Literatura

Caracteristicas de la Literatura Modernista en Hispanoamerica Representantes

Caracteristicas de la Literatura Modernista en Hispanoamerica y sus Representantes


El modernismo es el primer movimiento literario originario de Hispanoamérica que se proyecta al exterior.

Coincide con los años de fin del siglo XIX, y puede enmarcárselo cronológicamente entre los años 1880 y 1910, en que se produce su agotamiento y liquidación.

Época histórica. Hasta 1880-1890, aproximadamente, el mundo asistió a una transformación importante en política, religión, costumbres, artes plásticas, ciencias, filosofía y literatura, que de un modo genérico comenzó a denominarse más tarde modernismo, vocablo que en su origen se había aplicado a una forma heterodoxa del catolicismo, condenado luego por el papa Pío X en su encíclica Pascendi domini gregis (1907).

Se trataba, en religión, de uri agnosticismo que negaba la posibilidad de conocer las cosas en sí y limitaba el conocimiento humano al mundo de los fenómenos o apariencias de los seres.

Por extensión, las cosas y las ideas que rompían con la tradición anterior y que por lo tanto eran nuevas, cayeron bajo la denominación de modernismo, y dentro de este rótulo, cayó también la literatura hispanoamericana y española de la época.

Cuando Rubén Darío, a quien se considera el creador del movimiento, publicó su libro Azul (1888), todavía no estaba divulgado el nuevo nombre.
La humanidad entra por esos años en aceleradas transformaciones.

ruben dario escritor nicaraguense

La filosofía transita del positivismo al hegelianismo, al pragmatismo, el neokantismo, el realismo, la filosofía de la ciencia, Nietzsche y Bergson.

La economía comienza a ser trastornada en sus cimientos clásicos, y Marx se convierte en la piedra de toque de las nuevas concepciones económicas y políticas.

Las ciencias están en posibilidad de anunciar la inminente eclosión de la edad de los inventos y la revolución tecnológica, y en todos los ambientes la aparición bullente de lo moderno se siente y presiente.

Era algo que superaba a los viejos esquemas de vida, y estaba más allá de las querellas entre católicos y liberales, entre europeizantes y nacionalistas.

En Hispanoamérica, se produce la guerra de Estados Unidos y España (1898), que termina con la inmediata derrota española y su renuncia a la soberanía sobre Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, con lo que se produce la disolución definitiva del antiguo y poderoso imperio español.

Por esos mismos años, las relaciones entre el coloso del Norte y la América latina se tornan difíciles y tirantes, sobre todo durante el gobierno de Theodore Roosevelt, quien sostiene el derecho de los Estados Unidos a ejercer un poder policial sobre los demás países americanos, actitud que es conocida con varios nombres —Manifest Destiny, Big Stick Policy o Bollar Policy—, y que provoca la airada reacción de las grandes figuras literarias de ese momento, los modernistas, entre ellos Rubén Darío, Rufino Blanco Fombona, José Enrique Rodó y Manuel Ugarte.

El sistema panamericano se organiza —1889-1890—, con la creación de la Unión Internacional de Repúblicas Americanas, luego llamada Unión Panamericana, con sede en Washington.

El movimiento literario. En las letras, se crea y se otorga el premio Nobel por primera vez (1896) al parnasiano francés Sully Prudhomme, y las obras de autores con tendencias sociológicas y críticas se leen con asiduidad: Guyau, Nordau, Le Bon, Mantegazza, Darwin y otros.

Una universalidad de influencias confluye en Hispanoamérica, y las capitales culturales de Europa son visitadas por los nuevos artistas.

España, entre todas las naciones, es la que ha perdido, con su decaído prestigio político, la hegemonía intelectual y artística.

Las artes, saturadas de realismo, de ideología o de romanticismo, buscan nuevas fuentes de inspiración y nuevas formas de expresión.

El Parnaso francés (Gautier, Leconte de Lisie, Sully Prudhomme), los simbolistas (Verlaine, Mallarmé, Maeterlinck) se convierten en modelos de la nueva generación, junto con los norteamericanos Poe y Whitman.

Pero esta transición no se produce violentamente ni en un año. Ya desde 1860-1870, más o menos, un grupo de escritores de inspiración romántica ha ido dando cabida en sus temas, en su vocabulario y en su estilo, a la nueva sensibilidad.

Son los pre-modernistas o modernistas de la primera época o precursores: Gutiérrez Nájera (México), Julián del Casal (Cuba), José Asunción Silva (Colombia) y José Martí (Cuba).

El momento del triunfo definitivo lo han fijado los críticos en el año 1888, en que Rubén Darío, el poeta nicaragüense, edita en Valparaíso (Chile), su libro Azul, extraña y novedosa conjunción de prosas y versos, con reminiscencias e influencias románticas, parnasianas, simbolistas, pero sobre todo, exóticas y principalmente francesas.

La revolución literaria ha triunfado, y a partir de ese año, ya saben los escritores de lo moderno, a qué atenerse.

Un crítico español, sutil perspicaz y bien informado, descubre en seguida las bases profundas de este nuevo arte, y lo da a conocer y lo aplaude en el prólogo que escribe para esa obra de Rubén.

En pocos años, los escritores modernistas son legión en la América latina, y sobre todo, constituyen históricamente el grupo más valioso de escritores que se haya dado en un momento histórico en Hispanoamérica: Leopoldo Lugones y Enrique Larreta (Argentina), Amado Nervo (México), José Enrique Rodó y Julio Herrera y Reissig (Uruguay), José Santos Chocano (Perú), Manuel Díaz Rodríguez y Rufino Blanco Fombona (Venezuela), Ricardo Jaimes Freyre (Bolivia), aparte de los ya citados precursores y otras figuras de menor relevancia.

Proliferan las revistas literarias de jerarquía y difusión continental, bellamente editadas y con colaboraciones de gran valor: la Revista Azul (1894-1896, México), de Gutiérrez Nájera; la Revista Moderna (1898-1911, México), de Amado Nervo y un colaborador; El Cojo Ilustrado (1892-1915, Caracas), y Cosmópolis (1894-1895, Caracas); Pluma y Lápiz (Santiago de Chile); La Neblina (1896-1897, Lima); la Revista de América (1894-Buenos Aires), de Paul Groussac, entre otras.

Asimismo, es valiosa la acogida que en sus secciones literarias dispensan a los nuevos escritores los grandes diarios y periódicos de toda América.

Por supuesto, no faltaron tampoco las polémicas y debates entre los partidarios de las antiguas formas y estos revolucionarios sin pudor, que se atrevían a romper los moldes aceptados hasta entonces.

En España, donde también se contagió este movimiento, el estremecimiento literario que produjo el modernismo fue igualmente singular.

Caracteristicas de la Literatura Modernista en Hipanoamerica Representantes

La estética modernista. Dentro de la estética modernista, el crítico Torres-Rioseco ha diferenciado dos tendencias, la americanista y la sincretista, o como él las denomina, el mundonovismo y la torre de marfil.

Efectivamente, para algunos modernistas fue primordial americanizar la materia literaria, mientras que para otros, el arte no debía tener compromisos con la regional o vernáculo, y por tanto, debía trabajar el artista con su sola inspiración y voluntad, como encerrado en su torre ebúrnea, sin importarle de dónde procedía esta inspiración ni si era nacional o extraña.

Así, Darío fue cosmopolita, Lugones argentinista en su última manera, Chocano peruanista y americanista casi siempre, Evaristo Carriego porteñista.

El cosmopolitismo suponía adquirir los préstamos de inspiración en cualquier fuente, antigua o moderna, nacional o extranjera.

Hubo, además, una reacción contra el españolismo dogmático y clasicista en literatura, una postergación voluntaria del romanticismo, y con menos fobia, del clasicismo y del naturalismo.

En los demás, los caracteres generales del modernismo pueden sintetizarse así:

a) arte de minorías: , la literatura es una actividad artística de elevados espíritus y no una mercancía de consumo popular; la literatura no es social sino personal;

b) refinamiento y exquisitez; las obras deben reflejar una exquisitez y refinamiento de gusto, no sólo en los temas sino en la expresión;

c) la razón no es un elemento de la creación literaria: las fuentes de conocimiento y creación poética son la intuición ,y las facultades subconscientes del artista, y por ello, las obras revelan un mundo fantástico, quimérico, sutil, caprichoso, melancólico; el mundo meta-científico es interesante (magia, ocultismo, teosofía, magnetismo, parapsicología, escatologia, satanismo, etc.): los «raros» son objeto de especial interés y al mismo tiempo aptos para el arte.

d) las sensaciones se corresponden entre sí: cada objeto del mundo exterior produce en el individuo y en el artista un conjunto de sensaciones correlativas; los perfumes, los sonidos y los colores se equivalen, y por eso puede hablarse de audición coloreada (la a es negra; blanco horror) y otras correlaciones; el la poesía debe expresar las impresiones que nos producen las cosas y no las cosas mismas (procedimiento impresionista de describir la naturaleza): una nube empequeñecía el firmamento, por una nube me dejaba ver sólo una parte pequeña del universo;

f) sentimentalidad: los artistas de la nueva estétics no pueden dejarla de lado:

g) el matiz: el arte debe expresar el matiz difuso de la realidad, los estados de ánimo indefinibles, lo que no es lógica ni psicológicamente claro y distinto.

h) musicalidad: los versos, además de tener un contenido significativo, deben ser musicalmente atractivos por su mismo sonido, aun cuando esta selección de sonidos no encierre un significado comprensible o preciso (De la musique avant toute chose, ha dicho el maestro Verlaine);

i) transposiciones de arte: , este recurso tomado del paniasiaiiismo, consiste en tomar técnicas de una arte y proyectarla a otra: pintura-literatura (descripciones de obras plásticas y cuadros); teatro-literatura (descripción de gestos, actitudes y ademanes como si los personajes actuaran en un escenario), etc.;

j) preferencia por los temas exquisitos, decorativos, pintorescos y exóticos (Escandinavia, Oriente, Edad Media, Grecia antigua, Francia versallesca, mitología, colonia virreinal, etc.; flora y fauna llamativa y exótica, etc.)

k) renovación del vocabulario y de la sintaxis, neologismos (liróforo, faunalias, crisoelefantismo, etc.); arcaísmos, (ansina, rempujar, etc.).; barbarismos (sportwoman, gin, baccarat, etc.); latinismos (Pro nobis ora, gran señor, etc.);

l) renovación de la versificación: actualización de antiguos versos olvidados, como los eneasílabos, los tercetos monorrimos y los cuartetos monorrimos, y combinaciones estróficas nuevas.

Fuente Consultada:Literatura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial Plus Ultra – Capítulo XVIII El Modernismo

Creacion del Salon Literario y Asociacion de Mayo Sus Objetivos

Historia de las Asociaciones Literarias de Echeverria Esteban

Echeverría y la literatura autóctona. — La aparición de la escuela romántica en la literatura argentina se debe a Esteban Echeverría, quien sentó las bases de la nueva orientación destinada a renovar la cultura argentina y la poesía americana. Sus ideas literarias no fueran originales, puesto que fundamentalmente las derivó del prefacio de «Gronwell», de Víctor Hugo.

Pero, esas ideas europeas, fueron para él un medio para la conquista de nuestra libertad espiritual, pues, de acuerdo con la novena palabra simbólica del «Dogma», su programa de renovación de la sociedad argentina requería la «emancipación del espíritu americano».

Esta emancipación espiritual debía referirse tanto a la forma como al fondo de la obra literaria: en la forma, rompiendo la tradición seudoclá-sica, que era un resabio de la colonia; en el fondo, adaptando la obra literaria a la sociedad y naturaleza argentinas, dándole un carácter local.

El carácter nacional que debe tener la literatura fue destacado reiteradas veces por Echeverría. La literatura debe ser —decía— reflejo de la civilización.

Por eso, en cada pueblo, en cada sociedad debe revestir forma distinta y caracteres especiales en las diversas épocas. «Así como cada nación tiene su religión, sus leyes, sus ciencias, sus costumbres, su civilización, en fin, debe tener su arte». Nosotros debíamos tener, también, nuestro arte.

Para ello, debíamos seguir «el espíritu del siglo», que llevaba a todas las naciones «a emanciparse, a gozar de la independencia no sólo política, sino filosófica y literaria».

Seguirlo, adoptando la orientación romántica que, por no reconocer ninguna forma absoluta, era un medio de ejercitar la libertad.
En suma, siguiendo a Hugo, repitió Echeverría que «el romanticismo no es más que el liberalismo en literatura».

Esta condición lo hacía apto para que nos ayudara a reaccionar contra la estética colonial y ensayar nuestra regeneración social y moral. Porque para Echeverría, la obra literaria debía tener una función social, moralizadora y educativa.

esteban echeverria

«SALÓN LITERARIO» Y LA «ASOCIACIÓN DE MAYO»

El Salón Literario. — La inquietud de la nueva generación impulsó a un grupo de jóvenes a constituir la denominada «Asociación de estudios históricos y sociales» que, presidida por Miguel Cané, se instaló en 1832 con el propósito de realizar en común lecturas —en especial de obras francesas—y escuchar disertaciones sobre temas que eran fijados de antemano.

Pero, por el carácter específico de sus preocupaciones, la institución no pudo en su corta vida satisfacer las apetencias de los jóvenes, casi todos con vocación de escritores, por lo que un grupo de sus integrantes sugirió a Marcos Sastre (1809-1867) —que era conocido y popular entre los estudiantes de la Universidad— la idea de organizar un club de discusión, de conversación y de lectura que tuviera un radio de acción más amplio.

Sastre, después de asegurarse la adhesión de un grupo de cuarenta o cincuenta jóvenes y de algunos vecinos, alquiló una casa más grande, en la entonces calle Victoria, donde trasladó su librería y destinó dos habitaciones para local del Salón Literario, que estuvo presidido por estas palabras de San Pablo: Abjiciamus opera tenebrarum, et induamur arma lucis. («Arrojemos las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz»).

La inauguración del Salón se realizó con un acto presidido por Vicente López y Planes, en el cual se leyeron tres discursos: uno de Marcos Sastre, otro de Juan María Gutiérrez y el tercero de Juan Bautista Alberdi.

Sastre destacó la preocupación de la juventud intelectual por llevar a la patria a una situación de mayor florecimiento.

Reconoció que el progreso se había entorpecido porque, en vez de adoptar «una legislación y política propias de su ser, un sistema de instrucción pública acomodado a su ser y una literatura propia y peculiar de su ser», el país había imitado —en lo político, lo científico y lo literario— modalidades ajenas al carácter autóctono.

Era pues necesario buscar el auténtico ser nacional y tener confianza en los cambios, que jamás debía intentarse precipitar «porque —manifestó— no se pueden usurpar impunemente los derechos del tiempo».

Gutiérrez, por su parte, censuró la acción de España, que había cortado «el hilo del desenvolvimiento americano», e insistió en la necesidad de que la educación estuviera «en armonía con nuestros hombres y nuestras cosas» y que nuestra literatura representase «nuestras costumbres y nuestra naturaleza».

El discurso de Alberdi exteriorizó su creencia de que el género humano marcha hacia una perfectibilidad indefinida, pues en la historia —por «la eterna impulsión progresiva de la humanidad»— se generan sucesivas formas cada vez más perfectas.

juan bautista alberdi

Aun «las catástrofes más espantosas al parecer — expresó— vienen a tomar una parte útil en este movimiento progresivo». Este desenvolvimiento progresivo del espíritu humano armoniza, sin embargo, con las exigencias y necesidades de cada pueblo y de cada momento, pues cada nación «se desarrolla a su modo, porque el desenvolvimiento se opera según ciertas leyes constantes» subordinadas a las condiciones del tiempo y del espacio.

En consecuencia, «cada pueblo debe ser de su edad y de su suelo; cada pueblo debe ser él mismo».

Por ello, el deber de la hora consistía, a juicio de Alberdi, «en investigar la forma adecuada en que nuestra civilización debe desarrollarse, según las circunstancias normales de nuestra actual existencia argentina».

De ahí que los trabajos del Salón debieran encaminarse, por un lado, a indagar los elementos filosóficos de la civilización humana; por otro, a estudiar las formas que estos elementos debían recibir en nuestro país, a fin de que las exigencias de nuestro desarrollo social armonizaran con los exigencias del progreso general de la humanidad.

El objeto del Salón Literario, concluía Alberdi, no era reunir a los jóvenes para que escuchasen lecturas —»leer por leer»—, sino alistarlos «para llenar una exigencia de nuestro desenvolvimiento social».

Era pues evidente que el propósito perseguido por el Salón fue penetrar en el conocimiento de nuestro ser nacional, a fin de encontrar una ruta que llevara a la organización definitiva del país.

Pero esa búsqueda de lo nuestro fue orientada por los autores franceses, que ejercieron en ese momento una sugestión extraordinaria en nuestra juventud.

Las reuniones del Salón fueron muy animadas y en ellas se trataron los más diversos temas. Se discutieron «Palabras deun creyente», de Lamennais; «Cromwell», de Víctor Hugo; «Roma subterránea», de Didier; se comentaron los discursos de Guizot, Thiers y Berryer, los poemas de Byron y la filosofía ecléctica de Goussin; se desarrollaron temas religiosos, económicos y rurales; se leyeron composiciones poéticas — entre ellas un fragmento de «La cautiva»— y estudios jurídicos y sociales; es decir, se realizó una actividad múltiple.

El carácter público de las reuniones y las diferencias de instrucción entre los concurrentes determinó que, a veces, llegaran a sostenerse principios y opiniones extravagantes.

En el Salón —comenta Vicente Fidel López— «se produjo poco, se leyó mucho, se conversó más». Y explica que «por el influjo del espíritu con que se había creado, o por inclinación de las ideas que el movimiento liberal de la literatura francesa tenía con nuestros anhelos políticos, las tendencias del Salón tomaron este último declive y jamás se conversaba allí de otra cosa que de intereses serios».

Pero el Salón Literario estaba condenado a morir. No tardó la policía en llamar la atención a Sastre sobre esas reuniones de «los muchachos reformistas y regeneradores». El ambiente cada vez más sombrío, a raíz del bloqueo francés, y el malestar político más intenso, que hizo aumentar el número de expatriados, determinó la clausura del Salón.

El club literariocomentaba Alberdi años después— tuvo que rendir sus armas «ante la brutal majestad de otro club de rebenque, formado para impedir todo club de libertad. La única forma en que la libertad de asociación podía existir, fue la que asumió la Mazorca. Para azotar a los liberales era lícito asociarse, y para estudiar la libertad la asociación era un crimen de traición a la patria».

La «Asociación de la Joven Generación Argentina«. Al extinguirse el Salón Literario, un grupo de sus integrantes, entre los que se contaba Esteban Echeverría, decidió constituir una sociedad secreta juramentada, al estilo de la «Joven Europa» de Mazzini. Propósito de la asociación fue conciliar
todas las opiniones e intereses en base a un programa de acción política que, superando la división entre federales y unitarios, tendiera a convertir en realidad los ideales de la Revolución de Mayo.

El 23 de junio de 1838 se reunieron por primera vez treinta y cinco jóvenes, ante los cuales Echeverría bosquejó la situación de la nueva generación —mirada con desconfianza por los federales, porque «la hallaban poco dispuesta a aceptar su librea de vasallaje», y con menosprecio por los unitarios, porque la creían «ocupada solamente de frivolidades»—, invitándolos a asociarse en torno al ideal reunido en quince Palabras simbólicas.

Constituida la Asociación —que después, por haber adoptado como divisa los ideales de 1810, se denominó Asociación de Mayo— se encargó a Echeverría, Gutiérrez y Alberdi la redacción de una explicación de las palabras simbólicas, que serviría como declaración de principios.

Pero, para mantener la unidad de estilo, de forma y de método de exposición sus compañeros delegaron la tarea en Echeverría, quien redactó la explicación de catorce palabras. La decimoquinta fue después redactada por Alberdi. Así surgió el «Código o declaración de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina».

Consciente Echeverría de que los principios, a menos que se arraigaran en la realidad, resultarían estériles, presentó un plan de labor, en el cual enumeró las cuestiones que los miembros de la Asociación debían estudiar y resolver desde el punto de vista práctico. Tres cuestiones fundamentales debían discutir, deslindar y fijar.

La primera «será la de la libertad de prensa, porque ella es el gran móvil de toda reforma». «La segunda, ¿qué es la soberanía del pueblo y qué límites deben circunscribirla?

La tercera, ¿cuáles son la esencia y las formas de la democracia representativa?». Además, debían ventilarse algunas cuestiones económicas y asuntos de la administración pública; desentrañarse el espíritu de la prensa periódica durante la revolución; seguirse el hilo del pensamiento revolucionario a través de los sucesos; bosquejarse nuestra historia militar y parlamentaria; determinarse los caracteres de la verdadera gloria y qué es lo que constituye al grande hombre.

«El punto de partida para el estudio de cualquier cuestión — advertía Echeverría— deben ser nuestras leyes y estatutos vigentes, nuestras costumbres, nuestro estado social.

Determinar primero lo que somos y aplicando después los principios buscar lo que debemos ser, hacia qué punto debemos encaminarnos. Mostrar en seguida la práctica de las naciones cultas, cuyo estado social tenga más analogía con el nuestro, y confrontar siempre los hechos con la teoría o las doctrinas de los publicistas más adelantados.

No salir del terreno práctico, no perderse en abstracciones, clavar el ojo de la inteligencia en las entrañas mismas de nuestra sociedad, es el único modo de hacer algo útil a la patria y de atraer prosélitos a nuestra causa».

Las reuniones secretas que efectuaba la Asociación no pudieron continuar realizándose, porque los agentes de Rosas vigilaban. Por ello, se separaron los integrantes de la sociedad y Alberdi paso a Montevideo y se encargó de la publicación del «Código», que apareció el 1º de enero de 1839 en «El Iniciador».

El asesinato de Maza y la revolución del Sud precipitaron la violencia de la tiranía y muchos de los jóvenes se vieron obligados a emigrar. Fue entonces cuando Echeverría y los demás miembros de la Asociación de Mayo comprendieron que era irrealizable la ilusión que habían tenido de conquistar a Rosas para su causa.

Difusión de la doctrina de la «Asociación de Mayo». — Los principios sostenidos por la Asociación de Mayo se difundieron con celeridad, merced a la acción de algunos de sus miembros que fueron entusiastas propagadores de la nueva doctrina. Alberdi, el primero de sus miembros que emigró, se unió en Montevideo —»asilo seguro del pensamiento proscrip to de Buenos Aires»— a Miguel Cané y Andrés Lamas, que, desde abril de 1838, publicaban «El Iniciador».

Promovieron allí una asociación similar a la que había existido en Buenos
Aires, a la cual se incorporaron Bermúdez, Bartolomé Mitre y Andrés Somellera.

Vicente Fidel López, que después del asesinato de Maza tuvo que emigrar a Córdoba, fundó en esta ciudad una asociación similar, integrada por Paulino Paz, Enrique Rodríguez, Avelino Ferreira, Francisco Alvarez y Ramón Ferreira.

Esta asociación preparó una revolución antirrorista que triunfó, con el apoyo del general Lamadrid, y llevó a la gobernación de la provincia al doctor Francisco Alvarez. Pero dos meses después el gobierno fue derribado por Oribe, y Alvarez murió en el combate de Angaco.

Un centro análogo se formó en San Juan, donde la doctrina de la Asociación fue introducida por uno de sus miembros más entusiastas, Manuel Quiroga Rosas. A él se unieron Sarmiento, Aberastain, Cortínez, Laspiur y Benjamín Villafañe.

Villafañe pasó de San Juan a Tucumán, su provincia natal, y junto con Marco Avellaneda, en ese entonces ministro de gobierno, formó la Asociación que fue centro de la coalición del Norte.

El intenso fervor proselitista de los miembros de la Asociación de Mayo hizo que en el interior del país o en el destierro se reunieran los jóvenes en torno a los ideales proclamados en el «Código o declaración de principios», cuya influencia muy pronto se sintió en todo el país y se manifestó en la prensa y en la literatura. Años más tarde, Echeverría se preguntaba qué había en ese pensamiento de la Asociación que en todas partes atraía prosélitos ardientes.

Y respondía: «Había la revelación formulada de lo que deseaban y esperaban para el país todos los patriotas sinceros; había los fundamentos de una doctrina social diferente de las anteriores, que tomando por «regla de criterio única y legítima la tradición de Mayo», buscaba con ella la explicación de nuestros fenómenos sociales y la forma de organización adecuada para la República; había, en suma, explicadas y definidas, todas esas cosas, nuevas entonces y hoy tan vulgares, porque andan en boca de todos, como tradición de Mayo, progreso, asociación, fraternidad, igualdad, libertad, democracia, humanidad, sistema colonial y retrógrado, contrarrevolución, etc.».
Por motivos puramente circunstanciales, los principios doctrinarios de la Asociación de Mayo no fueron seguidos por todos los proscriptos.

En realidad, lo que hermanaba a los expatriados, más que la afirmación de una doctrina era el odio contra el tirano. Pero el valor de estos principios radicó en que se difundieron entre los jóvenes, que después del derrocamiento de la dictadura organizaron la nación y le dieron ese magnífico instrumento de nuestro progreso que fue la Constitución de 1853.

