La Pedofilia

Importancia de los Cereales en la Alimentacion Humana Historia

Importancia de los Cereales en la Alimentación Humana

De las tres necesidades básicas del hombre: alimento, vivienda y vestido, no hay duda que. la alimentación es la más importante.

El hombre, es por naturaleza  omnívoro (se alimenta de carne y vegetales), utiliza en su alimentación productos de origen vegetal que proceden de la agricultura, ocupación a la que se dedica la mayoría de la población activa del mundo, y productos de origen animal, como carne, leche, huevos y pescado.

LOS CEREALES
los cerealesLos cereales o granos constituyen el alimento básico de la mayoría de la humanidad.

El trigo, el arroz y el maíz son los cereales que poseen más importancia económica, pero hay otros, como el centeno, la cebada y el mulo, que sirven de alimento a millones de personas, especialmente en Europa. Asia y África.

La importancia de los cereales se debe a que son ricos en almidón y proveen al organismo de combustible y energía.

En la alimentación humana se les emplea en formas diversas: pan, sopas, pastelería y bebidas.

Algunos son destinados en grandes cantidades a la alimentación del ganado, por lo cual, contribuyen indirectamente a la provisión de carne y grasas.

La distribución del cultivo de los cereales está determinada por factores geográficos, tales como los tipos de clima y suelo, y la densidad de población.

La importancia que los cereales han tenido en las regiones donde se han desarrollado inicialmente, hace que aparezcan muy unidos a los principales tipos de civilización.

Hay tres clases de semillas de hierbas que proporcionan más de la mitad del alimento de la población del mundo.

Trigo, arroz y maíz se comen solos o sirven de alimento a animales que serán sacrificados para consumo humano.

Otras plantas de semillas comestibles que contribuyen a la nutrición humana incluyen la avena, el centeno, la cebada, el mijo y el sorgo. Estas plantas se llaman cereales, por Ceres, la diosa romana de la agricultura.

Debajo de la cascarilla, un endosperma de almidón seco rodea el germen o embrión, que es la semilla en sí.

Cuando el germen brota, las enzimas comienzan a desdoblar el almidón en maltosa y dextrinas.

Las proporciones aproximadas de los tres elementos de una semilla son 2% de germen, 13% de cáscara y 85% de almidón. El contenido de agua es bajo, a fin de que las semillas resistan el maltrato.

Hace unos 9,000 años, en el valle del Eúfrates, pueblos cazadores y recolectores descubrieron que si guardaban con cuidado las semillas, éstas eran comestibles casi por tiempo indefinido.

Entre los granos que cosechaban había una especie primitiva de trigo que comenzaron a cultivar hace unos 6,000 años. La especie de mayor uso en los países desarrollados es el tipo para pan Triticum vulgare, rico en gluten, una proteína compleja que tiene una propiedad útil: se vuelve elástica cuando se le mezcla con agua.

Cuando se prepara una masa de harina de trigo con agua y levadura o algún otro leudante, la suave fermentación que se produce genera bióxido de carbono.

El gluten elástico se expande y atrapa las burbujas de gas dentro de la masa.

La harina fuerte, rica en gluten, da un pan de textura esponjosa y gran volumen.

La harina débil, baja en gluten, es ideal para bizcochos, pasteles y galletas.

El cereal que más se cultiva es el trigo: casi 600 millones de toneladas por año en aproximadamente 230 millones de hectáreas de terreno. Crece mejor en climas templados con una precipitación pluvial de 300 a 900 mm por año.

El trigo duro rico en proteína, ideal para pasta seca, crece en climas más secos.

El trigo sarraceno (cuya harina se utiliza en algunos países para hacer pastelillos) no es exactamente un cereal, pero se usa como tal.

La tuscarora o arroz de la India (Zizania aquatica), que servía de alimento a las tribus nativas del norte del continente americano, es una semilla de hierba distinta al arroz, base de la alimentación de casi la mitad de la población del mundo.

En la India se cultiva desde el año 3,000 a.C. Como necesita agua y sol en abundancia, el arroz crece mejor en lugares donde puede ser irrigado.

Las matitas de 25 a 50 días se trasplantan de las macetas a los campos anegados con 5 a 10 cm. de agua para que maduren.

Este cereal carece de gluten, y de vitaminas A, C y B12, y contiene menos proteínas, lípidos y fibra que la mayoría de los cereales.

El maíz tiene un valor alimenticio inferior al de otros cereales y no contiene glucosa. Fue el sostén de los aztecas, los mayas y de otras antiguas civilizaciones americanas. Existen indicios que muestran que la producción de maíz se remonta a 7000  años.

La planta de maíz moderna es un hibrido obtenido de varias especies afines na de las cuales pudo haber sido una planta llamada teosinte, de un vocablo nahuatl que significa «oreja de maíz del dios».

La producción total mundial de este cereal sigue en importancia a la del trigo. Estados  Unidos produce cerca de 200 millones de toneladas anuales, casi la mitad de la cosecha mundial, de las cuales gran parte  utiliza como forraje.

El comercio, el clima y las preferencias  en la dieta local determinan quise producen en una región. Por  ejemplo la cebada puede crecer en climas fríos y en suelos más pobres que el trigo.

Aunque se usó para preparar pan antes que éste, no tiene gluten suficiente que fermente. Gran parte de la producción de cebada se usa como forraje y para preparar  cerveza; a tal fin se le germina para preparar malta.

Hasta mediados del siglo XIX en el norte de Europa se elaboraba pan con  harina de centeno, porque su resistencia al frío le permite crecer más cerca de los polos de que cualquier otro cereal. Tiene poco gluten y  produce un pan de masa densa.

La avena cultivada desde la Edad del Bronce, es nutritiva pero no contiene gluten. Se procesa  como cereal para desayunar, además de  servir de forraje.

La avena crece mejor en sitios fríos y húmedos, mientras que  el calor extremo y condiciones áridas.

Un cereal de grano pequeño que crece en sucios pobres es el mijo; una vez molido se prepara como pan sin levadura o se hierve con leche y se come como cereal caliente. Durante los siglos, los cereales se han cocinado con agua y se sirven calientes como potajes.

En 1859 aparecieron los cereales listos para comer, cuando Sylvester Graham , clérigo de  Connecticut con ideas avanzadas sobre la salud y los alimentos, presentó un bizcocho seco llamado galleta Graham. Poco después, preparó harina de trigo integral, que en Estados Unidos aún se conoce como harina Graham.

La madre  Ellen Harmon White, de la Iglesia Adventista, fundó un instituto de rehabilitación de  hábitos alimentarios en 1866, en Michigan que se convirtió en el Sanatorio Batlle Creek, al frente del cual estaba el doctor Harvey Kellogg, quien recomendaba dietas  vegetarianas a sus pacientes e hizo experimentos para obtener alimentos saludables y a la vez apetitosos.

Los tratamientos del Dr. Kellogg parecieron no surtirle efecto a un inventor y vendedor llamado C.W. Post, quien abandonó Battle Creek y buscó curarse bajo otros preceptos médicos. Ya sano, Post comenzó a su vez a crear nuevos alimentos.

De una receta desarrollada por un médico neoyorquino en 1863, elaboró un producto llamado Grape Nuts («nueces de uva»).

En 1897, las puso a la venta para competir con el Shredded Wheat (una especie de trigo desmenuzado), inventado en 1892 por Henry Perky, emprendedor abogado de Denver, Colorado.

En 1898, desde Balde Creek, Kellogg presentó un nuevo desayuno al que llamó Corn Flakes, que es maíz en forma de hojuelas.

Ocho años más tarde, su hermano William inició la producción comercial.

Las hojuelas se preparan cociendo la cascarilla y el endosperma duro de los granos de maíz con agua y saborizantes. Ya fríos, los granos se aplanan y desecan a altas temperaturas.

El auge de los cereales listos para comer se suscitó en la década de 1950, cuando, para atraer la atención de los niños, las cajas de cereal tenían personajes de caricaturas e incluían premios.

A los padres se les insistía en el carácter nutritivo y la conveniencia del producto, además de presentar programas de premios. Más tarde, tuvieron sabores especiales, más azúcar y formas peculiares. El valor nutricional de muchos productos era dudoso, ya que contenían mayor cantidad de azúcar que de cereal.

El interés por la nutrición ha marcado el regreso a los cereales menos procesados y con más grano natural.

COMPOSICIÓN Y VALOR NUTRICIONAL DE LOS CEREALES (por 100 Gr.)

