Los Patagones

Las Siete Ciudades de Cibola Leyenda Alvar Nuñez Cabeza de Vaca

Las Siete Ciudades de Cibola
Leyenda Alvar Nuñez Cabeza de Vaca

SIETE CIUDADES: Para los conquistadores era la tierra de las maravillas. Todo parecía posible en aquel nuevo mundo descubierto por Cristóbal Colón ríos tan anchos que parecían conducir a las puertas del paraíso, selvas exuberantes que escondían a bestias fantásticas, hombres que vivían semidesnudos pero se adornaban con ricas piezas de oro, grandes y sofisticados imperios.

Así fue cuando en 1530 llegan rumores a la Nueva España sobre la existencia de un magnífico reino llamado Cíbola a tan solo 40 días de viaje hacia el norte, los castellanos se ponen en marcha sin dudar, dispuestos a adentrarse otra vez por tierras desconocidas.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1507-1564) fue un navegante y explorador español que, durante una expedición a la Florida en 1528, naufragó en una isla cercana a la actual Texas y fue tomado prisionero por los habitantes aborígenes. Al cabo de un tiempo, logró escapar y recorrió el sudoeste del territorio norteamericano para llegar finalmente a México en 1536.

En su informe relató con detalle su encuentro con los pueblos indios y de sus relatos surgió la leyenda de las Siete Ciudades de Cibola que el español supuestamente visitó en sus ratos de delirio desértico. Lo cierto fue que a partir de aquellas historias, otros desparramaron la leyenda y agregaron más fantasía a lo escrito.

Alvar Nuñez Cabeza de Vaca contó además historias fabulosas que pasaron a engrosar el cuerpo de leyendas referidas al Nuevo Continente. Así, su narración sobre la existencia de las Siete Ciudades Doradas de Cíbola, colmadas de oro y piedras preciosas, alentó la expedición de Alvarado en 1540.

Washington Irving (1783-1859), en su obra Cuentos de la Alhambra de 1832, describe La Isla de las Siete Ciudades o Mayda, a 46° de latitud norte y longitud desconocida, al nordeste de las Azores. Descubierta en 734, según cuenta, por el obispo de Oporto y otros seis obispos portugueses que huyeron de su país cuando la invasión de los moros. Muchos años después, en 1447, el capitán Antonio Leone, italiano al servicio de Portugal, visitó la isla y encontró que los habitantes hablaban portugués y preguntaban ansiosos si los moros aún permanecían en la Península. La isla estaba dividida en siete comunidades, cada una con su catedral.

Vaughan Wilkins escribió en Londres en 1950, La ciudad del fuego congelado o Quivera, cuya capital se llamaba precisamente Cibola, la ciudad del fuego congelado. Famosa por sus rubíes y sus volcanes, llamados de la Santa Corona. Helechos gigantescos crecen a todo lo largo y monstruos marinos blancos de enormes dientes rojos se esconden en la cuevas que rodean las costas. La isla de Quivera se hallaba en América del Sur y había sido colonizada por Madoc, hijo de Owen, príncipe de Gwyneth, que dejó su Gales natal en 1169.

Las tierras sudamericanas ejercieron extraordinaria influencia en autores y visitantes, que tropezaban con vegetación y animales absolutamente desconocidos y seres humanos que eran idénticos a ellos, aunque diferían en conductas lenguas y apariencia. Estas presencias provocaron grandes dudas religiosas como, por ejemplo, cómo habían llegado hasta allí si no habían sido navegantes del Arca de Noé.

Cíbolo con acento es en español un bisonte, bóvido salvaje parecido al toro, con la parte anterior del cuerpo muy abultada y cuernos poco desarrollados, Se conocen dos especies: una americana y otra europea. De hecho bisonte viene del griego y del latín, significando toro salvaje. Cíbola es simplemente la hembra del bisonte.

Pedro de Alvarado (1486-1541) fue uno de los asistentes de Hernán Cortes (1485-1547) en la conquista de México y luego conquistador de Guatemala, donde fue gobernador hasta su muerte. Fundó ciudades y ejerciendo un poder absoluto pasó gran parte de su vida buscando las fabulosas Siete Ciudades de Cibola. Francisco Vásquez de Coronado (1510-1554) navegante español, buscando las Siete Ciudades fue el primero en internarse por la actual Arizona y Nuevo México.

No cumplió su objetivo pero sí tropezó con indígenas norteamericanos que ocupaban una larga franja de tierra con ochenta comunidades que vivían en casas de adobe y eran descendientes de la cultura Anasazi. Llamó a estos grupos Pueblo Indio. Vivían en barrancas y estaban organizados en grupos comunitarios y disponían de sistemas de riego y agricultura. Se remontan probablemente a 2.000 años antes de la era cristiana y se los conoce como la cultura Cochiso. Fueron sus descendientes los primeros en fabricar arcos y flechas, desarrollar la alfarería y hacer canastos de mimbre aunque vivieran en cuevas.

En 1630 comenzaron las conversiones practicadas por los misioneros y en 1680 una revuelta de proporciones echó a los españoles. Sus descendientes actuales son los Hopi, Acoma y Zuñi y, siendo agricultores sedentarios, han logrado mantener su cultura y lenguas tradicionales en grado asombroso. Las mujeres ocupan lugar prominente en las comunidades y adoran a Kachina, el espíritu de las fuerzas vivas. Al iniciarse el año, personajes disfrazados de Kachina visitan los pueblos, cantan, danzan y hacen regalos a los niños. Las muñecas vestidas como los bailarines también se llaman Kachinas. Nadie encontró la auténtica Cibola, si alguna vez existió. Y si alguien hubiese encontrado Cibola, ninguna de estas historias hubiesen sido creadas.

Fuente Consultada: Abuelo es Verdad? de Luis Melnik –  Sitio Web Oficial del Gobierno de Venezuela

San Julian La Tripulacion de Magallanes se amotina Vuelta al Mundo

HISTORIA DEL PUERTO DE SAN JULIÁN EN SANTA CRUZ

Descubierta por Hernando de Magallanes en 1520, en San Julián se ofició la primera misa en territorio argentino el 1º de abril de dicho año.

El 10 de agosto de 1519, Fernando de Magallanes (1480-1521), marino portugués a quien su rey no escuchó y desechó, comandaba una flota de cinco barcos de bandera española. Sevilla los vio partir, río abajo hacia el Guadalquivir que desemboca en el mar. La tripulación estaba integrada por doscientos setenta y cinco hombres.

san julian

El 13 de diciembre llegan a la actual bahía de Río de Janeiro, así llamada porque fue descubierta el día de San Jenaro o porque en ella recalaron el primer día de enero y creyeron estar frente a la desembocadura de un río, el pasaje acuático que Magallanes buscaba para atravesar el continente y encontrarse con el Mar del Sur de Balboa, que el portugués llamaría más tarde océano Pacífico. Lejos estaban. La templanza del clima, los frutos y alimentos, la belleza natural de la bahía y las hermosas mujeres, que resultaron ser deliciosas sin reparos masculinos, brindaron un puerto de maravillas del que nadie quería marcharse. Pero el capitán tenía un objetivo y estaba al sur. Nadie sabía aún cuánto más.

