Los Sforza en Italia

Biografia de Cosme de Medicis -El Viejo- Politico

Biografia de Cosme de Medicis «El Viejo»

La evolución del gobierno popular de las ciudades italianas hacia la concentración monárquica del poder, se efectuó de dos formas distintas: o por la acción de las armas o por el poderoso influjo del dinero.

Para elevarse a la dirección política de Florencia, la familia de los Médicis no necesitó esgrimir la espada de la condottieri, sino los inmensos recursos de que disponía como primera casa bancaria de Italia.

Pero a la vez que se hacían cargo del poder, procuraron dar a la ciudad el máximo rango como centro artístico y Italia, subvencionando a los artistas y a los humanistas.

Cosme el viejo
Cosimo di Giovanni de Medici o Cosme el Viejo fue un político y banquero italiano, fundador de la dinastía de los Médici, dirigentes efectivos de Florencia durante una buena parte del Renacimiento italiano.
Fecha de nacimiento: 27 de septiembre de 1389, Florencia, Italia
Fallecimiento: 1 de agosto de 1464, Villa medicea de Careggi, Florencia, Italia
Cónyuge: Contessina Bardi (m. 1415–1464)
Residencia: Palacio Médici
Hijos: Pedro de Cosme de Médici, Carlos de Cosme de Médici, Juan de Cosme de Médici
Hermanos: Lorenzo el Viejo

En definitiva, los Médicis plasmaron el ideal del primer Renacimiento italiano en Florencia. Esta fue la dirección que imprimió a los destinos familiares Juan de Bicci (1360-1429), quien con su actividad bancaria y su profunda perspicacia económica fué el verdadero fundador de la prosperidad material de los Médicis.

De tal padre, Cosme de Médicis, llamado el Viejo (nacido el 27 de septiembre de 1389), heredó la riqueza, la popularidad, el espíritu de empresa, el deseo de proteger a los artistas y la ambición de concentrar en sus manos—-aunque de modo indirecto— el gobierno de la ciudad.

Cosme fué hombre de formación cultural mediocre; pero estuvo dotado de excepcionales condiciones de inteligencia y de habilidad para triunfar en los negocios y en la política.

A la muerte de su padre, en 1429, Cosme era un ciudadano privado, como cualquier otro de Florencia, aunque de preeminencia sin par. Tenía entonces 40 años.

Habíase dedicado al comercio y algún tanto a la política. Acompañó al papa Juan XXIII al Concilio de Constanza (1414), viajó luego por Francia y Alemania, y a su regreso a Florencia se encargó de varias embajadas: a Milán, en 1420; a Lucca, en 1423, y a Bolonia, en 1424.

Destacado por su trato bondadoso y por su liberalidad suma para con los pobres, Cosme se convirtió muy pronto en el jefe del partido que luchaba contra la oligarquía imperante en Florencia.

En 1433, con motivo de una paz vergonzosa concluida con Lucca, redobló sus ataques; pero en aquella ocasión fué víctima de un atentado. El gonfalonero Bernardo Guadagni lo detuvo el 7 de septiembre de 1433, y acusado de perturbar el orden del Estado, fué excluido por diez años de todo cargo público y confinado a Padua.

Su destierro duró poco. En octubre de 1434 regresaba a Florencia como señor de la ciudad. Sus ambiciones políticas concordaban con los deseos de paz y prosperidad de la mayoría de los ciudadanos, en particular los dé condición humilde.

Gobernó con prudencia y moderación, desempeñó varias veces el cargo de gonfalonero (1435, 1439, 1445), y dirigió con suavidad la conquista del poder.

Como otro Augusto, respetó las libertades y las instituciones tradicionales de Florencia, pero hizo que sus amigos ocuparan los principales cargos públicos y compusieran los consejos y las magistraturas.

Su dominio sobre la ciudad fue efectivo, pero muy poco aparente. Sin embargo, en alguna ocasión, como en el golpe de Estado de 1458, tuvo que demostrar que él era el verdadero señor de Florencia. Entonces creó el Consejo de los Ciento.

Su política internacional fue muy activa. Se basó en procurar la independencia de Florencia y de Italia. Por esta causa se alió con Venecia contra Felipe María Visconti cuando éste parecía aspirar a la hegemonía en el Norte de Italia, y con Francisco Sforza contra Venecia cuando esta ciudad se hizo demasiado poderosa.

A él se debe la entronización ducal de los Sforzas en Milán y la intervención de Renato de Anjou en Nápoles (1455). Durante su gobierno, el territorio de Florencia se redondeó con varias adquisiciones estratégicas.

Después de larga enfermedad, Cosme murió en Careggi el 1° de agosto de 1464, casi octogenario.

La ciudad tributó a su cadáver honras fúnebres excepcionales, pues no podía olvidar que el gran Médici le había dado la paz, la potencia política y la supremacía cultural italiana.

Cosme, en efecto, no sólo protegió a los artistas — como Brunnelleschi y Donatello —, sino a los humanistas y a los literatos.

En su época se inauguraron varias bibliotecas dotadas de valiosos manuscritos, las salas de sus palacios se convirtieron en admirables museos de arte y se constituyó el primer núcleo de la Academia dirigido por Marsilio Ficino.

El soplo de la helenidad vivificó las letras con traducciones como las de Aristóteles, confiadas al erudito Argirópulos. En resumen, bajo Cosme de Médicis se preparó la fulgurante época del gran Renacimiento en Italia.

