Los Monasterios

Las Bibliotecas en la Edad Media Traduccion de Libros en Monasterios

La Bibliotecas en la Edad Media
En Los Monasterios Traducen Libros Griegos

Sobre la decadencia persistente en que venían deslizándose las tierras y las gentes integradas en el Imperio Romano, pareció que iba a tener los efectos de un tiro de gracia la invasión de los pueblos bárbaros que, al iniciarse el siglo V, arrasó todo lo que encontraba a su paso y de la que sólo se salvó lo que pudo ponerse a resguardo tras las murallas de las ciudades bien defendidas.

En estas ciudades, que emergían como islas en el mar de la destrucción general, se pudieron mantener la enseñanza y el libro, pero sólo durante un corto período de tiempo.

La decadencia de las bibliotecas romanas se había iniciado en el siglo IV y completado en el siguiente al desaparecer las treinta y ocho que había en Roma en tiempos de Constantino.

biblioteca en los monasterios

No conocemos las causas de este desastre, pero cabe pensar en el desinterés social y en la fragilidad del papiro y su escasa resistencia frente a los incendios y a las ruinas que sobrevinieron en tiempos tan calamitosos.

Si, por un lado, desaparecían las bibliotecas paganas en las ciudades, por otro, iban naciendo con gran modestia otras, las cristianas, al servicio de la religión, que van a caracterizar la Edad Media, aunque las pocas que se crearon continuaron, al parecer, siendo adornadas con retratos de autores famosos, como lo habían estado las paganas, si bien ahora los autores eran naturalmente cristianos.

En cambio, en su instalación aparecen los armarios para que en ellos reposen los códices, traducían lo esencial de las letras y el pensamiento griego.

En este ambiente propicio, creció la biblioteca catedralicia de Verana, capital del reino ostrogodo, que durante varios siglos sobresalió sobre las de las otras catedrales italianas.

En el siglo VI vivieron en Italia dos figuras muy importantes en la historia de las bibliotecas, San Benito de Nursia y Casiodoro, a los que tenemos que referirnos, aunque previamente hemos de ocuparnos de la aparición de la vida cenobítica.

Surgió en Egipto, desde donde se extendió al resto de la cristiandad, en la que fueron surgiendo monasterios con vida económica autárquica, capaces de producir todo lo que precisaba la comunidad para su sostenimiento, incluidos los libros.

San Pacomio (292-345), en la regla que dio a su comunidad situada en el Alto Egipcio, en Tabennisi, reglamentó la biblioteca del monasterio.

Los libros debían guardarse en alacenas excavadas en la pared y los monjes, siempre que lo desearan, podían retirar un libro a la semana, al final de la cual tenían que devolverlo. No se les permitía dejarlo abierto al ir a la iglesia o al refectorio. Por la tarde el ayudante del superior debía hacerse cargo de los libros, contarlos y guardarlos.

Durante bastantes siglos, los monasterios se rigieron por las reglas establecidas por sus respectivos fundadores, pero terminó imponiéndose en la Edad Media la dada por San Benito de Nursia al monasterio que fundó en el año 529 en Montecasino, al sur de Roma, con el propósito de conseguir la salvación de su alma y la de los monjes que le acompañaban.

Aunque sus miras eran espirituales y en sus intenciones no existía una preocupación cultural, la congregación por él fundada, la benedictina, ha sido una pieza clave en el desarrollo del libro y de la lectura durante la Edad Media.

La regla no ordenaba a los monjes la copia de manuscritos. Sencillamente reglamentaba las lecturas, que consideraba, como las oraciones, medios para la mejora de la vida espiritual. En ella se establecía la división de la jornada entre el trabajo manual, la oración y la lectura, pues había que huir de la ociosidad, enemiga del alma.

Fijaba igualmente los diversos horarios de lectura para el verano, desde Pascua a octubre, y para el invierno, desde octubre a la Cuaresma, y ordenaba que todos los monjes retiraran un libro de la biblioteca para su lectura en la Cuaresma. La lectura podía ser individual, a solas, o colectiva, durante las comidas o las reuniones de la comunidad, en las que un monje leía en voz alta mientras los demás escuchaban en silencio.

Esta decisión, que obligó a los monasterios a disponer de libros para las funciones religiosas y para las lecturas de los monjes, hizo imprescindible, desde los momentos iniciales del monacato, la existencia de una colección, normalmente muy menguada, de libros, o biblioteca, que facilitó la conservación de las obras de la Antigüedad, fundamentalmente de las cristianas, pero también de algunas paganas, que se mantuvieron como modelos de expresión.

La actividad del escritorio monacal en la producción de libros tomó importancia a raíz de la destrucción de Montecasi-no por los lombardos en el año 585, que obligó a los monjes a refugiarse en Roma, donde fueron incitados por el papa San Gregorio, que era miembro de la comunidad, a sustituir el trabajo obligatorio en el campo, de difícil cumplimiento en Roma, por el de copia de manuscritos.

Los monjes volvieron a principios del siglo vm, su biblioteca se reconstruyó principalmente con donativos papales, mantuvo relaciones con otros monasterios europeos y Carlomagno, que reclamó para su corte a un monje del monasterio, Paulo Diácono, lo visitó. En el siglo y medio que transcurrió hasta su nueva destrucción, ahora por los árabes, su biblioteca debió de tener, aparte de los religiosos, fondos históricos, gramaticales y de ciencias.

Volvió a ser reconstruido a mediados del siglo X y seguidamente alcanzó durante dos siglos su época de oro. Allí vivieron notables historiadores y poetas y se tradujeron obras de medicina del árabe. Su escritorio produjo numerosas y notables obras, entre ellas bastantes de clásicos, hasta que de nuevo fue destruido en 1349 por un terremoto. Todavía el fatal destino volvió a cebarse en sus muros durante una larga y dura batalla en la última guerra mundial.

Casiodoro, un aristócrata romano que estuvo, como Boecio, al servicio de Teodorico, y luego de sus sucesores, se retiró hacia el año 540 de la política y fundó en el sur de Italia, en su natal Esquiladle, un monasterio, Vivarium, de cuyo gobierno encargó a dos abades, aunque retuvo para sí la dirección espiritual. Estaba preocupado por el abandono de los estudios y temía la desaparición de la cultura clásica.

Vivarium se diferenciaba de los monasterios que habían ido apareciendo desde los primeros tiempos del cristianismo por su interés en la salvación de la cultura. En efecto, para Casiodoro era tan importante como la oración la copia de manuscritos. Le interesaba principalmente el pensamiento cristiano, pero reconocía que las artes liberales, en las que descansaba la cultura clásica, eran imprescindibles para el conocimiento de las Sagradas Escrituras, justificación primera, para él, de toda actividad intelectual.

Como Casiodoro tenía gran fe en el libro por su poder, espacial y temporal, como difusor de las ideas, en Vivarium la dependencia más importante fue la biblioteca, en la que se podía trabajar incluso por las noches gracias a las lámparas de aceite diseñadas por el propio Casiodoro y a unos relojes de agua para medir el tiempo en la oscuridad. Los libros se guardaban en armarios de madera en los que descansaban tumbados sobre los entrepaños. Siguiendo la tradición romana, formaban secciones diferentes los griegos y los latinos.

El fondo se constituyó con los libros traídos por el propio Casiodoro, con algunos pocos ejemplares que pudo comprar, ya que el comercio del libro había desaparecido prácticamente, y en especial gracias a la labor de copia realizada en el escritorio, donde había ejemplares bellamente encuadernados, porque las buenas encuademaciones le gustaban a Casiodoro. También los había ilustrados, aunque la preocupación mayor fue de la corrección de los textos, y para asegurarla, unos monjes, los notarii, comparaban los manuscritos, los anotaban y los puntuaban.

El monasterio dejó de existir poco después de la muerte de su fundador y los valiosos códices que componían su biblioteca debieron de pasar, en gran parte, a la biblioteca romana de Letrán; otros probablemente terminaron en Inglaterra y Francia.

Precisamente para facilitar la correcta copia y evitar las  posibles erratas en la transcripción de las palabras dudosas, reunió abundantes obras gramaticales y, al final de su vida, redactó su De Ortographia.

Otra obra suya, Institutiones, que es una introducción a los estudios superiores, ha sido considerada la primera bibliografía medieval. Está dividida en dos partes, una destinada a la exposición de las letras sagradas, divinis, y la otra, introducción a las artes liberales, a las profanas, secularibus.

En las Galias fueron numerosas las comunidades de religiosos que se formaron huyendo de las revueltas de los tiempos y en busca de un lugar tranquilo para el disfrute de la vida espiritual. Entre ellas destacan el monasterio de Lérins, fundado por San Honorato, obispo de Arles, en unas islas de la Provenza y los dos que estableció, uno para hombres y otro para mujeres, cerca de Marsella, también a principios del siglo V, Casiano, autor de dos obras que gozaron de gran favor en la Edad Media, De coenobiorum institutis, reglas para las comunidades, y Collationes, una serie de conferencias espirituales.

Estos monasterios contaron con pequeñas colecciones de libros para el servicio religioso y la formación espiritual de los monjes. Mejores fueron las bibliotecas y los escritorios de las catedrales, como Lyon, Arles, Clermont, Auxerre, Reims, Bordeaux y Vienne, que dispusieron, además, de escuelas para la formación superior, que los monasterios eran incapaces de ofrecer.

Sobrepasó a todas la de Lyon, cuya actividad intelectual se explica por su posición geográfica, que de nuevo proporcionó a la ciudad un puesto destacado en el comercio del libro durante los primeros siglos de la imprenta.

Las bibliotecas monacales

Cultivando la tierra y cultivando el espíritu, los monjes dieron de comer a mucha gente que se estableció a su alrededor y dieron formación intelectual, aparte de a los futuros monjes y sacerdotes, a los infantes y a los hijos de la nobleza, entre los que, por otra parte, se reclutaban los monjes.

La formación de estos monjes era fundamentalmente ascética. No pretendía otra cosa que el conocimiento de la doctrina cristiana para mejorar su vida espiritual. Por ello para los primeros pasos de la lectura solía utilizarse el salterio. La enseñanza de la música y de las matemáticas, por otro lado, tenían una finalidad litúrgica, al precisarse su conocimiento para la fijación de las fiestas movibles.

En estos monasterios había un escritorio o lugar destinado a la copia de los escritos, que eran de doble naturaleza, administrativos y literarios, incluidos en estos últimos los religiosos, claro está. Los primeros tenían por objeto justificar las propiedades del monasterio en las acciones que había que ejercer a causa de los pleitos que se suscitaban.

Estos documentos, que son más propios de un archivo que de una biblioteca, y de los que han llegado a nosotros en España más de 100.000 escritos en pergamino, terminaron, para evitar su pérdida o extravío, copiándose en grandes libros llamados cartularios y libros de testamentos, por su contenido, libros becerros, por la piel que se utilizó como materia escritoria, y tumbos, porque, dadas sus dimensiones, tenían que guardarse tumbados.

Esta documentación, de cuya guarda, al principio, debió de ocuparse el encargado del escritorio, constituyó el fondo inicial del archivo-biblioteca, escaso, pues se llamó armarium, quizá porque todos los escritos cabían en uno sólo. También se llamó secretarium, archivum, chartularium, scrinium, nombres que recuerdan los fondos documentales más que los literarios, tabularium, que también se usó para archivo en Roma, y librarium. La persona responsable de los libros y documentos recibió nombres muy variados: antiquarius, bibliothecarius, chartigraphus, chartularius, scrinarius, notarius, cusios, secretarius y armarius, entre otros varios.

Los que trabajaban a sus órdenes se llamaron scribae, librarii, notarii y bibliatores, en los monasterios y en la vida seglar capellani, graphiarii, scribones, etc.

Con independencia de estos nombres, en los monasterios había funciones, que, aunque podían ser desempeñadas por una sola persona, estaban claramente diferenciadas, como las del bibliotecario, las del archivero o encargado de la documentación, las del responsable del escritorio, las del encargado de la enseñanza y finalmente las del maestro del coro. Muchas veces el bibliotecario estaba encargado de las otras cuatro funciones.

Era la persona más importante del monasterio después del abad, del cual dependía directamente, y el responsable de la producción de libros, de la corrección de los textos y de su conservación. Dirigía la lectura de los monjes y señalaba las obras que debían ser leídas en voz alta durante las comidas y las reuniones de la comunidad.

Es de destacar la callada y anónima labor de los bibliotecarios monacales, gracias a los cuales, y a pesar del fuego, de las humedades, de las ruinas de los edificios, de las guerras, de los roedores, de los insectos y de los ladrones, así como también de los problemas económicos de ciertas épocas, que obligaron a los abades a vender algunos códices, se conservaron, en la torre de marfil de la biblioteca altomedieval, tantos libros durante tantos años pues son numerosísimos los que llegaron a la Edad Moderna, donde un gran número desapareció al salir de su lugar de origen. A ellos también se debe la supervivencia de algunas obras prohibidas, a las que los bibliotecarios llegaron a cambiar el título y el nombre del autor para evitar su destrucción por los duros defensores de la ortodoxia.

El libro durante la Alta Edad Media, durante estos tiempos de ignorancia, tuvo, además del material e intelectual, un valor simbólico, parecido al de la cruz. Algunos evangeliarios pertenecientes a los grandes misioneros fueron considerados reliquias y conservados en cajas ricamente labradas en los altares de los monasterios fundados por ellos, en vez de en la biblioteca.

Por otra parte, las bibliotecas fueron normalmente de instituciones religiosas, monasterios y catedrales principalmente. Prácticamente no existieron bibliotecas privadas, excluidas las imperiales mencionadas, algunas reales, las ocasionales de algunos parientes de emperadores y reyes y las pertenecientes a algún que otro prelado.

En ellas era casi inexistente la literatura pagana, cuya desaparición se había iniciado en el siglo IV como consecuencia del hábito, de acuerdo con los criterios de los bibliotecarios de Alejandría establecidos para la literatura griega en el siglo II a. de C, de seleccionar los autores y las obras estimadas importantes.

La pérdida de las no seleccionadas se hizo definitiva al no pasar, por haber perdido interés, a la nueva forma del libro, el códice, y quedar en la original, el rollo, cuya duración material no solía ser superior a los doscientos años.

El gusto por la literatura pagana desapareció, además, al desaparecer la vida urbana y las escuelas para laicos. Tan es así que en tiempos de Casiodoro y San Isidoro se conservaban aproximadamente las mismas obras que hoy. Durante los siglos que siguieron, las supervivientes fueron escasamente leídas y se mantuvieron olvidadas en los armarios de las bibliotecas por el arraigado sentimiento de conservación hacia el libro en general.

Un monje declaraba que no era posible un monasterio sin libros, que sería como una mesa sin comida, un jardín sin flores, un campo sin yerba o un árbol sin hojas, lo mismo que un sacerdote sin ellos sería como un caballo sin bridas o un pájaro sin alas.

La colección de libros de una biblioteca, que en España generalmente no sobrepasó mucho el cuarto del millar en las bibliotecas más nutridas, ni en Europa el medio millar, estaba integrada por libros de mayor o menor necesidad. Hay que advertir que el número de obras, libri, era mayor que el de volúmenes, códices.

Su crecimiento no fue progresivo, sino que dependió de las aficiones de los superiores, que, en general, no tuvieron un gran interés en ampliarla. La estimación de los libros obedecía a un doble motivo. Por un lado residía en su utilidad inmediata.

Curiosamente los considerados en la comunidad más útiles, por los más usados, nó eran ni las ediciones voluminosas de la Biblia, que dadas sus dimensiones descansarían en un atril o en un facistol, ni las de las obras de los Santos Padres, que estaban en la biblioteca para la consulta ocasional como fuentes de doctrina, sino ediciones de libros bíblicos sueltos, generalmente glosadas, así como antologías, sumarios y extractos de estas obras, que eran manejados a diario. También sencillas vidas de santos.

Por otro lado, valoraban los códices primero por la claridad de la escritura y la corrección del texto. También por su relación con personas admiradas y respetadas. Después, de forma secundaria, por el valor material, por la bella y rica presentación: encuademación, caligrafía e ilustraciones.

Ocupaban un primer lugar los que podríamos llamar libros fundacionales, que, por ser necesarios para el culto, estaban desde los primeros momentos, como el liber ordinum o ritual, el liber sacramentorum o misal, el liber comicus o leccionario, que contenía los trozos de la Biblia que se leían en la misa, el liber orationum, el liber passionum o pasionario con las vidas de los mártires, el antifonario y el salterio. Los cuatro últimos constituyen lo que ahora se llama Breviario.

Estos libros parecían tener poderes mágicos por ser utilizados para decir la misa, tan llena, por otra parte, de misterios. Se inventariaban como piezas del tesoro y se guardaban fuera de la biblioteca, en las sacristías y capillas, donde eran utilizados. Fueron los primeros libros ilustrados, a veces con gran riqueza, y resguardados con magníficas encuademaciones.

No faltaban los Libros Sagrados, que formaban varios volúmenes y con frecuencia recibían la denominación de Bibliotheca, y no la de Biblia, que se les dio más tarde. Una consideración inmediatamente posterior recibían las obras de los Padres de la Iglesia, especialmente las de los cuatro grandes, San Agustín, San Jerónimo, San Ambrosio y San Gregorio el Grande, más Orígenes.

Seguían las de los grandes maestros medievales, como Boecio, Casiodoro, Casiano, San Isidoro, Beda, las de algunos Padres de la Iglesia Oriental, como San Basilio y San Juan Crisóstomo, y las de los autores más conocidos de la región. En España, por ejemplo, las de San Martín Dumiense, San Leandro, San Braulio, Tajón, San Eugenio, San Ildefonso, San Julián, San Valerio y Beato de Liébana.

Tampoco faltaban la regla de la orden, ni disposiciones canónicas, ni obras de carácter histórico. Finalmente en las escuelas de los grandes monasterios y catedrales había libros dedicados a la enseñanza, gramáticas, geometrías y manuales médicos, e incluso obras, no muchas, de los escritores paganos, cuya finalidad era exclusivamente mejorar la expresión y el estilo. Faltaban, y por eso se han perdido, escritos de herejes, como los arríanos.

No había comercio del libro y consecuentemente la compra no era el procedimiento normal para la formación de las bibliotecas. Los libros fundacionales solían ser entregados por el fundador en el momento inicial. A veces, algún mecenas generoso donaba unos libros por razones piadosas, a veces unos fieles, también por motivos piadosos, legaban libros en sus testamentos, y a veces un monje conseguía en sus viajes libros para el convento. Hubo monasterios que pidieron la entrega de un libro a los que deseaban ser alumnos.

La mayoría de los libros de las bibliotecas monacales procedían de los escritorios del propio monasterio y habían sido copiados por los copistas e iluminadores de la casa con ayuda ocasional de otros monjes e incluso de los alumnos. Las copias se realizaban de ejemplares existentes en la biblioteca o solicitados de otros monasterios en préstamo con este fin.

Facilitaron la difusión de los libros esenciales en la cultura medieval europea los préstamos que en todo tiempo se hicieron los monasterios entre sí y de manera especial con ocasión de viajes de peregrinación o evangelización.

Los monjes solían, además, llevar algún pequeño libro en los viajes para leer en cuanto se presentaba la ocasión. Para los préstamos al exterior se tomaban medidas cautelares.

El bibliotecario sólo estaba autorizado a hacerlo a las iglesias próximas o a personas de reconocida riqueza. Debía exigir una fianza igual o superior al valor del libro y anotarlo en un registro, generalmente en unas tabletas enceradas. Naturalmente al bibliotecario le estaba prohibido vender, regalar o empeñar los libros, y hacer determinados préstamos sin la autorización del abad.

Los libros, como hemos dicho, se guardaban en armarios, que podían estar en el escritorio, en la iglesia, en un pasillo o en el claustro, pues hasta el siglo XII, con el desarrollo del Císter, no se dedicó un lugar determinado para guardarlos, es decir, no apareció el depósito de la biblioteca.
Había una lectura en común que se realizaba durante las comidas y en las reuniones capitulares. En estos casos las obras más utilizadas eran vidas de los padres orientales, la regla monacal y algunos libros bíblicos.

No solía haber una sala común de lectura, aunque en algunos monasterios existió el atrium lectorum, iluminado por la noche, para que el abad y los monjes pudieran leer allí. Cada monje leía, en voz baja y durante varias horas al día, en su celda o paseando y la entrega de los libros la hacía el bibliotecario de acuerdo con la regla y en ocasiones con un cierto ritual, especialmente en las solemnidades de Cuaresma, época en que la lectura y meditación eran muy recomendadas.

Por ejemplo, la regla de Cluny establece que el segundo día de la Cuaresma, después de la lectura de la parte de la regla que se refiere a la observancia de aquélla, se lea en voz alta, ante la comunidad reunida en la sala capitular, la relación de los libros que fueron retirados anteriormente en préstamo por los monjes.

Al oír su nombre cada monje se levantará y entregará su libro, que será colocado en una estera que se habrá puesto en el suelo de la sala. Si el monje no lo había leído por completo, debería disculparse ante la comunidad. Después los libros se volverán a distribuir y el bibliotecario tomará nota del nombre del monje y del título de cada obra en una tableta algo mayor de las normales.

Los cartujos, además de la obligación de la lectura, tenían la de copiar libros y en las celdas individuales disponían de materiales para escribir y de dos libros. Se les recomendaba que tuvieran mucho cuidado para evitar que sufrieran por causa de la humedad, insectos o suciedad y se les encarecía que para los miembros de su orden los libros eran el único medio de predicación, pues, por el voto de silencio, estaban obligados a predicar con las manos en vez de con los labios.

Por su parte los agustinos recomendaban que los armarios fueran de madera para evitar la humedad y que por dentro estuvieran divididos por tablas verticales y horizontales con el fin de que los libros no sufrieran por el roce y se pudieran localizar fácilmente. Las tablas se distinguían con letras y se exigía que el encargado de los libros supiera los títulos de todos y los revisara para prevenir daños. No se permitía que el que hubiera retirado un libro en préstamo, lo prestara, a su vez, sin autorización del bibliotecario.

Los libros de uso diario debían estar en un lugar accesible a todos y de ninguna manera se toleraba que se los llevaran a las habitaciones particulares o los dejaran en lugares apartados. Se advertía que nadie, sin permiso del bibliotecario, podía corregir o borrar algo de los libros.

En España hay un caso curioso de lo que hoy llamaríamos sistema bibliotecario. San Genadio, restaurador del monasterio de San Pedro de los Montes y de otros tres más en el Bierzo, dotó a cada uno de una colección de libros litúrgicos esenciales y formó otra de una veintena de libros (Etimologías, Morales, Vidas de los Padres, Historia de Varones Ilustres, etc.) para que circulara periódicamente entre los cuatro.

El libro y la lectura fueron esenciales en la vida monástica altomedieval y en el mantenimiento de la unidad religiosa europea, pues eran raros los contactos personales, a pesar de las peregrinaciones, y la formación se había de realizar con la lectura y la meditación sobre unos mismos textos. De ahí la propaganda de la lectura: la ignorancia es madre de muchos males; la biblioteca (armarium) es el arsenal (armamentarium) del monje, y la afirmación de San Jerónimo de que el amor a las Escrituras ayuda a superar las debilidades de la carne.

En los monasterios se sentía un gran cariño por los libros no sólo por ser imprescindibles para la vida religiosa, sino porque habían sido producidos con gran esfuerzo en el propio monasterio y habían ido envejeciendo al servicio de la comunidad. Eran, al ser pocos, viejos y entrañables conocidos, o, mejor, miembros de la familia.

Fuente Consultada:
Historia de las Bibliotecas – Biblioteca del Libro –  de Hipólito Escolar – Capítulo 4 – Fundación Germán Sanchéz Ruiperez

Bibliografía Utilizada por el Autor:
Bruce, Lorne D.: «The Procurator Bibliothecarum at Rome», The Journal of Library History, Spring, 1983.
Bilke, O. A. W.: Román Books and their Impact, Leeds, 1977.
loberts, C. H.: «The codex», en Proceedings of the British Academy, 1954.
rurner, Eric G.: The Typology of the Early Codex, Philadelphia, 1977.

El Shah Abbas de Persia El Grande Historia de su Reinado

El Shah Abbas de Persia «El Grande»
Historia de su Reinado y Sus Conquistas

La fama del shah Abbas no se debe sólo a su capacidad militar. Fue también un protector de las artes y del comercio, un inteligente administrador, y en el terreno religioso se mostró tolerante

Con Abbas I el Grande, cuarto shah de la dinastía de los safávidas, se sentaron las bases territoriales del actual estado de Irán (Persia). Accedió al trono en 1587, cuando empezaba a declinar el imperio español: reinaba entonces en España Felipe II, que reunía bajo su corona la península Ibérica, los Paises Bajos y el reino de Napóles, mientras en el Nuevo Mundo se había completado prácticamente la conquista y estaban ya fundadas las ciudades más importantes. En Europa, aparte de España, la hegemonía política alternaba entre Gran Bretaña, Francia y el Sacro imperio alemán, mientras por el este amenazaba el Gran Turco.

sha de persia

El shah Abbas el Grande. Convirtió a su país en una potencia, y durante casi cien años protegió indirectamente a sus incompetentes sucesores. Supo crear un poderoso ejército al que dotó de artillería.

