La Medicina Colonial

Pócimas Secretas de la Brujas Hierbas Usadas Para Los Hechizos

Bebidas Secretas y Mágicas de las Brujas
Hierbas Usadas en los Hechizos

bruja haciendo una bebida magicaSabemos que que desde el origen de los tiempos han existido quienes -mediante una aparente capacidad sobrenatural- manejaron, para mal o para bien, lo que hoy podemos llamar «magia».

La magia surgió cuando los primeros humanos descubrieron la existencia de fuerzas invisibles a su alrededor. Los hombres fueron conscientes de los efectos de la gravedad, la electricidad y el magnetismo mucho antes de que estas palabras se usaran. Pero también, estos primeros hombres descubrieron más cosas de las que han pasado a formar parte de la ciencia.

Intuían la existencia de ciertas fuerzas que residían dentro de las plantas, los animales y las piedras. Se daban cuenta de que había ciertas «energías» en el interior de sus propios cuerpos, capaces de moverse según sus deseos y necesidades. La magia fue surgiendo a lo largo de siglos de experimentación, errores e inspiración. Evolucionó hasta convertirse en un instrumento de poder pesonal, una herramienta con un potencial fantástico, tanto para producir daño como para brindar ayuda.

Durante siglos, los «profesionales de lo oculto» han usado la magia con distintos objetivos, uno de los cuales fue -y sigue siendo- la curación de enfermedades, tanto físicas como mentales.

Brujería: magia y algo de química
«El poder de la magia brota de la propia tierra, las estrellas, el fuego, el agua y nuestro propio cuerpo», sostiene un mago contemporáneo. «La puesta en práctica de la magia consiste en despertar y dirigir tales fuerzas».

La magia de las hierbas es una especialidad que se sirve del «poder» de las plantas. Es el dominio de los inciensos, los ungüentos, las pócimas, los baños y las tinturas.

Hoy sabemos que, además de la magia, la utilización de ciertos vegetales en un aceite o en una pócima, tiene un efecto justificado sobre ciertas dolencias. En otros casos, no existe explicación alguna para resultados fehacientemente comprobados.

Tal es el caso de los ungüentos, usados por brujos y hechiceros para «aniquilar la enfermedad donde quiera que se apliquen». Básicamente, el vehículo utilizado para sus componentes activos es la grasa animal, aunque lo importante sean las sustancias disueltas en ella, activas por vía cutánea (por ello se prefiere untar en zonas de la piel donde ésta es má fina, con rica irrigación sanguínea).

Así, el llamado «ungüento de las brujas», usado para provocar un estado de analgesia y sopor, tenía la siguiente receta: grasa humana, hachís, cáñamo, amapola, eléboro y girasol. Al margen de su carga energética, el ungüento era un verdadero cóctel de narcóticos.

Una mezcla muy difundida en el siglo XVII para curar enfermedades «profundas» (no servía sobre heridas abiertas) consistía en agregar a una base de cera de abejas derretida «4 gotas de cedro, 2 de sándalo, 1 de eucalipto y 1 de cinamomo». Con este ungüento -«cargado» durante su preparación con el deseo de sanar al enfermo- se recobraba, dicen, la salud en no más de una semana.

Para recuperar la capacidad sexual perdida se untaba la»zona afectada» con una mezcla vegetal que, en una base de grasa incorporaba jengibre, eneldo, hierbabuena y vainilla.

La «medicina oculta» hace uso también de aceites que se extienden sobre el cuerpo con el fin de provocar diversas alteraciones mágicas. Así, hechiceras francesas del siglo XVII eliminaban el cansancio extremo con un aceite a base de naranja, lima y cardamomo.

Quemaduras, úlceras y llagas eran curadas mediante la unción con un aceite que contenía partes iguales de escaramujo y agrimonia, dos vegetales que hoy se sabe contienen un principio activo cicatrizante. Para inducir «sueños psíquicos» y acelerar curaciones, aún hoy se usa el «aceite de la luna», preparado con partes iguales de sándalo y jazmín; efectivo -al parecer- únicamente si se utiliza en plenilunio.

Como se puede ver, la mayoría de los métodos curativos usados en brujería, se basaban en elementos naturales, mayoritariamente vegetales. Esto no es casual, ya que actualmente no se discute el poder curativo de muchas hierbas, a punto tal que ya no es ningún secreto el hecho de que la mayoría de los principios activos de los medicamentos provenga de los vegetales.

brujas hechizeras trabajando

En la Europa de los siglos XV al XVII la brujería era algo real
y muy cercano a la gente del pueblo entre quienes estaba muy extendido el
uso de plantas con propiedades alucinógenas y todo tipo de pócimas.

Pócimas: entre la vida y la muerte
Aún más difundidas que ungüentos y aceites, se hallan las pócimas. También llamadas pociones o infusiones, pueden ser algo tan simple como un té de hierbas, o tan místico como «la pócima del arco iris»: usado como curativo universal, no es otra cosa que agua de lluvia recogida mientras se ve un arco iris. Mágicas o no, muchas de las bebidas que debían causar el «bien» no han hecho otra cosa que acabar de matar al «paciente».

Así, en la literatura medieval se habla de complejas fórmulas que incluyen desde trozos de seres vivos -como el hombre- hasta hierbas de efecto letal comprobado, como la cicuta.

Las brujas italianas combatían el cáncer dándole al enfermo un té de raíz de jacinto, tres veces por día durante tres meses. Asimismo, una mezcla de tomillo, menta, pepermint, romero y perejil, era la bebida con que los brujos calmaban una crisis nerviosa. La «pócima curativa de Isis» es un brebaje de origen egipcio con romero, tomillo, salvia y cinamomo (todas hierbas) que acababa en el acto con todo problema digestivo.

El tema de la fertilidad también fue abordado por el ocultismo. Desde hace siglos son conocidas las pociones en base a pétalos de rosas rojas, para lograr vencer el problema de la esterilidad. Actualmente la ciencia aún no encuentra explicación a recientes casos de embarazos inducidos por la ingestión de mezclas vegetales (ver recuadro).

La hechicería casi contemporanea ofrece una solución a los problemas cardíacos dándole al enfermo el «vino del corazón», en donde dos tazas de vino rojo se mezclan con cinamomo, jengibre y vainilla.

Al margen de las cuestiones mágicas, no son pocos los conceptos de farmacología actual que han surgido de este no pocas veces cruel método de «prueba y error», en el que -la mayoría de las veces por intuición- se usaron sustancias que luego han demostrado poseer bases químicas para actuar sobre determinadas afecciones.

Así, una planta como la belladona, que abunda en bosques de hayas y robles, es un ingrediente casi obligado de cientos de pócimas y ungüentos. Hoy se sabe que esta planta contiene en su raíz, tallo, hojas y frutos varios alcaloides, como la L-hiosciamina, atropina y escopolamina. Estas sustancias poseen, según la dosis usada, un marcado efecto sobre el sistema nervioso, que puede pasar de una profunda relajación hasta una fatal parálisis.

En la India existen muchas plantas que son utilizadas hace milenios en curaciones mágicas. Durante siglos se usó una poción mágica que tanto servía de purga como antídoto contra el veneno de víboras. Hoy sabemos que esa milenaria poción hindú se hacía con una planta llamada Rauwolfia, una especie venenosa que empezó a usarse hace pocos años en Europa como tranquilizante.

Una bebida ritual de Nueva Guinea, es ofrecida por sus brujos como un «ahuyenta-tristezas». Se hace en base a una planta, el kava-kava, con un componente activo que excita el sistema nervioso central y es usado en medicina como un eficaz antidepresivo.

La lista de curaciones realizadas a través de la historia por magos, brujos y hechiceros no tiene fin, y rastrear su efectividad es una tarea compleja. Pero una cosa es cierta: muchos de los hechos que hoy nos sorprenden por su magia podrán ser explicados por la ciencia del futuro; así como hoy sabemos que una planta del medioevo podía calmar el dolor no por el poder del brujo que la usara, sino porque ese vegetal contenía una sustancia que hoy la «brujería moderna» ha puesto en los estantes de una farmacia.

  • Durante milenios, magos, brujos y hechiceros realizaron curas mágicas utllzando pociones, ungüentos, aceites, etc. Muchas de estas curas pueden ser hoy explicadas por la ciencia.
  • La mayoría de los componentes de las sustancias usadas en los actos de curación eran de origen vegetal.
  • Muchas de las mezclas usadas tenían un efecto fuertemente narcótico; y era común el uso del hachís y la amapola.
  • Según los magos, el verdadero efecto de una pócima se debe a la energía transmitida al combinar los ingredientes, gueasí son «activados».
  • El uso frecuente de plantas de elevada toxicidad como la belladona y la cicuta, fue causa frecuente de muerte en los rituales curativos del siglo XIV.
  • Hoy se sabe que la efectividad de muchos de los tratamientos mágicos de ciertas afecciones se deben a principios químicos activos, presentes en las hierbas utiIzadas por los hechiceros.

