Liberalismo y conservadorismo

La nacion y el nacionalismo Ilustrado y Romantico El imperialismo

La Nación y el Nacionalismo Ilustrado y Romántico El imperialismo

INTRODUCCIÓN AL NACIONALISMO: La palabra nación procede del latín, «nasci» (nacer), y se refería al conjunto de individuos que habían nacido en un lugar determinado. Esta acepción geográfica predominó en la Edad Media, época en la cual el término «naciones» designaba a grupos de estudiantes de una misma región o país. Por tanto, los vocablos nación y nacionalismo existen desde hace siglos, pero en la Edad Contemporánea han asumido un contenido político y cultural en vez de geográfico.

Con esta evolución el nacionalismo se ha convertido en un credo político fundamental para la cohesión de los grupos humanos y para la lucha por la independencia en los casos en que estos grupos se encuentren sometidos a un poder extraño. Naturalmente, para que adquieran conciencia de tales, los grupos han de poseer e invocar ciertos rasgos comunes de historia, lengua, religión o carácter. Ante todo la nación se siente, es un sentimiento.

En el siglo XIX el nacionalismo se convirtió en la bandera que llevó a algunos pueblos sometidos a liberarse y a otros divididos a unirse. La independencia de Grecia del yugo turco, cuando Europa respiraba los aires de libertad del Romanticismo, suscitó emoción continental. Otros pueblos lucharon infructuosamente por la independencia; fue el caso de los polacos obstinados en una resistencia desesperanzada contra el dominio ruso. En el segundo supuesto, pueblos que aspiraban a unirse en un Estado nacional, Italia y Alemania, debieron a la corriente nacionalista la consecución de ese sueño.

Sin embargo, no ha sido simplemente una fuerza constructiva; también ha habido nacionalismos destructivos, que predican la superioridad del propio pueblo sobre los restantes.

La tendencia a la exaltación de los valores e intereses de la nación por cima de los de los individuos ha constituido un poderoso agente del cambio histórico desde finales del siglo XVIII

Nación y nacionalismo

El concepto de nación es un tanto vago, su significado ha cambiado a lo largo del tiempo. Tiene la misma raíz latina que nacer y originalmente se refería a un conjunto de personas con un origen común. El concepto moderno nació de la ilustración francesa y el romanticismo alemán y básicamente identifica a una comunidad humana que comparte unos rasgos lingüísticos, étnicos y culturales, además de una historia común y la conciencia de constituir un grupo singularizado frente a sus vecinos. Esta conciencia, junto con la voluntad de «vivir juntos» es lo que constituye el nacionalismo, que de sentimiento intimo puede pasar a convertirse en objetivo político.

El nacionalismo ilustrado y las primeras revoluciones

La nacion y el nacionalismo Ilustrado y Romantico El imperialismoLa afirmación del sentimiento nacional es algo que se ha producido en diversas épocas y lugares, particularmente por oposición a otros grupos y en tiempos de crisis, como durante la guerra de los Cien Años (siglos XIV y XV), que propició la aparición de conciencias nacionales en Francia y en Inglaterra.

En la foto vemos la Guerra de Azincourt cuando las tropa inglesas derrotaron a las francesas el 24 de octubre de 1415, batalla clave en la Guerra de los Cien Años.

Por otro lado, la creación de Estados poderosos y crecientemente centralizados propició la identificación de sus súbitos con la unidad política.

De hecho, durante la Edad Moderna se dieron los primeros pasos para la configuración de Estados nacionales, combinando los intereses las monarquías absolutas con los de la pujante burguesía capitalista, frente a los la clase feudal. Sus rasgos ideales serían la posesión de un territorio estable y unificado, asegurado por el poder militar, la unificación administrativa por medio de una creciente burocracia y la tendencia a la secularización y la independencia nacional en materia religiosa (frente a antiguas concepciones universalistas).

Pero el nacionalismo moderno nació en el siglo XVIII, por la confluencia de varios elementos. Por un lado, las ideas ilustradas sobre la igualdad entre los hombres socavaron las jerarquías sociales y los particularismos locales heredados del feudalismo, pero también el poder de las monarquías absolutas, depositarias hasta entonces de soberanía nacional.

