Leyenda de Esopo

El Carnaval de Oruro Leyenda y Origen de la Festividad Bolivia

El Carnaval de Oruro, Bolivia-Origen de la Festividad

Oruro es una ciudad del oeste de Bolivia, capital del departamento homónimo, situada en el Altiplano, a 3.700 m de altitud. Oruro es uno de los principales núcleos urbanos del país andino y su línea de ferrocarriles es la más importante; es también un destacado centro de procesado de la producción minera de la región. En Bolivia se mantienen vivas e invariables las más remotas tradiciones y fiestas conmemorativas. Las procesiones, Navidad, el día de los santos patronos, presentan un encanto especial, con su fusión de elementos religiosos y paganos, con el engalanamiento de las iglesias y el lujo de los trajes típicos populares.

La festividad comienza el sábado anterior al Miércoles de Ceniza con la Entrada, un desfile encabezado por el personaje del arcángel san Miguel, vestido con ropas brillantes. Detrás vienen, bailando, los de los diablos más famosos, con una cohorte de osos y cóndores. El diablo principal, Lucifer, viste el traje más extravagante y va acompañado de Supay, la diosa andina del mal.

Entre las festividades más originales están las diabladas en el Carnaval de Oruro, uno de los más importantes de América. Las diabladas, que ya gozaban de popularidad en la época de la colonia y que son citadas por Pedro Vicente Cañete en la «Guía de la Provincia de Potosí», escrita en el siglo XVIII, conservan hoy todo su aspecto. En 2001 ests festejo fue proclamado Patrimonio oral e inmaterial de la Humanidad.

Oruro es y ha sido siempre una ciudad activa de trabajadores mineros y ferroviarios, y la idiosincracia de este pueblo se debe, en parte, a la gran aventura de la minería. En ella han nacido y se han esfumado fortunas fabulosas; por eso una atmósfera de misterio siempre está rondando a los hombres de esta tierra. Sumergido en ella está el minero, y antes de arrancarle las rocas debe pedirle permiso al custodio de lo que yace bajo el suelo: el diablo.

carnaval de oruro en bolivia

La leyenda señala la aparición de la Virgen María a un ladrón en la mina llamada desde entonces Socavón de la Virgen como el origen de esta festividad. La mayoría de las danzas representan combates entre el Bien y el Mal, con el triunfo eterno del primero, pero otras recuerdan historias de pastores de llamas, el contacto entre las culturas inca y española o las penas de los esclavos de origen africano.

Esta religión del diablo, realmente singular, está hecha de una fe sencilla y resignada, que se alimenta en el dolor de una vida dura y la esperanza de vencer los elementos. Sin pensarlo, el minero es creyente de la religión del demonio, que él practica, sin tampoco saberlo, mediante el bien. Los alimentos y las hojas de coca que arroja en los rincones de las minas son parte de su superstición.

Pero cuando los mineros de Oruro abandonan su labor, suelen ir al templo de la Virgen del Socavón y allí, arrodillados y en cruz, estos «endemoniados» rezan a la milagrosa imagen para contrariar al diablo y mantener, por medio de la oración, su vínculo con el reino de Dios, reino de la superficie solar y libre de la tierra.

De esta sutil cuestión arranca todo el argumento teológico y coreográfico que dio origen a la famosa diablada de Oruro, versión ruda y tosca pero fuerte y hermosa, de un auto sacramental de la Edad Media.

LA DIABLADA: Cuando el carnaval llega a Oruro, el minero aspira a tomar la forma de lo que más teme. Porque representa el motivo de su sufrimiento y perdición, quiere convertirse en diablo. Pero en un diablo hecho con unción religiosa.

El Sábado de Tentación se realiza la tradicional «Entrada de Carnaval», en la que participa, en primer término, «La Diablada», acompañando los cargamentos de plata labrada que llevan en el lomo centenares de bestias ricamente enjaezadas y decenas de camiones. Pandillas de diablos marchan danzando hasta el templo de Nuestra Señora de la Purísima Concepción, patrona de los mineros, y una vez allí tiene lugar la dramatización de la epopeya bíblica, en que intervienen arcángeles y demonios delante de la multitud.

Hablan los siete diablos que representan los siete pecados capitales y la «China-Zupay», esposa del demonio y símbolo de la tentación. Todos confiesan por turno ante el arcángel Miguel sus horribles pecados; éste los condena a volver al infierno y a apartarse de los humanos, pues la Virgen del Socavón les ha ganado la batalla. Los danzarines entran a la capilla, se quitan las máscaras y rezan en quichua, plañideramente, pidiendo a la Virgen clemencia y protección.

EL DIABLO: El disfraz de diablo se distingue por su sobria elegancia viril. La careta es de estuco encolado mediante procedimientos que la hacen muy liviana. La faz es desfigurada: ojos saltones y crueles, nariz de gancho de cuyas fosas asoman salamandras y culebras, encima de la boca dentuda, con colmillos atravesados como pequeños sables blancos; entre los cuernos torcidos y las puntiagudas orejas de lobizón, cabe la greña de crin amarillenta donde un pequeño dragón o araña se agita de un lado a otro, montado en un resorte.

diablo de la festividad de oruro

Uno de los diablos en la festividad de Oruro

El traje suele ser de terciopelo granate bordado con hilos de plata y lentejuelas. Lleva un cinturón sembrado de monedas, guantes mosqueteros y finas botas de media caña con espuelas. En la mano derecha una serpiente.El complemento de la diablada es su música tradicional, épica, fuerte, rotunda: una agreste charanga que logra exacerbar el entusiasmo de los oyentes.

