La Industrial Textil: El Algodón

La Industria textil en Gran Bretaña Algodon y la Revolucion Textil

La Industria Textil en Gran Bretaña:Algodón

Invención del telar La Máquina a Vapor Los Transportes Primera Revolución Agrícola

Historia de la Industria Textil Británica: la industria algodonera:

La Inglaterra de la primera mitad del siglo XVII vio producirse cierto crecimiento de su mercado interior, ligado a las consecuencias favorables de su revolución burguesa y a la transformación que estaba experimentando su agricultura.

En el siglo XVIII, Gran Bretaña encabezaba la producción de bienes de algodón baratos, mediante el uso de los métodos tradiciones de la industria doméstica. El desarrollo de la lanzadera volante cremento la velocidad del proceso de tejido en un telar, lo cual le permitió a los tejedores duplicar la producción.

Sin embargo, esto provocó escasez de hilo, hasta que la máquina de hilar de James Hargraves, perfeccionada en 1768, permitió a los hilanderos fabricar subproducto en mayores cantidades. La máquina de hilar de sistema hidráulico, cuyo inventor fue Richard Arkwright, impulsada por agua r caballos, y la llamada muía de Samuel Crompton —que com- ioa aspectos del sistema hidráulico y de la máquina de hilar— cementaron aún más la producción de hilo.

El telar mecánico, untado en 1787 por Edmund Cartwright, permitió que el proceso ejido de ropa se coordinara con el proceso de hilado. Incluso, los primeros telares mecánicos eran demasiado ineficientes, lo que permitía que los tejedores manuales domésticos siguiesen prosperando,al menos, hasta mediados de la década de 1820.

Después de esa fecha fueron sustituidos de manera gradual por las nuevas máquinas. En 1813 había 2400 telares mecánicos en operación en Inglaterra; aumentaron hasta 14.150 en 1820; en 1833 ya eran 100.000, y para 1850 llegaron hasta 250 000. En Inglaterra, en la década de 1820 todavía había 250 000 tejedores manuales; en 1860, sólo quedaban 3000.

HISTORIA: John Kay patentó en 1733 la lanzadera volante, que había de mejorar considerablemente la productividad del tejido; pero esta invención no tuvo efectos inmediatos, entre otras razones porque se hacía preciso aumentar en el mismo grado la productividad del hilado, si se quería evitar que se produjese un estrangulamiento de difícil solución. Si no hubiera sobrevenido ningún cambio externo al sistema, es posible que esta situación hubiera conducido a abandonar la invención de Kay —como ocurrió con otros inventos en el transcurso del siglo XVII— o a una lenta readaptación de toda la industria algodonera, con imprevisibles consecuencias humanas. Pero el cambio se produjo, dado que sobrevino un estímulo capaz de salvar la situación.

El comercio exterior británico dependía en buena parte del tráfico con los tejidos de algodón de la India (las indianas); a mediados del siglo XVII, la Compañía Inglesa de las Indias Orientales comenzó a tropezar con dificultades para aprovisionarse de tejidos indios, y dirigió su demanda al propio mercado británico. La existencia de esta demanda explica el interés que suscitó la renovación de los métodos de hilado, que desembocó en una serie de innovaciones harto conocidas.

La spin-nini-Jenny de Hargreaves (inventada en 1764 y patentada en 1770) comenzó funcionando con 16 husos a la vez, manejados por un solo operario, y acabó conteniendo más de 100 husos: en 116’J Arkwright patentó el water-frame, una máquina que ya no era apta para la industria doméstica, sino que había sido proyectad; para funcionar en una factoría, empleando la fuerza hidráulica ; el vapor; pocos años más tarde (1779), la mulé de Crompton combinó los principios de la spinning-jenny y del water-frame, en 1785 se comenzaron a utilizar las nuevas máquinas de vapor de Watt para hacer funcionar una fábrica de hilados. El resultado de la aplicación de estas innovaciones era que, hacia 1812. un hilador podía hacer tanto trabajo como hacían doscientos mediados del siglo xvm.

Naturalmente, estos perfeccionamientos en el hilado no sólo permitieron emplear la lanzadera volante de Kay, sino que suscitaron nuevas innovaciones en el tejido (como el telar mecánico de Cartwríght, introducido a comienzos del siglo XIX), e incluso en otros aspectos de la producción algodonera (el blanqueo por cloro, que suprimía el engorroso y largo blanqueo al sol, con las telas extendidas en los prados de indianas).

Esta sucesión increíble de innovaciones en el transcurso de treinta años (mucho más numerosas e importantes que las que se habían registrado en »’cualquier sector de la industria textil en los trescientos años anteriores) no podría explicarse si no hubiese habido una, considerable expansión en la producción, única circunstancia que podía justificar tantas y tan costosas inversiones en renovación de utillaje.

En efecto, de 1780 a comienzos de siglo XIX las exportaciones británicas de tejidos de algodón se multiplicaron por diez. Paralelamente, los aumentos de productividad permitían reducir hasta la sexta parte los precios de algunos productos. Transformaciones semejantes en el breve plazo de dos o tres décadas no se habían producido nunca con anterioridad. No cabe duda de que nos hallamos ante un fenómeno tan nuevo y de tanta magnitud que no es exagerado calificarlo de revolucionario; como ha señalado Hobsbawm, este salto hacia delante que dio nacimiento al desarrollo económico moderno es uno de los hitos fundamentales de la historia de la humanidad.

