Juana Ibarbourou

Biografia de Simonetta Vespucci Bella Mujer del Renacimiento

Biografía de Simonetta Vespucci
Bella Mujer del Renacimiento

Biografía de Simonetta Vespucci
“La bella Simonetta” fue una adolescente que deslumbró con su encanto a la Florencia renacentista de los Médicis. Pocas veces un rostro cautivó y sirvió de inspiración a tantos y tan notables personajes: Lorenzo de Médicis, gobernante, poeta y hombre de fabulosa fortuna; Sandro Botticelli, extraordinario pintor, y Angelo Poliziano, literato y erudito, figuraron entre sus admiradores.

Una curiosa montaña de objetos diversos se acumulaba en la plaza de laSignoria, en Florencia, una tarde del año 1497. Pelucas de seda blanca o amarilla, laúdes, filtros mágicos, cancioneros y cualquier otra cosa que ajuicio del severo monje Savonarola, dueño de la ciudad por aquellos tiempos, apartara a los hombres de la república de Cristo que él pretendía instaurar.

Entre los candidatos al fuego figuraban los cuadros de tema pagano de Alessandro Filipepi (llamado Sandro Botticelli, es decir, Sandro el del Tonelero, que era el oficio de su padre), pintor y amigo de los destronados Médicis. En las telas y tablas aparecía una y otra vez, en diversas poses y atavíos la figura de una mujer “de frente fieramente humilde (…) gesto reposado, incierto”, como la evocan los versos dePoliziano.

En poco tiempo las llamas consumieron despreocupadamente la pira. Botticelli vivió trece años más y pintó aún muchas obras maestras … sobre temas exclusivamente religiosos. Sin embargo, algunos de sus primeros cuadros pudieron escapar a la requisición mística de Savonarola y atestiguan hoy que las palabras de Polizianoestaban bien fundadas.

En la corte de los Medicis los rasgos de Simonetta fueron tomados como paradigma por muchos creadores: los poetas Poliziano y Pulci, los pintores Fiero di Cósimo, Ghirlandaio y, muy especialmente, Botticelli, en cuyas obras la figura de la joven impregna todo lo que se relaciona con la feminidad, hasta el punto de hallarse presente aun en los retratos de otras mujeres.

El más conocido de estos cuadros, El nacimiento de Venus, es un homenaje a Simonetta en más de un sentido, porque, además de ocupar su imagen el centro de la pintura, el tema recuerda el nacimiento de la joven, que vio la luz en Portovenere (Puerto Venus), sobre la costa ligur, en 1453.

En esa población de iglesias y murallas suspendidas entre los acantilados y el mar, tenía su villa la familiaCattanei, de activos comerciantes genoveses, y allí y en Genova transcurrieron los primeros años de Simonetta. Adolescente, acompañó a su madre en visitas a los mercaderes que tenían relaciones con los Cattanei, corresponsales que se encontraban diseminados por toda Italia y entre los que se contaban, en Florencia, los Mediéis y su círculo.

A este círculo pertenecía Marco Vespucci, que tomó a Simonetta por esposa y en 1469 se instaló en una casa del barrio florentino de Borgo Ognissanti. Ambos tenían dieciséis años al casarse.

Del otro lado del Arno, el río que atraviesa Florencia, se extendía el popular barrio de Porta San Frediano, morada de obreros y artesanos, categoría esta última en la que se incluían orgullosamente los pintores.

Allí vivía Botticelli que, por entonces, tenía veinticuatro años y recibía en el convento del Carmen, en el mismo San Frediano, las enseñanzas del fraile Filippo Lippi.

En ese año de 1469 llegaron al poder los hermanos Lorenzo y Giuliano Mediéis, que contaban apenas veintiuno y diecisiete años, respectivamente. Un desliz de Lippi y una de las monjas -padres del pintor Filippino Lippi— decidió al maestro a alejarse de Florencia por razones de seguridad. Sandro ingresó inmediatamente en el servicio de los nuevos gobernantes.

LORENZO EL MAGNÍFICO
Los flamantes dueños de la ciudad eran descendientes de una familia de farmacéuticos que todavía conservaba en sus blasones la imagen de cinco pildoritas medicinales que la heráldica no ha permitido identificar. La familia Mediéis se había dedicado a los negocios y logró paulatinamente el control de las minas de alumbre, la producción de lana, el comercio de seda, la banca y la usura. Cosme de Médicis tomó las riendas de Florencia y casó a su hijo Pietro con la noble Lucrezia Tornabuoni, de elevada prosapia. Mujer de gran cultura y buena poetisa, Lucrezia fue la madre de Lorenzo y de Giuliano, y supo ser también guía y amiga de sus hijos.

