La Obra de Calvino

Biografia de Juan Knox Lider de la Reforma en Escocia

Biografia de Juan Knox – Reformador Religioso

Dotado de un poder persuasivo poco común, de una mirada imperiosa y de un espíritu fanático, Juan Knox fue en Escocia el alma de dos revoluciones simultáneas y complementarias: una de carácter religioso, la introducción del calvinismo; otra de carácter político, el triunfo de la nobleza de los clanes sobre la monarquía.

Juan Knox

John Knox fue un predicador escocés, líder de la Reforma Escocesa y considerado el fundador de presbiterianismo. Influido por los primeros reformadores, como George Wishart, se unió al movimiento reformista de la Iglesia escocesa

Después de una vida de agitador y de propagandista del credo reformado, llevó su partido a la victoria con el apoyo de los lores de la Congregación. En una palabra, Knox es el prototipo del hombre de acción, de esos ((predestinados» en cuyo corazón prendió como llama devoradora la doctrina de Calvino.

La crítica moderna no se ha puesto de acuerdo sobre la fecha de su nacimiento, que los autores más antiguos fijaron entre 1515 y 1513.

Pero parece estar dentro de lo aproximado la fecha dada usualmente de 1505. Nació Knox en el seno de una familia campesina de Gifford Gate, Haddington, afecta al clan de los Both-wells.

Hacia 1525 cursó estudios universitarios bajo la dirección de Juan Major en Glasgow o en San Andrés (Edimburgo), aunque parezca más verosímil este último centro. En todo caso, no llegó a graduarse. Tampoco se sabe con certeza cuál fue su crisis religiosa, pues desde los primeros años de su actuación aparece como protestante radical.

En 1543 lo hallamos, en efecto, en su distrito natal, ejerciendo los cargos de sacerdote y de notario de la diócesis de San Andrés, y en 1546 apoya con todas sus fuerzas al reformador Jorge Wishart, que pereció en el patíbulo a causa de sus prédicas. Poco después, en 1547, Knox predicaba a su vez, en tonos muy violentos, contra el catolicismo.

Hecho prisionero por los soldados franceses en junio de 1547, fue condenado a galeras, en cuyo trabajo de forzado pasó cerca de un año.

Libertado por intervención de la corte inglesa, se trasladó a Londres, donde procuró radicalizar la reforma inglesa en tiempos de Eduardo VI. En 1551 fue nombrado capellán de la corte y al año siguiente rechazó una silla episcopal anglicana.

La entronización de María Tudor motivó su huida de Inglaterra en 1554. Residió algún tiempo en Francfort; pero muy pronto se trasladó a Ginebra, donde adquirió la férrea y unilateral armadura de las doctrinas de Calvino.

Después de una visita a Escocia en 1555, que provocó varios tumultos y su persecución por orden de la regente María de Lorena, Knox volvio a su país natal en mayo de 1559.

Estaba ahora apoyado por los lores de la Congregación, unidos por el Covenant de 1557 que él había contribuido a concertar. Su presencia en la patria se caracterizó por la destrucción de imágenes y el saqueo de monasterios.

Los lores escoceses se apoderaron de la persona de la regente, firmaron un tratado de alianza con Inglaterra e impulsaron la reforma religiosa, que favorecía sus apetencias políticas y sociales.

En 1560 Knox presentó al parlamento una confesión de fe — que fue aprobada (25 de agosto)—, inspirada en un calvinismo radical. Poco después empezaba a organizar la iglesia reformada escocesa, a base de la elección de los presbíteros y la intervención de los fieles en el gobierno espiritual de la comunidad.

Sin embargo, en la confiscación de los bienes eclesiásticos los nobles se atribuyeron la parte del león, relegando a segundo término la idea de Knox de distribuirlos entre los pobres.

En 1561 regresó a Escocia María Estuardo. Desde el primer momento Knox se opuso al gobierno de la nueva reina, en la que sus ojos de exaltado veían la encarnación de un espíritu maléfico (Knox era adversario del gobierno de las mujeres en general).

Durante algunos años su papel religioso fue restringido por la corte, la cual le prohibió predicar en Edimburgo. En 1566 hizo una visita a Inglaterra, durante cuyo transcurso ocurrieron en Escocia los más trágicos acontecimientos del reinado de María Estuardo.

Knox regresó a su país natal con tiempo sobrado para arrancar de los nobles la deposición de María Estuardo (1567).

Protegido por el regente Moray, Knox vio crecer su iglesia, que en 1567 fue proclamada única en el país. Después de intervenir en la lucha ideológica entre el calvinismo y el catolicismo en Francia y en los Países Bajos, murió el 24 de noviembre de 1K72 en Edimburgo. Legó a la posteridad una historia de la reforma en Escocia.

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Biografia de Wyclef John Teologo Traductor

Biografia de Wyclef Juan Teologo-Traductor

La inquietud religiosa en el Occidente de Europa, que pareció reprimida a mediados del siglo XIV, halló un nuevo germen en la obra del inglés Juan Wycleff.

Germen tanto más virulento cuanto la herejía no nacía ahora en un medio simple y popular, ni estaba atinada por impulsos sentimentales primarios, sino que se manifestaba en uno de los centros universitarios de más tradición europea — Oxford — y obedecía a especulaciones ideológicas de un cuño hasta entonces desconocido.

John Wyclef
John Wyclef, apellidos alternativos: Wiclef, Wycliff o Wickliffe, conocido como Juan Wiclef en español teólogo y reformador inglés que fundó el movimiento que se Lolardos.
Fecha de nacimiento: 1330, Hipswell, Reino Unido
Fallecimiento: 31 de diciembre de 1384, Lutterworth, Reino Unido
Influenciado por: Agustín de Hipona, Guillermo de Ockham, Roger Bacon, Roberto Grosseteste, Thomas Bradwardine

En este aspecto, Juan Wycleff fue el primer gran hereje de la época moderna, y sus doctrinas, a través de los husitas, tuvieron sensible influencia en el desencadenamiento de la subversión religiosa del siglo XVI.

Nacido hacia 1320 en el lugar de Hipswell, o Wycliffe, en el Yorkshire, Juan Wycreff (correctamente Wycliffe), se educó y profesó (1356) en el Balliol College de Oxford, fundación debida a los Balliols de Barnard Castle, vecinos de su familia.

En 1361 fue nombrado cura de Fillingham. Pero para él no habían transcurrido en balde los años de Oxford, donde había explicado con brillantez. Conocía a fondo los Santos Padres, en particular San Agustín, en quien bebió sus teorías sobre la predestinación.

Pero, además, destacaba en el conocimiento de la Biblia, hasta el extremo que sus discípulos le dieron el nombre de doctor evangélico. Aunque le eran familiares la filosofía y la teología escolásticas, Wycleff no había adoptado el nominalismo de Ockham, imperante en París, sino que permanecía fiel al augustinismo de la gloriosa tradición de Oxford.

