Los hessianos

Los Hessianos Mercenarios Alemanes en la Guerra de la Independencia

Los Hessianos Mercenarios Alemanes

A diferencia de los que partieron hacia el Nuevo Mundo aproximadamente en 1750, huyendo de la discriminación religiosa, los alemanes que fueron a Norteamérica durante la Guerra de la Independencia eran mercenarios contratados por Jorge III, rey de Inglaterra.

Como muchos ingleses simpatizaban abiertamente con los rebeldes y deploraban las tácticas de un gobierno que obligaba a empuñar las armas contra hermanos y primos, Jorge III tuvo dificultades para reunir un ejército de adecuado tamaño.

Rey Jorge III de Inglaterra
Rey Jorge III de Inglaterra,gobernó durante el periodo en el que tuvo lugar la pérdida de las colonias británicas en Norteamérica.En 1765, poco después de iniciarse su reinado, había sufrido un ataque de locura.

Forzado a acudir a otras fuentes, firmó un contrato, en 1775, con el langreve Federico de Hesse-Cassel, que se comprometió a suministrar a los ingleses veintidós mil soldados.

Fueron seis los principados alemanes que proporcionaron tropas a los británicos, pero como la mitad procedían de Hesse-Cassel, todos ellos recibieron el nombre de hessianos. De los veintiún mil soldados del ejército inglés en América, en 1777, quince mil eran hessianos.

Como el principado de Hesse-Cassel padecía graves dificultades económicas, el langrave aprovechó inmediatamente la oportunidad de obtener dinero reclutando a los campesinos.

Ningún miembro de las clases bajas era inmune al reclutamiento, y muchos desdichados hu bieron de hacerse mercenarios por la fuerza. La disciplina era rígi da y severa; los oficiales exigían obediencia instantánea, se azotaba a la tropa y la deserción se castigaba con la muerte.

Se sometía a los reclutas a instrucción constante, e incluso cuando viajaban en lan chones como tropas de asalto, se veían obligados a permanecer un mes y alineados como muñecos.

Tenían elegantes uniformes azules y alargados cascos metálicos que parecían mitras de obispo. Los jaegers tiradores expertos reclutados en los bosques alemanes, llevaban uniformes verdes con puños escarlata y rifles cortos. Pero fuesen o no elegantemente vestidos, eran hessianos, y tal nombre era sinónimo de brutalidad.

Por su brutalidad, los colonos les llamaban «Hunos del infierno». Como la mayoría de los hessianos no habían conocido más que miseria y pobreza, les parecía lógico llevarse cuanto les apetecía de las limpias casas y las prósperas granjas.

Pocos sabían inglés, por lo que no distinguían entre rebeldes y probritánicos, saqueando y espoleando cuanto encontraban a su paso.

Aunque luchaban codo a codo con los ingleses, no mantenían buenas relaciones con ellos. Los británicos sintieron un desprecio inmediato por aquellos extranjeros torpes y borrachos cuyo idioma gutural les sonaba demasiado áspero.

En consecuencia, hubo muchos choques que obligaron a separarlos cuando no había lucha. Y muchos ingleses se irritaron tanto con aquellos hunos del infierno que se pasaron a los rebeldes.

Durante el verano de 1776 un hombre de origen alemán, Christopher Ludwick, panadero de Filadelfia, con el visto bueno de Washington, se hizo pasar por desertor rebelde, se infiltró en las líneas británicas en Staten Island y se dedicó a convencer a los hessianos de que desertaran.

Este hombre, alto y fuerte, estableció una relación inmediata con los hessianos. Les habló de las ricas tierras de Pennsylvania y les dijo que podrían establecerse en ellas sólo con pedirlo, llenando las mentes de los hessianos de visiones de riqueza y prosperidad.

En Pennsylvania, les aseguró, podrían hablar su propio idioma, trabajar tierras propias y, además, las muchachas de Pennsylvania eran pechugonas y complacientes. El plan de Ludwick dio buenos resultados. Cientos de alemanes huyeron de noche, acompañados por Ludwick.