 

Entre los turcos y los mongoles

Por aquel entonces se hallaba asentada en el actual Irán la dinastía de los safávidas. Su territorio, que cambió repetidas veces de fronteras como consecuencia de las constantes disputas con sus vecinos, comprendía la franja de terreno limitada por los mares Caspio y Aral, al norte, y el golfo Pérsico al sur. Quedaba, pues, situado entre dos legendarios imperios: el turco otomano, al oeste, y el mongol al este, siendo particularmente duras las luchas que los shahs sostuvieron contra los uzbekos (mongoles).

El estado safávida surgió de una orden de derviches del siglo XIV, originariamente sometida a la ortodoxia sunnita. Los sunnitas son una de las dos grandes denominaciones islámicas: sostienen que los tres primeros califas fueron elegidos legítimamente; a ellos se oponen los chutas, para quienes el nombramiento de dichos califas (que reinaron entre la muerte de Mahoma y la elección de su yerno Alí) fue ilegítimo, debiendo haberse reconocido desde el primer momento al ciado Alí. La cuestión no era bizantina, pues bs chutas apoyaban el derecho de los sucesores de Alí, como profetas, al ¡manato, y tilo implicaba consecuencias políticas importantes.

Los safávidas, fieles en un principio al grupo sunnita, evolucionaron poco a poco hacia un chiismo militante. A fines del siglo XV estaban asentados en las tierras del actual Azerbayán, y su shah era Ismail. Este inició la expansión hacia el sur, y se proclamó en 1502 shah de Persia, fundando un imperio que ocho años más tarde estaba ya consolidado. La dinastía así establecida permaneció en el poder hasta 1722, en que fue depuesto el sultán por el emir del vecino Qandahar (el actual Afganistán).

Los safávidas, gobernantes mediocres con la excepción de Abbas I, afirmaron su imperio sobre una doble base: el nacionalismo de los pueblos iranios, y la religión chuta,  que se declaró oficial en el Imperio y sirvió así de bandera contra el amenazador Imperio turco, fiel al sunnismo.

De la solidaridad religiosa fue emergiendo la solidaridad nacional, y los territorios del Asia Central irania, que habían sido la cuna de la civilización persa-islámica y, al propio tiempo, firmemente sunnitas, se fueron separando del resto del mundo iranio, llegándose a una delimitación de las fronteras de Persia que corresponde más o menos a la actual. El Imperio persa se inclinó hacia el Occidente, y Europa tuvo noticias de él gracias a las brillantes narraciones que algunos viajeros, como los franceses Chardin y Tavernier, hicieron de él.

La primera derrota

Tras la consolidación inicial del Imperio safávida, en 1510, con la victoria que el shah Ismail consiguió sobre los uzbekos, pareció asegurado su prestigio. Pero en 1514 sufría el propio Ismail, en Chaldirán, una aplastante derrota a manos de los otomanos. El shah, gobernante religioso y temporal a un tiempo, quedó en una posición delicada. Como imán chuta gozaba de una condición semidivina; pero los fieles, desilusionados por aquella derrota y por la depravación moral de su señor, comenzaron a dudar seriamente de las pretensiones de éste respecto a su infalibilidad de origen divino y su limpieza de pecado, con lo cual se resquebrajaron las bases de su autoridad.

Después del desastre de Chaldirán comenzó a resultar muy difícil a los shahs safávidas la conservación de la integridad de su autoridad, especialmente en lo referente a las siete grandes tribus turcas de Qizilbash, que representaban la base real de su poder. Cuando el shah Abbas, cuarto de la dinastía safávida, subió al trono en 1587, las tribus de Qizilbash habían perdido el respeto a su soberano y entrado en un período regresivo que amenazaba con la vuelta a las antiguas alianzas tribales. Abbas había sido testigo desde su más tierna edad de la extrema gravedad de la situación y pronto se dio cuenta de que estaba siendo utilizado como un rehén entre los jefes rivales del Qizilbash.

Hasta su misma coronación había sido en realidad un coup d’etat de uno de ellos, Murshid Quli Kahn Ustajlu, que había depuesto a Mohammad Khudabanda, padre de Abbas y colocado a éste en el trono en calidad de protegido suyo.

Durante el reinado de Abbas florecieron el arte y la arquitectura como nunca anteriormente. Una de las obras más bellas que hizo construir fue la mezquita del Shah. He aquí la puerta de ingreso.

Un nuevo ejército modelo

Abbas comprendió que debía quebrantar el poder de los Qizilbash si quería tener la autoridad en sus manos. Una de sus primeras medidas consistió en la creación de un potente ejército permanente, pagado directamente por el Tesoro real, reemplazando así el sistema de levas de tipo feudal de las tribus Qizilbash. El nuevo ejército modelo llegó a alcanzar la cifra de 37.000 hombres.

Su organización se debe principalmente a Robert Sherley, un aventurero inglés experto en cuestiones militares. Gracias a Sherley, entre cuyos ayudantes figuraba un fundidor de cañones, Abbas pudo incluir en sus fuerzas un cuerpo de artillería compuesto de 12.000 hombres y 500 cañones. Con esto quedaba subsanada una carencia que se había demostrado desastrosa en Chaldirán frente a la artillería turca.

El núcleo del nuevo ejército estaba formado por las tropas eslavas y los ghulams, muchos de los cuales eran georgianos convertidos al Islam. A lo largo de su reinado Abbas fue confiando cada vez más en estos hombres, a quienes dio acceso también a los altos puestos administrativos hasta cubrir con ellos el 20 por ciento de los cargos; en ellos sustituían por otra parte a sus anteriores posesores, los jefes Qizilbash.

Como habían hecho otros gobernantes anteriormente, Abbas siguió la política de «divide y vencerás» para evitar una posible unión de los elementos de la oposición. Grandes masas de personas fueron trasladadas a la fuerza desde sus tierras a otras muy distantes. El establecimiento de los armemos y georgianos se llevó a cabo no sólo para evitar que los turcos usasen a estas infortunadas víctimas de la guerra entre ambos países, sino también para crear una diversidad étnica y religiosa que impidiese la unión de diversos grupos.

No contento con esto y continuando su política, fomentó deliberadamente el fraccionamiento de las facciones dentro de las grandes ciudades. Para evitar posteriores peligros internos, estableció la práctica de confinar a los príncipes de la rea-familia dentro del harén, hasta el momento en que fuesen llamados a gobernar.

Del mismo modo que sus antecesores. Abbas pasó la mayor parte de su vida era campaña, consiguiendo por su parte tales éxitos que Persia, hasta casi un siglo despee; de su muerte, pudo gozar de tranquilice frente a la posibilidad de una amenaza del exterior.

En 1590, poco después de su subida al trono Abbas se había visto obligado a concluir un desfavorable tratado de paz con los otomanos para evitar una guerra simultánea en dos frentes en un momento en que la situación interna no estaba resuelta. Por dicho tratado los otomanos retenían sus recientes conquis tas en Georgia y el Azerbaiján, ademas de parte del Luristán y Kurdistán.

Pero dicho tratado le permitió concentrar sus fuerzas contra los uzbekos, a los que derrotó amplia mente en 1598 en Herat. Entonces trato de consolidar sus posiciones en esta frontera (lo que no consiguió) instalando en ella jefes vasallos uzbekos. Cuando éstos renovaron sus ataques en 1601, Abbas fue superado por el movimiento estratégico del enemigo y se vió obligado a retirarse.

Finalmente, en 1604 pudo comenzar las operaciones militares contra los otomanos, que en aquel momento se estaban debilitando debido a sus conflictos internos y a la guerra contra Austria. Su prudencia tuvo la recompensa merecida, consiguiendo con la ayuda de sus cañones una brillante victoria en las cercanías de Tabriz en 1606, vengando así la humillación sufrida cien años antes en Chaldirán.

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Los viajeros europeos quedaban deslumhrados ante el lujo y riquezas de la corte persa. En las calles, junto a los magníficos edificios, abundaban los jardines y las fuentes.

Balance de un reinado

El éxito de Abbas se puede calibrar muy bien pensando que cuando subió al trono se encontró con un poder safávida al borde del colapso y que después de su muerte la dinas-tía pudo vivir de las rentas de sus éxitos durante casi un siglo, pese a la incompetencia de  los shahs posteriores. Pero, paradójicamente, el mismo Abbas había sembrado el germen de la descomposición de la dinastía.

En primer lugar, el lazo espiritual que uniera otrora al shah con sus subditos había constiuido el fundamento moral de su gobierno y dado a los safávidas una ideología potente y dinámica. Rota esta relación, Abbas tuvo que recurrir al único sustitutivo que consideró posible: la afirmación de un despotismo de tipo tradicional. La fuerza dinámica que había conducido a los safávidas al poder quedaba destruida definitivamente.

En segundo lugar, el nuevo ejército permanente resultaba una pesada carga financiera para el Tesoro real, lo que conducía inevitablemente a extorsiones y opresiones. Y la incompetencia de sus sucesores se debió en gran parte a la práctica introducida por Abbas de encerrar al heredero en el harén hasta el momento de su subida al trono.

No obstante todo esto, el balance de su reinado es muy positivo. Con una autoridad real establecida con firmeza, Persia pudo gozar de los beneficios de una paz interna y duradera. Si el shah no era venerado (aunque todavía amplios estratos del pueblo creían en su semidivinidad) por lo menos era respetado. Y las largas guerras con los otomanos y uzbekos garantizaron al país la seguridad de sus fronteras en el futuro.

Fomentó los contactos con el exterior, llamando a notables personalidades y favoreciendo las relaciones comerciales con Europa, de modo que industria y comercio conocieron un gran florecimiento. Durante el período safávida la literatura inició su decadencia, pero el apoyo que se había negado a los poetas, por razones religiosas, se ofreció pródigamente a pintores y arquitectos. Abbas trasladó su capital a Ispahan, que se convirtió en centro de un floreciente renacer artístico. Embelleció la ciudad con amplias avenidas flanqueadas de árboles, con plazas amplias, y con mezquitas y palacios que continúan produciendo admiración por sus colores y proporciones.

La época safávida coincidió con el período en que Europa se dedicaba a los descubrimientos geográficos y a la expansión; por eso no es sorprendente que se reanudasen los contactos mutuos. Abbas, que comprendió el provecho que podía sacar de estas relaciones, las favorecía con entusiasmo. Todo europeo que se presentaba con algo valioso que ofrecer, como había sido el caso de Robert Sherley, era recibido con los brazos abiertos.

También pretendió Abbas utilizar del mejor modo posible a los europeos en su lucha contra los turcos. Aunque no llegó a sellar ninguna alianza militar, pese a todos sus intentos,favoreció el comercio por vía marítima dentro del golfo Pérsico, con la intención de sustituir así las viejas rutas que estaban en aquellos momentos bajo el dominio otomano.

Durante su reinado, la primacía que ostentaban los portugueses en esta zona fue sustituida por la de las Compañías inglesa y holandesa de las Indias Orientales. En 1622 consiguió Abbas persuadir a los ingleses para que cooperasen con las tropas safávidas en la expulsión de los portugueses de su base en la isla de Ormuz. A cambio les ofreció privilegios comerciales en el nuevo puerto de Bandar Abbas, situado en tierra firme a unos 20 km al norte de Ormuz. Se estableció en suma, un profuso intercambio de embajadas entre Per-sia y Europa.

Aunque estos contactos presagiaban un drástico cambio en el equilibrio del poder entre Este y Oeste, no se podía en aquellos momentos sospechar tal circunstancia, y Europa no dejó apenas huella en Persia. Al contrario, fue Persia la que ejerció gran influencia gracias al alto nivel de prosperidad material y cultural alcanzado.

Una personalidad de su tiempo

Gracias a las narraciones de los viajeros europeos, podemos hacernos una idea del aspecto físico y de la personalidad de Abbas. Thomas Herbert, que formaba parte de la embajada inglesa en 1627, lo describe como «de baja estatura, aspecto vivaz, ojos pequeños y llameantes, la frente baja, la nariz grande y aguileña, barbilla aguda, sin cubrir de pelo, según la moda del país; su bigote era grande, saliente y espeso, con las guías hacia abajo». Abbas no era sólo inteligente y estaba dotado de gran agilidad mental.

Se hallaba también muy bien informado; sorprendió al viajero italiano Pietro della Valle al interpretar correctamente una alusión que éste había hecho respecto a los luteranos. Su habilidad manual la conocemos por las relaciones contemporáneas de la misión carmelitana. «Se entretiene haciendo cimitarras, arcabuces, riendas y sillas de caballo; teje, destila sales, hace agua de flor de naranja y medicinas y —en resumen— aunque no domina a la perfección los ingenios mecánicos, es bastante experto también en eso.»

Su tolerancia en materia religiosa permitía que órdenes monásticas como los carmelitas agustinos y capuchinos pudiesen moverse libremente en Persia. Al mismo tiempo era profundamente supersticioso. Su modo de vivir era sencillo, aunque su accesibilidad y naturalidad nunca dañaban su dignidad. Poseía un fuerte sentido del humor, que, a veces, adquiría matices macabros, a costa de los demás. Su crueldad no era excepcional considerada la época, aunque resulta difícil excusar la forma retorcida en que hizo matar o cegar a sus hermanos e hijos.

«Pero —escribe Thomas Herbert— debemos considerar que este príncipe grande y generoso, a quien no desagradan estos excesos, es una figura amada y respetada en su país y muy honrada en el extranjero. Por lo tanto hacer una descripción de la variedad de torturas que aquí se aplican: brujas y perros caníbales, hombres a los que se les arrancar los intestinos, y otras cosas similares, no serviría sino para traernos un recuerdo odios.: e innecesario.»

Fuente Consultada:
La LLave del Saber  – La Evolución Social –  Tomo II – El Shah de Persia – Editorial Ediciones Cisplatinas S.A.

Biografía de Santa Catalina de Siena Historia de su Vida

Biografía de Santa Catalina de Siena

Niña por su físico, pero madura por su espíritu, Catalina Benincasa fue para los hombres del Trescientos una guía espiritual prudente y dulce, constante y serena.

Artistas y literatos, soberanos y condottieri, obispos y papas, pidieron consejo a la Santa de Siena, llamándola con el suave nombre de «mamá».

En la mañana del 25 de marzo del año 1347, Siena resplandecía bajo el sol primaveral. Era la hora en que los hombres se dirigían habitualmente hacia la plaza del Campo para tratar sus asuntos de negocios, y las mujeres, hechas ya sus tareas domésticas, se reunían para la plegaria en la Casa del Señor.

Jacobo Benincasa se encontraba trabajando en su negocio de tintorería cuando se oyó llamar por su hija mayor, Buenaventura: «¡Ven padre, ven! Nuestra madre te ha dado otra hijita.».

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Rápidamente acudió el buen hombre a la cabecera de su esposa, y allí, mientras los hijos la rodeaban y el pálido rostro de la madre se iluminaba con una sonrisa, levantó a la recién nacida a la altura  de su cabeza,  ofreciéndosela a Dios e implorando para ella Su bendición.

Esta niña se llamó Catalina, y con ella sumaron veintitrés los hijos de esta familia del pueblo.

Sus primeros años transcurrieron bajo la vigilante mirada de la madre y de una hermana.

Era vivaz y serena, llena de gracia y sonrisas. Cuando comenzó a andar por la casa y a salir para entretenerse en sus primeros juegos con las amiguitas, por las calles del pueblo, las comadres de la vecindad se sintieron atraídas por sus dotes y comenzaron a llamarla con un afectuoso sobrenombre, Eufrosina, que significa «plena de gracia».

Creció como las otras niñas hasta los siete años, pero a esa edad, conmovida quizá por los episodios sobre la vida de los Santos que el sacerdote y alguna piadosa mujer le habían narrado, algo cambió en su alma.

Aparentemente era la misma de siempre, pero en su pequeño corazón se había encendido un fuerte amor hacia Dios, y a pesar de su tierna edad pidió un día a la Divina Madre que le concendiese ser la esposa de su Hijo Jesús.

La pequeña creyó ver a la Virgen que, apareciéndosele en todo su esplendor, le prometía con un gesto maternal acceder algún día a ese espontáneo y purísimo deseo.

Desde aquel momento, para ser digna de su prometido Esposo, llevó una vida ejemplar y, olvidando sus juegos, hizo de cada instante un acto de nobleza.

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Catalina Benincasa fue la vigésimotercera hija de un tintorero, y su nacimiento llevó alegría a la familia de don Jacobo, que imploró para la niña la bendición de Dios.A la edad de siete años, Catalina fue sorprendida una noche por su padre mientras rezaba con profundo recogimiento, arrodillada ante una imagen de la Virgen. Pasaba largas horas, todas las noches, orando y haciendo penitencia. Ignorando el amor a Dios que llenaba el corazón de Catalina, ya en edad de casarse, sus padres la instaban a elegir marido; ante la oposición de la niña, le infligieron severos castigos y le ordenaron duros trabajos.

De día, cuando su madre creía que se hallaba jugando, Catalina castigábase a sí misma con toda clase de tormentos corporales, flagelándose y golpeándose para probar en carne propia algunos de los dolores míe Jesús había sufrido durante el Martirio.

Los alimentos que la familia comía siempre con buen apetito no la atraían, y prefería ayunar. De noche, cuando la casa se encontraba sumida en el silencio, pasaba-largas horas rezando en su dormitorio.

Cuando el sueño cerraba sus párpados, no dormía en su pequeño lecho sino sobre la desnuda tierra, para no concederse reposo alguno.

Tantos ayunos y mortificaciones habrían desmejorado a otra niña, pero Catalina, como si la Divina Madre hubiera extendido sobre ella su mano protectora, crecía bella y serena.

Su cuerpo, esbelto por las rigurosas abstinencias, había conservado toda la gracia, y sus ojos resplandecían con una belleza toda espiritual, mientras su espesa cabellera enmarcaba el óvalo puro de su rostro.

A los trece años Catalina era hermosa, y no debe asombrarnos que sus padres, como se acostumbraba en aquellos tiempos, comenzaran a pensar en casarla.

Y aquí comenzó para la niña un largo período de tristezas. Sus padres, ignorando el ardiente amor que ella sentía hacia Dios, la exhortaban con consejos y órdenes cada día más ásperos a que eligiera a algún joven serio del condado.

Pero Catalina, a pesar de que nunca había desobedecido, rehusaba siempre, y llorando pedía que desistieran de tal propósito. Disgustados por tanto obstinamiento, y pensando que se trataba de un capricho, el padre y la madre quisieron castigarla, y la obligaron a realizar duros trabajos.

Sin embargo, estos sufrimientos maduraron a Catalina y acrecentaron en ella, con más vigor que antes, la voluntad de pertenecer a Dios.

En aquellos años había surgido en Siena la Orden Terciaria de Santo Domingo, una sagrada institución que acogía en sus filas a mujeres piadosas, las cuales se sometían a un severo reglamento y, aun viviendo con su familia, tenían la obligación de dedicarse a obras de caridad, en especial a la atención de los enfermos. Catalina manifestó un día el firme propósito de entrar en esa congregación.

La oposición de los padres fue violenta, y la niña sufrió tanto que enfermó gravemente, con serio peligro de su vida.

Esto fue una lección para el buen Jacobo, quien, comprendiendo al fin la profunda vocación de su hija, no habló más de matrimonio, e intercedió ante el director de la Orden para que la niña, no obstante su tierna edad, pudiese ser «hermana con hábito«.

Fue así como, a los dieciséis años, Catalina vistió el severo hábito blanco cubierto por el largo manto negro, aceptando todos los sacrificios y penitencias que la Sagrada Orden le imponía.

Aunque permaneció en su casa durante los tres años de noviciado, su vida fue reglamentada tan rígidamente como si se hallara en el convento, y las horas del día y de la noche estuvieron todas llenas de obras de caridad y de devoción.

Dormía sólo media hora cada dos días, y el resto de la noche lo pasaba rezando arrodillada en el suelo ante un gran crucifijo.

A los pies de esa imagen de Cristo agonizante tuvo a menudo visiones y éxtasis dulcísimos, y fue en una de esas noches —contaba en aquella época veinticuatro años— cuando se cumplió la promesa de la Virgen.

En efecto, Catalina creyó ver que Jesús se le aparecía y colocaba en su dedo el anillo nupcial, como testimonio de haberla elegido por esposa.

Muy pronto, el nombre de la santa niña estuvo en todos los labios, y el eco de su bondad se esparció por la Toscana.

Almas piadosas comenzaron a reunirse a su alrededor, formando «el cenáculo catalinario», en el que la joven, llamada por sus adeptos con el dulce nombre de «mamá», volvióse la guía constante y serena de «hijos» e «hijas» que tenían muchos más años que ella.

Las conversiones realizadas por su elocuencia y su ejemplo .son innumerables.

Siendo hija de modestos artesanos, Catalina no había aprendido en su infancia a leer ni a escribir. Al extenderse el número de sus amigos espirituales en toda la Toscana, en Roma, en Milán, y hasta en Aviñón, la imposibilidad de comunicarles sus pensamientos era para ella motivo de aflicción.

Con la fuerza de su alma y la inteligencia que siempre había demostrado, retomó y terminó el aprendizaje de la lectura y escritura, que había iniciado a los diecinueve años.

Después de breve tiempo, se encontró en situación de escribir a todos aquéllos que le pedían consejos.

A veces, abrumada por los mensajes que le llegaban de todas partes, recurría a los servicios de otras personas, logrando dictar sin» confundirse cuatro cartas al mismo tiempo, cartas bellas, que aún hoy leemos con emoción, no sólo por el mensaje de fe y de iluminada prudencia que contienen, sino también por el estilo límpido y conciso, que hace de este epistolario uno de los documentos más preciosos de la literatura universal.

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Los enfermos, las familias necesitadas, los ancianos, todos conocían a Catalina y solicitaban su consuelo. Por muchos meses la jovencita cuidó a una pobre leprosa, de nombre Tecca, que vivía aislada en una casucha cercana al bosque. Al multiplicarse sus  amigos,  repartidos por  toda Italia, Catalina se sintió muy afligida al no poder comunicarse con ellos y transmitirles sus pensamientos. Sostenida por su gran voluntad, aprendió sola a escribir.

Cada carta se inicia con el nombre de Jesús: «Yo, Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, te escribo a ti en la preciosa sangre Suya», y termina invocando Su nombre: «Jesús dulce, Jesús amor», como si la joven se sintiera el humilde instrumento de las intenciones de Dios.

Con la fuerza que de Él recibía, Catalina no se avergonzaba de manifestar su pensamiento en materia política, moral y religiosa, a los altivos soberanos y los doctos cardenales de su tiempo.

Entre otras, dirigió una carta al duque Bernabé Visconti, exhortándolo a no ser tan cruel con los sacerdotes, a honrar al Pontífice y a participar en la Cruzada a Tierra Santa, y escribió también a los gobernantes de Siena, de Florencia, de Bolonia, a la Reina de Nápoles y al legado pontificio de Roma.

A todos estos altos personajes daba Catalina consejos y exhortaciones de obediencia a las santas leyes de Dios, diciendo verdades f denunciando culpas que nadie hubiese siquiera osado insinuar.

En 1374 reunidas las autoridades qu$ dirigían la Orden de las Mantellate en una junta de religiosos, en Florencia, le fue concedida a la joven monja una njayor libertad, confiándola a la sola dirección espiritual peí dominico (poco después beatificado) Raimundo de Capuá.

Catalina se entregó con toda abnegación a velar por sus semejantes, olvidándose más que nunca de sí misma para consagrarse a aliviar el dolor de los demás.

Precisamente en ese año, Dios la había sometido a duras pruebas, pues la epidemia de peste que llegó de manera imprevista a su ciudad natal se llevó en el término de pocos días a diez miembrse de su familia.

El año siguiente fue para Catalina una sucesión de viajes y frecuentes conversaciones con condottieri, con el fin de inducir a éstos a prestar ayuda a la Cruzada que en aquella época había solicitado el papa Gregocio XI, y fue mérito suyo que el condottiere Juan Acuto aceptara participar en la empresa.

Para recompensarla en parte por todo lo que ella estaba haciendo por la liberación del Santo Sepulcro, el Señor quiso, en ese año, mientras Catalina se encontraba en Pisa, imprimir en su cuerpo el fuego de Sus Estigmas, confirmando con estas gloriosas heridas que ella era la más dilecta de Sus hijas.

Una misión aún más importante para la prosperidad de Italia y de la Iglesia debió asumir Catalina en el año 1376.

Después del abandono de su sede tradicional en Roma, el Papa había preferido establecerse en Francia, en la ciudad de Aviñón, a la que había llegado con todo su séquito. Italia, quebrantada ya por las luchas de bandos, se encontraba desde ese día como una nave sin timón.