Imponiendo su autoridad, la flota siguió navegando rumbo sur. El 10 de enero divisa una colina a la que llamarían Montevideo, porque al ver el monte que preside esa costa, con su portugués no olvidado, bautizó Montevideo.

Y el Río de Solís que ahora, sí, sin duda, los llevaría al otro lado de la tierra. Pero el nuevo fracaso los empuja más al sur. La flotilla recorre lo, que hoy son la bahía deSamborombón, Miramar, Necochea, Claromecó, gira en torno a la isla Trinidad, internándose hacia Bahía Blanca.

El golfo de San Matías renueva las esperanzas; la península Valdés las aleja. Exploran el golfo de San Jorge hacia la futura Comodoro Rivadavia. El paisaje tropical ha desaparecido. Las soledades son inmensas. Mal tiempo, vientos feroces, el frío, la oscuridad, el tétrico silencio. Cada bahía, cada entrada, cada recodo, es recorrido e investigado. Sólo encuentran el invierno.

Medio año ha pasado. Desconsolados, ariscos, rebeldes, llegan a la bahía de San Julián, donde una península angosta y menuda se separa del continente, amagando ser una entrada prometedora. Luego, la llaman Desengaño.

El 31 de marzo de 1520, víspera de Pascua de Flores, las cinco naos penetran en la Bahía de San Julián. Nada más fondear, Magallanes en vista de las duras condiciones meteorológicas que le esperan y previendo un largo y frío invierno, prepara sus naves para invernar. Para ello, la primera medida que toma es la de reducir la ración diaria de los alimentos traídos de España. Lógicamente, esta severa medida disgustó a los tripulantes y exacerbó el descontento general. Exaltados los ánimos, nombran una comisión para parlamentar con el capitán general.

Magallanes escucha las demandas y responde que tanto él como todos los integrantes de la expedición, habían contraído el compromiso con la Corona de España de llegar a la Especiería, y que estaban obligados a cumplirlo aun a costa de morir en el empeño. Si bien en la marinería el brote rebelde se extinguió rápidamente, algunos de los hombres con mando se amotinan, para exigir al portugués que informe sus planes.

Magallanes logra dominar a los levantiscos y allí en San Julián dejará a los amotinados con vino y víveres para que Dios se encargue de ellos. Magallanes partiría entonces en busca de su destino, el estrecho que lo entregará a la historia y a la muerte trágica en manos de los nativos de una pequeña isla en el Pacífico. La comprobación quedaría ahora bajo el comando de Sebastián Elcano: la Tierra era definitivamente un globo.
A los abandonados los tragó el olvido.

Cincuenta años después, curioso vericueto de la historia humana, el marino inglés Francis Drake debió enfrentar situación similar cuando uno de sus oficiales, Thomas Doughty, se rebeló en esas mismas playas de San Julián. Allí mismo, donde Magallanes dejó a los suyos, Drake ofreció al insubordinado la muerte por la espada o el abandono en la bahía. Doughty eligió la muerte del acero. Su cadáver fue arrojado al mar y quizá se haya reunido con los olvidados de Magallanes en algún lugar profundo, una playa yerma o un cielo para condenados.

Fuente Consultada:
Abuelo es Verdad? de Luis Melnik – Sitio Web: www.Solonosotras.com y Sitio Web Oficial del Gobierno de Venezuela

Sebastian El Cano Elcano Historia Primera Vuelta al Mundo Magallanes

Sebastián El Cano Elcano Historia Primera Vuelta al Mundo

Recibimiento que se hizo a del Cano en la Corte.
Mercedes que se le concedieron

Juan Sebastián Elcano, también escrito Juan Sebastián del Cano o Juan Sebastián de El Cano (Guetaria, Guipúzcoa, España, 1476 – Océano Pacífico, 4 de agosto de 1526), fue un marino español que participó en la primera vuelta al mundo, quedando al frente de la expedición tras la muerte de Fernando de Magallanes.

Historia Primera Vuelta al Mundo

«Desde San Lúcar tenia escrito El Cano al Emperador participándole su llegada. El Monarca desde Valladolid, donde residía la Corte, le contestó a Sevilla, mandándole que fuese a darle cuenta de su viage, acompañado de dos de sus camaradas los que a él le pareciesen mas cuerdos y de mejor explicación.

Estaban en situación tan desastrada, que el mismo Emperador tuvo que dar orden a los oficiales de la Casa de Contratación, para que a todos tres los vistieran y auxiliaran.

Llegado Juan Sebastian a Valladolid, se presentó al Emperador con algunos indios que habían quedado vivos; con los regalos de los reyes de Molucas, y con las muestras de la especería.

El Monarca lo recibió muy bien, congratulándole con donaire por ser el primer hombre que hubiese rodeado nuestro globo por el Océano, como el Sol por su eclíptica, é hizo merced, á él y a sus compañeros, de la cuarta parte de la veintena que a Su Magestad pertenecía de todo lo que traian en sus cajas, incluyendo en la merced a los prisioneros hechos en Cabo Verde, los cuales ya habían sido remitidos a Lisboa en una nave llegada de Calicut, y fueron reclamados vivamente por el Emperador al rey de Portugal.

Concedió además a El Cano privilegio de introducción, y un escudo de armas, en cuya primera mitad, en lo alto, pusiese un castillo dorado en campo rojo, y en la otra mitad un campo dorado, sembrado de especería con dos palos de canela, tres nueces moscadas en aspa y dos clavos de especia, encima un yelmo cerrado y por cimera un globo con esta inscripción: Prirnus circunzdediste me. ¡Magnífico emblema, y sorprendente siglo aquel, en que la historia contemporánea, podía ofrecer tales imágenes para alentar el espíritu caballeresco y emprendedor!

En Valladolid, sin embargo, no todo fue placemes y satisfacciones para El Cano.

La tripulación de la nao San Antonio, que sublevada por el piloto Esteban Gómez contra su Capitán Álvaro de Mezquita, había dado la vuelta a España antes de atravesar el Estrecho, para cohonestar su desobediencia y rebelión, acriminó a Magallanes por las ejecuciones hechas, y dio muchas quejas de lo mal dirigida que iba la expedición.

Esteban Gómez entregó a los oficiales de la Casa de contratación a Alvaro de Mezquita, que lo traía aherrojado, y cuyos bienes fueron embargados, mientras se le formaba proceso.

