Los Viajes en la Edad Media

La Cultura Burguesa Mercantil en la Edad Media Mercaderes y Banqueros

La Cultura Burguesa Mercantil en la Edad Media Mercaderes y Banqueros

A menudo tenemos la impresión de que en la Edad Media la iglesia monopolizaba la cultura. La enseñanza, el pensamiento, las ciencias y las artes habrían sido hechas para ellos y por ellos, o por lo menos bajo su inspiración y su control. Falsa imagen que debe corregirse ampliamente.

En realidad el dominio de la Iglesia sobre la cultura solamente fue total durante la Alta Edad Media. Distinta es la situación a partir de la revolución comercial y el apogeo de las ciudades.

Por fuertes que sigan siendo los intereses religiosos, por poderoso que sea aún el cerco eclesiástico, hay grupos sociales antiguos y nuevos con otras preocupaciones, con sed de conocimientos prácticos o teóricos distintos de los religiosos y que crean instrumentos de saber propios y medios de expresión también propios.

mercaderes en la edad media
Ciudad Medieval y su Comercio

El mercader desempeñó un papel capital en el nacimiento y desarrollo de esta cultura laica. Para sus negocios precisa conocimientos técnicos. Por su mentalidad, se dirige a lo útil, a lo concreto y a lo racional. Gracias a su dinero y a su poder social y político, puede satisfacer sus necesidades y realizar sus aspiraciones.

Muchos historiadores han abierto el camino hacia una investigación de la instrucción del mercader y su papel en la historia de la educación. Por ahora solo disponemos de informaciones dispersas sobre un tema capital: las escuelas laicas medievales.

Podemos suponer que, desde muy temprano los burgueses, o sea esencialmente los mercaderes, obtuvieron el derecho de abrir escuelas, y lo utilizaron.

En 1179 existen escuelas comunales en Gante, y la libertad de enseñanza —conquistada a pesar de la resistencia encarnizada de la Iglesia— fue solemnemente reconocida por la condesa Matilde y el conde Balduino IX en 1191.

En general, si bien la Iglesia logró conservar la enseñanza «superior» y parte de la enseñanza «secundaria», tuvo que abandonar la enseñanza primaria. En las parvae scolae o scolae minores —por ejemplo en Ypres, en 1253, está permitido a cualquiera abrir escuelas de este tipo— los hijos de la burguesía mercantil reciben las nociones indispensables a su futuro oficio.

La influencia de la clase mercantil se deja sentir en especial en cuatro campos: la escritura, el cálculo, la geografía y las lenguas vivas.

La escritura
Sabido es cuan unida está la escritura a las necesidades a que responde. Depende estrechamente del medio que la utiliza, es eminentemente un «hecho de civilización». Sabemos que el paso de la escritura antigua, «cursiva antigua», a la escritura de la Alta Edad Media, minúscula Carolina, solo puede explicarse por la sustitución de una civilización por otra. Igualmente, el retorno a la cursiva en los siglos XII y XIII es un hecho integrado en todo el movimiento económico, social e intelectual que conduce al nacimiento de una sociedad nueva.

En la diversificación de escrituras que entonces se produce, junto a la escritura de Cancillería elegante y cuidada, hecha para actos solemnes, y a la escritura notarial, a la vez embrollada y abreviada, debemos conceder un lugar a la escritura comercial, limpia y rápida, que expresa «energía, equilibrio y gusto». Es la que responde a las crecientes necesidades de la contabilidad, de la teneduría de libros y de la redacción de actas comerciales.

Escribirlo todo, escribirlo en seguida y escribirlo bien: he aquí la regla de oro del mercader. Un genovés aconseja a fines del siglo XII: «No debes olvidarte nunca de asentar bien por escrito todo lo que haces. Escríbelo en seguida, antes de que se te haya ido de la mente.»

Y el anónimo florentino del siglo XIV dice: «No se debe tener pereza de escribir». «Scripta manent» es más cierto para el mercader que para nadie. Gracias a él, la escritura, una escritura limpia y cómoda, útil y corriente, ocupa un puesto de primer orden en las escuelas primarias.

El cálculo matemático
Y con la escritura, el cálculo. Su utilidad para el mercader es todavía más evidente. La enseñanza del cálculo comienza con el empleo de instrumentos prácticos que sirven al escolar, y luego al financista y al comerciante, para calcular. Son el abaco y el tablero, «humildes antepasados de las máquinas de calcular modernas».

A partir del siglo XIII se multiplican los manuales de aritmética elemental, como el escrito en 1340 por Paolo Dagomari de Prato, apodado Paolo dell’Abaco. Entre los tratados científicos, hubo algunos que han sido de singular importancia, tanto para la contabilidad como para la ciencia matemática.

fibonacci matematico

Así el Tratado del abaco —líber abbaci— que publica en 1202 Leonardo Fibonacci. (imagen superior) Es un pisano cuyo padre es oficial de aduanas de la Repú blica de Pisa en Bugia, África. Se inicia en las matemática!, que los árabes tomaron de los hindúes, en el mundo cristiano-musulmán del comercio, en Bugia, en Egipto, en Siria y en Sicilia, por donde viaja por negocios.

En su obra introduce el empleo de las cifras árabes y del cero, la innovación capital de la numeración por posición y de las operaciones con fracciones y del cálculo proporcional.

Ampliando más sus estudios, en 1220 publica una Práctica de la geometría. A fines de la Edad Media, Luca Pacioli escribe en 1494 su famosa Summa de Arithmetica, resumen de los conocimentos aritméticos y matemáticos del mundo del comercio; en él se extiende especialmente sobre la contabilidad por partida doble. Mientras tanto, desde 1410 se difunde por Alemania otro manual, el Método de cálculo de Nurentberg.

luca pacioli matematico

La geografía
Otro campo de investigación necesario para el mercader: la geografía práctica, donde se codean los tratados científicos, los relatos de viajes y la cartografía.

Se ha dicho que el famoso Libro de las maravillas de Marco Polo fue uno de los best-sellers de la Edad Media; y el gusto por los libros de aventuras, inclusive novelados, estuvo tan desarrollado en aquel tiempo que pudo asegurar el éxito del libro apócrifo de Sir John Manndeville, donde la imaginación entraba en mucho.

Las escuelas cartográficas genovesas y catalanas produjeron los admirables portulanos, descripciones —acompañadas de mapas— de las rutas marítimas, los puertos y las condiciones de navegación.

En este medio erudito que escribía para especialistas y profesionales provistos de compás, astrolabios e instrumentos astronómicos, nació Cristóbal Colón, quien no partió a la ventura, como quiere la leyenda, sino provisto de un fuerte bagaje de conocimientos y de técnicas que lo llevaban hacia un objetivo determinado.

Para uso del mercader que iba al extranjero habla tratados que enseñaban, por ejemplo, «lo que debe saberse al ir a Inglaterra», como indicaba Giovanni Frescobaldi, mercader-banquero florentino, o «lo que debe saber un mercader que se dirige a Catay», es decir, a China, como escribía en unas páginas famosas Francesco di Balduccio Pegolotti, factor de los Peruzzi.

Las lenguas vulgares
El conocimiento de las lenguas vulgares le es indispensable al mercader para entrar en contacto con su clientes.

Desde muy pronto, los libros y las cuentas se llevan en lengua vulgar, en lengua vulgar se escriben las actas comerciales y, a pesar de la existencia de intérpretes en los principales centros de intercambio, se redactan diccionarios para uso de mercaderes, como un glosario árabe-latino y especialmente un diccionario trilingüe latín, dimano (lengua turca que era la jerga comercial del Mar Negro al Mar Amarillo) y persa.

Al principio, sin duda a causa de la importancia de las ferias de Champaña, la lengua internacional del comercio fue el francés. Pero pronto tomó el primer puesto la lengua italiana, mientras en la esfera hanseática dominaba el bajo alemán.

No es de sorprender que el desarrollo de las lenguas vulgares haya ido unido al progreso de la clase mercantil y sus actividades. El texto más antiguo que se conoce en lengua italiana es un fragmento de las cuentas de un mercader de Siena del año 1211.

La historia
Los mercaderes no se contentan con estos conocimientos básicos. Se interesan por la historia. Ésta les ayuda no solo a glorificar su ciudad y el papel que en ella desempeña su clase, sino también a situar, comprender los acontecimentos que enmarcan su actividad y de los cuales son actores.

En 1338, Giovanni Millani describió en cifras a Florencia, en una página célebre y excepcional: cantidad de habitantes, de barrios, de parroquias, de corporaciones y de miembros de las mismas, número de los negocios más importantes, monto de los impuestos y balance de las finanzas públicas. En el siglo XV, el veneciano Marian Sañudo intentará también valorar en números el poderío veneciano.

Así, junto con los documentos oficiales, los censos y las listas fiscales, la literatura histórica alimenta —aun cuando los datos sean a veces erróneos— a la pobrísima estadística medieval. Se ha observado un hecho impresionante: «que la historiografía florentina del siglo XIV es el monopolio casi exclusivo de los hombres de negocios».

Hombres de negocios son Diño Compagni, Giovanni y Matteo Villani, Giovanni Frescobaldi, Donato Velluti y Marchione di Copo Stefani, quienes, en cada generación, redactan crónicas precisas, basadas en datos reales, en las cuales el autor, aun cuando sea parte, no se conforma solo con palabras.» De este modo, junto a los cronistas atentos solo a los hechos políticos y religiosos, nace una categoría de historiógrafos preocupados por lo económico.

Los manuales de comercio
Ciertos mercaderes confiaron sus conocimientos y sus experiencias en manuales de inestimable valor. Estas Prácticas del comercio enumeran y describen las mercancías, los pesos y medidas, las monedas, las tarifas aduaneras y los itinerarios.

Proporcionan fórmulas de cálculo y calendarios perpetuos; describen los procedimientos químicos para fabricar aleaciones, tintes y medicinas; aconsejan tanto sobre la forma de defraudar al fisco, como el modo de comprender y utilizar los mecanismos económicos.

Están inspirados por un vivo sentimiento de la dignidad de los mercaderes; ya hemos visto algún ejemplo de los mismos.

Los más célebres son italianos. Son las Prácticas del comercio de los flbreritinds Francosco di Balduccio Pegolotti, que fue factor de los Peruzzi en Famagusta, en Brujas y en Londres, y de Giovanni di Antonio da Uzzano; El libro de las mercancías y usos de los diversos países, atribuído a Lorenzo Chiarini; y una obra veneciana anónima, Tarifa y conocimiento de los pesos y medidas de las regiones y países que se dedican al comercio en el mundo

Todo este bagaje intelectual, todas estas herramientas culturales siguen vías divergentes de las de la Iglesia: conocimientos técnicos profesionales y no teóricos y generales; sentido de la diversidad y no de lo universal, que conduce, por ejemplo, al abandono del latín por las lenguas vulgares; busca de lo concreto, de lo material y mensurable.

La Iglesia no comienza a sentirse inquieta e incómoda hasta que el auge comercial influye en el reclutamiento universitario. Las Facultades más frecuentadas son las que conducen a los oficios laicos o semilaicos más lucrativos: la Facultad de Derecho y la de Medicina. La primera forma a los notarios, tan necesarios en el siglo xm a causa de la abundancia de contratos comerciales. La segunda desemboca en un oficio con frecuencia mixto de médico y boticario: el droguista, que a menudo es el más solicitado en la sociedad burguesa.

La racionalización
El historiador Renouard ha destacado que la cultura mercantil condujo a la laicización, a la racionalización de la existencia. El escenario, el marco de la vida dejaba de ser coloreado por la religión. Los ritmos de la existencia ya no obedecían a la Iglesia.

Medir el tiempo se convertía en necesidad para el mercader; y la Iglesia se revelaba inhábil para ello. Un calendario regulado por fiestas móviles era muy poco cómodo para el hombre de negocios.

El año religioso comenzaba en una fecha que oscilaba entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Los mercaderes precisaban puntos de partida y referencias fijas para sus cálculos y para establecer los balances.

Eligieron entre las fiestas litúrgicas una fiesta secundaria, la Circuncisión, e hicieron que sus cuentas comenzaran y acabaran el l9 de enero y el l9 de julio.

La Iglesia había determinado también las horas por las estaciones y las oraciones que les correspondían. Maitines, Prima y Ángelus se regulaban con el sol y variaban durante el año. Las campanas respondían a los cuadrantes solares.

El mercader necesitaba un cuadrante racional dividido en doce o veinticuatro partes iguales. Él fue quien favoreció el descubrimiento y la adopción de los relojes de repique automático y regular. Florencia lo tuvo desde 1325, Milán en 1335, Padua en 1343, Genova en 1353 y Siena en 1359.

Una cultura de clase
Sin embargo, sea cual fuere su influencia sobre el desarrollo de la enseñanza, no debe creerse que la clase mercantil intentara beneficiar con su cultura a todo el mundo.