CerealAgua ProteínaLípidosCarbohidratosFibraValor Energético
Avena13.013.07.563.71.43741566
Trigo Duro11.513.02.970.83.33611511
Trigo Blando12.012.32.671.52.83591503
Maíz12.59.23.373.02.23631520
Cebada12.210.51.474.00.73471453
Arroz12.97.00.677.90.23451444
Centeno13.711.61.711.711.73461449

EL TRIGO

El trigo es una PLANTA de la familia de las GRAMÍNEAS y del género Triticum. Se estima que su cultivo comenzó sólo hace unos 6.000 años y en la actualidad se estima que un quinto de las tierras arables del planeta están dedicadas a las cosechas de este cereal.

Tal como lo conocemos en la actualidad proviene de tres especies silvestres que, por recombinación, dan el cereal utilizado para elaborar el alimento de mayor producción: el pan y las pastas.

El grano es una sola semilla o fruto similar a una pequeña nuez, llamado cariopsis. Está cubierto por una delgada cáscara, el pericarpio, y varias otras capas de células, llamadas afrecho.

El color va del amarillo al blanco, y depende de la textura del centro del grano.

Dentro del afrecho se encuentra el endospermo, órgano de almacenaje del alimento.

El grano de trigo se cultiva principalmente como alimento humano y es una importante fuente de energía.

La composición varía considerablemente debido alas diferencias de los climas y suelos en los que crece. Contiene un promedio de 12% de agua, 70% de hidratos de carbono, 12% de proteínas, 2% de grasa, 1,8% de minerales y 2,2% de fibras.

Un kilo de trigo produce unas 3.300 calorías. Contiene tiamina, riboflavina y pequeñas cantidades de vitamina A, pero en los procesos de molido se extraen el afrecho y el germen, en los que estas vitaminas se hallan en mayor cantidad. La planta crece en forma similar a las demás gramíneas y está formada por las partes características de aquéllas.

Su cultivo y cosecha se encuentran mecanizados. Puede almacenarse por tiempo casi indefinido sin que se deteriore, si se lo mantiene limpio, fresco, seco (12-13% de humedad) y libre de insectos.

Los que dañan el grano no desarrollan actividad cuando se los mantiene por debajo de los 10°C y, en cambio, se multiplican rápidamente por encima de los 20°C. Coadyuva a su propagación el uso de insecticidas que no perjudiquen la calidad del cereal.

Salvo en áreas donde resulta imprescindible para la subsistencia inmediata, gran parte del trigo se transporta rápidamente del lugar de cultivo al silo y de éste a los mercados que proveen la demanda interna o externa.

Aproximadamente una décima parte del trigo cultivado se utiliza como semilla y pequeñas cantidades se emplean en la producción de almidón, pastas, malta, dextrosa, gluten (fuente del glutamato de monosodio), alcohol y otros productos.

Las calidades inferiores y el excedente sirven de alimento al ganado. Para estos fines, el trigo resulta equiparable al maíz en cuanto a valor nutritivo, pero debe ser molido salvo cuando lo ingieren las aves de corral.

Procesamiento

Si bien parte del trigo se consume como alimento simplemente mojando el grano y luego cocinándolo, la mayor parte debe procesarse antes de su consumo. El grano se limpia en el molino o planta de procesamiento para quitarle las partes no comestibles. Luego se lo raspa, lo cual elimina los pelos y la suciedad.

En ciertos casos es necesario lavarlo. Suele agregársele agua para que el grano se rompa en forma correcta.

El afrecho humedecido se aglutina en grandes copos. Durante el molido, el grano se rompe. Luego se hace pasar por una serie de rodillos que van tamizando las partículas más gruesas y dejando pasar las más finas.

Las primeras vuelven a ser trituradas. Unas tres cuartas partes del total se recupera como harina blanca. Si se recobra más de este porcentaje, el color resulta  más oscuro Y se llama harina integral. Después de la Segunda Guerra Mundial, los principales países exportadores de trigo eran los Estados Unidos de Norte América, Canadá, Argentina, Australia y, durante algunos años, Francia. Los principales importadores, el Reino Unido, laRepública Federal Alemana, Brasil, Los Países Bajos y Luxemburgo.

Fuente Consultada:
El Mundo y Sus Porque Reader´s degest
Diccionario Insólito Tomo 2
Grandes Pestes de la Historia Cartwright – Biddiss
Enciclopedia ALFATEMATICA N° 47.

El Purgatorio o Infierno: la morada de los muertos Interpretación

El infierno ha sido interpretado a lo largo de los siglos por las distintas civilizaciones bajo dos puntos de vista diferentes: como morada de los muertos o como lugar de perdición de los pecadores

El infierno como morada de los muertos:

El desconocimiento del hombre del «más allá», que identifica con la conciencia de oscuridad, unido a la costumbre de muchos pueblos de enterrar a sus muertos, explican que la morada de éstos se localice en las oscuras profundidades de  la Tierra. Para muchas religiones el infierno, que es parte del cosmos, representa el reino de la noche y está dominado por dioses propios que gobiernan sobre lo nativo, la muerte, el terror, lo hostil.

Mesopotamia y Egipto

En la cultura sumeria, lnnana, diosa celeste, viaja al reino inferior y oscuro, el Kigallú donde reina Ereshkigal. Regresa gracias a la intervención del dios Enki. El semidiós Tammuz es el protector de los muertos. En la epopeya acadia de Gilgamés desaparece esta esperanza de la salvación: Enkidu no es salvado por Gilgamés y el infierno de Istar se convierte en un campo de batalla. En la religión asirio-babilónica Nergal junto con su esposa Ereshkigal se convierte en dueño absoluto del infierno identificado con el sol abrasador, origen de la fiebre, es por lo tanto el responsable de la enfermedad y su corte está poblada por demonios que personifican las plagas.

La única esperanza de los muertos en su reino será satisfacer sus deseos. La diferencia de suerte en el otro mundo,  tal y como ocurrirá para otras muchas religiones encuentra condicionada al cumplimiento de una serie de ritos.

Para los egipcios el infierno es el reino de Osiris, dios que regula la vida y la muerte. En su reino los justos esperan a ser llamados a vivir una segunda vida. El viaje difunto al reino de Osiris es de una importancia capital y se facilita a través del libro de los muertos, cuyo contenido mágico doblega a los dioses. Entre los mayas de América, el rey del inframundo se llama Hunahau y se le representa adornado de cráneos y huesos. Su símbolo es el perro y su mensajero la lechuza. Ekahau, el pájaro de las quejas en forma de halcón, es su acompañante.

Grecia:

En la civilización griega se cree en la existencia de un paraíso para los héroes, las Islas Afortunadas, y un lugar de tinieblas para el resto de los hombres, el Hades, situado en el centro de la Tierra, limitado por corrientes de agua y rodeado por el océano. Estas corrientes de agua que fue definiendo la literatura de la época son el aqueronte, el Cócito, el Estigio, el Flogetón y el Leteo.

Se atravesaban en la barca de Carón o Caronte que exigía un pago u óbolo por sus servicios. En otras religiones se encuentra esta metáfora del camino de acceso al más allá. Entre los incas, por ejemplo,las almas de los muertos debían cruzar un puente trenzado de cabellos, y en la antigua religión iranía el puente Chinvat aparece como un juez mecánico que se ensancha para los buenos o se estrecha para los mentirosos.

El Hades griego sólo recibe el significado de lugar de recompensa para los héroes, a los que está reservada una copa mágica, y de sufrimiento para los malvados, a los que espera un cenagal, a partir de la Odisea de Homero, siendo antes un lugar neutro. Según Homero, el rey Minos decide sobre los destinos de los muertos y de los héroes, que en su caso reciben su castigo por su perversidad o soberbia, y administra así justicia. En Platón se encuentra también esta diferenciación en el más allá entre los campos Elíseos para los sueños y el Tártaro para los injustos. Entre los injustos algunos son dignos de purificación y alcanzan el Tártaro. El Hades se divide de esta manera en tres partes: la de los buenos, la de los malos, y la de los que no merecen castigo ni recompensa. Es el origen de la tripartición cristiana del cielo, infierno y purgatorio, representada por Dante. En el contexto de esta Antigüedad clásica, los romanos llaman a los dioses del Tártaro infierní, en contraposición a los del mundo superior o superiori.

El infierno Judio:
El judaísmo continúa concibiendo la morada de los muertos (seol) en dos partes: una para los buenos y otra para los malos. En el seol, fosa donde reina la oscuridad y en la que gobierna Leviatán, los muertos esperan la llegada de un libertador que abra sus puertas y permita la salida de los justos. Al final del mundo antiguo ya no se concibe el más allá como región terrestre, infierno o paraíso, sino como divina y alejada en el espacio.