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Biografia de Ludovico Sforza Duque de Milán

Biografía de Ludovico Sforza Duque de Milán

LUDOVICO SFORZA, DUQUE DE MILÁN (1452-1508)
Ludovico Sforza, denominado el Moro, es una de las figuras más singulares entre los príncipes italianos del momento de transición del Cuatrocientos al Quinientos.

La ruina del poder de los Médicis en Florencia le elevó por un instante al vértice de la política italiana; pero su fortuna fué fugaz como la luz del relámpago.

Cayó bajo los golpes de Venecia y, en particular, de Francia. Sin embargo, queda como un exponente clásico del príncipe del Renacimiento, gran mecenas y protector de las artes, pero sin escrúpulos para adueñarse del poder del Estado.

Ludovico Sforza
Ludovico Sforza, llamado el Moro, a los 42 años se convirtió en Duque de Milán, y tomó parte en la primera y segunda guerras italianas y. Se hizo famoso por ser mecenas de Leonardo da Vinci y otros artistas. Murió a los 55 años.
Fecha de nacimiento: 27 de julio de 1452, Vigevano, Italia
Fallecimiento: 27 de mayo de 1508, Loches, Francia
Cónyuge: Beatriz de Este (m. 1491–1497)
Hijos: Francisco II Sforza, Maximiliano Sforza, Bianca Giovanna Sforza, Giovanni Paolo I Sforza, Cesare Sforza

Era el cuarto hijo legítimo de Francisco Sforza, el gran condottiero, y de Blanca María Visconti. Vió la luz en Vigevano el 27 de julio de 1452.

Educado por su madre, muy pronto fue separado de ella para dedicarle a las actividades políticas.

En 1165 fue armado caballero, y en 1466, a la muerte de su padre, fué nombrado gobernador de Cremona, amenazada por un posible ataque de los venecianos al mando de Bartolomé Colleoni.

Coniurado este peligro, ocupó varios cargos de responsabilidad durante el gobierno de su hermano Galeazzo María. Cuando éste pereció asesinado en 1476, se hallaba en Francia con su hermano mayor Sforza María.

Ambos regresaron a Milán para disputar la regencia de Juan Galeazzo a la viuda Bona de Saboya y al ministro Simonetta. Apoyados en el elemento gibelino de la ciudad, los Sforzas dieron un golpe de estado el 25 de mayo de 1477, que terminó con un gran fracaso.

Ludovico fue desterrado a Pisa, al objeto de que estudiara para la carrera diplomática. Poco después, la sublevación de Genova permitía a Sforza María renovar sus actividades subversivas.

Ludovico imitó su ejemplo. Con auxilios que recibió de su cuñado el rey de Nápoles, se unió a las huestes de su hermano en la costa ligur. La muerte de Sforza María en julio de 1479, dejóle libre el campo.

A través de Tassino, favorito de Bona de Saboya, supo captarse la voluntad de la regente. De regreso a Milán el 7 de septiembre de 1479, promovió la detención de Simonetta y la eliminación de sus adversarios políticos. El 3 de noviembre de 1480 lograba ser reconocido regente por su sobrino, el débil e irresoluto Juan Galeazzo.

Ludovico actuó en la regencia como sí fuera verdadero duque. Su política fué, en general, afortunada. Contuvo las pretensiones de Venecia, rechazó las agresiones de los suizos (1487) y restauró la autoridad de los Sforzas en Genova (1487), quebrantada en 1478.

Sin embargo, tuvo que admitir para esta república la alai, soberanía de Francia, cuyos tentáculos se extendía al ducado de Saboya y a los marquesados de Montferrato y Saluzzo. Apoyó a los Sforza de la Romana contra Florencia (1488).

Respecto al rey de Napoles Ferrante, le devolvió en un principio el apoyo que antes le habia prestado. Pero las relaciones entre las dos cortes se agriaron cuando Ludovico no quiso dar el poder a su sobrino Juan Galeazzo, casado con Isabel de Aragón, al llegar a su mayoría de edad.

Estas circunstancias impulsaron a Ludovico el Moro a estrechar sus relaciones con Carlos VIII de Francia quien ambicionaba renovar las pretensiones de los Arajou sobre el reino de Napoles.

El regente del ducado de Milán favoreció los proyectos del monarca francés aunque para evitar sus excesivas ambiciones procure asegurar su posición haciéndose otorgar la investidura del ducado por el emperador Maximiliano de Austria el 3 de septiembre de 1494.

La empresa de Carlos VIII y la notoriedad de los éxitos franceses, junto con la? pretensiones del duque de Orleáns a la corona milanesa, determinaron que Ludovico se apartara de su aliado y pasara a engrosar la Liga de Venecia de 1495, la cual provocó la retirada del ejército expedicionario francés en Italia.

En 1496, duque reconocido por la muerte de Juan Galeazzo sin sucesión, acaecida el 21 de octubre de 1494, Ludovico el Moro parecía hallarse en la cúspide de su poder. Pero jamás las apariencias fueron tan engañosas.

Francia había reconocido la excepcional importancia del Milanesado para sus planes italianos, y, para reducir a Ludovico el Moro, buscó y halló aliada en Venecia y Suiza. Aislado el duque de Milán, Luis XII —el duque de Orleáns que había sucedido a Carlos VIII en 1497 en el trono de Francia — lanzó un nuevo ejército sobre Italia (1499).

