La Mayor Tragedia Naval de la Historia

Historia del Hundimiento del TITANIC Causas de la Tragedia Explicacion

Historia del Hundimiento del «TITANIC»
Causas de la Tragedia

El TITANIC, la primera clase más lujosa del mundo

La botadura del Gigante del Océano tuvo lugar el 31 de mayo de 1911 en Belfast, y en el año que transcurrió hasta su singladura inaugural se llevó a cabo a gran velocidad el equipamiento interior y la decoración de aquella embarcación suprema. El barco tenía licencia de las autoridades británicas para transportar a 3300 pasajeros, además de la necesaria tripulación. S

in embargo, debido a la suntuosa decoración de la primera clase, el Titanic sólo ofrecía plaza a 2400 pasajeros, 750 de ellos en la mencionada primera clase.

En las cifras se refleja la preferencia dedicada a la categoría de lujo, que además de todas las comodidades, como la amplitud de las suites, también disponía de una cancha de squash, una piscina cubierta, magníficos comedores y salas de fumadores, bibliotecas, cafés, una cubierta de paseo y cubiertas privadas pertenecientes a las suites.

La segunda clase del Titanic estaba equipada con el mismo confort con que se había dotado la primera clase de los barcos más antiguos. Y también en tercera, el Titanic establecía nuevos baremos: hasta entonces los barcos equipados con grandes dormitorios comunes, pero el Titanic disponía de cabinas de tan sólo cuatro pasajeros cada una, con camas dobles y literas.

La travesía también debía resultar agradable para los viajeros de segunda y tercera clase pues, además, los muchos emigrantes que se dirigían a América constituían la fuente de ingresos más segura. Había cabinas de tercera clase a partir de un precio de 36 dólares estadounidenses, y de segunda, a partir de 60 dólares.

el titanic navegando

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DESCRIPCIÓN DE LA HISTORIA DEL HUNDIMIENTO:

Era la noche del 14 de abril de 1912. Sobre la cubierta del transatlántico Titanic, el marinero de guardia Federico Fleet oteaba en la noche fría y serena. El transatlántico, el «insumergible», la más grande y hermosa nave del mundo, avanzaba majestuoso en la quinta noche de su viaje inaugural hacia Nueva York. Se encontraba a 700 Km. al sur de Terranova y a 1.900 de Nueva York.

A las 23 y 40, Fleet vio de pronto frente a sí una enorme masa blanca en medio de la oscuridad. Observó un instante y llamó inmediatamente por teléfono al puente de mando.

—¿Qué sucede? —-habló la voz del oficial que atendió el teléfono.
—Un témpano, frente a proa.
—Está bien.

Prontamente se interrumpió el ruido de las maquinarias y él barco se preparó para retroceder. Fleet observaba con espanto acercarse cada vez más la inmensa montaña de hielo, mucho más alta que el castillo de proa. El marino se hallaba espantado, esperando el encontronazo. Pero luego, ya en el último momento, la proa comenzó a doblar a la izquierda, mientras la montaña de hielo se escurría por el flanco derecho de la nave.

El peligro parecía haberse conjurado. Mas el témpano, con un espolonazo bajo las aguas, había abierto una enorme hendidura en el casco del buque. En el recinto de la caldera N9 6, el fogonero Fred Barret estaba hablando con el segundo oficial de máquina, cuando se encendió la luz roja de alarma.

Se sucedió en seguida un estruendo ensordecedor mientras toda la pared de acero de la embarcación se abrió, dejando pasar un torbellino de espuma blanca…

Así murió el Titanic, el insumergible. A las 2 y 20 del día 15 de abril, el imponente buque, después de haberse empinado, comenzó a deslizarse bajo el agua. Hasta que al fin, en una nube de espuma, las aguas cubrieron el asta de la bandera de popa. Con la nave desaparecieron 1.502 personas.

De este modo, con semejante tragedia, el mundo empezó a conocer qué cosa era un témpano: empezó a conocer su misteriosa vida, su tremendo poder, el peligro mortal que representaba para las travesías a bordo.

Desde un principio, el viaje inaugural del Titanic es marcado por la tragedia.  Se cuenta que al moverse majestuosamente el inmenso barco de 46,329 toneladas de su amarradero en Southampton, queda junto al trasatlántico New York, que estaba anclado.

De pronto se escucharon voces de alarma al enredarse como cordón las gruesas cuerdas de amarre de ambo barcos, y luego empezaron a ser arrastrados junto por alguna fuerza desconocida.

El Titanic fue detenido justo a tiempo luego que la extraña «succión cesó, y en seguida los remolcadores abrieron camino lentamente al New York para llevarlo de vuelta al amarradero.

Una situación idéntica se presentó sólo unos minutos después, cuando el Teutonic también se enredó en las cuerdas del Titanic ylo siguió de cerca varios grados hasta que el Títanic logró deslizarse.

Posteriormente, el trasatlántico fue remolcado hacia el mar abierto y la tranquilidad volvió a la tripulación a su capitán, Edward-Smith.

capitan del barco titanic

El primer oficial Hugh Walter McElroy (izquierda) y el capitán Edward J. Smith a bordo del Titanic.

La cubierta temblaba casi imperceptiblemente ante el empuje de sus imponente turbinas: era el barco más grande, el mejor y el más seguro que se hubiera construido.

Para garantizar esa seguridad, 15 mamparas transversales lo subdividían de proa a popa y un doble fondo significaba una garantía más contra accidentes.  Era, en la mente de todos los que estaban tanto en tierra como a bordo, lo máximo: el barco insumergible.

Después de una breve visita a Cherburgo, el Títanic salió de Queenstown (ahora Cobh), Irlanda, durante la noche del jueves 11 de abril de 1912 y entró al Atlánti­co, en aguas que el veterano capitán Smith conocía muy bien.

Navegó constantemente hacia el oeste sin ningún incidente; el mar estaba calmado y el clima despejado aunque muy frío, al grado de que la tempe­ratura bajó dramáticamente durante la mañana del domingo 14 de abril, y varios mensajes recibidos por el operador de radio del Titanic advirtieron sobre el peligro de encontrar icebergs.

El barco proseguía su marcha a toda velocidad y sus luces titilaban sobre el agua oscura y tranquila: sus máquinas lo impulsaban a una velocidad constante de nudos.  De pronto, justo antes de la medianoche, un vigía gritó: «¡Iceberg al frente !»

Los pasajeros que aún estaban despiertos no se dieron cuenta de lo que ocurría, porque el impacto había sido suave.  Lawrence Beesley, uno de los sobrevi­vientes, declaró que «no hubo ruido de choque o de otra cosa; no se sintió el choque, ninguna sacudida de un cuerpo pesado chocando con otro…»Se dieron órdenes desesperadas para hacer girar el barco hacia el puerto, pero era demasiado tarde.

Cuando empezaba a girar, un inmenso iceberg raspó su estribor a todo lo largo y luego se deslizó a la popa y se perdió en la noche.

El capitán Smith estaba en el puente antes de que su primer oficial Murdoch pudiera comunicar la orden de: «¡Paren máquinas!» Ordenó cerrar herméticamente todos los compartimentos estancos y luego pidió al cuarto oficial Boxhall que hiciera sondeos.

El joven oficial estaba a punto de retirarse cuando el carpintero del barco llegó al puente para informar: «¡Está haciendo agua rápidamente!»