La clase burguesa, en nombre del progreso social y economice oponía también al mantenimiento de estas estructuras anticuadas. Las revoluciones americana y francesa dieron lugar a la aparición de Estados fundamentados libre naciones de ciudadanos soberanos y libres, relacionando los conceptos de nacionalismo, liberalismo y democracia.

Posteriormente, las victorias napoleónicas extendieron estas ideas por Europa, junto con la dominación francesa. Por ello, esas mismas ideas inspiraron en parte las acciones nacionales que provocaron la derrota final de Napoleón y el hundimiento su imperio (1815).

Frente a los intentos de restauración del absolutismo en Europa (congreso de Viena, Santa Alianza), liberalismo y nacionalismo continuaron aliados en la serie de revoluciones de la primera mitad del siglo (1820, 1830 y 1848). Así se fue implantando el Estado liberal en gran parte de Europa occidental, aunque fracasaron la mayor parte de los intentos de fundar nuevos Estados nacionales, salvo los casos de Grecia (1829) y Bélgica (1831). La Europa oriental y balcánica, particularmente, hervía de sentimientos independentistas reprimidos por los grandes imperios plurinacionales (Rusia, Austria-Hungría, el Imperio otomano).

El nacionalismo romántico

Por esta época se desarrolló otra concepción del nacionalismo, originada en Alemania. La debilidad de la burguesía liberal alemana le impidió tomar el poder, y el impulso nacionalista sería liderado por las clases terratenientes, los militares y las burocracias estatales. Tomó forma así un nacionalismo conservador, que buscaba su inspiración no en el liberalismo, sino en la exaltación de un pasado mitificado y glorioso, de la mano del nacionalismo romántico elaborado por el filósofo J. G. Herder. este identificó el espíritu de la raza alemana (Volkgeist), un elemento subjetivo, irracional y transhistórico.

La colectividad, el pueblo (Volk) era el depositario de las virtudes y valores (reflejados en el lenguaje y la cultura) de donde surgía la grandeza de la nación, manifestada en diversos momentos a lo largo de la historia. Éste fue el tipo de nacionalismo que inspiró en gran parte el proceso de unificación alemana, y que influyó también en los movimientos nacionales de otros países, particularmente los eslavos.

Los fracasos de 1848 no redujeron el impulso nacionalista en Europa. Algunos pueblos, como Italia y Alemania, lucha ron por su unificación, que completarían ambos en 1871. Otros movimientos nacionales, de tipo centrífugo, sobre todo en los Balcanes, pretendían alcanzar la independencia respecto a Estados más amplios.

Nacionalismo e imperialismo

La nacion y el nacionalismo Ilustrado y Romantico El imperialismoAl mismo tiempo, en los Estados consolidados, el nacionalismo adquirió un matiz expansivo, de la mano del desarrollo industrial. Las necesidades de acceso a mercados exteriores para el propio desarrollo interno y la protección de las nacientes industrias nacionales llevaron a una competencia entre las naciones por el control exclusivo de dichos mercados, mezclada con ideas chovinistas sobre el prestigio nacional. El choque de estos distintos nacionalismos imperialistas se combinó con la inestabilidad balcánica para dar origen a la Primera Guerra Mundial (1914-18).

Como resultado, los imperios otomano, austro-húngaro y ruso se hundieron y fueron desmembrados, según el principio de autodeterminación nacional defendido por el presidente norteamericano H. Wilson en sus 14 puntos.

La complejidad de la historia europea y el imperfecto trazado de las nuevas fronteras provocaron que muchos de los Estados surgidos entre 1911 y 1918 en Europa central y oriental contuvieran en su seno importantes minorías nacionales.

La insatisfacción con el reparto fronterizo fue el origen de numerosas tensiones que, combinadas con el nacionalismo agresivo de los regímenes fascista y nazi, llevaron al estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939-45)

El nacionalismo en el mundo contemporáneo

Tras la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo de dos bloques enfrentados durante la «guerra fría» motivó la atenuación o la supresión de los movimientos nacionalistas en Europa. Pero África y Asia tomaron el relevo. Ya antes de la guerra, China y Turquía había empleado el nacionalismo como fuerza cohesiva para mantener su independencia y evitar las injerencias externas. Y tras 1945 se produjo una avalancha de movimientos independentistas en las colonias de las potencias europeas, que habían tomado las ideas nacionalistas de sus metrópolis. El socialismo desempeñó también un papel destacado en muchos movimientos nacionalistas revolucionarios del Tercer Mundo (Egipto, Argelia, Cuba, etc.).

