La Longevidad en la Edad Media

Los Daneses en Inglaterra Historia de sus Conquistas

CONQUISTA DE LOS VIKINGOS EN INGLATERRA

Procedentes de Escandinavia, los vikingos o nordmen, «hombres del Norte», como les llamaron los germanos,  y después los francos, aparecieron hacia el año 800. Los pueblos escandinavos se dividían entonces, como hoy, en tres grupos principales: los daneses, estacionados en el extremo sur de la península escandinava, con la Isla de Bornholm y la mayor parte del archipiélago que cierra la entrada del Báltico, desde donde emigraron  a la península de  Tutlandia prosiguiendo siempre más al sur; los noruegos, instalados en las costas occidentales de Escandinavia,   lanzados   demasiado   pronto a los mares en busca de un país más hospitalario  hacia  el  oeste;   los  suecos,  agrupados principalmente alrededor de Upsala, atraídos como los daneses hacia los países del   mediodía,  del  otro  lado  del  Báltico, donde  alcanzaron,  por los  golfos  de  Finlandia y de Riga, la gran arteria fluvial del Dniéper.

Durante los treinta o treinta y cinco primeros años del siglo IX, mientras que los suecos, bajo el nombre de varegos, se hacían dueños pacíficamente del comercio de la Rusia occidental, los daneses y los noruegos  se lanzaban a fructíferas piraterías a lo largo de las costas de Bretaña, de Irlanda y del Imperio carolingio.

atques daneses a las costas de inglaterra

Sobre navíos en corso, afilados  y de poco calado, que   podían   contener  una   cincuentena   de personas,   comprendidos   los   remeros,   podían  fácilmente   aproximarse  a  las  costas, varar en tierra o remontar el curso de los ríos. Ni los soberanos francos, ni los príncipes de Gran Bretaña o de Irlanda, poseían una flota que pudiera enfrentarse con ellos. Muy   pronto,   no   dudaron   en   abandonar las  orillas  en  busca  del  botín,  utilizando incluso caballos, y atacando lugares fortificados;   así,  Colonia,  Ruán,  Nantes,  Burdeos,  Londres  y York,  sufren  sitios  y,  a veces,   devastaciones   e   incendios.

Colectividades  que  veían  a los  poderes  públicos incapaces   de   defenderlas,   monasterios,  y, después,   los   mismos   soberanos,   se   acostumbraron a organizarse con el fin de evitar   el   saqueo.   Llevando   sus   incursiones cada vez más  adelante  en  el interior  del continente,   de   Irlanda  y   de   Gran   Bretaña, los vikingos se unieron, poco a poco,  en  lugar  de  actuar por  grupos   aislados mandados cada uno por su jefe, para formar verdaderos ejércitos que invernaban entre dos campañas de primavera en el país mismo que destinaban a sus rapiñas.

Así, de piratas, pasaron a ser conquistadores del suelo y se hicieron sedentarios. Desde el siglo VII, los noruegos se habían instalado en los archipiélagos del oeste (Shetland, Oreadas, Hébridas). En el siglo IX, acababan la conquista de Irlanda, donde creaban un principado, y la de Islandia.

En el siglo X, alcanzaban Groenlandia. Los daneses, desde el año 840, se hacían dueños de los Países Bajos y constituían así un principado, cuya investidura recibieron del emperador carolingio. Los suevos fundaban el Estado de Kiev. Alrededor del Báltico, se habían creado plazas fortificadas.

LOS DANESES EN INGLATERRA
Inglaterra se había acostumbrado rápidamente a las incursiones anuales de primavera de las flotas escandinavas—que saqueaban y cobraban rescate—, en sus costas o esforzándose en remontar el curso del Támesis. A partir de la mitad del siglo IX, los daneses trataron de establecerse en ella, aprovechándose de las rivalidades entre los diferentes reinos sajones. En el año 866, lanzaron un ataque decisivo que les permitió apoderarse de York y, explotaron  inmediatamente  su  éxito,  ocuparon en los años siguientes toda la parte oriental de la Isla. Sólo se salvó el reino de Wessex, gracias a la valerosa defensa del joven rey «Alfredo el Grande».

Alfredo el Grande gobernó el reino de Wessex,  entre el 871 y el 899. Posiblemente sea el soberano anglosajón del que se conocen más datos. Pasó a la historia como el gran guerrero que logró repeler las invasiones danesas.

La paz de Wedmore (878) reconoció a los daneses los territorios situados al nordeste de la vieja calzada romana que unía Londres con Chester o Watling Street. Los anglosajones siguieron siendo los dueños al sudeste de la línea marcada por la Watling Street. Sin embargo, a partir del año 899, los reyes de Wessex pudieron llevar a cabo la reconquista de la isla, aprovechándose de la anarquía que reinaba en las partes «danesas» de ella, como consecuencia de la multiplicidad de pequeños estados y de los saqueos que los vikingos continuaban practicando en las costas.

En el año 954, fue reconocida su autoridad suprema, pero los jefes escandinavos conservaron sus derechos de mando y sus tierras. A partir del año 980, Dinamarca intensifica sus incursiones en Inglaterra.

En el 1017, habiendo arrojado a los últimos representantes de la casa de Wessex, los daneses pudieron hacer reconocer por la asamblea de los grandes barones y de los obispos, como rey de todos los ingleses, al hijo del rey de Dinamarca: Canuto. Este creó un verdadero Imperio marítimo. Elegido rey de Dinamarca, se apoderó también de Noruega y de sus dependencias, e hizo incursiones en territorios fineses y eslavos, hasta Estonia. Después de su muerte, la unión se quebró. Dinamarca y Noruega se separaron.

LA CONQUISTA DE NORMANDIA
Desde el año 879 al 885, fueron los países del Soma, del Escalda, del Mosa y del Rhin los que constituyeron su objetivo principal. Los ataques fueron dirigidos con vigor, y los países, devastados por sus incursiones de caballería. A partir del año 885, los daneses llevaron sus esfuerzos a los valles del Loira y del Sena, amenazando a las ciudades y saqueando los campos vecinos. Como había estallado la guerra civil entre Carlos el Simple y Eudes, los daneses consiguieron instalarse, en el año 896, en la desembocadura del Sena.

En adelante, no se les podrá ya echar; por el contrario, la afluencia de sus compatriotas transformará la ocupación en colonización. Desde allí, sus operaciones continuaron hacia el sur y el este, hasta el Loira y Lorena. En el año 911, Carlos el Simple reconoció en Saint-Clair-Sur-Epte el hecho consumado; y se ligó por lazos de vasallaje al jefe de los normandos del Bajo Sena, Rollón, esperando hacer de su principado una barrera contra las devastaciones escandinavas que continuarán todavía por largo tiempo.

Fuente Consultada
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III Editorial CODEX – Los Vikingos –

La Educación en el Imperio Carolingio La Escuelas Medievales

PRIMERAS ESCUELA DEL REY CARLOMAGNO EN LA EDAD MEDIA

Bajo los primeros carolingios, la Galia se hallaba en un estado de decadencia intelectual inquietante. Desde hacía mucho tiempo, habían desaparecido las escuelas públicas de la época romana, siendo reemplazadas por escuelas eclesiásticas, destinadas a la formación del clero; pero resultaban insuficientes para llevar a cabo su labor, aunque la lectura y la escritura se tenían por un lujo entre los clérigos e, incluso, entre los obispos.

Más aún, la lengua latina, única lengua escrita que perduraba, estaba completamente corrompida y el libro se había convertido en un objeto muy raro. Los manuscritos prueban la torpeza tanto de los escribas como de los miniaturistas encargados de ornamentarlos. Sin embargo, el caso de Italia, donde el ostrogodo Teodorico se había esforzado en conservar y desarrollar la cultura antigua, ejemplo seguido por los lombardos, cuyos reyes y duques se comportaban como verdaderos mecenas, era mucho menos desconsolador.

escuelas edad media con Carlomagno

También en España, la Iglesia, que rápidamente se hizo poderosa, se había esforzado en crear una nueva enseñanza capaz de reemplazar a las antiguas escuelas romanas, preservando de esta manera, la cultura clásica. Pero, más que estos países, fue Irlanda el foco de intensa vida intelectual, gracias a la actividad de los monjes.

La vieja enseñanza romana de humanidades se conservó en los monasterios, casi pura de toda mezcla, con las siete ramas del saber: gramática, retórica, dialéctica, aritmética, astronomía, ciencia musical y geometría. A esta enseñanza tradicional, fue ajustada la teología que formará como su coronación.

Los monjes irlandeses, hechos misioneros, habían difundido por Escocia e Inglaterra su enseñanza y su gusto por la cultura. Antes de finalizar el siglo VII, habían fiorecido grandes escuelas anglosajonas que crearon maestros notables, tales como Beda, denominado «el Venerable», en la época carolingia, versado en todas las ciencias. Los misioneros anglosajones, lo mismo que en otro tiempo los monjes irlandeses, extendieron, a su vez, por todo el continente, el conocimiento de la antigüedad latina. Así, San Bonifacio, el reformador de la escuela franca, no concibió la reforma moral del clero  sin una  reforma  intelectual.

LAS PRIMERAS ESCUELAS
En sus comienzos, el programa de Carlomagno se confundió con el que había inaugurado San Bonifacio. Desde el comienzo de su reinado, se alzó contra la ignoran cia de los sacerdotes y tomó a su cargo la organización de los estudios en el reino. Recurrió a maestros italianos, anglosajones y españoles: Pablo Diácono, Alcuino, Teodulfo y sus émulos. Alcuino, el maestro más famoso de la gran escuela episcopal de York, fue el principal colaborador de Carlomagno. De este modo, el sistema inglés de enseñanza penetró en el reino franco, y después en todo el Imperio. Sin embargo, este movimiento de estudios no quedó por mucho tiempo confinado en la Iglesia. Car-lomagno trabajó por su difusión entre los laicos.

Así, ordenó la institución de cursos elementales destinados a un público más amplio, es decir, al mismo pueblo, aunque sólo fuera por darle algunas nociones de instrucción religiosa.

En la corte, hizo crear «la escuela palatina» para formar en el servicio del Estado a la gente joven que le rodeaba. De esta manera, el palacio del soberano se convirtió en el verdadero centro intelectual del Imperio. Carlomagno y sus cortesanos, incluso los de edad avanzada, dieron ejemplo y se pusieron a estudiar. En la primera fase de este renacimiento intelectual, no hubo obras verdaderamente originales.

Se trata de una literatura latina que es una transposición de las obras clásicas, tanto en la forma como en el fondo. Eguinardo calcó su «vida de Carlomagno», de las «Vidas» de Suetonio. Teodulfo imitó los versos de Ovidio o de Fortunato. Angilberto siguió la Eneida de Virgilio. También en materia artística, la imitación fue la norma.

Se utilizaron, frecuentemente, trozos de monumentos antiguos para hacer el remedo más completo. En este aspecto, fue más Rávena que Roma la que sirvió de modelo. Para la capilla de Aquisgrán, construida a imitación de la de San Vital de Rávena, Carlomagno mandó llevar de Italia columnas, mármoles y mosaicos para decorarla.

Fuente Consultada:
HISTORAMA Tomo III El Rey Carlomagno  Editorial CODEX Tomo III
La Gran Aventura del Hombre

Historia de la República de Venecia Gobierno y Comercio Resumen

RESUMEN: HISTORIA REPÚBLICA DE VENECIA ENTRE SIGLOS XV Y XVII

Venecia era la Sereníssima, la ciudad marítima más poderosa de la Europa medieval, reina del Adriático, del mar Negro y del Mediterráneo. Los comienzos de esta grandeza fueron muy humildes. En el siglo V, los bárbaros godos y lombardos invadieron el imperio romano. Un grupo de refugiados, huyendo de los invasores, llegó hasta la costa y buscó protección en unas pequeñas islas yermas situadas en las lagunas costeras al noroeste del litoral adriático.

En ese lugar se construyó la república veneciana, sobre cimientos de cieno, con canales en lugar de calles, que todavía subsisten en la «ciudad vieja» de Venecia. Pero en el sentido económico y político, sus cimientos eran de roca, la roca del comercio.

La ciudad-estado proporciona un magnífico ejemplo medieval, no sólo de gobierno, sino de un modo de vida en general, basado en el comercio y el tráfico marítimo.

En la Edad Media, Venecia dominaba las encrucijadas que unían las rutas comerciales de Europa y Asia. Fue la mayor potencia marítima de su época….veamos su historia:

Italia, como Alemania, sigue un camino inverso al de Francia o al de Inglaterra: el de la desintegración. Las diversas ciudades italianas se organizan como estados soberanos y ya nada las ata, ni siquiera la sombra del Imperio Romano Germánico.

El siglo XIV es propicio para la Península Itálica. El Papa está en Aviñón, y por lo tanto, los avances del extranjero se han contenido. La paz parece favorecer al artesano y al mercader. La riqueza se acumula en ciudades como Florencia, Milán, Genova y Venecia, pero por eso mismo nace la rivalidad entre ellas y la paz se altera. Los ciudadanos poderosos no se muestran satisfechos; piensan que pueden enriquecerse más y resuelven hacerlo a costa de sus vecinos. Su dinero les permite contratar a un aventurero (condottiero) con su banda. Una buena paga pone al condottiero al servicio de una Comuna o de un partido.

La guerra civil se enciende y la anarquía domina a Italia. Además, en estos pequeños estados a veces se prolongan las luchas entre güelfos (aristocracia) y gibelinos (democracia).  Estos dos partidos habían surgido como consecuencia de la rivalidad entre el Papa y el Emperador.

Los burgueses, comerciantes y banqueros, con la ayuda del condottiero o los condottieros mismos, por una traición o por un golpe de audacia quedan, de pronto, al frente de las ciudades.

Estos gobiernos de fuerza, al modo de los tiranos de Grecia, se preocupan de su ciudad (república, ducado o señoría), la embellecen, se rodean de una corte brillante, cuidan el trabajo de sus artesanos, ordenan su industria y vigilan muy atentamente el Mediterráneo, cuyo tráfico pretenden dominar.

Venecia, que domina el Adriático, gracias a una hábil política de infiltración en la Italia superior, aspira a tener el control de los mercados de Oriente.

En sus comienzos, firmó convenios con príncipes ostrogodos, lombardos y francos. Luego, exigió que se depositaran en la ciudad, las mercaderías que debían atravesar las lagunas y a las que gravó con impuestos de salida. Más tarde redujo los derechos de aduana a los productos de Oriente, llevados por navios venecianos. Su gran riqueza fue el comercio de las especias.

El gobierno de la República Veneciana (oligarquía de mercaderes), reglamentó muy cuidadosamente la actividad comercial y marítima de sus ciudadanos. Sus colonias estaban directamente administradas por funcionarios del estado. Genova, su rival, lo hacía por medio de las compañías particulares.

En los famosos astilleros venecianos nadie podía construir navios sino con las medidas fijadas por el estado. Así, si un peligro amenazaba, la Señoría podía transformar rápidamente su flota mercante en navios de guerra.

También Venecia era celosa de su industria: prohibía a los obreros expatriarse sin su autorización, y si lo hacían, encarcelaba a su familia o los mandaban asesinar. Por otra parte, concedía rápidamente las cartas de ciudadanía a los extranjeros, hábiles artesanos, para beneficiarse con su experiencia.

Esta ciudidad, desde la derrota de Génova, en el siglo XIV, endueño del Mediterráneo Oriental. Comprendió entonces que necesitaba crearse un baluarte en Italia y a tal fin inició su expansión por la «tierra firme».

Se adueñó de Padua, y adquirió a Milán sus posesiones de Vicenza y Verona (1405). El dominio de Bérgamo y Brescia ocasionó una larga guerra entre venecíanos y milaneses.

Durante cerca de un siglo, Las ciudades italianas se enfrentaron unas a otras. Cada gran familia Representaba un partido. El éxito de uno conducía, generalmente, al exterminio del otro. Francia, el Imperio y el Papado se esforzaron en sacar partido de esas conmociones. Los duces se sucedían. Muchos perecieron asesinados. Sin embargo, algunas grandes familias llegaron a mantenerse a la cabeza de las ciudades. Este fue el caso de los Visconti, en Milán, que reinaron durante ciento treinta y seis años. Francisco Sforza se casó con la hija de Felipe Visconti y obligó a los nUmeses a reconocerlo como duque a la muerte de su suegro, en 1447. La familia Sforza gobernó Milán desde 1450 hasta 1535.

ANTECEDENTES: Durante la guerra, Venecia consiguió la alianza con Florencia, inquieta por el poder que habían adquirido los Visconti, familia que gobernaba en Milán. Los dos estados se impusieron al fin. Sin embargo, la guerra fue continuada por Francisco Sforza, audaz condottiero y yerno del último Visconti, hasta conseguir un equilibrio en In
paz de Lodi.

palacio ducal en venecia

PALACIO DUCAL DE VENECIA
Suntuosa construcción del siglo XIV que demuestra el período de la República Serenísima. Este palacio fue residencia del dux (cargo vitalicio) y de los consejos que integraban el gobierno de la república aristocrática. El Consejo mayor (1700 representantes de las familias más ricas, y que ya habían sido magistrados) elegía el Consejo de los diez. Junto a la sala del Consejo de los tres (cuyos miembros eran elegidos entre los que formaban el Consejo de los diez), severo tribunal que vigilaba a los ciudadanos y debía reprimir toda manifestación en contra del gobierno, se encontraba un buzón en forma de boca de león. En él se depositaban denuncias anónimas.

LA REINA DEL COMERCIO MEDITERRÁNEO
En medio de numerosas batallas decisivas en la península, la República de Venecia no había interrumpido sus actividades comerciales. Después de la pérdida de Tierra Santa, y a pesar de las amenazas del Papado, que quería debilitar económicamente al Islam, Venecia continuó traficando con Egipto y Siria: en El Cairo y en Alejandría, sus mercaderes eran muy influyentes y estaban protegidos por concordias y privilegios.

A partir del viaje de Marco Polo (1271-1295), la ciudad estaba en buenas condiciones para conocer las rutas continentales desde Persia al Asia Central, y para procurarse, a través del Imperio mongol, las especias que el Papado impedía adquirir en Egipto.

Los mercaderes llegaban hasta China y traían los productos que los negociantes alemanes de Augs-burgo y de Nuremberg iban a comprar y almacenar en el Fondaco dei Tedeschi, en el Gran Canal, antes de reexportarlos más allá de los Alpes.

A finales del siglo xiv, un célebre discurso del dux Mocenigo nos permite valorar la riqueza de la Serenísima República: cerca de 200.000 habitantes, 20.000 personas empleadas en la industria de la lana y de la seda, alrededor de 17.000 en los astilleros marítimos, que podían construir 45 galeras cada año. La flota comprendía 3.000 barcos mercantes y 300 navios de guerra.

La ciudad acuñaba anualmente dos millones de ducados de oro y de plata.

Las grandes familias, los Morosini, los Córner, los Dándolo, los Contarini extendieron, de Occidente a Oriente, sus negocios, sus bancos y sus despachos, y dispusieron de rentas considerables.

Esta extraña ciudad, levantada sobre el agua, era, a pesar de su reducida superficie, una de las potencias económicas mundiales. ¿Cómo funcionaba la dirección de este extraordinario mecanismo?

Venecia, república mercantil, fue gobeinada por una aristocracia financiera. Si, hasta el siglo XII, el dux (tomado del duque bizantino) ejerció un verdadero poder monárquico, progresivamente fue cediendo atribuciones ante eJ creciente poderío de las familias ricas y, a mediados del siglo XII, aparecieron diversos consejos, que después se diversificarían y acapararían el poder.

