La Etapa Rosista

Creacion de las Escuelas Normales Normalismo Educativo

LA ESCUELA NORMAL DE PARANÁ Y LA DIFUSIÓN DEL NORMALISMO

Creación de la Escuela Normal de Paraná: El 13 de junio de 1870, el Poder Ejecutivo, en uso de la autorización conferida por la ley de 6 de octubre de 1869, dictó el decreto de creación de la Escuela Normal de Paraná, con el designio de «formar maestros competentes para las escuelas primarias».

Puede afirmarse que el normalismo argentino arranca de esta fundación. Hubo anteriormente varios proyectos y ensayos de escuelas normales, pero ninguno de ellos prosperó por mucho tiempo ni logró eficacia. Al iniciarse la administración de Sarmiento no existía más que un número muy reducido de preceptores, siendo a todas luces evidente la necesidad de formar el plantel de maestros que requería la tarea civilizadora de extender los beneficios de la educación pública a todo el país. El presidente de la República, secundado por su ministro Avellaneda, se propuso, en consecuencia, echar las bases sólidas de una institución típicamente argentina de formación del magisterio, interesando en esa creación, por todos los medios, a la opinión pública y al Congreso.

Con el objeto de infundir una orientación renovadora a nuestro sistema educacional, Sarmiento consideró necesario hacer venir especialmente a maestros extranjeros, capaces de iniciarnos en la aplicación de los métodos y procedimientos de enseñanza más convenientes. Fue así que nombró director de la escuela al profesor norteamericano Jorge A. Stearns y puso las cátedras principales en manos de educadores contratados también en los Estados Unidos, cuya labor se concretó, especialmente, a la realización práctica de una didáctica pestalozziana, esquematizada en una serie de principios y normas de enseñanza, con una estructuración rígida y mecanizada.

El profesor Stearns fue el alma de la institución. Bajo su dirección se adoptaron los planes de estudio y programas y se realizaron todos los trabajos preliminares a la fundación. El 16 de agosto de 1871 fueron iniciadas las clases.

La Escuela Normal comprendía: un curso normal, destinado aquellos futuros maestros adquiriesen, no solamente; los conocimientos apropiados a las necesidades de la educación común en el país, sino también «el arte de enseñar y las aptitudes necesarias para ejercerlas»; y una escuela modelo de aplicación, que además de impartir en seis años la instrucción primaria a manos de ambos sexos, serviría para la práctica de la enseñanza de los alumnos del curso normal. .

Los inconvenientes que sobrevinieron, como consecuencia de los acontecimientos políticos de la época, dificultaron los primeros pasos de la Escuela Normal de Paraná. En efecto, las familias de las provincias se resistieron a enviar a sus hijos a Entre Ríos, foco del movimiento de rebelión iniciado con el asesinato de Urquiza.

Por otra parte, en un principio se produjo una fuerte oposición contra .el plan de  estudios que excluía la religión católica como materia de enseñanza, hecho agravado por el predominio de profesores protestantes norteamericanos. Recién tres años más tarde se atenuó la resistencia suscitada por la cuestión religiosa con la inclusión, aunque sin carácter obligatorio, de esta asignatura, y el nombramiento en 1874 del canónigo Domingo Rosales en la cátedra de religión, moral e instrucción cívica.

No obstante sus dificultades iniciales, la Escuela Normal de Paraná se afianzó sólidamente, constituyendo el modelo y el punto de partida en la evolución de nuestro normalismo.

Fundación de otras escuelas normales. Con el mismo régimen y orientación pedagógica que la de Paraná, aunque de proyecciones más modestas, pues su curso abarcaba sólo dos años de estudios, se inauguró el 25 de mayo de 1875, en Tucumán, la segunda Escuela Normal creada para la Nación u dirección fue confiada al mismo educador que planeo la fundación de la de Paraná, Mr. Stearns.

Anteriormente, en 1874, habían sido establecidas dos escuelas normales provinciales en Buenos Aires, una para varones 

y otra para niñas, las que fueron nacionalizadas en 1880. Asimismo, en 1875, el Poder Ejecutivo sometió a las Cámaras un proyecto de ley pidiendo autorización para costear catorce escuelas normales para maestras de instrucción primaria. En octubre fue sancionada la ley, estableciendo que la Nación podría fundar una escuela para maestras en cada una de las capitales de provincia que lo solicitaran.

Los gobiernos provinciales colaboraron entusiastamente en esta obra con las autoridades nacionales. Entre Ríos fue la primera provincia que se adhirió a la iniciativa del gobierno central cediendo a la Nación la escuela de Concepción del Uruguay. ‘

Al sancionarse la ley de educación común de 1884, en todas las provincias existían ya escuelas normales nacionales. Algunas provincias contaban con escuelas normales en poblaciones Importantes, aparte de las instaladas en las ciudades capitales. También funcionaban en varias provincias, aunque en forma desventajosa frente a las de la Nación, escuelas normales provinciales, organizadas con una estructura particular según las necesidades regionales. .

En el período que se cierra en el año 1885, las escuelas normales nacionales se habían difundido por toda la República aunque sin alcanzar todavía un plan de estudios ni una organización pedagógica uniformes. Recién con la aplicación del plan de estudios de 1886 se inició la unificación del sistema de formación del magisterio en todo el país.

José María Torres y la orientación del normalismo: Bajo la dirección del distinguido maestro español José María Torres (1823-95) fue consolidada definitivamente la Escuela Normal de Paraná.

Para Torres, la profesión del magisterio requiere, además de la cultura general, una formación especial que permita al maestro el conocimiento de la naturaleza del educando y de la ciencia y arte de la educación, es decir, de los principios pedagógicos y de los métodos y prácticas de la enseñanza.

Considera que el verdadero método de enseñanza consiste en guiar al educando para que asimile los conocimientos, partiendo de las lecciones sobre hechos y objetos concretos. «El ejemplo y la práctica son más eficaces. que el precepto y a teoría». Lo importante no es trasmitir directamente los  conocimientos sino cultivar la aptitudes para adquirirlos.

Publicó varios libros: Primeros elementos de educación, El arte de enseñar; Metodología; Curso de pedagogía, etc. Torres sistematizó la pedagogía, adaptando a maestro medio las normas didácticas y los principios pestalozianos. Durante mucho tiempo, esta influencia típicamente pestalozziana mecanizada y esquematizada por Torres en los famosos «principios» constituyó la médula de nuestra pedagogía normalista.

Fuente Consultada: Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.

