Los marcianos han aterrizado

Cafe Porteños Que Hicieron Historia-Primeros Negocios del Virreinato

PRIMEROS BARES DE BUENOS AIRES: LOS CAFÉS PORTEÑOS QUE HICIERON HISTORIA

Uno de los primeros cafés instalados en el Buenos Aires virreinal se llamaba La Amistad, abrió sus puertas en el año 1779 en el bajo de la Alameda.

Más o menos de la misma época es el llamado “de los trucos’ que dio nombre a la cuadra su de la Plaza Mayor, donde funcíonaba.

Se supone que tomó ese nombre por ofrecer a su clientela mesas de truco, especial de billar que estuvo muy en boga. Le siguen los famosos cafés de Marcos y el de Catalanes, que tanta importancia tuvieron en la vida agitada d6 Buenos Aires durante los primeros años del siglo XIX, al que en realidad corresponde su historia.

El de Marcos, llamado a veces Malico o Marco, tomó su nombre del primitivo dueño: Pedro José Marcos.

Estaba ubicado en la esquina de Bolívar y Alsina.

Es posible que comenzara a funcionar en la víspera del 4 de junio de 1801, de acuerdo a un aviso en el Telégrafo Mercantil que dice: “Mañana jueves se abre con Superior permiso una Casa Café en la Esquina frente al Colegio, con mesa de Villar, Confitería y Botillería.

Tiene hermoso Salón para tertulia, y Sótano para mantener fresca el agua en estación de Berano. Para el 70 de Julio estará concluido un Coche de 4 asientos para alquilar, y se reciben Huéspedes en diferentes Aposentos. A las 8 de la Noche hará la apertura un famoso concierto de obligados instrumentos».

El Café de los Catalanes, que duró muchos años más, estuvo en la esquina de San Martín y Cangallo, haciendo cruz con la casa de Escalada, donde estuvo la librería Peuser hasta hace pocos años.

La principal clientela era de jóvenes atraídos por la necesidad de participar en las luchas, abrirse camino, emular en momento de agitaciones profundas como las del principio de siglo.

En ellos, se encontraron y vincularon personas con aspiraciones comunes, actuantes en medio de difícil conjunción, las cuales encontraron o borraron distancias creadas por prejuicios. y fueron fuerzas activas en los sucesos trascendentales de la nueva nación nacida en 1810.

Según el doctor Vicente F. López, los viejos miraban mal a estos cafés por el espíritu opositor a las instituciones metropolitanas que distinguía a sus asiduos concurrentes, amigos de las novedades puestas en boga por los filósofos franceses.

Esto no significaba que se abstuviesen de concurrir, pues también iban a jugar sus partidas de tresillo o revesino y hacer de “‘mariscales de café, género que siempre abunda».

López menciona otro establecimiento, “el café aristocrático de la Victoria, en Bolívar y Victoria.»

Después de la Revolución de Mayo, os cafés fueron escenario de la puja entre federales y unitarios, que si en, muchos casos fue puramente verbal, en otros dio lugar a grescas de proporciones.

Fue célebre la que una noche de 1827 enfrentó a dos grupos antagónicos de periodistas en el café de la Victoria, situado junto a la plaza del mismo nombre.

El «intercambio de opiniones» produjo en el local efectos similares a los de un ciclón: mesas, sillas, espejos, cristales y vajilla quedaron hechos añicos sobre el piso.

Dos años antes un viajero inglés había alabado sin retaceos ese local y otros, escribiendo que «todos ellos tienen patios tan amplios como no podría darse en Londres, donde el terreno es tan caro.

En verano están los patios cubiertos de toldos, ofreciendo un placentero refugio contra el calor del sol, y tienen aljibes con agua potable».

Añadía luego que nunca faltaba «una mesa de billar bien concurrida» y que los mozos, si bien no pedían propina, «son extremadamente curiosos y hacen preguntas indiscretas, pero en tal forma que uno no puede enfadarse».

Otro inglés, A. J. Beaumont, observó por la misma época que los cafés eran amplios y bien amueblados; había seis «que se consideraban principales y muchos otros de segundo orden».