Curiosamente, los nuevos Estados surgidos en el Tercer Mundo con frecuencia han mantenido las fronteras trazadas por las administraciones coloniales, muchas veces arbitrarias. Esto ha provocado numerosas tensiones y desequilibrios étnicos, económicos y dé todo tipo en el seno de dichos Estados. La ausencia de un verdadero sentimiento nacional, a pesar de los esfuerzos de sus respectivos gobiernos, en muchos casos pone en cuestión la supervivencia misma del Estado, como sucede por ejemplo en el Congo.

La nacion y el nacionalismo Ilustrado y Romantico El imperialismoTras la caída del bloque soviético (1989-91) y el fin de la «guerra fría» se han liberado de nuevo las fuerzas y tensiones nacionalistas en Europa.

La URSS se dividió en multitud de nuevos Estados, algunos de los cuales mantienen todavía unos lazos más o menos difusos (Comunidad de Estados Independientes, CEI), pero los enfrentamientos han sido casi constantes, especialmente en la región del Cáucaso.

Un fenómeno similar ocurrió en la antigua Yugoslavia, cuya disgregación ha dado origen a una serie de guerras fratricidas que siguen amenazando la estabilidad en los Balcanes. Tampoco Europa occidental se ha visto libre de tensiones nacionalistas, a pesar del proceso de integración supranacional puesto en marcha por la Unión Europea.

Algunas formas moderadas pretenden lograr una cierta autonomía o el reconocimiento de una especificidad cultural (Gales o Escocia en el Reino Unido, el Languedoc en Francia). Pero otras de signo independentista amenazan la misma unidad de determinados Estados (flamencos y valones en Bélgica) y llegan incluso a recurrir a la violencia terrorista para lograr sus objetivos, como en los casos de Irlanda del Norte, el País Vasco o Córcega.

El surgimiento del nacionalismo en Europa
LA REVOLUCIÓN FRANCESA, al destruir el I Antiguo Régimen, fue la gran catalizadora de los cambios en Europa. Los ejércitos revolucionarios llevaban consigo no sólo el lema de libertad, igualdad y fraternidad’, sino también las ideas de liberalismo, autogobierno y nacionalismo que serían los temas centrales de la historia europea del siglo XIX. Ya antes de 1789, como una reacción contra el espíritu racional de la Ilustración, algunos escritores, como Herder (1744-1803), habían destacado el sentido de identidad nacional.

Sin embargo, el estado aún era considerado como un patrimonio dinástico, como un terrateniente al que los propietarios más pequeños debían lealtad y servidumbre. Esta concepción fue desafiada por los gobiernos revolucionarios franceses, que instaron a los pueblos oprimidos a alzarse en contra de sus amos y gobernantes. No obstante, fue la opresión francesa bajo Napoleón la que provocó reacciones nacionalistas en España, Rusia y el Tirol y, por último (después de 1807), en Alemania. Ella fue una de las causas del nacionalismo de fines del siglo XIX.

A pesar de todo, no debe exagerarse la fuerza del nacionalismo en la primera mitad del siglo XIX. Hasta 1866, la mayoría de los alemanes e italianos sentía más interés por sus gobernantes y culturas provinciales (bávara, de Hesse, toscana, emiliana) que por el ideal de unidad nacional. Sólo donde había gobiernos extranjeros surgían protestas airadas, principalmente de las clases medias (abogados, profesores y comerciantes).

En Italia contra Austria, en Irlanda contra Inglaterra, en Bélgica contra Holanda, en Grecia contra Turquía, en Polonia contra Rusia y en Noruega contra Suecia. Estas protestas pocas veces afectaban a las masas campesinas, es decir, al grueso de la población europea de la época. Incluso en el Imperio otomano, a pesar del incompetente gobierno turco, cada vez más corrupto y opresivo, y del resentimiento de los cristianos hacia el poder absoluto de los musulmanes, había escasa oposición nacionalista activa, excepto en la región que, durante la década de 1820, se convertiría en el centro de la Grecia moderna.