Ya la especialización originaria, unida al deseo de conservar esos famosos secretos que quería guardar celosamente, la conducían a un aprendizaje interno: el que recibían sus hijos, al salir de la escuela primaria, en la tienda paterna o junto a asociados o colegas extranjeros.

Y esta enseñanza práctica, reservada a los hijos de los mercaderes-banqueros, demuestra que la movilidad social en el mundo de los negocios en la Edad Media no fue tan grande como se ha dicho a veces.

Y la imposibilidad de hacer que sus hijos recibieran en las escuelas religiosas una formación técnica apropiada y, sobre todo, también el deseo que pronto sintieron de manifestar su rango social mediante la segregación escolar, llevó a los mercaderes a apelar a preceptores y hacer que sus hijos recibieran lecciones particulares en su propia casa.

La arquitectura
Donde primero imprimió su huella la burguesía fue en la arquitectura. La Alta Edad Media había visto surgir dos tipos de monumentos: la mansión señorial, el castillo-fortaleza; y el edificio religioso, la iglesia.

Desde ahora se desarrollarán otras dos categorías de monumentos: la arquitectura civil pública y la casa patricia. Esta última solo progresivamente se fue desprendiendo del carácter militar de la Alta Edad Media. Tanto la preocupación defensiva como el deseo de prestigio, habían llevado a los primeros ricos ciudadanos a construir esas casas ornadas de torres cuyos restos sorprendentes vemos aún en San Gimigniano.

En efecto, las torres son un signo deslumbrante de la asimilación de la rica burguesía a la nobleza. Convertidos en propietarios rurales, los mercaderes de Messina hicieron fortificar su granja, como Perrin Auchier en Longchamps entre 1313 y 1325, como los Hesson en el dominio de Brieu hacia 1318.

Esta costumbre pasa de Italia a Alemania: en el siglo XV, unas cuarenta casas burguesas de Regensburg tienen torres. Pero pronto los palacios de los patricios pierden gran parte de su aspecto militar.

Sin embargo, el temor a los motines o a los asaltos y el deseo de garantizar el secreto de la actividad interna de los mercaderes, hizo que en Florencia los palacios de los Médicis y de los Strozzi conservaran un aspecto severo que tiene algo de fortaleza.

En Siena, numerosos palacios de grandes familias de mercaderes, como el palacio Salimbeni, están todavía provistos de almenas. Sin embargo, las ricas mansiones de los patricios se abren hacia el exterior por todas partes, mediante ventanas, galerías o logias donde los mercaderes ofrecen a sus conciudadanos el teatro suntuoso de sus ceremonias familiares: bodas y funerales.

Como la logia de los Guinigi en Luca. La búsqueda de la elegancia se manifiesta sobre todo en los admirables patios interiores, que son una de las primeras manifestaciones del espíritu del Renacimento.

En Venecia, libre de los temores de motín o de guerra entre sus muros, la búsqueda de materiales, de ligereza y de suntuosidad en las fachadas se manifestó con más brillo, como testimonia todavía el extraordinario despliegue de mármol y piedra a lo largo del Gran Canal.

La pintura
También la pintura llevó la marca del mecenazgo de los mercaderes. La encontramos en las iglesias, en las capillas donde celebraban sus ceremonias privadas y se hacían enterrar las grandes familias del comercio y de la banca, capillas cuyos muros hacían adornar con frescos: capilla de los Peruzzi y de los Bardi en Santa Croce, de los Scrovegni en Padua (donde desplegó su arte Giotto), de los Strozzi y de los Pazzi en Santa María Novella; capillas Brancacci en Santa María de Carmine (donde Nasaccio revolucionó el arte del fresco); capilla del palacio Médicis donde Benozzo Gozzoli representó a los miembros de la ilustre familia en el fresco de los Reyes Magos; coro de Santa María Novella done Ghirlandaio nos conservó los rasgos puros y serenos de las mujeres de la familia Tornabuoni.

En efecto; en el arte del retrato la clientela burguesa influyó profundamente en la pintura. Sentimientos piadosos y gusto por el prestigio lkvaron por igual al mercader a hacerse representar en los cuadros.

El mercader comparte con el noble y el clero de alto rango el deseo de aparecer bajo los rasgos del donante y hacerse inmortalizar en él. A veces, como en el tríptico de Meling «El Juicio Final», en el cual Tommaso Portinari y su mujer son pesados por el arcángel San Miguel, el mercader entra en la acción del cuadro. Pero los mercaderes sienten más que los otros el deseo de imponer a los contemporáneos y a la posteridad su presencia eternizada.

A ellos no les basta con hacerse representar a veces —raramente— con los atributos de su función, como el famoso pesador de oro y su mujer, o —lo que es más frecuente— en medio del lujo de sus interiores burgueses, como en el célebre cuadro de Van Eyck que representa a Arnolfini y su mujer. Ellos, que no tienen, como los nobles, los obispos y los abades, armaduras, emblemas, mitras o cruces que simbolicen su rango social, ponen más atención en que se reproduzcan exactamente sus rasgos.

El realismo del retrato, que responde también a otras causas de la evolución de la pintura, refleja el deseo del mercader que encarga un retrato, de ser reconocido gracias al parecido. No quiere que se le pueda confundir con otro, del mismo modo que en los negocios afirma la originalidad y el valor de su firma comercial.

Le gusta que en los cuadros se le represente en el escenario de su hogar, con los ricos muebles y los objetos cotidianos; y ese escenario, a la vez familiar y rico, desborda sobre la pintura religiosa.

Las vírgenes de la Anunciación y los santos retirados del mundo son representados como burguesas y burgueses en su hogar; tal, San Jerónimo, que abandona la gruta de la pintura primitiva por un despacho de mercader humanista. Le gusta también verse rodeado de su familia,sobre todo de sus hijos, prenda de la continuidad de su casa, de sus negocios y de su prosperidad.

A Arnolfini lo pintan junto a su mujer encinta, detalle realista, pero también símbolo de fecundidad, como la Madonna de Montercbi de Piero della Francesca.

Fuente Consultada: Mercaderes y Banqueros en la Edad Media de Jacques Le Goff – Editorial Universitaria de Buenos Aires

Historia de los Viajes Comerciales y las Colonizaciones Europeas

PRIMEROS VIAJES COMERCIALES Y LAS COLONIAS DE EUROPA

Alrededor del año 2000 a.C., los fenicios habían fundado ya dos grandes puertos, Sidón y Tiro, en las costas orientales del mar Mediterráneo. Durante varias centurias tuvieron el dominio marítimo, transportando mercaderías de una tierra a otra. Con el pasar del tiempo, fundaron importantes colonias como Tarsis, al S. de España, y Cartago, al N.E. de la costa de África. Esta última, especialmente, llegó a tener tal poderío que fue capaz de desafiar a la poderosa Roma.

Grandes Exploraciones de Nuevo Mundo

En el Libro I de los Reyes, en el Antiguo Testamento, se dice que el rey Salomón tenía una nave que, cada tres años, le traía desde Tarsis un cargamento de oro, plata, marfil, simios y pavos reales.

Posiblemente hace 3.000 años, los barcos fenicios se aventuraron más allá del estrecho de Gibraltar y navegaron por el Atlántico, hacia el N., hasta el extremo N.O. de Inglaterra, en busca de estaño; circunnavegaron África por primera vez hacia el año 600 a. J. C. partiendo del mar Rojo hacia el sur.

En el transcurso de sus viajes, los marinos fenicios parecen haber inventado una nueva forma de escritura: el alfabeto. Esta creación que fue, casi con certeza, lograda por pueblos semitas, consistió en el uso de unos pocos signos que representaban sonidos de consonantes y vocales. No hubo más necesidad de aprender signos distintos para miles de palabras diferentes, como en el antiguo Egipto y en la Mesopotamia. Leer y escribir demandó mucho menos esfuerzo con la invención del alfabeto.

Alrededor del año 700 a. J. C, la supremacía marítima de los fenicios fue pasando a manos griegas. Este pueblo vivió entonces no sólo en lo que hoy es Grecia, sino también a lo largo de la franja occidental del Asia Menor, en Creta y en muchas otras islas del Mediterráneo oriental. Además fundaron colonias en Italia meridional, Sicilia y en la costa mediterránea de Francia.

Este largo período de viajes, colonizaciones y comercio acercó a los pueblos de civilizaciones diferentes, permitiéndoles establecer contactos cada vez más íntimos. Los griegos tomaron conocimiento de Egipto, Mesopotamia y Fenicia y, sobre la base de lo aprendido, dieron un gran paso adelante. Con el papiro importado de Egipto y con el alfabeto tomado de los fenicios, adaptado a sus necesidades lingüísticas, escribieron importantes libros.

En el siglo VI antes de Cristo, Hannón, el Navegante, se hizo a la mar desde Cártago y fue bordeando, con su flota, la costa occidental del continente africano, sobre el Atlántico. Un siglo después, el historiador Herodoto cruzó las aguas del piélago que separaban su querida Grecia del lejano Egipto y remontó el curso del Nilo.

Los griegos combinaron los conocimientos matemáticos de Egipto y Mesopotamia y agregaron a ellos la filosofía y la política. Despreciaron toda clase de trabajos manuales a los que consideraban tareas propias de esclavos, y dedicaron su tiempo a educarse, discutir ideas y producir bellas obras literarias; la poesía y el drama lograron una perfección nunca antes conocida y grandes filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles dejaron su pensamiento imperecedero, especialmente este último, que dio las bases a las modernas ciencias políticas. La ciudad de Atenas fue el centro de todo ese mundo cultural.

Hacia el final del siglo IV a. J. C, los griegos y macedonios, al mando de Alejandro Magno, conquistaron un gran imperio que se extendía hacia el E. más allá del río Indo, e incluía Persia y Mesopotamia, junto con Egipto. Heredaron, de esta manera, toda la sabiduría acumulada por cinco civilizaciones más antiguas.

En honor del conquistador se fundó la ciudad llamada Alejandría, cerca de una de las desembocaduras del Nilo. Durante varias centurias, y mucho antes de que Roma ocupara el primer puesto en el mundo, Alejandría fue el más importante centro de cultura y educación. En su gran biblioteca, se reunieron muchos miles de libros sobre las materias más diversas, y allí, los estudiosos de todas partes del mundo pudieron aprender, enseñar y debatir ideas.

Tiempo más adelante, en el norte de Europa se hicieron famosos los vikingos, cuyas pintorescas embarcaciones cruzaron el océano, desde la península escandinava hasta llegar a Islandia, donde se establecieron a mediados del siglo IX. Eric, el Rojo, uno de aquellos colonizadores, decidió seguir viaje hacia el Oeste y alcanzó, de este modo, las costas de Groenlandia. Desde allí, su hijo Leif Ericson cruzó, posteriormente, hasta el mismo continente americano, donde vivió durante algún tiempo, cuatrocientos años antes de la llegada de Colón.

En la Edad Media se realizó otra increíble exploración geográfica que alcanzó aquellos lejanos confines de la India, hasta los cuales, animado por sus ansias de gloria, había llegado Alejandro de Macedonia en la remota Antigüedad.

Los motivos de esta nueva expedición fueron puramente comerciales, pero su protagonista, Marco Polo, que relató, en valiosísimos escritos, aquellas maravillosas experiencias, descubrió un mundo prácticamente desconocido: Bagdad, el desierto de Gobi, China –tierra de prodigios-, Birmania, Japón y el Tibet.

Las Cruzadas terminaron a fines del siglo xiii. Siguió, casi inmediatamente, un periodo de grandes exploraciones y descubrimientos que dura hasta nuestros dias. Antes de finalizar el siglo XIII, entre los años 1271 y 1295, un veneciano llamado Marco Polo efectuó un viaje increíblemente dificultoso, desde Europa hasta la China, en su mayor parte por tierra. Dos siglos después Cristóbal Colón, un marino genovés, realizó, con la ayuda de los reyes de España, la histórica travesía del Atlántico, al mando de una pequeña flota; descubrió un nuevo continente, América, pero murió creyendo que había llegado a la India.

Enrique el Navegante, hijo del rey Juan I de Portugal, abrió, en su país, una famosa escuela de náutica donde se enseñaba, entre otras cosas, el manejo de la recién importada brújula y del astrolabio, antiguo instrumento para observar la altura de los astros, que el cosmógrafo y navegante alemán Martín Behaim adapto, en el siglo XV, a las necesidades de la navegación.

Enrique el Navegante falleció en 1460, pero su obra fue continuada por el rey Juan II, uno de cuyos marinos, Bartolomé Díaz (o Días) descubrió, en 1486, el Cabo de Buena Esperanza y, tras dar la vuelta completa, con sus naves, al continente africano, siguió rumbo hacia el mar Arábigo, abriendo la ruta -por agua– hacia la India. Seis años después, intentó su magna empresa el marino genovés Cristóbal Colón.