Estrada José Manuel Ideas Pedagogidas y Educativas Biografía

Biografía de Estrada José Manuel – Ideas Pedagógidas
17 de Septiembre: «Día del Maestro»

En memoria del fallecimiento de José Manuel Estrada, (13/07/1842- 17/09/1894), se celebra el Día del Profesor. José M. Estrada fue un fecundo profesor, pero también exquisito orador, eximio escritor, periodista y educador integral.

LA EDUCACIÓN LEGAL EN ARGENTINA: JOSÉ MANUEL ESTRADA

José Manuel Estrada (1842-1894). Publicista, historiador, parlamentario, José Manuel Estrada ha sido, por excelencia, un maestro, un conductor de la juventud. Actuó en la docencia secundaria y universitaria y en. el gobierno de la enseñanza. Fue un gran orador y un activo periodista. Difundió sus ideas a través de sus artículos periodísticos y de sus discursos, «conferencias» de derecho constitucional y «lecciones» de historia argentina.

Ejerció la docencia como una gran vocación. Por eso, al despedirse de sus discípulos de la Facultad de Derecho pudo decir: «Ha sido para mí la enseñanza un altísimo ministerio social a cuyo desempeño he sacrificado el brillo de la vida y las solicitaciones de la fortuna, el tiempo, el reposo, la salud, y en momentos amargos mi paz y la alegría de mi familia».

Para Estrada la educación tiene un fin eminentemente moral, pues ella lleva a la perfección, que es el destino del hombre. «El hombre marcha hacia Dios, por medio de la verdad.» Tiene además un fin social, porque la comunidad requiere que los individuos que la componen participen activamente en el intercambio recíproco del pensamiento y el esfuerzo. Y, por fin, la educación es un deber cívico en toda democracia, por cuanto, merced a ella, se habilita al ciudadano para ejercer sus derechos.

Reconoce Estrada que la sociedad ejerce una extraordinaria influencia como agente educador. «La sociedad -dice educa no sólo por las ideas que infunde, sino por la labor que suscita. Educa con su halago, y más aún, con sus torturas.» Pero el hombre no puede entregarse, sin violar la ley de su responsabilidad directa, a la influencia de las sugestiones ajenas abdicando de su personalidad. La educación es esencialmente personal en su objeto.

Todo hombre ha de esforzarse por destacar su individualidad, por conocer su personalidad sustraída de las influencias externas y ser árbitro de él mismo, autor responsable y libre de su propio destino. Considera que no es sino un propósito quimérico el pretender difundir las luces en toda la masa del pueblo mediante las escuelas populares. La enseñanza primaria no ha de limitarse a los rudimentos de la lectura y escritura, pero tampoco puede tener un carácter enciclopédico, circunscribiendo sus fines a la mera disciplina intelectual.

Su misión debe ser más formativa que informativa. La escuela popular tiene un fin esencialmente educativo y disciplinario. En consecuencia, ella debe incorporar a este propósito los elementos morales y el elemento religioso, «sin el cual la moralidad ni reconoce fuentes ni tiene criterio ni trae vigor a las conciencias ni lleva sanciones que la aseguren y fertilicen».

Ardiente defensor de la libertad de enseñanza, a la que consideró necesaria en todo régimen político democrático, condenó Estrada el monopolio del Estado. A juicio de nuestro autor el Estado, órgano de la sociedad para conservar el orden’ jurídico en el interior y para representar al país en el extranjero, no tiene como función primordial y exclusiva la enseñanza.

Ésta corresponde en primer término a los padres, a la familia, a las corporaciones científicas, a los organismos adecuados de la sociedad. Sólo cuando la acción privada falta o es insuficiente o débil, el Estado, encargado de promover el bienestar colectivo, debe intervenir para suplirla, ayudarla o estimularla.

Ahora bien, hemos de dejar sentado que la libertad de enseñanza que Estrada propugnaba no era la libertad ilimitada y absoluta del docente para impartir a la juventud cualquier género de ideas, sino que era la libertad restringida por la verdad moral, la que se desarrolla dentro de los límites impuestos por los preceptos divinos y humanos y por el orden público y en su sentir, el único ambiente propicio para el imperio de una verdad rectamente entendida era el orden cristiano; mientras éste subsista en las instituciones, «la verdad permanecerá incólume en su eterna hermosura, siempre antigua y siempre nueva, y las naciones crecerán preservadas de aquella anarquía de los espíritus, subsiguiente a la difusión del error, que disloca la armonía civil, desmoraliza los individuos y bastardea o destruye las civilizaciones».

Estrada fue uno de los más decididos opositores de la neutralidad religiosa de la escuela popular. Considerando que la gratuidad de la enseñanza no existe, que es una palabra sin sentido cuando el impuesto es la única fuente del tesoro público, afirma que el establecimiento de la escuela neutra, nominalmente gratuita, obliga a los cristianos a costear una educación de la que no se benefician, además de costear escuelas subordinadas a la religión en que educan a sus hijos. Al proclamar la neutralidad de la enseñanza religiosa, el Estado, sostiene, infiere un agravio a la conciencia cristiana.

José Manuel Estrada: Los alumnos de la Facultad de Ciencias Jurídicas quedaban extasiados con la palabra, a la vez apasionada y serena, de un profesor de espaciosa frente, sobre la cual caían, al desgaire, mechones de su abundante cabellera.

Estrada era un gigante de la oratoria, y la blandía a su antojo, como la maza de un coloso mitológico para derribar las murallas de los sofismas y argucias adversarios. Al fluir de su palabra se hace siempre la luz en su auditorio.

Sus discípulos lo amaron, porque de él recibieron la verdad torrentosa, cargada de ímpetus soberbios. Los doce tomos de sus trabajos literarios lo definen como un orador por antonomasia; sus más brillantes conferencias académicas las pronunció de 1870 a 1880 y sus más famosos discursos populares entre 1880 y 1890.

Su catolicismo le venía de la cuna. Huérfano de madre a los pocos años, se crió junto a su abuela, doña Carmen de Liniers, hija del famoso virrey de Buenos Aires. De la hija del ilustre francés heredó la tradición racial y religiosa de los antiguos tiempos argentinos. El excelso fray Buenaventura Hidalgo, del colegio franciscano de Buenos Aires, lo orientó en Filosofía y Humanidades; Manuel Pinto lo inició en el conocimiento de la Historia.

En 1858, Estrada se presentó al Liceo Literario con un trabajo sobre el Descubrimiento de América, que obtuvo el premio y consagró su precocidad para las letras y la historia.

«Génesis de nuestra raza», escrito para refutar al profesor Minelli, que negaba la creación del hombre por Dios, constituyó su primer trabajo de aliento y lo reveló como un polemista de fuste. Sus obras juveniles fueron: «Signum foederis» (1859), «El génesis de nuestra raza» (1861), «El catolicismo y la democracia» (1862).

