La Medicina a Principio de Siglo XX

Pócimas Secretas de la Brujas Hierbas Usadas Para Los Hechizos

Bebidas Secretas y Mágicas de las Brujas
Hierbas Usadas en los Hechizos

bruja haciendo una bebida magicaSabemos que que desde el origen de los tiempos han existido quienes -mediante una aparente capacidad sobrenatural- manejaron, para mal o para bien, lo que hoy podemos llamar «magia».

La magia surgió cuando los primeros humanos descubrieron la existencia de fuerzas invisibles a su alrededor. Los hombres fueron conscientes de los efectos de la gravedad, la electricidad y el magnetismo mucho antes de que estas palabras se usaran. Pero también, estos primeros hombres descubrieron más cosas de las que han pasado a formar parte de la ciencia.

Intuían la existencia de ciertas fuerzas que residían dentro de las plantas, los animales y las piedras. Se daban cuenta de que había ciertas «energías» en el interior de sus propios cuerpos, capaces de moverse según sus deseos y necesidades. La magia fue surgiendo a lo largo de siglos de experimentación, errores e inspiración. Evolucionó hasta convertirse en un instrumento de poder pesonal, una herramienta con un potencial fantástico, tanto para producir daño como para brindar ayuda.

Durante siglos, los «profesionales de lo oculto» han usado la magia con distintos objetivos, uno de los cuales fue -y sigue siendo- la curación de enfermedades, tanto físicas como mentales.

Brujería: magia y algo de química
«El poder de la magia brota de la propia tierra, las estrellas, el fuego, el agua y nuestro propio cuerpo», sostiene un mago contemporáneo. «La puesta en práctica de la magia consiste en despertar y dirigir tales fuerzas».

La magia de las hierbas es una especialidad que se sirve del «poder» de las plantas. Es el dominio de los inciensos, los ungüentos, las pócimas, los baños y las tinturas.

Hoy sabemos que, además de la magia, la utilización de ciertos vegetales en un aceite o en una pócima, tiene un efecto justificado sobre ciertas dolencias. En otros casos, no existe explicación alguna para resultados fehacientemente comprobados.

Tal es el caso de los ungüentos, usados por brujos y hechiceros para «aniquilar la enfermedad donde quiera que se apliquen». Básicamente, el vehículo utilizado para sus componentes activos es la grasa animal, aunque lo importante sean las sustancias disueltas en ella, activas por vía cutánea (por ello se prefiere untar en zonas de la piel donde ésta es má fina, con rica irrigación sanguínea).

Así, el llamado «ungüento de las brujas», usado para provocar un estado de analgesia y sopor, tenía la siguiente receta: grasa humana, hachís, cáñamo, amapola, eléboro y girasol. Al margen de su carga energética, el ungüento era un verdadero cóctel de narcóticos.

Una mezcla muy difundida en el siglo XVII para curar enfermedades «profundas» (no servía sobre heridas abiertas) consistía en agregar a una base de cera de abejas derretida «4 gotas de cedro, 2 de sándalo, 1 de eucalipto y 1 de cinamomo». Con este ungüento -«cargado» durante su preparación con el deseo de sanar al enfermo- se recobraba, dicen, la salud en no más de una semana.

Para recuperar la capacidad sexual perdida se untaba la»zona afectada» con una mezcla vegetal que, en una base de grasa incorporaba jengibre, eneldo, hierbabuena y vainilla.

La «medicina oculta» hace uso también de aceites que se extienden sobre el cuerpo con el fin de provocar diversas alteraciones mágicas. Así, hechiceras francesas del siglo XVII eliminaban el cansancio extremo con un aceite a base de naranja, lima y cardamomo.

Quemaduras, úlceras y llagas eran curadas mediante la unción con un aceite que contenía partes iguales de escaramujo y agrimonia, dos vegetales que hoy se sabe contienen un principio activo cicatrizante. Para inducir «sueños psíquicos» y acelerar curaciones, aún hoy se usa el «aceite de la luna», preparado con partes iguales de sándalo y jazmín; efectivo -al parecer- únicamente si se utiliza en plenilunio.

Como se puede ver, la mayoría de los métodos curativos usados en brujería, se basaban en elementos naturales, mayoritariamente vegetales. Esto no es casual, ya que actualmente no se discute el poder curativo de muchas hierbas, a punto tal que ya no es ningún secreto el hecho de que la mayoría de los principios activos de los medicamentos provenga de los vegetales.

brujas hechizeras trabajando

En la Europa de los siglos XV al XVII la brujería era algo real
y muy cercano a la gente del pueblo entre quienes estaba muy extendido el
uso de plantas con propiedades alucinógenas y todo tipo de pócimas.