La idea que propuso a los Reyes Católicos era distinta a todo lo conocido hasta entonces: quería llegar al Lejano Oriente navegando hacia Occidente y cumplió un viaje angustioso, al mando de la heterogénea tripulación que albergaban las tres históricas carabelas que puso a su disposición Isabel de Castilla. Cuando, después de más de dos meses de travesía, llegó a la isla de Guanahani, una de las Bahamas, a la que llamó San Salvador, creyó estar en una zona desconocida del continente asiático, muy próxima a China y a la India.

Vasco de Gama, nacido en Extremadura, repitió la hazaña cumplida, años antes, por Bartolomé Díaz y, tras dar la vuelta al Cabo de Buena Esperanza, fundó, del otro lado de África, ciudades y puertos comerciales. Las posteriores hazañas de Hernando de Magallanes, quien, a las órdenes de Carlos V, descubrió el estrecho que lleva su nombre (en 1520) y fue el primero en unir, por agua, el Atlántico con el Pacífico, tras de lo cual siguió hasta las islas Filipinas, donde murió trágicamente, se completaron gracias al tesón de Sebastián Elcano.

Éste, al regresar a España, en1522, se acreditó el mérito de haber efectuado la primera vuelta al mundo. Muy cerca quedaba Australia, la isla gigantesca conocida ya por los chinos y malayos. Los marineros españoles y portugueses la recorrieron sin ansias de conquista, razón por la cual tomaron a su cargo esa tarea, mucho después, los franceses, ingleses y holandeses.

Guillermo Janszoon, Juan Carstensz y Abel J. Tasman exploraron sus costas a principios del siglo XVII; el último de los nombrados realizó, en 1642, un viaje por mar alrededor de toda Australia e, internándose hacia el sureste, descubrió lo que hoy llamamos Tasmania y Nueva Zelanda.

Un siglo más tarde, el capitán inglés James Cook, considerado uno de los mejores exploradores del siglo XVIII, comprobó que esa parte de Oceanía estaba integrada por dos grandes islas. Cook exploró el Pacífico, la costa occidental de Norteamérica y el territorio antartico, adonde llegarían, en esforzadas expediciones, el inglés Falcon Scott y el noruego Amundsen, un siglo y medio después.

ALGO MAS… España y Portugal fueron las dos primeras potencias que levantaron imperios distintos de los hasta entonces existentes, imperios separados de la madre patria por el océano. Durante el siglo XVI, los españoles tomaron posesión de casi toda América Central y del Sur, con excepción de Brasil, y encontraron las últimas manifestaciones de civilizaciones vastamente desarrolladas, la de los mayas y la de los aztecas, y la gran cultura incaica.

Mientras España extendía su imperio, Portugal tomaba posesión de Brasil y fundaba colonias en el sur y este de Asia. Otros países europeos no quedaron atrás. Inglaterra, Francia y Holanda también ampliaron sus dominios en tierras lejanas.

Los grandes viajes de descubrimiento continuaron. Entre 1577 y 1580 Francis Drake realizó uno alrededor del mundo que duró tres años y en el curso del cual navegó miles de millas a lo largo de la costa occidental de América del Norte y del Sur. En 1642, Tasman, marino holandés, descubrió Tasmania y Nueva Zelandia. Hacia fines del siglo xvm, el capitán Cook, uno de los más grandes navegantes de todos los tiempos, viajó alrededor de la Antártida (aunque nunca pisó su tierra), de Nueva Zelandia y a lo largo de la costa de Australia.

Por entonces ya se conocían todos los continentes del mundo, pero las tierras interiores de África y América del Norte aún estaban, en su mayoría, inexploradas.

Dos viajeros portugueses fueron los primeros que, de O. a E., cruzaron el África; Pedro y Antonio Pombeiros viajaron durante nueve años, de 1802 a 1811, desde Angola hasta Zambeze.

David Livingstone realizó, alrededor de cuarenta años después, su famosa travesía desde el Zambeze hasta Loanda, ida y vuelta, exploró el interior y descubrió la catarata Victoria y el lago Nyasa.

Las tierras interiores de América del Norte fueron recorridas en su mayor parte por pioneros ingleses que, con mucho coraje, establecieron allí colonias.

Nuestro propio siglo ha presenciado los primeros viajes a los polos. Robert Peary, un almirante norteamericano, alcanzó- el polo norte en 1909, y el explorador noruego Amundsen llegó al polo sur en diciembre de 1911, pocos días antes que el capitán Scott. La primera travesía de la Antártida fue realizada en 1951 por la expedición conducida por sir Vivían Fuchs.

Hoy, en nuestra era de aeroplanos, helicópteros y submarinos atómicos, no hay casi punto de la superficie terrestre que esté fuera del alcance del hombre, ni donde la civilización no haya dejado su sello.

Ver: Grandes Viajes Marítimos

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ciencia Joven -Navegar y Descubrir el Mundo – Fasc. N°6 Edit. Cuántica
La Técnica en el Mundo Siglo de Viajes y Descubrimientos Tomo III Globerama Edit. CODEX

Missi Dominici Inspectores Reales del Rey Carlomagno

CONTROL ADMINISTRATIVO DEL IMPERIO CAROLINGIO

Carlomagno también generalizó, para asegurar mejor la cohesión de las diferentes partes del Imperio, una institución que existía ya bajo los merovingios: la de los comisarios o missi dominici. Carlomagno hizo de ellos un medio regular y permanente de inspección. Los «enviados reales» cumplían al pie de la letra la misión que se les encomendaba. En general, son dos: un conde y un obispo. Este papel de agente de la autoridad pública que correspondía por derecho al obispo, es muy característico de la época.

Carlomagno, rey de los francos desde 768 hasta 814,  fue uno de los más grandes líderes militares de la edad media. Conquistó gran parte de Europa central y occidental. Como rey, dio un nuevo impulso a la vida cultural y política, que había entrado en decadencia cuatro siglos antes tras el declive del Imperio romano.

missi dominici de carlomagno

Los dos tienen un poder de jurisdicción muy extenso, tanto sobre los agentes locales como sobre los particulares, en el ámbito fijado por el emperador en el momento de su nombramiento (entre 6 y 10 condados, a partir del siglo IX). A finales del reinado de Carlomagno, éstos tienen que girar una visita obligatoriamente cuatro veces al año por su jurisdicción o missaticum. Si, después de la muerte de Carlomagno, esta institución decae rápidamente, es debido a la insuficiencia numérica de personas seguras a las cuales pudiera ser confiado tal puesto, así como a la falta de tiempo y a la frecuente ignorancia del derecho.

En última instancia, todo descansa en la personalidad del soberano. Su sola presencia en un lugar puede imponer sus decisiones a los condes y a los grandes, y hacer reinar el orden y la justicia en una época en la que sólo es le-galmente válida la orden transmitida oralmente. He aquí por qué Carlomagno lleva una vida de perpetua andanza, de un extremo al otro de su vasto imperio. A partir del año 808, cuando su enfermedad le fija en Aquisgrán, su capital, las capitulares señalan sin cesar los abusos. Alrededor del emperador, los cuadros administrativos son tan insuficientes como los locales.

El Imperio carolingio no tuvo jamás el armazón sólido de un verdadero estado, a causa de una economía rudimentaria, de una estructura social anárquica. Reina la confusión entre los empleos domésticos y las funciones públicas, tanto en el palacio carolingio como en el merovingio, que siguen siempre al emperador en todos sus desplazamientos. El gran capellán, principal consejero eclesiástico del soberano, dirige la capilla, conjunto de sacerdotes y de clérigos encargados del servicio religioso del rey y de su séquito, y de la redacción de ciertas actas reales.

Cuatro dignatarios laicos son una herencia merovingia: el senescal, que ocupa el primer puesto en la servidumbre real, encargándose del abastecimiento; el copero, de las bebidas; el condestable, del servicio de las cuadras; el camarlengo, de los departamentos privados del rey y de su tesoro personal, conjunto de regalos preciosos y de dinero acuñado. Estos grandes oficiales palatinos son los consejeros del rey; pueden ser enviados en misión diplomática o recibir cargos militares con mando. Entre ellos, un solo oficial tiene un papel permanente mucho más importante, el conde palatino, creación carolingia. Es el presidente normal del tribunal palatino y, por delegación del soberano, puede hacer justicia sin apelación.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Edit. CODEX Tomo III Carlomagno

Carlos Martel y Pipino el Breve Mayordomos de Palacio

BIOGRAFÍA E HISTORIA DE CARLOS MARTEL Y PIPINO EL BREVE

El poder monárquico de los reyes merovingios iba degradándose progresivamente  y los mayordomos de palacio se convirtieron muy pronto en los verdaderos dueños de la Galia. El primero que se hizo especialmente célebre fue Carlos Martel, gracias a la batalla de Poitiers. El segundo, Pipino el Breve,  tuvo la gloria de ser el padre de Carlomagno.

Carlos Martel (c. 688-741), monarca carolingio del reino franco de Austrasia (en el actual noreste de Francia y suroeste de Alemania). Carlos, cuyo apellido significa ‘el martillo’, era el hijo de Pipino de Heristal y el abuelo de Carlomagno. Pipino fue el mayordomo de palacio con los últimos reyes de la dinastía merovingia.

carlos martel

Carlos Martel, miembro de la dinastía Carolingia, gobernó Austrasia (en el actual noreste de Francia y suroeste de Alemania), como mayordomo de palacio de dicho reino franco, desde el 715 hasta el 741.

CARLOS MARTEL: Fue un joven príncipe de raza germánica iba a ser el campeón de la causa cristiana en esta decisiva pugna entre dos mundos, o mejor expresado, entre dos colectividades humanas que a pretexto de sus peculiares interpretaciones o revelaciones de un Dios, único, al que ambas reverenciaban y rendían culto, se disputaban el dominio del mundo.

Una conservando y defendiendo su patrimonio temporal y otra queriendo arrebatárselo. Este príncipe fue Carlos Martel, a quien ya hemos nombrado en un pasaje anterior, y el lugar de su hazaña, las llanuras de Poitiers, cerca de Tours.

En el verano del año 732, el emir Abderramán, al frente de un numeroso ejército en el que formaban sirios, moros, sarracenos, persas y tártaros, invadió la Galia y en sus devastaciones alcanzó hasta las riberas del Loira.

Carlos Martel, al frente de los francos, acudió a oponérseles, y en octubre del propio año ambos ejércitos se enfrentaron en la llanura situada entre las poblaciones de Poitiers y Tours; la batalla, encarnizadísima, duró siete días; allí quedó destruido totalmente el ejército musulmán, muerto su emir Abderramán y salvada Europa y el mundo occidental de la invasión sarracena, ya que después de este gran fracaso nada volvieron a intentar los musulmanes para extender sus dominios por esta parte del mundo.

El caudillo franco Carlos, hijo bastardo de Pepino de Heristal, que tomó parte personalmente en la batalla, fue llamado Martel («Martillo» en el antiguo francés) por los aplastantes golpes que descargó sobre sus enemigos durante el combate.

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ANTECEDENTES DE LA ÉPOCA: Las invasiones de los bárbaros provocaron la caída del Imperio romano y con ello quedó rota la unidad política de la Europa Occidental. La Iglesia católica quedó como única expresión del orden y se erigió en custodia de la organización y ia cultura romanas.

Convertidos los bárbaros, la influencia de la Iglesia fue en aumento. A fin de consolidar su unidad y la del mundo cristiano, organizó y estableció sus jerarquías para lo cual tomó como modelo la administración civil del viejo Imperio romano. Europa quedó dividida en provincias eclesiásticas o arquidiócesis colocadas bajo la autoridad de los arzobispos.

A su vez, cada arquidiócesis estaba formada por varias diócesis al mando de obispos. Estas últimas estaban divididas en parroquias urbanas y rurales a cargo de los curas párrocos.

Este conjunto de religiosos constituía el clero secular, porque vivía en contacto con la sociedad o mundo (seculum: siglo). A partir del siglo V puede distinguirse otro tipo de clero cuyos miembros (los monjes) vivían en los monasterios, alejados del mundo y sujetos a determinadas reglas. Estos religiosos constituyen el clero regular. De ellos nos ocuparemos más adelante.

La influencia de la Iglesia se hizo sentir en la política; coronó reyes y emperadores, y en más de una ocasión los privó del poder. Por sobre todo, difundió la cultura y suavizó las costumbres al afirmar la superioridad del espíritu sobre la materia. También  se esforzó por aliviar el dolor y creó asociaciones de asistencia social y beneficencia

Francia. La dinastía carolingia
Con la muerte de Clodoveo, ocurrida en París —año 511— el reino de los francos comenzó a dividirse pues sus cuatro nijos se repartieron el territorio para formar nuevos reinos. Se produjeron guerras civiles y esto provocó la decadencia de la dinastía merovingia. Los últimos representantes de esta familia fueron soberanos indolentes e incapaces, y con justa  razón  se les  llamó reyes holgazanes.  Alejados  de  las tareas  de gobierno, delegaron el poder en unos funcionarios llamados mayordomos de palacio, los que adquirieron gran autoridad y se adueñaron de Francia.