Declararon cincuenta y cinco personas que venían en la nave; como no todas eran enemigas de Mezquita, ni habían aprobado lo hecho, las declaraciones fueron confusas y contradictorias.

Lo único que se sacó en limpio fue, que la conducta de Esteban Gómez no era del todo laudable, y a él y a cinco de sus principales compañeros se les metió también en la cárcel, mandándose depositar la nave y sus efectos.

Pronto salió de la prisión Esteban Gómez y obtuvo el mando de una Escuadra contra los corsarios que infestaban las Indias, mientras el infeliz Mezquita, víctima de la insubordinación de Gómez seguía preso como un malhechor y desposeído de sus bienes.

Cuando llegó la nao Victoria quiso el Emperador que se hiciese una información sobre la conducta de Magallanes y de los sucesos de su expedición, acerca de todo lo cual los tripulantes de la San Antonio habían hecho formar ideas muy oscuras.

En Valladolid, pues, fue requerido El Cano con sus dos compañeros Francisco de Albo, piloto de la Victoria y Fernando de Bustamante, su barbero ó cirujano.

La declaración de El Cano fue dura, culpando a Magallanes de falta de consideración hacia sus compañeros; de ene miga hacia los castellanos; de irreverencia hacia las órdenes del Rey; de dilapidación de su hacienda, interpretando como una de las causas del rigor que empleó contra los Capitanes que justició en el puerto de San Julián, el deseo de entregar el mando de las naves a los portugueses, sus parientes y amigos, como se vió en los cargos que dio a Álvaro de Mezquita y a Duarte de Barbosa.

Todas las respuestas con que satisfizo a las preguntas que se le hicieron, demuestran la ruda franqueza de un marino.

Debieran parecer poco generosas, tratándose de un hombre ilustre que fue su Caudillo, y que acabó sus días con una muerte gloriosa en la empresa; sino pudiera reconocerse en ellas el deseo de volver por la reputación de los que fueron justiciados, librando sus nombres de la nota de traidores, que se les impuso.

Nada encubrió de la parte que había tomado en aquel momento, en que de orden de Quesada se encargó del mando de la nave San Antonio y asestó sus cañones.

Que el Emperador quedó satisfecho de la declaración de El Cano, á pesar de esta confesión, lo indica el que poco después (el 23 enero de 1532) le hizo merced de una pensión vitalicia de quinientos ducados al año, asentados en la Casa de Contratación, de la especería establecida por aquel tiempo en la Coruña; y si bien no pudo cobrarla por el mal estado del Real Tesoro, su concesión es un testimonio de la benevolencia del Monarca hacia él.»

Fuente: Es parte del cap. IX de la Historia de del Cano, por Navarrete (E.) — Páginas 107 a 114 

Las Amazonas Mujeres Con Seno Cortado Mujeres Guerreras Mitologia

MUJERES AMAZONAS MUJERES CON UN SENO MUTILADO

Las Amazonas eran un pueblo de solo mujeres descendientes de Ares, dios de la guerra y de la ninfa Harmonía. Se ubicaban a veces al norte, otras en las llanuras del Cáucaso, y otras en las llanuras de la orilla izquierda del Danubio. En su gobierno no interviene ningún hombre, y como jefe tienen una reina. La presencia de los hombres era permitida siempre que desempeñaran trabajos de servidumbre. Para perpetuar la raza se unían con extranjeros, pero sólo conservaban a las niñas.

MUJERES AMAZONAS MUJERES CON UN SENO MUTILADOEn la mitología griega, una nación de mujeres guerreras con quienes los griegos combatieron a menudo. La historia de las Amazonas probablemente se originó en una variante reiterada en muchas culturas respecto de una tierra tan remota que superaba los conocimientos geográficos griegos. Los cuentos comenzaron a acumularse.

Según quien fuere el relator, vivían al sur de Rusia, cerca del Mar Negro, en África o por muchas otras partes. La palabra estaría formada por el prefijo negativo am, falta de y mastos, senos.

La historia cuenta que a las niñas se les amputaba un seno o se las ataba con cueros muy tensos para impedir el desarrollo de uno de los senos, facilitando así el uso del arco y la flecha. Muchos estudiosos niegan esta idea.

La leyenda de las Amazonas mezcla mitología, tradición e historias muy antiguas. Según los investigadores, estas tribus capturaban hombres para forzarlos a convivir con ellas hasta que quedaban embarazadas. Luego los mataban o expulsaban de sus tierras. Los hijos varones eran muertos o devueltos a sus padres y las mujeres, conservadas para mantener la cohesión del conjunto.

Varios héroes griegos debieron enfrentarse a las Amazonas: Belerofonte, que primero debió matar a la Quimera, un monstruo mitad león mitad dragón con cabeza de cabra que echaba fuego, que en sus ratos de ocios se atragantaba con rebaños enteros de ovejas. Belerofonte montó al maravilloso caballo Pegaso, alado y volador, y enfrentó a la bestia. La mató rápidamente. Famoso por su hazaña se le encargó enfrentar a las Amazonas y nuevamente el héroe hizo estragos.

Estas prodigiosas aventuras despertaron celos entre sus vecinos y se organizaron para matarlo. Pero, otra vez, Belerofonte los pulverizó. Poderoso e invencible (suponía él), montó a Pegaso, batió sus alas y se elevó a la búsqueda del cielo de Zeus. Allí terminaron sus hazañas.

Otro episodio. La novena tarea de Hércules fue quitarle el cinturón a Hipólita, reina de las Amazonas. Tuvo éxito, pero Hipólita murió al enfrentarlo. Teseo, que lo acompañaba, se apoderó de Antíope, la hermana de Hipólita, y la raptó. Sobrevino la furia de las Amazonas que atacaron Atenas aunque perdieron en el intento.

Como aliadas de los troyanos, tomaron parte en la defensa de Troya, donde su reina, Pentesilea, fue muerta por Aquiles luego de que la aguerrida muchacha matara a varios guerreros griegos.

Las Amazonas adoraban a Artemisa (Diana para los romanos), diosa de la caza, hija de Zeus, hermana de Apolo. Se la asociaba con la castidad, la vida salvaje, la independencia de criterio y la guerra.

En 1540, los españoles comandados por Francisco de Orellana (1490-1546), encontraron en las selvas al norte de Brasil, tribus de mujeres guerreras que combatían con fiereza al lado de los hombres. Los conquistadores dieron su nombre al río Amazonas. El infortunado Orellana habría de morir cuando su barco zozobró y él se ahogó abrazado en las aguas de dicho río.