Ambos hermanos recibieron con alegría a la delicada genovesa. Su personalidad amable y recatada fue haciéndose imprescindible en los banquetes de la corte, que se realizaban en los viejos palacios familiares deVia Larga o Cafagiulo, donde la tradición de prudencia mercantil imponía aun una arquitectura sobria, o en las flamantes villas de Fiésole y Careggi.

En esas ocasiones un menú sencillo podía componerse de “capón y vaca con almendras, azúcar y otras buenas especias; vienen en seguida las carnes asadas: pollos, faisanes, perdices, liebres; luego tortas y leche cuajada con azúcar, y por último frutas. Después (…) empiezan a beber de nuevo, se sirven (…) dulces y otra vez se bebe”.

Una diversión que apasionaba a los florentinos era la celebración de torneos, que habían perdido la rudeza militar que tenían en el Medioevo, para convertirse en verdaderas exhibiciones de plumas, soberbios caballos y armas lujosamente adornadas.

El 27 de enero de 1475 se efectuó uno de estos torneos en la plaza Santa Croce. con motivo de una fiesta popular. Allí concurrió Giuliano con un estandarte pintado por Botticelli, en el que la silueta inconfundible de Simonetta estaba caracterizada como Minerva. De la justa salió triunfador el mismo Giuliano, a quien cupo el honor de recibir la corona de laureles de manos de la propia deidad.

Este episodio fue cantado por Poliziano, que cuanto más despecho suscitaba en la esposa de Lorenzo, la orgullosa Clarice Orsini, más talento ponía en sus elogios a la inofensiva Simonetta. Aunque ambos hermanos se declaraban por igual adoradores de Minerva, parece ser que los avances prácticos estuvieron a cargo de Giuliano, y los sucesos del torneo podrían confirmar el buen éxito de su veneración.

De todos modos, la historia se muestra remisa a confirmar categóricamente estos detalles, e inclusive si es cierta la teoría que supone que La Primavera, el cuadro de Botticelli donde están retratados Lorenzo y un grupo de damas -entre ellas Simonetta-, ilustra o evoca la vida galante del llamado Magnífico. Los hechos parecen haber sido más complicados. Si hubo realmente amor entre ellos, no pudo ser feliz: a fines de ese mismo año Simonetta enfermó del pecho.

Los médicos le recomendaron los aires de Piombino, un puerto triste frente a la isla de Elba. De allí partía todos los días un correo enviado por su cuñado Fiero, con noticias para los Mediéis. Pero las nuevas fueron malas: la enfermedad resultó ser una hemoptisis y en abril de 1476 murió junto al mar -no podía ser de otra manera- la Venus renacentista. Fue enterrada en la capilla Vespucci de la iglesia de Ognissanti, cerca de los frescos de Ghirláiüdaio y de Botticelli, donde están retratados, junto con ella, casi todos los integrantes del mundo que frecuentó y que la habían admirado. “Todos los hombres estaban enamorados de ella, y ninguna mujer podía desdeñarla”, recordó Poliziano. Lorenzo le dedicó versos llenos de admiración, y en una ocasión señaló una estrella a un amigo y comentó: “Mira, es el alma de esa exquisita mujer…”

Del dolor de Giuliano y Botticelli no quedaron testimonios espectaculares ni frases célebres. En 1478 una familia rival de los Mediéis, los Pazzi, organizó una confabulación para deshacerse de quienes consideraba como tiranos de Florencia.

Puesto que los asesinos profesionales se negaban a cometer el magnicidio en una iglesia, se comprometió a varios sacerdotes, “más acostumbrados a los lugares santos”, según puede leerse en las actas del proceso. El atentado se consumó en el recinto de la Catedral: Giuliano cayó muerto, pero Lorenzo se defendió con energía, y pocas horas horas después los cadáveres de los principales conjurados pendían de las ventanas del palacio de la Signoria. Era un 26 de abril, el mismo día de la muerte de Simonetta, dos años antes.

En 1510 expiró Botticelli. Por expreso pedido suyo fue enterrado en la iglesia de Ognissanti. Su tumba, hecha a pocos pasos de la de Simonetta, pasa casi inadvertida, pero las coincidencias dieron pábulo a la leyenda.