Ver: Populares Leyendas Argentinas

MAPA DE ORURO EN BOLIVIA:

Aquiles y Ulises Heroes de la Guerra de Troya Sitio a Troya Esparta

Aquiles y Ulises Héroes de la Guerra de Troya

INICIO DE LA GUERRA DE TROYA
Esparta ataca a Troya:
El ultraje que el príncipe troyano había inferido al honor de los aqueos reunió en seguida en el palacio de Menelao a todoslos grandes guerreros de Grecia, ávidos de venganza. Decidieron reunir una armada tal que ni siquiera una parecida hubiese surcado alguna vez los mares, y marcharon contra Troya para arrancar a Paris el tesoro mal adquirido. Para ello, los príncipes se convocaron en el puerto de Aulis, ciudad de Beocia, empeñándose en coadyuvar en la empresa con hombres y dinero.

Poco después, la playa de Aulis era un hormiguero de hombres armados; decenas de naves ancladas en la rada aguardaban el viento favorable para partir. Estaban todos: el viejo Néstor; Agamenón, elegido jefe de la expedición; Menelao; el Áyax Telamón, rey de Salamina; Ulises, rey de Ítaca; Aquiles con sus mirmidones. La armada contaba con 120.000 hombres y 1.186 naves.

A solicitud de los dos soberanos ofendidos —ya que Menelao era hermano de Agamenón, rey de Micenas, y el más poderoso de los reyés de Grecia—, se reunieron en una especie de confederación todos los jefes de las ciudades, todos los pueblos del centro, del sur y de las islas, a las órdenes de los más valientes generales, y fue dispuesta la movilización general, preparándose para la guerra.

Se habían hecho presentes, además, el Áyax Oileo, jefe de cuarenta naves procedentes de Lócride; Idomeneo, hijo de Deucalión, llegado de Creta con ochenta naves; el grande e impetuoso Diómedes, de Argos, y, también, Patroclo, amigo de Aquiles. Todos estaban animados por un justificado ardor guerrero contra las gentes de Tróade, y habían decidido vengar la grave ofensa infligida a Menelao y a toda Grecia.

Ulises, el más astuto y pacífico de los reyes aquéos, fingió estar loco para no participar en la guerra, y se puso a arar la ‘playa de Ítaca, sembrando en ella sal. Pero cuando los emisarios de Agamenón, poco convencidos de su gesto de demencia, quisieron poner delante del arado a su hijito Telémaco, desistió de la comedia y se resignó a partir.

Aquiles, el más joven y más valiente de los aqueos, había sido escondido por su madre, la diosa Tetis, entre las mujeres del palacio de Esciros, vestido con indumentos femeninos. Pero Ulises, advirtiendo el subterfugio, se presentó en aquella mansión vestido de mercader ambulante y ofreció a las doncellas joyas y ricos vestidos. Mientras las mujeres examinaban con viva admiración su mercadería, Ulises extrajo de su bolsa, como al descuido, una espada filosa y un brillante yelmo de bronce. En seguida, la más alta de las jóvenes, que hasta entonces había quedado apartada del grupo, asió con fuerza aquellas armas y empezó a manearlas con viril seguridad; Aquiles, así descubierto, no pudo ya dejar de partir para Aulis.

La flota estaba anclada aún, porque los vientos eran desfavorables. El adivino Calcas había declarado que el tiempo sólo cambiaría si la ‘hija de Agamenón, Ifigenia, era sacrificada sobre el ara de Artemis. Un sentimiento de desolación había embargado a los jefes aqueos, ya que ninguno osaba proponer al padre el horrendo sacrificio. Al cabo, el mismo Agamenón impartió la orden; entre las lágrimas e imploraciones de todo el ejército, la desdichada niña fue llevada al altar, frente a las olas; allí Calcas esperaba con el brazo en alto, armado de un cuchillo.

Todos apartaron la mirada para no ver la irreparable acción, pero, en el momento mismo en que iba a ser consumado el sacrificio, fueron sacudidos por un grito de estupor del sacerdote. Ifigenia había desaparecido y, en su lugar, como por obra de magia, había una cierva blanca, el símbolo de Artemis.. El puñal se abatió centelleante y un soplo inmenso recorrió el cielo: las velas de las naves se extendieron con estrépito y se hincharon. ¡Era el viento favorable!.

En la bahía de Aulis sólo se oían gritos de júbilo; desaparecieron las tiendas; los hombres se aglomeraban en los puentes de los barcos, apresurándose para subir a bordo; cortaron amarras y levaron anclas, y, una tras otra, las bellas naves aqueas zarparon hacia alta mar.
Después de algunos días, en una mañana resplandeciente de sol, la alarma corrió por las calles y las plazas de Troya. La gente se volcó sobre las altas murallas de la ciudad y vio el horizonte  cubrirse de velas: una flota poderosa se acercaba.

Se reunieron los jefes, salieron por las puertas los soldados y se dio la orden de combate en la playa, bajo el mando de Héctor, el mayor de los hijos de Príamo. Las naves aqueas, ya muy cerca, enrollaban las velas y parecían vacilar. Una vez más, Calcas había pronunciado un lúgubre vaticinio: el primero que pisara tierra firme sería muerto. Ya los troyanos esgrimían sus armas animándose unos a otros, cuando se vio saltar al agua a un joven guerrero.

En medio del silencio general, Protesilao, rey de una parte de Tesalia, se levantó y corrió hacia la playa, alcanzando tierra firme justamente delante del carruaje de Héctor. La espada del héroe troyano silbó fulmínea, y el joven rey cayó en la arena dorada, regándola con la primera sangre aquea.
Pero ya, con intenso fragor de armas y de gritas, todo el ejército griego se lanzaba contra los defensores, los que, batiéndose en retirada, se refugiaron tras el seguro baluarte de las murallas.

Así se inició el prolongado sitio de Troya. Ya durante un anterior sacrificio a Apolo, de debajo del ara salió una serpiente que subió a un plátano cercano para devorar un nido de nueve pájaros, y luego fue transformada en piedra. El adivino Calcas interpretó el acontecimiento en el sentido de que la guerra de Troya duraría diez años, como en efecto sucedió.