Según comprobó, eran sitios muy concurridos puesto que «se reúne en ellos gran cantidad de público todas las noches a jugar a las cartas o al billar».

José Antonio Wilde recuerda que en esas casas el chocolate se consumía en  grandes  cantidades,  lo mismo que el candeal, la horchata y el café con leche, servido en inmensas tazas desbordantes y acompañado por tostadas con manteca espolvoreadas con azúcar.

La clientela de las pulperías era muy adepta al vino y a la ginebra, aunque en invierno también él café tenía gran demanda.

Era servido en jarritos de lata provistos de una bombilla para sorberlo; el verano, en cambio, era la época de la «sangría», un refresco preparado con vino tinto, agua y azúcar.

Las confiterías, establecimientos de más pretensiones que los cafés, aparecieron después de la caída de Rosas y comenzaron a atraer las preferencias de los muchachos de familia encumbrada.

A fines del siglo pasado las que estaban sobre la calle Florida o c&rca de ella eran frecuentadas a lá hora del vermut por numerosas «barras», mientras por la calle desfilaban los carruajes de las «mejores familias», entre las que se iba difundiendo el consumo del té.

Mientras la ciudad extendía sus límites, las viejas pulperías también se iban transformando, en cafés —y sus diferentes variantes—, que se convirtieron en el punto de reunión de las diversas clases sociales. Los de baja categoría fueron apodados «cafetines» y cobijaron a una compleja fauna de compadritos, poetas, bohemios, músicos y cantores entre quienes arraigó hondamente el tarugo.

Integrado de lleno a la fisonomía de Buenos Aires, en las primeras décadas del siglo XX el café había ganado su sitio en el corazón de la ciudad; sus huellas quedan grabadas en infinidad de poesías y letras de tango y en la nostálgica mirada con que muchos porteños comprueban la desaparición dé un viejo café para dejar sitio a un impersonal  restorán  de vidrio y acrílico.

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CAFÉS, CONFITERÍAS Y CAFETINES DE BUENOS AIRES: Los cafés aparecieron durante el virreinato, y según Lafuente Machain «vinieron a llenar una necesidad sentida por las clases más elevadas de la sociedad, y en especial por la juventud».

Es que por aquellos tiempos no abundaban los sitios donde pudieran reunirse «las clases más elevadas».

Si se exceptúan las tertulias formalísimas que se llevaban a cabo los días de recibo en las casas de algunas familias distinguidas, sólo quedaban como alternativa las pulperías, frecuentadas por una multitud de gauchos, indios y negros que la aristocracia miraba de reojo.

Uno de los primeros cafés que alcanzó fama fue el «de los Trucos» —así bautizado por el furor que hacía la baraja entre sus parroquianos—, situado en la cuadra sur de la Plaza Mayor.

Lo siguió en la preferencia de la gente el «de Marco», que abrió sus puertas en 1801, ocasión en que su propietario, Pedro José Marco, estampó en el Telégrafo Mercantil un aviso que anunciaba:

«Mañana jueves se abre con Superior permiso una Casa Café en la Esquina frente al Colegio, con mesa de Villar, Confitería y Botillería.

Tiene hermoso Salón para tertulia y Sótano para mantener fresca el agua en la estación de Berano (…).

A las 8 de la noche hará la apertura un famoso concierto de obligados instrumentos». Tanto el «de Marcos» como el «de los Catalanes», que estaba situado en la actual esquina de San Martín y Cangallo naciendo cruz con la casa de los Escalada, se hicieron célebres como puntos de reunión de muchos jóvenes que años después protagonizarían los sucesos de Mayo.

Según el historiador Vicente Fidel López, la gente mayor no veía con buenos ojos los cafés porque muchos concurrentes parecían distinguirse por su afición a las novedades culturales de ultramar y porque un presumible espíritu opositor a las instituciones virreinales se iba incubando alrededor de las mesas.

Pero no por eso dejaban los mayores de concurrir a esos antros de disconformismo; sólo que ellos se limitaban a jugar al tresillo y a arreglar el mundo con palabras, característica que en aquel entonces era señalada calificando a los contertulios con el preciso mote de «mariscales de café».

