Las Mujeres Literatura

Creacion del Salon Literario y Asociacion de Mayo Sus Objetivos

Historia de las Asociaciones Literarias de Echeverria Esteban

Echeverría y la literatura autóctona. — La aparición de la escuela romántica en la literatura argentina se debe a Esteban Echeverría, quien sentó las bases de la nueva orientación destinada a renovar la cultura argentina y la poesía americana. Sus ideas literarias no fueran originales, puesto que fundamentalmente las derivó del prefacio de «Gronwell», de Víctor Hugo.

Pero, esas ideas europeas, fueron para él un medio para la conquista de nuestra libertad espiritual, pues, de acuerdo con la novena palabra simbólica del «Dogma», su programa de renovación de la sociedad argentina requería la «emancipación del espíritu americano».

Esta emancipación espiritual debía referirse tanto a la forma como al fondo de la obra literaria: en la forma, rompiendo la tradición seudoclá-sica, que era un resabio de la colonia; en el fondo, adaptando la obra literaria a la sociedad y naturaleza argentinas, dándole un carácter local.

El carácter nacional que debe tener la literatura fue destacado reiteradas veces por Echeverría. La literatura debe ser —decía— reflejo de la civilización.

Por eso, en cada pueblo, en cada sociedad debe revestir forma distinta y caracteres especiales en las diversas épocas. «Así como cada nación tiene su religión, sus leyes, sus ciencias, sus costumbres, su civilización, en fin, debe tener su arte». Nosotros debíamos tener, también, nuestro arte.

Para ello, debíamos seguir «el espíritu del siglo», que llevaba a todas las naciones «a emanciparse, a gozar de la independencia no sólo política, sino filosófica y literaria».

Seguirlo, adoptando la orientación romántica que, por no reconocer ninguna forma absoluta, era un medio de ejercitar la libertad.
En suma, siguiendo a Hugo, repitió Echeverría que «el romanticismo no es más que el liberalismo en literatura».

Esta condición lo hacía apto para que nos ayudara a reaccionar contra la estética colonial y ensayar nuestra regeneración social y moral. Porque para Echeverría, la obra literaria debía tener una función social, moralizadora y educativa.

esteban echeverria

«SALÓN LITERARIO» Y LA «ASOCIACIÓN DE MAYO»

El Salón Literario. — La inquietud de la nueva generación impulsó a un grupo de jóvenes a constituir la denominada «Asociación de estudios históricos y sociales» que, presidida por Miguel Cané, se instaló en 1832 con el propósito de realizar en común lecturas —en especial de obras francesas—y escuchar disertaciones sobre temas que eran fijados de antemano.

Pero, por el carácter específico de sus preocupaciones, la institución no pudo en su corta vida satisfacer las apetencias de los jóvenes, casi todos con vocación de escritores, por lo que un grupo de sus integrantes sugirió a Marcos Sastre (1809-1867) —que era conocido y popular entre los estudiantes de la Universidad— la idea de organizar un club de discusión, de conversación y de lectura que tuviera un radio de acción más amplio.

Sastre, después de asegurarse la adhesión de un grupo de cuarenta o cincuenta jóvenes y de algunos vecinos, alquiló una casa más grande, en la entonces calle Victoria, donde trasladó su librería y destinó dos habitaciones para local del Salón Literario, que estuvo presidido por estas palabras de San Pablo: Abjiciamus opera tenebrarum, et induamur arma lucis. («Arrojemos las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz»).

La inauguración del Salón se realizó con un acto presidido por Vicente López y Planes, en el cual se leyeron tres discursos: uno de Marcos Sastre, otro de Juan María Gutiérrez y el tercero de Juan Bautista Alberdi.

Sastre destacó la preocupación de la juventud intelectual por llevar a la patria a una situación de mayor florecimiento.

Reconoció que el progreso se había entorpecido porque, en vez de adoptar «una legislación y política propias de su ser, un sistema de instrucción pública acomodado a su ser y una literatura propia y peculiar de su ser», el país había imitado —en lo político, lo científico y lo literario— modalidades ajenas al carácter autóctono.

Era pues necesario buscar el auténtico ser nacional y tener confianza en los cambios, que jamás debía intentarse precipitar «porque —manifestó— no se pueden usurpar impunemente los derechos del tiempo».

Gutiérrez, por su parte, censuró la acción de España, que había cortado «el hilo del desenvolvimiento americano», e insistió en la necesidad de que la educación estuviera «en armonía con nuestros hombres y nuestras cosas» y que nuestra literatura representase «nuestras costumbres y nuestra naturaleza».

El discurso de Alberdi exteriorizó su creencia de que el género humano marcha hacia una perfectibilidad indefinida, pues en la historia —por «la eterna impulsión progresiva de la humanidad»— se generan sucesivas formas cada vez más perfectas.

juan bautista alberdi

Aun «las catástrofes más espantosas al parecer — expresó— vienen a tomar una parte útil en este movimiento progresivo». Este desenvolvimiento progresivo del espíritu humano armoniza, sin embargo, con las exigencias y necesidades de cada pueblo y de cada momento, pues cada nación «se desarrolla a su modo, porque el desenvolvimiento se opera según ciertas leyes constantes» subordinadas a las condiciones del tiempo y del espacio.

En consecuencia, «cada pueblo debe ser de su edad y de su suelo; cada pueblo debe ser él mismo».

Por ello, el deber de la hora consistía, a juicio de Alberdi, «en investigar la forma adecuada en que nuestra civilización debe desarrollarse, según las circunstancias normales de nuestra actual existencia argentina».

De ahí que los trabajos del Salón debieran encaminarse, por un lado, a indagar los elementos filosóficos de la civilización humana; por otro, a estudiar las formas que estos elementos debían recibir en nuestro país, a fin de que las exigencias de nuestro desarrollo social armonizaran con los exigencias del progreso general de la humanidad.

El objeto del Salón Literario, concluía Alberdi, no era reunir a los jóvenes para que escuchasen lecturas —»leer por leer»—, sino alistarlos «para llenar una exigencia de nuestro desenvolvimiento social».

Era pues evidente que el propósito perseguido por el Salón fue penetrar en el conocimiento de nuestro ser nacional, a fin de encontrar una ruta que llevara a la organización definitiva del país.

Pero esa búsqueda de lo nuestro fue orientada por los autores franceses, que ejercieron en ese momento una sugestión extraordinaria en nuestra juventud.

Las reuniones del Salón fueron muy animadas y en ellas se trataron los más diversos temas. Se discutieron «Palabras deun creyente», de Lamennais; «Cromwell», de Víctor Hugo; «Roma subterránea», de Didier; se comentaron los discursos de Guizot, Thiers y Berryer, los poemas de Byron y la filosofía ecléctica de Goussin; se desarrollaron temas religiosos, económicos y rurales; se leyeron composiciones poéticas — entre ellas un fragmento de «La cautiva»— y estudios jurídicos y sociales; es decir, se realizó una actividad múltiple.

El carácter público de las reuniones y las diferencias de instrucción entre los concurrentes determinó que, a veces, llegaran a sostenerse principios y opiniones extravagantes.

En el Salón —comenta Vicente Fidel López— «se produjo poco, se leyó mucho, se conversó más». Y explica que «por el influjo del espíritu con que se había creado, o por inclinación de las ideas que el movimiento liberal de la literatura francesa tenía con nuestros anhelos políticos, las tendencias del Salón tomaron este último declive y jamás se conversaba allí de otra cosa que de intereses serios».

Pero el Salón Literario estaba condenado a morir. No tardó la policía en llamar la atención a Sastre sobre esas reuniones de «los muchachos reformistas y regeneradores». El ambiente cada vez más sombrío, a raíz del bloqueo francés, y el malestar político más intenso, que hizo aumentar el número de expatriados, determinó la clausura del Salón.

El club literariocomentaba Alberdi años después— tuvo que rendir sus armas «ante la brutal majestad de otro club de rebenque, formado para impedir todo club de libertad. La única forma en que la libertad de asociación podía existir, fue la que asumió la Mazorca. Para azotar a los liberales era lícito asociarse, y para estudiar la libertad la asociación era un crimen de traición a la patria».

La «Asociación de la Joven Generación Argentina«. Al extinguirse el Salón Literario, un grupo de sus integrantes, entre los que se contaba Esteban Echeverría, decidió constituir una sociedad secreta juramentada, al estilo de la «Joven Europa» de Mazzini. Propósito de la asociación fue conciliar
todas las opiniones e intereses en base a un programa de acción política que, superando la división entre federales y unitarios, tendiera a convertir en realidad los ideales de la Revolución de Mayo.

El 23 de junio de 1838 se reunieron por primera vez treinta y cinco jóvenes, ante los cuales Echeverría bosquejó la situación de la nueva generación —mirada con desconfianza por los federales, porque «la hallaban poco dispuesta a aceptar su librea de vasallaje», y con menosprecio por los unitarios, porque la creían «ocupada solamente de frivolidades»—, invitándolos a asociarse en torno al ideal reunido en quince Palabras simbólicas.

Constituida la Asociación —que después, por haber adoptado como divisa los ideales de 1810, se denominó Asociación de Mayo— se encargó a Echeverría, Gutiérrez y Alberdi la redacción de una explicación de las palabras simbólicas, que serviría como declaración de principios.

Pero, para mantener la unidad de estilo, de forma y de método de exposición sus compañeros delegaron la tarea en Echeverría, quien redactó la explicación de catorce palabras. La decimoquinta fue después redactada por Alberdi. Así surgió el «Código o declaración de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina».

Consciente Echeverría de que los principios, a menos que se arraigaran en la realidad, resultarían estériles, presentó un plan de labor, en el cual enumeró las cuestiones que los miembros de la Asociación debían estudiar y resolver desde el punto de vista práctico. Tres cuestiones fundamentales debían discutir, deslindar y fijar.

La primera «será la de la libertad de prensa, porque ella es el gran móvil de toda reforma». «La segunda, ¿qué es la soberanía del pueblo y qué límites deben circunscribirla?

La tercera, ¿cuáles son la esencia y las formas de la democracia representativa?». Además, debían ventilarse algunas cuestiones económicas y asuntos de la administración pública; desentrañarse el espíritu de la prensa periódica durante la revolución; seguirse el hilo del pensamiento revolucionario a través de los sucesos; bosquejarse nuestra historia militar y parlamentaria; determinarse los caracteres de la verdadera gloria y qué es lo que constituye al grande hombre.

«El punto de partida para el estudio de cualquier cuestión — advertía Echeverría— deben ser nuestras leyes y estatutos vigentes, nuestras costumbres, nuestro estado social.

Determinar primero lo que somos y aplicando después los principios buscar lo que debemos ser, hacia qué punto debemos encaminarnos. Mostrar en seguida la práctica de las naciones cultas, cuyo estado social tenga más analogía con el nuestro, y confrontar siempre los hechos con la teoría o las doctrinas de los publicistas más adelantados.

No salir del terreno práctico, no perderse en abstracciones, clavar el ojo de la inteligencia en las entrañas mismas de nuestra sociedad, es el único modo de hacer algo útil a la patria y de atraer prosélitos a nuestra causa».

Las reuniones secretas que efectuaba la Asociación no pudieron continuar realizándose, porque los agentes de Rosas vigilaban. Por ello, se separaron los integrantes de la sociedad y Alberdi paso a Montevideo y se encargó de la publicación del «Código», que apareció el 1º de enero de 1839 en «El Iniciador».

El asesinato de Maza y la revolución del Sud precipitaron la violencia de la tiranía y muchos de los jóvenes se vieron obligados a emigrar. Fue entonces cuando Echeverría y los demás miembros de la Asociación de Mayo comprendieron que era irrealizable la ilusión que habían tenido de conquistar a Rosas para su causa.

Difusión de la doctrina de la «Asociación de Mayo». — Los principios sostenidos por la Asociación de Mayo se difundieron con celeridad, merced a la acción de algunos de sus miembros que fueron entusiastas propagadores de la nueva doctrina. Alberdi, el primero de sus miembros que emigró, se unió en Montevideo —»asilo seguro del pensamiento proscrip to de Buenos Aires»— a Miguel Cané y Andrés Lamas, que, desde abril de 1838, publicaban «El Iniciador».