Los mayordomos de palacio comenzaron siendo intendentes de la casa real,  encargados de administrar los bienes personales del  rey.  Con  el  tiempo,  comandaron  la guardia militar, desempeñaron ministerios y en varias oportunidades ejercieron la tutela de los príncipes hasta que éstos alcanzaban la mayoría de edad.  Finalmente, la designación de los mayordomos de palacio dejó de ser privilegio de los monarcas y estuvo en manos de la aristocracia que de esa manera controlaba el poder.

A principios del siglo VIl —después de la muerte del rey Dagoberto— el cargo de mayordomo de palacio comenzó a ser hereditario, privilegio que recayó en la familia de los Heristal, duques de Austrasia.  Uno de ellos,  Carlos Martel,  alcanzó gran  renombre,  pues logró contener el ataque de los musulmanes en Poítiers (732).

A su muerte (741) hereda la mayordomía su hijo Pipino el Breve quien destrona a Childerico III, el último merovingio, contando con el apoyo del Papa Zacarías. Pipino se hizo proclamar rey de los francos y así se produjo el advenimiento de una nueva dinastía: la carolingia.

El nuevo Papa Esteban II se trasladó a Francia, consagró a Pipino y le otorgó el derecho a la sucesión hereditaria. Al poco tiempo,  el  Pontífice solicitó  la ayuda del  rey Franco para rechazar a los lombardos que sitiaban a Roma.  Pipino no titubeó y al frente de su ejército cruzó los Alpes, penetró en Italia y, luego de derrotar a los lombardos, se apoderó de los territorios que formaban el Exarcado-de Revena y los cedió al jefe de la Iglesia.

pipino el breve

Pipino el Breve (c. 714-768), mayordomo de palacio del reino de Austrasia y rey de los francos (751-768), hijo del gobernante franco Carlos Martel y nieto de Pipino de Heristal. Fue mayordomo de palacio durante el reinado de Childerico III (que reinó entre el 743 y el 751 aproximadamente), último monarca de la dinastía Merovingia.

LA HISTORIA EN MAS DETALLES:
PIPINO DE HERISTAL Y CARLOS MARTEL

A principios del siglo VII, el reino franco de los merovingios se hallaba en una situación difícil. Después de un breve período de apogeo, cayó en la decadencia. Apenas muerto Dagoberto (639), no hubo más que luchas intestinas y repartos, agravados por las tendencias particularistas de las tres grandes divisiones del reino franco: Austrasia, Borgoña, Neustria, transformadas prácticamente en reinos autónomos; Aquitania seguía abandonada al saqueo de todos. Pero, mientras se sucedían reyes asesinados o gastados por precoces desenfrenos, quedaba una realidad estable: la del gobierno de los mayordomos de palacio, promovidos de simples mayordomos a verdaderos jefes de la administración en cada uno de los tres reinos. Pero los mayordomos de palacio estaban deseosos, como los reyes poco antes, de rehacer cada cual en beneficio propio la unidad del reino franco, mientras que su dominio, frecuentemente abusivo, estaba constantemente comprometido por los grandes.

La familia de los Pipinidas, jefes de la aristocracia austrasiana, es la que va a imponerse en el reino franco, sirviéndose de la mayordomía. Estos son los precursores de los Carolingios; en el año 687, Pipino de Heristal, mayordomo de Austrasia, habiendo eliminado a los otros mayordomos de palacio, gobierna solo—bajo un solo rey merovingio, puramente nominal—, los tres reinos. Inmediatamente después de su muerte, su viuda Plectrudis gobernó como tutora de sus tres hijos menores (714).

La sucesión de Pipino se concierta ya como una sucesión real. Sin embargo, surge la revuelta; los neustrianos se rebelan; los turingios y los alamanes son reprimidos a duras penas; los frisones, los sajones y los árabes de España penetran en el reino franco; los aqui-tanos se declaran independientes bajo un duque de su elección. La regente es sustituida, y elegido un bastardo de Pipino de Heristal, Carlos Martel. Este salva al reino, derrotando sucesivamente a todos sus enemigos y rehaciendo su unidad, ‘fracasadas las veleidades de independencia regional. La gloria principal de Carlos Martel es la jornada de Poitiers; donde detiene la oleada árabe lanzada a través de la Galia. A los ojos de sus contemporáneos, en el año 732 salvó a la Galia cristiana del peligro islámico. En recuerdo del vencedor de Poitiers, se llamará Carolingios a los príncipes austrasianos   de  la  casa  de  los  Pipinidas.

PIPINO EL BREVE, REY POR LA GRACIA DEL PAPA:
En el año 741, Carlos Martel muere; y es reemplazado por sus dos hijos Pipino y Carlomán. Estos colocan en el trono merovingio, vacante desde hacía cuatro años, a un niño llamado Childerico. Pero a continuación de la abdicación de su hermano, atraído por la vida monástica, Pipino, llamado el Breve a causa de su corta estatura, consumó el golpe de estado y, en el año 751, confina en un monasterio al último descendiente de Clodoveo, Childerico III. Entonces es proclamado rey en una gran asamblea que tuvo lugar en Soissons. Esta sustitución de dinastía se hizo con la aprobación del papa.

Se cuenta que Bonifacio fue encargado de plantear al papa Zacarías la famosa pregunta: ¿conviene llamar rey a aquél que tiene el poder en realidad, o a aquél que tiene la apariencia del poder? Habiendo respondido el papa según el deseo de Pipino, Bonifacio interpretó que éste debe reinar «en virtud de la autoridad apostólica».

Por medio de una ceremonia, desconocida hasta entonces en la Galia, Bonifacio consagró en Soissons al nuevo rey y a la nueva reina, en nombre de la Iglesia, derramando sobre sus frentes el santo óleo. Según el modelo de los reyes de la antigüedad judía, hace del primer rey Carolingio el elegido de Dios y su representante. Al mismo tiempo, hace ostensible para todos el consentimiento del papa en la usurpación llevada a cabo. Pipino alcanza, mediante la consagración, fuerza y prestigio.

FORMACIÓN DE LOS ESTADOS PONTIFICIOS
Pipino sella muy pronto la alianza de los francos y el papado contra los lombardos, y paga también su deuda a Roma. En efecto, el papado tiene necesidad de la fuerza política y militar de los nuevos dueños de la Galia, si no quiere ser transformado en un simple obispo lombardo y abandonar sus sueños de universalidad; la realeza franca no tiene menos necesidad del papado para consolidar su dinastía.

Pero el rey lombardo Astolfo se arroja sobre Rávena, y conquista rápidamente los territorios que le separan aún de Roma (la Emilia), amenazándola en el año 751. Pipino, que es llamado en su ayuda, duda hasta el momento en que el propio papa acude a la Galia en pleno invierno (753). Aceptando renovar solemnemente la ceremonia de la unción en beneficio de Pipino, de su mujer y de sus hijos, el papa liga su suerte a la del rey franco, mientras que este último se identifica la causa franca con la del cristianismo romano. Pipino interviene en Italia dos veces, en los años 754 y 756, y obtiene de Astolfo el compromiso de evacuar todo lo que acaba de conquistar—es decir, el exarcado de Rávena, la Emilia, la Pentápolis (Rímini – Fano-Pesaro -Sinigaglia – Ancona) y de «dárselo a San Pedro», ya que el exarca de Bizancio había huido. Esta decisión fue la carta de fundación del Estado Pontificio.

Pipino  murió   en  el   año   768,  dejando dos hijos, Carlos y Carlomán. El mismo año, Carlos, el futuro Carlomagno, contraía matrimonio con la hija de Desiderio, rey de los lombardos.

Fuente Consultada
HISTORIA I Antigua y Edad Media de José Cosmelli Ibañez
HISTORAMA  La Gran Aventura del Hombre Tomo III Dinastía Carolongia

Historia de la República de Venecia Gobierno y Comercio Resumen

RESUMEN: HISTORIA REPÚBLICA DE VENECIA ENTRE SIGLOS XV Y XVII

Venecia era la Sereníssima, la ciudad marítima más poderosa de la Europa medieval, reina del Adriático, del mar Negro y del Mediterráneo. Los comienzos de esta grandeza fueron muy humildes. En el siglo V, los bárbaros godos y lombardos invadieron el imperio romano. Un grupo de refugiados, huyendo de los invasores, llegó hasta la costa y buscó protección en unas pequeñas islas yermas situadas en las lagunas costeras al noroeste del litoral adriático.

En ese lugar se construyó la república veneciana, sobre cimientos de cieno, con canales en lugar de calles, que todavía subsisten en la «ciudad vieja» de Venecia. Pero en el sentido económico y político, sus cimientos eran de roca, la roca del comercio.

La ciudad-estado proporciona un magnífico ejemplo medieval, no sólo de gobierno, sino de un modo de vida en general, basado en el comercio y el tráfico marítimo.

En la Edad Media, Venecia dominaba las encrucijadas que unían las rutas comerciales de Europa y Asia. Fue la mayor potencia marítima de su época….veamos su historia:

Italia, como Alemania, sigue un camino inverso al de Francia o al de Inglaterra: el de la desintegración. Las diversas ciudades italianas se organizan como estados soberanos y ya nada las ata, ni siquiera la sombra del Imperio Romano Germánico.

El siglo XIV es propicio para la Península Itálica. El Papa está en Aviñón, y por lo tanto, los avances del extranjero se han contenido. La paz parece favorecer al artesano y al mercader. La riqueza se acumula en ciudades como Florencia, Milán, Genova y Venecia, pero por eso mismo nace la rivalidad entre ellas y la paz se altera. Los ciudadanos poderosos no se muestran satisfechos; piensan que pueden enriquecerse más y resuelven hacerlo a costa de sus vecinos. Su dinero les permite contratar a un aventurero (condottiero) con su banda. Una buena paga pone al condottiero al servicio de una Comuna o de un partido.

La guerra civil se enciende y la anarquía domina a Italia. Además, en estos pequeños estados a veces se prolongan las luchas entre güelfos (aristocracia) y gibelinos (democracia).  Estos dos partidos habían surgido como consecuencia de la rivalidad entre el Papa y el Emperador.

Los burgueses, comerciantes y banqueros, con la ayuda del condottiero o los condottieros mismos, por una traición o por un golpe de audacia quedan, de pronto, al frente de las ciudades.

Estos gobiernos de fuerza, al modo de los tiranos de Grecia, se preocupan de su ciudad (república, ducado o señoría), la embellecen, se rodean de una corte brillante, cuidan el trabajo de sus artesanos, ordenan su industria y vigilan muy atentamente el Mediterráneo, cuyo tráfico pretenden dominar.

Venecia, que domina el Adriático, gracias a una hábil política de infiltración en la Italia superior, aspira a tener el control de los mercados de Oriente.

En sus comienzos, firmó convenios con príncipes ostrogodos, lombardos y francos. Luego, exigió que se depositaran en la ciudad, las mercaderías que debían atravesar las lagunas y a las que gravó con impuestos de salida. Más tarde redujo los derechos de aduana a los productos de Oriente, llevados por navios venecianos. Su gran riqueza fue el comercio de las especias.

El gobierno de la República Veneciana (oligarquía de mercaderes), reglamentó muy cuidadosamente la actividad comercial y marítima de sus ciudadanos. Sus colonias estaban directamente administradas por funcionarios del estado. Genova, su rival, lo hacía por medio de las compañías particulares.

En los famosos astilleros venecianos nadie podía construir navios sino con las medidas fijadas por el estado. Así, si un peligro amenazaba, la Señoría podía transformar rápidamente su flota mercante en navios de guerra.

También Venecia era celosa de su industria: prohibía a los obreros expatriarse sin su autorización, y si lo hacían, encarcelaba a su familia o los mandaban asesinar. Por otra parte, concedía rápidamente las cartas de ciudadanía a los extranjeros, hábiles artesanos, para beneficiarse con su experiencia.

Esta ciudidad, desde la derrota de Génova, en el siglo XIV, endueño del Mediterráneo Oriental. Comprendió entonces que necesitaba crearse un baluarte en Italia y a tal fin inició su expansión por la «tierra firme».

Se adueñó de Padua, y adquirió a Milán sus posesiones de Vicenza y Verona (1405). El dominio de Bérgamo y Brescia ocasionó una larga guerra entre venecíanos y milaneses.

Durante cerca de un siglo, Las ciudades italianas se enfrentaron unas a otras. Cada gran familia Representaba un partido. El éxito de uno conducía, generalmente, al exterminio del otro. Francia, el Imperio y el Papado se esforzaron en sacar partido de esas conmociones. Los duces se sucedían. Muchos perecieron asesinados. Sin embargo, algunas grandes familias llegaron a mantenerse a la cabeza de las ciudades. Este fue el caso de los Visconti, en Milán, que reinaron durante ciento treinta y seis años. Francisco Sforza se casó con la hija de Felipe Visconti y obligó a los nUmeses a reconocerlo como duque a la muerte de su suegro, en 1447. La familia Sforza gobernó Milán desde 1450 hasta 1535.