«Lecciones sobre la historia de la República Argentina» (conferencia). «La política liberal bajo la tiranía de Rosas» (1874) y el «Derecho Constitucional» (clases) fueron sus obras de la madurez.

Estrada nació en Buenos Aires el 13 de julio de 1842 y falleció en Asunción (Paraguay) el 17 de setiembre de 1894.

Fuente Consultada: Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.

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BIOGRAFÍA DE JOSÉ MANUEL ESTRADA:

Nació en Buenos Aires el 13 de julio de 1842, siendo sus padres D. José Manuel Estrada Barquin, caballero porteño, y doña María Rosario Peri-chón de Vandeuil y Liniers, dama de distinguida estirpe, descendiente del héroe de la Reconquista y con extensas vinculaciones de parentezco en la sociedad porteña, los que se desposaron en esta ciudad el 29 de julio de 1840. A los nueve años, Estrada quedó huérfano de madre, encargándose de su cuidado su abuela doña Carmen de Liniers, quien supo llenar con su ternura el lugar que ocupara la madre en el corazón de aquel niño cruelmente castigado por su temprana orfandad.

jose manuel estrada

Curioso ha resultado siempre para los biógrafos de Estrada la influencia que el hogar paterno ejerció sobre su espíritu. Desde muy niño reveló Estrada una predilección singular por el estudio. Terminado el curso primario de sus estudios, entre los años 1854 y 1858 cursó el bachillerato, pasando de inmediato a realizar estudios filosóficos, teológicos y de humanidades. Estas tareas fueron alternadas con ejercicios de oratoria, por los que Estrada reveló particular predilección.

En torneos de dialéctica, celebrados con carácter privado y sin otro auditorio que sus maestros, asomaba ya el elegante giro retórico, la profundidad del pensamiento, todo ello puesto al servicio de arduos problemas morales ó religiosos.

A los 16 años, Estrada poseía conocimientos extraordinarios para su edad, siendo admirable su versación teológica y su erudición histórica. Su precocidad intelectual era notable, al extremo que alguien ha afirmado que no ha tenido parecido entre los hombres de nuestro país. La fama del talento de Estrada cundió rápidamente en Buenos Aires, cuya sociedad en aquel entonces era pequeña. No por esto se envaneció el joven aventajado, pues por el contrario, su naciente notoriedad prestóle nuevos bríos para proseguir sus estudios.

En 1858 en el Liceo Literario se abrió un concurso con el fin de premiar al mejor trabajo sobre el certamen. Fue su primer triunfo y él significó su consagración. Había conquistado un puesto de primera fila entre la juventud pensante de la época, y sus cualidades excepcionales y su perseverancia de trabajador infatigable, augurábanle un brillante porvenir.

El eminente orador Dr. Pedro Goyena, gran admirador de Estrada, en un artículo publicado en la «Revista Argentina», Tomo VI, pág.97, de 1870, refiriéndose al trabajo premiado en el Liceo Literario: «… con tal obra reveló el novel autor poseer un espíritu capaz de elevarse a grandes concepciones y dotado de una sensibilidad en armonía con su inteligencia».

Después de su primer triunfo, la producción literaria de Estrada fue incesante.

Entre 1859 y 61, antes de cumplir los 20 años, fue redactor de los periódicos «La Guirnalda», «Las Novedades» y «La Paz«.

De esta época ss una producción de Estrada, titulada: «Signum Faederis«,opúsculo escrito en circunstancias en que Buenos Aires hallábase en guerra con la Confederación, siendo el nervio de esta composición un llamamiento de Estrada a los sentimientos argentinos de fraternidad. Por ser un trabajo casi desconocido, se transcriben dos o tres párrafos del mismo:

«La solidaridad argentina debe ser una verdad. Todos nosotros representamos una sola idea y una sola personalidad en este mundo. Nos necesitamos unos a otros porque nuestros intereses están ligados por incorruptibles vínculos de sangre».

«Tiempo es de abandonar las mezquinas teóricas del provincionalismo. «Las tradiciones son comunes, lo mismo los dolores que las epopeyas gloriosas. Somos una sola entidad universal. El que es amigo o enemigo de Buenos Aires lo es de toda la República».

«El crédito y el descrédito, la garantía y la violavilidad son comunes. Divididos nada importamos: somos una farsa de República».

«Por más que Buenos Aires avance en el glorioso camino del progreso mientras tadas las provincias de la Nación no avancen a la par, el extranjero solo verá en nosotros un mal plantel de sociedad. Buenos Aires se debe a sus hermanas como éstas a él» .

No podía pedirse un concepto político más claro y acertado en un joven de 17 años. Estos párrafos claramente exteriorizan la intelectualidad de Estrada.

También se especializó en temas religiosos: en 1861, a raíz de ciertos conceptos antirreligiosos vertidos por el profesor Gustavo Minell desde su cátedra de la Facultad, sostuvo una apasionada polémica, y a raíz de esta controversia, escribió un alegato titulado «El génesis de nuestra raza«, llamado a destruir las doctrinas de su contrincante. Después produjo «El origen de la humanidad» y «La misión del Nuevo Mundo«, escritas ambas, antes que su autor cumpliera los 25 años.

En 1866 publicó en dos tomos la obra que puede considerarse fundamental en su carrera literaria: «Lecciones de historia de la República Argentina». A esta siguióle «Fragmentos históricos«, «La política liberal bajo la tiranía de Rosas«, en el año 1873 y entre 1878 y 1880 dió a la publicidad el «Curso de Derecho Constitucional» en tres tomos.

La labor literaria de Estrada comprende además un volumen de escritos juveniles, tres volúmenes de artículos periodísticos y literarios y uno de discursos, y «Ensayo histórico sobre la revolución de los comuneros del Paraguay en el siglo XVIII«.

Como periodista, además de su tarea mencionada, en 1873 fundó «El Argentino» y poco después la «Revista Argentina«, que siguió publicando hasta 1882, y en este año «La Unión«, luchando en ella por los principios cristianos, en contra de la irrupción del liberalismo; lucha que le valió la destitución de la cátedra que desempeñaba en la Universidad, la que no había querido abandonar, ni en cambio de altas posiciones políticas que le brindara su amigo, el ilustre Presidente Nicolás Avellaneda.

La cátedra que desempeñaba en la Facultad era la de Derecho Constitucional. Desempeñó en el Colegio Nacional Central la cátedra de Hstoria Argentina, Economía Política e Instrucción Cívica.

Entre los años 1869 y 70, Estrada desempeñó el cargo de Jefe del Departamento de Escuelas, escribiendo por aquel entonces «La memoria sobre la educación camún en la Provincia de Buenos Aires».