En el plano del comercio internacional, la transformación de la industria algodonera británica hizo posible que los comerciantes ingleses dominaran el mercado mundial en una forma y a una escala que no se habían dado jamás. Inicialmente, estos tejidos de algodón se destinaban a un comercio triangular: eran llevados a África a cambio de esclavos; estos esclavos se transportaban a las plantaciones norteamericanas para venderlos y adquirir algodón en rama, que conducía entonces a la metrópoli.

A la metrópoli se llevaban además los beneficios, porque el fabuloso aumento de la productividad permitió mantener los precios del mercado internacional, e incluso bajarlos considerablemente, y realizar enormes beneficios, que nos ayudan a entender el entusiasmo por efectuar inversiones industriales. Este entusiasmo se explica también por el hecho de que la capacidad de expansión del mercado ultramarino parecía infinita: la India fue sistemáticamente desindustrializada a comienzos del siglo XIX y se convirtió, paradójicamente, en uno de ios mayores importadores de tejidos de algodón británicos; la América española, una vez emancipada, cayó también bajo el dominio del comercio inglés.

Por otra parte, la expansión del comercio ultramarino de tejidos favoreció el proceso general de perfeccionamiento de la industria y la puso en situación de adueñarse del propio mercado europeo. Pasaron muchos años antes de que otros países europeos iniciaran el mismo camino y se situaran en condición de poder competir con los tejidos de algodón británicos. Para entonces, los beneficios acumulados en Gran Bretaña eran enormes, y en buena parte se habían invertido ya en otras ramas de la producción.

Se ha discutido mucho acerca de si la simple expansión de la industria algodonera pudo haber causado el «despegue» en el proceso de crecimiento económico autosostenido que encontramos en Gran Bretaña en el siglo XIX. Quienes objetan esta posibilidad señalan el hecho de que la industria algodonera adquiría su materia prima en el extranjero y hacía pocas demandas de bienes o servicios a otros sectores de la propia economía británica. Pero esta objeción, planteada al nivel estático de los intercambios entre diversas industrias en un momento dado, ignora toda una serie de factores importantes que se escapan del enrejado de una tabla input-output.

La revolución de la industria algodonera motivó una serie de cambios que, si inicialmente provocaron la transformación de la sociedad británica, acabaron influyendo sobre la propia economía. Apareció, en primer lugar, un proletariado urbano: un ejército de mano de obra industrial, dispuesto a emplearse donde y cuando se precisase. No es seguro que estos campesinos desarraigados, hacinados en los suburbios de las ciudades industriales, mejoraran su nivel de vida en las primeras décadas de la revolución industrial; más bien parece haber ocurrido lo contrario.

Pero sus necesidades de alimentos estimularon la comercialización de la agricultura, y su demanda de bienes de consumo ayudó a crear un mercado interior para la propia producción industrial. También al nivel de los empresarios se produjeron cambios sustanciales: los rendimientos decrecientes del comercio internacional, en el que existía fuerte competencia, vinieron a poner de relieve lo excepcional de los beneficios industriales, y fomentaron ulteriores inversiones en la industria en general, no sólo en la algodonera.

La vida entera de la Gran Bretaña se había transformado, la sociedad británica había iniciado un camino irreversible, hacia la industrialización, dando origen al capitalismo actual.

PARA SABER MAS…
HILANDERÍA PERPETUA

Samuel Slater se fijó en la memoria los mecanismo una fábrica de algodón cuando emigró a América en 1790. De este modo burló la ley que prohibía la exportación de maquinaria de Inglaterra. En la nueva fábrica de tejidos de Slater, en Pawtucket; Rhode Island, se producía con tanta velocidad, que las plantaciones algodoneras del sur no pudieron abastecer suficiente algodón en rama.

Cada trabajador de las plantaciones necesitaba por lo diez horas para separar las pequeñas semillas incrustadas en tres libras de algodón. Eli Whitney salvó tanto a los dueños de las plantaciones como a la fábrica de Slater con el invento de su famosa desmotadora de algodón.

El invnto consistía en un aparato que utilizaba dientes metálicos sobre una rueda, con ranuras tan juntas, que las semillas se desprendían del algodón, el cual pasaba a través de un tamiz de alambre, impulsado por cilindros provistos de espigas que giraban uno contra otro. Un cepillo giratorio quitaba las semillas de los cilindros.

Este nuevo invento hizo posible que cada trabajador de las plantaciones produjera un mínimo de 50 libras de algodón por día. La súbita afluencia de cargamentos de algodón cada vez mayores a la íábrica de Slater indujo a éste a abrir una nueva fábrica tras otra, con lo cual se inició la era mecánica en América. La producción de algodón aumentó de 63.500 kilos a 57 millones de kilos una generación después de la invención de la desmotadora de algodón.

Por su parte, en Inglaterra, la máquina de vapor de Watt influyó poderosamente en el desarrollo de la industria textil. Las fábricas no necesitaron más las caídas de agua para hacer girar sus ruedas. En 1810 había 500 fábricas de hilados equipadas con máquinas Watt. Diez años más tarde funcionaban cinco millones de lanzaderas.

La fábrica de algodón estuvo íntimamente vinculada a oíros inventos. En 1801 Jacquard inventó el telar automático. El telar de Jacquard se basaba en el mismo principio de una pianola. El diseño del tejido era determinado por un número de clavijas montadas sobre una cadena, unidas mediante tarjetas horadadas con largos vastagos de hierro.

Los vastagos cuyos extremos no penetraban en los agujeros de las tarjetas horadadas levantaban los,hilos de la malla. Mediante el uso continuado de un determinado juego de tarjetas, podía hacerse en el tejido un dibujo con hilos de distintos colores.

Posteriormente, el telar se automatizó más al lograr que pudiera insertarse una bobina de hilo sin necesidad de detenerse. Esto se consiguió medianil una lanzadera de enhebrado automático.

