Ley Agraria de los Gracos

Trabajo Minero y Agricola en Roma Antigua

HISTORIA DE ROMA ANTIGUA: TRABAJO MINERO Y AGRÍCOLA

Los romanos asimilaron rápidamente los avances técnicos realizados por griegos y egipcios en la minería. Las minas eran explotadas a cielo abierto y en pozos o galerías como se puede comprobar en España, con los distritos mineros de Las Omañas, Las Médulas, Cástulo o La Valduerna.

Una de las técnicas más empleadas era el derrumbe de montañas, procediendo después al lavado de mineral con agua, en ocasiones procedente de 40 kilómetros.

De los diferentes distritos mineros salía el metal puro fundido, por lo que se realizaban in-situ todas las operaciones, lo que conllevaba la participación de un amplio número de trabajadores.

la vida cotidiana en roma antigua

 

mineria roma antigua

No en balde, sabemos que en las minas de Cartagena llegaron a trabajar unas 40.000 personas. Como es lógico pensar, el trabajo en la mina era tremendamente duro. La mayoría de los mineros eran esclavos o trabajadores dependientes e incluso libres que trabajaban por el beneficio obtenido o como una forma de liberación de impuestos.

Las tropas acantonadas en las cercanías de las minas, además de proporcionar seguridad a la explotación, servían para realizar tareas de asesoramiento técnico y construcción de infraestructuras. Este tipo de tareas eran dirigidas por los procuradores imperiales que también tenían a su cargo la administración y la vigilancia de la explotación.

La gestión de las minas dependió del momento. En un principio, el Estado tenía bajo su control la explotación pero desde los primeros años del siglo II a.C. se utilizó un sistema mixto: arrendamiento para todos los metales excepto las minas de oro que dependían directamente del Estado (las de plata en algunas ocasiones también eran de propiedad estatal). Los servicios que rodean a las minas -baños, zapatería, ferretería, etc.- eran ofrecidos por el Estado en régimen de alquiler.

Martires Cristianos en Roma Antigua Todas las Persecuciones Cristianas

Mártires Cristianos en Roma Antigua

El cristianismo resultó atractivo para todas las clases. La promesa de la vida eterna se ofrecía a todos: ricos, pobres, aristócratas, esclavos, hombres y mujeres.

Como Pablo enunció en su Epístola a los colosenses: “Deben revestirse del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto a imagen de su Creador, donde no existen el griego o el judío, el circunciso o el incircunciso, el bárbaro, el escita, el esclavo o el hombre libre, sino que «Cristo es todo y está en todo». 

Aunque no hizo un llamado a la revolución o a la revuelta social, el cristianismo puso énfasis en un sentido de igualdad espiritual para todos los pueblos.

Muchas mujeres se dieron cuenta de que el cristianismo ofrecía nuevas actividades y otras formas de compañía con otras mujeres.

Las mujeres cristianas practicaban la nueva religión en su propia casa y predicaban sus convicciones ante otras personas en sus aldeas. Muchas otras murieron por su fe.

Perpetua fue una mujer aristócrata que se convirtió al cristianismo. Su familia pagana le suplicó que renunciara a su nueva fe, a lo que ella se rehusó.

Las autoridades la apresaron, pero ella eligió morir por su fe y fue una de las que formaban el grupo de cristianos masacrados por las bestias salvajes en la arena de Cartago el 7 de marzo de 203.

cristianos en el coliseo romano

Cristianos en el coliseo romano

Los cristianos fueron perseguidos primeramente por los judíos. El primer mártir cristiano, San Esteban, fue lapidado por los judíos de Jerusalén. San Pablo fue denunciado a las autoridades por los judíos de las poblaciones donde predicó.

El gobierno romano no se ocupaba de las creencias de sus subditos, dejaba que cada cual practicara libremente su religión. Pero había ceremonias religiosas en las que el romano no podía menos de tomar parte.

Debía asistir a las fiestas públicas dadas en honor de los dioses; si comparecía ante el tribunal, debía jurar por los dioses; si era soldado, había de adorar los estandartes, el genio del emperador, el genio del ejército; si magistrado, tenía que asistir al sacrificio con que comenzaba todo acto público y ofrecer él mismo incienso al dios Augusto y la diosa Roma.

Ahora bien, los cristianos consideraban estos juramentos, este culto, estos sacrificios, como actos impíos, prohibidos a los adoradores del verdadero Dios. Se negaban a tomar parte en ellos, y se exponían a ser condenados, no como cristianos, sino por haber desobedecido las leyes.

El pueblo de las ciudades detestaba a quellas gentes que no aparecían en las fiestas, en los espectáculos, en los banquetes, que vivían entre ellos apartados de los demás y parecían despreciar al resto del mundo. Se les tomaba muchas veces por magos y hechiceros.

Los cristianos celebraban entre ellos reuniones secretas. El público, que no era admitido a estas reuniones, imaginaba que en ellas tenían lugar cosas prohibidas, que los asistentes mataban niños para comérselos o para chuparles la sangre.

De esta suerte los cristianos fueron muchas veces perseguidos. Desde el siglo I al IV la Iglesia ha contado diez persecuciones, que puede conocerlas mas abajo.

Las más violentas fueron las últimas.

Trajano fue el primer emperador que adoptó una medida general contra la religión cristiana, prohibiendo, bajo pena de la vida, las asambleas de los cristianos, que consideraba ser sociedades secretas peligrosas.

Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, escribió al emperador que le habían sido presentados cristianos y que había condenado a muerte a los más tenaces.

A los que habían negado ser cristianos los había dejado en libertad, después de haberles hecho ofrecer incienso y vino a la imagen del emperador y haberles obligado a maldecir a Cristo, «cosas todas a las que no se puede decidir, siquiera por la fuerza, a los que no son verdaderamente cristianos».

Otros confesaban haber sido cristianos, pero decían no serlo ya. Plinio preguntaba que era necesario hacer con ellos, y he aquí cómo resumía el resultado de sus averiguaciones acerca de los cristianos:

«Afirmaban que toda su culpa se había reducido a reunirse en días fijos antes de salir, el sol, en adorar a Cristo como Dios, cantando juntos un himno en su honor, en comprometerse, mediante juramento, no a tal o cual crimen, sino a no cometer robo, asesinato, adulterio y a no faltar nunca a la fe jurada; pero después de esto tenían costumbre de separarse, luego de reunirse de nuevo para hacer juntos una comida, pero una comida ordinaria y en absoluto inocente… He juzgado necesario, añadía Plinio, averiguar la verdad, haciendo someter a tormento a dos sirvientas que se llamaban diaconisas. No he descubierto otra cosa que una superstición absurda y exagerada… No solamente son las ciudades las invadidas por el contagio de esta superstición, sino los poblados y los campos».

Trajano respondió: «No hay que andar tras de los cristianos. Si se les denuncia y aparecen convictos, es necesario castigarlos; pero hay que perdonar a todo el que manifieste no ser cristiano y lo pruebe con actos, es decir, haciendo oración a nuestros dioses, sean las que quieran las sospechas habidas acerca de su pasado. En cuanto a las denuncias anónimas…, no hay que tenerlas en cuenta, porque es detestable ejemplo e impropio ya de nuestra época».

Hubo de aquí en adelante, y sin cesar, sobre todo en Oriente, condenados a muerte en virtud del rescripto de Trajano. Los magistrados, por lo común, no iniciaban gustosos la persecución. La población de las grandes ciudades era la que frecuentemente la exigía. Cuando había hambre, epidemia o temblores de tierra, se creía ser señales de la cólera de los dioses, irritados por la impiedad de los cristianos, y entonces se oía el célebre clamor: «¡Los cristianos a los leones! «.

Las Persecuciones y los Mártires de la Fe:

Durante el siglo I las comunidades cristianas se extienden por todo el Imperio romano, y muy especialmente en la capital, Roma, sin que las autoridades se preocupen por ello. Sin embargo Nerón en el año 64, con el fin de apartar de sí la cólera de su pueblo, acusa a los cristianos de haber sido los responsables del incendio de Roma.

La multitud se lanza contra ellos, si bien esta persecución pasará pronto. En el s. II, la nueva  religión, en principio prohibida, goza, de hecho de una tolerancia que era mayor o menor según las distintas provincias del Imperio.

Esta situación cambiaría al final del siglo, a medida que el poderío del Imperio comienza a disminuir y que el pueblo, exasperado por las guerras, el hambre y las epidemias, busca un responsable de este deterioro.

A los cristianos —culpables de haber irritado a los dioses—, se les acusa tanto más cuanto más numerosos son y mejor organizados están, y en la medida en que cada vez practicaban su culto más abiertamente.

Así, en época de Marco Aurelio, conocido, sin embargo, como el emperador-filósofo, se producen numerosos mártires, fruto de estas persecuciones, que continúan esporádicamente hasta la subida al poder de Decio, que reprime rigurosamente las prácticas cristianas.

El temor y el recelo, indujo a los romanos a perseguir a los cristianos, comenzando por la acusación formulada por Nerón en el año 64, por la que los hizo responsables del incendio de gran parte de la ciudad de Roma.

Entre los que murieron martirizados, se cuentan San Pedro, que fue crucificado y San Pablo, decapitado. Este último, en un principio había perseguido a los cristianos, pero luego se convirtió en uno de los más fervorosos apóstoles.

