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El Utilitarismo y La Felicidad General Mayor Placer y Bienestar Social

El Utilitarismo y La Felicidad General
El Mayor Placer y Bienestar Social

¿Cómo puede obtenerse la mayor felicidad para la comunidad? ¿Puede ser feliz una sociedad  en la que cada uno persigue sus propios intereses? He aquí unos puntos de vista objeto de polémicas.

La motivación que hay tras las acciones del hombre es su deseo de experimentar placer y evitar el dolor. En esta tesis se apoya una importante teoría del siglo XIX que se denomina principio de la utilidad: el mayor bien del mayor número de personas.

Según ella, todas las acciones humanas tienen su explicación en la forma en que asocian los hombres el placer y el dolor con las diversas formas de conducta; su objetivo consiste siempre en obtener la mayor cantidad posible del primero y evitar la mayor cantidad posible del segundo. Debe juzgarse la rectitud de conducta según la cantidad de felicidad obtenida en términos de placer, entendiendo el concepto de placer en su sentido más amplio.

A partir del siglo XVII se había ido desarrollando gradualmente una nueva aproximación empírica a las cuestiones humanas, por la que empezaba a reconocerse la importancia de principios psicológicos tales como la asociación de ideas. Sin ella, nunca habría sido posible formular el principio de la utilidad. En ética, política y derecho se manifestaba una actitud acorde con la aproximación empírica general. Ya no se podían atribuir los conceptos del bien y del mal a una especie de adecuación intrínseca a la naturaleza de las cosas: era preciso abandonar la vieja teoría de la ley natural.

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Jeremy Bentham

El utilitarismo es la concepción para la cual las acciones deben juzgarse como buenas o malas en atención a su capacidad para incrementar o reducir el bienestar humano o la «utilidad». Desde Bentham se han propuesto múltiples interpretaciones de la utilidad, pero para él consistía en la felicidad y el placer humanos, y su teoría de las acciones correctas se resume en ocasiones como el fomento de «la mayor felicidad del mayor número posible».

Francis Hurcheson (1694-1747) fue uno de los primeros en formular la nueva teoría. Claude Helvetius, en su obra De l’esprit (1758), la propugnó en Francia como instrumento para la reforma social. Partiendo del hecho de que el hombre actuará básicamente según su propia conveniencia, infiere que el único criterio general para juzgar los actos
es el principio del mayor bien para el mayor número de personas.

Sobre esta base se hace posible reformar la sociedad mediante una legislación, haciendo que el obedecerla sea ventajoso y conveniente para todos. Para ello se disponen diversas penas como castigo a los actos que vayan en contra del bien común.

Al evaluar las posibilidades de sufrimiento los hombres se sienten incitados a la obediencia. Debemos notar en este punto que la nueva perspectiva utilitarista se basa en ciertos supuestos propios no examinados.

En primer lugar se da por sentado que el mayor bienestar posible de la comunidad es consecuencia de la persecución por parte de cada cual, adecuadamente motivada, de los propios intereses. Se presupone que la igualdad de los intereses individuales y la armonía entre ellos reside en cierto modo en la naturaleza de las cosas.

La negación de la libertad
Los escritos de Paul Holbach (1723-89) subrayan la misma fuerza utilitarista, especialmente en lo que concierne a la naturaleza del gobierno. El bien de la humanidad se ve frustrado precisamente cuando los gobiernos se apartan del principio de la utilidad. La clase dirigente explota entonces al resto de la sociedad, negándole esa libertad a la que tienen derecho todos los hombres como único medio para realizar su propia felicidad y el bien común.

Lo único que se necesita para remediar los defectos del mal gobierno es la educación: una vez que los hombres hayan descubierto dónde reside su verdadera conveniencia, no tardarán en adoptar el principio adecuado.

El movimiento fisiocrático, nacido en la Francia del siglo XVIII, adoptó también el principio de la utilidad, pero combinándolo con la opinión de que el gobierno no debe intervenir en la esfera de la economía: se sirve mejor al bien común dejando que ésta siga su curso natural sin impedimentos.

La doctrina del laissez-faire del liberalismo económico habría de influir a su vez sobre los economistas británicos: queda bien evidente en esa especie de fatalismo económico de David Ricardo (1772-1823) o Thomas Malthus (1766-1834).

Jeremy Bentham se halla todavía entre nosotros: en su testamento legaba su cuerpo 2 la ciencia, pero dispuso que el esqueleto, vestido con sus ropas, se exhibiese en una urna para servir de inspiración a sus discípulos y a la  posteridad.

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David Hume señaló que los hombres actúan con frecuencia siguiendo sus impulsos y sin considerar previamente los resultados de sus  actos.

En el movimiento de reforma
liberal surgido durante el siglo XIX causaría cierta tensión, puesto que’se vio claramente que no era tan sencillo conciliar los ideales de la Revolución Francesa: libertad e igualdad parecían en cierto sentido antagónicas. Es en esta dificultad donde hallaría una de sus fuentes de inspiración el movimiento revolucionario de Marx y Engels.

En la obra de David Hume (1711-76) hallamos una aplicación directa del principio de la utilidad. Hume sostuvo que, de hecho, los hombres decidían el distinto curso de sus actos evaluando el equilibrio entre el bien y el mal que podría resultar. Al mismo tiempo estableció un punto muy importante al observar que, por lo general, no se calcula la acción en sentido estricto, sino que los hombres actúan según sus impulsos a la luz de lo que en ese momento consideran como más adecuado a sus mejores intereses.

Cesare Beccaria (1738-94), seguidor italiano de Helvetius, propuso la reforma del derecho penal sobre la base del principio de la utilidad. Con un espíritu muy propio de la Ilustración, pretendió abolir la tortura judicial y la pena de muerte, insistiendo en que ercastigo no debería ser más de lo necesario para hacer al crimen poco atractivo en comparación. Además debería suprimirse todo aplazamiento y, sobre todo, toda duda respecto a cual sería tal castigo.