Luego se introdujo un cortador especial, que corlaba los dos extremos de la trama. Con estos y otros aparatos automáticos, pronto, un operario pudo atender dieciséis telares a la vez. En 1857 la maquinaria de las hilanderías era resultado de alrededor de 800 inventos, y un solo obrero vigilaba 80 telares o más. Medio millón de tejedoras mecánicas producían una cantidad de telas que hubiese requerido diecisiete millones de tejedoras manuales.

Actualmente los hilados artificiales están dominando. Una masa plástica se transforma en finos chorros que recorren más de trescientos metros. En este proceso se desulfuran, se blanquean, se lavan, se secan y se unen en una bobina, todo ello en seis minutos de operación automática, merced a los ágiles dedos del Hombre Mecánico.

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Primera Revolucion Industrial Del Siglo XVIII Resumen

PRIMERA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL DEL SIGLO XVIII

Introducción: Hasta fines del siglo XVIII, la economía europea se había basado casi exclusivamente en la agricultura y el comercio. Lo que hoy llamamos productos industriales eran, por entonces, artesanías, como por ejemplo los tejidos, que se fabricaban en casas particulares. En una economía fundamentalmente artesanal, el comerciante entregaba la lana a una familia y ésta la hilaba, la tejía y devolvía a su patrón el producto terminado a cambio de una suma de dinero.

Esta forma de producción se modificó notablemente entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX. El país donde comenzaron estos cambios fue Inglaterra. Allí se daban una serie de condiciones que hicieron posible que, en poco tiempo, se transformara en una nación industrial; lo que permitió impulsar la inventiva y aplicarla a la producción y a los transportes.

Surgieron entonces los telares mecánicos, que multiplicaban notablemente la cantidad y la calidad de los productos, y los ferrocarriles y los barcos de vapor que trasladaron los productos de Inglaterra.  

Este período, conocido como la Revolución Industrial, fue posible porque:

* Este reino disponía de importantes yacimientos de carbón, el combustible más usado en la época. También, poseía yacimientos de hierro, la materia prima con la que se hacían las máquinas, los barcos y los ferrocarriles;

* La burguesía (ver Vocabulario) inglesa había acumulado grandes capitales a partir de su expansión colonial y comercial;

* Las ideas liberales, muy difundidas en la Inglaterra de esa época, favorecían la iniciativa privada. A esto se sumaban las garantías que daba un parlamento que representaba también los intereses de esta burguesía industrial y comercial.

* La marina Mercante inglesa era una de las más importantes del mundo. Esto garantizaba a los productores de ese país una excelente red de distribución en el orden mundial.

 OCUPADOS Y DESOCUPADOS

A lo largo del siglo XVIII fue cambiando también la modalidad de explotación de la tierra: rotación de cultivos, uso de algunos fertilizantes, mejoras en el instrumental de labranza, reducción del personal al mínimo imprescindible. En los lugares en que se aplicaban estos cambios generalmente en las tierras de las personas más pudientes se tendió a aumentar la producción y, en consecuencia, a bajar los precios. A su vez, los campos fueron cercados y los grandes propietarios, conscientes de los beneficios que les brindaba el nuevo sistema, se adueñaron de las tierras de los campesinos quienes, de esta manera, se quedaron sin nada.

Esto provocó que muchos comenzaran a trasladarse hacia los centros urbanos en busca de trabajo. En las ciudades que comenzaron a llenarse de establecimientos industriales, las familias numerosas se veían en serias dificultades, porque siempre la cantidad de puestos de trabajo era menor que la masa de obreros sin empleo. Los campesinos no paraban de llegar a las ciudades y esto empeoraba las cosas: ante tanta oferta de mano de obra, los patrones rebajaban los sueldos y hasta despedían a los que estaban trabajando para tomar niños y pagarles menos.

En los grandes centros industriales ingleses, como Manchester, Londres y Liverpool, los desocupados se contaban por miles.

VOCABULARIO

Burguesía:  clase social surgida a partir del siglo xii en los centros comerciales medievales europeos, llamados «burgos». Estuvo en sus inicios dedicada al comercio (burguesía comercial) y se constituyó, rápidamente, en un grupo poderoso que llegó a disputarles el poder a los señores feudales. Opusieron al sistema feudal cerrado el sistema capitalista, basado en la moneda y el trabajo asalariado.

La riqueza ya no será sólo la inmueble (las tierras), ahora también habrá una riqueza mueble: el dinero y las mercancías, que eran las propiedades de la burguesía. En el siglo XVIII, durante la Revolución Industrial, la burguesía propietaria de industrias se llamó burguesía industrial.

Los patrones sacaban provecho de esta dramática situación extendiendo las jornadas laborales hasta 15 y 17 horas diarias en fábricas que no reunían las mínimas condiciones de seguridad e higiene y pagando, además, salarios miserables

.El creciente deterioro de esta situación en las décadas siguientes provocaría una lenta estrategia de nucleamiento de los trabajadores en distintas agrupaciones de diferente tenor ideológico, pero todas confluyendo en la intención de reclamar por sus derechos.

EL CAPITALISMO INDUSTRIAL 

El maquinismo exigió una importante inversión de capitales. Hasta ese momento la burguesía los destinaba a los bancos y al comercio, pero notó el importante negocio que significaba producir a más bajo costo y en grandes cantidades. Así nació la burguesía industrial, integrada por los dueños de las grandes fábricas, que pondrán fin a los pequeños talleres artesanales.