Fuente Consultada: Hombres y Mujeres Que Cambiaron al Mundo Cuadernillo Nro. 12 – Biografías Imprescindibles

Biografia de Leonor de Aquitania Resumen de su Vida

Biografía de Leonor de Aquitania-Resumen de su Vida

En medio de las turbulentas luchas políticas y religiosas de la baja Edad Media, una hermosa mujer, Leonor de Aquitania, ocupó sucesivamente los tronos de Francia e Inglaterra. Su carácter indómito y apasionado la condujo a una azarosa vida jalonada de amores tempestuosos y de intrigas palaciegas, que influyeron notoriamente en el destino de Europa.

Biografia de Leonor de AquitaniaMuchos asocian el nombre de Leonor, duquesa de Aquitania con las famosas cortes de amor que organizó en Poitiers; otros la recuerdan como la espectadora impotente de la lucha entre su esposo, Enrique II de Inglaterra, y el arzobispo Thomas Becket.

Lo cierto es que fue una de las mujeres más hermosas, decididas y apasionadas de la Edad Media, capaz de pasarse horas discurriendo sobre cuestiones amorosas, pero también conspirando contra sus sucesivos maridos o intrigando con sus hijos para acrecentar su poder.

A los trece años, en 1135, la casaron con Luis VII de Francia, poco mayor que ella. Pero la ardorosa Leonor no encontró en el joven Luis una pasión equivalente a la suya.

Habituada a los cielos purísimos y cálidos del mediodía francés, la corte gris de los Capetos en París le parecía tan monótona como su rey.

A poco de casada, declaraba a quien quisiera oírla: “Me casé con un monje, no con un rey. Es una manzana marchita”. Luis trataba de contentarla con una magra pasión, pero no lo podía conseguir.

Acaso para sacudirse la modorra de los palacios góticos, Leonor resolvió acompañar a su marido a las Cruzadas. Fueron los dos a Tierra Santa. Primero tocaron Antioquía, y allí Leonor tuvo un tierno encuentro con su tío Raimundo de Tolosa, cincuentón  apuesto y diestro en las lides galantes.

La bella reina hizo caso omiso de la presencia de su real esposo y se entregó a los recuerdos familiares y a los fuertes brazos de su tío. Luis VII, escandalizado, quiso divorciarse y confió su intención al sabio abate Suger -su consejero-, que había permanecido en París como regente. Suger lo llamó a la serenidad y observó sagazmente que si Luis se divorciaba, perdería las importantes posesiones de Áquitania.

El rey contuvo su indignación y optó por regresar a París, pues la conducta de su mujer, quizá por influjo del clima y del exotismo, distaba de ser ejemplar. Pero Leonor no era mujer de llorar por un amor perdido: en París se prendó de Godofredo Plantagenet, duque de Normandía, pasión truncada dos años después por la muerte del duque. Leonor, afligida, procuró consolarse de la súbita pérdida con el propio hijo de Godofredo, Enrique, nuevo señor de Normandía.

Aunque era siete años mayor que él, seguía siendo hermosísima. El idilio cobró ribetes escandalosos cuando Leonor quedó encinta. Luis VII, enfurecido con razón, pidió la anulación de su matrimonio aduciendo una supuesta consanguinidad. Ello permitió a la duquesa de Áquitania recuperar su antiguo título, sus posesiones y su libertad; pero por breve lapso: en 1152 se casaba con Enrique Plantagenet, que dos años más tarde había de convertirse en rey de Inglaterra y pasar a la historia como Enrique II.

REINA DEL AMOR Y DEL ODIO

Paradójicamente, Enrique era al mismo tiempo monarca inglés y subdito francés, ya que en Francia le pertenecían la Normandía y Anjou por derecho propio, y formaban parte de la dote de su esposa: Áquitania, Limousin, Gascuña y Périgord. De la unión de Leonor y Enrique nacieron ocho hijos, entre ellos Enrique, apodado “el rey joven”, Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra.

Enrique II empezó pronto a tener gentilezas y ojos para otras damas. Leonor, dedicada a la crianza de sus hijos, no estaba dispuesta a aceptar un segundo puesto y atormentaba al rey con sus reproches. Además, sentía nostalgia de los suaves y coloridos paisajes de Áquitania y el Périgord.

Su marido, por su parte, afrontaba graves problemas políticos: entre otros, debía vencer la resistencia que le oponía Thomas Becket, arzobispo de Canterbury y ex amigo suyo. La contraposición del poder temporal de los monarcas y el de la Iglesia de Roma era motivo de continuos roces en toda Europa y especialmente en Inglaterra.