ANTECEDENTES: Durante la guerra, Venecia consiguió la alianza con Florencia, inquieta por el poder que habían adquirido los Visconti, familia que gobernaba en Milán. Los dos estados se impusieron al fin. Sin embargo, la guerra fue continuada por Francisco Sforza, audaz condottiero y yerno del último Visconti, hasta conseguir un equilibrio en In
paz de Lodi.

palacio ducal en venecia

PALACIO DUCAL DE VENECIA
Suntuosa construcción del siglo XIV que demuestra el período de la República Serenísima. Este palacio fue residencia del dux (cargo vitalicio) y de los consejos que integraban el gobierno de la república aristocrática. El Consejo mayor (1700 representantes de las familias más ricas, y que ya habían sido magistrados) elegía el Consejo de los diez. Junto a la sala del Consejo de los tres (cuyos miembros eran elegidos entre los que formaban el Consejo de los diez), severo tribunal que vigilaba a los ciudadanos y debía reprimir toda manifestación en contra del gobierno, se encontraba un buzón en forma de boca de león. En él se depositaban denuncias anónimas.

LA REINA DEL COMERCIO MEDITERRÁNEO
En medio de numerosas batallas decisivas en la península, la República de Venecia no había interrumpido sus actividades comerciales. Después de la pérdida de Tierra Santa, y a pesar de las amenazas del Papado, que quería debilitar económicamente al Islam, Venecia continuó traficando con Egipto y Siria: en El Cairo y en Alejandría, sus mercaderes eran muy influyentes y estaban protegidos por concordias y privilegios.

A partir del viaje de Marco Polo (1271-1295), la ciudad estaba en buenas condiciones para conocer las rutas continentales desde Persia al Asia Central, y para procurarse, a través del Imperio mongol, las especias que el Papado impedía adquirir en Egipto.

Los mercaderes llegaban hasta China y traían los productos que los negociantes alemanes de Augs-burgo y de Nuremberg iban a comprar y almacenar en el Fondaco dei Tedeschi, en el Gran Canal, antes de reexportarlos más allá de los Alpes.

A finales del siglo xiv, un célebre discurso del dux Mocenigo nos permite valorar la riqueza de la Serenísima República: cerca de 200.000 habitantes, 20.000 personas empleadas en la industria de la lana y de la seda, alrededor de 17.000 en los astilleros marítimos, que podían construir 45 galeras cada año. La flota comprendía 3.000 barcos mercantes y 300 navios de guerra.

La ciudad acuñaba anualmente dos millones de ducados de oro y de plata.

Las grandes familias, los Morosini, los Córner, los Dándolo, los Contarini extendieron, de Occidente a Oriente, sus negocios, sus bancos y sus despachos, y dispusieron de rentas considerables.

Esta extraña ciudad, levantada sobre el agua, era, a pesar de su reducida superficie, una de las potencias económicas mundiales. ¿Cómo funcionaba la dirección de este extraordinario mecanismo?

Venecia, república mercantil, fue gobeinada por una aristocracia financiera. Si, hasta el siglo XII, el dux (tomado del duque bizantino) ejerció un verdadero poder monárquico, progresivamente fue cediendo atribuciones ante eJ creciente poderío de las familias ricas y, a mediados del siglo XII, aparecieron diversos consejos, que después se diversificarían y acapararían el poder.

EL ESPLENDOR DE VENECIA
Al lado de la oligarquía dirigente se encontraban los ciudadanos, venecianos, al menos, desde dos generaciones, de rango acomodado, que podían ocupar los puestos secundarios del gobierno y de la administración (secretarios, notables, etc.).

El pueblo no tenía derechos políticos y estaba agrupado en corporaciones bien organizadas, con sus dignatarios, sus patronos y sus estandartes, que llevaban en las procesiones.

Obreros de los arsenales, artesanos de la lana o de la seda, vidrieros, marineros, pescadores, todos estaban protegidos y sé beneficiaban, más o menos, de la riqueza de la ciudad, que provocaba la envidia y la admiración de los contemporáneos por su disciplina, su unidad, su dedicación conjunta al Estado y la subordinación de los intereses privados a la empresa colectiva.

A comienzos del siglo XV, Venecia alcanzó su apogeo. Sus gloriosos símbolos son la iglesia de San Marcos, con sus mosaicos de oro; todos los capitanes tenían el deber de traer de sus viajes cuanto pudiera acrecer su lujo: columnas, bajorrelieves, estatuas, tesoros de orfebrería. En 1495, la iglesia estaba prácticamente terminada, y parecía, como ha dicho Ruskin,un «inmenso relicario».

En la misma época, el palacio de los duces tenía el aspecto que conserva hoy, con su arquitectura original, su alta muralla sobre doble serie de columnas, mezcla de arte y aportaciones orientales.

En una ciudad al abrigo de los ataques del enemigo y que desconocía la guerra civil, los patricios no estaban obligados a hacer fortalezas de sus palacios; a lo largo del Gran Canal, suntuosas residencias, como la Cá d’Oro y otros cien palacios cuyas fachadas tienen la delicadeza de encajes, formaban «la más bella calle que pueda existir en todo el mundo», dijo Commynes, un testigo maravillado.

LA POLÍTICA DE TIERRA FIRME
A finales del siglo XV, los pintores Gentile y Giovanni Bellini y Carpaccio, representaron fiestas famosas, como la de la Ascensión, donde se celebraba el matrimonio simbólico del dux y de la mar; el dux, a bordo del Bucentauro adornado de púrpura y de oro, lanzaba su anillo a las olas.

La ciudad, por otra parte, no se orientaba solamente hacia el mar. Necesitaba dominar las rutas que conducían hacia Italia central, tanto más cuanto qu- estaba rodeada de otras ciudades dirigidas por señores poderosos e insaciables: Verona y los Scaligeri, Ferrara y los Este, Padua y los Carrara, Milán y los Visconti.

La libre navegación por el Po y sus desembocaduras fue, igualmente, una necesidad para el comercio: desde 1270, Venecia se enfrentó a Bolonia. En 1338, una guerra contra Verona obligó a los Scaligeri a desalojar la provincia de Treviso.

Sabemos que, en el curso de la guerra de Chioggia, los Carrara se aliaron con Genova: vencidos en 1388 y luego en 1404, estos enemigos implacables fueron estrangulados en los Plomos de Venecia, dos años después.

A principios del siglo xv, la República dominaba el país comprendido entre los Alpes, el Tagliamento y el Adigio. La lucha contra Milán duró desde 1426 hasta 1454, en que la paz de Lodi dio a Venecia Bérgamo, Brescia y Cremona.

Esencialmente marinos, los venecianos confiaron sus operaciones terrestres a los condottieros: Carmagnola, Gattamelata, Francesco Sforza, Bartolomeo Colleoni, a quien Verrocchio inmortalizó en su famosa estatua ecuestre. Venecia permitió a las ciudades sometidas conservar sus instituciones, bajo la intervención de dos funcionarios nombrados por ella: un podestá y un capitán que dependían de los cinco «sabios de tierra firme».

Pero su expansión le había atraído numerosos odios en Italia y, a finales del siglo XV, Venecia se verá amenazada por peligrosas coaliciones.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Ver:Biografía Músico Monteverdi Claudio

Ver: Biografía de Antonio Canova

Vida de los Estudiantes en la Universidad Medieval

Vida de los Estudiantes en la Universidad Medieval

Al llegar a Bolonia, Oxford o París, el estudiante,   adolescente   u  hombre   hecho, se albergaba en un hospicia o pensión reservada a los jóvenes, donde podía conseguir un lecho y compartir una habitación. De este tipo fue el Colegio fundado por el Cardenal Albornoz en Bolonia, idea renovada en Salamanca y en otras universidades españolas.

Otras veces, vivía con una familia pobre. En París, hacia 1300, había 7.000 estudiantes; en Bolonia, 6.000; en Oxford, 3.000. Esta masa era atrevida y entusiasta, y consideraba al mundo de las ideas, en el que iba a penetrar, tan fascinante como la guerra o los torneos.

Estudiantes en la Edad Media

El estudiante gozaba en París del fuero de los clérigos, estaba libre del servicio militar, exento de los impuestos estatales, y sólo podía ser juzgado por un tribunal eclesiástico. Generalmente, era tonsurado; si se casaba podía proseguir sus estudios, pero perdía los privilegios de clérigo y no podía recibir cargos.

Entre ellos reinaba una gran licencia; el monje Santiago de Vitry calificaba a los estudiantes parisienses de «más disolutos que el pueblo». Es evidente que el término «clérigo» no era sinónimo de «santo»; se cuenta que las muchachas de vida ligera se establecían en las  casas  en que enseñaban los  maestros.

Cada grupo nacional acostumbraba criticar a los otros; las riñas entre estudiantes y maestros, entre estudiantes y burgueses eran frecuentes. En Oxford, la campana de Santa María convocaba a los estudiantes, y la de San Martín a los burgueses, para que dirimieran sus querellas con sangre. Un preboste parisiense lanzó, en 1269, uria proclama contra los clérigos que «de día y de noche hieren y matan atrozmente a mucha gente, raptan mujeres, seducen a las doncellas, penetran con fractura en las casas».

Cada etapa del año escolar debía ser celebrada dignamente con bebidas; una viril y ruidosa francachela alegraba el corazón de todos. Las autoridades exigían a cada estudiante el juramento solemne de ajustarse a la disciplina universitaria., Los jóvenes juraban precipitadamente y  pecaban cuando querían.

El infierno no asustaba a los futuros teólogos. Sin embargó, encontraban tiempo para trabajar. Las clases comenzaban al alba, es decir, hacia las siete de la mañana. El año escolar duraba once meses; el origen de las vacaciones de verano no fue otro que el deseo de dejar libres a los jóvenes para la siega.

Con sus inevitables imperfecciones, las universidades medievales pueden reivindicar el honor de haber desarrollado la sutileza espiritual de los hombres de Occidente, de haber creado un lenguaje filosófico y de haber entroncado con la tradición antigua.

EL DESCUBRIMIENTO DE ARISTÓTELES: Ya hemos visto cómo, en el siglo xu, los filósofos judíos y árabes habían influido en el pensamiento cristiano, y cómo la filosofía, vieja y nueva a la vez, fue asimilada de manera notable. La «Física» y la «Metafísica» de Aristóteles, con los «Comentarios» de Averroes, llegaron a París a comienzos del siglo XIII, amenazando la ortodoxia de muchos estudiantes; el equilibrio entre la Fe y la Razón sería en adelante el gran problema de los pensadores de aquel tiempo. Alberto Magno y Tomás de Aquino querían conciliar Aristóteles y las Escrituras, mientras que los partidarios de Averroes querían seguir independientemente a Aristóteles y a las Escrituras.

Siger de Brabante, erudito y sacerdote, se hizo campeón de esta última teoría, y durante una generación, avorroísmo y catolicismo se enfrentaron en París. «Dios—decía Siger—es el fin, no la causa de la creación». Contra él iba a levantarse, en primer lugar, Alberto Magno. Hijo de un aristócrata suabo, había estudiado en Padua y enseñado en diversas escuelas dominicas.

La enorme masa de sus obras está muy mal organizada y es muy incoherente, pues defiende a veces en una lo que ataca en otras. Alberto era un hombre demasiado bueno, un alma demasiado piadosa para ser un pensador objetivo. Sin embargo, ayudó a difundir la obra de Aristóteles, mediante la enseñanza, y acumuló un gran número de pensamientos y de razonamientos, de los que su célebre discípulo Tomás de Aquino hizo una síntesis lúcida.

Ver: La Universidad Medieval

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Comercio Marítimo en la Edad Media Tipos de Barcos

Comercio Marítimo en la Edad Media  y Tipos de Barcos

LA APERTURA DE LOS MARES SEPTENTRIONALES
A partir del siglo XII, el comercio en los mares Báltico y del Norte se había desarrollado considerabemente, gracias a la actividad de la Hansa. Esta, en la época de su apogeo, agrupaba más de ciento cincuenta ciudades marítimas o continentales situadas entre el golfo de Finlandia y el Zuiderzee.

Unión comercial primero, la Hansa teutónica, aprovechando la carencia de una autoridad imperial, demasiado debilitada por las guerras italianas y las luchas contra el Papado, no tardó en convertirse en una potencia política. Sin embargo, todas estas ciudades continuaban bajo la dependencia del emperador o de sus respectivos señores. Nunca hubo fusión orgánica ni de personalidad jurídica: la Hansa no poseía ni marina ni ejército permanente. Las ciudades sólo tenían una asamblea irregular, la Hansetag.

Sin embargo, a pesar de la falta de una estructura que, por referencia al Mercado Común, podríamos llamar supranacional, la identificación de los intereses comerciales bastó, durante cuatro siglos, para hacer de ella una potencia económica y política raramente igualada.