Muchas fueron las defecciones entre los defensores del Moro, de modo que éste tuvo que huir de Milán y refugiarse en Innsbruck (septiembre de 1499).

Aquí buscó refuerzos para recobrar el ducado, empresa que intentó al año siguiente. Traicionado en Novara por los suizos, cayó en poder de loa franceses (8 de abril de 1500), quienes le trasladaron a Francia y le encerraron en la fortaleza de Lys-Sain-Georges, en el Berry.

Después de un intento de fupaa Ludovico fue transferido al castillo de Loches, donde murió el 27 de mayo de 1508. Así terminaron los días de quien había sido esperanza de Italia y protector de Leonardo de Vinci y del Bramante.

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Biografia de Juliano de Medicis

Biografia de Juliano de Medicis

De los tres descendientes varones de Lorenzo el Magnífico, sólo Juan, el que fué más tarde León X, heredó de su padre cierta habilidad política.

Pedro, el primogénito, actuó de modo tan ligero que comprometió la señoría medicea, derribada en Florencia a causa de la invasión francesa el 9 de noviembre de 1494.

Juliano de Medicis
Juliano de Médici fue un político italiano del Renacimiento. Hermano del estadista Lorenzo de Médici, murió durante la conjura de los Pazzi. Fecha de nacimiento: 25 de marzo de 1453, Florencia, Italia
Fallecimiento: 26 de abril de 1478, Catedral de Santa María del Fiore, Florencia, Italia
Entierro: Capilla de Los Médici, Florencia, Italia
Hijos: Clemente VII
Padres: Pedro de Cosme de Médici, Lucrecia Tornabuoni
Hermanos: Lorenzo de Médici, Blanca de Médici, Nannina de Médici

En esta fecha el benjamín de la rama principal de los Médicis, Juliano, tenía quince años. Nacido en 1479 y educado en el ambiente refinado de la corte de Lorenzo, Juliano fué culto, amigo de artistas y literatos, y él mismo autor de rimas elegantes.

Pero física y moralmente carecía de toda energía; fué disoluto, débil e indeciso.

En la Italia contemporánea gozó de una fama que estuvo muy lejos de corresponder a sus méritos reales.

Parte de su destierro, entre 1494 y 1512, la pasó en la corte de Urbino, donde los Montefeltros habían recogido la herencia cultural de los Médicis.

En aquella corte convivió con Castiglione, Bibbiena, Bembo y otros humanistas célebres. Cuando después de la explosión de los franceses de Milán, el congreso de Mantua restableció a los Médicis en Florencia (151a), Juliáno desempeñó el gobierno de la ciudad, el cual correspondía a su hermano mayor Juan.

Pero éste aspiraba al Papado, y confió a Juliano la responsabilidad de les asuntos del Estado florentino.

Elevado a la dignidad pontificia en 1513, León X designó a su hermano capitán general de la Iglesia, cargo que no respondía a sus cualidades de hombre pacífico. El pontífice pensó también promoverle al señorío de Parma y Placencia (1515), pero este plan fracasó.

Poco después, Juliano buscaba el apoyo de Francisco I, el cual le dio por esposa a su tía, Filiberta de Saboya.

Su carrera política fue interrumpida por la muerte, acaecida en Florencia el 17 de marzo de 1516, a consecuencia de la tuberculosis que había venido a castigar sus muchos excesos.

Dejó un hijo natural de cinco años de edad, Hipólito. Del rey de Francia había recibido el título de duque de Nemours.

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Biografia de Francisco I Sforza
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Biografia Andrea del Verrocchio
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El Shah Abbas de Persia El Grande Historia de su Reinado

El Shah Abbas de Persia «El Grande»
Historia de su Reinado y Sus Conquistas

La fama del shah Abbas no se debe sólo a su capacidad militar. Fue también un protector de las artes y del comercio, un inteligente administrador, y en el terreno religioso se mostró tolerante

Con Abbas I el Grande, cuarto shah de la dinastía de los safávidas, se sentaron las bases territoriales del actual estado de Irán (Persia). Accedió al trono en 1587, cuando empezaba a declinar el imperio español: reinaba entonces en España Felipe II, que reunía bajo su corona la península Ibérica, los Paises Bajos y el reino de Napóles, mientras en el Nuevo Mundo se había completado prácticamente la conquista y estaban ya fundadas las ciudades más importantes. En Europa, aparte de España, la hegemonía política alternaba entre Gran Bretaña, Francia y el Sacro imperio alemán, mientras por el este amenazaba el Gran Turco.

sha de persia

El shah Abbas el Grande. Convirtió a su país en una potencia, y durante casi cien años protegió indirectamente a sus incompetentes sucesores. Supo crear un poderoso ejército al que dotó de artillería.

 

Entre los turcos y los mongoles

Por aquel entonces se hallaba asentada en el actual Irán la dinastía de los safávidas. Su territorio, que cambió repetidas veces de fronteras como consecuencia de las constantes disputas con sus vecinos, comprendía la franja de terreno limitada por los mares Caspio y Aral, al norte, y el golfo Pérsico al sur. Quedaba, pues, situado entre dos legendarios imperios: el turco otomano, al oeste, y el mongol al este, siendo particularmente duras las luchas que los shahs sostuvieron contra los uzbekos (mongoles).