Frente a esta nueva realidad, los artesanos que trabajaban por su cuenta, tenían una sola opción: trabajar para esas fábricas y cerrar sus talleres. A este sistema se lo llamó capitalismo industrial, porque la industria será el nuevo centro de producción del capital al que estarán lógicamente asociados la banca financiando la producción y las ventas y el comercio.

Las grandes ganancias generadas por la actividad industrial no serían reinvertidas en su totalidad, en ese sector. Los dueños de las fábricas advirtieron la conveniencia de diversificar sus inversiones y destinar parte de su capital a la creación de bancos, entidades financieras y compañías de comercio que distribuían la mercadería que producían sus fábricas.

 La Revolución Industrial determinó la aparición de dos nuevas clases sociales: la burguesía industrial (los dueños de las fábricas) y el proletariado industrial (los trabajadores). Se los llamaba proletarios porque su única propiedad era su prole, o sea sus hijos, quienes, generalmente a partir de los cinco años, se incorporaban al trabajo.

Esta situación llevó a varios pensadores de la época a sostener que el enfrentamiento entre estos dos grupos sociales (la lucha de clases) continuaría siendo ineludible y a la vez la condición básica para el surgimiento de una sociedad más igualitario.

LAS CONDICIONES DE TRABAJO MALSANAS Y AGOTADORAS

El aire caliente y húmedo, que es el que más reina en las fábricas de hilados y tejidos, es altamente debilitante; produce abundantes sudores; languidez muscular y debilidad en el sistema gástrico, acompañada de poco apetito; respiración lenta y penosa; movimientos pesados y difíciles; la sangre no se arterializa debidamente; las impresiones e ideas se obtunden y el sistema nervioso se entorpece.

Aunque nuestros obreros no perciben estos síntomas, propios de una temperatura fuertemente cálida, no por eso deja de sentirlos su naturaleza, que insensiblemente va tomando todos los caracteres del temperamento linfático, al que conduce esta temperatura […].

El tejedor, bajo cuyas narices se forma la borrilla, la absorbe con sus inspiraciones anhelosas, ocupando ésta el lugar reservado al oxígeno, que en vano piden los pulmones.

He aquí la causa del ahilamiento y de la debilidad de algunos desgraciados tejedores, a quienes la necesidad obliga a pasar 14 y más horas diarias unidos a un telar, manteniendo el cuerpo en constante corvadura, siendo su pecho sin cesar conmovido por el bracear de la lanzadera, y las percusiones del balancín contra cada uno de los hilos de la trama; he aquí la causa de esa enfermedad, que comenzando por una tos cada vez más fuerte y más difícil, llega a tener todas las apariencias de una tisis pulmonar, siendo llamada por los médicos de los distritos manufactureros tisis algodonera, o pneumonía algodonera; nombres significativos de una enfermedad cruel, cuyas víctimas van a morir a los hospitales en la flor de la edad; porque, como esta operación no exige fuerzas musculares, se encarga a las mujeres y a los jóvenes de pocos años.

SALARICH: Higiene del tejedor. Vich, 7858.

 LOS AVANCES TÉCNICOS

 La Revolución Industrial le permitió a Inglaterra transformarse rápidamente en una gran potencia. Por su parte, el invento del ferrocarril agilizó el traslado de la mercadería y abarató los productos; a la vez que, al mejorar la circulación y las comunicaciones, acercó las distintas regiones. En ese contexto, para el resto de los países era muy difícil competir con los productos ingleses.

Por ejemplo, en 1810, cuando después de la Revolución de Mayo, Buenos Aires se abrió al comercio libre con Inglaterra, un poncho inglés costaba 10 veces menos que uno producido en los telares artesanales de Catamarca confeccionado en un tiempo mayor. La apertura comercial perjudicó muy seriamente a las artesanías y pequeñas industrias del interior hasta, casi, eliminarlas.

Pero Gran Bretaña no sólo exportaba productos textiles, sino también maquinarias, capitales y técnicos para la construcción de ferrocarriles. Los países que establecían contratos con estas compañías debían tomar créditos con bancos ingleses muchas veces, vinculados a las compañías para financiar las obras. Estos países quedaban de por vida dependiendo de Inglaterra, por las deudas contraídas y por las necesidades técnicas y de repuestos que solo proveían las empresas constructoras inglesas.

ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO

Con la Revolución Industrial también crecen los conflictos sociales. A muchos capitalistas no les importaba que sus trabajadores, a veces niños de siete años, trabajaran 12 ó 14 horas por día en condiciones insalubres, con graves riesgos físicos. Su única preocupación era aumentar la producción al menor costo posible, es decir, pagando el salario más bajo que se pudiera, aprovechándose de la gran cantidad de desocupados que había. Esta situación de injusticia llevó a la aparición de los primeros sindicatos de trabajadores y de huelgas en demanda de aumentos de sueldo y de mejoras en las condiciones de trabajo. La unión de los trabajadores posibilitó la sanción de las primeras leyes protectoras de sus derechos y, consecuentemente, el mejoramiento progresivo de su calidad de vida.

El avance de la burguesía industrial implicó, a su vez, un proceso de cambios en la vida de muchas personas. Pero sobre todo, en la de aquellos que se incorporan en condición de obreros, en el trabajo fabril. Algunos provenían del campo: eran antiguos labradores que habían sido expulsados de sus parcelas para criar ovejas y producir lana destinada a la naciente industria textil.