Sobre la cubierta, y no obstante el intenso frío, algunos pasajeros entusiasmados sostenían una «batalla» con bolas de nieve, usando el hielo que el mortífero témpano había depositado durante el breve en­cuentro con el barco, mientras que otro pasajero, que no quería dejar la comodidad del salón de estar, alargó un vaso y pidió a un amigo que «viera si había llegado un poco de hielo a bordo».

Algunos pasajeros preguntaron a los camareros por qué se habían parado las máquinas, y éstos les aseguraron que no había motivo de alarma.  Los camareros actuaban de buena fe, pues hasta el momento creían realmente que todo estaba bajo control.

Allá abajo, sin embargo, la historia era diferente.  Los hombres del primer cuarto de calderas se encontraban nadando en fuertes torrentes de agua que se precipitaban a través de una enorme grieta en el costado del barco.  Lograron llegar al siguiente cuarto de calderas, y luego al siguiente, hasta entrar al número 4, que estaba casi a la mitad del buque y donde aún no llegaba el agua.

Al darse cuenta de que el daño era grave, el capitán Smith fue al cuarto de radio, donde los dos operadores de radio, Jack Phillips y Harold Bride, estaban listos para recibir o transmitir señales, y les dijo que el barco había chocado con un iceberg y quería que estuvieran listos para enviar una llamada de auxilio.

Cuando regresó al puente era obvio que el Titanic se hundía lentamente.  El témpano había abierto un corte en la proa de estribor del largo de la tercera parte de la longitud del barco, y el agua helada del Atlántico entraba incontrolable y copiosamente.

A las 00:25, unos minutos después de la colisión, el capitán Smith ordenó que se descubrieran los botes.  Diez minutos después regresó al cuarto de radio para ordenar a los operadores que empezaran a transmitir, agregando perturbado: «Podría ser la última oportunidad».  Inmediatamente, el llamado urgente crepitó en la noche transmitiendo lo que había ocurrido, dando la señal de llamada MGY del barco y su posición, y pidiendo ayuda urgente.

La señal fue captada por dos trasatlánticos, el Frankfort y el Carpathia, y el capitán de este último preguntó dos veces a su operador si había leído correctamente el mensaje, pues no creía que el «insumergible» Titaníc pudiera hallarse en problemas.

Cuando se confirmó el llamado de auxilio, ordenó a su operador responder que iría al rescate a toda velocidad, y pidió a sus ingenieros que le dieran «toda la información que tenían».

Mientras tanto, los camareros del Titanic iban de camarote en camarote, tocando a las puertas y pidiendo a los ocupantes que se pusieran ropa adecuada para el frío y se dirigieran a las estaciones de botes con sus chalecos salvavidas.

Todavía ignorantes de la gravedad de la situación, la mayoría de los pasajeros hicieron lo que se les pidió, aunque algunos se negaron a salir del calor de sus camarotes por lo que consideraban simplemente un inesperado y desconsiderado ejercicio de adiestramiento para evacuación.

Los botes fueron colgados y se dio la orden: «¡Mujeres y niños solamente!».  Al principio hubo renuencia a abandonar el barco porque éste parecía tan seguro, tan cómodo comparado con los frágiles botes.  Beesley declararía después: «El mar estaba tranquilo como un lago interior, excepto por el suave oleaje que no podía provocar movimiento alguno a un barco del tamaño del Titanic.

Permanecer en cubierta, a muchos metros por encima del agua que golpeaba indolentemente contra el costado brindaba una sensación de maravillosa seguridad…»

 Todos se comportaban de manera calmada, casi indiferente.  Hasta ese momento no había aparecido el pánico que reina en otros barcos en circunstancias parecidas ante el peligro de perder la vida ahogados; sólo se presentó una desagradable escena entre los pasajeros de tercera clase, misma que fue controlada rápidamente por los oficiales

Finalmente, los botes empezaron a ser cargados de pasajeros y bajados lentamente, aunque en realidad no los depositaron en el mar, porque el capitán Smith recibió las respuestas a su señal de socorro, especial­mente por parte delCarpathía que informó estar a sólo 60 millas de distancia y aseguró que llegaría en cuatro horas.

Sin embargo, el capitán pronto se dió cuenta de que su barco se hundía más cada minuto que pasaba, y sabía que, al hundirse la proa y levantarse el estribor sería más difícil bajar los botes, algunos de los cuales sólo estaban ocupados a la mitad de su capacidad, pues muchas mujeres se rehusaban a dejar a sus esposos.  La esposa de Isador Strauss fue una de ellas y expresó firmemente: «Donde tú vayas, yo voy».  Así, permanecieron juntos… y murieron juntos.

Mientras los botes chapoteaban abajo, las notas de Nearer My God to Thee flotaron en la noche, emiti­das por un grupo de músicos del barco que se había reunido en la cubierta con sus instrumentos.

Algunos pasajeros se unieron al canto, otros miraban fijamente sobre el costado del barco para echar una última mirada y prolongada vista hacia los rostros de sus seres amados antes de que se volvieran indistinguibles en la oscuridad.  Las tripulaciones de los botes salvavi­das estaban integradas casi todas por camareros y fogoneros, pues los oficiales y casi todos los marineros permanecieron a bordo para ayudar a los que se quedaban.

Dos horas después de que chocara el trasatlántico, el capitán Smith ordenó: «¡Abandonen el barco! ¡Cada hombre por sí mismo!» El permaneció en el puente y no se le volvió a ver.  A pesar de la orden, Phillips y Bride aún estaban transmitiendo, urgiendo a los barcos que venían en su rescate para que se apresuraran, hasta que la energía falló y salieron a cubierta.

Los de los botes miraban hacia atrás al imponente barco que se hundía.  El barco, de casi 300 metros de largo con cuatro enormes chimeneas y que todavía brillaba con la luz resplandeciente de claraboyas y salones, ahora estaba bajo por las amuras y hundiéndose despacio pero perceptiblemente.

El ángulo se hizo más abierto al levantarse el estribor, luego se inclinó hasta alcanzar una posición casi vertical y permaneció unos momentos así, casi inmóvil.  Al balancearse, todas sus luces se apagaron de repente y se produjo un profundo estruendo cuando toneladas de maquinaria se cayeron y rompieron hacia la proa.  En seguida el enorme trasatlántico se deslizó hacia adelante y hacia abajo, cerrándose las aguas sobre él como una mortaja.

Poco después de las 04:00 horas, el Carpathia que realizó una peligrosa carrera en las aguas a una velocidad hasta entonces desconocida (para él) de 17 nudos, llegó al escenario de la tragedia a las 08:00 horas había rescatado a los ocupantes de todos los botes.

Con él estaba el California, un trasatlántico que se había detenido durante la noche a menos de 10 millas del Titaníc y cuyo capitán sería severamente criticado por no observar los cohetes de auxilio del navío accidentado.

El mundo entero quedó conmocionado cuando se proporcionó el saldo final del desastre.  De las 2,206 personas a bordo, 1,513 murieron o desaparecieron; la mayoría eran miembros de la tripulación y pasajeros varones del mayor desastre marítimo de todos los tiempos.

La investigación dio como resultado la creación de la International Ice Patrol(Patrulla Internacional del Hielo) así como una reglamentación más estricta en cuanto a la provisión de suficientes botes salvavidas para acoger a todas las personas que están a bordo de los barcos.