Los habitantes de Brujas estaban celosos de los de la Hansa y querían retirarles las ventajas que les habían concedido. Este conflicto provocó una transformación de la Hansa, que se convirtió en una alianza de ciudades, y se hizo suficientemente fuerte como para prohibir traficar a sus miembros con Brujas. Este boicot resultó eficaz: los flamencos tuvieron que someterse, confirmar las ventajas anteriores, mejorándolas, y pagar una fuerte indemnización a las ciudades hanseáticas por los perjuicios sufridos.

Seguidamente, los escandinavos quisieron, a su vez, liberarse del yugo del imperio hanseático. Negándose a entregarles el trigo o la sal indispensable para la salazón de los arenques, los de la Hansa forzaron a sus adversarios a pedir excusas. En 1388, una coalición de ingleses, flamencos y rusos no consiguió mejores resultados.

Comercio Marítimo en la Edad Media

TÉCNICA DEL COMERCIO
El siglo xiv presenció el apogeo de la Hansa. Este poderío se debió en gran parte a la utilización de un nuevo tipo de navio, la Cogghe. Hasta entonces, los mares septentrionales eran recorridos por dos tipos de naves: la barca de los vikingos, a remo y a vela, rápida y de poco calado, y la nave occidental, de forma redondeada, más larga y estable, que sólo navegaba a vela. Estos dos tipos de navios tenían una capacidad de transporte muy limitada: 30 toneladas. Pero el transporte de los cruzados a Tierra Santa exigió el uso de navios más grandes, de los que el comercio se serviría después.

La Cogghe apareció a fines del siglo XII. Medía unos treinta metros de largo por siete de ancho. Provista de una sola vela, manejable y rápida, podía transportar 300 toneladas, o sea, diez veces más que los navios precedentes. Estas naves pertenecían raramente a un solo mercader o armador.

De diez a veinte personas se asociaban para cada viaje, y arriesgaban así una parte del valor del navio y de las mercaderías. Los asociados se repartían, como es de suponer, los beneficios. Esta práctica no significaba, forzosamente, que las ciudades de la Hansa no dispusieran de personajes lo suficientemente ricos como para hacerse cargo individualmente de los gastos de una operación, sino que los riesgos eran tales (una tercera parte de las naves desaparecía) que los burgueses preferían repartir los riesgos y beneficios en varias empresas.

Los barcos navegaban, generalmente, en convoy, para evitar los riesgos de piratería; esta práctica no sólo aumentaba los peligros de colisión sino que, además, tenía el inconveniente de obligar a los navios procedentes de ciudades diversas a buscar un punto de concentración. Sin contar las citas a las que faltaban algunos, esta obligación provocaba una pérdida de tiempo, y los mercaderes, deseosos de recibir sus beneficios, se impacientaban. Otro riesgo serio era la «huida» del capitán, que, al llegar al extranjero, podía, con toda facilidad, vender su cargamento y desaparecer.

Para evitar esto, el capitán debía estar casado obligatoriamente y ser padre de familia: los asociados podían, así, guardar a su mujer y a sus hijos como rehenes.De esta forma, la Hansa, con su flota y sus poderosos mercaderes, era una muestra, como Italia, del esplendor de la civilización urbana, fundada en el comercio y el dinero.

Ver: Importancia De La Ruta de la Seda

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Quienes Fueron Los Juglares en la Edad Media?

¿Quienes Fueron Los Juglares en la Edad Media?

LOS JUGLARES: UN CANTO DE AMOR:

En el sur de Francia, partiendo de la lengua de oc, crean un dialecto semiartificial de galanteos, y de juegos de ingenio, en el que juglares y trovadores profesionales componen y recitan poemas amorosos. Las categorías feudales fueron allí siempre menos rigurosas que en el norte de Europa, y los contactos con los árabes, mucho más profundos. Así, surge una nueva moral.

Juglares recitando

La mujer ya no es la eterna menor, la criatura inferior, incapaz de llevar armas, sino la inspiradora de los caballeros.

Se crea un código del amor galante: amor fuera del matrimonio, que tiende a la unión carnal, pero que acepta un lapso entre el deseo físico y la satisfacción; concepción que irá refinándose, hasta alcanzar una especie de misticismo a finales de la Edad Media. Al mismo tiempo, la música que acompaña a los poemas se hace más compleja.

En el Norte, nace una literatura en lengua de oil, girando, no alrededor de los temas de amor, sino glorificando las hazañas de los caballeros en interminables canciones de gesta: algaradas, duelos, fidelidad de vasallaje, son los temas esenciales de la «Chanson de Roland», la más conocida de las canciones de gesta compuestas en esta época. Las melodías que acompañan a estos versos son mucho más simples y monótonas que las del Mediodía.

Las cortes del Norte son mucho menos refinadas también que las del Mediodía, y el divorcio de Leonor de Aquitania de Luis VII, rey de Francia, muestra la incapacidad de esta mujer del Sur para adaptarse a la brutalidad masculina del Norte. Aunque el ideal caballeresco llega a ser mucho menos bárbaro y excesivo que en el siglo xi, esta evolución no alcanza más que a una minoría.

En las regiones retiradas, los caballeros no son todavía más que soldadotes salvajes, saqueadores, asesinos de monjes, salteadores de comerciantes, raptores de doncellas, que pegan y repudian a sus mujeres por cualquier cosa, y multiplican los bastardos. Pero la evolución no se puede detener y se hará cada vez más profunda.

Ver: Los Trovadores Medievales

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Origen de los Burgos en la Edad Media Los Municipios

Origen de los Burgos en la Edad Media – Los Municipios Medievales

LA CIUDAD Y EL CAMPO EN LA EDAD MEDIA:

Desde que ocurrieron las invasiones de los piratas en el siglo IX, las antiguas ciudades no tenían casi pobladores; ni obreros, porque nadie tenía dinero para encomendarles trabajo; ni comerciantes, porque ya no era posible andar por los caminos.

Apenas quedaban los aldeanos y los criados del obispo o del conde.

Lentamente gracias a las mejores condiciones climáticas de aquella época y el consecuente mejoramiento de la salud de los habitantes,  la agricultura tomó un importante auge, y las superficies sembradas se ampliaron  enormemente.

Las roturaciones agrícolas transforman  considerablemente el paisaje. Además los bosques quedan reducidos y las comunicaciones se hacieron  más fáciles y cortas. Las abundantes cosechas generaron excedentes, lo que  motivo inicialmente el trueque con otras poblaciones y mas tarde el comercio.

Como consecuencia a fines del siglo XI el dinero comenzó a escasear menos y de nuevamente  empezó a haber un poco de comercio, con la  que reaparecieron los artesanos y los mercaderes.

Entonces las antiguas ciudades se repoblaron y muchas aldeas se hicieron ciudades. La mayor parte de las ciudades francesas fueron en su origen aldeas.

Gran parte de los  nuevos pobladores se establecieron, no en el antiguo recinto de la ciudad, que era demasiado pequeño, sino al lado, en un emplazamiento que se rodeó primeramente de una empalizada de madera, luego de una muralla de piedra.

A este recinto se aplicaba un nombre alemán, burgo. Hubo entonces, una al lado de otra, dos ciudades y a veces más, cada una con su recinto fortificado.

Nace nuevos mercados en los burgos campesinos, ferias en las grandes encrucijadas. Paralelamente el comercio suntuario se desarrolla para responder a una demanda creciente.

El renacimiento del comercio trae consigo el de las ciudades, pobladas a la sazón no solamente por clérigos, sino también por comerciantes profesionales y por artesanos.

Pero la ciudad sigue muy impregnada de campo: las casas están espaciadas, quedan muchos campos dentro de las murallas.

Los habitantes (el término «burgués» comienza a formarse) llevan exactamente la misma vida que los campesinos: siguen el ritmo de las estaciones, en casas de madera, sin comodidades.

No gastan, ignoran el lujo. Son, apenas, un poco más instruidos que los campesinos, para poder manejar los libros de cuentas.

Pero, sobre todo, los burgueses siguen sometidos a la misma autoridad que los campesinos: el señor, sobre cuyo territorio se sitúa la ciudad.

Este, a causa de sus frecuentes rapiñas, sus atropellos, los impuestos que inventa y multiplica, entorpece el comercio.

Por ello, los burgueses se agrupan en comunas para oponerle resistencia e imponerle el reconocimiento de las franquicias de la ciudad: independencia personal de todos los burgueses, restricción de los derechos consuetudinarios señoriales, supresión de las trabas al comercio.

Ciudad Medieval

El movimiento se desarrolla, sobre todo, en la Italia lombarda y en la Francia del Norte, y posteriormente en los países germánicos, más apartados de la renovación comercial.

Es muy violento, llegando hasta el motín en el año 1115, los habitantes de Laon matan a su obispo, que se negaba a reconocer sus franquicias.

En conjunto, el movimiento comunal se ve coronado por el éxito, y el nuevo estatuto jurídico de las ciudades permite la extensión del comercio.

De este modo, la expansión agrícola lleva consigo el desenvolvimiento de la economía de cambio, la creación de ciudades, la aparición de los burgueses, que trastorna la disposición de los tres órdenes.

Es un germen de disolución del régimen feudal, adaptado a una economía de subsistencia replegada sobre sí misma. Pero, antes de disolver el feudalismo, la expansión agrícola implica el enriquecimiento  de las  clases  superiores.

LOS MUNICIPIOS:

En varias ciudades del Norte, sobre todo en Picardía, donde era señor un obispo, los habitantes, para obtener la franquicia, habían empezado por hacer entre ellos una conjuración, se habían jurado defenderse mutuamente para obligar a su señor a concederles una carta. La ciudad libertada por este medio se llamaba municipio.

Cada uno de los habitantes había de jurar defender a los demás, y cuando se daba la voz de ¡Municipio! todos habían de acudir armados.

En varias ciudades el obispo prohibió a los habitantes formar un municipio, y los habitantes se sublevaron.

En Cambrai, el año 1076, los habitanes se habían armado y jurado el municipio, en tanto el obispo estaba en la corte del emperador. Volvió el obispo y aceptó lo jurado para que se le dejase entrar. Pero, cuando los habitantes hubieron dejado las armas, envió soldados que mataron a muchos en las calles y en las iglesias.

A otros mandó cortar pies y manos, sacar los ojos o marcar con hierro al rojo. Luego suprimió el municipio.

En Laon, desde el año 1106, el obispo, señor de la ciudad, era un caballero normando que pasaba la vida en la guerra y cazando.

Tenía un esclavo negro que utilizaba para atormentar a los que no le placían. En una ciudad vecina, en Noyon, el obispo había dejado formarse un municipio. Los habitantes de Laon quisieron formarlo también.

El obispo había ido a Inglaterra; los obispos y los sacerdotes que gobernaban en su ausencia, accedieron a lo pedido mediante el pago de una gruesa suma.

El obispo, a su vuelta, aceptó lo hecho mediante una nueva suma. Pero tres años más tarde (1112) hizo que a Laon fuese el rey Luis VI, y le pidió que anulase el municipio. Los habitantes ofrecieron al rey 400 libras de plata para conservarlo. El obispo prometió 700 por suprimirlo. El rey mandó pregonar por la ciudad que el municipio quedaba suprimido y se apresuró a partir.

Al día siguiente, por la mañana, los habitantes, exasperados, cerraron sus tiendas y se reunieron. Varios juraron matar al obispo.

Alguien fue a avisarle, y respondió: » ¡Yo, perecer a mano de esas gentes! «. Al día siguiente, que era la Pascua, atravesó la ciudad en procesión y oyó gritar: «¡Municipio, municipio!». Mandó venir aldeanos de los alrededores y los apostó en las torres de la iglesia y en su palacio.

Pero dos días más tarde los despidió. Se le previno que los habitantes se agitaban: «¿Qué creéis, dijo, que puedan hacer esas gentes? Si mi negro tomara de la nariz al más terrible de ellos, no se atrevería a refunfuñar. ¿No les he obligado a renunciar a lo que llamaban su municipio? «.

Pero al día siguiente, por la tarde, se oyó de pronto gritar: » ¡Municipio! «. Un fuerte grupo, armado con hachas, arcos, mazas y picas invadió la iglesia y el palacio del obispo. Los caballeros del obispo no tenían armadura, se defendieron con el escudo y fueron muertos.

El obispo se puso el traje de un criado, huyó a refugiarse a una bodega y se escondió dentro de un tonel. Los sublevados, dueños del palacio, corrían por todas partes en su busca.

Un criado del obispo, con un movimiento de cabeza les mostró la bodega. Se precipitaron en ella y buscaron por todas partes. Con ellos iba un hombre a quien el obispo por mofa había llamado Isengrin (así se apellidaba al lobo en la Edad Media).