El estado safávida surgió de una orden de derviches del siglo XIV, originariamente sometida a la ortodoxia sunnita. Los sunnitas son una de las dos grandes denominaciones islámicas: sostienen que los tres primeros califas fueron elegidos legítimamente; a ellos se oponen los chutas, para quienes el nombramiento de dichos califas (que reinaron entre la muerte de Mahoma y la elección de su yerno Alí) fue ilegítimo, debiendo haberse reconocido desde el primer momento al ciado Alí. La cuestión no era bizantina, pues bs chutas apoyaban el derecho de los sucesores de Alí, como profetas, al ¡manato, y tilo implicaba consecuencias políticas importantes.

Los safávidas, fieles en un principio al grupo sunnita, evolucionaron poco a poco hacia un chiismo militante. A fines del siglo XV estaban asentados en las tierras del actual Azerbayán, y su shah era Ismail. Este inició la expansión hacia el sur, y se proclamó en 1502 shah de Persia, fundando un imperio que ocho años más tarde estaba ya consolidado. La dinastía así establecida permaneció en el poder hasta 1722, en que fue depuesto el sultán por el emir del vecino Qandahar (el actual Afganistán).

Los safávidas, gobernantes mediocres con la excepción de Abbas I, afirmaron su imperio sobre una doble base: el nacionalismo de los pueblos iranios, y la religión chuta,  que se declaró oficial en el Imperio y sirvió así de bandera contra el amenazador Imperio turco, fiel al sunnismo.

De la solidaridad religiosa fue emergiendo la solidaridad nacional, y los territorios del Asia Central irania, que habían sido la cuna de la civilización persa-islámica y, al propio tiempo, firmemente sunnitas, se fueron separando del resto del mundo iranio, llegándose a una delimitación de las fronteras de Persia que corresponde más o menos a la actual. El Imperio persa se inclinó hacia el Occidente, y Europa tuvo noticias de él gracias a las brillantes narraciones que algunos viajeros, como los franceses Chardin y Tavernier, hicieron de él.

La primera derrota

Tras la consolidación inicial del Imperio safávida, en 1510, con la victoria que el shah Ismail consiguió sobre los uzbekos, pareció asegurado su prestigio. Pero en 1514 sufría el propio Ismail, en Chaldirán, una aplastante derrota a manos de los otomanos. El shah, gobernante religioso y temporal a un tiempo, quedó en una posición delicada. Como imán chuta gozaba de una condición semidivina; pero los fieles, desilusionados por aquella derrota y por la depravación moral de su señor, comenzaron a dudar seriamente de las pretensiones de éste respecto a su infalibilidad de origen divino y su limpieza de pecado, con lo cual se resquebrajaron las bases de su autoridad.

Después del desastre de Chaldirán comenzó a resultar muy difícil a los shahs safávidas la conservación de la integridad de su autoridad, especialmente en lo referente a las siete grandes tribus turcas de Qizilbash, que representaban la base real de su poder. Cuando el shah Abbas, cuarto de la dinastía safávida, subió al trono en 1587, las tribus de Qizilbash habían perdido el respeto a su soberano y entrado en un período regresivo que amenazaba con la vuelta a las antiguas alianzas tribales. Abbas había sido testigo desde su más tierna edad de la extrema gravedad de la situación y pronto se dio cuenta de que estaba siendo utilizado como un rehén entre los jefes rivales del Qizilbash.

Hasta su misma coronación había sido en realidad un coup d’etat de uno de ellos, Murshid Quli Kahn Ustajlu, que había depuesto a Mohammad Khudabanda, padre de Abbas y colocado a éste en el trono en calidad de protegido suyo.

Durante el reinado de Abbas florecieron el arte y la arquitectura como nunca anteriormente. Una de las obras más bellas que hizo construir fue la mezquita del Shah. He aquí la puerta de ingreso.

Un nuevo ejército modelo

Abbas comprendió que debía quebrantar el poder de los Qizilbash si quería tener la autoridad en sus manos. Una de sus primeras medidas consistió en la creación de un potente ejército permanente, pagado directamente por el Tesoro real, reemplazando así el sistema de levas de tipo feudal de las tribus Qizilbash. El nuevo ejército modelo llegó a alcanzar la cifra de 37.000 hombres.

Su organización se debe principalmente a Robert Sherley, un aventurero inglés experto en cuestiones militares. Gracias a Sherley, entre cuyos ayudantes figuraba un fundidor de cañones, Abbas pudo incluir en sus fuerzas un cuerpo de artillería compuesto de 12.000 hombres y 500 cañones. Con esto quedaba subsanada una carencia que se había demostrado desastrosa en Chaldirán frente a la artillería turca.

El núcleo del nuevo ejército estaba formado por las tropas eslavas y los ghulams, muchos de los cuales eran georgianos convertidos al Islam. A lo largo de su reinado Abbas fue confiando cada vez más en estos hombres, a quienes dio acceso también a los altos puestos administrativos hasta cubrir con ellos el 20 por ciento de los cargos; en ellos sustituían por otra parte a sus anteriores posesores, los jefes Qizilbash.

Como habían hecho otros gobernantes anteriormente, Abbas siguió la política de «divide y vencerás» para evitar una posible unión de los elementos de la oposición. Grandes masas de personas fueron trasladadas a la fuerza desde sus tierras a otras muy distantes. El establecimiento de los armemos y georgianos se llevó a cabo no sólo para evitar que los turcos usasen a estas infortunadas víctimas de la guerra entre ambos países, sino también para crear una diversidad étnica y religiosa que impidiese la unión de diversos grupos.