En un mapamundi del siglo XIII, las Amazonas aparecen como guerreras famosas en cuya provincia hay dos castillos y tierras pobladas de extraños animales. En sus bosques abundan los pájaros fosforescentes cuyas alas alumbran la noche.

El cronista de Magallanes, Antonio Pigafetta, que acompañé a su jefe en la extraordinaria hazaña de circunnavegar el globo terráqueo, sostiene que las Amazonas habitaban la isla de Ocoloro, al sur de Java y sólo eran fecundadas por el viento.

El maestro colombiano Germán Arciniegas (1900-1999), transcribe un texto del navegante español Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1490-1557):”Hacia el noroeste habitan y tienen muy grandes pueblos, unas mujeres que tienen mucho metal blanco y amarillo. Los asientos y servicios de sus casas son todos de esos metales. Su reina es una mujer. Muy cerca, se encuentra una nación de pigmeos.

El relato parece ubicarlas en alguna parte del Paraguay. Lo cierto es que las Amazonas formaron parte de los tiempos, de las magias y las fantasías.
En el idioma castellano, la palabra amazona define a una mujer alta y fuerte. También la que monta a caballo y un papagayo de América.

El río Amazonas, el segundo más largo del mundo (6300 kilómetros), cruza el norte de América del Sur y desemboca en el océano Atlántico. Se origina en la confluencia de los ríos Ucayili y Marañón al norte de Perú. Es considerado el río más caudaloso de la Tierra.

En su curso no aparecen cascadas ni obstrucciones, lo que facilita su navegabilidad. Entre sus puertos más importantes están Iquitos, en Perú; Belem y Manaos, en Brasil. Amazonas es el área tropical más grande del mundo con una superficie de siete millones de kilómetros cuadrados,. reserva ecológica fundamental del planeta Tierra. Se extiende desde el grado 2 latitud norte al 16 latitud sur y desde el océano Atlántico hasta los Andes.

Relata Carlos Fisas en su libro «Historias de la Historia»

El descubridor del Amazonas fue el capitán Francisco de Orellana, aunque en febrero de 1500 Vicente Yáñez Pinzón hablaba ya de un «Río Grande» que llamó Santa María de la Mar Dulce y que después fue llamado Marañón. Al menos en 1513 Juan de Lepe lo llamó así en el pleito de Colón. Se ha dicho que el nombre proviene del capitán, llamado Marañón, que descubrió su nacimiento en el Perú; sin embargo, esta opinión parece infundada, puesto que en 1513 aún no se había conquistado el Perú. Otros dicen que le llamaron río de Marañas «y por significarlas grandes pasó a llamarse Marañón». Vayan ustedes a saber, porque en esto de las etimologías los eruditos no se han puesto de acuerdo. También se habla de un posible origen indígena.

Pero, a todo esto, ¿dónde quedan las amazonas? El padre Carvajal se refiere a un encuentro que tuvieron los conquistadores con los indios, en cuyo transcurso resultó herido. «Quiero que sepan —escribe— cuál fue la causa por que estos indios se defendían de tal manera. Han de saber que ellos son sujetos tributarios a las amazonas, y sabida nuestra venida vanles a pedir socorro y vinieron hasta diez o doce, que éstas vimos nosotros que andaban peleando delante de todos los indios capitanes, y peleaban ellas tan animosamente que los indios no osaban volver las espaldas, y al que las volvía delante de nosotros le mataban a palos, y ésta es la causa por donde los indios se defendían tanto.»

Así pues, el hecho de encontrarse con tribus en las que las mujeres combatían por lo menos tan heroicamente como los hombres hizo que los conquistadores, recordando el mito griego, las llamasen amazonas, y con este nombre fuese conocido el mayor río del mundo.

Fuente Consultada:
Abuelo es Verdad? de Luis Melnik – Sitio Web: www.Solonosotras.com y Sitio Web Oficial del Gobierno de Venezuela.

La Vuelta al Mundo de Magallanes Biografía e Historia

La Vuelta al Mundo de Magallanes

EL LARGO Y TRÁGICO VIAJE DE MAGALLANES: Un día del otoño de 1516, un soldado lisiado se prosternó torpemente ante su rey, Manuel I de Portugal. El soberano contempló con cierto desagrado a Fernando de Magallanes. En los últimos años, los superiores de quienes Magallanes había osado discrepar habían hecho correr informes malintencionados acerca de su conducta.

Mas no había quien pusiera en tela de juicio su noble cuna, sus brillantes hazañas militares y su inflexible lealtad a la Corona. De mala gana, el rey Manuel le hizo seña para que hablara.

Magallanes relató que, a los 36 años, lo habían empobrecido ocho de navegar, explorar y combatir por la Corona en África y las Indias portuguesas. Más aún, había sido gravemente herido tres veces al servicio del monarca, incluyendo una lanzada en la rodilla que lo dejó cojo para siempre. Solicitaba humildemente un aumento en su pensión. Manuel I, que no era nada dadivoso, denegó la petición.

Sorprendido y dolido, Magallanes siguió arrodillado. ¿Podría entonces dársele el mando de alguna carabela rumbo a las Indias, para tratar de rehacer su fortuna? Tampoco, respondió el rey; no había lugar para él al servicio de Portugal. El soldado, humillado, sólo pudo hacer una petición más: que se le permitiera servir a algún otro rey. Manuel lo despachó, rezongando que no le importaba dónde fuera o qué hiciera Magallanes.

Amargamente humillado, Magallanes pasó meses dando vueltas a aquellas ásperas palabras. Poco a poco fue forjando un plan. Su amigo Francisco Serrano, que se había establecido en las Molucas, llevaba años apremiándolo para que se le uniera. Aquellas islas, enclavadas al oeste de Nueva Guinea, eran conocidas también como islas de la Especiería, por ser fuente de la mayor parte de las especias que los europeos codiciaban ardientemente. Además, añadía Serrano, los beneficios del tráfico de especias eran fabulosos.

Magallanes acabó escribiendo a su amigo: «Pronto llegaré contigo, si no por cuenta de Portugal, por la de España.» Y mientras escribía estas palabras históricas, evocaba mapas y globos que había visto en el gabinete cartográfico real, en Lisboa, así como los insistentes rumores acerca de la existencia de un estrecho inexplorado, en el continente sudamericano, hasta el «Mar del Sur» (el Pacífico) que Balboa acababa de descubrir. De conseguir dar con el estrecho, podría abrir una vía occidental a las Indias, en lugar del largo camino alrededor de África y a través del océano Indico que los portugueses usaban y defendían fieramente.

Por suerte para Magallanes, en España varios hombres de importancia ponderaban la misma posibilidad. Y todos convinieron en que Fernando de Magallanes, con su rica experiencia de las Indias, era el hombre más indicado para la empresa. No bien lo llamaron de España, Magallanes abandonó Portugal.

