Juliano El Apostata

Biografia de Juliano El Apostata Emperador Romano

Biografia de Juliano El Apóstata

En el Bajo Imperio, restablecida la autoridad imperial y las jerarquías administrativas del Estado, los dos grandes problemas que se presentaban tumultuosamente ante los emperadores eran el religioso y el de las invasiones bárbaras.

Los pueblos que rodeaban el Imperio — germánicos y persas — se presentaban cada vez más amenazadores, en busca del punto débil por donde vulnerar la cobertura de las fronteras y precipitarse como un alud sobre las ricas ciudades imperiales. Por otra parte, la cuestión religiosa distaba mucho de estar resuelta.

Juliano el Apostata
Flavio Claudio Juliano, conocido como Juliano II o, como fue apodado por los cristianos, «el Apóstata». Fue emperador de los romanos desde el 3 de noviembre de 361 hasta su muerte.
Fecha de nacimiento: 330 d. C., Constantinopla
Fallecimiento: 26 de junio de 363 d. C., Ctesifonte, Irak
Sucesor: Joviano
Lugar de sepelio: Iglesia de los Santos Apóstoles, Estambul, Turquía

Aunque Constantino el Grande, con sagaz previsión, había dado la mano a la Iglesia de Cristo y apoyado el sector ortodoxo, la debilidad de su obra se demostró en la política de sus dos sucesores más destacados: su hijo, Constancio II, convirtió el arrianismo en religión oficial del Estado; en cuanto a su sobrino, Flavio.

Claudio Juliano, una de las mentalidades más poderosas entre los sucesores de Constantino, puso todo su empeño en revalorizar el paganismo y elevarlo de nuevo a su función religiosa oficial.

Flavio Claudio Juliano era el hijo menor de Julio Constancio, hermanastro de Constantino el Grande, y de Basilina, hija del patricio Julio Juliano. Había nacido en Constantinopla a mediados de 331.

Cuando contaba seis años se había librado de la terrible matanza del año 337, por la que los tres hijos del difunto emperador (Constantino, Constante y Constancio) habían aniquilado a sus posibles competidores en el trono, o sea a los descendientes del segundo matrimonio de Constancio Cloro: los cuñados de Constantino, sus dos sobrinos Dalmacio y Anibaliano, seis nietos de Constancio Cloro y su hijo Julio Constancio. Sólo se habían salvado Galo y Juliano, hijos de este último.

Ni que decir tiene que tan horrible exterminio modeló para siempre el espíritu y la vida de Juliano. Después de la matanza fué confiado a la custodia del obispo Eusebio de Nicomedia, el cual le educó en el cristianismo; cursó sus estudios en las escuelas públicas de Nicomedia bajo la dirección de un eunuco.

Más tarde, fué trasladado al castillo de Macelo, cerca de Cesárea de Capadocia, pues Constancio II recelaba aún de sus primos. En este castillo, Juliano maduró la restauración del paganismo.

Se distinguió ya entonces por sus aspiraciones de héroe, por sus brillantes cualidades morales, por su belleza física, por su cultura vasta y dilatada.

En su amor a lo bello y a lo noble, Juliano buscó en vano la solución a su problema espiritual. No pudo hallarla en el Cristianismo, porque lo confundía con las personas de los asesinos de su familia, con aquel desagradable Constancio II, fanático odioso de la herejía arriana. Fué por esta causa que volvió sus ojos al mundo helénico. En la religión y normas morales y filosóficas halló la satisfacción de sus entusiasmos estéticos, políticos y militares.

Las circunstancias le permitieron ceñir la diadema imperial. En 353 Constancio II había visto cómo se restablecía a su provecho la unidad del Imperio.

Pero desde antes de que terminara su lucha contra el usurpador Magencio, habíase percatado de la imposibilidad de regir solo las posesiones imperiales. Así en 3151 se buscó un colaborador, aunque no un colega, en la persona de Galo, el hermano mayor de Juliano, con el título de César de Oriente.