Ver: Brujas en la Edad Media

Fuente Consulatada:
Nota de la Revista Enciclopedia Popular  N°12 Año 1 Las Pócimas Secretas de las Brujas

La Viruela en Argentina Vacunacion de los aborigenes Rosas Juan Manuel

La Viruela en Argentina – Vacunación de los Aborígenes

ROSAS Y LA VACUNA ANTIVARIÓLICA: Tras el descubrimiento de América se propagaron enfermedades que eran originarias de cada continente. Así por ejemplo la sífilis, originaria de América, sobre la cual los indígenas tenían ciertas defensas, se propagó en Europa.

Lo mismo sucedería con otras enfermedades de origen americano, como el mal de Chagas. A la inversa, los europeos traerían a América otras, como la Viruela, que causó estragos entre la población indígena.

 Los europeos tenían habían desarrollado ciertas defensas contra la viruela a consecuencia de las epidemias sufridas durante los siglos anteriores al descubrimiento de América. (En el siglo XIV la peste negra redujo en un tercio la población europea).

En América en cambio la viruela no era conocida y los indios no contaban con estas defensas inmunológicas, por lo que la propagación de la enfermedad causó mas muertes que toda las guerras de conquista. Mientras entre la población de origen europea la enfermedad causaba una mortandad de 29 %, entre la población indígena alcazaba al 80 %.

La introducción de la vacuna: La vacuna antivariólica había sido descubierta en Inglaterra pro Eduardo Jenner a raíz del cow-pox encontrado en los pezones de las vacas de Gluocester, y la introdujo en Argentina el presbítero Saturnino Segurota en 1805.

El virrey Sobremonte creó el primer centro de conservación de la vacuna, y se dedicaron a difundirla, entre otros Miguel O´Gorman, Cosme Argerich, Francisc Muñiz, Pedro Serrano, Claudio Mamerto Cuenca, Francisco Rodríguez Amoedo, Pablo Villanueva, etc.

En 1829 ya, existían tres centros de vacunación en Buenos Aires: la Casa Central, la Casa Auxiliar del Norte y la Casa Auxiliar del Sur, dirigidas por Justo García Valdés y luego por el Dr. Saturnino Pineda (Visiconte, Mario, “La cultura en la época de Rosas. Aspectos de la medicina”, Sellarés, Buenos Aires, 1978).

La vacuna en la época de Rosas: Durante el gobierno de Rosas se incrementó el suministro de la vacuna, llegando el servicio a los pueblos de la campaña bonaerense en la que los médicos de la policía también se ocuparon de aplicarla.

En 1830 el gobierno asigna un sobresueldo al médico de la Policía de Campaña de la sección de Luján Dr. Francisco Javier Muñiz y sus ayudantes, quien además descubriría luego (1840) en los pezones de una vaca el cow-pox antivariólico, marcando un hito en la ciencia médica y un reconocimiento mundial de su prestigio.(Archivo General de la Nación, en adelante AGN, S.X.44.6.18).

La vacuna antivariólica llegó también al pueblo de San Nicolás de los Arroyos, designándose en 1830 al Dr. Pedro Serrano para aplicarla. (AGN S.X.44.6.18). En Chascomús el administrador de la vacuna fue el Dr. Pablo Villanueva y en el Fuerte Federación (la actual ciudad de Junín) el Dr. Claudio M. Cuenca que el 3 de mayo de 1837 le informa al gobernador Rosas: “…el médico del Fuerte Federación tiene el mayor gozo al anunciar a V. E. que tanto la tropa como el vecindario de este Fuerte ha cesado la enfermedad epidémica que reinaba (la viruela) y que son muy pocas veces molestados por algunas enfermedades esporádicas muy benignas…” (“La Gaceta Mercantil”, 7 de marzo de 1837).

El licenciado médico García Valdéz administrador general de la vacuna en un informe del año 1836 invitaba a los pueblos de campaña a vacunarse expresando: “…se hace indispensable el citar el celo de los jueces de paz y los curas párrocos a fin de exhortar al vecindario para que se apreste a recibir el gran beneficio de la vacuna que con tanto empeño promueve nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes el Sor. Gobernador…” (“La Gaceta Mercantil”, 6 de marzo de 1837).

Otros médicos en distintos fuertes y cantones cumplieron esta tarea sanitaria desde 1832 en las poblaciones rurales de Quilmes, San José de Flores, Morón, Las Conchas, San Fernando y San Isidro (AGN S.X.6.2.2.) y en las provincias según informe del Dr. García Valdéz del año 1838 (AGN S.X.17.2.1.).

La vacunación de los indígenas: Si entre la población de origen europea era difícil la difusión por falta de medios o prejuicios, mas aún lo seria entre la población indígena, que sumaba desconfianza, prejuicios y supersticiones.

No se sabe exactamente cuando comenzó a difundirse la vacuna entre los indígenas, pro lo cierto es que el 4 de enero de 1832 Rosas recibió una distinción de la Sociedad Real Jenneriana de Londres, designando a Rosas “miembro honorario” de esa sociedad “…en obsequio de los grandes servicios que ha rendido a la causa de la humanidad, introduciendo en el mejor éxito de la vacuna entre los indígenas del país…”.

Saldías de cuenta que a comienzos de 1826 “…en esas circunstancias se había desarrollado la viruela en algunas tribus. Como resistieran la vacuna, Rosas citó ex profeso a los caciques con sus tribus y se hizo vacunar él mismo. Bastó esto para que los indios en tropel estirasen el brazo, por manera en que en menos de un mes recibieron casi todos el virus” (Saldias, Adolfo, “Historia de la Confederación Argentina”, vol. I,). Sir Woodbine Parish y informa que en uno de los tantos parlamentos efectuados con indígenas por Rosas en la Chacarita de los Colegiales hacia 1831 suministró la vacuna a muchos indígenas que integraban la comitiva de caciques pampas y vorogas. La vacunación en la Chacarita se repite en distintas oportunidades como puede verse en lo informado en “La gaceta mercantil” de la época.

El 17de octubre de 1836 en nota dirigida a Rosas, el Dr. Saturnino Pineda le informa que: “…el día 3 de septiembre a las tres y media recibí de orden verbal de V.E. de asistencia médica (a una comitiva indígena afectados por la viruela) que me fue transmitida por el Sr. edecán coronel don Manuel Corvalán y no obstante de hallarme enfermo con el mayor contento y sin pérdida de tiempo procedí a su cumplimiento…”. y agrega, “…el violento foco de contagio que significa la aglomeración de más de setenta individuos en un mismo lugar algunos con la misma viruela y declarada por lo que el día 9 del mes de que se hace referencia fueron vacunados de brazo a brazo 52 indios entre adultos y niños de ambos sexos para cuyo efecto se condujeron desde la Chacarita a la casa donde se hallaban alojados cuatro niños con vacuna de la más excelente. El 16 fueron reconocidos y en todos los se encontraron granos (reacción positiva) tan hermoso que juzgando por sus caracteres no pude menos que tranquilizarme…” (“La Gaceta Mercantil”, del 19 de octubre de 1836). Rosas destacó dicho informe del Dr. Pineda en el mensaje dirigido a la Legislatura el 1º de enero de 1837.

Para persuadir a los indios que recibieran la vacuna, Rosas, que tenía gran prestigio entre ellos, reunía los caciques y se hacía aplicar la vacuna a si mismo, para que estos la difundieran en sus tribus, como “gualicho el hinca” contra la enfermedad. También apelo a su inteligencia y sagacidad para convencer a los indios, como se comprueba en la carta que le dirige a Catriel. “…Ustedes son los que deben ver lo mejor les convenga. Entre nosotros los cristianos este remedio es muy bueno porque nos priva de la enfermedad terrible de la viruela, pero es necesario para administrar la vacuna que el médico la aplique con mucho cuidado y que la vacuna sea buena, que el médico la reconozca porque hay casos en que el grano que le salió es falso y en tal caso el médico debe hablar la verdad para que el vacunado sepa que no le ha prendido bien, el grano que le ha salido es falso, para que con este aviso sepa que para el año que viene debe volver a vacunarse porque en esto nada se pierde y puede aventajarse mucho.

La vacuna tiene también la ventaja de que aún cuando algún vacunado le da la viruela, en tal caso esta es generalmente mansa después de esto si quieren ustedes que vacune a la gente, puede el médico empezar a hacerlo poco a poco para que pueda hacerlo con provecho y bien hecho y para que tenga tiempo para reconocer prolijamente a los vacunados” (Chavez, Fermín, La vuelta de Juan Manuel”, Edic. Dirección General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1991 o Edit. Theoría, Buenos Aires, 1991). No solamente procuraba la vacunación de los indios, sino que los persuadía además para que permitieran la entrada de médicos a la tribu.

Apeló a su vez a un humanitario “chantaje” al obligar a los indios vacunarse antes de recibir “suministros” que había comprometido el gobierno. Así lo atestigua Pincén cuando relata que “…Juan Manuel ser muy bueno pero muy loco; me regalaba potrancas, pero un gringo nos debía tajear el brazo, según él era un gualicho grande contra la viruela y algo de cierto debió de ser porque no hubo mas viruela por entonces…” (J.M.Rosa,Hist.Arg.t.VIII).