A su tiempo, los que apoyaban a Magallanes le concertaron una entrevista con Carlos 1 de España, rey de 17 años que debía dar el visto bueno a la expedición. Todo marchó bien desde el primer momento. El joven monarca quedó impresionado por el veterano rengo, con su apasionada ambición, su lógica geográfica y su conocimiento personal de las Indias. Seguramente las hazañas pasadas de Magallanes y lo apasionante del viaje propuesto despertaron también el sentido aventurero del joven rey. En cualquier caso, sabía bien qué beneficios podía esperar España si rompía el monopolio portugués del tráfico de especias abriendo un nuevo camino a las Indias por el occidente. El 22 de marzo de 1518 el rey Carlos aprobó que se costeara «un viaje para descubrir tierras desconocidas» pasando por el estrecho, y designó a Magallanes capitán general de la expedición.

En Sevilla hicieron falta 18 meses para completar los preparativos del viaje. Tan largo retraso obedeció en parte a las maquinaciones del cónsul del rey Manuel en Sevilla. Aunque el destino de la expedición era un secreto oficial, los espías de Manuel se habían enterado de la verdad, y el rey estaba dispuesto a evitar aquel intento español de apoderarse de las riquezas de unas Indias que él tenía por dominio personal. Aun más siniestros eran los empeños de don Juan de Fonseca, obispo de Burgos y consejero del rey de España, y de los banqueros alemanes que sufragaban la expedición. Aterrados por las generosas recompensas prometidas a Magallanes por el rey Carlos, y temerosos de que la expedición resultara «demasiado portuguesa», decidieron limitar la autoridad de Magallanes. Al cabo de unos meses de intriga, el obispo Fonseca consiguió que su hijo natural Juan de Cartagena fuera nombrado capitán de uno de los barcos (los demás estaban al mando de oficiales portugueses) y colocados en puestos clave otros españoles más.

Mientras tanto, Magallanes trabajaba metódicamente aprovisionando su flota para la exploración. Fueron adquiridas cinco naves: la Trinidad (nave capitana de Magallanes), la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago. «Muy viejas y remendadas», escribía desdeñosamente al rey Manuel el cónsul portugués, «no quisiera navegar en ellas, así fuese a las Canarias, pues tienen las cuadernas como manteca.» No advertía que Magallanes, tan marino como soldado, mandaba reconstruir los barcos para que resistieran los azares del viaje.

Uno de los grandes problemas fue el reclutamiento de marineros suficientes para tripular la flota. Los orgullosos marineros castellanos no querían servir a un comandante extranjero. Peor aún: el taciturno Magallanes se negaba a decir exactamente adónde iba, y los marinos profesionales no se decidían a comprometerse en una expedición de dos años o más a «un mundo desconocido». A decir verdad, parece que el único que se alistó gustoso fue Antonio Pigafetta, joven noble italiano que quería ver las «grandes y maravillosas cosas del océano». Acaso fuera también secretamente espía de los mercaderes venecianos interesados en el tráfico de las especias. En todo caso, la historia tiene una deuda con Pigafetta, pues su diario, vívido y detallado, es una narración de primera mano de aquel trascendental viaje de Fernando de Magallanes.

Pese a las dificultades, el capitán general consiguió al fin una tripulación completa de unos 250 hombres, que incluía italianos, franceses, alemanes, flamencos, moros y negros, a más de españoles y portugueses. Parecía confiar en que su personalidad de hierro aglutinaría aquel conjunto heterogéneo en un cuerpo disciplinado.

El 20 de septiembre de 1519 todo estaba al fin dispuesto. Retumbó el cañón y ondearon banderas mientras las cinco naves enfilaron al Atlántico desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir. El 26 de septiembre abordaron las Canarias para acabar de abastecerse y tomar agua dulce. A las pocas horas arribó un barco al puerto con una carta urgente para Magallanes de sus amigos de España. El mensaje era alarmante: Cartagena y los suyos proyectaban amotinarse y matar al jefe. Fríamente, Magallanes decidió no hacer más de momento que vigilar de cerca a Cartagena. Confiaba en que,, llegada la ocasión, su experiencia de soldado seria más que suficiente ante cualquier insubordinación.

Pocos días después, la pequeña armada siguió hacia el sur por la costa de África. Las instrucciones de Magallanes fueron característicamente rotundas: «Seguid de día mi bandera y de noche mi farol.» Cojeando silencioso por el puente de mando de la Trinidad, repartía su atención entre el océano desierto, delante, y los cuatro navíos que espumaban detrás. Antes de la puesta del Sol, hacía que sus capitanes se acercaran a la nao capitana y gritaran según se acostumbraba en aquella época: «Dios os salve, capitán general y señor, y a la tripulación del barco.» Por este procedimiento, Magallanes recordaba a todos los expedicionarios que su autoridad era absoluta.

Ardiendo de rencor, Cartagena esperaba una oportunidad de salir al paso al capitán general. Llegó cuando Magallanes, fiel a su formación portuguesa, siguió el camino de da Gama, costeando África un trecho antes de poner rumbo al occidente por el Atlántico. Cartagena preguntó incisivamente por qué la expedición no seguía un «itinerario español», diagonal hacia el sudoeste. La res puesta lo dejó frío. Magallanes se limitó a decirle que atendiera a sus obligaciones y cumpliera las órdenes recibidas.

Después de sufrir violentas tormentas frente a Sierra Leona, la flota cambió al fin rumbo y puso proa a sudoeste, pero no tardó en quedar atrapada por las calmas chichas ecuatoriales. Los barcos pasaron tres semanas quietos en el mar vitrificado. La brea se derretía, los palos se resquebrajaban con el calor abrasador, y los hombres empezaron a rezongar sospechando que el viaje era inútil.  Pero el menudito capitán general seguía envuelto en su silencio acostumbrado.

Al fin se alzó el viento y los barcos reanudaron su camino. Las noticias son vagas y contradictorias, pero el hecho es que Cartagena volvió a desafiar la autoridad de Magallanes. Un atardecer, en vez de gritar personalmente el saludo acostumbrado, se lo encomendó al contramaestre, que se dirigió groseramente al capitán general llamándolo «capitán» a secas. Magallanes reprendió duramente al marinero, pero no hizo de momento nada contra Cartagena. Sin embargo, tres días después Cartagena declaró rotundamente ante Magallanes que ya no obedecería sus órdenes. Era rebelión abierta, exactamente lo que Magallanes estaba esperando. Agarró a Cartagena por la chorrera y con voz de hielo hizo constar que el español era su prisionero. El rebelde quedó custodiado por otro oficial y aquella tarde un nuevo capitán obediente dio el grito en su lugar.

