Las Bóvedas de San Martín

Historia de la Casa Donde Dieron Muerte a Lavalle en Jujuy

LA MUERTE DEL GENERAL LAVALLE EN JUJUY: MONUMENTO HISTÓRICO

Esta vieja casa se halla ubicada en la ciudad, a  media cuadra de la  iglesia de San Francisco, en  la calle Lavalle 256, entre las de  Belgrano y San  Martín. Su frente liso tiene una amplia  puerta y dos ventanas coloniales enrejadas, y hacia el lado de la iglesia se abre otra puerta y dos ventanas más, que hacen   suponer formaron también parte del primitivo edificio.

Al efectuar la nivelación de la calle los escalones de la puerta principal han quedado a regular altura.

Las habitaciones que dan a la calle se comunican con el zaguán, que termina en un  arco  de  medio  punto.

El edificio tiene tres patios; el primero es casi cuadrado, de gruesos muros blancos y techado con tejas españolas. Su piso, así como el del zaguán, está cubierto de lajas cuadrangulares bajo las cuales se conserva el antiguo de guijarros.

casa donde murio el general lavalle

Dando frente al zaguán hay un pasillo, también con arco de medio punto, que conduce al segundo patio, que es rectangular. Tres de sus lados tienen un corredor cubierto de tejas y sostenido por pilares cuadrados.

El tercer patio, que viene a formar el fondo de  la casa, está lleno de árboles.

Al segundo patio da un gran comedor con piso enladrillado. A continuación hay otra habitación, y seguida de ésta la sala donde estuvo alojado el general Lavalle, de la cual, bajando un escalón, se llega a la pieza que de este lado da a la calle.

Esta propiedad perteneció a doña Leocadia de Zenavilla de Alvarado, esposa de don Ramón de Alvarado.

El lamentable episodio que la hizo tristemente célebre ocurrió así:

Derrotado Lavalle por las tropas federales en Quebracho Herrado y diezmado su ejército en Famaillá, llegó en la noche del 8 de octubre de 1841 a Jujuy con un grupo de sus hombres. Después de golpear varias puertas en vano, se le proporcionó alojamiento en una casa a la sazón deshabitada y donde residiera el Dr. Bedoya, enviado de Lavalle ante el gobierno de Jujuy, quien había huído a Bolivia.

En el amanecer del 9, cuando Lavalle y los hombres que lo acompañaban se encontraban entregados al reposo, fueron despertados al grito de «¿Quién vive?» dado por el centinela. Era una partida federal que venía recorriendo la ciudad en busca del Dr. Bedoya, sin sospechar que fuera  Lavalle quien  ocupaba  la casa.

El general ordenó cerrar las puertas y ensillar los caballos y el pequeño grupo unitario se aprestó a defenderse, ya que no había tiempo para solicitar refuerzos al coronel Juan Esteban Pedernera, que se hallaba acampado en las afueras de la ciudad, en los tapiales de Castañeda.

Lavalle se vistió rápidamente y salió al patio dirigiéndose al zaguán para cerciorarse de cuántos eran sus enemigos, pero cuando estaba a pocos pasos de la puerta se oyeron tres tiros. Una de las balas penetró por el ojo de la cerradura y lo hirió en el cuello. Lavalle se desplomó, y quiso arrastrarse hasta la puerta, pero no pudo y quedó al fin sin vida.

Entre tanto sus compañeros salieron por los fondos de la casa con el fin de unirse a las tropas, mientras en el zaguán quedaba abandonado el general, muerto en forma casual por los soldados rosistas, quienes huyeron desconociendo el resultado de sus  disparos.

Más tarde los sobrevivientes del Ejército Libertador, a las órdenes de Pedernera, marcharon hacia la Quebrada de Humahuaca llevando e) cadáver de su jefe cubierto con la bandera nacional —que había sido confeccionada en Montevideo por doña Juana Manso— y atravesado sobre el hermoso tordillo que le había acompañado en sus batallas.

La triste cabalgata llegó hasta Potosí, en cuya Catedral fueron depositados los restos del valiente caudillo.