Fuente Consultada: Relatos de la Antigüedad – Lo Se Todo Tomo III – Figuras y Leyendas Mitológicas

Las injerencias de los dioses en las hazañas de los héroes -Hércules, Aquilea, Eneas, Perseo, etc.- inspiraron numerosas narraciones,
cuyo conjunto forma la mitología. Los mitos son muy variados y ejemplifican la maldad, las calamidades, el castigo, el heroísmo, la fortuna, etc.

ALGUNOS DE LOS MITOS MÁS CELEBRES

Atlas Rey de Mauritania, sostuvo eL mundo sobre sus hombros. Sus siete hijas formaron la constelación de las Pléyades. Perseo lo transformó en montaña por rehusar su hospitalidadMedusa Una de las tres gorgonas que vivían en Libia, la única mortal. Mito maligno, con serpientes por cabellos y una mirada petrificante, fue decapitada por el héroe Perseo.Sísifo Mito del castigo por excelencia, fue condenado a subir una gran roca a la cima de una montaña. Exhausto cerca del final, la roca caía y todo volvía a empezar, en una eterna repetición.Pandora Primera mujer sobre la Tierra, desobedeció a su marido y abrió la caja de la que salieron los males de la humanidad. La cerró a tiempo para que no escapase la Esperanza.Perseo Héroe legendario, hijo de Zeus y Dánae. Cortó la cabeza a Medusa y petrificó a Polidectes, pretendiente de su madre. Liberó a Andrómeda, se casaron y fundó Micenas.

Rapto de Helena Causa Guerra de Troya Paris se escapa con Helena

Rapto de Helena, La Causa Guerra de Troya

EL RAPTO DE HELENA: Reinaba en Esparta, pequeña ciudad de Grecia, el joven príncipe Menelao, hijo de Atreo y hermano del poderoso rey de Micenas, Agamenón. Su morada real era pequeña, casi rústica, pero él vivía feliz en medio de su pueblo, al que amaba, teniendo a su lado a la mujer que había conquistado venciendo a mil rivales.

Éstos, los más poderosos y gallardos entre los príncipes aqueos, llegaron de todas partes para disputarse la mano de Helena, hija de Leda, la mujer más bella del mundo. Hacía dos años que Menelao había desposado a Helena, y tenían una linda niña que se llamaba Hermíone.

Un día quebró la quietud de la pequeña ciudad la llegada de algunos extranjeros. Éstos entraron por la puerta principal y bajaron de sus caballos en la plaza, frente a la morada real, en medio de un grupo de curiosos que miraban maravillados sus extrañas vestimentas, sus monturas cubiertas de polvo y sus rostros bronceados, de tipo oriental.

Entre los recién llegados se destacaba un joven de singular belleza que, por la riqueza de su vestimenta y la dignidad de su porte, parecía ser el jefe. Éste entró con un compañero en la mansión del rey Menelao y solicitó asilo para si y los suyos. “Yo soy —dijo—— el príncipe Paris, hijo de Príamo, rey de Troya. Viajo para anular un presagio de Apolo de Delfos, y quisiera detenerme aquí durante algunos días para que descansen mis hombres y mis caballos.”

Menelao acogió de buen grado al huésped; hizo preparar el baño y los ungüentos perfumados, y un convite digno del extranjero. Durante el banquete, Paris resplandecía de juventud en las suntuosas vestimentas asiáticas. Se abrieron las puertas del salón, y apareció la dueña de casa acompañada de sus doncellas.

Con sólo verla, el huésped comprendió que su viaje no había sido inútil. Helena le pareció más hermosa aún que la diosa aparecida en aquella lejana mañana, entre las encinas del monte Ida. Por desgracia, el pastor había suscitado el mismo sentimiento en el corazón de Helena, a quien Afrodita, invisible, susurraba palabras persuasivas.

Esa misma noche, mientras la mansión real se hallaba sumida en el silencio, los extranjeros ensillaron los caballos y salieron sin ruido de la ciudad, llevando consigo la presa codiciada.

Para mayor vergüenza Paris robó. Además de Helena, todo lo más precioso de la casa de su anfitrión. Pocas horas después, un veloz navío cretense, impelido por fuerte brisa, se deslizaba sobre. el mar Egeo, transportando a las costas de Tróade su cargamento, triste presagio y fruto de traición.

Así empezó la famosa historia de la Guerra de Troya.

Fuente Consultada: Relatos de la Antigüedad – Lo Se Todo Tomo III – Figuras y Leyendas Mitológicas.

Odisea de Ulises en su Regreso de la Guerra de Troya Lotofagos

Odisea de Ulises en su Regreso de la Guerra de Troya

La Guerra de Troya ha terminado. Las ruinas de Troya humean sobre la alta colina situada frente al mar. Alguna lengua de fuego se desprende aún de las ennegrecidas piedras, de las torres desmanteladas, de la imponente fortaleza que los aqueos han tomado por asalto; los cadáveres de los guerreros se amontonan en las estrechas callejuelas donde fue vencida la resistencia desesperada de los últimos defensores, bajo la funesta luz de los incendios.

Odisea de Ulises en su Regreso de la Guerra de TroyaLos navíos de Itaca son los primeros en zarpar, comandados por Ulises, el fuerte y astuto héroe al que los aqueos deben la victoria.

Las adornadas proas suavemente mecidas por las olas enfilan hacia el lejano horizonte, más allá del cual se encuentra la isla de Itaca, la pequeña y árida tierra en la que, con profunda nostalgia, han pensado los guerreros durante diez años; con ella han soñado durante las veladas nocturnas, en el campamento, en el silencio de las emboscadas y en el clamar de las batallas.

Pero los dioses, dueños supremos de los destinos humanos, se, oponen a sus deseos y la suerte se cierne ya como una oscura nube de tormenta sobre el porvenir de los navegantes.

Luego de largos días de travesía sobre un mar de aceite y bajo un cielo sin nubes, los viajeros avistan tierra: es el país de los cícones, según advierten al atracar. Los cícones habían sido, los aliados de los troyanos y, por consiguiente, enemigos de los griegos; el grupo de los aqueos, a las órdenes de Ulises, se arroja sobre la ciudad más próxima y, luego de incendiarla, se ensaña contra sus habitantes, después de un despiadado saqueo.