No contento con esto y continuando su política, fomentó deliberadamente el fraccionamiento de las facciones dentro de las grandes ciudades. Para evitar posteriores peligros internos, estableció la práctica de confinar a los príncipes de la rea-familia dentro del harén, hasta el momento en que fuesen llamados a gobernar.

Del mismo modo que sus antecesores. Abbas pasó la mayor parte de su vida era campaña, consiguiendo por su parte tales éxitos que Persia, hasta casi un siglo despee; de su muerte, pudo gozar de tranquilice frente a la posibilidad de una amenaza del exterior.

En 1590, poco después de su subida al trono Abbas se había visto obligado a concluir un desfavorable tratado de paz con los otomanos para evitar una guerra simultánea en dos frentes en un momento en que la situación interna no estaba resuelta. Por dicho tratado los otomanos retenían sus recientes conquis tas en Georgia y el Azerbaiján, ademas de parte del Luristán y Kurdistán.

Pero dicho tratado le permitió concentrar sus fuerzas contra los uzbekos, a los que derrotó amplia mente en 1598 en Herat. Entonces trato de consolidar sus posiciones en esta frontera (lo que no consiguió) instalando en ella jefes vasallos uzbekos. Cuando éstos renovaron sus ataques en 1601, Abbas fue superado por el movimiento estratégico del enemigo y se vió obligado a retirarse.

Finalmente, en 1604 pudo comenzar las operaciones militares contra los otomanos, que en aquel momento se estaban debilitando debido a sus conflictos internos y a la guerra contra Austria. Su prudencia tuvo la recompensa merecida, consiguiendo con la ayuda de sus cañones una brillante victoria en las cercanías de Tabriz en 1606, vengando así la humillación sufrida cien años antes en Chaldirán.

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Los viajeros europeos quedaban deslumhrados ante el lujo y riquezas de la corte persa. En las calles, junto a los magníficos edificios, abundaban los jardines y las fuentes.

Balance de un reinado

El éxito de Abbas se puede calibrar muy bien pensando que cuando subió al trono se encontró con un poder safávida al borde del colapso y que después de su muerte la dinas-tía pudo vivir de las rentas de sus éxitos durante casi un siglo, pese a la incompetencia de  los shahs posteriores. Pero, paradójicamente, el mismo Abbas había sembrado el germen de la descomposición de la dinastía.

En primer lugar, el lazo espiritual que uniera otrora al shah con sus subditos había constiuido el fundamento moral de su gobierno y dado a los safávidas una ideología potente y dinámica. Rota esta relación, Abbas tuvo que recurrir al único sustitutivo que consideró posible: la afirmación de un despotismo de tipo tradicional. La fuerza dinámica que había conducido a los safávidas al poder quedaba destruida definitivamente.

En segundo lugar, el nuevo ejército permanente resultaba una pesada carga financiera para el Tesoro real, lo que conducía inevitablemente a extorsiones y opresiones. Y la incompetencia de sus sucesores se debió en gran parte a la práctica introducida por Abbas de encerrar al heredero en el harén hasta el momento de su subida al trono.

No obstante todo esto, el balance de su reinado es muy positivo. Con una autoridad real establecida con firmeza, Persia pudo gozar de los beneficios de una paz interna y duradera. Si el shah no era venerado (aunque todavía amplios estratos del pueblo creían en su semidivinidad) por lo menos era respetado. Y las largas guerras con los otomanos y uzbekos garantizaron al país la seguridad de sus fronteras en el futuro.

Fomentó los contactos con el exterior, llamando a notables personalidades y favoreciendo las relaciones comerciales con Europa, de modo que industria y comercio conocieron un gran florecimiento. Durante el período safávida la literatura inició su decadencia, pero el apoyo que se había negado a los poetas, por razones religiosas, se ofreció pródigamente a pintores y arquitectos. Abbas trasladó su capital a Ispahan, que se convirtió en centro de un floreciente renacer artístico. Embelleció la ciudad con amplias avenidas flanqueadas de árboles, con plazas amplias, y con mezquitas y palacios que continúan produciendo admiración por sus colores y proporciones.

La época safávida coincidió con el período en que Europa se dedicaba a los descubrimientos geográficos y a la expansión; por eso no es sorprendente que se reanudasen los contactos mutuos. Abbas, que comprendió el provecho que podía sacar de estas relaciones, las favorecía con entusiasmo. Todo europeo que se presentaba con algo valioso que ofrecer, como había sido el caso de Robert Sherley, era recibido con los brazos abiertos.

También pretendió Abbas utilizar del mejor modo posible a los europeos en su lucha contra los turcos. Aunque no llegó a sellar ninguna alianza militar, pese a todos sus intentos,favoreció el comercio por vía marítima dentro del golfo Pérsico, con la intención de sustituir así las viejas rutas que estaban en aquellos momentos bajo el dominio otomano.

Durante su reinado, la primacía que ostentaban los portugueses en esta zona fue sustituida por la de las Compañías inglesa y holandesa de las Indias Orientales. En 1622 consiguió Abbas persuadir a los ingleses para que cooperasen con las tropas safávidas en la expulsión de los portugueses de su base en la isla de Ormuz. A cambio les ofreció privilegios comerciales en el nuevo puerto de Bandar Abbas, situado en tierra firme a unos 20 km al norte de Ormuz. Se estableció en suma, un profuso intercambio de embajadas entre Per-sia y Europa.

