La Revolucion de mayo de 1810

Ideas Revolucionarias de Moreno y Monteagudo Principios de Igualdad

Principios e Ideas Revolucionarias de Moreno y Monteagudo

LoS principios revolucionarios en los escritos de
Moreno y Monteagudo.
Los principios de igualdad y de libertad — bases de la concepción republicana que impuso la Revolución de Mayo y que cristalizaron en las leyes y decretos de la memorable Asamblea de 1813— fueron defendidos con ardor por Mariano Moreno y Bernardo Monteagudo, dos de los grandes escritores del período revolucionario y, quizás, de los pocos que tuvieron clara conciencia del momento histórico en que actuaban.

Las páginas de Moreno, en especial las publicadas en la «Gaceta», escritas para difundir la doctrina orientadora del pensamiento de Mayo, revelan, a través de la forma clara la expresión y el vigor de su mentalidad. La revolución en sus primeros momentos fue, para él, una conmoción social que dió a los criollos una nueva conciencia, pues los llevó a desalojar del poder a los españoles.

Moreno sintió la necesidad de que el país se organizara dándose un sistema de disposiciones y de principios que establecieran «la necesidad de las costumbres, la seguridad de las personas, la conservación de sus derechos, los deberes del magistrado, las obligaciones del subdito, y los límites de la obediencia».

Y señaló, en principio, que la división de los poderes y el sistema representativo debían ser la base de la organización institucional.

La libertad era, para Moreno, principio esencial de todo régimen democrático. Pero aunque hizo suya la divisa «Yo prefiero una procelosa libertad a la esclavitud tranquila», no concibió una libertad individualista, anárquica, sino una libertad que implicaba la existencia de garantías que asegurasen su ejercicio.

Y advirtiendo los peligros del libertinaje, no pudo menos que señalar: «Temblemos con la memoria de aquellos pueblos que, por el mal uso de su naciente libertad, no merecieron conservarla muchos instantes».

El sentimiento de igualdad, que tuvo profundo arraigo en Moreno —y que ya había exteriorizado en su defensa de los indios y de los pardos y morenos— adquirió su más brillante exteriorización en el decreto de abolición de los honores al Presidente de la Junta.

Además de establecer absoluta, perfecta e idéntica igualdad entre todos los miembros de la Junta, el decreto del 8 de diciembre de 1810, prohibía todo brindis, viva o aclamación en favor de los miembros del gobierno.

«Si éstos son justos, vivirán en el corazón de sus conciudadanos», decía. «No se podrá — añadía el artículo 99 — brindar sino por la Patria, por sus derechos, por la gloria de nuestras armas, y por objetos generales concernientes a la pública felicidad».

Y, en su afán de asentar sobre sólidas bases el sentimiento de igualdad, estipulaba que «las esposas de los funcionarios públicos, políticos y militares, no disfrutarán los honores de armas ni demás prerrogativas de sus maridos; estas distinciones las concede el estado a los empleos, y no pueden comunicarse sino a los individuos que lo ejercen».

Basta esta breve referencia a las ideas difundidas en sus escritos por el secretario de la Junta para comprender que Ricardo Levene, ilustre historiador que ha profundizado en el estudio de la Revolución de Mayo, haya podido afirmar que Moreno encarna los sentimientos de la Argentina de todos los tiempos.

Moreno y Monteagudo Revolucionarios

Bernardo Monteagudo (1787-1825), fué el escritor que recogió la pluma de Moreno y en sus escritos mantuvo la continuidad del sentimiento democrático y acentuó la prédica en favor de la proclamación de la independencia.

El brillante tribuno sintió el peligro de que el pueblo, que había pasado de la servidumbre a un régimen de libertad, pudiera precipitarse en la anarquía. De ahí su prédica para que se dejasen de lado las pasiones a fin de alcanzar la verdadera libertad.

«Para llegar al santuario de la libertad, es preciso pasar por el templo de la virtud», afirmó, expresando que un recto ejercicio de la libertad presupone la inviolabilidad de los derechos del hombre, la imparcialidad en los actos y la rectitud en las deliberaciones.

Por eso, en sus «Observaciones didácticas», expresaba: «En vano declamaréis contra la tiranía si contribuís o toleráis la opresión y servidumbre de los que tienen igual derecho que vosotros: sabed que es menos tirano el que usurpa la soberanía de un pueblo, que el que defrauda los derechos de un solo hombre: el que quiere restringir las opiniones racionales de que goza todo ser animado, el que quiere sofocar el derecho que a cada uno le asiste de pedir lo que es conforme a sus intereses, de facilitar el alivio de sus necesidades, de disfrutar los encantos y ventajas que la naturaleza despliega a sus ojos; el que quiere, en fin, degradar, abatir y aislar a sus semejantes, es un tirano».

Para Monteagudo la independencia era un principio que estaba sancionado por la naturaleza.

En consecuencia, escribía en marzo de 1812, el problema del país consistía en saber si convenía formular tal declaración, es decir, si era conveniente declarar que estábamos en la justa posesión de nuestros derechos. Para él, efectuar tal declaración era urgente. Nuestro país no podía retrotraer a los impulsos que generaron el movimiento de Mayo y debía cumplir su destino histórico, iniciando una era que, en la vida y en las instituciones, fuera realmente nuestra. Este problema, sin embargo, no podía separarse del referente a la organización del Estado.