Leonor, que había pasado de la pasión a la indiferencia y de esta a la enemistad, intrigaba incesantemente contra su esposo.

Como consideraba que sus hijos estaban ya suficientemente crecidos como para desentenderse de ellos o como para instigarlos a conspirar, partió para Poitiers y dio realce a las cortes de amor, que alcanzaron en sus dominios un esplendor jamás conocido. En ellas se honraba, ensalzaba y servía a todas las damas, y las reuniones se dedicaban a tratar argumentos amorosos: se asignaban temas que eran desarrollados en prosa o en verso, y a veces se llevaban a cabo competencias literarias y trovadorescas en que las damas discernían premios a los contendientes.

También el real esposo de Leonor tenía preocupaciones galantes. Después de haber instigado o permitido el asesinato de Becket, huía de los remordimientos frecuentando a la hermosa y romántica Rosamunda Clifford. Había hecho construir en un bosque un laberinto en cuyo centro se alzaba la espléndida morada de la tierna Rosamunda.

Cuenta la leyenda que la irascible Leonor, enterada de la existencia de la favorita, se decidió a enfrentarla. Provista de un ovillo de lana se internó en el laberinto y, gracias a la hebra con que iba jalonando su paso, encontró a Rosamunda.

La escena debe haber sido terrible porque de ella han llegado tres versiones casi igualmente truculentas: según la primera, Leonor, presa de ira, habría hecho matar a su rival por dos brujas que había llevado consigo; de acuerdo con otra tradición, habría hecho optar a Rosamunda entre suicidarse con un puñal o con una copa de veneno; según la tercera versión, la joven habría muerto a consecuencia de la humillación padecida y de las terribles injurias y amenazas de la reina.

UNA MADRE QUE IMPONE ORDEN

Aun antes del episodio de Rosamunda, Leonor, resentida, quería herir a su esposo con lo que este más apreciaba: su poder. Así fue como acicateó a sus hijos y los convenció de que debían destituir al padre. En 1173 Luis VII organizó una confederación integrada por el conde de Flandes, el rey de Escocia y los hijos de Enrique. Su objetivo era colocar en el trono de Inglaterra a Enrique el Joven, pero se advertía claramente la mano de Leonor, moviendo los hilos de la confederación, aliada para el caso con su primer marido.

Se llegó a una guerra, pero en ella Enrique II venció a sus enemigos. Como consecuencia de la derrota de su conspiración, Leonor debió pasar dieciséis años confinada, primero en Salisbury y después en Winchester. Para una mujer como ella, era solo una espera. Sabía que sus hijos, con la excepción de Juan Sin Tierra apegado a su padre, la apoyarían.

En 1183 Enrique el Joven, Godofredo y Ricardo se aliaron con Felipe Augusto de Francia para derrocar a Enrique II; por supuesto, también esta vez Leonor estaba de por medio. Su marido derrotó nuevamente a sus enemigos y Enrique el Joven cayó en el campo de batalla. Se firmó la paz, pero las hostilidades no tardaron en estallar otra vez debido a que Enrique II no se decidía a nombrar heredero del trono a su hijo Ricardo. Esta vez: el monarca fue vencido y murió poco después.

Leonor dejó entonces^ su .confinamiento y volvió a brillar como en su ya lejana juventud. Su hijo preferido, Ricardo, era el «nuevo rey, y ella, la mujer más poderosa de Europa. Él partió para las Cruzadas y Leonor asumió la regencia.

Pero Ricardo cayó prisionero del emperador alemán, que exigía enorme rescate: aumentó los impuestos, endeudó el Tesoro, vendió propiedades. Finalmente, consiguió mediante el pago la liberación de Ricardo. La dicha de la madre duró poco, sin embargo: en 1199 cesaba de latir el “Corazón de León” a causa de una herida en combate.

Aunque Leonor se retiró entonces a un segundo plano, resurgió una vez más para concertar, ya al borde de la muerte, una boda de gran resonancia política entre Blanca de Castilla y el futuro Luis VIII de Francia.

Después de la boda se retiró a la abadía de Pontevrault, donde murió muy cerca de los paisajes que la vieran discernir los premios del amor y la poesía.