De la misma manera que había triunfado en Oxford, Wycleff se hizo una reputación fuera del recinto universitario. Aunque se ha demostrado que no escribió el Determinatio de dominio en 1366, su actitud antipontificia debía ser lo bastante conocida para que Juan de Gante y su partido pensaran en él como un posible instrumento contra el Papado.

En 1374 fue nombrado delegado real en la conferencia de Brujas, que intentó conciliar los puntos de vista de Eduardo III y Gregorio XI. De regreso a Inglaterra, profesó de nuevo en Oxford e intervino en los asuntos políticos planteados por las relaciones con Roma.

En 1376 aprobó sin reservas las protestas del Buen Parlamento contra las ventajas concedidas a la Curia romana en Inglaterra. En el transcurso del mismo año publicó un compendio de las lecciones dictadas en Oxford: el De civile dominio.

Esta obra causó profunda sensación, pues por vez primera defendía que los príncipes habían recibido de Dios tanta autoridad como los eclesiásticos, de modo que, por un lado, la Iglesia erraba cuando pretendía unir a su magisterio el poder temporal, y por otro correspondía a los príncipes corregir al Papado.

Este atrevimiento inaudito conmovió a los obispos ingleses: Wycleff compareció ante la asamblea del clero de Inglaterra reunida en San Pablo de Londres el 19 de febrero de 1377.

Pero aquí fue defendido por su protector, Juan de Gante, con tanto ímpetu que se produjo una viva discusión, seguida de un tumulto callejero. La Iglesia británica no se atrevió a actuar contra Wycleff.

En cambio, Gregorio XI le consideró, por bulas del 22 de mayo de 1377, como seguidor de las doctrinas de Marsilio de Padua, y exigió su comparecencia ante los tribunales eclesiásticos. Protegido por el duque de Lancáster, coreado por los colegios de Oxford y aplaudido por parte del pueblo; Wycleff fue juzgado en mayo de 1378. Se le exigió que no exaltara los espíritus con sermones discutibles.

Desde 1378 a su muerte, ocurrida en Lutterworth (Leicestershire) el 1° de noviembre de 1384, Wycleff vivió en Oxford o Lutterworth, libre de todo temor, aunque algunas veces, como con motivo de la revuelta campesina de 1381, sus adversarios trataron de hacerlo condenar por hereje. Pero ni la corte ni Oxford le abandonaron.

Y así, protegido por dos instituciones católicas, pudo desarrollar sus principios subversivos, manifestados en sus tratados De Ecclesia, De veritate Sacrae Scripturae, y, sobre todo, en el Trialogus. Traductor de la Biblia al inglés, Wycleff procuró demostrar, con procedimientos eruditos, que sólo merecía crédito la palabra de Cristo contenida en los Evangelios.

Fue él, pues, quien sostuvo primeramente la revolucionaria tesis de que la fe y la práctica religiosa debían descansar exclusivamente en la Biblia, intepretada con corrección.

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El Duque de Alba en los Paises Bajos Tribunal de Sangre

El Duque de Alba en los Países Bajos

Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba (1507-1582), general y político español, conocido como el Gran Duque de Alba, que sirvió al emperador Carlos V y a Felipe II. Nació en la localidad abulense de Piedrahíta (29 de octubre de 1507) y, desde muy joven, se dedicó a las armas participando a las órdenes del Condestable de Castilla en el sitio de Fuenterrabía (1524) y en la defensa de Cataluña contra los franceses.

Actuación del duque de Alba. — Felipe II, que se consideraba el brazo de Dios sobre la Tierra y estimaba indiscutible su autoridad real, no podía transigir con la división religiosa en los Países Bajos, y aunque hubiese sido de carácter más dúctil le hubiera sido muy difícil proceder con templanza ante el sesgo que habían tomado los acontecimientos en aquellos Estados. Envió, como ya hemos indicado anteriormente, al duque de Alba con numerosas tropas y las convenientes instrucciones para acabar con toda resistencia por la fuerza de las armas.

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Don Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba. Guerrero y político. Este viejo luchador de los tiempos de Fernando V y Carlos I tuvo que enfrentarse con la grave cuestión de los Países Bajos, donde la dureza de su trato y de sus medidas represivas son proverbiales. También dirigió a los ejércitos que, encabezados por el propio emperador Carlos V (Carlos I de España), derrotaron a las tropas luteranas, en Mülhberg (a orillas del río Elba, en Alemania), el 24 de abril de 1547.

El duque obedecía ciegamente los dictados del rey y era como un instrumento de la autoridad regia. Llegó a Flandes en 1567, asumiendo el gobierno del país, pues la infanta Margarita renunció a la regencia en diciembre del propio año. Inmediatamente empezó a funcionar con todo rigor la Inquisición, se pusieron en vigor los decretos del Concilio de Trento y se implantó un tribunal que fue llamado el Tribunal de la Sangre por las muchas condenas capitales que fulminó tal tribunal, que era una especie de Consejo permanente.

Sus fallos eran inapelables, los procedimientos, expeditivos, y sus condenas consistían en el destierro, la confiscación de bienes, la horca, la decapitación, el descuartizamiento y la hoguera. Al principio de su actuación hubo día en que se efectuaron quinientas ejecuciones. Un verdadero régimen de terror.

El duque de Alba, por medio de engaños, apresó entre otros, a los condes de Egmont y de Hoorn, que fueron, al poco tiempo, ejecutados por sentencia de dicho tribunal. Es tanto más de resaltar esta felonía, hecha por mandato real, por cuanto Egmont, que era de religión católica, había prestado excelentes y leales servicios a Carlos V y a Felipe II, contribuyó a ganar la batalla de Gravelinas y había sido tratado con afecto por el rey.

Lucha por la emancipación. Derrota de los protestantes. — En 1568, Guillermo de Nassau, príncipe de Orange (pequeño Estado que fundó Carlomagno en Francia), llamado Guillermo «el Taciturno», por su prudencia y cautela en los asuntos de Estado, nacido en 1533 y educado en la religión católica, pero que al llegar a su mayoría de edad abrazó el protestantismo, entró en campaña al frente de un ejército reclutado en Alemania y equipado con la ayuda de los hugonotes franceses, de Isabel de Inglaterra y de los príncipes protestantes de Alemania; al principio obtuvieron algunos éxitos, pero el ejército español, mandado por el duque de Alba, hizo fracasar los intentos, y el ejército de Guillermo se disolvió por falta de recursos para mantener las tropas. Guillermo de Orange se retiró a Francia en espera de mejor ocasión. Muchos ciudadanos huyeron y Alba agudizó sus medidas opresoras estableciendo impuestos onerosos.