Otros eran artesanos que, al no poder competir con la industria, se vieron obligados a ingresar en e taller, Antes, la mayoría de ellos producían en sus Parcelas o talleres, para satisfacer sus necesidades de uso (alimentación, vestido, etc.). Ahora, comenzaban a producir para el dueño de la fábrica que aspiraba a vender mercancías y enriquecerse. Antes, el tiempo y el ritmo del trabajo eran auto controlados; ahora, la intensidad del trabajo la establecerá el propietario del taller. En el pasado, sus jornadas de labor con su mujer e hijos eran extensas y anotadoras como ahora; pero ese tiempo de trabajo era su propio tiempo y eran ellos quienes disponían de él.

Para las nuevas formas de producción, el tiempo es oro y la burguesía necesitó intensificar los ritmos de producción La «socia» para lograr este fin fue la máquina que obligó al obrero a seguir el ritmo que ella le imponía, y también las multas a todo obrero que estuviera fumando, cantando, rezando o realizando cualquier acción que pudiera perturbar la labor marcada por el cronómetro, ahora dueño del tiempo en la fábrica

 A LA LUCHA

En este clima de obligaciones y de ritmo tan exigentes, la taberna será el único lugar de libertad para los trabajadores, y en ellas cerveza mediante, comenzarán a buscar la forma de organizarse para resistir. Al comienzo, dichas resistencias se expresarán en revueltas callejeras contra el alza de precio del pan o en peticiones al Parlamento. Pero al crecer los reclamos, se prohibieron las asociaciones obreras en 1799. Entonces, los obreros recurrieron a la acción directa: comenzaron a atacar las casas o talleres de sus patrones para exigir mejoras.

Se dice que un joven aprendiz, enojado con su maestro, resolvió el conflicto dándole un martillazo al telar. Estaba agotado. El destructor de la máquina se llamaba Ned Ludd, y por esto se llamará luddista al movimiento que entre 1812 y 18 17, en medio de una gran crisis económica, amenazará a sus patrones y realizará ataques sistemáticos a las máquina. Hoy no es claro si los ludistas veían en las máquinas la causante de sus penurias o si era ésa la única forma que habían encontrado de hacerse escuchar en una sociedad sorda a sus reclamos.

Recién al calor de un ciclo de prosperidad económica, se legalizarán las asociaciones obreras en 1824 y los trabajadores comenzarán nuevas búsquedas para mejorar su situación: la creación de cooperativas obreras de producción y luego, la «Carta al Pueblo», de la Asociación de Trabajadores en 1837. Para ello plantearon: el sufragio universal y secreto, suprimir la obligación de ser propietario para ser parlamentario y que la labor legislativa fuese remunerada. Estos últimos pedidos eran claros: los trabajadores son ciudadanos, aunque no tengan riquezas, y deben participar en la toma de decisiones. (ver:El Movimiento Obrero)

LA IGLESIA Y LA CUESTION SOCIAL

Durante la primera mitad del siglo XIX, la Iglesia católica comenzó a manifestar su preocupación frente a la presencia de un proletariado empobrecido y en constante aumento. La Iglesia ,adopta soluciones que pasaban por la caridad. En Francia, por ejemplo, fue creada la Sociedad de Moral Cristiana, de la que surgieron numerosas instituciones cajas de ahorro y sociedades de socorros mutuos. La Sociedad tenía un comité para el perfeccionamiento moral de los presos y otro para la ubicación de éstos.

Hacia 1891, el Papa León XIII dictó la encíclica Rerum Novarum en la que la Iglesia trató problemas propios del mundo contemporáneo, como el salario, y expresó su preocupación por las condiciones de vida de los trabajadores.

Pío X, el Papa que sucedió a León XIII, desatendió el reformismo religioso de su antecesor e impulsó el integrismo concepción religiosa por la cual la vida profana (es decir, aquella que no se ajustaba a los principios religiosos) debía subordinarse a los principios inmutables del catolicismo, como también, a las decisiones que la Iglesia adoptara. De este modo, todo católico permanentemente debía dar muestras indudables de profesar una fe íntegra y absoluta.

La Revolución Industrial y las ciudades

A partir de mediados del siglo XVIII, primero en Inglaterra y luego en otros países de Europa Occidental, se desarrolló un conjunto de profundas transformaciones técnicas, económicas y sociales: la Revolución Industrial. La instrumentación de nuevos conocimientos científicos y técnicos en la industria permitió el uso de fuentes de energía inanimada (leña, carbón, petróleo). La difusión de innovaciones como la máquina de vapor aumentó enormemente la productividad de las industrias y. aplicadas a los nuevos medios de transporte (ferrocarriles, buques de vapor) permitieron alcanzar velocidades nunca vistas hasta entonces.

La Revolución Industrial produjo enormes transformaciones en la organización del espacio geográfico. Las fábricas demandaban una cantidad creciente de trabajadores, lo que estimuló la concentración de población en las ciudades. Pero esta concentración fue también el resultado de los cambios que se estaban produciendo en las áreas aírales: el aumento de la productividad agrícola había reducido la mano de obra necesaria y el cercamiento de los campos dejó sin tierras1 a miles de campesinos.

Las masas rurales desempleadas y empobrecidas migraron hacia las ciudades, donde muchos encontraron trabajo en la industria, aunque con salarios bajos y jornadas extenuantes.

Así se inició un proceso de urbanización sin precedentes. En Inglaterra, a principios del siglo XIX, el 10 % de la población total vivía en ciudades de más de 100.000 habitantes; cuarenta años después, ese porcentaje se había duplicado.

Las condiciones de vida en las grandes ciudades industriales eran pésimas. .Las fábricas solían ubicarse cerca del centro de las ciudades generando mido y contaminación. Las familias obreras vivían hacinadas en edificios deteriorados. No había instalaciones adecuadas de agua potable y cloacas.