Desde entonces se sucedieron las persecuciones hasta contabilizar una decena, todas ellas caracterizadas por una gran crueldad.

La primera (54-68), ya mencionada, se inició durante el reinado de Nerón y continuó con sus sucesores, Galba, Vitelio, Vespasiano y Tito.
La segunda (89-96), llevada a cabo por Domiciano, que se destacó por la forma de exterminio de todos los cristianos.
La tercera (98-117), que tuvo lugar durante el reinado del español Trajano, que consideraba criminal a la profesión del cristianismo.
La cuarta (164-180) efectuada en tiempo de Marco Aurelio.
La quinta (193-211), ordenada por Septimio Severo.
La sexta (235-238), realizada por Maximiano.
La séptima (249-251), ejecutada por Decio.
La octava (253-260), propiciada por Valeriano.
La novena (275), originada en un nuevo edicto de Aureliano.
Y finalmente, la décima (303-313), en tiempos de la tetrarquía, originada en un decreto de Diocleciano.

Los primeros cristianos dieron pruebas de lealtad al emperador, pero rechazaron ofrecer sacrificios a los dioses para obtener su salvación. Del rechazo de estos sacrificios, que los cristianos consideraban como actos de idolatría, surgieron las persecuciones. No obstante, fueron muchos los que aceptaron realizar dichos sacrificios o bien obtuvieron certificados de que los habían hecho (libelos), y, por lo tanto, renegaron de su fe. Estos últimos recibieron el nombre de libellatici. Posteriormente, pasado el período de las persecuciones, la integración de estos perjuros en la iglesia cristiana originará numerosos cismas.

Los mártires
Tal vez algunos hermanos, que desconocen la lengua griega, ignoran cómo se dice en griego testigos, siendo como es nombre usado y venerado por todos. Porque lo que en latín decimos testes se dice en griego martyres.

¿O en qué boca de cristiano no suena todos los días el nombre de los mártires? y plega a Dios que no sea sólo nuestra boca la que lo pronuncie, sino que more igualmente ese nombre en nuestro corazón.

De modo que imitemos los sufrimientos de los mártires y no los pisemos con nuestros pies. Decir, pues, Juan: Vimos y somos testigos, tanto fue como decir: Vimos y somos mártires. Los mártires, en efecto, sufrieron todo !o que sufrieron por dar testimonio o de lo que ellos por sí mismos vieron o de lo que ellos oyeron, toda vez que su testimonio no era grato a los hombres contra quienes lo daban. Como testigos de Dios sufrieron. Quiso Dios tener por testigos los hombres, a fin de que los hombres tengan también por testigo a Dios.

Epístola de San Martín en Acta de los Mártires


El martirio de Policarpo
La Iglesia de Dios establecida en Esmirna a la Iglesia de Dios establecida en Filomeleón y a todas cuantas establecidas donde quiera, forman parte de la Iglesia santa y católica: que la misericordia, la paz y la caridad de Dios, Padre de Nuestro Seño Jesucristo, nos sean dadas en abundancia.

Os escribimos, hermanos, a propósito de los que han dado testimonio y sobre todo del bienaventurado Policarpo. que con su martirio ha sellado la persecución deteniéndola. Todos los acontecimientos que han precedido su martirio no han sobrevenido sino para permitir al Señor de los Cielos mostrarnos una imagen del martirio según el Evangelio. Policarpo ha aguardado a ser traicionado, como el Señor, para enseñarnos a imitarle, también nosotros, a no considerar cada uno nuestro propio interés, sino ante todo el de los demás. Porque la caridad verdadera y eficaz consiste para cada cual en querer no sólo su salud personal, sino la de todos sus hermanos.

Felices y valientes han sido todos los ejemplos que contamos; han sido según la voluntad de Dios, porque nos hacen atribuir a El, cuyo poder es soberano y universal, nuestro progresos en la piedad. ¿Quién no admirará la intrepidez de esos confesores, su resistencia y su amor a Dios? Estaban destrozados por los látigos hasta el punto de verse la estructura de su carne hasta las venas y las arterias del interior. Sin embargo; se mantenían firmes, aunque los espectadores tenían piedad de ellos y les lloraban. Mas ellos habían llegado a tal grandeza de alma que no se les escapaba un grito ni un gemido. Al verlos, todos comprendieron que en aquella hora de su tortura los mártires de Cristo eran arrebatados de su cuerpo o, mejor, que el mismo Señor les asistía con su presencia.

Por la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos del mundo; en una hora conquistaban la vida eterna. El mismo fuego les refrescaba; el fuego de los verdugos inhumanos; porque tenían ante sí otro fuego que evitar, el fuego eterno que jamás se apagará. Contemplaban con los ojos de su alma los bienes reservados a los que hayan sufrido, bienes tales que el oído no ha escuchado, el ojo no ha visto y el corazón del hombre no ha soñado jamás. El Señor les mostraba estos bienes a ellos, que no eran ya hombres, sino ángeles. Por fin, condenados a las fieras, los confesores tuvieron que sufrir tormentos espantosos. Tendidos sobre los potros, se les infligían toda clase de torturas, a fin de hacerles renegar de su fe por la prolongación de sus suplicios.

Acta de los Mártires

El mayor castigo que los paganos infligían a los mártires era dejar sus cuerpos sin enterrar. Pero antes de esto, les hacían sufrir las torturas más humillantes. En Lyon, abandonaban sus cuerpos a merced de las aves rapaces. En Roma se les arrojaba a las fieras, o se les entregaba a crueles gladiadores. Una joven esclava, Blandina, que fue sacrificada en Lyon, dejó tras de sí una aureola de celebridad por el coraje y la resistencia que demostró ante sus verdugos: tras haber sido flagelada y tener despedazada la espalda, fue expuesta a las fieras, que se la desgarraron todavía más, sin causarle la muerte. Tras haber pasado por una hoguera, fue arrojada como presa a un toro furioso; sin embargo, todavía vivía. Finalmente, para acabar con ella, sus verdugos decidieron degollarla.

La paz religiosa de Constantino
Esta situación va a cambiar en el año 311. El emperador Galeno, gravemente enfermo, se da cuenta de que las persecuciones no han bastado para quebrantar la fe de los cristianos. Prohibirles su culto significaba impedirles dar gracias a su Dios, o sea, convertirlos en ateos, lo que era aún más perjudicial para el Imperio. A partir de ahí, el cristianismo iba a convertirse en una religión autorizada. Poco a poco se extiende la tolerancia hacia los cristianos en el conjunto de los dominios imperiales.

En el año 313, Constantino promulga el edicto de Milán, que supone para la iglesia de los mártires salir definitivamente de sus catacumbas. El mismo emperador fiel a sus propias creencias, adoptó la vez la religión romana y la cristiana y, si accede a bautizarse —hecho que no está totalmente confirmado — no lo hará mas que en el lecho de muerte. Pero, en esas fechas, los cristianos son ya muy numerosos en la corte y, en el 324, el emperador promulga unas leyes que tienen una clara inspiración cristiana.

Origen de Roma La Monarquia Los Reyes Etruscos y Latinos Romanos

ORIGEN DE ROMA Y LA MONARQUÍA

ORIGEN DE ROMA Y LA MONARQUÍAEL MEDIO GEOGRÁFICO: La civilización romana, la más grande y duradera de la antigüedad, se desarrolló en la península itálica, situada al Occidente de Grecia y en el centro del mar Mediterráneo, al que en cierto modo divide en dos cuencas.

Dicha península tiene la forma de una bota y está limitada al norte por los Alpes, un semicírculo de montañas muy altas, cubiertas le nieve, que encierra un valle de naturaleza muy fértil, regado por el río Po, que desemboca en el mar Adriático.

En forma longitudinal se extienden los montes Apeninos, que descienden hacia los mares laterales, el Adriático y el Tirreno, dando lugar, en la margen occidental, a la existencia de múltiples llanuras, algunas muy feraces, como las surcadas por los ríos Amo y Tíber.

Próximas al continente, se encuentran tres grandes islas: Córcega, Cerdeña y Sicilia, esta última apenas separada de la península por el estrecho de Mesina y escasamente distante del continente africano. El clima es benigno, sobre todo en el Sur, con un sol brillante y permanente, lo que favorece el establecimiento del hombre y el cultivo del suelo.

LOS PUEBLOS QUE LO HABITARON

Los primitivos habitantes de este privilegiado territorio, fueron los ligures, que hacia el año 1500 a.C. se establecieron en el Norte, en la región que hoy se conoce precisamente como la Liguria.

Luego aparecieron los italiotas, procedentes del centro de Europa —indoeuropeos, como los pueblos que invadieron Grecia por la misma época— que se impusieron sobre los ligures y se radicaron en la región central, donde se integraron en numerosas tribus, entre las que podemos mencionar a los sabinos, que fueron los que iniciaron el asentamiento en la Campania; en seguida los siguieron los latinos, que ocuparon el valle del Tíber y su zona adyacente, que se llamaba el Lacio; más tarde arribaron los umbrios, que se quedaron en la llanura del Po; y finalmente, los ilirios, que se localizaron en el Véneto. Otros grupos menores ocuparon distintas posiciones.