En este libro Estrada esbozó un plan de educación católica para la enseñanza primaria, secundaria y universitaria, ideal por el cual bregó toda su vida. En 1871 formó parte de la Convención Constituyente de la Provincia y en 1887 ejerció el cargo de Diputado, tocándole actuar en los debates a que dio lugar la sanción de la Ley del Matrimonio Civil y el problema de la educación laica.

Desde 1882 a 1889 trabajó con ahinco en la formación de un partido católico militante, denominado «Asociación Católica«.

En 1887 después de una vida fecunda para el bien y de constantes servicios para el país, su salud comenzó a declinar, atacado por una terrible enfermedad. No obstante esto, aún prestó eficientes servicios a la República, cuyo Gobierno le designó Ministro Plenipotenciario en la Asunción del Paraguay, puesto en el cual inició un completo tratado de amistad, comercio y navegación y en el cual sorpredió la muerte el 17 de septiembre de 1894, fallecido en la capital paraguaya.

D. José Manuel Estrada contrajo matrimonio el 14 de marzo de 1868 con doña Elena Esteves Rubio, hija de Miguel Esteves Seguí, abogado, diputado y senador del Estado de Buenos Aires, etc.; y de Juana Rubio y Sarratea.

Fuente Consultada:
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

Pensamiento Educativo de Avellaneda Resumen Educacion Argentina

LA EDUCACIÓN LEGAL EN ARGENTINA: NICOLÁS AVELLANEDA

Nicolás Avellaneda (1837-1885). Fue tan brillante como breve la actuación de Nicolás: Avellaneda en la vida pública. Durante el quinquenio 1868-1873 ocupó la cartera de Justicia e Instrucción Pública, realizando una vasta acción civilizadora de la que ningún rincón del país quedó excluido. Sus «Memorias» administrativas son la historia de esta obra fecunda, que fue, como pudo decir en verdad el joven ministro, «la página de honor de su vida pública».

Llegado a su vez a la presidencia de la Nación, continuó la empresa educativa de Sarmiento y pudo, no obstante la gran crisis financiera que afectó al país entero, llevar a cabo grandes progresos escolares, diseminando escuelas primarias, secundarias y normales, bibliotecas e instituciones culturales.

Elegido rector de la Universidad en 1881 y senador por Tucumán al año siguiente, desempeño ambos cargos simultáneamente. Asistió al celebre Congreso Pedagógico Sudamericano de 1882. Sus iniciativas parlamentarias se dirigieron asimismo a la instrucción publica.

Proyectó y defendió la ley universitaria que lleva su nombre, sancionada en 1885. En el año 83, cuando se discutió la promulgación de la ley de Educación Común, tomó parte en los debates defendiendo ardientemente la enseñanza religiosa, como orador en el Senado y como escritor con el opúsculo La escuela sin religión. No fue .Avellaneda un teórico de la educación. Como Sarmiento, estructuró una pedagogía de acción destinada a interpretar y solucionar prácticamente los múltiples problemas educacionales planteados a la realidad social del país.

Toda su política educacional tendió a la consolidación de nuestra naciente democracia mediante la difusión de la cultura popular. Para él, la educación constituye el eje alrededor del cual han de girar todas las actividades; la política, la economía y la riqueza de un país dependen directamente de la educación publica. Nada tiene significado sin su concurso. Por eso, es de interés supremo para la Nación propender al mejoramiento moral e intelectual de las masas populares.

Es preciso propagar por todos 105 medios la educación primaria en beneficio del país y de las instituciones libres. Sin la educación general, distribuida indistintamente a todos, es decir, sin la igualdad de la educación, las otras igualdades consagradas por la ley carecen de realidad consistente por la falta de capacidad en el mayor número para el ejercicio del derecho.

Analiza Avellanada los factores y elementos que intervienen en en la solución del problema de la educación pública: «el maestro; la renta que le mantiene y con la que se ha constituido el edificio donde se escuchan sus lecciones; y el alumno mismo, por fin, niño hoy, mañana hombre, pero del que sólo la educación puede hacer un hombre apto para los fines sociales«.

Reconoce que al intentar estructurar un sistema cualquiera de educación, la primera dificultad que surge es la de la formación del maestro, de quien depende la decadencia o progreso de la escuela.

«El maestro -dice- no se improvisa: hay en él como en el militar o en el sacerdote, una vocación de su estado, sin la que no puede sostener sus fatigosas pruebas, y una instrucción especial que la prepara, fecunda y a veces la inspira como revelación de sus altos deberes y el conocimiento de su influencia sobre las generaciones nacientes».

Fuente Consultada: Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.

La Educacion Nacional Pensamiento Sarmiento Escuelas Normales

LA EDUCACIÓN LEGAL EN ARGENTINA: DOMINGO F. SARMIENTO

DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO: (1871-1885) Este período comprende al de la sanción de las grandes leyes nacionales que organizan la instrucción pública y que se  inicia con la ley de subvenciones nacionales de 1871 y culmina con la ley Avellaneda de 1885. Ya hemos visto que el gobierno del General Mitre, empeñado en la ardua tarea de consolidar la unión nacional y ante el grave problema de la guerra exterior, no pudo dedicar sus esfuerzos, en la medida que las circunstancias lo exigían, a la difusión de la educación.

Tocóle a la administración siguiente, ya más cimentadas las instituciones, encarar con mayor detenimiento y profundidad los problemas fundamentales de la instrucción pública. Pudo así el Presidente Sarmiento, secundado con eficacia por su Ministro Avellaneda, iniciar brillantemente el ciclo histórico de nuestra escuela nacional. Una misma idea parece orientar todo el movimiento educacional de esta época: combatir la ignorancia y difundir la cultura general y cívica del país. Éste es el eje hacia el cual convergen las concepciones de todos los políticos y teorizadores de la educación.

En lo que respecta a la estructuración didáctica con la difusión de las Escuelas Normales y la orientación que le imprimieron los educadores norteamericanos llamados para dirigirlas, se formó un rnagisterio bajo la influencia de la técnica pestalozziana, iniciándose con ello la unificación didáctica de nuestra escuela primaria en toda la nación. Se editaron además los primeros textos pedagógicos escritos en el país, como los de Adolfo Van Gelderen y José María Torres.

DOCTRINA PEDAGÓGICA DE SARMIENTO Sarmiento educador. Precursor de la pedagogía social, héroe de la escuela popular y creador del normalismo, Sarmiento puede ser considerado, a justo título, el primero y el más grande de los educadores argentinos. Escritor, periodista, sociólogo, político y gobernante, Sarmiento fue, ante todo y por sobre todo, Educador. Durante toda su vida, en todas partes, ocupase el cargo que ocupase, fue siempre educador: educó siendo ministro, gobernador, legislador o presidente.