Aumento de la felicidad
En tanto que el fermento de la Ilustración conducía en Francia a la revolución de 1798, en Inglaterra tomó un sesgo mucho menos violento. La reforma se fue operando gradualmente, gracias a los esfuerzos de los radicales filosóficos, en línea directa con los grandes filósofos empiristas. Uno de los más influyentes fue Jeremy Bentham (1748-1832). Pese a no ser un pensador verdaderamente original, dio notable impulso a la causa de la reforma con sus detallados estudios, especialmente en el campo de las leyes. Siguió a Helvetius y Beccaria y, al igual que ellos, adoptó el principio de la utilidad como dogma básico.

El criterio para juzgar si una acción es buena o mala es el aumento de la felicidad o la disminución de la infelicidad. Lo que produce la felicidad es el placer o la ausencia de dolor; se supone que lo único que persigue el hombre por su propia causa es el placer y la evitación del dolor. Naturalmente, hay que tomar el concepto de placer en un sentido adecuadamente general. Pero nunca se explica con claridad cómo debe entenderse. Bentham va más allá y afirma que se puede atribuir a cada placer y a cada dolor una especie de valor numérico en una escala general, no sólo para una persona, sino para diferentes personas.

Evidentemente, este método de los equilibrios de placer no es un principio ético muy útil para servir de guía y norma de conducta. De hecho, el cálculo de Bentham es la parte más endeble de todo su método: incluso sus propios seguidores pudieron verlo. Por otra parte, no está nada claro cómo debe efectuarse la reducción de todas las cosas a una sola escala, ni tan siquiera si ello es posible.

Sin embargo, y como guía para la reforma legal, el principio de la utilidad tiene indudablemente cierto mérito. Con arreglo a él, Bentham examina todo el campo de la ley y de los procedimientos legales. En vez de las viejas justificaciones teóricas que acompañaban a la teoría de la ley natural, Bentham valoraba todas las disposiciones legales por medio del principió de la utilidad.

En tanto que los teóricos de la ley natural condenarían el robo, por ejemplo, por ir contra el derecho de propiedad, los utilitaristas lo condenan porque la inseguridad que crea menoscaba la felicidad humana. En derecho penal especialmente establecieron un sistema de sanciones cuya finalidad consistía en hacer que al hombre le resultase desagradable cometer un delito.

La proporción de la pena es tal, que sólo las consideraciones utilitaristas pueden disuadir al criminal. Bentham sostuvo que la bárbara severidad de los castigos entonces al uso era un error, no tanto a causa de su crueldad como porque no se ajustaba al principio de la utilidad. Con todo, trabajó seriamente en favor de la reforma penitenciaria, propugnando mejores condiciones para los presos y un trato más humano; por desgracia, sus esfuerzos para que el gobierno adoptase el nuevo tipo de prisión que él mismo había diseñado resultaron infructuosos.

Aún estaba muy lejana la reforma penal: a finales del siglo XVIII, el niño que fuese descubierto robando un pan porque tenía hambre, corría el riesgo de morir ahorcado.

Uno de los aspectos legales que hoy día vuelven a atraer una vez más la atención de los reformadores es el campo de los procedimientos. En él formuló Bentham importantes sugerencias que se hallan entre sus proposiciones más originales y, al mismo tiempo, menos afortunadas en la práctica. También aquí se hallaba demasiado adelantado a su tiempo, pues argüyó que los tediosos procedimientos y la oscuridad del lenguaje legal eran un obstáculo para la auténtica jurisprudencia.

Las actuaciones legales resultaban así indebidamente largas, costosas e inciertas. Lo que él proponía a cambio era un sistema en el que los litigantes pudiesen reunirse en una especie de ambiente de comité, con el juez como presidente y arbitro de la causa.

Lo mejor para la comunidad
En la esfera de la economía, el principio utilitarista negó toda intervención del gobierno. Ello se debió en parte a la creencia de que el libre intercambio de los intereses propios de cada individuo conduciría al mejor resultado posible para la comunidad en conjunto.

Otro concepto que respaldaba dicha actitud era la convicción de que las leyes económicas actuaban, en términos generales, como las leyes físicas de Newton, por lo que resultaba sencillamente inútil intervenir. Esto pone de relieve uno de los aspectos más débiles de la teoría utilitarista, no sólo en la esfera de la economía, sino también en los campos legal y político: los utilitaristas omitieron por completo toda consideración de la fuerza de las tradiciones e instituciones que se han desarrollado a lo largo de la historia.

La tarea de los primeros utilitaristas en el campo político era, en cierto modo, limitada. La función del gobierno quedaba para ellos muy restringida, ya que no incluía los asuntos económicos. Tanto Bentham como James Mill (1773-1836) eran partidarios de la ampliación del derecho político sobre la base del principio de la utilidad: al conceder el voto a mayor número de personas, y al reducir el período de mandato de los representantes elegidos, el gobierno podría hallarse más directamente relacionado con la mayor felicidad del mayor número  de seres.

Thomas Malthus fue, junto con Ricardo, una importante figura en el desarrollo de la teoría económica en la Gran Bretaña, si bien es mucho más conocido por su teoría sobre la expansión de la población, teoría que no ha  perdido vigencia.