Ulises trata de reunir a sus compañeros y de reintegrarlos a los navíos, pero no es fácil devolver la razón a hombres embriagados por el vino y la matanza.

Así, mientras los aqueos festejan la victoria sobre la playa, acuden a ellos nuevas tropas de cícones, bien adiestrados y conocedores de la estrategia que emplean los invasores, y el combate se reanuda. Esta vez son los compañeros de Ulises quienes deben ceder, ante el aplastante número y el ímpetu de sus enemigos. Los aqueos se refugian en sus embarcaciones y se hacen a la mar, pero muchos de ellos han quedado sobre las playas, atravesados por las lanzas de los cícones.

Sin embargo, nuevos peligros acechan, a los desdichados compañeros del hijos de Laertes. Los navíos están ya a punto de doblar el cabo Malia, y los viajeros creen avistar su patria, cuando una repentina tempestad desgarra las velas y sacude las naves. Estas frágiles cáscaras de nuez son arrastradas por un viento infernal en medio de olas gigantescas que barren los puentes y derriban los mástiles.

Luego de diez días de tempestad, los marinos, enceguecidos por las violentas ráfagas de agua y viento, aferrados a los húmedos cordajes, descubren una tierra baja y verdeante. Muy pronto han atracado los navíos, y ya los hombres, agotados, descienden a tierra. El país está habitado por pacíficos seres que se alimentan con flores de loto.

Desgraciadamente, Ulises comprueba que todos aquellos de sus compañeros que han probado esas extrañas flores, no siente ya el deseo de regresar a su patria. Sólo él se abstuvo con prudencia y comprendió el peligro. Venciendo la resistencia de sus hombres, privados de memoria, les obliga a embarcarse y, luego de encadenarlos a sus bancos de remeros,  suelta las amarras . . . Y he aquí que una tierra desconocida aparece en el horizonte como una azulada nube: es Italia, esa dulce región, enriquecida con todos los dones que la naturaleza puede brindar a los hombres.

Los aqueos errantes no desembarcaron, sin embargo, en estas costas, sino en un islote vecino, poblado únicamente por cabras salvajes. Era noche. Mientras saciados aguardan el sueño tendidos sobre la playa, oyen extrañas y misteriosas voces, que les llegan desde lejos.

Ulises, arrastrado por su sed de aventuras, más fuerte en él que todo otro sentimiento, decide atravesar el canal al día siguiente y realizar algunas exploraciones; sólo lleva  con él, como presente propiciatorio, una bota de excelente vino; esconde el navío entre las rocas y con doce de sus compañeros se interna en las nuevas tierras.

De pronto descubre una caverna que parece habitada. Franquea la entrada y contempla admirado los cestos de junco, repletos de quesos, y los rediles, llenos de cabritos y corderos. Había también gran número de vasijas cargadas de leche cuajada, y otras preparadas para recibir la leche recién ordeñada. ¿Sería, pues, un pastor el habitante de este apacible rincón de la tierra? El enigma quedaría resuelto al caer la noche.

Ulises y sus hombres, después de una espera paciente,  ven llegar a un hombre grande como un roble, de cuya garganta sale una voz atronadora y que tiene un solo ojo en la mitad de la frente. Pertenece a la raza divina de los cíclopes, y es hijo de Poseidón; los compañeros de Ulises, aterrados por la presencia del monstruo, se aprietan unos contra otros.

Ulises conserva la calma y osa dirigirse al monstruo para recordarle el carácter sagrado de la hospitalidad. Por toda respuesta el cíclope lanza una feroz carcajada que hace temblar el recinto; con sus descomunales manos toma por los pies a los desdichados acompañantes de Ulises y los arroja contra las rocas. Polifemo, que así se llama el horrible monstruo, devora, ante los ojos desorbitados de los sobrevivientes, dos de los cadáveres. Luego cae pesadamente sobre su lecho de cañas, vencido por el sueño.

LA ODISEA Concluida la guerra de Troya, Odiseo, héroe del bando aqueo, emprende el viaje de vuelta a su reino, en la isla de Ithaca. Víctima de la ira de Poseidón, afrontará numerosos peligros y tardará una década en reunirse con su esposa Penélope, o sea, tanto como duró la contienda en Troya. Es la otra cara del heroísmo guerrero.

LA VENGANZA DE ODISEO: Con la ayuda de su hijo Telémaco, Penélope ha resistido el acoso de sus pretendientes. Odiseo les dará muerte al regresar, por traicionar su confianza.
 
 
 
VORACIDAD DE POLIFEMO:
Odiseo y su gente son arrojados a una isla donde el cíclope Polifemo empieza a devorarlos. Tras dejarlo ciego, escapan ocultos bajo sus ovejas.
 
 
 
LOS EMBRUJOS DE CIRCE: La bruja de la isla de Ea convierte a los hombres de Odiseo en cerdos. Con un antídoto del dios Mermes, el héroe devuelve la forma humana a sus compañeros.

Después de una angustiosa noche, el sangriento festín se repite. Polifemo, luego de hacer salir sus rebaños, cierra la caverna con un enorme bloque de piedra. El único que. como siempre, conserva su serenidad es Ulises, quien ha comenzado ya a meditar la venganza este descubre, en un rincón, una gruesa rama de olivo y, luego de despojarla de sus hojas, la afila; después espera el retorno del cíclope, preparando un audaz plan de ataque y evasión.

Llegada la noche, luego de haber visto a Polifemo devorar otros dos cadáveres, el héroe avanza sonriente hacia él para ofrecerle. su vino; tres o cuatro vasos bastan para embriagar al cíclope, quien con meliflua voz pregunta a Ulises su nombre; será, según le promete, el último en ser devorado.