Fuente Consultada: Hombres y Mujeres Que Cambiaron al Mundo Cuadernillo Nro. 12 – Biografías Imprescindibles

Biografia de Mariquita Sanchez Resumen de su Vida Tertulias Colonial

Biografía de Mariquita Sánchez

Resumen Biografía de Mariquita Sánchez
Caracterizada representante femenina del sector político que se oponía al gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas, Mariquita Sánchez brilló durante décadas en la sociedad argentina, que frecuentaba complacida las tertulias que realizaba en su célebre salón. Siempre sostuvo firmes ideas acerca de la educación de la mujer, y su personalidad sintetiza una mentalidad y una época.

Rodeado por una servidumbre regocijada, ese 1° de noviembre de 1786 don Cecilio Sánchez de Velazco plantaba un naranjo en el vasto patio de su caserón de la calle Empedrado.

Desde una de las habitaciones que daban a la galería podía escucharse el lloriqueo de un bebé. Magdalena Trillo y Cárdenas acababa de dar a luz una niña, y el árbol habría de dar frutos a la recién nacida a lo largo de su dilatada existencia.

María de los Santos llegaba al mundo en calidad de hija de un hombre cuyos títulos de nobleza se remontaban al siglo XV, y que en Buenos Aires, por entonces capital del Virreinato del Río de la Plata, había desempeñado y desempeñaba importantes cargos militares y civiles.

Era el padre de María un entendido en cuestiones de buen gusto y de etiqueta, y las engoladas y ceremoniosas tertulias que celebraban los Sánchez de Velazco fueron la escuela de sociedad en la que se diplomó la niña Mariquita.

En 1801 conoció la muchacha a don Martín Thompson y López Cárdenas, joven y distinguido marino, y aunque de inmediato ambos se eligieron para matrimonio debieron superar la oposición de los padres de ella, que tenían su propio candidato. Ni siquiera la muerte de don Cecilio, en 1804, logró disipar ese obstáculo, por lo que ese mismo año la tenaz Mariquita inició juicio de disenso. El virrey Sobremonte le otorgó de oficio el consentimiento requerido, y al año siguiente pudo por fin contraer matrimonio con Martín.

LAS TERTULIAS
Durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807 los Thompson tomaron parte activa en la defensa de Buenos Aires, y cuando la Revolución de Mayo, Martín fue uno de los ciudadanos distinguidos que votaron en el Cabildo. Mariquita, que ya tenía dos hijos, confeccionó con sus propias manos escarapelas para las tropas libertadoras, e incluso organizó colectas de dinero y de armas.

Por entonces ya tenía su salón abierto y en sus tertulias, no solo se escuchaba el rumor de las risas y las conversaciones, la música alegre del baile y las canciones, sino también solemnes coros protestantes. Uno de ellos, ejecutado en el piano por Martín, que era músico aficionado, inspiró a Blas Parera en 1813 la música del Himno Nacional Argentino.

En 1816 Thompson fue enviado en misión especial ante el gobierno de los Estados Unidos de América, y mientras se hallaba cumpliendo su cometido falleció. Dejaba una viuda con cinco hijos: Clementina. nacida en 1807; Juan, en 1809; Magdalena, en 1811; Florencia, en 1812, y Albina, en 1815.

Durante su período de luto, Mariquita conservó el círculo de amistades y se ocupó de administrar sus cuantiosos intereses. En esta tarea la ayudó muchas veces el poeta Juan Cruz Várela, uno de sus más íntimos amigos.

Pero Mariquita comprendía que sus hijos pequeños necesitaban un padre, y por eso, cuando en 1818 recibió propuesta de matrimonio por parte de Washington de Mandeville -joven aristócrata francés que había huido de su patria a causa de un duelo- la consideró seriamente y terminó por aceptarla.

El 24 de abril de 1820, un año después de la boda, Mariquita reabrió su salón, donde brillaba por sus dotes de simpatía, cultura y refinamiento. La tertulia de Madame de Mandeville pronto se convirtió en lugar de visita obligado para todos los extranjeros que pasaban por Buenos Aires, sobre todo desde que su esposo fue nombrado cónsul general de Francia en esa ciudad.

LA BENÉFICA SOCIEDAD
Aunque su salón tuvo siempre un serio rival en el de los Escalada, estos son los años de mayor triunfo mundano de Mariquita. Sus amigos, los partidarios de Bernardino Rivadavia, están en el poder, y no solo se la mima y agasaja en su propia tertulia sino también en reuniones artísticas, como las de la Sociedad Filarmónica.