Promovieron allí una asociación similar a la que había existido en Buenos
Aires, a la cual se incorporaron Bermúdez, Bartolomé Mitre y Andrés Somellera.

Vicente Fidel López, que después del asesinato de Maza tuvo que emigrar a Córdoba, fundó en esta ciudad una asociación similar, integrada por Paulino Paz, Enrique Rodríguez, Avelino Ferreira, Francisco Alvarez y Ramón Ferreira.

Esta asociación preparó una revolución antirrorista que triunfó, con el apoyo del general Lamadrid, y llevó a la gobernación de la provincia al doctor Francisco Alvarez. Pero dos meses después el gobierno fue derribado por Oribe, y Alvarez murió en el combate de Angaco.

Un centro análogo se formó en San Juan, donde la doctrina de la Asociación fue introducida por uno de sus miembros más entusiastas, Manuel Quiroga Rosas. A él se unieron Sarmiento, Aberastain, Cortínez, Laspiur y Benjamín Villafañe.

Villafañe pasó de San Juan a Tucumán, su provincia natal, y junto con Marco Avellaneda, en ese entonces ministro de gobierno, formó la Asociación que fue centro de la coalición del Norte.

El intenso fervor proselitista de los miembros de la Asociación de Mayo hizo que en el interior del país o en el destierro se reunieran los jóvenes en torno a los ideales proclamados en el «Código o declaración de principios», cuya influencia muy pronto se sintió en todo el país y se manifestó en la prensa y en la literatura. Años más tarde, Echeverría se preguntaba qué había en ese pensamiento de la Asociación que en todas partes atraía prosélitos ardientes.

Y respondía: «Había la revelación formulada de lo que deseaban y esperaban para el país todos los patriotas sinceros; había los fundamentos de una doctrina social diferente de las anteriores, que tomando por «regla de criterio única y legítima la tradición de Mayo», buscaba con ella la explicación de nuestros fenómenos sociales y la forma de organización adecuada para la República; había, en suma, explicadas y definidas, todas esas cosas, nuevas entonces y hoy tan vulgares, porque andan en boca de todos, como tradición de Mayo, progreso, asociación, fraternidad, igualdad, libertad, democracia, humanidad, sistema colonial y retrógrado, contrarrevolución, etc.».
Por motivos puramente circunstanciales, los principios doctrinarios de la Asociación de Mayo no fueron seguidos por todos los proscriptos.

En realidad, lo que hermanaba a los expatriados, más que la afirmación de una doctrina era el odio contra el tirano. Pero el valor de estos principios radicó en que se difundieron entre los jóvenes, que después del derrocamiento de la dictadura organizaron la nación y le dieron ese magnífico instrumento de nuestro progreso que fue la Constitución de 1853.

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Loprete – Editorial Plus Ultra
Historia de la Cultura Argentina Parte II de Francisco Arriola Editorial Stella

Escritores de la Generacion del 80 Caracteristicas de Obras Literarias

Escritores de la Generacion del 80 Caracteristicas De Sus Obras Literarias

  • 1-Lucio V. Mansilla (1831-1913)
  • 2-Eduardo Wilde (1844-1913)
  • 3-Miguel Cané (1851-1905)
  • 4-Fray Mocho

El cuento y el ensayo.
Los brillantes escritores de la generación del 80 constituyeron un grupo de hombres que se formaron «en los libros y en los viajes, frecuentaron las imprentas y la política, alternaron las tareas del gabinete con la charla del club, gozaron de la vida, revelaron en sus obras un temperamento y dejaron en pos de sus artículos, ensayos, anécdotas, impresiones, memorias, narraciones breves, impregnadas de experiencias autobiográficas o de observaciones sobre el ambiente que vivieron».

El escritor más representativo de este grupo fue, indudablemente, Lucio V. Mansilla (1831-1913), que sobresalió por sus condiciones de sagaz observador y ameno charlista.

Lucio V. Mancilla
Lucio V. Mancilla

Sus obras literarias son valiosas, más que por el relato por el contenido humano que encierran. Retratos y recuerdos nos los revela como un profundo conocedor del alma humana, pues le bastaba un detalle, a veces insignificante, para sorprender lo fundamental de un personaje.

Pero sus siluetas de los «hombres de Paraná» se resienten como consecuencia de su afán de improvisar, de su falta de meditación y de concisión. Pero, aunque algunas dejan por ello algo que desear, otras constituyen retratos bien perfilados.

Entre nos, título bajo el cual reunió sus «causerie del jueves», nos presenta un conjunto de anécdotas, críticas, opiniones y narraciones que revelan su talento de escritor y sus dotes de conversador ameno y original.

Una excursión a los indios ranqueles —publicada primero como folletín de «La Tribuna»— constituye un testimonio valioso sobre la última etapa de la vida aborigen en nuestro territorio.

Fruto de la expedición que, al frente de diecinueve hombres, emprendió al dominio de los indígenas desde el fortín de Río Cuarto —logrando dominarlos con su habilidad y astucia—, es un relato ameno, matizado con evocaciones de cuadros de la naturaleza, presentación de caracteres, reflexiones, comentarios y ocurrencias.

A través de sus obras, Mansilla se singulariza por la espontaneidad de su relato, el lenguaje familiar que utilizó y lo deshilbanado de su composición.

A Mansilla le faltó, como observa Ricardo Rojas, madurez cultural, concentración y disciplina, para ser el gran escritor que habría podido ser.

«La vida fue para él un deporte; la literatura, una conversación brillante. Movimiento caleidoscopio) anima sus escritos; de pronto parece que el movimiento se detiene; creemos descubrir la línea firme de la belleza o de la verdad, pero la ilusión dura un instante, y la arquitectura suprema vuelve a borrarse en el desorden trivial.

No ha tenidoen la composición de sus libros el sentimiento del poema, ni ha tenido en la composición de sus prosas el sentimiento de la antología. Sus fragmentos mejores pierden la mitad de su encanto si se los saca del vasto caos autobiográfico a que pertenecen.

Reunir un tomo de selecciones de entre sus arbitrarios libros sería tarea difícil para un crítico escrupuloso.

El arte fue en Mansilla parte integrante de su vida, y sólo puede salvarlo el considerar que practicó la vida como un arte. Creó un poema real: su propia biografía; creó un personaje novelesco: su propia personalidad».

Eduardo Wilde (1844-1913) a través de su actuación como médico, parlamentario, diplomático, periodista, escritor y profesor tuvo una virtud: «enojar a algunos, hacer reír a muchos y pensar a todos».

Eduardo Wilde
Eduardo Wilde

La rica experiencia que recogió en sus diversas tareas las volcó en sus libros, en los cuales mostró su ingenio, su agudeza y su ironía. Prometeo y Cía. contiene una serie de relatos que se consideran como sus mejores producciones; «Tiri», por ejemplo, que es la historia de un niño que muere de crup, le da oportunidad de contar sus primeros años, su enfermedad, la desesperación de sus familiares, las horas de agonía, la muerte y las escenas del entierro.

Wilde siempre consideró a éste uno de sus cuentos decisivos, por lo enternecedor del relato, y manifestó que lo había escrito para que los mentecatos, que no lo conocían, supieran que él también era capaz de sentir.

Tiempo perdido, además de relatos, artículos y trabajos más o menos breves, contiene su famosa polémica con Pedro Goyena sobre poesía, originada en la crítica que formulara sobre las composiciones poéticas de Estanislao del Campo.

Aguas abajo, su único libro que tiene un solo argumento, es la historia de la infancia de Boris, personaje en quien objetiva sus propios recuerdos. Viajes y observaciones y Por mares y tierras son crónicas llenas de felices observaciones sobre música, pintura y escultura.

En pasajes de sus diversos escritos, Wilde nos ha hecho conocer sus ideas sobre la composición literaria. Para él, lo original constituía lo único valioso de la producción literaria.

«El arte de hablar o de escribir consiste en la naturalidad; el que dice exactamente lo que piensa es un literato». Por eso, consideraba que el mayor enemigo del buen gusto era la corrección gramatical. «Lo exquisito de un libro —decía— está en la claridad de su forma, en la elegancia de las palabras, en la consonancia de los sonidos y, naturalmente, en la novedad del concepto que expresa».

Pero este ideal de lo exquisito en literatura la concebía como algo inalcanzable, ya que, afirmaba, «desgraciadamente se llega a la tumba sin haber alcanzado de un modo absoluto esta forma».

Miguel Cané (1851-1905) fue el escritor de su generación que ejerció mayor influencia en el ambiente porteño y se singularizó porque en sus páginas elegantes, que se destacan por la gracia de su estilo, se ocupó de la realidad inmediata.

Miguel Cané
Miguel Cané

Ensayos; En viaje; Charlas literarias; Notas e impresiones; Prosa ligera, libros que evidencian la vastedad de su cultura, su espíritu crítico y su realismo, están formados por ensayos, notas, crónicas e impresiones fragmentarias «nacidas las más —se ha dicho— en el ocio de las legaciones», que luego reunió en pequeños volúmenes.

Su calidad de narrador pintoresco la reveló Cané en Juvenilia, su libro más personal, constituido por un conjunto de recuerdos estudiantiles del viejo Colegio Nacional de Buenos Aires.

Esta obra prueba, a juicio de Rojas, la gran aptitud que su autor poseía para la novela, género al que no se dedicó porque las preocupaciones ambientes desvirtuaron su talento.

En Juvenilia «la unidad de ambiente, de argumento y de estilo; la animación de las narraciones, la viveza de los diálogos y de los tipos, el color de los paisajes, la amenidad de su prosa, el dejo profundamente humano y genuinamente porteño del contenido psicológico, la emoción melancólica apenas velada por el sutil humorismo, todo concurre a clasificar esta obra en el género novelesco.

Es una memoria de cosas reales, absolutamente histórica en sus personajes y en su ambiente, pero es una memoria de la vida privada. Allí está el cuadro de nuestra Buenos Aires y de nuestra vida estudiantil tal como fueron de 1863 a 1870″.

A los escritores de esta generación del 80 pertenecieron, también, Agustín S. Alvarez (Fray Mocho), cuyos Cuentos, publicados en la revista «Caras y Caretas» constituyen la parte más valiosa y amena de su obra literaria; y Bartolomé Mitre y Vedia (Bartolito), de cuyo chispeante estilo dejó pruebas en artículos y crónicas que vieron luz en el diario «La Nación».

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Loprete – Editorial Plus Ultra

La Poesia Romantica y Gauchesca Argentina Sus Representantes y Obras

La Poesía Romántica y Gauchesca Argentina Representantes y Obra Literaria

Carlos Guido Spano: Entre los poetas de la nueva generación, que sucedió a la de los proscriptos, se destaca Carlos Guido Spano (1827-1918), por haber sido un innovador y, como tal, haber representado una época en la evolución de la poesía argentina.

Guido Spano Carlos
Poeta Romantico Guido Spano Carlos

«Personificó —escribió un eminente crítico uruguayo— el culto indeficiente de la forma, cuando las condiciones de la obra de improvisación de una literatura, y las influencias de la escuela, conspiraban para imponer cierto vicioso amor al desaliño; la amable serenidad del sentimiento, cuando vibraba en toda lira la repercusión de universales tempestades del ánimo; el desinterés de un ideal de poesía levantado sobre los rudos afanes de la acción e inmutable entre el hervor pasajero de las muchedumbres, en un tiempo en que los propios fantasmas de los sueños bajaban a partir la arena del circo y era la canción como base de bronce que recogía y amplificaba las resonancias del combate».

Guido Spano se inició como poeta publicando algunas composiciones en la «Revista del Paraná», en 1854, y luego en el «Correo del domingo».

A estas primeras producciones siguieron los volúmenes titulados Hojas al viento y Ecos lejanos, en los que reunió un conjunto de sus poesías constituídas, en su mayoría, por versos circunstanciales sobre los más diversos temas.

De esas páginas se destacan, y han alcanzado justa popularidad, sus poemas y en especial aquellos en que cantó al hogar: At home; A mi hija María del Pilar; A mi madre.