Enfermedades como el cólera asolaban periódicamente las ciudades. No es de extrañar que los más ricos huyeran del centro para vivir en los suburbios, donde edificaban sus residencias. El desarrollo de los ferrocarriles facilitó esos traslados. A partir de mediados del siglo XLX, comenzaron a tomarse algunas medidas sanitarias que ayudaron a mejorar lentamente las condiciones de vida.

Hacia siglos que se venía usando la energía hidráulica (del agua) para mover la máquinas; por eso las industrias estaban localizadas junto a las corrientes de agua. Sólo después de 1768, cuando se inventó la máquina de vapor, las fábricas pudieron instalarse en cualquier lugar, aunque se situaban preferentemente cerca de la cuencas hulleras.

El ingeniero Inglés Thomas Newcomen construyó la primera máquina de vapor en 1709, pero sólo servía para drenar los campos. En I 768, James Watt perfeccionó el diseño original de Newcomen para que pudiera adaptarse a la maquinaria de las fábricas.

En 1764, James Hargreaves inventó la «splnning jenny «, una máquina que, gracias a sus 100 husos, podía hilar 100 hilos de algodón a la vez. Antes ,el algodón se hilaba a mano en las casas. La nueva hiladora acabó con esta industria doméstica, y los trabajadores se concentraron en las fábricas, dando lugar al nacimiento de un verdadero proletariado fabril.

Algunos artesanos veían la proliferación de las fábricas como una amenaza para su trabajo e independencia. En 1810, un grupo de trabajadores, conocidos como. Ludistas, rompieron las máquinas para protestar por sus nuevas condiciones de trabajo. Este dibujo muestra el líder ludista disfrazado de mujer.

Durante la Revolución Agraria, los granjeros empezaron a experimentar nuevos cruces y razas de animales. Las nuevas razas  de cerdos, como la Berkshire, y de ovejas producían el doble de carne. Las mejores las razas de vacas también hicieron aumentar la producción láctea.

 DE LA PRIMERA A LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL 

Hasta mediados del siglo XIX, la mayoría de la población europea estaba formada por campesinos. En los Estados Unidos, la agricultura predomina hasta el triunfo del norte industrialista sobre el sur agrario y esclavista, en la guerra civil.

La lentitud con que se propagaban los cambios impulsados por la Revolución Industrial llevó a que la economía mundial siguiera sometida a los viejos ritmos impuestos por las buenas y las malas cosechas. La crisis económica que se desata entre 1846 y 1848 fue, quizás, la última crisis cuyas causas fueron predominantemente agrarias.

En el ámbito de las comunicaciones, se dieron profundos cambios. George Stephenson inventó la locomotora en 1814 y, luego de años de pruebas, se realizó en 1825 el primer viaje en un tren de pasajeros entre las ciudades inglesas de Stockton y Darlington. A partir de entonces, el parlamento inglés comenzó a aprobar la instalación de miles de kilómetros de vías férreas. La más importante fue la que unió los centros industriales de Liverpool y Manchester.

El tren revolucionó la circulación de mercaderías. Mientras que un carro tirado por caballos o mulas podía llevar hasta una tonelada de mercadería, los trenes podían trasladar más de mil. Esto abarató los costos y amplió los mercados.

También, por esta época se duplicó la capacidad de los barcos para transportar cargas y se redujo notablemente el tiempo necesario para cruzar el Atlántico. En 1838, el «Sirius» y el «Great Western» fueron los primeros barcos de vapor en cruzar el océano. La misma travesía que en 1820 llevaba unas ocho semanas, a fin de ,siglo solo demandaba una.

Otro adelanto de gran importancia fue el telégrafo. Hacia fines del siglo XVIII se implementó un telégrafo visual a partir del uso de distintos colores. Este invento tenía grandes limitaciones de alcance y visibilidad. Los problemas fueron superados en 1837, cuando Samuel Morse ideó un código que lleva su nombre, y que permitiría, en muy poco tiempo, transmitir textos completos a través de un sistema de circuitos eléctricos. En 1866, se tendió un cable telegráfico interoceánico entre Inglaterra y los Estados Unidos.

Años más tarde, el italiano Guglielmo Marconi completó las investigaciones de Heinrich Hertz sobre la transmisión telegráfica, a través de las ondas eléctricas de la atmósfera, y concretó la invención del telégrafo inalámbrico.

En 1876, Alexander Graham Bell inventó el teléfono, revolucionando el mundo de las comunicaciones. Aunque su difusión fue muy lenta y limitada, en un principio, a las ciudades más importantes de los países centrales.

En 1895, dos hermanos franceses, los Lumiére, descubrieron que tomando varias fotos sucesivas y proyectándolas a una cierta velocidad, se producía la imagen del movimiento en el espectador. Inventaron una cámara especial que registraba estas imágenes y que, a la vez, servía como proyector. Habían inventado el cine. Las primeras películas de los Lumiére reflejan escenas de su familia, la salida de obreras de una fábrica, la llegada de un tren y la primera película còmica: El regador regado. Casi todas duraban menos de un minuto.

Todos estos adelantos mejoraron paulatinamente la calidad de vida de una población que fue creciendo al ritmo de estos cambios. Aumentó la natalidad y disminuyeron los índices de mortalidad. En 1800, la población europea era de unos 190 millones de personas. En 1900, esa cifra se había duplicado; a pesar de los millones de europeos que habían emigrado hacia las llamadas «zonas nuevas», como Australia y la Argentina.

