleis, y por sus tres hermanos, de los cuales solo se conoce el nombre de dos: Larikhós y Kháraxos. Sobre su aspecto físico se tiene muy poca información; en algunos versos ella misma se retrata como negra y pequeña, pero Alceo, famoso poeta de la época, describe sus «rizos de violeta», en tanto que Sócrates y Platón, siguiendo una vieja tradición, la llaman «la bella».

El paisaje mediterráneo de la isla predisponía a la vida serena y sensual; sin embargo, la sociedad de Lesbos estaba convulsionada por problemas políticos y económicos. La navegación se difundía rápidamente: embarcaciones ligeras unían las islas con África o el continente europeo impulsando el tráfico de mercaderías.

En las ciudades de todas las regiones, los comerciantes enriquecidos -de origen popular se alzaron contra la nobleza terrateniente y exigieron participar en el poder político, iniciando una larga guerra civil que culminó con el encumbramiento de los tiranos, que gozaban de amplio apoyo popular. Como muchos otros miembros de su clase, Safo debió exiliarse.

Fueron episodios que debieron marcarla profundamente, aunque en sus obras apenas sí hace referencia a las circunstancias sociales e históricas: sus versos solo se ocupan del mundo del amor y de la belleza.

BAJO EL SIGNO DE AFRODITA
Pero el renombre de Safo no se originó solamente en la poesía; mucho tuvo que ver en ello la obra desarrollada en los círculos femeninos que dirigía. Hasta el momento del casamiento las jóvenes de la nobleza vivían en asociaciones llamadas thiasoi, regidas por mujeres experimentadas que las preparaban para-el matrimonio; Safo dirigía uno de esos grupos.

Eran sociedades consagradas a Afrodita o Cipris, para los griegos la diosa del amor y de todo lo que en el mundo es digno de ser amado. En los thiasoi cada muchacha era iniciada en las sutilezas del mundo femenino: se le enseñaba a acicalarse, a tejer coronas para adornar el cuello y los bucles, pero por sobre todo a cantar y danzar. Sus cantos estaban dedicados a glorificar a Afrodita y todo lo que ella representaba: suavidad, paz, dulzura.

Cuando una de las pupilas se casaba, las demás integrantes del thiasoi la seguían hasta su casa danzando y entonando cánticos. En compañía de los amigos del novio se instalaban ante la puerta de la alcoba y allí permanecían hasta el amanecer.

Todas las historias malintencionadas que se divulgaron sobre Safo nacieron justamente del papel que desempeñaba en los thiasoi. El poeta romano Ovidio creía que la relación de Safo con las muchachas de su círculo solo podía ser ambigua; esa fue la imagen que el poeta trasmitió en sus versos y que el medioevo recogió, añadiendo a los cuentos un tono picaresco totalmente ajeno al medio y la época en que vivió Safo.

Para comprender a estas sociedades es precisó entender que los griegos pensaban que los dioses regían y ordenaban la realidad concreta. Así, cada aspecto de la vida, cada sentimiento, era una manifestación del dios en un mortal, y a ese llamado divino el mortal respondía con su canto, con la oración o el sacrificio. Es lo que Safo consumaba en los thiasoi. Convertía a las niñas en mujeres y luego las ayudaba a separarse de sus compañeras para unirse al hombre amado. Al educarlas para vivir con un hombre, llevaba a las jóvenes a la plenitud de su ser. La poetisa, como adoradora de Afrodita, amaba al universo con un amor total y en sus discípulas celebraba su propia obra, que era también la de la diosa.