EL ESPLENDOR DE VENECIA
Al lado de la oligarquía dirigente se encontraban los ciudadanos, venecianos, al menos, desde dos generaciones, de rango acomodado, que podían ocupar los puestos secundarios del gobierno y de la administración (secretarios, notables, etc.).

El pueblo no tenía derechos políticos y estaba agrupado en corporaciones bien organizadas, con sus dignatarios, sus patronos y sus estandartes, que llevaban en las procesiones.

Obreros de los arsenales, artesanos de la lana o de la seda, vidrieros, marineros, pescadores, todos estaban protegidos y sé beneficiaban, más o menos, de la riqueza de la ciudad, que provocaba la envidia y la admiración de los contemporáneos por su disciplina, su unidad, su dedicación conjunta al Estado y la subordinación de los intereses privados a la empresa colectiva.

A comienzos del siglo XV, Venecia alcanzó su apogeo. Sus gloriosos símbolos son la iglesia de San Marcos, con sus mosaicos de oro; todos los capitanes tenían el deber de traer de sus viajes cuanto pudiera acrecer su lujo: columnas, bajorrelieves, estatuas, tesoros de orfebrería. En 1495, la iglesia estaba prácticamente terminada, y parecía, como ha dicho Ruskin,un «inmenso relicario».

En la misma época, el palacio de los duces tenía el aspecto que conserva hoy, con su arquitectura original, su alta muralla sobre doble serie de columnas, mezcla de arte y aportaciones orientales.

En una ciudad al abrigo de los ataques del enemigo y que desconocía la guerra civil, los patricios no estaban obligados a hacer fortalezas de sus palacios; a lo largo del Gran Canal, suntuosas residencias, como la Cá d’Oro y otros cien palacios cuyas fachadas tienen la delicadeza de encajes, formaban «la más bella calle que pueda existir en todo el mundo», dijo Commynes, un testigo maravillado.

LA POLÍTICA DE TIERRA FIRME
A finales del siglo XV, los pintores Gentile y Giovanni Bellini y Carpaccio, representaron fiestas famosas, como la de la Ascensión, donde se celebraba el matrimonio simbólico del dux y de la mar; el dux, a bordo del Bucentauro adornado de púrpura y de oro, lanzaba su anillo a las olas.

La ciudad, por otra parte, no se orientaba solamente hacia el mar. Necesitaba dominar las rutas que conducían hacia Italia central, tanto más cuanto qu- estaba rodeada de otras ciudades dirigidas por señores poderosos e insaciables: Verona y los Scaligeri, Ferrara y los Este, Padua y los Carrara, Milán y los Visconti.

La libre navegación por el Po y sus desembocaduras fue, igualmente, una necesidad para el comercio: desde 1270, Venecia se enfrentó a Bolonia. En 1338, una guerra contra Verona obligó a los Scaligeri a desalojar la provincia de Treviso.

Sabemos que, en el curso de la guerra de Chioggia, los Carrara se aliaron con Genova: vencidos en 1388 y luego en 1404, estos enemigos implacables fueron estrangulados en los Plomos de Venecia, dos años después.

A principios del siglo xv, la República dominaba el país comprendido entre los Alpes, el Tagliamento y el Adigio. La lucha contra Milán duró desde 1426 hasta 1454, en que la paz de Lodi dio a Venecia Bérgamo, Brescia y Cremona.

Esencialmente marinos, los venecianos confiaron sus operaciones terrestres a los condottieros: Carmagnola, Gattamelata, Francesco Sforza, Bartolomeo Colleoni, a quien Verrocchio inmortalizó en su famosa estatua ecuestre. Venecia permitió a las ciudades sometidas conservar sus instituciones, bajo la intervención de dos funcionarios nombrados por ella: un podestá y un capitán que dependían de los cinco «sabios de tierra firme».

Pero su expansión le había atraído numerosos odios en Italia y, a finales del siglo XV, Venecia se verá amenazada por peligrosas coaliciones.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Ver:Biografía Músico Monteverdi Claudio

Ver: Biografía de Antonio Canova

Vida de los Estudiantes en la Universidad Medieval

Vida de los Estudiantes en la Universidad Medieval

Al llegar a Bolonia, Oxford o París, el estudiante,   adolescente   u  hombre   hecho, se albergaba en un hospicia o pensión reservada a los jóvenes, donde podía conseguir un lecho y compartir una habitación. De este tipo fue el Colegio fundado por el Cardenal Albornoz en Bolonia, idea renovada en Salamanca y en otras universidades españolas.

Otras veces, vivía con una familia pobre. En París, hacia 1300, había 7.000 estudiantes; en Bolonia, 6.000; en Oxford, 3.000. Esta masa era atrevida y entusiasta, y consideraba al mundo de las ideas, en el que iba a penetrar, tan fascinante como la guerra o los torneos.

Estudiantes en la Edad Media

El estudiante gozaba en París del fuero de los clérigos, estaba libre del servicio militar, exento de los impuestos estatales, y sólo podía ser juzgado por un tribunal eclesiástico. Generalmente, era tonsurado; si se casaba podía proseguir sus estudios, pero perdía los privilegios de clérigo y no podía recibir cargos.

Entre ellos reinaba una gran licencia; el monje Santiago de Vitry calificaba a los estudiantes parisienses de «más disolutos que el pueblo». Es evidente que el término «clérigo» no era sinónimo de «santo»; se cuenta que las muchachas de vida ligera se establecían en las  casas  en que enseñaban los  maestros.

Cada grupo nacional acostumbraba criticar a los otros; las riñas entre estudiantes y maestros, entre estudiantes y burgueses eran frecuentes. En Oxford, la campana de Santa María convocaba a los estudiantes, y la de San Martín a los burgueses, para que dirimieran sus querellas con sangre. Un preboste parisiense lanzó, en 1269, uria proclama contra los clérigos que «de día y de noche hieren y matan atrozmente a mucha gente, raptan mujeres, seducen a las doncellas, penetran con fractura en las casas».

Cada etapa del año escolar debía ser celebrada dignamente con bebidas; una viril y ruidosa francachela alegraba el corazón de todos. Las autoridades exigían a cada estudiante el juramento solemne de ajustarse a la disciplina universitaria., Los jóvenes juraban precipitadamente y  pecaban cuando querían.

El infierno no asustaba a los futuros teólogos. Sin embargó, encontraban tiempo para trabajar. Las clases comenzaban al alba, es decir, hacia las siete de la mañana. El año escolar duraba once meses; el origen de las vacaciones de verano no fue otro que el deseo de dejar libres a los jóvenes para la siega.

Con sus inevitables imperfecciones, las universidades medievales pueden reivindicar el honor de haber desarrollado la sutileza espiritual de los hombres de Occidente, de haber creado un lenguaje filosófico y de haber entroncado con la tradición antigua.

EL DESCUBRIMIENTO DE ARISTÓTELES: Ya hemos visto cómo, en el siglo xu, los filósofos judíos y árabes habían influido en el pensamiento cristiano, y cómo la filosofía, vieja y nueva a la vez, fue asimilada de manera notable. La «Física» y la «Metafísica» de Aristóteles, con los «Comentarios» de Averroes, llegaron a París a comienzos del siglo XIII, amenazando la ortodoxia de muchos estudiantes; el equilibrio entre la Fe y la Razón sería en adelante el gran problema de los pensadores de aquel tiempo. Alberto Magno y Tomás de Aquino querían conciliar Aristóteles y las Escrituras, mientras que los partidarios de Averroes querían seguir independientemente a Aristóteles y a las Escrituras.

Siger de Brabante, erudito y sacerdote, se hizo campeón de esta última teoría, y durante una generación, avorroísmo y catolicismo se enfrentaron en París. «Dios—decía Siger—es el fin, no la causa de la creación». Contra él iba a levantarse, en primer lugar, Alberto Magno. Hijo de un aristócrata suabo, había estudiado en Padua y enseñado en diversas escuelas dominicas.

La enorme masa de sus obras está muy mal organizada y es muy incoherente, pues defiende a veces en una lo que ataca en otras. Alberto era un hombre demasiado bueno, un alma demasiado piadosa para ser un pensador objetivo. Sin embargo, ayudó a difundir la obra de Aristóteles, mediante la enseñanza, y acumuló un gran número de pensamientos y de razonamientos, de los que su célebre discípulo Tomás de Aquino hizo una síntesis lúcida.

Ver: La Universidad Medieval

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Comercio Marítimo en la Edad Media Tipos de Barcos

Comercio Marítimo en la Edad Media  y Tipos de Barcos

LA APERTURA DE LOS MARES SEPTENTRIONALES
A partir del siglo XII, el comercio en los mares Báltico y del Norte se había desarrollado considerabemente, gracias a la actividad de la Hansa. Esta, en la época de su apogeo, agrupaba más de ciento cincuenta ciudades marítimas o continentales situadas entre el golfo de Finlandia y el Zuiderzee.

Unión comercial primero, la Hansa teutónica, aprovechando la carencia de una autoridad imperial, demasiado debilitada por las guerras italianas y las luchas contra el Papado, no tardó en convertirse en una potencia política. Sin embargo, todas estas ciudades continuaban bajo la dependencia del emperador o de sus respectivos señores. Nunca hubo fusión orgánica ni de personalidad jurídica: la Hansa no poseía ni marina ni ejército permanente. Las ciudades sólo tenían una asamblea irregular, la Hansetag.

Sin embargo, a pesar de la falta de una estructura que, por referencia al Mercado Común, podríamos llamar supranacional, la identificación de los intereses comerciales bastó, durante cuatro siglos, para hacer de ella una potencia económica y política raramente igualada.

Los habitantes de Brujas estaban celosos de los de la Hansa y querían retirarles las ventajas que les habían concedido. Este conflicto provocó una transformación de la Hansa, que se convirtió en una alianza de ciudades, y se hizo suficientemente fuerte como para prohibir traficar a sus miembros con Brujas. Este boicot resultó eficaz: los flamencos tuvieron que someterse, confirmar las ventajas anteriores, mejorándolas, y pagar una fuerte indemnización a las ciudades hanseáticas por los perjuicios sufridos.

Seguidamente, los escandinavos quisieron, a su vez, liberarse del yugo del imperio hanseático. Negándose a entregarles el trigo o la sal indispensable para la salazón de los arenques, los de la Hansa forzaron a sus adversarios a pedir excusas. En 1388, una coalición de ingleses, flamencos y rusos no consiguió mejores resultados.

Comercio Marítimo en la Edad Media

TÉCNICA DEL COMERCIO
El siglo xiv presenció el apogeo de la Hansa. Este poderío se debió en gran parte a la utilización de un nuevo tipo de navio, la Cogghe. Hasta entonces, los mares septentrionales eran recorridos por dos tipos de naves: la barca de los vikingos, a remo y a vela, rápida y de poco calado, y la nave occidental, de forma redondeada, más larga y estable, que sólo navegaba a vela. Estos dos tipos de navios tenían una capacidad de transporte muy limitada: 30 toneladas. Pero el transporte de los cruzados a Tierra Santa exigió el uso de navios más grandes, de los que el comercio se serviría después.

La Cogghe apareció a fines del siglo XII. Medía unos treinta metros de largo por siete de ancho. Provista de una sola vela, manejable y rápida, podía transportar 300 toneladas, o sea, diez veces más que los navios precedentes. Estas naves pertenecían raramente a un solo mercader o armador.

De diez a veinte personas se asociaban para cada viaje, y arriesgaban así una parte del valor del navio y de las mercaderías. Los asociados se repartían, como es de suponer, los beneficios. Esta práctica no significaba, forzosamente, que las ciudades de la Hansa no dispusieran de personajes lo suficientemente ricos como para hacerse cargo individualmente de los gastos de una operación, sino que los riesgos eran tales (una tercera parte de las naves desaparecía) que los burgueses preferían repartir los riesgos y beneficios en varias empresas.

Los barcos navegaban, generalmente, en convoy, para evitar los riesgos de piratería; esta práctica no sólo aumentaba los peligros de colisión sino que, además, tenía el inconveniente de obligar a los navios procedentes de ciudades diversas a buscar un punto de concentración. Sin contar las citas a las que faltaban algunos, esta obligación provocaba una pérdida de tiempo, y los mercaderes, deseosos de recibir sus beneficios, se impacientaban. Otro riesgo serio era la «huida» del capitán, que, al llegar al extranjero, podía, con toda facilidad, vender su cargamento y desaparecer.

Para evitar esto, el capitán debía estar casado obligatoriamente y ser padre de familia: los asociados podían, así, guardar a su mujer y a sus hijos como rehenes.De esta forma, la Hansa, con su flota y sus poderosos mercaderes, era una muestra, como Italia, del esplendor de la civilización urbana, fundada en el comercio y el dinero.

Ver: Importancia De La Ruta de la Seda

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Mercaderes y Ferias en la Edad Media Rutas Comerciales

INICIO DEL COMERCIO EN LA EDAD MEDIA: MERCADERES ,FERIAS y RUTAS

En las ciudades medievales, los que tenían mayor influencia eran los mercaderes. Ellos fueron quienes favorecieron el desarrollo urbano e industrial.

Los caminos eran demasiado malos y poco seguros para transportar las mercancías de mucho peso, y sólo los ricos (príncipes, señores, prelados) tenían suficiente dinero para comprar.

El comercio se hacía, pues, sobre todo con artículos de lujo, más buscados por los ricos y más fáciles de transportar, puesto que son ligeros.

Los italianos de los puertos del Mediterráneo, Venecia, Genova, Pisa, empezaron a comerciar.

Iban a recoger por mar a Constantinopla y a los países musulmanes las telas de lujo, los perfumes, las especias (sobre todo la pimienta), a que los señores eran muy aficionados en los platos y en el vino.

Luego realizaron beneficios transportando a los peregrinos y cruzados a Palestina.

Al crecer los negocios, se establecieron en las ciudades, abrieron sucursales, agencias, organizaron los transportes terrestres y marítimos, y llegaron a intervenir en la fabricación de los productos.

En efecto, transportaban o compraban materias primas (lana, por ejemplo) y las repartían después entre diversos artesanos para que las hilaran; seguidamente, llevaban los hilos a los tejedores y, por último, vendían o transportaban lejos los productos terminados, cambiándolos por mercancías extranjeras que les aseguraban un flete de retorno.

A decir verdad, sólo los mercaderes disponían de los enormes capitales y de la organización comercial necesarias para llevar a cabo todas las operaciones y todos los transportes.

Desde muy pronto, los mercaderes tuvieron que agruparse en corporaciones llamadas Guildas o Hansas en el norte.

Habían conseguido además posiciones privilegiadas al frente de los municipios burgueses: así, en París, el preboste de los mercaderes.

Pero los riesgos eran grandes: había que organizar caravanas, colocarse —pagando un censo— bajo la protección del señor de los territorios que se atravesaban, y esto no impedía que las bandas de salteadores desvalijaran las caravanas.

Por ello, preferían recorrer sólo parte del camino, hasta los lugares de reunión donde se podía encontrar las mercancías llegadas de otras regiones.

El Comercio en una Ciudad Medieval

A medida que los países europeos estuvieron más poblados y fueron más ricos, el comercio aumentó. Los mercaderes alemanes fueron al norte, hasta Rusia, a buscar las pieles de los animales de las regiones frías, la cera que se necesitaba para los cirios y para los sellos, las pieles para curtir y las maderas para construir los barcos. Los italianos llevaron las mercaderías de lujo del Oriente a Francia del norte y a Alemania. Se crearon ciudades de comercio a lo largo de su camino en Alemania, Ausburgo, Ratisbona, Nuremberg y Colonia en el Rhin.

Había señores no dejaban desembarcar y vender mercancías en su ciudad sino con un permiso especial. Las ciudades mercantiles trataban, pues, con el  señor para que concediese a sus traficantes el derecho de vender y comprar.

En los puertos de Oriente las ciudades  Italianas, Génova, Pisa, Venecia, habíanse hecho conceder todo un barrio con un muelle, almacenes, casas y mercado.

Nombraban, como representante de la! ciudad cerca del príncipe del país, a un jefe que se llamaba cónsul. Así empezó la costumbre de tener cónsules para el comercio en los países extranjeros.

Cada ciudad, cada señor, tenía su moneda diferente. Cuando se prometía una suma, se decía si habría de calcularse en libras de Tours (tumesas) o de París (parisinas) o de las comarcas del Este (oesterling).

Había gente experimentadas que podían manejar todas aquellas monedas diferentes, muchas veces falsificadas o recortadas. Tal era la profesión de los cambiantes. Tomaban las monedas y, ganando en ello, las cambiaban por la moneda corriente en la ciudad. En París, los cambiantes tenían tiendas de madera a los lados del Puente del Cambio.

Muchos cambiantes, que disponían de dinero, lo prestaban mediante interés. Se les llamó banqueros, porque exponían su dinero en bancos. Eran, por lo común, italianos.

En Francia la palabra lombardo vino a ser sinónima de banquero. Algunos se hicieron grandes personajes. Felipe el Hermoso tuvo como consejeros a banqueros italianos establecidos en París.

LAS FERIAS

Para cambiar ias mercaderías de los distintos países, los comerciantes tomaron la costumbre de reunirse una vez al año, en la misma época y en el mismo sitio,

Estas reuniones, que tenían lugar en el momento de una festividad religiosa, se llamaban ferias (de la palabra latina feria, fiesta). Los comerciantes sentaban sus reales fuera de las puertas de la ciudad, en tiendas o barracas de madera, ponían de manifiesto sus mercaderías, como hacen todavía hoy los de su clase en las mismas ocasiones.

Pero las ferias eran entonces mucho más importantes. Los comerciantes hallaban en ellas ventajas que hoy no necesitan. El señor del país prometía defenderlos, a ellos y a sus géneros, a la ¡da y al regreso.

Les permitía, mediante un canon, exponer y vender sus artículos, cosa que estaba prohibida a los extranjeros.

Se comprometía a hacer juzgar las disputas entre ellos prontamente y según los usos de los mercaderes, lo cual les ponía a salvo de ser explotados por los jueces del país.

ferias medievales

Las ferias eran los puntos de reunión de los mercaderes que seguían las rutas terrestres. Las de Champaña se contaban entre las más célebres. Eran el lugar de cita de los mercaderes procedentes de Flandes y de Italia, las dos zonas industriales más desarrolladas del Occidente medieval.

Las mercancías de la zona mediterránea, monopolizadas por las ciudades italianas, y las del mar del Norte y del Báltico, llegaban por igual a estas ferias. Troyes, Lagny, Provins y Bar sur Aube debían su superioridad no sólo a la ventaja de su posición geográfica, sino también a la inteligente política de los condes de Champaña, que se habían atraído, mediante eficaces garantías, a los traficantes y mercaderes de todas las regiones.

Así, seis veces al año, entre la primavera y el invierno, una inmensa aglomeración de tiendas de campaña y otros habitáculos surgía en las pequeñas aldeas de Champaña.

Un servicio de policía encargado de los mercados, y tribunales rápidos y eficaces para arbitrar conflictos entre los mercaderes, eran puestos en funcionamiento por el conde.

Todas las grandes ciudades comerciales, todas las grandes casas enviaban cónsules o representantes encargados de defender sus intereses o de efectuar ciertas compras, asegurar los transportes y hacer pagos, de acuerdo con las instrucciones de la casa central.

Las ferias se desarrollaban con un ritmo preciso: durante los ocho primeros días, llamados de «entrada», los mercaderes podían instalarse, desempaquetar sus mercaderías, hacer visitas, fijar los precios. Después llegaba el período de las ventas.

Cada artículo era tratado por turno: venían primero los paños, después los cueros—a los que se daba el nombre de «cordobanes»—, y luego los productos que se vendían al peso, especialmente las especias y las materias aromáticas y colorantes.

Tras un tiempo determinado, acababan las transacciones propiamente dichas y comenzaba la fase final o «salida», en la que se hacían las cuentas y se efectuaban las liquidaciones.