En carta al Dr García Valdéz el 15 de julio de 182, Rosas le dice “…Sírvase Ud. hacer entender a la Sociedad Real Jenneriana entre lo más satisfactorios triunfos digno de su memoria deben enumerarse la propagación del virus de la vacuna entre los indígenas reducidos y sometidos al gobierno y aseguraba que tomando yo en sus honrosos trabajos la parte que puede caberme en mi actual posición, no perdonaré medio para que la institución de la vacuna sea conservada en este país con todas creces que dependan ya de mi autoridad ya de mi decisión personal…” (Fernández, Humberto “Francisco Javier Muñiz, Rosas y la prevención de la viruela” en “Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas nº 42 enero/marzo 1996.).

A diferencia de este interés por la vacunación de los indígenas por parte de Rosas, en el país del norte, ante una epidemia de viruela, se recogían las mantas infectadas y se redistribuían entre los indios para diezmarlos, en lo que podríamos llamar una “guerra bacteriológica”.

La estadística: Según está documentado, los años que se produjeron brotes de viruela entre la población indígena corresponden a 1615, 1620, 1638, 1642, 1660, 1728, 1780, 1788, 1792, 1805, 1819, 1871, 1875 y 1881. Como puede observarse, hubo una significativa interrupción de los brotes de viruela de 52 años entre 1819 y 1971, período en que precisamente se ubica el gobierno de Rosas, luego del cual se descuido la política indígena, se interrumpieron los “suministros de mercaderías” a los indios, y hasta volvieron los malones.

(Fuente bibliográfica del “Instituto de investigaciones históricas Juan Manuel de Rosas”)

Fuente Consultada: La Gazeta Federal Historia Argentina

Medicamentos Caseros Historia de Remedios de Nuestros Abuelos Recetas

Medicamentos Caseros Historia de Remedios

El aspecto más importante de la vida es nuestra salud. Hoy en día, cuando algo va mal en nuestro cuerpo, buscamos una solución al problema a través de la medicación. La ciencia moderna nos ofrece un sinfín de drogas efectivas a las que recurrir, pero la practica de probar sustancias extrañas para tratar una enfermedad se practicaba ya en la Antigüedad.

Hipócrates, para calmar el dolor, aconsejaba tomar corteza de sauce —lo cual tenía sentido—, y también recetaba los excrementos de paloma contra la calvicie —lo cual no tenía sentido alguno—.Hasta el día de hoy se han inventado y preparado un asombroso número de remedios. Pero no fue hasta el siglo XX cuando los Gobiernos empezaron a introducir ciertas regulaciones para garantizar que las pretensiones de los fabricantes fueran legítimas y que los productos que fabricaban no hicieran más mal que bien a los consumidores.

Llegó un momento en que estas regulaciones fueron casi forzosas dado el surtido incontrolado de medicinas que había inundado el mercado a finales del siglo XIX, que fue la era de los medicamentos específicos.

¿Por qué recibían este nombre? Porque a mediados del siglo XVII, en Inglaterra, algunos fabricantes de preparados médicos pidieron, y obtuvieron, patentes reales para sus productos. La patente protegía los derechos del propietario sobre el producto y le daba cierto aire de prestigio. Los fabricantes no tenían ninguna obligación de demostrar si eran seguros o eficaces.

Más tarde, la expresión se aplicaba a cualquier producto fabricado en cantidades industriales que no tuviera ninguna regulación en los ingredientes, que se promocionara a través de una publicidad no controlada y que sirviera para curar toda clase de enfermedades comunes del ser humano.

El Compuesto Vegetal de Lidia Pinkham fue el que tuvo más éxito de todos. La señora Pinkham empezó a interesarse por la medicina casera después de la muerte de varios miembros de su familia. Se volcó en el espiritualismo y la química. Convencida de que Dios había creado los vegetales y las hierbas para curar las enfermedades, mezcló estas sustancias naturales con un chorro generoso de alcohol y garantizó un alto grado de satisfacción en muchas mujeres.

Seguramente era a causa del alcohol, pero el preparado original de Lidia incluía, además, cimicifuga (Cimicifuga racemosa), una planta que hoy sabemos alivia algunos de los síntomas de la menopausia. Luego, el hijo de Lidia pegó la foto de su madre en la botella del compuesto vegetal, y dio luz a la primera campaña publicitaria.

Aunque los vendedores de este tipo de medicina prometían mucho más de lo que podían garantizar, los productos incluían ingredientes activos, como el opio o el alcohol. Uno de estos productos era el Paregoric, una solución alcohólica con sabor a alcanfor y anís; el nombre proviene de la palabra griega que significa «calmar».

El Paregoric se usaba para calmar la tos y la diarrea, y conseguía ser efectivo. Algunos de estos medicamentos llevaban extractos de estramonio, datura y belladona. El ingrediente activo en este caso era la atropina, que actúa sobre el asma. La quinina era muy útil en el tratamiento de la fiebre, y otros medicamentos incluían fenol, un potente desinfectante.

Pero la gran mayoría de los medicamentos específicos eran una falsedad, sustancias sin ningún fundamento. Stomach Bitters contenía una mezcla poco específica de cortezas, raíces y hierbas. El Jarabe del Doctor Chase de Linaza y Turpentina llevaba una etiqueta que ni tan sólo explicaba para qué se debía tomar el jarabe. Bodi-Tone decía ser un «tónico para el cuerpo cansado». Algunos de los ingredientes de estos remedios eran muy extraños, como por ejemplo el de Four Chorides Compressed Tablets, que llevaba arsénico.

Heroína Bayer: Un frasco de heroína Bayer. Entre 1890 y 1910, la heroína era divulgada como un substituto no adictivo de la morfina, y un remedio contra la tos para niños.

La época de esta medicina de feria fue ciertamente interesante. Qué locura, silo pensamos ahora, tragarse un producto que no había sido probado y que no estaba controlado sanitariamente basándonos puramente en una publicidad imaginativa. ¿Pero sabéis qué pienso? En cierto modo, la era de la medicina patentada sigue viva. Internet está plagado de llamativos anuncios que nos recuerdan a los días gloriosos de las curas milagrosas.

El caso de las pastillas NewYork Stress Tabs es muy representativo. Según la etiqueta, este preparado sirve para «sobrellevar el estrés diario causado por la falta de sueño, el trabajo, las relaciones personales, los viajes, las resacas, los empachos y el síndrome premenstrual».
¿Qué ingredientes mágicos contiene? Aconitina, el veneno con el que se embebieron Romeo y Julieta, y también estricnina. ¡Delicioso! Pero tranquilos, estos ingredientes aparecen en «dosis homeopáticas», lo que significa que su concentración es apenas nula y eso lo hace inocuo.

Este National Vaporizer Vapor-OL estaba indicado “Para el asma y otras afecciones espasmódicas”.
El líquido volátil era colocado en una olla y calentado con una lámpara de querosene.

El Vino Mariani (1865) era el principal vino de coca de su tiempo.  El Papa León XIII
llevaba siempre un frasco de
Vino Mariani consigo  y
premió a su creador, Ángelo Mariani,  con una medalla
de oro.

El vino de coca Metcalf,  era uno de la gran cantidad de vinos que contenían coca disponibles en el mercado.  Todos afirmaban que tenían efectos medicinales,  pero indudablemente,  eran consumidos por su valor “recreativo” también.

Historia de la Coca Cola

EL BALSÁMICO EUCALIPTO: Nunca  -hasta que se generalizaron los antibióticos- se intentó curar los resfríos con otra cosa que no fueran remedios caseros. Sólo se adquiría en farmacia uno de factura muy sencilla, la untura blanca, una friega que se preparaban con esencia de trementina -aguarrás vegetal o de pino-, que le daba ese color inconfundible, mezclado con clara de nuevo batida a nieve, que se aplicaba en el pecho, a la altura de la tráquea. El vao de vapor, fuertes tes con jugo de limón, leche con miel y coñac, y una que otra aspirina actuaban como febrífugos y descongestionantes.

Pero la base balsámica del constipado respiratorio era el eucalipto. Hervidas sus hojas basta llevar el agua a punto de jarabe y con adecuada proporción de azúcar, producían el expectorante usual.

El aire del invierno, habitualmente húmedo y frío, pegándose a las paredes, les desprendía una deprimente mezcla de olor a bongo y a argamasa. El eucalipto lo reivindicaba cuando sus hojas hervían continuamente en un tarro o en una ollita. Su delicioso vapor, impregnando los rincones de la habitación, generaba en el enfermo una reconfortante sensación saludable y oficiaba para el que llegaba como una bienvenida a la casa.

REMEDIOS CASEROS: Agoniza el récipe de la receta médica, la orden al farmacéutico para que reciba y prepare? Ahora, casi todos son específicos de laboratorio, con sus respectivas marcas. ¿Y los remedios caseros? ¿Agonizan, igualmente? Algunos subsisten, por resistente presencia folklórica de terapia casera. ¿Usted se frotó alguna vez una barrita de azufre para sacarse un dolor reumático? ¿Sintió cierto ruidito denunciador, como si el azufre actuara? ¿Nunca vio a su abuela colocarse una rodaja de papa a cada lado de la sien, con el designio de librarse del dolor de cabeza? Cuando era chico, ¿nunca le pusieron una cataplasma de lino en el pecho, bien caliente, para que el resfrío aflojara? ¿Y la untura blanca? ¿Y el unto sin sal? ¿Y el vinagre aromático? No… no estamos hablando de otro mundo… ¿Y el odiado aceite de ricino? ¿O el hígado de bacalao, rebosante de vitaminas? ¿Había una delicia mayor que respirar, a puerta cerrada, en la pausa cíe una gripe, la atmósfera emoliente del vapor que subía de una ollita puesta sobre la estufa, en la cual la solicitud materna había echado unas hojas de eucalipto, compradas en la farmacia?