En el vasto Imperio austríaco, que gobernaba sobre un gran número de nacionalidades, sólo se mostraban inquietos los checos y los húngaros; ambos pueblos, orgullosos de un pasado independiente, buscaban la autonomía dentro del imperio -•’ no la independencia nacional.

Por otra parte, después de la derrota de Napoleón en 1815, las potencias victoriosas se mostraron hostiles a las aspiraciones nacionalistas, las que asociaban, con razón, al liberalismo y veían como una amenaza a la autoridad constituida.

En el Congreso de Viena, las potencias habían adoptado, bajo la influencia de Talleyrand y Metternich, el principio de legitimidad’ como base para volver a trazar el mapa de Europa. Metternich pensaba que cualquier concesión al nacionalismo sería fatal para Austria y las resistió en todos los frentes hasta 1848. En este período, sólo Grecia y Bélgica (1830) lograron la independencia y, en ambos casos, había circunstancias especiales, en particular, la rivalidad de las Grandes Potencias. En otras partes, como Polonia (1831, 1846), Alemania (1848), Italia (1848) y Hungría (1849), debido a desacuerdos internos y a la solidaridad de las potencias conservadoras, los alzamientos nacionalistas fracasaron.

Los polacos, dispersos en tres imperios, siguieron siendo un pueblo sometido hasta 1918-1919. Los húngaros, sin embargo, aprovechando la debilidad austríaca en su guerra con Prusia, se las ingeniaron para obtener el mismo estatus que la población de habla germana según el Ausgleich (compromiso de dualidad austro-húngaro) de 1867.

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En la segunda mitad del siglo XIX surge una novedad en el ámbito político: el nacionalismo, producto este de la democratización política vivenciada en esos tiempos.

Por todas partes surgían cenáculos nacionalistas, con los nombres prometedores de «Joven Italia», «Joven Alemania» y otros similares. Inspirador de la «Joven Italia», Mazzini, en su opúsculo Sobre la unidad de Italia, invocaba los elementos comunes que justificaban la independencia del pueblo italiano: «Por eso Italia será una.

Sus condiciones geográficas, su lengua y su literatura; las necesidades de defensa y de poder político; el deseo de las poblaciones, los instintos democráticos innatos del pueblo…».

En el texto de Mazzini se recogía una idea clave: la identificación de nacionalismo y democracia, frente al autoritarismo o el absolutismo de los imperios.

Mazzini

Giuseppe Mazzini

No obstante, es en Gran Bretaña y Francia entre los siglos XV y XVIII, donde puntualmente se desarrolla un proceso de construcción de Estados centralizados y modernos de toda Europa occidental.

Estos se manifestaban representantes de naciones, es decir, del conjunto mayoritario de sus habitantes que compartían una misma nacionalidad. La cual era definida por los sentimientos de pertenencia que compartían los habitantes de un mismo territorio, esta manifestación fue durante la primera mitad del siglo XIX. El compartir la lengua, la religión, la tradición y las costumbres, hicieron surgir estos sentimientos unánimes.

Se puede afirmar, que en la formación de estados nacionales fue importantísima la difusión del nacionalismo, esta corriente de pensamiento creada por intelectuales, ya sea filósofos políticos como artistas.

El pensamiento y el sentimiento nacionalistas sirvieron para unificar culturas y sociedades dentro de un estado nacional. Esta ideología también funcionó como un principio de acción política para las relaciones internacionales.

Posteriormente, y de igual manera que esta construcción de estados centralizados y modernos de Europa occidental, en la segunda mitad del siglo XIX se evidenció en Alemania e Italia. Considerándose estos nuevos estados en las representantes de las naciones alemana e italiana.

Los grupos de habitantes que no se sentían representados y a su vez representada su nacionalidad por los Estados centralizados, vieron plasmados su aliento al reclamo mediante el desarrollo de la política de democratización.