Infierno como lugar de perdición de los pecadores

Aunque la idea de condenación eterna es específicamente judío-cristiana, en todas las grandes religiones aparece más o menos explícitamente un infierno, o más bien. un purgatorio, como oposición a la vida virtuosa en el más allá. Para los chinos existen unos libros que recogen las acciones buenas y malas de los espíritus que serán juzgados. En Japón un espejo refleja las acciones de los muertos antes de este juicio. La duración de las penas en las diferentes civilizaciones es variable y generalmente la permanencia en el infierno no se concibe como eterna. Para los chinos cada año el día 30 del séptimo mes el infierno se vacía y quedan liberados los proscritos. Entre los hindúes tampoco el suplicio en el infierno es eterno y su sentido se encuentra en relación con la creencia en la trasmigración de las almas. El mazdeísmo tampoco cree en la eternidad de las penas. La destrucción del infierno será el paso previo que habrá de preceder al triunfo absoluto del bien.

El infierno como lugar específico donde son castigadas las faltas o pecados de los hombres aparece con el comienzo de la era cristiana y el exilio de los judíos. El infierno pasa a representar el triunfo de la justicia divina y se desarrolla la idea de gehema, lugar donde los pecadores sufren un continuo tormento por sus faltas y arden en un fuego eterno que jamás los consume.

En el Apocalipsis se habla de un lago de fuego y azufre donde se arroja a los condenados. En el Antiguo Testamento son numerosas las metáforas utilizadas para representar el infierno, abismo donde reina un real destructor. Es Dios el que envía al: Hombre o lo libera de los infiernos. Ya en el Nuevo Testamento el descenso a los infiernos de Cristo representa por un lado el anuncio de la buena nueva y de la salvación que los apóstoles y doctores, y el mismo Jesús, transmiten a los patriarcas y profetas de Israel. La resurrección o la subida de los infiernos del Mesías significa la liberación efectiva de los justos, la victoria en definitiva sobre Satán o “el adversario”., El fuego del infierno pasa así a convertirse en fuego purificador. El descenso y la subida de estos infiernos de Cristo se identifica en la cultura cristiana de esta manera con el rito del bautismo. Muchos autores han interpretado esta metáfora de la bajada a los infiernos de Cristo como la mayor evidencia de la influencia de la mitología en el cristianismo. En el Nuevo Testamento la bajada a los infiernos como castigo los pecadores sólo se conserva en los manuscritos latinos mientras que en el resto de los textos este infierno no se concibe como lugar de tormento. Cuando se define la distinción en él entre morada de los muertos y lugar de condenación es en la época helenística.

En la teología cristiana la pena de condenación consiste en la privación de la visión de Dios (pena de daño) aunque nunca ha sido específicamente definida por la Iglesia. Es circunstancial ya que el infierno es el lugar en el que la redención, siempre es posible gracias a la esperanza universal del cristiano, no ha ocurrido todavía. Hasta el siglo XIX no se supera el concepto de espacio de condenación eterna dentro protestantismo. Hoy en día en esta tendencia doctrinal dentro de la Iglesia se tiende a hablar del infierno más como estado o condición que como lugar, y se da más importancia a la esperanza que al castigo eterno. Los católicos continúan creyendo la existencia de un infierno que durará siempre, según una fiel lectura de las das Escrituras.

La Imagen del Infierno

Las ideas sobre este infierno cristiano se manifiestan en los libros apócrifos de donde pasaron a la liturgia y al arte. El Apocalipsis de Pedro (siglo II) y el de Pablo (siglo IV) son obras que aportan muchísima información sobre la representación de este lugar de perdición. En ellas se muestra el paraíso como lugar de luz situado en el cielo y el infierno como horno ardiente. Para los cristianos medievales el infierno es el reino de Satanás donde son torturados los cuerpos de los condenados entre las llamas eternas. Desde el siglo XII aproximadamente la entrada en el infierno se representa como las fauces abiertas del monstruo Leviatán en cuyo interior se encontraba a veces una caldera.

Durante el Renacimiento este símbolo se sustituyó por la boca de una cueva o, en menores ocasiones, como la puerta de acceso de un edificio, custodiada por el perro de tres cabezas de la mitología griega Cerbero. El acceso al cielo se representaba en forma de puente, recogiendo esta vez la tradición de aquellas civilizaciones antiguas sobre las que nos deteníamos líneas atrás. En épocas posteriores en las representaciones de este infierno veremos cómo los lujuriosos se sumergen en llamas sulfurosas, los sodomitas giran en un asador mientras que los glotones se revuelcan entre inmundicias. Muchas otras metáforas recrean este espacio tan propicio para el desarrollo de la imaginación humana. El lugar del infierno en el arte cristiano se encuentra en las representaciones del Juicio Final.

AMPLIACIÓN DEL TEMA: EL PURGATORIO

EL PURGATORIO: LA PALABRA DE DIOS EN LA BIBLIA
Los hebreos del Antiguo Testamento tenían ideas aún menos claras que las nuestras sobre el más allá.
También ellos, como todos los pueblos de la antigüedad, tenían la costumbre de honrar a sus muertos con determinados ritos expiatorios; pero la raíz de estos ritos no era demasiado profunda. Para encontrar en la Biblia un claro testimonio de la fe en la inmortalidad de las almas, y de la necesidad de purificar éstas tras la muerte terrenal, debemos esperar hasta el siglo I a. C., concretamente al libro de los Macabeos, donde se nos dice:

«Judas, tras hacer una colecta, mandó a Jerusalén 2.000 dracmas de plata para que se ofreciese un sacrificio por los pecados de aquellos muertos, pensando religiosamente en su resurrección (pues de no haber creído que los difuntos resucitarían, vano y superfino habría sido rezar por ellos), y pensando también que una gran misericordia esperaba a quienes se habían apagado en la piedad. Es, pues, santo y saludable rezar por los muertos, para que sean absueltos de sus pecados» (2, Mac. 12, 43-46).

En este texto se exponen con claridad dos conceptos: algunas culpas pueden ser expiadas después de la muerte; las oraciones de los vivos contribuyen a esta expiación.

En el Nuevo Testamento, San Pablo, al escribir a los cristianos de Corinto, alude al Purgatorio con palabras claras, aunque, acaso, poco accesibles a los lectores no acostumbrados a su lenguaje.

Dice así: «Si se construye sobre esta base (Jesucristo) con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno o paja, la obra de cada uno se pondrá de manifiesto. El Día del Juicio la hará conocer, revelándose con fuego, y el fuego será el encargado de probar la calidad de las obras individuales.

Si la construcción, erigida sobre sus cimientos, resiste, el constructor recibirá una recompensa; si la construcción arde, sufrirá su pérdida; él, sin embargo, se salvará, pero a través del fuego» (I Cor. 3, 12-15).

Durante el Juicio Divino, dice San Pablo, las obras de los hombres buenos (de los que han edificado sus vidas sobre Jesucristo) serán juzgadas como un edificio sometido a la prueba del fuego; si resiste, el constructor recibirá una recompensa personal; si, por el contrario, arde (demostrando así su escasa consistencia), el constructor perderá su obra, pero se salvará a través del sufrimiento, como los individuos que, huyendo de un incendio, asisten a la destrucción del edificio en llamas.

No hay duda alguna, dicen los comentaristas, de que el Apóstol alude al Purgatorio.

EL PURGATORIO: LA PALABRA DE DIOS A TRAVÉS DE LA IGLESIA
Veamos ahora lo que la Iglesia, en ejercicio de su divino magisterio (que le permite interpretar de modo infalible los textos de la Sagrada Escritura), nos dice a propósito del Purgatorio.

El Concilio de Trento, interpretando y aclarando las alusiones contenidas en la Biblia, nos enseña dos verdades y nos hace una importantísima recomendación. Las verdades son éstas: existe una purificación ultraterrena, y las oraciones son útiles a los difuntos; nada más se sabe sobre el Purgatorio. Y la recomendación dice: evitemos las abstrusas y fantásticas descripciones de éste. Debido a ello, no nos queda más remedio que proceder con cuidado en el legítimo deseo de satisfacer nuestra curiosidad sobre la otra vida, y desconfiar de cualquier tipo de afirmación no respaldada por la Iglesia. Según ésta, sin embargo, tenemos el deber de ayudar, con plegarias y buenas acciones, a las almas de los fieles que hayan entrado en la eternidad.