Vientos favorables empujaban a los barcos a través del Atlántico y no tardaron en perfilarse en el horizonte las costas de Brasil. La flota navegó hacia el sur siguiendo costas vestidas de selva y ancló a mediados de diciembre en la espléndida bahía donde más tarde se alzaría Río de Janeiro. Allí, Magallanes concedió a sus fatigados marineros un par de idílicas semanas en tierra.

Los indios de la región, anota Pigafetta, eran caníbales. Por suerte para los europeos, fueron recibidos como dioses y festejados con banquetes de lechón y piñas, cambio gratísimo después del cerdo salado y la galleta de a bordo. Pasaron también muy buenos ratos persiguiendo a las muchachas indias, que iban desnudas y a quienes sus padres anhelaban dar como esclavas a cambio de un cuchillo o un hacha. El matrimonio, por el contrario, lo respetaban celosamente los brasileños: «Pero no nos ofrecieron nunca a sus mujeres: además, no hubieran éstas consentido entregarse a otros hombres que no fuesen sus maridos, porque a pesar del libertinaje de las muchachas, su pudor es tal cuando están casadas, que no toleran nunca que sus maridos las abracen durante el día.»

Magallanes, que se había casado poco antes con una española, se mantuvo apartado hasta que llegó el momento de reintegrar a sus deberes a los hombres reacios. Había barricas de agua corrompida que lavar y dar. El 27 de diciembre, entre los adioses lacrimosos de las muchachas nativas, el capitán general ordenó a sus hombres levar anclas y poner rumbo al sur en busca del estrecho.

El primer día del año 1520 pasó casi inadvertido. Los vigías escrutaban la costa impenetrable de Brasil buscando señales del estrecho. Cundió la esperanza cuando, al cabo de dos semanas y 1200 millas de navegación, descubrieron un vasto canal al oeste, hacia la latitud donde todos los mapas situaban el estrecho. Pero el canal se estrechó en seguida, pues no era sino el estuario del río de la Plata.

Amargamente desengañado, Magallanes concluyó que los mapas estaban equivocados. El estrecho debía de estar más al sur, en las heladas regiones de la Terra Australis, el legendario continente cuya existencia se suponía en lo bajo del globo terráqueo. Muchos marineros se desanimaron tanto que quisieron regresar, pero la férrea voluntad de Magallanes y su desprecio de la cobardía les hicieron seguir. Batidos por mares salvajes, vientos huracanados y granizadas interminables, los cinco navíos seguían adelante mientras se acercaban el otoño y el invierno australes. El hielo empezó a trabar los aparejos; los marineros no daban abasto a quitarlo. El mismo capitán general no dormía más de un par de horas seguidas y, como el resto de la tripulación, pasó semanas enteras sin probar una comida caliente. Se cuenta que Cartagena masculló: «Este loco nos lleva a la destrucción. Con la ambición puesta en encontrar el estrecho, acabará por crucificamos a todos.»

A fines de marzo, Magallanes se compadeció de su tripulación aterida y decidió invernar en tierra. La flotilla recaló en una bahía imponente pero abrigada, que llamaron Puerto de San Julián, cerca de la punta meridional de Argentina. Ningún nativo les dio la bienvenida.

Odo eran montes grises y playas desoladas. Descendió sobre ellos, como una niebla, la depresión. Llevaban seis meses en el mar y no habían llegado a nada ni encontrado nada. ¿De qué serviría a España aquella costa estéril? ¿Dónde estaba el imaginario estrecho hacia las islas de las especias?

Los capitanes rogaron a Magallanes que volvieran a la patria, o al menos a las latitudes más clementes del río de la Plata para pasar el invierno, pero Magallanes se negó tercamente hasta a discutió el asunto. En seguida estalló el motín que tanto había esperado. Según Pigafetta, el cabecilla era Juan de Cartagena. Amo de tres barcos, al parecer planeaba lanzarse hacia la entrada del puerto y poner proa a España, pero no estuvo a la altura de Magallanes, quien metió algunos de sus hombres a bordo de un barco amotinado para que se apoderasen de éste, y una vez dueño de tres barcos cerró la boca del puerto y recuperó el dominio sobre las cinco naos.

Magallanes juzgó inmediatamente a corte marcial a los jefes de la conjuración y todos ellos fueron hallados responsables de amotinamiento. Con sombrío sentido teatral, dispuso una ejecución ritual ante un fondo de rocas ásperas, en presencia de oficiales y marineros. Uno de los capitanes amotinados fue llevado al tajo y allí su propio sirviente le cortó la cabeza. Su cuerpo y el de otro capitán muerto en la pelea fueron arrastrados y descuartizado,,,, y los miembros colgados de cuatro horcas alzadas en la playa de la bahía. La autoridad de Magallanes estaba restablecida incuestionablemente. En cuanto j Juan de Cartagena, acompañado de un clérigo amotinado, fue abandonado cuando la flota al fin volvió a ponerse en marcha.

Pasaron dos meses en Puerto de San Julián antes de ver nativos, hasta que «un día vimos de repente un hombre desnudo de estatura gigantesca, bailando en la playa, cantando y echándose polvo en la cabeza … Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados por un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo.»

No tardaron en aparecer más gigantes, que entablaron buenas relaciones con los exploradores, hasta el punto de bailar con ellos, dejando huellas de medio palmo de profundidad en la arena. Al parecer rellenaban con hierba seca las pieles en que se envolvían los pies, a fin de proporcionarse más calor, lo cual daba la impresión de unos pies descomunales, por lo que Magallanes llamó 11 patagones» a los gigantes, y la comarca no tardó en ser conocida con el nombre de Patagonia.

Con el apremio de seguir la exploración, Magallanes mandó la Santiago a reconocer la costa hacia el sur. El barco se perdió en una tormenta, pero los sobrevivientes (por suerte todos, menos uno) informaron haber hallado un puerto mucho más favorable. A él se dirigieron a fines de agosto los cuatro barcos restantes, después de cinco meses en el tétrico fondeadero de Puerto de San Julián, y allí permanecieron hasta el 18 de octubre.

Para entonces se acercaba rápidamente la primavera austral y Magallanes ansiaba seguir la busca del huidizo estrecho. Tres días después y aproximadamente cien millas más al sur, la flota costeó un cabo arenoso y entró en otra vasta bahía. Los capitanes protestaron diciendo que era inútil perder tiempo explorándola: no podía haber estrecho en el extremo occidental de la bahía. Pero el capitán general no estaba dispuesto a perder ninguna oportunidad. Ordenó a los capitanes de la Concepción y la San Antonio que buscaran en la bahía una salida por el oeste.