Datos concretosTitán (Futility)Titanic
Pasajeros2.1772.227
Botes salvamento2420
Tonelaje70.00066.000
Longitud240 mts.268 mts.
Velocidad Impacto24 nudos23 nudos
Número de hélices33
Lugar de partidaSouthamptonSouthampton
Lugar de naufragio400 millas Terranova400 millas Terranova
Supervivientes705605
Eslora275 mts.300 mts.
Velocidad máxima25 nudos25 nudos
Botes salvavidas2420

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Así cuenta el accidente Víctor Suero en su libro: «Historias Asombrosas Pero Reales»:

La gran publicidad del Titanic, apoyada en la soberbia inglesa de la época, anunciaba que «Ni Dios podía hundirlo», pues jamás se había construido un buque de esas características de lujo, capacidad, y seguridad. Sus 14 compartimentos estancos, y su doble fondo, garantizaban (lo cual es sólo una manera de decir, tal como lo mostró la historia) que aquella nave pudiera llevar el mote de insumergible que le habían puesto sus dueños, la compañía inglesa White Star.

El capitán, Ernesl Smith, era un hombre de la mayor experiencia y la tripulación toda fue elegida entre los mejores. Tenían todo a favor. Pero comenzaron a darse una cantidad de hechos que llevaron al desastre. Es posible que allí hayan trabajado juntos la chica del pelo suelto, la casualidad, y el duro trabajador de jeans gastados, el destino. Lo que parece seguro es que, si uno analiza ciertos detalles de lo ocurrido, casi no quedan dudas de que los del Titanio pagaron carísima su soberbia.

A las 21.40 del 14 de abril de 1912 el Messaba, un buque que navegaba por la zona, envió al Titanic un aviso de hielos flotantes. Este mensaje no llegó nunca al puente de mando porque se consideró que «esas cosas» no afectarían a semejante nave.

Por lo tanto, siguieron navegando a 22 nudos, casi a toda máquina. Un nuevo navío, el Baltic, también advirtió sobre los hielos con un mensaje de alerta. George Ismay, director ejecutivo de la White Star, se ufanaba mostrando el telegrama aun a los pasajeros, diciendo que lo bueno de estar a bordo de algo como aquello hacía que no den importancia a esos detalles. Todos reían felices y seguían brindando. A las 23.40 se produce el choque, que abre todo un costado del buque a lo largo de cien metros. Pero el capitán Smith ni siquiera se inquieta.

Nada de avisos al pasaje, ni estado general de alerta máxima, ni cambios en la alegre rutina. Aquel barco era «insumergible», según todos aseguraban. La orquesta seguía tocando y la fiesta a bordo continuaba mientras los pasajeros jugaban con los trocitos de hielo que habían caído sobre la cubierta.

Era insumergible, era insumergible. No había nada que temer. Pero comenzó a hundirse, clavándose en el mar como un cuchillo filoso en la manteca caliente. Sólo había dieciséis botes salvavidas cuando debieron ser 48. ¿Para qué tantos si era insumergible, era insumergible? De todas maneras había que cumplir con las reglas y avisar de la colisión a «Iros buques.

La radio emitió el pedido de auxilio pero el Californian, a solamente ocho millas del lugar, no lo recibió porque su radiotelegrafista había desconectado el aparato hacía apenas diez minutos, enojado por el trato altanero que había recibido hasta entonces de sus colegas del Titanic, que alardeaban de su buque y se comportaban como si dieran de una casta superior. La soberbia, el peor de los pecados, se pagaría muy cara. Pero el destino tenía preparadas otras jugadas increíbles.

Murieron 1.513 de las 2.224 personas que iban a bordo. Los sobrevivientes, rescatados hacia las cuatro de la mañana por el transatlántico Carpathia, describieron escenas de valor y confusión. Como el Titanio solo contaba con botes salvavidas para la mitad de sus ocupantes, los oficiales del barco ordenaron que las muje
res y los niños fueran evacuados en primer lugar. Muchos pasajeros y miembros de la tripulación sacrificaron sus puestos. Pero la evacuación fue tan desorganizada que muchos botes fueron soltados antes de estar llenos.

Los pasajeros pobres, inmigrantes amontonados en los entrepuentes de la parte inferior, no pudieron hablar nunca del accidente: la mayoría lo averiguó demasiado tarde, cuando el barco se deslizaba bajo el agua. Murieron junto a aristócratas y magnates, con la orquesta del salón de primera clase tocando hasta el final.

El desastre, uno de los peores de toda la historia naval, provocó reformas importantes. Se estableció la Patrulla Internacional del Hielo para prevenir a los barcos del peligro de los icebergs del Atlántico Norte, y en 1913 se estipuló que los barcos debían llevar botes suficientes para todos los pasajeros.

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EL RESCATE

Casi dos horas después llegó al sitio de los hechos el «Carpathia». Su capitán dio orden de subir a bordo a todos los sobrevivientes, descubriendo que sólo alcanzaban la cifra de 711; vale decir, habían sucumbido cerca de mil quinientas personas.

Antes de emprender viaje a Nueva York con los sobrevivientes del holocausto, el «Carpathia» recorrió por última vez el contorno donde se había hundido el «Titanic» y su capitán ordenó un breve servicio fúnebre que fue seguido con profundo recogimiento y silencio por los presentes.

Pronto, también, llegaron hasta la zona del desastre el’ ‘Californian» y, posteriormente, el «Mackay-Bennett», que se dedicaron a la muy triste tarea de rescatar los cadáveres a la deriva.

Fue precisamente el «Mackay-Bennetf’ el que encontró 306 restos. Al distinguirlos daban la impresión de una bandada de gaviotas posadas sobre el agua. Flotaban en posición vertical, «como si caminaran en el agua», y la mayor cantidad de cadáveres estaba reunido en un grupo grande, rodeado por escombros del gran barco siniestrado.

Los tripulantes ocuparon toda una jornada para subir los infortunados cuerpos sin vida a cubierta. Fue una labor tensa y amarga. Muchas de las víctimas presentaban aplastado el cráneo y extremidades. Algunas mujeres sujetaban fuertemente a sus pequeños hijos en los brazos. Muchos rostros estaban tan magullados que resultaba imposible el reconocimiento.

Quienes no pudieron ser identificados recibieron inmediatamente sepelio en el mar.

A las 20:00 horas del domingo 21 de abril se oficiaron las honras fúnebres. El ingeniero Fred Hamilton, del «Mackay-Bennetf ‘, las describió de la siguiente forma en su diario de vida:

«El toque a muerto de la campana convoca a todos en el castillo de proa, donde treinta cadáveres van a enviarse a las profundidades; cada uno va envuelto en lona, cosida cuidadosamente, después de agregarle lastre.

La luna creciente arroja sobre nosotros una luz tenue, mientras la nave se bambolea entre el gran oleaje. El servicio fúnebre es dirigido por el Reverendo Canon Hind; durante casi una hora se repiten las palabras: ‘Puesto que así lo has dispuesto… entregamos este cuerpo a las profundidades…’ y, a cada intervalo, sigue el ¡plas! al zambullirse el cuerpo lastrado en el mar, cuya profundidad, en ese lugar, es de más de tres kilómetros. ¡Plas! ¡Plas! ¡Plas!»