Pero estas actividades no la absorbían por completo. Periódicamente trabajaba con Rivadavia para concretar la fundación de la Sociedad de Beneficencia, bajo cuya dirección habrían de quedar el Hospital, la Cárcel de Mujeres, la Casa de Expósitos y todas las escuelas de niñas de la ciudad y la campaña.

Compartía con Rivadavia el ideal de la educación de la mujer, y por eso hacen traducir en 1823 un folleto titulado Manual para las escuelas elementales de niñas, o Resumen de la enseñanza mutua aplicada a la lectura, escritura, cálculo y costura, por Mme. Quignon. La ortografía y la sintaxis de la propia Mariquita dejaban algo que desear, pero su energía y su entusiasmo justificaron su puesto de secretaria de la benéfica sociedad, y en 1828 el de presidenta.

“PORQUE TE TENGO MIEDO, JUAN MANUEL”
En 1830 el rey Luis Felipe de Francia decidió reemplazar a Mandeville y enviar a M. de laForest como encargado de negocios y cónsul general en Buenos Aires. Pero como esta designación se había hecho sin consultar la voluntad de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Manuel de Rosas -gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores de todas las provincias- se negó a reconocerlo. A instigación de su marido, leal a su monarca, Mariquita le escribió a Rosas para que modificara su decisión, a lo que este contestó preguntando si le había escrito “una americana o una francesa”.

La respuesta de Mariquita deja bien en claro su punto de vista: “Te diré que, desde que estoy unida a un francés, he servido a mi país con más celo y entusiasmo, y lo haré siempre del mismo modo, a no ser que se ponga en oposición de la Francia, pues en tal caso seré francesa, porque mi marido es francés y está al servicio de su nación”.

Ante la actitud del gobierno argentino, y con su aprobación, Francia envió en calidad de cónsul al marqués deVins de Paysac, y Mandeville partió de regreso a Francia. Nunca más volvería a ver a su esposa.

Curiosamente, desde el primer momento el marqués se sintió sometido a “las más negras intrigas y maquinaciones diabólicas de parte de una mujer que se muere de rabia por no haber podido conservar para su marido el consulado de Buenos Aires”, hasta el punto de llegar a temer por su vida. El asunto se hizo público, y mucho más cuando en junio de 1836 el marqués falleció. Esto obligó a Mariquita a escribir al gobierno una carta desmintiendo las murmuraciones y pidiendo una investigación. Esta se hizo, y si bien la autopsia del marqués reveló que había muerto de apoplejía fulminante, los rumores continuaron manchando la reputación de Madame de Mandeviile.

Mariquita decide entonces exiliarse en Montevideo, y cuando el barco está próximo a partir recibe una misiva de Rosas, quien le pregunta por qué se marcha. Ella le responde escuetamente: “Porque te tengo miedo, Juan Manuel”.

VUELTA AL HOGAR
En 1837, sin embargo, regresó a Buenos Aires, y desde entonces hasta 1854 alterna las estadías entre esta ciudad y Montevideo sin ser molestada en ningún momento, a pesar de su notorio antirrosismo. Cada vez que regresaba a Buenos Aires reabría su salón, y allí cultivaba la amistad de los adversarios de Rosas.

En 1852, ya caído Rosas, es nombrada vocal de la Sociedad de Beneficencia. En sus actividades como tal llega a chocar con su amigo Domingo Faustino Sarmiento, quien desde 1857 era Director de Escuelas, pues sostienen ideas divergentes sobre la educación de las mujeres.

La actividad de Mariquita en la Sociedad de Beneficencia se mantuvo hasta 1867, cuando sus fuerzas empezaron a flaquear. Ninguna enfermedad la aquejaba, pero falleció el 23 de octubre de 1868, rodeada de sus familiares, entre los que se contaba algún bisnieto. Murió en la misma alcoba que la había visto nacer, aromada por aquel naranjo plantado por su padre en 1786.

Fuente Consultada: Hombres y Mujeres Que Cambiaron al Mundo Cuadernillo Nro. 12 – Biografías Imprescindibles

Biografia de JUANA IBARBOUROU Poetisa Uruguaya Resumen de su Vida

Biografía de JUANA IBARBOUROU
Poetisa Uruguaya Resumen de su Vida

Juana de Ibarbourou: Consagrada por la admiración del continente con e! nombre de Juana de América, esta notable escritora uruguaya, que alterna en su obra la poesía y la prosa, exhibe un refinado vocabulario y un lirismo por momentos sensual. Presidenta de la Sociedad de Escritores Uruguayos desde 1950, es una de las grandes figuras de !as letras sudamericanas del siglo XX.