Después de presenciar las discusiones que suscitaron los hechos de Mayo y la guerra de la Independencia, los cafés fueron escenario de la puja entre federales y unitarios, que si en muchos casos fue puramente verbal, en otros dio lugar a grescas de proporciones.

Fue célebre la que una noche de 1827 enfrentó a dos grupos antagónicos de periodistas en el café de la Victoria, situado junto a la plaza del mismo nombre.

El «intercambio de opiniones» produjo en el local efectos similares a los de un ciclón: mesas, sillas, espejos, cristales y vajilla quedaron hechos añicos sobre el piso.

Dos años antes un viajero inglés había alabado sin retaceos ese local y otros, escribiendo que «todos ellos tienen patios tan amplios como no podría darse en Londres, donde el terreno es tan caro.

En verano están los patios cubiertos de toldos, ofreciendo un placentero refugio contra el calor del sol, y tienen aljibes con agua potable».

Añadía luego que nunca faltaba «una mesa de billar bien concurrida» y que los mozos, si bien no pedían propina, «son extremadamente curiosos y hacen preguntas indiscretas, pero en tal forma que uno no puede enfadarse».

Otro inglés, A. J. Beaumont, observó por la misma época que los cafés eran amplios y bien amueblados; había seis «que se consideraban principales y muchos otros de segundo orden».

Según comprobó, eran sitios muy concurridos puesto que «se reúne en ellos gran cantidad de público todas las noches a jugar a las cartas o al billar».

-Primeros Negocios del Virreinato

José Antonio Wilde recuerda que en esas casas el chocolate se consumía en grandes cantidades, lo mismo que el candeal, la horchata y el café con leche, servido en inmensas tazas desbordantes y acompañado por tostadas con manteca espolvoreadas con azúcar.

La clientela de las pulperías era muy adepta al vino y a la ginebra, aunque en invierno también el café tenía gran demanda.

Era servido en jarritos de lata provistos de una bombilla para sorberlo; el verano, en cambio, era la época de la «sangría», un refresco preparado con vino tinto, agua y azúcar.

Las confiterías, establecimientos de más pretensiones que los cafés, aparecieron después de la caída de Rosas y comenzaron a atraer las preferencias de los muchachos de familia encumbrada.

A fines del siglo pasado las que estaban sobre la calle Florida o cerca de ella eran frecuentadas a la hora del vermut por numerosas «barras», mientras por la callé desfilaban los carruajes de las «mejores familias», entre las que se iba difundiendo el consumo del té.

Mientras la ciudad extendía sus límites, las viejas pulperías también se iban transformando en cafés —y sus diferentes variantes—, que se convirtieron en el punto de reunión de las diversas clases sociales.

Los de baja categoría fueron apodados «cafetines» y cobijaron a una compleja fauna de compadritos, poetas, bohemios, músicos y cantores entre quienes arraigó hondamente el tango.

Integrado de lleno a la fisonomía de Buenos Aires, en las primeras décadas del siglo XX el café había ganado su sitio en el corazón de la ciudad; sus huellas quedan grabadas en infinidad de poesías y letras de tango y en la nostálgica mirada con que muchos porteños comprueban la desaparición de un viejo café para dejar sitio a un impersonal restorán de vidrio y acrílico.

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Un estafador vendió, dos veces, el más célebre monumento de París:

Si realmente nace un tonto cada minuto, por cada tonto parece existir un timador listo para hacerlo un poco más prudente.

Pos de los más extraordinarios estafadores de todos los tiempos han sido el conde Victor Lusting, un austriaco empleado en el ministerio de trabajo francés, y Daniel Collins, un ladrón americano de poca monta. Juntos se las arreglaron para vender la Torre Eiffel.

Y no una vez, sino dos.

El conde emprendió la operación reservando una suite en un hotel de París, durante la primavera de 1925. Invitó a cinco hombres de negocios para que se reunieran con él allí.

Cuando los invitados llegaron, el conde les hizo prometer que mantendrían el secreto sobre lo que hablasen.

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Luego, les dijo que la Torre Eiffel estaba en serio peligro y que debía ser derribada.