Educó sembrando escuelas y bibliotecas populares, agitando la opinión pública en favor de la enseñanza desde las columnas de la prensa, fundando «El Monitor» o escribiendo la «Educación Popular». La instrucción fue para él la medida de la civilización. Condenó al analfabetismo como al enemigo declarado del progreso del país. Por eso, hizo de la enseñanza la pasión dominante de su vida, y así lo proclamó él mismo. «Dondequiera -expresa  que se reúnan seis personas para tratar de educación yo estoy con ellas y recibo mi parte.»

Siendo presidente, al asistir al acto inaugural de una escuela que llevaría su nombre, dice: «Me habéis encargado del poder supremo de mi país; y si al último hombre de la República le preguntaseis qué cree que haré con ese poder, os contestará: fundar escuelas» .

Todas nuestras instituciones educativas están impregnadas de su espíritu. Sin haber cursado estudios para ejercer la carrera docente, fue el Maestro por excelencia. Otros, es verdad, difundieron antes que él la instrucción pública. Pero sólo él la convirtió en pasión. Y ello constituye su mayor mérito, porque como expresara al responder a las burlas de sus contemporáneos que se referían a su «manía» de enseñar, «sólo cuando una grande aspiración social se convierte en manía, se logra el haberla hecho, institución, conquista».

El pensamiento pedagógico. El pensamiento pedagógico de Sarmiento no está expuesto metódicamente en ningún tratado. No dispuso del tiempo necesario para ocuparse de ello quien vivió apremiado por la urgencia de resolver, antes que nada, todos los arduos y grandes problemas de la educación pública. Era preciso organizar con celeridad el vasto plan de instrucción que el país requería, con la adopción de las más acertadas soluciones educacionales de origen europeo a la realidad de nuestro medio americano.

Por eso, fue la suya una pedagogía de acción, cuyos principios doctrinarios, no siempre expuestos, se encuentran dispersos, sin sistematizar, en sus libros, articulas, informes, memorias y discursos. Dos influencias principales pueden señalarse en su pedagogía: la francesa y la norteamericana. Como los hombres de nuestra revolución, se nutrió de las doctrinas francesas de la segunda mitad del siglo XVII.

La ideología pedagógica revolucionaria, especialmente la que Condorcet expone en sus memorias, le dio las bases de su política educacional. La influencia norteamericana le imprimió el sello pestalozziano que Horacio Mann había difundido y le reveló la posibilidad y los medios para asegurar el éxito de la obra educativa en un país nuevo.

Su pedagogía social. Sarmiento es, sin duda, uno de los principales precursores de la llamada pedagogía social contemporánea. Con profunda intuición, vinculó la instrucción popular a los problemas y necesidades de la sociedad y del Estado. Demostró que la sociedad tiene especial interés en asegurar a los individuos que la componen una preparación eficaz mediante la educación primaria, considerada como la «educación nacional», para el desempeño de sus múltiples funciones en la vida civilizada.

El progreso del país, su libertad, su bienestar y riqueza dependen del grado de cultura de sus habitantes. «La dignidad del Estado -dice-, la gloria de una nación no puede cifrarse sino en la dignidad de sus súbditos; y esta dignidad no puede obtenerse sino elevando el carácter moral, desarrollando la inteligencia y predisponiéndola a la acción ordenada y legítima de todas las facultades del hombre.»

Señaló Sarmiento que no hay verdadera democracia sin la educación popular. Sólo mediante la difusión de la educación es posible realizar el ideal de la igualdad republicana. Toda su política educacional gira en torno de la doctrina del Estado enseñante.

Sarmiento una confianza ilimitada en las posibilidades de la educación popular. Creyó en el poder trascendentalísimo de la educación como medio de transformación social, política, económica e intelectual del país. Únicamente por obra de la instrucción y de la cultura la Nación se orientaría hacia los más elevados destinos. La función social del maestro de escuela.

Escribió Sarmiento páginas con ideas definitivas sobre la sublime función social del maestro de escuela, elevando su concepto en la conciencia pública y en las esferas oficiales. Compara la función del magisterio con la del sacerdocio.

«El sacerdote al derramar el agua del bautismo sobre la cabeza del párvulo, lo hace miembro de una congregación que se perpetúa por siglos al través de las generaciones y lo liga a Dios, origen de todas las cosas, padre y creador de la raza humana. El maestro de escuela, al poner en las manos del niño el silabario, lo constituye miembro integrante de los pueblos civilizados del mundo, y lo liga a la tradición escrita de la humanidad, que forma el caudal de conocimientos con que ha llegado, aumentándolos de generación en generación, a separarse irrevocablemente de la masa de la creación bruta. El sacerdote le quita el pecado original con que nació; el maestro la tacha de salvaje que es el estado originario del hombre … « El maestro, para él, es el primer agente civilizador. No crea la ciencia ni la enseñanza pero pone al educando en el camino que conduce a ella. Aspiraba Sarmiento a formar maestros perfectos, que no sólo inculcaran los conocimientos necesarios sino que también educaran el carácter.

«Cualquier joven decia en un comunicado al Ministro Monttcon mediana instrucción puede ponerse a la cabeza de una escuela, pero para introducir un sistema filosófico de enseñanza, para realizar un sistema de educación primaria que ha de traer por resultado cambiar la faz de la educación, en un país donde no hay generalizados ni métodos, ni ideas, ni buenos hábitos, y al contrario dificultades sinnúmero, preocupaciones arraigadas, y una rutina irracional, se necesitan hombres muy preparados por la instrucción, de carácter, de talento y aun puede decirse de genio .. »

El maestro no podía ser improvisado. No sólo basta poseer los conocimientos para transmitirlos; se requiere además el arte de enseñar. Consecuente con estas ideas, afrontó Sarmiento, con apasionamiento, el problema de la formación del magisterio como una especialidad, con el objeto de capacitar al docente para cumplir con eficacia las funciones de la enseñanza. La educación de la mujer, En su concepción pedagógica, Sarmiento pone de relieve la trascendencia de la función social de la mujer como complemento de la acción de la escuela.

A ese respecto dice en su obra Educación popular: «De la educación de las mujeres depende, sin embargo, la suerte de los Estados; la civilización se detiene a las puertas del hogar doméstico cuando ellas no están preparadas para recibirla. Hay más todavía, las mujeres, en su carácter de madres, esposas, o sirvientes, destruyen la educación que los niños reciben en la escuela.