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LA LLEGADA DEL «CARPATHIA» A NUEVA YORK

El jueves 18 de abril arribó a Nueva York el vapor «Carpathia», de la Compañía Naviera «Cunard», con los sobrevivientes del’ ‘Titanic». Más de treinta mil personas se agolparon en las calles para recibir a los protagonistas de tan espantosa tragedia.

El desembarque fue rápido y expedito debido a una eficiente coordinación de las autoridades portuarias. A su vez, la policía tuvo que desplegar todos los esfuerzos posibles para mantener a raya a cientos de periodistas que trataban infructuosamente de acercarse a los sobrevivientes. Asimismo, en el muelle permanecían estacionadas ambulancias y camillas para ciento veinte pasajeros que tuvieron que ser conducidos al Hospital de San Vicente.
En las calles adyacentes, la multitud expectante presenciaba con un silencio sepulcral el paso de las ululantes ambulancias.

Los escasos tripulantes y miembros de la oficialidad del ‘ ‘Titanic» que se salvaron de la catástrofe fueron trasladados de inmediato al vapor «Capland» para ser enviados a Inglaterra.

La prensa neoyorquina se ocupó del tema por largo tiempo, culpando del desastre a la irresponsabilidad de la compañía naviera y fustigando fuertemente a su director general, Joseph Bruce Ismay, quien debió comparecer ante una Comisión del Senado estadounidense encargada de investigar las causas de la tragedia y las responsabilidades que les cabían a sus propietarios y oficiales.

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INVESTIGACIÓN DE LOS ORÍGENES DEL NAUFRAGIO

Mr. Ismay, abatido por la magnitud de los acontecimientos, relató varias veces su versión de los hechos y tuvo muchas dificultades para explicar por qué fue uno de los primeros en abordar un bote salvavida, en circunstancias que sólo se permitía embarcar a mujeres y niños.

Dijo nerviosamente, y tratando de ser convincente, que cuando había ocupado el bote en que se había logrado salvar, a sus alrededores no se encontraba ninguna señora que hubiera querido ocupar el lugar que él tomó. Pese a su defensa, la prensa lo tildó de cobarde e irresponsable, pues, también, lo acusaron de haber mantenido bajo presión al capitán Smith para que le imprimiera al vapor una velocidad temeraria, pese a las señales de peligro que había recibido.

En el desarrollo de la investigación -más adelante- salió a luz que Mr. Ismay, temeroso de las responsabilidades que iba a tener que afrontar, trató de transbordarse a otro vapor, en alta mar, para regresar a Europa, lo que no consiguió.

Finalmente, las dos comisiones que investigaron el naufragio del «Titanic» -una americana y otra inglesa- llegaron a la misma conclusión. Coincidieron en que el vapor había avanzado a gran velocidad en una zona de alto riesgo, plagada de icebergs.

La tripulación -obedeciendo estrictas instrucciones de los propietarios de la compañía- debía cumplir un apretado itinerario en el menor tiempo posible, aun cuando eso significara cruzar a toda máquina bancos de niebla, campos de hielo o flotas de barcos pesqueros. El «Titanic» pagó altísimo precio por la locura de reducir los tiempos de travesía del Atlántico.

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Puedes leer un libro sobre esta maravilla flotante del autor Roberto Blanc, que gentilmente lo ha enviado para que sea compartido con los navegantes interesados en el tema:

libro sobre el concorde

Accidente Aereo en los Andes Historia de la Tragedia Cronología

Accidente Aéreo de los Deportistas en los Andes
Historia de la Tragedia y Cronología

EL ACCIDENTE DE LOS ANDES:

La noticia conmovió al mundo. El viernes 13 de octubre de 1972, un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya, con 45 personas a bordo —la mayoría, integrantes de un equipo de rugby del club Old Crhistians—, rumbo a Santiago de Chile, desapareció en medio de los Andes a poco más de una hora de haber despegado de Mendoza. Lo buscaron durante diez días, pero no hallaron rastros de la aeronave y dieron por muertos a sus pasajeros. Sin embargo, el 22 de diciembre todo el planeta habló de un “milagro”: otro final se había escrito en los picos helados. Dieciséis uruguayos le habían ganado a la muerte durante 72 días, sobreviviendo en condiciones extremas. (abajo: foto del equipo)

COMO SE ORGANIZARON Y LOGRARON SOBREVIVIR: La fe en Dios, contagiada al resto de sus compañeros por un grupo de los sobrevivientes, mantuvo viva la llama de la esperanza entre quienes bien podrían haberse considerados condenados a un destino peor que el fallecer en el impacto del avión contra la montaña. Y ésta es la parte del milagro que, como tal, es la más difícil de explicar con palabras. En cambio, sí es notable reconstruir cuál fue el programa de salvación material al que se aplicaron estos náufragos de la cordillera para aprovechar al máximo sus escasas posibilidades de supervivencia. (imagen del avión que transportó luego a los rugbiers)

Un tema es éste que dará para mucho a los especialistas e Investigadores, par cuanto los 71 días pasados en medio de las condiciones geográficas y climáticas más adversas convierten a los 16 sobrevivientes del avión uruguayo en dueños de un récord en esta insólita dimensión de la tragedia.

En una alta quebrada de loa Andes, con el mismo lugar donde finalmente se detuvo el maltrecho fuselaje del avión, luego de deslizarse por una ladera desde un punto mucho más elevado donde se produjo el choque, el grupo se estableció para poder soportar la adversidad del mejor moda posible.

sobrevivientes de los andesPese al tremendo Impacto emocional sufrido, la serenidad prevaleció. Conscientes de que la clave para conservar sus vidas era no perder la calma, los más decididos intentaron con éxito la organización que, a la postre, darla resultado. No fue fácil, ni tampoco —según se desprende del relato de los jóvenes rescatados— faltaron los momentos de desesperación.

La reiteración de la desgracia, cuando un alud de nieve sepultó a ocho de sus compañeros, fue un serio golpe. También lo fue, y no menos grave, el conocimiento que tomaron a través de la radio de que apenas transcurrida una semana del accidente decaían ya las tareas de búsqueda oficial.

El Fairchild F27 – 571 que se estrelló en las montañas había despegado el jueves 12 de octubre del aeropuerto de Carrasco, en Montevideo, con dirección a Santiago de Chile. En el camino, debió aterrizar en Mendoza, debido a las condiciones climáticas, desde donde despegó al día siguiente.

Pero todo esto, junto con el inevitable desgranar de las vidas de aquellos que sobrevivían con gravísimas heridas, se fue convirtiendo más que en desgaste en un temple para la voluntad de seguir en pie de los accidentados. Cuando habían pasado los primeros 15 días, estos hombres ya sabían de lo que eran capaces. Nada peor podría ocurrirles y en todo caso, la recompensa por la lucha era la vida.

Como modernos “robinsones” , librados a sus propias fuerzas, llegaron a dominar la rutina de la supervivencia. Duchos de cultura e instrucción suficiente, cada cual aprovechó su especialidad en beneficio de la comunidad que las circunstancias forzaron de modo tan cruel. El estudiante de medicina tuvo la ocasión más brillante de su vida de hacer práctica general. También había un ingeniero y un estudiante de arquitectura. Se pudo reparar así la radio y mantener aunque sea en escucha, contacto con el resto del mundo.