Según Rojas, no debe considerarse a Guido Spano como un poeta civil, sino como «un lírico de la naturaleza y del amor», pues el suyo fue un timbre nuevo en la poesía argentina. «Fue el primer artista verdadero que hayamos tenido en nuestro país. Perfeccionó el verso después del vehemente Mármol; civilizó la prosa a la par del elegante Avellaneda; dio a la poesía una función desinteresada, al margen de la política, y nos dejó en el recuerdo de su propia vida un espectáculo de belleza casi legendaria en el ambiente de nuestras embrionarias repúblicas».

Olegario V. Andrade. En la segunda generación de nuestros poetas románticos es preciso ubicar a Olegario V. Andrade (1839-1882). Estudió en el Colegio de Concepción del Uruguay, donde fueron sus maestros dos emigrados republicanos franceses —Alberto Larroque y Alejo Peyret—, junto a los cuales aprendió a admirar la ideología y la literatura francesas de la Restauración y del Segundo Imperio, y en especial a Víctor Hugo.

Andrade Olegario
Andrade Olegario

Se inició en el periodismo fundando El Porvenir, órgano partidista destinado a defender la política de Urquiza frente al Estado de Buenos Aires y a atacar a los hombres que seguían a Mitre.

Redactó El Pueblo y La Tribuna y, establecido en Buenos Aires durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, fundó La Tribuna Nacional, desde cuyas páginas defendió la política del general Roca escribiendo en favor de las fundamentales cuestiones resucitas durante su gobierno — la enseñanza laica y el matrimonio civil— y sobre cuestiones políticas y electorales.

La iniciación poética de Andrade se remonta a 1856, fecha en que no había abandonado las aulas; sus versos de entonces sólo tienen un interés biográfico, ya que carecen de verdadera calidad literaria.

Entre 1875 y 1880 compuso Prometeo, Atlántida, El nido de cóndores, San Martín, A Víctor Hugo, La noche en Mendoza y El arpa perdida, que constituyen sus más inspirados poemas. Otras de sus composiciones poéticas más recordadas son La vuelta al hogar y El consejo maternal, que son poesías de carácter íntimo.

Olegario V. Andrade fue nuestro poeta civil, porque escribió sus cantos con motivo de ciertas conmemoraciones solemnes y porque, en los temas que trató, cantó ideas de libertad, de patria y de progreso.

Su liberalismo político y la consiguiente oposición a toda forma de superstición y de tiranía, desató enconadas críticas. Pero, pese a ello, gozó en su época de gran prestigio: tuvo admiradores y hasta imitadores.

En sus poesías, observa Roberto F. Giusti, Andrade «marcha continuamente entre hipérboles, prosopopeyas y antítesis sonoras y enfáticas. Todo lo ve como al través de una lente de aumento.

Tiene indudables aciertos poéticos, pasajes y rasgos de rara inspiración, levantada entonación musical; pero a veces suena a hueco y otras es vulgar, falso, difuso y palabrero».

Pese a estos defectos y exageraciones que también se han señalado en Víctor Hugo, que poéticamente fue su maestro, las composiciones de Andrade se impusieron por la fuerza avasalladora de su talento poético.

Ricardo Gutiérrez. Poeta también romántico, pero de tendencia más lírica e íntima que Andrade, y distinguido médico de niños, que ejerció como un sacerdocio su profesión, fue Ricardo Gutiérrez (1836-1896).

Ricardo Gutierrez Poeta Romántico
Ricardo Gutierrez Poeta Romántico

Espíritu profundamente cristiano —»cristiano de los evangelios, tan alejado del fanatismo como del rito»—, el amor, la piedad, la caridad y el odio a la guerra fueron los motivos inspiradores de sus cantos. Por eso, Ricardo Rojas lo ha considerado como un poeta del amor cristiano: «por la espiritualidad de su erotismo y por la amplitud de su piedad».

Su primer poema —La fibra salvaje—, publicado en 1860, manifiesta la influencia de Espronceda y Byron.

Historia de una pasión, deja de lado todo lo externo y pinta un drama que se desarrolla en la conciencia de los protagonistas —Lucía, Ezequiel y Julio—, que no son, pese a su intento, tipos genuinos de nuestros campos, sino seres como los hay en todas partes.

En Lázaro, poema publicado años después, quiso evocar la pampa y el gaucho; por eso, el éxito que alcanzó esta obra se explica por haber sido una tentativa de poesía gauchesca escrito en verso culto.

Situada la acción en la costa del Paraná, en la época de la colonia, presenta una serie de situaciones inverosímiles, que hacen del poema una falsa idealización de nuestro gaucho.

Sin embargo, es justo destacar el noble esfuerzo de Gutiérrez: buscar su inspiración y sus tipos en su propia patria.

Superiores a estos extensos poemas son las composiciones que Gutiérrez reunió en El libro de las lágrimas y El libro de los cantos.

En las poesías reunidas en el primero —de las que se destacan La sombra de los muertos, El último adiós, El juramento, La última cita y La victoria— predomina un tono melancólico que, aunque mantenido a través de los distintos temas, no expresa la típica desesperación romántica, sino la esperanza de su cristianismo heterodoxo y libre de todo dogma.

En el segundo volumen se encuentran sus mejores composiciones: El poeta y el soldado, La hermana de caridad, Cristo y El misionero, poesía ésta cuya publicación produjo una conmoción en nuestro ambiente, ya que algunos quisieron ver en ella la prueba de una «conversión» de Gutiérrez.

Pedro Goyena, que consagró a Gutiérrez uno de sus más finos estudios, reconoce la influencia que sobre él ejerció Byron.

Pero, a renglón seguido, señala el mérito de Ricardo Gutiérrez: «Impregnado su espíritu de la poesía byroniana ha arrojado su mirada sobre la patria, sobre ese desdichado hermano nuestro que se llama el gaucho; y ha cantado su nobleza, su gallardía, sus amores, su desventura, el abismo del crimen o del vicio adonde le arrojan la barbarie y la miseria que deben pesar como un remordimiento en la conciencia de nuestros estadistas».

Y agrega que sus poesías revelan, además, «un espíritu abierto a las luces del siglo y adherido a las generosas tentativas que ensaya el espíritu del bien, para destruir el imperio del error y la maldad, y hacer de la tierra, ya que no del paraíso, por lo menos un campo de nobles luchas en que la equidad impere y desde donde todos los seres humanos puedan alcanzar un día el ideal cuya fiebre nos devora».

Rafael Obligado. La obra más íntimamente argentina de nuestras letras se encuentra en las poesías de Rafael Obligado (1851-1920), que «trajo al arte argentino —al decir de Rojas— los ideales del patriciado, pero no en las aparatosas de la oda política, sino en las formas sencillas de la canción popular; sintió la tierra y la raza como un poeta de las pampas, celebrándolas en su verso como un payador de las ciudades; porque eso fue Obligado, un payador argentino«.

Rafael Obligado

Sus composiciones juveniles fueron versos de escaso mérito. Pero, a partir de su romance La flor de seibo, inspirado en nuestro ambiente, pero volcado en formas esmeradas y armoniosas, Obligado se reveló como un poeta nacional.

A esta composición siguieron En la ribera, Un cuento de las olas, A la sombra del sauzal, Las cortaderas, El camalote, El nido de cóndores, El hogar paterno y Las quintas de mi tiempo.

También cultivó otro género de poesía. Cantó episodios históricos argentinos, y al hacerlo —dice su hijo Carlos— dejó de lado todo patrioterismo. «No canta, en efecto, victorias deslumbrantes, sino más bien desastres de nuestras armas; pero desastres sobrellevados con alma heroica, que al acercarse en la adversidad, triunfará seguramente mañana.

Con altiva emoción, place a su númen «decir el alto honor de los vencidos». A este género pertenecen La retirada de Moqueguá, Ayohuma y El negro Falucho. También cantó leyendas y tradiciones populares en La salamanca, La luz mala, La muía ánima, El cacui y El yaguarón.

La obra poética de Obligado culminó en Santos Vega, poema en que recogió la tradición, anteriormente cantada por Bartolomé Mitre e Hilario Ascasubi, y la desarrolló en cuatro cantos: El alma, la prenda, el himno y la muerte del payador.

La última parte del poema tiene singular importancia, pues en ella cantó la transformación del país y el conflicto social que se planteaba entre la tradición, por un lado, y el progreso, la ciencia y la inmigración, por otro, y expresó el alcance extraordinario de esa transformación pampeana realizada al «grito poderoso del progreso».

Rafael Obligado adoptó, dice Ricardo Rojas, lo que el romanticismo de Echeverría tenía de fecundo, «el sentimiento del paisaje, la conciencia de la raza, la libertad de la emoción, y desechó lo que tenía de funesto: la divagación delirante, el el erotismo enfermizo, la barbarie idiomática.

Al desechar esto último volvió a las claras fuentes españolas del romancero, y al adoptar lo otro coincidió con nuestros payadores gauchescos en la substancia espiritual, pero superándolos en el sentido estético.

La asimilación gauchesca le resultó fácil, porque era payador pampeano, y la asimilación romántica igualmente, porque era sincero trovador». Por eso, el argentinismo característico de Obligado nos dio una verdadera lírica nacional.

POESIA GAUCHESCA

Aunque sus orígenes anónimos pueden situarse en el canto de los payadores, la poesía gauchesca se incorporó a nuestra literatura por obra de Bartolomé Hidalgo (1788-1823), poeta uruguayo que adoptó el cielito — serie de cuartetas octosilábicas, escritas en lenguaje popular, definidamente criollo y de sabor campero— y compuso una serie de diálogos, expresiones poéticas de carácter objetivo y social, dedicadas a narrar hechos, pintar costumbres y comentar sucesos públicos y políticos.

Su sucesor fué Hilario Ascasubi (1807-1875). autor de un conjunto de poesías gauchescas, reunidas bajo el título de Paulino Lucero, y de Los mellizos de la flor, descripción de la vida de los habitantes de nuestra campaña, en la cual recogió la tradición del payador Santos Vega.

Ascasubi Hilario
Ascasubi Hilario

Estanislao del Campo (1834-1880), que bajo el seudónimo de Anastasio el Pollo comenzó a escribir poesías gauchescas, fuE autor de Fausto, poema que es considerado como una de las joyas de su género.

Hombre de ciudad, estudió el alma del gaucho y, como expresara Agustín de Vedia, «pensó sus pensamientos, sintió sus sentimientos, pero conservó la forma estrófica que en su cultura personal había adquirido».

Estanilao del Campo, Poesia Gauchesca
Estanilao del Campo, Poesia Gauchesca

Por eso, del Campo no descendió hasta la poesía gauchesca, sino la elevó hasta él.

Especie de parodia del poema de Goethe, Fausto nació de las impresiones que le produjo la representación de la ópera de Gounod, a la que asistió en el Teatro Colón.

A través de la poesía y el humorismo, el poema relata en forma fina e ingenua y con el carácter propio del gaucho, observaciones que sólo podía hacer un hombre culto.

«El poeta —escribió Joaquín V. González, en «La tradición nacional«— ha preparado el efecto de su diálogo con mano maestra: le ha dado por escenario la Pampa misma, donde los interlocutores se sienten soberanos de la Naturaleza y se entregan, sin testigos, a los libres transportes de su alma sencilla, llena de sentimientos grandiosos, melancólicos o tiernos, y de supersticiones infantiles, que a cada momento estallan en espantos súbitos, cuando la imagen de Mefistófeles se atraviesa en el relato como una eclosión de fuego».

Además de este valor, el poema de del Campo se destaca, pese a la peculiar modestia de su expresión, por algunas descripciones de la naturaleza, intercaladas en el relato, que siempre han llamado la atención por su perfección.

José Hernández (1834-1886), el más grande de nuestros poetas gauchescos, publicó en 1872 la primera parte de Martín Fierro, creación genial, por lo típica e ingeniosa, que ocupa un lugar prominente en nuestra literatura.