Los etruscos: Sin embargo, los habitantes de mayor repercusión en la península itálica, fueron los etruscos, a quienes los griegos llamaron tirrenos, cuyo verdadero origen se desconoce, pero se supone llegados del mar Egeo, hacia el año 1000 a.C., como consecuencia de la gran expansión griega que los empujó hacia el Oeste y los obligó a establecerse en las ostas itálicas, en la región de la Toscana, entre los ríos Amo y Tíber.

Los etruscos fundaron varias ciudades independientes entre sí, aunque unidas federativamente, y rápidamente se extendieron desde los Alpes hasta la Campania, alcanzando elevados niveles culturales, en cuyas expresiones se advierte la combinación de elementos de origen griego y cretense.

Las ciudades tenían un rey, que concentraba la suma del poder. Los descendientes de los invasores constituían la nobleza, en tanto que el resto de la población vivía en servidumbre. La principal actividad económica fue la agricultura, que prosperaba en las tierras fértiles, debido a las importantes obras de desecación de los pantanos que llevaron a cabo.

Su religión, como la de los pueblos orientales —salvo los hebreos—, fue politeísta, aunque reconocían una trinidad común, integrada por Júpiter, Juno y Minerva. Los muertos eran objeto de un culto especial, a la manera de los egipcios. Además ofrecían a los dioses sacrificios de animales y, en ocasiones, de seres humanos, como resultado de combates singulares.

Creían también en los presagios, que se hacían sobre la observación del vuelo de las aves o del análisis de las entrañas de los animales sacrificados; y efectuaban plegarias de impetración a los dioses. Los arúspices estaban encargados de interpretar las recopilaciones en las que estaban contenidas las normas para la organización de la comunidad y las relaciones entre sus miembros.

Las manifestaciones artísticas también tuvieron reminiscencias de los griegos y orientales, pero con el aporte de nuevos elementos de gran originalidad. En arquitectura se destacaron por la construcción de puentes, acueductos y cloacas, cuya excelencia los hace valederos hasta la actualidad. También fue muy importante la construcción de carreteras y la erección de murallas hechas de piedras, sin cemento. En estas construcciones aplicaron el arco y la bóveda, que luego tanto difundieron los romanos.

Los Esposos-Arte Etrusco

La civilización etrusca floreció hasta el año 600 a.C. aproximadamente, en que al chocar con los italiotas y con los griegos, terminó por desaparecer. La decadencia comenzó con la derrota en la batalla naval de Cumas, en el año 520 a.C., librada contra la flota griega en un intento de apoderarse de las colonias próximas a Nápoles.

Aprovechando esta circunstancia, en el año 509 a.C. se sublevaron los latinos y lograron que los etruscos se retiraran de la margen opuesta del Tíber, abandonando la región del Lacio.

Para esa época penetraron los galos por el Norte de Italia, obligando a los etruscos a desalojar la rica zona del Po, que desde entonces se conoció como la Galia Cisalpina (de este lado de los Alpes). De esta manera, los etruscos quedaron reducidos a sus primitivas posesiones en la Toscana, hasta ser dominados por los romanos. (ampliar sobre los etruscos)

Mural de una tumba etrusca. Al igual que los egipcios, los etruscos llenaban sus tumbas con muebles, tazones y otros objetos de la vida cotidiana, así como murales que muestran diversiones experimentadas en vida y esperando la muerte en la vida después de morir. En este mural encontrado en una tumba etrusca en Tarquinia se observa a los sirvientes y músicos en un banquete. Este mural data de la primera mitad del siglo V a. de C.

LA MONARQUÍA: Como vimos, los latinos, se establecieron en el valle del Tíber y su comarca circundante, que se llamaba el Lacio, llanura escasamente fértil que se recostaba sobre el mar Etrusco, que más tarde se denominó mar Tirreno. La región no era muy favorable, por sus terrenos bajos y pantanosos, y estaba cercada al Norte por los etruscos y al Sur por los griegos. Esta circunstancia hizo que sus habitantes buscaran la forma de poder defenderse mejor de sus vecinos.

En el año 753 a.C., un grupo de familias procedentes de Alba Longa resolvió establecerse en el monte Palatino, donde fundaron una aldea, llamada en un principio Germal, y más tarde conocida como Palatina.

Con la llegada de otras familias, fueron ocupando los montes vecinos, hasta completar siete poblaciones, las cuales se unieron federativa-mente, a la manera de los etruscos, constituyendo el Septimontium o Liga de los Siete Montes, que conservó una relación muy estrecha con Alba Longa, que era la ciudad de origen de sus miembros.

Sin embargo, poco después aparecieron los etruscos, quienes conquistaron toda la región del Lacio y sometieron a Alba Longa y a todas las ciudades de la Liga, que se unificaron en una sola ciudad a la que llamaron Roma, nombre que deriva de la palabra etrusca rumón, que significa río.

La leyenda: Según la leyenda, narrada por el famoso escritor Virgilio en su obra La Eneida, el príncipe troyano Eneas, después de la toma de su ciudad por los griegos, huyó hacia Italia en busca de refugio, y llegó hasta el Lacio, donde se estableció y fundó la ciudad de Lavinio.

Ascanio, hijo de Eneas, que había acompañado a su padre, lo sucedió como rey de Lavinio y, a su vez, erigió otra ciudad a la que llamó Alba Longa.

Mucho tiempo después, Numitor, descendiente de Ascanio, fue derrocado por su hermano Amulio, quien ordenó que R5mulo y Remo, hijos de Rea Silvia, hija, a su vez de Numitor, fueran abandonados en las márgenes del Tíber para que murieran de hambre. Sin embargo, los niños fueron alimentados por una loba, hasta que un pastor los encontró y los crio en su casa. Cuando Rómulo y Remo crecieron, fueron reconocidos por su abuelo Numitor, y al enterarse de su origen noble, derrocaron a Amulio y restablecieron a Numitor en el trono de Alba Longa

Fue entonces cuando Rómulo y Remo decidieron fundar una nueva ciudad en el monte Palatino, a escasa distancia del mar, de manera tal que pudiera recibir por el Tíber las mercaderías necesarias y a la vez estuviera suficientemente alejada para resguardarse del ataque de los piratas.

Ambos hermanos trazaron los límites de la ciudad a la que llamaron Roma— y abrieron un foso que la rodeaba. Rómulo dio aviso que castigaría severamente a quien se atreviera a cruzarlo, y como Remo lo hizo, le dio muerte sin piedad.

Además, como la ciudad se fue poblando de pastores, sin el aporte necesario de mujeres para fundar familias, Rómulo organizó una fiesta e invitó a sus vecinos, los sabinos, que confiadamente fueron, acompañados de sus mujeres y sus hijas. Durante el transcurso de la misma, a una señal convenida, los romanos raptaron a las mujeres, lo que dió origen a una guerra con los sabinos, que terminó por mediación de las mismas mujeres raptadas, las que habiéndose convertido en esposas de los romanos, se interpusieron entre los combatientes y los reconciliaron.

Posteriormente, en el año 715 a.C., el fundador de Roma desapareció en forma misteriosa. En cierta ocasión en que pasaba revista a sus tropas, se produjo una terrible tempestad, pasada la cual nadie volvió a verlo, lo cual dio lugar a que se tejieran muchas conjeturas, entra ellas la de su asesinato y, finalmente, a que se lo adorara como a un dios.

A Rómulo le sucedió Numa Pompilio, un jefe de origen sabino, que era famoso por su sabiduría. Durante su reinado se dictaron las primeras leyes que rigieron a los romanos. Además dió forma definitiva a su religión.

A Numa Pompilio le siguió Tulio Hostilio, de inspiración guerrera, quien atacó a los albanos y los venció por completo después de una larga contienda, con lo que Alba Longa quedó subordinada a los romanos.

La guerra se definió por el enfrentamiento de tres hermanos, los Horacios, que combatieron por los romanos, con los tres Curiacios, que lo hicieron por los albanos. En el primer choque murieron dos Horacios y fueron heridos los tres Curiacios. Entonces el último Horacio fingió huir y ultimó por separado a los Curiacios, que estando heridos no pudieron perseguirlo a la misma velocidad.

Luego ocupó el trono Anco Marcio, también de origen sabino, que ordenó la construcción del puerto de Ostia.

Después fue encumbrado Tarquino el Antiguo, nacido en Tarquinia, ciudad de Etruria, que introdujo en Roma las costumbres etruscas. Tuvo especial preocupación por el embellecimiento de Roma y ordenó la construcción de un templo consagrado a Júpiter, que se llamó el Capitolio, debido a que cuando se estaba excavando para colocar los cimientos del edificio, se encontró una cabeza (capitis en latín), lo que según los augures, indicaba que Roma’ llegaría a ser la capital o cabeza del mundo. Durante su reinado también se construyeron el Circo, el Foro y la Cloaca Máxima.

A Tarquino el Antiguo le sucedió su yerno, Servio Tulio, que era hijo de una esclava y había sido criado en el palacio de Tarquino. Este rey incorporó los distritos etruscos a la alianza romana y dividió a la sociedad en clases, según su fortuna. Además rodeó a la ciudad de una fortificación y creó registros para los ciudadanos. Debido a este hecho, que perjudicaba a las antiguas familias, pereció víctima de una conspiración.