Ausente el Santo Padre, el clero italiano, dirigido por representantes franceses poco informados de las costumbres locales, no siempre cumplía los deberes propios de su ministerio, e iba olvidándose de la salvación de las almas y permitiendo el debilitamiento de los principios morales y religiosos del pueblo.

Catalina comprendió que la única solución para tanto mal era el retorno del Pontífice a su sede romana. Sin dudarlo, escribió al Santo Padre reclamando su presencia en Italia. Hubo un intercambio de correspondencia entre Gregorio XI y la santa de Siena, en la que, a las vacilaciones del papa en abandonar tierra francesa, Catalina respondía siempre:

«Hágase la voluntad de Dios y la mía», tan grande era su certeza de hablar en nombre del Señor.

Finalmente, tuvo que realizar un viaje hasta Aviñón, enviada por la ciudad de Florencia que había tenido con el papa graves controversias; el 18 de junio de 1376, Catalina, que contaba entonces veintinueve años de edad, se encontró ante la presencia del Jefe Supremo de la Iglesia y le suplicó con palabras tan firmes que, en septiembre del mismo año, a pesar de la oposición del rey de Francia y de los cardenales franceses, Gregorio XI emprendió el viaje de regreso a Roma.

Al llegar a tierra italiana, el Pontífice fue desterrado de aquella ciudad, pues los políticos que entonces gobernaban no veían con buenos ojos el retorno a su antigua sede.

Pero Catalina, aunque no lo había acompañado en su viaje, prefiriendo volver sola, con la modesta escolta de algunos frailes y de sus «hijos» más fieles, supo darle valor desde lejos, y únicamente se concedió un breve período de reposo, en los alrededores de Siena, cuando finalmente, en 1378, logró Gregorio XI vencer todas las dificultades.

Breve reposo fue el suyo, porque el papay poniendo en Catalina su máxima confianza, quiso que fuese por algún tiempo a Florencia, donde el pueblo, hostil al Pontífice, se negaba a prestar obediencia y respeto a sus representantes.

Catalina conoció en aquel momento el odio y la ferocidad de la masa, cuando la fuerza de las pasiones impide discernir el bien y el mal.

Fue injuriada, tratada de bruja, poseída del demonio e intrigante. Tales insultos no hicieron mella en la santa que,con mucho coraje y serenidad, y por su conducta ejemplar y la elocuencia que el espíritu divino le inspiraba, logró dominar los ánimos más exacerbados, obteniendo de ellos acatamiento a la autoridad papal.

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En 1374, los doctos dominicos que presidían la Orden de las Mantellate, a la cual pertenecía Catalina, se reunieron en Santa María Novella, Florencia, para interrogar a la joven monja sobre su fe, concediéndole luego una mayor libertad de acción.

Gregorio XI murió en ese año y en su reemplazo fue electo, en julio de 1378, Urbano VI, arzobispo de Bari.

Sobrevino entonces en la Iglesia una crisis profunda, porque algunos cardenales no reconocieron a Urbano VI como el verdadero Pontífice y eligieron un antipapa, el cardenal Roberto de Ginebra, que se proclamó Clemente VIII Este hecho, que fue llamado «cisma», tuvo para el mundo católico consecuencias gravísimas, porque sembró entre los jefes el odio y el desorden.

Catalina no dudó un instante sobre el camino a seguir. Corrió a Roma, junto a Urbano VI, para otorgarle consuelo. En sus palabras y su coraje halló el verdadero Pontífice la fuerza para hacer frente a sus adversarios.

Las milicias del papa mandadas por Alberico de Barbiano vencieron finalmente en Marino a los partidarios del antipapa.

Desde ese momento se restableció la paz, y Catalina sintió que había conducido a buen término su divina misión en la tierra. Vivió todavía dos años, en un gran edificio cercano a Santa María Sopra Minerva, en Roma, dedicada a la oración y a las obras piadosas.

Su casa se abría para todos los que llegaban de Siena a Roma y necesitaban hospitalidad. A todos aceptaba y escuchaba, tan humildemente como en la época de su adolescencia, y sin vanagloriarse jamás de cuanto había hecho en bien de la Iglesia.

Su cuerpo, debilitado por las penas físicas y morales que había padecido en tantos años, no podía ya sobrellevar nuevas fatigas, y el 29 de abril de 1380, a la edad de treinta y tres años, la misma de su Divino Esposo al ser crucificado, Catalina de Siena murió rodeada por una multitud de fieles que la llamaban con el dulce nombre de «mamá».

Fue canonizada en 1461 por Pío II, y Urbano VIII fijó como fecha para su celebración el 30 de abril. En 1931, Pío XII, reconociendo en ella caracteres de heroísmo y atendiendo al deseo despueblo italiano, la proclamó «patrona de Italia».

Santa Catalina de Siena, instrumento de la revelación divina, escribió en tiempos infortunados para Italia y para la Iglesia las célebres Cartas y un Diálogo de la Divina Providencia, inspirada por un ardiente misticismo y una piedad inagotable.

Estas obras están consideradas entre las mejores creaciones de la literatura universal, siendo texto de estudio en toda Italia y especialmente en la Universidad Catalinaria de Siena.

Fuente Consultada
LO SE TODO Tomo V Editorial Larousse – Biografias Santa Catalina de Siena

Biografía de Carlos VI El Bienamado Rey de Francia

Biografía de Carlos VI
«El Bienamado» Rey de Francia

Carlos VI el Bienamado (1368-1422), rey de Francia (1380-1422), hijo de Carlos V. Tras la muerte de su padre, ocurrida en 1380, estuvo bajo la tutela de un consejo ducal hasta 1388, año en que rechazó la regencia y comenzó a reinar por derecho propio. Gobernó en buen estado de salud hasta 1392, momento en que empezó a padecer trastornos mentales.

Carlos V murió en 1380. Fue un rey sabio. Su hijo, que entonces contaba 12 años de edad, caería tiempo después víctima de la locura. Sus tíos, los duques de Anjou, de Borgoña y de Berry, se preocupaban únicamente de sus propios intereses. El primero aspiraba a reinar sobre Nápoles; el segundo, a sacar el mayor partido del feudo de Flandes, cuya heredad debía recibir; el tercero sólo quería amontonar riquezas para gozar de ellas.

Carlos VI Bienamado de Francia

Mantuvieron aislado al pequeño rey, hasta que, irritado por los abusos cometidos, el país se levantó contra ellos. En París estalló la rebelión de los Maillotins, y en el Mediodía, la de los Tuchins.

También sobrevino la guerra de Flandes. Carlos VI participó en ella, dando pruebas de su valor, en la batalla de Rosebecque (1382), adonde fueron derrotados los flamencos que se levantaron contra el yugo feudal. Los vencidos se vieron tan acosados que, según un viejo cronista, no quedaba entre ellos bastante lugar para que la sangre corriera. Cuando regresó a París, Carlos VI encontró al pie de Montmartre 20.000 hombres armados, en orden de batalla, y temió verse obligado a combatirlos para entrar en su propia ciudad.

Pero los parisienses le hicieron saber que tan imponente presentación sólo obedecía al deseo de darle una idea de su poder y no al de atacarlo. Al día siguiente, Carlos VI hizo derribar una parte de la muralla y, con casco ceñido y lanza en mano, entró en la ciudad con aire agresivo.

Se tomaron medidas muy severas contra los habitantes de París, y hasta hubo ejecuciones cuya crueldad debe ser reprochada a los regentes antes que al joven príncipe, que aún no había subido al trono. Sus tíos resolvieron casarlo inmediatamente. Dirigiéronse al duque Esteban de Baviera, quien les envió a una de sus hijas, Isabel, a la que el pueblo francés llamaría Isabeau. Cuando la vio, el joven príncipe quedó prendado. Era la prometida que había deseado. Desgraciadamente sería el flagelo de Francia.

El matrimonio fue celebrado en Amiens, en julio de 1385. Después de su enlace, el rey quiso hacerse cargo del poder. Fue apoyado por Pedro de Montaigu, cardenal de Laon, a quien esta actitud razonable le valió morir asesinado. Los antiguos consejeros de Carlos V: Olivier de Clisson, Bureau de la Riviére, Le Bégue de Vilaines, Juan de Novian, Juan de Montaigu, llamados despectivamente por los grandes señores «los mamarrachos», lo aconsejaron en la misma forma que a su padre y lo apoyaron con todas sus fuerzas. El rey les confió la dirección de los asuntos de Estado, y su desempeño prueba que merecían ese cargo.

Poco tiempo después el duque de Orleáns, gentil y disoluto, contraía nupcias con la hermosa Valentina Visconti; su matrimonio fue seguido por la consagración de la reina Isabel en París, el domingo 20 de agosto de 1389. La fiesta fue magnífica. En la puerta de Saint-Denis habíase representado un cielo estrellado y los niños, vestidos de ángeles, cantaban melodiosamente.

Una imagen de Nuestra Señora tenía en los brazos a un niño accionado por un mecanismo; la fuente de Saint-Denis derramaba los mejores vinos, y jóvenes con sombreros de oro ofrecían de beber. En la segunda puerta de Saint-Denis, Dios Padre, en Majestad, el Hijo y el Espíritu Santo recibieron a la reina. Las casas estaban empavesadas, y en la plaza del Chátelet se levantaba un gran castillo de madera, de donde salieron un ciervo blanco, un águila y un león. Vestido como un ángel, un acróbata descendió desde lo alto de una de las torres de la iglesia de Notre-Dame por una cuerda y coronó a la reina. Hubo justas y el rey fue uno de los vencedores.

En ese mismo año el rey y la corte tomaron partido por la Santa Virgen, contra una secta de teólogos que el pueblo llamó «enemigos de María», y se instituyó en París una fiesta en honor de la Inmaculada Concepción.

Los placeres de los grandes no impedían sin embargo que el país fuese desgraciado. Gente, antes rica y poderosa casino tenía con que trabajar sus viñedos y sus tierras: todos los años pagaban cinco o seis tallas y sus bienes diezmados quedaban reducidos a la tercera o cuarta parte, y a veces a nada. En 1390, cuando la pareja real estaba en Saínt-Germain, estalló una espantosa tempestad. Isabel, que esperaba su tercer hijo, vio en la tormenta una manifestación de la cólera celeste. Suplicó a su esposo que aliviara al pueblo.

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Isabel, mujer de Carlos VI, no quiso ser menos que los duques de Orleáns y de Borgoña.  Libre del  control de su marido, llevó una existencia de lujo desenfrenado, sin preocuparse por la condena de la Iglesia.

El rey hizo lo que pudo, pero fue contrariado por los duques de Borgoña y de Berry, y por su hermano, el duque de Orleáns, que llevaba una vida disipada. El mismo rey, aunque compasivo y generoso, gustaba de los entretenimientos con el entusiasmo de un adolescente dispuesto a satisfacer sus caprichos, y no podría asegurarse que, a esa edad, sú razón no estuviese ya afectada. A principios del año 1392 tuvo un primer acceso de «fiebre amarilla», provocada sin duda por alguna profunda alteración orgánica.

Antes de continuar, evoquemos el ambiente en que vivían el rey y la reina. Era su morada el hotel Saint-Pol, compuesto por un grupo de hoteles, casas y jardines adquiridos por la familia real en 1365. Los departamentos se componían del dormitorio (albergue del rey), la capilla, el salón del retiro, el estudio, las cámaras tibias, así llamadas porque en ellas se encendían estufas durante el invierno. En los jardines había una pajarera, una pieza para tórtolas y una jaula para fieras.

Este confuso conjunto, escribe Dulaure, comprendía patios y corrales. El patio de justas era el más amplio. Las vigas y tirantes de los principales departamentos estaban decorados con flores de lis de estaño dorado, cuenta Saint-Foix en sus Ensayos históricos (1754). Los vidrios, pintados con distintos colores y cargados de escudos de armas, divisas e imágenes de santos y santas, parecían vidrieras de iglesia. El rey tenía sillas de brazos, en cuero rojo con franjas de seda…

Una noche, al salir de una fiesta realizada en la residencia real, Olivier de Clisson, condestable de Francia, después de la muerte de Du Guesclin que había sido su hermano de armas, fue atacado por Pedro de Craon y su banda y dado por muerto o moribundo. Cuando el rey se enteró de lo ocurrido, corrió a la casa del panadero que había recogido a Clisson y juró vengarlo.

Pedro de Craon, denunciado por Clisson, se refugió en Bretaña; Carlos VI, a la cabeza de un ejército, resolvió ir en su búsqueda para castigarlo. Y aquí se sitúa el episodio dramático de la locura de Carlos VI, que Michelet relata de la siguiente manera: «Cuando atravesaba el bosque del Maine, un hombre de mal aspecto, sin otra indumentaria que una saya blanca, se arrojó repentinamente al encuentro del caballo del rey, gritando con terrible tono: «¡Detente, noble rey! ¡No sigas adelante, te traicionaron!».

Obligáronle a soltar la brida del caballo, pero le permitieron que siguiera al rey, gritando durante media hora. Al mediodía, el rey salía del bosque para entrar a una planicie de arena donde el sol caía a plomo. Todos sufrían el calor.

Un paje que llevaba la lanza real se durmió sobre su cabalgadura, y la lanza, al caer, golpeó el casco de otro paje.Con el ruido del acero, al chocar, el rey se sobresalta, desenvaina su espada, y precipitándose sobre los pajes, grita: «¡A los traidores! ¡Quieren entregarme!»

Con la espada desnuda se precipitó sobre el duque de Orleáns. Éste logró escapar, pero el rey enceguecido, dio muerte a cuatro de sus hombres antes de que pudieran detenerlo. Fue preciso que se cansara: entonces uno de los caballeros lo tomó por la espalda.

Consiguieron entre varios  desarmarlo y hacerlo descender del caballo; lo acostaron luego en el suelo. Los ojos le daban vueltas en las órbitas, no reconocía a nadie y no articulaba palabra. Sus tíos y su hermano encontrábanse a su alrededor. Todos podían aproximarse y verlo. Los embajadores de Inglaterra acudieron como los demás; esto fue muy mal visto por la mayoría.

El duque de Borgoña, sobre todo, increpó airadamente al chambelán La Riviére, porque éste había permitido que los enemigos de Francia vieran al rey en ese lamentable estado. Cuando éste volvió en sí, y supo lo que había hecho, sintió horror, pidió perdón y se confesó.»

Los tíos del rey tomaron entonces posesión del gobierno; el duque de Orleáns fue separado de su cargo por ser «demasiado joven» para desempeñarlo. La primera preocupación del duque de Borgoña fue deshacerse de todos aquellos que podían ser fieles al rey. En cuanto a la reina, que hasta ese momento había llevado una vida disipada, desafió a todas las opiniones.

Pasaba gran parte de su tiempo arreglándose, tomaba baños en agua de pamplina hervida o en leche de burra, como Mesalina, cuyas locuras imitaba. Los religiosos criticaban desde el pulpito su lujo insolente y su forma de vivir. Un agustino, Jacques Legrand, llegó a decir: «La gente de bien condena vuestra conducta. ¡Si no queréis creerme, recorred la ciudad vestida como una mujer pobre, y oiréis lo que dicen de vos!».

Poco le importaba. Y poco le significaba el reino de Francia, aunque aceptó ponerse a la cabeza de un Consejo de Regencia, del que formaba parte el duque de Orleáns. Pero ella transformaba fácilmente la sala del Gran Consejo en sala de fiestas.

¿El rey? ¿Qué ocurría con el rey mientras tanto? Divertíanlo. Se divertía. Pasaba de un entretenimiento a otro; casi pereció en uno de ellos. Fue el 29 de enero de 1393: Isabel organizó una mascarada en honor de una viuda a su servicio, que se volvía a casar. «Es una mala costumbre practicada en distintas partes del reino —dice el religioso de Saint-Denis— hacer toda clase de locuras en el casamiento de mujeres viudas, y tomarse las libertades más atrevidas, con los disfraces más extravagantes…»

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Las mismos cortesanos se burlaban con frecuencia del rey. Durante un baile de máscaras, Carlos VI se disfrazó de salvaje. En medio de la fiesta las plumas con que había decorado su disfraz se inflamaron, y habría sufrido una muerte horrible si la duquesa de Berry no hubiese apagado las llamas.

El escudero Hugolino sugirió al rey que se disfrazara de salvaje, con algunos de sus cortesanos. Y cuando el baile había comenzado, Carlos VI y cinco de sus compañeros se hicieron coser sayas de telas cubiertas de lino y se untaron con pez para pegarse plumas y estopas. El rey entró a la sala de baile con sus cinco compañeros. Durante la danza, un imprudente aproximó una antorcha a uno de los salvajes y la pez se inflamó.

En un momento todos estuvieron en llamas. La reina se desmayó. La duquesa de Berry, con notable espíritu de arrojo, logró salvar al rey, envolviéndolo con su manto y ayudándole a salir. Pero semejante emoción sólo podía agravar el estado mental del monarca.

Sin embargo el pueblo quería al desdichado Calor VI y no lo hacia  responsable de los males iel reino. Es cierto que, en los momentos en que el rey recuperaba la lucidez, las medidas que tomaba eran justas. Pero cuando perdía el uso de la razón, su Consejo lo obligaba a revocar sus decisiones.

Así fueron restablecidos los juegos de azar, anteriormente suprimidos y disueltas las milicias de arqueros, que él mismo había formado y autorizado para defender el país de las invasiones extranjeras, pero que podían llegar a ser más poderosas que «los príncipes y los nobles»…, justamente lo que estos últimos querían evitar.

Carlos VI murió en 1422. Sabido es cómo se encontraba entonces Francia. El tratado de Troyes, firmado en 1420, abandonaba el país a Inglaterra.

La reina, sin embargo, continuó entregándose a los placeres, preocupada únicamente por satisfacer sus lujos y caprichos y sólo consentía las privaciones que le imponía su régimen para adelgazar.

Tuvo sobre las modas de su siglo la influencia más extraña. A propósito, resumiremos una página de Miche-let: «Los asientos destinados a las damas parecían pequeñas catedrales de ébano. Velos preciosos, sacados antaño del tesoro de las iglesias, ondeaban alrededor de las hermosas cabezas… Hasta las formas satánicas que gesticulaban en las gárgolas fueron incorporadas a la indumentaria. Las mujeres llevaban cuernos en el tocado, los hombres en los pies. Las puntas de sus zapatos se retorcían formando astas, garras o colas de escorpión.»

Recordemos que fue para divertir al rey loco que se perfeccionó el juego de cartas, cuya invención es probablemente china, y que se dio a sus figuras el nombre de personajes de la historia o de las novelas de caballería.

Bajo este mismo reinado, una ordenanza de 1396 obligaba a los jueces a entregar anualmente a la Facultad de Medicina de Montpellier, el cuerpo de un condenado a muerte —decisión considerable para el progreso de la ciencia médica—, porque hasta entonces, como entre los romanos, la disección de cadáveres estaba prohibida en Francia. Citaremos aún, entre los hechos que se relacionan con esta época, las expediciones del ciudadano de Dieppe, Juan de Béthancourt, que organizó un establecimiento en las islas Canarias.

Una fecha importante para la historia del teatro es la concesión acordada en 1402 por Carlos VI a la Cofradía de la Pasión, instalada en el edificio del hospital de la Trinidad. El teatro francés tiene su origen en esta cofradía.

Fueron éstas algunas imágenes de un rey que fue juguete de la corte, pero a quien su pueblo jamás acusó de los males que abrumaban a Francia. Diéronle dos sobrenombres: Carlos el Insensato y Carlos el Bienamado.

Fuente Consultada
LO SE TODO T omo III Editorial CODEX Biografía de Carlo VI

Los Intercambios Culturales Entre Civilizaciones

Historia de los Intercambios Culturales

Desde la Antigüedad más lejana, las civilizaciones han influido unas en otras. La cultura occidental, tal como ha llegado hasta nosotros por intermedio de los griegos y los romanos, ha tomado prestados muchos conceptos al viejo Oriente. En la Edad Media la influencia de los árabes en Europa fue muy grande. Después del Renacimiento, la corriente de intercambios entre Europa y el resto del mundo fue muy intensa.

Las civilizaciones han influido en todo tiempo unas sobre otras; pero esta interpenetración ha sido especialmente notable entre Europa y Asia. En las antiguas fortalezas griegas de Micenas y Tirinto hay elementos decorativos orientales. Los puertos griegos del mar Negro y del Mediterráneo oriental sufrieron la influencia innegable de Persia. El arte, la mitología y la filosofía griegos tomaron prestados de Oriente muchos conceptos.

Las concepciones anatómicas de los sofistas, al igual que las de Platón, vienen probablemente de Asia. Lo mismo sucede con gran parte de los conocimientos astronómicos de los helenos. De hecho, la ciencia de los griegos se edificó sobre la base formada por ideas procedentes de la India, Mesopotamia o Egipto.

En efecto, en todos los dominios del saber, las ideas persas, egipcias e indias contribuyeron a la elaboración de la civilización griega, que más tarde influiría sobre Roma y se extendería por toda Europa. La civilización griega irradió igualmente su influencia hacia Asia; en Gandhara, en la India, surgió un arte greco-budista. Sabios griegos enseñaban en la India, e indios y chinos acudían a sus cursos; estos sabios tradujeron al griego libros budistas.

El imperio romano mantuvo también relaciones culturales constantes con Extremo Oriente, particularmente con la India y China. Hay quien dice que el Mahabharata, la gran epopeya de la India antigua, fue la fuente de inspiración de la Eneida, obra del poeta latino Virgilio. Los mongoles influyeron poderosamente en Bizancio y Rusia.

La cultura árabe influyó en la Europa del siglo VIII al XII, especialmente en España, donde aún subsisten numerosos monumentos árabes como la mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada y la Giralda de Sevilla. La obra de algunos sabios árabes como Averroes y Avicena gozaron de gran favor en toda Europa.

En España, las costumbres árabes influyeron asimismo en la vida de la corte. Algunos reyes españoles quisieron incluso que a sus hijos los instruyeran sabios musulmanes. Se crearon escuelas de traductores, la más importante de las cuales fue la de Toledo, fundada en 1130. Allí tradujeron al latín los escritos de los sabios árabes y los pusieron al alcance de Europa occidental.

Los reyes normandos de Sicilia adoptaron el derecho civil musulmán. La poesía siciliana, precursora de la italiana, se desarrolló gracias a los trovadores de la corte de Palermo, que imitaban a los ministriles musulmanes. Muchos estudiantes italianos, franceses y españoles, después de seguir los cursos de las escuelas árabes, enseñaron en las primeras universidades occidentales, calcadas del modelo árabe. Se ha dicho, y con justicia, que los árabes fueron los educadores de la Europa medieval.

Después de la toma de Constantinopla por los turcos, nació en Europa una nueva forma de la cultura: el Renacimiento, caracterizado por el retorno a las culturas griega y romana. Por otra parte, los grandes descubrimientos geográficos trastornaron la vida económica, y el individualismo reemplazó al ideal comunitario de la Edad Media.

La idea del lucro fue a menudo el móvil que incitó a las naciones de Europa a fundar colonias. Si a causa de ello las antiguas civilizaciones de los aztecas y de los incas fueron destruídas en gran parte, en contraposición debemos citar como ejemplo la obra admirable de los misioneros en la India, China y América. Sus incansables esfuerzos contribuyeron a la mejora de las condiciones de vida de la población indígena.

En el dominio de las ciencias y de las artes se produjo una compenetración recíproca: los miniaturistas y retratistas de la India y América se vieron influidos por las biblias ilustradas que llegaban de Europa y por los retratos realistas. En compensación, en iglesias de España y Portugal encontramos elementos típicos de la India.

De este período datan las traducciones de obras filosóficas de autores indios y orientales. En las obras de Leibniz, de Montesquieu y de Voltaire gravitan influencias chinas y persas. En la época en que el visir turco Ibrahim introducía en la corte de su padre político, el sultán, la atmósfera del  Versalles del siglo XVIII, se ponían de moda en Francia y otros países los cuadros de escenas turcas.

La literatura, la pintura y la música sufrieron también la influencia de Asia. En esta época las lacas de Japón y la porcelana de China gozaban de gran favor en Occidente. Moliere con su Burgués gentilhombre, Mozart con su ópera El rapto del serrallo y Beethoven con su Marcha turca, sancionaron esta extremada afición.

El importante movimiento cultural del siglo XVIII estuvo igualmente influido por Asia. Los antiguos moralistas chinos, especialmente Confucio, fueron citados por los deístas en muchas ocasiones.

Los filósofos ilustrados evocaban frecuentemente la sublime moral tradicional de China, que se había propagado sin intervención de la revelación. Goethe y Hegel sintieron profundamente el influjo de Oriente. Pintores como Watteau, Ingres y Delacroix; escritores como Mallarmé, Flaubert, Baudelaire y Loti, y músicos como Debussy y Francis Poulenc, estaban fuertemente penetrados de orientalismo.