Reanudación de la contienda. — El 15 de julio de 1572 se reunieron en Dordrecht los diputados de varias ciudades holandesas y constituyeron una Liga para la defensa de sus libertades bajo la jefatura de Guillermo de Orange a quien también proclamaron gobernador de las provincias de Holanda, Zelanda y Utrecht. Este movimiento pretendía aprovechar en su favor la situación determinada por la toma de Brielle, en la desembocadura del Mosa, seguida  de la  de Flesinga y  de otras  ciudades  de  Zelanda por los meergeusen,  gentes   que   actuaban   con   propósitos  piráticos.

Guillermo   de Orange  entró por el Brabante a la cabeza de un ejército  constituido por franceses,    alemanes    e    ingleses,   Lovaina,    Malinas,    Oudenarde,   Marden, Haarlem y otras ciudades fueron conquistadas. Los españoles sitiaron a Haarlem y lograron reconquistarla después de siete meses de asedio y cuantiosas pérdidas. Los holandeses equiparon una armada en Flesinga y la flota española fue derrotada en el Zuiderzee. En otras plazas reconquistadas se ejercieron duras represalias por el duque de Alba.

Éste fue relevado de su mando a fines de 1573 y sustituido por don Luis de Requesens, hombre de carácter conciliador, a pesar de lo cual, el encono que dominaba todos los ánimos obligó a seguir la guerra con igual tesón por ambas partes. Las armas españolas fueron afortunadas en Mook, en cuya batalla sucumbieron Luis y Enrique de Nassau, hermanos de Guillermo de Orange.

Pero esta victoria fue contrarrestada con la liberación por los rebeldes de la plaza de Leyden, cuyo asedio hubieron de abandonar los españoles ante la invasión de las aguas por la rotura de los diques, y también por la toma de Middelburgo por los holandeses. A fines de 1574, los españoles habían sido arrojados de Zelanda y del sur de Holanda. La guerra continuó con alternativas, y a principios de 1576 murió el gobernador Requesens.

En noviembre de aquel año, las tropas españolas amotinadas, por falta de pagas, asaltaron y saquearon la ciudad de Amberes.

Fuente Consultada:
Historia Universal de la Civilización  Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica

Cardenal Mazarino Ministro y Tutor de Luis XIV de Francia Obra

RESUMEN DE LA VIDA Y OBRA DEL CARDENAL MAZARINO, MINISTRO DE LUIS XIV

ANTECEDENTES: La segunda parte del siglo XVII francés, período que sería llamado el «Gran Siglo» por los historiadores, se caracteriza durante sus diez primeros años por una crisis que conmovió a la monarquía como raramente lo había sido antes ni lo volvería a ser después, hasta la Revolución de 1789.

Es una de las pocas veces, durante toda la historia de Francia, en que la monarquía encuentra levantados frente a ella, tanto al Parlamento burgués como a los Príncipes, sostenidos por el pueblo. Todos se sentían cansados de la mano de hierro que Luis XIII había mantenido sobre ellos por medio de su ministro Richelieu. Para defender la corona real se encontró un prelado extranjero, el italiano Mazarino, cuya inteligencia y energía redujeron las intrigas y violencias.

Cuando el pequeño Luis XIV llegó a la edad de ocupar el poder, conservaba de su infancia el horror al desorden y a toda veleidad de independencia. Con una voluntad sistemática establecerá los fundamentos de un absolutismo como Francia no le había sufrido jamás.

cardenal frances mazarino

Giulio Mazarino
Giulio Mazarino o Jules Mazarin (1602-1661), político y cardenal francés que controló el gobierno francés durante la minoría de edad deLuis XIV y ayudó a transformar a Francia en la potencia predominante de Europa.El poderoso cardenal francés de origen italiano Giulio Mazarino gobernó el reino
durante la minoría de edad de Luis XIV.

DOS ESPECIALISTAS  PARA UNIFICAR   UN   REINO
Mientras en Alemania los señores feudales aún tenían fuerza suficiente para impedir la unificación del Imperio, en Francia las cosas marchaban en sentido inverso: la nobleza se debilitaba gradualmente, consolidándose el poder de la monarquía sobre todo el reino.

Desde tiempos de Felipe IV el Hermoso, quien afianzó la obra de Felipe II Augusto, la idea de país iba cobrando cuerpo. Hasta entonces en la Edad Media, cada señor o noble tenía control absoluto sobre sus dominios —los feudos—. Pero, durante los tres últimos siglos, el poder de la nobleza iba siendo limitado. Aunque conservaban todavía algunos privilegios, barones y condes eran obligados a respetar una única autoridad «nacional», el rey. Aun así, periódicamente la nobleza se rebelaba, reclamando o restableciendo sus antiguos privilegios y creando dificultades a las iniciativas del monarca.

Richelieu procuró subordinar enteramente la nobleza al poder central. Pero el tiempo era corto. El rey envejecía y el propio Richelieu sentía disminuir sus fuerzas, sin que la monarquía francesa hubiese alcanzado el poder absoluto que consideraba indispensable para el fortalecimiento del Estado.

Se hacía imprescindible crear condiciones para que el futuro monarca pudiese continuar la obra. Uno de los obstáculos ya habla sido sorteado: la falta de un heredero directo del trono. Si Luis XIII hubiera muerto sin dejar hijos, la situación se habría complicado, pues la corona habría pasado al hermano del rey, en quien Richelieu no confiaba.

Había ahora una criatura de algunos días de vida. Pero eso solo no bastaba para asegurar la continuidad de la política incitada por el cardenal. Richelieu pensaba que sin un buen consejero ningún soberano se podría conducir con eficacia. Por eso necesitaba preparar con urgencia un sucesor para su propio cargo.

Había un solo hombre que estaba en condiciones de sucederlo: Giulio Mazarino, experto diplomático italiano que había sido soldado en los ejércitos del papa y que por entonces representaba al pontífice en París. En la larga convivencia con el italiano, Richelieu comprobó la perfecta identificación que Mazarino iba adquiriendo con él. La probada habilidad de Mazarino haría de él un continuador ideal de sus proyectos.

Era necesario «afrancesarlo» y aumentar su prestigio, para tornarlo en un consejero viable para el futuro rey de Francia. En 1640, Richelieu manda cambiar su nombre por el de Jules Mazarin y consigue su elevación al rango de cardenal. Esto se produce en el momento preciso: Richelieu fallece dos años más tarde y, al año siguiente, deja de existir también Luis XIII.

Ana de Austria

EL ULTIMO DESAFIO DE LA NOBLEZA
«¡Luis XIII ha muerto, viva Luis XIV!». Resuenan nuevamente los tambores en las plazas públicas, mientras los heraldos proclaman el nombre del nuevo rey. El monarca tiene sólo cinco años. Corresponde a su madre gobernar provisionalmente, hasta que el rey alcance la mayoría de edad. No muy interesada en los asuntos políticos, la Reina Ana entrega el poder efectivo a ese personaje todavía relativamente oscuro, el cardenal Mazarino. Consta que las relaciones de la reina con su primer ministro eran más que amistosas. El hecho es que Mazarino no pierde tiempo y aplica paso a paso la política de Richelieu.