Se detuvo delante del tonel, lo destapó y tocó al obispo con el palo que llevaba, preguntando: «¿Quién está ahí? » — El obispo respondió temblando: «Un desgraciado prisionero» — » ¡Ah! , respondió el hombre, es el señor Isengrin el que está metido en este tone!».

Se sacó al obispo por los pelos de dentro del tonel, y se le arrastró fuera y se le partió la cabeza de un hachazo, y uno, para apoderarse del anillo, le cortó el dedo con su espada.

El cadáver, desnudo, fue abandonado en un rincón. Los amotinados maltrataron también a las mujeres de los caballeros.

Se siguió una larga guerra. El rey atacó a Laon. Los habitantes se refugiaron en el castillo de un señor de los alrededores, que se dedicaba al pillaje, y el municipio fue abolido.

Se conservaron, no obstante, municipios en la mayor parte de las ciudades de Picardía y los señores crearon algunos en otras partes, por ejemplo, en Borgoña. Pero la mayor parte de las ciudades de Francia no tuvieron municipios.

EL DESARROLLO DEL COMERCIO: El desarrollo del lujo ha acrecentado el comercio e incluso la creación de centros industriales especializados: Flandes, Italia del Norte, en la industria pañera; París, en los oficios artesanos.

Los burgueses se enriquecen. Invierten sus beneficios en la tierra y tratan de integrarse en la nobleza.

En Italia, la clase superior está formada por la fusión de la nobleza y de los más ricos burgueses; todos sus miembros son, a la vez, comerciantes y terratenientes, y residen en las ciudades.

Ellos serán los artífices del gran renacimiento italiano de los siglos siguientes.

En Francia, por el contrario, la nobleza se cierra y se convierte en hereditaria. Pero se ha visto que la burguesía era lo suficientemente vigorosa para tener una expresión cultural propia. En el aspecto político, es ella quien sostiene el poder real contra la nobleza.

En toda Europa, las ciudades se desarrollan, tienen unas actividades y una mentalidad especial, distinguiéndose cada vez más claramente del campo.

Sin embargo, la economía rural se ve profundamente transformada por la circulación de la moneda.

Los campesinos venden una parte de su cosecha para alimentar a las ciudades. Los contratos de arrendamiento y aparcería reemplazan a la antigua servidumbre.

Esta evolución acentúa las divisiones sociales entre la gente del campo. Algunos campesinos hábiles se enriquecen (el tema del rústico nuevo rico invadió la literatura realista del siglo XIII), mientras que otros caen en una especie de servidumbre por deudas.

En conjunto, la economía de intercambio es favorable a la nobleza de Inglaterra y de Italia del Norte, que se entrega a la explotación directa y a los cultivos favorables a la especulación.

Pero en Francia, en España y en los países germánicos, la nobleza, cuyas dispendios en lujó y equipo militar crecen constantemente, no sabe adaptarse.

Se encuentra, pues, en desequilibrio permanente, se endeuda, vende sus tierras y se empobrece.

Casta hereditaria, no se encuentra ya sistemáticamente ligada a la carrera de las armas, puesto que algunos de sus miembros no son lo bastante ricos para ejercerla.

Por todas partes, el sistema feudal se halla minado por la economía monetaria.

Únicamente, la coyuntura económica favorable impide que la crisis estalle. Pero esta coyuntura cambia en los primeros años del  siglo XIV.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

La Vida de los Campesinos en la Edad Media Trabajo Agrícola

LOS CAMPESINOS: EL TRABAJO AGRICOLA EN LA EDAD MEDIA

SIERVOS Y LABRIEGOS: Así son llamados los que no son ni caballeros ni clérigos. Se definen por el hecho de estar sometidos a exacciones y al dominio del señor.

Su condición jurídica es muy variada. La esclavitud prácticamente ha desaparecido. Algunos campesinos son siervos, es decir que tienen la parcela de  tierra de un caballero y la cultivan, y pueden legarla a sus hijos.

A cambio de esto, deben al propietario servicios y renras. Otros son propietarios de un alodio, o sea propietarios íntegramente de la parcela que cultivan. Otros, en fin, son criados.

Pero la distinción fundamental es la que existe entre los labradores que cultivan bastantes tierras para utilizar un arado, y de los cuales algunos están a cubierto del hambre, y los peones o braceros, que cultivan sus tierras a mano.

Estos son, con mucho, los más numerosos. Todos los campesinos, cualquiera que sea su condición jurídica y sus medios de fortuna, están sometidos al dominio del castellano, que les impone tareas de limpieza del castillo, de acarreo, servicios de horno, de molino, peajes, y la talla, impuesto arbitrario.

Y, en fin, el castellano administra justicia y ejecuta las sentencias, ya se trate de multas o de justicia de sangre. Los derechos de los señores son mucho más pesados que las contribuciones territoriales.

Del siglo XI al XIII se manifiestan progresos en la agricultura. Una mejor utilización de los animales de tiro, gracias a la collera rígida, y un perfeccionamiento del arado, constituyen la base de lo que se llama la «revolución agrícola».

LA VIDA DE LOS CAMPESINOS
Los campesinos viven agrupados en grandes aldeas, situadas en las tierras más ricas.

Sus métodos de cultivo son arcaicos: laboreos permanentes con largos barbechos en las tierras más ricas, trabajos sobre partes quemadas, cambiantes dentro de los límites del terruño; cultivan, sobre todo, cereales, un poco de trigo candeal, centeno y mijo; diseminadas por todas partes, algunas cepas de viña.

El ganado es escaso y está mal alimentado. Los pueblos están aislados en medio de inmensos bosques que proporcionan a los campesinos importantes recursos: múltiples productos naturales como la miel, la cera, las bayas salvajes (los árboles frutales no se cultivan todavía); la madera también, con la cual se hacen los castillos, las casas, los cercados, las escudillas y todos los utensilios corrientes.

Y, sobre todo, los pastos para el ganado, el cerdo especialmente, las cabras y los carneros, los cuales vagan en libertad.

En su conjunto, Europa está muy poco poblada. Sin embargo, las técnicas agrícolas son tan primitivas y los rendimientos tan bajos (3 por 1, como media; 6 por 1 en los mejores casos) que las hambrunas son frecuentes.

El campesino no puede defenderse contra la naturaleza. Vive, vestido con las pieles de los animales, en una cabana de madera, sin ventanas ni chimenea.

El invierno es un largo entumecimiento de oscuridad y de frío. El verano es el período febril de los grandes trabajos y los grandes calores.

El campesino no come más que una bazofia de cereales cocidos, nunca carne, lo cual le distingue del señor, cazador y carnívoro.

No bebe jamás vino. En estado perpetuo de subalimentación, no tiene tampoco ni higiene ni médico. Está expuesto de manera especial a todas las epidemias. Es totalmente inculto.

Toda la vida campesina está marcada con el cristianismo. El paganismo ha sido arrojado a los límites de Europa, entre los eslavos de los países bálticos, por ejemplo.

El cristianismo acaba de perder su carácter de religión urbana y va a implartarse sólidamente en los campos: en cada pueblo campesino, su iglesia y su cura. La parroquia pasa a ser, durante siglos, el marco de la vida campesina. Pero el cura es completamente ignorante y el cristianismo de los campesinos sigue siendo muy primitivo, impregnado de brujería y de paganismo.

Las rogativas, por ejemplo, datan de esta época: largas procesiones a través de la campiña, bendición de los campos, súplicas a Dios para evitar la sequía, las heladas, etc.

Es una ceremonia heredada directamente del paganismo. Las únicas fiestas de los campesinos son las cristianas. La más brillante es la hoguera de Nochebuena, en medio del sueño del invierno, con el sacrificio del cerdo y el hartazgo de chacina, única vez en todo el año en que el campesino come carne.

LOS PROGRESOS DE LAS TÉCNICAS AGRÍCOLAS

En medio de esta agricultura atrasada, se elaboran lentamente las innovaciones, las invenciones, las mejoras técnicas que van a permitir la primera y la única revolución de los métodos agrícolas que Europa ha conocido hasta el siglo XIX.

Mil perfeccionamientos permiten utilizar mejor la fuerza motriz de las aguas corrientes.

Entonces se ven todos los cursos de los ríos cubrirse de molinos, desde las pequeñas instalaciones aisladas de Alemania Central, hasta los molinos alineados represando todo el Garona en Toulouse.

Sirven, ante todo, para moler el grano y convertirlo en harina. Es el señor quien los construye e impone su utilización a los campesinos, mediante una tasa. Se progresa también en la manera de enganchar los animales de tiro: la collera rígida reemplaza a la collera flexible que estrangulaba al caballo.

Un yugo de madera, apoyado en los cuernos, permite enganchar un par de bueyes. Al mismo tiempo, el hierro sustituye a la madera en la fabricación de utensilios agrícolas.

Se construyen arados de ruedas y vertedera de hierro, los cuales, arrastrados por dos animales de tiro enganchados, penetran en las entrañas de las tierras duras a las que el arado de madera no bacía más que arañar.

El sistema de explotación de la tierra, en fin, se ha mejorado: la rotación trienal de los cultivos hace que se sucedan en una misma tierra una sementera de cereales de invierno, trigo o centeno, una sementera de cereales de primavera, avena o cebada, y después un año de barbecho, poniendo también fin a los usos primitivos del cultivo sobre campos quemados y de las rotaciones desordenadas.

Los rendimientos se mejoran un poco. Sobre todo, se extiende la costumbre de cultivar los cereales más ricos. El cultivo de la avena trae consigo el mejoramiento del caballo y su generalización.

Todos estos progresos técnicos se difunden lentamente a través de Europa; ninguna invasión va a ponerlas en peligro, arruinando de una manera brutal las  campiñas.
Así comienza en el siglo xi un período de prosperidad agrícola que es la base de la renovación de Europa.

LA EVOLUCIÓN DEL SIGLO XII AL SIGLO XIII: EXPANSIÓN DEMOGRÁFICA Y ROTURACIONES
El modo de vida campesino no cambió con esta nueva prosperidad. Aunque sus utensilios son mejores, su vivienda y sus trajes, en cambio, siguen siendo primitivos, así como su mobiliario, compuesto de algunas escudillas, unas trébedes para el fuego y nada más.

Pero consigue la seguridad alimenticia. Las cosechas más abundantes permiten sustentar a una población más densa.

El espectro del hambre se ha ahuyentado por siglo y medio. El uso del molino de agua generaliza la fabricación dé la harina, y la bazofia es reemplazada por el pan, alimento mucho más nutritivo.

El campesino, mejor alimentado, está menos expuesto a las enfermedades y a las epidemias.

De esta forma, la población de Europa crece con regularidad. La de Inglaterra pasa de 1.100.000 habitantes en el año 1086, a 3.700.000 en 1348. Aunque es difícil dar cifras de los otros países, se puede estimar que la población de Europa occidental se multiplicó por tres o cuatro en siglo y medio.

Todos estos campesinos no pueden emplearse en los antiguos terruños, y por ello el aumento demográfico es el origen del gran movimiento de roturaciones que alcanza su apogeo en el siglo XII.

Los instrumentos para arar, más potentes, permiten trabajar en mejores condiciones los bosques.

Los campesinos desbrozan por propia iniciativa hasta el límite de sus tierras. Pero, más frecuentemente, quien toma la iniciativa es el señor: para aumentar la superficie de sus terrenos cultivados, y, por lo tanto, el volumen de rentas que percibe de los campesinos, crea pueblos nuevos en los calveros de su dominio.

Para poblarlos, ofrece condiciones excepcionales a los campesinos roturadores: con mucha frecuencia, la supresión de la talla arbitraria, y rentas muy bajas.

Hace propaganda, a veces muy lejos de la aldea que desea poblar. Este movimiento de roturaciones contribuye a modificar la relación forzada entre señores y campesinos.

El señor tiene necesidad de los labradores para enriquecerse.

Los campesinos se dan cuenta de ello. Así, tanto en los pueblos nuevos como en los antiguos, los labradores toman la costumbre de agruparse en asamblea parroquial, para organizar, de forma comunitaria, la resistencia frente al señor: imponen a éste el respeto al derecho consuetudinario e incluso, muy frecuentemente, una reducción notable de los derechos señoriales.

La asamblea parroquial organiza, también comunitariamente, la explotación del suelo, porque el nuevo sistema de barbecho, con rotación trienal de los cultivos, debe funcionar, para ser eficaz, sobre el conjunto de los terrenos de la parroquia.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Las Moneda en la Edad Media Circulación de Dinero en la Edad Media

Las Moneda en la Edad Media
La Circulación de Dinero

El universo económico del siglo IX se apoyaba en dos monedas fuertes: el sólido o besante, bizantino, y el diNar árabe, ambas de oro.

En realidad, el solidus numisma bizantino significaba la continuación del solidus aureus nummus, fijado por el emperador Constantino en 72 piezas por libra/oro (4,48 g), con emisiones fraccionarias de medio sueldo (semissis) y de un tercio (triens). Bajo Anastasio I (493-518), aparte de la moneda de oro, se emiten, siguiendo la tradición de los miliareses de Constantino, denarii de plata, con el valor de una doceava parte del sueldo, y fallís de cobre, a razón de 288 piezas por sueldo.