El filósofo alemán Nietzsche tituló su principal obra: Así hablaba Zaratustra. En ella desarrolla su teoría del superhombre y la pone —sin motivo alguno aparente— bajo la égida de Zaratustra o Zoroastro, reformador de la antigua religión irania que vivió en el siglo VII antes de Jesucristo.

Más cerca de nuestros días, Claudel, Pearl S. Buck, Malraux y tantos otros se dejan hechizar por Oriente, y en todo Occidente se conoce y aprecia al pensador indio Rabindranath Tagore.

Desde hace unos decenios, el Nuevo Mundo ejerce considerable influencia sobre el Viejo Mundo, especialmente en el terreno de la publicidad, del cine y de la música moderna. La vida diaria se ha americanizado  también  notablemente, y de ello pueden dar testimonio los tocadiscos que funcionan echando una moneda, los pantalones téjanos, las barbacoas, los supermercados, los alimentos congelados, los libros de bolsillo y las técnicas de investigación de mercados y de relaciones públicas.

Historia de los Germanos o Bárbaros Vida y Costumbres

Historia de los Germanos
Pueblos «Bárbaros» de Europa

Los germanos, que representaron un papel tan importante en la historia de Europa, proceden de Escandina-via y del norte de Alemania. Eran feroces guerreros que pusieron en un brete al imperio romano, cuya caída acabaron por provocar, aunque también mantuvieron con ellos relaciones pacíficas. Su vida familiar era de tipo patriarcal, pero la mujer ocupaba en ella un lugar importante. Adoraban a las fuerzas de la  naturaleza.

Cuando, en el año 55 antes de Jesucristo, los romanos invadieron la Galia al mando de Julio César, entraron en contacto con los germanos a lo largo del Rin. Éstos no les eran totalmente desconocidos, pues se habían visto frente a frente cuando los cimerios y los teutones, dos de las tribus germánicas, marcharon sobre Roma (113 a 101 a. de J. C).
A partir de este momento, los germanos representaron un papel importante en la historia del imperio romano. Fueron para los romanos una constante amenaza, y acabaron provocando la caída de Roma.

¿Quiénes eran esos temibles germanos? Venían de Escandinavia y del norte de Alemania, y empezaron a extenderse hacia el año 1700 antes de Jesucristo. A principios de la era siguiente, hacia el 750 antes de Jesucristo (edad de hierro), ocupaban un territorio que se extendía del Weser al Vístula. Allí experimentaron la influencia de otros pueblos más civilizados, entre los que figuraban los celtas, representantes de la cultura de Hallstatt, de quienes adoptaron, entre otras cosas, la forma de sus espadas de hierro y la costumbre de edificar templos a sus dioses.

Germanos atacando

Germanos atacan a soldados romanos

Al principio, los germanos se hallaban divididos en gran número de pequeños grupos. El historiador Tácito, que en el año 98 dedicó a ese pueblo una de sus obras, los clasificó en tres grandes familias: la de los ingevones, que habitaba la parte nororiental de la Germania; la de los hermiones, que residía en el centro, y la de los istevones, que se extendía a lo largo del Rin. Resulta difícil en la actualidad verificar la exactitud de la división propuesta por Tácito.

Entre las tribus de la época mejor conocidas figuran los frisones y los bátavos, que ocupaban la  desembocadura  del  Rin;  los tencteros, entre el Ruhr y el Lahn; los queruscos, en los alrededores de Minden, y los lombardos y los suabos, a lo largo del Elba. Según Tácito, los germanos eran de elevada talla y robusta constitución, pelirrojos y con ojos azules de mirada feroz.

Después de cierto tiempo, los grupos crecieron y algunas de las tribus se fusionaron. Así nacieron los sajones, los francos, los alamanes y los godos, que desempeñaron un importante papel en la historia de la antigua Europa. Atraídos por los seductores relatos sobre las realizaciones de los romanos y por la fertilidad del suelo en ciertas comarcas del imperio, arrollaron la línea fronteriza Rin-Danubio, que los romanos establecieran para contenerlos.

Hacía ya mucho que los germanos habían dejado de ser verdaderos nómadas vestidos con pieles de animales; cuando los romanos se pusieron en contacto con ellos, vieron que aquellos a los que habían considerado siempre como «bárbaros» sabían cultivar la tierra, criaban ganado y llevaban vestidos cuya confección requería cierta habilidad.

En las regiones originalmente habitadas por los germanos se encontraron algunos aperos de labranza e incluso varios arados anteriores a sus primeros contactos con los romanos. Entre las plantas que cultivaban podemos citar la avena.

Pero su ocupación principal era la guerra. Habitaban una región poco fértil que pronto hubieron de defender contra los invasores. Un jefe, que siempre estaba en primera línea, les guiaba en la batalla. Se dirigían al combate llevando su espada y su escudo, pero raramente ceñían casco y coraza.

Eran magníficos luchadores, y los romanos acabaron por apreciar en su justo valor la fogosidad con que luchaban. Llegaron incluso a incorporar a sus propias legiones soldados germanos, ofreciéndoles la posibilidad de escalar los puestos más altos de la jerarquía militar.

Había príncipes germanos que iban a Roma a instruirse en el arte de la guerra, experiencia que no siempre tuvo un final feliz para sus maestros, los romanos.

Recordemos, a propósito de ello, a Arminio, príncipe querusco que fue el primer resistente en la historia de los germanos y tomó el mando de un grupo de guerreros exasperados por la despiadada gestión de Quintilio Varo, cónsul de las legiones romanas en Germania durante el reinado de Augusto. El propio Varo y gran número de soldados romanos perecieron en el desastre del bosque de Teutoburgo (año 9 d. de J. C). De no haber caído víctima de una conjuración en el año 21, Arminio habría puesto los cimientos de un poderoso reino germánico.

La vida familiar de los germanos era esencialmente patriarcal. Como padre y esposo, el hombre ejercía gran autoridad sobre la mujer, aunque no tenía derecho de propiedad sobre la dote que ésta aportaba, sino sólo de usufructo.

De acuerdo con las leyes en vigor, esa dote debía componerse únicamente de bienes muebles, A pesar de ese sistema de vida, la mujer ocupaba entre los germanos un lugar importante. En casa era la que regentaba la familia, ocupándose de la educación de los niños y de que no faltara la comida. Velaba también por la salud de los suyos, pues entre los germanos la medicina era tarea propia de mujeres.

Sus alojamientos estaban hechos de madera y arcilla con techo de chamiza; no conocieron las casas de piedra hasta que entraron en contacto con los romanos. Tácito cuenta que no conocían el mortero ni las tejas, y que incluso llegaban a excavar en la tierra sus moradas, recubriéndolas de estiércol; las ocupaban en invierno, pues se sentían mejor protegidos contra el frío.

De ellos provienen los idiomas llamados germánicos: el inglés, el alemán, el holandés, el dialecto que hablaban los bóers de Sudáfrica, el sueco, el noruego, el danés y el islandés. El gótico, lengua desaparecida, era también de origen germánico, y en él escribieron sus textos más antiguos, entre los que debemos mencionar una traducción de la Biblia que data del siglo iv y que empezó allá por los alrededores del año 370 el obispo visigodo Wulfila. Este era uno de los representantes más eminentes del arrianismo, herejía muy extendida entre los germanos.

Wulfila, inspirándose en las runas germánicas tanto como en los caracteres griegos y romanos, compuso un alfabeto gótico. En esta época existían ya diversas lenguas germánicas, pero la producción literaria no empieza hasta la Edad Media.

En lo que concierne a las artes menores, los germanos conocieron una época de prosperidad durante la edad de bronce. Se han encontrado numerosas armas y joyas pertenecientes a esta época.

Al principio, como todos los pueblos primitivos, los germanos adoraban a las fuerzas de la naturaleza.

Breve Historia de Irlanda Crisis, Ataques de Inglaterra, Emigración

Breve Historia de Irlanda

Irlanda, ha participado desde los tiempos más remotos en la vida del continente europeo. Asimismo, durante siglos ha sufrido el yugo de Inglaterra. Sólo en 1948, después de larga y encarnizada lucha, y tras la opresión y despoblación de que fue víctima en el siglo XIX debido al hambre y a la emigración, los irlandeses lograron triunfar y conquistar la  libertad.

A pesar de que por su situación insular Irlanda permanece aislada del resto de Europa, desde los tiempos más remotos ha sufrido la influencia de las culturas y pueblos del continente, e incluso con frecuencia ha representado en él un papel activo.

Los descubrimientos arqueológicos que se han llevado a cabo confirman que durante la edad de piedra y, sobre todo, en la de bronce, se desarrolló en la isla una gran actividad. Parece ser que entonces Irlanda era un centro de explotación de oro.

La influencia del continente europeo entró en Irlanda con los celtas. Cuando, gracias a las carreteras romanas, el cristianismo se propagó también por las islas británicas, el movimiento llegó, asimismo, a Irlanda en el siglo V. El bretón Patricius fue su más ferviente propagador, y a su impulso Irlanda se convirtió en un floreciente centro de vida monástica.

San Patricio en Irlanda

San Patricio Evangelizando Irlanda

A principios de la Edad Media, Irlanda era un verdadero oasis de vida religiosa, comparada con el resto de Europa occidental, donde las grandes invasiones habían aniquilado no sólo los establecimientos y cultura de los romanos, sino que en numerosos lugares también habían minado la religión. Por lo tanto, la segunda evangelización de Europa se debió en gran parte a los irlandeses, y de modo especial a Columbano.

No obstante,  Irlanda no dejó de sufrir convulsiones bélicas. En el año 795 comenzaron las invasiones de los normandos, que duraron hasta 837. Sin embargo, durante los siglos IX y X subsistió en la isla una intensa actividad cultural. Pero un nuevo peligro empezaba a cernirse sobre Irlanda. A consecuencia de la subida al trono de Guillermo el Conquistador, en Inglaterra se había reforzado considerablemente el poder del soberano. Los ingleses no tardaron en organizar las primeras tentativas para conquistar Irlanda.

Las inició Enrique II Plantagenet, que se valió de las diferencias existentes entre los nobles irlandeses para inmiscuirse en los asuntos interiores de la isla e imponerse como señor feudal o soberano a varios señores. Seguidamente, las disensiones internas de los irlandeses contribuyeron a facilitar de modo progresivo el dominio de Inglaterra.

A consecuencia de la ruptura entre Enrique VIII y el papa, la resistencia de Irlanda contra Inglaterra aumentó considerablemente. Esto no impidió que en 1541 el soberano inglés se arrogara el título de rey de Irlanda. Durante su remado aumentó la presión inglesa, aun cuando los irlandeses nunca vacilaron en recurrir a las armas para defender sus derechos.

En el siglo XVI, la población irlandesa reconoció como rey a Hugh O’Neil, uno de sus jefes (1591). Bajo su sabia dirección se organizó una campaña militar contra los invasores inglesas que, después de algunas victorias iniciales, finalizó con una derrota irlandesa.

Sin embargo, la oposición renació, y más tarde provocó la intervención brutal de Oliverio Cromwell, que desembarcó en Irlanda el 15 de agosto de 1649 y aquel mismo año organizó sangrientas matanzas en Drogheda y Wexford, que no sólo causaron numerosas víctimas militares, sino también civiles.

Concedió grandes extensiones de tierra irlandesa a varios ingleses, en su mayoría soldados y comerciantes puritanos. De nuevo se estrecharon los lazos entre Irlanda e Inglaterra. No obstante, los irlandeses se aferraron al catolicismo. Pero hasta principios del siglo XIX los ingleses no se decidieron a anexionarse Irlanda.

El 11 de enero de 1801 entró en vigor el Act of Union, que estableció la anexión. Irlanda no tardaría en tener que afrontar graves problemas. En 1821, el país contaba con una de las poblaciones más densas de Europa, casi siete millones de habitantes, y siguió aumentando hasta superar ampliamente los ocho millones en 1841. Además, excepto en el nordeste (fábricas de lino), no existía el menor rastro de actividad industrial.

De 1845 a 1847 las cosechas de patatas fueron desastrosas. Entonces Irlanda sufrió un terrible período de hambre.

Esto dio origen a una gran corriente emigratoria; los estragos que provocó tal despoblación todavía pueden apreciarse. En 1891 Irlanda apenas contaba con cuatro millones y medio de habitantes. Hoy, sin contar el Ulster, apenas tiene tres millones de habitantes.

Debido a la miseria en que se había estancado la población y a la discriminación que mantenían allí los ingleses, no debe sorprendernos que los irlandeses los siguieran combatiendo. La desviación de la lucha hacia el terreno político se debió, en gran parte, a Daniel O’Connell, que se convirtió en el líder de los diputados irlandeses en el Parlamento inglés.

En el campo de la política, los irlandeses querían obtener la independencia. En el aspecto religioso consolidaron el culto católico a expensas de la Iglesia de Estado anglicana. Por último, desde el punto de vista social reivindicaron mejores condiciones de vida.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, una asociación secreta, los fenianos, organizó la lucha por la independencia. Los irlandeses que habían emigrado a América apoyaban y dirigían esta agrupación, cuya figura cumbre fue Carlos Stuart Parnell, con la esperanza de constituir un día una República Irlandesa. Gracias a la obstrucción parlamentaria, esperaba que se concediera prioridad a los problemas de los irlandeses que exigían la autonomía.

Parnell asumió también la presidencia de la Irish National Land League, que defendía a los campesinos irlandeses contra la arbitrariedad de los propietarios ingleses. Pero todos los planes fracasaron ante la mala voluntad de los ingleses o de los protestantes del Ulster.

Sin embargo, esto sólo estimuló a los irlandeses. Durante la primera guerra mundial se votó la ley sobre la autonomía, que no entró inmediatamente en vigor. Nació una nueva organización, la de los Sinn Feiners, que pretendía romper de modo deliberado con Inglaterra. La bomba estalló después de la guerra.

En 1922, Collins y De Valera elaboraron por fin la Constitución y después el desarrollo del Estado libre de Irlanda, del que el Ulster no forma parte. Sin embargo, hasta 1948 todavía subsistieron diversas obligaciones con respecto a la Corona inglesa.

Ver: Conflicto Irlanda – Inglaterra

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Movimiento Iconoclasta del Imperio Bizantino Emperadores Iconoclastas

Movimiento Iconoclasta de Bizancio
Emperadores Iconoclastas

En el año 476 de la era cristiana, Odoacro, jefe germánico de los conquistadores bárbaros, depuso al emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo. El acontecimiento marcó el fin de una época en la Europa occidental. Por otro lado en Oriente, el imperio seguía viéndose agitado por la presión bárbara.

Desde la nueva gran capital que Constantino había construído en el Bósforo, «Constantinopla, la nueva Roma», sus herederos y sucesores gobernaron un imperio que se extendía desde el Danubio a Assuan y de la costa de Dalmacia a las montañas de Armenia. El último de ellos, con su herencia un tanto disminuida por las guerras que tuvieron lugar a lo largo de los siglos, murió defendiendo la ciudad contra los turcos otomanos en 1453.

fuego griego

Los bizantinos utilizaron su arma secreta, el fuego griego, con gran éxito contra los árabes. Era una mezcla de cal viva, petróleo y azufre y ardía en cuanto la cal viva entraba en contacto con el  agua.

Tres raíces. La civilización bizantina tenía tres raíces: en Roma, en Grecia y en el Próximo Oriente. Pero los bizantinos no fueron simples receptores pasivos de las influencias del pasado. Continuaron las tradiciones e ideas del imperio romano, de la Grecia helenística y de los mundos semítico e iraní, parcialmente helenizados, pero elaboraron su propia síntesis. Crearon una estructura de ideas sobre Dios y el hombre, gobernantes y gobernados, la naturaleza y el arte, más resistente y duradera que ninguna otra en el mundo entonces conocido.

El imperio bizantino era un estado centralizado en un mundo medieval de poderes fragmentados y locales. Heredó del imperio romano de Diocleciano y sus sucesores una estructura integrada por provincias y departamentos de estado, un sistema legal común, una compleja maquinaria de recaudación de impuestos en moneda y en especie y una burocracia culta y profesional.

Un emperador fuerte podía dirigir y modificar estos elementos para ajusfarlos a las circunstancias cambiantes; un emperador débil pronto se daba cuenta de que los procesos de gobierno no necesitaban más que su participación formal.

El emperador y el patriarca
El emperador era un autócrata que no tenía que responder de sus actos ante nadie, como un monarca helenístico. Pero era un gobernante cristiano de un país cristiano. A los primeros creyentes les intranquilizaban los gobernantes seculares, pero los consideraban como una molestia pasajera; lo importante era la segunda venida de Cristo.

El cristianismo bizantino había absorbido la visión jerárquica del universo propugnada por la filosofía griega del último período. El emperador era el representante de Cristo en la Tierra, el mediador entre Dios y su pueblo, y su persona y todos sus actos tenían un  carácter   sagrado.

Junto a él se alzaba el patriarca, jefe de la Iglesia Ortodoxa, cuyas diócesis tenían una estructura coincidente con las divisiones administrativas del Imperio. A los historiadores acostumbrados a los conflictos entre el papado y el imperio en el Occidente medieval les parecía que la Iglesia no era más que un departamento del estado de Bizancio.

La iglesia bizantina nunca tuvo que operar en un vacío de poder, como el papado a principios de la Edad Media. La Iglesia y el Imperio cristianos eran dos caras de la misma moneda. El patriarca era el responsable de la pureza de la fe y de la oración y la liturgia, que aseguraban la protección divina. El emperador se ocupaba de los asuntos de este mundo, entre los que se incluía el de comprobar si sus subditos se adherían a la fe proclamada por el patriarca.

Tal era el ideal; los conflictos esporádicos eran debidos  a  la  imperfección humana.

templo bizantino en la roca

El Valle de Goreme, en Capadócia, Turquía, está compuesto de extrañas formaciones rocosas. Allí se cincelaron muchas iglesias, bellamente pintadas, y se utilizaron como refugios durante las invasiones árabes.

Los monjes, cuyos incontables monasterios no estaban organizados en Ordenes, como en Occidente, velaban por el patriarca y el emperador. El prestigio del hombre santo, que renunciaba al mundo y a sus obras en pos de la comunión directa con Dios, era inmenso en Bizancio.

En ellos, más que en la iglesia secular, buscaban los hombres orientación moral, seguridad emocional y, en ocasiones, una protesta efectiva. Tuvieron un importante papel en las complejas relaciones entre la Iglesia y el Estado.

Puesto que había un solo Dios y una sola Iglesia, no podía haber más que un emperador. Teóricamente el imperio bizantino representaba a todo el mundo cristiano. Los demás estados eran aberraciones temporales y lamentables, o parte de un plan divino para castigar a los bizantinos, que a menudo se llamaban a sí mismos Nuevo Israel por sus pecados y herejías.

Un emperador que sufría frecuentes derrotas u oposición no era un verdadero monarca. Podía ser depuesto por un rival victorioso, a quien evidentemente Dios favorecía más. Los emperadores eran entronizados y depuestos a veces con asombrosa rapidez, pero el imperio, y el plan divino del que éste era un mero instrumento, eran indestructibles.

Los iconoclastas
Esta concepción del mundo dio a los bizantinos una gran confianza. Fortaleció su superioridad tecnológica y económica y su poder militar, a menudo brutal, mientras las cosas fueron bien y les proporcionó una gran capacidad de reacción y resistencia ante la adversidad y la derrota. Ello significa que los conflictos políticos se concebían desde el punto de vista religioso.

En los días oscuros de mediados del siglo VIII, León III y su patriarca declararon que el culto tributado a las imágenes de los santos era idólatra. Los emperadores iconoclastas, apoyados por los ejércitos de Asia Menor, empezaron a destruir las imágenes y los mosaicos de las paredes de las iglesias, a cerrar monasterios y confiscar sus propiedades y a denunciar y perseguir a los partidarios de las antiguas prácticas religiosas. Durante un siglo, con un breve respiro, los iconoclastas se mantuvieron en el poder.

Los teóricos de la iconoclastia eran sinceros en sus afirmaciones. Creían que los largos años de derrota y humillación a manos de árabes y búlgaros eran una señal de desagrado divino y había que encontrar la causa. Los sutiles argumentos filosóficos acerca de la relación entre imagen y realidad, heredados de la filosofía griega, parecían sospechosos en una época más dura. Pero tras la disputa filosófica se escondía la actitud rígida de los duros soldados de origen campesino del Asia Menor, de los que dependía ahora el destino del imperio. Se resentían de la perfeccionada cultura de la capital y eran hostiles a la creciente riqueza y poder de los monasterios.

mosaicos bizantinos

Un panel de marfil del siglo X representa a Cristo bendiciendo a Romano II y a su esposa Eudocia. El emperador emprendió una victoriosa expedición que arrebató Creta a  los sarracenos.

Una cultura «griega»
Bizancio no sólo era cristiana; también era griega, sobre todo desde la pérdida de sus provincias egipcia y siria en el siglo vil En Bizancio, como en el mundo helenístico del que era heredera, el ser griego no tenía nada que ver con la raza. Era una cuestión de idioma y cultura.

Muchas de las personalidades del mundo bizantino, incluyendo algunos emperadores, eran de origen armenio: Juan Axuch, amigo personal y principal ministro del papa Juan II, era un turco seldjúcida; Romanos, el mejor himnógrafo de la Iglesia Ortodoxa, sirio; Gregorio Pakurianos, comandante en jefe del ejército bizantino en el siglo XI, de Georgia. El poder absorbente de la cultura griega cristiana era tan grande como en su día lo fue la pagana.

Y sin embargo los bizantinos no se llamaban a sí mismos helenos (griegos), al menos hasta sus últimos días; se les conocía como romanos, pues el imperio romano nunca llegó a su fin en Oriente. Para ellos no hubo una Edad Media que los separara bruscamente del mundo antiguo, ni tenían la sensación de ser los supervivientes de un cataclismo, como a menudo ocurría en Occidente. Este sentimiento de continuidad hizo que les resultara fácil y tentador el tratar de recrear el mundo antiguo, aunque, por supuesto, en versión cristiana.

El resurgimiento político y militar bizantino tras el siglo de iconoclastia fue acompañado de un renacimiento cultural. Los hombres investigaron, copiaron, estudiaron e imitaron las obras griegas clásicas de literatura, filosofía y ciencias. Aprendieron directamente de Tucídides, Polibio y Plutarco cómo analizar el carácter individual de los hombres y su conducta política. Utilizaron como modelos a los retóricos de Grecia para hablar y escribir con elegancia y persuasión. De Galeno y sus sucesores aprendieron los secretos de la medicina.

De Arquímedes, Euclides y Ptolomeo adquirieron la austera visión de las matemáticas. Incluso estudiaron a los novelistas griegos y de ellos aprendieron el arte de la ficción. Su herencia llegó a abrumarles. A veces desearíamos que se hubieran preocupado menos por la conservación y más por la autoexpresión.

Y sin embargo, no carecían de originalidad, aunque a menudo estuviera enmascarada por la imitación de los modelos clásicos. Alguna vez, al seguir el pensamiento de Platón, pusieron en tela de juicio, aunque involuntariamente, los fundamentos de la revelación cristiana.

La instrucción y la cultura no estaban monopolizadas por el clero. Los laicos también eran hombres de letras, y un erudito no religioso podía ser nombrado patriarca y pasar por las distintas órdenes canónicas en pocos días. Es lo que sucedió en el siglo IX, con Focio, el hombre más culto de su época, alto palaciego, patriarca y suscitador del «cisma de Oriente». Es sorprendente que muchos emperadores fueran a su vez hombres de letras.

La sociedad bizantina era muchísimo más ilustrada que la de la Europa occidental, hasta que ésta última emergió de la Edad Media.

En las artes plásticas encontramos elementos griegos, romanos y orientales fundidos y mezclados, que forman algo nuevo. Muchos de los exquisitos relieves de marfil y alabastro son de sentimiento e inspiración clásicas. En los mosaicos, pinturas e iconos con que estaban adornadas las iglesias bizantinas la figura humana pierde sus proporciones clásicas y se resaltan los ojos, como en los retratos de las momias egipcias, y las figuras son planas y alejadas del espacio real y tridimensional.

Las iglesias bizantinas tenían un exterior de obra de ladrillo lisa o con decoraciones muy simples. Pero en el interior estaba pintado en vivos colores el esquema del universo y el plan de salvación, desde los profetas, en el atrio, a través de la procesión de santos y los sucesos de la vida de Cristo y la Virgen, que resplandecían en el ábside, hasta Cristo, el Pantocrator (Todopoderoso), en la cúpula que lo coronaba todo. Los fieles se veían conducidos al mundo eterno que les rodeaba por todos lados.

Karie Cami
Las figuras abstractas y ascéticas del siglo IX (los iconoclastas destruyeron la mayor parte del arte figurativo eclesiástico anterior y, por su parte, no produjeron ninguno) son sustituidas por figuras austeras y poderosas en los siglos X y XI.