Las costumbres y las preocupaciones se perpetúan por ellas, y jamás podrá alterarse la manera de ser de un pueblo, sin cambiar primero las ideas y hábitos de vida de las mujeres». Considera Sarmiento que las mujeres morigeran y suavizan las costumbres. Sin su concurso, peligraría la causa de la civilización, ya que la primera educación impartida en el regazo materno forma en el hombre hábitos, inclinaciones y caracteres indelebles.

En lo que se refiere a la educación de la primera infancia, afirma que las mujeres poseen aptitudes de carácter y de moral que las hacen infinitamente superiores al hombre. «Dotadas de un tacto exquisito para dirigir la niñez, cuando el exceso de afecto no las extravía, las mujeres solas saben manejar sin romperlos los delicados resortes del corazón y de la inteligencia infantil.»

De estas razones nace su constante preocupación, evidenciada desde sus primeros pasos en la vida pública, por la elevación social e intelectual de la mujer, ya anteriormente propugnada por Rivadavia.

Acción didáctica. Defensor de la concepción integral de la educación, aunque se dedicó con particular entusiasmo a preconizar su método y procedimiento para la enseñanza de la lectura, se ocupó también de la enseñanza de las demás materias científicas, prácticas y estéticas que integran la educación moderna.

Muchas de sus iniciativas sobre métodos o sistemas de enseñanza son hoy verdades corrientes. Pero conviene no olvidar que en esa época significaban innovaciones revolucionarias. Reformó la enseñanza de la lectura, enseñó geografía sobre la base de mapas y sistematizó el estudio de la cosmografía. Destacó asimismo la importancia del dibujo lineal. Sugirió la conveniencia de añadir el aprendizaje de idiomas extranjeros y enseñó personalmente el francés a los discípulos más aventajados. Introdujo en tercer año un curso de pedagogía «para el estudio teórico de este ramo principal de la profesión».

La importancia que Sarmiento asignó a la lectura le llevó a reformar los métodos para su enseñanza y a traducir y escribir textos para las escuelas. Considerando que el método del deletreo corta el sentido y la ilación de las frases constituyendo un obstáculo para la instrucción popular, Sarmiento aspiró a sustituido por su método silábico, al que fundamentó con importantes trabajos. Fruto de este afán fueron sus cartillas y silabarios (1842), su Método de lectura gradual (1845) y las Instrucciones a los maestros para enseñar a leer por el método de lectura gradual (1853).

El método propiciado por él, desterraría el odio eterno a la lectura que inspiraba el sistema memorista empleado hasta entonces. «La enseñanza de la lectura de un idioma decía consiste, primero, en conocer los caracteres que representan los sonidos; segundo, conocer las diversas modificaciones que un idioma tiene en la organización de sus sílabas; tercero, la manera de reunirse éstas para construir la palabra.»

A su juicio, el método que intentara enseñar las palabras sin el conocimiento de las modificaciones de los sonidos vocales, haría de la lectura un estudio empírico e incompleto. Se ocupó de los sistemas diversos de enseñanza, señalando sus ventajas e inconvenientes. Muchos de los principios sobre los que se fundamentan las modernas doctrinas pedagógicas están ya expresados en Sarmiento. Brega por la abolición del mecanismo rutinario, por el interés de la enseñanza, por la progresión de las dificultades.

«El día dice en la Vida de Dominguito que leer, escribir y demás, sea necesario y útil para algo relativo a la infancia, los niños aprenderán solos.» Afirmaba que aunque se habían obtenido grandes progresos en los sistemas y métodos de enseñanza, faltaba mucho todavía para que los niños pudieran aprender a leer y escribir con el mismo interés y afán con que querían correr y jugar.»

«Y sin embargo -agrega un método debe haber, ha de encontrarse al fin, el educar el alma por los mismos medios que se educa el cuerpo pues que la educación del cuerpo, es esa gana de correr, sin la cual los miembros se quedarían débiles.»

Fuente Consultada: Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.

La Educacion Argentina Amadeo Jacquec Juana Paula Manso Ideas Educativas

LA EDUCACIÓN EN LA PRIMERA ETAPA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL

En el período que sigue a la caída de Rosas se va afianzando cada vez más en el espíritu colectivo la idea de la instrucción pública como un deber y una necesidad ineludible del Estado. En la educación de las masas, decían los hombres más representativos de la época, radica el progreso futuro de la República. La escuela es el órgano forjador de la nacionalidad, el factor fundamental para la reorganización del país.

Tal era la idea inspiradora de la obra educacional que antecedió a la verdadera acción unificada, llevada recién a término en la presidencia de Sarmiento. Entre 1853 y 1860 se dictaron las constituciones provinciales, que siguiendo las huellas del vencedor de Caseros, fueron estableciendo los principios de la instrucción popular. «La salvación de la patria se exteriorizaba en un hecho: abrir escuelas, educar, instruir. No hubo autoridad provincial ni central que no consagrara este principio en sus mensajes leídos ante las nacientes legislaturas. Y cuando llegó la ‘hora de la cimentación de las instituciones, la impulsión dada hizo entrar la administración escolar en un cauce que preparaba los rumbos normales y definitivos».

La Constitución de 1853 dejó librada a las provincias la organización de la enseñanza. De manera que todo el movimiento educacional posterior a Caseros y anterior a 1870, si bien generalizado a todo el país, no fue sino el producto de la obra aislada y exclusiva de las provincias, sin que obedeciera a la intervención directa del gobierno de la Confederación primero, o de la Nación después. Faltó, en consecuencia, un criterio orgánico que unificara la enseñanza. No obstante, en estos primeros años de la organización nacional, dos centros irradiaron su influencia renovadora hacia  la República: Buenos Aires, bajo el impulso extraordinario de Sarmiento, y Entre Ríos, sede del gobierno del General Urquiza, donde la acción oficial difundió notablemente la instrucción pública.

El gobierno de Mitre encaró el problema educacional del país en toda su complejidad, aunque vio obstaculizada su acción por la gravedad de la situación política y las dificultades económicas. Empero, la administración de Mitre hizo sentir regularmente el apoyo efectivo de la Nación subvencionando la instrucción pública en las provincias, y marcó el punto de partida de la organización de la enseñanza secundaria en toda la República con la creación del Colegio nacional.

La preocupación pedagógica de la época se tradujo en una intensa difusión de obras europeas. La pedagogía francesa y la española influyeron especialmente, mediante los libros o la acción personal de los hombres que llegaron al país y se dedicaron a la enseñanza. En 1855 el Canónigo Piñero publicó un libro titulado Principios de Educación.

Se inició además el período de una didáctica sistematizada. Aparecieron las primeras revistas que revelan interés por el mejoramiento de la faz didáctica de la escuela primaria: Anales de la Educación Común, El Auxiliar Nemónico de las Escuelas y La Escuela Primaria.