Estas operaciones de pago al fin de la feria permitían hacer negocios más importantes, pues cada uno podía comprar y vender por más dinero del que tenía en circulación.

Era, en definitiva, un sistema de intercambios, cuyo desarrollo permitía paliar la insuficiencia de metales preciosos. Así, no era raro ver vender más de 50.000 piezas de paño de origen flamenco, en el curso de una sola sesión en una feria de Provins.

Sin embargo, a partir del siglo XIII, las ferias de Champaña comenzaron a declinar. Los progresos de la navegación permitieron, en efecto, relaciones marítimas directas entre Italia y Flandes.

Brujas, sobre todo, y Londres sirvieron de intermediarios y de lugares de almacenaje para el comercio entre las ciudades mediterráneas y nórdicas.

Ver: Apertura de los Mares Para El Comercio

FLORECIMIENTO DE LAS CIUDADES

En el siglo XII en el seno del mundo rural y de la sociedad feudal se habían introoducido elementos nuevos: las ciudades.

Indudablemente, siempre hubo aglomeraciones urbanas en Occidente, pero los restos de las ciudades romanas no contenían tras sus murallas más que un puñado de habitantes.

El fenómeno urbano no alcanzó una real amplitud hasta el siglo XII.

A la revolución económica y social que esto produjo, se añadió otra, la cultural. Hasta entonces, el cultivo del espíritu había sido patrimonio de los religiosos. El hombre cuyo oficio se reduce a escribir y a enseñar, el intelectual, no apareció hasta el siglo XII, en las  ciudades.

Junto con las especias, la seda de Bizancio, de Bagdad, de Córdoba, los mercaderes llevaban manuscritos, y con ellos penetró en Europa la cultura greco-árabe. El musulmán era, ante todo, un intermediario.

Las obras de Aristóteles, Euclides, Tolomeo e Hipócrates habían llegado a Oriente con los cristianos heréticos y los judíos perseguidos por Bizancio.

La voluntad de los reyes y de los prelados organizó un vasto movimiento de traducción, que puso a los pensadores cristianos en contacto con las obras maestras de los filósofos antiguos, de los musulmanes y de los judíos que habían meditado durante mucho tiempo sobre los problemas planteados por Platón y Aristóteles.

Así, para la evolución del pensamiento occidental iban a tener mucha importancia los escritos del musulmán Averroes, autor de la más clara exposición del aristotelismo, y los del judío de Córdoba, Maimónides, astrónomo y teólogo que se esforzaba por conciliar las filosofías judaica y aristotélica.

Al mismo tiempo, en Sicilia, los reyes normandos, y sobre todo el emperador Federico II, en su corte trilingüe—griego, latín y árabe—, presidían las investigaciones intelectuales de una sociedad que, por su eclecticismo, prefiguraba la de la Italia del Renacimiento.

RUTAS COMERCIALES DE LOS MERCADERES

Los caminos
El mercader encuentra muchos obstáculos a lo largo de los caminos de tierra y de agua por donde transporta sus mercancías.

Ante todo, obstáculos naturales. En tierra, hay que atravesar las montañas por caminos que, si bien no tan malos como se ha dicho a veces y más elásticos que los caminos empedrados y pavimentados de la Edad Antigua, son, sin embargo, muy rudimentarios.

Si pensamos que las grandes rutas del comercio norte-sur han de cruzar los Pirineos y sobre todo los Alpes —más permeables al tráfico, pero de dificultades multiplicadas por el volumen mucho más considerable de mercancías— nos damos cuenta en seguida de los esfuerzos y riesgos que representaba, por ejemplo, el transporte de un cargamento desde Flandes a Italia.

Y no debe olvidarse que, si bien en ciertos tramos se utiliza lo que pueda subsistir de las vías romanas, y en algunos itinerarios se encuentran carreteras de verdad, la mayoría de las veces los caminos medievales a través de campos y colinas no son otra cosa que «el lugar por donde se pasa».

A eso hay que añadir las insuficiencias del transporte. Sin duda los progresos realizados en los medios de acarreo a partir del siglo X fueron una de las condiciones técnicas favorables, si no imprescindibles, para el desarrollo del comercio; pero, en los caminos sin pavimentar, los resultados de estos adelantos fueron muy limitados.

Por eso, junto con los pesados carros de cuatro ruedas y las carretas más ligeras de dos ruedas, los animales de carga —muías y caballos— con sus albardas y sus sacos fueron los agentes usuales de transporte.

Agreguemos a eso la inseguridad, los bandidos, los señores feudales o las ciudades ávidas de allegar recursos por medio del simple robo o por la confiscación más o menos legalizada de los cargamentos de los mercaderes.

Agreguemos muy especialmente, quizás —por ser más frecuentes y más regulares— los impuestos y derechos, peajes de todas clases que los innumerables señores feudales, las ciudades o las comunidades cobraban por pasar un puente, un vado o por el simple tránsito a través de sus tierras, en tiempos de extremo parcelamiento territorial y político.

Cuando todavía estos tributos se recaudaban como pago de un efectivo mantenimiento del camino, el gasto podía parecer legitimo a los mercaderes; y a partir del siglo xin, los señores feudales, los monasterios y, sobre todo, los habitantes de los burgos construyen puentes que facilitan y aumentan un tráfico del cual sacan beneficios directos e indirectos apreciables.

Pero a veces se construye «a expensas de los usuarios», de los propios mercaderes, como fue el caso del puente colgante —el primero en su género— del Gotardo, el cual, en 1237, abrió el camino más corto entre Alemania e Italia.

Esos gastos sólo se atenuarán Irada fines de la Edad Media, con una política de trabajos públicos por parte de los príncipes y de los reyes, en el marco de la organización de los estados centralizados y mediante rescate sistemático de los peajes.

Por lo tanto, a las fatigas y a los riesgos inciertos ha de añadir el mercader estos gastos ineludibles, lo que hace que el transporte terrestre resulte muy oneroso.

Para los productos raros y caros: esclavos, paños de lujo y sobre todo «especias menudas» (expresión que cubre toda una serie de mercaderías de precio elevado y de poco volumen, empleadas en perfumería, farmacia, tintorería y cocina), el costo del transporte no representaba más del 20 al 25 % del precio inicial.

Pero para lo que A. Sapori ha llamado las «mercancías pobres», pesadas y voluminosas y de un valor menor (granos, vinos, sal), esos gastos ascendían hasta un 100 y un 150 °/o, o más todavía, de su valor original.

Las vías fluviales
Por eso el mercader medieval prefería las rutas navegables. Donde la navegabilidad de los ríos lo permite, se practica en gran escala el transporte de la madera por flotación y de las demás mercancías mediante barcas chatas.

A ese respecto, hay tres redes fluviales que por la importancia de su tráfico deben destacarse.

1) La de Italia del norte, que con el Po y sus afluentes constituía la mayor vía de navegación interior del mundo mediterráneo, comparable —guardando las proporciones— a la red actual de los grandes lagos norteamericanos.

2) El Ródano, prolongado por el Mosela y el Mosa, que fue hasta el siglo Xiv el gran eje del comercio norte-sur.

3) El enrejado que forman los ríos flamencos, completado a partir del siglo XII por toda una red artificial de canales o vaarten, y de pantanos-esclusas o overdraghes, y que fueron para la revolución comercial del siglo xni lo que la red de canales ingleses fue para la revolución industrial del siglo XVIII.

Debemos añadir la vía Rin-Danubio, de importancia creciente a fines de la Edad Media, ligada al desarrollo económico de la Alemania central y meridional. Durante mucho tiempo fueron los mercaderes, más que los príncipes, los que desempeñaron el papel preponderante en todo este trabajo de dotación.

Las vías marítimas
Pero, de modo muy especial, es el transporte marítimo el medio por excelencia del comercio internacional medieval, el que hará la riqueza de esos grandes mercatores que son quienes nos interesan en particular. También en ese terreno los obstáculos siguen siendo grandes.

En primer lugar, tenemos el riesgo de naufragio y la piratería. Esta última actuó siempre en gran escala. Primero fue obra de marinos particulares, verdaderos empresarios de piratería, que la practicaban alternándola con el comercio.

Estos marinos, para el desarrollo de su actividad establecían verdaderos contratos que aseguraban su parte de beneficio a los honorables comerciantes que financiaban sus empresas.

Obra también de las ciudades y los Estados, en virtud del derecho de guerra o de un derecho de precio ampliamente interpretado; y si bien este jus naufragi pronto fue abolido en el Mediterráneo (aunque los reyes angevinos de Nápoles lo restablecieran a fines del siglo XIII con gran escándalo de los italianos), siguió existiendo durante mucho más tiempo en el dominio nórdico, practicado especialmente por ingleses y bretones a lo largo de una tradición ininterrumpida que conduciría a la guerra de corso de los tiempos modernos. Solamente las grandes ciudades marítimas —sobre todo Venecia— pueden organizar convoyes regulares escoltados por naves de guerra.

Otro obstáculo es la poca capacidad de las naves. Desde luego, la revolución comercial y el crecimiento del tráfico hacen que aumente el tonelaje de las naves mercantes.

Pero los pesados koggen hanseáticos adaptados al transporte de mercancías voluminosas y pesadísimas y las grandes galeras de comercio italianas —especialmente venecianas—, aunque alcanzan el millar de toneladas a fines de la Edad Media, no representan en conjunto más que un escaso tonelaje.

La mayoría de las naves tenía menor capacidad: los koggen hanseáticos que transportaban la lana inglesa y el vino francés o alemán por el Mar del Norte y el Báltico, las carracas genovesas o españolas cargadas de especias y las naves rápidas venecianas que iban a buscar el algodón a los puertos de Siria y de Chipre, raramente superaban las 500 toneladas.

Otro inconveniente es la escasa velocidad de esa navegación. A partir del siglo XIII, la difusión de inventos como el timón de codaste, la vela latina y la brújula, y los progresos de la cartografía —y aquí, junto a los aportes orientales y extremo orientales, hay que hacer especial mención de los marinos y sabios vascos, catalanes y genoveses— permiten disminuir o eliminar las trabas que, para la rapidez de las comunicaciones marítimas, significaron en la Edad Media el anclaje nocturno, el paro en invierno durante la época de vientos y el cabotaje a lo largo de las costas.

Todavía a mediados del siglo XV el ciclo completo de una operación de un mercader veneciano —llegada a Venecia de especias de Alejandría, reexpedición hacia Londres de esas especias, regreso de Londres con flete de estaño, reexpedición de ese estaño hacia Alejandría y nuevo cargamento de especias para Venecia— dura dos años enteros.

El mercader precisa paciencia y capitales. Por lo demás, el costo del transporte por mar es infinitamente más bajo que el transporte por tierra: el 2 % del valor de la mercancía para la lana o la seda, el 15 % para los granos y el 33 % para el alumbre.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Quienes Fueron Los Juglares en la Edad Media?

¿Quienes Fueron Los Juglares en la Edad Media?

LOS JUGLARES: UN CANTO DE AMOR:

En el sur de Francia, partiendo de la lengua de oc, crean un dialecto semiartificial de galanteos, y de juegos de ingenio, en el que juglares y trovadores profesionales componen y recitan poemas amorosos. Las categorías feudales fueron allí siempre menos rigurosas que en el norte de Europa, y los contactos con los árabes, mucho más profundos. Así, surge una nueva moral.

Juglares recitando

La mujer ya no es la eterna menor, la criatura inferior, incapaz de llevar armas, sino la inspiradora de los caballeros.

Se crea un código del amor galante: amor fuera del matrimonio, que tiende a la unión carnal, pero que acepta un lapso entre el deseo físico y la satisfacción; concepción que irá refinándose, hasta alcanzar una especie de misticismo a finales de la Edad Media. Al mismo tiempo, la música que acompaña a los poemas se hace más compleja.

En el Norte, nace una literatura en lengua de oil, girando, no alrededor de los temas de amor, sino glorificando las hazañas de los caballeros en interminables canciones de gesta: algaradas, duelos, fidelidad de vasallaje, son los temas esenciales de la «Chanson de Roland», la más conocida de las canciones de gesta compuestas en esta época. Las melodías que acompañan a estos versos son mucho más simples y monótonas que las del Mediodía.

Las cortes del Norte son mucho menos refinadas también que las del Mediodía, y el divorcio de Leonor de Aquitania de Luis VII, rey de Francia, muestra la incapacidad de esta mujer del Sur para adaptarse a la brutalidad masculina del Norte. Aunque el ideal caballeresco llega a ser mucho menos bárbaro y excesivo que en el siglo xi, esta evolución no alcanza más que a una minoría.

En las regiones retiradas, los caballeros no son todavía más que soldadotes salvajes, saqueadores, asesinos de monjes, salteadores de comerciantes, raptores de doncellas, que pegan y repudian a sus mujeres por cualquier cosa, y multiplican los bastardos. Pero la evolución no se puede detener y se hará cada vez más profunda.

Ver: Los Trovadores Medievales

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Origen de los Burgos en la Edad Media Los Municipios

Origen de los Burgos en la Edad Media – Los Municipios Medievales

LA CIUDAD Y EL CAMPO EN LA EDAD MEDIA:

Desde que ocurrieron las invasiones de los piratas en el siglo IX, las antiguas ciudades no tenían casi pobladores; ni obreros, porque nadie tenía dinero para encomendarles trabajo; ni comerciantes, porque ya no era posible andar por los caminos.

Apenas quedaban los aldeanos y los criados del obispo o del conde.

Lentamente gracias a las mejores condiciones climáticas de aquella época y el consecuente mejoramiento de la salud de los habitantes,  la agricultura tomó un importante auge, y las superficies sembradas se ampliaron  enormemente.

Las roturaciones agrícolas transforman  considerablemente el paisaje. Además los bosques quedan reducidos y las comunicaciones se hacieron  más fáciles y cortas. Las abundantes cosechas generaron excedentes, lo que  motivo inicialmente el trueque con otras poblaciones y mas tarde el comercio.

Como consecuencia a fines del siglo XI el dinero comenzó a escasear menos y de nuevamente  empezó a haber un poco de comercio, con la  que reaparecieron los artesanos y los mercaderes.

Entonces las antiguas ciudades se repoblaron y muchas aldeas se hicieron ciudades. La mayor parte de las ciudades francesas fueron en su origen aldeas.

Gran parte de los  nuevos pobladores se establecieron, no en el antiguo recinto de la ciudad, que era demasiado pequeño, sino al lado, en un emplazamiento que se rodeó primeramente de una empalizada de madera, luego de una muralla de piedra.

A este recinto se aplicaba un nombre alemán, burgo. Hubo entonces, una al lado de otra, dos ciudades y a veces más, cada una con su recinto fortificado.

Nace nuevos mercados en los burgos campesinos, ferias en las grandes encrucijadas. Paralelamente el comercio suntuario se desarrolla para responder a una demanda creciente.

El renacimiento del comercio trae consigo el de las ciudades, pobladas a la sazón no solamente por clérigos, sino también por comerciantes profesionales y por artesanos.

Pero la ciudad sigue muy impregnada de campo: las casas están espaciadas, quedan muchos campos dentro de las murallas.

Los habitantes (el término «burgués» comienza a formarse) llevan exactamente la misma vida que los campesinos: siguen el ritmo de las estaciones, en casas de madera, sin comodidades.

No gastan, ignoran el lujo. Son, apenas, un poco más instruidos que los campesinos, para poder manejar los libros de cuentas.

Pero, sobre todo, los burgueses siguen sometidos a la misma autoridad que los campesinos: el señor, sobre cuyo territorio se sitúa la ciudad.

Este, a causa de sus frecuentes rapiñas, sus atropellos, los impuestos que inventa y multiplica, entorpece el comercio.

Por ello, los burgueses se agrupan en comunas para oponerle resistencia e imponerle el reconocimiento de las franquicias de la ciudad: independencia personal de todos los burgueses, restricción de los derechos consuetudinarios señoriales, supresión de las trabas al comercio.

Ciudad Medieval

El movimiento se desarrolla, sobre todo, en la Italia lombarda y en la Francia del Norte, y posteriormente en los países germánicos, más apartados de la renovación comercial.

Es muy violento, llegando hasta el motín en el año 1115, los habitantes de Laon matan a su obispo, que se negaba a reconocer sus franquicias.

En conjunto, el movimiento comunal se ve coronado por el éxito, y el nuevo estatuto jurídico de las ciudades permite la extensión del comercio.

De este modo, la expansión agrícola lleva consigo el desenvolvimiento de la economía de cambio, la creación de ciudades, la aparición de los burgueses, que trastorna la disposición de los tres órdenes.

Es un germen de disolución del régimen feudal, adaptado a una economía de subsistencia replegada sobre sí misma. Pero, antes de disolver el feudalismo, la expansión agrícola implica el enriquecimiento  de las  clases  superiores.

LOS MUNICIPIOS:

En varias ciudades del Norte, sobre todo en Picardía, donde era señor un obispo, los habitantes, para obtener la franquicia, habían empezado por hacer entre ellos una conjuración, se habían jurado defenderse mutuamente para obligar a su señor a concederles una carta. La ciudad libertada por este medio se llamaba municipio.

Cada uno de los habitantes había de jurar defender a los demás, y cuando se daba la voz de ¡Municipio! todos habían de acudir armados.

En varias ciudades el obispo prohibió a los habitantes formar un municipio, y los habitantes se sublevaron.

En Cambrai, el año 1076, los habitanes se habían armado y jurado el municipio, en tanto el obispo estaba en la corte del emperador. Volvió el obispo y aceptó lo jurado para que se le dejase entrar. Pero, cuando los habitantes hubieron dejado las armas, envió soldados que mataron a muchos en las calles y en las iglesias.

A otros mandó cortar pies y manos, sacar los ojos o marcar con hierro al rojo. Luego suprimió el municipio.

En Laon, desde el año 1106, el obispo, señor de la ciudad, era un caballero normando que pasaba la vida en la guerra y cazando.

Tenía un esclavo negro que utilizaba para atormentar a los que no le placían. En una ciudad vecina, en Noyon, el obispo había dejado formarse un municipio. Los habitantes de Laon quisieron formarlo también.

El obispo había ido a Inglaterra; los obispos y los sacerdotes que gobernaban en su ausencia, accedieron a lo pedido mediante el pago de una gruesa suma.

El obispo, a su vuelta, aceptó lo hecho mediante una nueva suma. Pero tres años más tarde (1112) hizo que a Laon fuese el rey Luis VI, y le pidió que anulase el municipio. Los habitantes ofrecieron al rey 400 libras de plata para conservarlo. El obispo prometió 700 por suprimirlo. El rey mandó pregonar por la ciudad que el municipio quedaba suprimido y se apresuró a partir.

Al día siguiente, por la mañana, los habitantes, exasperados, cerraron sus tiendas y se reunieron. Varios juraron matar al obispo.

Alguien fue a avisarle, y respondió: » ¡Yo, perecer a mano de esas gentes! «. Al día siguiente, que era la Pascua, atravesó la ciudad en procesión y oyó gritar: «¡Municipio, municipio!». Mandó venir aldeanos de los alrededores y los apostó en las torres de la iglesia y en su palacio.

Pero dos días más tarde los despidió. Se le previno que los habitantes se agitaban: «¿Qué creéis, dijo, que puedan hacer esas gentes? Si mi negro tomara de la nariz al más terrible de ellos, no se atrevería a refunfuñar. ¿No les he obligado a renunciar a lo que llamaban su municipio? «.

Pero al día siguiente, por la tarde, se oyó de pronto gritar: » ¡Municipio! «. Un fuerte grupo, armado con hachas, arcos, mazas y picas invadió la iglesia y el palacio del obispo. Los caballeros del obispo no tenían armadura, se defendieron con el escudo y fueron muertos.