Todavía pueden verse en Grecia en la iglesia de Dafni, en Hosios Loukas y en el Nea Moni, en la isla de Chios. Son la expresión de la confianza y la fuerza de la sociedad bizantina de la época. Al igual que en la literatura, también el arte del siglo XII presenta una vuelta a las representaciones más dinámicas y clásicas.

Los grandes mosaicos de la Sicilia normanda, de Palermo, Monreale y Cefalú, obra de artistas bizantinos, constituyen la mejor muestra de este arte.

Tras la restauración bizantina de 1261, aparece un nuevo y tierno estilo humanista, basado en el arte clásico del siglo anterior. Los magníficos y cálidos frescos y mosaicos del Karie Cami, en Estambul, que no se han abierto al público por completo hasta fecha reciente, son los mejores monumentos de este último período del arte bizantino, que sin duda alguna contribuyó al florecimiento del arte prerrenacentista italiano de Giotto y sus contemporáneos.

La tradición artística bizantina subsistió tras la caída de Constan-tinopla en Creta, donde nació y se educó Domenikos Theotokopoulos, El Greco.

El arte secular es menos conocido, aunque parece haber pasado por las mismas etapas que el eclesiástico. Nos ha llegado a través de ilustraciones de libros, pues los grandes palacios, con sus frescos y mosaicos, están todos destruidos.

Visto desde la perspectiva de nuestros días, el principal papel de Bizancio fue la conservación de las ideas del mundo clásico hasta el Renacimiento, que en los demás lugares se habían perdido. Pero no fue nunca una conservación pasiva y desinteresada. Como todas las sociedades, los bizantinos adaptaron, transformaron y enriquecieron su legado y lo hicieron llegar a nosotros, sus herederos.

Fuente Consultada:
Enciclopedia La Fuente del Saber – Tomo II La Evolución Social – Ediciones Cisplatinas S.A.

Las Hordas Mongoles Vida , Costumbres y Conquistas

VIDA Y COSTUMBRES DE LAS HORDAS MONGOLES

Los mongoles han representado un importante papel en la historia de Asia. Son nómadas, y su vida está hecha, por tanto, de continuos desplazamientos forzados por la necesidad de encontrar la hierba necesaria para la alimentación de sus grandes rebaños de corderos y cabras. Estos animales les proporcionan carne, leche, mantequilla y queso. Como animales de carga, los mongoles utilizan el camello y un caballo de pequeña estatura, pero de gran resistencia.

los mongolesLa extensión de la estepa, y su pobreza, los obligan a desplazarse de estación en estación. Desde este punto de vista se les puede comparar con los lapones y otras poblaciones de Eurasia septentrional.

Viven en tiendas en forma de quesera, que levantan formando un enrejado de sólidas tablas, y cubriéndolo después con mantas de lana burda. Estos campamentos de tiendas deben considerarse pueblos ambulantes.

Ningún extranjero podría decir con exactitud dónde se encuentran esas aglomeraciones. Sólo los mongoles saben en qué lugar se hallan sus vecinos. Nadie debe aventurarse solo por esas inmensas extensiones, pues quien lo hiciera correría el riesgo de no encontrar un alma viviente, ya que los mongoles  vagan   a  la   aventura.

La vida de este pueblo ha estado siempre envuelta en el misterio. El extranjero se siente poseído de una inexplicable inseguridad, de una continua amenaza… Los actuales mongoles no difieren mucho en usos y costumbres de aquellos antepasados suyos que surcaban las estepas hace centenares de años. Su pasado se pierde en la noche de los tiempos. Su fuerza era legendaria.

Uno de esos mongoles, Temudjin, a fines del siglo XII, reunió las tribus nómadas turco-mongolas. Eran grandes jinetes, de cráneo redondo, pómulos salientes, ojos rasgados, piel amarilla, cabello lacio y negro y piernas arqueadas. Temudjin sometió a cierto número de tribus y durante una primera asamblea solemne celebrada en 1206, se otorgó a sí mismo el título de Djingiz Khan o Gengis Kan, es decir, el más poderoso de todos los jefes, o también, el emperador inflexible. Conquistó la ciudad, de Karakorum e instaló en ella su residencia.

viajes de los mongoles

Caravanas  Mongoles

Hasta entonces no había visto nunca una ciudad y no sabía leer ni escribir, pero su ejército de 100.000 hombres le permitió franquear la Gran Muralla de China, tomar la capital Yen-King, que se convertiría en Pekín, al norte de China y conquistar Corea. Yen-King fue saqueada e incendiada.

Cuando estalló una rebelión en el Lurquestán, Gengis Kan conquistó el país, incluida Samarcanda, una de las ciudades comerciales más importantes de la época, y exterminó sin piedad a la población, que había cometido la audacia de rebelarse.

Mientras sus lugartenientes realizaban incursiones por Rusia meridional, Gengis Kan marchó sobre el Irán y llegó hasta el Dniéper. Su imperio fue el mayor que conoció el mundo hasta entonces. Admitía todas las religiones, pero hacía que reinaran, por el terror, la autoridad y el orden.

Murió en 1227 durante los preparativos de una nueva campaña. En vida repartió este imperio entre sus cuatro hijos, pero esto no impidió que Ogotai fuera designado Gran Kan, a pesar de que no era el primogénito.

Lo primero que hizo Ogotai fue lanzarse al ataque de la China meridional, luego de Rusia meridional y, por último, de Occidente. Veinticinco mil jinetes arrasaron Vladimir, Moscú y Kiev, derrotaron a los caballeros de la Orden Teutónica’ y asolaron Hungría, para llegar finalmente a la costa adriática.

Ogotai murió en 1241, y los jefes mongoles se retiraron a Rusia meridional donde fundaron el reino de la Horda de Oro con Serai como capital. Serai estaba situada en un afluente del Volga. Desde 1240 hasta 1450, Rusia vivió bajo el dominio mongol. El kan permitió que subsistieran los principados rusos, pero les designó jefes e instaló guarniciones en las ciudades a fin de mantener el orden.

Kublai, el sucesor de Ogotai, conquistó toda China. Fue el fundador de la dinastía Yan y se adaptó fácilmente a la civilización ya muy evolucionada de sus nuevos subditos. Los soberanos de Annam y Birmania tuvieron que reconocer, asimismo, su soberanía. En cambio, la flota que envió para conquistar el Japón sufrió una decisiva derrota. Marco Polo dijo con razón que este kan era el hombre más poderoso desde Adán.

Trasladó su capital de Karakorum a Pekín, y éste fue, sin duda, su mayor error político, pues se rompió la unidad del imperio mongol.

En Rusia el reino de la Horda de Oro se vino abajo, en 1502. En el siglo XIX se encontraron los vestigios de Karakorum. Seis siglos antes, esta ciudad había poseído una docena de templos, dos mezquitas y una iglesia cristiana nestoriana.

No se puede hablar de cultura mongol. Una figurilla del siglo vn, el jinete azul de Astrana, hallada al norte del Turquestán, testimonia un esplendoroso pasado y recuerda a los grandes jefes mongoles. Éstos tuvieron el mérito de poner a Europa en contacto con la civilización china, que en aquel momento mostraba un indudable adelanto sobre la cultura occidental.

Por este motivo no se puede achacar al azar el hecho de que el desarrollo de la técnica, que aceleró el fin de la Edad Media, se produjera inmediatamente después de las conquistas mongolas. El compás, la pólvora y el papel se deben, en efecto, al ingenio chino.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Juvenil Tomo I AZeta – Editorial Credsa

Origen del Conflicto entre Inglaterra e Irlanda La Religión

Historia y Origen del Conflicto
Entre Inglaterra e Irlanda

Los actuales problemas de Irlanda tienen su raíz en la discriminación social. El enfrentamiento entre las dos comunidades, la católica y la protestante, separó al país en dos partidos. Al triunfar los segundos en el aspecto político, los católicos se vieron en una situación precaria, hasta el punto de que no han tenido derecho al voto hasta hace muy poco tiempo.

La lucha por unos derechos civiles iguales a los del resto de los ciudadanos británicos ha desencadenado una situación que, además del religioso, presenta un carácter político-social, producto de los tiempos actuales. Estudiando la evolución histórica del país, se comprenderán mejor los problemas actuales.

El Imperio angevino o de la Casa de Anjou
Cuando hace 800 años Inglaterra fijó sus ojos en la tentadora Irlanda, comenzaron a establecerse amargas relaciones entre ambos países. Inglaterra, unida interiormente y con un imperio más allá de los mares, luchó durante siglos para obtener con razón el nombre de Islas Británicas y su único medio era dominar Irlanda. El tiempo ha demostrado su fracaso.

Los primitivos gobernantes ingleses tuvieron poco interés en aquellas tierras salvajes.

Los romanos, aunque se sintieron tentados por la conquista, no pasaron de pensar en la posibilidad de añadir Irlanda a su imperio y se contentaron con dominar los campos ingleses.

La desgracia de Irlanda es que nunca obtuvo grandes ventajas de las civilizaciones que la invadieron.

Durante la oscura Edad Media, su única luz provino de San Patricio, que le trajo la cultura y la religión cristianas. Más tarde, igual que Inglaterra, sufrió la barbarie de las invasiones nórdicas, pero ganó muy poco con su presencia, como no sea los puertos, de los que destacaba Dublín.

La invasión normanda de 1066, que tanto favoreció el desarrollo futuro de Inglaterra, no hizo ningún bien a Irlanda. Los adelantos que trajeron a Inglaterra los gobernantes normandos procedentes de la civilización que dejaban atrás, tales como un gobierno central, la unidad y un poder militar, le fueron negados durante siglos.

Cuando, por fin, los reyes normandos, bajo Enrique II, empezaron a extender el imperio angevino, se comprendieron las ventajas de tener dominada a Irlanda. Pero la conquista no iba a ser fácil ni completa.

En 1166, la caótica política interna de una Irlanda dividida iba a dar su oportunidad a Enrique II; temeroso de que sus propios representantes en el país se hicieran demasiado poderosos, intervino personalmente en la situación y se hizo reconocer como señor por la Iglesia irlandesa y por los atemorizados jefes del país.

Así Irlanda formó parte del imperio angevino; el feudo irlandés creado por Enrique duró cuatro siglos.

Atraídos por la explotación de aquellas tierras casi vírgenes, los señores anglonormandos se introdujeron en el interior de la isla. Pero no fue la suya una conquista como la de los normandos en Inglaterra un siglo antes.

Se estableció una sociedad semi-feudal y un sistema jurídico, pero la conquista no aprovechó mucho a los reyes ingleses. No se pudo establecer un gobierno central y permanecieron vigentes todas las características de la vieja Irlanda. Surgió un elemento nuevo de esta situación: la aristocracia angloirlandesa, que, profundamente celosa de sus derechos y formada por señores anglonormandos, se apoderó de todas las tierras.

El rey inglés descuidó sus deberes para con Irlanda. Juan Sin Tierra, en su primera visita a los irlandeses, demostró por varios hechos imprudentes que su madurez como gobernante no había sido alcanzada, aunque varios años después, en su segunda visita, en 1210, consiguió que la autoridad real fuera aceptada y que el gobierno, centrado en Dublín, cobrara nueva eficacia. Para la permanente vergüenza de Inglaterra, hasta la visita de Ricardo II en 1394, ningún otro rey inglés puso los pies en tierra irlandesa.

Durante el reinado de Eduardo I hubo un período  de paz que permitió a Irlanda el desarrollo del comercio propio y la adaptación al nuevo sistema de «condados» importado de la metrópoli.

Pero después de esta centuria de calma relativa, una invasión escocesa destruyó todas las esperanzas del país. 6.000 escoceses a las órdenes de Eduardo Bruce, ansioso de perturbar a los ingleses aún más después de algunas victorias obtenidas sobre ellos, se lanzaron sobre la isla en una guerra destructiva y salvaje.

Este Eduardo fue proclamado rey de Irlanda, pero lo mataron en el año 1318. Como resultado, los recursos del país se agotaron, el progreso fue detenido y el control inglés se redujo a una estrecha faja costera en los alrededores de Dublín.

La isla quedó otra vez abandonada a los pillajes de los señores feudales y con el estallido de la Guerra de los Cien Años Inglaterra derivó su atención por completo hacia Francia.

La ley de Poynings
En el siglo XIV preocupaba a Inglaterra que su zona de influencia en Irlanda no se pudiera mantener ni extender. Los ingleses sostenían que eran los dueños de todo el país, pero la verdad era que el Pale consistía en un pequeño foco de civilización en medio de una tierra primitiva y salvaje.

Cuando los esfuerzos de Ricardo II por extender su dominio en la isla fracasaron, Irlanda se vio libre para seguir su propio camino.

Poco atractiva, inhospitalaria y arrinconada en un extremo de Europa, Irlanda se vio aislada de la vida del continente, oculta por Inglaterra. Mientras que esta última nación pasaba de la Edad Media al mundo moderno, la isla quedaba abandonada, sus recursos sin explotar y su pueblo dominado. Pero, por su posición, iba a ser crucial en la defensa estratégica de Inglaterra.

Era casi un cuchillo clavado en la espalda de Gran Bretaña.

El gobierno de los Tudor significó poco para Irlanda, pero cuando Inglaterra se convirtió en una de las potencias europeas, los problemas internos de la isla pidieron una pronta solución.

Enrique VII toleró un gran terreno independiente en el corazón de Irlanda, hasta que su creador se permitió la coronación de un rey como «Eduardo VI», que fue rápidamente eliminado. Enrique trató de gobernar el país por medio de un diputado inglés, apoyado por un ejército formado sólo por ingleses.

Después de varias luchas se procedió a la publicación de un estatuto llamado «ley Poynings» (nombre del diputado inglés), que, aprobado en 1494, ha permanecido en vigor hasta el siglo XIX.

Este estatuto fue desvirtuado en favor de los ingleses y por él se establecía que no se podía abrir un parlamento en Irlanda hasta que el Rey y su consejo lo hubieran autorizado con su sello. Con esta ley los ingleses han podido controlar durante siglos los trabajos de la constitución irlandesa.

enrique viii rey de inglaterraEn 1534 cambió el aspecto de la historia de Irlanda. A partir de este momento, la metrópoli organizó un verdadero plan de reconquista. Enrique VIII se hizo llamar rey de Irlanda y al final del reinado de Isabel I casi toda la isla se hallaba bajo régimen militar.

A pesar del sistema represivo usado por los Tudor, en esa época es cuando Irlanda llegó a ser una verdadera amenaza para los ingleses.

Cuando Inglaterra, le volvió la espalda a Roma durante la Reforma, los irlandeses prefirieron permanecer dentro de la religión católica. Isabel I tuvo que tener ejércitos dispuestos continuamente en el campo de batalla para aplastar la aparición de constantes rebeliones irlandesas.

La matanza de Drogheda
Los monarcas de la casa Tudor, ansiosos de acabar para siempre con el problema, intentaron colonizar las turbulentas tierras.

Las protestas de los irlandeses fueron en vano y cuando Jacobo I fue aceptado como rey, grandes terrenos habían sido expropiados de sus poseedores irlandeses y entregados a los escoceses o a los ingleses.

Siguiendo la misma política, los seis condados del Ulster, en el norte, se entregaron a los colonizadores extranjeros en 1608. Como es natural, estos nuevos señores eran protestantes, y así empezó el conflicto entre las dos religiones, que todavía no se ha resuelto.

cronwellOliverio Cromwell fomentó aún más tan amarga realidad. Carlos I, para proteger su tambaleante trono, creó en Irlanda un ejército de reserva, que en la década de 1640 se rebeló en apoyo de su hijo, el príncipe Carlos. Oliverio Cromwell, principal apoyo del Parlamento inglés, fue a Irlanda en 1649 y derrotó al ejército realista en una cruel campaña.

La guarnición de Drogheda fue pasada por las armas, así como 1.500 ciudadanos y todos los sacerdotes del condado de Wexford. Al final de aquel año, toda la costa de la isla estaba en poder de Cromwell.

Irlanda nunca olvidó aquellos amargos días y a partir de entonces sólo una pequeña zona del oeste del río Shannon siguió en poder de los señores irlandeses.

A pesar de ello, todos los monarcas ingleses tuvieron que dedicarse a la reconquista de Irlanda.

Tras cada acción de guerra, se dictaban nuevas leyes que entregaban la tierra  a  los  protestantes  o  que  restringían la vida particular de los irlandeses para evitar que ganaran poder o influencia.

El Parlamento inglés trataba a la nación como enemiga y hasta 1793 no se les concedió derecho al voto a los católicos, ni podían tomar asiento en sus propias Cortes.

El comercio, la industria y la agricultura estaban tan atrasadas que el país se hallaba sumido en la pobreza.

Como el predicamento de los protestantes aumentaba sin cesar, la Unión de Irlandeses, imitando la revolución francesa, se levantó contra la metrópoli y pidió ayuda a Francia. Los franceses no pudieron desembarcar por culpa de una tormenta y la rebelión fue aplastada por Inglaterra.

En 1800 se aprobó el Acta de Unión igualando los derechos de ambas comunidades, pero Jorge III la echó por tierra, obligando a William Pitt el Joven a anular la promesa de emancipación.

Los irlandeses tuvieron que esperar hasta 1829 para obtenerla; pero; como es natural, ni la igualdad de derechos ni la emancipación extirparon la pobreza, que siguió haciende estragos en el país.

En 1846, el hambre causada por la destrucción de las cosecha? mató a más de un millón de habitantes Entonces empezaron las emigraciones a América.

william pitt

William Pitt el Joven, obligado por Jorge III a anular la promesa de emancipación que se hizo a los católicos para aplacar la rebelión   irlandesa   de   1798.

Los emigrantes influyeron de tal manera, que Gladstone, en 1868, permitió una mayor libertad religiosa y bajó los impuestos sobre las tierras. Intentó también conseguir para los irlandeses un gobierno nacional, pero le fue imposible. El partido liberal inglés, durante la Primera Guerra Mundial, siguió intentando la autodeterminación, encontrándose siempre con la oposición de los conservadores y en el año 1916 hubo nuevos mártires de sangre irlandesa.

Por fin, en 1921, aprovechando el cansancio de Inglaterra después de la guerra, se estableció el Estado libre de Irlanda, aunque el Ulster seguía fiel a la metrópoli por su carácter protestante.

Así está el conflicto actualmente. Irlanda, escindida espiritual y políticamente, lucha por su unión y por su independencia definitivas como desde hace 850 años.

Fuente Consultada:
Colección La LLave del Saber  Pasado y Presente del Hombre  –  Tomo I –  Editorial Plancton

Ver:Breve Historia de Irlanda

Historia de la Orden del Cister Bernardo de Claraval

Historia de la Fundación de la Orden del Cister

La orden del clster es unaorden monástica católica reformada, cuyo origen se remonta a la fundación de la Abadía de Cister por Roberto de Molesmesen 1098. Debe su considerable desarrollo a Bernardo de Claraval. su influencia y su prestigio personal hicieron que se convirtiera en el cistercíense Más Importante del Siglo XII, aún no siendo el fundador sigue siendo todavía hoy el maestro espiritual de la Orden.El Císter proporcionó numerosos santos a la Iglesia, comenzando por  san Roberto de Molesme, san Esteban Harding, y san Bernardo de Clairvaux (o de Claraval).

Todo empezó en el ano 1098, cuando un grupo de 21 monjes benedictinos, con su abad Roberto al frente, salieron del Monasterio de Molesme, movidos por el Espíritu Santo, en busca de un lugar solitario, Citeaux (Cister), donde poder buscar a Dios con mayor autenticidad y sencillez, llevando una vida en pobreza y soledad, y proveyéndose de lo necesario con su propio trabajo. Su norma de vida seña el Evangelio y la Regla de San Benito en toda su pureza.

El 21 de marzo fue la fecha elegida para establecerse en el Nuevo Monasterio. Los comienzos no fueron fáciles; la pobreza material y la escasez de vocaciones se prolongarían varios años. Pero esto no arredró el ánimo de los monjes, que trabajaron por convertir aquel lugar inhóspito en un vergel.

El santo fervor de los hermanos hizo que Odón, el duque de Borgoña, les favoreciera abundantemente, contribuyendo a lo construcción del Monasterio y entregándoles tierras y ganados para su sustento. Cister fue elevado al rango de Abadía, bajo el patrocinio del Obispo de Chalons, titular de aquella diócesis (en la actualidad Dijon).

primer monasterio de cister

Este monasterio situado al sur de Navarra, a 34 kilómetros de Tudela, es el primer monasterio que la
Orden del Císter construyó en la Península Ibérica.

HISTORIA DE SU FUNDACIÓN: En Lombardía, se inició a un movimiento que exigía un retorno a la pobreza y abstinencia de la Iglesia primitiva.En el siglo XI, el obispo Pedro Damián estimuló esta acción, y creó, a su vez, comunidades de clérigos, en las cuales la vida monástica se desplegó en una asombrosa austeridad.

De todas partes surgieron tendencias extremistas que, superando la experiencia de Cluny, buscaban otras vías de salvación. Así procedieron los que, influidos por la lectura de los Padres del desierto, llegaron a preconizar una vida solitaria.

En 1084, un monje llamado Bruno fundó la orden de los cartujos, partiendo de un monasterio organizado por él cerca de Grenoble: la Gran Cartuja. Después, ante los desórdenes internos que se produjeron en el monasterio, varios monjes, bajo la dirección del abad Roberto de Molesme, quien ya había cuestionado y alejado de la Orden de Cluny , decidieron abandonarlo en 1098.

Encontraron el sitio adecuado en la árida región borgoñona de Citeaux, (traducida al español como Císter) donde levantaron una capilla y un modesto cenobio. Los primeros tiempos no fueron fáciles, debido a lo inhóspito del lugar. Aparte de las privaciones inherentes a la vida monacal, su ignota ubicación no atraía nuevos monjes para aumentar su número o emprender nuevas fundaciones. La falta de agua obligó a Roberto a trasladarse a un emplazamiento cercano que pertenecía a la diócesis de Dijon, ciudad capital del ducado de Borgoña. Tanto el obispo como el duque Eudes de Borgoña prestaron ayuda a aquellos monjes tan virtuosos, contribuyendo a la erección del monasterio y entregándoles tierras y ganado para su subsistencia.

Esta orden fundada en 1098 por Roberto de Molesme, la comunidad cisterciense vivirá en una austeridad voluntaria y total, sin ningún regalo en el vestido o en la comida.

Estos monjes vestidos de blanco, que dormían en una sala común y comían juntos en un refectorio, se consagraron a la oración y al trabajo de los campos, pero, a diferencia de los de Cluny, no percibían ninguna renta de sus tierras. Los monjes estaban divididos en dos categorías: los más instruidos y aquéllos cuyo origen social era elevado, llegaban a ser monjes de coro y no estaban obligados más que a los ejercicios espirituales, a diferencia de los «conversos», vestidos con hábitos pardos, a quienes su pobreza de procedencia conducía a trabajar los campos, y, por ello, se convertían en la mano de obra de los padres blancos.

El papa Urbano II concedió a la nueva Orden el estatuto de Privilegio Romano, al tiempo que exigía a Roberto que reasumiera su antiguo puesto en Molesme, a pedido de los monjes que habían permanecido en esa abadía. Su sucesor fue el hasta entonces prior del Císter, un monje llamado Alberico, que gobernó con acierto la congregación consolidando su prestigio y sus bienes.

Otro destacado abad de esa época fue Esteban Harding, resultó un gran promotor del Císter, que bajo su guía experimentó una notable expansión. Fue autor del Exordio Parvo y de la «Carta de Caridad», escritos que fijaron definitivamente las normas de vida de la Orden, su organización interna y, en definitiva, su Regla. Bajo la conducción de Esteban Harding (posteriormente canonizado) se fundaron las primeras cuatro nuevas abadías, conocidas como «las cuatro hijas del Císter».

En 1112 se presentó en Citeaux un grupo de treinta laicos encabezados por un joven llamado Bernardo, que pidieron ingresar como monjes. Esteban aceptó ese ruego y tres años después envió a Bernardo a fundar una nueva abadía en Clairvaux (Claraval). Esta congregación fue una inesperada y brillante estrella en la aún escasa constelación del Císter.

El Císter alcanzó renombre en toda Europa, gracias al ingreso de este joven noble de excepcional valor, seguido de sus compañeros: San Bernardo. En 1115, San Bernardo fundó cerca de Troyes su propia abadía: la de Claraval. Excelente polemista, San Bernardo representó, en el siglo XII, un papel muy importante en las famosas discusiones entre teólogos, en las cuales fue el adversario de Abelardo; después representó, igualmente, un gran papel en la segunda cruzada.

Su comunidad interna llegó a reunir 700 monjes, más otros miles en los 160 monasterios que dependían de ella. El polifacético Bernardo de Clairvaux obtuvo un particular poder dentro de la Iglesia, que le permitió tanto inspirar la fundación de la Orden del Temple como intervenir con autoridad en los conflictos del Vaticano.