Ulises dice llamarse “Nadie” y agradece vivamente al monstruo el favor que se le dispensa. Más tarde, mientras el coloso debilitado por el alcohol yace inerte en su lecho, los aqueos exponen al fuego la punta del tronco de olivo, y la clavan en su único ojo, quemándolo horriblemente. Los aullidos del monstruo atraen a los otros cíclopes. estos preguntan a Polifemo quién lo ha dañado, y cuando éste responde “Nadie”, piensan que es Zeus quien ha querido castigar a su compañero. Ulises y los suyos consiguen evadirse de la caverna asiéndose al vientre de los corderos en el momento en que el cíclope los suelta para pastar.

A partir de ese momento y ya seguro en su embarcación, el hijo de Laertes se mofa a gritos del cíclope, quien, en la orilla, aúlla de rabia. Dirigiéndose a su padre Poseidón, le suplica que lo vengue de este pequeño hombre que lo ha vencido, desatando sobre él toda clase de desdichas. Poseidón lo oye desde el fondo de los mares y accede a sus ruegos.

Ulises y aquellos que le siguieron en su exploración de la gruta del cíclope, se reunieron con el resto de los aqueos, y juntos se pusieron en camino; en la isla de Eolo, señor de los vientos, hacen escala, y allí son acogidos por gentes hospitalarias. Además, Eolo otorga a Ulises el más precioso presente para un navegante: una ostra que contenía todos los vientos contrarios; sólo el Céfiro, viento favorable, quedaba en libertad para conducir la nave hacia Itaca.

En efecto, después de algunos días de apacible navegación, los marinos perciben a lo lejos las queridas montañas de su patria, pero los compañeros de Ulises, siguiendo los pérfidos consejos de Poseidón, aprovechan el sueño del héroe para verificar el contenido de la ostra que Eolo le ha ofrecido. Repentinamente el cielo se oscurece, y los vientos liberados azotan el mar, alejan los navíos de la costa y los ponen nuevamente a merced del destino.

Cuando decrece la furia de los vientos una tierra surge en lontananza; en ella habitan los lestrigones, pastores antropófagos, estos son hombres grandes y fuertes como gigantes; agrupados en bandas, se lanzan de pronto al asalto de los barcos anclados y desatan su salvaje violencia contra los viajeros. Únicamente la embarcación de Ulises, que permanecía a la entrada del puerto, consigue soltar amarras y evitar el saqueo.

De esta manera, el héroe y unos pocos compañeros se ven perdidos en la inmensidad del mar; de los doce navíos que salieran de Troya, sólo queda uno. Luego de largos días y largas noches de navegación, llegan a la isla Aea en Cólquide, donde habita, en un palacio de mármol, la maga Circe.

Los hombres enviados por Ulises en exploración son recibidos por ésta, pero en el vino que ella les ofrece ha vertido un filtro que, a un gesto de la hechicera, transforma a los aqueos en cerdos. Ulises se entera de la nueva por boca de Euríloco, el único que ha escapado al sortilegio. Gracias a un brebaje que Hermes (Mercurio) le suministra, Ulises se vuelve invulnerable a estos sortilegios y obliga a la hechicera, amenazándola con su espada, a devolver a sus compañeros su primitivo aspecto.

Durante un año los navegantes descansan en la dulce isla encantada, gozando de los cuidados y placeres que les prodiga Circe, quien enseña a Ulises el método para revelar el porvenir; único entre todos los mortales, descenderá al sombrío reino de los muertos y podrá interrogar al adivino Tiresias, el más sabio de cuantos sabios han existido. Y el pequeño navío se hace a la vela hacia el brumoso país de los cimerios, que el sol jamás ha iluminado.

Allí, invocados por Ulises, los muertos emergen del Hades: las mujeres, los héroes, y por último el hechicero, que predice al hijo de Laertes un futuro lleno de amarguras. Ulises sabe ahora lo que le espera: el nefasto canto de las sirenas, las acechanzas de Caribdis y Escila, la tentación de los rebaños del Sol.

De manera que en el momento en que el navío llega a las proximidades de la Isla Dichosa, donde cantan las sirenas para atraer a los marinos y luego devorarlos, tapa con cera los oídos de sus compañeros y él mismo se hace atar al mástil; seducido al oír el melodioso canto, hace esfuerzos desesperados por arrojarse al mar, pero sus compañeros, imposibilitados de percibirlo, reman vigorosamente y todos logran escapar al peligro.

Dos inmensas rocas se perfilan en el horizonte; sobre una de ellas, Escila yergue sus seis cabezas armadas de poderosos colmillos; oculto bajo la otra roca está Caribdis, quien tres veces por día aspira el agua del mar y devora los navíos, con sus tripulantes y todo aquello que acierta a pasar en las proximidades. Ulises sabe que Caribdis es, de los dos, el más terrible, y lleva su embarcación hasta rozar la roca de Escila.

La pared rocosa, desierta y desnuda parece no ofrecer ningún peligro, pero los colmillos amenazadores aparecen sobre el puente del navío y arrebatan a seis de sus tripulantes, que desaparecen en una anfractuosidad de la roca. Lamentando la pérdida de sus camaradas, los marinos reman vigorosamente y sin descanso…, y he aquí que aparece la seductora costa de Sicilia. Los viajeros avistan las blancas terneras de Helios (el Sol), que pastan en los prados bañados por el mar.

Allí arrojan el anda; Ulises previene a sus compañeros contra la horrible suerte que espera a quien ose dar muerte a uno de esos animales. Pero dos días más tarde, aprovechando una de sus breves ausencias, e impulsados por el hambre, sus hombres degüellan a los animales de mayor tamaño y se disponen a asarlos. Ulises vuelve al poco tiempo de producida la matanza, comprende inmediatamente, y se lamenta de su suerte y de la de sus compañeros.

Cuando la nave vuelve a partir, una negra nube oscurece el cielo, el viento barre las llanuras marinas, el rayo de Zeus cae sobre el mástil y precipita a los marinos en el mar embravecido. El hijo de Laertes se ve nuevamente solo, frente a las horribles fauces de Caribdis; logra salvarse asiéndose a las ramas de una higuera que pendían sobre el agua, y por algunos instantes que le parecieron interminables, esperó que las olas le devolvieran el mástil y la quilla de su barco.