Luis XIII de Francia

Crea nuevos impuestos y tasas para los nobles, a fin de obtener fondos y reducir  aún   más  sus   privilegios.   Y concentra en sus manos una gran cantidad de poderes que, según explica, serán transferidos a Luis XIV en cuanto éste suba al trono. Mazarino se destaca pronto. Concluye con Alemania los tratados de Westfalia, poniendo fin a la llamada Guerra de los Treinta Años, que a partir de un conflicto entre los príncipes alemanes y los Habsburgo se había transformado en un conflicto continental, pues comprometía prácticamente a todos  los  países  europeos.

Los obispados de Metz, Toul y Ver. dún eran reconocidos como parte del reino de Francia y lo mismo ocurría con Alsacia, que se convertía en un enclave francés en medio de territorios germánicos. El poderío español también se reducía, ya que perdía gran parte de su influencia en los Países Bajos.

La guerra fue financiada por medio de pesados tributos, que afectaban tanto a los varios sectores de la nobleza como a los comerciantes, campesinos y artesanos. A partir de 1646, por ejemplo, todas las mercaderías que entraron en París fueron tasadas. Apoyándose en la burguesía, con la cual entablaron un pacto momentáneo (ambas clases tenían intereses opuestos), los nobles se rebelaban contra Mazarino con el concurso de la población de París.

Sintiéndose poco segura en palacio, la regente manda aprontar un carruaje y, llevando consigo a su hijo, logra atravesar la ciudad y refugiarse en la pequeña villa natal de Luis XIV, Saint-Germain-en-Laye (el pequeño rey no olvidará jamás el miedo que le produjo el levantamiento de París y de la nobleza: toda la vida tratará de domesticar a esta última y nunca se encontrará a gusto en la capital).

Se trataba de la llamada Fronda, rebelión capitaneada por la nobleza contra el poder creciente de la monarquía. Expulsado de París por los nobles, el joven rey Luis XIV fue, no obstante, traído de regreso por un príncipe, Conde. En desacuerdo con la revuelta, Conde afirmaba no tener nada contra el futuro soberano, y sí contra Mazarino. Exigió que fuese echado de Francia. En condiciones de inferioridad, Mazarino se exilió voluntariamente y comenzó a preparar  cuidadosamente   su  retorno.

Mantenía intensa correspondencia con la reina y su hijo, y daba instrucciones precisas en cuanto a la manera de enfrentar a la Fronda. En setiembre de 1651, probablemente debido a su consejo, Luis XIV declara oficialmente terminado el período de la regencia materna y asume todos los poderes de monarca. Tiene apenas trece años.

No tardará en llamar a París al fiel consejero de la corona (fiel, aunque se enriquezca a su nombre). Desde entonces, Mazarino se convierte en la «eminencia gris» del reino, el verdadero gobernante y preceptor del rey. Sólo otra personalidad se hace tan conocida —y odiada— como la suya en los años siguientes: la de Nicolás Fouquet, superintendente de Finanzas, a quien Mazarino encarga la importante tarea de recaudar los impuestos.

Mazarino enseña a Luis XIV a mantener siempre equilibrado el tesoro real, a rodearse de hombres competentes, interesados en desarrollar el comercio y las manufacturas, y a escoger a sus asesores sobre todo entre los burgueses, que, según él. merecen más confianza que la gente de  la   nobleza.

Luis XIV de Francia

No podía haber mejor alumno que Luis XIV. El monarca participaba de las reuniones del consejo a título de «enseñanza práctica» y daba su parecer sobre los asuntos en discusión.

A partir de cierto punto, su opinión divergía frecuentemente de la de los consejeros, lo que provocaba algún malestar en la sala del conseje en definitiva, Luis no era más que un muchachito. Empero, se hacía difícil distinguir dónde terminaba el entrenamiento y dónde comenzaba a expresarse   la   soberana   voluntad   real.

CUANDO  EL  DISCÍPULO APLICA LAS DOCTRINAS DEL MAESTRO
Antes de «diplomarlo», Mazarino juzgó necesario escoger para él una esposa. Luis ya tenía su elección hecha: María Mancini, joven y bella sobrina del cardenal. Pero éste era contrario a las complicaciones que estos amores podían aportar. «¡Señor, os he recomendado apoyaros sobre los burgueses —dice— pero no sobre las burguesas! …» Mazarino insiste en que el monarca encuentre esposa en las familias reales de Europa. El casamiento es un asunto de Estado, un asunto por demás complicado para confiarlo exclusivamente a los sentimientos.

Mazarino ha iniciado gestiones ante Felipe IV de España: Luis XIV se casará con la princesa María Teresa, recibiendo a cambio territorios españoles de los Países Bajos, además de una pequeña dote de… ¡medio millón de escudos de oro! Al menos teóricamente, la transacción deberá asegurar la paz entre los dos reinos. La ceremonia se realiza en 1660.

Boda de Luix XIV y María Teresa

Boda de Luix XIV y María Teresa

Luis, que había jurado a María una fidelidad eterna, la dejó marchar, entre lágrimas. El corrió a ocultar sus lágrimas a Chantilly, enviando a su bienamada patéticas cartas de amor. Hizo falta, durante meses, toda la ternura de Ana de Austria, toda la sutileza, todas las reprensiones del Cardenal para que el rey consintiese, por fin, en renunciar a María, aceptando ofrecer su mano a la insípida María Teresa. El 9 de junio de 1660, unos esponsales dignos de un cuento de hadas unían a la Infanta de España y al Rey de Francia. María Teresa, desde el día siguiente de su boda, manifestó por su esposo una adoración ingenua y enojosa, que se prolongaría hasta sus últimos días.

EL FIN DE MAZARINO
El rey fue siempre un dócil alumno de Mazarino. Este se comportaba como verdadero monarca. Nadie tenía acceso libre a él, quien solicitaba una gracia debía dirigirse al Cardenal y no a Luis; su salud declinaba de día en día, pero su fasto jamás había aparecido tan esplendoroso. Victorioso frente a Austria y España, todavía encontró tiempo para pacificar el norte de Europa, restableciendo el equilibrio entre Suecía, Polonia y Dinamarca.

Sintiendo entonces próximo su fin, contempló la muerte con grandeza, suspirando solamente a la vista de las maravillas de su colección de cuadros: «Es necesario, pues, dejar todo esto». «Nunca, dijo más tarde Voltaire, hubo en una corte más intrigas y esperanzas que durante la agonía del cardenal Mazarino».