Pronto el tronchado fuselaje del F-27 se convirtió en habitáculo a resguardo de las inclemencias de la nieve y el viento cordilleranos. Mientras un joven agrónomo obtuvo un resonante éxito entre sus compañeros al reconocer bajo el manto níveo la presencia arbustos y yuyos con los cuales preparar reconfortantes infusiones. Yerba de burro, jarilla y otras plantas conocidas por los arrieros cordilleranos por sus propiedades curativas y estimulantes, se incorporaron  a la magra dieta de la comunidad.

Y fue a la vez esa tarea, el mantenerse ocupados y activos permanentemente, un factor preponderante en la conservación del estado anímico del grupo. Cuando alguna tormenta los obligó a permanecer encerrados y casi inmóviles en su refugio, el fantasma de la desesperación volvió a insinuarse. Allí, como en todos los momentos de más negra pesadumbre, el único consuelo espiritual provino de la oración. Fernando Parrado Dolgay afirma: “Rezamos mucho todos los días, Por las noches nos congregábamos todos a rezar el Santo Rosario. La fe en Dios nunca la perdimos. Tal vea fueron la fe y las ganas de vivir lo que nos salvó …»

Un mes después del accidente, Parrado y otros dos compañeros realizaban una exploración por los alrededores, cuando hallaron la cola del avión, que se había partido en el instante del cheque. Fue un verdadero regalo para los refugiados su contenido. Entre otras cosas, guardaba 20 cartones de cigarrillos y 500 cajas de fósforos.

La alegría les duró días enteros. Pero es lógico suponer que en esta comunidad, cuya gestación fue favorecida por el hecho de que la mayoría de los jóvenes, por pertenecer a la misma institución —el Old Christians, de Montevideo— tenían previamente sólidos vínculos de amistad entre sí, debían adoptar alguna resolución ante la falta de rescate de “mundo exterior” que ya pesaba sobre ellos como una auténtica condena ignoraban entonces que había muchos de sus familiares que tampoco se hablan dado por vencidas. Que algunos realizaban vuelos particulares en aviones contratados. Y que finalmente se había logrado interesar nuevamente a las autoridades en la posibilidad de reanudar la búsqueda. Iban a cumplirse des meses del accidente y habla que hacer algo.

La decisión se tomó con naturalidad. La mañana del lunes 11 de diciembre, el joven Parrado y su compañero Roberto Canessa Urta, vestidos con el mejor equipo disponible y calzando sus queridos zapatos de rugby, emprendieron la marcha hacia el Oeste, en busca de algo o de alguien que pudiera significar la ayuda que necesitaban sus 14 camaradas restantes.

«Salimos sin rumbo fijo» —relató Parrado—.. Aunque temíamos que NO llegaríamos a ninguna parto, una vez que empezarnos a caminar con Canessa, ya teníamos la idea de que para atrás no íbamos a volver. Entre morir de hambre en el avión y lo que nos podía ocurrir adelante, preferíamos morir tratando de llegar a algún lado…» Sus frase son reveladoras. Describan el auténtico estado de ánimo del hombre amenazado por el peligro, cuando calcula con serenidad sus posibilidades.

Que no fue una decisión equivocada, hay ahora un millón de razones para demostrarlo. “Y avanzamos. Y llegarnos, gracias a Dios…”. El final es conocidos por todos. Diez días de marcha entre cañadones y precipicios. La llegada al río donde del otro lado del cauce avistan un arriero a caballo. Gritos, diálogo, un mensaje lanzado con una piedra.

El hombre que llega al retén de carabineros, portador del más insólito “S.0.S.” de todos los tiempos. El pedido de auxilio de 16 náufragos de la cordillera, que llevan 11 días junta a los restos de su avión. Después, la salvación, helicópteros, hospital, el abrazo con los seres queridos, El viento y la nave quedaron detrás, También los cuerpos de 29 compatriotas uruguayos. El sol brilla entre las montañas. Los valientes que viven tendrán que explicar esta historia un millón de veces. Y otras tantas dar gracias a Dios.

EL RESCATE: puestero de los andesEl calor de diciembre ya comenzaba a sentirse en Puente Negro. Y esa era la mejor señal para que Sergio Catalán Martínez llevara a sus vacas a pastar a la montaña, para que se quedaran allí durante todo el verano. Así, acompañado -por Juan de la Cruz, Sergio y César, sus hijos de 10,11 y 12 años, dejó su casa y partió rumbo a la cordillera. A los tres días de camino a caballo, el arriero vio a dos jóvenes que le hacían señas desesperadas desde el otro lado del río. (Foto: Sergio Catalán Martínez, arriero de la zona que los vió)

Pero era de noche y poco podía hacer por esas siluetas que se movían a lo lejos, en la oscuridad. Al alba, el hombre se acercó nuevamente a la orilla y, al ver que uno de los jóvenes seguía allí, tomó un papel y escribió: “Va a venir alguien a verlos ¿Qué es lo que desean?”. Eligió una piedra, la envolvió con el papel y la lanzó con todas sus fuerzas.

Del otro lado del río, Femando Parrado imitó el gesto de aquel hombre y escribió la que define como la carta más linda de su vida:Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace diez días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles.  ¿Cuándo nos van a buscar arriba?.»  olvidó de firmarla, y arrojó la piedra.

El arriero, de 45 años, leyó la nota. Miró a Parrado sorprendido, aún sin poder creer lo que había leído. Igual, le hizo un gesto de que había entendido. Entonces revolvió la bolsa que llevaba con alimentos, tomó cuatro panes y los arrojó hacia el otro lado del río. El arriero no esperó ni un minuto, subió a su caballo y cabalgó sin para hasta Puente Negro, les mostró la nota a los carabinero que avisaron a los militares para que preparasen tres helicópteros.

El rescate era inminente. (Imagen derecha: Cannesa y Parrado con el arriero)

El almanaque marcaba 21 de diciembre. Esa misma tarde, Parrado y su amigo, Roberto Canessa, ya estaban a salvo en una cabaña. Al mismo tiempo, sus compañeros que seguían en el avión sintonizaron la radio y lo primero que escucharon fue que un arriero chileno había encontrado en la cordillera a dos de los sobrevivientes. del avión uruguayo perdido el 13 de octubre. Habían sido 71 días de angustia y desolación, pero la odisea había terminado.

LOS SOBREVIVIENTES HOY: Los dieciséis sobrevivientes de la tragedia de los Andes ya pasaron la línea de los 50 años. Todos —excepto Ramón Sabella, que es el único soltero— se casaron y tuvieron hijos. La mayoría estudió en la universidad y vive en Carrasco, el barrio más coqueto de Montevideo.

Femando Parrado es hoy productor de televisión, dirige cinco empresas en Uruguay y ofrece conferencias sobre manejo de crisis, liderazgo y trabajo en equipo. Roberto Canessa es cardiólogo, se casó con su novia de entonces y tiene tres hijos.

En 1994 se postulé para presidente de Uruguay por el partido Azul. Carlos Páez, hijo del famoso artista uruguayo Páez Viraró, superó problemas de drogas y alcohol y hoy se dedica a las relaciones públicas. los otros que lograron salir vivos de la montaña son: Antonio Vizintín, Pedro Algorta, Alfredo Delgado, Daniel Fernández, Roberto Francois, Roy Harley, José Inciarte Alvaro, Mangino, Adolfo y Eduardo Strauch, Javier Methol y Gustavo Zerbi.