El Gobernador Saavedra creó en Buenos Aires, con la fundación de la Escuela Normal de 1865, el primer centro de ensayo de sistematización didáctica. Esta institución, que tuvo como Director a Marcos Sastre y como vice a Enrique de Santa Olalla, no prosperó, siendo suprimida seis años después de su creación.

Amadeo Jacques: La figura del ilustre profesor francés Amadeo Jacques (1813-1865) está vinculada, por su actuación personal y por sus doctrinas pedagógicas, a la obra educacional de la presidencia de Mitre. La obra fecunda de Amadeo Jacques ha gravitado en la evolución cultural de nuestro país, desempeñando un papel de singular importancia en la organización y orientación de nuestra enseñanza secundaria.

En su célebre Memoria, Jacques planea la organización de la enseñanza primaria, secundaria y superior. Destaca la insuficiencia de la educación primaria de la época, afirmando que mientras ésta no alcance un nivel superior, faltará a los colegios su base indispensable.

Este hecho le lleva a sugerir la necesidad de subsanar esa insuficiencia, por lo menos temporariamente, mediante la creación en los Colegios Nacionales de una clase elemental superior, que fuese una transición entre la escuela primaria y la enseñanza secundaria. El objeto de esta clase especial sería el de familiarizar de antemano al niño, por la vista y el oído, con los objetos de sus estudios posteriores. Su fin «no sería enseñar algo, sino preparar a aprenderlo todo».

En lo que se refiere a la enseñanza secundaria, Jacques defiende su función formativa y general. No preparará al niño que ha salido de la escuela elemental para una determinada carrera u oficio especial. Por encima de todas las enseñanzas especiales es preciso que exista una enseñanza general que cultive todo el entendimiento y abra al espíritu todos los horizontes de la actividad humana. Afirma que la enseñanza impartida en el Colegio es llamada con acierto preparatoria, pero que no debe ser una preparación para tal o cual carrera sino para todos los trabajos de la vida.

«El Colegio comprendería, pues, con la instrucción necesaria a todo el mundo, las instrucciones especiales que encaminan a todos los oficios, pero las comprenderá unidas y fuertemente vinculadas entre sí, mientras que el sistema de las escuelas especiales rompe al contrario su unidad y las dispersa. No formará hombres especiales, pero sí hombres listos y aptos para todo, que sepan a los dieciocho años de su edad elegir con conocimiento de causa la carrera a la cual se sientan más inclinados…» (1).

Reconoce la necesidad de las especialidades, pero afirma que para que tengan toda su eficacia es preciso que se fundamenten en una instrucción general completa. Por tal motivo, argumenta en contra de la tendencia a reclamar, siguiendo el ejemplo de Francia, la especialización de la enseñanza secundaria, bifurcando los estudios generales. «No imitemos -dice a la Europa en sus desaciertos mismos y aun cuando acierta, cuidemos de que las circunstancias, en medio de las cuales nosotros vivimos, son diferentes y requieren distintas medidas.»

(1) El texto de la Memoria que citamos figura en Antecedentes sobre enseñanza secundaria y normal en la República Argentina. Ministerio de Justicia e Instrucción Pública. Bs. As., 1903.

Juana Paula Manso (1819-1875): Juana Manso, la mujer de quien Sarmiento dijera que «fue la única en su sexo que ha comprendido que bajo el humilde empleo del maestro está el sacerdocio de la libertad y de la civilización», fue una Maestra ejemplar y una defensora infatigable de los derechos de la mujer argentina.

Sus ideas pedagógicas, expuestas desde los Anales de la educación común, la presentan como una cultora de los métodos y sistemas norteamericanos, que la vinculan con las ideas de Pestalozzi y Froebel, las que trató de aplicar adaptándolas a la realidad argentina.

En la senda trazada por Sarmiento, a quien no sólo siguió de cerca sino que en algunos casos también se le anticipó, Juana Manso luchó sin tregua por desterrar nuestra enseñanza verbalista y dogmática. Combatió la disciplina rígida, y llevada por su ternura hacia los niños propició la creación de jardines de infantes. Consciente de la misión que cumple la mujer en la sociedad moderna, demandó para ella una educación que la preparase para enfrentarse con la vida desde cualquier posición o estado civil.

Ante la opinión que le merecía la situación de las escuelas primarias de esa época, de las que dice que «lejos de enseñar alguna cosa pervierten el alma, embrutecen el espíritu y debilitan el cuerpo» y a las que considera «la más dolorosa de las realidades», Juana Manso propició la formación de un magisterio especializado para difundir la enseñanza con toda la dignidad y altura que esta noble misión exige.

Fuente Consultada: Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.

Ideas Educativas de Mitre La educacion en la Organizacion Nacional

Ideas Educativas de Mitre
LA EDUCACIÓN EN LA PRIMERA ETAPA DE LA ORGANIZACIÓN NACIONAL

En el período que sigue a la caída de Rosas se va afianzando cada vez más en el espíritu colectivo la idea de la instrucción pública como un deber y una necesidad ineludible del Estado. En la educación de las masas, decían los hombres más representativos de la época, radica el progreso futuro de la República. La escuela es el órgano forjador de la nacionalidad, el factor fundamental para la reorganización del país.

Tal era la idea inspiradora de la obra educacional que antecedió a la verdadera acción unificada, llevada recién a término en la presidencia de Sarmiento. Entre 1853 y 1860 se dictaron las constituciones provinciales, que siguiendo las huellas del vencedor de Caseros, fueron estableciendo los principios de la instrucción popular. «La salvación de la patria se exteriorizaba en un hecho: abrir escuelas, educar, instruir. No hubo autoridad provincial ni central que no consagrara este principio en sus mensajes leídos ante las nacientes legislaturas. Y cuando llegó la ‘hora de la cimentación de las instituciones, la impulsión dada hizo entrar la administración escolar en un cauce que preparaba los rumbos normales y definitivos».

La Constitución de 1853 dejó librada a las provincias la organización de la enseñanza. De manera que todo el movimiento educacional posterior a Caseros y anterior a 1870, si bien generalizado a todo el país, no fue sino el producto de la obra aislada y exclusiva de las provincias, sin que obedeciera a la intervención directa del gobierno de la Confederación primero, o de la Nación después. Faltó, en consecuencia, un criterio orgánico que unificara la enseñanza. No obstante, en estos primeros años de la organización nacional, dos centros irradiaron su influencia renovadora hacia

la República: Buenos Aires, bajo el impulso extraordinario de Sarmiento, y Entre Ríos, sede del gobierno del General Urquiza, donde la acción oficial difundió notablemente la instrucción pública.