Es cierto que la purificación de las almas se produce a través del sufrimiento, pero nada se nos ha dicho sobre la naturaleza de las penas infligidas. Generalmente, se presenta el Purgatorio como un estado de dolor parecido al de los condenados. Esta opinión, sin embargo, es arbitraria, y sostenerla equivale a querer apagar una consoladora esperanza. En realidad, el estado de sufrimiento de los fieles fallecidos no tiene nada que ver con las penas del Infierno, y se parece bastante, en cambio, a la condición de los hombres que esperan sobre la tierra, en medio de las tribulaciones, la felicidad del Cielo. Hay, sin embargo, una diferencia: las almas del Purgatorio se sienten salvadas (y lo están), mientras los seres vivos nunca tienen la absoluta certeza de su salvación.

¿Cuánto duran estos sufrimientos? Los teólogos se muestran de acuerdo en afirmar que, el día del Juicio Final, cesará el Purgatorio. Pero eso no nos aclara la duración de cada pena individual.

Querer encontrar una solución a este problema constituye un esfuerzo completamente inútil. No sólo la Iglesia guarda silencio sobre él (por lo cual nuestras deducciones carecen de base), sino que el mismo concepto de «duración en el tiempo» es insuficiente para resolverlo. De hecho, nosotros sólo podemos valorar una «duración» desarrollada en sentido temporal, tal como medimos el tiempo sobre la tierra. Pero después de la muerte entramos en !a eternidad, a la que podemos imaginar como un continuo y perenne presente, sin ayer ni mañana. Es, por tanto, obvio que nuestro concepto de «duración en el tiempo» nada tiene que ver con la eternidad, es decir, con una situación en la que el tiempo ha dejado de existir.

 EL INFIERNO

ALGUNAS PREGUNTAS INQUIETANTES
Digámoslo llanamente: el Infierno es. entre las verdades cristianas acerca del más allá, una de las más difíciles de aceptar por nuestra inteligencia y más en pugna con nuestra sensibilidad.

Todos hemos tenido la ocasión de oír o formular observaciones como las siguientes:

—¿Cómo es posible que un hombre —ser limitado— pueda merecer una pena eterna, debido a sus faltas?
—¿Cómo puede Dios, misericordioso, permitir que una criatura suya padezca por toda la eternidad?
—¿Es posible que un ser inteligente, expuesto a sufrir las consecuencias más trágicas de su pecado, cual es el infierno, no se arrepienta? Y si se arrepintiera, ¿le perdonaría Dios?
—Según la doctrina católica, quien muere en pecado mortal, merece el infierno: ¿hay, pues, muchos condenados?

Todas estas preguntas revelan una legítima curiosidad sobre unos problemas muy difíciles, ligados a nuestro futuro, aun cuando puedan envolver el secreto deseo de destruir o endulzar una verdad, terrorífica para nuestra humana naturaleza.

UN CASTIGO QUE NO PUEDE CESAR
La respuesta a tan impresionantes! preguntas debe partir de una clara afirmación que la Iglesia enseña como verdadera: el Infierno existe y es eterno.

De la misma forma que hay una eterna felicidad para los buenos (el Paraíso) y un estado de purificación temporal para los amigos de Dios que. al término de la existencia terrena, deben limpiar alguna impureza moral (el Purgatorio), así, existe una pena eterna, según la doctrina católica, reservada para aquéllos a quienes ha sorprendido la muerte en pecado mortal, en total contradicción con Dios.

En el Evangelio hay una página dramática:
«Y cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria. Ante él se reunirán todas las gentes, y él los separará como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda… Y el Señor les dirá a los de la izquierda: «Apartaos, malditos; id al fuego eterno, preparado para el demonio y sus ángeles…» Y éstos irán a padecer el eterno suplicio, y los justos a la vida eterna.» (Mateo 25, 31-41).

Este fragmento de la Biblia, junto con muchos otros, también significativos, ha sido interpretado por la Iglesia, con su infalible magisterio, y no deja lugar a dudas sobre la verdad sostenida.

Esto no impide que nuestra mente, colocada frente a esta perspectiva de eterno castigo, se inquiete ante algo misterioso, de difícil explicación a la luz de la inteligencia: la eternidad del castigo. Veamos, en lo posible, la manera de aclarar los términos de la cuestión.

Nosotros, aquí, no podemos entender plenamente lo que Dios significa para nuestra alma, ni cuando le amamos y es objeto de nuestra búsqueda, ni cuando despreciamos, con nuestro pecado, su amor, y llegamos, en nuestra ceguera, a rechazarle.

Realizamos esta búsqueda, o este rechazo de Dios, por medio de las cosas. Sin darnos cuenta, nos forjamos una eternidad, mediante las pequeñas cosas de cada día.

Un día moriremos y, cada uno, arrancado de la vivencia de las cosas, verá, súbita y definitivamente reflejado, el resultado de su existencia.

Quien haya buscado a Dios y demostrado, con obras, su amor hacia Él, será reconocido, en aquel momento, como amigo suyo y se le revelará como sumo y único bien.

Él le atraerá hacia sí, haciéndole perfectamente feliz en todo su ser. La felicidad alcanzará inmediatamente su alma; después de la resurrección, también al cuerpo.

Quien, por el contrario, no haya amado a Dios durante la vida, y sea sorprendido por la muerte en enemistad con Él, verá, súbitamente, con toda su cruda evidencia, que en el Creador está el sumo bien, pero, al mismo tiempo, se sentirá, irremediablemente y para siempre, alejado de Él.

El condenado busca eternamente la propia felicidad, pero sin tener nunca la esperanza de alcanzarla, sino con la certeza de que ésta reside en Dios, y que este único y verdadero Bien nunca podrá ser posesión suya.

Y ésta es una situación monstruosa, como es monstruoso el odio hacia Dios que de ella se deriva. En el Infierno ya no es posible pedir perdón y alcanzar la liberación. Si, hipotéticamente, pudiera un condenado arrepentirse, el condenado sería susceptible de salvación y el Infierno se acabaría para él. Pero esto es absurdo: el Infierno es eterno, porque es eterna la obstinación de los condenados.

Éstos no pueden arrepentirse porque no tienen tiempo. Con la muerte, el hombre entra en el estado definitivo y final ‘de su ser; es prisionero de un instante al que ningún otro puede suceder. Si en tal postrer momento, punto final de toda su vida, es enemigo de Dios, así permanecerá para siempre.

Nunca habrá remedio. Solamente durante la vida puede el hombre orientar su voluntad hacia el bien; después, es imposible.

Fuente Consultada:
Enciclopedia del Estudiante Superior Fasc. N°51
Gran Enciclopedia Universal (Espasa Calpe)

La Hipnosis Mesmer Historia de su Origen Aplicaciones de la Hipnosis

La Hipnosis Mesmer Historia de su Origen
Aplicaciones de la Hipnosis

Auténtico tema de controversia, la hipnosis sigue enfrentando a partidarios y detractores. Durante mucho tiempo la hipnosis, antiguamente explicada como «magnetismo», tuvo fama de ser algo sobrenatural e impresionaba a la gente supersticiosa. La hipnosis consiste en cambiar el estado de conciencia de un paciente. ¿Hasta qué punto es capaz un hipnotizador hábil de influir en el estado mental y corporal de una persona? ¿Se dan durante la hipnosis procesos psíquicos especiales?.Sus recientes logros terapéuticos -contra el dolor y el tabaquismo- no impiden que se la siga tomando con reservas.

LA SUGESTIÓN DE LA MENTE: Hace unos 200 años que la hipnosis se somete a exhaustivas investigaciones científicas, y fue a mediados del siglo XIX cuando el médico inglés James Braid (1795-1860) introdujo el concepto. Pero el estudio científico decisivo de este fenómeno, es decir, de la forma de predisponer a la persona en cuestión o paciente a determinadas influencias, se desarrolló entre los años 1850 y 1980. Entre esas influencias se cuentan la concentración y recuerdo limitado, la sugestión de determinadas ideas, reacciones y sensaciones, así como también cambios corporales.

HISTORIA:  La historia de la hipnosis se inicia desde los primeros tiempos de la civilización. En los tiempos antiguos, la gente lo utilizaba con fines curativos, especialmente en las ceremonias religiosas. Por ejemplo, los chamanes lograban un fuerte control de sus pacientes y tal sugestión podía curar a la persona enferma.

El médico austriaco Franz Anton Mesmer (1733-1815), quien es reconocido como el «padre de la hipnosis» se inició una teoría del «magnetismo animal». En febrero de 1778, un alemán de 43 años, diplomado en medicina y amigo de Mozart -fue en su casa de Viena donde se compuso la ópera Bastien et Bastienne-, llegaba a París. Estaba completamente decidido a conquistar la capital con su nueva teoría: el magnetismo animal.