Les pidió que hiciesen ofertas por la chatarra contenida en el famoso monumento.

El conde justificó la reunión en un hotel y la necesidad de mantener el secreto, aduciendo que su ministro quería evitar toda clase de protestas públicas por la demolición de tan querido un compromiso bancario, durante una última reunión en la que el conde le presentó a su «secretario», Collins.

Luego, los estafadores asestaron su golpe maestro.

Le pidieron a Poison  dinero para pagar sobornos que facilitarían los trámites por los canales oficiales.

El embaucado comerciante aceptó gustoso, y entregó el soborno en efectivo.

Si en algún momento hubiese tenido alguna sospecha, ahora se sentía completamente tranquilo.

Porque el pedido de un soborno le probaba fehacientemente que los dos hombres pertenecían al ministerio.

En el término de 24 horas, Lusting y Collins estaban fuera del país.

Permanecieron en el exterior el tiempo suficiente para advertir que la denuncia, que ellos esperaban fuera presentada por el hombre al que habían defraudado, no se producía.

Poisson estaba tan avergonzado por el engaño del que le habían hecho víctima, que nunca informó de la estafa a la policía.

El conde y su socio regresaron a París y repitieron el timo.

Vendieron la Torre Eiffel otra vez, ahora a otro crédulo comerciante de chatarra.

Pero en esta oportunidad el hombre recurrió a la policía y los estafadores huyeron.

Nunca fueron atrapados por la justicia, y jamás revelaron con cuánto dinero se habían alzado.

La hazaña de Lusting bien puede haber estado inspirada por un escocés, Arthur Furguson.

En el año 1923, y en el término de dos meses, el escocés vendió tres monumentos londinenses a diversos turistas americanos.

El Palacio de Buckingham fue vendido por 2.000 libras —monto del depósito—; el Big Ben, por 1.000 libras, y la columna de Nelson por 6.000 libras.

En 1925, Purguson emigró a Estados Unidos.

En Washington encontró a un ganadero tejano que estaba admirando la Casa Blanca.

Pretendiendo ser un agente del gobierno, Furguson tejió una historia inverosímil

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El Error Humano Que Provoco Un Incendio Con Decenas de Muertes

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Imprevisible crimen:

El día 7 de agosto de 1979, entre las nueve y las diez de la mañana, estalló un incendio en un bosque de unas mil hectáreas, en el término municipal de Blanes, donde empieza la Costa Brava catalana.

Era un fuego intencional: había empezado simultáneamente en unos tres kilómetros de ancho. Agosto, calor y viento y el fuego voraz empezó a devorar árboles y mas árboles a una increíble velocidad.

No lo pudieron dominar ni dos aviones de Icona ni las dotaciones de bomberos de Barcelona y Girona, más las de otras dos poblaciones próximas, que sumaron unos quince coches-bomba.

Se habían añadido un equipo de extinción cien soldados, más numerosos miembros de la guardia civil y la policía nacional y los equipos de salvamento de la Cruz Roja, amén del elevado número de personas civiles. (A las nueve de la noche todavía quedarían rescoldos.).

El incendio de un bosque genera decena de muertes El fuego, iniciado en el Camp d´en Figues, ahora avanzaba hacia Lloret Mar.

Ya había alcanzado varias casas de campo y ahora se acercaba peligrosamente a una urbanización, llena de veraneantes.

La gente huyo despavorida.

No se ha podido saber por qué ocultas razones, en vez de dirigirse a la carretera de Vidreres, mucho más próxima y segura, optaron por adentrarse en una vaguada.

El viento, encajonado, llevó hasta allí las implacables llamas.

Perecieron alrededor de unas cuarenta personas, entre ellas cinco mujeres y cuatro niños, cuyos restos calcinados hacían imposible su identificación.

Esta vez el fallo humano había adquirido proporciones dantescas.

El presidente de la Diputación gerundense manifestó no tener duda alguna acerca de la intencionalidad del incendio forestal.

Los motivos yacen, aún no revelados, en algún recóndito archivo.

Se supone, con toda lógica, que los incendiarios trataban de eliminar el bosque, para edificar allí, pasado un tiempo prudencial una nueva urbanización.