El superintendente Fouquet, protegido por la reina madre, creyó que sucedería al italiano, pero Colbert estaba firmemente resuelto a obstaculizarle el camino y a aprovechar la oportunidad. El día 7 de marzo, Mazarino se despidió noblemente del rey y de la reina madre.

Luis XIV lloró mucho, pero cada uno de sus ministros, acechando en su rostro una señal sobre la que fundar sus esperanzas, quedó decepcionado. El Cardenal se extinguió el 9 de marzo, habiendo llevado a fin la obra de Luis XIII y de Richelieu. Entre las manos del rey de Francia ponía la corona más poderosa de Europa.

PARA SABER MAS…
LAS DIFICULTADES FINANCIERAS EN LA ÉPOCA DE MAZARINO
Mazarino se encontraba frente al enojo de la nobleza y, además, frente a las dificultades económicas que había heredado de su predecesor. Este había concedido a estas cuestiones un mediano interés. El «estado de previsión» establecido cada año no comprendía todos los gastos ni todos los ingresos. Había cajas distintas, cuentas especiales a las cuales estaba afectado un ingreso determinado.

El paso de gente de guerra o una mala cosecha comprometían su percepción, por lo que se imponía encontrar nuevos recursos. Los gastos impagados, los ingresos no cobrados eran diferidos de año en año. Hubieron de aumentarse los impuestos de 17 a 69 millones, acrecentar el número de gravámenes. Pero todo fue insuficiente. La productividad del país era mediocre: el reino estaba siempre en el límite de la subsistencia y al borde del hambre endémica; la población permanecía subalimentada.

Para mantener sus ejércitos, Mazarino hubo de recurrir a métodos detestables, pidiendo prestado dinero a los banqueros, autorizando a éstos a percibir determinados impuestos. El rey ponía entonces a su disposición agentes del fisco y, a veces, hombres armados oprimían con impuestos a los campesinos hambrientos. En 1643 y 1644 hubo revueltas y motines en Rouer-gue, Poitou, Saintonge y el Angoumois. Pero la crisis financiera, lejos de disminuir, se agravaba. Particelli d’Emery, financiero de origen italiano, nombrado superintendente, se las ingenió para encontrar recursos nuevos mediante la venta de oficios inútiles y reducciones de emolumentos.

Exhumó una vieja ordenanza de Enrique II prohibiendo la construcción de casas junto a las murallas de París por razones militares; los propietarios de los suburbios hubieron de pagar una multa en virtud de este Edicto (Edit du Toisé), lo que provocó motines (1644). Una nueva tasa, la de los «Acomodados», afectó a los financieros, pero fue necesario renunciar a ella rápidamente ante las protestas generales.

El Parlamento de París se puso a la cabeza de los descontentos. En 1647, cuando habían comenzado las negociaciones de Westfalia, se promulgó otro Edicto que gravaba los derechos de consumo sobre todas las mercancías que entraran en París.

En fin, en 1648, con ocasión de la renovación de la Paulette (tasa anual pagada por los magistrados, que garantizaba la herencia de sus cargos), se decidió que, en lugar de pagar este derecho anual, los oficiales de los Tribunales (Tribunal de Cuentas, Tribunal de Impuestos Indirectos, Gran Consejo) abonarían cuatro años de sueldo. Aunque el Parlamento de París había sido exceptuado de esta medida, un poco excesiva, no impidió que se solidarizara con sus colegas.

La Ciudad de Dios en Ginebra de Calvino Reformador

La Ciudad de Dios en Ginebra del Reformador Calvino

LOS COMIENZOS DE CAL VINO
Nació en Noyon, Picardía, el 10 de julio de 1509, y era hijo de un hombre de negocios, que lo destinó siendo un niño a la Iglesia. ¡A los doce años disfrutaba ya de un beneficio eclesiástico! El clero de la ciudad lo miraba con benevolencia por lo bien dotado. Así, marcho a París a preparar una carrera que se le anunciaba muy brillante. Durante algunas semanas fue compañero de Ignacio de Loyola en el colegio de Montaigu.

Calvino, reformador religioso

En 1531, hallándose en la Universidad de Bourges, favorable a la Reforma, estableció conocimiento y recibió la influencia de un humanista luterano, el alemán Melchor Wolmar. Pero éste no consiguió apartar a Calvino de la Iglesia romana. Poco después murió su padre, Gerardo Chauvin, al cual, por hallarse enemistado con el capítulo de la catedral por una cuestión de sucesión, le fue negada la sepultura cristiana. Pero esta lamentable intransigencia tampoco precipitó la conversión del joven teólogo. De regreso a París, estudió letras y publicó su primera obra, un comentario sobre el De Clementia, de Séneca.

Simpatizaba con las ideas erasmistas y frecuentaba los medios favorables a la Reforma, que se habían desarrollado bajo la influencia del gran humanista Lefévre d’Etaples. Poco a poco, se acercó a las doctrinas de Lutero y de Zwinglio y, en 1534, rompió con la Iglesia romana y renunció a sus beneficios. El mismo año, las persecuciones lo alejaron del país y se refugió en Basilea.

LA INSTITUCIÓN CRISTIANA
En 1536, en Basilea, publicó la Institución cristiana, dedicada a Francisco I. En ella demostraba que los reformados se atenían al Evangelio puro, y hacían de las Escrituras la única fuente de la teología. Como Lutero o Zwinglio, afirmaba que sólo la fe del creyente y no las obras lo podían salvar. Pero, a diferencia de Lutero, apenas se interesó por la liturgia y las formas del culto, y, a diferencia de Zwinglio y otros reformados que conservaban cierto misticismo, su formación de humanista y de jurista lo alejaba del cristianismo medieval. La religión era, ante todo, la regla moral de los creyentes, que les imponía devolver a Dios lo que le pertenecía.

El hombre es débil, privado de libre albedrío y arrastrado al pecado, «todo suciedad y pestilencia». Sólo el sacrificio de Cristo lo puede salvar. La fe es un don de la Gracia Divina; no todos la reciben y no hay predestinación más que para un pequeño número de elegidos. Dios destina a unos a la vida eterna y a los demás a la condenación, «por su juicio oculto e incomprensible».

Como no sabemos quiénes son los elegidos, debemos trabajar por la salvación de todos. Cal vino no admitía más que dos sacramentos: el Bautismo y la Comunión simbólica; el culto se reducía a la oración, el sermón y el canto de los salmos. No debía haber ornamentos ni altar, ni crucifijo en los templos, servidos por pastores o ministros recluíados entre ellos, pero sometidos a las asambleas de fieles y a las autoridades.

PRIMERA ESTANCIA EN GINEBRA
Tanto como a su obra teológica, Calvino se entregó a la organización de su iglesia reformada. A pesar del inconveniente de su mala salud, no vacilaba en emprender peligrosos viajes, buscando lugares de asilo para los proscritos, y predicando. En julio de 1536, se dirige a Ginebra, donde su amigo Guillermo Farel lo retiene.