Apenas advierte los restos del naufragio, se ‘deja caer sobre ellos, y remando con sus propias manos se aleja del lugar. Durante nueve días el náufrago se abandona al mar; a la noche del décimo siente que las vigas a las que se aferra tocan tierra firme; agotado, hace pie en una isla desconocida. Entre los escollos, las olas, dejadas ahora tras de sí, producen un. ruido infernal. Tendido sobre la playa, el héroe añora su patria lejana y tal vez perdida para siempre.

Fuente Consultada: Relatos de la Antigüedad – Lo Se Todo Tomo III – Figuras y Leyendas Mitológicas

La Manzana de la Discordia Leyenda Griega Afrodita, Hera y Palas

La Leyenda de la Manzana de la Discordia
La Guerra de Troya

La Manzana de la Discordia Causas Guerra de Troya En la inmensa y regia morada del Olimpo, el gran festín llegaba a su término. Recostados en dorados lechos, los inmortales bebían el néctar, fúlgido licor de la juventud, que los coperos divinos, Hebe y Ganímedes, vertían como ríos.

Estaban todos: desde los poderosos señores de la tierra y de las aguas hasta las divinidades menores, desde los pequeños faunos de los torrentes hasta las ninfas de los bosques.

Todos eran felices porque su vida transcurría en un continuo e inalterable júbilo y porque el mundo, a sus pies, estaba en paz.

La fiesta se celebraba en honor de la diosa Tetis, desposada con Peleo, de cuyo matrimonio nació luego Aquiles.

Zeus se hallaba en el centro del gran convite, rodeado por los hermanos Hades y Poseidón; las hermanas Hera, Hestia y Demetria; los hijos de Hera: Ares y Héfaistos; Apolo y Artemis, hijos de Latona; Atena, nacida de su cerebro; Hermes, Afrodita, Dionisio y numerosos sátiros y ninfas, que danzaban y cantaban para deleite de todos los presentes.

Estos dioses, como los mortales, tenían necesidad de alimento y de sueño. Su alimento era exclusivamente la ambrosia y su bebida el néctar. En el aspecto físico se diferenciaban de los hombres sólo por la estatura, la belleza y el don de eterna juventud.

Pero poseían también todas las pasiones de los hombres: el amor y el odio, la ira y la envidia; eran a veces crueles y a veces magnánimos. Sus días transcurrían alegremente, pero todos estaban sometidos a un poder superior: el Destino, hijo del Caos y de la Noche, a quien ni Zeus podía oponerse.

De repente en el salón se hizo el silencio. Todas las miradas se fijaron en una extravagante figura que había aparecido en el umbral: Eris, la única diosa que no había sido invitada. “Es demasiado intrigante —habían convenido los anfitriones—.

Es capaz de echar a perder la fiesta con sus maledicencias?. Y ahora se hallaba en medio de los convidados. Cuando estuvo cerca del triclinio donde se hallaban sentados los dioses mayores, la maléfica diosa extrajo de entre los pliegues de su túnica una manzana de oro y la arrojó sobre la mesa, exclamando: “He aquí mi regalo. Es para la más bella de las diosas.” Dicho esto, la diosa de la discordia se retiró.

Después de un instante de sorpresa, las tres diosas que se hallaban sentadas alrededor de la mesa: Palas, Hera y Afrodita, alargaron la mano hacia la reluciente manzana; pero se detuvieron sorprendidas y se miraron unas a otras. Zeus, el señor de los dioses, que observaba la escena, sonrió, e interviniendo dijo: “El único medio para conocer cuál de vosotras es la más bella, y establecer, por consiguiente, a quién corresponde la manzana de la discordia, es recurrir a un arbitraje. Escoged entre los mortales un juez de vuestro agrado y acatad su decisión.”

Como siempre, Zeus había sentenciado sabiamente. Después de reflexionar, las tres rivales decidieron confiar la suerte al más hermoso de los mortales, al joven vástago de Príamo, el príncipe Paris Alejandro, que vivía  desde su nacimiento, entre los pastores del monte Ida. Un oráculo había pronosticado que sería la ruina de Troya, por lo que su madre lo ocultó en la montaña, desobedeciendo las órdenes del esposo, quien, en vista de tan funesto agüero, había decidido eliminar al hijo. Una mañana, mientras cuidaba su rebaño en un valle solitario, Paris vio aparecer ante sí tres maravillosas doncellas. Entregáronle la manzana, le explicaron lo que esperaban de él y, secretamente, cada una le hizo una promesa.

Palas le prometió la sabiduría; Hera, el poder; Afrodita, la pequeña diosa nacida de la espuma del mar, le prometió la más linda mujer del mundo. Luego, las tres concurrentes se colocaron frente a Paris. Éste titubeó un instante, y por fin entregó la manzana a Afrodita, quien la tomó con alegría, mientras las otras se alejaban furiosas.

Instruido por Afrodita, Paris descendió hacia los valles y salió a buscar a la mujer más bonita del mundo y llegó a Esparta y tocó en la puerta del palacio de Menelao, que era el rey de allá, y esposo de Helena, precisamente la mujer más bonita del mundo.

Helena era hija de Zeus con Leda y melliza de Pólux, hermana de los también mellizos Cástor y Clitemnestra, estos dos últimos hijos de Tíndaro. En Esparta recibieron muy bien a Paris. En cierta ocasión salió Menelao de urgencia para una guerra. Helena y Paris se enamoraron, y se escaparon para Troya.

Cuando volvió Menelao de su guerra se enteró de lo que había pasado. Llamó a los otros jefes griegos, compañeros de él a que fueran a Troya a recobrar a Helena y a castigar a Paris.

Así empezó la famosa historia de la Guerra de Troya.