Según Franz Antón Mesmer, el Universo está bañado por un fluido sutil que rodea y penetra todos los cuerpos. Cada individuo es un imán cuyo polo norte es la cabeza y el polo sur son los pies; la enfermedad es consecuencia de una mala distribución del fluido en el cuerpo, y su tratamiento logra restablecer el equilibrio, frotando suavemente los polos, o el ecuador, alrededor del hipocondrio. Tras La Fayette y Marat, todo París se apasionaría por el fabuloso descubrimiento.

En los salones de su hotel de Coigny, Mesmer instaló cubetas de madera de roble, que contenían agua, vidrio triturado y limaduras de hierro. Nada estaba electrizado ni imantado. La tapa de cada cubeta tenía unos orificios por los cuales salían unas varillas de hierro dobladas en ángulo. Cada enfermo, formando fila alrededor de la cubeta, sostenía una de esas varillas, y se tocaba con ella la parte enferma.

Para formar una larga cadena para que pasara el fluido, los enfermos quedaban unidos unos a otros por medio de una cuerda que les rodeaba el cuerpo, o bien, se tomaban entre sí con los dedos pulgar e índice. Los magnetizadores, que sostenían en la mano una barra de hierro, inmovilizaban a los pacientes utilizando la mirada, paseando sobre ellos la barra o la mano y tocando las zonas enfermas. Los enfermos caían en trance, tenían convulsiones y algunos se extasiaban, mientras que otros «veían» el interior de su cuerpo… Al terminar la sesión, declaraban que se sentían mejor.

La primera controversia
Llegado el éxito, Mesmer despertó oposiciones y se ganó enemigos. Ante esta práctica que se extendía como un reguero de pólvora y que fue percibida como una amenaza para el orden moral y político, Luis XVI pidió a una comisión de sabios de la Real Academia de Ciencias, que verificara la validez del fenómeno.

Una segunda comisión, compuesta por cinco miembros de la Real Sociedad de Medicina, también se dio de lleno a la tarea de analizar el problema. Pero, ¿cómo había que proceder? Para los magnetizadores, era evidente que había que observar a los enfermos; para los expertos, por el contrario, era el fenómeno mismo lo que había que examinar, ya que «la naturaleza sola, y sin tratamiento alguno, cura a muchos enfermos». El químico Lavoisier se encargó de programar los experimentos y procuró separar la imaginación de los pacientes de la supuesta acción del fluido.

Las teorías que él propuso para explicar sus tratamientos no resistieron al examen, e incluso en su propia época Franz A. Mesmer fue considerado un fraude por la profesión médica. Sin embargo, la terapia magnética ha encontrado nuevos seguidores recientemente entre los médicos de «medicina alternativa».

Los experimentos fracasaron: los pacientes caían en trance sin que el magnetizador efectuara los pases, y aun sin que estuviera presenté. El veredicto de los  expertos fue: si el fluido actúa cuando no puede pasar, es que no existe.

La imaginación es la verdadera causa de los efectos atribuidos al magnetismo.» Mesmer salió de París para refugiarse  en Bélgica. Pero sus partidarios no se dieron por vencidos, y las sesiones continuaron, en especial en la casa del marqués de Puysegur, quien imprimió una nueva dirección al magnetismo sumiendo a sus pacientes en un extrañísimo sueño en el que, paradójicamente, parecían más conscientes que en su estado de vigilia. El «sonambulismo» despertó un gran entusiasmo en toda Europa.

Hipnosis en el hospital: El debate evolucionó cuando entraron en escena los psiquiatras y los psicólogos, y con la invención del término «hipnotismo» por el inglés James Braid en 1843. Menos preocupados por la física, se interesaban más en el efecto terapéutico de los trances que en su causa. Por otra parte , ya no hablaban de un fluido, sino de la influencia de una persona sobre otra persona , lo que dió origen a un nuevo debate.

Un cirujano escocés James Braid (795-1860) dio al mesmerismo una explicación científica. Él encontró que algunos sujetos experimentales podría entrar en trance si simplemente fijaban  sus ojos en un objeto brillante. Él creía que el mesmerismo es un «sueño nervioso» y acuñó el término hipnosis, derivado de la palabra griega hypnos que significa sueño.

En Francia, la hipnosis fue dada a conocer por Jean Martin Charcot. El gran psiquiatra de la Salpétriére descubrió las virtudes de la hipnosis en 1878 y logró curar a histéricos ciegos o paralíticos. Hizo demostraciones públicas en el hospital, en las cuales sus pacientes catalépticos veían serpientes inesistentes y caían de espaldas, rígidos como troncos y sin poder mover su brazo pegado a la pared…

Según Charcot, la hipnosis es una neurosis histérica artificial, pero esta teoría era opuesta a la que proclamaba la escuela de Nancy, dirigida por Hippolyte Bernheim, quien la consideraba como un fenómeno psicológico normal. Los debates fueron acalorados. El mismo Freud, después de haber asistido a las sesiones del hospital de la Salpétriére, utilizó la hipnosis durante algún tiempo. Pero ante el carácter aleatorio y temporal de los resultados, abandonó esa técnica en favor del psicoanálisis, pues quería «lograr que los efectos de la sugestión fueran bastante duraderos como para curar definitivamente». «En todos los casos graves», dijo, «he visto cómo la sugestión que se les aplicaba se reducía a cero y resurgía el mismo problema u otro diferente.»

Aceptada y rechazada , la hipnosis es un tema del que se ocupan las ciencias humanas y médicas. Por temporadas, apasiona a los investigadores y es materia de coloquios; después, pasado el primer entusiasmo, se hace caso omiso de ella. Así, cuando en 1953 el francés León Chertok publicó su estudio A propos d’une amnésie hystérique traitée par Phypnose, habían pasado ya 60 años desde que el tema cayera en el olvido. Para los científicos, la hipnosis es una farsa.

En su momento, Freud la condenó -¿y quién se atrevería a contradecirlo?-. Luego, la representación que el público se formaría de ella –la de un fenómeno un tanto mágico– resultaría incómoda: entre los charlatanes, los hipnotizadores de feria y los médicos, el profano se confundía y la comunidad científica también. Como resultado, los pocos investigadores que la estudian lo hacen marginalmente. Aún hoy, cuando se trata de otorgar a la hipnosis un lugar en la investigación científica, se siguen suscitando ásperas discusiones. A pesar de que sus logros terapéuticos han inspirado un renovado interés, especialmente en el tratamiento del dolor y en la lucha contra el tabaquismo, la hipnosis sigue siendo para muchos un tema tabú.

¿Verdadero o falso?

Las «órdenes posthipnóticas» son aquellos mandatos dados durante la hipnosis que fluirán desde el inconsciente para hacer que el paciente los obedezca cuando se haya despertado. La persona cree estar actuando por iniciativa propia. Es totalmente erróneo suponer que durante la hipnosis transcurran procesos psíquicos especiales: la hipnosis es una forma extrema de sugestión.

Con el descubrimiento de las conexiones entre el sistema nervioso y el inmunológico y de su importancia para la salud, la hipnosis ha alcanzado una nueva dimensión en el tratamiento de ciertas enfermedades y dependencias (de la nicotina, las drogas, el alcohol). Pero la investigación clásica de la hipnosis demuestra que diferentes individuos reaccionan de manera distinta a la hipnosis. Hay gente que incluso no reacciona de ninguna manera.

En estado hipnótico, el individuo se somete voluntariamente al poder del hipnotizador, lo cual asegura un cierto éxito terapéutico a la hipnosis cuando ésta se utiliza en el momento oportuno, en los tratamientos contra el dolor, el tabaquismo, el alcoholismo, la bulimia, incluso las fobias… Pero no por eso la hipnosis es una panacea ni permite que el hipnotizador pueda obligar al hipnotizado a hacer cualquier clase de cosas. Por supuesto, en ocasiones las experiencias son fabulosas: un buen paciente puede «ver» una silla que no existe, temblar de frío en plena canícula, olvidar temporalmente el número 5 (y contar con los dedos 1, 2, 3, 4, 6, 7, 8…).

Pero en ningún caso actuará contra su sentido moral, por ejemplo, matando a su vecino. La hipnosis también se emplea mucho para recuperar recuerdos perdidos, sólo que entonces la imaginación no tiene freno y la reminiscencia suele no ser más real que un sueño, lo que con demasiada frecuencia olvidan quienes, bajo hipnosis, recuerdan haber sido, en otra vida anterior, la servidora de Nefertiti o Hernán Cortés…

MÉTODOS UTILIZADOS: Existen diferentes métodos para alcanzar el estado hipnótico. Tres de los más frecuentes son el de la «fascinación», en el que la persona que va a ser hipnotizada mira un objeto luminoso, como un péndulo o la luz que refleja. En el método que consiste en ir contando, el hipnotizador dice previamente al paciente: «Ahora contaré hasta diez y, cuando acabe, estará usted hipnotizado». En el método de «fijación», el hipnotizador mira fijamente a los ojos del cliente y le dice que está cansado, hasta que acaba por cerrar los ojos.