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Loprete – Editorial Plus Ultra
Historia de la Cultura Argentina Parte II de Francisco Arriola Editorial Stella

Escritores de la Generacion del 80 Caracteristicas de Obras Literarias

Escritores de la Generacion del 80 Caracteristicas De Sus Obras Literarias

  • 1-Lucio V. Mansilla (1831-1913)
  • 2-Eduardo Wilde (1844-1913)
  • 3-Miguel Cané (1851-1905)
  • 4-Fray Mocho

El cuento y el ensayo.
Los brillantes escritores de la generación del 80 constituyeron un grupo de hombres que se formaron «en los libros y en los viajes, frecuentaron las imprentas y la política, alternaron las tareas del gabinete con la charla del club, gozaron de la vida, revelaron en sus obras un temperamento y dejaron en pos de sus artículos, ensayos, anécdotas, impresiones, memorias, narraciones breves, impregnadas de experiencias autobiográficas o de observaciones sobre el ambiente que vivieron».

El escritor más representativo de este grupo fue, indudablemente, Lucio V. Mansilla (1831-1913), que sobresalió por sus condiciones de sagaz observador y ameno charlista.

Lucio V. Mancilla
Lucio V. Mancilla

Sus obras literarias son valiosas, más que por el relato por el contenido humano que encierran. Retratos y recuerdos nos los revela como un profundo conocedor del alma humana, pues le bastaba un detalle, a veces insignificante, para sorprender lo fundamental de un personaje.

Pero sus siluetas de los «hombres de Paraná» se resienten como consecuencia de su afán de improvisar, de su falta de meditación y de concisión. Pero, aunque algunas dejan por ello algo que desear, otras constituyen retratos bien perfilados.

Entre nos, título bajo el cual reunió sus «causerie del jueves», nos presenta un conjunto de anécdotas, críticas, opiniones y narraciones que revelan su talento de escritor y sus dotes de conversador ameno y original.

Una excursión a los indios ranqueles —publicada primero como folletín de «La Tribuna»— constituye un testimonio valioso sobre la última etapa de la vida aborigen en nuestro territorio.

Fruto de la expedición que, al frente de diecinueve hombres, emprendió al dominio de los indígenas desde el fortín de Río Cuarto —logrando dominarlos con su habilidad y astucia—, es un relato ameno, matizado con evocaciones de cuadros de la naturaleza, presentación de caracteres, reflexiones, comentarios y ocurrencias.

A través de sus obras, Mansilla se singulariza por la espontaneidad de su relato, el lenguaje familiar que utilizó y lo deshilbanado de su composición.

A Mansilla le faltó, como observa Ricardo Rojas, madurez cultural, concentración y disciplina, para ser el gran escritor que habría podido ser.

«La vida fue para él un deporte; la literatura, una conversación brillante. Movimiento caleidoscopio) anima sus escritos; de pronto parece que el movimiento se detiene; creemos descubrir la línea firme de la belleza o de la verdad, pero la ilusión dura un instante, y la arquitectura suprema vuelve a borrarse en el desorden trivial.

No ha tenidoen la composición de sus libros el sentimiento del poema, ni ha tenido en la composición de sus prosas el sentimiento de la antología. Sus fragmentos mejores pierden la mitad de su encanto si se los saca del vasto caos autobiográfico a que pertenecen.

Reunir un tomo de selecciones de entre sus arbitrarios libros sería tarea difícil para un crítico escrupuloso.

El arte fue en Mansilla parte integrante de su vida, y sólo puede salvarlo el considerar que practicó la vida como un arte. Creó un poema real: su propia biografía; creó un personaje novelesco: su propia personalidad».

Eduardo Wilde (1844-1913) a través de su actuación como médico, parlamentario, diplomático, periodista, escritor y profesor tuvo una virtud: «enojar a algunos, hacer reír a muchos y pensar a todos».

Eduardo Wilde
Eduardo Wilde

La rica experiencia que recogió en sus diversas tareas las volcó en sus libros, en los cuales mostró su ingenio, su agudeza y su ironía. Prometeo y Cía. contiene una serie de relatos que se consideran como sus mejores producciones; «Tiri», por ejemplo, que es la historia de un niño que muere de crup, le da oportunidad de contar sus primeros años, su enfermedad, la desesperación de sus familiares, las horas de agonía, la muerte y las escenas del entierro.

Wilde siempre consideró a éste uno de sus cuentos decisivos, por lo enternecedor del relato, y manifestó que lo había escrito para que los mentecatos, que no lo conocían, supieran que él también era capaz de sentir.

Tiempo perdido, además de relatos, artículos y trabajos más o menos breves, contiene su famosa polémica con Pedro Goyena sobre poesía, originada en la crítica que formulara sobre las composiciones poéticas de Estanislao del Campo.

Aguas abajo, su único libro que tiene un solo argumento, es la historia de la infancia de Boris, personaje en quien objetiva sus propios recuerdos. Viajes y observaciones y Por mares y tierras son crónicas llenas de felices observaciones sobre música, pintura y escultura.

En pasajes de sus diversos escritos, Wilde nos ha hecho conocer sus ideas sobre la composición literaria. Para él, lo original constituía lo único valioso de la producción literaria.

«El arte de hablar o de escribir consiste en la naturalidad; el que dice exactamente lo que piensa es un literato». Por eso, consideraba que el mayor enemigo del buen gusto era la corrección gramatical. «Lo exquisito de un libro —decía— está en la claridad de su forma, en la elegancia de las palabras, en la consonancia de los sonidos y, naturalmente, en la novedad del concepto que expresa».

Pero este ideal de lo exquisito en literatura la concebía como algo inalcanzable, ya que, afirmaba, «desgraciadamente se llega a la tumba sin haber alcanzado de un modo absoluto esta forma».

Miguel Cané (1851-1905) fue el escritor de su generación que ejerció mayor influencia en el ambiente porteño y se singularizó porque en sus páginas elegantes, que se destacan por la gracia de su estilo, se ocupó de la realidad inmediata.

Miguel Cané
Miguel Cané

Ensayos; En viaje; Charlas literarias; Notas e impresiones; Prosa ligera, libros que evidencian la vastedad de su cultura, su espíritu crítico y su realismo, están formados por ensayos, notas, crónicas e impresiones fragmentarias «nacidas las más —se ha dicho— en el ocio de las legaciones», que luego reunió en pequeños volúmenes.

Su calidad de narrador pintoresco la reveló Cané en Juvenilia, su libro más personal, constituido por un conjunto de recuerdos estudiantiles del viejo Colegio Nacional de Buenos Aires.

Esta obra prueba, a juicio de Rojas, la gran aptitud que su autor poseía para la novela, género al que no se dedicó porque las preocupaciones ambientes desvirtuaron su talento.

En Juvenilia «la unidad de ambiente, de argumento y de estilo; la animación de las narraciones, la viveza de los diálogos y de los tipos, el color de los paisajes, la amenidad de su prosa, el dejo profundamente humano y genuinamente porteño del contenido psicológico, la emoción melancólica apenas velada por el sutil humorismo, todo concurre a clasificar esta obra en el género novelesco.

Es una memoria de cosas reales, absolutamente histórica en sus personajes y en su ambiente, pero es una memoria de la vida privada. Allí está el cuadro de nuestra Buenos Aires y de nuestra vida estudiantil tal como fueron de 1863 a 1870″.

A los escritores de esta generación del 80 pertenecieron, también, Agustín S. Alvarez (Fray Mocho), cuyos Cuentos, publicados en la revista «Caras y Caretas» constituyen la parte más valiosa y amena de su obra literaria; y Bartolomé Mitre y Vedia (Bartolito), de cuyo chispeante estilo dejó pruebas en artículos y crónicas que vieron luz en el diario «La Nación».

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Loprete – Editorial Plus Ultra

La Poesia Romantica y Gauchesca Argentina Sus Representantes y Obras

La Poesía Romántica y Gauchesca Argentina Representantes y Obra Literaria

Carlos Guido Spano: Entre los poetas de la nueva generación, que sucedió a la de los proscriptos, se destaca Carlos Guido Spano (1827-1918), por haber sido un innovador y, como tal, haber representado una época en la evolución de la poesía argentina.

Guido Spano Carlos
Poeta Romantico Guido Spano Carlos

«Personificó —escribió un eminente crítico uruguayo— el culto indeficiente de la forma, cuando las condiciones de la obra de improvisación de una literatura, y las influencias de la escuela, conspiraban para imponer cierto vicioso amor al desaliño; la amable serenidad del sentimiento, cuando vibraba en toda lira la repercusión de universales tempestades del ánimo; el desinterés de un ideal de poesía levantado sobre los rudos afanes de la acción e inmutable entre el hervor pasajero de las muchedumbres, en un tiempo en que los propios fantasmas de los sueños bajaban a partir la arena del circo y era la canción como base de bronce que recogía y amplificaba las resonancias del combate».

Guido Spano se inició como poeta publicando algunas composiciones en la «Revista del Paraná», en 1854, y luego en el «Correo del domingo».

A estas primeras producciones siguieron los volúmenes titulados Hojas al viento y Ecos lejanos, en los que reunió un conjunto de sus poesías constituídas, en su mayoría, por versos circunstanciales sobre los más diversos temas.

De esas páginas se destacan, y han alcanzado justa popularidad, sus poemas y en especial aquellos en que cantó al hogar: At home; A mi hija María del Pilar; A mi madre.

Según Rojas, no debe considerarse a Guido Spano como un poeta civil, sino como «un lírico de la naturaleza y del amor», pues el suyo fue un timbre nuevo en la poesía argentina. «Fue el primer artista verdadero que hayamos tenido en nuestro país. Perfeccionó el verso después del vehemente Mármol; civilizó la prosa a la par del elegante Avellaneda; dio a la poesía una función desinteresada, al margen de la política, y nos dejó en el recuerdo de su propia vida un espectáculo de belleza casi legendaria en el ambiente de nuestras embrionarias repúblicas».

Olegario V. Andrade. En la segunda generación de nuestros poetas románticos es preciso ubicar a Olegario V. Andrade (1839-1882). Estudió en el Colegio de Concepción del Uruguay, donde fueron sus maestros dos emigrados republicanos franceses —Alberto Larroque y Alejo Peyret—, junto a los cuales aprendió a admirar la ideología y la literatura francesas de la Restauración y del Segundo Imperio, y en especial a Víctor Hugo.

Andrade Olegario
Andrade Olegario

Se inició en el periodismo fundando El Porvenir, órgano partidista destinado a defender la política de Urquiza frente al Estado de Buenos Aires y a atacar a los hombres que seguían a Mitre.

Redactó El Pueblo y La Tribuna y, establecido en Buenos Aires durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, fundó La Tribuna Nacional, desde cuyas páginas defendió la política del general Roca escribiendo en favor de las fundamentales cuestiones resucitas durante su gobierno — la enseñanza laica y el matrimonio civil— y sobre cuestiones políticas y electorales.

La iniciación poética de Andrade se remonta a 1856, fecha en que no había abandonado las aulas; sus versos de entonces sólo tienen un interés biográfico, ya que carecen de verdadera calidad literaria.

Entre 1875 y 1880 compuso Prometeo, Atlántida, El nido de cóndores, San Martín, A Víctor Hugo, La noche en Mendoza y El arpa perdida, que constituyen sus más inspirados poemas. Otras de sus composiciones poéticas más recordadas son La vuelta al hogar y El consejo maternal, que son poesías de carácter íntimo.

Olegario V. Andrade fue nuestro poeta civil, porque escribió sus cantos con motivo de ciertas conmemoraciones solemnes y porque, en los temas que trató, cantó ideas de libertad, de patria y de progreso.

Su liberalismo político y la consiguiente oposición a toda forma de superstición y de tiranía, desató enconadas críticas. Pero, pese a ello, gozó en su época de gran prestigio: tuvo admiradores y hasta imitadores.

En sus poesías, observa Roberto F. Giusti, Andrade «marcha continuamente entre hipérboles, prosopopeyas y antítesis sonoras y enfáticas. Todo lo ve como al través de una lente de aumento.

Tiene indudables aciertos poéticos, pasajes y rasgos de rara inspiración, levantada entonación musical; pero a veces suena a hueco y otras es vulgar, falso, difuso y palabrero».

Pese a estos defectos y exageraciones que también se han señalado en Víctor Hugo, que poéticamente fue su maestro, las composiciones de Andrade se impusieron por la fuerza avasalladora de su talento poético.

Ricardo Gutiérrez. Poeta también romántico, pero de tendencia más lírica e íntima que Andrade, y distinguido médico de niños, que ejerció como un sacerdocio su profesión, fue Ricardo Gutiérrez (1836-1896).

Ricardo Gutierrez Poeta Romántico
Ricardo Gutierrez Poeta Romántico

Espíritu profundamente cristiano —»cristiano de los evangelios, tan alejado del fanatismo como del rito»—, el amor, la piedad, la caridad y el odio a la guerra fueron los motivos inspiradores de sus cantos. Por eso, Ricardo Rojas lo ha considerado como un poeta del amor cristiano: «por la espiritualidad de su erotismo y por la amplitud de su piedad».

Su primer poema —La fibra salvaje—, publicado en 1860, manifiesta la influencia de Espronceda y Byron.

Historia de una pasión, deja de lado todo lo externo y pinta un drama que se desarrolla en la conciencia de los protagonistas —Lucía, Ezequiel y Julio—, que no son, pese a su intento, tipos genuinos de nuestros campos, sino seres como los hay en todas partes.

En Lázaro, poema publicado años después, quiso evocar la pampa y el gaucho; por eso, el éxito que alcanzó esta obra se explica por haber sido una tentativa de poesía gauchesca escrito en verso culto.

Situada la acción en la costa del Paraná, en la época de la colonia, presenta una serie de situaciones inverosímiles, que hacen del poema una falsa idealización de nuestro gaucho.

Sin embargo, es justo destacar el noble esfuerzo de Gutiérrez: buscar su inspiración y sus tipos en su propia patria.

Superiores a estos extensos poemas son las composiciones que Gutiérrez reunió en El libro de las lágrimas y El libro de los cantos.

En las poesías reunidas en el primero —de las que se destacan La sombra de los muertos, El último adiós, El juramento, La última cita y La victoria— predomina un tono melancólico que, aunque mantenido a través de los distintos temas, no expresa la típica desesperación romántica, sino la esperanza de su cristianismo heterodoxo y libre de todo dogma.

En el segundo volumen se encuentran sus mejores composiciones: El poeta y el soldado, La hermana de caridad, Cristo y El misionero, poesía ésta cuya publicación produjo una conmoción en nuestro ambiente, ya que algunos quisieron ver en ella la prueba de una «conversión» de Gutiérrez.

Pedro Goyena, que consagró a Gutiérrez uno de sus más finos estudios, reconoce la influencia que sobre él ejerció Byron.

Pero, a renglón seguido, señala el mérito de Ricardo Gutiérrez: «Impregnado su espíritu de la poesía byroniana ha arrojado su mirada sobre la patria, sobre ese desdichado hermano nuestro que se llama el gaucho; y ha cantado su nobleza, su gallardía, sus amores, su desventura, el abismo del crimen o del vicio adonde le arrojan la barbarie y la miseria que deben pesar como un remordimiento en la conciencia de nuestros estadistas».

Y agrega que sus poesías revelan, además, «un espíritu abierto a las luces del siglo y adherido a las generosas tentativas que ensaya el espíritu del bien, para destruir el imperio del error y la maldad, y hacer de la tierra, ya que no del paraíso, por lo menos un campo de nobles luchas en que la equidad impere y desde donde todos los seres humanos puedan alcanzar un día el ideal cuya fiebre nos devora».

Rafael Obligado. La obra más íntimamente argentina de nuestras letras se encuentra en las poesías de Rafael Obligado (1851-1920), que «trajo al arte argentino —al decir de Rojas— los ideales del patriciado, pero no en las aparatosas de la oda política, sino en las formas sencillas de la canción popular; sintió la tierra y la raza como un poeta de las pampas, celebrándolas en su verso como un payador de las ciudades; porque eso fue Obligado, un payador argentino«.

Rafael Obligado

Sus composiciones juveniles fueron versos de escaso mérito. Pero, a partir de su romance La flor de seibo, inspirado en nuestro ambiente, pero volcado en formas esmeradas y armoniosas, Obligado se reveló como un poeta nacional.

A esta composición siguieron En la ribera, Un cuento de las olas, A la sombra del sauzal, Las cortaderas, El camalote, El nido de cóndores, El hogar paterno y Las quintas de mi tiempo.

También cultivó otro género de poesía. Cantó episodios históricos argentinos, y al hacerlo —dice su hijo Carlos— dejó de lado todo patrioterismo. «No canta, en efecto, victorias deslumbrantes, sino más bien desastres de nuestras armas; pero desastres sobrellevados con alma heroica, que al acercarse en la adversidad, triunfará seguramente mañana.

Con altiva emoción, place a su númen «decir el alto honor de los vencidos». A este género pertenecen La retirada de Moqueguá, Ayohuma y El negro Falucho. También cantó leyendas y tradiciones populares en La salamanca, La luz mala, La muía ánima, El cacui y El yaguarón.

La obra poética de Obligado culminó en Santos Vega, poema en que recogió la tradición, anteriormente cantada por Bartolomé Mitre e Hilario Ascasubi, y la desarrolló en cuatro cantos: El alma, la prenda, el himno y la muerte del payador.

La última parte del poema tiene singular importancia, pues en ella cantó la transformación del país y el conflicto social que se planteaba entre la tradición, por un lado, y el progreso, la ciencia y la inmigración, por otro, y expresó el alcance extraordinario de esa transformación pampeana realizada al «grito poderoso del progreso».

Rafael Obligado adoptó, dice Ricardo Rojas, lo que el romanticismo de Echeverría tenía de fecundo, «el sentimiento del paisaje, la conciencia de la raza, la libertad de la emoción, y desechó lo que tenía de funesto: la divagación delirante, el el erotismo enfermizo, la barbarie idiomática.

Al desechar esto último volvió a las claras fuentes españolas del romancero, y al adoptar lo otro coincidió con nuestros payadores gauchescos en la substancia espiritual, pero superándolos en el sentido estético.

La asimilación gauchesca le resultó fácil, porque era payador pampeano, y la asimilación romántica igualmente, porque era sincero trovador». Por eso, el argentinismo característico de Obligado nos dio una verdadera lírica nacional.

POESIA GAUCHESCA

Aunque sus orígenes anónimos pueden situarse en el canto de los payadores, la poesía gauchesca se incorporó a nuestra literatura por obra de Bartolomé Hidalgo (1788-1823), poeta uruguayo que adoptó el cielito — serie de cuartetas octosilábicas, escritas en lenguaje popular, definidamente criollo y de sabor campero— y compuso una serie de diálogos, expresiones poéticas de carácter objetivo y social, dedicadas a narrar hechos, pintar costumbres y comentar sucesos públicos y políticos.

Su sucesor fué Hilario Ascasubi (1807-1875). autor de un conjunto de poesías gauchescas, reunidas bajo el título de Paulino Lucero, y de Los mellizos de la flor, descripción de la vida de los habitantes de nuestra campaña, en la cual recogió la tradición del payador Santos Vega.

Ascasubi Hilario
Ascasubi Hilario

Estanislao del Campo (1834-1880), que bajo el seudónimo de Anastasio el Pollo comenzó a escribir poesías gauchescas, fuE autor de Fausto, poema que es considerado como una de las joyas de su género.

Hombre de ciudad, estudió el alma del gaucho y, como expresara Agustín de Vedia, «pensó sus pensamientos, sintió sus sentimientos, pero conservó la forma estrófica que en su cultura personal había adquirido».

Estanilao del Campo, Poesia Gauchesca
Estanilao del Campo, Poesia Gauchesca

Por eso, del Campo no descendió hasta la poesía gauchesca, sino la elevó hasta él.

Especie de parodia del poema de Goethe, Fausto nació de las impresiones que le produjo la representación de la ópera de Gounod, a la que asistió en el Teatro Colón.

A través de la poesía y el humorismo, el poema relata en forma fina e ingenua y con el carácter propio del gaucho, observaciones que sólo podía hacer un hombre culto.

«El poeta —escribió Joaquín V. González, en «La tradición nacional«— ha preparado el efecto de su diálogo con mano maestra: le ha dado por escenario la Pampa misma, donde los interlocutores se sienten soberanos de la Naturaleza y se entregan, sin testigos, a los libres transportes de su alma sencilla, llena de sentimientos grandiosos, melancólicos o tiernos, y de supersticiones infantiles, que a cada momento estallan en espantos súbitos, cuando la imagen de Mefistófeles se atraviesa en el relato como una eclosión de fuego».

Además de este valor, el poema de del Campo se destaca, pese a la peculiar modestia de su expresión, por algunas descripciones de la naturaleza, intercaladas en el relato, que siempre han llamado la atención por su perfección.

José Hernández (1834-1886), el más grande de nuestros poetas gauchescos, publicó en 1872 la primera parte de Martín Fierro, creación genial, por lo típica e ingeniosa, que ocupa un lugar prominente en nuestra literatura.

Jose Hernandez Poesia Gauchesca
Jose Hernandez Poesia Gauchesca

Es la historia sencilla de un gaucho bueno, al que las arbitrariedades de los jueces de paz y comandantes de campaña convierten en un gaucho alzado, en un matrero, que para escapar a las persecuciones de que es objeto cruza la frontera y va a buscar tranquili dad en las tolderías de los indios.

El relato de «males que todos conocen — pero que naides cantó», pese a su sencillez, tiene un valor simbólico y honda significación social: es la historia del gaucho perseguido, explotado, víctima de la injusticia y de la arbitrariedad.

El éxito extraordinario del poema alentó a Hernández, que seis años después publicó su segunda parte —La vuelta de Martín Fierro—, más rica en personajes y episodios.

Aunque escrito en el rudo y pintoresco lenguaje gaucho, Martín Fierro es reconocido como nuestro auténtico poema nacional. Generalmente se lo ha considerado como el poema del gaucho.

Frente a esta difundida opinión, Ezequiel Martínez Estrada ha postulado una nueva consideración de la obra de Hernández, pues, a su juicio, Martín Fierro es el poema de la Pampa, ya que, pese a su persistencia en el desarrollo de la obra, su protagonista es sólo un accidente.

«Martín Fierro es una cosa de la Pampa, como todas y cada una de las figuras del poema. También la soledad es producto o cosa de la Pampa, que debe servir de clave a toda meditación sobre el tema.

Sin el sentimiento básico de la soledad, Martín Fierro carece de punto de apoyo. La soledad es el fondo y el protagonista de toda la obra. Arranca con ella en la primera estrofa y con ella concluye, después de haberla el poeta conjugado en todos los tiempos y modos posibles»

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Loprete – Editorial Plus Ultra


Biografia de Juan María Gutierrez y Su Obra Literaria

Biografia de Juan María Gutierrez y Su Obra Literaria

Juan María Gutiérrez. Junto a Esteban Echeverría, Vicente Fidel López y Juan Bautista Alberdi, aunque sin haber alcanzado la popularidad de ellos, se destaca la personalidad de Juan María Gutiérez (1809-1878), que posiblemente fué el más completo hombre de letras de su generación.

Participó en el «Salón Literario» y, junto con Echeverría y Alberdi, fué de los fundadores de la «Asociación de Mayo». Enemigo de los abusos de poder rosista, estuvo vinculado a la conspiración de 1839 y, después de estar encarcelado, tomó el camino del destierro.

En Montevideo combatió al gobierno de Rosas en las páginas de El Iniciador, El Talismán, Tirteo y ¡Muera Rosas!, y en 1841 se consagró como poeta al obtener con su poema A Mayo el primer premio en un concurso poético.

Viajó a Europa, en 1843, visitando Italia, Suiza y Francia, y a su regreso se trasladó a Chile, donde se dedicó al periodismo, a la enseñanza y a trabajos de crítica y de investigación literaria.

Caído Rosas, regresó a su patria y actuó como ministro en el gobierno de Vicente López y, luego, en el Congreso Constituyente de Santa Fe y en el go bierno de la Confederación Argentina.

Culminó su actuación pública con el desempeño del rectorado de la Universidad de Buenos Aires, a cuyo frente realizó una fecunda labor.
La vida de Gutiérrez muestra una dualidad que reside, en opinión de Rojas, en el contraste de su vocación sedentaria y su vida azarosa.

«Su cultura personal, sus gustos de bibliófilo, su espíritu crítico afinado hasta la ironía, no condicen del todo con sus rasgos biográficos de conspirador en Buenos Aires, de soldado de la libertad en Montevideo, de viajero sin fortuna en Europa, de exilado político en Chile, de periodista político, de constituyente y de ministro de la política de Paraná».

La solución de esta dualidad se encuentra en su personalidad de estadista y verdadero político: «Ciudadano, aceptó su parte de peligro en el deber patriótico; publicista, descendió a la arena de la prensa diaria; legislador, prohijó la Constitución que nos rige; ministro, sobrepuso a su localismo de origen el ideal de la nacionalidad».

Es que Gutiérrez, como otros hombres de su generación, por la fuerza de las circunstancias o impelido por el cumplimiento del deber de ciudadano, se vio mezclado en las alternativas de la vida pública.

Europeizante, como todos los hombres de su generación, amaba a Europa porque reconocía su influencia como imprescindible para que lográramos una cultura americana. Pero, al mismo tiempo, fué un verdadero americanista, pues en todos sus escritos buscó la característica americana y la influencia de las peculiaridades de nuestros países sobre la obra literaria.