No obstante, quienes organizaban partidos políticos, eran también estos grupos que exigían el derecho a formar un estado independiente, es decir el denominado derecho de autodeterminación. Fue en las regiones de Europa cuyos habitantes habían formado parte de los imperios, como el alemán y el otomano, en donde se hicieron estos reclamos de una manera más intensa.

Sin embargo, los conflictos se multiplicaron ya que no había resultado de manera satisfactoria, la división de esos imperios en nuevos Estados. Este derecho de autodeterminación mencionado anteriormente, fue reivindicado por todos. Francia, Inglaterra y España eran estados que se habían centralizado inicialmente, y ellos tampoco quedaron afuera de los reclamos nacionalistas.

Así, estimuladas por la posibilidad de lograr sus objetivos a través de elecciones, las poblaciones regionales emprendieron movilizaciones con caracteres políticos.

LOS PRINCIPIOS NACIONALISTAS: Los elementos que integran el pensamiento de los revolucionarios nacionalista del siglo XIX, época por excelencia de estos movimientos son los siguientes:

Autodeterminación política. El gobierno que dirige la colectividad ha de estar libre de cualquier instancia exterior. Así lo afirmaba Mazzini, jurista y político italiano: «Las nacionalidades que no posean un gobierno surgido de su propia vida interna y que estén sujetas a leyes que les hayan sido impuestas desde el exterior se han convertido en medio para los propósitos de otros».

Conciencia de grupo. Que el grupo pertenezca a una sola etnia no es imprescindible, porque en ocasiones el sentimiento nacional es pluriétnico, pero la conciencia de que el grupo tiene un origen común y ha tenido un pasado común constituye un elemento cohesionador.

Credo religioso. En los siglos medievales y modernos la religión desempeñó un papel esencial en la conciencia de los pueblos, pero incluso en la Edad Contemporánea, cuando ha perdido influencia, a veces se ha erigido en un mecanismo defensivo de la nacionalidad más débil, caso de los irlandeses, católicos, frente a los ingleses, anglicanos.

Cultura y lengua propias. No surge el sentimiento nacional por generación espontánea sino que deriva de un proceso en el que desempeñan un papel minorías cultas, integradas por filólogos, historiadores, poetas, músicos, políticos. Para los alemanes fueron importantes Schelling y Fichte, para los irlandeses O’Connell, para los polacos Chopin y Mickiewicz.

ALGO MAS…

Entre los modelos políticos existentes, podemos identificar los siguientes:

Nacionalismo extremo: el nacionalismo entiende a las relaciones internacionales en términos de amenazas constantes. Los grupos nacionalistas se sienten los únicos intérpretes de los verdaderos intereses del pueblo, al que identifican con la nación. Ciertamente, no creen que los integrantes de la sociedad de una nación puedan tener intereses o ideas diferentes, ya que constituyen una unidad absolutamente homogénea. Por lo tanto, aquellos que no opinan lo mismo que ellos son considerados no sólo como enemigos, sino como extranjeros. Puesto que los comicios y el parlamento suelen mostrar que en una sociedad existen intereses opuestos, los grupos nacionalistas sienten repugnancia hacia este tipo de prácticas e instituciones. Suelen ser favorables a los gobiernos dictatoriales encabezados por las fuerzas armadas, ya que ellas dicen ser los verdaderos intérpretes de los intereses nacionales.

Comunismo: postula que la gran falacia de la democracia liberal es que defiende una igualdad política pero ignora las diferencias económicas y la explotación social. Propone una sociedad en la que estos elementos de desigualdad desaparezcan, sociedad que será construida por los explotados de la sociedad capitalista, es decir, los obreros. Mientras esta sociedad se construye, el régimen político debe ser una dictadura a la que llaman «dictadura del proletariado». Puesto que el número de obreros en la Rusia de 1917 era realmente escaso, los revolucionarios se plantearon cómo hacer el socialismo sin obreros: se elaboró una respuesta según la cual el partido comunista debía suplantar a los obreros. Paulatinamente, un líder único, Stalin, reemplazó a su vez al partido. Los enemigos del partido, primero, y los de Stalin, después, eran considerados automáticamente enemigos de la clase obrera.