Muchos consigueron llegar a Pennsylvania, donde se dedicaron al pacífico cultivo de la tierra. Y más tarde, por consejo de Ludwick, muchos de los alemanes capturados fueron enviados a Pennsylvania para que se convirtiesen en ciudadanos útiles de aquel nuevo país.

Pero la pérdida de unos centenares de hessianos no significó nada, pues el 12 de junio de 1776 llegó a Nueva York el almirante Richard Howe con ciento cincuenta barcos y refuerzos de unos quince mil hombres para su hermano, el general William Howe.

EL PODER HESSIANO

Y el 1º de agosto llegaron otras cuarenta embarcaciones con tres mil soldados más, que se unieron a los que estaban estacionados en Staten Island, bastión británico.

Tal acumulación de poder parecía indicar que los días de George Washington estaban contados.

La batalla de Long Island se inició el 22 de agosto y duró siete días. La victoria fue para ingleses y hessianos, y un oficial británico escribía: «Alégrate, amigo, pues hemos asestado un golpe definitivo a los rebeldes…

Los hessianos y nuestros valerosos montañeses no les dieron cuartel, y daba gusto ver con qué entusiasmo despachaban a los rebeldes con sus bayonetas después de rodearles…».

Washington sufrió otra derrota aplastante en la batalla de Fuerte Washington, la fortaleza supuestamente inexpugnable del Hudson, a manos de los hessianos dirigidos por el general Wilhelm von Knyphausen, conocido por sus compañeros de mesa como el hombre que untaba el pan de mantequilla con el pulgar.

Cayeron prisioneros entonces un mínimo de dos mil quinientos norteamericanos que fueron torturados por sus captores alemanes que previamente les hicieron desnudarse, hasta que unos oficiales ingleses les obligaron a dejarles.

El incidente impulsó al famoso orador británico Edmund Burke a decir en el Parlamento: «Esta clase de gloria, ganada por mercena rios alemanes contra subditos libres de Inglaterra, no tiene ningún encanto para mí».

hessianos batalla de trenton

Así empezó la humillante retirada de Washington hacia el Sur a través de las llanuras de Jersey. Llegó a la ribera de Pennsylvania. del Delaware, el 8 de diciembre, con sólo tres mil hombres, la mayoría escuálidos y desfallecidos, sin zapatos ni capa.

Mientras Washington esperaba con sus desfallecidas y harapientas tropas, el coronel Gottlieb Rail estaba al mando de mil cuatro cientos hessianos en la soñolienta aldea de Trenton, al otro lado del río, haciendo desfilar a sus soldados como en una ópera cómica y sometiéndoles a constantes ejercicios.

Rail era un individuo muy adic cionado a la bebida y a la juerga y amante de la música. Sacaba todos los días a sus músicos para que desfilaran tocando por Trenton. se guidos de los soldados en perfecta formación.

No hizo ningún caso, sin embargo, del aviso del coronel Carl von Donop, que le aconsejo fortificar el pueblo contra un posible ataque de aquellos «payaso, campesinos», como llamaba Rail a los rebeldes; resultaba difícil ignorar las actividades de éstos al otro lado del río.

Pero Rail les había derrotado en Fuerte Washington y no sentía hacia ellos más que desprecio.

EL DESQUITE DE GEORGE WASHINGTON

Washington eligió el día de Navidad para atacar Trenton Saina que para un buen hessiano Navidad era época de orgía.

Podía contar con que se encontrarían con una guarnición borracha y desprevenida

Al final de la tarde del día de Navidad, las tropas comenzaron a desplazarse río abajo, los pies descalzos envueltos en tela de saco, y esperaron en tembloroso silencio que llegase la oscuridad.

Entretanto, los hessianos celebraban la Navidad con considerable despreocupación, reunidos alrededor de pinos vistosamente decorados (los primeros árboles de Navidad que se vieron en Norteamérica) según era costumbre en Alemania, bebiendo un licor llamado aguardiente de manzanas.

El coronel Rail se pasó la mayor parte de la noche jugando a las cartas en una fiesta en casa del jefe de correos, Abraham Hunt.

Un campesino probritánico llevó una nota advirtiendo del próximo ataque rebelde, pero el ayudante de Hunt no le dejó entrar.