Hacia fin de siglo, no pocas bebidas alardeaban, en entusiastas avisos, de ser eficaces hasta para el cólera. No había medida para las exageraciones publicitarias. ¿Cuántos males curaba el Radiosol Vegetal? ¿Qué increíble potencia aseguraba al hombre el cinturón eléctrico que se ajustaba a su cintura? ¿Y el Digestivo Mojarrieta, verdadero estómago artificial? Dos niños rozagantes trepaban a ambos lados de un ánfora para alcanzar, en el aviso de marras, las virtudes mágicas de la Fosfatina Fallieres. Una palabra de moda era la neurastenia. Las niñas pálidas, los hombres agotados, los caballeros víctimas de mil excesos, tenían a mano la Iperbiotina, capaz de multiplicarles al infinito los glóbulos rojos…

Y si todo esto no bastara, estaban los yuyos: el cedrón, en la infusión del caso, para los males del corazón. La depurativa zarzaparrilla; la barba de choclo para el riñón perezoso. Nunca más las sanguijuelas, en la redoma del barbero, para la remotísima sangría. Pero algunos remedios caseros no han muerto. Ni el ti-roncito en la espalda, con el que la curandera quiebra el empacho…

EL ALCANFOR: El alcanfor no fue precisamente un remedio casero. Sí una buena manera de hacer profilaxis en tiempos de epidemias. Ocupaba y daba cierta cuota de tranquilidad a las madres, que sentían haber hecho algo para proteger la salud de sus hijos. Terapia ocupacional. dicen hoy. Además, no había otra cosa.

Producto extraído cíe un árbol, el alcanforero, la farmacopea oficial lo ofrece como una sustancia sólida, blanca, cristalina, untuosa y volátil, de un olor muy particular y agradable que, al ser aspirado, provoca una sensación de bienestar que ha llevado a la convicción de que es saludable y benéfico como protector de las enfermedades originarlas por las miasmas que el aire pueda transportar.

Esas virtudes que se atribuyen al alcanfor han transitado siglos y geografías sin deterioro alguno. Para los días de invierno avanzarlo, cuando la severidad del clima se hacía sostenida y cruel, y cundían los resfríos y catarros, las menos inofensivas gripes, las temibles complicaciones pulmonares o el espectro de la polio, los niños en los viejos barrios de Buenos Aires (Oeste. Norte o Sur, daba lo mismo), cualquiera que fuese su origen o credo, seadherían con llamativo entusiasmo a una especie de nueva secta.

Se identificaban los fieles por una suerte de relicario que llevaban colgado del cuello, con la forma de una bolsita de tela habitualmente blanca. En su interior guardábase con mucho celo un tesoro que las diligentes manos maternas habían impuesto a sus hijos con mil recomendaciones. Lo que los niños llevaban suspendido del cuello, día y noche, era sencillamente un trozo de alcanfor. La olorosa nube arrebujaba a los niños como en un pañolón invisible que venía a convertirse en su ángel guardián. Los acompañaba en todas sus andanzas: por la calle, en sus juegos, en los transportes, en las aulas, en el cine, en la calesita de la esquina.

La convicción materna transmitida al niño parecía fortalecer la acción del alcanfor. Persistente y bueno, desde el pecho de los niños, el alcanfor impregnó e hizo más respirable el aire de muchos inviernos porteños.

LA CULEBRILLA: La erupción llamada Herpes Zoster o simplemente Zona era conocida por entonces con el nombre de «culebrilla» a causa de la forma de culebra que iba adoptando la enfermedad, todo a lo largo del trayecto de un nervio asimismo por la creencia popular que había sido originada por el contacto de la piel con una culebra pequeña, que dejaba un rastro venenoso, ya fuera sobre la parte afectada o sobre la ropa de uso diario, que se había puesto el enfermo antes de estarlo.

El avance de las vesículas llenas de liquido amarillento se manifestaba enferma de media cintura al pecho, los hombros o el vientre acompañadas de dolor y comezón. Su avance creaba enorme preocupación, pues se decía que si se juntaba la cabeza y la cola, el caso era perdido.

Y una vez más el remedio infalible era el Bufo vulgaris o el pobre sapo que ahora se lo tomaba vivo por el lomo y pasaba la barriga sobre las pústulas, en sentido contrario al de su marcha hasta que la panza del animalito «se hacía coloradita» y el bicho empezaba a gritar. Esta era la seña de que, como por arte de magia, la culebrilla había y a pasado del cuerpo del enfermo al de sapo.

Por desgracia, en muchos casos, el empleo de este procedimiento acarreaba daños mayores e irreparables a causa de la intoxicación por el veneno que se encuentra en la piel de estos batracios y que, absorbido, puede llegar a actuar sobre el corazón.

En efecto, según los doctores investigadores Fausty Proscher, el sapo común posee en ciertas glándulas de su piel una secreción que contiene las sustancias denominadas bufotalina.

ALGO MAS SOBRE EL TEMA…

El investigador y escritor costumbrista Oestes di Lullo ha dedicado muchas páginas al estudio de la medicina y la alimentación en el folklore. Son oportunas aquí algunas de sus observaciones. El considerar que múltiples facetas presenta la medicina popular. Es herbolaria, mágica, intuitiva, empírica, pero sobretodo, pintoresca. Quienquiera se proponga observar su terapéutica, encontrará un mundo de pequeñas novedades, de ocurrencias, de curiosidades, ya en la forma de curar, o arte propiamente dicho, ya en la materia utilizada como beneficio. Lo cierto es que lo pintoresco salta a la vista. Es una modalidad que se multiplica indefinidamente y hace sonreír con leve suficiencia al profano, un poco admirado de las «cosas» que hace el pueblo para combatir sus enfermedades o prevenirlas.

Pero olvida su ignorancia y su dolor, e inmensa orfandad en que se debate, la miseria que le confina en la impotencia y es saberse sólo para poder vivir, pegado al suelo como un árbol, sin más posibilidades que las del molusco adherido a la roca en el fondo del mar.

Di Lullo sigue diciendo en esa obra: «Ahí está la comadre buscando en el rancho desprevenido las hojitas para el té o la «enjundia« de gallina o la grasa de los más diversos animales para atender urgentemente, mientras llega la «curandera» o vuelve el mandadero que ha ido a consultar a la ciencia del baquiano, con un frasco de orina en sus manos. En el campo no hay médico ni farmacias, y en el rancho no queda ningún remedio casero. ¿Qué hacer en tales circunstancias?

El paciente gime, la madre o el hijo o la esposa, sumidos en la tortura de una angustia que se prolonga demasiado, llenos de temor antela muerte del ser querido, no saben ni pueden qué hacer. Nada hay y todo falta. Ante lo imprevisto y lo desprevenido sólo cabe la improvisación.

Ahí está la comadre comedida, la buena vecina, la amiga, con su corazón generoso abierto al dolor de sus semejantes, con sus cuidados solícitos y el inmenso deseo de calmar la ansiedad de esa pobre gente, el sufrimiento de ese pobre enfermo, y nada más. Va a la cocina, pide a unos y a otros, esto y aquello, y a la vecindad que le presten lo demás y a está con la droga milagrosa o con el emplasto cúralo-todo o con el sahumerio mágico. Luego, algunas oraciones impetratorias al santo protector y «san se acabó». Ha cumplido piadosamente con su deber de solidaridad humana y «sea lo que Dios quiera».

La medicina del campo está llena de pequeñas noticias que esperan de la ciencia y de la preocupación de los estudiosos, no sólo una seria y digna atención, sino una respuesta definitiva. Pero a la espera de que el milagro se produzca, la folk-medicina seguirá formulando su recetario de excentricidades y extravagancias.» ¡Qué simple es, por ejemplo, esta receta con la que se cura la erisipela! Consiste en la aplicación de la espuma «que le queda en la boca al ternero cuando acaba de mamar.

Prescindiendo délos efectos de tal remedio, ¿no es verdad que tiene una frescura de concepción, una gracia tierna y bucólica? ¿No tendrá, también, la suavidad untuosa, la grasitud leve y diáfana que la piel ardiente necesita en tales circunstancias? Y si realmente no fuera más que un remedio psicológico, ¿no valdría, acaso, emplearlo aunque no fuese más que por lo poético del procedimiento?

La farmacopea de los remedios caseros era, por aquellos años, verdaderamente curiosa. Un párrafo especial merecen el «empacho» y el «mal de ojos». Para comprobar si una criatura efectivamente padecía de empacho, el curandero le levantaba tres veces con la yema de los dedos el pellejo del espinazo a la altura de la boca del estómago. Para tratarle, se aplicaba a éste un parche de aceite mezclado con la flor de ala ceniza.