Los países de mayor industrialización registraron un mayor aumento de la población. Entre 1850 y 1890, Gran Bretaña pasó de 21 millones a 33; Alemania de 34 a casi 50; Bélgica de 4 a 6. En cambio, en los países con menor desarrollo industrial, el aumento demográfico fue menor. Francia pasó de 36 a 38 millones y España, de 15,7 a 17,6.

LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL 

Hacia la década del 60, una palabra hasta entonces poco empleada comenzó a difundirse en el vocabulario económico y político de la época: capitalismo. Para la consolidación del capitalismo industrial, fue muy importante la alianza del mundo industrial con el financiero. Los capitalistas industriales necesitaban recursos económicos para instalar nuevas empresas, líneas ferroviarias o construir buques. Los dueños de las fábricas y los constructores de trenes y barcos debían recurrir a los banqueros para poder concretar sus negocios. Los financistas fueron haciéndose imprescindibles y dominaron el mercado, al que le dieron un nuevo impulso.

A partir de 1870, comenzaron a producirse una serie de cambios en la industria, tan importantes, que la mayoría de los historiadores hablan de una segunda revolución industrial. A diferencia de la primera, esta segunda revolución fue el resultado de la unión entre la ciencia, la técnica y el capital financiero.  Así como en la primera, el elemento determinante fue el vapor; en la segunda, una serie de inventos marcaron su desarrollo. La electricidad, empleada desde mediados de siglo en el telégrafo, pudo ser usada en la producción. En 1867, Werner Siemens aplicó el dínamo un aparato que permitía producir electricidad a la industria.

En 1879, Thomas Alva Edison fabrica la primera lámpara eléctrica y la transformó en un producto industrial de su propia fábrica: la Edison Company, conocida después como Gen ral Electric Company, la primera empresa mundial de electricidad.

El petróleo y sus derivados fueron los comhustibles de esta Segunda Revolución Industrial y el acero, la materia prima. Un ejemplo del auge del acero fue la construcción en París del edificio más alto de la época: la torre Eiffel en ocasión de la Feria Universal de París de 1889, durante los festejos del centenario de la Revolución Francesa. Las industrias siderurgias y de hierro demandaban todo tipo de metales, lo que dinamizó la minería.

LOS TRUSTS

Los grandes capitales financieros estaban concentrados en pocas manos y esta tendencia se extendió a la industria. Así, comenzaron a formarse los trusts (agrupación de empresas). Su objetivo era controlar todo un sector de la economía, constituyendo verdaderos monopolios (ver Vocabulario), lo que sometía al consumidor a aceptar las reglas y los precios de esa empresa. La meta era aumentar las ganancias dominando el mercado y eliminando la competencia. Esto iba en contra de los postulados básicos del liberalismo, en los que se decía que la competencia era la clave para la regularización de los precios y para mejorar la calidad. Los trusts tendieron a monopolizar la producción y la comercialización de un determinado producto en una ciudad, un país o en varios países a la vez.

Fueron muy comunes en los Estados Unidos. Allí el más importante fue el que formó David Rockefeller con su empresa Standarld Oil Company de Ohio que controlaba el 90% de la producción y comercialización del petróleo en ese país en 1880.

 TAYLORISMO Y FORDISMO

Los dueños de las fábricas buscaban la manera de bajar sus costos y aumentar las ganancias, y encontraron en las ideas del ingeniero estadounidense Frederick Taylor una ayuda invalorable. Algunos llamaron a este método «organización científica del trabajo» y otros, simplemente taylorismo. El método de Taylor consistía en calcular el tiempo promedio para producir un determinado producto o una parte de él y obligar al obrero a acelerar el ritmo de trabajo asimilándolo a una máquina.

Esto se lograba a través de tres métodos fundamentales:
1) aislando a cada trabajador del resto de sus compañeros bajo el estricto control del personal directivo de la empresa, que le indicaba qué tenía que hacer y en cuanto tiempo,

2) haciendo que cada trabajador produjera una parte del producto, perdiendo la idea de totalidad y automatizando su trabajo y por último,

3) pagando distintos salarios a cada obrero de acuerdo con la cantidad de piezas producidas o con su rendimiento laboral. Esto fomentaba la competencia entre los propios compañeros y aceleraba, aun más, los ritmos de producción. La máquina establecía la intensidad del trabajo y, a su vez, cada obrero requería saber menos, pues para realizar una tarea mecánica y rutinaria (ajustar un tornillo, por ejemplo), lo único que necesitaba saber era obedecer.

De esa forma, el empresario ya no dependía ni de la buena voluntad del trabajador para realizar su tarea eficazmente (la máquina le marcaba el ritmo) ni de sus conocimientos. El obrero era, según Taylor, un buen «gorila amaestrado» que hacía lo que otro había pensado y, al mismo tiempo siguiendo el esquema de Adam Smith, producía más en menos tiempo, pues reducía el costo y aumentaba la ganancia.

Una de las primeras empresas que aplicó los métodos de Taylor fue la Ford Motors Company, de Detroit. Allí se puso en práctica la «cadena de montaje», una cinta transportadora que movía las piezas para que los obreros trabajaran sobre ellas en un tiempo determinado y en una actividad. Al final de la cadena el auto quedaba terminado. A este novedoso modo de producir se lo llamó: fordismo.