Aunque estos contactos presagiaban un drástico cambio en el equilibrio del poder entre Este y Oeste, no se podía en aquellos momentos sospechar tal circunstancia, y Europa no dejó apenas huella en Persia. Al contrario, fue Persia la que ejerció gran influencia gracias al alto nivel de prosperidad material y cultural alcanzado.

Una personalidad de su tiempo

Gracias a las narraciones de los viajeros europeos, podemos hacernos una idea del aspecto físico y de la personalidad de Abbas. Thomas Herbert, que formaba parte de la embajada inglesa en 1627, lo describe como «de baja estatura, aspecto vivaz, ojos pequeños y llameantes, la frente baja, la nariz grande y aguileña, barbilla aguda, sin cubrir de pelo, según la moda del país; su bigote era grande, saliente y espeso, con las guías hacia abajo». Abbas no era sólo inteligente y estaba dotado de gran agilidad mental.

Se hallaba también muy bien informado; sorprendió al viajero italiano Pietro della Valle al interpretar correctamente una alusión que éste había hecho respecto a los luteranos. Su habilidad manual la conocemos por las relaciones contemporáneas de la misión carmelitana. «Se entretiene haciendo cimitarras, arcabuces, riendas y sillas de caballo; teje, destila sales, hace agua de flor de naranja y medicinas y —en resumen— aunque no domina a la perfección los ingenios mecánicos, es bastante experto también en eso.»

Su tolerancia en materia religiosa permitía que órdenes monásticas como los carmelitas agustinos y capuchinos pudiesen moverse libremente en Persia. Al mismo tiempo era profundamente supersticioso. Su modo de vivir era sencillo, aunque su accesibilidad y naturalidad nunca dañaban su dignidad. Poseía un fuerte sentido del humor, que, a veces, adquiría matices macabros, a costa de los demás. Su crueldad no era excepcional considerada la época, aunque resulta difícil excusar la forma retorcida en que hizo matar o cegar a sus hermanos e hijos.

«Pero —escribe Thomas Herbert— debemos considerar que este príncipe grande y generoso, a quien no desagradan estos excesos, es una figura amada y respetada en su país y muy honrada en el extranjero. Por lo tanto hacer una descripción de la variedad de torturas que aquí se aplican: brujas y perros caníbales, hombres a los que se les arrancar los intestinos, y otras cosas similares, no serviría sino para traernos un recuerdo odios.: e innecesario.»

Fuente Consultada:
La LLave del Saber  – La Evolución Social –  Tomo II – El Shah de Persia – Editorial Ediciones Cisplatinas S.A.

Los Libros Sagrados de la Historia Escrituras Sagradas de Religión

Los Libros Sagrados de la Historia
Las Escrituras Sagradas de Religión

Hay un punto común en todas las religiones del hombre: la existencia de escrituras sagradas, cuyas palabras encierran la fe, contienen normas. He aquí varios de ios libros más bellos del mundo

En el mundo islámico es costumbre referirse a quienes siguen la enseñanza de Mahoma llamándoles «hombre del Libro». Este título se concede también a los cristianos y a aquellos que pertenecen al «pueblo de Israel». Con ello, los mahometanos expresan que estas tres creencias poseen escritos sagrados que son esenciales para las doctrinas y prácticas respectivas.

Pero como hecho real, todas las religiones desarrolladas del mundo, tanto de Oriente como de Occidente, reverencian ciertas colecciones de escritos que ellas consideran como «escritura sagrada». Este término, empleado por los cristianos para designar el Antiguo y el Nuevo Testamento, y por los judíos para referirse al Antiguo Testamento, puede tener una aplicación más general.

Los libros sagrados

A todos los pueblos de Occidente les es familiar la colección judeo-cristiana llamada Biblia, integrada por el Antiguo y el Nuevo Testamento. Todos han oído hablar también del Corán, unas «revelaciones» que, según el profeta Mahoma, le habían sido hechas por inspiración de Dios.

Pero no todos sabemos que en la India y en todas las zonas fieles a la creencia hindú, los Upanishads y otros escritos (el Bhagavad-Gita, por ejemplo) ocupan un lugar semejante al concedido por los cristianos, mahometanos y judíos a sus libros santos. Y tampoco sabe todo el mundo que hay un cuerpo de escritos budistas —por ejemplo, el Vinaya o «Libro de la disciplina», el Sutta pitaka o «Sermones», el Abhidhamma o «Exposición teológica»— que los seguidores del sabio indio Gautama (el Buda) consideran sagrado.

También en China las Analectas de Confucio, como asimismo los escritos atribuidos a Lao-Tsé, la figura que fundó el taoísmo, ocupan un sitio central entre quienes siguen el «camino» que les ha sido enseñado por estos sabios históricos o parcialmente legendarios.

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Casi todas las religiones poseen escrituras sagradas. En un santuario ricamente decorado del «Templo de Oro» de Amritsar, en la India, un sikh lee en cómoda posición el enorme libro santo de su religión, derivado del hinduismo brahmánico.

Historia y doctrina

Cierta parte del contenido de los libros sagrados (excepto de los más antiguos hindúes) es histórica o casi histórica. Así, tenemos relatos sobre el nacimiento y la vida, sobre la enseñanza de Buda, sobre cómo recibió Mahoma sus «revelaciones», sobre los primeros días del pueblo judío, conducido por Moisés, «el amigo de Dios», y narraciones sobre su historia, en la que se sintieron guiados por Dios y fueron capaces de disfrutar de la comunión con El. Y tenemos, sobre todo, relatos sobre el mismo Jesús: sobre su nacimiento, su enseñanza, sus obras, su muerte, su resurrección y los acontecimientos que ocurrieron luego en la comunidad de sus discípulos.