Era creencia que estando empachada la criatura, sonara interiormente la parte del espinazo al levantarle  la piel. En la Banda Oriental existía una costumbre—recogida por el médico Roberto J. Bouton (La vida rural en el Uruguay, Montevideo, 1961)— que constituía un excelente remedio para curar el empacho de las criaturas: quemar una pezuña de animal vacuno y, a medida que se iba quemando, se iba raspando. Una cucharadita de este polvo, se echaba en un pocillo de agua hirviendo, hasta la mitad de lleno y se dejaba al sereno. Al día siguiente se daba de beber al niño en ayunas.

La sangre de toro, cocida con coles y aplicada al vientre, como emplasto, también deshacía el empacho. Bouton agregaba esta estrafalaria receta: «Para alimentar una criatura empachada. La mejor manera para alimentar una criatura empachada, es aplicarle una cataplasma de dulce de membrillo, y encima, un huevo frito, sobre el estómago».

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Fuente Consultada:
Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono
Revista «Todo es Historia» N°324 Nota de Carlos A. Moncaut
Porque cantan los gallos al amanecer? Joe Schwarcz
100 Años de Vida Cotidiana La Nación Notas de Leon Tenenbaum y León Benarós
y  sitio web:  www.tejiendoelmundo.wordpress.com.

Pancho Sierra Biografia El Gaucho Sanador Historia Medicina Popular

Pancho Sierra Biografía del Gaucho Sanador

Existieron dos personajes que jamás no abandonaron  su fe católica y nunca cobraron absolutamente nada por sus intervenciones en bien de la gente. Ninguno de los dos lo necesitaba, ya que eran millonarios. Y si lo de ellos hubiera sido sugestión, bienvenida la sugestión si sirvió para darle alivio a los enfermos, apoyo al que lo necesitara y esperanza a todos.  Ellos lo hicieron, gratis. Todo eso los transforma en especiales, y son conocidos como «Pancho Sierra» y la «Madre María».

Pancho Sierra Biografia El Gaucho Sanador Historia Medicina PopularEl singular culto a Pancho Sierra, que en ciertos casos se vio inevitablemente invadido por una folclórica maraña comercial que ofrecía estampas y hasta tierra de su estancia a precios módicos, continuó a través del tiempo. Cada 4 de diciembre, día de su muerte, el cementerio de Salto (Bs. As.) recibe a muchos que apenas conocieron su historia pero que saben que era alguien «especial».

Don Pancho y la Madre, pues, no escapan a la categoría de curanderos, pero no adjudicamos al término ningún matiz peyorativo, todo lo contrario pues ellos fueron  Grandes Curanderos. Su fama vuela por todo el país y aun trasciende sus fronteras. Toda una organización prosigue sus enseñanzas, canonizando popularmente a sus fundadores.

Tuvieron, además, buena publicidad, en vida y en muerte. Y no venían de las clases populares; sino de arriba. Eran gente rica que abandonó su fortuna por lo que entendieron como misión, con el consiguiente escándalo entre los suyos y entusiasmo entre sus adeptos.

Una revista popular recuerda, a 80 años de su muerte, la historia de Francisco Sierra: «Pancho Sierra, llamado por todos sus adeptos «el médico del agua fría», «el gaucho santo de Pergamino» o «el resero del infinito» había nacido en Salto el 21 de abril de 1813 y murió el 4 de diciembre de 1891, aunque algunos sostienen que su deceso se produjo en 1894.

«Este personaje había nacido en una familia de ricos hacendados, y ya mayor se instaló en su estancia «El Porvenir», en los límites de Pergamino y Rojas.

«Su vida se transformó luego de una decepción sentimental. Se aisló entonces del mundo y luego retornó, tras una larga etapa, para volcarse sobre el dolor de los demás, haciendo curas tan portentosas que extendieron su fama a toda la provincia de Buenos Aires.

Pancho Sierra ejercía con pocas armas. Un poco de agua fresca del aljibe de su estancia, el profundo magnetismo de su voz, la seguridad que emanaba de su rostro profetice de larga barba blanca y de mirada penetrante.

A él acudían —como siguen acudiendo hoy—, los desventurados, los necesitados de pan o fe para vivir, los enfermos.

Y los que llegaban hasta él —dicen los adeptos— siempre encontraban remedio para sus males, para sus problemas, para sus desdichas. Y en ese reparto generoso Pancho Sierra acrecentó su fama, porque también fue distribuyendo fe y la mayor parte de sus bienes.

Muchísimas veces —según el relato de quienes lo conocían bien—, un vaso de agua brindado por Pancho Sierra alcanzó a curar en una zona en que el enfermo estaba solo y donde el médico solo era un mito. Su fama comenzó entonces a crecer y traspasar fronteras y hasta la estancia «El Porvenir» peregrinaron centenares de personas que acudían desde los puntos más lejanos en busca de ayuda, de consejos y de cura para sus dolencias. Se cuenta que como el viaje hasta su casa era largo, las compañías encargadas del traslado de los visitantes agregaron a su recorrido los «viajes especiales a lo de Pancho Sierra».

«Pancho Sierra se declaraba espiritista y con facultad para transmitir el poder curativo de que se consideraba ungido, así es que repartió sus discípulos en muchos partidos de la provincia conservando siempre su dirección.

Para las gentes escépticas era un alucinado.

Para sus adeptos, un santo. Para todos, un original. ‘Pancho Sierra tenía el rostro blanco, facciones aristocráticas, nariz aguileña y ojos azules que brillaban con intenso fulgor.

Su talla era mediana, delgado de cuerpo y su conjunto respiraba bondad y una apacibilidad de espíritu que se transmitía a todos sus actos… vestía siempre trajes ampulosos, bombacha, camiseta criolla, ancho sombrero, poncho y manta de vicuña.

Su exquisita sensibilidad por las desgracias ajenas y la intuición de sus facultades de «médium» le proporcionaron la ocasión de asistir a algún enfermo en épocas en que se carecía allí de médicos. «Este hecho, repetido muchas veces con éxito admirable, le confirmó la idea de que gozaba de alto grado de facultad que los espiritistas llaman «mediumnidad curativa» y que buenos espíritus le auxiliaban en ella. (…) «Pancho Sierra se mantenía en su vida de anacoreta, sin solicitar el trato de su familia y relaciones, muchos de los que se complacían en divulgar su supuesta locura, mientras él prodigaba beneficios a los pobres.

Compraba artículos de tienda por cantidades, frutas por carradas y en seguida llamaba a «sus hijos», los niños de la vecindad y los pobres que frecuentaban su casa, a quienes distribuía generosamente todo. «Estas prodigalidades incomprensibles confirmaban su reputación de «loco trastornado … pero bueno!

La estancia de Pancho Sierra era como un pueblo. Llegaban a ella de 15 a 20 carruajes por día. Todo e! mundo pretendía tomar un vaso de agua para curar sus males o llevar una botella del líquido saludable, único elemento que él suministró siempre y con lo que ha producido, según afirman los adeptos, numerosas curas, algunas sensacionales.

En una ocasión, en una casa semi-derruida, Pancho Sierra aconsejaba a la que sería su hija espiritual, María Safóme Loredo, luego conocida como la Madre María.

La joven de 27 años había llegado desde Buenos Aires desesperada: su segundo marido Aniceto Subiza estaba agonizando. A ella no le iba mejor: un tumor canceroso le endurecía un seno. Subiza, un rico estanciero moría poco después; ella en cambio, sanó ante el asombro de los médicos. Desde esos momentos, nacía la Madre María

Pero María Salomé Loredo había nacido antes, en octubre de 1854. De familia vasca y campesina, pastoreó ovejas cuando niña y aprendió a amar las flores, según su biógrafa. Es curioso que, mientras Pancho Sierra prefirió los jazmines, María era apasionada por los claveles. Y esas flores son las que cubren hoy sus respectivas tumbas, ya que sus fieles siguen halagando el gusto de los fundadores.

Victor Sueiro, en su curioso libro , «Crónica Loca» lo define asi: «Si bien sería irrelevante hablar de él como «un santo», tal como lo calificaron muchos de sus seguidores, es inevitable destacarlo como un hombre ciertamente piadoso. Era común que comprara él mismo cantidades de alimentos que regalaba a quienes lo necesitaban. Pero lo que hizo que su fama creciera de una manera impresionante era el hecho de que se producían resultados asombrosos con sus palabras y su agua fría. El singular culto a Pancho Sierra, que en ciertos casos se vio inevitablemente invadido por una folclórica maraña comercial que ofrecía estampas y hasta tierra de su estancia a precios módicos, continuó a través del tiempo.

Cada 4 de diciembre, día de su muerte, el cementerio de Salto recibe a muchos que apenas conocieron su historia pero que saben que era alguien «especial». A tantos años de su muerte (mas de 100), aún cuenta con adeptos que invocan su memoria ante una situación difícil.

Es curioso que, a diferencia de otros sanadores, jamás fue perseguido ni hostigado de manera alguna por la policía ni por ninguna otra autoridad. A su muerte hubo quienes pretendieron atribuirle la condición de espiritista. Fueron los espiritistas, claro está. Pero no era cierto. En ningún momento abrazó otra creencia que no fuera la católica aunque con una apertura muy grande hacia otras ideas, sin discriminar ninguna.