Cuando murió, en 1153, la orden cisterciense estaba ya sólidamente implantada y tenía a su cabeza una direción colectiva: el Capítulo General, que reunía todos los años a los abades de las diferen tes casas. Durante casi dos siglos, las abadías aparecieron como puertos donde se refugiaba lo más noble y elevado del hombre medieval: el trabajo, la cultura y la fe.

Fuente Consultada:
HISTORAMA Tomo III La Sociedad Feudal La Gran Aventura del Hombre Edit. CODEX
Más Allá de los Pilares de la Tierra  Ken Follett Edit. Hermética Robinbook

Organización de la Iglesia y la Invasión de los Bárbaros Edad Media

LAS INVASIONES BÁRBARAS Y LA IGLESIA EN LA EDAD MEDIA

La Iglesia en la Edad Media, teniendo en cuenta las experiencias del pasado, llegó a asegurarse el monopolio de las actividades intelectuales, artísticas y educativas. La Reforma de Cluny purificó la vida monástica, pero la Iglesia secular estaba afectada por grandes vicios y los clérigos se hallaban demasiado íntimamente mezclados con el mundo y amenazados por su corrupción. El Papa Gregorio VII, en su deseo de reforma, chocó con el imperialismo dominador de Enrique IV de Alemania.

Después de la invasión de los bárbaros, la civilización occidental parecía haber retrocedido varios siglos; las estructuras de la sociedad fueron desmanteladas, las reglas elementales de la justicia romana desaparecieron, arrastradas por las hordas bárbaras, que se esforzaron en imponer sus propias concepciones por medio del Wehrgeld o precio de sangre.

En ese ambiente de degradación, de saqueo y de matanzas, la Iglesia apareció como el último baluarte de la civilización. Desde el siglo VII, el cristianismo, implantado ya en numerosas ciudades, penetró en los medios rurales, llevado por las antiguas clases dominantes, que buscaban lugares tranquilos y apacibles. Poco a poco, surgieron y se multiplicaron en el campo los lugares dedicados al culto, dirigidos por los nuevos terratenientes; los oratorios, y las capillas   bautismales   se   convirtieron   rápidamente en los centros de las comunidades cristianas: las parroquias.

La Iglesia, sin embargo, en ese contexto de violencias y de rudeza, no se limitó a una simple reorganización, sino que pasó a la ofensiva contra el paganismo renaciente y contra todas las supersticiones que se habían desarrollado entre los pueblos incultos y aterrorizados. Los reyes cristianos no escatimaron su ayuda a esta obra, que muy pronto se identificó con una tarea de reconstrucción del Estado.

Fue ésta la época de las grandes giras pastorales de los obispos contemporáneos del rey Dagoberto: San Eloy, San Omer, San Sulpicio. Prelados y misioneros partieron a evangelizar el norte de la Galia, y la cruz fue plantada de nuevo a lo largo del Mosa y del Escalda. En el siglo IX, la iglesia medieval francesa alcanzó su madurez. Tres concilios nacionales se celebraron entre los años 742 y 744, en el curso de los cuales San Bonifacio dio a la Iglesia franca su verdadera fisonomía.

La Iglesia se vio obligada a asumir, poco a poco, las tareas que los príncipes no estaban en condiciones de llevar a cabo; así, se hizo cargo de la instrucción pública, del cuidado de los enfermos, de la justicia y, en algunas ocasiones, incluso, de la paz.

Estas nuevas funciones hicieron de la Iglesia una fuerza real y confirmaron su creciente autoridad; pero, desde ese momento, un inmenso peligro surgió para el clero: el de su integración pura y simple en la sociedad   feudal.

La Iglesia, para realizar su misión, tenía necesidad de un mínimo de riquezas. Ciertamente, las donaciones y las limosnas se multiplicaban; numerosos eran los señores que, a la hora de la muerte, intentaban redimir las fechorías de una vida guerrera y apasionada, ofrendando a los monasterios vastas extensiones de su propiedad. Sin embargo, la Iglesia no podía vivir de estos recursos solamente.

El comercio y la moneda estaban poco desarrollados en la época feudal, la tierra era aún la única fuente de riquezas, la sola garantía de seguridad, el único medio de cambio. En estas condiciones, el clero no dudó en adquirir múltiples propiedades. Para estar más cerca de sus fieles, el clero secular se instaló entre ellos. Las comunidades religiosas se alejaron de los hombres, y, a menudo, ocuparon tierras abandonadas, dedicándose con entusiasmo a roturarlas, en una época en la que roturar se había convertido en una imperiosa necesidad de supervivencia para una población en pleno crecimiento.

Desde el siglo IX, todas las propiedades de los obispados y de las abadías fueron sustraídas a la ingerencia de los príncipes y de los condes. El dignatario eclesiástico se convirtió, para los hombres libres establecidos en su tierra, en el único representante del rey. En general, la propiedad se benefició de la inmunidad de las cargas fiscales.

Los señores del castillo no tuvieron ya ningún derecho sobre las tierras y los hombres de la Iglesia. De esta forma, las propiedades eclesiásticas se convirtieron en verdaderos enclaves independientes. Pero, en la práctica, esta independencia fue puesta en tela de juicio, debido a las nuevas funciones del clero. Según las estructuras feudales, el prelado propietario de fincas rústicas llegó a ser, en sus relaciones con la población que vivía en sus tierras y las trabajaba, un verdadero señor, animado frecuentemente por la sola preocupación de la ganancia y del beneficio.

Estas tentaciones fueron tanto mayores cuanto que se dieron en gente cuya selección y reclutamiento no obedecieron siempre a piadosas referencias. Y éste es el segundo aspecto de tal integración de la Iglesia en la economía feudal. A menudo, los señores laicos, fundadores de iglesias o donadores de bienes, se otorgaron una gran cantidad de privilegios sobre sus obras. Valiéndose del «patronato», pronto llegaron a designar ellos mismos, entre su propia clientela, a los titulares de los cargos eclesiásticos de la diócesis.

EL MONACATO: LAS TAREAS DE LOS MONJES
Para escapar a las tentaciones inherentes a la vida social, numerosos cristianos abandonaron el siglo, dejaron aquella sociedad en pleno derrumbamiento, para ir a refugiarse en solitarios lugares de retiro, propicios a la meditación y a la plegaria. El monacato no fue un fenómeno particular de la Europa’Occidental; fue, sobre todo, su desarrollo el que ofreció condiciones específicas. Llegadas de Egipto en el siglo V, las primeras comunidades se instalaron, hacia el año 418, en el sur de Francia.

Desde entonces, después de la fundación de los monasterios de Lérins y de San Víctor de Marsella, apareció toda una serie de comunidades que practicaban el ascetismo  más riguroso, unido a una nueva concepción de la penitencia y de la salvación. Así en el año 615, se fundaron los monasterio de Luxeuil, de Saint Gall, de Bobbio. Entre tanto, en el año 525, un italiano , Benito de  Nursia, decidió pro-movervun estilo de vida menos riguroso en sus monasterios,   para   transformarlos   en refugios más accesibles a los cristianos.

Fue entonces cuando se desarrolló un verdadero y vasto movimiento monacal, que aplicó por todas partes la regla de San Benito. Los centros benedictinos, al seguir esa regla, se convirtieron en remansos de paz, pero también en auténticos instrumentos de evangelización.

Fueron monjes benedictinos,   dirigidos   por   Agustín,   losque marcharon a convertir a los anglosajones. En Canterbury se instaló el primer monasterio benedictino situado fuera de Italia. En esos monasterios, la vida era bastante ruda y, esencialmente, estaba consagrada a la oración colectiva; los monjes organizados en verdaderas milicias, se habían comprometido solemnemente por escrito a llevar una vida parecida a la del soldado-campesino, bajo la férula absoluta del abad, jefe de la comunidad.

Además de dedicarse a la oración, los monjes se ocupaban en trabajos manuales, destinados a asegurarles la existencia. No queriendo depender en absoluto de la sociedad, por miedo a contaminarse, San Benito había impuesto el laboreo de los campos. Esta vida, tranquila y austera, atrajo a un gran número de señores y de campesinos, deseosos de asegurar la salvación de su alma. (seguir leyendo sobre Los Monasterios de San Benito de Nursia)

Fuente Consultada:
HISTORAMA Tomo III La Sociedad Feudal La Gran Aventura del Hombre Edit. CODEX
Más Allá de los Pilares de la Tierra  Ken Follett Edit. Hermética Robinbook

Biografía de Luis IX El Santo Rey de Francia Obra Política

VIDA Y OBRA POLÍTICA DE LUIS IX EL SANTO DE FRANCIA – LAS CRUZADAS –

El rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas y es uno de los personajes más notables de esa época turbulenta. Nació el 25 de abril de 1215, hijo del rey Luis El León.

Recibió una educación muy esmerada, en particular de su madre, Blanca de Castilla, quien según una difundida biografía solía decir: «Hijo, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal».

VEAMOS SU BIOGRAFIA

Luis IX el Santo, llamado San Luis (Poissy, 1215 – Túnez, 1270) , rey de Francia (1226-1270), hijo y sucesor de Luis VIII el León.

Su madre, Blanca de Castilla, hija del rey de Castilla, Alfonso VIII, actuó como regente durante su minoría de edad y desde 1248 hasta la muerte de ella, ocurrida en el año 1252.

Durante sus últimos años de vida estuvo en Tierra Santa, participando en la séptima Cruzada, donde murió cuando estaba en Túnez.

Luis ix el santo de Francia

Dada su corta edad, la Regencia recayó en la reina madre, en cuyas manos dejó luego Luis la gobernación del reino, desde que fuera declarado mayor de edad en 1234 hasta 1242.

De esta forma, Blanca de Castilla gozo, durante su regencia, de un papel que ninguna reina iba a desempeñar en lo sucesivo, hasta llegar a Catalina de Médicis, tres siglos después.

Sin embargo, necesitó de toda su energía y toda su inteligencia pare imponerse, pues los barones de Francia, a la muerte de Luis VIII, padre de Luis IX,  habían declarado noblemente que el reino era «algo demasiado grande para ser gobernado por una mujer».

También  se rebelaron Felipe Hurepel, hijo legitimado de Felipe Augusto, aliado con el rey de Inglaterra Enrique III, con el conde de la Marca, Hugo de Lusignan, y con el duque de Bretaña, Pedro Mauclerc.

La monarquía vivió momentos dramáticos; los conjurados estuvieron a punto, en 1228, de raptar al joven rey, y,dos años después, Enrique III desembarcaba en Saint-Malo. Pero los barones de Bretaña se unieron en Ancenis al campo de Blanca, a donde acudió también Teobaldo de Champaña con trescientos caballeros. Enrique tuvo que volverse a Inglaterra.

De esta manera, frente a los intereses particulares de los grandes señores, la nueva sociedad, desligada poco a poco de la tutela feudal, tendía a reunirse bajo la poderosa protección de la corona.

Cuando Luis IX alcanzó su mayoría de edad, en 1235, la regente continuó, durante algunos años, desempeñando el papel de gran animadora de la política francesa.

El primer acto del rey fue, sin embargo, la guerra, porque Enrique III, a quien el conde de la Marca había vuelto a convocar, estaba en el continente. Victorioso en Taillebourg, el 22 de julio de 1241, Luis persiguió al inglés, pero fue detenido por la disentería y aceptó una tregua que devolvió al rey de Inglaterra a su isla.

Solamente a partir de 1254, cuando hubo de regresar de Tierra Santa a causa de la muerte de su madre, Luis IX se impuso por sus cualidades, que le inmortalizarían en el espíritu de los pueblos  con  el nombre de  San  Luis.

San Luís puso el máximo empeño en realizar su ideal de paz y de justicia. Aunque  multiplicaba los actos de devoción personal (ayunos,  penitencias,  servicio a los pobres y enfermos), desempeñó sin debilidad su oficio real, muy imbuido de las prerrogativas de la corona, y no dudando en hacerlas respetar incluso por el clero y el Papado. El esplendor de Francia en el siglo XIII es debido, en gran parte, a su personalidad.

El rey de Francia cuenta entonces cuarenta años. Alto y esbelto, de tez clara, ojos azules y cabellos rubios, es un hermoso  caballero,   cuya  agradable  fisonomía y voluntarioso mentón logran, a la vez, atraer e imponer respeto.

Parece haber recibido en herencia las mayores virtudes de su tiempo: el orgullo castellano y la inteligencia de su madre, el valor de su padre, a quien habían apodado el León, la sabiduría política de su abuelo Felipe Agusto. Posee igualmente la gracia, la rectitud y la alegría.

Por ello, la Edad Media ha encontrado en él su símbolo, y la cristiandad preferirá su personalidad dulce y sencilla, aunque noble y enérgica, a la de los grandes papas dominantes.

Autoritario e independiente, se rodeó de consejeros y amigos, pero nunca de ministros influyentes. A su hermano Carlos, que prendió injustamente a un vasallo, le declaró que «no hay más que un solo rey en Francia», y, en otra ocasión, dijo al Emperador: «la corona de Francia no ha caldo tan bajo que se cuelgue de vuestras espuelas». 

El, tan generoso, una vez que se había pronunciado una sentencia justa, no concedía gracia más que en casos excepcionales.

Pero el milagro de la santidad de Luis consiste en que toda esta energía estaba dirigida muy lejos de toda ambición personal, hacia el bien común.

Desde luego, las circunstancias le resultaron favorables; fue una suerte para el rey haber subido al trono después de la Cruzada contra los albi-genses, y no tener que mancharse con las matanzas de aquella sangrienta expedición. Fue también otra gran suerte el haber heredado de su padre y de su abuelo un reino poderoso y respetado.

Reinó sobre un país sin herejes y al que le fue dado ennoblecer, afirmar, y completar en la paz lo que había hecho la espada de sus precursores.

LA PAZ DEL REINO DE FRANCIA
«Después que el rey Luis volvió de ultramar a Francia, miró y pensó que era muy hermosa cosa, y muy huena, mejorar el reino de Francia», nos dice Joinville. En efecto, la obra interna de San Luis proseguía la de Felipe Augusto, dando al reino de Francia una estructura sólida, y el país, durante su reinado, conoció un período de prosperidad innegable.

Hasta entonces,   la   administración   monárquica   había servido, sobre todo, para salvaguardar los derechos de la corona, para favorecer su jurisdicción y desarrollar sus finanzas. Ahora, tiende a asegurar el orden público, a mejorar las condiciones del pueblo.

Los bailes, los senescales, creados por Felipe, tendrán tareas más «complejas por la preocupación cada vez más viva del rey por penetrar en todos los engranajes de la vida y de la sociedad; agentes especializados auxiliarán al baile en sus funciones.

Ciertos cargos militares se confiarán, a expensas de los bailes, a capitanes que vigilan las fortalezas reales, mientras que en el Mediodía, un juez-mayor suplantará al senescal en sus atribuciones judiciales.

Esta administración múltiple necesitará cuerpos constituidos, actuando cerca del rey, encargados de vigilarla. Así, los especialistas de la justicia reforzarán el Parlamento, los de las finanzas harán lo mismo, y, de esta forma, nacerá el Tribunal de Cuentas.

El Parlamento somete los tribunales judiciales de provincia a su intervención, y su acción contribuyó a la unificación del derecho y a la supresión de antiguas costumbres pasadas, como el duelo judicial.

En la administración corriente, el francés ocupó el lugar del latín. Por primera vez, el pueblo sentía que el gobierno no era una máquina para oprimirlo; por primera vez:, el funcionario cesaba de aparecérsele como un dueño y señor.

La fuerza de la realeza se aliaba con la justicia, y el rey, cesde lejos, velaba por su pueblo y se compadecía de sus miserias. La realeza se hacía popular, arraigaba en las provincias, se atraía la opinión pública y se convertía en indispensable, porque también era bienhechora.

Luis IX de Francia

Probablemente fue también la influencia de su madre la que le hizo profundamente religioso, consagrándose a la tarea de reinar con firme apego a los principios cristianos, pero su dulzura no impedía al rey de Francia recurrir, cuando la necesidad. así lo exigía, a una severidad implacable en la que se revelaba el orgullo de los Capetos. La justicia  de San  Luis—Manuscrito  francés—París, Biblioteca Nacional.

EL ÚLTIMO CRUZADO
La paz y la justicia que el rey quiso hacer reinar entre sus subditos fueron también la regla constante de la política internacional de Luis IX. Habría podido, sin duda, arrancar al rey de Inglaterra los últimos jirones de sus posesiones continentales, y al rey de Aragón los feudos que poseía en el Languedoc.

Sin embargo, ofreció a ambos, pese a la opinión de sus consejeros, arreglos amistosos. El tratado de Corbeil, en 1258, sancionaba los esponsales de Isabel de Aragón con el heredero de Francia, Felipe.

El rey renunciaba a una soberanía poco efectiva sobre el Rosellón y el condado de Barcelona, mientras que Jaime de Aragón abandonaba definitivamente sus pretensiones sobre el condado de Toulouse.

En diciembre de 1259, iba a ser firmado el tratado de París, que ponía fin a un siglo de guerra entre Francia e Inglaterra. Muy criticado por sus contemporáneos, sin duda es una medida política discutible, pero San Luis deseaba: «poner amor entre nuestros hijos y los de Inglaterra, que son primos hermanos».

Enrique reconocía el abandono de Normandía, del Maine, de Anjou, de la Turena y de Poitiers, mientras conservaba la Guyena y sus dependencias, por las que se declaraba feudatario del rey de Francia.

Desde entonces, la justicia, las monedas, las ordenanzas francesas iban a invadir el ducado de Guyena, como los otros feudos, y, en caso de felonía de su vasallo, la monarquía francesa se apoderaría legalmente de la tierra. Luis IX no podía pensar que el germen de la Guerra de los Cien Años se encontraba en este tratado.

Sin embargo, la confianza que inspiraba su equidad le valió un prestigio que hizo que lo tomaran por arbitro en diversas circunstancias. San Luis partirá, por segunda vez, para la más loca y la más anacrónica de las empresas: la Cruzada, cuyo peligro, inutilidad y fracaso le vaticinaban todos.

El entusiasmo de los primeros cruzados revivía en este rey, a quien sería concedido morir tal como había soñado siempre, combatiendo por la fe, el 25 de agosto de 1270, en Túnez.

ALGO MAS…
SAN LUIS EN SIRIA
En 1244, gravemente enfermo, hizo voto de participar en la Cruzada si se restablecía. Cuatro años después, se embarcó en Aigues-Mortes, acompañado de sus tres hermanos y de la flor de la caballería francesa. Las galeras, con los bellos nombres de: la Reine, la Demoiselle, la Montjoie, anclaron en Chipre, donde el rey Enrique I de Lusignan los recibió con una fastuosa hospitalidad.

Después, el rey decidió atacar a los musulmanes en el corazón de su poderío, es decir, en Egipto.

La ciudad de Damieta fue  elegida como objetivo, y,  el 6 de junio de 1249, los barones de Francia, rivalizando en ardor con los de Siria, se apoderaron de la ciudad.

El temor a la crecida del Nilo impidió a los francos sa car provecho de su ventaja para march;n sobre El Cairo, y esa demora de cinco meses permitió al enérgico sultán de Egipto Es-Salih-Ayub, recobrarse.

Reincidiendo en el error de Pelayo, Luis IX, mal acón sejado por su hermano Roberto de Artois, rechazó la proposición del sultán, que ofrecía Jerusalén a cambio de Damieta, y, el 20 de noviembre, se precipitó hacia la ca pital.

Ante la fortaleza de Mansurah, los francos fueron detenidos de nuevo. La temeridad de Roberto de Artois, lanzándose alocadamente a las calles de la ciudad, supuso, con su propia muerte, el aniquilamiento de la vanguardia.

El rey, estimando que el honor le prohibía batirse en retirada, hizo frente a los egipcios, a pesar de que el tifus diezmaba al ejército franco.

Ni el valor del soberano (del que Joinville ha conservado la visión inolvidable «del héroe, por sí solo, más grande que la batalla»), ni el heroísmo de sus soldados fueron suficientes para salvar al ejército franco, que capituló el 6 de abril de 1250.

Mientras tanto, el sultán de Egipto fue asesinado por los mercenarios turcos de la guardia, los mamelucos, que estuvieron a punto de degollar a Luis IX en su prisión.

Sin embargo, aceptaron por el rescate de éste y el de su ejército la rendición de Damieta y la entrega de 500.000 libras, tornesas. El 8 de mayo, el rey embarcó para Siria. Allí permaneció  cuatro  años,  reorganizando el país, con el fin de preservalos contra el atque del Islam.

LA REORGANIZACIÓN DE TIERRA SANTA
Desde hacía más de veinte años, las colonias francas eran los territorios más anárquicos. Luis IX quiso restablecer en ellas la noción del Estado.

Su sentido del deber, su lealtad absoluta, su cortés entereza hicieron que sus medidas autoritarias fueran aceptadas de buen grado por los barones de Acre y de Tiro. Y el rey de Francia, por anacrónico que pudiera parecer en su afecto a la vieja idea de la liberación de los Santos Lugares, se mostró notablemente audaz en su juego diplomático.

Cuando toda Europa temblaba ante el despliegue de los mongoles, Luis, sabiendo que eran en parte cristianos nestorianos, envió al gran Khan de Tartaria un emisario, el franciscano Guillermo de Rubruquis.

Esperaba hacer coincidir su ataque contra el sultán de Egipto con la invasión con que los mongoles amenazaban a éste. Pero la lentitud de los intercambios no permitió una sincronización eficaz de las operaciones. Por otra parte, el rey, yendo contra el Islam oficial, no dudó en concluir una alianza con el «Viejo de la Montaña», jefe de los temibles «asesinos». Se trataba de una secta disidente creada en el siglo XI, cuyos adeptos llevaban oficialmente el nombre de ismaelitas.

En   el  término   de   «asesinos», puede observarse la deformación de hash-shashin, consumidoras de hashish, porque los pertenecientes a la secta se embriagaban con esta planta antes de cometer sus fechorías. Eran, en efecto, fanáticos, especializados en atentados terroristas.

Esperando intimidar a Luis IX, lo habían amenazado con asesinarle. Después, comprendiendo que tal amenaza no tenía posibilidad de éxito, su jefe envió al rey, en prueba de amistad, «su camisa y su anillo», además de un elefante de cristal, un soberbio juego de ajedrez y perfumes maravillosos.

Luis respondió a estas amabilidades con el regalo de «joyas, tela color escarlata, copas y frenos de plata para los caballos». Cuando el soberano, llamado a Francia tras la muerte de su madre, la regente Blanca de Castilla, dejó el país, había introducido en la Siria franca notables mejoras, tanto por lo que se refiere a la organización interior como a la situación diplomática.

EL FIN DE LA EPOPEYA DE LAS CRUZADAS
La unidad que la presencia de San Luis  había dado a Tierra Santa, no sobrevivió, a su marcha. El reino entero se dividió, y la guerra civil enfrentó a los partidarios de las dos ciudades italianas.

El mongol Hulagú, nieto de Gengis-Khan, se apoderó de Bagdad, y después, de Alepo y de Damasco.

Un mameluco de origen mongol, Baibars, llegado al trono de Egipto mediante una serie de asesinatos, se reveló como uno de los primeros estadistas de su tiempo, feroz y desleal, pero soldado de genio e incomparable administrador. Los francos tuvieron por adversario a este personaje sin igual.

En principio, arrebató Siria a los lugartenientes de Hugalú, y después se volvió contra la cristiandad. Cesárea, Arsuf, Jafa, Beaufort y Antioquía cayeron en sus manos, entre 1265 y 1268.

En Francia, el rey Luis decidió volver a partir, a pesar de los consejos de todos los que le sugerían que deje esa guerra. Inició la octava la Cruazada, que se dirigió a Túnez con la idea de convertir al cristianismo al sultán de ese país, pero debido al gran calor en esa región , el cólera enseguida se difundió y contagió a gran parte del ejército francés y entre ellos al Rey también, quien murió en 1270.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La GRan Aventura del Hombre Tomo III Vida de Luis IX de Francia Edit. CODEX

Enrique II Plantagenet Biografía Rey de Inglaterra

BIOGRAFÍA Y REINADO DE ENRIQUE II
INGLATERRA LA PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE

Enrique II (de Inglaterra) (1133-1189), rey de Inglaterra (1154-1189) uno de los soberanos más poderosos de su tiempo, fue el primer monarca inglés perteneciente a la dinastía Plantagenet. Reinó entre los años 1154 y 1189. Fue el primer monarca de la Casa de Anjou o Plantagenet, fue un importante reformador de la administración y uno de los soberanos europeos más poderosos de su época. Nació en Francia, ciudad de Le Mans el 5 de marzo de 1133, fue duque de Normandía en 1151.

Cuando fallece su padre  heredó los territorios franceses que pertenecían a los Angevinos (miembros de la casa de Anjou). Mediante su matrimonio en 1152 con Leonor de Aquitania, añadió a sus posesiones una serie de extensos territorios del suroeste de Francia.