Cuando se estudian los escritos de las distintas religiones con métodos críticos —los mismos que se aplicarían a cualquier documento antiguo—, se descubre, por regla general, que existen varios estratos distintos en ellos. Parte de los escritos son realmente muy antiguos; en algunas ocasiones, casi contemporáneos de los principios de la religión (como el Corán o las Analectas de Confucio).

Otras partes han sido añadidas y muchas veces insertadas en las secciones originarias. Este material más nuevo es, a nienudo, esplicación y amplificación de lo que fue transmitido por boca de la figura principal de la fe, e importa mucho conocerlo, en la medida en que demuestra claramente cómo una tradición religiosa ha crecido, se ha extendido y ha sido interpretada a la luz de otras experiencias o a través del contacto con otras creencias religiosas por todo el mundo.

El concepto de «canon»

Es importante señalar que en el judaismo, el cristianismo, el hinduismo y el budismo, los escritos sagrados son más bien producto de una comunidad que de un individuo aislado. En cambio, el Corán (por ejemplo) es obra de un solo hombre, del profeta Mahoma, aunque los estudiosos creen que ahora y entonces se han añadido o se ha ampliado ciertas secciones de aquel libro.

Este carácter comunitario de la escritura es de una importancia considerable. Muchas veces no se puede saber quién creó las primeras colecciones; simplemente aparecieron como tales, en la medida en que hoy nos permiten asegurarlo nuestros conocimientos. Pero, naturalmente, alguien debe haberlas escrito. En cualquier supuesto, importa distinguir los libros sagrados de los que no lo son.

Los criterios para establecer el «canon», o lista oficial budista de los libros sagrados, no están claros en modo alguno; tampoco lo están los que limitaron las posibilidades de los escritos santos hindúes, aunque parece que aquí la antigüedad tuvo mucho que ver con la selección.

En el caso concreto de la Biblia, el concepto de canon está íntimamente ligado al de «inspiración» divina, porque se tienen por escrituras sagradas las inspiradas por Dios. Hasta aquí coinciden el judaismo y el cristianismo, que se separan a la hora de establecer la lista concreta de libros santos.

El judaísmo, tras una asamblea de rabinos reunida entre los años 90 y 100 d. de J. C, reputó y reputa hoy como canónicos 39 libros del Antiguo Testamento.

La Iglesia cristiana acepta, en principio, esa lista, con una diferencia: en tanto que los protestantes, en general, la respetan íntegramente, la Iglesia católica añade a esos 39 libros otros 6, los llamados «deuterocanónicos» (Tobías, Judith, 1 y 2 de los Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico y Baruc, así como algunos fragmentos de Ester y Daniel), y entiende así que el canon veterotestamentario lo integran 45 libros.

Por otra parte, al Antiguo hay que añadir el Nuevo Testamento, cuya lista oficial de libros respetan todas las Iglesias cristianas en la forma que sancionó el concilio de Cártago de 397. Son los siguientes: los cuatro evangelios (de san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan); los Hechos de los Apóstoles, de san Lucas; catorce epístolas de san Pablo; otras siete epístolas de autores varios (dos de san Pedro, tres de san Juan, una de Santiago y otra de san Judas); y el Apocalipsis de san Juan.

La escritura sagrada y sus lectores

Punto importantísimo es el de la relación existente entre el libro sagrado y el creyente común. Toda ella gira en tomo al problema de la interpretación.La Iglesia católica, con referencia a las Escrituras, permanece fiel al sentido «literal», entendido en un sentido amplio, tanto estrictamente histórico como evangélico, por tener en el Evangelio su propio desarrollo. Pero además afirma que hay un sentido «típico», que no consiste en las palabras, sino en las cosas o personas que esas palabras expresan, y que a él debe atenderse también. Estas reglas, combinadas con la autoridad de la Tradición, darán la pauta para interpretar rectamente las Escrituras.

Esta cuestión de la interpretación tiene particular relieve en el cristianismo que, junto con el judaismo, es de las pocas religiones que da acogida en su culto, como parte integrante, a la lectura de las escrituras. El judaísmo preceptúa el despliegue de los «rollos» y la lectura del texto; el cristianismo, las «lecciones» durante la liturgia (por ejemplo, las de la Epístola y el Evangelio en la Misa), y las lecturas en la Sagrada Comunión. En ambas religiones, por tanto (y asimismo en el Islam) los escritos sagrados son familiares al hombre común y no se piensa que estén reservados exclusivamente a la especulación de los monjes o las personas instruidas.

Habida cuenta de esa difusión tan general, ha preocupado siempre el problema de la traducción de la Biblia a las lenguas modernas. En España, la más antigua versión castellana es la publicada por Alfonso X, recogiendo casi toda la Escritura: se la conoce por Biblia alfonsina.

Traducciones completas ofrecieron después los judíos y protestantes españoles: los primeros, la Biblia de Alba y, sobre todo, la de Genova, por el lugar de su impresión, datada en 1533; los segundos, la del morisco Casiodoro de la Reina (Biblia del Oso, por el grabado de la portada), impresa en Basilea en 1559 y depurada poco después por Cipriano de Valera. Hay que esperar a fines del siglo xvm para encontrar la primera traducción católica completa: es la debida al P. Felipe Scio de San Miguel, publicada en Valencia y «desdichadísima» a juicio de Menéndez y Pelayo.