Le siguió Tarquino el Soberbio quien desvirtuó la obra realizada por su antecesor y pretendió gobernar con poderes absolutos. Con el propósito de conquistar a las colonias griegas del Sur, organizó una campaña que, como vimos, le resultó adversa. No obstante, según la leyenda, su caída se produjo por una tropelía cometida por su hijo Sexto quien, abusando de la hospitalidad de su pariente Tarquino Cola tino, violó a su esposa Lucrecia, quien se mató de desesperación. Su esposo ultrajado, que se encontraba en campaña, y Lucio Junio Bruto, sublevaron al pueblo y derrocaron a Tarquino el Soberbio, quedando abolida la monarquía (510 a.C.). El rey fue reemplazado por los cónsules y comenzó la República.

Los Hermanos Gracos Ley Agraria Tiberio Graco Cayo Reformas Luchas

Las Reformas Agrarias de los Heramnos Gracos Tiberio y Cayo

Antecedentes: En el curso de sus conquistas (luego de la conquista de Cartago y del control del Mediterráneo), Roma se enfrentó con una serie de problemas que surgían como consecuencia de la incorporación de tantos y tan extensos territorios: los creados por la necesidad del gobierno, administración, explotación y defensa de los mismos.

La inestabilidad del régimen republicano comenzó a ponerse de manifiesto con la espectacular gestión política, en los años 133 y 121 a. de J. C., de los célebres hermanos Tiberio y Cayo Graco, que pagaron con sus vidas el haber intentado solucionar algunos de los agudos problemas que afectaban a la masa del pueblo romano.

La situación se agravó paulatinamente, tanto por el encono de ambos grupos en pugna, como por la aparición y desarrollo del poder militar en las contingencias de la vida pública. Los soldados comenzaron a responder más a los generales que los habían llevado a la victoria, que al mismo Estado.

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El primero que supo canalizar esta nueva fuerza fue Mario, a quien luego imitó Sila, representante del partido senatorial. Sila llegó incluso a realizar amplias reformas constitucionales, destinadas a asegurar nuevamente a la aristocracia el control de la República, aunque estas reformas se vieron desvirtuadas después por la inconducta de sus mismos partidarios.

Ante esta crítica situación, dos ciudadanos, Tiberio y Cayo Graco nietos de Escipión el Africano, que habían sido educados con esmero por su madre Cornelia, encabezaron el partido popular, que aspiraba a diversas reivindicaciones.

El hijo mayor, Tiberio Sempronio Graco, que fue nombrado tribuno del pueblo en el año 132 a.C., propuso repartir entre los pobres las tierras públicas o fiscales, ganadas con las conquistas, que hasta entonces eran ocupadas por los más pudientes y constituían verdaderos latifundios (grandes extensiones improductivas).

Tiberio Graco (163-133 a. de C.) era un miembro de los nobiles que gobernaban Roma. Aunque preocupado por el problema inmediato de la escasez de reclutas militares, Tiberio creía que la causa profunda de los problemas de Roma era la disminución de los pequeños campesinos. Tiberio no era un revolucionario, y sus propósitos de reformas, esbozadas con la ayuda de varios senadores promientes, eran en esencia conservadores; se estaba remontando a lo que contituyó el fundamento de la grandeza de Roma.

Tiberio Graco fue elegido uno de los tribunos de la plebe en el 133 a. de C. Sin consultar al senado, en el que sabía que sus rivales se opondrían a su propósito, Tiberio llevó su legislación directamente al consejo de la plebe, el cual aprobó su proyecto de reforma agraria. Éste autorizaba al gobierno reclamar la tierra pública en manos de grandes terratenientes y a distribuirla a los romanos carentes de ésta. Muchos senadores, ellos mismos grandes terratenientes cuyos estados incluían grandes extensiones de tierra, estaban furiosos, y un grupo de senadores tomó la ley en sus manos y asesinó a Tiberio.

Para evitar que este proyecto se convirtiera en ley, los patricios sobornaron al joven tribuno Octavio, que opuso su veto. Indignado, Tiberio destituyó a Octavio, con lo cual desconoció la inviolabilidad de los tribunos. Por ello, no fue respetado y cayó asesinado, en el año 133 a.C.

Su hermano —Cayo (153-121 a. de C.)— continuó los esfuerzos de Tiberio Graco, al resultar electo como tribuno por dos años, el 123 y el 122. Cayo amplió su programa de reformas para atraer más gente, desilusionada con el entonces existente liderazgo del senado. Cayo, también, promovió la rápida distribución de la tierra a los campesinos desplazados.

Con objeto de ganar el apoyo de los equites, a los senadores de las cortes de justicia donde sometían a juicio a los gobernadores provinciales acusados de extorsión, los remplazó con miembros de la orden ecuestre; además, ofreció a los ecuestres la nueva provincia de Asia como recaudadores de impuestos.

Cayo Sempronio Graco continuó la obra comenzada por Tiberio y obtuvo la sanción de las leyes denominadas sempronias, en virtud de las cuales se establecieron numerosas colonias agrícolas en las que se repartieron tierras entre los plebeyos. Además, logró que se distribuyera gratuitamente trigo al pueblo y dio comienzo a la realización de grandes obras públicas para solucionar el problema de los desocupados.

Así que Cayo proporcionó a los equites dos instrumentos de poder público: control sobre las cortes de justicia que, a menudo, enjuiciaban a los gobernadores provinciales y la recaudación de impuestos en las provincias. Sus colegas senadores, hostiles a sus reformas y temerosos de su creciente popularidad, se valieron de una innovación constitucional, un «decreto final del senado,» que motivó a los cónsules para hacer todo lo posible para que la desgracias no cayera sobre la república.

Como resultado el reformador y muchos de sus amigos fueron asesinados en 121 a.C. y las reformas conseguidas fueron anuladas. Los intentos de los hermanos Gracos de impulsar medidas mediante el tribunado dieron paso a mas inestabilidad y violencia, que marcaron el comienzo de la decadencia de la republica de gobierno.

PARA SABER MAS...

Según el régimen romano tradicional, el ejército estaba formado por el campesinado rural, de modo que sólo aquellos ciudadanos que poseían una determinada cantidad de tierras tenían el privilegio de servir en el ejército. Este privilegio era una pesada obligación para aquellos que poseían pocas tierras, pues no tenían los medios de adquirir el armamento y disponer de cabalgaduras. De aquí que los campesinos con pocas tierras, para quedar libres del servicio militar, las vendieran a los ricos y se quedaron en ellas como colonos.

Esta situación social, enraizada en una profunda crisis económica, era un campo propicio para cualquier reforma. La primera tentativa fue protagonizada por dos hermanos de la ilustre familia aristocrática de los Gracos.

Tiberio Graco pudo observar en algunos de sus desplazamientos por tierras de la República que eran demasiado abundantes los ciudadanos romanos cuyas condiciones eran similares a las de los esclavos. De ahí nació su idea de «recrear» la tradicional población agraria de la República formada por los hombres del campo.

El problema tenía un claro planteamiento. Sólo hacía falta que la solución lucra consecuente: había que repoblar urgentemente las  tierras de la península con una verdadera población campesina. Para llevar a cabo esta importante reforma se hizo elegir tribuno de la plebe en el año 133 a. de J.C.

Desde la plataforma de este cargo propuso su  famosa ley agraria, que limitaba la ocupación de las tierras conquistadas y anulaba las anteriores ocupaciones irregulares. Cada ciudadano no podía poseer más de quinientos iugera o jornales de tierra (250 ha). Todas las tierras que sobrepasaban estos límites, más las provenientes de las nuevas conquistas, tenían que pasar a engrosar el ager publicus, el cual, a su vez, había de ser repartido entre los ciudadanos sin propiedades en parcelas de 7,5 ha por persona.

Los agraciados estaban obligados a pagar un pequeño y simbólico tribuno anual al estado, en reconocimiento de que las tierras no eran de su propiedad absoluta.

Como es de suponer, los senadores y la mayor parte de la aristocracia se opusieron a la ley, pues les perjudicaba en demasía. ¿Iban a dejarse despojar impunemente de sus propiedades, algunas de ellas bien cultivadas y reformadas con fuertes inversiones económicas? Además, otro tributo de la plebe, Marco Octavio, que como tal tenía derecho a vetar las propuestas de leyes, se opuso a su presentación a la Asamblea. Tiberio, basándose en que la finalidad de los tribunos era defender los intereses del pueblo en sus relaciones con el poder público, acusó a Marco Octavio de ser enemigo del pueblo, pues se oponía a la aprobación de la ley. Así, no tardó en lograr su deposición, con lo que la ley fue aprobada, aun a pesar de la opinión de los senadores.

Para repartir las tierras según las cláusulas de la ley, Tiberio nombró una comisión formada por su hermano Cayo, su suegro y él mismo. Tiberio pretendía también proporcionar a los ciudadanos pobres las herramientas necesarias para laborar las tierras recibidas, y esto con el dinero del estado. Este hecho, contrario a toda tradición, le ganó la enemistad de casi todos los senadores.

A todo esto, el verano del año 133 a. de J.C., en que iban a ser convocadas nuevas elecciones al tribunado, estaba a punto de llegar, sin que la reforma agraria estuviera del todo acabada. No era legal que Tiberio se presentara por segunda vez a las elecciones, pero lo hizo apremiado por la necesidad de acabar su reforma.