Vivía en el cuarto más pequeño de su estancia y allí, junto a una cama, una silla, una mesita y su guitarra, se destacaba en la pared una cruz con el Cristo agónico. En pleno apogeo de su fama, una de sus «pacientes» fue una joven de veintisiete años que llegó hasta él como última alternativa por un tumor alojado en uno de sus pechos. La mujer se curó. Se llamaba María Salomé Loredo de Subiza y se transformaría en discípula predilecta de Pancho Sierra y continuadora de su trabajo. El país la reconocería luego, en su historia cotidiana, con el nombre que le pusieron afectuosamente sus seguidores: la Madre María.»

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Pancho Ormeño Sanador Espiritual Curandenro Riojano Biografía

Pancho Ormeño Sanador Espiritual

PANCHO ORMEÑO, UN BENEFACTOR Pancho Ormeño aprendió desde chico a conocer los secretos de las plantas, las distintas cualidades que escondían celosamente esos vegetales crecidos en el pedregal o a la vera de los hilos de agua. Más tarde, frecuentando la amistad de curanderos y viejos pobladores hechos a la vida agreste, fue acumulando más conocimientos.

Pancho Ormeño

Pancho Ormeño

Algunos dicen que hasta le transmitieron parte de la sabiduría indígena, conservada por generaciones de comadres y salamanqueras. Lo cierto es que don Pancho terminó siendo un consumado botánico autodidacto, condición que unida a su célebre capacidad curativa lo convirtió en el taumaturgo más famoso de La Rioja.

Miles de testimonios hablan de su infalibilidad. «Su clarividencia era tal —escribe Teófilo Mercado— que muchas veces predecía la muerte de enfermos alejados con pasmosa exactitud…» Para curar recetaba siempre hierbas y yuyos que debían usarse para preparar tés, hacer fomentos, etcétera. Otros males los trataba con pomadas y ungüentos preparados con grasa y pelambre de animales silvestres.

Cierta vez un gobernador de La Rioja —Benjamín Rincón— quiso comprobar si detrás de tanta maravilla no había un vulgar embuste, y lo hizo ir hasta la Casa de Gobierno, donde lo enfrentó a un escéptico tribunal.

Pancho Ormeño sorprendió a todo el mundo. Anunció previamente lo que iba a hacer y ante la estupefacción genera! —utilizando dos yuyos diferentes— le provocó una epistaxis —hemorragia nasal— a un policía y de inmediato se la detuvo, sin ninguna consecuencia.

Antes de retirarse del recinto —repleto de jueces, doctores y altos funcionarios—se dirigió a un abogado presente y le dijo: «Creo que lo vide el año pasado por mis pagos. Vaya a verme otra vez. Y a ver si se me cuida los riñones». El aludido quedó preocupado y confundido; quince días después moría de nefritis aguda.

No faltaron otros escépticos que también quisieron poner a prueba los conocimientos de Ormeño. Este fue el caso de un vecino que llevó al curandero una muestra de sangre para que la analizara, alegando que era de su hermana, cuando en realidad pertenecía a una yegua. La respuesta no se hizo esperar: «Vaya y cuídemela bien a su hermana la yegua…».

El cuartel general del famoso personaje estaba en «La Cuchilla», rincón riojano al que acudían multitudes en busca de alivio y cura. Llegaban desde todos los puntos de la provincia y también de pagos más lejanos, y convertían la residencia y sus aledaños en un tumultuoso hervidero que acataba sin chistar las indicaciones de don Pancho. Ranchos improvisados, refugios levantados de la nochera la mañana, y hasta las cuevas de los cerros vecinos, eran buenos para guarecerse mientras llegaba el momento de la curación.

El benefactor casi siempre recetaba, pero a veces disponía la realización de ejercicios físicos, bailes o fiestas porque según él también la alegría era buen remedio para ciertos males.

Y así durante décadas, hasta que el 17 de octubre de 1939, cuando ya se acercaba a los noventa años de edad, la muerte se llevó al más célebre curandero que tuvo la tierra del Chacho Peñaloza. Los riojanos lo recuerdan con respeto y cariño: don Pancho Ormeño pasó su vida haciendo el bien.

Algo mas sobre Pancho Ormeño

Comer Carne Humana Podrida como Remedio Para Curar Enfermedades

Gran Remedio: Comer Carne Humana Podrida

La mumia y el unicornio: El vocablo mumia proviene de los antiguos judíos, árabes, caldeos y, principalmente, de los egipcios anteriores a Moisés, y significa cuerpo muerto preparado con sustancias odoríferas y conservatorias. Pues bien, la mumia (momia en adelante para nosotros) no era mas que carne humana ya cadáver preparada con un relleno de “pez judía”, sustancia que conocemos entre nosotros como betún de judea, y que resulta de una mezcla de asfalto, betún y parafina. Ahora bien, aunque no se sabe a quien, alguien se encargó de deslizar el rumor de que la pez judía poseía propiedades curativas comprobadas.

Es así como a partir de allí —en el año 1 .000 d. C. la carne de momia se utilizó para el tratamiento contra las contusiones, golpes y como preventoria de la coagulación sanguínea. Luego, más velozmente que el rumor corrió la avaricia y a partir de allí los árabes comenzaron a exportar momias egipcias para abastecer a los médicos y autoridades que requerían esa panacea, que era administrada en ralladura que se vehiculizaban con vino o miel, o bien se cortaba en pequeños trozos que eran ingeridos sin más ni más. Cuando el supuesto medicamento ganó adeptos a fines de la Edad Media, la demanda aumentó y, como lógica consecuencia, las momias comenzaron a escasear en el mercado.

momia

A partir de allí hicieron su aparición los eternos pícaros de la oferta y la demanda, quienes se encargaron de recorrer las prisiones para llevarse los cadáveres de los ajusticiados, los cuales eran cortados en pequeños trozos y proporcionados a los enfermos, quienes tragaban semejante “receta” no sin muchas veces vomitar cada porción, según registran las páginas de la historia de la medicina. Felizmente, el médico francés Ambrosio Paré, quien también había medicado estos bocados de cadáver —a mediados del siglo XV— anuncia que “los pacientes poco después de ingerirla la vomitan con gran dolor de estómago” y que no sólo no reducía las hemorragias, sino que, por el contrario “más bien por la agitación que esta droga produce en el cuerpo aumenta la pérdida de sangre”. Sin embargo, antes de que Paré y luego otros desmitificaran las bondades de la mumia, ésta había gozado en Europa de tal prestigio, que los comerciantes en Francia, por ejemplo, hacían un negocio fabuloso robando cadáveres de los cementerios en la noche.

Entonces les extraían el cerebro, las vísceras, para luego secarlos al horno, salarlos y aromatizarlos, untándolos finalmente con betún de judea para venderlos como auténticas momias de Egipto. De esta manera, anota Paré, vendían y hacían a los enfermos “tragar brutalmente carroña hedionda e infecta de ahorcados”. De todas formas, al negar Paré los efectos positivos de la mumia, proponía para los resultados buscados las mismas ideas y enseñanzas de los discípulos de Hipócrates Galeno, por ejemplo—, quien para evitar la coagulación de la sangre (que supuestamente lograba la mumía hasta el descrédito que le proporcionó Paré) recomendaba que a los enfermos de este mal se los debía envolver en piel de carnero recién desollado cubierta con polvo de mirto. Luego se acostaba al enfermo en un lecho bien caliente y se lo debía cubrir para que sudara durante 4 ó 5 horas, sin dormir.

Al día siguiente se quitaba el oloroso “envoltorio” y se le aplicaba al enfermo una especie de linimento elaborado con manzanilla, ungüento de malvavisco (planta malvácea), trementina, aceite de lombriz y harina de alholva (planta leguminosa), entre otros componentes. Claro que ese era un medicamento para pudientes, porque a la ‘gente pobre” recomienda meterla en bosta de vaca previa cobertura del cuerpo con heno y luego la sudar! Respecto del unicornio (animal inexistente) puede decirse que durante mucho tiempo su también imaginario único cuerno constituyó otro de los extraños y desagradables remedios del siglo XVI, utilizados para combatir la peste y toda clase de venenos. Ahora bien, ¿si el animal era inexistente —por lo tanto también su solitario cuerno— cómo se obtenía este medicamento? Según las investigaciones lo que se suministraba como cuerno de unicornio no era más que cornamenta de rinoceronte, de toro de Florida y de un anfibio que lleva un cuerno en la frente y se llamó camphur.

El elefante de mar también era utilizado para elaborar “cuerno de unicornio”, pues quitados sus dientes y molidos se vendían como la maravillosa medicina contra cualquier clase de veneno, epilepsia, pestes, rabia y hasta de valor antiespasmódico. Para que el unicornio causara efecto bastaba, según algunas indicaciones, colocarlo en el lado contrario de la dolencia, otros tomaban su ralladura y médula de algunas supuestas cornamentas y hasta se fabricaron tazones en los cuales se tomaban ciertas mezclas que ayudaban a los poderes del hueso extirpado a todo bicho que tuviera en la cabeza algo parecido a un cuerno.