Jose Hernandez Poesia Gauchesca
Jose Hernandez Poesia Gauchesca

Es la historia sencilla de un gaucho bueno, al que las arbitrariedades de los jueces de paz y comandantes de campaña convierten en un gaucho alzado, en un matrero, que para escapar a las persecuciones de que es objeto cruza la frontera y va a buscar tranquili dad en las tolderías de los indios.

El relato de «males que todos conocen — pero que naides cantó», pese a su sencillez, tiene un valor simbólico y honda significación social: es la historia del gaucho perseguido, explotado, víctima de la injusticia y de la arbitrariedad.

El éxito extraordinario del poema alentó a Hernández, que seis años después publicó su segunda parte —La vuelta de Martín Fierro—, más rica en personajes y episodios.

Aunque escrito en el rudo y pintoresco lenguaje gaucho, Martín Fierro es reconocido como nuestro auténtico poema nacional. Generalmente se lo ha considerado como el poema del gaucho.

Frente a esta difundida opinión, Ezequiel Martínez Estrada ha postulado una nueva consideración de la obra de Hernández, pues, a su juicio, Martín Fierro es el poema de la Pampa, ya que, pese a su persistencia en el desarrollo de la obra, su protagonista es sólo un accidente.

«Martín Fierro es una cosa de la Pampa, como todas y cada una de las figuras del poema. También la soledad es producto o cosa de la Pampa, que debe servir de clave a toda meditación sobre el tema.

Sin el sentimiento básico de la soledad, Martín Fierro carece de punto de apoyo. La soledad es el fondo y el protagonista de toda la obra. Arranca con ella en la primera estrofa y con ella concluye, después de haberla el poeta conjugado en todos los tiempos y modos posibles»

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Loprete – Editorial Plus Ultra


Biografia de Juan María Gutierrez y Su Obra Literaria

Biografia de Juan María Gutierrez y Su Obra Literaria

Juan María Gutiérrez. Junto a Esteban Echeverría, Vicente Fidel López y Juan Bautista Alberdi, aunque sin haber alcanzado la popularidad de ellos, se destaca la personalidad de Juan María Gutiérez (1809-1878), que posiblemente fué el más completo hombre de letras de su generación.

Participó en el «Salón Literario» y, junto con Echeverría y Alberdi, fué de los fundadores de la «Asociación de Mayo». Enemigo de los abusos de poder rosista, estuvo vinculado a la conspiración de 1839 y, después de estar encarcelado, tomó el camino del destierro.

En Montevideo combatió al gobierno de Rosas en las páginas de El Iniciador, El Talismán, Tirteo y ¡Muera Rosas!, y en 1841 se consagró como poeta al obtener con su poema A Mayo el primer premio en un concurso poético.

Viajó a Europa, en 1843, visitando Italia, Suiza y Francia, y a su regreso se trasladó a Chile, donde se dedicó al periodismo, a la enseñanza y a trabajos de crítica y de investigación literaria.

Caído Rosas, regresó a su patria y actuó como ministro en el gobierno de Vicente López y, luego, en el Congreso Constituyente de Santa Fe y en el go bierno de la Confederación Argentina.

Culminó su actuación pública con el desempeño del rectorado de la Universidad de Buenos Aires, a cuyo frente realizó una fecunda labor.
La vida de Gutiérrez muestra una dualidad que reside, en opinión de Rojas, en el contraste de su vocación sedentaria y su vida azarosa.

«Su cultura personal, sus gustos de bibliófilo, su espíritu crítico afinado hasta la ironía, no condicen del todo con sus rasgos biográficos de conspirador en Buenos Aires, de soldado de la libertad en Montevideo, de viajero sin fortuna en Europa, de exilado político en Chile, de periodista político, de constituyente y de ministro de la política de Paraná».

La solución de esta dualidad se encuentra en su personalidad de estadista y verdadero político: «Ciudadano, aceptó su parte de peligro en el deber patriótico; publicista, descendió a la arena de la prensa diaria; legislador, prohijó la Constitución que nos rige; ministro, sobrepuso a su localismo de origen el ideal de la nacionalidad».

Es que Gutiérrez, como otros hombres de su generación, por la fuerza de las circunstancias o impelido por el cumplimiento del deber de ciudadano, se vio mezclado en las alternativas de la vida pública.

Europeizante, como todos los hombres de su generación, amaba a Europa porque reconocía su influencia como imprescindible para que lográramos una cultura americana. Pero, al mismo tiempo, fué un verdadero americanista, pues en todos sus escritos buscó la característica americana y la influencia de las peculiaridades de nuestros países sobre la obra literaria.

Creía firmemente que América llegaría a tener una cultura original, pero no como producto espontáneo de la naturaleza, sino como resultado de la aplicación del literato a los temas de la realidad americana —naturaleza, tradiciones y costumbres—, ejecutando su trabajo de acuerdo con las leyes universales de la literatura. Para él, esas leyes universales nos servirían para extraer lo vivo del espíritu americano.

Como poeta, aunque no tuvo la fantasía de Mármol, por ejemplo, se destacó por la originalidad de los motivos que lo inspiraron, la elegancia y sobriedad de su expresión, la precisión de su léxico y la corrección de su prosodia.

Para merecer cabalmente el nombre de poeta le faltó, a juicio de Rodó, «cierta exaltación de sentimiento y un grado más férvido de fantasía; acaso también cierto espontáneo arranque de la for-ma, que precediera al delicado complemento del arte».

Lo mas valioso de la producción de Gutiérrez no se encuentra por eso en sus versos, sino en sus investigaciones y estudios críticos sobre la cultura, la historia y la literatura argentinas y americanas.

Sus trabajos de erudicción y crítica. La obra literaria de Juan María Gutiérrez, aparte de sus escritos políticos, de sus versos —reunidos éstos en un volumen titulado Poesías— y sus trabajos de carácter histórico, comprende una serie de investigaciones y trabajos críticos, que constituyen lo mejor de su producción.

Este hecho revela lo evolucionado de su cultura, pues como expresara Juan B. Terán, «la crítica supone madurez, un ojo adiestrado, una vasta experiencia» y «también revela la calidad del espíritu».

Su estudio sobre Juan Cruz Varela es considerado como uno de los monumentos de nuestra crítica literaria. En él enfoca no solamente al poeta, sino también al publicista y al crítico de arte, evidenciando su erudición y sus profundos conocimientos literarios. A su juicio, Várela tuvo singular significación en la historia de nuestra literatura, puesto que con sus dramas «Dido» y «Argía», «la tragedia clásica nació y murió en las orillas argentinas».

Noticias biográficas sobre Don Esteban Echeverría constituye un análisis profundo del introductor de la orientación romántica en nuestras letras. En este trabajo huyó Gutiérrez de todo juicio severo, porque, como escribiera, «nada es tan doloroso como clavar el escalpelo del análisis en las entrañas que aún sentimos palpitar de una memoria querida».

Para él, las composiciones poéticas de Echeverría evidencian la intención de obrar sobre el mayor número y de incorporar a los versos el «elemento social».

A los modelos de abnegación que presenta en las «Rimas», le siguen los dramas de la vida que encierran los poemas que escribió en Montevideo, especialmente «Avellaneda», que es, expresa, «una de las concepciones más eleva das y generosas de la musa del Plata.

Pero Gutiérrez no se limitó a la consideración de los trabajos literarios de su compañero de la «Asociación de Mayo», pues tomó en consideración, además, sus escritos político-sociales y pedagógicos.

No menos valiosos son los estudios de Gutiérrez sobre algunos poetas argentinos del período revolucionario, como Fray Cayetano José Rodríguez, Don Esteban de Luca y El Coronel Don Juan Ramón Rojas. En éstos, como en sus trabajos sobre Pedro de Oña y Pedro de Peralta Barnuevo Roca y Benavídezpublicados en el exilio— no se limitó a examinar las producciones de los literatos estudiados, sino, con un criterio más amplio, se preocupó de reconstruir la época, el ambiente en que actuaron, para explicar y aun justificar sus obras.

La censura que a Gutiérrez se le ha formulado, de que su labor como crítico fué de glosa o de rapsodia y casi siempre fragmentaria, se justifica con respecto a sus Estudios biográficos y críticos sobre algunos poetas americanos anteriores al siglo XIX, pues en sus páginas desfilan, a menudo muy rápidamente, figuras como Labardén, Gaviedes, sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruiz de Alarcón, etc.

Los frutos de sus investigaciones, tenaces y pacientes, Gutiérrez los dio a conocer especialmente en la «Revista del Río de la Plata», cuya dirección compartiera con Andrés Lamas y Vicente F. López, en la que publicó, entre otros, Estudios histórico-críticos sobre la literatura Sud-Americana; Ensayo de una biblioteca o Catálogo bibliográfico crítico, con noticias biográficas, de las obras en verso, con forma o con título de poema escritas en América o por hijos de esta parte del mundo; La literatura de Mayo; La Sociedad Literaria y sus obras; Algunas observaciones sobre las lenguas guaraní y araucana; Descripciones de la naturaleza de la América Española; De la poesía y de la elocuencia de las tribus de América; La elocuencia sagrada en Buenos Aires, antes de la revolución.

La erudición de Gutiérrez se admira en trabajos de otra índole, como su Bibliografía de la primera imprenta de Buenos Aires; Bosquejo biográfico del General San Martín y Noticias históricas sobre el origen y el desarrollo de la enseñanza pública superior en Buenos Aires, obra en la cual, además de una considerable cantidad de biografías y documentos, reunió un valioso caudal de informaciones sobre la educación argentina desde 1771 hasta la creación de la Universidad de Buenos Aires.

Juan María Gutiérrez fué un crítico por naturaleza. «Nadie como él realizó, en su medio incipiente —ha escrito José Enrique Rodó— esa serenidad superior, que parece secreto de las civilizaciones modernas; esa capacidad de comprender que, a diferencia de la falsa amplitud nacida de la incertidumbre escéptica o de la palidez de alma, deja percibir, como fondo, las preferencias de gusto, de admiración y de ideal, que imprimen carácter y dan nervio a la personalidad del escritor».

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Loprete – Editorial Plus Ultra

Biografia de Juan Luis de Leon Poeta Lirico Español

Biografía de Juan Luis de León Poeta Lírico Español

Además de autor místico, Fray Luis de León fue uno de los más notables poetas líricos de la literatura castellana.

Su Vida. Nació en Belmonte, Cuenca (1527) y realizó sus primeros estudios en Madrid y en Valladolid. Su padre era abogado y consejero real.

Se trasladó a los catorce años a estudiar en la Universidad de Salamanca, pero a los pocos meses, ingresó en el convento da San Agustín, donde profesó (1544).

Continuó sus estudios en la Universidad de Toledo, donde obtuvo el grado de bachiller. Completó sus estudios universitarios en Salamanca, y se graduó de licenciado y maestro en Sagrada Teología (1560).

Fray Luis de Leon

A partir de entonces se entregó de lleno a la vida universitaria Después de un fracaso en una oposición a los 32 años obtuvo la cátedra de Santo Tomás (1561) en otra oposición muy reñida, y cuatro años más tarde otra.

La Universidad de Salamanca era por ese entonces «un semillero de discordias y rivalidades», en las cuales se mezclaban los asuntos académicos con los personales y los teológicos.

La discordia alcanzó su más espinoso momento a propósito de una corrección del texto de la Biblia, que enfrentó a los hebraístas —entre los cuales se contaba Fray Luis— con los escolásticos intransigentes.

Fray Luis defendió la doctrina de un ajuste más próximo a los textos originales hebreos, lengua que él dominaba, refutando en algunos pasajes o vocablos la traducción al latín que había efectuado San Jerónimo, en su famosa y aceptada versión, conocida como la Vulgata.

Para colmo de males, un familiar de Fray Luis hizo circular inocentemente, y sin permiso, algunos borradores privados del sabio hebraísta, que contenían una traducción al español, desde el original hebreo, del Cantar de los Cantares de Salomón, que forma parte de la Biblia.

Las traducciones de la Biblia a lengua vulgar habían sido expresamente prohibidas por la Iglesia, y confirmadas después por el Concilio de Trento (1564).