Creía firmemente que América llegaría a tener una cultura original, pero no como producto espontáneo de la naturaleza, sino como resultado de la aplicación del literato a los temas de la realidad americana —naturaleza, tradiciones y costumbres—, ejecutando su trabajo de acuerdo con las leyes universales de la literatura. Para él, esas leyes universales nos servirían para extraer lo vivo del espíritu americano.

Como poeta, aunque no tuvo la fantasía de Mármol, por ejemplo, se destacó por la originalidad de los motivos que lo inspiraron, la elegancia y sobriedad de su expresión, la precisión de su léxico y la corrección de su prosodia.

Para merecer cabalmente el nombre de poeta le faltó, a juicio de Rodó, «cierta exaltación de sentimiento y un grado más férvido de fantasía; acaso también cierto espontáneo arranque de la for-ma, que precediera al delicado complemento del arte».

Lo mas valioso de la producción de Gutiérrez no se encuentra por eso en sus versos, sino en sus investigaciones y estudios críticos sobre la cultura, la historia y la literatura argentinas y americanas.

Sus trabajos de erudicción y crítica. La obra literaria de Juan María Gutiérrez, aparte de sus escritos políticos, de sus versos —reunidos éstos en un volumen titulado Poesías— y sus trabajos de carácter histórico, comprende una serie de investigaciones y trabajos críticos, que constituyen lo mejor de su producción.

Este hecho revela lo evolucionado de su cultura, pues como expresara Juan B. Terán, «la crítica supone madurez, un ojo adiestrado, una vasta experiencia» y «también revela la calidad del espíritu».

Su estudio sobre Juan Cruz Varela es considerado como uno de los monumentos de nuestra crítica literaria. En él enfoca no solamente al poeta, sino también al publicista y al crítico de arte, evidenciando su erudición y sus profundos conocimientos literarios. A su juicio, Várela tuvo singular significación en la historia de nuestra literatura, puesto que con sus dramas «Dido» y «Argía», «la tragedia clásica nació y murió en las orillas argentinas».

Noticias biográficas sobre Don Esteban Echeverría constituye un análisis profundo del introductor de la orientación romántica en nuestras letras. En este trabajo huyó Gutiérrez de todo juicio severo, porque, como escribiera, «nada es tan doloroso como clavar el escalpelo del análisis en las entrañas que aún sentimos palpitar de una memoria querida».

Para él, las composiciones poéticas de Echeverría evidencian la intención de obrar sobre el mayor número y de incorporar a los versos el «elemento social».

A los modelos de abnegación que presenta en las «Rimas», le siguen los dramas de la vida que encierran los poemas que escribió en Montevideo, especialmente «Avellaneda», que es, expresa, «una de las concepciones más eleva das y generosas de la musa del Plata.

Pero Gutiérrez no se limitó a la consideración de los trabajos literarios de su compañero de la «Asociación de Mayo», pues tomó en consideración, además, sus escritos político-sociales y pedagógicos.

No menos valiosos son los estudios de Gutiérrez sobre algunos poetas argentinos del período revolucionario, como Fray Cayetano José Rodríguez, Don Esteban de Luca y El Coronel Don Juan Ramón Rojas. En éstos, como en sus trabajos sobre Pedro de Oña y Pedro de Peralta Barnuevo Roca y Benavídezpublicados en el exilio— no se limitó a examinar las producciones de los literatos estudiados, sino, con un criterio más amplio, se preocupó de reconstruir la época, el ambiente en que actuaron, para explicar y aun justificar sus obras.

La censura que a Gutiérrez se le ha formulado, de que su labor como crítico fué de glosa o de rapsodia y casi siempre fragmentaria, se justifica con respecto a sus Estudios biográficos y críticos sobre algunos poetas americanos anteriores al siglo XIX, pues en sus páginas desfilan, a menudo muy rápidamente, figuras como Labardén, Gaviedes, sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruiz de Alarcón, etc.

Los frutos de sus investigaciones, tenaces y pacientes, Gutiérrez los dio a conocer especialmente en la «Revista del Río de la Plata», cuya dirección compartiera con Andrés Lamas y Vicente F. López, en la que publicó, entre otros, Estudios histórico-críticos sobre la literatura Sud-Americana; Ensayo de una biblioteca o Catálogo bibliográfico crítico, con noticias biográficas, de las obras en verso, con forma o con título de poema escritas en América o por hijos de esta parte del mundo; La literatura de Mayo; La Sociedad Literaria y sus obras; Algunas observaciones sobre las lenguas guaraní y araucana; Descripciones de la naturaleza de la América Española; De la poesía y de la elocuencia de las tribus de América; La elocuencia sagrada en Buenos Aires, antes de la revolución.

La erudición de Gutiérrez se admira en trabajos de otra índole, como su Bibliografía de la primera imprenta de Buenos Aires; Bosquejo biográfico del General San Martín y Noticias históricas sobre el origen y el desarrollo de la enseñanza pública superior en Buenos Aires, obra en la cual, además de una considerable cantidad de biografías y documentos, reunió un valioso caudal de informaciones sobre la educación argentina desde 1771 hasta la creación de la Universidad de Buenos Aires.

Juan María Gutiérrez fué un crítico por naturaleza. «Nadie como él realizó, en su medio incipiente —ha escrito José Enrique Rodó— esa serenidad superior, que parece secreto de las civilizaciones modernas; esa capacidad de comprender que, a diferencia de la falsa amplitud nacida de la incertidumbre escéptica o de la palidez de alma, deja percibir, como fondo, las preferencias de gusto, de admiración y de ideal, que imprimen carácter y dan nervio a la personalidad del escritor».

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Manuel Horacio Loprete – Editorial Plus Ultra

Biografia de Juan Luis de Leon Poeta Lirico Español

Biografía de Juan Luis de León Poeta Lírico Español

Además de autor místico, Fray Luis de León fue uno de los más notables poetas líricos de la literatura castellana.

Su Vida. Nació en Belmonte, Cuenca (1527) y realizó sus primeros estudios en Madrid y en Valladolid. Su padre era abogado y consejero real.

Se trasladó a los catorce años a estudiar en la Universidad de Salamanca, pero a los pocos meses, ingresó en el convento da San Agustín, donde profesó (1544).

Continuó sus estudios en la Universidad de Toledo, donde obtuvo el grado de bachiller. Completó sus estudios universitarios en Salamanca, y se graduó de licenciado y maestro en Sagrada Teología (1560).

Fray Luis de Leon

A partir de entonces se entregó de lleno a la vida universitaria Después de un fracaso en una oposición a los 32 años obtuvo la cátedra de Santo Tomás (1561) en otra oposición muy reñida, y cuatro años más tarde otra.

La Universidad de Salamanca era por ese entonces «un semillero de discordias y rivalidades», en las cuales se mezclaban los asuntos académicos con los personales y los teológicos.

La discordia alcanzó su más espinoso momento a propósito de una corrección del texto de la Biblia, que enfrentó a los hebraístas —entre los cuales se contaba Fray Luis— con los escolásticos intransigentes.

Fray Luis defendió la doctrina de un ajuste más próximo a los textos originales hebreos, lengua que él dominaba, refutando en algunos pasajes o vocablos la traducción al latín que había efectuado San Jerónimo, en su famosa y aceptada versión, conocida como la Vulgata.

Para colmo de males, un familiar de Fray Luis hizo circular inocentemente, y sin permiso, algunos borradores privados del sabio hebraísta, que contenían una traducción al español, desde el original hebreo, del Cantar de los Cantares de Salomón, que forma parte de la Biblia.

Las traducciones de la Biblia a lengua vulgar habían sido expresamente prohibidas por la Iglesia, y confirmadas después por el Concilio de Trento (1564).

Fray Luis, que había efectuado esta traducción a pedido de una monja prima suya, se convirtió en sospechoso, y por estas y otras rencillas de cátedra, fue acusado por un religioso rival ante el tribunal de la Inquisición en Valladolid, el cual lo apresó (1572) junto con otros dos hebraístas y lo mantuvo en la cárcel inquisitorial durante el juicio.

Se le imputaba que en los comentarios académicos que hacía de la Biblia daba preferencia al texto original hebreo sobre el de la Vulgata, y que esto se debía a una actitud favorable al judaismo, heredada por sangre de algunos antepasados suyos de origen hebreo.

Además, se lo responsabilizaba de la traducción sin permiso del libro de Salomón y de haberla hecho circular.

Sin embargo, el tribunal supremo de la Inquisición lo declaró inocente y le restituyó todos sus derechos. La Universidad de Salamanca le devolvió la cátedra, que Fray Luis renunció en beneficio del religioso que la había ocupado durante su proceso.

Al año siguiente (1577), se le otorgó la cátedra de Teología Escolástica. Se dice que al dictar su primera clase, la comenzó con la frase «Decíamos ayer…» (Dicebamus hesterna die), que algunos especialistas consideran histórica y otros no.

Continuó así su vida consagrado a la enseñanza. Ganó dos nuevas oposiciones, de Filosofía Moral (1578) y de la Biblia (1579), que desempeñó hasta su muerte (1591).

Hacia 1582 se vio envuelto en otro proceso, a propósito de la publicación de un libro de un padre jesuíta, pero el tribunal de la Inquisición «no hizo caso de rencillas universitarias y claustrales sólo atendió a la cuestión dogmática, dando por valederas las exculpaciones del procesado».

Se vio así Fray Luis libre de la acusación fiscal y las actuaciones se redujeron únicamente al sumario.

Fue honrado en vida con varias misiones difíciles: integró una comisión para la reforma del Calendario Gregoriano (1578): participó de la reforma carmelitana, siguiendo el espíritu de Santa Teresa; se le encargó por el Consejo Real la publicación de las obras de Santa Teresa, que cumplió con éxito.

Cuando estaba en la tarea de escribir una vida de la santa, a pedido de la emperatriz, y hacia pocos días que había sido nombrado provincial de los agustinos de Castilla, falleció en Madrigal (1591).

Sus restos fueron trasladados a Salamanca, donde hoy reposan en la capilla de la Universidad.

Personalidad de Fray Luis. Fray Luis fue un sabio de gran cultura y, pese a los ataques de sus enemigos, gozó de extraordinaria fama entre sus contempóraneos por sus dotes personales, la maestría de sus versos y su dominio de las disciplinas bíblicas y teológicas.

Según el retrato que de él hizo un hombre de la época, Fray Luis era de físico atractivo, muy callado, agudo en sus respuestas, puntual en el cumplimiento de sus compromisos, poco o nada risueño, temperado pero firme en sus actitudes, y muy sobrio en sus comidas y en el sueno.

«Hay algo de grandeza en toda su vida y su obra —dice Carlos Vossler–, ya fuera por la forma que dio a las cosas, ennobleciéndolas, ya porque nada pudo rebajarle ni conseguir nada de él. Fray Luis de León fue un gran artista, pero fue también un gran hombre».

La obra. Compuso obras en latín, hoy prácticamente olvidadas; hizo su famosa traducción del Cantar de los Cantares al castellano, y escribió obras religiosas y poesías.

En prosa escribió los Nombres de Cristo (1583) y La perfecta casada (1583), que junto con sus poesías son las obras que mayor fama le han dado.

La perfecta casada es un libro bastante popular, en el que con sencillez de estilo y naturalidad de tono, explica los deberes de la mujer casada en el matrimonio.

Los «Nombres de Cristo». De las obras en prosa de Fray Luis, éste es el libro de mayor importancia literaria y religiosa. Fue escrito en la cárcel.

Tres interlocutores, Sabino, Juliano y Marcelo —el propio Fray Luis— dialogan sobre los nombres que se da a Cristo en las Sagradas Escrituras: Brazo de Dios. Hijo de Dios, Jesús, Cordero, Amado, etc., y con este motivo se desarrollan y ejemplifican pasajes bíblicos.

Se ha encontrado una estrecha relación entre este libro y un opúsculo anterior escrito por un beato (Alonso de Orozco), pues aparecen los mismos nombres —menos uno…..- y en el mismo orden.

Por esta razón, el plan y la idea original del libro no serían de Fray Luis sino de su antecesor. Pero entre una y otra obra —según los críticos — hay una gran diferencia.

El primero vale como unos apuntes, mientras que la obra del agustino adquiere el tono de una solemne disertación, de profundidad filosófica y deslumbrante valor poético.

Estos diálogos han sido comparados a los de Platón por la madurez artística. «En nuestra lengua escriben Hurtado y Falencia— no hay nada que pueda compararse con aquellas soberbias amplificaciones de los pasajes bíblicos, en los que llega Fray Luis a la cumbre del arte literario.»

El estilo es de una excepcional riqueza y en sus páginas pone en evidencia el agustino su gran capacidad de fantasía, una exquisita sensibilidad religiosa y espiritual, aparte de un manejo magistral de la prosa castellana.

El poeta horaciano y místico. Fray Luis, en poesía, «es, sin disputa, el más grande de nuestros líricos y uno de los mayores de todas las literaturas, en el sentir de propios y extraños» (Hurtado y Palencia).

No tomó a la poesía como un objeto de su actividad intelectual, a pesar del alto concepto que le adjudicaba. Las fue componiendo incidentalmente en su trayecto de estudioso y maestro, y la mayor parte fueron obras de su mocedad.

No las escribió tampoco para ser publicadas, pero a instancias de un amigo, las recogió en un momento de su vida, les corrigió las deformaciones que con el tiempo se habían deslizado en las copias manuscritas, y preparó una edición que no salió a la luz.

Contenía este volumen composiciones originales, traducciones de profanos y versiones bíblicas. Unos cuarenta años después de la muerte del autor, Francisco de Quevedo las editó (1631) «para poner un dique a la invasión del culteranismo», aunque con algunas deficiencias y errores.

Fray Luis es el poeta de lengua castellana que mejor aprovechó el ejemplo del poeta latino Horacio, no sólo en sus traducciones sino también en las composiciones originales. Se supone que las traducciones fueron los primeros ensayos poéticos del religioso.

Pero este horacianismo es muy restringido y más bien radica en la asimilación de las formas y el estilo del poeta romano.

Horacio fue un poeta epicúreo, pagano y sensualista, mientras que Fray Luis fue un artista bíblico cristiano y místico, inspirado profundamente en la religión católica, y admirador fer viente del tono augusto y majestuoso de la poesía bíblica de origen hebreo.

Las composiciones de Fray Luis son sencillas y sobrias. Transmiten una impresión de dolor espiritual, de; nostalgia por el destierro en esta vida frente a la grandeza inconmensurable de los cielos.

Admira el paisaje exterior, en sus manifestaciones plácidas, hermosas y serenas, sobre todo el cielo estrellado y el panorama campestre.

No escribió muchas poesías, pero algunas de sus piezas están consideradas como insuperables {Noche serena; Vida retirada; La Ascensión; las odas A Felipe Ruiz y A Salinas, sobre la música y La profecía del Tajo).

Fuente Consultada:Literatura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete Editorial Plus Ultra

OBRAS Y EDICIONES: La perfecta casada. Buenos Aires México, Espasa-Calpe Argentina. 1944. Poesía completas. Buenos Aires. Sopena. 1942, 2 v. El Cantar de loa Cantares. Versión y exposición de Fray Luis de León,Buenos Aires, ArKentilín. 1938. De los nombres de Cristo. Buenos Ai res-México,, Espasa-Calpe Sopena, 1953.

LECTURAS COMPLEMENTARIAS Y ESTUDIOS: Carlos Vossler, Fray Luis de León. Traducción del alemán por Carlos Clavería. Buenos Aires-México, Espasa-Calpe Argentina,, 1946.

El Lazarillo de Tormes Argumento e Interpretacion Sintesis

El «Lazarillo de Tormes» Argumento e Interpretación

El Lazarillo de Tormes es la obra más representativa y mejor lograda de toda la novelística picaresca española, y una de las obras maestras de la literatura hispánica.

Aparición y ediciones. Apareció, sin nombre de autor, simultáneamente en tres ciudades (Burgos, Alcalá y Amberes, 1554), con el título de La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Alguna vez se ha sugerido que pudo haber una edición anterior, jamás hallada.

Su lectura fue prohibida cinco años después (1559) por la Inquisición e incluida en el índice de Libros Prohibidos (Index Librorum Prohibitorum), debido quizás a la acritud de sus sátiras contra el clero y al carácter demasiado soez de algunos pasajes. Sin embargo, continuó leyéndose.

Más tarde, por encargo del rey Felipe II se la expurgó, y el encargado de esta tarea, le «suprimió dos capítulos, el del buldero y el del fraile de la Merced y algunas frases irreverentes» (Hurtado y Palencia). No obstante, se leyó traducida íntegramente de su versión original en Europa.

lazarillo de tormes tapa del libro

La edición que se lee en la actualidad es la restituida (1900) conforme a las tres redacciones originales, es decir, sin supresiones ni enmiendas.

El autor. No se sabe quién es el autor verdadero del Lazarillo. Todas las ediciones lo dieron como anónimo. La razón de este anonimato hay que atribuirla probablemente al hecho de que el libro, por su carácter satírico, afectaba a la nobleza y al clero. Pero también se ha conjeturado que la obra pudo haber sido publicada después de la muerte de su autor, o que contuviera pasajes robados de otro libro.

Otra hipótesis es que el autor haya sido un liberal de la época, en conflicto con la Iglesia y el estado, y que esta circunstancia se agravaba por el hecho de estar la novela escrita en forma autobiográfica.

Lo cierto parece ser que el autor, cualquiera haya sido, fue un escritor culto, de inspiración y formación renacentista.

Ha sido atribuido a varios escritores de la época (con mayor insistencia á don Diego Hurtado de Mendoza), pero faltan en todos los casos suficientes evidencias sobre la paternidad real de la obra, de modo que hasta nuestros días sigue considerándosela anónima.

Argumento. La obra está dividida en un prólogo y siete capítulos (tratados), que narran sucesivamente el nacimiento, niñez y peripecias de Lázaro con sus amos.

Lázaro nació en un molino situado sobre el rio Tormes, razón por la cual lo llamaron Lázaro de Tormes. Niño aún, su padre es encarcelado por ladrón, y entonces su madre, en malas andanzas con un caballerizo negro, lo coloca al servicio de un ciego, su primer amo.

Como este avaro no le da de comer, Lázaro le hurta la comida y se venga haciéndolo estrellar contra un poste.

Pasa así a su segundo amo, un clérigo mezquino, a quien el niño debe robar los bodigos (panes votivos) para subsistir. Al descubrirlo una noche el clérigo, lo apalea y despide.

Cae entonces Lázaro a servir a un escudero pobre y famélico, para quien tiene que salir a pedir limosna el niño. El hidalgo desaparece un día, abandonando a su criado, por no poder pagar el alquiler de la casa que arrienda.

Tiene luego Lázaro otros amos: un fraile de la Merced, con quien no le va mejor; un buldero picaro, que estafa a la gente, y un alguacil, que lo pone en peligros, y del cual huye Lázaro.

Finalmente, Lázaro logra un oficio real, el de pregonero de Toledo, la intervención de un arcipreste, con cuya criada se casa.

Fuentes folklóricas y literarias. El Lazarillo inició en España el género picaresco, pero no por eso fue una obra original, sin antecedentes.

Se han encontrado algunos personajes y peripecias que guardan similitud con obras escritas anteriores o con la tradición folklórica española y europea.

Así, el tipo de Lázaro y el del hidalgo pobre, eran tradicionales en Castilla; el episodio del ciego había sido desarrollado ya por una farsa francesa del siglo xni, así como su golpe contra el poste por un cuento andaluz anterior; los episodios del buldero y del alguacil, continuaban la tradición medieval de los cuentos anticlericales. Del mismo modo, han sido localizados algunos pormenores o expresiones.

Algunos otros aspectos, pueden provenir también de lecturas o de obras de la antigüedad (El asno de oro de Apuleyo y El satiricen de Petronio).
Interpretaciones del libro. El Lazarillo ha sido interpretado en
varios sentidos.

Para algunos es una típica sátira social, contra las tres clases sociales de la época: la plebe, el clero y la nobleza (A. Morel-Fatio). Para otros, es simplemente una obra artística de ficción, con fines de entretenimiento y burlas, «un libro para reír» (M. Bataillon).

Otros críticos lo consideran una epopeya del hambre, o una parodia de los libros de caballería, o un ejemplario del arte de vivir y llegar a la felicidad y el bienestar material.

El realismo satírico. Cualquiera sea la interpretación última que se dé al Lazarillo, es evidente su carácter realista y satírico.

El efecto realista de la novela está logrado no a través de una descripción minuciosa y abundante de los aspectos bajos o sórdidos de la vida española o de la sociedad, sino por medio de la concentración del relato en la vida y experiencias del personaje central.

No es entonces un realismo de extensión, sino un realismo de profundización. Surge de la sucesión rápida de los episodios realistas en que se ve comprometido el protagonista.

En cuanto a la sátira que encierra, afecta a las clases sociales bajas de España, a la nobleza y al clero. Con respecto a la sátira anticlerical, se ha notado con gran acierto que «el anticlericalismo abunda en la literatura del siglo xvi, precisamente como un producto derivado del firme catolicismo del pueblo español» (Américo Castro).

La culminación de la novela es «un rasgo de terrible humorismo» (Hurtado y Palencia). Lázaro dice con un tremendo cinismo haber llegado a la «cumbre de toda buena fortuna», cuando en realidad ha aceptado contraer matrimonio y callar la infidelidad de su ligera mujer con un tercero, a cambio de la protección de éste.

La burla es siempre rápida, y aparece por lo general como resultado de los hechos que refiere el autor-personaje, antes que como comentario u opinión expresada por el personaje. En esta técnica radica principalmente el efecto que produce el libro.

Estructura formal. El Lazarillo es una novela corta —casi un cuento largo —y desparejo en su plan y desarrollo. Los tres primeros capítulos son los mejor trabajados. El capítulo cuarto, el del fraile mercedario, apenas ocupa unas líneas, ni siquiera una página, sin que se sepa por qué causa.

A partir de ese punto, el libro parece escrito con apresuramiento o menor atención, y decae en riqueza de episodios; aunque aumenta en el tono irónico hasta el fin. Por eso se ha hablado de un anticlimax.
La continuidad de la novela está también afectada por estos aspectos técnicos del desarrollo.

Lengua y estilo. En una primera lectura, el lenguaje da la impresión de poco cuidado o esmero. Sin embargo, el análisis descubre pronto que hay selección y arte en el autor, pues se ajusta al que puede tener supuestamente un narrador autobiográfico, de baja extracción social y cultural, como lo es Lázaro.

La prosa es llana y sin afectación pedantesca, y está considerada como la más sencilla con que se había escrito hasta época. «El autor del Lazarillo escribía como hablaba» (Cejador). Este estilo era, por otra parte, el que correspondía tradicionalmente a las obras de costumbres.

La frase del Lazarillo es siempre directa, sin rodeos, rápida y desprovista de ornatos. La sintaxis es la natural del lenguaje cotidiano, sin rebuscas de imitaciones o modelos artísticos. En todos los casos, es graciosa, chispeante y provoca simpatía y placer en el lector.

Continuaciones e imitaciones. Al año siguiente de su aparición, comenzaron a publicarse continuaciones del Lazarillo, anónimas o con firma de autor.
La historia literaria, en lengua castellana y aun extranjeras, registra una larga serie de obras derivadas del Lazarillo o compuestas bajo su influjo.

Lectura del «Lazarillo de Tormes»

Portada del Lazarillo de Tormes

Fuentes Consultadas:
Literatura Española, Hispanoamericana y Argentina de Carlos Alberto Loprete – Editorial Plus Ultra

OBRAS Y EDICIONES: La vida de Lazarillo de Tormes. Bueno.Aires, Plus Ultra. 1965 Con estudio y nota, de Enriqueta Terzano de Gatti. Vida del Lazarillo de Tormes, Zaragoza. Editorial Ebro. 1940. Edición de Ángel Comales Patencia.

LECTURAS COMPLEMENTARIAS Y ESTUDIOS: Arturo Marasso. La elaboración del Lazarillo de Tormes.

Trabajo Minero y Agricola en Roma Antigua

HISTORIA DE ROMA ANTIGUA: TRABAJO MINERO Y AGRÍCOLA

Los romanos asimilaron rápidamente los avances técnicos realizados por griegos y egipcios en la minería. Las minas eran explotadas a cielo abierto y en pozos o galerías como se puede comprobar en España, con los distritos mineros de Las Omañas, Las Médulas, Cástulo o La Valduerna.

Una de las técnicas más empleadas era el derrumbe de montañas, procediendo después al lavado de mineral con agua, en ocasiones procedente de 40 kilómetros.

De los diferentes distritos mineros salía el metal puro fundido, por lo que se realizaban in-situ todas las operaciones, lo que conllevaba la participación de un amplio número de trabajadores.

la vida cotidiana en roma antigua

 

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No en balde, sabemos que en las minas de Cartagena llegaron a trabajar unas 40.000 personas. Como es lógico pensar, el trabajo en la mina era tremendamente duro. La mayoría de los mineros eran esclavos o trabajadores dependientes e incluso libres que trabajaban por el beneficio obtenido o como una forma de liberación de impuestos.

Las tropas acantonadas en las cercanías de las minas, además de proporcionar seguridad a la explotación, servían para realizar tareas de asesoramiento técnico y construcción de infraestructuras. Este tipo de tareas eran dirigidas por los procuradores imperiales que también tenían a su cargo la administración y la vigilancia de la explotación.