Corporativismo: conciben que la sociedad no está compuesta por individuos, sino por grupos identificados por su actividad económica (trabajadores, campesinos, profesionales, etcétera.). Generalmente, los corporativistas sostenían que, en los parlamentos, no debían estar representados los diputados políticos electos por individuos aislados, sino los representantes de estos grupos de la sociedad organizados en asociaciones a las que llamaban corporaciones.

Caudillismo: la idea central del principio caudillista del Estado es que la voluntad del pueblo sólo puede expresarse a través de la voz de un líder, una persona iluminada por una aptitud especial que la distingue de todas las demás. En algunos casos, los regímenes caudillistas pueden ir acompañados de prácticas electorales similares a las de la democracia liberal, incluso estas elecciones pueden dar la mayoría al partido del líder. Sin embargo, la relación con la oposición es tirante, dado que el líder nunca acepta la existencia de más de una voluntad popular, que es la que sólo él interpreta. En otros casos, los parlamentos se eliminan, y sólo se producen elecciones plebiscitarias en las que los electores no eligen, sino que confirman o rechazan la figura del líder. La unidad entre líder y pueblo suele ser «teatralizada» a través de grandes actos masivos organizados con el apoyo de toda la infraestructura del Estado.

La democracia liberal
«Democracia» significa un gobierno que acepta que manda sobre una sociedad compuesta por ciudadanos iguales (iguales ante la ley, iguales en derechos políticos, lo cual no significa que tengan que ser económicamente iguales), y que puede gobernar sólo porque ellos le han dado ese poder. Por esta razón, se llama a los actuales presidentes «mandatarios», pues han recibido de otros el mandato de gobernar, y sin ese mandato no tendrían ningún derecho legítimo de hacerlo. Ahora bien: cómo transformar este principio de legitimidad democrática y esta idea de una sociedad individualista en un régimen político concreto o, en otras palabras, cuáles son las prácticas concretas y las instituciones de gobierno más adecuadas para canalizar la voluntad del pueblo. Ésta es la gran pregunta que caracteriza todo el ejercicio de la democracia a partir de la Revolución Francesa.

Hacia fines de la agitada historia política del siglo XIX, se aceptaron algunas respuestas para esta pregunta. La primera fue que la voluntad del pueblo soberano debía expresarse a través del mecanismo del voto para elegir representantes; la segunda, que las decisiones debían ser tomadas por las mayorías, aunque las minorías tenían derecho a existir, a ser respetadas, a criticar y a pretender transformarse en la mayoría en las siguientes elecciones; la tercera, que el gobierno debía formarse a partir de un sistema de controles y contrapesos entre sus diferentes poderes (ejecutivo, legislativo, judicial). Este conjunto de convicciones ha dado lugar a los regímenes políticos conocidos como «democracias liberales». La clave de estos regímenes son los parlamentos, una institución que se impuso a lo largo del siglo xix. Los parlamentos controlan los poderes ejecutivos. En ellos reside el poder de los diputados representantes electos, y también en ellos se expresan las minorías.

Esta concepción de la política se apoya en una visión más general acerca de la naturaleza humana, que estima que el hombre es un ser libre, cuyas acciones responden a la razón. Sin embargo, esta visión iluminista evidenciaba importantes problemas a la hora de enfrentarse con la sociedad real. Además de la oposición conservadora, las élites liberales descubrían que las sociedades sobre las que debían gobernar no se asemejaban a su ideal: en muchos casos predominaban los analfabetos; en otros, era evidente que las rígidas diferencias sociales no permitían actuar a todos con libertad; en otros las concepciones religiosas primaban sobre la «razón científica».

La consecuencia de esto solía ser un régimen político que, si bien postulaba la primacía de la soberanía del pueblo, al mismo tiempo bloqueaba toda posibilidad de participar en la política a todas aquellas personas que se consideraban no libres o no razonables. La condición de razonable se demostraba por medio del acceso a la educación formal y, sobre todo, mediante la riqueza que se hubiera acumulado. Sin embargo, una visión siempre optimista, llevaba a pensar a las élites liberales que tarde o temprano las «personas irracionales» serían redimidas por medio de la educación.

Fuente Consultada: Ciencias Sociales Historia Luchilo, Privitellio, Paz, Qués

CUADRO SINTESIS DE LA ÉPOCA:

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