Fray Luis, que había efectuado esta traducción a pedido de una monja prima suya, se convirtió en sospechoso, y por estas y otras rencillas de cátedra, fue acusado por un religioso rival ante el tribunal de la Inquisición en Valladolid, el cual lo apresó (1572) junto con otros dos hebraístas y lo mantuvo en la cárcel inquisitorial durante el juicio.

Se le imputaba que en los comentarios académicos que hacía de la Biblia daba preferencia al texto original hebreo sobre el de la Vulgata, y que esto se debía a una actitud favorable al judaismo, heredada por sangre de algunos antepasados suyos de origen hebreo.

Además, se lo responsabilizaba de la traducción sin permiso del libro de Salomón y de haberla hecho circular.

Sin embargo, el tribunal supremo de la Inquisición lo declaró inocente y le restituyó todos sus derechos. La Universidad de Salamanca le devolvió la cátedra, que Fray Luis renunció en beneficio del religioso que la había ocupado durante su proceso.

Al año siguiente (1577), se le otorgó la cátedra de Teología Escolástica. Se dice que al dictar su primera clase, la comenzó con la frase «Decíamos ayer…» (Dicebamus hesterna die), que algunos especialistas consideran histórica y otros no.

Continuó así su vida consagrado a la enseñanza. Ganó dos nuevas oposiciones, de Filosofía Moral (1578) y de la Biblia (1579), que desempeñó hasta su muerte (1591).

Hacia 1582 se vio envuelto en otro proceso, a propósito de la publicación de un libro de un padre jesuíta, pero el tribunal de la Inquisición «no hizo caso de rencillas universitarias y claustrales sólo atendió a la cuestión dogmática, dando por valederas las exculpaciones del procesado».

Se vio así Fray Luis libre de la acusación fiscal y las actuaciones se redujeron únicamente al sumario.

Fue honrado en vida con varias misiones difíciles: integró una comisión para la reforma del Calendario Gregoriano (1578): participó de la reforma carmelitana, siguiendo el espíritu de Santa Teresa; se le encargó por el Consejo Real la publicación de las obras de Santa Teresa, que cumplió con éxito.

Cuando estaba en la tarea de escribir una vida de la santa, a pedido de la emperatriz, y hacia pocos días que había sido nombrado provincial de los agustinos de Castilla, falleció en Madrigal (1591).

Sus restos fueron trasladados a Salamanca, donde hoy reposan en la capilla de la Universidad.

Personalidad de Fray Luis. Fray Luis fue un sabio de gran cultura y, pese a los ataques de sus enemigos, gozó de extraordinaria fama entre sus contempóraneos por sus dotes personales, la maestría de sus versos y su dominio de las disciplinas bíblicas y teológicas.

Según el retrato que de él hizo un hombre de la época, Fray Luis era de físico atractivo, muy callado, agudo en sus respuestas, puntual en el cumplimiento de sus compromisos, poco o nada risueño, temperado pero firme en sus actitudes, y muy sobrio en sus comidas y en el sueno.

«Hay algo de grandeza en toda su vida y su obra —dice Carlos Vossler–, ya fuera por la forma que dio a las cosas, ennobleciéndolas, ya porque nada pudo rebajarle ni conseguir nada de él. Fray Luis de León fue un gran artista, pero fue también un gran hombre».

La obra. Compuso obras en latín, hoy prácticamente olvidadas; hizo su famosa traducción del Cantar de los Cantares al castellano, y escribió obras religiosas y poesías.

En prosa escribió los Nombres de Cristo (1583) y La perfecta casada (1583), que junto con sus poesías son las obras que mayor fama le han dado.

La perfecta casada es un libro bastante popular, en el que con sencillez de estilo y naturalidad de tono, explica los deberes de la mujer casada en el matrimonio.

Los «Nombres de Cristo». De las obras en prosa de Fray Luis, éste es el libro de mayor importancia literaria y religiosa. Fue escrito en la cárcel.

Tres interlocutores, Sabino, Juliano y Marcelo —el propio Fray Luis— dialogan sobre los nombres que se da a Cristo en las Sagradas Escrituras: Brazo de Dios. Hijo de Dios, Jesús, Cordero, Amado, etc., y con este motivo se desarrollan y ejemplifican pasajes bíblicos.

Se ha encontrado una estrecha relación entre este libro y un opúsculo anterior escrito por un beato (Alonso de Orozco), pues aparecen los mismos nombres —menos uno…..- y en el mismo orden.

Por esta razón, el plan y la idea original del libro no serían de Fray Luis sino de su antecesor. Pero entre una y otra obra —según los críticos — hay una gran diferencia.

El primero vale como unos apuntes, mientras que la obra del agustino adquiere el tono de una solemne disertación, de profundidad filosófica y deslumbrante valor poético.

Estos diálogos han sido comparados a los de Platón por la madurez artística. «En nuestra lengua escriben Hurtado y Falencia— no hay nada que pueda compararse con aquellas soberbias amplificaciones de los pasajes bíblicos, en los que llega Fray Luis a la cumbre del arte literario.»

El estilo es de una excepcional riqueza y en sus páginas pone en evidencia el agustino su gran capacidad de fantasía, una exquisita sensibilidad religiosa y espiritual, aparte de un manejo magistral de la prosa castellana.

El poeta horaciano y místico. Fray Luis, en poesía, «es, sin disputa, el más grande de nuestros líricos y uno de los mayores de todas las literaturas, en el sentir de propios y extraños» (Hurtado y Palencia).

No tomó a la poesía como un objeto de su actividad intelectual, a pesar del alto concepto que le adjudicaba. Las fue componiendo incidentalmente en su trayecto de estudioso y maestro, y la mayor parte fueron obras de su mocedad.

No las escribió tampoco para ser publicadas, pero a instancias de un amigo, las recogió en un momento de su vida, les corrigió las deformaciones que con el tiempo se habían deslizado en las copias manuscritas, y preparó una edición que no salió a la luz.

Contenía este volumen composiciones originales, traducciones de profanos y versiones bíblicas. Unos cuarenta años después de la muerte del autor, Francisco de Quevedo las editó (1631) «para poner un dique a la invasión del culteranismo», aunque con algunas deficiencias y errores.

Fray Luis es el poeta de lengua castellana que mejor aprovechó el ejemplo del poeta latino Horacio, no sólo en sus traducciones sino también en las composiciones originales. Se supone que las traducciones fueron los primeros ensayos poéticos del religioso.

Pero este horacianismo es muy restringido y más bien radica en la asimilación de las formas y el estilo del poeta romano.

Horacio fue un poeta epicúreo, pagano y sensualista, mientras que Fray Luis fue un artista bíblico cristiano y místico, inspirado profundamente en la religión católica, y admirador fer viente del tono augusto y majestuoso de la poesía bíblica de origen hebreo.

Las composiciones de Fray Luis son sencillas y sobrias. Transmiten una impresión de dolor espiritual, de; nostalgia por el destierro en esta vida frente a la grandeza inconmensurable de los cielos.

Admira el paisaje exterior, en sus manifestaciones plácidas, hermosas y serenas, sobre todo el cielo estrellado y el panorama campestre.

No escribió muchas poesías, pero algunas de sus piezas están consideradas como insuperables {Noche serena; Vida retirada; La Ascensión; las odas A Felipe Ruiz y A Salinas, sobre la música y La profecía del Tajo).

Fuente Consultada:Literatura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial Plus Ultra

OBRAS Y EDICIONES: La perfecta casada. Buenos Aires México, Espasa-Calpe Argentina. 1944. Poesía completas. Buenos Aires. Sopena. 1942, 2 v. El Cantar de loa Cantares. Versión y exposición de Fray Luis de León,Buenos Aires, ArKentilín. 1938. De los nombres de Cristo. Buenos Ai res-México,, Espasa-Calpe Sopena, 1953.

LECTURAS COMPLEMENTARIAS Y ESTUDIOS: Carlos Vossler, Fray Luis de León. Traducción del alemán por Carlos Clavería. Buenos Aires-México, Espasa-Calpe Argentina,, 1946.

El Lazarillo de Tormes Argumento e Interpretacion Sintesis

El «Lazarillo de Tormes» Argumento e Interpretación

El Lazarillo de Tormes es la obra más representativa y mejor lograda de toda la novelística picaresca española, y una de las obras maestras de la literatura hispánica.

Aparición y ediciones. Apareció, sin nombre de autor, simultáneamente en tres ciudades (Burgos, Alcalá y Amberes, 1554), con el título de La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Alguna vez se ha sugerido que pudo haber una edición anterior, jamás hallada.

Su lectura fue prohibida cinco años después (1559) por la Inquisición e incluida en el índice de Libros Prohibidos (Index Librorum Prohibitorum), debido quizás a la acritud de sus sátiras contra el clero y al carácter demasiado soez de algunos pasajes. Sin embargo, continuó leyéndose.

Más tarde, por encargo del rey Felipe II se la expurgó, y el encargado de esta tarea, le «suprimió dos capítulos, el del buldero y el del fraile de la Merced y algunas frases irreverentes» (Hurtado y Palencia). No obstante, se leyó traducida íntegramente de su versión original en Europa.

lazarillo de tormes tapa del libro

La edición que se lee en la actualidad es la restituida (1900) conforme a las tres redacciones originales, es decir, sin supresiones ni enmiendas.

El autor. No se sabe quién es el autor verdadero del Lazarillo. Todas las ediciones lo dieron como anónimo. La razón de este anonimato hay que atribuirla probablemente al hecho de que el libro, por su carácter satírico, afectaba a la nobleza y al clero. Pero también se ha conjeturado que la obra pudo haber sido publicada después de la muerte de su autor, o que contuviera pasajes robados de otro libro.

Otra hipótesis es que el autor haya sido un liberal de la época, en conflicto con la Iglesia y el estado, y que esta circunstancia se agravaba por el hecho de estar la novela escrita en forma autobiográfica.

Lo cierto parece ser que el autor, cualquiera haya sido, fue un escritor culto, de inspiración y formación renacentista.

Ha sido atribuido a varios escritores de la época (con mayor insistencia á don Diego Hurtado de Mendoza), pero faltan en todos los casos suficientes evidencias sobre la paternidad real de la obra, de modo que hasta nuestros días sigue considerándosela anónima.

Argumento. La obra está dividida en un prólogo y siete capítulos (tratados), que narran sucesivamente el nacimiento, niñez y peripecias de Lázaro con sus amos.

Lázaro nació en un molino situado sobre el rio Tormes, razón por la cual lo llamaron Lázaro de Tormes. Niño aún, su padre es encarcelado por ladrón, y entonces su madre, en malas andanzas con un caballerizo negro, lo coloca al servicio de un ciego, su primer amo.

Como este avaro no le da de comer, Lázaro le hurta la comida y se venga haciéndolo estrellar contra un poste.

Pasa así a su segundo amo, un clérigo mezquino, a quien el niño debe robar los bodigos (panes votivos) para subsistir. Al descubrirlo una noche el clérigo, lo apalea y despide.

Cae entonces Lázaro a servir a un escudero pobre y famélico, para quien tiene que salir a pedir limosna el niño. El hidalgo desaparece un día, abandonando a su criado, por no poder pagar el alquiler de la casa que arrienda.

Tiene luego Lázaro otros amos: un fraile de la Merced, con quien no le va mejor; un buldero picaro, que estafa a la gente, y un alguacil, que lo pone en peligros, y del cual huye Lázaro.

Finalmente, Lázaro logra un oficio real, el de pregonero de Toledo, la intervención de un arcipreste, con cuya criada se casa.

Fuentes folklóricas y literarias. El Lazarillo inició en España el género picaresco, pero no por eso fue una obra original, sin antecedentes.

Se han encontrado algunos personajes y peripecias que guardan similitud con obras escritas anteriores o con la tradición folklórica española y europea.

Así, el tipo de Lázaro y el del hidalgo pobre, eran tradicionales en Castilla; el episodio del ciego había sido desarrollado ya por una farsa francesa del siglo xni, así como su golpe contra el poste por un cuento andaluz anterior; los episodios del buldero y del alguacil, continuaban la tradición medieval de los cuentos anticlericales. Del mismo modo, han sido localizados algunos pormenores o expresiones.