En estos tiempos, la hipnosis se practica sobre todo para atenuar el estrés y aliviar algunos dolores.
causa. Por otra parte, ya no hablaban de un fluido, sino de la influencia de una persona sobre otra, lo que dio origen a un nuevo debate.

Aplicación de la hipnosis como terapia médica
• Perder de peso
• Dejar de fumar
• Superar dependencias, como de drogas o alcohol
• Relajarse, prevenir el estrés
• Mejorar la concentración
• Superar fobias
• Superar el miedo a los aviones
• Incrementar el factor éxito

Freud a pesar que originalmente estaba en contra de esta técnica, luego fue un fuerte defensor de la hipnoterapia y viajó a Francia para estudiar con dos maestros renombrados. Escribió varios artículos sobre hipnoterapia y traducido dos libros del francés al alemán sobre el tema. Él utilizó la hipnoterapia en algunos de sus clientes en la década de 1800, pero a principios del nuevo siglo, se había trasladado a usar su «asociación libre» o la técnica de «hablar».

Las Brujas en la Edad Media Persecución de la Inquisición Iglesia

Las Brujas en la Edad Media – Persecución de la Iglesia

Resulta innegable es que una buena parte de las supersticiones y creencias en misteriosos seres místicos actuales proceden del oscurantismo medieval. Diablos, brujas y hechiceros eran los que atentaban contra la fe y la ley divina que enarbolaba el cristianismo. Para combatirlos no sólo había que dar por sentada su existencia, sino también explicar su nefasta influencia en la vida diaria, que llegaba hasta provocar la misma muerte.

El libro medieval «Malleus maleficarum» o «Martillo de los brujos», de Sprenger y Kramer, manual de la Inquisición aparecido entre 1485 y 1486 habla de la crueldad y peligrosidad de las brujas y explica:

«Las brujas de la clase superior engullen y devoran a los niños de la propia especie… causan a sus semejantes daños inconmensurables… conjuran y suscitan el granizo, las tormentas y las tempestades; provocan la esterilidad en las personas… pueden emprender vuelos, bien corporalmente, bien en contrafigura, y trasladarse así por los aires de un lugar a otro; son capaces de embrujar a los jueces y presidentes de los tribunales… inspirar odio y amor desatinados… pueden matar a personas y animales por otros varios procedimientos; saben concitar los poderes infernales para provocar la impotencia en los matrimonios o tornarlos infecundos, causar abortos o quitarle la vida al niño en el vientre de la madre con sólo un tocamiento exterior; llegan a herir o matar con una simple mirada, sin contacto siquiera, y extreman su criminal aberración ofrendándole los propios hijos a Satanás… En una palabra: pueden estas brujas, como antes decimos, originar un cúmulo de daños y perdición que sólo parcialmente estaría al alcance de las demás. Bien entendido que todo esto lo pueden con permisión de la justicia divina…»

Se puede argumentar que este manual, de cruenta predicación y peores consecuencias para buena parte de la humanidad, fue oportunamente desautorizado por la misma Iglesia que en su momento lo impulsó. Sin embargo, las afirmaciones que sostenía estaban legitimadas por la palabra sagrada de las Santas Escrituras, donde se insiste que los espíritus malignos son reales: la Biblia relata que uno de ellos se valió de una serpiente para comunicarse con la primera mujer, Eva, e inducirla a rebelarse contra Dios (Génesis 3:1-5).

Las Escrituras lo identifican como «la serpiente original, el que es llamado Diablo y Satanás, que está extraviando a toda la tierra habitada» (Revelación [Apocalipsis] 12:9). Él logró que otros ángeles se sublevaran (Judas 6), y se convirtieran así en demonios, enemigos de Dios…

Esos seres malignos, eran en gran parte mujeres y la llamaban brujas, y en estado de éxtasis, salían por la noche para reunirse con otras en un lugar apartado, con el fin de abjurar de la fe cristiana y adorar a un espíritu o al mismo diablo. Se dice que en estas reuniones nocturnas había orgías sexuales, se adoraba al demonio, se tomaba pócimas mágicas y drogas y que las mujeres se transforman en animales.

BRUJAS en la EDAD MEDIA

Estos informes son corroborados ante los tribunales por muchas mujeres, y se cree en ellos como hoy se cree a quien afirma que en un viaje nocturno se ha encontrado con alienígenas que lo han subido a su ovni para mantener relaciones sexuales sobrenaturales con él.

En la Edad Media este tipo de fiestas, que reciben el nombre de aquelarres, encuentran mucho eco en la literatura, por ejemplo en Macbeth, de Shakespeare, o en La noche de Walpurgis, del Fausto de Goethe. Pero en los siglos XIV y XV, se acusa a las brujas de fornicar con el diablo, y para salvar sus almas se las arroja al fuego purificador.

Estas persecuciones durarán hasta el siglo XVII. Durante la Peste Bubónica, con la intensión de buscar culpables de semejante castigo divino, se decía que en su intento de aniquilar a la humanidad a través de la peste, el diablo cuenta con un amplio grupo de colaboradores: los judíos. Como instrumentos del diablo que son, se sospecha que los judíos envenenan las fuentes y que de este modo ayudan a propagar la peste.

Todas estas brujas debían se eliminadas de la tierra a través de la purificación del fuego. Para ellos se amontonaba  ramas secas y crujientes, formando un montículo de más de un metro y medio de altura. En el centro había un poste de madera y, amarrada a él, una mujer joven con aspecto desgreñado y los ojos fuera de sus órbitas. Alguien dio la orden y dos hombres comenzaron a encender las ramas. En pocos minutos la hoguera crepitaba como una sucesión de quejidos diabólicos.

La mujer gritaba maldiciones en las que convocaba al demonio mientras las llamas la cubrían por completo y el centenar de personas que observaba la escena entre temeroso y subyugado guardaba un inusual silencio. Media hora después todo había terminado. Una nueva bruja había sido encontrada culpable y se había cumplido su castigo. Una nueva discípula del diablo, según sus verdugos. Oficialmente, hubo medio millón de ejecuciones idénticas a la relatada solamente entre los siglos XV y XVII.

De manera no oficial se calcula otro tanto. Ese millón de brujas condenadas a lo largo de dos siglos arroja un promedio de una persona cada dos horas muerta en la hoguera durante ese lapso. No eran sólo mujeres. Los hombres también eran encontrados culpables de brujería y seguían el mismo camino, pero el porcentaje de damas de la escoba fue siempre muy superior. ¿Qué hacía una bruja? ¿Por qué se la condenaba? ¿Cómo se la reconocía? Una bruja —según aquellas acusaciones— pactaba con el diablo. Su principal objetivo era atentar contra la religión y el Estado.

Se sabía que eran capaces de volar, montando una escoba porque detestaban y temían a los caballos; se reunían los sábados por la noche en grupos llamados «aquelarres»; recibían órdenes directas del maligno; mantenían relaciones íntimas con íncubos (diablos machos) y con súcubos (los femeninos); robaban y sacrificaban niños; destruían las cosechas y mataban al ganado con sólo desearlo; desparramaban el mal en todas sus formas y eran dueñas de poderes extraordinarios.

Por supuesto todo eso era lo que decían sus jueces y victimarios.
En los últimos años hubo especialistas internacionales que investigaron aquellos fenómenos y les dieron una explicación de hoy en día. Existieron, sí. Y según algunos aún existen.

Los aquelarres (reuniones de brujas y brujos) fueron descriptos por primera vez durante el siglo X. Cien años después la Iglesia advirtió el crecimiento de esas creencias demoníacas y se decretó la excomunión para los que participaran en aquellos extraños rituales. La batalla entre el bien y el mal, la más vieja y eterna batalla de la historia, fue creciendo y hasta se cometieron excesos por parte de gobernantes que aprovechaban las condenas para sacarse de encima a molestos opositores. Un sistema eficiente que más de un gobernante en el mundo quisiera poder reflotar, seguramente.

Uno de los casos más claros fue el de Juana de Arco, que luego sería reivindicada nada menos que con su canonización. Con respecto a los supuestos poderes brujeriles, el antropólogo norteamericano Michael Harner, estudioso del tema, cuenta que las brujas se untaban el cuerpo con una sustancia creada por ellas sobre la base de una cantidad de hierbas que tenían efectos hipnóticos y alucinógenos.