Según el filósofo inglés de finales del siglo XYIII Jeremy Bentham: «La mayor felicidad del mayor número es la medida de lo que es correcto o equivocado». Este principio creaba una ciencia de la toma de decisiones ética, un medio de resolver controversias por métodos prácticos y contrastables que, llevados al extremo, podían llegar a ser cuantitativos y estadísticos. Con este objetivo, Bentham inventó un método para «calcular la felicidad») que abarcaba siete dimensiones del placer y del dolor: la intensidad (¿cómo de intenso es el placer o el dolor?), la duración (¿cuánto tiempo dura?), la certeza (¿qué probabilidades hay de que el resultado final sea ese tipo de sensación?), la propincuidad (¿con qué prontitud se producirán los resultados?), la fecundidad (si el resultado es placentero, ¿puede ser seguido por sensaciones del mismo tipo?), la pureza (¿es probable que el resultado sea seguido por sensaciones del tipo contrario?) y la extensión (¿a cuántas personas afectará?). Alguien que contemple la posibilidad de empezar a fumar puede hacer un cálculo de este tipo al plantearse: «¿Merece la pena?». En la esfera pública, esta es la estrategia de los economistas para realizar el análisis coste-beneficio, en el que se sopesan, por ejemplo, los costes de los sistemas de seguridad ferroviarios frente al número de vidas que salvarán.

El abandono de un principio
Sin embargo, pronto se hicieron evidentes los fallos del primer programa utilitarista en el campo económico. Lejos de mejorar la suerte de la humanidad en conjunto, el crecimiento no regulado del industrialismo sumió a vastos contingentes de población en las condiciones más abyectas de sordidez y miseria. Tenía que haber algún error básico en los viejos supuestos.

Así supo reconocerlo John Stuart Mill (1806-1873), que fue descubriendo gradualmente la necesidad de modificar la filosofía utilitarista. Sufrió en parte la influencia de la filosofía idealista germánica, y en parte de la de Auguste Comte (1798-1857).

Como resultado, el utilitarismo de John Stuart Mill representa en ciertos aspectos un abandono total del antiguo principio de la utilidad. Si bien lo establece explícitamente, en la práctica está muy lejos de aplicarlo, cosa que por otra parte resulta imposible dado sus nuevos puntos de vista, puesto que introduce distinciones entre los placeres, y ello impide el tipo de comparaciones que requerían los cálculos de Bentham.

Además, al definir el placer simplemente como lo que el hombre desea, y al admitir que algunos de esos placeres son buenos como fines en sí mismos, independientemente de las consecuencias, lo que realmente hace es abandonar el utilitarismo. Sigue prodigando alabanzas a la vieja doctrina, pero ya no se adhiere a ella. Al mismo tiempo, es incapaz de desarrollar una doctrina nueva coherente: Mill tiene conciencia de los problemas, pero no sabe hacerles frente. Su actitud es más contemplativa que de acción.

En su famoso ensayo Sobre la libertad describe la libertad de pensamiento y de discusión como acordes con el principio de la utilidad, puesto que permite difundir las nuevas ideas y estimula la inventiva; pero también dice que la negativa de esta libertad perjudica a la naturaleza moral del hombre. Evidentemente, considera la libertad como una cosa buena en sí misma.

En la época de Mill, las amenazas a la libertad no estaban ya en las restricciones impuestas por una mayoría invasora que trataba de suprimir las opiniones de la minoría. No creía que la tarea del gobierno consistiese en intervenir para ayudar al pueblo; era mejor dejarle defenderse por sí mismo, a fin de fortalecer su propio sentido de autoconfianza.

Sin embargo. Mill empezaba a comprender al mismo tiempo la necesidad de que el Estado introdujese una legislación protectora en el orden económico —legislación que, de hecho, llevaba ya algún tiempo en vigor. Ella contribuía a evitar la explotación de las mujeres y los niños, y garantizaba unos niveles adecuados en las condiciones de trabajo, aspecto en el que habían resultado totalmente inoperantes los motivos utilitaristas privados.

Ciertamente, y a pesar de las tradicionales sospechas liberales contra la interferencia, Mill era partidario de varias actuaciones gubernativas; pero fue incapaz de establecer un criterio general respecto a qué legislación era deseable y cuál no.

La doctrina del utilitarismo sigue siendo importante en la única esfera donde puede resultar hasta cierto punto plausible, esto es, como una especie de guía aproximada para la legislación. Cuando se establecen, por ejemplo, unas disposiciones para el tráfico, el objetivo es promover el bien general.

Que la evaluación del problema sea correcta y la finalidad conseguida es ya, naturalmente, otra cosa. Además, hay ciertas ocasiones en las que el legislador confunde el bien general con sus propias conveniencias administrativas. Gran parte de la legislación social se basa en el supuesto de que habrá de proporcionar el mayor bien a la mayoría de personas. Sin embargo, el principio utilitarista puede degenerar en tiranía.

Una de las mayores dificultades de Mill fue reconciliar la utilidad con la libertad. Pero para este problema no existe una solución general.

Historia del Código Civil Argentino de Velez Sarsfield

Historia del Código Civil Argentino

En agosto de 1852, el presidente Urquiza —desde la sede del gobierno en la ciudad de Paraná— dictó la primera medida tendiente a designar una comisión, para que redactara un Código Civil ,a fin de poner término a la confusa legislación española vigente hasta esa época. Los deseos del gobernante no se concretaron, debido a los problemas políticos que agitaban al país.

La Constitución Nacional de 1853 estableció en su artículo 24° que correspondía al Congreso «promover la reforma de la actual legislación en todos sus ramos»; además —artículo 67, inciso 11— dispuso que el Congreso redactara los códigos Civil, Comercial, Penal y de Minería.

En noviembre de 1854, una ley del Congreso dispuso la creación de una comisión codificadora, pero las contingencias políticas volvieron a desbaratar el intento. Recién bajo la presidencia de Mitre, comenzó la labor efectiva.
La ley del 6 de junio de 1863 autorizó al Poder Ejecutivo a nombrar comisiones para que se dedicaran a la tarea, y en octubre del año siguiente el general Mitre designó al doctor Dalmacio Vélez Sársfield —no a una comisión— para que redactara el proyecto de Código Civil.