Todos lograron lo imposible, lo que ningún experto —ni los de la NASA— creía que un ser humano podía conseguir: resistir 72 días en las condiciones extremas de los Andes.  Entre ellos hay algo así como una huella común. Comparten recuerdos que no han contado siquiera a sus esposas. Y desarrollaron un sutil sentido del humor a la hora de rememorar aquellos días.

De los 45 pasajeros, cuatro eran mujeres. Ninguna sobrevivió. Por la publicación del libro Viven, el grupo recibió 250 mil dólares, y la película les dejó 300 mil. El libro se tradujo en decenas de idiomas y el filme batió todos los record de taquilla.

LA TRAGEDIA DIA A DIA

Día: 1Luego de despegar á de Mendoza, el avión cae en *la cordillera de los Andes. En el accidente mueren 13 personas y durante la noche 4 más.
5Strauch, Páez, Turcatti y  Canessa inician la primera de las expediciones. Salen caminando en busca de la cola del avión, pero no encuentran nada. Regresan cansados y frustrados.
10En una reunión realizada dentro á de los restos del avión, se decide utilizar los cuerpos sin vida como alimento, dado que en la cordillera no hay nada comestible y las provisiones que poseen se están terminando.
11A través de una radio que se encontraba en el interior del Fairchild, los sobrevivientes se enteran de que el servicio aéreo de rescate ha suspendido la búsqueda en vista a los malos resultados obtenidos.
17En el final de la tarde, cuando todos los sobrevivientes se encuentran dentro del fuselaje del avión, una avalancha que desciende desde la montaña entra en el Fairchild y sepulta a los que estaban ya acostados. Esa noche mueren 8 personas asfixiadas bajo la nieve.
36Parrado, Canessa y Vizintín parten  hacia el Oeste con la intención de llegar a Chile. En el camino, encuentran la cola del avión y en su interior hallan baterías. Deciden volver al avión luego de dos  días para llevar hasta allí la radio.
43Vizintín, Canessa y Parrado llevan a Harley hacia la cola para que este último intente hacer funcionar la radio del avión. No logra conectarla con las baterías.
61Canessa, Parrado y Vizintín salen en la última expedición rumbo al Oeste para buscar ayuda en los valles de Chile. En la noche duermen al lado de una gran roca y dentro de un saco de dormir que habían fabricado.
63Se decide que Vizintín regrese al avión y deje su ración de alimentos a Canessa y Parrado, para seguir con su camino hacia el Oeste.
70Canessa y Parrado encuentran en la orilla de un río al arriero Sergio Catalán, que lleva a los expedicionarios a una cabaña. En la tarde, llega al lugar un grupo de carabineros.
71Dos helicópteros vuelan hacia los restos del avión, siguiendo el rumbo que les indica Parrado y rescatan a solo 6 de los sobrevivientes restantes debido a las malas condiciones climáticas.
72En la mañana regresan los helicópteros y rescatan a los 8 sobrevivientes que quedaban en el avión.
LOS SOBREVIVIENTES

PEDRO ALGORTA
ROBERTO JORGE CANESSA
ALFREDO DANIEL DELGADO
DANIEL FERNÁNDEZ STRAUCH
ROBERTO FERNANDO JORGE FRANGÍS
ROY ALEX HARLEY
JOSÉ LUIS NICOLÁS INCIARTE
ALVARO MANGINO SCHMID
JAVIER ALFREDO METHOL ABAL
CARLOS PÁEZ RODRÍGUEZ
FERNANDO SELER PARRADO
RAMÓN MARIO SABELLA
ADOLFO LUIS STRAUCH
EDUARDO JOSÉ STRAUCH
ANTONIO JOSÉ VIZÍNTIN
GUSTAVO ZERBINO

Fernando Parrado salvó su vida cor una fortuita combinación de hechos: Tras estrellarse en las montañas, el avión Fairchild 571 se deslizó velozmente por sobre la nieve hasta detenerse bruscamente en el Valle de las Lágrimas. El impacto por la desaceleración fue brutal y provocó golpes terribles en varios pasajeros, muchos de los cuales murieron inmediatamente. A pesar de no haber fallecido en el impacto, Fernando Parrado quedó gravemente herido al detenerse la nave, en estado de coma y con el cráneo fracturado. Sin embargo, apenas tres días después, volvió de su estado inconsciente y terminó por recuperarse totalmente, tanto que fue uno de los dos expedicionarios que marcharon durante nueve días hasta los valles chilenos en busca de la ayuda final. Un estudio neurológico realizado hace unos años en la Argentina determinó cuáles habían sido las circunstancias que permitieron la milagrosa recuperación de Parrado.

El estudio fue llevado a cabo por el investigador y médico Conrado Estol, presidente de la Asociación Cerebrovascular Argentina, quien lo publicó en la revista especializada Lancet Neurology. «Algunos piensan que ha sido un milagro, pero lo cierto es que este estudio demuestra que hubo una combinación de factores que le permitieron superar el mal momento», señaló Estol en su informe, destacando que Parrado

sufrió simultáneamente «fracturas en el cráneo, hipotermia y deshidrataron, que fueron problemas que, paradójicamente, lo ayudaron a mantenerse con vida». En los momentos inmediatamente posteriores al accidente. Parrado fue dado por muerto por sus compañeros, que lo colocaron a la intemperie, afuera del fuselaje en el que se protegieron los sobrevivientes. Sin embargo, alguien notó que aún respiraba débilmente, por lo que se optó por volver a colocarlo en el interior del avión, aunque en un sector que orillaba el exterior en donde el frío era muy intenso.

En esas condiciones. Parrado fue víctima de hipotermia, a lo que se sumó que durante los tres días que duró su estado comatoso no recibió agua ni alimentos, por lo que se deshidrató. Aunque resulte increíble, eso fue lo que permitió que sobreviviera, ya que el edema que se le había formado por el golpe pudo expandirse a través de las fracturas de su cráneo hasta descomprimirse, pero sin crecer desmesuradamente debido al cuadro de deshidratación, al tiempo que el frío permitió la sobrevida de las neuronas que habían sido dañadas por el golpe. «No fue un milagro, sino la coincidencia de las circunstancias adecuadas», destacó Conrado Estol luego de arribar a sus conclusiones.

Fuente Consultada:
Grandes Hechos del Siglo XX –  Diario Clarín
Revista Muy Interesante N° 324 Octubre 2012

Desastre Químico en Seveso: Contaminacion quimica

Desastre Químico en Seveso: Contaminacion Química

DESASTRE QUÍMICO EN SEVESO  (1976): La nube tóxica de Seveso: Una de las peores catástrofes medioambientales del siglo xx en relación con la dioxina tuvo lugar el 10 de julio de 1976 en la pequeña ciudad de Seveso, cerca de Milán. Un fallo humano produjo la explosión a las 12:37 de una caldera en la pequeña fábrica de productos químicos ICMESA (Industrie Chimiche Meda Societá Azionaria), que entonces producía cosméticos.

La nube tóxica que se formó como consecuencia se depositó poco después sobre Seveso y algunas otras localidades colindantes. Durante toda una semana se intentó mantener en secreto la auténtica peligrosidad de la nube, antes de que finalmente se comenzase a evacuar la zona.