La situación política de la República llegó a tal tirantez ante estas elecciones, que para controlarlas y evitar cualquier disturbio callejero se hubo de decretar la suspensión del régimen normal que garantizaba la libertad de los ciudadanos. No obstante esta especie de estado de excepción, se creó un clima de violencia que provocó muchas víctimas en Roma. En una refriega callejera entre los tiberianos y los partidarios del orden senatorial, Tiberio perdió la vida. No consiguió su reelección ni había logrado la reforma tan deseada, pues, aunque después de su muerte siguieron aplicándose las normas votadas para realizar la reforma agraria, la comisión encargada de aplicarlas cuidó en lo sucesivo de no perjudicar los intereses de los grandes propietarios, sin lo cual no era ya posible la reforma.

Conviene puntualizar que si, por un lado, la reforma de Tiberio chocó contra la oposición de los senadores, que se veían progresivamente privados de sus propiedades y que le acusaron de querer proclamarse rey o tirano, por otra parte no obtuvo la necesaria colaboración del pueblo romano, que veía con desagrado el momento de tener que abandonar Roma para ir a explotar las tierras de provincias.

Heredero de la reforma social de Tiberio fue su hermano Cayo Graco, que fue elegido tribuno en 123 a. de J.C. El Senado iba a encontrar en él un temible adversario, pues, al coraje de su hermano, mostraba además un espíritu político mucho más despierto. Pronto comprendió que no se podía luchar contra los enemigos de la ley agraria sin tener bien unidas las fuerzas de la ciudad y hacerlas partidarias de su causa.

Para granjearse la simpatía y la buena acogida de todos los ciudadanos, emprendió una serie de reformas favorables y de promulgaciones de leyes que sólo la muerte pudo detener. La burguesía de la ciudad, propietarios de grandes o pequeñas parcelas, empezó a gozar del privilegio de ser, por su número, mayoría en el tribunado y a percibir los diezmos de las colonias de Asia. La plebe urbana se vio favorecida por una ley fragmentaria según la cual cada ciudadano podía comprar a un precio razonable y establecido por el estado (lo que hoy llamamos precio político) una cantidad mensual de trigo a los graneros públicos.

Propuso, además, para que el mayor número posible pudiera gozar de los beneficios de la ley de Tiberio, que los derechos ciudadanos se extendieran no sólo a todos los latinos que la península, sino a aquellos que estuvieran en las colonias y a los aliados itálicos de Roma.

Este proyecto, tergiversado hábilmente por miembros del Senado, despertó el egoísmo del pueblo, receloso de que sus derechos de romanos fueran extendidos a muchos otros, y la figura de Cayo Graco perdió el favor popular y no logró la reelección al tribunado por tercer año consecutivo, a pesar de que, antes de ser tribuno, había hecho votar la ley que posibilitaba la reelección y garantizaba la continuidad en el poder. Viéndose perdido en una revuelta contra las fuerzas consulares, se hizo dar muerte por un esclavo.

A los intentos de reforma de Tiberio y Cayo siguió un siglo de luchas que no lograron reformar la República romana, sino hacerla desaparecer. Ni la generosidad de los Gracos, ni la reacción dictatorial de Sila, ni los intentos de restauración senatorial de Pompeyo, ni la «monarquía» de César pudieron evitar el advenimiento del Imperio.

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LOS HERMANOS GRACOS:
Según Plutarco en «Vida Paralelas»

hermanos gracos segun plutarco«Tiberio era dulce y reposado, y Cayo, fogoso y vehemente, tanto que para hablar en público el uno permanecía sosegado en el mismo sitio, y el otro fue el primero de los romanos que empezó a dar pasos en la tribuna [. . .] El estilo de Cayo era acalorado y cardado de electos, con tendencia a lo terrible, y el de Tiberio más dulce y más propio para mover a la compasión.

En la dicción, el de éste era puro y trabajado con estudio; el de Cayo, persuasivo y florido. Del mismo modo, en cuanto al orden de vida y a la mesa, Tiberio parco y sencillo, y Cayo, si se le comparaba con los demás, sobrio y austero; pero, mirada la diferencia con el hermano, lujoso y delicado.

(Cayo) se presentó al momento a pedir el tribunado. Haciéndole oposición todos los principales, sin quedar uno; pero de la plebe fueron tantos los que de toda Italia concurrieron a la ciudad para asistir a los comicios, que para muchos faltó hospedaje; no cabiendo el concurso en el campo de Marte, venían voces de electores de los tejados y azoteas, a pesar de lo cual los ricos violentaron al pueblo y frustraron la esperanza de Cayo, hasta el punto de que, habiendo consentido en ser nombrado el primero, no fue sino el cuarto.

Mas, entrado en el ejercicio, al instante fue el primero de todos por su elocuencia, en que nadie le igualaba, y porque lo que había padecido le daba gran ocasión para explicarse con vehemencia, deplorando la pérdida del hermano. De aquí tomaba siempre motivos para manejar a su arbitrio el pueblo, recordando el suceso y haciendo contraposición con la conducta de los antiguos romanos.

La Decadencia de la Republica Romana Historiador Salustio Caida de

La Decadencia de la República Romana

A pesar de que Roma se erigió como la ciudad suprema en e! mundo mediterráneo alrededor del año 133 a. de C., la  estructura interna de la República comenzó a desintegrarse. En los siguientes cien años, la República padeció la violencia de las pandillas, los asesinatos, las guerras civiles y a los inescrupulosos políticos que aprovechaban cualquier oportunidad para cuidar de sus propios intereses.

El historiador romano Salustio (86-35 a. de C.), que vivió muchas de estas crisis, reflexionó sobre las causas de los problemas de Roma. En este fragmento analiza el declive moral que aconteció después de la destrucción de Cartago, en el año 146 a. de C.

Salustio, La guerra contra Catilina
En consecuencia, se cultivaban las buenas costumbres en la casa v en el campo; [en los primeros tiempos de la República] existía la más perfecta armonía y poca, o ninguna, avaricia; la justicia y la honestidad prevalecían entre ellos, no tanto debido a las leyes como a su carácter.

Las disputas, las discordias y las contiendas se reservaban para los enemigos; el ciudadano rivalizaba con el ciudadano sólo por obtener como recompensa el mérito. Eran pródigos en sus ofrendas dedicadas a los dioses, frugales en sus casas, leales con sus amigos. Al practicar estas dos cualidades (arrojo en la guerra y justicia cuando llegaba la paz), velaban por sí mismos por su patria.

Como prueba de estas afirmaciones, presento esta evidencia convincente, en primer lugar: en tiempos de guerra, se castigaba con más frecuencia por atacar al enemigo desobedeciendo las órdenes, que por arriesgarse a abandonar los estandartes, o por huir debido a la presión; y en segundo lugar, en épocas de paz gobernaban mediante la benevolencia, más que mediante el temor; y cuando se les causaba perjuicio, preferían perdonar que tomar venganza.

Pero cuando nuestra nación se hubo engrandecido mediante al trabajo asiduo y la práctica de la justicia, cuando los grandes reyes fueron subyugados en la guerra, y las tribus salvajes y los poderosos pueblos por la fuerza de las armas; cuando Cartago, el rival de la preponderancia de Roma, hubo perecido desde sus raíces hasta sus ramas, y todas las tierras y los mares se abrieron, entonces la Fortuna comenzó a ser cruel y a traer confusión en todos nuestros asuntos.

Aquellos que habían soportado con facilidad penurias y peligros, ansiedades y adversidades, descubrieron que el ocio y la riqueza —deseables en otras circunstancias— resultaron ser una carga y una maldición. Así que, primero la avidez por el poder, y después por el dinero, se acrecentó entre ellos; esas fueron, diría yo, las raíces de todos los males.

Pues la avaricia destruye el honor, la integridad y todas las otras nobles cualidades; fomentando en su lugar la insolencia, la crueldad, el descuido respecto a los dioses, el ponerle precio a cualquier cosa.

La ambición condujo a muchos hombres a ser falsos; a encerrar en su seno un pensamiento y tener listo otro en la lengua; a valorar a los amigos y enemigos, no por sus méritos, sino según el interés egoísta, y mostrar una buena apariencia, en vez de un buen corazón.

En un principio, estos vicios crecieron con lentitud, pues, de vez en cuando eran castigados; por último, cuando la enfermedad se hubo esparcido como una plaga mortífera, cambió: el estado y un gobierno que no cedía a ningún otro en justicia y excelencia se volvió cruel e intolerable.

Las Conquistas de los Plebeyos en Roma Guerra Civiles Cronologia

Las Conquistas de los Plebeyos en Roma Antigua-Guerra Civiles

CONFLICTOS CIVILES EN ROMA ANTIGUA:
PATRICIOS Y PLEBEYOS
CRONOLOGÍA DE LAS CONQUISTA PLEBEYAS

El camino emprendido por la plebe hacia su plena equiparación política y jurídica con el patriciado, conoció dos éxitos esenciales con la codificación del derecho romano y el acceso de los tribunos militares al poder consular.