El citado jurisconsulto trabajó con empeño, y en agosto de 1869 envió al ministro de Instrucción Pública la última parte del proyecto, quien lo presentó a consideración del Congreso Nacional. Esta asamblea lo aprobó a «libro cerrado» —sin discusión previa— por ley N° 340, del 29 de setiembre de 1869- El Código Civil entró en vigor el 1° de enero de 1871. Contiene 4.085 artículos y comprende dos Títulos preliminares y cuatro libros.

ANTECEDENTES: Napoleón es justamente famoso por sus grandes conquistas militares, pero debería serlo aún más por su excelente obra de legislador. A él, efectivamente, corresponde el mérito de haber ideado e: primer código moderno, que después se utilizó como modelo en todo el mundo (a excepción de los países de lengua anglosajona). Con este código, que se terminó de redactar en el año 1800, pero que no entró en vigor hasta el 1804, podemos decir que Napoleón estableció las bases del Estado moderno.

El Código Napoleónico suscitó, en el momento de su aparición, una ola de indecible entusiasmo, y no tardó en ser objeto, como suele decirse, de una auténtica «veneración mística»; incluso llegó a ser puesto en verso y de él se hicieron muchas ediciones, anteriores a su entrada en vigor. Todo esto puede hacer en nuestro tiempo, pero no debe olvidar cuál era la situación de la justicia en aquella época.

codigo civil fraces

El «Code Civil des Franeais», que ha pasado a la historia como «Code Napoleón», entró en vigor con la Ley de 30-Ventoso-XII (21 de marzo de 1804) y fue seguido, en 1807, por el «Code de proeédure civile», en 1808 por e! «Code de eommerce» y el «Code d’ instruetíon críminelle» y, finalmente, en 1810, por el «Code penal».

LA UTILIDAD PRÁCTICA DE LOS CÓDIGOS
Antes de la codificación, las normas jurídicas (es decir: las normas que regulan la conducta de todo ciudadano) se había acumulado, siglo tras siglo, en muchos y muy diversos documentos: constituciones, fueros, decretos, edictos, pragmáticas, sentencias, ordenamientos, leyes, anales y muchos más, que no es del caso citar. En una palabra: un verdadero caos jurídico. Para darnos una idea de cómo estaban las cosas, baste decir que los procesos duraban decenios, siempre de tribunal en tribunal, y que incluso era difícil establecer a qué jueces correspondía la competencia. El Código Napoleónico vino a poner fin a todo esto, reuniendo en un solo texto, de forma clara y orgánica, las normas fundamentales que regulaban las relaciones más usuales entre los ciudadanos.

LA CODIFICACIÓN ARGENTINA
La Constitución de la República Argentina, sancionada en 1853, impuso al Congreso la obligación de legalizar varios códigos de fondo. En cumplimiento de esa disposición (art. 67, inc. 11) se dictó la ley N° 36 del 6 de junio de 1863, por la cual el Congreso autorizó al Poder Ejecutivo a nombrar comisiones encargadas de sancionar códigos. Comenzó así la etapa de codificación en nuestro país.

Bartolomé Mitre, presidente de la Nación en aquel tiempo, encomendó al doctor Dalmacio Vélez Sarsfield la tarea de redactar el Código Civil. Éste fue presentado al Congreso y aprobado a libro cerrado durante la, presidencia de Sarmiento, y comenzó a regir el primer día del año 1871. Además de los títulos preliminares referentes a las leyes y a los modos de contar los intervalos de derecho, consta de cuatro libros.

El primero se refiere a las personas y a las relaciones de familia; el segundo trata de los derechos personales en las relaciones civiles (obligaciones y contratos); el tercero, de los derechos reales, y el cuarto contiene disposiciones comunes a los derechos reales y personales (transmisión de los derechos por muerte de las personas, concurrencia de los acreedores contra los bienes de un deudor común, adquisición y pérdida de los derechos por transcurso del tiempo).

Después de su sanción fueron dictadas muchísimas leyes; unas para modificarlo (ley 11.357, sobre los derechos civiles de la mujer, por ejemplo), y otras para tratar temas no legislados en él (por ejemplo, lo referente al régimen de la propiedad horizontal, ley 13.512).

El primer Código de Comercio que tuvo la República Argentina se sancionó en la provincia de Buenos Aires, años antes que el Código Civil. Fueron sus redactores el mismo Vélez Sarsfield y el doctor Eduardo Acevedo. El 10 de setiembre de 1862 se adoptó este código provincial en toda la Nación. En 1899 fue reemplazado por otro código, redactado sobre la base de proyectos de Sixto Villegas, Vicente Quesada y Lisandro Segovia. La parte correspondiente a Quiebras sufrió modificaciones en el año 1902 y en 1933.

En materia penal la codificación argentina se inició con el proyecto encargado al doctor Carlos Tejedor. Posteriormente, una comisión, integrada por los doctores Villegas, Ugarriza y García, sometió el Proyecto Tejedor a una prolija revisión y su trabajo fue finalmente sancionado como código nacional a fines de 1886, y comenzó a regir el 1° de enero de 1887.

En 1922 fue reformado por la ley 11.179, que constituye nuestro actual Código Penal. Hace poco tiempo fue parcialmente modificado al aprobarse las reformas redactadas por el jurisconsulto doctor Sebastián Soler.

El Código Penal argentino tiene más de 300 artículos y está dividido en dos partes. La primera contiene disposiciones generales, y la segunda se refiere a los delitos en particular.

En la Argentina existen también otros códigos, como los de procedimiento, el de Minería, el de Derecho Aeronáutico, etc. Existen también materias que reúnen características distintivas del resto de la legislación, y quizá fuera conveniente codificarlas, como el Derecho Laboral, y el referente a la navegación, contenido hoy en e! Código de Comercio.