Pócimas: entre la vida y la muerte
Aún más difundidas que ungüentos y aceites, se hallan las pócimas. También llamadas pociones o infusiones, pueden ser algo tan simple como un té de hierbas, o tan místico como «la pócima del arco iris»: usado como curativo universal, no es otra cosa que agua de lluvia recogida mientras se ve un arco iris. Mágicas o no, muchas de las bebidas que debían causar el «bien» no han hecho otra cosa que acabar de matar al «paciente».

Así, en la literatura medieval se habla de complejas fórmulas que incluyen desde trozos de seres vivos -como el hombre- hasta hierbas de efecto letal comprobado, como la cicuta.

Las brujas italianas combatían el cáncer dándole al enfermo un té de raíz de jacinto, tres veces por día durante tres meses. Asimismo, una mezcla de tomillo, menta, pepermint, romero y perejil, era la bebida con que los brujos calmaban una crisis nerviosa. La «pócima curativa de Isis» es un brebaje de origen egipcio con romero, tomillo, salvia y cinamomo (todas hierbas) que acababa en el acto con todo problema digestivo.

El tema de la fertilidad también fue abordado por el ocultismo. Desde hace siglos son conocidas las pociones en base a pétalos de rosas rojas, para lograr vencer el problema de la esterilidad. Actualmente la ciencia aún no encuentra explicación a recientes casos de embarazos inducidos por la ingestión de mezclas vegetales (ver recuadro).

La hechicería casi contemporanea ofrece una solución a los problemas cardíacos dándole al enfermo el «vino del corazón», en donde dos tazas de vino rojo se mezclan con cinamomo, jengibre y vainilla.

Al margen de las cuestiones mágicas, no son pocos los conceptos de farmacología actual que han surgido de este no pocas veces cruel método de «prueba y error», en el que -la mayoría de las veces por intuición- se usaron sustancias que luego han demostrado poseer bases químicas para actuar sobre determinadas afecciones.

Así, una planta como la belladona, que abunda en bosques de hayas y robles, es un ingrediente casi obligado de cientos de pócimas y ungüentos. Hoy se sabe que esta planta contiene en su raíz, tallo, hojas y frutos varios alcaloides, como la L-hiosciamina, atropina y escopolamina. Estas sustancias poseen, según la dosis usada, un marcado efecto sobre el sistema nervioso, que puede pasar de una profunda relajación hasta una fatal parálisis.

En la India existen muchas plantas que son utilizadas hace milenios en curaciones mágicas. Durante siglos se usó una poción mágica que tanto servía de purga como antídoto contra el veneno de víboras. Hoy sabemos que esa milenaria poción hindú se hacía con una planta llamada Rauwolfia, una especie venenosa que empezó a usarse hace pocos años en Europa como tranquilizante.

Una bebida ritual de Nueva Guinea, es ofrecida por sus brujos como un «ahuyenta-tristezas». Se hace en base a una planta, el kava-kava, con un componente activo que excita el sistema nervioso central y es usado en medicina como un eficaz antidepresivo.

La lista de curaciones realizadas a través de la historia por magos, brujos y hechiceros no tiene fin, y rastrear su efectividad es una tarea compleja. Pero una cosa es cierta: muchos de los hechos que hoy nos sorprenden por su magia podrán ser explicados por la ciencia del futuro; así como hoy sabemos que una planta del medioevo podía calmar el dolor no por el poder del brujo que la usara, sino porque ese vegetal contenía una sustancia que hoy la «brujería moderna» ha puesto en los estantes de una farmacia.

  • Durante milenios, magos, brujos y hechiceros realizaron curas mágicas utllzando pociones, ungüentos, aceites, etc. Muchas de estas curas pueden ser hoy explicadas por la ciencia.
  • La mayoría de los componentes de las sustancias usadas en los actos de curación eran de origen vegetal.
  • Muchas de las mezclas usadas tenían un efecto fuertemente narcótico; y era común el uso del hachís y la amapola.
  • Según los magos, el verdadero efecto de una pócima se debe a la energía transmitida al combinar los ingredientes, gueasí son «activados».
  • El uso frecuente de plantas de elevada toxicidad como la belladona y la cicuta, fue causa frecuente de muerte en los rituales curativos del siglo XIV.
  • Hoy se sabe que la efectividad de muchos de los tratamientos mágicos de ciertas afecciones se deben a principios químicos activos, presentes en las hierbas utiIzadas por los hechiceros.