Además, en el mundo griego la virtud era el supremo orgullo y consistía en desplegar y realizar todas las posibilidades de cada ser. El guerrero debía llegar a serlo enteramente; lo mismo ocurría con la mujer, que de acuerdo a la concepción de la época alcanzaba el máximo resplandor en las actividades domésticas, en el cuidado de la familia y de la propia persona y también en el culto de Afrodita, diosa que simbolizaba todo lo hermoso y amable que el mundo puede ofrecer. A esa tarea Safo dedicó toda su vida: exaltar los valores femeninos. Nada más alejado de Safo, entonces, que el desenfreno adjudicado más tarde por los romanos y los autores medioevales.
Se sabe también que Safo se sentía entrañablemente unida a sus hermanos, a quienes dedicó algunas de sus poesías. Se ufanaba, por ejemplo, de Larikhós. Su otro hermano,Kháraxos, fue, por el contrario, una constante causa de preocupaciones. Deseoso de ganar dinero, cambió sus tareas de terrateniente por el comercio marítimo. Se trasladó a Naucratis, antigua colonia griega de Egipto donde traficó principalmente con vinos y se hizo célebre por la facilidad con que ganaba y malgastaba el dinero.

En ese entonces Naucratis era famosa, entre otras cosas, por la belleza de sus mujeres y por el fasto con que vivían sus cortesanas. Entre ellas llegó a descollar la deslumbrante Dorikha de Tracia, esclava llamada «cara de rosas» por el color de su piel.Kharaxos, fascinado por el encanto de Dorikha, pagó una fuerte suma por su libertad y terminó arruinándose por ella. Safo, conocedora de los extravíos de su hermano se refiere a ellos en algunos versos: un amor ocasional puede tener un aspecto agradable, pero es ruina. También nombra a la cortesana en una invocación a Venus: ¡Oh! ¡Cipris! que Dorikha te encuentre muy/amarga y que no pueda envanecerse y decir/por segunda vez que ha encontrado el amor ansiado.

PASIÓN Y NOSTALGIA
Durante la madurez, dos temas se alternan en la vida y en la obra de la poetisa: el deleite que causa el amor y el sufrimiento que brota de la ausencia. ‘A medida que pasan los años sus cantos reflejan con más frecuencia el dolor, la nostalgia por las discípulas y la ingratitud de algunas de ellas.

En tanto, Lesbos veía surgir otras conductoras de thiasoi; entre ellas se destacó Andrómeda, descendiente de una opulenta familia y emparentada con el tirano de la isla, Pitacos. Razones políticas fueron relegando a Safo a un segundo plano a tal punto que ciertas jóvenes que la frecuentaban la abandonaron para unirse a Andrómeda. En un poema Safo muestra su odio contra la rival: Muerta yacerás y nadie te recordará I ni te deseará. No participas de las rosas de Pieria I inadvertida aun en las moradas de Hades, vagarás/ revoloteando entre los muertos incoloros.

Al abandono se suma la vejez, que le inspira versos conmovedores. Para la ardiente sacerdotisa del amor, envejecer es una humillación más: la frente se puebla de arrugas, la piel se marchita, «ya no saltará como una corza a través de la campiña húmeda de rocío». Pero los años también diluyen sus resentimientos: «no soy de las que guardan rencores I tengo un corazón que prefiérela paz».

Su muerte, como toda su vida, también quedó envuelta en la leyenda. Desdeñada -se dijo-por un joven llamadoPhaon se arrojó de la roca Lédeade que, según la creencia de los amantes, traía el olvido y aliviaba el dolor. Hoy se sospecha que ese episodio, como muchos otros que se inventaron, es probablemente falso. La personalidad y la obra apasionada de Safo fueron un poderoso incentivo para la imaginación de la posteridad.

La falta que generó esas críticas era que había sido mujer y como tal había cantado a otra mujer: Afrodita, olvidando que lo hacía porque la diosa representaba algunas de las virtudes que el pueblo griego aspiraba a encontrar en una mujer. Su voz rendía culto a un suave mundo femenino de insólita frescura y sinceridad: Yo amo lo delicioso / (una cosa dulce)/ y en el amor experimenté el brillo de la luz del sol/ y lo hermoso.

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