Cuando el ayudante entregó a Rail la nota, éste, demasiado absorbido por el juego, por el aguardiente de manzana, y poco familiarizado con la lengua inglesa, contempló despreocupadamente la nota y luego se la guardó en el bolsillo sin leerla.

Los patriotas sorprendieron a los hessianos hacia las siete de la mañana del 26 de diciembre.

A Rail, que aún estaba grogui, le despertó un ayudante que volvió inmediatamente para intentar organizar a los soldados, todavía borrachos.

Cuando Rail salió a la calle, con resaca y a medio vestir, pero con el montante en la mano, intentó en vano controlar a sus hombres.

Los que no habían sido segados por las balas huían por las calles presas de pánico, cayendo en la nieve helada. Navidad terminó en un desastre para muchos hessianos, en 1776.

Rail recibió tres heridas de arma de fuego, la última mortal; lo llevaron a la iglesia presbiteriana, donde lo tendieron en un banco. Cuando la nota a la que no había hecho caso cayó de su bolsillo y se la devolvió un ayudante, lanzó un gruñido de remordimiento.

Por una partida de cartas y una noche de borrachera, Rail pagó con la pérdida de Trenton y con su vida. Cayeron prisioneros casi mil hessianos, hubo cuarenta muertos o heridos, y los rebeldes se hicieron con seis cañones y más de cien mosquetes. Dos norteamericanos resultaron muertos y tres heridos.

La victoria de Trenton renovó la confianza en los corazones de los patriotas. Algunos soldados exhaustos y hambrientos que antes de Trenton habían pensado seriamente desertar, miraban curiosos al futuro. Muchos jóvenes impulsados por la victoria acudieron a incorporarse a las filas rebeldes. Trenton había salvado la situación.

A finales de la primavera de 1777, muy al norte de Trenton, un ejército de nueve mil hombres surcaba las aguas azules y resplandecientes del lago Champlain.

Llegan Refuerzos: John Burgoyne

El general inglés John Burgoyne iniciaba su campaña, invadiendo Norteamérica desde el Canadá. La flotilla de Burgoyne, formada por tres navios grandes, veinte cañoñeras, doscientas barcazas y canoas, cubría una milla del lago y resultaba impresionante.

La música de los regimientos alemanes y británicos resonaba alegremente sobre las aguas. De los nueve mil soldados, más de la mitad, unos cinco mil, eran hessianos.

El lugarteniente de Burgoyne era el gordo y voluntarioso general barón Federico von Riedesel.

Von Riedesel, aunque sólo tenía treinta y nueve años, era muy respetado por sus colegas ingleses, pues no sólo era un magnífico oficial sino que había dirigido toda la construcción de puentes y caminos entre Ticonderoga y Saratoga, hazaña casi increíble a través de un territorio salvaje y plagado de mosquitos.

No era un general de gabinete y combatió valerosamente con sus hombres en Saratoga antes de que Burgoyne se rindiera.

Su esposa, la baronesa Federica von Riedesel, una mujer pequeña y animosa, fue probablemente una de las mujeres más notables de la guerra de independencia norteamericana. Para estar con su marido viajó desde Quebec a Ticonderoga por diversos medios (canoa, ca-lash —un carro de dos ruedas— y cañonera) con sus tres hijas, todas menores de seis años, tres criados y el ayudante inglés de su marido, un tal teniente Willos. Para eludir una tormenta en el lago Champlain pasaron una noche en una isla deshabitada, sin saber hasta el día siguiente que se llamaba Isla de las Serpientes Cascabel. En Fuerte Edward dirigió un hogar perfectamente organizado: cuidaba a sus hijas pequeñas, se vestía para la cena y cenaba zarpas de oso, un raro manjar. Pero cuando se retiró el ejército de Burgoyne, tras la batalla de Saratoga, se refugió en el sótano de una casa de campo abandonada, con soldados heridos, mujeres y niños. Abrumada por el hedor de los excrementos humanos, pues todos tenían miedo a aventurarse fuera, la baronesa, que se había educado en la atmósfera protectora de la aristocracia alemana, organizó un equipo de limpieza, hizo sopa para los soldados, consoló a los niños, y por su animosa presencia fue «general» en su propia esfera. Los Riedesel pasaron seis años en América, parte de ellos junto a Charlottesville, donde se hicieron amigos de Thomas Jefferson. El barón y su esposa publicaron libros sobre su experiencia en Norteamérica cuando regresaron a Alemania.