La gestión de las minas dependió del momento. En un principio, el Estado tenía bajo su control la explotación pero desde los primeros años del siglo II a.C. se utilizó un sistema mixto: arrendamiento para todos los metales excepto las minas de oro que dependían directamente del Estado (las de plata en algunas ocasiones también eran de propiedad estatal). Los servicios que rodean a las minas -baños, zapatería, ferretería, etc.- eran ofrecidos por el Estado en régimen de alquiler.

La Familia en Roma Antigua El Matrimonio y los hijos en Roma

HISTORIA DE ROMA ANTIGUA: LA FAMILIA – EL MATRIMONIO

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EL HOMBRE Y LA MUJER LIBRE: El romano en su casa era dueño absoluto de su familia y de sus esclavos. La autoridad paternal era muy grande, y durante mucho tiempo tuvo el padre derecho de vida y muerte sobre los suyos.

En la ciudad era ante todo un ciudadano. No se dedicaba, como el griego, al comercio, sino a los negocios públicos. Si era acaudalado, recibía por la mañana a sus clientes, escuchaba sus peticiones y les distribuía consejos o socorros. Después iba al Foro, donde tomaba asiento en el senado o en el tribunal. Si era pobre, se inscribía como cliente de un rico, lo escoltaba en público y lo sostenía con su voto en las elecciones.

Las distracciones eran raras. Por la tarde jugaba a la pelota o iba a los baños que eran, como el café moderno, la cita de los ociosos. Sólo algunas procesiones religiosas y algunos juegos del circo alteraban a veces la monotonía del año. Esa vida convenía a un pueblo de propietarios rurales; pero las costumbres fueron modificándose muy de prisa en Roma como se verá más adelante, hasta que en la época del Imperio se convirtió en verdadera ciudad de placeres.

El papel de la mujer era más importante en Roma que en Grecia. Gobernaba también la casa, pero tenía más autoridad que la mujer griega, porque estaba más asociada a la vida de su marido. Se la felicitaba porque cuidaba del gobierno de la casa e hilaba la lana, pero en realidad hacía más que eso. Compartía los honores que se tributaban a su esposo, aparecía con él en público, en las ceremonias y los juegos, y estaba rodeada de consideraciones; era en fin la señora, la matrona. En la casa, no estaba confinada en sus habitaciones, sino que tomaba parte en las comidas y recepciones. Su influencia, aunque no reconocida por la ley, de hecho era muy grande. Catán tuvo la prueba cuando quiso acabar, por medio de una ley, con el lujo de las mujeres. Los ciudadanos no se atrevieron a votar el proyecto a vista que sus esposas estaban en la Asamblea.

LA FAMILIA EN LA REPUBLICA : El fundamento del estado romano era la familia, y el de la familia, el matrimonio. Cuando los patricios eran los únicos ciudadanos, sólo existía un matrimonio el matrimonio religioso, la confarreación, que consistía en ofrecer un sacrificio esparciendo farro sobre la víctima y en comer después los esposos una torta de farro Esta ceremonia la presidía el flamen de Júpiter. En seguida, la esposa vestida de blanco y cubierta la cara con un velo rojo, era conducida a son de flautas y cánticos a casa del esposo, que la hacia transponer el umbral levantándola en vilo, para simular un rapto. De esa manera la separaba de los dioses de su propia familia y la unía a los de su nueva casa.

Cuando los plebeyos conquistaron la igualdad, se instituyó para ellos un matrimonio civil, la coemptio, que fué substituyéndose poco a poco por el matrimonio religioso. Consistía en una venta simulada hecha delante de un magistrado: el esposo tocaba una balanza con una moneda de cobre que seguidamente ofrecía a los padres de la prometida, como precio de su mujer.

Las mujeres tenían una dote que el marido habla de devolver en caso de divorcio; y los divorcios, raros en su origen, fueron aumentando a medida que las antiguas costumbres iban alterándose. Primitivamente, el marido podía, en virtud de su derecho de jefe de familia, repudiar a su mujer. La mujer, a su vez, pudo más tarde pedir la separación. El filósofo Séneca, en tiempo del Imperio, decía indignado: e Las damas nobles se divorcian para volver a casarse, y contraen nuevo matrimonio para divorciarse otra vez.

EL HIJO: El hijo recibía el apellido del padre, es decir era reconocido por éste una semana después de su nacimiento, el día llamado de la purificación. Era generalmente criado y educado por la madre, hasta el momento en que iba a la escuela. Se le suspendía al cuello una bolsita o bula, que contenía amuletos contra el aojo, y que conservaba hasta el día en que abandonaba la toga pretexta para ponerse la viril. Esta ceremonia de la mayor edad se verificaba ante el altar de los lares, cuando tenía diez y siete años; pero aun declarado mayor de edad, continuaba bajo la potestad de su padre.

En la escuela, aprendía a leer, a escribir y a contar bajo la dirección de profesores severos que lo castigaban con azotes por la menor falta. Los niños ricos tenían preceptores en casa de sus padres. La música y la gimnasia eran artes de entretenimiento y lujo. Después de la enseñanza primaria, los jóvenes romanos recibían la literaria que comprendía el estudio de la Ley de las Doce Tablas , el de los poetas griegos y el de los escritores latinos, porque se trataba de formar administradores y oradores. Así el que un joven romano explicara poco más o menos los mismos textos latinos y griegos que un joven de la época actual, que hace sus estudios clásicos.

familia romana

LA FAMILIA ROMANA EN EL BAJO IMPERIO: Alrededor del siglo II d. de C., ocurrieron cambios significativos en el seno de la familia romana. Los fundamentos de la autoridad del paterfamilias sobre su familia —que ya habían comenzado a debilitarse en los últimos días de la República— se socavaron todavía más. El paterfamiliasya no tenía autoridad absoluta sobre sus hijos; ya no podía venderlos como esclavos o matarlos. Es más, la autoridad absoluta del esposo sobre su cónyuge se había desvanecido, práctica que también comenzó en las postrimerías de la República. En el Antiguo Imperio, la idea de un cónyuge guardián se debilitó de manera importante, y para finales del siglo u d. de C. se había vuelto una mera formalidad.

Las mujeres romanas de las clases altas disfrutaban de considerable libertad e independencia. Habían adquirido el derecho a poseer, heredar y disponer de propiedades. Las mujeres de las clases altas eran libres para asistir a las carreras, al teatro y a espectáculos del anfiteatro, aunque en los dos últimos lugares se les obligaba a sentarse en secciones para mujeres.

Es más, las damas de alcurnia se hacían acompañar de doncellas y de matronas cuando salían. Algunas mujeres manejaban negocios, como compañías de embarques. Las mujeres todavía no podían participar en la política, pero el Antiguo Imperio fue testigo de un número importante de mujeres que influyeron en la política a través de sus esposos, por ejemplo: Livia, la esposa de Augusto; Agripina, la madre de Nerón, y Plotina, la esposa de Trajano.

A finales del primer siglo y comienzos del segundo hubo una disminución apreciable en el número de niños, tendencia que se había iniciado al final de la República. Fue particularmente evidente el incremento de matrimonios sin hijos. A pesar de las leyes imperiales dirigidas al incremento de niños, la baja tasa de nacimiento persistía.

La clase alta romana no sólo continuó utilizando el infanticidio; utilizaba también los anticonceptivos y el aborto para limitar la familia. Existían muchas técnicas anticonceptivas. Aunque muy solicitados, los amuletos, las fórmulas mágicas y las pociones para inducir la esterilidad temporal demostraron ser ineficaces, al igual que el método del ritmo, ya que los médicos romanos creían que una mujer era más fértil justo cuando la menstruación estaba concluyendo.

Una práctica más confiable consistía en el uso de aceites, ungüentos y lana suave para obstruir la abertura del útero. También se utilizaban técnicas anticonceptivas para varones. Una primitiva versión de condón sefabricaba con la vejiga de una cabra , pero su precio loo hacia prohibitivo. Aunque las fuentes medicas no lo mencionan , los romanos también practicaban el ubicuo coitus interrumptus. También se practicaba el aborto ya sea por la ingestión de drogas o mediante instrumentos quirúrgicos. Ovidio fustiga a Corina: «Oh, mujer porque apuñaláis y agujereáis con instrumentos  y ofreces venenos espantosos a vuestros hijos aun no nacidos»

La fama atribuye a los romanos cometer grandes excesos en la comida y la bebida. Pero sólo el patriciado gozaba de tanta abundancia. El romano medio tenía dificultades para conseguir comida barata y fresca. En el mercado, la oferta era de mala calidad. Por eso se apelaba a distintos recursos para olvidar que se ingería comida en descomposición: las hierbas aromáticas ayudaban a disimular el olor desagradable y el «garum«, salsa de pescado muy fuerte, compensaba el mal gusto.

Por lo general, el desayuno consistía en pan y agua, y el almuerzo, en carne y fruta con vino. La comida principal era la cena, que, para los patricios, constituía un pequeño acontecimiento social. El panorama era radicalmente distinto entre los necesitados. Los pobres carecían de cocina en sus viviendas, lo que los obligaba a adquirir en el mercado productos idóneos para ser consumidos en el momento. El descontento por la escasez de comida era tan grande, que los emperadores instituyeron días de reparto de alimentos gratuitos.

 

Los Dioses Romanos La Religion en Antigua Roma Significado

Religion y los Dioses Romanos y Significado en Antigua Roma

la vida cotidiana en roma antigua

La religión oficial romana se centraba en rendir culto a un panteón de dioses y diosas, entre otros a Juno, la diosa patrona de las mujeres; Minerva, la diosa de los artesanos; Marte, el dios de la guerra; y Júpiter Optimus Maximus (el mejor y el más grande), que se convirtió en la divinidad patrona de Roma y asumió un lugar central en la vida religiosa de la ciudad.

Conforme Roma se desarrollaba y entraba en contacto con otros pueblos y dioses, la comunidad, simplemente, adoptó nuevos dioses.

Así, el Mermes griego se convirtió en el romano Mercurio, y la griega Démeter se transformó en Ceres. En las postrimerías del siglo III a. de C., ocurrió más bien una completa fusión de las religiones griega y romana.

En general, los romanos fueron tolerantes con los nuevos cultos religiosos y sólo en forma ocasional los prohibieron.

LOS DIOSES ROMANOS

Cada aspecto de la sociedad romana estaba permeado por la religión. La religión romana se centró en la adoración de los dioses debido a una razón muy práctica: los seres humanos creían que dependían por completo de los dioses.

El desempeño exacto del ritual resultó crucial para establecer una relación correcta con los dioses. Lo que era cierto para los individuos, lo era también para el estado.

Los romanos, como todos los pueblos antiguos, creían en seres invisibles, mucho más poderosos que los hombres, los dioses.

Se figuraban a la mayor parte de ellos establecidos cada uno en un lugar, una montaña, un bosque, una roca, un río, o aún en una fuente o un árbol. Aquellos dioses locales se contaban por miles.

De donde sale la chanza del novelista Petronio en el Satiricón. Una buena mujer que vive en una campiña casi desierta, dice: «Nuestra comarca está tan llena de dioses que es mucho más fácil en ella encontrar un dios que un hombre».

Se creía también en divinidades extendidas por el mundo, que dirigían cada una, una clase de fenómenos.

dios romano jupiter

Júpiter, considerado el más poderoso de todos, era el dios de la luz y de la tempestad, el dios que lanzaba el rayo. El templo más grande de Roma, en el Capitolio, estaba consagrado a Júpiter, el mejor el más excelso, óptimo, máximo, que protegía especialmente al pueblo romano.

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Juno era la diosa del matrimonio, diosa de la luz, patrona de las mujeres romanas. Se la representó más tarde como esposa de Júpiter.

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Marte, dios de la guerra, era el padre del pueblo romano. Los sabinos le llamaban Quirinus (en Roma era adorado también un Quirinus). El lobo era el animal sagrado de Marte.

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Vesta era la diosa del hogar.

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Jano, que se representaba con dos caras, tenía por función abrir el año.

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Saturno era el dios de los latinos.

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Minerva, adorada en Etruria, era la diosa de la razón, de la reflexión y de los recintos fortificados.

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Vulcano, dios de la forja, era ei patrono de los herreros.

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Neptuno era el dios del mar.

dios ramano

Venus, la diosa de los jardines y de la fecundidad.

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Ceres, la diosa de los trigos y de la cosecha. Diana, la diosa de las selvas y de la caza. Liber, el dios de la viña.

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Mercurio, el dios de los viajeros y de los mercaderes.

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Hades, el dios de la morada subterránea a donde iban las almas de los muertos.

La Tierra, el Sol, la Luna eran también dioses.

Habían en los bosques dioses, en las cercanías de las guentes, diosas, los Silvanos, los Faunos, las Ninfas y las Camenas (a las que más tarde se confundió con las Musas griegas).

Había divinidades protectoras del ganado, una para los bueyes (Bubona), una para los caballos (Equina), una para los carneros (Pales), una divinidad de las flores (Flora), una de los frutos (Pomona).

Había un dios, Terminus, para los mojones que marcaban los límites entre las propiedades.

Cada casa tenía un espíritu que la protegía, el Lar; cada hombre tenía su genio que le guardaba.

Había también una divinidad especial para cada una de las partes de la casa: Forculus para la puerta, Limentinus para el umbral, Cardea para los goznes.

Había una para cada acto de la vida. Cuando se criaba un niño, Educa y Potina le enseñaban a mamar, Cuba a acostarse, Statanus a tenerse en pie, Abeona y Adeona a andar, Fabulinus a hablar.

Cuando iba a la escuela, Iterduca le conducía, Domiduca le volvía a casa, Ossipago le hacía endurecer los huesos. Todos estaban inscritos en la lista de Jos indigitamenta, que daba los nombres de los dioses.

Se hacían también divinidades con cualidades personificadas, la Pax, la Victoria, la Buena Fe, La Esperanza, la Concordia, la Piedad. La más venerada era la Fortuna, diosa del éxito. Había templos de la Fortuna pública, de la Fortuna femenina, de la Fortuna de los caballeros.

Los romanos no trataban de representarse la forma de sus dioses, y durante mucho tiempo no tuvieron estatuas de ellos.

Adoraban a Marte representado por una espada; a Quirino, por una lanza; a Júpiter, por una piedra.

No se los imaginaban quizá semejantes a los hombres, no se los figuraban casados unos con otros, o reuniéndose, como hacían los griegos. No contaban sus aventuras.

Los llamaban numen (manifestación). No se les conocía más que como la manifestación de un poder divino incógnito. Lo cual explica que no tuvieran forma humana, ni genealogía, ni historia.

Los romanos, desde los tiempos antiguos, adoptaron algunas de las creencias y de las prácticas de sus vecinos, de los etruscos y de los griegos (sobre todo de los griegos de Cumas).

Pusiéronse a adorar a algunos de los dioses griegos, Apolo, Latona, Heracles, que ellos llamaron Hércules, Castor y Pólux. Los adoraban según el rito griego, con la cabeza descubierta y coronada de laurel.

Más tarde los romanos, a imitación de los etruscos y de los griegos, tuvieron estatuas de madera, luego de piedra, que representaban a las divinidades y llegaron a  ser ídolos a los que se adoraba. Entonces los dioses romanos se confundieron con los dioses griegos y se les atribuyeron la misma forma y las mismas aventuras.

Relación de Nombres Entre Dioses Griegos y Romanos

los dioses romanos

EL CULTO

No amaban mucho los romanos a sus dioses y no pensaban que los dioses tuvieran el deseo de ser amados por los hombres. Su religión no exigía ninguna manifestación de amor.

La divinidad no les inspiraba otro sentimiento que el miedo. Les bastaba saber que los dioses se manifestaban a veces como seres poderosos, que podían hacer mucho bien o mucho daño y que, por consiguiente, era prudente lograr su amistad.

El culto era un cambio de servicios. El hombre llevaba al dios regalos y esperaba en recompensa que el dios le concediese provechos. Es lo que ingenuamente dice un personaje de Plauto: «aquel a quien los dioses son favorables le hacen ganar dinero».

Los romanos creían que los dioses tenían en mucho ciertas formas antiguas, y que les enojaría grandemente que fueran cambiadas. Mostraban gran cuidado, por tanto, en hacer exactamente todo según los ritos (así se llamaba a las reglas del culto).

Se ofrecía a los dioses sobre todo alimentos. Los líquidos, la leche o el vino, se derramaban en el suelo, y a esto se decía hacer una libación.

Las frutas, las tortas se depositaban en el altar. Se creía que lo que más les agradaba eran los animales, sobre todo los carneros, cerdos y bueyes. El animal debía ser matado ceremoniosamente. Es lo que significaba la palabra sacrificar (hacer una ceremonia sagrada).

Para hacer un sacrificio había que elegir un animal sin tacha, un buey blanco para Júpiter, un carnero negro para un dios de los infiernos. Se le llevaba delante del altar, que era un montículo al aire libre.

Se le rodeaba la cabeza con cintas, se le ponía en la frente una bola de harina salada, la mola salsa (de donde ha venido la palabra inmolar, que ha tomado la significación de matar). Se le hería con un cuchillo o un hacha, según los casos.

Luego se ponía la grasa y los huesos encima del altar y se encendía fuego. La carne se guardaba para comerla.

El sacrificio iba comúnmente acompañado de una oración para pedir al dios un favor.

La oración no era un voto de fe o de amor, como elevación del aima hacia el dios, sino una petición interesada, siempre acompañada de una ofrenda. Se creía que los dioses no escuchaban al suplicante que no ofrecía nada.

El que oraba había de llevar vestidos limpios, porque los dioses apreciaban la limpieza exterior, mantenerse de pie, la cabeza cubierta con un velo, y empezar invocando al dios.

Los romanos creían que los dioses tenían un nombre secreto que los hombres ignoraban.

«Nadie, decían, sabe los verdaderos nombres de los dioses». Se invocaba, por tanto, al dios empleando el nombre usual, pero añadiendo una salvedad.

Se decía, por ejemplo: «Júpiter, muy bueno, muy grande, si es que no prefieres ser llamado con otro nombre».

Se manifestaba luego lo que se pedía al dios teniendo cuidado de servirse siempre de palabras muy claras y precisas. Dor miedo a verse comorometido sin Quererlo con el dios.

Al derramar una libación se decía: «Recibe la ofrenda de este vino que vierto», para que el dios no pudiera reclamar otro.

El culto se concebía como un Contrato entre el dios y el hombre, en el que cada uno quedaba obligado por los términos del contrato.

No era ¡lícito tratar de engañar al dios. Una leyenda representa al rey Numa discutiendo con Júpiter: «Me sacrificaréis una cabeza, dice el dios. Bien, responde Numa, una cabeza de ajos de mi huerta. —No, quiero una cabe de hombre—.

Se te dará la punta de los pelos. —No, necesito un ser vivo—. Se añadirá un pescadito». Júpiter se ríe y acepta.

Cuando el hombre, después de haber hecho una ofrenda, no recibe lo que esperaba, se queja de haber sido engañado por el dios, como el campesino italiano de nuestros días injuria al santo en devoción al cual ha hecho arder velas sí no le da lo que pide.

Se tenía cuidado de dirigirse al dios al cual se creía más capaz de prestar el servicio pedido, a Ceres para obtener una buena cosecha, a Neptuno para tener una buena navegación.

Varrón decía: «Tan útil es saber qué dios puede ayudarnos en los distintos casos como saber dónde viven el carpintero o el panadero».

Los particulares hacían sacrificios y oraciones por el éxito de sus asuntos propios.

El gobierno de Roma los hacía por el de los asuntos del pueblo romano, no se osaba emprender ningún acto público importante (guerra, paz, edificaciones) sin una ceremonia para pedir a los dioses que asegurasen el buen éxito.

EL PANTEON DE LOS DIOSES ROMANOS

EL PANTEÓN DE AGRIPA El primer templo era rectangular, al igual que el de la Concordia del Foro romano. Estaba construido con bloques de travertino y revestido en mármol. Los capiteles eran de bronce y la decoración incluía cariátides y estatuas frontales. En el interior del pronaos, había sendas estatuas de Augusto y Agripa. Por Dio Casio se sabe que la denominación de Panteón no era la oficial del edificio, y que la intención de Agripa era crear un culto dinástico, probablemente dedicado a los protectores de la «gens» Julia: Marte, Venus y el «Divo» Julio, es decir, Julio César divinizado. El edificio padeció los daños de un incendio en el año 80 y fue reparado por Domiciano, aunque sufrió una nueva destrucción en tiempos de Trajano, en 110.

Dentro del panteón romano encontramos cuatro agrupaciones que tenían la función de representar al Estado: la triada Júpiter-Marte-Quirino, la triada capitolina constituida por Júpiter, Juno y Minerva; y los doce dioses principales: Vesta -diosa del fuego del hogar-, Juno -diosa del matrimonio y del hogar, hermana y esposa de Júpiter-, Minerva -diosa de la inteligencia, de la sabiduría y de las artes-, Ceres -diosa de la agricultura-, Diana -diosa de las doncellas, de los bosques y de la caza-, Venus -diosa de la belleza y del amor, esposa de Vulcano y amante de Marte-, Marte -dios de la guerra-, Mercurio -dios del comercio, de la elocuencia y de los ladrones, mensajero de los dioses-, Júpiter -dios supremo-, Neptuno -dios del mar-, Vulcano -dios de los infiernos, del fuego, del metal y de la fragua- y Apolo -dios de los oráculos, de la juventud, de la belleza, de la poesía, de la música y de las artes-.

En la mitología romana, Minerva es la diosa de la sabiduría, las artes y las técnicas de la guerra, además de protectora de Roma y patrona de los artesanos. Se corresponde con Atenea en la mitología griega. Ovidio llamó a Minerva la «diosa de las mil obras» Fue adorada en toda Italia, aunque sólo en Roma se asoció con la guerra. En una ocasión, se enfrentó a Aracne para comprobar cuál de las dos tejía más rápidamente y mejor. Según cuenta Ovidio en «Las metamorfosis» cuando Minerva vio la superioridad de Aracne, le entraron tantos celos que decidió convertirla en una araña, lo cual le dio fama de cruel. Esta escena fue representada por Velázquez en su famoso lienzo «Las hilanderas»

La triada Ceres-Libero-Libera representaba a los plebeyos. Con el fin de festejar a todos los dioses en los templos y los lugares sacros, los romanos establecieron un calendario, originalmente ligado a la agricultura. El mes se dividía en dos fases, siguiendo el esquema del calendario lunar.

Cada mes estaba dedicado a una divinidad, existiendo días festivos propios para cada dios. Los meses de febrero y diciembre correspondían a los inicios del año por lo que se celebraban las llamadas fiestas caóticas.

También se consideró que el 21 de abril era otro comienzo de año para festejar el nacimiento de Roma.

Junto al culto público, los romanos presentaban un culto privado, más personal e intimista. El pater familias era el responsable de los ritos dirigidos a las divinidades domésticas: los lares y los penates.

Además, cada individuo rendía culto a su genio personal. Las ideas de ultratumba apenas influían en el conjunto de la religión ya que bastaba con que el difunto fuera enterrado con las debidas honras fúnebres.

El cadáver se transformaba en sombra y pasaba a formar parte del reino de los manes, los dioses de la muerte. (Este concepto sufrirá una profunda transformación cuando en el Imperio Romano entre con fuerza el cristianismo).

Casi inadvertidos entre los practicantes de tantas religiones prometedoras de vida eterna, perdidos en el fárrago de la Roma imperial de los cesares Antoninos, algunos hombres se reunían clandestinamente para celebrar con unción los sencillos oficios exigidos por una nueva fe que ellos habían abrazado: el cristianismo.

EL CRISTIANISMO: Sobre este trasfondo religioso «pagano» avanzó el cristianismo. A su culto se incorporaron no pocos elementos de las antiguas creencias. A principios del siglo IV, Constantino I puso fin a la clandestinidad de los cristianos, otorgándoles ciertos privilegios y permitiéndoles la construcción de grandes templos.

En 313, a través del Edicto de Milán, el emperador decretó la libertad de culto para los cristianos y el fin del paganismo como religión oficial del Imperio. El Edicto de Tesalónica fue hecho público por el emperador romano Teodosio el 24 de noviembre de 380. Mediante este texto legal, el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano. (ver: Cristianismo)

PARA SABER MAS…

EL IMPERIO ROMANO era tolerante con las religiones mientras no pusieran en duda el culto oficial a los viejos dioses romanos o la divinidad del emperador. La religión romana era más bien fría, por lo que no es de extrañar que las religiones más emocionales y espirituales empezaran a ganar popularidad.

OTRAS RELIGIONES
El culto a Mitra, el dios persa de la luz, concedía una gran importancia al amor fraternal y era especialmente popular entre los soldados romanos. El culto a Isis, una diosa egipcia, atraía a muchas mujeres romanas.

En cambio, el cristianismo se extendió rápidamente entre las clases menos privilegiadas porque proclamaba que Dios consideraba iguales a todos los hombres, ya fueran esclavos, hombres libres o mujeres.

OPOSICIÓN
Los primeros grupos de cristianos eran vistos con recelo por las personas de religión politeísta (que adoraban a más de un dios).

Algunas de las razones para estas sospechas eran que los cristianos no consumían la carne sacrificada en templos paganos (se creía que se reunían en secreto para celebrar extraños banquetes caníbales) y tampoco asistían a los violentos espectáculos públicos.