El obispo se puso el traje de un criado, huyó a refugiarse a una bodega y se escondió dentro de un tonel. Los sublevados, dueños del palacio, corrían por todas partes en su busca.

Un criado del obispo, con un movimiento de cabeza les mostró la bodega. Se precipitaron en ella y buscaron por todas partes. Con ellos iba un hombre a quien el obispo por mofa había llamado Isengrin (así se apellidaba al lobo en la Edad Media).

Se detuvo delante del tonel, lo destapó y tocó al obispo con el palo que llevaba, preguntando: «¿Quién está ahí? » — El obispo respondió temblando: «Un desgraciado prisionero» — » ¡Ah! , respondió el hombre, es el señor Isengrin el que está metido en este tone!».

Se sacó al obispo por los pelos de dentro del tonel, y se le arrastró fuera y se le partió la cabeza de un hachazo, y uno, para apoderarse del anillo, le cortó el dedo con su espada.

El cadáver, desnudo, fue abandonado en un rincón. Los amotinados maltrataron también a las mujeres de los caballeros.

Se siguió una larga guerra. El rey atacó a Laon. Los habitantes se refugiaron en el castillo de un señor de los alrededores, que se dedicaba al pillaje, y el municipio fue abolido.

Se conservaron, no obstante, municipios en la mayor parte de las ciudades de Picardía y los señores crearon algunos en otras partes, por ejemplo, en Borgoña. Pero la mayor parte de las ciudades de Francia no tuvieron municipios.

EL DESARROLLO DEL COMERCIO: El desarrollo del lujo ha acrecentado el comercio e incluso la creación de centros industriales especializados: Flandes, Italia del Norte, en la industria pañera; París, en los oficios artesanos.

Los burgueses se enriquecen. Invierten sus beneficios en la tierra y tratan de integrarse en la nobleza.

En Italia, la clase superior está formada por la fusión de la nobleza y de los más ricos burgueses; todos sus miembros son, a la vez, comerciantes y terratenientes, y residen en las ciudades.

Ellos serán los artífices del gran renacimiento italiano de los siglos siguientes.

En Francia, por el contrario, la nobleza se cierra y se convierte en hereditaria. Pero se ha visto que la burguesía era lo suficientemente vigorosa para tener una expresión cultural propia. En el aspecto político, es ella quien sostiene el poder real contra la nobleza.

En toda Europa, las ciudades se desarrollan, tienen unas actividades y una mentalidad especial, distinguiéndose cada vez más claramente del campo.

Sin embargo, la economía rural se ve profundamente transformada por la circulación de la moneda.

Los campesinos venden una parte de su cosecha para alimentar a las ciudades. Los contratos de arrendamiento y aparcería reemplazan a la antigua servidumbre.

Esta evolución acentúa las divisiones sociales entre la gente del campo. Algunos campesinos hábiles se enriquecen (el tema del rústico nuevo rico invadió la literatura realista del siglo XIII), mientras que otros caen en una especie de servidumbre por deudas.

En conjunto, la economía de intercambio es favorable a la nobleza de Inglaterra y de Italia del Norte, que se entrega a la explotación directa y a los cultivos favorables a la especulación.

Pero en Francia, en España y en los países germánicos, la nobleza, cuyas dispendios en lujó y equipo militar crecen constantemente, no sabe adaptarse.

Se encuentra, pues, en desequilibrio permanente, se endeuda, vende sus tierras y se empobrece.

Casta hereditaria, no se encuentra ya sistemáticamente ligada a la carrera de las armas, puesto que algunos de sus miembros no son lo bastante ricos para ejercerla.

Por todas partes, el sistema feudal se halla minado por la economía monetaria.

Únicamente, la coyuntura económica favorable impide que la crisis estalle. Pero esta coyuntura cambia en los primeros años del  siglo XIV.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

La Vida de los Campesinos en la Edad Media Trabajo Agrícola

LOS CAMPESINOS: EL TRABAJO AGRICOLA EN LA EDAD MEDIA

SIERVOS Y LABRIEGOS: Así son llamados los que no son ni caballeros ni clérigos. Se definen por el hecho de estar sometidos a exacciones y al dominio del señor.

Su condición jurídica es muy variada. La esclavitud prácticamente ha desaparecido. Algunos campesinos son siervos, es decir que tienen la parcela de  tierra de un caballero y la cultivan, y pueden legarla a sus hijos.

A cambio de esto, deben al propietario servicios y renras. Otros son propietarios de un alodio, o sea propietarios íntegramente de la parcela que cultivan. Otros, en fin, son criados.

Pero la distinción fundamental es la que existe entre los labradores que cultivan bastantes tierras para utilizar un arado, y de los cuales algunos están a cubierto del hambre, y los peones o braceros, que cultivan sus tierras a mano.

Estos son, con mucho, los más numerosos. Todos los campesinos, cualquiera que sea su condición jurídica y sus medios de fortuna, están sometidos al dominio del castellano, que les impone tareas de limpieza del castillo, de acarreo, servicios de horno, de molino, peajes, y la talla, impuesto arbitrario.

Y, en fin, el castellano administra justicia y ejecuta las sentencias, ya se trate de multas o de justicia de sangre. Los derechos de los señores son mucho más pesados que las contribuciones territoriales.

Del siglo XI al XIII se manifiestan progresos en la agricultura. Una mejor utilización de los animales de tiro, gracias a la collera rígida, y un perfeccionamiento del arado, constituyen la base de lo que se llama la «revolución agrícola».

LA VIDA DE LOS CAMPESINOS
Los campesinos viven agrupados en grandes aldeas, situadas en las tierras más ricas.

Sus métodos de cultivo son arcaicos: laboreos permanentes con largos barbechos en las tierras más ricas, trabajos sobre partes quemadas, cambiantes dentro de los límites del terruño; cultivan, sobre todo, cereales, un poco de trigo candeal, centeno y mijo; diseminadas por todas partes, algunas cepas de viña.

El ganado es escaso y está mal alimentado. Los pueblos están aislados en medio de inmensos bosques que proporcionan a los campesinos importantes recursos: múltiples productos naturales como la miel, la cera, las bayas salvajes (los árboles frutales no se cultivan todavía); la madera también, con la cual se hacen los castillos, las casas, los cercados, las escudillas y todos los utensilios corrientes.

Y, sobre todo, los pastos para el ganado, el cerdo especialmente, las cabras y los carneros, los cuales vagan en libertad.

En su conjunto, Europa está muy poco poblada. Sin embargo, las técnicas agrícolas son tan primitivas y los rendimientos tan bajos (3 por 1, como media; 6 por 1 en los mejores casos) que las hambrunas son frecuentes.

El campesino no puede defenderse contra la naturaleza. Vive, vestido con las pieles de los animales, en una cabana de madera, sin ventanas ni chimenea.

El invierno es un largo entumecimiento de oscuridad y de frío. El verano es el período febril de los grandes trabajos y los grandes calores.

El campesino no come más que una bazofia de cereales cocidos, nunca carne, lo cual le distingue del señor, cazador y carnívoro.

No bebe jamás vino. En estado perpetuo de subalimentación, no tiene tampoco ni higiene ni médico. Está expuesto de manera especial a todas las epidemias. Es totalmente inculto.

Toda la vida campesina está marcada con el cristianismo. El paganismo ha sido arrojado a los límites de Europa, entre los eslavos de los países bálticos, por ejemplo.

El cristianismo acaba de perder su carácter de religión urbana y va a implartarse sólidamente en los campos: en cada pueblo campesino, su iglesia y su cura. La parroquia pasa a ser, durante siglos, el marco de la vida campesina. Pero el cura es completamente ignorante y el cristianismo de los campesinos sigue siendo muy primitivo, impregnado de brujería y de paganismo.

Las rogativas, por ejemplo, datan de esta época: largas procesiones a través de la campiña, bendición de los campos, súplicas a Dios para evitar la sequía, las heladas, etc.

Es una ceremonia heredada directamente del paganismo. Las únicas fiestas de los campesinos son las cristianas. La más brillante es la hoguera de Nochebuena, en medio del sueño del invierno, con el sacrificio del cerdo y el hartazgo de chacina, única vez en todo el año en que el campesino come carne.

LOS PROGRESOS DE LAS TÉCNICAS AGRÍCOLAS

En medio de esta agricultura atrasada, se elaboran lentamente las innovaciones, las invenciones, las mejoras técnicas que van a permitir la primera y la única revolución de los métodos agrícolas que Europa ha conocido hasta el siglo XIX.

Mil perfeccionamientos permiten utilizar mejor la fuerza motriz de las aguas corrientes.

Entonces se ven todos los cursos de los ríos cubrirse de molinos, desde las pequeñas instalaciones aisladas de Alemania Central, hasta los molinos alineados represando todo el Garona en Toulouse.

Sirven, ante todo, para moler el grano y convertirlo en harina. Es el señor quien los construye e impone su utilización a los campesinos, mediante una tasa. Se progresa también en la manera de enganchar los animales de tiro: la collera rígida reemplaza a la collera flexible que estrangulaba al caballo.

Un yugo de madera, apoyado en los cuernos, permite enganchar un par de bueyes. Al mismo tiempo, el hierro sustituye a la madera en la fabricación de utensilios agrícolas.

Se construyen arados de ruedas y vertedera de hierro, los cuales, arrastrados por dos animales de tiro enganchados, penetran en las entrañas de las tierras duras a las que el arado de madera no bacía más que arañar.

El sistema de explotación de la tierra, en fin, se ha mejorado: la rotación trienal de los cultivos hace que se sucedan en una misma tierra una sementera de cereales de invierno, trigo o centeno, una sementera de cereales de primavera, avena o cebada, y después un año de barbecho, poniendo también fin a los usos primitivos del cultivo sobre campos quemados y de las rotaciones desordenadas.

Los rendimientos se mejoran un poco. Sobre todo, se extiende la costumbre de cultivar los cereales más ricos. El cultivo de la avena trae consigo el mejoramiento del caballo y su generalización.

Todos estos progresos técnicos se difunden lentamente a través de Europa; ninguna invasión va a ponerlas en peligro, arruinando de una manera brutal las  campiñas.
Así comienza en el siglo xi un período de prosperidad agrícola que es la base de la renovación de Europa.

LA EVOLUCIÓN DEL SIGLO XII AL SIGLO XIII: EXPANSIÓN DEMOGRÁFICA Y ROTURACIONES
El modo de vida campesino no cambió con esta nueva prosperidad. Aunque sus utensilios son mejores, su vivienda y sus trajes, en cambio, siguen siendo primitivos, así como su mobiliario, compuesto de algunas escudillas, unas trébedes para el fuego y nada más.

Pero consigue la seguridad alimenticia. Las cosechas más abundantes permiten sustentar a una población más densa.

El espectro del hambre se ha ahuyentado por siglo y medio. El uso del molino de agua generaliza la fabricación dé la harina, y la bazofia es reemplazada por el pan, alimento mucho más nutritivo.

El campesino, mejor alimentado, está menos expuesto a las enfermedades y a las epidemias.

De esta forma, la población de Europa crece con regularidad. La de Inglaterra pasa de 1.100.000 habitantes en el año 1086, a 3.700.000 en 1348. Aunque es difícil dar cifras de los otros países, se puede estimar que la población de Europa occidental se multiplicó por tres o cuatro en siglo y medio.

Todos estos campesinos no pueden emplearse en los antiguos terruños, y por ello el aumento demográfico es el origen del gran movimiento de roturaciones que alcanza su apogeo en el siglo XII.

Los instrumentos para arar, más potentes, permiten trabajar en mejores condiciones los bosques.

Los campesinos desbrozan por propia iniciativa hasta el límite de sus tierras. Pero, más frecuentemente, quien toma la iniciativa es el señor: para aumentar la superficie de sus terrenos cultivados, y, por lo tanto, el volumen de rentas que percibe de los campesinos, crea pueblos nuevos en los calveros de su dominio.

Para poblarlos, ofrece condiciones excepcionales a los campesinos roturadores: con mucha frecuencia, la supresión de la talla arbitraria, y rentas muy bajas.

Hace propaganda, a veces muy lejos de la aldea que desea poblar. Este movimiento de roturaciones contribuye a modificar la relación forzada entre señores y campesinos.

El señor tiene necesidad de los labradores para enriquecerse.

Los campesinos se dan cuenta de ello. Así, tanto en los pueblos nuevos como en los antiguos, los labradores toman la costumbre de agruparse en asamblea parroquial, para organizar, de forma comunitaria, la resistencia frente al señor: imponen a éste el respeto al derecho consuetudinario e incluso, muy frecuentemente, una reducción notable de los derechos señoriales.

La asamblea parroquial organiza, también comunitariamente, la explotación del suelo, porque el nuevo sistema de barbecho, con rotación trienal de los cultivos, debe funcionar, para ser eficaz, sobre el conjunto de los terrenos de la parroquia.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Significado de los Numeros en la Arquitectura Medieval Esoterismo

Significado de los Números en la Arquitectura

LOS NÚMEROS Y LA ARQUITECTURA MEDIEVAL: Los arquitectos góticos, al igual que sus antecesores egipcios y griegos, y, hasta hace muy poco, los sistemas métricos británicos, empleaban el cuerpo humano como referencia para medir los espacios y las cosas. Las medidas pequeñas se tomaban apoyando el pulgar doblado sobre la superficie, lo que daba una pulgada (todavía vigente en muchos oficios), de unos 2,5 cm; los objetos medianos se medían con palmos, de unos 20 cm, o pies, de 33 a 35 cm; y los mayores en codos, de aproximadamente 52 cm.

Estas medidas prácticas, sumadas o combinadas cuando era necesario, eran suficientes para la construcción propiamente dicha, una vez que estaban trazados los planos, en los cuales se debían establecer las dimensiones de los grandes bloques básicos, con sus naves, transeptos, ábsides, torres, etc.

Como en toda construcción sacra, estos elementos no se disponían «a ojo», según el buen saber y entender de los constructores. Tanto los arquitectos como algunos canónigos eran duchos en el manejo de fórmulas matemáticas basadas en la geometría euclidiana y la aritmética indoárabe, que contenían relaciones y simbologías religiosas, cuando no directamente mágicas.


EL NÚMERO DE ORO: más prestigiosa y difundida de las fórmulas matemáticas era la «sección áurea», llamada también divina proporción, que pretendía establecer una relación perfecta entre el todo y las partes. Se dice que fue descubierta por matemáticos egipcios, y se empleó en la mayor parte de los edificios y monumentos clásicos. El principio consiste en la división armónica de una recta, de forma que «el segmento menor es al segmento mayor como éste es al todo». Su resultado, llamado «número de oro» es 1,618, ampliamente utilizado por los arquitectos góticos y los artistas del Renacimiento.


San Agustín consideraba a los números como pensamientos de Dios, y toda arquitectura de intención religiosa o sagrada les ha conferido un valor simbólico y un cierto carácter de perfección. Los romanos otorgaban esta misteriosa cualidad a los dígitos de la primera docena. El arte gótico, además, sumó, multiplicó, y combinó en distintas variantes dichos dígitos hasta constituir una verdadera ciencia más o menos hermética.

Veamos, en grandes líneas, sus significados según la numerología del esoterismo cristiano:

Significa la Divinidad, el punto de partida de todas las cosas, incluyendo la serie de números naturales. Es también la unidad sagrada, el principio y el fin.

Simboliza los dualismos, tanto complementarios como opuestos: el cielo y la tierra, bien y el mal, lo masculino y lo femenino, la polaridad que hace posible la manifestación de la vida.

Su representación prácticamente exclusiva era la Santísima Trinidad, quizá el mayor y más controvertido misterio dogmático del cristianismo. La divinidad ternaria está también presente en otras religiones: Osiris, Isis y Thot en Egipto, o Brama, Vishnú y Siva en el hinduismo.

Simboliza el equilibrio material y espiritual: cuatro son los elementos, las estaciones del año, los puntos cardinales, los evangelistas y las virtudes cardinales.

Utilizado en puntas de estrellas o rayos de sol, simboliza la potestad creadora de Dios y, en tanto suma de 3 y 2, la vinculación de la Trinidad con el dualismo hombre-mujer, o sea el género humano.

No muy empleado en la arquitectura gótica, al ser suma del 2 y el 4 suele representar la virtud de lo completo, el equilibrio perfecto.

Número simbólico y mágico en sí mismo, su prestigio proviene de las siete jornadas del Creador en el Génesis, así como de las siete leyes herméticas de El Kybalión, de Hermes Trimegisto. Siete son también los sacramentos, los pecados capitales, los días de la semana, las maravillas del mundo clásico y las notas musicales. Esta •Afra, cierra el primer ciclo de la numerología.

Al ser inicio de un nuevo ciclo, representa el renacimiento, la renovación, el impulso creador y, en clave evangélica, la Resurrección. Por esto mismo suelen ser ocho las figuras de almas reencarnadas ante el Juicio Final. Es también símbolo de justicia reparadora, en alusión a la octava bienaventuranza: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque de ellos será el reino de los cielos».

Es frecuente en la representación de la Jerusalén celestial, un plano dividido en nueve cuadrados o «cuadras». Se lo considera también símbolo de la luz, por eso las líneas de vidrieras en las catedrales solían dividirse en tres triforios, sumando nueve lucernarios o fuentes de luz.

10» Es la cifra de perfección y de retorno a la divinidad, en tanto es la suma de los cuatro primeros dígitos, y el número de los mandamientos de las Tablas de la Ley. Excepto para representar éstas, no ha sido muy empleado en la arquitectura catedralicia.

11» Es el menos importante de los números del segundo ciclo, y poco se puede decir sobre su significación y presencia en el campo de la construcción religiosa.

12» Número de gran simbolismo, que cierra la serie total de números «sagrados» y simboliza a la Iglesia universal en la representación de los doce apóstoles. Pero también en las doce tribus de Israel, las doce puertas de la Jerusalén celeste, los doce meses del año o signos zodiacales, representados con frecuencia en las catedrales góticas.

Apuntemos, finalmente, que la mala fama del número siguiente, el 13, se atribuye a que es la primera cifra no divina, que corta la continuidad de la serie perfecta, sin duda a causa de los efluvios malignos que posee.

Ahora bien, ¿cómo se utilizaba toda esta numerología simbólica en el diseño y construcción de las catedrales góticas? Lo cierto es que la casi totalidad de su estructura, desde la planta hasta los volúmenes que la alzaban, responden a fórmulas elaboradas a partir de ese simbolismo materna tico.

Toda catedral puede desagregarse en unas pocas formas geométricas sencillas, basadas en la significación de los doce números sagrados. La unidad, imagen del Dios único, se identifica con el punto y su extensión, el círculo, que alude también a los cultos solares. Son circulares los rosetones que presiden los pórticos, por los que se ve nacer la luz del día, y un semicírculo forma del ábside, cabeza de la cruz y sede de la cripta escondida.

La planta en crucero expresa la fuerza del número dos, la dualidad, las direcciones horizontal y vertical que componen el mundo. La Trinidad está representada en los tres pórticos de la fachada, los triforios, las tres marcas que dan acceso al coro, y el triángulo piramidal de algunos tímpanos o los que forman las nervaduras ojivales de las bóvedas.

El cuadrado, generalmente como rectángulo de proporción áurea, otorga simbolismo de divino equilibrio a las plantas de las naves y los planos de los tejados. Las torres tienen con frecuencia planta cuadrada, pero también las hay en forma de prismas hexagonales u octogonales, así como las linternas, flechas y pináculos exteriores.

Para cumplir las estrictas normas simbólicas que se han señalado, los arquitectos medievales diseñaban con regla, escuadra y compás todas las formas y volúmenes de la futura catedral, desde la estructura básica del conjunto hasta los menores detalles. Luego las medidas del boceto se trasladaban al terreno usando una cuerda de doce nudos, método que ya empleaban los constructores de las pirámides egipcias.