Juana de Ibarbourou -“cabecera del valle” significa su apellido en vasco- ha hecho toda su vida una poesía sin prejuicios ni disfraces, con valentía poco común en la época de su publicación y que llegó a sorprender a críticos de la talla de Unamuno.

Espíritu selecto como el de su compatriota Delmira Agustini, la chilena Gabriela Mistral o la argentina Alfonsina Storni -todas ellas poetisas más o menos coetáneas-, dio un acento propio a la poesía femenina, porque en América, a diferencia de España, la rebeldía de la mujer halló resonancia simpática en el ambiente intelectual. Ya en Lenguas de diamante —su primer libro, aparecido en 1919- asomaba un espíritu libre, que hacía caso omiso de las trabas que la sociedad de entonces solía oponer a las escritoras más vehementes y decididas.


Su obra le mereció el halago de que, en un acto efectuado en 1929 en el Palacio Legislativo de Montevideo, se la designara “Juana de América”, luego que el poeta peruano Santos Cho-cano hubiese señalado el significado e importancia continentales de su labor.

Juana nació en Meló, departamento de Cerro Largo (Uruguay), el 27 de junio de 1895, de madre uruguaya y padre gallego. Según dice ella misma: “Creo que la melancolía y el sentimiento de la naturaleza los traje conmigo al nacer. Mi padre era gallego pero sin melancolías. En eso no me parezco a él”.


Empezó a escribir siendo niña, a los 12 ó 13 años.  Firmaba entonces con su nombre de soltera, Juana Fernández Morales, y por breve lapso, después de casarse en 1913 con el capitán Lucas de Ibarbourou, con el seudónimo Jeannette de Ibar. Su primera publicación apareció en una revista de Buenos Aires. Era un breve poema en el que ya se perfilaban ciertas cualidades que asomarían con mayor intensidad en Lenguas de diamante, su primer libro.

Después de viajar con su marido por el interior del Uruguay, se instala en Montevideo en 1918, De ese matrimonio nació un hijo, Julio César, futuro ingeniero agrónomo. Juana de Ibarbourou fue la primera mujer designada para integrar una institución tan adusta como la Academia Uruguaya de Letras y tal vez la primera académica de letras en el mundo de habla española. Para el conocido crítico uruguayo Alberto Zum Felde, Juana “es una criatura esencial y exclusivamente amorosa, que advierte en todas las sensaciones de la naturaleza al amante y a su vez en él todas las sensaciones de la naturaleza”.

La poesía y la prosa se alternan en su obra: tanto una como otra le sirven para configurar un universo elemental donde abundan los animales, a los que ama con pasión —”tenemos gallinas, canarios, palomas y perros; de casualidad no tenemos un elefante”, expresó en cierta oportunidad-, así como los árboles, pinos y álamos de los que siempre procuró rodearse. Adicta a la corriente posmodernista, el lujo verbal oscurece solo en ocasiones la intensidad apasionada de un alma que pugna por expresarse. En su obra hay dos momentos bien definidos: la exaltación sensual es uno de ellos y la tonalidad elegiaca es el otro, ambos integrados con elegancia y naturalidad.

Así dirá en sus primeras publicaciones: “¿Duermes sobre piedras cubiertas de musgo?/¿con ramas de sauces te atas las trenzas? / ¿Tu almohada es de trébol? ¿Las tienes tan negras / porque acaso en ellos exprimiste un zumo / retinto y espeso de moras silvestres? / ¿Qué fresca y extraña fragancia te envuelve?/¿Hueles a arroyuelos, a tierras y a selvas? / ¿Qué perfumes usas? Y riendo, te dije: / ¡Ninguno, ninguno! … Te amo y soy joven: / huelo a primavera. Este olor que sientes es de carne firme; / de mejillas claras y de sangre nueva. / Te quiero y soy joven: por eso es que tengo / las mismas fragancias que la primavera”.