Algunos otros aspectos, pueden provenir también de lecturas o de obras de la antigüedad (El asno de oro de Apuleyo y El satiricen de Petronio).
Interpretaciones del libro. El Lazarillo ha sido interpretado en
varios sentidos.

Para algunos es una típica sátira social, contra las tres clases sociales de la época: la plebe, el clero y la nobleza (A. Morel-Fatio). Para otros, es simplemente una obra artística de ficción, con fines de entretenimiento y burlas, «un libro para reír» (M. Bataillon).

Otros críticos lo consideran una epopeya del hambre, o una parodia de los libros de caballería, o un ejemplario del arte de vivir y llegar a la felicidad y el bienestar material.

El realismo satírico. Cualquiera sea la interpretación última que se dé al Lazarillo, es evidente su carácter realista y satírico.

El efecto realista de la novela está logrado no a través de una descripción minuciosa y abundante de los aspectos bajos o sórdidos de la vida española o de la sociedad, sino por medio de la concentración del relato en la vida y experiencias del personaje central.

No es entonces un realismo de extensión, sino un realismo de profundización. Surge de la sucesión rápida de los episodios realistas en que se ve comprometido el protagonista.

En cuanto a la sátira que encierra, afecta a las clases sociales bajas de España, a la nobleza y al clero. Con respecto a la sátira anticlerical, se ha notado con gran acierto que «el anticlericalismo abunda en la literatura del siglo xvi, precisamente como un producto derivado del firme catolicismo del pueblo español» (Américo Castro).

La culminación de la novela es «un rasgo de terrible humorismo» (Hurtado y Palencia). Lázaro dice con un tremendo cinismo haber llegado a la «cumbre de toda buena fortuna», cuando en realidad ha aceptado contraer matrimonio y callar la infidelidad de su ligera mujer con un tercero, a cambio de la protección de éste.

La burla es siempre rápida, y aparece por lo general como resultado de los hechos que refiere el autor-personaje, antes que como comentario u opinión expresada por el personaje. En esta técnica radica principalmente el efecto que produce el libro.

Estructura formal. El Lazarillo es una novela corta —casi un cuento largo —y desparejo en su plan y desarrollo. Los tres primeros capítulos son los mejor trabajados. El capítulo cuarto, el del fraile mercedario, apenas ocupa unas líneas, ni siquiera una página, sin que se sepa por qué causa.

A partir de ese punto, el libro parece escrito con apresuramiento o menor atención, y decae en riqueza de episodios; aunque aumenta en el tono irónico hasta el fin. Por eso se ha hablado de un anticlimax.
La continuidad de la novela está también afectada por estos aspectos técnicos del desarrollo.

Lengua y estilo. En una primera lectura, el lenguaje da la impresión de poco cuidado o esmero. Sin embargo, el análisis descubre pronto que hay selección y arte en el autor, pues se ajusta al que puede tener supuestamente un narrador autobiográfico, de baja extracción social y cultural, como lo es Lázaro.

La prosa es llana y sin afectación pedantesca, y está considerada como la más sencilla con que se había escrito hasta época. «El autor del Lazarillo escribía como hablaba» (Cejador). Este estilo era, por otra parte, el que correspondía tradicionalmente a las obras de costumbres.

La frase del Lazarillo es siempre directa, sin rodeos, rápida y desprovista de ornatos. La sintaxis es la natural del lenguaje cotidiano, sin rebuscas de imitaciones o modelos artísticos. En todos los casos, es graciosa, chispeante y provoca simpatía y placer en el lector.

Continuaciones e imitaciones. Al año siguiente de su aparición, comenzaron a publicarse continuaciones del Lazarillo, anónimas o con firma de autor.
La historia literaria, en lengua castellana y aun extranjeras, registra una larga serie de obras derivadas del Lazarillo o compuestas bajo su influjo.

Lectura del «Lazarillo de Tormes»

Portada del Lazarillo de Tormes

Fuentes Consultadas:
Literatura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete – Editorial Plus Ultra

OBRAS Y EDICIONES: La vida de Lazarillo de Tormes. Bueno.Aires, Plus Ultra. 1965 Con estudio y nota, de Enriqueta Terzano de Gatti. Vida del Lazarillo de Tormes, Zaragoza. Editorial Ebro. 1940. Edición de Ángel Comales Patencia.

LECTURAS COMPLEMENTARIAS Y ESTUDIOS: Arturo Marasso. La elaboración del Lazarillo de Tormes.

El Romanticismo en el Río de la Plata Sus Caracteristicas

Movimiento Romantico en Rio de la Plata-Caraterísticas y Representantes

Concepto de romanticismo
La literatura de los siglos XVII y XVIII estuvo regida por el ideal popular del clasicismo, es decir, en la Imitación de los antiguos griegos y romanos; su centro de difusión puede ubicarse en Francia.

A fines del siglo XVIII surgieron en Alemania e Inglaterra las primeras manifestaciones de una nueva corriente espiritual y artística, que culminó en la centuria siguiente con el nombre de romanticismo.

Este movimiento, de índole intelectual, fue una reacción contra el rígido y dominante clasicismo, que había tratado de imponer sus inflexibles reglas y uniformismo en todas las literaturas.

En literatura, la palabra romántico significaba «todo lo que deliberadamente se aparta de las normas que se han establecido como clásicas», o sea, que el término indica lo anticlásico u opuesto a los modelos griegos y latinos. Se distingue por la espontaneidad, originalidad y propensión a lo sentimental y generoso.

Mientras en ei clasicismo predominó la razón y el materialismo, la escuela romántica antepone el sentimiento y el espíritu cristiano.

Además, los primeros se basaron en temas pertenecientes a la historia y mitología antiguas; en cambio, los románticos representaron lo propio, lo nacional.

(*) Etimológicamente, romántico significa perteneciente al dominio de la antigua Roma, y por lo tanto, es sinónimo de neolatino o romancesco. La palabra tiene diversas acepciones, aunque la mayoría de los autores opina que los escritores románticos del siglo XIX recibieron tal nombre porque admiraban los romances medievales.

El romanticismo tuvo los siguientes caracteres:

a) Individualismo artístico. — Rechaza los métodos tradicionales y todo lo que sea impuesto. Cree ciegamente en la inspiración personal y por esto da gran importancia a los propios sentimientos y a la fantasía.
Dominado por un anhelo de libertad, repudia imitar a otros autores y propicia la reivindicación de la naturaleza, basándose en un criterio personal.

b) Subjetivismo. — Debido a la ya mencionada ansia de libertad, el artista se propone expresar las manifestaciones de su propia alma (patriotismo, amor, admiración por la naturaleza, etc.), o sea, de su modo de pensar y sentir.

c) Espíritu medieval – nacional. — Exalta los valores espirituales de la Edad Media —particularmente religiosos— y con preferencia se explaya sobre temas populares y nacionales.

Mientras la escuela clásica trató de agradar por la perfección de la forma, la escuela romántica se propuso conmover por la fuerza de los sentimientos.

Los románticos juzgaron que la tragedia y la comedia eran géneros teatrales anticuados y prefirieron combinarlos con el drama, que debía reunir lo sublime con lo grotesco.

Los protagonistas ya no son héroes griegos ni romanos, sino personajes inspirados en temas vernáculos.También censuraron el estilo de los clásicos y enriquecieron el diccionario con términos familiares y hasta emplearon nuevas formas métricas en la versificación.

Si bien el romanticismo fue un movimiento de carácter literario, su acción ideológica comprendió también el aspecto político, al sostener los principios de la soberanía popular y del liberalismo proclamados por la Revolución Francesa.

Introducción del romanticismo en el Plata
América no permaneció ajena al movimiento romántico europeo, mejor dicho al español, por cuanto en México, Venezuela, Cuba, Colombia y Perú, las figuras representativas reflejan el pensamiento’ peninsular.

No sucedió lo mismo en el Río de la Plata, donde el romanticismo fue introducido no de España, sino directamente de Francia, por el porteño Esteban Echeverría, a su regreso del Viejo Mundo, en 1830.

Considerado el padre del romanticismo argentino y —según expresión de Menéndez y Pelayo— «fundador de una nueva escuela americana», Echeverría fue el escritor que bregó por el progreso de su patria.

Se ha dicho que «pensando en francés, escribió en castellano», sin embargo «Echeverría es el primer poeta que dirige su mirada a la pampa y la pinta con colores originales, la siente de veras, como siente todo lo argentino y americano» (por Alberto Palcos).

Guiado por un anhelo de total independencia, trató de argentinizar la literatura y se dedicó a los temas vernáculos y a las pinturas realistas del paisaje regional.

ESTEBAN ECHEVERRÍA
José Esteban Antonino Echeverría nació en Buenos Aires, el 2 de setiembre de 1805, hijo de padre español y de madre porteña.

Cursó los estudios elementales en la escuela pública de la parroquia de: San Telmo, y en 1822 ingresó en el Departamento de Estudios Preparatorios de la recién creada Universidad; también asistió a los cursos de la Escuela de Dibujo.

Huérfano de padre a- temprana edad, delgado y de elevada estatura, vivió una adolescencia turbulenta, aunque por el año 1823 —olvidando sus devaneos juveniles— se destacó como estudiante «por su talento, juicio y aplicación», en los cursos de latín y filosofía de la Universidad.

Más tarde abandonó las aulas para emplearse como despachante de Aduanas, pero en los momentos de descanso, el joven estudió francés, historia y literatura.

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Con la aspiración de elevar su nivel cultural, Echeverría embarcó para Europa y después de accidentado viaje, llegó al puerto de El Havre (Francia), en febrero de 1826. De allí se trasladó a París, para dedicarse a la lectura constante y variada, particularmente de la ciencia política y de la filosofía.

En esos momentos, la capital francesa se agitaba ante la ola avasallante del romanticismo y entonces aplicó toda su voluntad al estudio de las nuevas corrientes literarias, con la lectura de obras de los alemanes Goethe y Schiller y del inglés Byron.

Escribe Echeverría en sus páginas autobiográficas: «Durante mi residencia en París y como desahogo a estudios más serios, me dediqué a leer libros de literatura: Shakespeare, Schiller, Goethe y especialmente Byron, me conmovieron profundamente y me revelaron un nuevo mundo.

Entonces me sentí inclinado a poetizar; pero no dominaba ni el idioma ni el mecanismo de la metrificación española. Era necesario leer los clásicos de esta nación. Empecé: me dormía con el libro en la mano, pero haciendo esfuerzos, al cabo de un tiempo, manejaba medianamente la lengua castellana y el verso».

Después de efectuar un corto viaje a Londres, Echeverría —escaso de recursos económicos— partió de regreso a Buenos Aires, puerto al que arribó en julio de 1830. Su cultura eminentemente europea y su romanticismo afrancesado no influyeron sobre su concepción argentinista y su afán de solucionar sobre esa base los problemas que agitaban a su patria.

Echeverría escribió versos para algunos periódicos locales y en 1834 los publicó con el título de Los Consuelos, obra que mereció la aceptación general. Más tarde, en la estancia de Los Talas —próxima a San Andrés de Giles— redactó La Cautiva, poema narrativo en que por vez primera en nuestra literatura aparece como escenario la pampa. Allí también escribió El Matadero, obra realista en que describe el ambiente soez de los corrales durante la dictadura rosista.

La labor política y cultural de Echeverría en el Salón Literario, se estudia a continuación.

Después del fracaso de la campaña de Lavalle contra Rosas, debió emigrar a la Colonia y de allí a Montevideo en 1840. Vivió sus últimos años enfermo y en la pobreza. No alteró su posición ideológica independiente, pues si bien combatió a Rosas, estaba persuadido que los unitarios no representaban la realidad del país.

Echeverría falleció en la capital uruguaya el 19 de enero de 1851.

EL SALÓN LITERARIO
Cuando Juan Manuel de Rosas asumía la dictadura, comenzaban a actuar los jóvenes de la primera generación surgida del pronunciamiento de Mayo.