Fuente Consultada: Relatos de la Antigüedad – Lo Se Todo Tomo III – Figuras y Leyendas Mitológicas

Origen Hercules Heroe Griego Los doce Trabajos de Hercules

De pronto retumban gritos…. Se oye una muchedumbre intranquila; el aire se llena de murmullos. ¿Dónde estamos? En el palacio de Tebas, donde todo es agitación. Rostros inquietos interrogan a otros rostros que reflejan asombro y angustia. ¿Qué ocurre? ¿Se habrán rebelado los esclavos?. ¿Estarán los enemigos a las puertas de la ciudad? ¡No, nada de eso! Un suceso extraordinario, acontecido en el palacio, estremece a la ciudad entera. En sus aposentos, Alcmena, joven reina amada por Zeus, había dado a luz un hermoso niño.

Innumerables prodigios acompañaron el nacimiento de Hércules.Recién nacido, el niño estranguló dos peligrosas serpientes.

El ama lo había acomodado en una primorosa cuna, alejándose por. breves instantes, y, al volver, cuál no sería su sorpresa, su terror y su admiración…

El niño recién nacido estaba estrangulando, lentamente, a dos enormes serpientes. En cuanto nació, Hércules (cuyo nombre griego era Heracles) sorprendió a todos por su formidable apetito. Cuando niño bebía un odre de vino, comía como veinte hombres, arrancaba árboles para distraerse y combatía, hasta obtener la victoria, con leones y con toros.

Desde muy temprana edad, Hércules se adiestraba en el manejo de las armas. El centauro Quirón, célebre por sus conocimientos, fue uno de sus primeros maestros.

Quirón, el más sabio y justiciero de los centauros, le dio las primeras nociones de agricultura y le enseñó el manejo del arco y de la lanza. Lino, su maestro de música, retórica y poesía, no hacía sino quejarse por su desatención, y lo castigaba reciamente, hasta que, durante una de sus lecciones, el joven Hércules, cuya virtud principal no era la paciencia, rompió la lira en la cabeza del desdichado Lino, quien murió en el acto.

A Hércules, que no era malo, esa muerte le causó inmenso dolor.

No sabiendo qué hacer para expiar su culpa, se encaminó a Delfos para consultar el oráculo de Apolo. La respuesta del dios fue terminante.

Se ordenó a Hércules ponerse al servicio de Euristeo, tirano de Micenas, y obedecerle en todo. Euristeo era justo le contrario de Hércules: débil, perezoso, astuto. Cuando lo vio surgir, tan fuerte y gigantesco, tembló de pavor, pues temía que llegara a ser su rival.

Entonces decidió desembarazarse de él, confiándole ciertas misiones que pensó lo llevarían a una muerte segura.

Primero le pidió la piel del temible león de Nemea, famoso por los estragos que cometía en las montañas de Argólida. Dócil a las órdenes del tirano de Micenas, Hércules salió en busca de la fiera. Dos días más tarde reapareció en palacio cubierto de polvo, sucio de sangre, y arrojó la piel del león a los pies de Euristeo, quien le dijo:

—Ahora es preciso que mates a la hidra de Lerna, un monstruo cuyas siete cabezas escupen veneno.

Hércules se puso en campaña.

En un pantano encontró a la hidra. El combate fue difícil, pues las cabezas del horrible animal volvían a crecer a medida que las cortaba.

Finalmente, su amigo Tolas,»rr itiuicanrjn ce nerciiie-. quemo con un nzon encendido la raíz de cada una de la¿ cabezas en cuanto el héroe las derribaba. Hércules las seccionó todas, una por una. hasta que el monstruo cayó vencido. Entonces le abrió el cuerpo y empapó sus flechas en la sangre ponzoñosa del animal.

Sus trabajos no habían terminado todavía: tuvo que capturar al gigantesco jabalí de Erimanto y exterminó a las numerosas aves de rapiña que tenían alas, cabeza y pico de hierro, y devoraban los rebaños y los frutos de los países regados por la laguna Estinfalo.

Más tarde, Euristeo le ordenó que condujera viva hasta Micenas a Cernitide, la cierva de cuernos de oro y patas de bronce, consagrada a Diana. Euristeo, que había decidido la muerte de Hércules, tuvo la idea de encargarle la limpieza de los establos de Augías, rey de Elida, que estaban llenos de estiércol hasta el techo.

¡Tarea irrealizable para un ser humano,, a causa del insoportable hedor que se desprendía de todas esas materias estancadas y corruptas! Hércules desvió entonces el curso del río Alfeo para que sus aguas limpiaran los inmundos edificios.

Después de penosa y arriesgada persecución, consiguió encadenar y arrastrar hasta el Peloponeso al toro de Creta, que devoraba seres humanos y era el terror del país.

Los pedidos de Euristeo no cesaban: recibió Hércules otro encargo.

Se trataba ahora de apresar los caballos de Diómedes, rey de Tracia, que también se alimentaban con carne humana y estaban atados con cadenas para evitar que se devorasen entre ellos.

Triunfó en esa prueba y llevó los caballos al tirano.

El nuevo encargo fue combatir contra las Amazonas.

Gran trabajo le costó derrotar a esas feroces guerreras y, sobre todo, a la reina Hipólita, que se defendió con denodado coraje.

Después recibió orden de apoderarse de los bueyes del gigante Gerión. Seguidamente fue enviado al extremo del mundo, en busca de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides.

El gigante Atlas buscó desviarlo de su ruta, pero Hércules, engañándolo, llegó hasta el famoso jardín y recogió las codiciadas y maravillosas manzanas. . .

Asombrado Euristeo al ver que el éxito coronaba todas las empresas de Hércules, creyó haber encontrado, por fin, el medio de hacerlo desaparecer para siempre.

Lo envió en busca del Cancerbero, perro de tres cabezas y cola de serpiente, guardián del infierno. Semanas después regresaba Hércules a Micenas trayendo encadenado al temible monstruo.

Mientras tanto se había cumplido el tiempo impuesto por el oráculo. Dueño ahora de sus actos, Hércules decidió recorrer el mundo para castigar a los culpables y defender a los inocentes.