Este se había entregado con toda su alma a las nuevas ideas, pero faltaba en Ginebra un jefe capaz de organizar el nuevo protestantismo. De simple «lector» de las Escrituras, Calvino no tardó en imponerse; en 1537 sometió a la votación de los distintos consejos de la ciudad los artículos sobre el régimen de la Iglesia evangélica, la cual no debía ser una simple asamblea de eclesiásticos, sino una comunidad viviente y consciente, imagen perfecta del reino de Dios. El derecho de excomunión se convirtió en uno de los atributos asenciales de toda iglesia.

Una requisitoria tan firme no podía dejar de excitar los celos del poder civil, y Calvino y Farel entraron en conflicto con los magistrados, que los desterraron. Calvino se trasladó a Basilea y, después, a Estrasburgo, donde se casó con la viuda de un anabaptista belga, Idelette de Bure. En la ciudad se encontraban 1.500 refugiados franceses; Calvino los organizó y creó para ellos una liturgia francesa, perfeccionando su teología y participando en las asambleas de Francfort, Worms y Ratisbona. Pero en 1541 los ginebrinos volvieron a llamar a los que habían proscrito. Calvino se estableció en la ciudad donde residiría durante veintitrés años, hasta su muerte, intentando transformar Ginebra en un vasto convento laico.

LA CIUDAD DE DIOS
En efecto, desde 1541, hizo adoptar a la ciudad una serie de ordenanzas que servirían como modelo de experiencias políticas y sociales para las futuras comunidades calvinistas. Los ginebrinos deberían vestirse sin lujo, evitarían los bailes, moderarían su lenguaje, expurgando los estantes de su biblioteca de toda obra frivola, asistirían a numerosos oficios, aplicándose a mantener sus espíritus libres de todo lazo carnal, y vivirían en estado de oración silenciosa. En su deseo de modelar la vida de todos, Calvino chocó con la vieja burguesía.

Una verdadera «Fronda», dirigida por la familia del capitán general de la ciudad, Aimé Perrin, provocó disturbios y una dura represión. El arresto del español Miguel Servet, médico notable (había descubierto la circulación pulmonar de la sangre), fue el punto culminante de esta agitación. Servet había atacado a la Trinidad. Fue capturado durante un sermón del reformador, y quemado vivo en 1553. La facción de Perrin, comprometida en su favor, perdió definitivamente el poder.

Calvino había llegado al fin que se había propuesto. El Consistorio era el Consejo director de la Iglesia, formado por los simples fieles agrupados en torno a los pastores. En 1559, la creación de la Academia, última gran realización de Calvino, reunió a los mejores profesores de la época, encargados de la enseñanza de más de 1.200 estudiantes, futuros misioneros de la nueva religión.

Cuando, en 1564, murió Calvino, su Iglesia influía en Francia, Escocia y los Países Bajos. Mientras Lutero había sometido su Iglesia a los príncipes (el luteranismo contribuyó a forjar el carácter alemán de sumisión al Estado), el calvinismo formaba comunidades libres de tendencias independientes y democráticas, rebeldes a la autoridad, provocando una viva hostilidad de los soberanos, principalmente en Francia, donde la Reforma iba a provocar sangrientas guerras civiles.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo V La Gran Aventura del Hombre

Biografia de Enrique VIII – El Anglicanismo

Biografía de Enrique VIII  – El Anglicanismo

BIOGRAFÍA ENRIQUE VIII (1509-1547) Heredó el trono a la muerte de su hermano, el príncipe Arturo, casado con Catalina de Aragón , hija de los Reyes Católicos. Era joven, bien parecido, de presencia atlética y muy inteligente; pero a la vez era egoísta, duro y cruel.

Contrajo matrimonio con Catalina, viuda de su hermano. Dueño de un país tranquilo y próspero, todo hacía suponer que su reinado sería feliz.

Años después se enamoró perdidamente de una dama irlandesa, Ana Bolena, y pretendió obtener el divorcio.

Ante la negativa del Papa, rompió las relaciones con Roma, repudió a Catalina de Aragón y se casó con Ana Bolena. A los tres años Ana era decapitada por coqueta. Todavía Enrique VIII contrajo cuatro nuevos matrimonios: con Juana Seymur, con Ana de Cleves, con Catalina Howard y con Catalina Parr, la única que le sobrevivió.

Por haber roto públicamente con Roma fue excomulgado por el papa Clemente VII, pero el monarca hizo promulgar el Acta de Supremacía que le constituían en jefe supremo de la Iglesia Anglicana.

Definió el dogma a su capricho e impuso la pena de muerte, que aplicó cruelmente contra los católicos fieles a Roma.

A su muerte, subió al trono su hijo Eduardo VI (1547-1553). Durante su reinado llegaron a Inglaterra gran número de luteranos que afianzaron el anglicanismo y contribuyeron a darle forma, aunque subsistía una gran masa de población católica.

A la muerte de Eduardo VI fue reconocida como soberana la hija de Enrique VIII, María Tudor (1553-1558). Como era católica, dictó una serie de leyes prohibiendo o persiguiendo el culto protestante.

Esta reina estaba casada con Felipe II de España y era tan ardientemente católica como él.

biografia de  enrique viii

Cuando murió la reina María Tudor, le sucedió su hermanastra, la hija de Enrique VIII y Ana Bolena, Isabel I (1558-1603), mujer de pocos escrúpulos, áspera e insensible, pero sagaz y calculadora.

Era ardiente anglicana y durante su reinado mantuvo la misma trayectoria política sin tener en cuenta obstáculo alguno: proteger la corona y procurar la prosperidad de Inglaterra manteniéndola apartada de las luchas que se desarrollaban en el Continente.

Completó la Reforma anglicana y persiguió con la misma dureza y crueldad a los católicos que a los calvinistas.

Expropiadas las iglesias católicas, los sacerdotes tuvieron que celebrar la misa secretamente.

Por esta razón fue la gran enemiga de Felipe II. Protegió a los protestantes, enemigos de España, y alentó las sublevaciones de los Países Bajos. Gracias a ella,Inglaterra fijó los cimientos de su grandeza y poderío.

Bajo su protección y dirección, los piratas ingleses asolaban las colonias del Nuevo Mundo y se apoderaban de las naves que, cargadas de riquezas, regresaban a España.

El más famoso de todos fue Francis Drake, el segundo navegante que dio la vuelta al mundo.

María Estuardo (1542-1587), hija de Jacobo V de Escocia, se educó en la Corte francesa, pues estaba destinada a ser la mujer del príncipe Francisco II.

En 1560 murió su esposo, Francisco II, rey de Francia, y como sus padres habían fallecido también regresó a Escocia para ser coronada reina.