El Código Civil entró en vigor el 1° de enero de 1871.
Contiene 4.085 artículos y comprende dos Títulos preliminares y cuatro libros.
El Primer Titulo Preliminar trata de las leyes en general, su formación, sanción y promulgación.
El Segando Titulo Preliminar dispone aplicar el calendario gregoriano para contar «los intervalos de derecho».
El Libro Primero comprende dos secciones: en la primera se ocupa de las personas, y en la segunda, de la familia.
El Libro Segundo trata en la primera sección de las obligaciones en general, y en la segunda, de los actos jurídicos.
El Libro Tercero se ocupa de las cosas, su clasificación y de los derechos reales.
El Libro Cuarto trata en la primera sección de las sucesiones, en la segunda de los privilegios, y en la tercera de las prescripciones.
Las principales fuentes del trabajo de Vélez Sársfield son el Código de Napoleón y el redactado para su país por el jurisconsulto brasileño Teixeira Freitas.
El Código Civil ha sufrido a través de los años diversas modificaciones.

El Código de Comercio
Después de la Revolución de Mayo y hasta 1862, la justicia comercial continuó rigiéndose por el Consulado, organismo que actuaba de acuerdo con las llamadas «ordenanzas de Bilbao».
En 1856, la provincia de Buenos Aires —separada de la Confederación—, por intermedio de su gobernador Valentín Alsina, encomendó a los doctores Dalmacio Vélez Sársfield y Eduardo Acevedo la redacción de un Código de Comercio. Este trabajo fue presentado a la Legislatura, que lo aprobó en octubre de 1859. Más tarde, cuando la provincia de Buenos Aires se incorporó a la Confederación, dicho código fue nacionalizado.

El Código de Comercio comprende cuatro libros.
El Libro Primero se ocupa del comercio en general.
El Libro Segando de los contratos comerciales.
El Libro Tercero de los derechos y obligaciones que resultan de la navegación.
El Libro Cuarto de las quiebras de los comerciantes.

El Código de Minería
El Código de Minería se basó en un proyecto del Dr. Enrigue Rodríguez, nprobado por el Congreso de la Nación de 1886 y que comenzó a regir el 1° de moyo del año siguiente. Con el transcurso del tiempo, este código primitivo fus objeto de diversas reformas para adaptarlo a las necesidades del país.

El Código de Minería comprende dieciséis títulos, divididos en secciones y un título final. Como su nombre lo indica, el mencionado código se ocupa de los yacimientos mineros, el sistema de concesión, el régimen legal del petróleo y otros hidrocarburos, etc.

El Código Penal
Si bien la legislación penal española se continuó aplicando en nuestro país hasta cincuenta años después de producida la Revolución de Mayo, conviene aclarar que a partir de 1810 los gobiernos patrios tomaron algunas medidas referentes al tema que nos ocupa.

El Presidente Mitre, en cumplimiento de una ley especial designó al doctor Carlos Tejedor para que redactara un proyecto de Código Penal. Terminado el trabajo, una comisión examinadora le introdujo modificaciones y recién en 1886 fue aprobado el primer Código Penal argentino.
El Código que rige actualmente entró en vigor en abril de 1922, sobre la base de un proyecto del doctor Rodolfo Moreno, que sufrió numerosas modificaciones.

PARA SABER MAS…: Como ampliación del tema publicamos una nota en El Bicentenario Fasc. N° 3 período 1850-1869

Dalmacio Velez Sarsfield

Dalmacio Velez Sarsfield

Dalmacio Vélez Sársfield
(1800-1875) Abogado de profesión, actuó como diputado en el Congreso de 1824-1827. Redactó el Código de Comercio —con el Dr. Eduardo Acevedo— y luego su obra fundamental, el Código Civil, que comenzó a regir en enero de 1871.

El destacado jurisconsulto es el autor del Código Civil que aprobó el Congreso y que ya entró en vigor. Una de sus colaboradoras más cercanas fue Aurelia, su hija.

Por encargo del ex presidente Bartolomé Mitre, el jurisconsulto Dalmacio Vélez Sarsfield finalizó este año la redacción del Código Civil, labor que le llevó cuatro años y dos meses de trabajo.

Para tan encomiable tarea, Vélez Sarsfield no recurrió a colaboradores sino simplemente a algunos amanuenses que se encargaron de pasar en limpio sus borradores. Algunos de ellos fueron su hija Aurelia, Victorino de la Plaza y Eduardo Díaz de Vivar. Para encarar el inmenso trabajo se recluyó en una quinta de su propiedad, ubicada a pocos kilómetros de la ciudad. Desde allí iba enviando los escritos al Poder Ejecutivo. En 1865 terminó y entregó el libro I, las dos primeras secciones del libro II en 1866, la tercera sección de ese libro a principios de 1867, el libro III en 1868 y este año culminó con el libro IV.

Con el código completo, el presidente Domingo Sarmiento envió el pasado 25 de agosto una nota al Congreso propiciando la ley que pusiera en vigor el proyecto del Código Civil. La Cámara de Diputados aprobó el proyecto el 22 de septiembre, luego de que fueran rechazadas diferentes propuestas de aplazamiento y objeciones al tratamiento a libro cerrado.

Vélez Sarsfield se doctoró en Derecho en 1823 en la Universidad de Córdoba. Fue diputado por San Luis en el Congreso Constituyente que redactó la Constitución de 1826 y se exilió en Montevideo durante el mandato de Rosas. Tras la caída del Restaurador fue elegido diputado a la legislatura de Buenos Aires y posteriormente fue nombrado ministro de Estado y luego de Hacienda durante la presidencia de Mitre. Hasta que inició la labor que acaba de finalizar.

La sanción del Código Civil supone un gran avance respecto del régimen legal aún vigente, caracterizado por su dispersión y falta de cohesión, lo que lleva a que se haga difícil tanto su conocimiento como su aplicación.