Esas formas, su repetición o combinación, junto a la abundante iconografía gótica, constituían una especie de lenguaje críptico. El hombre medieval, volcado tanto hacia lo sagrado como a lo oculto, podía «leer» la catedral como un libro de doctrina cristiana, pero también como una narración de la historia mítica del mundo.

Fuente Consultada: Historia Universal Salvat Tomo 10

Las Moneda en la Edad Media Circulación de Dinero en la Edad Media

Las Moneda en la Edad Media
La Circulación de Dinero

El universo económico del siglo IX se apoyaba en dos monedas fuertes: el sólido o besante, bizantino, y el diNar árabe, ambas de oro.

En realidad, el solidus numisma bizantino significaba la continuación del solidus aureus nummus, fijado por el emperador Constantino en 72 piezas por libra/oro (4,48 g), con emisiones fraccionarias de medio sueldo (semissis) y de un tercio (triens). Bajo Anastasio I (493-518), aparte de la moneda de oro, se emiten, siguiendo la tradición de los miliareses de Constantino, denarii de plata, con el valor de una doceava parte del sueldo, y fallís de cobre, a razón de 288 piezas por sueldo.

El califato omeya, hacia el primer tercio del siglo VII, inspirándose en el áureo bizantino, emite el dinar de oro, que presenta una iconografía similar -busto imperial y gradas surmontadas de una cruz-, sustituyendo el signo cristiano por un globo.

A su vez, adopta el antiguo dracma de plata de la Persia sasánida con el nombre de dirhem, en una relación respecto al dinar de 1/10. No obstante, sigue circulando ampliamente la moneda original extranjera. El creador de una moneda «nacional» o propiamente arábiga fue el califa Abd al-Malik (685-705), quien desmonetizó la moneda circulante y acuñó una tipología original, sustituyendo los antiguos emblemas por unos textos, de carácter histórico o religioso, dispuestos en renglones.

Imagen Izq. Anverso de un dirhem

En los diversos estados que se forman después de las invasiones se perpetúan los valores romano-bizantinos, con tendencia, sin embargo, a la rarificación del solidus aureus, sustituido cada vez más por los triens o tremises, con el valor de un tercio.

A partir del siglo VIII la vida económica sufre una intensa regresión y se basa casi exclusivamente en el intercambio o en el pago en especies: ganado, caballos, vestidos, armas o metal no amonedado. No se pierde, con todo, el concepto de moneda, que permanece como unidad de cuenta. Así, en el reino de Asturias, un buey se valora en un solido et tremise (796), y en el 802, un hombre vende al monasterio de Lorsch un dominio por 14 onzas de plata, una espada y una túnica de seda. A partir de Carlomagno se deslindan claramente dos áreas geográficas, que están bajo el dominio de la plata o del oro.

Aparte de las monedas en oro de los ducados lombardos y de la emitida por el conde de Barcelona Berenguer Ramón I (1018-1035), el diñar musulmán,con el nombre de mancuso, acuñado por del el califato de Oriente o por Al-Andalus, es  la principal divisa dentro del comercio internacional.

Su influjo es tan considerable, que el mismo besante, entre los siglos VIII y X, adopta su tipología, que imitarán también los reyes hispánicos. Muy interesante sería poder seguir el circuito del mancuso árabe, desde que entra en Europa por los países mediterráneos hasta que regresa a Oriente por el camino de las caravanas que atraviesan los países eslavos.

El Imperio carolingio adopta como unidad el dinero de plata, doce de los cuales forman un sueldo, y veinte de éstos, una libra; sueldo y libra constituyen tan sólo unidades de cuenta. Debido a su inferioridad, la moneda carolingia tuvo que ser protegida mediante algunas capitulares de carácter general.

Imagen Izq. Reverso de un mancuso

Gracias a esta política, el estado carolingio recupera de modo exclusivo el derecho de batir moneda, que en tiempos merovingios detentaban las iglesias y los monederos privados. Por la capitular de Mantua (781) se define el concepto de maneta publica, la cual sólo podrá ser emitida en el taller palatino.

Luis el Piadoso amplió el derecho a nueve ciudades, que aumentaron con el fraccionamiento de los estados. A partir de Carlos el Calvo, los nacientes principados usurpan el derecho de batir moneda.

Las cecas principales de la época y territorios carolingios fueron: Aquisgrán: Palacio imperial; Francia oriental: Maguncia; Alsacia: Estrasburgo; Lorena: Cambray, Colonia, Bonn, Duurstede, Dinant, Lieja, Metz, Verdún; Francia: Amiens, Anas, Attigny, Brujas, Kassel, Courtrai, Compiégne, Corbie, Gante, Laon, París, Reims, Rúan; Neustria: Angers, Blois, Chartres, Évreux, Le Mans, Orleans, Tours; Borgoña: Autun, Auxerre, Besancon, Dijon, Langres, Lyon, Nevers, Troyes; Bretaña: Nantes, Rennes; Aquitania: Bourges, Poitiers, Clermont, Limoges; Toulousain: Toulouse; Gascuña: Agen, Burdeos, Dax; Marca Hispánica: Barcelona, Ampurias, Gerona, Roda (¿Rosas?); Septimania: Narbona; Provenza: Arles, Aviñón, Vienne; Italia: Lucca, Milán, Treviso, Venecia.

PROBLEMA CON LAS MONEDAS: Si la moneda cuya función es medir el precio de todas las cosas es variable e incierta, nadie sabrá lo que tiene; los contratos serán inciertos; los gravámenes, tasas, gajes, pensiones, rentas, intereses y honorarios, inciertos; las penas pecuniarias y multas fijadas por las costumbres y ordenanzas serán también variables e inciertas; en resumen, todo el estado de la hacienda y de muchos negocios públicos y privados quedarán en suspenso. Aún es más de temer que la moneda sea falsificada por los príncipes, fiadores y deudores como son de la justicia ante sus subditos.

El príncipe no puede alterar el peso de la moneda en perjuicio de los subditos y menos aún en perjuicio de los extranjeros que tratan con él y comercian con los suyos, pues está sujeto al derecho de gentes. Si lo hace, se expondrá a la reputación de falso monedero, como el rey Felipe el Hermoso, llamado por el poeta Dante/akí/icatore de maneta. El fue quien, por primera vez en este reino, rebajó la moneda de plata a la mitad de su ley, lo que trajo como consecuencia grandes desórdenes entre sus subditos […].

La ley y el peso de la moneda deben ser regulados adecuadamente, para que ni príncipes ni subditos la falsifiquen a su antojo. A ello estarán dispuestos siempre que se les presenta ocasión, aunque se les queme vivos. La razón de ser de todos los falsificadores, cercenadores y alteradores de moneda, radica en la mezcla de metales. Si éstos se emplearan en su estado puro, no podrían sustituirse unos por otros, ya que difieren entre sí en color, peso, consistencia, sonido y naturaleza.

Por consiguiente, para evitar los inconvenientes apuntados, es preciso ordenar en la república que las monedas sean de metales simples y publicar, siguiendo el ejemplo de Tácito el emperador de Roma, un edicto por el que se prohiba, bajo pena de prisión y confiscación de los bienes, mezclar el oro con la plata, o la plata con el cobre, o el cobre con el estaño o con el plomo. Podría exceptuarse de la prohibición la mezcla del cobre con el estaño, que produce el bronce o metal sonante, ya que entonces no se usaba tanto como ahora, así como la mezcla del estaño dulce con el cobre, para poder fundir cañones […].

Si se acuñan las piezas de oro y plata con los mismos peso, nombre y ley, es decir, con igual aleación en ambos casos, no subirán ni bajarán nunca de precio, como ahora ocurre casi cada mes, a gusto del pueblo o de los poderosos que rodean a los príncipes. Tras acaparar y tomar en préstamo monedas fuertes, las hacen subir de precio, y así ha habido quien, después de pedir prestados cien mil escudos, hizo subir el precio del escudo en cinco sueldos con lo que de un golpe ganó veinticinco mil francos […].

López Cordón, Ma. Victoria et al,
Análisis y comentarios de textos históricos II.
Edades Moderna y Contemporánea,

Fuente Consultada: Historia Universal Salvat Tomo 10

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La Longevidad en la Edad Media La Esperanza de Vida

La Longevidad en la Edad Media
La Esperanza de Vida

LONGEVIDAD EN LA EDAD MEDIA: Los datos básicos sobre la duración de la vida en la Edad Media los proporcionan los estudios antropológicos de los esqueletos encontrados en las excavaciones arqueológicas. Actualmente, los antropólogos disponen ya de un espectro de muestras suficientemente amplio como para empezar a determinar la esperanza de vida de la población medieval.

La Longevidad en la Edad Media La Esperanza de Vida Ante todo se observa una diferencia notable entre hombres y mujeres por lo que respecta a su número y longevidad. En realidad, la duración de la vida disminuyó en relación al período precedente (700-1000), tanto para los hombres como para las mujeres, aunque más para estas últimas.

La dureza del trabajo en el campo redujo en unos dos años la esperanza media de vida de los hombres respecto a las mujeres, pero a pesar de ello, su longevidad fue bastante mayor que la del hombre moderno, hasta bien entrado el siglo XVIII.

Los datos mejor conocidos proceden de las islas Canarias, donde la esperanza de vida era de 49,4 años para los hombres y de 53,3 años para las mujeres, y en el priorato de Gallen, en Irlanda, cuyos monjes tenían una esperanza media de vida de 48,4 años. Los terratenientes varones de la Inglaterra del siglo XIII tenían casi la misma esperanza de vida. Los habitantes de los asentamientos escandinavos de la costa tuvieron mejor suerte que los del interior, por lo que se refiere a longevidad.

Los hombres de Groenlandia tuvieron con mucho el peor récord en cuanto a brevedad de vida. Tampoco fueron mejor las cosas para los habitantes del centro de Europa. En cambio, los de la península Ibérica disfrutaron probablemente de mayor longevidad, como ya la tenían en tiempo de los romanos, porque las tierras peninsulares, altas y secas, eran resistentes a la propagación de la tuberculosis y de la malaria, probablemente las dos enfermedades que ocasionaban más muertes en aquellos tiempos.

En el siglo XIII, los miembros de la comunidad judía de Montju’ic (Barcelona) muestran una esperanza de vida de entre 45 y 50 años tanto para hombres como para mujeres.

Las indagaciones post mortem que se hacían en Inglaterra permiten determinar con exactitud la edad de la muerte. Algunas personas vivieron muchos años: Alina de Marechale, de quien se cuenta que tenía noventa años cuando heredó sus tierras, vivió otros siete años más. Tres generaciones de la familia Colewik vivieron más de ochenta. Yusuf ibn Tasfin, el poderoso emir almorávide, contaba, según se decía, cien años cuando murió en 1106. Y la lista podría alargarse.

Aunque el promedio de vida era corto, la gente del Medioevo tenía un margen de vida -longevidad potencial- bastante similar al actual. El índice de mortalidad, como es de esperar, era elevado: alrededor de un 3,5 % anual. La pérdida de trabajo potencial durante los años de plenitud física fue realmente grande. Durante los años de mayor productividad, de los catorce a los sesenta, la Edad Media dispuso solamente de un 57 % de la población activa femenina y de un 66 % de la masculina. Actualmente, la sociedad dispone de más del 90 %.

El feudalismo tuvo, además, un punto débil que se olvida con frecuencia: el promedio de vida de caballeros y señores. Un ejército feudal, suponiendo que prestaran servicio la mayoría de los caballeros, debía de tener a más de la mitad de sus miembros con una edad bastante superior a los treinta años, edad relativamente avanzada para un atleta. En cambio, un ejército mercenario, reclutado por reyes adinerados, podía ofrecer un contingente de caballeros jóvenes y ambiciosos, más robustos y mejor adiestrados que los componentes de una hueste feudal.

Fuente Consultada: Historia Universal Salvat Tomo 10

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El Progreso Tecnico en la Edad Media Avances Tecnologicos Medievales

El Progreso Técnico en la Edad Media

PROGRESO TECNICO LA EDAD MEDIA: Durante el período feudal se desarrolló un conjunto de innovaciones técnicas que modificaron profundamente las relaciones del hombre con el medio. No se trataba de una simple suma de diversos progresos, sino de un verdadero sistema tecnológico, cuyos elementos eran interdependientes los unos de los otros.

Uno de estos elementos fue el molino de agua. Aunque era conocido desde la Antigüedad y había evolucionado durante los primeros siglos de la Edad Media, su período de máxima difusión corresponde al siglo XI (en Inglaterra, en época de la conquista Normanda, había cerca de 6.000). En efecto, la instauración del régimen señorial permitió la generalización del molino de agua, ya que el señor -propietario del molino- estuvo en condiciones de obligar al campesino, a causa de su poder jurisdiccional, a abandonar su antiguo molino de mano.

El Progreso Tecnico en la Edad MediaDesde entonces, no existió ninguna parroquia rural que no dispusiera de uno o varios molinos de agua. Allí donde el clima se prestaba menos a la utilización de este nuevo elemento, apareció el molino de viento, probablemente tomado de los países islámicos.

Así, pues, el dominio de la energía hidráulica y de la fuerza del viento liberaron una considerable fuerza de trabajo, que a partir de entonces pudo dedicarse a las labores agrícolas, multiplicándolas extraordinariamente.

Al mismo tiempo, el trabajo del campo se hizo más eficaz al difundirse el arado de ruedas (curruca), que se distinguía del arado romano (aratrum) por su reja disimétrica, su cuchilla y su vertedera. El arado de ruedas removía la tierra, mientras que la acción del arado romano era superficial y tenía que ser completada, a intervalos más o menos largos, por el trabajo con la azada.

Si bien su cronología de difusión es todavía poco conocida, no hay duda de que el uso del arado de ruedas fue general a partir de siglo XI, salvo en la Europa meridional, donde el arado de mano siguió siendo el instrumento más utilizado y quizá el que mejor se adaptaba a los suelos ligeros y pedregosos de la zona. Evidentemente, sin el uso del arado de rueda, el cultivo de los suelos duros del norte de Europa hubiera sido imposible; su aparición abrió, pues, el camino a la grandes roturaciones medievales.

No obstante, era preciso disponer de un sistema de enganche lo suficientemente potente como para asegurar la acción eficaz del arado de ruedas: un conjunto de mejoras transformaron el enganche heredado de la Antigüedad. Así, en el caso de los bueyes que tiraban del arado, el yugo frontal sustituyó al yugo de garrote, que ahogaba al animal reduciendo su capacidad de tracción, y en el de los caballos, la collera de armazón rígido reemplazó a las correas que les oprimían el pecho.

Tanto a unos animales como a los otros, el uso de herraduras les permitió un mejor apoyo sobre el terreno. Por último, en una parte de la Europa occidental -la más avanzada desde el punto de vista del progreso agrario-, el caballo reemplazó, poco a poco, al buey en las labores agrícolas: al ser más rápido se acomodaba mejor a la multiplicación de los trabajos de la tierra.

En la época que nos ocupa se extendió también el uso del hierro, progreso que estuvo naturalmente unido a todos los demás. Gracias a las numerosas fraguas rurales, las herramientas del campo se perfeccionaron. Algunos inventarios de bienes campesinos del siglo XIII revelan la presencia, en viviendas humildes, de una extensa gama de útiles metálicos: guadañas, hoces dentadas, rastrillos, azadas y hachas.

Por supuesto, esos diversos progresos penetraron, según las regiones, de manera desigual. Incluso ahondaron las diferencias económicas entre ellas: así, la difusión del arado de ruedas, y en general un mejor equipamiento técnico en la Europa del norte, diferenciaron a ésta de la Europa del sur, donde el hierro era más escaso y donde solamente un mulo o una yunta de bueyes seguían tirando de los arados romanos.

Pero aparte de las diferencias entre las diversas áreas geográficas europeas, la introducción de mejoras técnicas fue sobre todo un poderoso factor de diferenciación del trabajo en el seno del propio campesinado de una misma región, que quedó, desde entonces, estructurado en dos grupos económicos muy distintos. Por una parte, los «labradores», que poseían instrumentos de cultivo pesados y un lote de tierras de ciertas dimensiones; y por la otra, los «braceros», que solamente eran propietarios de su azada y estaban instalados en tenencias de superficie muy reducida.

Fuente Consultada: Historia Universal Salvat Tomo 10

 

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La muerte en la edad media La medicina y la salud Metodos Clinicos

La Muerte en la Edad Media

LA MUERTE: La Baja Edad Media se caracteriza, entre otras cosas, por una mayor concienciación de la realidad de la muerte. Es probable que este fenómeno haya sido acrecentado por las constantes epidemias que asolaron Europa a mediados del siglo XIV, así como el aumento de la crueldad de las guerras y el aumento de las aglomeraciones urbanas, que favoreció una mayor percepción de los fenómenos más morbosos de la experimentación de la enfermedad y la muerte.

Otros han puesto más énfasis en el desarraigo que supone para la gente del campo su llegada masiva a la ciudad en los siglos bajomedievales.

En la concepción cristiana la muerte se considera el instante en el que se separan cuerpo y alma. Según esta concepción, el buen cristiano debe estar preparado en cualquier instante para este momento y las voluntades de los mortales se recogían en los testamentos.

La Muerte en la Edad Media

Para conseguir la salvación de los difuntos era necesaria la mediación de los clérigos lo que motivaba el encarecimiento de la muerte. La misa era la fórmula de conectar el mundo de los vivos con el de los muertos y ahí también encontramos una evidente diferenciación social ya que los ricos podían ofrecer más misas por sus difuntos al tiempo que tenían más posibilidades de realizar la caridad con los pobres.

La vida terrenal sería considerada en la Edad Media como un mero tránsito hacia la eternidad. El cielo era el destino deseado por todos pero por mucho que el individuo se preparara el camino para la salvación nada estaba asegurado y el infierno constituía un serio peligro.

Según Sesma Muñoz (1), en el seno de la tradición judeocristiana del occidente europeo los hombres y mujeres, ricos y pobres, urbanos y rurales, jóvenes y viejos que se ven en trance de dictar sus últimas voluntades, califican la vida terrenal con expresiones duras y amargas: miserable, incierta, engañosa, transitoria, como si estuvieran convencidos de que estaban en un valle de lágrimas, al tiempo que contemplaban la muerte como algo inevitable, destino común del que no se puede escapar y ante una proximidad muestran una resignación natural que les hace más pensar en los que quedan y en la preparación de su tránsito, que en lamentaciones y arrepentimientos.

Existe la convicción entre la población de la Edad Media de la existencia de otra vida, la vida eterna, tras el tránsito, por lo que temen fallecer sin aviso, repentinamente, y verse privados de un tiempo precioso para repartir sus bienes, avalar la buena convivencia familiar y arreglar los trámites del Más Allá, es decir, asegurarse el arrepentimiento final y el cumplimiento de ritos y ayudas para que su alma se garantice el purgatorio.

En el Más Allá existe el paraíso o el infierno que constituyen los dos destinos extremos, que han sido únicos durante mucho tiempo para los cristianos, si bien a partir del siglo XIII adquiere fuerza la idea de un tercer lugar, el purgatorio, intermedio entre ambos, donde las almas que necesitan un tiempo de expiación para acceder a la gloria aguardan y se benefician de los actos piadosos hechos en la tierra, según la concepción de los santos. También en estos momentos se formula la existencia del limbo como lugar particular para las almas de los niños no bautizados.

Además, existe un convencimiento generalizado en la resurrección tras el juicio final, que se manifiesta en buscar para el enterramiento la compañía de sus muertos, de sus personas más queridas, junto a las cuales se quiere despertar un día. En los pueblos y aldeas, los testadores solicitan ser enterrados en el cementerio de la iglesia parroquial, lo que les «garantizaba» ya una compañía conocida.