Las persecuciones eran constantes y algunos cristianos eran torturados e incluso llegaban a morir; sin embargo, el cristianismo siguió extendiéndose por todo el imperio.

INQUIETUD
En las épocas de incertidumbre, con la amenaza de las invasiones de los persas y los bárbaros, todos los emperadores buscaban el apoyo de un dios poderoso que librara a Roma del desastre.

El emperador Diocleciano (245-313) declaró a Mitra, su dios favorito, como el protector del imperio. En cambio el emperador Constantino (280-337) eligió al dios de los cristianos.

CONSTANTINO
En el 312, mientras se dirigía hacia Roma para arrebatársela a un enemigo, Constantino vio un signo cristiano sobre la superficie del sol y en latín pronunció estas palabras: «En este signo estará tu conquista». El ejército de Constantino venció la batalla en el puente Milvio, sobre el río Tíber. En poco tiempo el cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio romano.

El Derecho en Roma Antigua Origen Objetivos Y Caracteristicas

HISTORIA DE ROMA ANTIGUA: EL ORIGEN DEL DERECHO ROMANO

la vida cotidiana en roma antigua

INTRODUCCION: La consolidación del extendido imperio romano se acompaño en su proceso del nacimiento de un nuevo tipo de Derecho, el fundado por los prácticos romanos, quienes supieron amalgamar bajo su dominio a pueblos y culturas disímiles por medio de una armazón de normas jurídicas de tal consistencia que posibilitó la organización social, económica y administrativa de inmensos territorios.

Asimismo, el aspecto político e institucional tampoco fue descuidado por este sistema normativo y esta dimensión significó, junto con las ya mencionadas, una de las fundamentales en el logro de la unificación de dicho Imperio.

La enorme trascendencia de este Derecho radica, precisamente, en su fuerza como leyes para el funcionamiento del cuerpo social y del sistema político.

A través de los siglos, su ejemplo perdura y proporciona la base sobre la que se asienta, en virtud del legado histórico recibido, el andamiaje jurídico y legal en todos los órdenes de la vida de las naciones modernas.

LAS LEYES Y EL DERECHO

Durante los primeros siglos los romanos, lo mismo que todos los pueblos antiguos, habían carecido de leyes escritas. Cada generación hacía lo mismo que había hecho la precedente, y a esto se llamaba seguir la costumbre de los antepasados (mos ma/orum). Los magistrados juzgaban con arreglo a esta costumbre.

A mediados del siglo V, según la tradición los plebeyos obligaron al Senado a conceder leyes escritas que todos pudieran conocer. Los decenviros encargados de hacer las leyes estudiaron, d ícese, las de las ciudades griegas.

Las leyes nuevas, grabadas en tablas de madera o planchas de metal, fueron célebres con el nombre de Leyes de las doce tablas. Continuaron aplicándose durante varios siglos, constituyeron, decía Cicerón, «la fuente de todo el derecho humano».

En tiampo de Horacio todavía, se hacía que los niños las aprendieran de memoria en las escuelas. Se han conservado trozos de ellas, pero en escritores de cuatro o cinco siglos más tarde, lo cual es causa de que se discuta su autenticidad.

Son sentencias breves, en un lenguaje seco, rudo e imperioso. He aquí lo que se dice respecto al deudor insolvente: «Si no paga, cítesele a juicio. Si la enfermedad o la vejez le impide, désele un caballo, pero no litera.

Tenga treinta días de plazo. Si no paga, que el acreedor le sujete con correas o cadenas que pesen quince libras, no más. Al cabo de sesenta días véndasele al otro lado del Tíber. Si hay varios acreedores, que le corten en pedazos. Si cortan más o menos, no se les atribuya como delito».

Estas leyes regulaban el derecho privado, la familia, la propiedad y la herencia. Una ley, por ejemplo, castigaba con la muerte al hechicero que, mediante palabras mágicas, había hecho pasar a su campo la cosecha del vecino. Otra indicaba cómo había de procederse para hacer un registro en la casa del individuo acusado de robo.

El acusador debía presentarse desnudo, con unos calzoncillos solamente, sosteniendo en ambas manos una fuente para que no pudiera sospecharse que había llevado el objeto que suponía haberle sido robado.

Hubo, después de las leyes de las doble tablas, muchas leyes (leges o plebiscita) votadas por las asambleas del pueblo, pero se referían más bien al gobierno qué al derecho privado.

Senado Romano

EL DERECHO ROMANO: Si de Grecia hemos heredado la idea de armonía, el sentido de la belleza expresada en su arte, en sus leyendas, en su literatura, y al mismo tiempo una concepción de la vida y el mundo reflejadas en los conceptos de democracia, libertad y en su pensamiento filosófico, Roma es la organización, el sentido político, la administración casi perfecta, el derecho, el idioma y la estructura total del Estado que, fundido con la idea del Cristianismo, tenía que perdurar hasta nuestros días.

Roma fue un pueblo ordenador. Prueba de ello es que supo mantener durante siglos bajo un mando único a pueblos muy dispares y distanciados. Una gran parte de esta prodigiosa organización se debe al Derecho Romano.

Ya hemos citado la compilación llamada «Ley de las Doce Tablas«, refundición del derecho consuetudinario. Más tarde apareció en la sociedad la clase llamada «juris prudentes» o letrados, hombres entendidos en leyes.

Los distintos gobernantes promulgaron leyes adecuadas a cada circunstancia.

Así, por la Ley Valeria, por ejemplo, Sila consiguió legalmente hacerse con el poder. César fue un gran legislador, pues reorganizó la vida municipal y financiera, dictó leyes contra el lujo excesivo y reformó los presupuestos.

En una de sus leyes daba premios al matrimonio que tuviera mayor número de hijos.

El jurisconsulto Juliano publicó el Edicto Perpetuo, que fue una codificación del Derecho Civil.

En los últimos siglos del Imperio se promulgaron numerosas leyes y el Derecho adquirió una importancia extraordinaria. Los principales jurisconsultos establecieron que todo el poder radicaba en el Emperador.

En parte fueron dulcificadas las leyes republicanas que daban una autoridad demasiado grande a los «pater familiae», y el trato con los esclavos resulté también mejorado.

Grandes hombres de leyes fueron Papiniano y sus discípulos Ulpiano, autor de Disputationes y de Instituciones, y Julio Paulo. En la época de Diocleciano se publicó el Código Gregoriano y el Hermogeniano.

Se comprende que esta intensa tradición legal fuese continuada por Justiniano, soberano del Imperio Romano de Oriente.

La influencia del Derecho de Roma en todos los códigos del mundo y en las ordenaciones legales es tan intensa que incluso en nuestros días todas as legislaciones de países civilizados se basan, en sus líneas fundamentales, en las leyes romanas.

Aunque las leyes tendían a asegurar el poder militar y la autoridad absoluta del Estado, se tenía t la familia en muy alta estima; en ella no existía más autoridad que la del padre, «pater».

A él debían sujetarse los demás miembros: esposa, hijos, clientes, etc. Poco a poco, la autoridad de la madre fue igualando a la que poseía el padre, y exponente de ello son las palabras simbólicas que dirigía la recién casada al marido, en el instante de penetrar con él en el atrio: «donde tú eres el amo, yo soy el ama».

En el hogar, la mujer se dedicaba a labores propias de su sexo, a manejar la rueca y el huso, pero no tenía que entregarse a trabajos rudos; cuidaba además del fuego sagrado mantenido ante los dioses lares y, en ciertos cultos, era sacerdotisa exclusiva (Bona Dea, Vesta).

La unión entre los esposos era indisoluble y la poligamia no estaba permitida; la castidad era muy estimada, y la filiación, el ideal de su vida, hasta tal punto que el que no tenía hijos podía adoptar los ajenos. El culto de los dioses protectores y de los dioses lares se hallaba tan grabado en las costumbres, que los esposos acostumbraban a dirimir sus contiendas ante la diosa protectora de los cónyuges.

OBJETIVOS: El derecho romano comprende las normas establecidas para regular la vida social: las relaciones familiares, comerciales, laborales, privadas o públicas.

El sujeto del derecho romano era el ciudadano. En Roma había dos tipos de ciudadanía, la completo (la gozaban los ciudadanos romanos que tenían plenos derechos políticos y civiles y la incompleta (correspondía a los ciudadanos habitantes de las provincias, que tenían solamente derechos civiles, como casarse, tener propiedades y celebrar contratos comerciales).

Sólo existía el derecho consuetudinario o no escrito, regido por las costumbres y controlado por pontífices.

La importancia de la Ley de las 12 Tablas radico en el hecho de consagrar las normas escritas, que se hicieron de este modo públicas y conocidas por todos.

A partir de aquí se sumaron con el correr del tiempo otras leyes, decretos del Senado, de las Asambleas, etcétera.

Durante la época republicana tuvo mucha importancia la actividad realizada por los pretores, magistrados anuales encargados de la administración de justicia.

Al asumir su cargo, dictaban un conjunto de leyes o “edictos” por los cuales se iban a regir, o confirmaban los de sus antecesores.

Las normas dictadas por el pretor urbano dieron origen al “derecho civil”. Es decir, al que se ocupaba de regular las relaciones entre los ciudadanos romanos.

Las normas dictadas por el pretor peregrino dieron origen al llamado “derecho de gentes”, que regulaba las relaciones de los habitantes de las provincias del imperio (ciudadanos incompletos).

En la época imperial, el “derecho” continuó con su desarrollo. Las resoluciones del emperador se transformaban en fuente de derecho.

En el año 121 Adriano ordenó la recopilación de todas las leyes vigentes en un Edicto Perpetuo. A partir de aquí no era necesario renovar todos los años las normas legales.

Con este documento también se eliminaron las contradicciones existentes entre los edictos de los pretores, que se habían acumulado. En el siglo III se suprimió la distinción entre el derecho civil y el derecho de gentes, cuando el emperador Caracalla otorgó la ciudadanía romana a todos los habitantes del imperio. Mediante nuevas recopilaciones posteriores se complementó la tarea realizada.

LA JURISPRUDENCIA
Estas leyes no preveían más que un reducido número de casos y, por otra parte, no eran siempre claras.

Las gentes que tenían un pleito pendiente iban a consultar a hombres que tenían fama de conocer el derecho, a los que se llamaba jurisprudentes (los que saben el derecho) o jurisconsultos.

Eran, por lo común, grandes personajes, nobles, como Catón. Respondían gratuitamente a los que iban a consultarles. Dícese que el Senado dio a uno de ellos, Escipión Nasica, una casa en la calle principal, la vía Sacra, para facilitar las consultas.

Las respuestas de estos jurisconsultos eran llevadas a los magistrados encargados de juzgar, lo que, por lo común, las tenían en cuenta y, poco a poco, acababan por ser consideradas como reglas. Augusto resolvió que tuvieran fuerza de ley.

Interpretaban esta última en los casos en que resultaba oscura y la completaban en aquellos que las leyes no había previsto. De esta suerte se constituyó la jurisprudencia, que fue, juntamente con la ley, una de las fuentes del derecho romano.

A partir del establecimiento del Imperio, el pueblo dejó de hacer leyes. Pero el emperador tuvo la facultad de dictar disposiciones que tenían exactamente el mismo valor.

El jurisconsulto del siglo II, Gayo dice: «Lo que el príncipe ha querido, tiene fuerza de ley». Estas resoluciones adoptaban diferentes formas.

El emperador promulgaba un edicto (edictum), es decir, un reglamento. Cuando los gobernadores, jefes en su provincia, se hallaban ante una dificultad, le preguntaban cómo habían de juzgar. El emperador respondía con un rescripto, que adquiría el carácter de obligatorio.

EL EDICTO DEL PRETOR
Los romanos no reconocían la facultad de aplicar las reglas del derecho más que al magistrado revestido del imperium. Solamente un cónsul o un pretor podía presidir un tribunal, lo que los romanos denominaban «pronunciar el derecho» (jusdicere).

Todo magistrado, cónsul, pretor o procónsul, al entrar en el cargo, dictada un edicto (llamado también álbum porque se ponía en una tabla blanca) indicando las reglas que contaba seguir para juzgar. No se aplicaba más que en el tiempo que duraban sus funciones, comúnmente un año, y su sucesor tenía el derecho de establecer reglas distintas.

Pero, en realidad, cada magistrado conservaba con escasa diferencia el álbum de sus predecesores.

Entre estos magistrados, dos, principalmente, ejercieron influjo en el derecho romano.

El uno, llamado pretor de la ciudad (praetor urbanus), juzgaba los pleitos entre los ciudadanos conforme al derecho romano.

El otro, llamado «pretor entre los ciudadanos y los extranjeros», o, para abreviar, pretor extranjero (praetor peregrinus), juzgaba los pleitos entre los ciudadanos y los que no eran ciudadanos (peregrini).

No estaba sujeto a ninguna ley, no estando hecha la ley romana más que para los ciudadanos de Roma.

Como los demás magistrados, el pretor tenía su álbum, el edicto del pretor, en el que indicaba las reglas que había de aplicar.

Legalmente, este edicto no era valedero más que por un año, pero la costumbre quería que cada pretor conservase el edicto de sus predecesores, introduciendo solamente algunas adiciones.

En tiempos del Imperio se perdió la costumbre de añadir nada. El emperador Adriano mandó hacer el edicto del pretor, que no fue variado en lo sucesivo.

Como había dos tribunales y dos edictos diferentes, se establecieron dos sistemas de reglas de derecho. Las reglas seguidas entre ciudadanos por el pretor de la ciudad constituyeron el derecho civil (Jus civile), es decir, «de la ciudad». Las reglas dictadas por el pretor de los extranjeros formaron el derecho de gentes (jus gentium), es decir, «de los pueblos».

LA FAMILIA
En el antiguo derecho romano, la familia aparece organizada como un pequeño reino en que el jefe es dueño absoluto. Se le llama «padre de familia» (pater familias).

Pater no significa el que ha engendrado (se diría genitor), es un nombre religioso que se da al jefe. Virgilio llama a Eneas Pater Eneas.

La familia se compone de la mujer, de los hijos y de los servidores. El padre de familia ejerce sobre todos poder absoluto, tiene el derecho de repudiar a su mujer, de no reconocer a sus hijos y de venderlos; tiene el derecho de incautarse de todo lo que les pertenece, de cuanto su mujer ha aportado ai matrimonio, de cuanto los hijos ganan, porque es el único propietario.

Tiene sobre ellos el derecho de vida o muerte (jus vitae necisque), es decir, el derecho de juzgarlos y condenarlos. «El marido, decía Catón el Viejo, es juez de su mujer, puede lo que quiere.

Si ha cometido la mujer una falta, si ha bebido vino, la condena; si ha sido infiel la mata».

El Senado había resuelto en una ocasión (186 antes de Jesucristo) que todo el que hubiera tomado parte en las orgías de Baco fuera condenado a muerte.

Los hombres fueron ejecutados, pero el Senado encargó a los padres de familia de juzgar a las mujeres y ellos fueron los que condenaron a muerte a sus mujeres o a sus hijas. Durante la conspiración de Catilina, un senador descubrió que su hijo había entrado en el complot, mandó que le prendieran, le juzgó y le condenó a muerte.

Una frase del derecho romano indica esta dependencia, el hombre se llama sul juris, la mujer y el hijo son alieni juris (en el derecho de otro), no se pertenecen a sí mismos.

EL MATRIMONIO

La familia romana se constituye por el matrimonio. Fue éste al principio una ceremonia religiosa. En presencia del gran pontífice y del flami’n de Júpiter, ante diez testigos, los esposos pronunciaban las palabras consagradas y ofrecían a Júpiter un pan de harina de espelta (farreus), de donde viene la palabra confarrea-tio; pero los patricios únicamente podían casarse de esta manera.

Los plebeyos adoptaron formas nuevas que no tenían ningún carácter religioso y que vinieron a ser las formas habituales del matrimonio.

En presencia de cinco testigos, un pariente de la mujer la vendía al marido según las formas empleadas para vender un esclavo.

Era la coemptio, pero el marido manifestaba comprarla para que fuera su mujer. La mujer era de esta suerte entregada al marido (la palabra era tradere).

Venía a ser igual en dignidad a su marido, se la llamaba «madre de familia» (mater familias) o matrona, como al marido se le llamaba «padre de familia» o patronus. Era dueña con respecto a sus esclavos.

Con respecto al marido la mujer era dependiente, los jurisconsultos decían que estaba «en su mano» (in manu) o «como hija suya» (loco filiae). No podía ser propietaria, ni hacer testamento, ni pleitear. El marido ejercía por ella todos sus derechos.

LOS HIJOS
Los hijos nacidos del matrimonio se denominaban legítimos (legitimi). Pero el padre no estaba obligado a criarlos, tenía el derecho de mandar exponerlos en la calle. Si los aceptaba, conservaba el derecho de venderlos. Los casaba con quien le placía, sin consultarles.

No podían adquirir propiedad, lo que ganaban pasaba a manos del padre. Comunmente se les dejaba la posesión, era lo que se llamaba peculio (peculium), pero no era más que una condescendencia y siempre tenía el padre el derecho de recoger el peculio.

La hija no estaba bajo la patria potestad más que hasta el momento en que contraía matrimonio. El hijo no se emancipaba nunca del poder del padre, aun cuando fuera nombrado cónsul.

Cuando moría el padre, cada uno de los hijos era a su vez padre de familia. Pero la mujer no podía quedar libre, caía bajo la potestad del heredero de su marido, estaba sometida a su propio hijo.

LA ADOPCIÓN
El matrimonio constituía entre los romanos un deber religioso. Les interesaba grandemente dejar alguien que acudiera a realizar las ceremonias fúnebres a su tumba, y estas ceremonias no podían hacerlas más que los hijos y los nietos del difunto.

No se debía, por tanto, dejar que una familia se extinguiera, había que continuarla para celebrar el culto de los antepasados.

Cuando un individuo no tenía hijo legítimo podía hacer que le cediera uno otro padre de familia, y a esto se decía adoptar. Para hacerlo se empleaba una ficción, como se hacía con gran frecuencia en el derecho romano.

La ley de las XII tablas decía: «Si un padre ha vendido a su hijo tres veces seguidas, el hijo queda emancipado de su padre» (filius a pater líber esto). El padre, el que quería adoptar y un tercer ciudadano se presentaban juntos antes un magistrado.

El padre vendía su hijo al ciudadano que había acudido para servir de intermediario, y éste, ya propietario del hijo, le emancipaba.

El hijo volvía a cer bajo la potestad de su padre, que lo vendía segunda vez, y segunda vez le emancipaba el comprador. De nuevo en poder de su padre, el hijo era vendido por tercera vez, Ya entonces el comprador le conservaba.

Era el momento en que el quería adoptar al hijo aparentaba reclamarle como hijo suyo. El comprador manifestaba reconocer justa la reclamación. El magistrado declaraba que el niño era hijo del que le adoptaba.

El hijo adoptado tenía en lo sucesivo los mismos deberes y los mismos derechos que si fuera hijo verdadero. Tomaba el nombre de su padre adoptivo, añadiendo a él el de su primera familia.

Así Escipión, el destructor de Cártago, hijo de un Emilíus (Pablo, el vencedor de Perseo), fue adoptado por un Cornelius y se llamó P. Cornelius Sciplo AEmilianus.

LA PARENTELA
En este sistema sólo se contaban los varones, pues la mujer, al casarse, había entrado en la familia de su marido y salido de la suya. No podía, por tanto, cumplir los deberes fúnebres con sus antepasados, no tenía otro culto que el de la familia de su marido.

Los romanos admitían que pudiera haber parentesco por las mujeres (cognatus), pero era preciso ser pariente por los varones (agnatus) para tener derecho a heredar.

Había también varones que se consideraban descendientes de un mismo antepasado porque llevaban el mismo nombre, aun cuando no les fuera posible probar su parentesco.

Todo ciudadano llevaba el nombre de su gens, con el suyo personal (praenomen), por ejemplo, Caius Marius o Publius Cornelius Scipio.

El conjunto de aquellos descendientes, verdaderos o supuestos, se llamaba gens.

Los miembros de una misma gens, llamados gentiles, ten ían derecho los unos sobre los otros. Si un individuo moría sin tener ningún agnatus, el más cercano gentilis heredaba, aun cuando hubiera un cognatus muy próximo, tal como un tío materno.

LA PROPIEDAD
No admitían los romanos que cualquier hombre pudiera ser propietario ni que todas las cosas pudieran constituir una propiedad. Sólo el ciudadano romano podía ser «propietario según el derecho romano» (dominus ex jure Quirítium), como se decía, y solamente de ciertos objetos llamados res mancipi, es decir, «objetos de apropiación».

Se trataba de las tierras en territorio italiano, de los esclavos y de los animales que se doman por el cuello o por los lomos, tales como los bueyes, las muías y los asnos.

No había propiedad completa respecto a las demás cosas, ni para el ganado menor, carneros, cerdos, cabras, ni para los elefantes y camellos, probablemente porque los romanos de los primeros siglos no los habían conocido.

De las tierras de las provincias conquistadas por los romanos no había legalmente más que un solo propietario: Roma, más tarde el emperador.

El jurisconsulto Gayo decía: «Sobre el suelo de las provincias, César sólo tiene la propiedad, nosotros no tenemos más que la posesión».

Pero todas estas cosas sobre las cuales no podía haber propiedad romana era posible poseerlas (posslderes) y los romanos admitieron muy pronto que el poseedor (possessor) tenía exactamente los mismos derechos que el propietario (dominus).

Su poder se definía: «El de usar y de abusar» (jus utendl et abutendi) es decir, de gozar de la cosa y de destruirla a su antojo.

No se podía adquirir la propiedad romana (dominium) sino por ciertos procedimientos definidos: sentencia pronunciada por un magistrado (addictio), posesión prolongada durante un año (usucapio), o venta en forma legal.

Para vender una tierra, un esclavo o un animal no bastaba que el vendedor y el comprador estuvieran de acuerdo, sino que era preciso que cinco ciudadanos romanos, por lo menos, hubieran de asistir como testigos. Otro ciudadano, el porta-balanza (libripens) aparecía con un peso.

El comprador, poniendo la mano sobre lo que compraba, un esclavo, por ejemplo, decía: «Declaro que este hombre es mío por el derecho de los romanos, y sea comprado por mí con este bronce y esta balanza de cobre».

Luego tomaba un lingote de cobre y golpeaba con él la balanza sostenida por el porta-balanza; hecho lo cual entregaba el lingote al vendedor. Esta ceremonia se remonta a una época en que los romanos no tenían aún moneda y en que se pagaba con un lingote de metal.

Se podía también comprar empleando una ficción. El comprador y el vendedor aparentaban tener un pleito pendiente y acudían ante el magistrado. El comprador, con el objeto en la mano, declaraba que era suyo.

El vendedor, aparentando reconocer su derecho, no respondía nada y el magistrado declaraba el objeto adjudicado al comprador.

Se empleó luego un procedimiento más cómodo y que podía aplicarse a todas las cosas, la traditio (entrega). El vendedor entregaba la cosa, el adquirente la tomaba y entonces venía a ser, no propietario, sino poseedor de ella.

Fuente Consultada: La Consultora Tomo 7 – El Derecho Romano

La filosofia en Roma Antigua Imperio Romano de Occidente

La filosofía en Roma Antigua

la vida cotidiana en roma antigua

Una política tan agitada como fue la romana, forzosamente tuvo que dar origen a grandes oradores públicos que pudieron hacer sus primeras armas en el Senado y en el foro. Catón, Escipión el Africano, y los Gracos alcanzaron fama en la época anterior al nacimiento de Cristo, pero ninguno de ellos tuvo el renombre de Marco Tulio Cicerón (107-43), escritor, soldado, político y orador, una de las figuras más preclaras de la Roma anterior al Imperio.

Había nacido el año 107 a. J. C., y mientras ejerció el cargo de cónsul atacó duramente a Catilina, que pretendía rebelarse, en sus famosas Catilinarias. Del mismo modo fustigó a Marco Antonio en sus Filípicas, ya que Cicerón era enemigo del triunviro Marco Antonio.

Marco tulio Cicerón

Entre sus escritos didácticos destacan De la vejez, La República y numerosas epístolas. En el Siglo de Oro de la literatura latina aparecieron notables historiadores, como Julio César, que relató la Guerra de las Galias de la que fue protagonista y que no siempre transcribió con imparcialidad. En el siglo anterior a nuestra Era, Tito Livio (58-17 a.C.) escribió una Historia de Roma que consta de 142 libros, de estilo muy depurado y más imparcial que las obras de César.

A partir del siglo I de nuestra Era se inicia la decadencia romana, pero aún surgen figuras extraordinarias, entre las cuales no es posible olvidar a un español, el cordobés Séneca (4-65) que había sido maestro de Nerón y a quien éste obligó a cortarse las venas el año 65. Fue un filósofo estoico y un hombre recto y noble. Escribió De la ira y Epístolas a Lucilio.

Fruto de la época fue la aparición de numerosos escritores satíricos, entre los cuales los más conocidos quizá sean el español Marcial (40-102), autor de Epigramas, y el romano Juvenal (54-138).

Otro español notable fue Quintiliano (35-95), considerado como uno de los primeros escritores de Pedagogía y autor de uno de los primeros libros de Educación: Instituciones Oratorias.

Tácito y Suetonio fueron importantes historiadores, mientras los dos Plinios, Columela y Pomponio Mela, se dedicaron a la literatura didáctica.