A mediados del siglo V a. C., la plebe romana proseguía la lucha por la igualdad política y jurídica con el patriciado. Las exigencias plebeyas abogaban por la clarificación del ámbito del derecho y su participación en la política romana, a la vez que mantenían las aspiraciones del reparto de tierras del ager romanus -tierras del estado- y la abolición del nexum para acabar con la esclavitud por deudas.

conquistas de roma antigua

En el año 451 a. de C. la presión de los plebeyos condujo a la creación de una comisión especial formada por diez hombres, que se responsabilizó de la codificación de las leyes romanas y de hacerlas públicas. Al llevar a cabo esto, los plebeyos abrigaban la esperanza de restringir el poder arbitrario de los magistrados patricios, los cuales tenían acceso exclusivo a las leyes. Las Doce tablas representan la primera codificación formal de leyes y costumbres romanas. Las leyes abordan asuntos de procedimientos de litigio, deudas, relaciones familiares, propiedad y otras serias concernientes a las leyes públicas y sagradas. El código estaba grabado en placas de bronce, las cuales a la larga se destruyeron.

CRONOLOGÍA DE LAS CONQUISTAS DE LOS PLEBEYOS

494 a.C. Primera Secesión de los plebeyos, creación de los tribunos de la plebe
471 a.C. Creación de la Asamblea de Plebeyos
451- 450 a.C.  Compilación de las leyes recogidas en la Ley de las Doce Tablas por los decenviros.
449 a.C. Las leyes Horaciae-Valeriae legitiman la provocation ad poulum (capacidad de apelar a los comicios contra las decisiones de un magistrado)
447 a.C. Los cuestores se convierten en administradores de la Hacienda pública.
445 a.C. Aprobación de la lex Canutela, que anulaba la prohibición de los matrimonios mixtos. Primeros tribunos militares con poder consular.
444 a.C. Primeros tribunos militares con poder consular.
443 a.C. Aparición de la figura del censor, que adscribe a los ciudadanos a las centurias en función de su patrimonio. Más tarde también supervisará la moral pública.
367 a.C. La aprobación de las leyes Liciniae Sextiae permite el acceso de los plebeyos al consulado y la aparición de la nobilitas.
366 a. C. La magistratura se hace más compleja; aparecen los pretores y los ediles cumies.
318 a.C. Lex Ovinia: los censores elaboran la lista para la composición del Senado cada 5 años.
304 a. C. El liberto Cneo Flavio da publicidad a las fórmulas del derecho civil (legis actiones).
300 a. C. Aprobación de la lex Valeria sobre la provocatio ad populum y de la lex Ogulnia, que abre los colegios sacerdotales a la plebe.
287 a.C. Aprobación de la lex Hortensia, que otorga fuerza de ley a los plebiscitos. Acaba oficialmente la lucha de clases.

La consecución de la igualdad política y jurídica a principios del siglo III a. C. acabó con el conflicto entre patricios y plebeyos, pero el igualitarismo democrático inicial fue perdiendo fuelle en beneficio de la nueva clase oligárquica, la nobilitas.

En el siglo IV a. C, las guerras de la república acentuaron M la pobreza de la plebe agraria. Mientras tanto, la classis plebeya, a pesar de los logros obtenidos durante el decenvirato, insistía en eliminar las trabas que le impedían su pleno acceso a la magistratura. Con la aprobación de las leyes Liciniae Sextiae, que resumían las reivindicaciones más ansiadas del conjunto de la plebe, la lucha de clases en Roma tomó un giro decisivo.

Estas leyes hicieron posible la plena participación de la élite plebeya en la magistratura y recogían las demandas revolucionarias sobre la cuestión de las deudas y el reparto del ager romanus, las tierras propiedad del estado. Durante diez años, de manera reiterada, habían sido propuestas para su aprobación en el Senado por los tribunos de la plebe Cayo Licinio y Lucio Sextio, de quienes tomaron el nombre.

Las asambleas (comitia) fueron la tercera institución más importante de la república -a través de ellas se encauzaba la participación popular-, aunque los resultados estaban siempre controlados por el Senado o la clase pudiente, debido a los sistemas de contabilización del voto.

Dos fueron heredadas del pasado, las comitia curíala y las comitia centuriata, y otras dos fueron creaciones republicanas, las concilla plebis (que sólo representaban al estamento plebeyo) y las comitia tributa (fruto de la reforma que agrupó por tribus a la ciudadanía, sin distinción de estamento). Las comitia centuriata y tributa eran las más importantes, ya que elegían a los magistrados o declaraban guerras.

La sociedad romana se hizo más compleja cuando se rompió la dicotomía patricios- plebeyos. Junto a la nóbilitas, se afianzaron otras clases. Los grupos mercantiles se reforzaron conforme avanzaban las conquistas hasta terminar formando, en el s. II a. C, el orden ecuestre, de gran influencia económica y política. El campesinado englobaba desde el latifundista hasta el jornalero agrícola. La tranquilidad que aportó la expansión territorial hizo de los campesinos el máximo puntal del orden establecido.

En la plebe urbana hay que destacar al grupo de libertos, que seguían ligados a sus antiguos amos por lazos de clientela. Finalmente, estaban los esclavos. Desde que la lex Poetelia-Papiria suprimió la esclavitud por deudas, eran sobre todo prisioneros de guerra.

Continua: EL IMPERIO ROMANO

Fuente Consultada:
Historia Para 1er. Año de José María Ramallo
Civilizaciones de Occidente Toma A Jackson Spielvogel
Historia Universal Tomo 6 Salvat
Historia Universal Tomo 5 El Imperio Romano Clarín

Biografia de Augusto Cayo Octavio Emperador Romano

Biografía de Augusto Cayo Octavio: Emperador Romano

Augusto Cayo Octavio (63 a.C. – 14 d.C.) es una de las figuras centrales de la Historia. Quizá no haya sido un caudillo excepcional como Alejandro Magno, César o Napoleón, uno de esos «superhombres» completos, dotados de genial intuición militar y de condiciones políticas e intelectuales sin rival.

Pero, en cambio, es el ejemplar genuino del gran gobernante, de espíritu tenaz y lúcido, voluntad a toda prueba y notable sentido de la oportunidad política, capaz de crear una formación estatal duradera.

Indudablemente, si César preparó la plataforma del Imperio romano, la creación de éste se vincula de modo indefectible a la personalidad de Octavio. El fue quien, por una manera sobria y prudente, puso fin a la crisis del siglo I y cimentó la  bases sólidas del dominio de Roma sobre el mundo mediterráneo.

Fue un gobernante enérgico y eficaz, Augusto fue el verdadero fundador del Imperio romano, aunque nunca adoptó el título real, sino que mantuvo la ficción republicana. Durante su mandato, el ámbito mediterráneo vivió una etapa de tranquilidad y prosperidad, la denominada Pax romana, auténtica edad dorada de esta civilización.

cesar augusto emperador

Octavio se hizo coronar por el Senado en Roma en el año 27 a.C. Su reinado se caracterizó por una etapa de paz y prosperidad, ¡deas que él mismo fomentó con una intensa labor de propaganda. Aunque mantuvo la constitución de la República hasta el año 23 a.C, después asumió eí poder militar y legislativo.

Augusto se convirtió en e! dueño total dei poder en Roma y marginó al Senado en ilatoma de decisiones.

Se inauguraba una nueva etapa caracterizada por el poder personal, Octavio Augusto estableció una nueva forma de gobierno que se denomina imperio, combinando elementos de la antigua República con otros nuevos, propios de la monarquía. Con ello transformó para siempre la esencia del Estado romano.

El centro de todo el Estado era el emperador, que presidía el Senado, era jefe supremo del ejército y pontífice máximo, dirigía la política exterior, dictaba las leyes y establecía los tributos, Augusto permitió que el Senado romano siguiera existiendo, pero é! tenía la última palabra y designaba al cónsul, persona con mayor poder en la institución.

VEAMOS SU BIOGRAFIA…

Juventud de Augusto y Triunvirato

Cayo Octavio, nacido el 23 de septiembre de 63 a. C. en Roma, era hijo de un pretor y de África, sobrina de César, quien impulsó los comienzos de la carrera política del joven Octavio. Su vida entera es un modelo de prudencia y de oportunidad.

Su padre se llamaba Cayo y Attia su madre, la cual era hija de Julia, hermana menor de Julio César. Este reconoció en el joven Octavio cualidades tan positivas de inteligencia y valor, pese a su natural delicado y enfermizo, que le hicieron concebir la idea de hallar en él la persona de su futuro sucesor.

A tal efecto, le adoptó como hijo, y poco después le envió a Macedonia para completar su educación militar. Allí sorprendió a Octavio la noticia del asesinato de su padre adoptivo. Regresó a Roma en mayo del 44 para reivindicar la herencia y el nombre del gran caudillo, adoptando desde entonces el nombre de Cayo Julio César Octaviano.

Vuelto a Italia, descubrió que César lo había adoptado y nombrado su principal heredero, y acudió a Roma, donde tuvo que hacer frente a las intrigas de los senadores.

Cicerón trató de utilizarlo y Marco Antonio, sucesor político de aquél, de arrebatarle su herencia.

Octavio adoptó el nombre de Cayo Julio César Octaviano y, maniobrando hábilmente, logró ganarse la confianza del Senado (convencido por Cicerón> y la estima de los soldados de César; obtuvo así su nombramiento como senador y como cónsul (43) y consiguió expulsar a Marco Antonio de Italia.