No habría sido el primer caso.

Pero los expedientes permanecerán sepultados —e inconclusos—, para siempre jamás.

Pero si era la primera vez que esa voracidad humana, rayana en lo inconcebible, ocasionara tan elevado número de muertes inocentes.

Era un error grave incendiar el bosque, y fue un grave error que aquellas personas enloquecidas, en vez de buscar la salvación en la próxima carretera, se hubiesen adentrado en la cañada que les mataría.

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Historia de la Fuga de Cuba Como Polizones en un Avion Comercial

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El terror de los polizones aéreos:

Nadie  los vio correr hacia el avión, los dos jóvenes, que habían permanecido ocultos detrás de una rampa en el aeropuerto de La Habana, corrieron a través de la abrasadora pista de aterrizaje hasta que estuvieron a la sombra de una de las enormes alas del avión de pasajeros.

La nave estaba detenida al final de la pista principal, esperando turno para despegar.

Los dos hombres gatearon hacia las ruedas y treparon en el hueco del tren de aterrizaje.

Luego se acomodaron en el hueco que deja la rueda, en el espacio que, dentro del ala, alberga el mecanismo de aterrizaje mientras dura el vuelo.

En pocos minutos, Armando Ramírez y Jorge Blanco fueron transportados por el aire.

El DC8 de la compañía Iberia rugió en la pista y se elevó hacia el cielo azul del Caribe para comenzar su viaje hacia Madrid a través del Atlántico.

El tren de aterrizaje se contrajo y los dos hombres se apretaron contra los costados de la cavidad destinada h la rueda, para no ser aplastados por el engranaje.

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La puerta de la cavidad se cerró debajo de ellos y todo fue desde entonces oscuridad, máquinas atronadoras y viento silbante.

Ramírez y Blanco se relajaron por primera vez desde que comenzaron a poner en práctica su atrevido plan para escapar del régimen comunista de Fidel Castro, en Cuba.

Huían de su patria sin ninguna clase de pertenencias: nada que pudiera retardar esa vital carrera a través de la pista de aterrizaje en La Habana.

Por la misma razón, iban vestidos con ropas livianas: delgados pantalones y camisas de mangas cortas.

A medida que el aeropuerto se alejaba del DC8, Blanco se apretó aún más en su estrecho espacio. Ahora se daba cuenta de que éste iba a ser un largo y frío viaje.

Blanco avanzó poco a poco, de costado, alrededor del replegado tren de aterrizaje, buscando una posición un poco más cómoda en la cual pasar su primer vuelo.

Terminó por encogerse sobre las ruedas.

En ese momento, destelló una luz de alarma en el panel del instrumental de vuelo.

Algo andaba mal en el tren de aterrizaje; tal vez no había cerrado bien.

El primer oficial accionó un interruptor y el tren de aterrizaje comenzó a descender nuevamente. Blanco fue tomado de sorpresa cuando las ruedas se sacudieron hacia abajo.

Con un grito que fue apagado por el viento de la turbina, se soltó y cayó fuera de la cavidad de la rueda, hacia la muerte.

Destelló una luz roja en los controles.

El piloto se sintió tranquilizado.

Para Ramírez, entra tanto, el viaje comenzaba a convertirse en una pesadilla.

No había podido hacer nada para ayudar a su amigo, y ahora que el avión estaba alcanzando su altitud de crucero, unos 40.000 metros, el frío se hacía intolerable en la cavidad que ocupaba.

Sentía también una creciente dificultad para respirar.

Finalmente se desmayó.

Durante los 7.200 km. que duró el vuelo de la aeronave española, la temperatura en la cavidad de la rueda descendió a 400 centígrados bajo cero, y la atmósfera enrarecida llegó casi a carecer por completo de oxigeno.

Pero el joven cubano era fuerte.

Al aterrizar en Madrid el DC8, recuperó brevemente el conocimiento, y el asombrado personal de tierra lo vio descender de la cavidad de la rueda hasta el asfalto.

Ramírez se recuperó en el hospital, para empezar su voluntario exilio.

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