En todos los pueblos la novela es el último género que suele aparecer, mientras que el primero es casi siempre la poesía épica.

Lo mismo ocurrió en Roma. En tiempo de Nerón, Petronio escribió una narración cuyo título es El satiricón, de la que sólo se conservan algunos fragmentos. Más divulgada es la novela El asno de oro, de Apuleyo. En ella se relata la aventura de Lucio, convertido en asno al querer imitar a una bruja que por arte de encantamiento se transformó en pájaro. Es una obra satírica.

Los financista romanos Historia y vida de los romanos Imperio Romano

Los Financista Romanos Historia y Vida de los Romanos Imperio Romano

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El elevado coste de las empresas militares llevó a la República a solicitar ayuda a la iniciativa privada. Serán los publicanos quienes presten la ayuda necesaria al Estado en estos momentos de necesidad. Estos publicanos eran una institución de origen helenístico que tenían arrendado un servicio comunitario (publicum) que podía tratarse desde la adjudicación de contratas de obras públicas al cobro de algún impuesto.

En unos momentos de expansión como vive Roma durante los siglos III y II a.C. las regiones y provincias que eran conquistadas debían pagar un impuesto que una vez delimitada su cuantía, se sacaba a pública subasta.

El Estado cobraba de manera anticipada la cantidad estipulada y los adjudicatarios tenían que recaudar directamente los tributos.

En numerosas ocasiones existían asociaciones de publicanos para pujar por el arrendamiento fiscal de un lugar determinado. Esas sociedades tenían sus estatutos y estaban dirigidas por un magister que tenía su residencia en Roma, donde trataba directamente con los funcionarios públicos. De esta manera el Estado contaba por adelantado con el dinero durante un período de cinco años y se ahorraba un buen pellizco en sueldos.

El riesgo que corrían los publicanos era muy alto por lo que el Estado protegía con mimo a estos suministradores de dinero. Sin embargo, cuando el negocio resultaba fructífero, los beneficios eran tremendamente elevados. Este sistema de recaudación fiscal plantea numerosos defectos siendo las corrupción el más corriente.

No olvidemos que los publicanos tenían la protección de los magistrados, quienes debían proteger incluso militarmente a los recaudadores si fuera necesario. El Senado no podía permitir que sus sostenes materiales dejaran de percibir beneficios.

En la provincia de Asia los publicanos se embolsaban unos diez millones de denarios al año por los peajes de mercancías, la misma cantidad que recibía el Estado. En numerosas ocasiones los propios publicanos prestaban el dinero necesario a los contribuyentes insolventes, recibiendo un elevado interés por el crédito. En otras ocasiones cobraban varias veces el tributo o exigían diez veces la cantidad prevista. La usura alcanzaba límites insospechados -a veces hasta del 4 % mensual- por lo que Sila tuvo que establecer un tope del 12 % de interés anual.

Estas corruptelas contaban en buen medida con el apoyo de algún magistrado. Sin embargo, conocemos más de un proceso por corrupción como el de Verres, Sereno o Bebio Massa, siendo las penas muy leves en relación con los hechos imputados. Será en época imperial cuando las quejas de las provincias surjan efecto, estableciéndose un cierto control estatal. Se recuperará la figura del publicano como figura aislada, huyendo de grandes sociedades, con el fin de evitar la consolidación de potentes fortunas que se conviertan en ámbitos de poder.

Los procuradores controlaban la gestión de estos recaudadores lo que benefició a los contribuyentes. En la crisis del siglo III será el Estado quien recaude directamente los impuestos. Nadie quiere arrendar el cobro de tributos, ya que no hay de donde recaudar, ni participar del transporte de tropas o víveres al asegurar con su propio dinero lo transportado. Paradójicamente, la actividad que mayores fortunas creó en época republicana en los últimos momentos del Imperio no era desempeñada por nadie.

Los comerciantes en Roma Antigua Financistas y el costo de vida

Los comerciantes en Roma Antigua
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En las calles y plazas de Roma  se apiñaba una colorida y bulliciosa multitud de tiendas: panaderías, carnicerías, pollerías, pescaderías, tabernas, barberías, librerías, perfumerías, mueblerías, herrerías, zapaterías y muchas más. Algunas eran prósperas, pero la mayoría eran chozas abarrotadas y mal iluminadas, tan desvencijadas que se ladeaban hacia las viviendas o que se desparramaban hacia callejones y mercados.

Se colocaban pintorescos cartelones para atraer la atención del público, y frecuentemente se exhibían las mercancías en las aceras, que se hacían casi intransitables por los vendedores que caminaban pregonando sus productos.

La congestión llegó a ser tan grave que el emperador Domiciano prohibió los puestos callejeros, forzando a los vendedores y tenderos a regresar a sus locales.

Buena parte de la actividad comercial era realizada por los mismos productores. Los excedentes agrarios eran llevados a la ciudad por el campesino que adquiría -o cambiaba- en los talleres los productos necesarios.

El propio Estado era el encargado de llevar a los campamentos militares todo lo necesario para su manutención. Pero a pesar de estas limitaciones ya existía la figura del intermediario, dedicándose a las actividades comerciales un buen puñado de romanos e itálicos.

El comercio se realizaba preferentemente por vía marítima -más rápido y más barato- siendo hombres libres los propietarios de los barcos, habitualmente organizados en sociedades mercantiles. Para evitar desplazamientos continuos, el armador solía delegar cierta responsabilidad en un esclavo de su confianza que representaba jurídicamente al comerciante.

Los grandes emporios comerciales del Imperio eran las principales ciudades – Roma, Alejandría, Marsella, Antioquía- y en ellas podíamos encontrar expertos de diferentes orígenes -judíos, hispanos, sirios-. La manera de conseguir una fortuna con mayor facilidad era dedicarse al comercio.

comercio en roma antigua

En Roma, el gran Foro era el principal centro comercial, con un enorme conjunto de locales, mercados y lugares de reunión. Los cambistas tenían sus negocios en este sitio, y hacían destellar, sonar y bailar sus pilas de monedas para atraer a la clientela. Se podían obtener pingües ganancias con los préstamos, aunque los romanos de la alta sociedad lo consideraban un negocio despreciable, al igual que toda otra forma de comercio: «Ningún caballero puede ser prestamista», escribió el estadista conservador Catón.

Sin embargo, incluso los aristócratas sucumbían al encanto de las ganancias fáciles. El objetivo era pedir prestado con intereses bajos y prestar con intereses altos. Para combatir la especulación, en tiempos imperiales se decretó una tasa legal de interés de 12% anual. Gozaba de más respetabilidad el ser propietario de tierras, y esto convirtió en multimillonarios a muchos ciudadanos. Se cuenta que el acaudalado político Marco Craso dijo que un hombre no podía considerarse rico a menos que pudiera pagar, de su propio ingreso, la manutención de una legión (unos 6,000 hombres).

Los bancos prosperaban en la capital, en tanto que los pobres guardaban sus magros ahorros en alcancías de barro. La unidad monetaria básica era una moneda de cobre llamada os; un sestercio valía dos ases y medio, y un denario de plata, 4 sestercios o 10 ases. Un soldado común recibía como sueldo 225 denarios anuales; un saco de trigo pequeño costaba medio denario.

Uno de los comercios más prósperos era el del aceite de oliva. No sólo se usaba para cocinar, sino también para lámparas y como sustituto de jabón para el baño. Diario se compraban y vendían colosales cantidades de aceite: en el año 300 a.C., había 2,300 vendedores tan sólo en Roma.

Las alfarerías producían millones de vasijas de vino y aceite, y también se produjeron en masa recipientes de vidrio, una vez que se introdujo la técnica de soplado, posiblemente por vidrieros sirios inmigrantes durante el siglo I d.C.

LA TIENDA DE «TONSURA»
«Todas estas cicatrices que podéis contar sobre mi mentón, tantas como las de un viejo luchador, me las hizo el barbero con su hierro y su infame mano. Sólo el chivo, entre todos los seres vivientes, es inteligente: porque se deja la barba y escapa al carnicero». Así exclamaba Marcial, un chispeante escritor hispano-romano, a propósito de los «tonsores» (peluqueros) de su tiempo.

Sus palabras no son precisamente un cumplido, pero es de creer que se ajustan un poco a la realidad: basta pensar en cuan rudimentarias eran las herramientas que los pobres peluqueros empleaban.

Las tijeras, de hierro, no tenían ni el perno que une las dos hojas ni los aros en los que se introducen los dedos: cabe imaginar que cortarían más a la buena suerte que a la voluntad del peluquero. Los rasuradores eran también de hierro y, aunque se afilaban cuidadosamente sobre una piedra especial, que se importaba de España, con seguridad no tenían el «filo» de las modernas navajas de acero. Se han encontrado muy pocos rasuradores romanos; como eran de hierro, la herrumbre los destruyó. En cambio, se encontraron muchos rasuradores etruscos y de otras poblaciones más antiguas, que estaban confeccionados con bronce.

Parece ser que los primeros peluqueros llegados a Roma fueron sicilianos. Sus peluquerías comenzaron a difundirse hacia el siglo ni a. C. Hasta entonces, los romanos se dejaban crecer libremente los cabellos, la barba y los bigotes. Poco a poco la moda de afeitarse y de tener cortos los cabellos se fue afirmando y, hacia el siglo II de nuestra era, la práctica era habitual en toda la población.

Las tiendas de peluqueros proliferaron; las más famosas estaban emplazadas al aire libre, en el cruce de las arterias. Así, pues, las condiciones en que el artesano ejecutaba su delicado trabajo, en medio del tumulto de la vía pública, no eran, precisamente, los más adecuados. Alrededor de la tienda estaban los escaños para los clientes que esperaban su turno. El «paciente» estaba en medio de la tienda. Sin la menor jabonadura, ni ungüento que ablandara el pelo, comenzaba la afeitada. Lo más que se hacía era humedecer la cara con un poco de agua fría.

Al margen de estos inconvenientes, concurrir a la tienda del tonsor no resultaba muy desagradable: allí, reunidos en círculo, estaban los hombres dispuestos para las más animadas tertulias: se hablaba de las últimas elecciones consulares, o de las victorias de un «auriga» (conductor de bigas) en el circo, o algún legionario narraba sus aventuras.

Y, como muchas veces el peluquero intervenía en las discusiones, los cortes de cabello y el rasurado de barba se prolongaban largo tiempo: «Mientras el peluquero corta el cabello a su cliente, a éste le vuelve a crecer de nuevo la barba…», dice al respecto el agudo Marcial.

Fuente Consultada:
Wikipedia –
Enciclopedia Estudiantil Tomo IV CODEX

Historia de Roma Antigua Los Artesanos, Trabajo agricola y minero

HISTORIA DE ROMA ANTIGUA: LOS ARTESANOS

la vida cotidiana en roma antigua

El trabajo artesanal solía realizarse en talleres, algunos llegaban a reunir hasta 70 trabajadores. No debemos olvidar que también se realizaban trabajos domésticos como la panadería, confección, etc. elaborados en su mayoría por los esclavos en las grandes casas señoriales, alcanzando algunas a ser autosuficientes. Normalmente existían dos tipos de talleres: los destinados al consumo local que producían objetos menos elaborados y más baratos y los destinados a la exportación que servían productos sofisticados y a precios elevados.

Algunas ciudades solían especializarse en productos concretos, alcanzando fama la cerámica de Arezzo o los bronces de Mantua. Los talleres solían ser propiedad de hombres libres mientras que la mano de obra era en su mayoría esclava. Tejidos, vidrio, calzados, monedas, carámica,… todo tipo de productos podía encontrarse en la mayoría de las ciudades del Imperio, ciudades que debían su urbanismo y la edificación a un amplio número de artesanos que demostraron su buenas maneras. El trabajo en la construcción solía ser realizado por hombres libres aunque también encontramos esclavos y asalariados.

La mayoría de los artesanos se unían en «collegia» para la defensa de sus intereses, germen de los gremios medievales.

La Alimentación en Roma Antigua Alimentos y Comidas

La Alimentación en Roma Antigua
Alimentos Que Consumían y Comidas

Son muchos los alimentos que no conocíamos griegos ni romanos, tales como café, té, azúcar, licores, patatas, tomates, etc. Es general el uso del pan. En Roma se distinguen varias calidades de pan: el que se considera de peor calidad es el pan negro (pañis plebeius, rustíais, sordidus); de mejor calidad es el pañis secundarías, algo más blanco; por último, el pan blanco (pañis candidus), considerado el pan de lujo. En Roma, entre las legumbres se usan mucho las habas, las lentejas y los garbanzos. Los espárragos y las alcachofas son más raros, presentes únicamente en las mesas de los ricos.

Uno de los rasgos principales de la cocina romana es el abundante uso de los condimentos y la mezcla de sabores fuertes con sabores dulzones en los mismos platos, como la mezcla del vinagre y la menta con la miel. Entre los condimentos romanos hay que destacar algunas salsas de pescado que sólo se obtienen después de un largo proceso de elaboración y que se guardan en ánforas.

Agricultura
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Costos
Portal de Roma
Portal de Grecia

Sabido ya a qué actividades dedicaba su vida el habitante humilde de Roma, que era el más abundante y el que, por tanto, servía como criado en casa de los poderosos, veamos cuáles eran sus hábitos alimentarios. Se ha dicho que la historia del mundo dio un viraje cuando, en el siglo II a. de J.C., tras la conquista de Grecia por Roma, los griegos enseñaron a sus conquistadores el arte de comer bien.

comidas en roma

Es cierto que la frugalidad de los primeros romanos, que se alimentaban fundamentalmente a base de pan, ileso, legumbres, verduras y fruta, había desaparecido por completo en la época imperial, hasta tal punto que la cocina se convirtió en un arte muy difícil. Pero no conviene exagerar, ya que la abundancia de manjares dependía siempre del poder adquisitivo del comensal.

Los manjares que, según escritores de la época, se compraban a precio de oro en puertos lejanos para ser comidos en Roma eran ostras, champiñones, pescados del Adriático y gansos de la Galia.

Los romanos de clase elevada desayunaban (ientaculum) a base de pan, queso, huevos y leche, y hacia las doce almorzaban (prandium) ligeramente con los restos de la cena del día anterior o con algunos fiambres. Séneca reflejaba en una sentencia la poca importancia que tenía esta segunda comida, cuando dice que el praidium se puede tomar sin sentarse a la mesa y que al finalizar no hace falta lavarse las manos.

La comida principal se tenía hacia la hora décima, es decir, las cuatro de la tarde. Las importantes solían durar hasta el anochecer y continuaban luego con conversaciones y, en algunos casos, incluso con atracciones circenses.

La cena era la ocasión normal que tenía un romano para reunirse con sus amigos por la noche, así como las termas eran el escenario de las reuniones diurnas. Dispuestos todos en una sala llamada tridinium, se descalzaban y un esclavo les lavaba las manos y los pies. Luego se recostaban en los lechos, también llamadostridinium, alrededor de la mesa, de forma que cada uno pudiera conversar con los demás.

El plato se sostenía con la mano izquierda, cuyo codo correspondiente, apoyado en un cojín, soportaba el peso del cuerpo. Con los dedos de la mano derecha, libre para cualquier movimiento, se llevaban los alimentos a la boca.

Una comida importante comenzaba siempre con entremeses picantes y huevo. La expresión de Horacio oh ovo, que luego ha pasado a expresar la idea temporal de principio, no significaba otra cosa que «desde los huevos» que se servían al comenzar la comida.

El plato principal, casi siempre carne de cerdo, jabalí procedente de caza o de aves, era abusivamente condimentado con especias, pimienta, comino, perejil, etc., con lo que se lograban sabores muy fuertes, y salsas picantes de estilo oriental. Como postres se tomaban pasta, queso, almendras y toda clase de frutas, las comunes hoy en día en la cuenca mediterránea, menos la naranja y el limón.

Durante la comida se consumía vino en abundancia, pero, según costumbre heredada de los griegos, se servía aguado y caliente.

PARA SABER MAS… Seiscientos cerebros de avestruz, con chícharos y granos de oro: éste fue uno de los platillos servidos en un banquete del emperador Heliogábalo. Se cuenta que en otra de sus fiestas cayeron tantos pétalos de rosa por las aberturas de los techos que varios comensales se asfixiaron. La extravagancia de los banquetes romanos es legendaria, y aunque no todos los anfitriones eran tan licenciosos como Heliogábalo, las grandes cenas eran uno de los placeres en la vida de los hogares adinerados.

Mientras que los pobres se alimentaban con una dieta de pan y un potaje de trigo llamado puls, los ricos convirtieron los festines en un arte. Sus banquetes se prolongaban durante horas, desde las tres o cuatro de la tarde hasta la madrugada. Entre platillos, la fiesta era animada por acróbatas, bailarines, enanos, músicos y payasos.

Abanicos de plumas de pavorreal
Batallones de esclavos atendían a los comensales: les quitaban los zapatos al entrar y les calzaban sandalias; los ventilaban con abanicos de plumas de pavorreal para ahuyentar a las moscas; les lavaban las manos con agua perfumada, y servían deslumbrantes y aromáticos platillos en la mesa central. Se acostumbraba que los esclavos más bellos vertieran el vino y cortaran la comida, mientras que los huéspedes se reclinaban, a veces tres en un diván, posando el brazo izquierdo sobre una almohada.

Con tales comodidades, es sorprendente que los comensales debieran llevar sus propias servilletas. Un agraviado anfitrión dijo de un invitado: «Hermógenes nunca trae su propia servilleta a las cenas, pero siempre se las ingenia para llevárselas a casa.»

El banquete tenía lugar en el tríclinium (salón donde comían), iluminado con velas, y comenzaba luego de invocar a Júpiter y a los dioses domésticos. La cena consistía en aperitivos, platillos principales y postres.

El escritor Marcial, al planear una modesta cena para siete invitados, compartió sus pensamientos acerca del menú, en la siguiente invitación a un amigo:

«Veamos: Estela, Nepos, Canius, Cerlialis, Flaccus y yo sumamos seis. Mi diván acomoda a siete, por lo que también invito ‘. a Lupus. Ahora el ; menú: pues bien, hay tuétanos que trajo mi diligente esposa, más la guarnición: lechugas, puerros, menta y achicoria. Luego comeremos huevos duros y caballa servida con perejil, y panza de cerda en salmuera de atún. Eso para empezar. De platillo principal, cordero (¡más barato si fue destrozado por un zorro!), albóndigas (¡no hay que cortarlas!), porotos y germen. Además habrá pollo y lo que quedó del jamón que comimos el otro día. Cuando quedemos satisfechos, habrá manzanas maduras y un vino, reposado durante un año o dos. Para cerrar con broche de oro, vendrá un cómico: no te preocupes, será de buen gusto. La gente puede soltarse el pelo sin que lo lamente al día siguiente, y no es necesario preocuparse por lo que se dice. Pueden hablar de los Verdes o los Azules, o cualquier otro equipo de carreras de cuadrigas. ¡Nadie nos citará a juicio por habernos emborrachado en mi casa!»

Los entremeses más populares eran platillos de huevo, aceitunas y lechuga; por lo demás, la cocina romana tenía poco en común con la actual cocina italiana. En ese entonces se desconocían los tomates y la pasta, y no era común cocinar con ajo.

El principal ingrediente de muchos platillos era una salsa picante, llamada liquamen, destilada de las entrañas y humores de pescado. Su sabor era parecido a la esencia de anchoas, y con ella se aderezaban platillos como lechones, caracoles alimentados con leche y gansos hervidos.

TESTIMONIO DE LA ÉPOCA: Petronio, escritor latino de la época de Nerón, nos describe un banquete celebrado en la casa de un ricachón de la época. A su personaje da el nombre de Trimalción, que significa «tres veces potentísimo»; se cree por ello que, bajo este personaje imaginario, Petronio quería ocultar la figura del emperador mismo. La descripción es tal como la transcribimos a continuación.

«Trimalción no había llegado aún, pero nosotros nos pusimos igual a reposar en el triclinio. Algunos criados nos echaban agua fresca en las manos, para lavárnoslas, en tanto que- otros, con gran destreza, nos lavaban los pies. Mientras prestaban estos servicios, los sirvientes cantaban; quise probar si todos los siervos sabían cantar y pedí a uno de beber: aquél se puso a servirme y entretanto comenzó una canción indicada para lo que estaba haciendo. ¡Parecía que nos encontrábamos en un coro teatral, más bien que en el banquete de un señor!.

En este momento fue colocado en la mesa un espléndido entremés. Sobre la bandeja se veía erguido un asnillo de bronce portador de dos alforjas; por una parte había aceitunas blancas; por la otra, negras. Arriba, como techo, había dos platos, en el reborde de los cuales se leía el nombre de Trimalción y el peso de la plata con la que estaban hechos. Llevaban lirones cocinados con salsa de miel y amapola. Sobre una rejilla de plata freían las salchichas y, abajo, para imitar los carbones ardientes, había ciruelas negras de damasco cubiertas de granos de granada.

Fue llevada después a la mesa una cesta, en la que, sobre la paja, había una gallina de madera cual si estuviera poniendo. Se acercaron dos esclavos que hurgaron entre la paja y sacaron grandes huevos que distribuyeron entre los convidados. Con la cuchara abrí el casco, hecho de harina empastada con tocino, y encontré un papafigo cubierto de huevo con pimienta. Así terminaron los entremeses; los esclavos retiraron los residuos y entretanto nosotros nos dispusimos a beber vino mezclado con miel.

Si éstos eran los entremeses, ya podemos figurarnos en qué consistirían los platos fuertes… Los citaremos rápidamente: por empezar, se llevó una bandeja monumental consistente en doce platones colocados sobre un gran disco; querían representar los doce signos del zodíaco, y así cada uno de ellos tenía un manjar relacionado con el símbolo de una constelación: higos africanos sobre Leo, carne de buey sobre Tauro, langostas sobre Capricornio, una liebre sobre Sagitario, etc. En el centro de todo, una bandeja contenía una liebre adornada con plumas, en forma que pareciera alada, y rodeada de aves y cabezas de cerdo.

En los ángulos de la bandeja había cuatro estatuillas que sostenían pequeñas vasijas, desde las que se volcaba una salsa picante: ésta caía en un recipiente en el que los pescados cocidos se movían romo si nadaran en un pequeño lago artificial. Después llegó una lechoncita tostada rodeada de jabatos rellenos con tordos; luego un cerdo relleno de salchichas, y a continuación un ternero hervido, presentado como un guerrero, que -;;.e cortado y repartido por un esclavo, también vestido con los atavíos de un soldado.

Finalmente llegaron los dulces: éstos tenían forma de estatuas que llevaban canastos llenos de frutas. Pero la comida no había terminado aún: los esclavos levantaron las mesas, barrieron el piso lleno de .desperdicios (porque era costumbre tirarlos al suelo) y llenaron las ánforas con vinos: comenzaron los brindis, que constituían el cuarto tiempo de un banquete que podía durar hasta el amanecer.»

LAS COMIDAS
Desayuno: se consumía a primeras horas de la mañana y podía consistir en pan con miel y queso, uvas, aceitunas y leche.

Almuerzo: tenía efecto a mediodía y era asimismo sobrio y rápido; tanto que a menudo se consumía sin necesidad de sentarse. Se comía con el pan, carne fría, peces, legumbres y fruta. Se bebía vino con miel o vino aromatizado o hirviente.

Cena: comenzaba al anochecer; era la comida principal, que se consumía estando recostados en lechos ad hoc; nunca duraba menos de tres horas y constituía un descanso y un motivo para reuniones. Como habíamos visto en casa de Trimalción, se dividía en tres partes: el entremés, la cena propiamente dicha y el postre, constituido por fruta y dulces. Si no se trataba de una simple cena doméstica, sino de un auténtico banquete, seguían los brindis.

Los romanos brindaban sólo con vino mezclado con agua, según proporciones establecidas por el más experto entre los invitados. Era muy difundida la costumbre, en los brindis, de beber tantas copas de vino según eran las letras del nombre del festejado. ¡Ahí, por Baco, ¡qué suerte llamarse T-e-r-t-u-l-i-a-n-o!

El Costo de Vida en Roma Antigua

El Costo de Vida en Roma Antigua

la vida cotidiana en roma antigua

Según Plinio la vida era increíblemente barata en Roma (250 a.C.) al poder comprar con un as (moneda de bronce) un celemín de trigo (8,75 litros), un congio de vino (3,3 litros), 30 libras de higos secos, 10 libras de aceite y 12 de carne, considerando que la libra eran 330 gramos.

Las noticias sobre salarios y precios en el Imperio Romano son difíciles de conseguir ya que las fuentes apenas tratan estos asuntos.

Según el poeta satírico Marcial los proconsulares tenían unos ingresos anuales de un millón de sestercios (la moneda de bronce), mientras que un médico reputado podía alcanzar los 400.000, un profesor estatal de retórica, 100.000 ó los altos cargos de la administración entre 200.000 y 60.000 sestercios.

Los legionarios vieron subir sus salarios desde los 900 sestercios que cobraban en época de César hasta los 2.000 de Septimio Severo. Los sueldos de los centuriones rondaban entre 40.000 y 20.000. San Mateo menciona en el Evangelio que el sueldo de un jornalero agrícola es de cuatro sestercios diarios, posiblemente incluyendo la manutención -comidas e incluso alojamiento, en algunos casos-.