Está muy extendido el culto a determinados santos, santa Bárbara, santa Ana o san José, como protectores frente a la muerte súbita, o San Cristobalón, presente en todas las iglesias junto a la puerta de salida, como encargado del tránsito, al que se le pide lentitud en el traslado del alma.

En el siglo XV comienza a difundirse el Ars Moriendi, cuyas ediciones impresas y traducidas a las lenguas vernáculas, lo presentan como «Arte del bien morir» y cuya finalidad queda expuesta en este proemio: «La más espantable de las cosas terribles sea la muerte, empero en ninguna manera se puede comparar a la muerte del ánima», para lo cual se da una serie de consejos, acompañados de grabados ilustrativos, que faciliten la confesión completa y ayuden a alcanzar la salvación con una buena muerte. La muerte cristiana al final de la Edad Media no es una muerte solitaria, sino un acto social al que deben acudir amigos y parientes para ayudar a la persona que muere.

 La muerte se constituye así en un acto de solidaridad, de ayuda mutua, que no acaba con la expiración, sino que los que todavía permanecen en el mundo deben ocuparse de los muertos a través de mandas piadosas, y muchas misas. Junto a ello se debe dar limosnas a las iglesias y capillas, dar de comer o vestir a los pobres, aliviar penas de cautivos, enfermos o locos, a contribuir al casamiento de huérfanas pobres, etc. Esto dependerá de la capacidad económica del difundo. El dinero se convierte en un argumento para alcanzar la salvación.

En la Edad Media la muerte nunca fue acompañada de caracteres macabros. Sería en los últimos siglos cuando aparecen aspectos tétricos, motivados sin duda por la difusión de la Peste Negra y las epidemias, hambrunas y devastadoras guerras que sacudieron la Baja Edad Media. En las ciudades se desarrollaría incluso la idea de muerte-espectáculo.

Tal como ocurre hoy en día, la muerte se presenta a lo largo de la Edad Media como la última acción igualitaria sobre la sociedad (lo que no era cierto, en teoría, pues la posición social y la economía condiciona la salvación). La muerte se presenta como un acto de la vida cotidiana y existe una visión menos temerosa ante ella. Esto desaparecerá de las culturas posteriores.

LOS MENDIGOS:
¿Quiénes eran los mendigos?

Los había de todas clases. Estaban, por una parte, los profesionales de la mendicidad que inspiraban lástima a los viajeros, haciendo dramáticas ostentaciones de su miseria e incluso acompañados por niños tullidos. Estaban también las víctimas de las enfermedades y violencias de la época, no sólo los leprosos, sino enfermos de otro tipo aquejados de alguna de las múltiples afecciones de la piel, tan abundantes en la Edad Media. Estaban, por otro lado, todos aquellos a los que la justicia les había privado de un pie, de una mano, de la lengua o de una oreja. Y, por último, estaban los mendigos voluntarios, bien por espíritu de sacrificio o como obediencia a una penitencia que les había sido impuesta por la Iglesia como expiación de sus pecados.

¿Quién se ocupaba de ellos?
Por lo general, se consideraba a los mendigos como testigos de Cristo y, por esta causa, se ejercía con ellos la caridad, de una forma bastante eficaz, sobre todo a cargo de los ministros de la Iglesia. Por esta última razón, los mendigos eran mucho más abundantes en las ciudades, y en los pueblos apenas se les quería. Los campesinos eran demasiado pobres como para atender a alguien que, si bien era aún más pobre que ellos mismos, no trabajaba. El aumento del número de mendigos, vagabundos sin domicilio fijo, en las ciudades a partir del s. XIV planteó numerosos problemas a las autoridades. La legislación a este respecto se hizo muy severa: en París, por ejemplo, se prohibió ejercer la caridad con todos aquellos que no trabajaban.

¿Qué hacían los mendigos ancianos?
Muchos de ellos morían en los caminos victimas del hambre, del frío o de los despiadado? arreglos de cuentas tan frecuentes en las seriedades marginadas. Los otros se integraban en las miserables comunidades que se reunían en torno a las «cortes de los milagros» descritas por Víctor Hugo en «Nuestra Señora de París». Por último, algunos encontraban refugio en los hospitales u hospicios sustentados por la Iglesia, donde se mezclaban con enfermos e impedidos. En el campo, eran a veces recogidos y cuidados por familias acomodadas va que el deber de la caridad —la gran ley de la solidaridad medieval— era, para los cristianos el medio más seguro para conseguir la salvación eterna.

¿Quiénes eran los «vagabundos de Dios ?
Además de los peregrinos, que siguieran siendo muy numerosos hasta el final de la Edad Media y que hacían largos desplazamientos, había, sobre todo en el s. xv, un gran numero de frailes que iban predicando de una parroquia a otra. Algunos de ellos conseguían exaltar hasta tal punto a los fieles, que su llesaga a una ciudad llegaba a provocar verdaderas conmociones. Los que les escuchaban soñaban a veces con países imaginarios, como Jauja en los que se podía comer hasta la saciedad, lo que no era más que un reflejo simbólico, en una época en la que abundaban el hambre, la epidemia y la guerra. Estaban también todos aquellos que iban a la busca de una nueva fe y que, al igual que Cristo en Palestina, hablaban en la plaza pública, sembrando a veces desordenes al atacar a la Iglesia oficial o a las mismas gentes del lugar. En los últimos tiempos de la Edad Media, la palabra era. un arma prodigiosamente eficaz y estos «vagabundos de Dios», como se les conocía a veces, jugaron un papel muy importante en el advenimiento de la Reforma.

¿Había también artistas ambulantes?
Durante toda la Edad Media, los juglares y trovadores iban de pueblo en pueblo v de castillo en castillo, cantando y contando bonitas historias. Pero por los caminos podía verse también a gentes de circo: domadores de bestias, exhibidores de osos y prestidigitadores. que recorrían pueblos y ciudades, sobre todo con motivo de las fiestas. Había además comediantes que representaban los autos sacramentales en los pórticos de las iglesias, así como un gran número de músicos ambulantes que normalmente solían ir solos y que iban por los pueblos para hacer bailar a las gentes fundamentalmente con motivo de las fiestas, de otoño, o bien en los carnavales.

Buhonero en la edad media

Los buhoneros surcaban los caminos incesantemente; se trataba de comerciantes más o menos honrados que practicaban, sobre todo, el trueque. Sus mercancías procedían a veces de las ferias de los pueblos y a veces también de robos. Los buhoneros mejor situados contaban con un burro o un caballo y transportaban en él todo tipo de utensilios, tejidos v encajes. Adoptaban siempre los mismos itinerarios, lo que les permitía establecer vínculos entre las familias que les confiaban sus mensajes. En su siguiente paso por el pueblo traían la respuesta que les habían encargado transmitir.

Publicación enviada por David Sáez
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La medicion del tiempo en la Edad Media Medir el tiempo antiguedad

LA EDAD MEDIA: MEDIR EL TIEMPO

resumen de la edad media 

El tiempo tenía para el hombre medieval dos referentes; el primero, de carácter físico, era el sol; el segundo, de carácter espiritual, eran las campanas de las iglesias. Esto ponía de manifiesto la dependencia del ser humano respecto a la naturaleza

Las relaciones existentes entre el cómputo de la Pascua y el ciclo lunar y entre la Navidad y el solsticio de invierno, los dos hitos del calendario cristiano evidenciaron el papel de la Iglesia en la visión del tiempo entre los europeos.

Los tiempos litúrgicos se acomodaron a las grandes divisiones del año, las estaciones. Al inicio del invierno, el Adviento anunciaba el nacimiento de Cristo. Tras él, al comenzar la estación y terminar el año, las fiestas navideñas (Natividad, Circuncisión, Epifanía), estaban seguidas por un tiempo de purificación (de animales: san Antón, 17 de enero; de personas: la Candelaria, 2 de febrero; de conciencias: Cuaresma, recuerdo de los cuarenta días de ayuno de Cristo en el desierto).

Con la primavera, llegaba la Pascua (domingo después del primer plenilunio de la estación), la Ascensión y el Pentecostés. Y con el verano, la festividad de san Juan (24 de junio), en pleno solsticio estival, recubriendo ritos cristianos del agua y el fuego, y, tras él, la Asunción de la Virgen (15 de agosto), la gran fiesta de la fertilidad de las cosechas.

La llegada del otoño, con la rendición de cuentas y rentas, se puso bajo el título de dos santos mediadores: Mateo, el recaudador (21 de septiembre) y Miguel, el arcángel encargado de pesar las almas (29 de septiembre). Por fin, el año cristiano, pero también el de la actividad agrícola, ganadera y pesquera, concluía en torno a Todos los Santos (1 de noviembre), la conmemoración de los fieles difuntos (día 2), heredados de la tradición celta, y San Martín (11 de noviembre).

El ritmo semanal, resultado de dividir en siete el mes lunar de veintiocho días, estaba ya en la tradición caldea, pero fue el relato bíblico de la creación el que consagró seis días de trabajo y uno de descanso, en que está prohibido todo trabajo, incluso el viaje, si no es por motivo grave. Así 52 domingos al año y otras tantas fiestas, numerosas sobre todo en mayo y diciembre, constituían los días de guardar, con obligación de oír misa y evitar obras serviles.

De esta forma, por cristianización de tradiciones previas o imposición de otras nuevas, la Iglesia se convirtió en la gran dominadora del tiempo en la sociedad europea. Incluso, dentro del día, el ritmo de las horas se inspiraba en el de las previstas en las reglas monásticas y las campanadas de los templos se encargaban de recordarlas.

A lo largo del siglo XIV el ritmo de vida cotidiana en las principales ciudades de occidente experimentará una profunda modificación. El tiempo, como bien divino que venía medido por la sucesión de campanas que anunciaban las horas canónicas, deja de ser elástico y gratuito para convertirse en un elemento mesurable y apreciable. Los negociantes medievales descubrieron que la medida del tiempo era importante para la buena marcha de los negocios, pues la duración de un viaje, las alzas y bajas coyunturales de los precios o el periodo invertido por un artesano en la elaboración de un producto eran factores temporales que intervenían al final en los resultados económicos; es decir, se descubrió que el tiempo tenía su precio, por lo que era necesario controlar y medir su discurrir.

Tal como se ha mencionado anteriormente, hasta finales del siglo XIII la sociedad vivía sujeta a ritmos temporales marcados por el calendario agrícola, que estaba reafirmado por el calendario litúrgico, ambos tan inestables que el segundo dependía de un centro móvil, la conmemoración de la Pascua, fijado cada año en función del primer plenilunio después del solsticio de invierno.

En cuanto a lo que podemos llamar tiempo cotidiano la verdad es que el hombre europeo lo vivía sin preocupaciones por la precisión y sin demasiadas inquietudes por su rendimiento; el único sistema de referencia era el señalado por las horas canónicas que dividía el día en períodos, distribuidos por igual entre el día y la noche, registrado por medio de campanas: maitines (medianoche), laudes, prima, tercia, sexta (mediodía), nona, vísperas y completas; pero ni siquiera esto podía controlarse, porque los toques de prima y completas se hacían coincidir siempre, en cualquier época del año, con el alba y el crepúsculo, y a partir de ellos se computaban el resto de toques, con lo cual sólo en los equinoccios se conseguía, aproximadamente, delimitar fracciones temporales homogéneas.

Técnicamente, los relojes de agua, arena y sol constituían los únicos medios objetivos para medir el tiempo, pero eran tan rudimentarios y sujetos a circunstancias tan imponderables que no pueden tomarse en consideración.

No obstante antes del siglo XIII se había producido en algunos lugares una alteración en el control de ese tiempo cotidiano consistente en el desplazamiento de la nona, que desde su localización ideal en torno a las tres de la tarde había avanzado al mediodía; esta pequeña variación que no fue objeto de ningún tipo de interpretación n comentario por los contemporáneos ha sido explicada, finalmente, por Le Goff como debida a la necesidad de subdividir el tiempo de trabajo de forma más racional: la nueva situación de la hora nona permitía la división de la jornada de trabajo de sol a sol, en dos medias jornadas equivalente en cualquier época de año.

Se trata, posiblemente, del primer intento de intervenir en la ordenación del tiempo de todos por parte de la minoría dirigente. Sin embargo, aún pasarán varios decenios hasta que se consigan los medios técnicos necesarios para llegar a controlar la división del día en 24 horas invariables y hacer público y notorio el paso del tiempo. El afán de alcanzar las horas ciertas reflejadas en un reloj civil, a las que se refieren en 1335 los burgueses de Aire-sur-la-Lys, pequeña ciudad gobernada por el gremio de pañeros, a imagen y semejanza de lo que habían logrado unos años antes los de Gante y Amiens, se convierte en una lucha social que de manera imparable, y sin apenas resistencia, impondrá un nuevo género de vida a la sociedad urbana europea, comenzando por las áreas más industrializadas de Flandes, Italia y el norte de Francia, y que cien años después conduce a que rara era la ciudad o lugar de Europa que no contaba con uno o varios relojes para controlar el tiempo de sus habitantes.

 Los primeros relojes no tenían ninguna precisión, se estropeaban con gran facilidad y dependían de un encargado que lo controlase, diese las campanadas y, en muchas ocasiones, lo ajustase tomando como referencia el viejo reloj de sol, el alba o el ocaso. Lo más importante es lo que significaron, pues su propagación representa la muerte del tiempo medieval, un tiempo que A. Gurievich califica de prolongado, lento y épico.

El nuevo tiempo ya no es divino y propiedad exclusiva de Dios, sino que pasa a pertenecer al hombre, a cada uno de los hombres, y se tiene el deber de administrarlo y utilizarlo con sabiduría, pero que puede también comprarse y venderse. Se convierte en herramienta de primer orden para el humanista, cuya virtud principal, la templanza, tendrá el atributo iconográfico del reloj.

Podemos decir que se produce la aparición de un carácter laico en el tiempo, en buena medida debido a los relojes. La utilización de sistemas de medición del tiempo en las ciudades será fundamental para el desarrollo de las diversas actividades, siendo tremendamente importante la difusión de relojes a través de pesas y campanas que serían instalados en las torres de los ayuntamientos. Los relojes municipales aportaban una mayor dosis de laicismo a la vida al abandonar la medición a través de las horas canónicas. Era una manera de «rebelión» por parte de la burguesía que se vería reforzada con la aparición, posteriormente, de los relojes de pared.

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Los Viajes en la Edad Media Las Peregrinaciones en la Antiguedad

LA EDAD MEDIA: LOS VIAJES Y PEREGRINACIONES

resumen de la edad media 

Los Viajes y Viajeros:

Una característica particular de la población, hacia mediados del siglo XI, fue su constante movimiento. A pesar de las fuertes presiones que se ejercían sobre los hombres para inmovilizarlos (existían obligaciones feudales que sujetaban a una mano de obra indispensable, así como tradiciones religiosas que condenaban el vagabundeo), el simple crecimiento de la población impulsó a un número cada vez más grande de personas fuera de sus lugares de origen. Los caminos de Europa occidental eran recorridos permanentemente por religiosos, caballeros, estudiantes, vagabundos, mercaderes y campesinos.

la ruta de la seda en la edad media

Una leyenda decía que el cuerpo del apóstol Santiago había sido enterrado en Compostela. esto dio origen a numerosas peregrinaciones , especialmente entre los siglo XI y XII. Los reyes españoles construyeron caminos, puentes, y hospitales para los viajeros. También se instalaron ferias, artesanos y mercaderes.

El espacio de las gentes medievales era muy limitado. Cuando los cronistas hacen referencia a la «tierra» sólo aluden a la Europa cristiana dependiente del pontificado romano. Fuera de este ámbito espacial estaba el Imperio Bizantino y el Islam y a partir de ahí los territorios eran bastante mal conocidos, mezclándose fábula con escasas dosis de realidad. Las noticias del Lejano Oriente llegaban a través de la Ruta de la Seda, contactos muy indirectos y limitados.

África y buena parte de Asia serían casi desconocidas para Europa. La mayoría de la población medieval no salía de su entorno más cercano durante toda su vida. La definición de proximidad en la época medieval está relacionada con la distancia que se podía recorrer a pie entre la salida y la puesta del sol, considerando en ese tiempo transcurrido tanto la ida como la vuelta. El ámbito de relación sería, por lo tanto, local.

La movilidad aumenta a partir del año 1000 cuando se produce un aumento de la seguridad en las vías de comunicación. Entre los culpables del aumento de esta movilidad encontramos el desarrollo de las peregrinaciones, especialmente a Santiago a través de la Ruta Jacobea.

La puesta en marcha del Camino de Santiago por el que peregrinos de toda Europa llegarán a la costa atlántica, traerá consigo el aumento de los intercambios tanto económicos como culturales y artísticos. Bien es cierto que viajar en la época medieval no era una empresa fácil.

Peregrinación a Santiago de Compostella - Edad Media

Después de la caída del imperio romano de Occidente (455), las relaciones entre Europa occidental y Asia quedaron, por decirlo así, interrumpidas. Con excepción de algunos raros contactos, como los qué Carlomagno tuvo con Oriente, esta situación se mantuvo hasta la época de las cruzadas. A partir de ese momento Asia será descubierta de nuevo, primero por los cruzados y luego por los viajeros, que, aprovechando la experiencia adquirida por aquéllos, se arriesgaron finalmente a ir hasta Asia Menor e incluso hasta Extremo Oriente.

Los medios de transporte eran tremendamente primitivos y los caminos muy precarios. La estructura medieval era heredera de las vías romanas que empezaron a tener una mayor atención a partir del siglo XII. Durante estos viajes los viajeros podían ser asaltados por bandidos y había que pagar numerosos peajes al atravesar territorios señoriales lo que motivaba que el trayecto alcanzado fuera bastante limitado. Considerando que el viajero utilizara un animal para sus desplazamientos, no recorrería más de 60 kilómetros diarios por lo que atravesar Francia llevaba del orden de 20 días. Las vías fluviales serían más rápidas pero este medio de comunicación era más utilizado por las mercancías.

A pesar de estos inconvenientes los viajeros eran relativamente abundantes. Por ejemplo, por la ciudad francesa de Aix pasaban una media de 13 viajeros diarios. Juglares, vagabundos, peregrinos, clérigos, soldados, prostitutas, animaban los caminos europeos y se alojaban en la limitada red de posadas existente. Los hospitales para peregrinos y albergues ampliarán esta oferta asistencial en aquellas zonas del Camino por las que el tránsito de viajeros era mayor. La mayoría de los peregrinos procedentes de Francia pasaban por el hospital de Roncesvalles en cuyo cementerio descansan los restos de un amplio número de viajeros que no pudieron cumplir su sueño de alcanzar la tumba del apóstol.

 A partir del siglo XII se produce en la Europa cristiana un aumento de la comunicación con el exterior. Un buen ejemplo serían los viajes realizados durante el siglo XIII por el mercader veneciano Marco Polo. De esta manera las mentalidades europeas pudieron conocer nuevas culturas.

En un mundo plagado de violencias como era el altomedieval se impuso obligatoriamente la hospitalidad, tanto en casas como en monasterios. El viajero o peregrino podía refugiarse del cansancio o de los bandidos acogiéndose a la hospitalidad brindada. «Quienquiera que rehuse al huésped recién llegado a un techo o un hogar pagará tres sueldos de multa» según aparece en la ley burgundia.

Aunque los viajes y traslados no fueran muy numerosos, el viajero podía moverse con la tranquilidad de que él y su montura recibirían un trato respetuoso allí donde solicitara hospitalidad. Esta es la razón de la creación de hospederías donde se pueden alojar los peregrinos, en un momento donde las peregrinaciones empiezan a tomar forma.