Un día resolvió casarse. Pidió y obtuvo la mano de Deyanira, hija del rey de Etolia. Se celebraron las bodas y los nuevos esposos partieron para Tebas.

Después de varios días de viaje se detuvieron en una de las orillas del río Evenos, y pidieron al centauro Neso que los ayudara a cruzarlo. Aferrada a las crines del centauro, Deyanira pasó primero.

Pero Neso, repentinamente prendado de la joven, trató de raptarla huyendo con ella al galope.

Con la rapidez del rayo, Hércules preparó su arco y arrojó una saeta envenenada que alcanzó al raptor y le dio muerte. Antes de expirar, el centauro dijo a Deyanira:

«Princesa, moja tu túnica en mi sangre, y si algún día dudas de la fidelidad de tu esposo, dile que se la ponga, y así podrás reconquistar su amor.»

Pasaron largos años y llegó un día en que Deyanira dudó de Hércules. Ciega de celos, le tendió la túnica fatal que esperaba le devolviera la felicidad.

En cuanto se puso la prenda, Hércules sintió arder su cuerpo como si las llamas le devoraran. El veneno de la flecha mezclado con la sangre del centauro le infligía torturas mortales.

Deseando mostrarse superior hasta su último aliento, levantó una enorme hoguera y la encendió con sus mismas manos para consumirse en ella.

Las llamas rodeaban ya al héroe, cuando el cielo se abrió súbitamente. Una luz deslumbrante se difundió sobre la tierra, y el alma de Hércules voló hasta el Olimpo para ocupar su sitio entre las divinidades.

Las cabezas de la hidra de Lerna crecían a medida que se las cortaba.
Sin embargo, Hércules consiguió destruir al monstruo.

Levantando una barrera de rocas, Hércules desvió el curso del río Alfeo, para que sus aguas pudieran limpiar los establos del rey Augías.

Hércules conduce a Micenas los caballos de Diómedes que se alimentaban con carne humana. Previamente les hizo comer al mismo Diómedes.

Cuando partió en busca de las manzanas de oro de las Hespérides, Hércules encontró al gigante Atlas, que sostenía al mundo sobre sus espaldas.

Las Amazonas eran guerreras más implacables que los hombres. Hércules las venció y se apoderó del cinturón de oro de su reina Hipólita.

El centauro Neso, que ayudaba a los viajeros a cruzar el río, intenta raptar a Deyanira, esposa de Hércules. Éste lo
mata de un certero flechazo.

Hércules llegó hasta el umbral de los Infiernos; encadenó al Cancerbero y lo llevó hasta el trono de Euristeo. Aterrado, éste hizo volver al animal a su lugar de origen.

Por una falta cometida en un momento de ira, Hércules tuvo que quedar, durante un año, en calidad de esclavo en la corte de Onfale. Ésta se complacía obligándolo a hilar a sus pies, como una mujer.

Muerte de Hércules. Deyanira llora cerca de la pira en la que yace el héroe. Hércules, por voluntad de su padre, el dios de los dioses, fue recibido en el Olimpo.

AMPLIACIÓN DEL TEMA:
LOS TRABAJOS DE HERCULES

Aunque menos inteligente que Ulises, que Teseo o que Jasón, Hercules llegó a ser, nc obstante, el más famoso de los héroes, y, por sus hazañas, alcanzó la inmortalidad.

Era hijo de Zeus y de una mortal, Alcmena, mujer de Anfitrión, rey de Tirinto. Desde el nacimiento mostró su fuerza y su valor, al ahogar a dos serpientes que se habían introducido en su cuna.

Recibió una educación esmerada, pero prefería los deportes violentos, en los cuales sobresalía, a los ejercicios del espíritu.

A la edad de dieciocho años mató a un león que tenía aterrorizada a la región, y se hizo una vestidura con su piel.

Sin embargo, un drama horrible marcó su vida. Casado con la princesa Megara, que le dio tres hijos, sufrió un acceso de locura y mató a su familia.

Para purificarse acudió al oráculo de Delfos, quien le impuso algunas condiciones: los doce «trabajos» famosos. Primero tenía que matar al león de Nemea, invulnerable a cualquier arma: pero Hercules salvo la dificultad, estrangulándolo.

A continuación, había de dar muerte a la hidra de Lerna, monstruo de nueve cabezas, que renacían después de cortadas; Hercules consiguió cauterizar los tajos, a medida que iba cortando las cabezas.

La quinta prueba consistía en limpiar, en un día, los establos de Augías, que albergaban a miles de bueyes, y que jamás habían sido limpiados. Hercules, desviando dos ríos, terminó felizmente su trabajo.

Después, habiendo recibido el encargo de comprar bueyes en una isla occidental, rompió una roca que separaba el Mediterráneo del Océano Atlántico.

Desde entonces, las rocas formadas se llamaron las columnas de Hércules (Gibraltar y Ceuta).

Para su undécimo «trabajo», robar las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, tuvo que dirigirse, a Atlas, quien sostenía la bóveda celeste sobre sus espaldas.

Atlas accedió a buscar las manzanas, a condición de que Hercules le reemplazara y sostuviera el mundo sobre sus espaldas. Atlas volvió con las manzanas, pero quiso dejar a Hercules su carga.

Hercules pidió, simplemente, a Atlas que volviese a tomar la carga sólo un instante, el tiempo necesario para encontrar una almohadilla que le ayudase a soportarla mejor. Atlas, torpe, aceptó, y Hercules tomó las manzanas y se fue…

Podrían contarse otras muchas aventuras de este héroe, que murió en medio de atroces sufrimientos, pero que, a su muerte, fue conducido al cielo y aceptado en las filas de los dioses.

Así, después de muchas tribulaciones, Heracles pudo redimirse.

Las leyendas refieren la historia de otras familias, cuyas desgracias fueron debidas, igualmente, a una culpa original, y cuyo trágico destino había de inspirar a los grandes poetas griegos.

Fuente Consultada: HISTORMA Tomo I La Gran Aventura del Hombre Mitología Griega