No obstante, ese mismo año alcanzó un acuerdo con éste, y con Lépido, otro de los antiguos partidarios de César, para formar un segundo triunvirato de dictadores —el primero fue el constituido por Pompeyo, César y Craso—, repartiéndose el poder.

Los triunviros decretaron la divinidad de César, lo que convirtió a Octaviano en hijo de un dios, y se dedicaron a perseguir y eliminar a los enemigos de César, entre ellos Cicerón; Bruto y Casio, los asesinos, fueron derrotados en Filipos (42).

A partir de ese momento, Lépido fue progresivamente alejado del poder y relegado a África, mientras Antonio asentaba su autoridad en Oriente y Octaviano se quedaba con Occidente.

Allí tuvo que hacer frente a la rebelión de Sexto Pompeyo (hijo de Pompeyo el Grande), al tiempo que su rivalidad con Antonio se hacía más patente cada día.

La presión del ejército obligó a ambos a firmar un nuevo pacto en Brindisi (40), y Antonio se casó con Octavia, hermana de su rival, a pesar de que SU relación con la reina Cleopatra de Egipto era ya conocida.

Octavio, por su parte se casó con la viuda Livia Drusilla, lo que le permitió conseguir apoyos en los círculos más selectos de la nobleza romana.

Cayo Octavio Emperador Poco después cambió el equilibrio de fuerzas. Antonio fracasó en su expedición contra los partos, mientras Marco Agripa, almirante de Octaviano, derrotaba definitivamente a la flota de Sexto Pompeyo en el cabo Nauloco (36).

Lépido trató de enfrentarse a su creciente poder, y fue depuesto como triunviro, aunque conservo el cargo sacerdotal de pontífice máximo.

Desde ese momento, Octavio emprendió una cuidadosa campaña de propaganda, presentándose como defensor de las libertades y tradiciones romanas; recibió el cargo de tribuno vitalicio (importante porque le otorgaba influencia sobre la plebe romana) y el título de imperator, que normalmente le concedía a los generales victoriosos.

Además, presentó a Antonio, que acaba por divorciarse de Octavia, como un traidor al espíritu de Roma, llegando incluso a mostrar como prueba su testamento, en el que hacía concesiones territoriales a a (33).

La ruptura era inevitable, y ambos líderes se prepararon para el inminente enfrentamiento.

En el año 31, la flota de Octavio, mandada por Agripa, venla la de Antonio y Cleopatra en la batalla naval de Accio.

Los amantes se suicidaron al año siguiente, cuando las tropas de su enemigo entraron en Egipto.

El vencedor ejecutó también a Cesarión, el hijo de César y Cleopatra, y se adueñó del país. Gracias al tesoro egipcio pudo pagar a su ejército y convertirse en el nuevo amo de todo el mundo grecorromano.

El principado

A partir de ese momento se dedicó a organizar con una paciencia y una habilidad extraordinarias el nuevo régimen. Licenció a la mitad de las legiones, repartiendo al resto en las provincias fronterizas, que mantuvo bajo su control, mientras los territorios pacificados eran cedidos a la autoridad del Senado, institución que quedó reducida a 600 miembros y de la que se hizo nombrar presidente (princeps Senatum).

A pesar de que retuvo el poder efectivo en sus manos, su prudencia y la experiencia de las guerras civiles le hicieron mantener la apariencia de un régimen republicano.

Entre 31 y 23 a. C. basó su autoridad en su designación interrumpida Como cónsul, y en 27 se hizo nombrar gobernador por diez años de Hispania, Galia y Siria, donde se acantonaba la mayor parte del ejército.

Añadió también a su nombre el de «Augusto», dotado de un halo religioso y sobrehumano, que se completó cuando asumió el pontificado máximo tras la muerte de Lépido (12 a. C.).

Se preocupó por establecer el orden en las provincias, e incluso dirigió temporalmente la guerra contra los cántabros (27-19) y contra las tribus alpinas (26-14), al tiempo que convertía Mauritania en un reino aliado.

En 23, su crónica mala salud hizo temer por su vida. Abandonó entonces el mecanismo de los consulados sucesivos, recibiendo el imperium proconsular con carácter vitalicio, al que asoció a su colaborador Agripa.

Éste fue el encargado de dirigir las impresionantes obras públicas y monumentales de Roma, que contribuyeron a su gloria tanto como los elogios de los grandes escritores de la época, Horacio, Tito Livio y Virgilio, ganados para su Causa por su amigo Mecenas, conocido protector de artistas.

EL PROBLEMA AGRARIO: Los gobernantes romanos sabían mucho de la guerra y poco de economía. Augusto no fue una excepción. Como todos los emperadores, exigió mucho a la agricultura y gastó el rédito , en el ejército, los templos y los juegos. Una vez que cesó la expansión del Imperio y dejaron de afluir nuevos botines de las naciones conquistadas, la economía empezó a estancarse. 01 reinado de Augusto se considera así, en cierta manera, como el punto de inflexión del poderío y la prosperidad de Roma. Pero, aunque Augusto entregó tierras a los soldados jubilados en un esfuerzo por reactivar la agricultura, la capital siguió dependiendo del grano traído de Egipto y la propiedad agraria continuó en manos de los latifundistas.

Augusto reguló el matrimonio, la familia y la procreación, a la vez que desalentó el lujo, la práctica de orgías, la prostitución, la homosexualidad y el adulterio. La campaña resultó un fracaso. .
A poco de morir, Augusto fue deificado («consecratio») y dos de sus nombres, César y Augusto, se convirtieron en títulos permanentes de los emperadores de los siguientes 400 años.
PONTIFEX MAXIMUS: Este título se le otorgaba al principal sacerdote. En los inicios de la República sólo tenía influencia religiosa, pero ganó poder político, hasta que Augusto lo asoció a la dignidad imperial.

La búsqueda de un sucesor

El año 23 moría el sobrino de Augusto, Marcelo, casado con su hija Julia y previsto como su sucesor; dos años después Agripa ocupaba su puesto, tanto como esposo de julia como en el terreno político.

Mientras, Augusto aumentaba su prestigio al alcanzar la paz con los partos (20), al tiempo que Agripa completaba el sometimiento de Hispania (19).

Por esa época, Augusto se embarcó en un esfuerzo por restaurar los valores de la antigua sociedad romana en la institución familiar, la moral y la religión.

También trató de asegurar la continuidad de su obra, y dado que no tenía descendencia masculina, adoptó a los hijos de Agripa, Cayo y Lucio, y otorgó importantes cargos a sus hijastros Druso y Tiberio —hijos del primer matrimonio de su mujer Livia—, que quedaron encargados de dirigir al ejército en la anexión de los territorioS al norte de los Alpes.

En esta misma época incrementó el número de sus auxiliares en las tareas administrativas, principalmente procedentes de la clase media de los caballeros, germen del futuro aparato burocrático romano.

Se reorganizó el sistema monetario y aumentó la efectividad del fiscal, lo que se tradujo en una hacienda fuerte y constituyó una favorable influencia en el comercio, alentado también por la paz generalizada y la mejora de las comunicaciones.

El año 12 a. C., el mismo en que Augusto adoptó la máxima dignidad sacerdotal, Agripa murió, obligando al princeps a apoyarse aún más en sus hijastros Druso Y Tiberio, y casando a la fuerza a este último con su hija Julia, nuevamente viuda.

Druso fue enviado a conquistar Germania, donde murió en 9 a. C., mientras su hermano sometía Panonia (actual Hungría). Mecenas falleció al año siguiente, hecho que aumentó la soledad de Augusto.

Investido con el título de «padre de la patria», introdujo a sus nietos Cavo y Lucio en la vida pública lo que provocó el resentimiento Y tiro de Tiberio.

La prematura muerte de ambos jóvenes, sin embargo, hizo que volviera a la actividad política y fuera adoptado por Augusto, al tiempo que él taba a su sobrino Germánico, convirtiéndose en la mano derecha y en sucesor viejo gobernante (4 d. C.).

Tiberio y Germánico fueron enviados a completar la conquista de Germania, pero la rebelión desatada en Panonia e Iliria forzó su retorno -tardarían tres años en sofocarla.

El caudillo germano Hermann aprovechó esta circunstancia para unir a varias tribus y asestar un terrible golpe a la presencia romana en Germania.

Augusto frenó el avance en el territorio y Tiberio y Germánico fueron encargados de asegurar la frontera del Rhin.

En los últimos años de Augusto su actividad administrativa prosiguió, especial-te en Roma, donde organizó una brigada urbana de extinción de incendios, con iones policiales, y convirtió el cargo de prefecto de la ciudad en una magistratura permanente.

También creó una tesorería militar para poder pagar las licencias de veteranos, y en las provincias, se anexionó Judea (6 d. C.) tras la muerte de su antiguo aliado, Herodes el Grande.

En el año 13 se renovaron sus cargos por una década, y Tiberio fue equiparado él en todos los ámbitos. Ese mismo año depositó su testamento y su autobiografía (Res Gestae DIvii Augustíi) en el templo de las vestales. Tras su fallecimiento, un año más tarde, fue divinizado por el Senado.

Una de las bases del poder de Augusto fue el control que ejerció sobre todas las fuerzas militares romanas. Tenía el dinero para pagarles los salarios, y sólo a él respondían. El emperador desplegó 1.500 hombres en Roma, a cuya organización adjudicó el papel de policía.