Partidarios de las ideas liberales de la revolución estallada en París en 1830,esa pléyade de intelectuales había recibido las enseñanzas del período cultural rivadaviano, donde forjaron su inclinación a la controversia política, a la filosofía y a la oratoria.

A partir del año 1830, esa minoría culta y fogosa de jóvenes porteños —inclinada a los autores liberales franceses— solía reunirse en la casa de Miguel Cané, donde establecieron la Asociación de Estudios Históricos y Sociales.

En 1835, la juventud ávida de saber se congregó en el Gabinete de Lectura, establecido por Marcos Sastre, en una habitación continua a su comercio de librería.

Los sábados por la noche, los estudiosos se reunían para discutir trabajos presentados por Esteban Echeverría, Miguel Cané, Vicente Fidel López, Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez y otros.

En 1837, y ante el aumento de la concurrencia, Marcos Sastre trasladó su librería a un local próximo, pero más amplio —ubicado en la calle Victoria Nº 59— e inauguró en el mes de junio el Salón Literario, donde se congregaron las figuras más destacadas del movimiento romántico de la época. Su misión era evidentemente cultural y aunque sus miembros recibían las influencias ideológicas europeas, el movimiento tenía marcado carácter nacional.

En su discurso inaugural, Marcos Sastre afirmó que los integrantes del Salón se habían reunido «impulsados únicamente por el amor a la sabiduría, por el deseo de perfeccionar su instrucción». Luego le siguió en el uso de la palabra el joven Juan Bautista Alberdi, quien desarrolló conceptos de orden histórico y filosófico y destacó que ‘»lo nacional era un elemento necesario de nuestro desenvolvimiento argentino».

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Escribe el historiador Alberto Palcos: «La librería de Sastre es a la par una especie de biblioteca circulante (acaso la primera del país); por una módica subscripción, los lectores llevan libros a domicilio, sin perjuicio de los préstamos de obras muy valiosas que el dueño hace generosamente a los estudiosos. El Salón se propone formar una biblioteca selecta, independiente de la librería de Sastre, surtir a los socios de los mejores periódicos europeos y leer, acotar y editar trabajos literarios originales o traducidos por sus adherentes».

Las inquietudes del Salón Literario se dieron a conocer por medio del periódico «La Moda», dirigido por Juan Bautista Alberdi. Figuraba como «gacetín semanal de música, de poesía, de literatura, de costumbres». La difusión de las nuevas ideas se hizo con suma prudencia y por esto, cada número estaba encabezado por un «Viva la Federación».

El Salón Literario sólo desarrolló cuatro meses de intensa actividad Más tarde las reuniones debieron interrumpirse por orden del gobierno.

La prédica liberal que desarrollaban esos «muchachos reformistas y regene radores» no fue del agrado de Rosas y Sastre debió cerrar el Salón —mayo de 1838— y desprenderse de las existencias de su librería, en tres remates sucesivos. También dejó de aparecer «La Moda».

La Asociación de Mayo
Esteban Echeverría se destacó en el Salón Literario por su prédica cultural, sociológica y política; había regresado de un viaje a París y esta circunstancia le otorgaba gran prestigio ante su auditorio.

Después de cerrado el Salón, convocó a la juventud intelectual para «promover una Asociación de jóvenes que quisieran consagrarse a trabajar por la Patria». Echeverría secundado principalmente por Alberdi y Gutiérrez, organizaron una sociedad secreta, semejante a las que se habían creado en esa época por Europa. Así surgió la Asociación de la Joven Argentina, llamada más tarde —cuando se reconstituyó en Montevideo, en 1846— la Asociación de Mayo.

En la noche del 23 de junio de 1838, se reunieron más de treinta y cinco jóvenes para escuchar a Echeverría, quien leyó el dogma o credo de la nueva asociación, contenido en quince «palabras simbólicas».

Las «palabras simbólicas» eran las siguientes:

  1. Asociación.
  2. Progreso.
  3. Fraternidad.
  4. Igualdad.
  5. Libertad.
  6. Dios centro y periferia de nuestra creencia religiosa: el cristianismo, su ley.
  7. El honor y el sacrificio, móvil y norma de nuestra conducta social.
  8. Adopción de todas las glorias legítimas, tanto individuales como colectivas de la’revolución; menosprecio de toda reputación usurpada o ilegítima.
  9. Continuación de las tradiciones progresivas de la Revolución de Mayo.
  10. Independencia de las tradiciones retrógradas que nos subordinan al antiguo régimen.
  11. Emancipación del espíritu americano.
  12. Organización de la patria sobre la base democrática.
  13. Confraternidad de principios.
  14. Fusión de todas las doctrinas progresivas en un centro unitario.
  15. Abnegación de las simpatías que puedan ligarnos a las dos grandes facciones que se han disputado el poderío durante la revolución.

El 8 de julio, los asociados prestaron juramento con una fórmula análoga a la empleada por los integrantes de la Joven Europa. La nueva entidad de carácter político no tardó en contar con filiales en el interior del país.

En San Juan ingresaron Domingo Faustino Sarmiento, Dionisio Rodríguez, Antonio Aberastain y otros; en Córdoba lo hicieron Vicente Fidel López, Francisco Alvarez, etc.; en Tucumán, Marco Avellaneda, Brigido Silva en Catamarca, José Cubas, Eufrasio Ouiroga,. etc.

Rosas consideró a los miembros de la asociación como miembros de una logia unitaria y en consecuencia, persiguió a los jóvenes adherentes.

El grupo se disolvió y Echeverría marchó a la campaña de Buenos Aires. Poco después, el último redactó los comentarios a cada una de las palabras simbólicas, escritos que fueron llevados por Alberdi a la vecina orilla y publicados en el periódico «El Iniciador», de Montevideo —1º de enero de 1839— con el título de: Código o declaración de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina.


En 1846, encontrándose Echeverría proscripto, hizo publicar nuevamente su trabajo en Montevideo, esta vez en forma de libro y con el título que ha prevalecido: Dogma Socialista de la Asociación de Mayo, precedido de una Ojeada Retrospectiva, que historia, amplía y comenta la obra.

REPERCUSIÓN DE LOS ROMÁNTICOS EN EL ORDEN INSTITUCIONAL
El contenido del Dogma
Aunque en el Dogma Socialista —más correcto sería denominarlo social o sociológico— se nota la influencia de varios pensadores europeos de la época; la gran mayoría de las palabras simbólicas ofrecen soluciones a los problemas argentinos, por medio de una doctrina social y política basada en la democracia y en la libertad.

Las cinco primeras palobras (Asociación, Progreso, Fraternidad, Igualdad y Libertad) son principios que resumen el credo del liberalismo pero unido a una concepción cristiana, tal como figura en el título y comentario de la sexta palabra.

El Código sostiene que el movimiento de Mayo es el eje orientador del país y la democracia facilitará los medios necesarios para el progreso. Manifiesta la necesidad de analizar nuestras propias-instituciones y costumbres; pues es necesario eliminar las ataduras foráneas que no representan la realidad del país. Exige una política de principios y no de caudillismos personales, para lo cual es necesario ilustrar al pueblo a fin de que ejerza su propia soberanía.

A través de su trabajo, Echeverría afirma que la democracia se basa en la igualdad de clases, aunque no es —son sus palabras— «el despotismo absoluto de las masas, ni de la mayoría» sino «el régimen de la razón».
Como las divergencias políticas habían dividido al país en dos facciones irreconciliables —federales y unitarios— el Dogma propicia la reconciliación de todos los argentinos, tarea que debía realizar la juventud.

La última palabra simbólica —comentada por Alberdi— es un alegato en favor de la unidad nacional. Luego de enumerar una larga serie de antecedentes, favorables tanto al sistema unitario como al federal, propone una solución ecléctica, basada en una fórmula mixta de gobierno.
Los conceptos fundamentales del Dogma Socialista pueden sintetizarse en tres palabras: Mayo-Progreso-Democracia.

Repercusión en el orden institucional
Aunque la prédica de Echeverría y de otros románticos no ejerció inmediata influencia en el ámbito político de la época, puede afirmarse que a los pocos años las doctrinas sustentadas por el grupo integrante de la Asociación de Mayo fueron utilizadas para forjar las instituciones argentinas.

Juan Bautista Alberdi redactó las Bases y puntos de partida para la organización política argentina, obra fundamental que orientó a los autores de la Constitución de 1853. En el mencionado trabajo, Alberdi repite en su totalidad el capítulo que había escrito anteriormente para el Dogma, por oso ha sido llamado «el expositor jurídico del ideario de Echeverría».

Después de enumerar antecedentes relativos al federalismo y unitarismo, Alberdi’sostiene la necesidad de crear un gobierno mixto, superior en autoridad al de las provincias, pero manteniendo la autonomía de las últimas, por medio de una unidad federativa.

A través de la ideología de los románticos, los legisladores constituyentes hallaron la solución al problema de la organización institucional del país.

INFLUENCIA DE LOS ACONTECIMIENTOS EUROPEOS DE 1848 Europa en 1848
Al promediar el siglo XIX, Europa se hallaba convulsionada por el recrudecimiento de las doctrinas liberales. El auge del maquinismo y el desarrollo industrial enriquecieron a la clase media o burguesía, pero-provocaron la desocupación de gran número de obreros.

Estos últimos integraron una nueva clase social, la proletaria, que agrupada bajo la doctrina socialista comenzó a luchar para modificar la estructura social imperante y distribuir mejor la riqueza.

Trabajando activamente en sociedades secretas, los liberales coordinaban su acción para derribar a las monarquías absolutas, que se habían consolidado en el poder.

En el Congreso de Viena (abril de 1814 a junio de 1815) los reyes absolutistas destronados durante ía Revolución Francesa y el período napoleónico, impusieron el principio de la «legitimidad», por el cual debían ser repuestos en el mando con todos sus derechos de soberanos.

Por el pacto conocido con el nombre de Santa Alianza (26 de setiembre de 1815) los monarcas dispusieron defender sus prerrogativas e intervenir militarmente en los países afectados por movimientos de carácter liberal o nacionalista.

Ya en el año 1830 se había producido en Francia una revolución liberal contra el intransigente y absolutista monarca Carlos X, quien fue reemplazado en el mando por Luis Felipe I. Este ocupó el trono después de haber jurado observar una Carta Constitucional.

La Revolución Francesa de 1848
Durante el gobierno de Luis Felipe I, la burguesía dominó todos los aspectos de la política francesa. Aunque el monarca respetó el régimen constitucional imperante y en lo exterior adoptó, una actitud pacifista, no tardó en perder el apoyo popular, al mismo tiempo que crecía la oposición contra su gobierno.

A partir del año 1840, confió la política a su ministro Francisco Guizot, quien logró restablecer la autoridad absoluta del monarca.

El régimen burgués imperante no contentó a la inmensa mayoría de la población constituida por obreros y campesinos, quienes en defensa de sus derechos se volcaron en los partidos demócrata y socialista.

La opinión pública exigía una reforma electoral, a fin de que un mayor número de ciudadanos pudiera ejercer el derecho de sufragio, y una reforma parlamentaria, con el objeto de impedir que los funcionarios públicos fueran a la vez representantes de la nación.

Al comenzar el año 1848, el gobierno de Luis Felipe era muy impopular. Los católicos ingresaron en la oposición disgustados por las medidas dispuestas por Guizot —que era protestante— contra la libertad de enseñanza.

Los liberales organizaron |a campaña de los banquetes, pretexto para que sus dirigentes recorrieran el país participando en comidas populares, donde difundían principios republicanos.

La gira debía finalizar en París el día 22 de febrero con un gran acto público. El gobierno prohibió la reunión, pero los republicanos se amotinaron y pidieron a gritos la renuncia de Guizot; al mismo tiempo comenzaron a levantar barricadas. Luis Felipe destituyó a su ministro, pero el movimiento tomó un carácter antimonárquico y, después de dos días de lucha, los revolucionarios se apoderaron del palacio de las Tullerías. El día 24, Luis Felipe abdicó y se dirigió a Inglaterra con su familia.

Fue designado un gobierno provisional republicano —lo formaban siete diputados izquierdistas— que sólo duró dos meses. En ese lapso convocó al pueblo por medio del sufragio universal para designar representantes a una Asamblea Nacional Constituyente.