Conceptos de Educacion Civica La Vida en Democracia Libertad Humana

Conceptos de Educación Cívica – La Vida en Democracia

La democracia es mucho más que un sistema político donde el pueblo elige a los gobernantes. Para que se realice plenamente, es necesario que los ciudadanos practiquen un estilo de vida basado en el bien común, el respeto mutuo y la solidaridad. Una sociedad que no respeta los principios éticos en la vida diaria corre ú riesgo de corromperse y desaparecer.

Desde que somos pequeños tenemos experiencias que nos van enseñando lo que significa mandar y obedecer, aprendemos a escuchar si somos escuchados, a expresar nuestras opiniones y fundamentarlas si crecemos en un clima de libertad, a respetar a los demás si somos respetados, a tolerar o a reprimir según nuestras propias vivencias, a condenar y a castigar.

Muchas de las relaciones que se establecen en la familia y en la escuela -entre niños o adolescentes y adultos- son relaciones asimétricas, pues unos tienen una mayor cuota de poder, que les concede el paso de los años y su ubicación en la institución, y los otros se están formando.

A través de esas relaciones aprendemos ciertos modelos de autoridad, de relaciones de mando y obediencia, de expresión de acuerdos o desacuerdos, disensos, de manejos de espacios de poder. Se puede pensar si en la casa, en la escuela o en el trabajo uno es dueño, autor y gestor de su propia vida.

Así entendida, la educación para la democracia no se aprende sólo a través de un libro o de una materia en la escuela; la educación democrática, cívica-política o ciudadana, debe traducirse en un modo de vida en la escuela y debe enseñarse a través de todas y cada una de las actividades escolares.

Aprender a ser democráticos requiere un largo proceso que implica esfuerzos por respetar y ser tolerante con los demás, así como compartir y promover las leyes, que se han construido entre todos. Elegir representantes que sean auténticamente representativos de planteos democráticos no es sencillo.

Debemos ser capaces de controlar efectivamente el cumplimiento de las funciones delegadas, para lo cual tenemos que formarnos a partir de nuestras experiencias de vida en la familias, en la escuela y en la vida democrática.

¿QUÉ ES UNA SOCIEDAD?

No es sencillo definir con precisión el término sociedad, a pesar de que se utiliza constantemente. Ya se ha señalado que los hombres viven asociados en grupos compartiendo una vida en común.

Por lo tanto, se considerará que la sociedad se compone por todos los individuos y los grupos que ellos originan a lo largo de sus vidas. Pero, además, es necesario incluir las diversas instituciones económicas, políticas, educacionales, familiares, religiosas, etc., organizadas por los hombres para el desarrollo de sus actividades y para establecer las normas de conducta aceptadas por el uso y la costumbre. Este último aspecto es muy importante.

Se refiere a todo aquello que instintivamente provoca el rechazo de los individuos.

En este sentido, es muy probable que la mayoría de los hombres desaprueben un asesinato, un robo, una violación, etc.; ya que se poseen valores que se transmiten culturalmente de generación en generación en una sociedad y originaron las leyes escritas. Sin embargo, no todas las leyes que regulan el comportamiento de los individuos se basan sobre sanciones establecidas por la costumbre.

Por otra parte, estos valores, actitudes y leyes no son estáticos en una sociedad sino que cambian generando continuidades y rupturas a lo largo del tiempo. Estos cambios no se realizan de igual modo y en el mismo momento en todos los individuos y grupos que la componen, lo que lleva a algunos a cuestionar el orden existente y a reclamar por un cambio en la organización social.

En conclusión, la sociedad no es un conjunto ordenado y armónico sino, que por el contrario, presenta conflictos y discordancias ya que los hombres no sólo viven juntos sino que establecen entre ellos y con los distintos grupos todo tipo de relaciones, espontáneas u organizadas y, a veces, muy complejas que estallan en conflictos.

EL HOMBRE COMO SER SOCIAL
El hombre y la sociedad

Una de las características naturales del hombre es su tendencia a vivir en sociedad. Esto lo han observado diferentes pensadores, como Aristóteles en el siglo IV a.C., o Juan Jacobo Rousseau en el XVIII d.C, en su libro El Contrato Social.

Desde que el hombre buscó la ayuda de los hombres, ya sea para cazar, defenderse o reproducirse, surge el ser social. De hecho, desde su época primitiva, por su tendencia natural liara la sobrevivencia de la especie, el hombre vivió en pequeñas agrupaciones; se trataba de tribus nómadas, y sólo hace diez mil anos, cuando se descubrió la agricultura, el hombre se torna sedentario y se empiezan a formar los primeros pueblos que no son más que agrupaciones mayores de seres humanos, que mediante la mutua cooperación pasan de mejor manera su existencia.

A partir de su nacimiento, el hombre muestra características biológicas que le imponen la necesidad de vivir en sociedad, pues nace tan desvalido físicamente, que su sobrevivencia es casi imposible sin sus padres. Después se desarrolla, aprende, y poco a poco nota que puede valerse por sí mismo. Luego reconoce que llega a esa etapa porque tuvo apoyo de sus mayores, quedando así ligado racionalmente a ellos y posteriormente también adquiere un instinto de protección para sus hijos.

El hombre se diferencia de otros animales sociales en que produce algo para la sociedad; ese algo es la capacidad de crear, de trabajar para el bien común; es el de producir instrumentos de trabajo que faciliten la labor y obtener más fácilmente sus satisfactores.

Surgió así una incipiente división del trabajo, ya que el hombre por sí solo no era capaz de producir todas las cosas que necesitaba y todo el trabajo realizado tenía que ser social por necesidad, unos producían armas, otros cazaban, otros más velaban por la seguridad de la horda, etcétera.

Cuando el hombre pasa de ser un animal solitario y salvaje a ser un animal social, suceden varias cosas que marcan el surgimiento de la sociedad. Hay mucha similitud entre el hombre y varios tipos de animales, por ejemplo, las abejas, las hormigas, etcétera, ambos forman sociedades, pero existen diferencias muy notables entre ambas, como son las de crear cultura y construir herramientas para el trabajo, mientras las otras construyen sólo por instinto.