Fuente Consultada:
Historia Universal Tomo II Chris Cook.
Enciclopedias Consultora Tomo 7
Enciclopedia del Estudiante Tomo 2 Historia Universal
Enciclopedia Encarta
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo I «El Ateneo»
Historia Universal Gomez Navarro y Otros 5° Edición
Atlas de la Historia del Mundo Parragon

Ver: El arte después de la revolución industrial

Ver: Consecuencias Sociales y Económicas de la Revolución Industrial 

Ver: Consecuencias Económicas de la 2º Revolución Industrial

Innovaciones tecnologicas en la revolucion industrial Avances Tecnicos

Innovaciones tecnológicas en la revolución industrial

A finales del s. XVIII en Gran Bretaña surgió una ola industrializadora que barrió Europa y América del Norte, transformando la sociedad rural del mundo occidental en una sociedad urbana y poniendo los conocimientos del capitalismo moderno. Esta revolución industrial trajo cambios sociales profundos, junto con innovaciones tecnológicas que alimentaron un vasto crecimiento económico.

cuadro de inovaciones tecnologicas en la revolucion industrial

INICIOS BRITÁNICOS: La abundancia de recursos naturales como el hierro y el carbón, y una clase media creciente y dispuesta a invertir, permitieron a Gran Bretaña aprovechar al máximo los nuevos avances tecnológicos. En la década de 1770, James Watt mejoró una máquina de vapor que aportaría la energía necesaria para diversos usos industriales, desde  el bombeo de agua en minas hasta la maquinaria de fábricas y molinos.

La producción textil en particular se mecanizó rápidamente —en 1835 había ya más de 120.000 telares mecánicos en las fábricas—, lo que atrajo en masa a hombres, mujeres y niños a las ciudades industriales, donde soportaban condiciones espantosas, largas jornadas laborales y sueldos míseros, hasta que la aparición de los sindicatos  comenzó a limitar los excesos de los dueños de las fábricas.

LA REVOLUCIÓN SE EXPANDE: Las nuevas técnicas industriales se adoptaron en otros países, arraigando primero en Bélgica en la década de 1820 y extendiéndose rápidamente durante la segunda revolución industrial (1840-1870)  la construcción de ferrocarriles en Alemania. Suiza y los EE. UU. que facilitaron el transponte de mano de obra y bienes. En Europa, la emancipación de los siervos -en Francia en la década de 1790, en Alemania entre 1811 y 1848, y en Rusia y Polonia en la década en 1860- generó una fuerza de trabajo más disponible para la industria, papel que en los EE. UU. desempeñó la inmigración a gran escala.

En el año 1855, el inglés Henry Bessemer inventó un nuevo proceso para convertir el hierro en acero, un metal mucho más resistente y versátil que el hierro forjado. Esto suministró materia prima a las nuevas líneas ferroviarias y mejoró la calidad de los barcos el poder del armamento. La demanda de acero era casi insaciable, en 1910, Krupp, el mayor fabricante alemán , tenía unos 70.000 empleados, cuando en el año 1822 solo tenia 122.

LOS HOMBRES QUE HICIERON POSIBLE LA EVOLUCIÓN TECNOLÓGICA:

En la minería también las innovaciones fueron graduales. A mediados del siglo XVIII se comenzaron a utilizar en las minas de carbón caballos para arrastrar los vagones, lo que permitió bajar los costos, ya que se reemplazaron los mineros carretilleros por jóvenes con menor salario. Esto también abarató el costo del hierro, que para fundirse necesitaba carbón, y a la vez la rebaja de éste permitió el uso del hierro colado en importantes proporciones en la minería: para fabricar tirantes o vigas (lo que admitió excavaciones a mayores profundidades) y rieles para trasladar las vagonetas cargadas de minerales.

Todo incidió en la disminución aún mayor del precio del coque y del hierro. En 1779 se construyó el primer puente de hierro, y diez años después, el primer barco; los ferrocarriles necesitaron un poco más cíe tiempo, surgiendo en la primera mitad del siglo XIX.

Aumentaron, entonces, la cantidad de altos hornos para la fundición de hierro con coque, con el estímulo cíe las guerras que demandaban municiones. En la fundición se perfeccionaron los métodos, permitiendo los inventos de Henry Cort (1783 y 1784) utilizar también el coque para el pudelado (transformación del hierro colado en hierro dulce, especial para la mecánica, quemándole el carbono) y para el laminado (conversión del hierro en láminas).

Antes para ello debían hacerlo con carbón vegetal, que al ser escaso en Inglaterra se tenía que importar del Báltico. Al autoabastecerse Gran Bretaña, la industria se concentró alrededor de las minas de Staffordshire.Yorkshire, Clyde y Gales del Sur.

Estos inventos no hubieran podido ser puestos en práctica sin la máquina de vapor cíe Watt, porque requerían mucha energía. En la industria textil los cambios fueron más rápidos. James Hargreaves había desarrollado un torno o maquinaria simple, movida a mano, que podía hilar hasta ocho hilos a la vez (1767); al ser pequeño, favorecía la industria domiciliaria, pero su producto, suave, no era muy resistente, por lo que el hilado más firme debía hacerse a mano.

Para solucionar esto, Richard Arkwright -que no era ingeniero, sino barbero y fabricante de pelucas- solicitó ayuda a un relojero y construyó un bastidor mecánico 8 en 1768. Pero necesitaba para moverle mayor energía que la humana, por lo que al principio se utilizaron caballos y luego se reemplazaron por fuerza hidráulica, por lo que se debieron instalar en fábricas en zonas rurales, ya no en casas particulares. Los tejidos se perfeccionaron cuando Samuel Crompton, tejedor, inventó una máquina que era una mezcla de las otras dos: la hiladora intermitente.

Finalmente, cuando en 1790 comenzó a utilizarse el vapor para moverlas, se establecieron grandes fábricas urbanas. Estos métodos fueron mejorándose, aunque al principio sólo fueron aplicables en las telas de algodón. También, hemos dicho, la industria química se desarrolló, al buscar nuevas técnicas para el blanqueado de las telas y su posterior tintura.