Una repentina tormenta hizo desaparecer los dos barcos tras un promontorio rocoso que asomaba en la bahía, y el viento impidió a Magallanes seguirlos durante dos días. Cuando por fin consiguió doblar el cabo, no tardó en ver los dos barcos perdidos, con gallardetes al viento y disparando cañonazos. De fijo tenían buenas nuevas, pero el capitán general, con su dominio acostumbrado, no prorrumpió en expresiones de alegría. Se limitó a inclinar la cabeza y santiguarse. Pronto la San Antonio se acercó para que su capitán anunciara gozoso que los barcos habían navegado más de 100 millas por un canal angosto y hondo, con marcas muy notables y sin rastro de agua dulce. No era la desembocadura de un río, debía de ser el estrecho al gran Mar del Sur.

La flotilla se adentró majestuosamente por un paso imponente, entre montañas altísimas. «Y pensaron que en el mundo no había mejor ni más hermoso estrecho que éste», declaró Pigafetta entusiasmado. Este estrecho de Todos los Santos, como lo llamó el capitán general, y que hoy lleva, con justicia, su nombre, no es un canal ordinario. Su anchura varía entre 3 y 30 kilómetros, y constituye un laberinto líquido lleno de quiebros, vueltas y ramificaciones que llevan a incontables callejones sin salida y angosturas. Salvo unas cabañas llenas de cuerpos momificados y la breve visita de una canoa de nativos que desaparecieron misteriosamente en la noche, los exploradores avistaron pocas señales de vida humana. Pero más adelante vieron parpadear y lucir hacia el sur muchas hogueras, y Magallanes llamó al lugar Tierra del Fuego, como sigue llamándose hasta la fecha la gran isla que hay al sur del estrecho.

Toparon con una isla grande en el canal y Magallanes ordenó al capitán de su nave de mayor tamaño, la San Antonio, que explorara su lado meridional mientras el resto de la flota seguía por la orilla norte. No tardaron en encontrar un buen lugar donde fondear en la desembocadura de un río pululante de sardinas. Magallanes puso a su tripulación a salar una buena provisión de pescado. Luego, en vez de arriesgar su embarcación por aquellas aguas inexploradas, mandó algunos marineros en un esquife a buscar una salida al mar. Pocos días después volvieron, gritando que la habían hallado. La nueva produjo a Magallanes tal emoción que, según Pigafetta, aquel hombre de hierro lloró.

Pero la San Antonio no volvió. Teniendo que hubiera naufragado, Magallanes perdió cerca de tres semanas buscándola en vano, hasta que tuvo que rendirse a la triste evidencia de que la tripulación había desertado y retornado a España, llevándose gran parte de las escasas provisiones de la flota. Aunque la catástrofe dejó a Magallanes bastante desabastecido, resolvió seguir hacia el oeste entre las brumas, vueltas y aguas agitadas del estrecho. Finalmente, el 28 de noviembre, los tres barcos salieron de los 450 kilómetros de canal a un océano vasto y pacífico. Después de la indispensable ceremonia de acción de gracias, Magallanes anunció a sus oficiales: «Señores, navegamos por aguas que ningún navío recorrió antes. Ojalá siempre las hallemos tan sosegadas como esta mañana. Con esta esperanza llamaré a este mar, Pacífico.»

En vez de lanzarse osadamente al noroeste por la inmensa extensión del océano, Magallanes avanzó hacia el norte durante algún tiempo, siguiendo la costa de lo que hoy es Chile. Aunque este derrotero sólo sirvió para aplazar la angustia de adentrarse en la soledad, trajo consigo una apreciable ventaja: algo de calor. Los exhaustos marineros de Magallanes, que llevaban tiritando desde su llegada a Puerto de San Julián, más de ocho meses antes, se regocijaron al sentir que el sol y un aire más benévolo les acariciaban la piel.

Los barcos prosiguieron hacia el norte por espacio de casi tres semanas hasta que Magallanes, preocupado por la disminución de las provisiones, dio la orden decisiva de poner rumbo al noroeste. La señal corrió de buque en buque, tres timones viraron a estribor y la flotilla se adentró en el mar abierto. Magallanes no podía saber que en su recorrido pasaría de largo cerca de innumerables islas que salpican el Pacífico central, ni que aún lo separaba de las Molucas sin océano que cubre un tercio de la superficie terrestre.

El año de 1521 se inició sin novedad; día tras día, semana tras semana los vigías escrutaban el horizonte esperanzados, pero las anheladas islas no aparecían. Se hubiera dicho que los tres barcos chapoteaban sin adelantar en un disco inalterable y enorme de agua azul, sin fin visible.

Los horrores del hambre no tardaron en ser una atroz realidad. Pigafetta recuerda con vivos tonos que comíais galleta y, cuando se acabó, buscaron tiligas, que estaban llenas de gusanos y hedían a olores de ratón. Bebieron agua amarilla, podrida de varios días. Y llegaron a comer pedazos del cuero con que habían recubierto el palo mayor para impedir que la madera rozase las cuerdas … Estaba tan duro que era preciso remojarlo en el mar durante cuatro o cinco días, y en seguida lo cocían y comían, lo mismo que el aserrín. Los marineros hambrientos, debilitados por el escorbuto, se disputaban las ratas atrapadas en la bodega.

El sufrimiento de sus hombres suscitó en Magallanes un imprevisto caudal de compasión. Todas las mañanas cojeaba entre las víctimas, cuidando de los que habían escapado de la muerte durante la noche. Pigafetta advirtió con admiración que el capitán general «nunca se quejan. nunca se hundía en la desesperanza».

Por fortuna, el 24 de enero, después de casi dos meses de navegar sin ver tierra, apareció en el horizonte un diminuto atolón deshabitado. Los hambrientos marineros se atracaron de aves marinas y huevos de tortuga y renovaron su provisión de agua dulce. Un par de semanas después vieron otra isla, pero el viento se llevó de largo a la flotilla sin que los pilotos pudieran remedlirio.

Siguieron pasando semanas. El 4 de marzo llevaban 97 días viajando por el Pacífico- los hombres de la Trinidad comieron la última migaja. Dos días después uno de los pocos que conservaban fuerzas para trepar a la arboladura gritó roncamente desde lo alto: «,Gracias a Dios! ¡Tierra, tierra, tierra!»

La pequeña flota acababa de anclar ante la isla llamada hoy Guam, cuando la rodeó una multitud de canoas de balancín repletas de emocionados nativos que subieron a bordo en tropel, y con ágiles dedos se llevaron todo cuanto hallaron a su alcance. La rapiña continuó hasta que algunos marineros, hartos, dispararon las Magallanes llamó desdeñosamente a aquella tierra la isla de los Ladrones.