De esta manera se intenta evitar que los viajeros no tengan que prostituirse para poder llegar a su destino, como ocurrió a unos compañeros anglosajones de san Bonifacio. Esta práctica debía ser corriente por lo que la Iglesia prohibió a las mujeres la peregrinación. En Corbie se instituyó una posada para doce viajeros mientras que en Saint-Germain-des-Pres se contaron 140 huéspedes en un solo día durante el año 829. Carlomagno animó a los obispos a instituir hospederías para pobres y ricos, diferenciándose también a los viajeros por su condición social. 

MONJES VIAJEROS…

Al llegar aquí nos acordamos del franciscano italiano Piano Carpini, contemporáneo y discípulo de san Francisco, quien, pese a su avanzada edad, fue comisionado por el papa Inocencio IV con un mensaje para el potentado mongol. El fin que el papa perseguía era doble: por una parte quería conocer los planes de los mongoles con respecto a una posible invasión de la Europa cristiana; pero esperaba también hallar en ellos una fuerza que le ayudara a detener la amenaza que representaba el Islam.

Carpini se puso en marcha el día de Pascua de 1245, y llegó al campamento del kan el 22 de julio del año siguiente. Allí se quedó hasta el mes de noviembre, en que emprendió el viaje de regreso. Era portador de una carta para el papa redactada en mongol, en árabe y en latín. Al fin de su expedición había recorrido 4.800 kilómetros. El relato que hizo de su viaje puede ser considerado como el mejor documento de la Edad Media sobre la historia y costumbres de los mongoles. Pero desde el punto de vista geográfico es mucho más exacto el libro que Rubrock redactaría más tarde.

Por impresionante y audaz que fuera el viaje de Carpini, fue ampliamente superado por el que realizara otro de los frailes de la Orden, fray Guillermo de Rubrock (1217 a 1270 aproximadamente), monje franciscano que residía en Tierra Santa al mismo tiempo que san Luis, rey de Francia, quien le encargó una misión bastante delicada. El rey deseaba concertar una alianza con el poderoso kan y convencerle de que atacara a los turcos, terror de la cristiandad.

Con ello mataba dos pájaros de un tiro, pues, ocupadas en combatir al turco, las hordas bárbaras de jinetes mongoles dejarían de sembrar el espanto en Europa.

Con este fin, Guillermo de Rubrock partió hacia el este en compañía de otro franciscano, fray Bartolomé de Cremona, y de algunos servidores. En Constantinopla, majestuosa capital del imperio romano de Oriente, hizo los últimos preparativos para ese fabuloso viaje.

El 7 de mayo de 1253, Rubrock y sus compañeros embarcaron con destino a Crimea. Desde allí, siguiendo el curso del Don y del Volga, atravesaron de punta a punta la inmensa Asia hasta Caracorum, lugar de residencia del kan y su corte. La travesía de Asia se hizo a caballo.

En el relato de su viaje, que escribió en latín a su regreso, Guillermo  de  Rubrock  cuenta  quellegó a recorrer en una etapa distancias de hasta 120 km. Atravesando regiones deshabitadas situadas al norte del mar Caspio y del mar de Aral, cabalgaron al principio hacia el este; luego describieron una gran curva hacia el sur, para escapar, en la medida de lo posible, a los rigores del invierno.

Atravesando los montes Altyntagh y la provincia china de Sinkiang, llegaron finalmente a la residencia del kan, que les invitó a descansar en su residencia de Caracorum, donde, por espacio de seis meses, fueron sus huéspedes. Durante este tiempo Rubrock consignaba fielmente cuantos incidentes le acontecían durante el viaje.

Abandonó Caracorum en julio de 1254 y se dirigió a Asia Menor y a Siria. Proporcionó a Occidente infinidad de datos de gran importancia para la historia y para la geografía. Por tan largo y audaz viaje, Rubrock merece sin duda figurar en la lista de los más grandes viajeros de la Edad Media. En cambio, no consiguió llevar a buen fin su misión diplomática.

Muy diferente fue lo que ocurrió con otro gran viajero que vivió también en el siglo XIII: Marco Polo (1254-1325). Procedía de una familia veneciana de mercaderes, y partió hacia Asia en 1271 en compañía de su padre y de su tío. Por Bagdad llegaron al golfo Pérsico; luego atravesaron Persia en dirección a la meseta de Pamir, para ir a parar a China. Fueron recibidos en Pekín en la corte del emperador Kublai Kan a principios del año 1275.

AMPLIACIÓN DEL TEMA…

Viajar y comunicarse con otros hombres constituía siempre una auténtica aventura. Los cronistas de la época no intentaban siquiera disimular el estupor que les producía a los miembros de la corte de Carlos el Calvo, en el año 841, el que unos cuantos caballeros llegaran de Aquitania para llevarle las preciosas insignias de la realeza: atravesar media Europa llevando consigo tan preciosa carga y sin sufrir accidente alguno no podía por menos que parecer increíble. El bandolerismo estaba difundido por doquier. Un viajero aislado o un grupo de caballeros o mercaderes constituían un botín de gran atractivo, puesto que transportaban consigo algunos objetos que de otro modo resultaba prácticamente imposible procurarse.

A pesar de ello, como ya hemos dicho, los largos viajes y los desplazamientos de uno a otro extremo del continente resultaban corrientes y estaban a la orden del día entre los individuos de ciertas clases sociales. En el año 1033, en que no estallaron guerras ni se presentaron problemas especiales, Conrado II fue de Francia a Polonia y volvió más tarde a Champagne para dirigirse inmediatamente a Lusacia.

Estos continuos viajes respondían a los motivos más diversos; ya hemos hablado antes de la exigencia del avituallamiento, pero no faltaban razones más elevadas. Clérigos y monjes vagaban de convento en convento por causa de sus estudios: Geriberto de Aurillac estudió matemáticas en España y cursó filosofía en Reims antes de convertirse en el preceptor de Roberto el Pío; el inglés Esteban Harding recorrió numerosas abadías antes de hallar el perfecto espíritu cristiano en la de Molesmos, en Borgoña; San Eudes, en el siglo VIH, visitó todos los conventos de Francia con el propósito de encontrar uno en el cual se aplicara correctamente la Regla. El arzobispo de Reims, Maurille, cursó sus estudios en Lieja, enseñó más tarde en Sajonia y permaneció largo tiempo en un convento de Toscana.

El convento de Cluny era un centro de estudios muy frecuentado por los clérigos italianos y alemanes, y Guillermo el Conquistador no halló motivo alguno de asombro al comprobar que al frente de las diócesis normandas se hallaban religiosos procedentes de Italia o de Lorena. Razones políticas y de seguridad empujaban a los grandes señores feudales, por decirlo así, a gobernar «a caballo».

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La familia medieval Vida en la edad media Sus costumbres y tradiciones

La Familia Medieval Sus Costumbres
y Tradiciones

La Familia:

La estructura familiar de la Alta Edad Media recuerda a la que se manifestaba tanto en la sociedad romana como germánica al estar integrada por el núcleo matrimonial -esposos e hijos- y un grupo de parientes lejanos, viudas, jóvenes huérfanos, sobrinos y esclavos.

Todos estos integrantes estaban bajo el dominio del varón -bien sea de forma natural o por la adopción-, quien descendía de una estirpe, siendo su principal obligación proteger a sus miembros. No en balde, la ley salia hace referencia a que el individuo no tiene derecho a protección si no forma parte de una familia. Como es de suponer, esta protección se paga con una estrecha dependencia.

Pero también se pueden enumerar una amplia serie de ventajas como la venganza familiar o el recurso a poder utilizar a la parentela para pagar una multa ya que la solidaridad económica es obligatoria. No obstante, si alguien desea romper con su parentela debe acudir a los tribunales donde realizará un rito y jurará su renuncia a la protección, sucesión y beneficio relacionados con su familia.

La familia vive bajo el mismo techo e incluso comparte la misma cama. Tíos, sobrinos, esclavos y sirvientes comparten la cama donde la lujuria puede encontrar a un amplio número de seguidores en aquellos cuerpos desnudos. Esta es la razón por la que la Iglesia insistirá en prohibir este tipo de situaciones y favorecer la emancipación de la familia conyugal donde sólo padres e hijos compartan casa y cama.

El padre es el guardián de la pureza de sus hijas como máximo protector de su descendencia. Las mujeres tiene capacidad sucesoria a excepción de la llamada tierra salia, los bienes raíces que pertenecen a la colectividad familiar. Al contraer matrimonio, la joven pasa a manos del marido, quien ahora debe ejercer el papel de protector. El enlace matrimonial se escenifica en la ceremonia de los esponsales, momento en el que los padres reciben una determinada suma como compra simbólica del poder paterno sobre la novia.

La ceremonia era pública y la donación se hacía obligatoria. Entre los francos alcanzaba la suma de un sueldo y un denario si se trataba de un primer matrimonio, aumentando hasta tres sueldos y un denario en caso de sucesivos enlaces. La ceremonia se completaba con la entrega de las arras por parte del novio a la novia, aunque el enlace pudiera llevarse a cabo incluso años después. Los matrimonios solían ser concertados, especialmente entre las familias importantes, por lo que si alguien se casaba con una mujer diferente a la prometida debía pagar una multa de 62 sueldos y medio.

La joven tenía que aceptar la decisión paterna aunque conocemos casos de muchachas que se han negado a admitir el compromiso como ocurrió a santa Genoveva o santa Maxellenda. Lo curioso del caso es que diversos concilios merovingios y el decreto de Clotario II (614) prohiben casar a las mujeres contra su voluntad. Esta libertad vigilada motivaría que algunas mujeres tomaran espontáneamente a un hombre, en secreto, o que se produjeran raptos de muchachas, secuestros que contaban con el beneplácito de la víctima que rompía así con la rígida disposición paterna.

Como es lógico pensar, todos los códigos consideran a estas mujeres adúlteras mientras que el hombre se verá en la obligación de pagar a los padres el doble de la donación estipulada. En caso de que no se pague, el castigo es la castración. Si un muchacho se casa con una joven sin el consiguiente mandato paterno, deberá pagar a su suegro el triple de la donación determinada. Si esto se produce, el matrimonio ya es irreversible por lo que debemos preguntarnos si el matrimonio no dejaba de ser un pequeño negocio para los progenitores.

Tras los esponsales se realiza un banquete donde la comida y la bebida corren sin reparo -siempre que la economía familiar lo permita-. El jolgorio se acompañaba de cantos y bailes de talante obsceno para provocar la fecundidad de la pareja. Durante el banquete la novia recibe regalos tales como joyas, animales de compañía, objetos del hogar, etc. El novio también le hace entrega de un par de pantuflas, como símbolo de paz doméstica, y un anillo de oro, símbolo de fidelidad de clara tradición romana. Los romanos llevaban el anillo en el dedo corazón de la mano derecha o en el anular de la izquierda -continuando la tradición egipcia según la cual desde esos lugares había un nervio que llevaba directamente al corazón-.

Las damas nobles también solían llevar un sello en el pulgar derecho, una muestra de la autoridad que poseía para administrar sus propios bienes. La ceremonia concluye con el beso de los novios en la boca, simbolizando así la unión de los cuerpos. Tras este rito, la pareja era acompañada a la casa y se quedaba en el lecho nupcial. El matrimonio debe consumarse para que alcance su legitimidad, consumación que se produce en la noche de bodas. Al mañana siguiente el esposo entrega a su mujer un obsequio llamado «morgengabe» para agradecer que fuera virgen al matrimonio, dando fe de la pureza de la joven desposada y asegurándose que la descendencia es suya. Esta donación post-consumación no se realiza en caso de segundas nupcias. De este «morgengabe» la viuda se queda con un tercio y el resto será entregado a la familia en caso de muerte del marido.

La edad de matrimonio debía de estar próxima a la mayoría de edad, es decir, los doce años, según nos cuenta Fortunato al hacer mención del matrimonio de la pequeña Vilitutha a la edad de trece años, quien falleció a consecuencia del parto poco después. Ya que la virginidad suponía el futuro de la parentela, se protege a la mujer de raptos o violaciones, al tiempo que se reprime la ruptura del matrimonio y se castiga contundentemente el adulterio y el incesto. Los galo-romanos castigan la violación de una mujer libre con la muerte del culpable mientras que si la violada era esclava, el violador debía pagar su valor. Los francos castigaban este delito con el pago de 200 sueldos en época de Carlomagno. Podemos considerar que se trataba de una mujer «corrompida» por lo que carecía de valor, incluso deben renunciar a la propiedad de sus bienes. La única salida a la violación era la prostitución.

El incesto estaba especialmente perseguido, a pesar de no tratarse de relaciones entre hermanos. Los matrimonios con parientes se consideran incestuosos, entendiendo por parentela «una pariente o la hermana de la propia esposa» o «la hija de una hermana o de un hermano, la mujer de un hermano o de un tío». Los incestuosos eran separados y quedaban al margen de la ley, a la vez que recibían la excomunión y su matrimonio era tachado de infamia.

El adulterio era considerado por los burgundios como «pestilente». La mujer adúltera era estrangulada y arrojada a la ciénaga inmediatamente mientras que los galo-romanos establecían que los adúlteros sorprendidos en flagrante delito serían muertos en el acto » de un solo golpe». Los francos consideraban el adulterio como una mancha para la familia por lo que la culpable debía ser castigada con la muerte.

También entendían que el hombre libre que se relacionaba con una esclava de otro era un adúltero por lo que perdía la libertad, lo que no sucedía en el caso de que fuera su esclava con quien se relacionara. Curiosamente los burgundios hacían extensión de la definición de adulterio a aquellas mujeres viudas o jóvenes solteras que se relacionaban con un hombre por propia voluntad. Si el violador o el raptor son duramente castigados, el adúltero apenas recibe castigo ya que los posibles hijos de esa relación son suyos. La mujer sí es culpable porque destruye su porvenir. Afortunadamente, la influencia del Cristianismo cambiará estos conceptos. En palabras de Michel Rouche «mientras que el paganismo acusa a la mujer de ser el único responsable del amor pasional, el Cristianismo lo atribuye indiferentemente al hombre y a la mujer (…)

Se abandona la idea pagana conforma a la cual el adulterio mancilla a la mujer y no al hombre». Cierta idea de igualdad de sexos empieza a despuntar en el Occidente europeo. Buena parte de la culpabilidad a la hora de no considerar al hombre adúltero debemos encontrarla en la práctica por parte de los germanos de la poligamia, mientras los galos-romanos mantenían el concubinato. Las relaciones con las esclavas parecen habituales tanto en un grupo como en el otro, naciendo abundantes descendientes de estos contactos.

Los hijos nacidos de esa relación eran esclavos, excepto si el padre decidía su liberación. Ya que las mujeres eran elegidas entre personas cercanas al linaje familiar, la costumbre germánica permitía al marido tener esposas de segunda categoría, siempre libres, añadiéndose las esclavas. La primera esposa era la poseedora de los derechos y sus hijos eran los receptores de la sucesión. Si la primera esposa era estéril, los hijos de las concubinas podían auparse al rango de heredero. Los enfrentamientos en los harenes nobiliarios y reales serán frecuentes. Chilperico llegó a estrangular a su esposa, Galeswintha, para poder dar a su esclava Fredegonda el puesto de favorita, lo que desencadenó la guerra civil entre los años 573 y 613.

El papel de la Iglesia respecto a la poligamia supondrá la más absoluta de las prohibiciones, apelando a la indisolubilidad matrimonial y a la monogamia, llegando a prohibir el matrimonio entre los primos hermanos. Será en el siglo X cuando los dictados eclesiásticos en defensa de la monogamia empiecen a surtir efecto. La ley burgundia y la ley romana autorizaban el divorcio, mientras que la Iglesia lo prohibía. Evidentemente existen condicionantes que lo permiten, siempre desfavorables con la mujer. El divorcio es automático si la mujer es acusada por su marido de adulterio, maleficio o violación de una tumba. El marido será repudiado en caso de violación de sepultura o asesinato.

El mutuo acuerdo sería la fórmula más acertada para el divorcio, siempre y cuando los cónyuges pertenecieran a la etnia galo-romana. Esta fórmula incluso será aceptada, a regañadientes, por la Iglesia, al menos hasta el siglo VIII. Siempre era más razonable que el llamado «divorcio a la carolingia», consistente en animar a la mujer a que de una vuelta por las cocinas y ordenar al esclavo matarife que la degollara. Tras pagar la correspondiente multa a la familia, el noble podía volver a casarse porque quedaba viudo. No tenían igual suerte las viudas ya que las leyes germánicas intentarán poner todo tipo de impedimentos a un segunda matrimonio de una mujer viuda.

Conserva su dote y el «morgengabe», por lo que mantiene independencia económica. Pero si vuelve a contraer matrimonio, perderá esta independencia al caer en el ámbito familiar del nuevo marido y revertir el patrimonio en su propia parentela. Los hijos eran especialmente protegidos en la época altomedieval. En numerosos casos se intenta atraer hacia el niño las cualidades de aquel animal querido y envidiado, por lo que se impondrán nombres relacionados con la naturaleza: Bert-chramm, brillante cuervo, que hoy se ha convertido en Bertrand; Wolf-gang, camina a paso de lobo; o Bern-hard, oso fuerte, del que ha surgido Bernardo. De todas maneras se siguen produciendo casos de exposición de hijos, ahora a las puertas de la iglesia. Afortunadamente para el neonato, el sacerdote anunciaba su descubrimiento de manera pública y si nadie reclamaba al pequeño pasaría a ser esclavo de quien lo había encontrado.

El niño sería confiado a alguna nodriza, siendo amamantado hasta los tres años entre el pueblo. En caso de guerra los niños se convertían en un preciado botín. Si una ciudad era conquistada, los conquistadores asesinaban a «cuantos podían orinar contra la muralla» y se llevaban a las mujeres y los niños menores de tres años. A pesar de la enorme natalidad, la mortalidad infantil también era elevada por lo que el núcleo familiar no debía de contar con numerosos niños. Alguno solía ser entregado a un monasterio para su educación, lo que equivalía entregar a Dios aquello que más se ama.

La educación estaba vinculada al mundo violento que caracteriza la Alta Edad Media. El deporte y la caza serán los ejes educativos que se inician tras la «barbatoria», el primer corte de la barba del joven. La natación, la carrera o la equitación formaban parte de las enseñanzas fundamentales del joven germano que tiene en el animal y en las armas a sus estrechos colaboradores. Subir al caballo era todo un ejercicio gimnástico al carecer de estribo hasta el siglo IX, siendo el animal uno de los bienes más preciados, tal y como podemos comprobar en el caso de un joven llamado Datus, quien conservó su caballo y dejó a su madre prisionera de los musulmanes durante un ataque de éstos a Conques en el año 793.

El joven no entregó su caballo a pesar de que los islámicos arrancaron los senos de la madre y luego le cortaron la cabeza ante sus propios ojos. En un mundo tan marcado por la violencia parece cargado de lógica que la preparación militar sea la elegida para los jóvenes nobles, si bien en las escuelas monásticas podían aprender los rudimentos de la lectura y la escritura.

Los ancianos ocupan un curioso papel en el entorno familiar altomedieval. Ya que la media de vida alcanzaba los 30 años, no debía ser muy común ver a ancianos en la sociedad. Su escaso número es proporcional a su utilidad, excepción hecha de los jefe de clanes o tribus, los llamados «seniores«. Si el anciano mantiene sus fuerzas será aceptado por la sociedad. Si esto no es así, su futuro sólo le depara donar sus bienes a una abadía donde se retirará. En la abadía recibirá comida, bebida y alojamiento.