En Madrid se publicó, de 1823 a 1825, otra traducción, ésta del canónigo don Félix Torres Amat. Últimamente, destacan tres versiones: las de Nácar-Colunga (1944), Bover-Cantera (1948), y la del P. Serafín de Ausejo, publicada no hace mucho (1964). Las tres son de gran valor religioso y científico.

LIBROS SAGRADOS DEL MUNDO

HINDUISMO

Los Vedas. Himnos, liturgias, cultos y votos antiguos. Algunos piensan que datan de los años 1000 a 800 a. de J.C. Originariamente se transmitían por tradición oral, pero más tarde fueron fijados por escrito. Los himnos están dirigidos a varios miembros del mundo de los dioses védicos. Un veda es una pieza sagrada de conocimiento, y los sacerdotes usaban los Vedas en los dias primitivos de la religión india.

Los Upanishads. Existen más de 250. Constituyen la enseñanza secreta mística, que interpreta el fundamento material de los Vedas. Los Upanishads también se transmitían por vía oral, hasta que al fin se pusieron por escrito para facilitar la enseñanza, procurar información y formar el contenido para la meditación de los piadosos.

El Ramayana, el Mahabharata y el Bhagavad-Gita. Cuando el hinduismo se desarrolló, su aspecto impersonal se modificó frecuentemente, dejando paso a una devoción más personal dirigida a divinidades específicas. El Ramayana data del 400 a. de J.C. aproximadamente. Habla de un rey devoto, Rama, séptima encarnación del dios Vishnú. El Mahabharata, que narra la guerra entre dos grupos indios, incluye varias enseñanzas morales, referentes a dioses y hombres; puede datar del siglo V a. de J.C. El Bhagavad-Gita está interpolado en el Mahabharata, pero generalmente se presenta separado de él por razones devocionaíes. Siendo de una época posterior, habla del dios Krishna, que adopta forma humana y se presenta al pueblo para que éste le adore e imite.

BUDISMO

El Libro de la disciplina (Vinaya), los Sermones (Sutta pitaka) y la Exposición (Abhidhamma) constituyen el canon pali de la escritura budista y forman lo que se llama tripitaka, esto es, las tres pitaka o «canastas» (líneas de enseñanza). El paií es una forma tardía y algo «rebajada» de la antigua lengua sánscrita, Los escritos son probablemente el producto de varias escuelas de monjes que los coleccionaron y redactaron a base de la tradición oral, quizás en el siglo I a. de J.C.

JUDAISMO

El Antiguo Testamento. En sus numerosos libros hay relatos antiguos sólo históricos en su núcleo, poesías, narraciones estrictamente históricas, himnos, discursos proféticos y revelaciones de Dios a los judíos. La colección creció gradualmente durante muchos siglos, hasta que en una asamblea de rabinos celebrada en Jammia, del año 90 al 100 d. de J.C., se fijó el canon actualmente aceptado por el judaismo y por las Iglesias protestantes. El Pentateuco (los primeros cinco libros del Antiguo Testamento) recibe la denominación de Tora (Ley) y significa que el judaismo poseyó, y posee, una literatura definitivamente establecida. Siempre ha habido comentarios sobre ella; pero el comentario en sí no es considerado santo, como la Tora misma.

CRISTIANISMO

El Antiguo Testamento. Se acepta el canon judío, pero la Iglesia católica incluye en él, además, otros seis libros llamados «deutero-canónicos».El Nuevo Testamento. La parte más antigua es la colección de cartas (epístolas) de san Pablo, que datan de mediados del siglo I; después, los cuatro evangelios, que cuentan la historia de la vida y la enseñanza de Jesús; los Hechos de los Apóstoles; diversas epístolas escritas por otros cristianos primitivos, y el Apocalipsis de san Juan. Al principio el canon era muy poco exacto; finalmente, en el año 691 d. de J.C. el esquema actual fue aceptado en el Concilio de Cartago, que reconoció todas las secciones incluidas hoy en el Nuevo Testamento.

ISLAM

El Corán. El profeta Mahoma es autor de gran parte, aunque no de todo el libro sagrado del mahometismo. Él recibió orden de Dios de fijar estas enseñanzas para los que siguieran el camino que Dios deseaba para los hombres. Esto quiere decir que, al menos los capítulos (azoras) más cortos, los más concisos, se remontan a la propia vida del profeta (nacido alrededor del año 570 d. de J.C).

Más tarde, reunió lo que él creía haber oído y lo escribió. Pero hoy los entendidos están seguros de que se ha añadido algún material adicional, bien al editarse la obra de Mahoma, bien por comentaristas de poco tiempo después. Los musulmanes consideran el Corán como libro de inspiración divina verbal. Por consiguiente el Islam, más que cualquier otra fe religiosa, es una «religión de un libro». Sin embargo, en años más recientes, algunos musulmanes han adoptado una actitud más liberal, pensando que el Corán necesita una interpretación para encontrar las necesidades de la vida creyente en una época distinta de aquella en que vivió su fundador.

Fuente Consultada:
La LLave del Saber  – La Evolución Social –  Tomo II – Libros Sagrados – Editorial Ediciones Cisplatinas S.A.