En su patria existía un gran ambiente de lucha religiosa. Juan Knox, discípulo de Calvino, propagaba la doctrina protestante, el Parlamento había adoptado las doctrinas presbiterianas y los católicos eran perseguidos, los prelados habían sido expulsados del reino y las turbas, enardecidas, destruían las imágenes y saqueaban las iglesias y conventos.

El mayor deseo de María Estuardo era restablecer la religión católica en Escocia. Casó con su primo, el lord católico Enrique Darnley, hombre vicioso y de malas costumbres, que murió en circunstancias misteriosas.

La voz popular atribuyó el asesinato al conde de Bothwell, íntimo de la reina. En el colmo de la irreflexión, María Estuardo contrajo matrimonio con el conde a los tres meses de haber enviudado.

Toda Escocia se conmovió por el hecho y consideró a María cómplice del asesinato. Los protestantes tomaron las armas, Bothwell huyó a Dinamarca y María Estuardo fue encarcelada, viéndose obligada a abdicar en favor de su hijo Jacobo.

Cuando pudo huir de su encierro, se refugió en Inglaterra bajo la «cariñosa protección» brindada por Isabel.

Ésta, envidiosa de la belleza y talento de María Estuardo, la encarceló sin hacer caso a los reclamos de las cortes de España y Francia. Luego de 19 años de cautiverio, Isabel ordenó abrirle proceso, y acusándola de complicidad en una conjura la hizo decapitar en una sala del castillo de Fotheringay.

La política matrimonial de Enrique VIII -regida por su carácter pasional, la aspiración de tener un varón como heredero y las alianzas internacionales- marcó su reinado y condujo a la creación de la Iglesia anglicana. El rey se divorció de dos esposas, Catalina de Aragón y Ana de Heves, primera y cuarta, respectivamente. Ordenó decapitar a la segunda y a la quinta, Ana Bolena y Catalina Howard, a quienes acusó de adulterio, Juana Seymour, la tercera, murió al nacer Eduardo VI. Catalina Parr, la sexta, logró sobrevivirlo. En este marco de inestabilidad familiar también influyeron las facciones proespañola y profrancesa, que buscaban incidir en la política nacional inglesa.

 Biografía de Enrique VIII
Por Federico Ortiz-Moreno

Uno de los personajes más importantes del siglo XVI. Hombre de recio carácter quien trató de dominar a su antojo. Rey de Inglaterra, monarca de monarcas. Impuso su peso y pensamiento sobre demás doctrinas y razones.

Evidente es reconocer, no obstante, que fue él uno de los grandes constructores de la historia: Enrique VIII.

Un hombre de gran peso

Hay de hombres a hombres, de monarcas a monarcas, de reyes a reyes. La historia de este personaje, que hoy tocamos, parece ser la de un vivo recuerdo de muchos pormenores que hicieron cambiar la historia. Una figura de gran peso y gran renombre.

Indudable es reconocer la falsedad de muchos hechos, historias intrigantes, mezquinas, apócrifas, como también es menester hacer hincapié en que nuestra historia está plagada de gran cantidad de lagunas, a veces secas, a veces con demasiada agua como para poder atestiguar lo que fue cierto y lo que fue simple leyenda.

Hoy tocamos un personaje bastante pintoresco, llamémosle así. Un personaje que desde lo alto de su trono no se conformó con oponerse a leyes, reglas o preceptos. Él fue aún más allá de todo y enfrentó a grandes figuras desde ministros, gobernantes e incluso hasta a el mismo Papa.

Enrique VIII

Enrique VIII nació justo donde comienzan las horas, en el pequeño poblado de Greenwich, Inglaterra, allá por el año de 1491. Han pasado 499 años, ya casi cinco siglos y la historia de este gran monarca sigue siendo legendaria.

Lo que a veces se escribe en los libros puede ser cierto, lo que se sabe de boca a boca, de traspunte a traspunte pudiera también ser verdad.

Rey de Inglaterra de 1509 a 1547, Enrique VIII fue el seudogénito (segundo hijo) de Enrique VII y de Isabel de York. Sucedió a su padre a causa del fallecimiento, en 1502, del primogénito, Arturo, su hermano.

Esto, obvio, harían cambiar las cosas, ya que, tal vez (quién lo podrá asegurar?), las cosas pudieran haber sucedido de otra manera.

Enrique: el niño

Bajito y regordete, desde chiquito, el pequeño Enrique era muy dado a los dulces, pasteles y chocolates, lo mismo que a la fruta, particularmente la uva y la manzana.

No podía estar sin comer y su madre lo regañaba porque muchas veces lo pescaba comiendo, a deshoras, las ricas galletas que preparaba para la cena.

Así, entre comida y lujos, entre festines y riquezas, entre ostentación, pleitos y riñas familiares fue creciendo el futuro rey de Inglaterra.

Así, entre el correr de rumores, el zumbido de las abejas portadoras de rica aunque venenosa miel de murmuraciones, la vida de Enrique VIII fue tomando su rumbo.

Su primer matrimonio

A los dieciocho años, en el mismo año de su coronación (1509), contrajo matrimonio, principalmente por razones de estado, con Catalina de Aragón, viuda de Arturo, príncipe de Gales (muerto en 1502). Catalina era hija de los Reyes Católicos y había nacido en Alcalá de Henares.

Con lo anterior, es posible pasar a creer que los matrimonios (como muchas veces sigue sucediendo ahora) se hacían por conveniencia a fin de conjugar y acrecentar fortunas, olvidando el deber de gobernante y pensando solo en la fama, el poder y el avasallamiento.

Su política

Enrique basó su política en la confiada alianza con España dirigida contra Francia por sus tradicionales rivalidades sobre Flandes, Calais y Escocia.

La preponderancia imperial después de la batalla de Pavía, en 1525, le indujo a aproximarse a Francia para contrarrestar el poderío español, el cual ya se dejaba sentir.

Desde los inicios de su reinado apoyó al papado frente a la Reforma, e incluso, consta, escribió en 1521 un tratado llamado Assertio septem sacramentorum (Defensa de los siete sacramentos) contra el credo luterano, por lo que se le concedió el título de «Defensor de la fe», pero la cuestión matrimonial (el querer casarse nuevamente, sin que hubiese muerto su legítima esposa) inició su distanciamiento y futuro rompimiento con la Santa Sede y con el Papa.

Inician los problemas

A falta de descendencia masculina del enlace con Catalina de Aragón, quiere Enrique romper su vínculo matrimonial; solicita la anulación al Papa, pero éste se opone.

La vida de Enrique VIII empieza a disiparse. Ya no es el de antes y empieza a tener amoríos con quien se le ponga enfrente.