Este organismo sesionó un año, en cuyo transcurso elaboró la llamada Constitución de 1848, muy similar a la de los Estados Unidos.

La Constitución comenzaba con una «Declaración de los deberes del ciudadano», adoptaba el sufragio universal y secreto y la separación de poderes:

a) Poder Ejecutivo: representado por un Presidente elegido por voto directo, duraría cuatro años en su mandato y sólo sería reelegible después de transcurrido un lapso Igual.

b) Poder Legislativo: correspondió a una asamblea denominada «cuerpo legislativo», cuyos 750 miembros eran elegidos —de acuerdo con el sufragio universal— por tres años.

c) Poder judicial: integrado por tribunales de justicia y que no sufrió mayores variantes con respecto a su anterior organización.

Repercusión del movimiento
La revolución liberal se extendió al imperio Austro-Húngaro. En mayo de 1848, estalló en Viena una insurrección dirigida por elementos democrráticos, el emperador Fernando I debió abdicar en favor de su sobrino Francisco José I , quien aceptó una Constitución liberal.

Simultáneamente se produjeron otros levantamientos en Bohemia y Hungría.. En Italia un sentimiento nacional de reacción contra el absolutismo del dominio autríaco originó nuevas revoluciones.

En el reino de Nápoles, el monarca Fernando II debió otorgar una Constitución y Carlos Alberto; el rey de Cerdeña, promulgó espontáneamente un Estatuto Constitucional.

A pesar de los triunfos mencionados, la revolución liberal de 1848 fracasó en gran parte, pero sus fundamentos democráticos y constitucionales no tardaron en consolidarse definitivamente.

El ideal que agitó los sucesos europeos mencionados se hizo presente en la Argentina a través del movimiento romántico y muchos de sus principios fueron incorporados a la Constitución de 1853.

Fuente Consultada:HISTORIA 5 Instituciones POlíticas y Sociales desde 1810 de José Cosmelli Ibañez Editoria Troquel

Ver: Poesia Romantica y Poesia Gauchesca en Argentina

Pan y Circo en Roma Antigua Historia de los Juegos y Sus Objetivos

HISTORIA DE LOS JUEGOS EN LOS CIRCOS ROMANOS

Entre otros grandes fastos, los patricios celebraban los aniversarios del ascenso al trono de los emperadores, que, por lo general, implicaban un gran despliegue de espectáculos públicos. Éstos eran una gran válvula de escape para aliviar las tensiones sociales y se convertían en una de las pocas oportunidades en que los amos y señores de Roma y la plebe compartían un mismo momento de emoción, aunque situados en graderías de muy distinta calidad y ubicación.

Patricios: La ciudad de Roma se constituyó a partir de la asociación de grupos humanos que se reconocían como descendientes de un antepasado común. Cada uno de estos grupos era una gens. Sus integrantes eran los patricios Éstos formaban un grupo cerrado que acaparaba los puestos de gobierno, poseía grandes fortunas y las mejores tierras.

En tiempos de los reyes, a medida que la monarquía acrecentaba sus privilegios, los sectores populares incrementaban sus demandas y su disconformidad. Los beneficios de la expansión, que pronto abarcó toda la cuenca mediterránea, posibilitaron la aparición de la República.

Los descendientes de los antiguos fundadores, constituidos en un sólido patriciado, supieron retener inteligentemente el poder en sus manos mediante la cesión de algunos beneficios a sectores sociales más amplios, el insaciable sojuzgamiento de nuevos pueblos, el uso masivo de la mano de obra esclava, el perfeccionamiento bélico de sus ejércitos, la implantación de una legalidad estricta y, para distraer a la plebe, el «pan y circo» de los grandes espectáculos públicos.

Por lo general, todas las gargantas hacían suyo el mismo aullido de «¡lugula!» -equivalente, en castellano, a «¡Córtale el cuello!«- cuando en la arena del circo se decidía la vida o la muerte de algún gladiador, si bien el pulgar del emperador y los suyos era el que decidía el destino del hombre.

Eso sí, para dictar su sentencia, los patricios estaban atentos a las preferencias de la multitud, ya que la política de «panem et circum» -pan y circo- estaba destinada fundamentalmente a halagar a la plebe.

Los límites de esta política no sólo estaban marcados por el descontento de los estratos inferiores, sino también porque los espectáculos exigían una gran erogación de dinero. Por lo general, los patricios más ricos financiaban los juegos, pero este requisito era utilizado como elemento de presión sobre el emperador o el Senado.

Circos y anfiteatros Los romanos encontraron una forma de arquitectura que permitió apoyar social y culturalmente el fenómeno. En Roma, los juegos se desarrollaban primero en un alargado valle de suaves pendientes, el valle Murcia, en el que el arroyo representaba el eje del coso. Poco a poco, algunos acondicionamientos dan lugar al primer circo propiamente dicho. Tiene la forma de un rectángulo muy alargado, redondeado en sus dos lados pequeños.

Un dique de tierra o un múrete delimitado por dos mojones, la spina, divide el coso, el espacio en el que evolucionan los combatientes. Los emperadores dotarán progresivamente a los juegos de edificios grandiosos cuya forma, no obstante, variará poco: los anfiteatros.

El más célebre de todos es el anfiteatro Flavio, o Coliseo. El coso, en forma de elipse, está rodeado por varios pisos de gradas en las que el lugar que ocupan los espectadores viene determinado en función de su posición social. Bastidores, trampas, montacargas, desagües, jaulas y fosos ocupan el subsuelo del coso. El público puede desplazarse y dialogar en las galerías abovedadas acondicionadas bajo las gradas.

Escuelas para los juegos Los juegos se componen, esencialmente, de carreras de carros, de combates de gladiadores y de acosos. Al entretenimiento deportivo se añaden las pasiones suscitadas por las múltiples apuestas. Las carreras de carros son muy populares. A los carros se uncen, por regla general, caballos, pero por afición a lo extraordinario, se utilizan a veces camellos, elefantes e incluso tigres.

El interés de tales carreras se incrementa con todas las acrobacias a que dan lugar. Más sanguinarios resultan los combates de gladiadores, quienes pueden ser condenados de derecho común, prisioneros de guerra o esclavos, pero también individuos voluntarios, con frecuencia hombres armiñados. Todos ellos son sometidos a un verdadero entrenamiento en las escuelas de gladiadores, privadas en un primer momento e imperiales después, a partir de finales del s. I. Los combates tienen lugar al final de la jornada. Los vencedores reciben recompensas y, después de varias victorias, pueden ser liberados.

LA REPUBLICA: Por fin, la República se convirtió oficialmente en Imperio y, parafraseando a César, la suerte quedó echada: con el paso de los siglos, una hegemonía tan extensa terminó por afectar la unidad del poder.

Constantino I fue el último emperador del Imperio unificado. Poco después, el emperador Teodosio lo dividió. El Imperio Romano de Oriente sobrevivió unos mil años, pero el Imperio Romano de Occidente no pudo mantenerse en pie cuando los «bárbaros» golpearon a sus puertas.

Entretanto, la lenta pero imparable expansión del cristianismo hizo lo demás y Europa se sumió en la Edad Media. Sin embargo, durante siglos Roma supo comprender esa diversidad inevitable que le ofrecían pueblos y regiones disímiles. Su religión, mitos, artes, ciencias y técnicas absorbieron los más distintos aportes, que procesó y, muchas veces, aceptó con tolerancia. Así, sus dioses iniciales, deidades lógicamente agrarias, debieron compartir los espacios sagrados con otros.

Pronto Roma, en su momento de hegemonía primera, vio en la mitología y la religión griegas una fuente de la que servirse, y los dioses que habían sido del Peloponeso pasaron a serlo de Roma, con otros nombres. La misma fundación de la ciudad fue reelaborada como mito con el apoyo de las leyendas griegas. Se sumaron a eso, con los siglos, dioses y mitos egipcios y luego asiáticos.

Sólo el cristianismo resultó a los romanos una fe que no quisieron aceptar y combatieron con crueldad, hasta que debieron caer rendidos ante la evidencia de su arraigo en la mayoría de sus dominios. Fue con Constantino, en la etapa final del Imperio.

También las artes y las técnicas, así como el derecho y las ciencias, adquirieron un desarrollo nutrido en vertientes plurales, que las principales ciudades romanas lograron congeniar. El teatro griego inspiró una dramaturgia propia. Pero los ingenieros y arquitectos de Roma idearon el espacio novedoso del anfiteatro y levantaron el más colosal: el Coliseo. La política republicana y democrática también requería su arte, la oratoria; y la legislación dio paso al Derecho Romano. Sin dudas, es mucho lo que Occidente debe a Roma.

Séneca estigmatizaba así los juegos de gladiadores: «Por la mañana se entregan hombres a los leones y a los osos; a mediodía, es al espectador a quien se les entrega. Después de haber matado, hay que medirse con otro, para ser matado a su vez; el vencedor también está reservado a la muerte».

AMPLIACIÓN DEL TEMA

LOS SANGRIENTOS JUEGOS DEL CIRCO

Los ricos y los señores de la ciudad tenían la obligación de proveer de distracciones a la inmensa masa de ciudadanos. Así, los juegos se habían hecbo indispensables para jtodos los subditos del Imperio. El favor popular se apartaba cada vez más del teatro. Sólo las pantomimas vulgares continuaban atrayendo al público.

Por el contrario, el circo era su lugar de reunión favorito; casi todos los días, se veía a la inmensa masa de los ociosos dirigirse hacia el Circo Máximo, con sus doscientas sesenta mil localidades, o hacia el Coliseo, con sus cincuenta mil asientos.

Las carreras de carros, al galope, al trote, eran objeto de apuestas apasionadas. Los jinetes iban revestidos con casacas de los colores de su cuadra. A veces los carros chocaban, y los hombres y los caballos caían, siendo aplastados por los que iban detrás.

Pero los números más esperados eran los combates: entre bestia y bestia, entre bestia y hombre, entre hombre y hombre. Cuando Tito inauguró el Coliseo, los romanos, deslumhrados, vieron en la arena —transformable a voluntad en desierto, en bosque tropical—unos 10.000 animales, algunos desconocidos por ellos: elegantes, tigres, leopardos, hienas, jirafas, linces, etc.

Al fin de la jornada, tras el furioso combate, sólo permanecía viva la mitad de las fieras. Después vino el combate de los gladiadores. Estos eran, en principio, condenados a muerte, pero, en períodos de penuria, los tribunales condenaban a la nena capital a los acusados culpables de faltas leves, pues Roma no debía ser privada de su espectáculo favorito. Había también voluntarios, que frecuentaban las escuelas de gladiadores.

Los combatientes desfilaban en primer lugar ante el palco del emperador, a quien saludaban con el célebre: «Morituri te salu-tant» («los que van a morir te saludan»). Los adversarios eran sorteados, y empezaban las apuestas: uno optaba por el sabino armado con una simple espada, otro por el retiario que no tenía para defenderse más que una red y un tridente, un tercero estimaba que las posiblidades del tracio de sable curvo eran más grandes que la del galo o el mirmillón que se batían con una espada. Cuando un gladiador era tocado, tendía la mano hacia la tribuna donde se encontraba el editor, es decir, el que ofrecía los juegos. Si éste bajaba el pulgar, se remataba al herido, y la masa exultaba. En caso contrario, era evacuado y cuidado.

El gladiador tenía que morir con una sonriente indiferencia. Si resultaba vencedor, podía convertirse en ídolo de las masas, y los poetas le dedicarían sus cantos, los ediles sus calles, y las mujeres sus encantos.

Ni los censores más severos: Juvenal, Tácito, Plinio, encontraron nada que decir en contra de estas matanzas. ¿Acaso no era «vil» la sangre derramada, y los juegos no tenían un valor educativo, pues acostumbraban al espectador al desprecio estoico de la muerte? Sólo Séneca, que no fue más que una vez al circo, volvió espantado. «El hombre—escribió—, lo más sagrado para el hombre, es matado aquí por deporte Y diversión».