En un contrato de trabajo del año 164 se menciona un salario de dos sestercios y un as a diario, más el alojamiento y la manutención. Los especialistas consideran que estos datos podrían variar en una proporción de uno a tres dependiendo de los puestos laborales.

Los ingresos anuales de un jornalero fluctuarían entre 720 y 2.200 sestercios.

Si lo multiplicamos por tres obtendremos el sueldo aproximado de un artesano. Según unas tablillas encontradas en Pompeya donde aparece la lista de la compra de una familia de dos miembros y un esclavo -posiblemente artesanos- el gasto medio en alimentación diario sería unos seis sestercios.

Bien es cierto que el menú no era pantagruélico, sino más bien frugal, consistente en pan, vino, verduras, queso y dátiles. Juvenal nos dice que un zapatero come cebolletas y morro de cerdo hervido.

Según Marcial, una familia pobre se alimenta de gobios, cebollas y queso. Pan negro mojado en un tazón de caldo y coles podría ser un ejemplo de menú para una familia de obreros romanos. Marcial dice que los alimentos más baratos que se vendían en las calles de Roma eran salchichas y garbanzos.

Un tercio de litro de aceite constaría un sestercio y el trigo se vendía a tres sestercios el celemín (6,5 kilos).

Para evitar conflictos sociales, el Estado alimentaba a más de 150.000 familias. Los gastos en vestido y calzado rondarían los 30 sestercios ya que la túnica oscilaría hacia los 15 sestercios, al igual que los zapatos. Limpiar una túnica costaba cuatro sestercios.

El alquiler en la ciudad de Roma era tremendamente caro. Unos 2.000 sestercios anuales serían el alquiler más barato en el siglo I lo que motivaba que parte de la vivienda fuera subalquilada por el inquilino a otra familia. La operación se podía repetir creando verdaderas situaciones de hacinamiento en la insulae, las casas de inquilinos que ocupaban una manzana con cinco o seis pisos de endeble construcción.

Arte en Roma Arquitectura en Roma Antigua Pintura Esculturas

HISTORIA DE ROMA ANTIGUA: ARTE ROMANO

la vida cotidiana en roma antigua

LA ORIGINALIDAD ROMANA: Si bien es cierto que el arte de los romanos imitó al de los griegos, una íntima originalidad terminó por liberarlo de la concepción helenística, en tiempos del Imperio. Los griegos habían tratado de exaltar la belleza en sí misma con obras inspiradas en su religión y en sus mitos. Los romanos subordinaron el arte a su» política y a su grandeza, inspirando sus obras en el humano realismo de la historia: escenas guerreras, arcos triunfales, retratos de generales y emperadores, en vez de la belleza ideal de las diosas.

ARTE ROMANO: Las artes romanas se concibieron en una época en la cual las obras griegas habían llegado a su máximo esplendor. Fue difícil entonces librarse de tan magnífica influencia, complementada por ciertos elementos etruscos que marcaron la base del posterior desarrollo artístico.

No obstante los aportes recibidos, a comienzos del siglo II a.C. comenzó a manifestarse un verdadero arte romano. Sus obras se enriquecieron con el correr de los siglos y tomaron la uniformidad característica de un arte propio. En sus creaciones prevaleció un carácter técnico y práctico, resultante del espíritu del pueblo romano. No se persiguió, como en Grecia, un fin estético en sí mismo.

Resulta de las influencias etruscas y griegas, alcanzó su mayor esplendor en la época del Imperio. Se desarrolló en Italia desde el año 200 antes de C., hasta el siglo IV después de C., algunos lo consideran inferior al arte griego, pero en realidad fue más variado, más flexible y en ciertos aspectos se acerca más al arte moderno; así, su influencia en el arte de la Edad Media y del Renacimiento fue notable. Sus mayores logros los presenta en el desarrollo de la arquitectura; por ello, el dibujo y la pintura la realizaban a servicio de esta, predominando los murales. Los temas eran asuntos bélicos, eróticos, leyendas heroicas, paisajes, marinas, naturaleza muerta y el retrato.

A partir del siglo I, se observan dos corrientes pictóricas o estilos: el estilo Neoático, que se preocupa por la forma humana, resaltando asuntos de la mitología y epopeya y el estilo Helenístico – Alejandrino, que pone de manifiesto la preocupación por la pintura rural, se cultivan el paisaje y las marinas. Al iniciarse el siglo II hasta el 79 de nuestra época (pintura en Pompeya), se observan cuatro estilos: de incrustación, alejandrino o arquitectónico, ornamental y fantástico.

El arte romano toma como referencia los modelos griegos de la época helenística.  Debido a su carácter práctico, el pueblo romano desarrollará la arquitectura para establecer un sensacional programa constructivo que primero afectará a la ciudad de Roma y luego se extenderá por todo el Imperio. El arco y la bóveda tendrán un papel principal en la concepción de la arquitectura romana. Se utiliza el ladrillo y el mortero, realizado con cantos rodados o piedras pequeñas, con una consistencia eterna.

Su aspecto pobre exige un revestimiento de apariencia opulenta como suelen ser mosaicos o simplemente ricas pinturas. Otra importante aportación romana será la amplia difusión del arco de medio punto que frecuentemente es encajado entre las columnas y el dintel, estableciendo un sistema constructivo de gran originalidad que aporta solidez al edificio.

Roma fue un pueblo de labradores, de comerciantes, de guerreros. Los romanos mostraron mayor interés por las cosas prácticas y sus obras artísticas llevan siempre un sello utilitario. Pueblo dominador, fundador de un vasto imperio, el romano tuvo por preocupación fundamental mantener el dominio sobre los territorios colonizados, para lo cual movilizó poderosos ejércitos, dio vida a un denso cuerpo de leyes que apretó los lazos entre la metrópoli y las provincias, y desarrolló una gigantesca labor constructiva con un variado repertorio de formas arquitectónicas perfectamente adaptadas a sus fines. Sus dos grandes realizaciones fueron el Derecho y la Arquitectura, pero su mérito principal es haber extendido la civilización grecolatina por una vasta parte del mundo conocido.

ARQUITECTURA: Su finalidad es utilitaria, está concebida en función de las necesidades privadas y públicas. Expresa la voluntad de poder y de mando del Estado romano, que se erige como rector de la vida privada y pública de sus ciudadanos.

Es monumental, hecha pensando en la glorificación de Roma y para resistir el paso y el peso del tiempo. Más que la belleza busca la majestad y la robustez, por lo que se muestra en grandes masas sólidas y pesadas. Expresa el ideal de uniformidad del Imperio, que aspira a que todos los pueblos sujetos a su dominio asuman una fisonomía material a imagen y semejanza de la Urbe.

Alterna dos sistemas conocidos: el de la columna y dintel (copiado de los griegos), y el arco y bóveda (tomado de los etruscos). Sus principales monumentos fueron: el templo, la basílica, las termas, los teatros, los anfiteatros, los circos, etc.

(Ver Acueductos Romanos)

(Ver:Obras de Arquitectura en Roma Antigua)

LA ESCULTURA: Se mueve entre los polos contrarios de idealismo y realismo y su tema casi central es el retrato. En sus comienzos, la influencia etrusca se hace presente en algunos bronces, luego la influencia griega a través de los escultores helénicos que vivían en Roma o en la Magna Grecia, así como de las obras descubiertas en suelo griego y llevadas a Roma, impulsa la corriente idealista. El enfrentamiento de ambas tendencias se advierte en obras del período republicano.

PRINCIPALES CARACTERÍSTICAS: Creada con un destino utilitario que se cumple en su función narrativa, honoraria o descriptiva. Más que un arte es una artesanía supeditada a exigencias religiosas honoríficas o conmemorativas. Cultiva con preferencia el retrato llevándolo a su máxima identificación con el modelo. Es un arte naturalista. Es una obra anónima.

La ilustración de la derecha representa una estatua ejecutada en Roma imitando una escultura de un artista griego: Policleto. Estamos en la época en que Roma trataba de imitar el arte griego. Pero mientras que el modelo griego expresaba sólo calma y belleza, en esta obra romana aparecen energía  y movimiento. Obsérvese también con qué delicado arte está trabajada la coraza. Así glorificaban a sus guerreros y emperadores. De Octavio Augusto se conservan medio centenar de estatuas.

En los bajos relieves la escultura romana alcanza sus mejores obras, y en ellos el carácter geométrico del arte etrusco se une a la armonía de los griegos con el realismo de los romanos para crear obras sólidas y dramáticas.

Los romanos acostumbraban conservar en el santuario familiar máscaras de cera de sus antepasados, realizadas prolija y directamente sobre el rostro de los muertos. De esta manera cada familia podía conocer y venerar la imagen de sus antecesores. De esta costumbre nació la predilección de los romanos por los bustos y los retratos de arcilla, de mármol o de bronce, que reproducían la fisonomía exacta de los rostros.

Cabeza de bronce llamada de Bruno, hermoso exponente del arte del retrato (siglo III antes de Cristo).

Estatua del emperador Augusto, del Museo Vaticano 20 antes de Cristo).

Fragmento del bajo relieve de la columna de Trajano,
erigida en el año 113 en celebración de la conquista de Dacia.

PINTURA: La conocemos a través de los frescos hallados en la ciudad de Pompeya, que suelen ser copias griegas o caprichos decorativos de gracia picaresca como cupidos, pájaros, cintas, flores, etc. Los temas son históricos, mitológicos paisajísticos y marineros. También en ciertos períodos se hizo una pintura arquitectónica, que imita a los elementos constructivos.

Lo interesante de la pintura romana es la técnica de manchas de color al temple, aplicadas con brochazos sueltos, sin detallar, a la manera impresionista y con efectistas toques de sombra y luz. También en la pintura domina el gusto realista por lo que los temas preferidos, son el retrato, la caricatura y el paisaje.

Casi todo lo que conocemos sobre la pintura romana se lo debemos a los miles de frescos sacados a la luz en Pompeya y Herculano.

Y en primer lugar se ha comprobado que los romanos no pintaban sobre tela o tablillas, sino que lo hacían casi exclusivamente sobre las paredes de sus casas. Pintaban imitaciones de mármoles, columnas y, sobre todo, paisajes, jardines y escenas campestres. Así aquellos hombres que vivían en casas que apenas tenían ventanas llevaban a su interior la ilusión de estar en un espacio más amplio abierto y pintoresco.

Los romanos adinerados alegraban los interiores de sus habitaciones con pinturas murales
figurando motivos arquitectónicos y bonitos paisajes.

La «Primavera», fresco del siglo I de nuestra era, hallado en Estabia.
Es una de las mejores obras de la pintura romana. Es una de las mejores obras de la pintura romana.

El arte del mosaico. Un maravilloso mosaico que decoraba la entrada de un establecimiento termal.

AMPLIACIÓN DE ESTE TEMA: ARTE ROMANO

Se puede afirmar que los romanos fueron «un pueblo de artistas». Con todo, enamorados de la belleza del arte griego, no se preocuparon por crear uno propio: se declararon discípulos de los helenos y adoptaron su arte aunque marcándolo con su sello inconfundible de utilidad, solidez y grandiosidad.

De todas las ramas, la Arquitectura fue el «arte romano» por excelencia, en el que pudieron lucir su genio, especialmente dotado para los grandes proyectos. Fue además, el único campo en que aportaron importantes novedades, como la bóveda y el arco, elementos que a su vez habían recibido de los etruscos, pero que ellos perfeccionaron realizando algunas de las más grandes creaciones del espíritu humano.

Roma prácticamente sembró el mundo de grandes construcciones, pero entre ellas merecen destacarse:

« Las Termas, monumentales edificios con magníficos salones para conferencias, lecturas o juegos, a la par de suntuosas salas de baños fríos, tibios y calientes: en ellos los romanos pasaban gran parte del día como en nuestros actuales clubes. En Roma aún impresionan al visitante las ruinas de las Termas de Caracalla y de Diocleciano.

  • Los Anfiteatros estaban destinados a los combates de gladiadores, luchas de fieras y hasta batallas navales en miniatura. El más famoso es el de Vespasiana, llamado posteriormente «Coliseo»; en él cabían más de 50.000 espectadores.

  • Los Circos eran enormes pistas ovaladas destinadas a la gran pasión de los romanos: las carreras de carros. El Circo Máximo de Nerón medía más de 600 metros de largo y en sus gradas de mármol tenían entraban 350.000 personas.

  • Los Foros constituían el centro de la vida política de la ciudad. En estas plazas públicas se hallaban los monumentos, templos, mercados, tribunas para los oradores, y en ellas se reunía el pueblo para deliberar en las Asambleas o para enterarse de la marcha de los acontecimientos, Entre todos se destacan las ruinas del Foro de Trajano, desde el que, durante siglos, se manejó la suerte del mundo.

  • Los Arcos de Triunfo conmemoraban las principales victorias militares. Aún se conservan unos 150, y entre ellos los famosos Arcos de Tito, Septimio Severo y Constantino en la capital del imperio.

  • Las Basílicas romanas eran grandes construcciones divididas por columnatas, en las que funcionaban los tribunales, mercados y ferias. Posteriormente, cuando los cristianos necesitaron edificios para sus reuniones, convirtieron algunas de ellas en iglesias, y desde entonces las Basílicas fueron consideradas como lugares dedicados al culto. Entre todas sobresale la de Majencio, en Roma.

  • Los Templos romanos prestan aún sus servicios, transformados en iglesias cristianas El más notable de todos es el Panteón construido por Agripa, ministro de Augusto, y considerado como la más perfecta de todas las construcciones romanas. Su incomparable cúpula de 40 metros de diámetro sirvió de modelo a Miguel Ángel para la iglesia de San Pedro del Vaticano.

  • Los Acueductos fueron verdaderas obras de ingeniería que desde las montañas traían el agua que las ciudades necesitaban. Roma contó con 19 de estas solidísimas construcciones de piedra.

Las Carreteras romanas fueron magníficas construcciones como ningún otro país las ha conocido hasta nuestro siglo. Eran de lajas de piedra o de granito, de hasta ocho metros de ancho sobre un contrapiso de un metro de espesor. Cada mil pasos dobles había una «piedra miliar» que indicaba la distancia que la separaba desde el centro del mundo: el Foro de Trajano. Roma enlazó así todo su imperio con una vastísima red caminera que posibilitó la extensión de su poderío. En la actualidad se conservan más de 500 de estas rutas, muchas de las cuales prestan aún sus servicios, luego de 2.000 años de uso.

La escultura romana fue prácticamente una imitación de la griega y felizmente que haya sido así, porque de esta manera conservamos copias y reproducciones de las obras maestras de Grecia desaparecidas.

Sin embargo, debe reconocerse que los romanos fueron los mejores artífices de Bustos del mundo, y en ellos lograron alcanzar casi la perfección artística, superando grandemente a sus maestros.

La pintura, del mismo modo, fue también de neta inspiración helena, como se comprueba en los Frescos conservados en las mansiones de Pompeya y Herculano, ciudades enterradas en el año 78 durante la erupción del Vesubio, y que las modernas excavaciones han logrado desenterrar.

Ver: Grandes Obras Romanas

Ver: Las Fuentes en Roma Antigua

La Educacion en Antigua Roma Características y Períodos Educativos

La Educación en Antigua Roma
Características y Períodos Educativos

La educación romana varió notablemente durante el transcurso de su historia. Su evolución acompaña a los momentos históricos que anteceden a este capítulo. Desde el punto de vista de los ideales educativos y de la forma de la enseñanza distinguiremos tres grandes períodos:

1) período arcaico o tradicional;

2) de adopción de la cultura helenística; y

3) de expansión de los ideales romanos, en los pueblos bárbaros conquistados y más adelante en el continente europeo cristianizado. (*)

(*): Mas abajo se explican con detalle  las características de cada período educativo

A MODO DE SÍNTESIS: La educación va a experimentar una profunda evolución a lo largo de la historia de Roma, determinada en primer lugar por la influencia griega que se produce desde el siglo III a.C. y en segunda lugar por la estrecha relación del sistema educativo con la sociedad del momento y con la configuración estatal.

Bien es cierto que encontramos una serie de elementos que se manifiestan a lo largo de todos los momentos históricos: el carácter aristocrático del sistema educativo y su relación con la ciudad, configurando una educación netamente urbana, por lo que debemos advertir que la educación se circunscribe a la población ciudadana y libre del Imperio al tiempo que la mayoría de las escuelas se instalan en los municipios.

Bien es cierto que en las aldeas o pequeños pueblos existían rudimentarias escuelas pero con escaso éxito. Podemos distinguir tres periodos educativos en la historia de Roma: el primero correspondería a siglos VIII-III a.C. -la Monarquía y los primeros momentos de la República-; el segundo al periodo comprendido entre los siglos III a.C. y II d.C.; y el tercero al Bajo Imperio.

En el primer periodo la educación se circunscribe al ámbito familiar, involucrando especialmente al patriciado y a la nobilitas. M. Porcio Catón enseñó a su hijo «las letras, le daba a conocer las leyes y lo ejercitaba en la gimnasia, (…) a manejar las armas y a gobernar un caballo».

La educación en el hogar se extiende hasta los 17 años, cuando pasa la adolescencia. La madre será la encargada de los primeros momentos, hasta los siete años. Desde esa edad queda a cargo del pater familias con quien acude a diversas actividades. A los 17 años adopta la toca viril e inicia una nueva fase educativa, fuera de la familia pero controlada por ésta. El ejército y la política serán las dos direcciones que tome nuestro joven noble y su enseñanza correrá a cargo de algún conocido o amigo del pater.

El primer año está destinado a conocer la vida pública y después pasa al servicio militar donde aprenderá a luchar por la patria, subordinando el individuo a la comunidad. A partir del siglo III a.C. el mundo romano vivirá un contundente proceso de helenización que en un primer momento afectará a los círculos nobiliarios para irse diluyendo entre toda la sociedad paulatinamente.

El proceso se acentuará tras la Tercera Guerra Macedónica al difundirse la utilización del griego entre los miembros de la nobilitas, al tiempo que un amplio número de retóricos y filósofos griegos desembarcan en la península Itálica, muchos de ellos como esclavos. Este acercamiento al mundo helenístico no estuvo exento de polémica como el decreto de expulsión de todos los filósofos y retóricos griegos que dictó el Senado en el año 161 a.C., expulsiones que se sucederán en el tiempo. Pero a la helenización de la sociedad no se le podía poner freno y el propio Catón, uno de los más encendidos defensores de la tradición romana, estudiará a los maestros griegos.

Como es lógico pensar, este proceso de helenización tendrá su reflejo en la educación. Desde los últimos años de la República lo educativo abandona el entorno familiar para convertirse en algo público. Algunos emperadores regularán el proceso educativo o reducirán los impuestos a los gramáticos y retóricos. Vespasiano creará en Roma sendas cátedras de retórica latina y griega. Este mecenazgo pedagógico se extiende desde los emperadores a las aristocracias locales que también participan de la educación en sus ciudades, financiándola si es necesario.

El sistema educativo se establecería en tres niveles: elemental, secundario a cargo del grammaticus y superior, dirigida e impartida por los retóricos. Al nivel elemental se acedía con siete años y se abandonaba con doce, situándose la escuela en el foro. Allí los alumnos reciben las clases del magister, quien percibe por cada alumno un sueldo de 50 denarios. La mayoría de los alumnos van acompañados a la escuela por un esclavo llamadopaedagogus y disfrutan de vacaciones entre los meses de agosto y septiembre. Lectura, escritura, cálculo y recitación serán las enseñanzas impartidas. Las enseñanzas secundaria y superior presentan unos caracteres más clasistas. La secundaria abarca entre los doce años y los diecisiete, momento que el joven toma la toga viril.

El grammaticus es el encargado de impartir las enseñanzas que versan sobre la lengua y el conocimiento y estudio de los clásicos, recibiendo por cada alumno 200 denarios al mes. El lugar donde se imparte es en los pórticos abiertos del foro. La enseñanza superior estaría dirigida por el rethor quien llegaba a cobrar hasta 2.000 sestercios anuales por alumno. Las reglas del arte de la oratoria y su práctica serán las enseñanzas impartidas, a pesar de que desde Augusto este arte no era vital para participar en política. Sin embargo, las escuelas superiores surtirán a la administración de altos funcionarios y prestigiosos juristas.

Durante el Bajo Imperio observamos una serie de modificaciones en el sistema educativo, especialmente por el intervencionismo estatal y la influencia cada vez más manifiesta del cristianismo. Las mayores necesidades burocráticas del Estado supondrán un aumento de los estudiantes de enseñanza superior al tiempo que los emperadores restauran las escuelas.

En el año 425 Teodosio II creará una universidad en Constantinopla donde los profesores sólo podrán ejercer la docencia en esta institución. En referencia al cristianismo, las escuelas cristianas irán sustituyendo paulatinamente a la educación helenística, anticipando el orden medieval incluso en su estructura ya que se establecían diversos niveles: monásticas, episcopales y presbiteriales.

la educacion romana

Momentos de la educación en Roma antigua: la crianza, los juegos y la enseñanza

LOS PERÍODOS DE LA EDUCACIÓN ROMANA:

1) Periodo arcaico
La educación doméstica. — Desde los tiempos más remotos el hogar era la principal institución donde se educaba el niño. La familia romana era la célula económico-política en la que se apoyaba la vida misma de la comunidad.

El padre, el pater-familias, era a un tiempo amo y sacerdote, juez y custodio de las tradiciones morales y religiosas. Por esto era el mayor educador de sus hijos. La formación del romano consistía en una iniciación progresiva en las formas de vida tradicionales. La sociedad primitiva romana era una aristocracia de terratenientes (patricios) que ocupaban su vida cultivando los campos y extendiendo su dominio gracias a las campañas militares.

El niño se ensaya reproduciendo sus labores. A medida que crece va entrando lentamente en el círculo de los adultos. El padre se hace acompañar por sus hijos en todos sus trabajos, en sus paseos o visitas, a fin de que se preparen para la vida a través de su propio ejemplo. Por eso la educación tenía una orientación utilitaria y profesional, porque el muchacho, que vivía en constante relación con el padre, aprendía y se ejercitaba en todas las tareas que más tarde desempeñaría en la vida.

«Nuestros abuelos, dice Plinio, se instruían no solamente por los oídos, sino también y especialmente por los ojos. Los jóvenes observando a los de mayor edad aprendían lo que tenían que hacer ellos mismos y lo que más tarde debían enseñar a sus descendientes.»

En la actividad educativa el padre era ayudado por la madre, ya que la mujer romana disfrutaba de un concepto social muy superior a la mujer griega.

La matrona romana de este período fue modelo de virtudes.

El ideal educativo estaba esencialmente formado por la fidelidad a las costumbres de los antepasados. Para excitar en los hijos el culto de las virtudes tradicionales, la familia usó el medio eficacísimo de la narración de los acontecimientos más significativos del pasado.

Esta etapa de la educación terminaba cuando el adolescente llegaba a la mayoría de edad, o sea cuando el muchacho cambiaba la túnica que estaba adornada por una franja de color (toga pretexta) por la túnica de adulto completamente blanca (toga virilis) para entrar a formar parte oficialmente de la república, en condición de ciudadano.

Para señalar todo este proceso los romanos acuñaron la palabra educatio, que significa todo lo que era necesario hacer en el orden moral y profesional
para que el adolescente llegara a ser un hombre maduro.

Los hijos debían crecer con todas las cualidades morales y civiles que habían recibido de sus antepasados. No había que traicionar el exemplum de los padres, había que cultivar la píetas (piedad) o sea el respeto filial y la devoción a las divinidades, la constantia o firmeza de ánimo, la gravitas, la gravedad, la seriedad, la severidad de vida y la fides, o sea la lealtad, la confianza. El hijo debía tratar de imitar el ejemplo vivo de virtud que era su padre.

2) Período de adopción de la literatura griega:

La educación romana arcaica se transformó alrededor del siglo II a. C. cuando Roma conquistó a Grecia e incorporo a su Imperio gran cantidad de provincias donde se hablaba el griego.

No bien los romanos descubrieron en la literatura griega nuevos valores humanos la adoptaron, la transformaron y acomodaron a su propio genio.
Las grandes familias romanas, ansiosas por asegurar para sus hijos la educación más completa, los enviaban a estudiar a Atenas o les procuraban un pedagogo griego. De aquí data la instalación en Roma de las primeras instituciones educativas griegas.

Los antiguos, con Catón a la cabeza, se levantaron contra estas costumbres, especialmente contra la enseñanza de la danza y del canto, «artes que podían convenir a los esclavos pero que eran indignas de un hombre libre». A pesar de esta oposición, la literatura griega se fue imponiendo. La figura más notable de este período es Cicerón. (imagen abajo)

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3) Período de expansión del genio latino:

Roma civilizadora. — El tercer momento de la educación romana estaría señalado por la imposición en todos los países bárbaros de Europa, de los ideales de la cultura latina (la justicia, el orden, la paz) organizándolos de un modo tal que permitió que se expandiera el espíritu romano. Roma supo implantar sólidamente la civilización helenística que ella misma había conquistado.

Políticamente, el afán de Roma por hacer del mundo entero una patria única, se redujo a reunir a vencedores y vencidos en una misma comunidad para asentar los valores de la civilización, del bienestar y del orden.

Desde el desierto de Sahara a los valles de Escocia, desde el Eúfrates al Atlántico se impuso la civilización latina, más adelante cristiana, enraizada tan profundamente que pudo resistir a las invasiones bárbaras (eslavas) y orientales (las de los árabes y turcos). Roma preparó a Europa para que en ella pudiera arraigar, florecer y perdurar el cristianismo.