Ante esta falta de descendencia masculina, Enrique VIII decide nombrar duque de Richmond a su hijo ilegítimo Enrique Fitzroy, anteponiendo los derechos de éste a los de su esposa y de su hija, María Tudor (nacida en 1516).

Los problemas comienzan. Catalina es relegada a un segundo término. Piensa pedirle el divorcio. De hecho lo hace.

Ella se opone. Luego, Enrique va más allá y le solicita al papa la anulación. En 1527 inician las negociaciones, aludiendo, o alegando como pretexto, su parentesco. (Recordemos que Catalina era la esposa de Arturo, hermano de Enrique).

El rompimiento

Cuando dichas negociaciones fracasan, ante la firme negativa de Clemente VII de otorgarle la anulación, se produce la caída del ministro Wolsey, siendo éste substituido por Thomas Cromwell.

Luego, para lograr la sumisión del clero, Enrique VIII convoca al Parlamento (1529-1536) que dicta la anulación de muchos privilegios eclesiásticos.

Catalina, por su parte, había apelado al tribunal pontificio y a la ayuda de su sobrino Carlos V. El papa Clemente VII se había mostrado indeciso y conciliador, pero en 1529 el pontífice prohibió a Enrique VIII contraer nuevo matrimonio, aunque no se pronunció sobre el divorcio.

No obstante, el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio (esto el 23 de mayo de 1533) y Catalina terminó sus días recluida en varios castillos, sin renunciar jamás a sus derechos de reina.

Por su parte Enrique VIII recibía de parte del propio arzobispo de Canterbury la aprobación (qué farsa y qué desfachatez!) para su enlace con Ana Bolena.

Su rompimiento con Roma

El rompimiento se había dado. La aceptación de su enlace con Ana le obliga a romper con Roma.

Y, mientras, por una parte, la Iglesia le excomulga (11 de julio de 1533), el parlamento aprueba un documento llamado «Acta de Supremacía» (noviembre de 1534), en que se declara la independencia de la iglesia anglicana bajo la soberanía del rey.

Hay ciertos opositores, entre ellos Tomás Moro y Juan Fisher. Pero Enrique VIII no podía soportar disidencias. Tanto Tomás Moro como Juan Fisher son vilmente ejecutados, en 1535. Las discrepancias continuaron.

Algunos más se revelaron, pero quien tenía la sartén por el mango y la corona en la cabeza era Enrique VIII y él era quien habría de ganar.

La Iglesia anglicana fue consolidada por Isabel I, nació de un tácito compromiso entre el catolicismo y el calvinismo surgido en el continente europeo. Si bien su doctrina ponía el acento en la responsabilidad individual y en la interpretación personal de la Biblia, el sistema jerárquico establecido fue un calco de la jerarquía católica, así como las devociones y la liturgia apenas se diferenciaron de las romanas: similares cometidos de obispos y sacerdotes -con la única diferencia de que a los anglicanos se les permitía el matrimonio-, realismo de los sacramentos, conservación de las festividades de los santos y de los días de ayuno y abstinencia. Esta síntesis de catolicismo y calvinismo ha creado tensiones a lo largo de la historia del anglicanismo.

El reinado

Fue el reinado de Enrique VIII un gobierno donde hubo hechos, hubo enmiendas, a la vez que hubo farsas y verdades. En 1536 y 1539, por razones financieras, a la vez que, en parte, políticas, se procedió a secularizar los monasterios y a confiscar los bienes de la Iglesia.

En política interior Enrique VIII impulsó la formación de un estado moderno, un estado soberano, integrando los organismos feudales de las Marcas (provincias o distritos) en administraciones reales, verdaderas.

Quiso el soberano y lo logró, enaltecer el espíritu inglés. Con gran fuerza y excelente visión supo infundir el ánimo necesario para que el pueblo se considerase de gran valor. Durante su reinado se asimiló el País de Gales a Inglaterra (1536), anexionado Irlanda y proclamándose rey de este país en 1541.

De nuevo con la Iglesia

Fue, hasta cierto punto, un hombre de principios. Si bien enfrentado con el papa, excomulgado y de pleito por un simple capricho amoroso, Enrique VIII jamás dejó de reconocer muchas de las bondades de la religión.

Cauto en la cuestión religiosa (esto debido a su habilidad de gobernante, a su sapiencia para conservar el poder y tolerar enojos), durante su reinado, el anglicismo no pasó de ser un mero cisma religioso.

Por una parte daba cabida al luteranismo, por otra parte daba vida al anglicismo y por último, mantenía, después de todo y a pesar de todo, sus lazos y benevolencia hacia el catolicismo.

Un rey entre mujeres

Enrique VIII no se conformó con una ni con dos esposas. Tal parece que nuestro simpático y regordete personaje (se dice que era muy chistoso, a veces atolondrado y caprichoso) no se conformaría con una sola mujer.

Tenía amor para varias, aunque algunas de esas mismas «varias» dijesen que su marido o amante no era ya bueno para hacer el amor, pues aparte de gordo, ya no podía por lo viejo y roñoso.

Las mujeres se reían de él. El se enfadaba. Ellas tenían aventuras con caballeros más jóvenes y apuestos a quienes contaban todas las intimidades del decrépito monarca. Aún así, muchas le querían. Enrique VIII era el rey de Inglaterra y de algún modo habría que complacerle.

Sus demás matrimonios: Tras el matrimonio con Ana Bolena, de la que nació la futura Isabel I, la necesidad de un hijo varón y el temperamento apasionado, a veces infantil, del rey le condujeron a una serie de nuevos matrimonios. Así iría completar hasta seis nupcias.

Casado primeramente con Catalina de Aragón, luego con Ana Bolena, Enrique VIII se casaría posteriormente con Juana Seymour, Ana de Cléveris, Catalina Howard y Catalina Parr. Con todas tendría sus pasiones, lo mismo que sus enojos y desventuras.

Víctima de gota, el pesado Enrique VIII no tenía más remedio que aguantar dolores, rumores, vejaciones e insultos nada velados, aunque sí claramente insinuados e hirientes. El ya no podía como hombre defenderse. Era un simple bodoque al que aún le quedaba cierto don de mando y fuerza para seguir luchando, para seguir mandando y para seguir viviendo.

Sus últimos años

Aunque ya muy debilitado de fuerza y de carácter, más que todo por su estado físico y la gota que le acribillaba más su alma que sus pies, Enrique VIII intervino los últimos años, activamente, en política exterior.

No tuvo éxito en su intento de someter a Escocia, aunque sí se alió con Carlos I para contrarrestar la influencia de Francia que quería a toda costa la tierra escocesa. En otros aspectos, inició lo que sería una gran potencia marítima, la poderosa flota naval de Inglaterra. Hizo mucho por su reino y a pesar de todo, el pueblo le reconoce como un gran monarca que fue: Enrique VIII, el rey de las seis esposas.

Ver: Enrique VII