Entre ¡as muchas placas colocadas en el frente de la histórica casa hay una que recuerda  este   doloroso   y  lamentable  episodio  de   aquellos  oscuros  días  de   la  tiranía.

La puerta perforada por los balazos de sus enemigos fue trasladada a nuestra capital y se le conserva en el  Museo Histórico Nacional.

Fue declarada Monumento Histórico por Decreto N° 95.687 del 14 de julio de 1941.

Fuente Consultada:
Los Monumentos y Lugares Históricos de Argentina Carlos Vigil -Edit. Atlántida-
(Atención: Puede que el nombre de algunas calles de la Capital Federal hayan sido modificados)

San Martin Soldado del Ejercito español Herido de Muerte

San Martín Soldado del Ejército Español – Herido de Muerte

SAN MARTÍN EN EL EJERCITO ESPAÑOL

Estando José de San Martín, en Málaga (España)  fue creciendo al lado de sus padres, y que permaneció en la ciudad hasta 1789, en que ingresó como cadete en el regimiento de Murcia. Continuó en la plaza al estar en ella de guarnición, por lo que hubo de seguir oyendo hablar de Buenos Aires y de Uruguay, pues la unidad había estado en el Río de la Plata con la expedición de Cevallos, y varios oficiales de entonces —que tuvieron a sus órdenes a su padre— todavía pertenecían a ella.

general san martin

Así, pues, hasta 1790 o 1791, en que pasó a las plazas de África —como en tiempos de su padre—, el Río de la Plata tuvo que convertirse en una mítica ilusión, y más de una vez se preguntaría el joven cadete si tendría él la oportunidad de viajar también a aquella tierra lejana y de encontrar allí la posibilidad que no llegó a alcanzar el viejo capitán, que tantas veces vio la dorada amanecida de la selva. Pero la campaña africana se cerró, con la amargura de la entrega de la plaza de Oran, cuando sus defensores —entre ellos San Martín— no se creían vencidos.

Otra vez tuvo que acudir a su memoria la entrega de la colonia del Sacramento por la paz de 1763, por cuya causa fue su padre a Buenos Aires en 1765. Y tuvo que pensar en los misterios de la diplomacia y de la política, que renuncia a plazas y territorios sin saberse por qué. Mas pudo San Martín consolarse con el futuro, con San Agustín, el santo africano, que escribió aquello de que «el justo siempre fue asimilado al árbol, da el fruto en su tiempo, no en todos los tiempos». ¿Cuál sería el suyo?

Pero entonces, otra tormenta amenazaba por la frontera pirenaica desde el inicio de la revolución parisiense; y el regimiento de Murcia fue enviado allí para formar parte del ejército de Aragón, donde se encontraba el regimiento al declararse la guerra a la Convención, en 1793, tras haber llegado los revolucionarios a la increíble decisión de ejecutar a su rey. Así iba a tomar contacto San Martín con aquel acontecimiento sorprendente de la revolución y a conocer el efecto del caos, de la intolerancia religiosa y de la sangre que de ello se derivaban.

Los expatriados eran, con su sola presencia —otro hecho insólito— testimonio de la vorágine patriótica que tenían delante. Allí, desde la base de Jaca, tomó parte San Martín en una operación de montaña sobre la venta de Brousset, basada en la sorpresa. Se le grabaría profundamente, como es lógico. Después, el regimiento de Murcia fue transferido al ejército de Cataluña.

En el camino, al llegar a la Seo de Urgel, pudo saber San Martín que un mes antes, en junio de 1793, había sido promovido a oficial, como segundo subteniente, con sólo tres años y unos meses de cadete, cuando lo normal eran cinco años.

Con ese grado San Martín tomó parte en la entrada al Rosellón y en varias acciones victoriosas, entre otras la de Villalongue y la de Banyuls, a finales de 1793. También le tocó pelear en las acciones defensivas del año siguiente hasta la capitulación de Collioure, desde donde su unidad era retirada a Barcelona.