Ver: Brujas en la Edad Media

Fuente Consulatada:
Nota de la Revista Enciclopedia Popular  N°12 Año 1 Las Pócimas Secretas de las Brujas

La Medicina en la Antiguedad: Los Medicos en Grecia y Roma Antigua

LA MEDICINA ANTIGUA: GRECIA y ROMA

INTRODUCCIÓN:
LA MEDICINA EN LA ANTIGÜEDAD:
¿Qué se sabe de Hipócrates (460-377 antes de Jesucristo)? Casi nada. Es originario de la isla de Cos, próxima al litoral del Asia Menor: ha viajado por todo el mundo griego; su fama era lo suficientemente grande como para que Platón haga de él el tipo del médico por excelencia.

Todo lo demás es leyenda. Entre los muchos textos que la tradición le atribuía, nuestros eruditos actuales no terminan de ponerse de acuerdo sobre cuáles son los auténticos. Más aún: se tiene la certeza de que algunos de esos tratados, especialmente La Dieta en las Enfermedades Agudas, no fueron escritos por seguidores de la escuela de Cos, sino por representantes de la escuela rival instalada en Cnido, Asia Menor, desde finales del siglo VII antes de Jesucristo.

Eso no obstante, hay un rasgo general que caracteriza el espíritu de la colección. La enfermedad es abordaba desde un punto de vista estrictamente naturalista. En momento alguno se hace alusión a un dios capaz de provocar o de curar las enfermedades. La Ilíada atribuía este poder a Apolo: para alejar la peste, la cólera del dios debía ser aplacada con oraciones y sacrificios. El médico hipocrático por el contrario, no conoce más que causas naturales.

En lo que tienen de universal, estas fuerzas pueden encerrar sin duda algo de «divino»: es el caso de la luz. del aire, del calor. Pero es imposible modificar su influencia por medio del rito y de la invocación. Lo indispensable para el médico es el conocimiento de las causas naturales, un conocimiento que no se adquiere más que con la experiencia y el razonamiento correcto.

El extraordinario tratado sobre la epilepsia (La Enfermedad sagrada) hace justicia de todas las interpretaciones sobrenaturales de esta enfermedad impresionante: el autor se esfuerza por demostrar que la verdadera causa reside en los obstáculos que impiden la libre circulación del «soplo» entre el cerebro y el resto del cuerpo. Invoca un sistema de causas y efectos mecánicos, y, consiguientemente, plantea el problema de la enfermedad en un lenguaje y en un plano de inteligibilidad que son los mismos del pensamiento científico.

En otros tratados se denuncia el desorden y la corrupción de los humores, las consecuencias de una vida desarreglada y de una alimentación inadecuada; por otra parte, la responsabilidad de las epidemias hay que atribuírsela al clima, al aire y a las aguas.

Todas estas hipótesis, en las que interviene una parte considerable de especulación, tienen como punto de partida una evidencia, una comprobación del sentido común, a veces una observación muy fina y muy exacta. El médico hipocrático buscará síntomas mediante una serie de maniobras: escucha el frotamiento pleural y la sucusión del tórax le permite reconocer la presencia de líquido en la pleura.

Al releer hoy las Epidemias, sorprende la sagacidad y la seguridad del ojo clínico del autor: para su uso particular ha recogido una serie de historiales clínicos; de esa forma tenemos acceso a los archivos de un gran médico. Algunos detalles rápidos permiten identificar al paciente: nombre, oficio, domicilio. No sin emoción se lee la historia, muchas veces lastimosa, de individuos a los que todo condenaba al olvido, pero a los que la atención del médico presta una extraña especie de inmortalidad.

Los tratamientos preconizados son abundantes. Se orientan en principio a favorecer la obra de la naturaleza, porque ésta posee una «fuerza medicadora» en la que hay que confiar. Gracias al calor innato, los humores crudos pasan espontáneamente al estado de cocción.

El reposo, la dieta, los caldos ligeros bastarán en la mayoría de los casos. En las enfermedades graves se acudirá a medicaciones más enérgicas: purgantes, vomitivos, sangrías, que permitirán eliminar los humores cuya superabundancia desarregla la simetría del organismo y origina un peligroso desequilibrio interior (discrasia).

Aun cuando en la época de Hipócrates la cirugía, obra manual, no fuese aún desestimada. se recurre a ella en raras ocasiones. Los tratados quirúrgicos de la colección hipocrática se refieren sobre todo a las fracturas y a las luxaciones; se les aplica un tratamiento conservador, recurriendo, cuando se precisa, a ingeniosos aparatos de reducción y de contención.