Entre junio y octubre de 1777 se redujeron considerablemente las tropas del ejército de Riedesel, debido a la aplastante derrota de Bennington, a la deserción masiva y a las batallas de Saratoga. (De trescientos treinta y seis oficiales hessianos que salieron de Quebec, sólo quedaban en Saratoga unos veinte.)

La Derrota Final

La batalla de Bennington fue uno de los muchos errores de Burgoyne. En su cuartel general de Fuerte Edward se enteró de que en el pueblecito de Bennington, en la zona de Hampshire (donde había gran cantidad de provisiones) sólo había un puñado de patriotas.

El 11 de agosto envió una fuerza destinada a distraer al enemigo, dirigida por el joven y apuesto coronel Baume, que no hablaba inglés, con quinientos hessianos y unos cien indios para «tomar» Bennington.

Baume no tenía miedo de saber que los hombres que pasaban por su campamento eran diestros tiradores, fusileros de las milicias de Nueva Hampshire, del coronel John Stark, y no probritánicos. De cualquier modo, él no entendía aquel extraño idioma.

Pero el mensaje fue de una claridad meridiana cuando, demasiado tarde, Baume comprendió que estaba rodeado.

Stark atacó a Baume con la precisión de un tigre, en un círculo que fue cerrándose progresivamente como un puño de acero.

Los disciplinados hessianos combatieron virilmente, pero al fin perecieron en un feroz combate cuerpo a cuerpo. Los torpes y pesados hessianos no podían compararse con los duros hombres de Stark, acostumbrados a los bosques.

La nota que Baume escribió apresuradamente en alemán a un mensajero para que la llevase a Fuerte Edward pidiendo refuerzos, llegó demasiado tarde.

Las bajas hessianas fueron numerosísimas; trescientos muertos y heridos, y setecientos prisioneros de las tropas de Baume y de las que, en su ayuda, envió el coronel Heinrich Breimann.

Cuando cayó la noche, los hessianos que consiguieron huir atravesaron los bosques camino de Fuerte Edward dejando atrás cañones, municiones, bagajes y multitud de compañeros muertos y heridos. Muchos de ellos desertaron.

El 9 de octubre, en el apogeo de la segunda batalla de Saratoga, el «imperturbable» Breimann perdió de pronto el control y comenzó a acuchillar a sus propios hombres con su montante, gritando en alemán, hasta que uno de sus oficiales le metió una bala en la cabeza.

Fue también en el reducto de Breimann donde un soldado hessiano cambió el curso de la vida de Benedict Arnold. Arnold (sin duda alguna el héroe de Saratoga, por la herida que le obligó a caminar durante el resto de su vida con una muleta), no volvió a tomar las armas por su patria como el brillante oficial que era.

Pasó a ser comandante de Filadelfia, donde conoció a su futura esposa, la bella Peggy Shippen.

Hija de un juez proinglés, fue instrumento de la posterior traición de Arnold. Pero en el Reducto de Breimann, el 9 de octubre, cuando uno de los hombres de Arnold alzó su rifle para matar al hessiano que había herido a su general, Arnold le detuvo diciendo: «¡Por Dios, no lo mates!; no hace más que cumplir con su deber».

Aunque los hessianos combatieron en todas las batallas importantes, desde Ticonderoga a Yorktown, el Congreso aprobó, en julio de 1776, una resolución que ofrecía tierras a los hessianos que desertasen y se quedasen en Norteamérica.

No se sabe con certeza cuántos aceptaron esta oferta, pero en 1782 se calculaba que habían combatido en suelo americano con los británicos veintinueve mil ochocientos sesenta y siete hessianos.

De ellos, siete mil quinientos cincuenta y cinco murieron en acción, o a causa de las heridas, o por enfermedad. Otros cinco mil se quedaron en América, y se establecieron como nuevos ciudadanos.

Fuente Consultada:Almanaque de los Insóito Tomo 2 de Irving Wallace y David Wallechinsky Editorial Grijalbo