Las primeras sociedades se construyeron bajo los siguientes principios:

a) Respeto y protección mutua
b) Medio de comunicación común
c) Cultura similar con todos sus símbolos, tradiciones, costumbres, etcétera
d) Límite geográfico de dominio

Estos principios nos sirven para comprender de alguna forma las definiciones modernas de la sociedad tales como:
Sociedad es la coexistencia humana organizada.
Una sociedad es el agregado organizado de individuos que siguen un mismo modo de vivir.
La unión durable y dinámica entre personas, familias y grupos mediante la comunicación de todos dentro de una misma cultura, para lograr los fines de la vida colectiva, mediante la división del trabajo y los papeles, de acuerdo con la regulación de todas las actividades a través de normas de conducta impuesta bajo el control de una autoridad.

La sociedad y su dinámica
‘lodos desempeñamos un papel importante y diverso en la sociedad al relacionarnos en sus diferentes facetas, por ejemplo, el maestro con su grupo de alumnos tiene un papel, con sus compañeros asume otro y con su familia, uno más; es decir, actúa o desempeña roles diferentes según le corresponde en cada grupo.

Augusto Comte, el fundador de la Sociología, fue el primero en usar la palabra dinámica que tomó de la Física para hacer ver que la sociedad como organismo vivo que es, está en continuo proceso de cambio como lo está todo el Universo y que los fenómenos sociales se debían estudiar dentro de la dinámica del cambio, para la mejor comprensión del proceso histórico, ya que las instituciones, la familia y los modos de producción, están sufriendo continuas alteraciones.

Ahora se sabe que las especies no son fijas, que el hombre todavía es un ser inacabado, que la evolución sigue y seguirá actuando, que de las especies actuales surgirán nuevas y que lo único que podría considerarse inalterable es el cambio y aun éste a su vez cambia, pues se acelera o se retarda.

En fin, el ser humano al vivir en sociedad, se ve en la necesidad de organizarse en todos sentidos, creando estructuras sociales diversas y dinámicas, entidades éstas como la forma propia que observa cada cultura para organizar su convivencia: familia, trabajo, educación, gobierno, ciudad, etcétera.

LA VIDA EN DEMOCRACIA
Vivir juntos en democracia – Participación Popular y Respeto Por La Minorías

A lo largo de los tiempos y en la diversidad de las civilizaciones, las sociedades humanas han experimentado muchos tipos de organización política. Hoy intentamos realizar el «vivir juntos» en el marco de la democracia. Ésta no llena plenamente las expectativas de los hombres pero, en su tipo occidental, basado en el equilibrio de poderes y en la soberanía de un pueblo de ciudadanos iguales en derecho, se presenta como el modelo más humanizante, aunque sea necesario regenerarlo constantemente.

Desde hace medio siglo el hálito democrático se va imponiendo en más Estados y campos en detrimento de los regímenes totalitarios. La democracia triunfa en los espíritus y ya casi no la cuestionan sino ideologías apegadas al pasado o reaccionarias que no aceptan realmente la igualdad de los hombres ni su vocación por la libertad y la fraternidad social.

Sin embargo, la democracia engendra demasiado a menudo en quienes la heredan desencanto y melancolía. Parece afectada de envejecimiento y anemia; revela algunas de sus limitaciones y debilidades. Demasiados ciudadanos se transforman en consumidores que reclaman siempre más derechos y aceptan siempre menos deberes compartidos.

Porque la democracia no es un don de la naturaleza ni un saber definitivo, sino el resultado de combates librados en sucesivas generaciones, que cada generación está llamada a retomar y continuar por su cuenta.
La principal causa de la fragilidad de nuestras democracias reside en esta invasión de individualismo extremo, del «cada uno para sí mismo», fruto de un liberalismo que rechaza cualquier obligación y de la permisividad generalizada que pregona que cada uno puede hacer lo que le plazca.

Otra causa se puede encontrar en la exacerbación de las diferencias, en estos reflejos de identidad o étnicos de grupos que al sentirse amenazados o ignorados recurren a la violencia, quieren asfixiar y excluir a los demás. Para evitar esos encierros, una política activa transforma esas diversidades en formas de integración social y mezcla cultural.

La democracia necesita virtudes para sus dirigentes al igual que para los ciudadanos. Necesita de una ética basada en un sistema de valores esenciales: libertad, justicia, igual dignidad para las personas; lo que llamamos el respeto de los derechos humanos. Se impone prestar atención a ciertos tipos de funcionamiento democrático que parecen socavar esas mismas virtudes necesarias para la democracia: es particularmente el caso cuando se considera que una decisión es válida por el solo hecho de ser fruto de una votación mayoritaria.

Es asimismo urgente comprender que los derechos de cada uno constituyen los deberes de todos. El concepto de ciudadanía, del que hoy tanto se habla, no se reduce simplemente a controlar, a intervalos regulares, a los responsables políticos elegidos al ritmo de sucesivas elecciones. Todos llevamos en nosotros una fecundidad social que hay que valorizar. Pasar del estadio de simple ciudadano al de actor es un objetivo importante.

La política es obra de todos. Es en vano esperar de la clase política, de los empresarios, de los miembros de la policía, de los jueces y de quienes tienen el poder, un civismo distinto al del resto de la población. No hay verdadera democracia sin comportamientos verdaderamente democráticos: aprender a conocer y a reconocer al otro; dar preferencia al debate antes que a la lucha; desarrollar el diálogo y el sentido del compromiso; desterrar el uso de la violencia y la mentira.

«Rehabilitar la Política», documento escrito por los obispos católicos de Francia, en mayo de 1999.