El gobierno de Mitre encaró el problema educacional del país en toda su complejidad, aunque vio obstaculizada su acción por la gravedad de la situación política y las dificultades económicas. Empero, la administración de Mitre hizo sentir regularmente el apoyo efectivo de la Nación subvencionando la instrucción pública en las provincias, y marcó el punto de partida de la organización de la enseñanza secundaria en toda la República con la creación del Colegio nacional.

La preocupación pedagógica de la época se tradujo en una intensa difusión de obras europeas. La pedagogía francesa y la española influyeron especialmente, mediante los libros o la acción personal de los hombres que llegaron al país y se dedicaron a la enseñanza. En 1855 el Canónigo Piñero publicó un libro titulado Principios de Educación.

Se inició además el período de una didáctica sistematizada. Aparecieron las primeras revistas que revelan interés por el mejoramiento de la faz didáctica de la escuela primaria: Anales de la Educación Común, El Auxiliar Nemónico de las Escuelas y La Escuela Primaria.

El Gobernador Saavedra creó en Buenos Aires, con la fundación de la Escuela Normal de 1865, el primer centro de ensayo de sistematización didáctica. Esta institución, que tuvo como Director a Marcos Sastre y como vice a Enrique de Santa Olalla, no prosperó, siendo suprimida seis años después de su creación.

La concepción educacional de Mitre. La presidencia del General Mitre, inaugurada el 12 de octubre de 1862, se caracteriza por el vigoroso impulso dado a la enseñanza pública, no obstante las dificultades de todo orden que sobrevinieron como consecuencia de las dolorosas convulsiones internas y de la guerra del Paraguay. Es una época crítica, de inestabilidad y formación, en la que se inicia la ardua obra de pacificación del país y de adaptación a las nuevas formas constitucionales. El problema esencial que Mitre se plantea es el de consolidar la unión nacional, el de fortalecer en la juventud argentina la fe en un común destino, que superando los viejos antagonismos, afianzase la conciencia de la nacionalidad. Advierte, en consecuencia, junto al deber ineludible de todo estado democrático de propagar la educación elemental para extirpar el mal de la incultura, «mole de ignorancia -decía que sube y nos arrastra», la necesidad de difundir la enseñanza secundaria a fin de preparar las futuras clases dirigentes, ilustrándolas y capacitándolas para las múltiples funciones de la vida social.

En el discurso que pronunció en 1870 ante el Senado de la Nación, oponiéndose a un proyecto de becas universitarias, para proponer, en cambio, que se destinaran los recursos disponibles a fomentar la enseñanza común, están expuestos los principios que orientaron la acción educativa durante su presidencia. Argumentaba Mitre que la sociedad debe a los miembros que la componen aquellos servicios indispensables que son de interés general, y entre los cuales la educación ocupa el primer lugar.

De ahí, que considerara necesaria y legítima la intervención estatal en la educación, con el objeto de propagarla sistemáticamente. La difícil situación económica por la que atravesaba el país, requería que se destinaran los escasos recursos a satisfacer las necesidades más urgentes y apremiantes. No es propio de un pueblo democrático, alegaba Mitre, beneficiar con sus recursos a la enseñanza superior impartida a unos pocos, en detrimento de la educación común que interesa al mayor número de habitantes.

Es necesario «que la inteligencia gobierne, que el pueblo se eduque para gobernarse mejor, para que la razón pública se forme, para que el gobierno sea la imagen y semejanza de la inteligencia, y esto sólo se consigue elevando el nivel intelectual y moral de los más instruidos y educando al mayor número posible de ignorantes para que la barbarie no nos venza». Por eso, al lado de las escuelas primarias era preciso crear colegios nacionales que habilitaran al individuo para la vida social.

«Si dada nuestra desproporción alarmante entre el saber y la ignorancia, no echásemos anualmente a la circulación en cada provincia una cantidad de hombres completamente educados para la vida pública, el nivel intelectual descendería rápidamente, y no tendríamos ciudadanos aptos para gobernar, legislar, juzgar, ni enseñar, y hasta la aspiración hacia lo mejor se perdería, porque desaparecerían de las cabezas de las columnas populares esos directores inteligentes, que con mayor caudal de luces las guían en su camino y procuran mejorar su suerte, animados por la pasión consciente del bien.»

La instrucción secundaria y la creación del Colegio Nacional.

El vasto movimiento de desarrollo de la instrucción secundaria, que Mitre realiza con el objeto de lograr la consolidación y el arraigo de las nuevas instituciones políticas, se inicia con la fundación del Colegio Nacional de Buenos Aires.

Antes de llevar a cabo las reformas necesarias para sistematizar y uniformar la enseñanza secundaria en todos los establecimientos dependientes de la Nación, el Poder Ejecutivo comisionó al doctor Eusebio Bedoya y a Domingo Vico para que presentaran, respectivamente, una información detallada sobre la enseñanza en el Colegio de Montserrat y en el de Concepción del Uruguay. Eran éstos los dos únicos institutos de enseñanza secundaria entonces existentes en el país, además del Colegio Seminario y de Ciencias Morales de Buenos Aires. Una vez estudiados los informes de los comisionados, el Poder Ejecutivo resolvió, por decreto del 14 de marzo de 1863, la creación del Colegio Nacional de Buenos Aires, que había de servir de guía para los que se fundaran en el futuro.

El citado decreto disponía que «sobre la base del Colegio Seminario y de Ciencias Morales y con el nombre de Colegio Nacional se establecerá una casa de educación científica preparatoria, en la que se cursarán las letras y humanidades, las ciencias morales y las ciencias físicas y exactas». La importancia excepcional de la creación del Colegio Nacional deriva del sentido cultural y político que Mitre asignó a la enseñanza secundaria.

En los considerando s del decreto ya citado, del 14 de marzo de 1863, el Poder Ejecutivo deja claramente establecidos los fines del Colegio Nacional, expresando que «uno de los deberes del gobierno nacional es fomentar la educación secundaria, dándole aplicaciones útiles y variadas, a fin de proporcionar mayores facilidades a la juventud de las provincias que se dedica a las carreras científicas y literarias … «.

El Colegio Nacional tenía como objeto habilitar al hombre para las múltiples exigencias de la vida social, elevando el nivel intelectual y moral del pueblo y formando ciudadanos aptos para gobernar y ejercer sus derechos. Era la institución educacional costeada por la Nación para todos los jóvenes argentinos y no simplemente un establecimiento destinado a ilustrar una determinada clase social. Era, pues, a la vez que institución preparatoria para los estudios superiores, un medio para lograr la solidaridad total de la Nación. Era el colegio que forja la conciencia nacional.

Fuente Consultada: Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.