Este preparado llevaba el nombre de «menjunje«, una palabra que aún hoy usamos en otras aplicaciones. Y actuaba como una droga estimulante que producía euforia al mismo tiempo que aumentaba la fantasía y la imaginación. Harner dice también que en los aquelarres se consumían alucinógenos y que la palabra «viaje» (usada hoy para definir el climax de un drogadicto) era la misma con que aquellos personajes medievales definían sus sensaciones, confesión ésta que les era arrancada por las torturas.

La mayor autoridad en el estudio serio de este tema, el historiador Charles Henry Lea, pone en claro que la Iglesia se había limitado en los primeros siglos de la aparición del fenómeno a negarles la bendición a los considerados brujos y que, recién en 1448 —cuando esas prácticas habían avanzado de manera en extremo peligrosa— el papa Inocencio VIII emitió una bula por la cual el enfrentamiento del cristianismo con esos grupos esotéricos fue total. La tortura y la hoguera fueron autorizadas. Pero recién comenzaba la historia.

Durante la Edad Media el cristianismo tenía una muy poderosa influencia no sólo en cuestiones de fe sino también en las decisiones de Estado. Los pontífices eran guerreros que se ocupaban de las cosas mundanas al frente de sus ejércitos. Por una mera razón física que se repite en la vida desde siempre, ante una fuerza determinada aparece otra en sentido contrario que pretende ser tan poderosa. No es extraño, entonces, que fuera en esa época cuando el movimiento brujeril tuvo su mayor auge. Pero todo se mezcló demasiado.

La Iglesia se oponía a las brujerías con el poder de la fe, pero los grupos laicos de poder ya habían tomado la ley en sus manos desde mucho antes por motivos políticos. El antropólogo Marvin Harris, de la Universidad de Harvard y un serio especialista en la cuestión, afirma que todos los males de aquella época eran achacados a las brujas cuando en realidad solían provenir de la voracidad y la ambición desmedidas de príncipes o señores feudales.

Ellas fueron el chivo expiatorio. Harris da cifras: el 82% de los condenados en la Edad Media eran mujeres y entre miles hubo un solo caso de un noble y no fue condenado. Los hombres quedaban, estaban aterrados y trabajaban sin quejas. Aún en el siglo XVII seguían las ejecuciones y la cosa pasó de Europa a América, donde el caso del pequeño pueblo de Sa-lem es el más famoso: una caza de brujas interesada llenó de miedo y de inmovilidad a la población. La última vez en la historia que una bruja fue quemada en la hoguera en Europa ocurrió en Suiza, en 1793.

GATOS Y HECHIZOS
Es curioso, pero hace más de cuatro mil años, los egipcios consideraban a los gatos animales decididamente benéficos. Se los cuidaba en calidad de sagrados hasta el punto de ejecutar a todo aquel que matara a un gato. La historia registra que un hecho semejante ocurrió con un romano al que le quitaron la vida violentamente después de que el hombre hubiera asesinado a uno de estos peculiares felinos alegando que lo molestaba con los maullidos.

Las fiestas de Bast, que era una diosa con cabeza de gato, eran las más alegres y rebosantes de música, vino, danzas y sexo. No quieran anotarse porque ya no existen. También en religiones posteriores el gato fue culto cíe adoración especial. Y tal vez fue ese hecho el que lo con denó históricamente ya que en la época medieval, al luchar contra las sectas de herejes que pululaban por entonces, se señaló a este animalito como el compañero ineludible de brujos y brujas.

En rigor de verdad, eran por entonces muchos los ritos diabólicos que se llevaban a cabo con un gato como representación demoníaca. En el año 1566 una mujer llamada Elizabeth Francis fue acusada de brujería. Se la llevó a juicio y, con ella, a su gato manchado que —para hacer las cosas aún más difíciles— respondía al nombre de Satán. Se acusó al animal de haberle encontrado varios novios a la tal Elizabeth, de colmar mágicamente sus campos de buena siembra y de haberle procurado una cantidad envidiable de ovejas.

Si uno se guía por estas acusaciones parece ser que lo ideal en aquella época era que a uno le fuera mal. Si le iba bien podía sospecharse de la intervención del demonio y los acusadores eran muchos. Casi como ahora. La cosa se complicó en aquel juicio inglés cuando alguien testimonió que un joven que empezaba a llevarse mal con Elizabeth fue eliminado por el minino. Y se puso peor cuando otro aseguró que la mujer premiaba a Satán por su ayuda no con un pescadito sino con gotas de su propia sangre. Sé de más de un par de noticieros que de haber existido se hubieran lanzado con todo a cubrir la noticia.

Final del cuento: fueron a la hoguera los dos, ella y el gato. Y desde entonces ocurrió con todos los felinos de brujas. La historia, la tradición, las costumbres o la tontería humana llevaron esa funesta imagen hasta nuestros días. Muchos miran a los gatos con desconfianza y ellos, los gatos, nos miran igual.

 
EL DIABLO O DEMONIO:  Del griego daimónion; del latín, daemonium, el que sabe. Ángel malo. En tiempos muy lejanos, la palabra involucraba a deidades inferiores e incluso podía ser interpretada como diminutivo de dios, con minúscula. Familiarmente se llegó a usar con los niños traviesos a quienes se calificaba como «demonios» y la palabra no cargaba tintes graves.
Se lo representaba como un ser perverso, cornudo y lascivo, pero otras veces era un genio bueno. John Millón (1608-1674), poeta inglés autor de la muy célebre obra El paraíso perdido creó la expresión pandemónium, del griego pan, todo, y daimónion; demonios: la capital del infierno, o sea el lugar de encuentro de los demonios.

En Levítico (16:8), aparece Azazel como contrapartida del Señor, como personaje demoníaco, y el propio Milton lo convierte en su obra en Eblis, que significa desesperado. Lord Byron (1788-1824), uno de los grandes poetas románticos ingleses, en su obra Cielo y Tierra, llama Azaziel a un serafín que se enamora de Ana, meta de Caín, quien cuando viene el Diluvio, la carga en sus alas y la transporta a otro planeta.

Azrael es el ángel musulmán de la muerte que será el último en morir, cuando suene por segunda vez la trompeta del Arcángel Gabriel.

Esta curiosa aventura de la palabra ha mantenido una pizca de simpatía sólo en algunos rincones familiares: «Este chico es un demonio», «¿Dónde demonios dejé mi carpeta?».

Pero todos sus derivados fueron cubriéndose de sombras. Demonismo es la práctica de cultos o magias convocantes de los malos espíritus; demonolatría es la adoración de los demonios; demonomanía es la alteración mental que hace suponer estar endemoniado.

Y en algún renglón se ocultan «demontre» y «demoñuelo» como sinónimos suaves de demonio.

Tiempos de brujas. Cuando la brujería era una especie de religión en Europa y contaba con gran número de adeptos, hubo miles de sacrificios humanos. Se conocen cifras terroríficas de aquellas épocas: 14.000 supuestas brujas fueron sacrificadas en Tolosa y Traveris, 800 en Surtzburg, 1.500 en Bemberg.

Estos crímenes, obviamente, tenían un trasfondo ritual. En 1513, en Ginebra, 500 supuestas brujas fueron sentenciadas en tres meses a morir en la hoguera, y las crónicas de entonces señalan que los pasos previos al sacrificio abundaban en solemnidad y costumbres. Por ejemplo, los habitantes del lugar, en absoluto silencio, rodeaban una cruz a la que era atada la víctima. Los jueces leían luego la sentencia y en unos minutos se concretaba la pena: los pobladores reían y gritaban de satisfacción.

Al ubicarse en la Edad Media es imposible separar del crimen cuestiones como el demonio, la brujería o el sacrificio. Una cosa justificaba a la otra y la Justicia obraba con los fundamentos del entorno.

Hay actualmente algunos sucesos que no comprueban el paso de tiempo: en las crónicas policiales de todo el mundo se lee todavía que un cadáver apareció a la orilla de un río con 13 puñaladas en el corazón, y la muerte ocurrió un sábado por la noche.

De esta forma, precisamente, «sacrificaban» a las brujas en forma clandestina durante la Edad Media. También se habla de ritos sospechosos en Tailandia, aunque se asegura que los animales -como en muchos otros casos- reemplazaron a los humanos a la hora de morir. Hay, además, extraños relatos que algunos exploradores del Amazonas cubren de misterio.

Pero, a fin de siglo, y entre los avances de la Humanidad, las dudas persisten, y nadie podría afirmar que, en algún lugar del mundo, los sacrificios humanos no continúan.