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Los pecados y castigos en la Edad Media Leyes y Penas Flagelantes

Los pecados y castigos en la Edad Media

Pecados y Penitencias:

Los pecados y castigos en la Edad MediaGracias a los numerosos penitenciales que nos han quedado podemos acercarnos con cierta facilidad al mundo del pecado en la Alta Edad Media. En estos documentos encontramos la penitencia correspondiente a cada pecado, pudiendo afirmar que la mayoría de ellos tienen en el ayuno a pan seco o recocido y agua su correspondiente penitencia.

Si alguien no desea o no puede realizar el ayuno, existe la posibilidad de cambiarlo por el pago de una determinada cantidad de dinero al año. Una vez más , los pobres deben sufrir las consecuencias del pecado en sus propias carnes mientras que los ricos pueden adquirir su salvación.

Quizá sea esta la razón por la que el concilio de París del año 829 condenó los penitenciales, ordenando que fueran quemados. A pesar de la prohibición, los sacerdotes siguieron manteniendo entre sus libros algún penitencial.

Según éstos, el cristianismo consideraba tres como los más grandes pecados: la fornicación -incluyendo todo tipo de actos sexuales pero haciendo hincapié en el bestialismo, la sodomía, las relaciones orales, la masturbación, variar de postura a la hora de hacer el acto sexual, el incesto y la homosexualidad femenina-, los actos violentos y el perjurio.

Sin embargo, también es cierto que estos tres pecados son los más cometidos por lo que hacen referencia los textos. Las penas pecuniarias impuestas por los penitenciales no hacen distinción social, salvo si se trata de eclesiásticos o laicos. Los sacerdotes y monjes debía ser absolutamente impolutos e impecables. El asesinato podía ser castigado con tres o cinco años de ayuno, si el acto de violencia lo cometía un laico. Caso de un sacerdote, el ayuno se elevaba a doce años.

El monasticismo irlandés se hizo famoso por sus prácticas ascéticas. Se ponía mucho énfasis en escrupulosos exámenes de conciencia, para dilucidar si se había cometido un pecado contra Dios. Con objeto de facilitar este examen, se desarrollaron los penitenciales (manuales de confesión) que describían los posibles pecados y sus apropiadas penitencias.

Éstas a menudo consistían en ayunar un determinado número de días cada semana, a pan y agua. Aunque, a la larga, estas penitencias se aplicaron en todo el mundo cristiano, fueron particularmente significativas para el cristianismo irlandés. Este fragmento, tomado del Penitencial de Cummean, un abad irlandés, se escribió, alrededor del año 650y muestra una característica distintiva de los penitenciales: su obsesiva preocupación por los pecados sexuales.

Penitencial di Cummean:

Al obispo que corneta fornicación deberá degradársele y hará penitencia durante doce años.

Un presbítero, o diácono, que corneta fornicación natural, habiendo ya emitido los votos de monje, hará penitencia por siete años. Pedirá perdón cada hora; llevará a cabo un ayunó especial durante todas las semanas, excepto en los días intermedios entre la Pascua y Pentecostés.

Aquel que deshonre a su madre, hará penitencia durante tres años, y llevará a cabo un peregrinaje perpetuo. Así, aquellos que cometan sodomía, harán penitencia cada siete años.

Aquel que sólo desee en su mente cometer fornicación, pero sea incapaz de realizarla, hará penitencia durante un año, sobre todo, en tres periodos de cuarenta días.

Aquel que voluntariamente polucione durante el sueño, se levantará y cantará nueve salmos en orden, de rodillas. Al siguiente día, se mantendrá de pan y agua.

El clérigo que fornique en alguna ocasión, hará penitencia durante un año, a pan y agua; si engendra un hijo, hará penitencia por siete años en el exilio; lo mismo hará quien haya sido virgen.

Quien ame a cualquier mujer, pero sin realizar maldad alguna, más allá de unas cuantas conversaciones, hará penitencia durante cuarenta días.

El casado deberá ser continente durante tres períodos de cuarenta días, los sábados y los domingos —día y noche—, así como los dos días a la semana señalados [miércoles y viernes], y después de la concepción, y durante todo el periodo menstrual.

Después de un parto, el hombre deberá abstenerse, si es un hijo, durante treinta y tres días; si es una hija, durante sesenta y seis días.

A los muchachos que estén hablando solos y transgredan las regulaciones de los mayores [del monasterio] , se les corregirá mediante tres ayunos especiales.

A los niños que imiten el acto le fornicación, veinte días; silo hacen con frecuencia, entonces, cuarenta días.

Pero los muchachos de veinte años que practiquen la masturbación juntos y lo confiesen [harán penitencia pon veinte o cuarenta días, antes de recibir la comunión.

También en los penitenciales se afirma que el esclavo que ha cometido un delito por orden de su dueño no es culpable de tal, acusando al propietario de ese esclavo de la fechoría. Incluso se llega a mencionar algunos casos de amos que matan a sus esclavos y están obligados a cumplir cinco años de penitencia. El amo que violaba a su esclava debía manumitirla.

Durante el siglo IX los actos de venganza serán muy perseguidos por la Iglesia, al igual que el asesinato de la mujer por parte del marido. Estos nuevos cambios están directamente relacionados con la renovación carolingia que trae consigo un cambio social. Gracias a la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio se produciría un aumento de los asesinatos conyugales, práctica que antes se regulaba con la poligamia y que en estos momentos la Iglesia desea controlar. Por esta razón la Iglesia consideró este homicidio como el más grave, comparándolo al del señor y el del padre.

En el mismo plano se colocaría el de la mujer que envenena al marido. El castigo pasaría de un ayuno de catorce años a ayuno de perpetuo. De esta manera se igualaban -en algunos aspectos- hombre y mujer. El adulterio también sufrió un fuerte aumento en lo que a la penitencia se refiere. De tres años de ayuno pasó a seis. También en los penitenciales encontramos consejos de abstinencia sexual en determinados días: tres días antes del domingo, las cuaresmas de Pascua y Navidad y los días de fiesta. De esta manera, el matrimonio sólo tenía unos 200 días para realizar el acto sexual.

La Iglesia también persigue el aborto, los contraceptivos, las mutilaciones y la desnudez, así como el contacto carnal durante las menstruaciones y el alumbramiento, destacando que el contacto sexual tiene como finalidad la procreación. El gran culpable de estos pecados cometidos por los débiles creyentes era el diablo, Satán. En la Edad Media se integró al diablo en la vida cotidiana. La magia, la adivinación y los conjuros se presentaron como elementos demoníacos.

El miedo a Satán se adueñó de la vida medieval aunque la gracia de Dios y la cercanía de los santos estaban allí para remediarlo. Y para ello el creyente cuenta con los sacramentos. El bautismo quedó relegado a los niños en época carolingia ya que se consideró como una integración en la Iglesia.

La eucaristía sufrió un cambio revelador al exigirse a las mujeres que envolviesen sus manos en un pliegue de su vestido cuando recibían el cuerpo de Cristo. Entre las virtudes de un buen cristiano encontramos la fe, la esperanza, la justicia, la prudencia, la fuerza, la temperancia, la moderación, la fidelidad, la caridad y la oración.

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Paganismo en la Edad Media Costumbres y Forma de Vida Medieval

LA EDAD MEDIA: PAGANISMO

resumen de la edad media 

Paganismo: Aunque la religión cristiana era la oficial de los diferentes Estados germanos surgidos tras la caída del Imperio Romano de Occidente, el paganismo perduró en las conductas sociales durante la Alta Edad Media tal y como nos informan obispos y clérigos, al menos hasta el siglo X.

Para conocer la realidad cotidiana, el hombre medieval buscó explicaciones sobrenaturales y explicaciones religiosas. La experiencia y la razón no resultaban en esa época instrumentos suficientes para el conocimiento. Muchos hombres creían que sólo era posible llegar a él mediante el auxilio de la fe.

Paganismo en la Edad Media

 Durante la Edad Media, en los intentos por explicar el mundo se cruzaban dos tradiciones: la tradición pagana, de origen germano, con sus dragones, sirenas y bosques animados, y la tradición cristiana, según la cual la verdad y el conocimiento último de la realidad sólo se lograba mediante la razón iluminada por la fe.

Sin embargo, ambas tradiciones no tuvieron igual importancia para los hombres de la sociedad feudal. Por lo general, los campesinos fueron los que se aferraron con más fuerza a las viejas creencias paganas, mientras que la nobleza, en su mayoría, adhirió a los principios cristianos.

Los campesinos creían que la lechuga alivia el insomnio, pero perjudica la vitalidad y la vista,
efecto que puede moderarse si se le agrega apio.

Cuando los campesinos trabajaban la tierra recitaban antiguas canciones y palabras mágicas para lograr que sus campos fueran fértiles; también era común que consultaran a magos y hechiceras si tenían algún problema. Pero la Iglesia se ocupó de que los campesinos agregaran a sus cánticos paganos oraciones de origen cristiano. Así lo hicieron, aunque siempre en estas oraciones siguió subsistiendo el rito pagano, como lo demuestran muchas de ellas:

Cuando el hijo de un campesino se enfermaba, era común que dijeran: «…sal, gusano, con nueve gusanillos, pasa de la médula al hueso, del hueso a la carne, de la carne a la piel y de la piel a esta flecha”, y luego obedeciendo a la Iglesia y procurando también evitarse problemas con su señor, decían: “Así sea, Señor’.

De este modo, el mago Merlín y Cristo se mezclaban en la imaginación del hombre del Medioevo. Lo sobrenatural parecía ser la única respuesta al origen de las cosas y de la vida.

Pero sería un error suponer que aquellas dos tradiciones transitaron en pie de igualdad la Edad Media. Fueron los valores y creencias cristianos —impulsados por la nobleza laica y eclesiástica— los que predominaron.

Si un viajero escucha a una corneja graznando a la izquierda lo puede interpretar como un signo de buen viaje.

El estudio de los excrementos o los estornudos de los animales de trabajo -caballos o bueyes- permite conocer si el día nos trae buenos o malos augurios.

Arrojar unos granos de cebada sobre el fuego del hogar y contemplar como saltan es una señal de peligro.

Numerosos adivinos se ponían en contacto con los muertos. Era frecuente que el adivino se sentara en un cruce de caminos sobre una piel de toro -con la zona ensangrentada vuelta sobre la tierra- para recibir las comunicaciones de los difuntos, en el silencio de la noche. De esta manera podían predecir catástrofes o brindar soluciones a diferentes problemas.

La mujer era la mediadora entre los vivos en la tierra y los muertos en el cielo.

 Para curar a los niños enfermos se les introducía en una excavación cerrada con espinos, situada en una encrucijada. Si la madre tierra se empapaba de la enfermedad, el niño dejaba de llorar y estaba curado.

Si se desea que un hombre sea impotente se podía conseguir anudando una cinta a cada una de las prendas de vestir de ambos cónyuges.

Si la mujer no deseaba quedarse encinta se desnudaba, se embadurnaba en miel y se revolcaba en un montón de trigo, recogiéndose con cuidado los granos que habían quedado pegados a su cuerpo. Esos granos eran molidos manualmente al contrario que de la forma habitual, de izquierda a derecha. El pan resultante de esa harina se ofrecía al hombre con el que se mantendría la relación sexual. De esta manera se «castraba» al varón y no se engendraban niños.

La sangre de las menstruaciones, la orina de ambos sexos o el esperma del hombre también eran considerados potentes afrodisíacos.

Un afrodisíaco utilizado en la época era la introducción de un pez vivo en la vagina de la mujer, donde quedaba hasta que moría. El pez era cocinado y servido al marido que de esta manera se cargaba de potencia sexual. Otro sistema sería amasar la pasta del pan en las nalgas de una mujer o sobre sus partes genitales, provocando así el deseo del hombre perseguido.

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La Violencia y la Muerte en la Edad Media Los Castillos Tecnicas

VIOLENCIA Y MUERTE EN LA EDAD MEDIA

resumen de la edad media 

Violencia y Muerte:

La sociedad altomedieval vivía inmersa en la violencia. Aún estaban presentes en la memoria colectiva las invasiones germánicas cuando el Islam azotó algunas zonas de Europa, especialmente la península Ibérica.

 

Pero también podían aparecer en cualquier momento bandidos -llamados baguadas en lengua galaica- que asolaban cosechas, mataban campesinos y violaban mujeres. Si caían en manos de las tropas reales estos bandidos eran condenados a muerte o a la esclavitud pero su presencia motivaba gran angustia e inquietud en la sociedad franca de la época.

Estos frecuentes ataques provocarán el encastillamiento de la población, primero en sus pequeños refugios y posteriormente en el castillo del señor feudal.

Los incendios eran otra muestra de la violencia cotidiana, atacando a la comunidad. No resultaba difícil incendiar aquellas casas de techumbre de madera y paja o los graneros por lo que las leyes eran contundentes en los castigos.

Los salios imponían fuertes multas a los causantes de estos incidentes, obligando a pagar indemnizaciones a los familiares de los muertos y a los heridos. El pirómano podía ser condenado al destierro o trabajos forzados en las minas dependiendo de su condición social, según la ley romana mientras que si los daños eran graves la muerte sería su condena.

Los incendios no sólo afectan a hogares aislados sino a ciudades enteras como en los casos de Bourges (584), París (585), Orleans (580) o Tours en varias ocasiones. Los cristianos buscaban las causas de estos sucesos en las vidas licenciosas de los habitantes por lo que había que buscar refugio bajo el signo de la cruz pintado en el dintel de las casas o las reliquias de algún santo o mártir.

Con motivo de uno de los incendios sufridos por la ciudad de Burdeos «la casa del sirio Euphrôn, a pesar de haber quedado rodeada por las llamas, no se vio en absoluto perjudicada» ya que había colocado en uno de sus muros un hueso de uno de los dedos de san Sergio.

La violencia debía de ser algo cotidiano según podemos advertir en los escritos de los literatos de la época. Pero esta violencia no sólo afectaba a laicos sino también a los religiosos. Conocemos el caso de las monjas del monasterio de la Santa Cruz de Poitiers que maltrataron a la abadesa y al obispo y reunieron «una tropa de hechiceros, asesinos y adúlteros» para atacar su propio monasterio.

También se ha constatado el caso de un obispo de Le Mans que hizo castrar a sus clérigos por estar descontento con sus actitudes.

A comienzos del siglo X la instigación del conde de Flandes motivó el asesinato del arzobispo Foulque de Reims. Para evitar el derramamiento innecesario de sangre la ley salia establecen castigos monetarios: tres puñetazos se multan con 9 sueldos; una mano arrancada, un ojo saltado, un pie cortado o una oreja cortada son 100 sueldos de multa, que se rebajan si el miembro aún cuelga.

Ese mismo importe supone la lengua cortada «de tal forma que ya no pueda hablar».

Resulta curioso diferenciar las multas para los cortes de dedo: si se trata del índice la multa es de 35 sueldos mientras que si el seccionado es el dedo meñique sólo serán 15 sueldos. La razón: el índice sirve para tensar el arco, instrumento fundamental para la defensa y la caza. Resulta lógico pensar que en una sociedad tan violenta la venganza estaba a la orden del día.

Cuando se realiza un homicidio la familia de la víctima debe vengar su muerte, ya sea en la persona del culpable o de algún miembro de su familia. Cuando el joven Sicharius conoce la muerte de sus padres, comenta: «Si no vengo la muerte (…), no merezco seguir llamándome hombre sino que me tengan por una débil mujer».

Su reacción será cortar la cabeza del asesino con un serrucho. De esta manera ha vengado a sus víctimas pero inicia una cadena interminable de sangre y muerte como las que hace referencia Gregorio de Tours en el siglo VI. Era frecuente que las víctimas de la venganza fueran expuestas de manera pública para exhibir que la obligación había sido cumplida.

No en balde, las leyes hacen referencias a que «si alguien quita la cabeza de un hombre que sus enemigos han clavado en una estaca sin contar con alguna otra persona (…) tendrá que pagar 15 sueldos». Para solucionar este tipo de venganzas la reina Brunehaut utilizó un sistema bastante reprochable: hizo que sus sicarios mataran a hachazos, después de haberles emborrachado, a los miembros de dos familias que estaban enzarzadas en guerras de venganza. Pero existía otro método menos violento para detener la venganza.

Si la familia del finado exigía el pago de un cantidad de oro y el asesino aceptaba, se detenía la venganza. Esta acción se denominaba wergeld o composición. Sin embargo, el temor a ser considerado cobarde pesaba en numerosas ocasiones y la venganza seguía su curso. Otra muestra de la violencia altomedieval eran las injurias y los insultos.

Al estar relacionado con el honor se ha llegado a legislar sobre el asunto. Si no se respondía a una injuria o insulto se daba por sentado que se aceptaba el calificativo mencionado.

Las multas que se imponían por los insultos sitúan el calificativo de prostituta como el más vil ya que estaba castigado con 45 sueldos. La mención a la pederastia se castiga con 15 sueldos y el resto de calificativos relacionados con descréditos se castigan con 3 sueldos de multa: chivato, traidor, zorro, homosexual, etc.

En un mundo cargado de violencia y muerte tenemos que hacer referencia a los cementerios, advirtiéndose distintas costumbres entre los variados pueblos europeos. Los romanos enterraban a sus muertos fuera de los muros de la ciudad, en diferentes tumbas que se sucedían a lo largo de las vías.

Los merovingios también siguieron esa costumbre, enterrando a los fallecidos en las afueras de los poblados. Los germanos desarrollaron unos particulares cementerios rurales situados en la vertiente sur de una colina y en las cercanías de una fuente, situando las tumbas en hilera.

Los francos enterraban los cadáveres desnudos, rodeando la fosa con piezas de piedra como si se tratara de un sarcófago. En algunos enterramientos se han encontrado a los niños sepultados en grupos, junto a las tumbas de sus padres.

En algunas zonas se practicaba la incineración, especialmente en los siglos V y VI, para evitar que los muertos regresasen a atormentar a los vivos, de la misma manera que se ponían arbustos espinosos sobre la tumba.

 El muerto era trasladado desde la aldea al cementerio en cortejo, colocado sobre unas parihuelas y cubierto con un paño sus ojos, transportado a la altura de las rodillas. Una vez enterrado los familiares acudían regularmente a la tumba para celebrar banquetes funerarios.
En el cementerio se reproducía el mundo de la aldea. Los muertos eran enterrados vestidos con sus pocas o muchas pertenencias -armas, herramientas, joyas, collares, peines, pinzas de depilar,….
En algunos enterramientos se han encontrado caballos sacrificados quizá para conducir a la tierra al difunto en la celebración de la fiesta de Jul, el 26 de diciembre. También se depositaban a los pies del finado jarras de cerámica o cristal con alimentos para el viaje al más allá, reminiscencia pagana al igual que la moneda en la boca para pagar el óbolo a Caronte, el barquero con el que se debía cruzar la laguna Estigia.

En las culturas cristianas se sustituyó la moneda por una hostia, lo que motivó la prohibición de la Iglesia. Las culturas germánicas hacían todo lo posible para que el muerto estuviera tranquilo en su tumba.

Esa es la razón por la que a los niños muertos al poco de nacer se los empalaba debido a que el inocente no podía estar bajo tierra. Para asegurar la tranquilidad de las tumbas había que protegerlas contra las violaciones de los vivos, práctica bastante corriente como han podido constatar los arqueólogos. Estos delitos traían consigo como catastrófica consecuencia el regreso del difunto por las noches para atormentar a los vivos.

Legalmente el violador de tumbas era castigado con una fuerte multa y la condena al ostracismo más absoluto hasta que no abonara el castigo. Hacia la mitad del siglo VIII la Iglesia consigue que el cementerio rodee el templo, creando de esta manera una mayor esperanza de protección y salvación. Las tumbas de los personajes importantes pasaban a ubicarse bajo el pavimento de la iglesia.

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