Entre tanto remedio de dudosos y horribles sabores, también hubo prácticas que deben haber causado más muertes que curaciones por sus procedimientos rayanos en el sacrificio humano, como, por ejemplo, el uso del hierro candente, que los árabes utilizaron casi para todo menester quirúrgico, como operaciones de fracturas y testículos, para eliminar tumores, para detener hemorragias y en el tratamiento de várices y hemorroides. Lo más curioso y doloroso de la cuestión es que este sistema del hierro candente tuvo vigencia —sobre todo en los campos de batalla para tratar las heridas de guerra—mucho más allá de la Edad Media y se llegó a aplicar hasta durante la primera guerra mundial, donde la cirugía no ofrecía muchas alternativas al respecto.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono.

Recetas de medicamentos antiguos Medicina Casera Aceite de Ricino

Recetas de Medicamentos Antiguos

Recetas históricas: La historia de la medicina está plagada de recetas que hoy nadie se atrevería a tomar en serio y, menos aún, a tomar por vía digestiva teniendo en cuenta sus componentes y, lógicamente, sus sabores. Vaya como ejemplo esta receta indicada para las heridas entre el 2.100 y el 2.200 a de C.: “aplicar sobre ellas aceite, triturar y quemar una caparazón de tortuga y con ella friccionar la herida, luego agregar cerveza sobre el ungüento, dejar esperar un rato, triturar madera de abeto y cubrir la zona tratada”.

recetas medicas antiguas

Nos imaginamos el efecto de la aspereza de los restos del quelonio con los que se debía friccionar la herida y los olores de una mixtura tal, cubierta con vegetales a manera de vendaje. Sin embargo, aún cuando la juzguemos absurda, esta receta fue de uso obligado en las guerras, que, dicho sea de paso, eran frecuentes y multitudinarias. Lo que no nos cuenta la historia es cuántas víctimas más generaba la gangrena gaseosa a causa de la pomada que las propias contiendas.

Por su parte, los romanos —ya en el siglo XIII a de C.— habían aprendido a aplicar el opio como sedante y analgésico, y lo prescribían en forma de píldoras, cataplasmas, supositorios y lavativas, es decir, opio por todos lados con tal de calmar a los exaltados y aliviar a los doloridos. Lo que tampoco ha quedado documentado es cuántos murieron por lo que hoy llamaríamos sobredosis de narcóticos.

Mucho más tarde, Galeno (129-199) consideró al opio (conocido como una de las tantas plantas de los dioses) como el sedante y somnífero más poderoso que existía y recomendaba mezclarlo con cualquier «elemento templado”, pues su aplicación, afirmaba, producía un “enfriamiento que podía llevar a la muerte”, con lo cual, deducimos, él sí había comprendido, precisamente, los efectos mortales, de la antedicha sobredosis. 

Otro de los medicamentos que debe haber resultado todo una proeza ingerir, debe haber sido el conocido como teriaca o triaca, que se convirtió en el más famoso y demandado en el mundo antiguo. El invento de la teriaca se debe a Mitrídates VI rey del Ponto (de allí que en un principio se lo llamara mitridato), pero luego fue mejorado por el médico de cámara de Nerón, Andrómaco el Viejo. El bebedizo primitivo contenía entre 50 y 100 sustancias diferentes, pero luego quedó sólo en 64, entre las cuales se contaban las más heterogéneas e insólitas que puedan imaginarse, como, por ejemplo, opio, sangre de pato, carne de serpiente, especias, vino y hasta cebollas albarranas.

A pesar de todo, lo curioso es que esta horrenda mezcla que entrara a Europa en la Edad Media a través de los árabes fue tenida como remedio universal aún en el siglo XIX, con lo que es fácil suponer la cantidad de pacientes enviados al otro mundo con solo unos tragos de la famosa triaca.

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono.

Remedios Criollos Medicamentos Caseros y Naturales

Remedios Criollos – Medicamentos Caseros

Remedios a la criolla: Después de recorrer un poco la historia de aquellos remedios, vale la pena recordar algunos de los que la familia argentina usaba para sus curaciones y recetaban hasta hace no mucho tiempo los médicos de la época, pues eran los más avanzados que se disponían para tratar ciertos males. Difícil será para quienes han pasado el lapso de 50 años olvidar uno de los purgantes de peor sabor que se hayan conocido: el aceite de ricino o castor, que nuestras madres obligaban a ingerir valiéndose de los más creativos trucos e insólitas mezclas.

El famoso y repugnante aceite de ricino que se medicaba fervientemente como eficaz purgante, dado que evitaba las inflamaciones intestinales y producía una moderada secreción de las paredes del intestino, se extraía de la semilla de una planta auforbiácea, llamada, precisamente, ricino o castor, oriunda del Asia y África, aunque se alcanzó a cultivar en nuestro país debido a las altas demandas de la industria farmacéutica. Claro, que si bien los efectos laxantes del aceite eran en realidad eficaces, su sabor hacía que la resistencia de los niños para tomarlo fuera casi heroica, a tal punto que las etiquetas de los envases solían tener una advertencia sobre “la posibilidad de producir el vómito después de su ingestión”.

Por esa razón las madres de entonces trataban de mezclarlo con café, té, leche o alguna otra sustancia para disimularlo. Por su parte, una enciclopedia médica —más moderna de lo que pueda pensarse— aconsejaba “administrar el aceite después de un breve período de dieta absoluta; mantener el remedio lejos del enfermo (olía tan mal como sabía) hasta su administración; verter la dosis sobre cerveza espumante, y administrar todo ello sin dramatismos, pudiendo luego sorber una corteza de limón para evitar el mal sabor del preparado’. Otro consejo médico era dar al paciente inmediatamente después de ingerido el aceite ‘una infusión de té de menta para evitar el vómito”… Lo que se dice un verdadero operativo de engaño, que, generalmente, lo único que lograba era que el purgado no volviera a tomar en su vida café, cerveza o lo que le agregaran para atenuar el horrible sabor del purgante.

Lo curioso y peligroso del ricino —de hermosas flores rojas y frutos amarillos verdosos— es que su semilla, semejante a una avellana, administrada aun en pequeñas dosis, puede provocar gravísimas intoxicaciones. Y ya que hablamos de purgantes, que mejor (o peor, depende del enfoque) ejemplo que el de la recordada sal catártica (sulfato de magnesio), más conocida como sal inglesa” y que fuera desde mitad del siglo XIX hasta casi nuestros días uno de los purgantes más utilizados por la familia. Su sabor era extremadamente ácido y sus efectos drásticos, a tal punto que purgarse con sal inglesa equivalía a una especie de muerte civil por espacio de 24 horas, más una rígida dieta total. Su prescripción, según registros de archivo-, se extendía a la fiebre tifoidea, disenterías y enfermedades cutáneas, quizá siguiendo los caminos trazados por Hipócrates sobre la “desintoxicación corporal a partir de los purgantes”.

Otro purgante —más suave que los anteriores por entrar en la categoría de laxante—, registrado por la historia como utilizado principalmente por las familias porteñas fue la reconocidísima Magnesia San Pellegrino, efervescente, ácida y también de efecto rápido y seguro, pero también de sabor extremadamente amargo. Este purgante era un derivado del bicarbonato de magnesio y presentaba el aspecto de un polvo amorfo e impalpable. Bastaba una cucharada en medio vaso de agua para obtener una buena purga. Para soluciones más suaves se utilizó hasta hace poco tiempo la magnesia calcinada, conocida comercialmente como leche de magnesia, que, avances en técnicas farmacológicas mediante, llegó a frutarse con la intención de disfrazar su desagradable sabor.

De todas maneras, debemos considerar que en el aspecto purgante la hemos pasado algo mejor que el “rey sol”, pues la historia registra que sus médicos —en el afán de contrarrestar las enormes comilonas reales— aplicaron a Luis XIV, durante su reinado, nada menos que 2.000 purgas, un centenar de enemas y 38 sangrías.

Otros dos medicamentos contemporáneos que nos han hecho pasar muy malos ratos fueron aquellos que se utilizaron en la década del 30 y que se conocían como alquitrán guyot, y las pastillas del doctor Andreu, los dos utilizados como antitusígenos y ambos con un sabor francamente horrible, ya que pertenecían al rubro de los innumerables medicamentos que se elaboraban a base de la destilación de petróleo y brea, convirtiendo sus derivados en esencias que conservaban el color, olor y sabor desagradable del hidrocarburo.

Entrando en un terreno que para las madres de hace cinco o seis décadas era de fundamental atención —la vitaminización—, anotemos como uno de los reconstituyentes vitamínicos más rechazados por los niños fue el inefable aceite de hígado de bacalao, cuyo derivado más consumido era una emulsión (aceite mejorado) llamada “del doctor Scott”. El aceite, rico en vitaminas A y D, contenía una serie de sustancias, entre las que se contaban el ácido oleico, fósforo y restos de yodo, por cuya causa se lo medicaba como un verdadero tratamiento «multipropósito”, que abarcaba desde el raquitismo hasta los reumatismos crónicos, pasando por el embarazo, las enfermedades consuntivas y los eczemas de los niños.

El brebaje debe ser muy recordado por su casi insoportable sabor, a tal punto que las preocupadas madres debían librar verdaderas batallas con sus hijos para lograr que éstos tragaran el fortalecedor y proteico aceite. Pero aún peor que su sabor era su forma de obtención, que obedecía al antiguo y sencillo procedimiento de extraer el hígado del bacalao de Noruega con su respectiva vejiga biliar y guardarlos en grandes depósitos. La propia presión de la masa hacía que se escurriera una gran parte del aceite contenido en los hígados. A medida que pasaba el tiempo de este proceso de escurrimiento, la materia sólida iba entrando en putrefacción y ello hacía que el aceite se enturbiara y potenciara su insoportable sabor amargo, que luego, en un literal acto de sacrificio, éramos los encargados de beber.