PARA SABER MAS…
LA CAZA DE BRUJAS EN LA EDAD MEDIA

Una bruja dotada supuestamente de poderes diabólicos para atraer la enfermedad y la mala fortuna debe haber sido objeto de temor para el no iniciado, pero debemos ser capaces de descubrir una urgencia más primitiva en la persecución de que fueron víctimas. La bruja, por lo común, aunque no siempre, era una mujer que poseía —se aseguraba— poderes sobrenaturales, era la corporización femenina del demonio.

Para un sacerdote célibe, para el ceñudo protestante que creía en el sometimiento de la mujer, era una especie de objeto de odio y de temor, ya que veían en los maleficios no sólo una parodia obscena de la religión sino un peligro para la supremacía masculina, La bruja se transformó así en el símbolo de la relación amor-odio, la contienda, en la edad adulta, de la dominación de los sexos.

El aumento real de las prácticas de brujerías ocurrido en tiempos de la represión produjo una mayor exageración. Con la proliferación del miedo y el odio, las brujas eran vistas en todos lados. El apacible e instruido Nicolás Remy de Lorraine envió a la cárcel entre 2.000 y 3.000 víctimas entre 1595 y 1616. El piadoso arzobispo de Trier quemó 368 brujas de dos aldeas entre 1587 y 1593, dejando sólo una mujer viva en cada una de ellas en 1595. Desde 1623 hasta 1631 el obispo príncipe de Würzburg quemó más de 900 personas acusadas de maleficios, incluyendo su propio sobrino, un número de niños y 19 sacerdotes.

Francia, Alemania, Suiza, España, Suecia y Escocia se pusieron de acuerdo en esta forma de asesinato en masa. Alemania fue el país más afectado, un hecho que tuvo cierto significado en la historia. En la cima del terror, creer en las hechicerías era un artículo de fe y negar la existencia de las brujas podían conducir a la condenación.

El peor exceso cometido en Inglaterra y las colonias americanas estaba asociado al puritanismo extremo. Sin embargo, allí la represión nunca igualó los resultados de dos notables acontecimientos producidos en e» continente europeo, durante dos brotes de histeria colectiva. El primero afectó regiones del este de Inglaterra en 1644-1647, cuando el ejército de» Parlamento puritano estaba en ascenso. Las denuncias histéricas y acusaciones fueron comisionadas por Mattew Hopkins, quien en 1645 instituye una Comisión General de Búsqueda de Brujas.

Un abogado de Ipswich viajaba por el país en busca de las brujas asistido por el abogado John Godboldt, quien había sido nombrado juez para ese propósito por voto del Parlamento. Ese año fueron colgados dos villanos en comparación con las sesenta mujeres sólo en Essex, más otras tantas en Norfolk y Huntingdonshire. Hopkins publicó un tratado titulado E. descubrimiento de las brujas en 1647; poco después fue denunciado como impostor y condenado a ser colgado por hechicero.

LAS BRUJAS DE SALEM: EL PEQUEÑO PUEBLO de Salem, en la colonia norteamericana de Massachusetts, se conmovió cuando en 1692 un grupo de mujeres aseguraron que estaban poseídas por el diablo. Varias criadas del nuevo primer ministro, Samuel Paris, fueron acusadas de brujería. Nueva Inglaterra era una zona muy religiosa y las acusaciones fueron tomadas en serio hasta el punto de que el gobernador de la colonia ordenó que las mujeres fueran juzgadas.

UN PUEBLO DIVIDIDO Salem era un pueblo dividido por terribles disputas. Los primeros habitantes estaban siendo suplantados por personas más ricas que provenían de otras áreas. Los historiadores han demostrado que los acusados de brujería eran personas recién llegadas o que habían colaborado con ellas de alguna manera. Los primeros colonos, incapaces de detener la llegada de nuevas personas, recurrieron a las acusaciones de brujería para vengarse de los recién llegados.

HISTERIA Y MUERTE
Bridget Bishop fue la primera persona acusada de brujería y fue ahorcada el 10 de junio de 1692. A ella la siguieron cinco personas más, incluido un sacerdote protestante llamado George Burroughs, que cometió el error de criticar los juicios. En aquel clima de histeria el menor comentario podía tener consecuencias funestas. Llegaron a morir 20 personas antes de que aquella ola de ejecuciones se calmara. Una de ellas recibió el castigo tradicional por negarse a declarar: fue aplastada entre dos piedras hasta morir. Aunque estos juicios supusieron un trágico episodio en la historia de Nueva Inglaterra, fue el último incidente de la caza de brujas registrado en las colonias norteamericanas de Inglaterra.

LA BRUJERÍA EN EN LA EDAD MODERNA:

Hacia 1486, los inquisidores dominicos alemanes Heinrich Kramer y Jacob Sprenger redactaron un completo manual demonológico, Malleus Maleficarum (Martillo de las Brujas). El ensayo, que dio apoyo teológico a las nuevas ideas, y estaba dividido en tres secciones.

La primera apuntaba a probar la existencia de la brujería.

En la segunda se describían sus distintas formas.

Por fin, la tercera, estaba dedicada a cómo detectar, enjuiciar r sentenciar a las brujas, incluyendo las torturas como método lograr esos objetivos.

La que después se conoció como Caza de Brujas se extendió por toda Europa Central durante buena parte de la Época Moderna, que abarcó del siglo XV al XIX. Los juicios fueron llevados adelante, en distintos momentos, por tribunales civiles, episcopales y de la Inquisición.

Los períodos de mayor virulencia se registraron en los siglos XVI y XVII. La bula Summis Desiderantes, con larga influencia dentro del catolicismo, fue apoyada y aceptada por otras iglesias occidentales como la luterana, la reformada, la anglicana y la puritana. Aunque el catolicismo nunca aprobó oficialmente la Caza de Brujas, recién en 1657 prohibió esas persecuciones. Algunas estimaciones conservadoras calculan que más de 100.000 personas fueron enjuiciadas. De ellas, unas 60.000 murieron en la hoguera luego de padecer otros tormentos.

Según algunos registros, todavía en los siglos XVIII y principios del siglo XIX hubo algunas condenas por brujería. Así, en 1782, en el cantón de Glaris, en la Suiza protestante, fue sentenciada a muerte Arma Goldin. Al parecer, hubo otro caso en Polonia, en 1793. Campesinos franceses de Bour-nel quemaron a una mujer acusada de brujería en 1826. Años después, en 1856, otra fue lanzada dentro de un horno en la comuna de Camales.

Si bien las acusaciones también alcanzaron a hombres, a niños e incluso a animales, una abrumadora mayoría fueron mujeres, consideradas más inclinadas al pecado y más receptivas a la influencia del Diablo. Este concepto misógino ya estaba presente hacia 1324, cuando en el Concilio de Toledo se definió a las mujeres como livianas, deshonestas o corrompidas. Según el Malleus Maleficarum, ellas eran más crédulas, más propensas a la malignidad y embusteras por naturaleza.

De las acusadas, se presumía que habían realizado un pacto con el Diablo y que le rendían culto, a cambio de lo cual adquirían poderes sobrenaturales. Se creía que el Diablo les dejaba una marca en el cuerpo, lo que permitía individualizarlas. Existía la creencia de que eran capaces de volar, montadas en escobas, animales o demonios, y que podían transformarse en animales. Muchos estudiosos de la época creyeron que estos fenómenos ocurrían realmente. Otros, en cambio,los atribuían a ilusiones o ensueños inducidos por el Diablo.

Según estas teorías, las brujas acudían en determinadas ocasiones a reuniones nocturnas denominadas «aquelarres», o «sabbats». El Diablo, imaginado con formas humanas, como un macho cabrío u otro animal, era adorado por las brujas con distintas ceremonias y a veces participaba de orgías. En definitiva, aquellos «aquelarres» eran una suerte de contracara sacrilega de las liturgias cristianas.

En tiempos de Caza de Brujas hubo algunos procesos que pasaron a la historia. En Inglaterra, un caso famoso fue el juicio a las brujas de Lancashire, en 1612. Un grupo de vecinos de la localidad de Pendle y de otros pueblos cercanos, en gran parte mujeres, fueron llevados ante un tribunal, acusados de asesinatos. La mayoría terminó sus días en la horca. El conocido escritor inglés William Harrison Ainsworth (1805-1882) tomójuego en el caso para escribir su novela Las Brujas de Lancashire, publicada en 1849.

Fuente Consultada:
Historias Asombrosas Pero Reales de Víctor Sueiro
La Cultura de Dietrich Schwanitz
El Universo Secreto de la Superstición Rodolfo Mucheta
Diccionario Insólito Tomo 2
Grandes Pestes de la Historia Cartwright – Biddiss

Juicios de la Inquisición

Pócimas Secretas de la Brujas