Su segundo libro, El cántaro fresco (1920), desdice un tanto la sensualidad de Lenguas de diamante; son cantos engarzados en palabras sencillas en las que la emoción de las cosas humildes la rodea en la calidez del hogar: el hijo corretea como un cabrito joven: los días transcurren dulces e iguales. De su hijo, dirá que significó junto con su marido la alegría más pura que le dio la vida: “Yo seré ya vieja cuando mi hijo sea un hombre. Y cuando salgamos a pasear juntos, de gusto me pondré más encorvada, para que así, a mi lado, él parezca más gallardo. Aprenderé a tropezar para que él me sostenga; me fingiré fatigada para que me dé el brazo y me diga en voz suave: ¿Te has cansado, mamá? Y las muchachas, que con toda seguridad estarán locas por él, dirán: Esa señora bajita que va del brazo de ese mozo tan arrogante es su madre. ¡Y yo voy a tener un orgullo!”

La fama de Juana recorrió un largo camino desde su nativo Meló y el colegio de monjas en el que se educó hasta el homenaje que la consagra como Juana de América. “Yo, sin embargo, me siento Juana del Uruguay”, expresó entonces. Con los años, su voz se va acendrando, y su temática acusa los dolores que atenacean toda la existencia: la pérdida de los padres, del marido, de la hermana que adoraba, la aproximan a una realidad más acuciante que la de los años juveniles.

Así lo expresó en Hiedra, publicada en La Nación de Buenos Aires en enero de 1951: “Quedó marcado el grito / hasta en el rojo azogue del espejo. / Mi inmenso amor venía de tan lejos / que era en la realidad como un proscripto / mi corazón. / Y fue así el desengaño: / una centella / que bajó del infierno en un caballo / hecho de hielo, azufre y verde piedra. / Caí, caí en la muerte, pero ella / iracunda, / me devolvió a lo amargo de la hiedra / que no puede dar flor. / Y estoy aquí, estéril, hiél que vive / y que ama, mordiendo su amargura, / helada, sola, oscura, / Entre el tumulto. Bajo el sol”.

Formalmente, la poesía de Juana vira de la precisión del soneto de métrica rigurosa a la espontaneidad del verso libre. Canta o alude a la naturaleza y a la intimidad, aunque empieza a empañarla el sufrimiento. De algún modo, la retórica de su estilo no le quita fuerza cuando toca temas intimistas. No la envanecen los halagos literarios en el otoño de su vida, cuando todo es distinto para ella: en un poema de 1951 publicado también en un matutino de Buenos Aires se refiere a ese tiempo “en que era alegre”.

Se publica entonces su conmovedor libro Perdida (1950), cuyo título alude prietamente al dolor de encontrar la tierra llena de cenizas, y los profetas, mudos. Siempre ligada a los suyos, no le resulta fácil hallar consuelo en la casa rodeada de tantos recuerdos, en fotografías que no responden a ningún llamado. El viento, su amigo, le trae el suspiro de esas bocas que ya no respiran. Juana está herida de soledad ya incurable.

En 1945 aparece Chico Cario, una serie de estampas narradas por una niña que habla autobiográficamente de la nodriza y del cielo, la estrella. Y la fuente, un mundo casi común al recuerdo de tantos de sus lectores. La evocación de la infancia da origen también a las deliciosas Canciones de Natacha también de esos años.


En 1953 fue proclamada “Mujer de América” en el paraninfo de la Universidad de Montevideo, y las ceremonias para celebrar el acontecimiento se llevaron a cabo en casi todas las capitales de América el sábado 2 de mayo. La iniciativa correspondió a la Unión de Mujeres Americanas, entidad vinculada a la Organización de Estados Americanos, a pesar de que ella nunca fue una feminista militante, sino la exponente de una naturaleza contemplativa aunque ardiente, más dada a la introspección que a la prédica. Sin embargo, los lectores han reconocido en Juana de Ibarbourou a una luchadora lírica e intuitiva: “Por suerte no es una intelectual”, señala un conocido y respetado comentarista contemporáneo.


En Azor (1953) Juana explica que su tiempo es el de la tarde, la tarde serena como ayer fue el de la mañana luminosa: “Hasta el mal ya sabe que soy mansa / y que solo he arrojado en mi balanza / versos, amor, silencio y desconsuelo”.

El reconocimiento de Juana, embajadora constante de un país que la distingue con el aprecio y el apoyo a sus obras en publicaciones oficiales, es un testimonio viviente de la cultura uruguaya que en 1958 mereció que se la mencionara como candidata al Premio Nobel. Ello y las numerosas reediciones de sus libros en España y América, traducidos a varios idiomas, corroboran la universal admiración que se granjeó.

Fuente Consultada: Hombres y Mujeres Que Cambiaron al Mundo Cuadernillo Nro. 12 – Biografías Imprescindibles