También distribuyó 10.000 soldados por toda Italia, conformando la guardia pretoriana, nombre que deriva depraetor, o sea, guardia personal. Este cuerpo constituyó la fuerza privada de Augusto y un elemento disuasorio de primer nivel. El grueso del ejército, veintiocho legiones de 6.000 hombres cada una, más fuerzas auxiliares que elevaban el número de soldados a 400.000, fue enviado a las fronteras, donde podían generarse problemas con las tribus bárbaras vecinas.

Esto era una táctica de defensa, pero también una forma de mantener a las tropas ocupadas y a sus generales alejados de Roma, con pocas posibilidades de conspirar. Oficiales y soldados eran itálicos, lo que indicaba y establecía la superioridad de la península sobre las provincias. Además, así se aseguraba que el ejército estuviese compuesto por personas que adherían a la tradición romana.

Muerte de Julio Cesar Asesinato Marco Bruto Porque lo mataron?

Muerte de Julio Cesar: Asesinato Marco Bruto ¿Por qué mataron a Cesar?

Cuando fue evidente que Julio César no tenía intención de  restaurar la República, tal y como lo concebían ellos,
aproximadamente sesenta senadores —muchos de ellos, amigos suyos o enemigos que habían sido perdonados— tramaron una conspiración para asesinar al dictador.

La dirigieron Cayo Casio y Marco Bruto, quienes ingenuamente supusieron que este acto restauraría la República tradicional. Los conspiradores decidieron los Idus de marzo (el 15 de marzo) del año 44 a. de C, como la fecha para el asesinato. César se encontraba en medio de los preparativos de una campaña que emprendería en la parte oriental del imperio. Aunque se le había advertido del complot contra su vida, decidió ignorarlo. El siguiente relato de la muerte de César está tomado de la biografía escrita por el autor griego Plutarco.

Muerte de Julio César en Roma

LA CONJURACIÓN
¿Por que los senadores romanos mataron a César?.El gran general romano, de  vuelta en Roma después de haber sometido La mitad de Europa, había llegado a concentrar en si todos los poderes del gobierno. De hecho se había constituido en soberano absoluto; su ambición era, quizá, la de instaurar en Roma nada menos que una monarquía universal, que gobernase el imperio que él había contribuido a forjar.

Sin embargo, César sabía que para los romanos la palabra «rey» era muy odiosa y no quería hacerse llamar con ese nombre. Muchas veces había demostrado rechazar, con un gesto desdeñoso, la corona de rey.

Pero esto no cambiaba el fondo del asunto. Los jóvenes patricios ya lo habían comprendido: las instituciones democráticas de la República Romana poco a poco se habían venido a menos, carentes de todo poder; todo estaba en manos de César. La democracia prácticamente naufragaba. Buscando detener el curso de los sucesos, los jóvenes senadores conjuraron contra César y decidieron matarlo.

El dictador tenía algunas noticias de que algo se estaba tramando en su contra, pero no les dio mayor importancia. Así se cumplió su destino. Mas su muerte, por cierto, no resolvió la situación política de Roma. En efecto: antes de que pasasen catorce años, Octavio se proclamaría emperador y se arrogaría la suma de todos los poderes. Los tiempos, desdichadamente, habían madurado para una dictadura, y el atentado del 15 de marzo no pudo mudar el curso de la historia.

Plutarco, Vida de César
Empero, el destino es, en todos aspectos, más inevitable que inesperado. Se dijo que se observaron muchos prodigios extraños y apariciones poco tiempo antes de este acontecimiento… Ocurre también que muchos relatan que un augur le expresó [a César] que estuviera preparado para enfrentar un gran peligro en los Idus de marzo. Cuando llegó ese día, César, mientras se dirigía al senado, se topó con este adivino, y le dijo burlándose «Los Idus de marzo ya llegaron», a lo que respondió apaciblemente, «Sí, ya llegaron, pero no se han ido…»

Todas estas cosas quizá hayan sucedido. Pero el lugar que estaba destinado para la escena de su asesinato, donde se iba a reunir el senado ese día, era el mismo donde estaba la estatua de Pompeyo y era uno de los edificios que Pompeyo había construido y dedicado, junto con su teatro, al uso público, mostrando rotundamente que hubo algo de influencia sobrenatural que guió la acción y la ordenó en ese sitio particular.

Se dice que Casio, justo antes del suceso, miró hacia la estatua de Pompeyo y, en silencio, imploró su ayuda… Cuando César entró, el senado se puso de pie mostrándole respeto; y uno de los confederados de Bruto acercó su silla y la colocó detrás de él; otros lo rodearon fingiendo añadir sus solicitudes a las de Tilio Cimber, en nombre de su hermano, quien estaba exiliado; y lo siguieron con sus solicitudes conjuntas hasta que llegó a su lugar.

Cuando se sentó, rechazó satisfacer sus demandas y, al sentirse presionado por ellos, comenzó a reprocharles severamente a causa de sus peticiones, cuando Tilio —agarrando su túnica con ambas manos— lo agarró del cuello, lo cual era la señal para el asalto.

Casca fue el primero en hacer el primer corte en su cuello, el cual no fue grave ni de peligro, seguramente porque provenía de uno que estaba muy perturbado debido a que era el comienzo de una acción brutal; de inmediato, César se volvió y puso la mano sobre la daga y la retuvo. Y ambos gritaron al mismo tiempo; el que recibió el golpe dijo en latín «Ruin Casca, ¿qué significa esto?», y el que lo propinó llamó a su hermano en griego, «¡Hermano, ayúdame!».

Después de la primera arremetida, los que no tenían conocimiento particular del complot, quedaron sorprendidos, y su horror y sorpresa por lo que presenciaron fueron tan grandes que no se atrevieron a huir ni a ir en auxilio de César, asimismo, tuvieron miedo de pronunciar palabra alguna. Pero los que venían preparados para la cuestión, se acercaron a él por todos lados con sus dagas desnudas en las manos.

Por cualquier lado al que se dirigiera recibía golpes y veía sus espadas a la altura de su cara y de sus ojos, y lo cercaron con sus trampas por todos lados, como a una bestia salvaje. Como se había acordado que cada uno de ellos debería infligirle una estocada, y ensuciarse con su sangre, por esa razón, Bruto también le propinó una cuchillada en la ingle.

Algunos dicen que peleó y -resistió en todo momento, moviendo al cuerpo para esquivar los golpes y solicitando ayuda, pero cuando vio la espada de Bruto desenvainada, se cubrió la cara con su manto y se rindió, dejándose caer —quizá por coincidencia o porque sus asesinos lo empujaron en esa dirección— a los pies del pedestal donde estar: la estatua de Pompeyo, la cual se manchó con su sangre.

De modo  que Pompeyo mismo parecía que hubiera presidido, como aconteció, la revancha sobre su adversario, el cual yacía ahí a sus pies, v exhaló su alma a través de la gran cantidad de heridas, pues se dijo que había recibido veintitrés. Y muchos de los conspiradores mismos se hirieron entre sí, al dirigir todas sus estocadas a la misma persona.

Plutarco

Cerca de 1.600 años después de este hecho, el gran poeta inglés Guillermo Shakespeare evocó en una de sus tragedias la figura y muerte de César. Después del asesinato del dictador, Bruto, uno de los criminales, y Antonio, fidelísimo amigo de César, se dirigieron al pueblo romano en sendos discursos para explicar, cada uno a su modo, lo que había sucedido.

Reproducimos las palabras con que Shakespeare ha formulado estos discursos: ellas nos ilustran perfectamente sobre los sentimientos de aquellos grandes personajes, en los trágicos momentos en que debían justificar la propia conducta delante del pueblo.De la reacción del pueblo dependería el destino de la ciudad, y el personal de cada uno de ellos.

BRUTO
«Romanos, pido que se dé fe a la sinceridad de mis palabras… Yo, que he matado a César, declaro que lo he amado mucho. Mas entonces, ¿por qué le he dado muerte? Para todo el que desee inquirir la verdad, yo respondo: no porque amase poco a César, sino porque amaba mucho a Roma. Cuando César fue afortunado, me he congratulado con él; cuando fue valiente lo he exaltado; cuando se convirtió en tirano lo maté.

Eso es justamente: lágrimas por su amor, alegría por su fortuna y por su suerte, honor por su valentía, y… muerte por su ambición. ¿Quién desea ser esclavo? ¿Habríais preferido quizá que César viviera y ser todos vosotros sus esclavos, o acaso mejor no preferís ver muerto a César y ser hombres libres?»

ANTONIO: «¡Amigos, romanos, conciudadanos, escuchadme! El noble Bruto afirma que César fue un ambicioso y por eso le dio muerte. Pero, ¿se puede decir que César haya sido verdaderamente tal? ¿Acaso no llenó con el botín de sus victorias los cofres del tesoro público? ¿No acudió en ayuda de los pobres? ¿No rechazó tres veces la corona que se le ofreció? ¿Y a esto se le puede llamar ambición? He aquí su testamento: escuchad.

Está escrito que a cada ciudadano romano César le deja en herencia 75 dracmas… Además César dispone que sus jardines y sus árboles frutales estén a disposición de todos. Así amaba César. ¿Cuándo jamás el pueblo romano podrá encontrar un jefe más generoso?»