Enrique II de Inglaterra Plantagenets

El gobierno de los Plantagenet: Al rey Guillermo El Conquistador I le sucedió su hijo Guillermo II, llamado El Rojo, que luego de un gobierno mediocre pereció asesinado (año 1100); entonces ocupó el trono su hermano Enrique I, soberano que logró el favor popular, eliminando rencores entre anglosajones y normandos. A su muerte, heredó la corona su hija Matilde, quien casóse con el conde francés Godofredo Plantagenet, representante de la Casa de Anjou. Sin embargo, Matilde no pudo gobernar porque las ambiciones de su primo Esteban de Blois originaron diversas luchas.

Finalmente ocupó el trono de Inglaterra el hijo de Matilde, llamado Enrique II, Plantagenet, conde de Anjou (año 1154). La nueva dinastía se mantuvo en el poder cerca de trescientos años. Además del territorio inglés, Enrique II dominaba toda la región occidental de Francia hasta los Pirineos.

ENRIQUE II PLANTAGENET Y SUS POSESIONES FRANCESAS

mapa dominio de enrique plantagenets

Enrique II, buen mozo, pelirrojo, de apariencia muy sencilla, inclinado a terribles furores, pero encarnizado trabajador, dotado de una gran inteligencia y habiendo recibido una buena educación, Enrique II fue uno de los reyes más grandes que tuvo Inglaterra. No se entendía bien con Leonor, y profesó una verdadera hostilidad a los hijos que ella le dio, atrayéndose así el odio de toda su familia. Fue, sin embargo, capaz de una gran amistad, como la que le unió, durante muchos años, con Tomás Becket.

Continuando con la política centralizadora de su abuelo, pasó gran parte de su reinado recorriendo sus dominios y reorganizándolos. Si no pensó nunca en la unificación de sus posesiones francesas, que era irrealizable, intentó, sin embargo, atenuar las diferencias que había entre ellas. Realizó una obra considerable en el ducado de Normandía, donde introdujo el Excbequer que tuvo lugar dos veces al año en Caen, ciudad en la que estaba depositado el tesoro del ducado; reemplazó los vizcondes por bailes, encargados de hacer justicia y de percibir los impuestos en cada bailía (tierras bajo su juridicción) ; hizo fructificar los ingresos de sus dominios, creó derechos sobre el comercio y sobre la pesca, acumulando así un tesoro considerable. Supo aliarse hábilmente con el clero, cubriéndolo de oro, y obtuvo el apoyo de la burguesía de las ciudades, concediéndole ciertas libertades municipales, a cambio de estrictas obligaciones militares.

Sus estados de Anjou, Turena y Maine estaban mucho más retrasados que Normandía, y Enrique tuvo que recurrir a un virrey para imponer su autoridad en ellos.

Leonor, que seguía siendo la soberana de Aquitania, fue una excelente administradora; ella estimuló la promulgación del Código de Oloron, que fue durante siglos la base del derecho marítimo. Sin embargo, la nobleza, el clero e incluso las ciudades de esta provincia estaban muy indisciplinadas, y no esperaban más que una ocasión pata sublevarse y reclamar su independencia.

A causa de todas estas posesiones, los Plantagenet eran vasallos del rey de Francia, a quien debían homenaje y asistencia. Pero Enrique II, vasallo mucho más poderoso que su soberano, omitió el cumplimiento de las obligaciones que los lazos de vasallaje exigían, ocasionando así conflictos permanentes entre los dos reinos.

Además de las posesiones que había recibido por herencia, Enrique II intentó conquistar más, por alianzas o por guerras: así, el Vexin francés, aportado como dote por Margarita de Francia, hija de Luis VII, a su hijo y heredero Enrique Court Mantel igualmente, Enrique se apoderó de la Bretaña, casando a su cuarto hijo Godofredo con la heredera de este ducado; tomó por la fuerza el Quercy, y obligó al conde Raimundo de Toulouse a rendirle homenaje.

INGLATERRA, PRIMERA POTENCIA DE OCCIDENTE
Prosiguió esta política hegemóníca en Irlanda, donde, en 1170, llevó a cabo una expedición e instaló a numerosos señores ingleses en el país de Gales, imponiendo ro soberanía, y también en Escocia, a cují rey. Guillermo el León, obligó a prestarle juramento y a rendirle homenaje despues de haberle infligido una terrible derrota en 1174, en la batalla de Alnwick. Escocia se convirtió en un feudo de la corona de Inglaterra, su clero fue sometido al clero inglés, y se instalaron guarniciones en todas sus plazas fuertes.

En 20 años, Enrique II había hecho de Inglaterra la primera potencia de Occidente. En la propia Inglaterra, supo rodearse de excelentes consejeros, adictos a la idea del absolutismo real; tres de ellos desempeñaron funciones muy importantes: el Canciller, guardián del sello real y consejero jurídico y político del soberano. Este cargo adquirió un gran relieve cuando Enrique II lo confió a un hombre cuya personalidad igualaba a la suya, y que, después de haber sido su más fiel servidor, se convirtió en su irreductible enemigo: Tomás Becket.

Hijo de un noble inglés consagrado a la causa de los Plantagenet, y de la hija de un emir de Palestina, Tomás Becket fue, desde muy joven, el amigo y confidente de Enrique II. Ambos eran jóvenes, brillantes y despreocupados, y tenían la misma pasión por los festines, la caza y las mujeres. Enrique quiso hacer Canciller a su amigo más querido, y Tomás probó rápidamente sus cualidades de hábil político.

En materia de finanzas, el Tesorero del Exchequer tenía un papel coordinador tanto más considerable cuanto que Enrique había separado la Tesorería o Bajo-Exchequer de la Cámara de Cuentas o Alto-Exchequer, encargada de registrar los gastos y los ingresos. Por último, el Consejo del rey, presidido por el Justicia Mayor, se convirtió en un tribunal permanente, que enviaba, todos los años, a provincias, delegaciones encargadas de hacer justicia en nombre del rey y de constituir jurys, nueva institución creada por Enrique II.

LA REBELIÓN DE LEONOR Y DE SUS HIJOS
Enrique II intentó disminuir el poderío de los nobles, reforzando los órganos que dependían directamente de él; revocó todas las concesiones que les había otorgado Esteban de Blois, confiscó sus dominios, destruyó los castillos. Disminuyó la importancia de los ejércitos feudales instituyendo una tasa mediante la cual se podía sustituir la obligación del servicio militar. Los ingresos derivados de esta tasa permitieron la formación de un ejército profesional, mucho más dócil que el feudal. Gracias aél, pudo vencer Enrique II la rebelión de ¡os señores que estalló en el continente.

En 1173, Enrique desembarcó en Guyena, acompañado de su esposa y sus hijos, para recibir el homenaje de sus vasallos. Pero la rebelión se estaba incubando hacía largo tiempo, y el joven delfín, Enrique Court Mantel, la hizo estallar poniéndose a la cabeza de ios rebeldes; Luis VII, aprovechándose de estas querellas internas, apoyó a su yerno. Muy pronto, los dos hijos menores, Godofredo y Ricardo, instigados por Leonor, traicionaron también a su padre y levantaron contra él a los barones de la Marca del Perigord y de Angulema. Enrique derrotó al ejército de sus hijos y al del rey de Francia, primero en Verneuil y luego en Ruán. Entonces, Enrique Court Mantel y Ricardo imploraron su perdón y se firmó la paz, en Mont-Louis, en septiembre de 1174.

Si Enrique se mostró clemente con sus hijos, no perdonó, en cambio, a su esposa, a quien hizo encerrar durante dieciséis años, no dejándola aparecer en la Corte más que en raras ocasiones. En Guyena y en Poitiers se produjo un gran descontento, pues el pueblo reclamaba a su soberana. Para mantener a raya toda nueva rebelión, Enrique impuso un nuevo juramento de fidelidad a sus vasallos, por una disposición del año 1176.

TOMAS BECKET O EL ASESINATO EN LA CATEDRAL
Todavía con más violencia que con la nobleza, tuvo que enfrentarse con el clero. La Iglesia constituía entonces una fuerza muy bien organizada, con inmensas riquezas, y cuyos miembros, los personajes más cultivados de la época, alcanzaban las más altas funciones políticas. Favorable a una concepción de realeza electiva, en la que el soberano debe, ante todo, hacer respetar la voluntad divina, constituía un importante foco de resistencia a la monarquía, tal como la concebía Enrique II.

En 1162, moría el arzobispo de Canterbury. Decidido a imponer su intervención sobre la Iglesia, Enrique designó a Tomás Becket para reemplazarlo; éste, tras algunas vacilaciones, aceptó el honor que se le hacía. Pero, tan pronto como fue investido de su nuevo cargo, se operó en él un gran cambio; renunciando a todos los placeres que el dinero y sus funciones le habían procurado hasta el momento, se convirtió en un hombre austero, y llevó una vida muy sencilla, repartida entre las plegarias y la administración de su diócesis. (continuar: Asesinato de Tomas Becket)

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura dell Hombre Edit. CODEX Tomo III
HISTORIA I  José Ibañez Edit. Troquel

Vida de los Señores Feudales Comida, Caza, Religión y Fiestas

VIDA DE LA NOBLEZA EN LA EDAD MEDIA

La vida de la nobleza feudal no era tan idílica como se la describe con frecuencia en las novelas románticas. Aunque, indudablemente, no le faltaba la agitación, era muy fatigosa y la muerte cobraba su tributo a edad temprana. Tras un estudio cuidadoso de los esqueletos medievales, un científico moderno ha calculado que en los tiempos feudales el porcentaje de mortalidad alcanzaba su nivel más alto a la edad de cuarenta y dos años, en tanto que al presente lo alcanza alrededor de los sesenta y dos. Además, las condiciones de vida eran relativamente pobres hasta para los nobles más ricos.

vida de los señores feudales en la edad media

Casi hasta fines del siglo XI el castillo feudal no era sino una fortaleza tosca de madera. Y los grandes castillos de piedra posteriores estaban lejos de ser modelos de comodidad. Las habitaciones eran oscuras y húmedas y las paredes de piedra sin revestimiento resultaban frías y tristes. Hasta que se reanudó el comercio con el Oriente, cuya consecuencia fue la importación de tapices y alfombras, los pisos estaban generalmente cubiertos con juncos o paja, que se renovaban cuando los anteriores eran ya insoportables a causa de la inmundicia dejada por los perros de caza.

La comida del noble y su familia, si bien abundante y sustanciosa, no era muy variada ni apetitosa. Sus componentes principales eran la carne, el pescado, el queso, las coles, los nabos, las zanahorias, las cebollas, los porotos y las arvejas. Las únicas frutas que se podían obtener en abundancia, eran las manzanas y las peras. No se conocían el café y el té, como tampoco las especies hasta que se intensificó el comercio con el Oriente. También se importaba azúcar, pero durante mucho tiempo siguió siendo rara y costosa y hasta se vendía como droga.

Aunque los nobles no trabajaban para ganarse la vida, no pasaban el tiempo en la ociosidad. Los convencionalismos de su sociedad les exigían gran actividad bélica, aventurera y deportiva. No sólo luchaban con pretextos baladíes para apoderarse de los feudos vecinos, sino también por puro amor a la lucha como aventura excitante. Eran tan frecuentes los actos de violencia, que la Iglesia tuvo que intervenir con la Paz de Dios en el siglo X y luego con la Tregua de Dios en el siglo XI.

Mediante la Paz de Dios la Iglesia pronunciaba anatemas solemnes contra quienes realizaban actos de violencia en los lugares destinados al culto, robaban a los pobres o agraviaban a los sacerdotes. Más tarde se extendió esta protección a los comerciantes. La Tregua de Dios prohibía toda clase de lucha desde «la víspera del miércoles hasta el amanecer del lunes» y también desde la Navidad hasta la Epifanía (6 de enero) y durante la mayor parte de la primavera, fines del verano y comienzos del otoño. El propósito de esta última regulación era, evidentemente, proteger a los labradores durante las estaciones de la siembra y la cosecha. La pena que se imponía al noble que violaba esa tregua,  era la excomunión.

Hasta muy entrada la Edad Media, los modales de la aristocracia feudal eran todos menos refinados y suaves. La glotonería constituía un vicio común y las cantidades de vino y cerveza que se consumían en los castillos medievales durante las fiestas causarían vértigo a un bebedor moderno. En las comidas cada cual cortaba la carne con su propio cuchillo y la comía con los dedos. Los huesos y las sobras eran arrojados al suelo, donde se los disputaban los perros siempre presentes. A las mujeres se las trataba con indiferencia y a veces con desprecio y brutalidad, pues aquél era un mundo masculino.

En los siglos XII y XIII, sin embargo, se suavizaron y mejoraron considerablemente los modales de las clases aristocráticas gracias a la aparición de la llamada caballería andante. La caballería era el código social y moral del feudalismo, la encarnación de sus ideales más altos y la expresión de sus virtudes. Los orígenes de este código eran principalmente germanos y cristianos, pero en su desarrollo también desempeñó algún papel la influencia sarracena. El caballero ideal debía ser, no sólo valiente y leal, sino también generoso verídico, respetuoso, bueno con los pobres y desvalidos y desdeñoso de las ventajas injustas y las ganancias sórdidas.

El ideal caballeresco hacía del amor a las mujeres un verdadero culto, con un   ceremonial   complicado   que   el noble debía observar escrupulosamente. Por ello, las mujeres alcanzaron en la última Edad Media una posición social mucho más elevada que en el período anterior. La caballería imponía también a sus miembros la obligación de luchar en defensa de causas nobles. Era su deber especial actuar como campeón de la Iglesia y defender sus intereses con la espada y la lanza.

McNali Burns, Edward. Civilizaciones de Occidente. Buenos Aires, 1968.

Fuente Consultada:
HISTORIA 1  José Cosmelli Ibañez Editorial Troquel

Biografia de Leopoldo I Rey de Bélgica Política y Gobierno

RESUMEN DE LA VIDA Y GOBIERNO DE LEOPOLDO I , REY DE BÉLGICA

Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha nació en Alemania el 16 de diciembre de 1790. Hijo del duque reinante de Sajonia-Coburgo, realizó una carrera militar y fue un gran diplomático. Fue un aristócrata internacional de origen alemán, Leopoldo combatió en el ejército ruso en 1813 durante las Guerras Napoleónicas.

Vivió en Inglaterra a partir de 1846 y desposó a una princesa francesa en 1832, la princesa Carlota, hija del príncipe regente que más tarde sería Jorge IV de Gran Bretaña. Llegó a ser rey de los belgas casi por casualidad en 1834, supo proteger a la joven nación de la codicia de sus poderosos vecinos, e hizo que Bélgica desempeñara un papel importante en la escena europea.

Leopoldo I de Bélgica

Leopoldo I de Bélgica

Cuando tenía apenas 5 años, el zar de Rusia lo nombró coronel de la Guardia Imperial y a la edad de 12, él será general. La lucha contra Napoleónle llevó a servir como oficial en el ejército ruso (1805-10). Acabada la guerra, pasó a vivir en Inglaterra, donde adquirió la nacionalidad británica y contrajo matrimonio con la heredera del trono (1816), la princesa Charlotte, muerta al año siguiente cuando dá a luz.

Las dos primeras revoluciones europeas que dieron lugar a alteraciones en el orden del Congreso de Viena le ofrecieron la Corona de los respectivos Estados independientes que crearon: Leopoldo rechazó la de Grecia (1830), pero aceptó la de Bélgica, que acababa de rebelarse contra el dominio holandés (1831).

La independencia belga:  Bélgica, que formaba con Provincias Unidas una federación de estados, y no se sentía representada por la constitución otorgada por Guillermo I (1815-1840), rey de los Países Bajos. El holandés era el único idioma oficial, y las decisiones legales y administrativas quedaban en manos de los funcionarios holandeses. A esta situación se sumaba la persecución de que era objeto la religión católica, credo que profesaba la mayoría de los belgas.

Durante el Congreso de Viena, luego de caída del imperio napoleonico, se formó esa federación de países para evitar la influencia de Francia en esa zona. La unión de esos países le convenía económicamente a Bélgica, pero el descontento social igual reinaba, pues no sopórtaban la persecución religiosas de los belgas. Francia quizo aprovechar este malestra para recuperar su influencia en Bruselas.

En 1830, año de muchas revoluciones liberales en Europa, tambien estalla en Bélgica, Guillermo I envió al ejército para reprimir a los belgas, pero sus tropas fueron batidas en la lucha callejera. Convocado a elecciones, el pueblo eligió un congreso que proclamó la independencia de Bélgica, instauró la creación de una monarquía constitucional hereditaria y excluyó a la casa de Orange de la sucesión al trono belga.

El 4 de noviembre de 1830, las grandes potencias aceptaron la separación de Provincias Unidas y Bélgica, y reconocieron la independencia de este último país, a condición de que se proclamase neutral.

Convocados a nuevas elecciones, los belgas eligieron rey a Leopoldo de Sajonia, o Leopoldo I de Bélgica. Las fronteras establecidas por las grandes potencias desencadenaron choques armados entre Provincias Unidas y Bélgica, que Francia quiso aprovechar, pero la crisis se apaciguó ante la amenaza de una intervención militar por parte de Prusia, Rusia, Austria y Gran Bretaña.

El 21 de julio de 1831 juró solemnemente sobre la Constitución: Bélgica se convirtió de este modo en una monarquía constitucional y comenzaba una vida independiente. Desde un principio, el rey se esforzó por proteger esta independencia. Apenas subió al trono debió enfrentar una invasión de Guillermo I, que no aceptaba el tratado de 1831. Leopoldo I en persona defendió en Lovaina la ruta de Bruselas, ayudado por el general francés Étienne Maurice Gérard. Finalmente, Holanda dejó de ser una amenaza con la firma del tratado de Londres, el 19 de abril de 1839.

Casamiento con Luisa María de Orleans

1832: Casamiento con Luisa María de Orleans

Durante todo ese período, Leopoldo I desplegaría su habilidad diplomática para asegurar la frágil existencia del nuevo Estado. En 1832 desposó a Luisa María de Orleans, hija de Luis Felipe I, con la que tuvo cuatro hijos, a los que casó de la manera más ventajosa para Bélgica.

El rey sexagenario, más triste que nunca, se pliega de Laeken, conoce el final de una vida dolorosa y muere el 10 de diciembre 1865.Su funeral se celebró el 16 de diciembre. A pesar de las dificultades externas y tragedias personales, dejó un reino próspero que casi nadie cuestiona la legitimidad.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA:

1790 Nacimiento de Leopoldo, cuarto hijo del  duque de Sajonia-Coburgo, el 16 de diciembre.

1813-1814  Leopoldo combate en el ejército ruso  contra Napoleón.

1815 Congreso de Viena: Bélgica es anexada   a Holanda,   Leopoldo de Sajonia-Coburgo desposa a  Carlota de Inglaterra, hija única del   futuro rey Jorge IV.

1817 Muerte de Carlota.

1828 Pacto de alianza entre los católicos y los  liberales belgas. Inicio del unionismo.

1830 Revoluciones en Europa. Levantamiento en  Bruselas. El ejército holandés deja la ciudad. Constitución de un gobierno provisional. Elección de un Congreso nacional. Conferencia de Londres que reconoce la independencia de Bélgica.

1831 Protocolo que establece la neutralidad de   Bélgica. Constitución belga. Leopoldo I, rey de los belgas. Guerra llamada de los diez días «contra Bélgica por Guillermo I, rey de Holanda».

1832 Leopoldo I se casa con Luisa María de    Orleans, hija mayor de Luis Felipe I.   Tienen cuatro hijos.

1839 Tratado de Londres. Guillermo I de  Orange, rey de Holanda, reconoce la   independencia de Bélgica.

1846 Fundación del Partido liberal.

1847 Primer ministro liberal.  Fin del unionismo.

1865 Muerte de Leopoldo I; lo sucede su hijo Leopoldo II, el 10 de diciembre.

Fuentes Consultadas:
Historia Universal ESPASA Siglo XXI Independencia de México
SOCIEDADES 8° Año Vicens Vives de M. González y M. Massone
Hicieron Historia Biografia de Leopoldo I de Bélgica Kapelusz
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo II Editorial ATENEO

Biografía de Luis Felipe I de Francia Historia de su Gobierno

VIDA Y GOBIERNO DE LUIS FELIPE I, EL REY DE FRANCIA

Luis Felipe I de Orleans, (1773-1850) fue el rey de los franceses de 1830 a 1848, también conocido como el Rey Ciudadano (1773-1850). Era hijo de Luis Felipe José de Orleans (llamado Felipe Igualdad) y nació en París. Inicialmente llevó un reinado marcado por la prosperidad nacional, la estabilidad, y la fecundidad intelectual, pero finalmente fue destituído por sus tendencias autoritarias.

Pertenecía a la Casa de Borbón-Orleans, su padre era hermano del rey de Francia Luis XIV. Luis Felipe fue duque de Valois desde su nacimiento hasta 1785 y desde entonces el de duque de Chartres hasta 1793, año en el que su padre fue guillotinado y heredó el título de duque de Orleans. Políticamente predicaba con los ideales de fraternidad, libertad e igualdad de la Revolución Francesa de 1789.

Luis Felipe I Rey de Francia

Luis Felipe I Rey de Francia

Proclamado «rey de los franceses» por la gracia de Dios y la voluntad nacional, Luis Felipe I sería también el úitimo rey de Francia, cuando la misma voluntad nacional optó por la República. Llegó al poder tras una revolución y fue derrocado por otra. Durante los dieciocho años de su reinado proyectó la imagen de un soberano triste y sin grandeza en una Francia desgarrada.

ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA:

Tras la derrota de napoleón, asumió el trono de Francia Luis XVIII. Este rey respetó muchos de los derechos conquistados por la burguesía y, al mismo tiempo, le hizo concesiones políticas y económicas pues necesitaba de su apoyo para impedir nuevas demandas y el estallido de revoluciones más radicalizadas. Por ejemplo, respetó la igualdad de todos los franceses ante la ley y las libertades de pensamiento, prensa y culto.

Cuando murió Luis XVIII lo sucedió Carlos X. Este rey intentó restaurar la monarquía absoluta tal como era durante el Antiguo Régimen. Abolió la libertad de prensa y declaró el estado de emergencia por el cual quedaban suspendidas las garantías individuales. Pero cuando suprimió la Cámara de diputados, estalló en París un movimiento popular en el que participaron sectores de la burguesía, obreros y estudiantes en defensa de las libertades. Tres días después la lucha de los liberales había conseguido la renuncia de Carlos X.

La restauración monárquica impuesta por las potencias vencedoras en el Congreso de Viena no abolir las principales ideas difundidas en la revolución. Como vimos hubo una reacción bajo Carlos X, que terminó renunciando, y ahora su reemplazo en Luis Felipe, quien no sería un rey «a la antigua»: establecería una monarquía constitucional donde la influencia política de la burguesía —y de las finanzas— sería cada vez más sensible. A partir de este momento la vieja nobleza jamás reconquistaría sus privilegios.

Las restricciones impuestas a las libertades y las privaciones materiales de la población, terminarían por reencender la llama de la revolución. En tres oportunidades sucesivas (1830, 1848 y 1870) el pueblo de París saldría a las calles. Y restablecería la República en las dos últimas.

Luis Felipe había acido en París el 06 de octubre 1773, hijo Felipe Igualdad (apodo) , duque de Orleans. Desde 1785 hasta la ejecución de su padre, el 06 de noviembre 1793, era conocido como el duque de Chartres, a partir de entonces como el duque de Orleans y fue líder de la rama más joven de la familia Borbón.

En 1790, en pleno desarrollo de la revolución francesa el duque se unió al Club de los Jacobinos y como militar estuvo al servicio de la Convención; pero mas tarde, decidió escapar de Francia y buscar la protección austríaca en 1793 para evitar caer él también víctima del Terror. Permaneció en Suiza y Estados Unidos hasta su regreso a Francia en 1817, convirtiéndose enseguida en una figura apreciada por las clases medias liberales, por su postura a medio camino entre los excesos de la revolución popular y la reacción ultrarrealista que se impuso desde finales del reinado de Luis XVIII.

luis felipe i de francia

Restauró el Palacio de Versalles, abandonado desde la salida de Luis XVI en octubre de 1789, y estableció un museo de la historia de Francia, con una inscripción en su frontón: «a todas las glorias de Francia». También organizó el regreso de las cenizas de Napoleón (15 de diciembre de 1840) y erigidas al este de la ciudad de París.

Durante el inicio de su gobierno intento apoyar al sector republicano que lo había entronizado, pero con el tiempo su postura democrática fue cambiando, tomando alguna serie de medidas autoritarias , que se contradecían a su compromiso de mantener una monarquía constitucional. Acordó el matrimonio de su hija Luisa con Leopoldo I de Bélgica.

A partir de 1831, Luis Felipe I, que deseaba ejercer el poder por su cuenta, prefirió a los conservadores de la «Resistencia», encabezados por Guízot, en lugar de los partidarios del «movimiento» de La Fayette. Frente a las miserias, como el cólera de 1832, o las rebeliones, como las de los tejedores de seda de Lyon en 1831 y 1834, el rey respondió con indiferencia o por la fuerza.