La nube contenía unos 2 Kg. de dioxina altamente tóxica y convirtió la región de Seveso en inhabitable durante años. 75 000 animales envenenados tuvieron que ser sacrificados y cientos de personas sufrieron graves daños cutáneos. Las secuelas, conocidas desde la guerra de Vietnam, siguen siendo incalculables para Seveso.

A medio camino entre Milán y los centros turísticos del lago Como, la autopista corta a lo largo el pequeño pueblo de Seveso.  Es una arteria notablemente activa que se extiende desde la contaminación de la ciudad hacia los cielos azules de algunos de los panoramas más asombrosos del mundo.  Durante la temporada pico, decenas de miles de viajeros llegan cada día.

En una mirada echada al pasar, Seveso parece ser el lugar ideal para cortar el viaje y detenerse a comer o cargar gasolina o simplemente para estirar las piernas y explorar.  En verdad, el pueblo se hizo famoso primero por los muebles de excelente calidad producidos en talleres salpicados entre las pintorescas casas de los amistosos y prósperos habitantes.

Después de echar una mirada de curiosidad, virtualmente todos los turistas siguen adelante con un estremecimiento y sin vacilación.  Porque Seveso, una vez orgulloso de su comercio y su turismo, está en las garras de una pesadilla viviente que tal vez nunca termine… El 10 de julio de 1976, una explosión sacudió la planta química ICMESA situada fuera del pueblo y vomitó una nube de polvo bilioso al aire, donde se mantuvo esparciéndose ominosamente sobre las casas y la tierra laborable.

En 24 horas, la vegetación de cara al viento de la planta empezó a volverse amarilla.  Las hojas de las plantas y los árboles se enrollaron y marchitaron y los animales pequeños, misteriosamente empezaron a morir.  Más alarmante aún fue que los niños empezaron a desarrollar llagas en brazos y piernas, manchas rojas y erupciones en la cara y altas temperaturas.  El veneno apenas empezaba a hacer efecto.

Los médicos y funcionarios de ICMESA, propiedad de una gigantesca compañía farmacéutica suiza, estaban totalmente desconcertados con los acontecimientos que siguieron a la explosión de un pequeño reactor en la fábrica que producía herbicidas.

Pasaron días antes de que se dieran cuenta de que la explosión había producido un extraño «coctel» químico de tetraclorodibenzodioxina más conocido para un mundo horrorizado como agente naranja.

Este agente es el ingrediente activo del defoliante usado con efecto tan devastador por las fuerzas estadounidenses en Vietnam.

Pasaron diez días completos antes de que el gobierno regional declarara el área de Seveso contaminada por dioxina.

Y para entonces ya era demasiado tarde, porque ya había una multitud de niños y adul tos que estaban en el hospital, con la cara cubierta con máscaras de gasa para ocultar los terribles desórdenes de la piel que dejarían a muchos de ellos con cicatrices para toda la vida.

Cuando la verdad salió totalmente a la luz, 11,000 habitantes del pueblo huyeron de sus casas, abandonando 40,000 animales de granja y masco tas domésticas a la muerte por los efectos de la nube de veneno.  En el espectral silencio de la que más tarde fue llamada Zona A (el mero corazón de Seveso) esca samente se movía una cosa viviente.

A unos meses del desastre, que todavía es conocido como el «Hiroshima de Italia», el número de niños que sufrían cloracné (una erupción persistente de furúnculos dolorosos en todo el cuerpo causada por dioxina) había aumentado a 417.  Cinco trabajadores de descontaminación contrajeron una enfermedad del hígado, a pesar de trabajar sólo jornadas de cuatro horas y de usar ropa protectora.  Y, en medio de temores de nacimientos anormales, por lo menos 400 mujeres embarazadas de «alto riesgo» fueron sometidas a abortos.  Un médico importante, Paulo Bruzzi, quien hoy en día mantiene un expediente que sigue creciendo sobre la salud de las víctimas de Seveso, dice: «Si esos niños hubieran nacido… ¿quién sabe?»

Varias deformidades fueron registradas en bebés na cidos unos meses después de la explosión de la fábrica ICMESA, pero todo el horror del número de víctimas nunca se conocerá porque muchos huye ron del pueblo cuando el peligro de la contaminación fue descubierto.  Los intentos de sacar información a los médicos en toda Italia se han enfrentado al fracaso.

En una entrevista en agosto de 1981 (cinco años después de que comenzó la pesadilla), el doctor Bruzzi declaró: «Todavía hay un peligro respecto al cual no podemos decir nada.  Se trata del cáncer.  Hemos visto muchos animales muertos aquí… y tengo que decir que si la dioxina afectase al hombre como afecta a los conejos, Seveso habría visto en verdad un gran desastre.  Sin embargo, el cáncer es algo que no podemos olvidar por, quizá, 10 años.  Debemos seguir observan do a Seveso con gran cuidado durante mucho más Tiempo.  Es prematuro tocar campanas de victoria.  Las únicas campanas que suenan en Seveso deben ser de alarma para el mundo».

El gobierno italiano ha declarado que la Zona A debe permanecer cerrada para siempre.  Es un cementerio donde los recursos de un pueblo, una vez prós pero, están sepultados junto con montones de humus de áreas menos contaminadas (Zonas B y R) y los es combros de 300 casas fueron demolidas de inmediato.  Una barda amarilla, de más de tres metros de altura, con letreros llamativos que advierten «zona de cuarentena» rodea el corazón mortal de Seveso, al que sólo se puede entrar con permiso del gobierno por periodos limitados, usando ropa especial de protección, una regla igualmente estricta.  La razón de esta increíble cautela es sencilla: nadie puede estar seguro de si va a haber todavía más tragedias.

Pruebas recientes revelaron que los niveles de veneno en la tierra tomada a un lado del camino en Seveso eran diez veces mayores de lo que se creía.  Las pruebas, llevadas a cabo por un grupo de profesores de la Universidad de Padua, fueron rechazadas por las autoridades como «equivocadas» ‘ Cualesquiera que sean los peligros que todavía subsisten, una cosa es cierta: los 57 millones de libras pagados en compensación por la firma farmacéutica dueña de ICMESA, Hoffman La Roche, nunca van a hacer que Seveso sea totalmente seguro.  En una entrevista, un funcionario del gobierno dijo: «Es cierto que nadie, hasta donde sabemos, ha muerto como resultado de la nube de veneno.  Pero el hecho es que sabemos muy poco sobre lo que enfrentamos.  Todavía no sabemos si hemos sido bastante afortunados».

Igual de arraigados que los horrores de salud rela cionados con el desastre de Seveso, son los horrores psicológicos que subsisten.  Comprensiblemente, la tasa de natalidad entre aquellos que se quedaron o que después regresaron para ser reubicados en «áreas seguras» ha disminuido mucho.  El contratista de cons trucción Ugo Basilico, de 45 años, quien tiene un hijo de 10 años, declara: «Antes de la nube, yo había pensado que ya era hora de que tuviéramos otro hijo.  Pero ahora ¿quién sabe?  El médico dice que es mejor esperar.  Si tienes un bebé con un defecto, ahí está para toda la vida».