Con los isleños en jaque merced al sencillo expediente de quemarles las chozas, el capitán general consiguió mandar una partida a tierra para que saqueara un poco. Los europeos se apoderaron del agua dulce y la comida fresca de los nativos, que tanto necesitaban los enfermos de escorbuto, y disfrutaron una comilona de cerdo asado, pollo, arroz, ñames, plátanos y cocos. Pocos días después se detuvieron en otra isla para volverse a avituallar, y en breve empezaron a recobrar salud los marineros agotados. Curaron las úlceras, se afianzaron los dientes flojos, mejoraron las encías reblandecidas.

Fortificados y con el ánimo recuperado, los exploradores navegaron al oeste. El 16 de marzo apareció otra isla grande, y en los días siguientes no dejaron de dibujarse en el horizonte nuevas islas. Magallanes fue comprendiendo que había dado con un enorme archipiélago desconocido. Eran las islas Filipinas. Aunque allí no había especias, los isleños tenían abundancia de oro y de perlas. Con el tiempo se constituiría un próspero comercio transpacífico entre las islas y los puertos españoles de las costas occidentales de América Central y del Sur.

Anclado ante una de las islas, Magallanes comprobó con emoción que virtualmente había dado la vuelta al mundo. Al acercárselas una canoa llena de isleños, el negro Enrique, esclavo del capitán general desde sus días de juventud en el Lejano Oriente, habló a los nativos en malayo, lenguaje usado en todas las Indias. Los isleños le entendieron y contestaron. Magallanes había salido de las Indias orientales ocho años atrás, en 1513. Ahora, a fuerza de alejarse continuamente de ellas, las iba alcanzando de nuevo.

Aquel momento supremo en la vida del capitán general parece haber ejercido sobre él un efecto extraordinario. Siempre profundamente religioso, le acometió un obsesivo celo misionero. Aplazó la última etapa de su viaje a las Molucas, se detuvo en la gran isla de Cebú, improvisó un altar en la orilla y comenzó a predicar a multitudes de nativos fascinados. «El capitán les dijo que no debían volverse cristianos por miedo», informó Pigafetta, «ni por darle gusto, sino por su voluntad.» Sus sermones, traducidos por el negro Enrique, debieron de ser extraordinariamente eficaces. En un solo domingo, el 14 de abril, Magallanes bautizó a docenas de jefes locales, incluyendo al mismo rajá de Cebú, junto con centenares de súbditos. «Después de haber plantado una gran cruz en medio de la plaza se pregonó que cualquiera que quisiera cristianarse debería destruir todos sus ídolos, colocando la cruz en su lugar. Todos consintieron. El capitán, tomando al rey de la mano le condujo al tablado (adornado con tapicerías y ramas de palmeras) y se le bautizó con el nombre de Carlos, por el emperador… Mostré a la reina una imagen pequeña de la Virgen con el niño Jesús, que le agradó y enterneció mucho. Me la pidió para colocarla en lugar de sus ídolos y se la di de buena gana.» Fue entonces negociada una ,santa alianza» con el rajá, estableciendo la autoridad de España sobre Filipinas.

Sólo un jefe, que mandaba en la diminuta isla de Mactán, estuvo en desacuerdo con la conquista pacífica de Magallanes. Embriagado por su éxito evangélico y político, el capitán general olvidó su cautela acostumbrada. Apiñó a toda prisa unos cincuenta voluntarios en tres botes y se lanzó a la disparatada empresa de someter la isla por la fuerza.

El 27 de abril de 1521, el pequeño ejército cristiano se acercó a la isla de Mactán con el agua hasta los muslos. Los esperaban cientos de guerreros apostados detrás de una serie de hondas trincheras defensivas. Ni siquiera los arcabuces, las ballestas y las armaduras de hierro de los europeos bastaron para contener a la horda de filipinos que gritaban mientras mandaban nubes de «flechas, jabalinas, lanzas con punta endurecida al fuego, piedras y hasta inmundicias, de suerte que apenas podíamos defendernos». Los cristianos no tardaron en salir huyendo derecho a sus botes. Conducía la retaguardia el rengo capitán general, ya herido en la pierna por una flecha, con un puñado de soldados. Durante una hora la reducida tropa luchó desesperadamente al borde del agua, contó Pigafetta, «hasta que al fin un isleño consiguió herir al capitán en la cara con una lanza de bambú. Desesperado, éste hundió su lanza en el pecho del indio y la dejó clavada. Quiso usar la espada, pero sólo pudo desenvainarla a medias, a causa de una herida que recibió en el brazo derecho … Entonces los indios se abalanzaron sobre él con espadas y cimitarras y cuanta arma tenían y acabaron con él, con nuestro espejo, nuestra luz, nuestro consuelo, nuestro guía verdadero».

Después de la muerte de Magallanes, las relaciones entre los exploradores y sus huéspedes de Cebú se echaron a perder rápidamente. Los hombres de piel blanca parecieron de pronto menos divinos, más vulnerables. El rajá, influido por un tripulante descontento, sospechó traición en los españoles. El primero de mayo invitó a 27 oficiales de la flota a un banquete, les dejó comer tranquilamente hasta hartarse y a continuación mandó matar a la mayoría.

Esta catástrofe redujo a 114 los sobrevivientes de la expedición, que al principio contaba con unos 250 hombres. No había suficientes marineros para tripular tres barcos. Los sobrevivientes vaciaron y quemaron apresuradamente la Concepción, se refugiaron en la Trinidad y la Victoria y huyeron de Cebú.

Sin un Magallanes que los dirigiera, los dos navíos vagaron por el mar de China meridional y el mar Sulú durante seis meses, pirateando ocasionalmente en perjuicio de los comerciantes de la región, hasta que toparon con la isla de Tidore, una de las Molucas. Allí cargaron tal cantidad de especias, sobre todo clavo, que la Trinidad empezó a hacer agua. Tomaron entonces la decisión de dejarla atrás para carenarla, y la Victoria, mandada por Juan Sebastián de Elcano, se internó hacia el sudoeste por el océano índico en diciembre de 1521.

El largo viaje no fue tranquilo. Elcano, que había tenido que ver en el motín de Puerto de San Julián, no resultó popular como capitán. Hubo conatos de motín y deserciones por el camino. Las tormentas no dejaban doblar el cabo de Buena Esperanza. Mientras remontaban la costa occidental de África no cesaban de morir marineros de escorbuto e inanición. Hasta septiembre de 1522, el día 8, casi tres años justos desde su partida de España, la fatigada y crujiente Victoria no atracó en el puerto de Sevilla. Una multitud silenciosa presenció con asombro el desembarco de 18 sobrevivientes. Al día siguiente, flacos y descalzos, fueron con cirios encendidos a dar gracias al templo favorito de Magallanes, la iglesia de Santa María de la Victoria.

Luego de honrar así a su jefe muerto, Juan Sebastián de Elcano aceptó del rey Carlos.

Las Carabelas de Cristobal Colón