La preocupación del médico hipocrático es predecir la evolución del mal, su desenlace feliz o fatal, el plazo de la crisis con la que el mal se decide por lo mejor o por lo peor. El pronóstico juega, pues, un papel considerable en esta medicina, y a él están consagradas varias obras de la colección hipocrática. La exactitud del pronóstico no es sólo la base de un tratamiento o de una abstención juiciosamente enfocados.

Para el médico es un medio de conquistarse la confianza de la clientela. Porque el médico griego es un itinerante que va de ciudad en ciudad, de isla en isla: ningún título oficial sirve de garantía de su capacidad. Debe hacerse valer por sí mismo; se recibirá con admiración a quien, además, sepa adivinar por simples indicios un acontecimiento pasado o futuro. Para que su ciencia sea reconocida y bien pagada ha de ser presciencia.

Los libros hipocráticos conceden una gran atención a todos los signos reveladores que presenta el aspecto del paciente: la descripción, por ejemplo, de los signos prsmonitores de la muerte (facies hipocrática) es una obra maestra de observación. Por otra parte, impresionados por la periodicidad de ciertos accesos febriles, tal como se dan en la malaria, los médicos hipocráticos se dejaron llevar de especulaciones a veces aventuradas sobre los números que señalan la duración de las enfermedades (teoría de los días críticos).

¿Cuáles son los deberes del médico? Es el tema que estudian algunos tratados (La Ley, La Oficina del Médico, etc.). He aquí el texto íntegro del famoso Juramento que se ha convertido en la carta moral de la profesión médica:

«Juro por Apolo, médico, por Esculapio, por Higea y Panacea, por todos los dioses y todas las diosas, y los pongo por testigos de que cumpliré, según mis fuerzas y mi capacidad, el juramento y el compromiso siguientes:

«Colocaré a mi maestro de medicina en el mismo plano que a los autores de mis días, compartiré con él mis haberes y, llegado el caso, atenderé sus necesidades; tendré a sus hijos por hermanos y si desean aprender la medicina se la enseñaré sin honorarios ni compromisos. Transmitiré los preceptos y lecciones orales así como todo el resto de la enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos ligados por un compromiso y un juramento conforme a la ley médica, pero a ningún otro. Dirigiré el régimen de los enfermos para su mayor provecho según mis fuerzas y mi criterio, y me abstendré de todo mal y de toda injusticia. No administraré a nadie veneno, si me lo pide, ni tomaré ninguna iniciativa para sugerirle tal cosa; igualmente, no pondré a ninguna mujer un pesario abortivo. Pasaré mi vida y ejerceré mi arte en la inocencia y en la pureza. No practicaré la operación de la talla, se la dejaré a quienes se ocupan de eso. En cualquier casa que entre, entraré para utilidad del enfermo, absteniéndome de toda acción inconveniente voluntaria y corruptora, y sobre todo de la seducción de las mujeres y de los jóvenes, sean libres o esclavos. De todo lo que vea y oiga en la sociedad durante el ejercicio o fuera del ejercicio de mi profesión callaré lo que no hay necesidad de divulgar, considerando la discreción como un deber en estos casos.

«Si cumplo este juramento sin quebrantarlo, que me sea concedido gozar felizmente de la vida y de mi profesión, honrado para siempre entre los hombres; si lo violo y cometo perjurio, ¡que tenga una suerte contraria!»

Asclepio (o Esculapio), invocado al comienzo de este juramento, es el dios tutelar de la medicina. Los médicos de Cos se consideraban como sus descendientes, sin que por eso invocaran su ayuda milagrosa para realizar las curaciones. Esculapio y sus sacerdotes jugarán, sin embargo, a partir del siglo V, un papel muy importante en la vida popular griega. La importancia del templo y del lugar sagrado de Epidauro es una prueba evidente de ello.

medicina romana

Aparato Romano Para el Control y Curado de las Quebraduras

Muchos enfermos, demasiado pobres para recurrir a los consejos del médico, o afectados por enfermedades rebeldes, acudían al templo de Esculapio: allí dormían durante una noche (incubación), y el dios se les aparecía en sueños para aconsejarles. A falta de la palabra del dios, la de los sacerdotes proporcionaba a los peregrinos palabras de consuelo y recetas terapéuticas. El número de exvotos ofrecidos por los pacientes reconocidos confirma que una prueba solemne, precedida de una larga espera, ejerce en muchos casos una acción favorable mediante un gran impacto psicológico.

Fuente Consultada: Historia de la Medicina Jean Starobinski