Las causas efectivas de nuestros males estaban, a juicio de Monteagudo, en nosotros mismos. La necesidad de combinar la seguridad y el orden con la administración rápida de sus resoluciones, lo llevó a pensar en la urgencia de concentrar la autoridad «en un solo ciudadano acreedor a la confianza pública, librar a su responsabilidad la suerte de los ejércitos y la ejecución de todos los medios concernientes al suceso y, en una palabra, no poner otro término a sus facultades que la independencia de la patria».

Mas, pesando los peligros que podrían resultar de tal magistratura, sugirió la conveniencia de establecer un poder ejecutivo unipersonal, que debía ser secundado por un poder directivo integrado por tres o más personas, en representación del pueblo.

En última instancia, para Monteagudo el perfeccionamiento de cualquier constitución dependía del pueblo. Pero loi pueblos, si no conocen sus derechos, si no son ilustrados, están a merced de cualquier tirano.

Ignorancia y tiranía, a su entender, se complementan en el mismo grado que ilustración y libertad. De ahí que enunciara con meridiana claridad su preocupación: «Que mi patria sea feliz, y sus hijos instruidos en cuanto les conviene para afianzar su dicha, tales son los deseos que sostienen la pluma en mi mano cuando escribo».

Las «Reflexiones» del canónigo Gorriti. — Desde su refugio de Bolivia, el canónigo Juan Ignacio de Gorriti (1766-1842) escribió su libro Reflexiones sobre las causas morales de las convulsiones interiores de nuestros estados americanos y examen de los medios eficaces para reprimirlas, que se publicó en Chile en 1836.

Gorriti Canonigo
Juan Ignacio Gorriti

Víctima de las montoneras que lo había depuesto de su cargo de gobernador de la provincia de Salta, el ilustre sacerdote, que había tenido destacada actuación durante todo el período revolucionario, sintetizó en su obra sus ideas acerca de la organización republicana, de la causa de los desórdenes internos y de la necesidad que de la educación tenían los pueblos que hacía poco habían nacido a la vida independiente.

Los gobiernos tiránicos para sostenerse, expresa Gorriti, tienden a «mantener a los pueblos en la ignorancia estúpida y fomentar los vicios», pues esa situación de «aversión a los negocios públicos», de «indiferencia por la suerte de la patria» y de «incoherencia de los subditos entre sí» es la que da fuerza y estabilidad a los regímenes opresores.

Los gobiernos republicanos, en cambio, deben tender impostergablemente a la educación popular, ya que una característica del régimen representativo es la de interesarse por «ilustrar siempre a todos los ciudadanos y formarlos en todas las virtudes sociales», tratando por todos los medios de extirpar la ignorancia y los vicios.

Justamente, las nuevas repúblicas, que fueron colonias españolas, tienen «necesidad de ser corregidas de los vicios que engendró una administración viciosa»; por eso, meta de todo gobernante hispanoamericano debe ser desarraigar esas tradiciones, en cuanto puedan ser viciosas a la democracia, por medio de una nueva educación.

Deficiencias en la ilustración popular eran las que explicaban, en el pensar de Gorriti, las convulsiones y sacudimientos que experimentaban los pueblos americanos.

Efectivamente, eran deficiencias educacionales las que hacían que los diputados dictaran en las asambleas leyes absurdas, puesto que por carecer de los conocimientos indispensables no tenían capacidad para desempeñar bien sus mandatos. Por eso sólo por casualidad hacían, a su juicio, algo aceptable. Tales diputados, aunque animados de las mejores intenciones, por falta de educación ocasionaban «males de gravísimas consecuencias para la república».

Las deficiencias en la educación llevaban a algo más grave: hacían del pueblo, ignorante de sus derechos y deberes, una víctima de las seducciones de cualquier «astuto que haya sabido ganar el aura popular, aunque esté destituido de talentos, de ciencia y de probidad».

Finalmente, las deficiencias en la educación llevaban a los pueblos al vicio, haciendo que la corrupción se generalizase. «La ignorancia abre la puerta a la corrupción — escribía Gorriti—; ésta a su vez destierra a las ciencias, las artes, la industria; obstruye los canales de la ilustración, perpetúa la ignorancia, que es luego fecundada de mayores excesos y desmoralización, enemiga del buen orden de las sociedades, de las leyes, de la civilización y de la prosperidad pública».

Estas reflexiones llevaron a Gorriti a concebir la educación como el medio eficaz para reprimir las convulsiones que afligían a nuestro país, y de las cuales él había sido víctima. De ahí que afirmara que la consolidación de las instituciones republicanas requería la aniquilación de los dos agentes determinantes del desorden social y de la anarquía: la ignorancia y la corrupción.

Fuente Consultada: HISTORIA DE LA CULTURA ARGENTINA -ARTE-LITERATURA-CIENCIA- Manuel Horacio Solario Editorial «El Ateneo»