Cinco años después de que la nube de veneno ex tendiera su miseria, por lo menos 193 casos de cloracné habían sido registrados.  Sólo puede suponerse hasta dónde se ha extendido la tragedia, porque un poco más de cuatro meses después de que el «coctel» químico, se formase y se extendiese en la atmósfera, huellas de dioxina fueron encontradas en el lodo, en una calle de Milán.  Años de disputas, acusaciones y contraacusaciones entre las autoridades y los funcionarios de ICMESA han hecho muy poco para ayudar a resolver el misterio.

Esos años de indecisión no han hecho nada para amortiguar la pena o alentar la esperanza de jóvenes como la pequeña Alicia Senno, quien tenía sólo cuatro años cuando la nube de la fatalidad ensombreció a Seveso.  Era un caluroso verano, y Alicia vistiendo pantaloncillos cortos y playera había estado jugando alegremente afuera durante días, con su hermana Stefanía, de dos años y medio, y otros amigos del vecindario.

Todos ellos oyeron la explosión, todos vieron elevar se la nube blanca y todos siguieron con sus juguetes y juegos.  Sin una alarma ni palabra de advertencia, siguieron corriendo por allí exponiéndose, sin saberlo, al horrible veneno de la dioxina, que ahora se sabe, es el más potente conocido por el hombre.

Cinco días después de la explosión, Alicia cayó en erma.  Las grotescas erupciones que empezaron a brotar en toda la hermosa carita llegaron como una terrible conmoción para su madre y su padre que, junto con otras gentes del pueblo, no habían sido informa dos de la extensión del peligro sobre su comunidad por un accidente químico.  Sólo después de que la familia fue evacuada de su hogar, la pequeña Alicia, su hermana y su madre fueron internadas en el hospital mientras su padre era puesto temporalmente en un albergue.

Con una máscara de gasa blanca cubriéndole la cara, excepto en las pequeñas aberturas de ojos, nariz y boca, la condición de Alicia empeoró rápidamente.  Los efectos del cloracné estragaron su rostro, dejándola en una extrema aflicción.  Como primera víctima de la nube de veneno, se convirtió en un conejillo de in dias humano, y fue llevada de uno a otro hospital de Milán mientras los médicos se hallaban perplejos res pecto a cómo tratar su extraña enfermedad de la piel.

Se extrajeron muestras del tejido de su rostro para hacer pruebas de laboratorio y ver hasta qué grado podía ser regenerada su piel.  Los horribles furúnculos desaparecieron finalmente, para reaparecer a intervalos regulares, lo que es un síntoma común del envenenamiento por dioxina.  A veces, Alicia todavía tiene que usar esa máscara.  Es una experiencia penosa que agobia su mente a tal grado que ahora se aterra siempre que una figura blanca en uniforme de hospital se acerca.

Gianluca Bragiato, un niño de cuatro años, fue otra de las primeras víctimas del desastre de Seveso.  Después de dejar el hospital, su madre todavía tenía que cambiarle las vendas que le cubrían la cara dos veces al día.  Cuando llegaban visitas al hogar de la familia, él se apresuraba a esconder la cara en el regazo de su padre para ocultar la vergüenza de su deformidad.  Le aterrorizaba mostrar su cara a los burlones compañeros de juego en el jardín de niños cercano y era obligado a mantenerse muy lejos del sol, que hacía que le ardieran dolorosamente las mejillas picadas y llenas de cicatrices.  En el momento de escribir esto.. la condición del joven Cianluca ha mejorado considerablemen te. Su médico sostiene: «Creemos que es curable, aun que puede tomar años».

En dosis increíblemente mínimas, medidas en partes por trillón, el químico puede matar mamíferos.  Después de su uso extendido como defoliante para deforestar en Vietnam, donde miles de hectáreas devastadas están todavía sumamente contaminadas, los expertos han llegado a la conclusión de que sus efectos en los humanos (la duración de los cuales es todavía desconocida) pueden incluir, además de cloracné y defectos de nacimiento, tumores y posiblemente otros desórdenes graves.  Inclusive, como ahora se teme, el cáncer.

Para quienes escaparon de la nube de veneno, hubo la pena de perder sus hogares y todas sus posesiones Muchos están obstinados en que ninguna cantidad de compensación podrá reponer lo que tuvieron alguna vez.  El ama de casa Caterina Rivolta, de 58 años dice: ‘Yo daría cualquier cosa por regresar.  Todos nuestros lindos muebles desaparecieron, y también el jardín que tanto nos gustaba.  Mi esposo y yo ahorramos durante 16 años para comprar nuestra casa.  Ahora lo único que podemos hacer es mirar a través de los boquetes de la barda, sabiendo que no podemos regresar.  Nada, ni siquiera cualquier cantidad de dinero, reemplazará lo que una vez tuvimos orgullosa mente».

Además de la angustia que queda, hay todavía rabia entre la gente de Seveso; rabia no sólo por los estropicios y retrasos que siguieron a la explosión en ICMESA sino también por el hecho de que nadie, ni siquiera los trabajadores de la planta, fueron ad vertidos de los peligros potenciales de los químicos que allí se manejaban.  Sin embargo, ¿quién hubiera podido saber que una extraña reacción daría como resultado la formación de dioxina mortífera a temperaturas quemantes de hasta 158 grados centígrados?

El furioso debate sobre lo que debe hacerse para descontaminar totalmente el área todavía sigue.  Mu chos expertos creen que podría no ser posible nunca.  Pero otros han propuesto pasos radicales para librar al pueblo de su pesadilla.  El profesor Chetti, funcionario regional en jefe de salud de Seveso, dice: «Debimos quemar toda la zona envenenada.  Lo que ocurrió aquí se halla en la misma escala de Hiroshima.  Es una de las catástrofes más horribles del mundo».

 Sin embargo, de la solución del profesor Ghetti se mofan otros expertos, que alegan que arrasar las áreas contaminadas empeoraría el problema.  Argumentan que a temperaturas por debajo de 1,000 grados centígrados, la dioxina se habría elevado hacia el aire como el humo y que, finalmente, habría bajado en algún otro lugar.

Así es que la pesadilla continúa.  Hoy en día, una calavera con huesos cruzados ha sido pintada ruda mente bajo la señal de la carretera que una vez indicaba orgullosamente el nombre del pueblo de Seveso.  Los saqueadores y vándalos, movidos por botines ricos y fáciles a pesar de exponerse a un peligro increíble poco después de las evacuaciones en masa, han desaparecido hace mucho, así como los turistas y los automovilistas que pasan y cuyo comercio mantuvo en progreso al pueblo: «Nos iba muy bien con los vacacionistas que iban al norte  dice el dueño de una estación de gasolina local , pero ya no.  Ni siquiera se detienen a cargar gasolina, a menos que se les esté acabando.  Y en cuanto a comer aquí, bueno, ¿usted qué haría?»

Mientras tanto, en la Zona A, en medio del montón de veneno lleno de escombros que una vez fue el corazón de Seveso, las únicas cosas vivientes que se mueven son los trabajadores descontaminadores con sus trajes protectores que de vez en cuando incursionan en el área de devastación y desolación.  Ningún animal que se aventure a entrar en el área dentro de la alta barda sobrevivirá mucho tiempo.  Ningún pájaro canta nunca en el centro del pueblo, porque mientras las víctimas están todavía milagrosamente vivas, es el pueblo mismo quien ha muerto.