Aunque el censo electoral se extendió a más personas, sólo un 9% de los electores podía votar. Esta clase dirigente que confiscó el poder en nombre de la razón fue muy corrupta, como lo revelaron una serie de escándalos financieros.

En política exterior, Luis Felipe I apoyó la gestión pacifista de Guizot, fundada en la alianza con Inglaterra, y en 1830 se lanzó con mesura en la colonización de Argelia, emprendida con ligereza tras un incidente diplomático en que el rey de Argelia le asestó un golpe de abanico al cónsul de Francia. Esta imprudencia alimentó su creciente impopularidad. Finalmente, la crisis de subsistencia de 1846-1847 fue la que volcó a las calles de París las muchedumbres hambrientas y encolerizadas.

Luis Felipe I y la Reina Victoria

La revolución de 1830 había llevado al poder a los sectores más ricos de la alta burguesía. Pero la pequeña burguesía y los sectores populares habían sido excluidos del sistema político autoritario, elitista y de sufragio censitario de Luis Felipe. La búsqueda de mayor participación política, así como el reclamo de mejores condiciones de trabajo y el derecho al voto, hicieron confluir en similares objetivos a sectores de la burguesía, intelectuales, estudiantes universitarios y trabajadores urbanos. Al mismo tiempo que las ideas liberales y democráticas se radicalizaban, comenzaron a tomar fuerza en Europa nuevas ideologías que reclamaban cambios en la organización de la sociedad y mejoras en la calidad y las condiciones de vida de los sectores obreros.

El 24 de febrero de 1848, el pueblo tomó el ayuntamiento gritando «viva la República» y Luis Felipe I abdicó en favor de su nieto. Al día siguiente, Francia ya era una República, al tiempo que el rey derrocado se refugiaba en Inglaterra, donde murió el 26 de agosto de 1850.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1773 Nace el duque de Valois, el 6 de octubre.

1774 Luis XVI es entronizado.

1785 El duque de Valois se convierte en duque de Chartres.

1789 Toma de la Bastilla.

1791 Huida del rey, que es arrestado en Varennes.

1792 Condena y ejecución de Luis XVI. Ejecución de Felipe Igualdad; el duque de Chartres toma el título de duque de Orleans.

1795 Muerte de Luis XVII. El conde de Provenza toma el título de Luis XVIII. Inicio del Directorio.

1799 Golpe de Estado de Bonaparte.

1804 Napoleón es coronado emperador.

1814 El Senado proclama la deposición de Napoleón I y llama a Luis XVIII. Luis Felipe toma posesión de una parte de sus bienes.

1815 Los Cien Días y la segunda Restauración.

1824 Muerte de Luis XVIII; Carlos X se convierte en rey.

1830 Revolución (las Tres jornadas gloriosas); Carlos X abdica. Luis Felipe I, rey de los franceses.

1831 Ministerio de Casimir Perier. Rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1832 Cólera en París.

1833 Ley Guizot para la enseñanza primaria.

1834 Disturbios republicanos en París. Segunda rebelión de los tejedores de seda de Lyon.

1848 Primera revolución (febrero) y proclamación 1 de la República. Abdicación de Luis Felipe I que se refugia en Inglaterra. Segunda revolución (junio).

1850 Muerte de Luis Felipe I, el 26 de agosto.

 

 

Tratado de Bretigny PrimerAcuerdo de Paz en la Guerra

PRIMER TRATADO DE PAZ EN LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS

El primer Tratado de Paz en la Guerra de los Cien Años, se puso en marcha a partir de la Paz de Brétigny, en 1360. Inglaterra logró ciertas ventajas, pues quedó con poseción de importantes zonas de Francia. Debido a la ausencia (estava cautivo) de Juan II de Francia, Carlos V, hijo de Juan toma la regenciay en 1369 reinicia la guerra.Una fuerza naval de laCorona de Castilla, aliada ésta con Francia, destruyó en 1372 una flota inglesa en elgolfo de Vizcaya. Las tropas francesas, que, bajo las órdenes del condestable Bertrand du Guesclin, evitaron enfrentarse a campo abierto con los ingleses, se dedicaron a hostigarles y a cortar sus suministros.

ANTECEDENTES DEL TRATADO: Había que pensar entonces en negociar con el rey de Inglaterra, El 8 de mayo de 1360,   el  delfín  y  el   Príncipe  Negro   se reunían en Brétigny, pueblecito de la Beauce, y decidían los preliminares de paz. El Ducado de Aquitania, Calais y el Ponthieu quedarían bajo la soberanía del rey de Inglaterra, el cual no estaría sometido en lo sucesivo a ningún vínculo de vasallaje.

El rescate de Juan el Bueno se fijaba en tres millones de escudos de oro. El rey sería liberado, a la entrega del primer plazo, y. los otros rehenes, cuando se hicieran efectivas las seis anualidades restantes. A cambio de ello, el rey de Inglaterra renunciaba a sus pretensiones sobre Francia.

A finales de octubre, el rey de Francia, liberado, desembarcaba en Calais, donde se habían ratificado solemnemente los preliminares de Brétigny. En apariencia, la paz de Calais, ponía fin a la guerra. Pero, una pequeña cláusula que había hecho insertar el hábil delfín Carlos, la cual estipulaba que la renuncia del rey de Inglaterra al reino de Francia y del rey de Francia a la soberanía de Aquitania serían objeto de un acuerdo especial que se firmaría después de la entrega de los territorios (Poi-tou, Saintonge, Périgord, Limousin), había de tener repercusiones considerables.

En el otoño de 1362, cansados de su exilio dorado, los dos hijos menores de Juan el Bueno, Luis de Anjou y Juan de Berry, concertaron con Eduardo III el desastroso tratado de los Rehenes, en el cual prometían doscientos mil escudos y la entrega de los principales castillos del Berry a cambio de su libertad. Eduardo los dejó llegar hasta Calais, pero se negó a liberarlos antes de que los Estados franceses hubieran ratificado este tratado; mas bajo la influencia del delfín, la asamblea de Amiens rechazó el tratado.

Entonces, el joven Luis de Anjou, se dio a la fuga. Juan el Bueno, considerándose deshonrado por tal acto, fue a constituirse prisionero del rey de Inglaterra. Su exilio fue de corta duración, ya que murió en Londres el 8 de abril de 1364. El delfín Carlos se convertía en rey, con el nombre de Carlos V.

Coronación de Carlos V

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Diferencia Entre Ateo y Agnóstico No Creer en Dios

Diferencia Entre Ateo y Agnóstico

El Ateísmo
Parece extraño hablar de la historia del ateísmo porque nunca ha existido un movimiento organizado que sustente estas ideas, tal como las demás doctrinas religiosas que han formado iglesias con el fin de difundir y mantener sus creencias.Y aunque no ha existido ninguna iglesia atea, siempre ha habido ateos, personas que por alguna u otra razón han creído —y creen— en la no existencia de dioses.

ateismo

Ateo es un término que viene del griego a: sin, y teso: Dios. Por lo tanto, ateo es aquel que prescinde de la existencia de Dios. Los motivos por los cuales los ateos no reconocen a Dios son muy variados. El ateísmo reside en cortar la relación del hombre con Dios, relación bidimensional: del hombre con Dios y de Dios con el hombre para optar por la realidad en la que vive inmerso el hombre (la mundaneidad).

La repugnancia hacia Dios que manifiestan proviene o de una dispersión irreflexiva o por una reclusión en sí mismo como centro del placer La dispersión irreflexiva va desde la desidia hasta los hábitos viciosos en virtud de los cuales el hombre, si no reforma su conducta.se desliza hacia el cambio de criterios morales.

Para tener un conocimiento de las variantes que tiene el ateísmo se puede hacer una división en ateos especulativos y ateos prácticos.

Los especulativos son ateos de tipo teórico, pues no admien que halla un  ser que trascienda al mundo. Se fundamentan en criterios de conocimiento, están poseídos de su autoestima y se oponen a las manifestaciones de los creyentes por considerarlas efectos del fanatismo.

Estos siempre han sido un número reducido. Son quienes profesan el escepticismo. Se les hace casi imposible atender la existencia del absoluto. Dentro de los especulativos cabe señalar a los ateos por reacción ante el problema del mal, el cual solo puede ser comprendido desde la profundidad del rechazo del bien.

Los ateos prácticos son aquellos que prefieren vivir sin sumisión a las obligaciones morales, convencidos de que los goces humanos son la lo mejor de la felicidad, Se recluyen y están motivados por la inmersión en el placer o en el activismo, ejemplo clásico de ello es el narcisismo.

Se pueden ver las secuelas de estas manifestaciones también en el afán de dominio, con el apoyo de esquemas seudointelectuales que se reducen al uso de unos cuantos tópicos, con el fin de obstruir la referencia a Dios.

Agnósticos: Es importante no confundir a los ateos con los agnósticos. Estos últimos consideran que la existencia de Dios es algo que no se puede demostrar ni refutar En cambio, los ateos creen que no existe. Esto no significa precisamente que sí exista; parece apoyar la postura de los agnósticos, pero muchos ateos asumen y defienden sus creencias con un rigor y una fe tan fuertes e inquebrantables como un religioso las suyas, por lo que las polémicas entre ambas ideologías han sido siempre fuertes.

Durante siglos, los ateos ocultaron sus ideas antes de enfrentarse a una religión demasiado autoritaria como ha sido el cristianismo, pero en los últimos dos siglos las ideas ateas se han ido difundiendo cada vez con más ímpetu.Y aunque hoy el ateo está mal visto poi la mayoría de la sociedad, ya no está tan perseguido ni se expone a las represalias que hubiera sí sufrido en años anteriores.

En esencia, el agnosticismo reposa en una raíz profundamente racionalista, esto es, en la actitud intelectual que considera a la razón como el únicc medio de conocimiento suficiente, y el único aplicable, pues sólo el conocimiento proporcionadc por ella satisface las exigencias requeridas para la construcción de una ciencia rigurosa. Y esto tanto si la doctrina se muestra claramente como racionalismo —es lo que ocurre en el caso de Kant— cuanto si se trata de filosofías en las que el racionalismo aparece solapado bajo la apariencia de positivismo o materialismo.

Como consecuencia, el agnosticismo circunscribe el conocimiento humano a los fenómenos materiales, y se sitúa frente a cualquier tipo de saber que se ocupe de seres espirituales, trascendentes  no visibles. No niega, ni afirma, la posible existencia de aquéllos, sino que suspende el juicio, se abstiene de pronunciarse acerca de su existencia v realidad y actúa con arreglo a tal actitud.

Y en este orden de cosas, aun cuando admita la posible existencia de un Ser supremo, ordenador del universo, sostiene que, científica y racionalmente, el hombre no puede conocer nada acerca de la existencia y la esencia de tal Ser. Esto es lo que diferencia al agnosticismo del ateísmo, pues este último sí niega radicalmente la existencia de dicho Ser supremo.

Fuente Consultada:
Histroria de la religiones Hofmann-Poirier
Enciclopedia HISPANICA Tomo I

La Edad Media Costumbres,Tradiciones,Pecados y Vida Cotidiana

LA VIDA, COSTUMBRES Y TRADICIONES EN LA EDAD MEDIA
la vida en la edad media

bullet edad mediaLos Viajes y Viajeros
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bullet edad media Acontecimientos en  la Edad Media

Los ejércitos bárbaros, al mando de Alarico el Godo, entraron a Roma durante la calurosa noche del 24 de agosto del año 410 d.C. Los guerreros
germánicos saquearon la capital imperial durante tres días, y así pusieron un final simbólico al esplendor romano. «El mundo entero pereció en una sola ciudad», escribió San Jerónimo.

En los turbulentos siglos que siguieron, las tribus germánicas paganas, como las de sajones y francos, devastaron lo que quedó del orgulloso
imperio y se asentaron, sólo para ser devastados, a su vez, por los vikingos escandinavos.

El cataclismo orilló a los celtas a emigrar al oeste, y su cultura sólo perduró en la costa atlántica de Europa: Cornualles, Gales, Bretaña e Irlanda.

Algunos historiadores llaman Edad Oscura a este caótico periodo. Pero las tribus guerreras enriquecieron la cultura europea con su arte y su energía: un espíritu pionero, técnicas agrícolas vigorosas y mitos heroicos que celebraban los triunfos propios.

La caída del Imperio Romano fue acompañada en toda Europa por un enorme flujo de emigrantes; algunos ya convertidos al cristianismo. Hablaban idiomas distintos, sus indumentarias eran diferentes y no comían los mismos alimentos, pero todos dependían de la tierra, los ríos y el mar para su subsistencia.

Se trabajaba duramente para arar la tierra, y la cantidad de cultivos aumentó con la tala de bosques. Hacia el año 1000 d.C., los escandinavos se asentaron, construyendo castillos y fundando reinos.

El orden se restauró lentamente en Europa occidental: la vida se volvió más estable, próspera y refinada. La población aumentó hasta que la escasez de tierras y las epidemias la menguaron en el siglo XIV.

A partir del siglo XII, en Asia y en Europa había aumentado la proporción de habitantes de ciudades y pueblos. Hombres y mujeres escaparon de la dependencia de los señores feudales hacia la libertad de las ciudades.

El comercio de vino y lana cruzó las fronteras de Europa; y la seda y las especias viajaron de Asia a Europa. Donde se cruzaban las rutas comerciales, surgían bulliciosos mercados y ferias.

En el campo, la vida cotidiana se adecuaba a las estaciones; en las ciudades, se enriquecía con las fiestas religiosas.

Arquitectura, pintura, música y literatura captaron el espíritu de estos tiempos vibrantes y a veces violentos. Todavía perdura la magnificencia de las catedrales, que tardaron generaciones en construirse; y las universidades de Boloña, París y Oxford demuestran el interés medieval por el conocimiento.

Este fue valorado aún más en los países del Islam, en el siglo x, y ciudades como El Cairo, Córdoba y Bagdad eran famosas por sus bibliotecas y palacios. Los sabios islámicos sobresalieron en filosofía, ciencia y medicina.

Sin embargo, la mayoría de hombres y mujeres nunca vieron una ciudad, y no sabían leer ni escribir. Las autoridades religiosas normaban todo comportamiento.

La Iglesia construyó monasterios y conventos donde la manera de vivir era sumamente disciplinada. Cristianismo e Islam se enfrentaron, especialmente durante las Cruzadas, pero el cristianismo también sufrió conflictos internos, y Asia y África compartieron la violencia.

El siglo XV en Europa fue de extravagancia, herejía y superstición, pero también se caracterizó por las mejoras materiales que beneficiaron a las mayorías y por el alto nivel de imaginación que las artes alcanzaron.

Tres innovaciones impulsaron una nueva etapa. La imprenta, ya conocida en China, llegó a Europa cuando Gutenberg introdujo el uso de los tipos móviles. La pólvora, otra invención china, hizo que el castillo de la Edad Media pasara de moda.

La brújula posibilitó los viajes de los primeros exploradores europeos. Uno de ellos, Cristóbal Colón, «descubrió» América en 1492.(ver: Grandes Descubrimientos)

VIDA DETRÁS DETRÁS DE LAS MURALLAS: «El aire de las ciudades hace libres a los hombres»; así rezaba un proverbio medieval.

En la época en que casi todos dependían de la tierra, propiedad del señor feudal, las ciudades surgieron como cunas de la libertad. Dentro de estas bulliciosas —y a veces corruptas—colmenas, se vivía bajo normas muy distintas a las del campo. Sus residentes obedecían al alcalde y demás funcionarios electos.

En vez de trabajar para mantener a un noble y su castillo, pagaban impuestos al rey y reunían entre ellos la suma necesaria para defender la ciudad.

La vida urbana resurgió en el siglo XI. Cuando las llamas de los disturbios se apagaron, algo similar a un gobierno organizado se asentó en los reinos europeos. Los príncipes jugaron un importante papel en este resurgimiento.

Siempre escasos de fondos, permitieron que algunos poblados se independizaran y se desligaran del castillo local, a cambio de pagos en efectivo.

El otorgamiento del estatuto del poblado era el gran acontecimiento de este proceso. Una vez otorgado, el concejo municipal se encargaba de la administración. Los poblados eran a veces ciudades romanas que renacían tras la destrucción bárbara, o nuevas comunidades que crecían a las puertas de un castillo medieval.

Muchas emergieron de modo caótico alrededor de los senderos y límites de los conjuntos de parcelas, lo que explica las estrechas y sinuosas callejuelas.

Los constructores también favorecían este estilo: la intrincada retícula de edificios era una protección contra el viento, en una época en que las ventanas de vidrio eran poco conocidas.

De entre las ciudades europeas, París era la única que no tenía alcalde, sino un preboste o superintendente del rey. Era típico de las incipientes ciudades constituirse a partir de una asamblea de aldeas dispersas e interconectadas.

Esto explica la abundancia de iglesias y abadías. Pastizales y pantanos en ambas márgenes del Sena, que eran linderos entre las aldeas, fueron cubiertos gradualmente con construcciones.

Como en otras ciudades medievales, los puentes parisinos tuvieron gran importancia, pues fueron los primeros centros comerciales: en ellos se instalaban tiendas y establos.

Los cambistas ocuparon un puente que, a partir de 1142, fue conocido como Pont-au-Change (Puente del Cambio). Bajo Felipe Augusto II (1180-1223), rodeada por una muralla, la ciudad se convirtió en una unidad.

La gruesa muralla protegía el poblado y sus portones se cerraban al ocaso.

Las calles no tenían alumbrado. Guardias de ciudadanos patrullaban las calles con antorchas  y si alguien deambulaba por la noche sin motivo era encerrado. Los pregoneros daban la voz de alarma.

FERIA, FIESTA Y COMERCIO
Uno de los grandes acontecimientos en las ciudades de la Europa medieval era la feria anual, que tenía lugar en las afueras de la muralla y duraba varios días.

Los monarcas estimulaban estas ferias para promover el comercio y sacar ganancias de los impuestos con que gravaban las mercancías.

Los negocios de la feria transcurrían en una atmósfera de carnaval. Un bufón en zancos se eleva sobre la concurrencia, los malabaristas siguen sus pasos, y trovadores con laúd divierten a los transeúntes. Un mercader muestra sedas que quizá sean chinas, y otro tiene suficientes ollas para abastecer por todo un año a los vinateros.

En otras tiendas, los clientes regatean pieles rusas, vinos franceses y cristal italiano. La feria está vigilada y bajo control. Los guardias montados supervisan todo, y la tienda pintada de colores brillantes aloja una corte especial llamada píedpoudre (pies enlodados), donde se dirimen las disputas de los quejosos que aún no se han aseado.

LAS FIESTAS

Bajo el signo de la religión, se organizaban, sin embargo, numerosas fiestas en las ciudades.

Todo era pretexto para hacer procesiones, tanto la necesidad de conjurar un peligro invocando la protección de los santos, como el deseo de realizar una acción de gracias.

En París no pasaba semana sin que se organizara una de estas procesiones. Además, el pueblo podía divertirse con el castigo de los condenados (¡qué extraña esta complacencia de los miserables en la desgracia de alguien aún más mísero que ellos!).

Las ejecuciones siempre tenían lugar en las plazas más frecuentadas, y la masa no cesaba de dirigir pullas y de gozar ante las diversas torturas con las que se afligía a los reos.

Las calles estaban animadas, además, por diversos saltimbanquis, titiriteros y domadores de animales. Para las grandes ocasiones, se organizaban fiestas públicas: se distribuían víveres, y toda la población podía embriagarse en las fuentes de vino.

Se podía admirar, también, la llegada de los príncipes, y participar en diferentes representaciones teatrales:   farsas y, sobre todo, misterios.

Todos los habitantes aportaban su concurso a la realización de estos espectáculos, como actores o como confeccionadores de trajes.

Estas representaciones eran ofrecidas, generalmente, por señores de la ciudad, por el municipio o por algunos gremios.

Así, los zapateros montaban a su costa el «Misterio de San Crispín», que era su patrono.

Los ciudadanos de la Edad Media tenían, como se ve, muchas ocasiones de abandonar su trabajo, pero sus días festivos no estaban codificados y regularizados como en las sociedades modernas.

El trabajo no se caracterizaba todavía por ese ritmo y esa preocupación por la productividad que nos imponen las máquinas.

Los textos de la Edad Media son, por otra parte, muy discretos en lo que respecta al mundo del trabajo.

Según el orden del mundo, los hombres debían estar agrupados en tres categorías: los que combaten, los que rezan y los que trabajan; estos últimos eran considerados despreciables y poco interesantes, pues se pensaba que eran incapaces de hacer otra cosa.

Características Sociedad Feudal

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PARA SABER MAS…

EN LA EUROPA MEDIEVAL, el trabajo de una persona, su alimentación, sus vestidos y su vivienda se correspondía estrictamente con el lugar que ocupaba en la sociedad.

LA VIDA DEL CAMPESINO Los campesinos ocupaban el grado más bajo de la escala social. Vivían en aldeas y cultivaban la tierra, propiedad del señor, a quien debían entregar una parte de la cosecha. Vestían ropas de tejidos toscos y zapatos de madera. Su dieta consistía en legumbres, pan y poca cantidad de productos animales (huevos y tocino).

SEÑORES Y DAMAS
Los señores y sus esposas pasaban mientras tanto su vida privilegiada en el castillo. Usaban ropa lujosa procedente de fábricas a veces muy lejanas y hecha de telas preciadas, como la seda y el terciopelo. Comían carne y pan blanco, y bebían vino en lugar de cerveza.

DIETA MEDIEVAL
Sin embargo, la dieta medieval no contenía todos los nutrientes esenciales, ni siquiera en las clases privilegiadas. La leche era muy escasa, y en invierno no había ni frutas ni verduras frescas.

LA FORMACIÓN DEL SEÑOR A los siete años, un niño de noble nacimiento comenzaba a educarse como caballero. Su primer paso consistía en trasladarse al castillo de otro señor feudal en calidad de paje. Allí servía a la mesa y aprendía a manejar la espada y a montar un caballo de batalla, dos tareas indispensables para un caballero. A los 14 años se convertía en escudero. A la edad de 21 años, el señor del castillo lo armaba caballero golpeándole suavemente los hombros con su espada.

LA VIDA DE UNA MUCHACHA Las hijas de familias nobles debían aprender a comportarse como castellanas, es decir, como señoras del castillo. Un cruzado, por ejemplo, podía estar lejos del castillo durante años, dejando éste a cargo de su esposa. Usualmente, las mujeres se casaban entre los 14 y los 16 años. Los matrimonios eran concertados por las familias. La prometida debía entregar a su marido una dote de oro y tierras.

TORNEOS
La guerra era la principal ocupación de un señor feudal. Pero en tiempos de paz, los caballeros la simulaban mediante la celebración de combates deportivos llamados torneos. En 1180, en Lagny-sur-Manie (Francia), 3-000 caballeros armados lucharon contra otros tantos en un torneo multitudinario. Los torneos se regían por reglas estrictas: los participantes debían usar armas sin afilar, y un caballero no podía ser atacado si había perdido su casco. Asimismo, los golpes bajos eran una grave ofensa.

HERÁLDICA
Debido a que los contendientes llevaban el rostro cubierto por el yelmo, cada caballero que competía en un tomeo llevaba un estandarte y un escudo con una insignia particular. Estas divisas se hicieron importantes para identificar a los caballeros durante la batalla. Con el tiempo, estos emblemas sirvieron para identificar a las familias nobles. El sistema de codificación de las enseñas se conoce como «heráldica».

CAZA Y CETRERÍA Los nobles también se entretenían con la caza y la cetrería, actividades que los proveían de carne fresca. Las damas medievales participaban también en las partidas de caza.

MERCADERES MEDIEVALES
El comercio era una actividad próspera. Los principales comerciantes recibieron el nombre de «burgueses», palabra proveniente del alemán Burg (ciudad amurallada). Los comerciantes comenzaron a adquirir casas lujosas y a establecer vínculos con otras naciones.

LA LIGA HANSEÁTICA
En 1241, los comerciantes de Lübeck y Hamburgo, en el norte de Alemania, formaron la Liga H anseática, que estableció vínculos con países tan alejados como Rusia. Los mercaderes de la Liga H anseática se hicieron ricos y poderosos y comenzaron a considerarse iguales a los príncipes.

LA PESTE NEGRA
Durante cuatro años —de 1347 a 1351 — una epidemia de peste acabó con la vida de 25 millones de personas, casi una cuarta parte de la población de Europa. Después de esta plaga hubo una enorme escasez de mano de obra. Las gentes comenzaron a exigir mejores pagas y mejor tratamiento por parte de los señores.

Fuente Consultada:
Civilizaciones de Occidente Tomo A y B Jackson Spielvogel
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo 1
Historia del Mundo Grupo Z Multimedia DK
Atlas de la Historia del Mundo Kate Santon y Liz McKay
Gran Enciclopedia de la Historia Todolibro