Respecto de este feísimo medicamento también el progreso proporcionó su ayuda con los famosos saborizantes que invadieron el mercado farmacéutico de los 50, logrando en alguna medida aliviar el esfuerzo de las papilas gustativas. Como si esta emulsión fuera poco sufrimiento respecto de su ingestión, la medicación se completaba con un fijador  de calcio llamado Calcigenol irradiado, también de difícil aceptación por su mal gusto y ya desaparecido de los vademécum actuales.

Ver:Pancho Sierra

Fuente Consultada: Revista «Todo es Historia» Nota de Juan Ángel del Bono.

 

Madre Maria Sanadora Espiritual Biografia Historia de Curanderos

Madre María Sanadora Espiritual
Historia de Curanderos Argentinos

María Salomé Loredo nació en España el 11 de octubre de 1854 y llegó a la Argentina cuando tenía once años. A los diez años de edad era común que contara a su madre y al sacerdote de su pueblo que la imagen del Sagrado Corazón a quien ella veneraba en la iglesia del lugar, le sonreía con mucho amor. Con tales antecedentes desde su infancia, que ella tomaba con naturalidad, llega a Buenos Aires traída por su familia, que se instala en Saladillo, provincia de Buenos Aires.

De familia vasca y campesina, pastoreó ovejas cuando niña y aprendió a amar las flores, apasionada por los claves, al punto que hoy su tumba está cubierta por esas mismas flores. Desde el comienzo María es rodeada de augurios místicos.

Madre Maria Sanadora Espiritual Biografia Historia de Curanderos ArgentinosEl día de su nacimiento cesa una atroz sequía en las provincias vizcaínas y cae a raudales la lluvia bienhechora. A los 10 años permanece en éxtasis ante el Corazón de Jesús y corre luego a dar a su madre la buena nueva: ¡Jesús le había sonreído! «Tal era su dulzura —nos cuenta su panegirista— que el niño enfermo se reconfortaba con solo mirarla; ella le transmitía fuerza y confianza y esa fe ayudaba a la medicina para levantar los ánimos decaídos.»

En 1869, impulsados por los avatares de la guerra carlista, los Loredo emigran a la Argentina, donde llegan bajo el gobierno de Sarmiento. Se instalan en Saladillo, donde el padre continúa las labores campesinas. «Todas las chicas eran lindas —cuenta Yderla Anzoátegui—, pero la belleza de María era motivo de admiración, tanto, que muy pronto empezaron los cortejantes a rondarla y a los cinco años de haber llegado, y al cumplir sus 19 años, la hermosa joven contraía nupcias con el señor José Antonio Demaría, político y acaudalado terrateniente de la provincia de Buenos Aires. Por este casamiento, María quedó emparentada con. familias de alta estirpe y honda raigambre en la sociedad argentina.»

María Loredo había sido una ferviente católica durante toda su vida y nunca dejó de serlo. Si se le preguntaba de dónde pro­venían sus poderes ella contestaba invariablemente que no los tenía, que eran Dios y Cristo los que le habían encomendado una misión y que lo único que hacía ella era cumplirla con ale­gría. Describía su relación con Jesús como alguien puede estar hablando de un amigo, con tanto amor, tanta fidelidad, tanta fe, tanto respeto.

Durante los cuatro años de ese, su primer casamiento, María frecuenta reuniones y tertulias, alterna con Julio A. Roca, Juárez Celman, Pellegrini, Mitre, Alsina, Hipólito Yrigoyen y otros. Roca le regalará una casa. Como toda dama de alcurnia que se respete, María tiene asignada una misión: la beneficencia, y la ejerce con entusiasmo.

Viuda a los 23 años vuelve a casarse a los 28, esta vez con Aniceto Subiza «hombre de bien poseedor de grandes prendas morales y también de una sólida fortuna . . .». Ella prosigue su tarea beneficente, reza con pasión ante el Corazón de Jesús, y acaba por enfermarse.

Sobreviene entonces su encuentro con Pancho Sierra, (ver Pancho Sierra), y la designación de María como sucesora del famoso curalotodo. La nueva viudez lanza a la mujer decididamente al cumplimiento de su misión.

María abre una sala de conferencias, desde donde predica sencillos y ortodoxos sermones cristianos, postulando una vida sana física y moralmente. Postula la vuelta a Dios, el regreso a Jesucristo. Pero no solo eso: María resuelve problemas, cura enfermos, consigue trabajo. Si no fuera por el cariz mágico (negado públicamente por sus apologistas y aceptado por sus adeptos), su organización parecería una suerte de sociedad de beneficencia de «medio pelo».

«Cuántos necesitados llegaban hasta ella —cuenta Anzoátegui— para pedirle trabajo; ella recurría a la inmensa cantidad de gente que conocía y siempñe, de un modo u otro, remediaba la urgencia de! pobre que se lo había encargado.

«Después, la persona agradecida le llevaba su regalo que ella, más tarde, repartía entre otros necesitados que la visitaban.»

Y además, cura. Aunque manifestase: «No soy yo; es vuestra fe la que os cura«, poseía el «toque real» delmanosanta. Depositaba, además, gran fe en el agua fría, la medicina de su maestro Pancho Sierra. Conocía algo de yuyos pero, sobre todo, el llamado poder de la fe. Nunca negó la medicina, pero afirmaba que los médicos no pueden curar los males del espíritu, solo Dios puede hacerlo y a El hay que pedírselo.

Fue llevada ajuicio por su presunto ejercicio ilegal de la medicina. Fue absuelta. En una de las ocasiones en que fue detenida, se cuenta que salió de su celda y ganó la calle caminando sin que nadie supiera cómo. Sus detractores hicieron caer las sospechas sobre los policías que la custodiaban, afirmando que eran seguidores de ella, pero los hombres de uniforme lo negaron y nunca se supo con certeza cómo salió del calabozo que  permaneció cerrado con llave aun cuando María Loredo ya no estaba en él.

También profetizaba. Le predijo a Hipólito Yrigoyen su ascenso a la Presidencia, y le aconsejó no aceptar el segundo período. A su amigo Lázaro Costa, que le daba crédito para pagar entierros s los pobres, le auguró que su casa mortuoria sería la más importante de Buenos Aires.

Gente ilustre acudía a consultarla para aprovechar este don, y hasta un obispo chileno no tuvo a menos concurrir a la Misión para charlar con ella. No atribuía su videncia ni sus poderes al espiritismo, que estigmatizaba como contrario a Dios, sino que se consideraba encomendada por El mismo para regenerar al mundo. De allí que designara Apóstoles y asumiera su carisma a conciencia.

Su doctrina es ascética, pero conserva el aspecto más pagano del catolicismo: la invocación a los santos para conseguir lo que se desea, de acuerdo a la especialidad de cada uno. Introduce, además, a un nuevo santo: Pancho Sierra, que es citado en las oraciones junto a sus «colegas» oficiales, a Jesucristo y a la Virgen María.

Sus «milagros» son eclécticos. Desde salir de un calabozo cuya puerta se abre misteriosamente, cuando estuvo detenida, hasta las curaciones o el conseguir trabajo. Los produce hasta después de muerta, cuando alguien pide su intercesión. Uno de los más notables es el haber logrado que la muy morosa Caja de Previsión para independientes despachara por fin el expediente de una pobre señora que ya desesperaba de cobrar algún día su jubilación.

Su muerte registra una de las grandes manifestaciones de dolor popular. Los diarios registran en sus necrológicas el deceso de la gran dama que eligió otro camino, esta vez evitando las fórmulas que se suelen emplear en esos casos.

Dijo La Nación (5/10/28): «El sepelio de los restos de doña María Salomé Loredo de Subiza —la Madre María— según la consagración de la popularidad, se realizó ayer, en el cementerio del oeste. Y certificaba esa popularidad, singularmente difundida, la presencia de una multitud enorme, que la veló en su casita de Turdera, cerca de Témperley, acompañó su féretro a través de la ciudad y asistió a la inhumación con recogimiento conmovido.»

¿Qué milagros hizo? ¿Qué obras benéficas llevó a cabo para ser llamada con esa familiaridad y llorada como una santa? Hacía milagros en efecto. En aquella casita de Turdera, recibía a los que ya no creían en otros remedios ni en otros consuelos. Llevaba plegarias compuestas de palabras simples, imponía las manos a los menesterosos de alivio, prescribía oraciones que no están en los devocionarios, daba consejos con voz límpida, suave, e indicaba procedimientos sencillos: una gota de agua, una gota de aceite.

Y así, quién sabe por qué virtud de sugestión, por qué influencia de la propia credulidad, llegó a ser para todos, ricos y pobres, de lejos y de la vecindad, a ser lo que fue, es decir, la Madre María, la extraña y bienhechora mujer, que a veces se mostraba en las calles o en los teatros de la Metrópoli, con sus ojos grandes, fijos, serenos, su talla firme, su masa de cabellos blancos, arrollados en un grueso rodete.

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