POLÍTICA Y CONFLICTOS: Se suele afirmar que La vida social supone necesariamente la existencia de conflictos. Cuando éstos se dan en nuestras relaciones más cercanas, intentamos darles respuestas individuales, respondiendo a Lo que nuestra conciencia nos dicta como lo más justo o más conveniente para nosotros.

Pero cuando el conflicto se da entre grupos o sectores de una sociedad, la situación es más compleja. Ya no alcanza nuestra decisión individual: necesitamos ponernos de acuerdo  con otros y organizamos para lograr nuestros objetivos. En ese intento de organización se van conformando grupos que diseñan estrategias para obtener poder y lograr, de ese modo, los objetivos cas se proponen. Aquí es donde tiene su aparición la política.

Porque existen los conflictos entre las personas, existe la política. Esta no seria la causa de aquéllos sino su consecuencia. Es un intento por Lograr que los conflictos y las diferencias de intereses encuentren un cauce que evite que sean destructivos. A través de la política, las personas buscan que los antagonismos se resuelvan sin destruir a La sociedad misma.

Para ello, se crean instituciones que regulan la vida de La comunidad y que median entre los individuos o grupos enfrentados, A lo largo de la historia, los hombres han procurado regular la lucha por el poder. A menudo, quienes b ejercieron pretendieron implementar reglas de juego que permitieran controlar y ocultar los conflictos y reprimir a quienes tuvieran intenciones de ponerlos a la Luz.

Las reglas de juego democráticas, por el contrario, permita que se reconozcan, que sean públicos, y alientan su resolución de manera parifica a través del acuerdo y del diálogo.

Por ello, puede ser que en democracia tengamos la sensación de ove existen más problemas o conflictos que en otras formas de organización social.

LA PARTICIPACIÓN CIUDADANA: Las formas en que Los ciudadanos gravitan en las decisiones que se refieren a lo público son variadas: el voto, la manifestación en las calles, la huelga, la opinión a través de los medios de comunicación y de las encuestas.

Sin embargo’, pareciera ser que aún la capacidad de la ciudadanía para formar parte de la toma de decisiones es limitada. ¿Cómo lograr una real y eficiente intervención de los ciudadanos en la esfera política? ¿Cómo recuperar y revitalizar el espacio político-público?

La democratización de la sociedad requiere que Las personas puedan tener experiencia de poder. Esto significa que deben tener ocasiones para ejercer «poder» y, en otro sentido, deben «poder» lograr algo de lo que demandan. Si las personas nunca desempeñan algún tipo de poder institucional, si siempre delegan en otros las decisiones que los afectan y si nunca logran nada de lo que requieren, ¿en qué sentido podemos afirmar que estas personas «participan»?

La participación es la mejor escuela para la ciudadanía. El debate y la deliberación amplían los horizontes de la información y de las opciones, y hacen que la sociedad se vuelva cada vez más igualitaria. Para eso se deberían generar instituciones facilitadoras de esta participación y amplificadoras de la democracia.

En realidad, ya se han creado mecanismos idóneos como la Iniciativa Popular, el Referéndum Obligatorio, la Consulta Popular, el Presupuesto Participativo, las Audiencias Públicas, pero son poco usados, o sólo cuando los gobiernos lo requieren, en forma circunstancial. Si fueran puestos en práctica en forma frecuente, se estaría dando un paso importante en el camino de la democratización de nuestra sociedad.

MAYORÍAS Y MINORÍAS. DERECHOS Y DEBERES DE UNAS Y OTRAS:

El poder es patrimonio del pueblo, los gobernantes deben ser designados por él y en su gestión deben realizar la voluntad popular. Tales son los postulados democráticos. Pero la voluntad del pueblo no es unánime, ni en la designación de los gobernantes, ni en la visión de los problemas que afectan a la comunidad.

En la práctica, en una sociedad democrática, no queda otra solución, sino que los gobernantes sean elegidos por las mayorías y en su gestión se conformen a la voluntad mayoritaria, y que los distintos grupos minoritarios estén representados en el parlamento y puedan expresar sus ideas y sus críticas a la acción gubernamental.

La democracia se convierte así en gobierno de mayorías, representación de todos los sectores, respeto a las minorías, libertad de crítica y de expresión.
El acatamiento de las mayorías y el respeto a las minorías son esenciales a la democracia. No basta el acatamiento a las mayorías, porque las mayorías por sí mismas, no son fuente de justicia ni de razón.

También las mayorías pueden ser totalitarias y negar los derechos fundamentales de las minorías. La mayor parte de las dictaduras han contado con el apoyo de una voluntad mayoritaria.

Ni la más absoluta mayoría puede hacer que lo injusto se convierta en justo, ni lo ilícito, en lícito. No tiene derecho para negar a nadie el goce de sus libertades y derechos.

No puede funcionar un sistema democrático si las mayorías no respetan a las minorías, y si las minorías no acatan y colaboran lealmente con las mayorías. No pueden las mayorías valerse de su poder para oprimir a las minorías. Ni pueden las minorías valerse de su derecho de oposición y de crítica para desprestigiar injustamente, para injuriar u obstaculizar a los gobernantes.

El sistema democrático para funcionar eficazmente exige que la totalidad moral del cuerpo ciudadano esté de acuerdo con él. Sólo así puede lograrse armonía y eficiencia.

En las sociedades verdaderamente democráticas todos están de acuerdo, también las minorías, en que al gobierno surgido de las mayorías les corresponde legítimamente el poder y están dispuestos a colaborar con él para bien de la comunidad.

Virtudes Cardinales Para La Vida en Democracia

Fuente Consultada:
Formación Cívica Editorial Stella
El Desarrollo Humano en la Argentina del Siglo XXI UNICEF – UNDP – Ministerio de Educación , Ciencia y tecnología

VALORES  HUMANOS PARA LA VIDA EN DEMOCRACIA

valores humanos sinceridad generocidad paciencia