Pero la frivolidad, la avidez y la incapacidad de Galo provocaron el odio de sus subditos. Constancio II le hizo ejecutar a últimos de 354.

En esta ocasión Constancio II estuvo tentado de ordenar la muerte de Juliano, quien entonces contaba 23 años y se distinguía por sus esplendentes cualidades.

Pero le salvó la intervención de la emperatriz Eusebia. De momento, fué desterrado a Atenas. Aquí intimó con personas destinadas a ocupar un papel relevante en el mundo cristiano, como Basilio de Cesárea y Gregorio Nacianceno. Pero Juliano, empapado del ideal neoplatónico de la escuela fundada en Alejandría por Plotino, perseveró en su neopaganismo.

A principios de 355 se hizo iniciar en los misterios eleusinos. Era su ruptura con el cristianismo.

A fines de 355, y a pesar de la repugnancia de Constancio II, éste tuvo que decidirse a confiar a Juliano el mando en la Galia, con el título de César (6 de noviembre).

La situación en las provincias occidentales era muy amenazadora: no sólo se había proclamado emperador en Colonia un tal Silvano, general franco, sino que los germánicos pretendían de nuevo forzar la línea del Rin.

A pesar de las burlas con que fué recibido por el ejército — se le denominaba el «estudiante grecicista» —, Juliano se impuso desde el primer momento por su energía, su amplitud de miras, su serenidad, su arrojo y su capacidad bélica y administrativa.

En el curso de cinco años derrotó a los alamanes y a los salios, expulsó a los invasores al otro lado del Rin, venció a los usurpadores y restableció en todas partes el orden, la justicia, la prosperidad y el bienestar.

Estos éxitos suscitaron, desde luego, los mayores recelos en el ánimo del emperador, quien vigilaba la actuación de Juliano a través de los altos funcionarios de que le había rodeado.

A fines de 360 las legiones de las Galias proclamaron emperador a Juliano en Lutecia (París). El César no dirigió este acto, sino que fué promovido por el disgusto de la tropa ante las exig-encias de Decencio, enviado de Constancio, para reclamar el envío de refuerzos que le auxiliasen en la campaña contra los persas.

Ante el hecho, ya inevitable, Juliano pidió al emperador que ratificara el acto y le considerase como colega. Al negarse Constancio, lo que significaba la muerte, decidió salvar la vida, conquistar el poder e imponer su reforma en el Estado.

En mayo de 361 emprendió una rápida campaña que, por el Danubio, le llevó a Sirmio, Naisos y, finalmente, ante Constantinopla.

Aquí le sorprendió la noticia de la muerte de Constancio II, ocurrida el 3 de noviembre de 361, cuando marchaba a oponerse con su ejército al de Juliano. De este modo se evitaba la guerra civil y el emperador lograba ser reconocido por todas las provincias del Imperio.

Su gobierno imperial fué muy breve. Se caracterizó por las mismas cualidades que había revelado en la administración de las Galias. Pero lo típico fué su obra anticristiana. Primero adoptó una posición tolerante; mas luego inició una verdadera persecución moral, filosófica y administrativa contra la Iglesia de Cristo.

Esta perdió sus privilegios, sus jefes, su jurisdicción; se prohibió a los cristianos ocupar cargos públicos y dedicarse a la enseñanza. Por el contrario, abrió los templos paganos, les devolvió los bienes que les habían confiscado Constantino y Constancio II y dotó al culto pagano de un clero oficial.

Estas medidas eran absurdas y suscitaron una corriente formidable de oposición, la cual habría dado lugar a sangrientos choques si Juliano no hubiera muerto el 26 de junio de 363, en el curso de una victoriosa campaña contra los persas.

Castigo de Dios, exclamaron los cristianos al enterarse de la muerte del Apóstata. Realmente, Juliano vivió desplazado de su siglo. El cristianismo era lo moderno y habría acabado por arrollar su obra.

Dos siglos antes, Juliano hubiera sido un gran emperador, al estilo de Marco Aurelio.

fuente

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