LAS INSTITUCIONES ESCOLARES ROMANAS

La escuela de primeras letras. — Cuando comenzó a notarse la influencia de la cultura griega, la figura del padre educador fue perdiendo importancia e intervino en cambio el pedagogo y el litterator que enseñaba a leer, a escribir y a contar.

A las escuelas se las llamaba ludi (de ludus, que significa juego, diversión), designación que indica su actividad como complementaria a la educación doméstica, lo mismo que la designación del maestro elemental como ludi magister (maestro de juegos), que correspondía al grammatistes griego.

Las escuelas elementales fueron numerosas. Salvo raras excepciones, la mayoría de los niños concurrían a ellas. Tanto para unos como para otros se había adoptado la costumbre griega del esclavo acompañante o pedagogo.

El aprendizaje de la lectura comenzaba con el reconocimiento de las letras, seguía el de las sílabas y todas sus combinaciones y terminaba con el reconocimiento de palabras aisladas.

Antes de entrar en la lectura directa de los textos literarios, los niños se ejercitaban leyendo los preceptos contenidos en la Ley de las Doce Tablas, instrucción jurídica y religiosa considerada imprescindible para la formación del ciudadano. En tiempos de Cicerón fueron reemplazados por máximas morales de uno o dos versos, encaminadas a infundir el amor a la virtud. Esta costumbre se mantuvo hasta la aparición de las lenguas romances en la Edad Media.

El aprendizaje de los números se hacía con la ayuda de piedritas, cálculi, o con la mímica simbólica de los dedos.

Métodos. — Los métodos eran pasivos, como eran pasivos en la pedagogía griega: la memoria y la imitación constituían las cualidades más apreciadas en el alumno. Se recurría a la emulación, cuyos beneficios compensan, según Quintiliano, los daños de la educación colectiva. Pero mucho más se empleaban los reproches y los castigos.

En todos los autores latinos el recuerdo de la escuela está asociado a los castigos. El maestro apoya su autoridad en la férula (especie de bastón). En casos más graves, el culpable era castigado por sus manos, recostado en las espaldas de un compañero. Aunque muchos pensadores recomendaban a los maestros ser plácidos y hacerse amar, la odiosa práctica sobrevivió. San Agustín, ya anciano, recordaba todavía los sufrimientos de sus años escolares, prefiriendo la muerte antes que volver a ser niño.

A fines del siglo I de nuestra era se pone en duda la eficacia de estos métodos brutales; se acude a las recompensas, a los regalos de dulces en forma de letras, pero la gravedad latina consideró siempre necesaria la severidad.

Las familias aristocráticas buscaban jóvenes esclavos para que colaboraran con el maestro en la enseñanza de sus hijos. Hasta se llegó a reunir a los esclavos para darles una educación adecuada en un lugar especial (psedagogium). La formación que recibían estaba orientada, antes que nada, a los servicios que debían prestar: aprendían buenas maneras para que sirvieran de pajes de los niños y adolescentes; los mejores dotados eran iniciados en las cosas del espíritu.

Toda gran casa poseía un buen número de esclavos «letrados» o «eruditos» que cumplían las funciones de lectores o secretarios.

Local.—Las escuelas fueron siempre de carácter privado. El maestro suministraba el local en algún rincón o pórtico poco concurrido de un templo, en un edificio público o en el cruce de las calles. Un cortinado lo aislaba de los curiosos. No era fácil mantener el orden, pues el ruido de la calle distraía a los alumnos. Los padres y los amigos se presentaban en la escuela de improviso y asistían a las lecciones. Se pensaba que la presencia de extraños estimulaba a los niños.

El maestro ocupaba un sillón (cáthedra), los niños se sentaban en el suelo o sobre alguna piedra, rara vez en bancos. Los alumnos tenían rollos de pergamino donde estaban escritos los trozos de lectura, que guardaban en cajas cilíndricas. En tablillas enceradas escribían con el estilo, provisto de aguda punta por un extremo y aplastado por el otro para poder borrar lo mal trazado.

La escuela estaba abierta todo el día, desde el amanecer, salvo una interrupción para comer. Algunas veces el maestro contaba con un ayudante. El material de enseñanza se reducía a algunas monedas o piedras (cálculi) para contar, y algunos cuerpos geométricos.

La escuela del gramático. — El gramático se proponía instruir a los alumnos en el conocimiento del lenguaje, gramática y literatura, para que adquirieran facilidad de expresión.

De condición superior al maestro elemental, el gramático, gravemente envuelto en su toga, dirigía su clase, que funcionaba en algún local del foro.

Decoraban sus paredes los bustos de grandes escritores: Virgilio y Horacio y, en algunos casos, mapas geográficos. Usaban métodos iguales a los de sus colegas griegos: el estudio teórico del bien hablar y la explicación de los poetas clásicos.

El programa era exclusivamente literario, con la particularidad de que frecuentemente el griego se enseñaba antes que el latín en antologías de autores como Homero y Esopo.

Entre todas las escuelas merece mención particular la de Livio Andrónico, un esclavo griego que tradujo la Odisea al latín. En el año 26 a. C, Cecilio Espirota tomó la iniciativa de explicar a Virgilio y a otros poetas latinos.

La enseñanza media: El ciclo medio de la enseñanza, de doce a diecisiete años, corría a cargo del grammaticus, que era el que enseñaba al niño la lengua y la literatura. Este proceso de aprendizaje también se solía impartir en escuelas a cambio de una cierta cantidad de dinero o, en las familias más acomodadas, se encargaba a un esclavo que era muy cotizado.

En sus clases se enseñaba la lengua y la literatura griega y latina a través del estudio de los poetas, junto con nociones generales de historia, geografía, física o astronomía, generalmente relacionadas con los textos que se estudiaban. El maestro dictaba los textos y los alumnos los leían y debían aprender de memoria partes de ellos. Una vez explicados, el alumno debía ser capaz de comentarlos tanto de forma oral como escrita. Entre los poetas griegos se estudiaba sobre todo a Homero y a los autores de teatro; entre los latinos los más comentados eran Virgilio, Horacio y Terencio.

Lo normal era que de la escuela del grammaticus el alumno saliera sabiendo bien el latín y el griego, las dos lenguas de cultura entonces. Se consideraba tan importante saber griego que las familias acomodadas iniciaban a sus hijos en esta lengua desde la niñez. A este ciclo de la enseñanza sólo accedía una minoría.

La enseñanza superior :
La escuela del retórico. — Un tipo de educación superior era la retórica o aprendizaje de la elocuencia. La enseñanza del rethor latinus tenía por objeto comunicar el arte oratorio, formar al orador. El rethor comunicaba el arte oratorio de acuerdo a una técnica y a unas reglas tales como las que se habían enseñado en Grecia a partir de los sofistas.

El rethor enseñaba a la sombra de los pórticos del Foro; contaba con hermosos salones (exedras), dispuestos como un teatrillo, que llenaban una función análoga a la de los gimnasios griegos.

En teoría, los romanos, como los griegos, permanecían fieles al ideal tradicional que fundamenta la alta cultura sobre la base de la encieles paideia, o como se la denomina en latín, las artes liberales, que luego, en la Edad Media, se designan por trívium y cuatrívium. La escuela del gramático contó con un método elaborado, con un programa de estudio fijo y con un subsidio oficial.

El joven no sólo se convertía en un buen ciudadano, sino que se preparaba para la actividad política, por lo que era una enseñanza reservada a los hijos de las familias acomodadas, los únicos que en Roma podían aspirar a los cargos públicos. Los rétores impartían sus clases en mejores locales que el magister o el grammaticus, e incluso, avpartir del Imperio, el propio Estado les proporcionaba buenas instalaciones para que desarrollaran su labor.

Terminada la formación con el rétor, los jóvenes romanos aún podían ampliar sus estudios. Para ello podían marcharse a Grecia o a las grandes ciudades del mundo helenístico, donde ampliaban sus conocimientos de retórica o se iniciaban en la filosofía de las diversas escuelas griegas helenísticas

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Como no se usaba la puntuación ni la separación de las palabras, el maestro debía preparar y explicar primero la lectura (praelectio) para que los alumnos pudieran entender lo que leían. Seguía la explicación o comentario del fondo y de la forma de lo leído, y los ejercicios de estilo, de imitación, ampliación, reproducción, etc. La instrucción gramatical terminaba con los ejercicios denominados de erudición o comentarios, que consistían en conocer la mitología, la historia, la geografía, etc., que tuviera referencias al texto estudiado. La erudición era como el segundo carácter de la cultura liberal; el hombre verdaderamente cultivado no era solamente un «letrado», sino también un erudito, un sabio. Téngase en cuenta que bajo el nombre de ciencia se debe entender aquí la erudición adquirida al margen de los clásicos.

Educación física. — En cuanto a la educación física, existieron diferencias notables entre los griegos y los romanos. En Grecia, desde los tiempos homéricos, hubo una tendencia a alejarse de la primitiva finalidad militar y a orientarse hacia el atletismo. Los antiguos romanos, pueblo de soldados campesinos, no despreciaron las actividades deportivas, pero la educación impartida a los jóvenes fue en este terreno, como en los demás, estrictamente utilitaria.

Las competiciones atléticas penetraron en las costumbres romanas a partir del año 186 a. C. y se multiplicaron bajo el Imperio, pero eran espectáculos cuyas realizaciones estaban reservadas a los profesionales. SI el deporte formó parte de la vida romana, fue en categoría de higiene, como complemento de las termas. El gimnasio griego fue repudiado, considerándolo coma una mancha y no como una gloria de la civilización griega. El romano con su salud moral, con su sentido profundo de la vida, se opuso al deporte como actividad gratuita e inútil.

Cuando comenzó la decadencia del Imperio, los ideales de la formación romana se desvanecieron. Los gramáticos y retóricos, tenidos en alta estima, servían para acompañar a los gobernantes de las nuevas provincias imperiales, pero ya no enseñaban sino que empleaban la oratoria para exponer argumentos triviales o absurdos.

La gente acudía a oírlos recitar como hoy se acude a escuchar un actor, considerándose estas exhibiciones como la más alta prueba de talento y cultura. Señalado este ideal, no es de extrañarse que la obra de la escuela resultara artificial e infructuosa. Hubo en este tiempo escritores valiosos, pero de segundo orden. Dos hábiles gramáticos del siglo VI, Donato en Occidente, autor de un Ars minor o pequeña gramática, y Prisciano en Oriente, autor del Ars gramaticalis o tratado de gramática, perfeccionaron los textos que sirvieron de base a todos los estudios lingüísticos latinos.

Había que aprender las reglas y habituarse a utilizarlas. Después de una serie de ejercicios preparatorios, el alumno componía discursos ficticios sobre un tema dado por el maestro, desarrollándolo de acuerdo a sus consejos. Esos discursos debían ser aprendidos de memoria y recitados ante el maestro, los condiscípulos, algunas veces parientes y amigos. Este ejercicio se denominaba declamación (declamatio). Por lo general, los temas eran: histórico deliberativos (por ejemplo: Aníbal se pregunta si marchará sobre Roma) y controversias judiciales (por ejemplo: cómo, se defiende o ataca un caso determinado y definido de acuerdo a un texto de la ley).

ALGO MAS…

La retórica preparaba normalmente a los alumnos para el ejercicio de la abogacía, muy importante, dado que la gran originalidad de la enseñanza latina consistió precisamente en ofrecer a los jóvenes la carrera de las leyes. Dejando a los griegos la filosofía y durante bastante tiempo la medicina, los romanos crearon con sus escuelas de derecho un tipo original de enseñanza superior. Estas escuelas se extendieron por todo el Imperio y su prestigio se mantuvo hasta el siglo V de nuestra era.

El jurista conocía el derecho, las leyes, las costumbres, las reglas de procedimientos, las tradiciones, y utilizaba todos estos vastos conocimientos para vencer la oscuridad de la causa y la ambigüedad de la ley. Para responder a esta formación aparecieron los maestros de derecho, magister juris, las bibliotecas especializadas y las colecciones metódicas, como los Digestos de Ulpiano, Papiniano, etc..

La ingeniería y la arquitectura romana denotan conocimientos especiales muy extensos; no tenemos mayores referencias sobre estos estudios.

El amor a los libros fue grande. Diversos emperadores fundaron bibliotecas públicas y muchas particulares eran riquísimas. En el siglo IV, Eoma contaba nada menos que con 28 bibliotecas.

Política educacional. — Los romanos gozaron de la más completa libertad de enseñanza. La intervención del Estado se reducía a secundar los esfuerzos de los particulares. Cicerón asegura que la educación de los niños en Roma no estaba regida por ninguna ley, ni sometida a dirección estatal alguna.

En el período imperial el número de escuelas se multiplicó eñ tal forma, que era rara la ciudad desprovista de escuela elemental. Vespasiano introdujo la costumbre de pagar a los maestros con los fondos del Tesoro imperial. El primero que gozó de este beneficio fue Quintiliano.

Antonino Pío sistematizó este fomento de la educación; concedió a los docentes numerosos privilegios y los eximió de muchas obligaciones, como el pago de los impuestos municipales, el servicio militar, etcétera. Muchos hubo que se dedicaron a la enseñanza para gozar de estos privilegios y pronto se tuvo que limitar su número en las ciudades. Constantino reafirmó todos estos beneficios y los aumentó con la inmunidad personal.

Los maestros y su familia eran sagrados en su persona, y los ultrajes y ofensas que se les inferían eran castigados severamente. El emperador Juliano, llamado el Apóstata, con el fin de destruir la influencia de los maestros cristianos que ya se percibía, para hacer caer sobre ellos «el descrédito de la ignorancia y el peso de la pública desconsideración» dispuso que el nombramiento de los maestros retribuidos por el Estado fuese sometido a su ratificación. En 362 prohibió a los maestros cristianos la enseñanza de la gramática y de la retórica a no ser que se convirtiesen al culto de los dioses.

El emperador Valentiniano pocos años después derogó estas leyes, mas prohibió con penas la existencia de las escuelas privadas.

Ver: Pedagogo Romano Quintiliano

la vida cotidiana en roma antigua

Fuente Consultada:
Historia de la Educación – Juan Carlos Zuretti – Editorial Itinerarium – Colección Escuela –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA – Microsoft
Enciclopedia del Estudiante Tomo 19-Historia de la Filosofía – Editorial Santillana
Wikipedia –

Diversion y Juegos en Roma Antigua Fiestas Romanas y Ceremonias

Diversión y Juegos Roma Antigua
Fiestas Romanas y Ceremonias

En roma Antigua, las fiestas romanas tenían un fuerte componente religioso como en Grecia, aquí se convirtieron pronto en simple espectáculo, lo que en latín se llaman ludí, los juegos. Dos son los tipos de ludí, los ludí circenses, que eran los celebrados en el circo y en el anfiteatro, y los ludi scaenici, o representaciones teatrales. En Roma los ludi circenses son los más antiguos y se celebraban en el Circo Máximo o en el Circo Flaminio, luego también en el Anfiteatro Flavio o Coliseo. Los ludi scaenici, antes de la construcción del primer teatro de piedra por Pompeyo el año 55 a. de C, se solían celebrar en teatros de madera que se montaban y desmontaban para cada representación (sobre la estructura de los teatros en el mundo clásico.

Agricultura
Minería
Artesanos
Comerciantes
Financistas
Viviendas
Las Ciencias
Prostitución
Las Mujeres
Literatura
Filosofía
Diversión
Educación
El Derecho
Arte
Religión
Familia
Costos
Portal de Roma
Portal de Grecia

En Roma los ludi se celebran normalmente con ocasión de las festividades religiosas que llenan el calendario romano. Entre los más importantes están los ludi Apollinares, del 6 al 12 de julio, en honor de Apolo; los ludi plebeii, del 4 al 17 de noviembre; los Cerecilla, del 12 al 19 de abril, en honor de la diosa Ceres; los ludi Romani, los más antiguos, celebrados en honor a la tríada capitolina, los dioses Júpiter, Juno y Minerva que compartían un templo en la colina del Capitolio, en septiembre; y los Megalenses, en honor de la diosa Cibeles, en abril.

Junto a estos juegos anuales que se celebran en fecha fija, hay otros juegos que podemos llamar extraordinarios. Entre éstos los más importantes son los ludi saeculares, organizados una sola vez cada siglo, norma que casi nunca se ha cumplido. A estos juegos públicos, organizados por el Estado, hay que añadir los organizados por particulares con motivo de una celebración, un funeral importante, etc.

La diversión con mayúsculas del mundo romano es el circo o los juegos circenses. En el circo encontramos deporte, pasión e incluso ideas religiosas o políticas por lo que algunos especialistas lo consideran como algo más que espectáculo. La tradición hace referencia a los reyes etruscos como los creadores de los juegos en Roma, ya en el lugar donde posteriormente se instalaría el Circo Máximo. Estas ceremonias posiblemente tuvieran un origen funerario, con el fin de conjurar los poderes de ultratumba.

Los emperadores recreaban al pueblo con grandes y repetidas fiestas. En Roma había ciento sesenta y cinco días de fiesta al año, algunas, la inauguración del Coliseo verbigracia, duraron cien días seguidos. Dichas fiestas eran espectáculos que se celebraban en el el teatro, en el circo y en el anfiteatro. Empezaban por la mañana y se terminaban a la puesta del sol. Cuando asistía el emperador se repartían sorpresa, golosinas y vino.

TEATROS: En los teatros, el mayor de los cuales era el de Pompeyo, se representaban comedias, tragedias, farsas y pantomimas. Las comedias eran las obras dramáticas que Plauto y Terencio traducían o imitaban del griego, y que tanto gustaron a los romanos hasta el siglo IV. Las tragedias eran menos apreciadas por aquel pueblo, poco refinado;a la postre eran funciones en que el asunto importaba menos que el aparato escénico  lo propio sucede con las óperas modernas y las comedias de magia. Pero los espectadores preferían las farsas y las pantomimas.

Las farsas o atelanas, asi llamadas porque, según Diomedes, ese género dramático se creó en Atela, ciudad de Campania, eranpiezas en un acto, muy jocosas, parecidas al entremés o al sainete. La pantomima era una pieza dramática en que el actor, mimo o pantomimo, en vez de hablar, explicaba lo que sentía por medio de gestos. La perfección a que llegaron, en este género, los actores griegos, parece que no la han alcanzado nuestros contemporáneos. El teatro romano era, pues, un espectáculo que recreaba la vista, mas que el espíritu.

La representaciones teatrales a veces también se realizan fuera de las fiestas oficiales, con ocasión de la consagración de algún templo o en los funerales de un personaje importante.

Las representaciones teatrales las organizaban los ediles, que encargan a un dominus gregis, un director de compañía teatral, el montaje y representación de las obras.

Este compra la obra a un autor y la representa con actores que son normalmente esclavos y libertos, pues la profesión de actor no está bien vista. En su trabajo los actores —tanto aquí como en Grecia— utilizan máscaras (en latín persona) para caracterizarse, y en éstas en la parte de la boca se deja una abertura muy grande para que la voz del actor se escuche mejor.

Además de distintos tipos de trajes, se utilizan pelucas de diversos colores según el personaje que representen y, algunas veces, un tipo de calzado alto, el coturno, del que ya hemos hablado, para que se les vea mejor. Además, los papeles femeninos son desempeñados por hombres. La mayoría de las obras que se representan pertenecen a géneros de origen griego.

Aquí es más popular la comedia que la tragedia y entre los autores destacan Plauto y Terencio. Últimamente uno de los géneros con más aceptación son los mimos, que también los conocemos en Grecia, en los que no se llevan máscaras y los papeles femeninos son desempeñados por mujeres, que tienen fama de indecentes por llevar poca ropa.

CIRCO ROMANO: En el circo se daban carreras de carros y de caballos. circo Máximo, así llamado por su magnitud y porque e él se celebraban los juegos consagrados a lo dios magnos, tenía cabida para 300,000 espectadores.La planta tenía la forma de un paralelogramo alargado, cerrado por un lado  en semicírculo, ahí se abría la puerta triunfal, y en el lado opuesto, por una línea convexa, ahí estaban las cocheras.

Las gradas ocupaban tres lados, y la arena o pista estaba dividida longitudinalmente, aunque no por completo, por un muro de poca altura, llamado espina (espina dorsal de la pista) en cuyos extremos se alzaban sendos hitos cónicos, bastante altos y dorados, que eran las metas. La pista tenía casi un kilómetro de extensión y era preciso darle la vuelta siete veces en cada carrera.

Gladiador, juegos en el circo romano

Cada día habla veinticuatro carreras, comprendiendo cada una cuatro carros tirados por dos  caballos (biga) o por cuatro (cuadriga). Los cocheros circenses o aurigas lucían túnicas muy cortas ceñidas al cuerpo con correas para evitar que flotaran con la velocidad de la carrera. Los aurigas se distinguían por el color de la túnica, según: la cuadra, orden o bando a que pertenecían verde alusivo a la primavera; rojo al verano; azul, al otoño y blanco, al invierno. Esos cocheros a más de ganaban mucho dinero, eran muy populares.

Sus partidarios no sólo apostaban contra el competidor en la carrera, sino que también, ello era frecuente, reñían y armaban verdaderos motines en el circo. El oficio de auriga tenía sus peligros; los carros al dar la vuelta de la espina, uno muy estrecho, en que estaban las metas, volcaban con suma facilidad.

Los emperadores dieron gran solemnidad a las carreras. Ellos hicieron que los juegos comenzaran con una procesión que dirigía el magistrado que presidía los juegos, y que a partir de Calígula, dirigió el emperador; procesión en la que figuraban los magistrados, los clientes, la flor y nata de la juventud romana, los aurigas, los luchadores, cerrando la comitiva, los sacerdotes y las corporaciones religiosas, las cuales acompañaban las imágenes de los dioses, con sus símbolos y atributos.

Los anfiteatros (el más notable fue el Coliseo o anfiteatro Flavio) eran circos cuya pista, más oval, no tenía espina. En ellos se celebraban varios espectáculos, especialmente los combates de gladiadores. Se atribuye el origen de estos combates a los sacrificios humanos que hacían los etruscos en los funerales de los grandes personajes para aplacar los manes de éstos. La moda influyó para que se reemplazaran con luchas entre dos esclavos.

Bajo el imperio, esos juegos se reglamentaron y se llegaron a dar combates en que quinientas parejas de gladiadores venían a las manos. Los gladiadores eran condenados a muerte, esclavos, cautivos de guerra y a veces también hombres libres ansiosos de celebridad. Se les ejercitaba en ludus gladiatorius. El que fundaba una escuela de este género obtenía magníficas ganancias.

Los gladiadores combatían a pie, a caballo y en carros se les hacia luchar en parejas o en grupos. Generalmente habían de enfrentarse hombres que tuvieran armas diferentes. Entre los gladiadores se distinguían los samnitas, que se presentaban casi desnudos, y llevaban un gran escudo cuadrado y un sable corvo; los mirmillones, armados como los legionarios; los hoplitas, cubiertos de hierro como los caballeros de la Edad Media; los tracios, cubierta la cabeza con casco de anchas alas; los reciarios, armados solamente con una red de pescar y un tridente. Toda esa gente iba, antes de comenzar los juegos, a colocarse en fila delante de la tribuna del emperador para gritar «Ave, César Imperator, morituri te salutant» (Salve, César emperador; los que van a morir te saludan).

Los esclavos sacaban los cadáveres de la pista prendiéndolos con ganchos y tirando de ellos; un hombre vestido de Mercurio comprobaba la muerte de aquellos infelices, tocándolos con un hierro candente; a los heridos que no podían curar se les daba la muerte. Esos juegos sangrientos, que con sólo imaginarlos nos horripilamos, eran deliciosos para el pueblo romano.

Había días en que la pista se convertía en lago, y entonces se daban batallas navales; había otros en que, los gladiadores llamados bestiarios, luchaban con animales feroces. Por último, a aquellos anfiteatros se llevaba a los condenados a muerte, para que fueran devorados por tigres y leones, suplicio que cupo frecuentemente a los mártires cristianos.

LOS BAÑOS PÚBLICOS: (VER Termas de Caracalla)

El mediodía era la hora del almuerzo, especialmente frugal en tiempos de canícula. Cuando el calor apretaba, se imponía la siesta, en horas en que, como cuenta Cicerón, el «venturoso silencio» reinaba en la bulliciosa ciudad.  Recuperadas las fuerzas, cuando el sol comenzaba a bajar llegaba la hora de ir a los baños, para los cuales los arquitectos trazaban cómodas instalaciones, siempre bien abastecidas por los excelentes acueductos que se levantaban en extramuros. Las piscinas para disfrutar del baño también eran un escenario apropiado para el encuentro con los amigos y el abordaje de nuevos negocios, tanto económicos como políticos. Si las horas destinadas al baño no eran suficientes, las negociaciones y las transacciones continuaban alrededor de la mesa, ya que invitarse a cenar era un hábito propio de patricios. Los romanos no tenían fines de semana inactivos.

Los  combates navales son otro tipo de espectáculo ofrecido en los anfiteatros. Para esta ocasión se inunda la arena del anfiteatro. A veces se hace en lagunas naturales. En las embarcaciones las personas que luchan son gladiadores o criminales condenados. Es famosa la naumaquia que organizó el emperador Claudio (10-54 d. C.) en la que participaron diecinueve mil hombres.