Antes de cumplir un año como segundo subteniente, San Martín había ascendido a primer subteniente, grado que tenía al acordarse la paz en 1795. La entrega de la parte española de la isla de Santo Domingo para recuperar los territorios invadidos por los franceses en España, tuvo que producirle —a San Martín y a todos los americanos— un hondo efecto.

Sin duda recordó con ello las referencias de su padre a las reiteradas devoluciones de la colonia del Sacramento, con lo que se afirmaría en su conciencia la desconfianza hacia los misterios de la diplomacia, cuando otras potencias se imponen. Poco después le llegó a San Martín la noticia del fallecimiento de su padre en Málaga.

Tenía entonces diecinueve años el joven oficial; había asimilado muchas lecciones de técnica militar, pero su mente reflexiva también había meditado más de una vez sobre los acontecimientos turbulentos de la época, que no había hecho más que comenzar. Las impresiones desalentadoras comenzarían, qué duda cabe, a dejar su sedimento.

Con tal predisposición hubo de comenzar San Martín su tercera campaña, interviniendo en una guerra de signo totalmente distinto. Por un lado, como por arte de magia, el aliado era ahora nada menos que el enemigo de la víspera, es decir, la Francia revolucionaria.

Con Francia se había unido el gobierno de España en 1796, apenas concluidas las hostilidades contra ella, tras de haberse iniciado casi como una cruzada religiosa, repentinamente olvidada. Por otro lado, San Martín se embarcaría en la fragata Santa Dorotea, de cuarenta y dos cañones, pues al regimiento de Murcia se le destinaba a reforzar la infantería de una división naval, por lo que cruzaría el Mediterráneo próximo en operaciones de persecución o defensa, frente a las unidades británicas.

En una de estas acciones, llegó la Dorotea, con otras unidades españolas, a Tolón, en mayo de 1798, cuando estaba a punto de partir la expedición a Egipto. En tal ocasión San Martín pudo conocer a Napoleón en la recepción que los franceses ofrecieron a la oficialidad española.

Mas, al regresar a Cartagena, el navío inglés Lion, de setenta y dos cañones, atacó a la Dorotea, que iba a la zaga y desarbolada. A pesar de ello se defendió durante dos horas bravamente, hasta que hubo de rendirse. Dado el valor desplegado, los oficiales españoles fueron considerados prisioneros juramentados y transbordados a una embarcación neutral, que los devolvió a España, aunque sin posibilidad de combatir.

Había adquirido el joven oficial del regimiento de Murcia otra importante experiencia bien aleccionadora, la de la guerra naval.

UNA CURIOSAS ANÉCDOTA:

«EL PÍCARO SAN MARTÍN», AL BORDE DE LA MUERTE

Según el historiador Daniel Balmaceda, cuenta en su libro de «Espada y Corazones«, que casi los argentinos no quedamos sin Padre de la Patria, porque siendo un joven teniente de 22 años al servicio del ejército español, tuvo un encuentro con grupo de bandidos en una zona boscosa y angosta, donde le exigieron que les entregue su maleta, pero este joven teniente confiado en su valor y formación militar, desenvainó su sable y en una lucha desigual los asaltantes lo hirieron en la mano y lo derribaron del caballo, para luego darle un estocada en el pecho.

Convencido de que agonizaba lo dejaron abandonado en el camino, inconsciente y perdiendo mucha sangre. Pero tuvo la fortuna que pasara por allí el general español Francisco Negrete para que lo rescate y deposite en un convento de la zona al cuidado de una monja por varios días.

Los bandido le habían robado 3.350 reales que serian utilizados para pagar a su tropa. Tuvo que pedir clemencia al Rey Carlos IV, excusando que se había retrasado en la aduana, el cual lo liberó de cargo y culpa, por sus intachables antecedentes como militar español.

Pero bien parece ser que la realidad había sido otra, y que el retraso se había producido por encuentro romántico con lo hizo olvidar a su novia Lola que vivía en Badajoz.

Fuente Consultada: San Martín El Libertador del Sur Demetrio Ramos Pérez