El califato omeya, hacia el primer tercio del siglo VII, inspirándose en el áureo bizantino, emite el dinar de oro, que presenta una iconografía similar -busto imperial y gradas surmontadas de una cruz-, sustituyendo el signo cristiano por un globo.

A su vez, adopta el antiguo dracma de plata de la Persia sasánida con el nombre de dirhem, en una relación respecto al dinar de 1/10. No obstante, sigue circulando ampliamente la moneda original extranjera. El creador de una moneda «nacional» o propiamente arábiga fue el califa Abd al-Malik (685-705), quien desmonetizó la moneda circulante y acuñó una tipología original, sustituyendo los antiguos emblemas por unos textos, de carácter histórico o religioso, dispuestos en renglones.

Imagen Izq. Anverso de un dirhem

En los diversos estados que se forman después de las invasiones se perpetúan los valores romano-bizantinos, con tendencia, sin embargo, a la rarificación del solidus aureus, sustituido cada vez más por los triens o tremises, con el valor de un tercio.

A partir del siglo VIII la vida económica sufre una intensa regresión y se basa casi exclusivamente en el intercambio o en el pago en especies: ganado, caballos, vestidos, armas o metal no amonedado. No se pierde, con todo, el concepto de moneda, que permanece como unidad de cuenta. Así, en el reino de Asturias, un buey se valora en un solido et tremise (796), y en el 802, un hombre vende al monasterio de Lorsch un dominio por 14 onzas de plata, una espada y una túnica de seda. A partir de Carlomagno se deslindan claramente dos áreas geográficas, que están bajo el dominio de la plata o del oro.

Aparte de las monedas en oro de los ducados lombardos y de la emitida por el conde de Barcelona Berenguer Ramón I (1018-1035), el diñar musulmán,con el nombre de mancuso, acuñado por del el califato de Oriente o por Al-Andalus, es  la principal divisa dentro del comercio internacional.

Su influjo es tan considerable, que el mismo besante, entre los siglos VIII y X, adopta su tipología, que imitarán también los reyes hispánicos. Muy interesante sería poder seguir el circuito del mancuso árabe, desde que entra en Europa por los países mediterráneos hasta que regresa a Oriente por el camino de las caravanas que atraviesan los países eslavos.

El Imperio carolingio adopta como unidad el dinero de plata, doce de los cuales forman un sueldo, y veinte de éstos, una libra; sueldo y libra constituyen tan sólo unidades de cuenta. Debido a su inferioridad, la moneda carolingia tuvo que ser protegida mediante algunas capitulares de carácter general.

Imagen Izq. Reverso de un mancuso

Gracias a esta política, el estado carolingio recupera de modo exclusivo el derecho de batir moneda, que en tiempos merovingios detentaban las iglesias y los monederos privados. Por la capitular de Mantua (781) se define el concepto de maneta publica, la cual sólo podrá ser emitida en el taller palatino.

Luis el Piadoso amplió el derecho a nueve ciudades, que aumentaron con el fraccionamiento de los estados. A partir de Carlos el Calvo, los nacientes principados usurpan el derecho de batir moneda.

Las cecas principales de la época y territorios carolingios fueron: Aquisgrán: Palacio imperial; Francia oriental: Maguncia; Alsacia: Estrasburgo; Lorena: Cambray, Colonia, Bonn, Duurstede, Dinant, Lieja, Metz, Verdún; Francia: Amiens, Anas, Attigny, Brujas, Kassel, Courtrai, Compiégne, Corbie, Gante, Laon, París, Reims, Rúan; Neustria: Angers, Blois, Chartres, Évreux, Le Mans, Orleans, Tours; Borgoña: Autun, Auxerre, Besancon, Dijon, Langres, Lyon, Nevers, Troyes; Bretaña: Nantes, Rennes; Aquitania: Bourges, Poitiers, Clermont, Limoges; Toulousain: Toulouse; Gascuña: Agen, Burdeos, Dax; Marca Hispánica: Barcelona, Ampurias, Gerona, Roda (¿Rosas?); Septimania: Narbona; Provenza: Arles, Aviñón, Vienne; Italia: Lucca, Milán, Treviso, Venecia.

PROBLEMA CON LAS MONEDAS: Si la moneda cuya función es medir el precio de todas las cosas es variable e incierta, nadie sabrá lo que tiene; los contratos serán inciertos; los gravámenes, tasas, gajes, pensiones, rentas, intereses y honorarios, inciertos; las penas pecuniarias y multas fijadas por las costumbres y ordenanzas serán también variables e inciertas; en resumen, todo el estado de la hacienda y de muchos negocios públicos y privados quedarán en suspenso. Aún es más de temer que la moneda sea falsificada por los príncipes, fiadores y deudores como son de la justicia ante sus subditos.

El príncipe no puede alterar el peso de la moneda en perjuicio de los subditos y menos aún en perjuicio de los extranjeros que tratan con él y comercian con los suyos, pues está sujeto al derecho de gentes. Si lo hace, se expondrá a la reputación de falso monedero, como el rey Felipe el Hermoso, llamado por el poeta Dante/akí/icatore de maneta. El fue quien, por primera vez en este reino, rebajó la moneda de plata a la mitad de su ley, lo que trajo como consecuencia grandes desórdenes entre sus subditos […].

La ley y el peso de la moneda deben ser regulados adecuadamente, para que ni príncipes ni subditos la falsifiquen a su antojo. A ello estarán dispuestos siempre que se les presenta ocasión, aunque se les queme vivos. La razón de ser de todos los falsificadores, cercenadores y alteradores de moneda, radica en la mezcla de metales. Si éstos se emplearan en su estado puro, no podrían sustituirse unos por otros, ya que difieren entre sí en color, peso, consistencia, sonido y naturaleza.

Por consiguiente, para evitar los inconvenientes apuntados, es preciso ordenar en la república que las monedas sean de metales simples y publicar, siguiendo el ejemplo de Tácito el emperador de Roma, un edicto por el que se prohiba, bajo pena de prisión y confiscación de los bienes, mezclar el oro con la plata, o la plata con el cobre, o el cobre con el estaño o con el plomo. Podría exceptuarse de la prohibición la mezcla del cobre con el estaño, que produce el bronce o metal sonante, ya que entonces no se usaba tanto como ahora, así como la mezcla del estaño dulce con el cobre, para poder fundir cañones […].

Si se acuñan las piezas de oro y plata con los mismos peso, nombre y ley, es decir, con igual aleación en ambos casos, no subirán ni bajarán nunca de precio, como ahora ocurre casi cada mes, a gusto del pueblo o de los poderosos que rodean a los príncipes. Tras acaparar y tomar en préstamo monedas fuertes, las hacen subir de precio, y así ha habido quien, después de pedir prestados cien mil escudos, hizo subir el precio del escudo en cinco sueldos con lo que de un golpe ganó veinticinco mil francos […].

López Cordón, Ma. Victoria et al,
Análisis y comentarios de textos históricos II.
Edades Moderna y Contemporánea,

Fuente Consultada: Historia Universal Salvat Tomo 10

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

La Longevidad en la Edad Media La Esperanza de Vida

La Longevidad en la Edad Media
La Esperanza de Vida

LONGEVIDAD EN LA EDAD MEDIA: Los datos básicos sobre la duración de la vida en la Edad Media los proporcionan los estudios antropológicos de los esqueletos encontrados en las excavaciones arqueológicas. Actualmente, los antropólogos disponen ya de un espectro de muestras suficientemente amplio como para empezar a determinar la esperanza de vida de la población medieval.

La Longevidad en la Edad Media La Esperanza de Vida Ante todo se observa una diferencia notable entre hombres y mujeres por lo que respecta a su número y longevidad. En realidad, la duración de la vida disminuyó en relación al período precedente (700-1000), tanto para los hombres como para las mujeres, aunque más para estas últimas.

La dureza del trabajo en el campo redujo en unos dos años la esperanza media de vida de los hombres respecto a las mujeres, pero a pesar de ello, su longevidad fue bastante mayor que la del hombre moderno, hasta bien entrado el siglo XVIII.

Los datos mejor conocidos proceden de las islas Canarias, donde la esperanza de vida era de 49,4 años para los hombres y de 53,3 años para las mujeres, y en el priorato de Gallen, en Irlanda, cuyos monjes tenían una esperanza media de vida de 48,4 años. Los terratenientes varones de la Inglaterra del siglo XIII tenían casi la misma esperanza de vida. Los habitantes de los asentamientos escandinavos de la costa tuvieron mejor suerte que los del interior, por lo que se refiere a longevidad.

Los hombres de Groenlandia tuvieron con mucho el peor récord en cuanto a brevedad de vida. Tampoco fueron mejor las cosas para los habitantes del centro de Europa. En cambio, los de la península Ibérica disfrutaron probablemente de mayor longevidad, como ya la tenían en tiempo de los romanos, porque las tierras peninsulares, altas y secas, eran resistentes a la propagación de la tuberculosis y de la malaria, probablemente las dos enfermedades que ocasionaban más muertes en aquellos tiempos.

En el siglo XIII, los miembros de la comunidad judía de Montju’ic (Barcelona) muestran una esperanza de vida de entre 45 y 50 años tanto para hombres como para mujeres.

Las indagaciones post mortem que se hacían en Inglaterra permiten determinar con exactitud la edad de la muerte. Algunas personas vivieron muchos años: Alina de Marechale, de quien se cuenta que tenía noventa años cuando heredó sus tierras, vivió otros siete años más. Tres generaciones de la familia Colewik vivieron más de ochenta. Yusuf ibn Tasfin, el poderoso emir almorávide, contaba, según se decía, cien años cuando murió en 1106. Y la lista podría alargarse.

Aunque el promedio de vida era corto, la gente del Medioevo tenía un margen de vida -longevidad potencial- bastante similar al actual. El índice de mortalidad, como es de esperar, era elevado: alrededor de un 3,5 % anual. La pérdida de trabajo potencial durante los años de plenitud física fue realmente grande. Durante los años de mayor productividad, de los catorce a los sesenta, la Edad Media dispuso solamente de un 57 % de la población activa femenina y de un 66 % de la masculina. Actualmente, la sociedad dispone de más del 90 %.

El feudalismo tuvo, además, un punto débil que se olvida con frecuencia: el promedio de vida de caballeros y señores. Un ejército feudal, suponiendo que prestaran servicio la mayoría de los caballeros, debía de tener a más de la mitad de sus miembros con una edad bastante superior a los treinta años, edad relativamente avanzada para un atleta. En cambio, un ejército mercenario, reclutado por reyes adinerados, podía ofrecer un contingente de caballeros jóvenes y ambiciosos, más robustos y mejor adiestrados que los componentes de una hueste feudal.

Fuente Consultada: Historia Universal Salvat Tomo 10

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El Progreso Tecnico en la Edad Media Avances Tecnologicos Medievales

El Progreso Técnico en la Edad Media

PROGRESO TECNICO LA EDAD MEDIA: Durante el período feudal se desarrolló un conjunto de innovaciones técnicas que modificaron profundamente las relaciones del hombre con el medio. No se trataba de una simple suma de diversos progresos, sino de un verdadero sistema tecnológico, cuyos elementos eran interdependientes los unos de los otros.

Uno de estos elementos fue el molino de agua. Aunque era conocido desde la Antigüedad y había evolucionado durante los primeros siglos de la Edad Media, su período de máxima difusión corresponde al siglo XI (en Inglaterra, en época de la conquista Normanda, había cerca de 6.000). En efecto, la instauración del régimen señorial permitió la generalización del molino de agua, ya que el señor -propietario del molino- estuvo en condiciones de obligar al campesino, a causa de su poder jurisdiccional, a abandonar su antiguo molino de mano.

El Progreso Tecnico en la Edad MediaDesde entonces, no existió ninguna parroquia rural que no dispusiera de uno o varios molinos de agua. Allí donde el clima se prestaba menos a la utilización de este nuevo elemento, apareció el molino de viento, probablemente tomado de los países islámicos.

Así, pues, el dominio de la energía hidráulica y de la fuerza del viento liberaron una considerable fuerza de trabajo, que a partir de entonces pudo dedicarse a las labores agrícolas, multiplicándolas extraordinariamente.

Al mismo tiempo, el trabajo del campo se hizo más eficaz al difundirse el arado de ruedas (curruca), que se distinguía del arado romano (aratrum) por su reja disimétrica, su cuchilla y su vertedera. El arado de ruedas removía la tierra, mientras que la acción del arado romano era superficial y tenía que ser completada, a intervalos más o menos largos, por el trabajo con la azada.

Si bien su cronología de difusión es todavía poco conocida, no hay duda de que el uso del arado de ruedas fue general a partir de siglo XI, salvo en la Europa meridional, donde el arado de mano siguió siendo el instrumento más utilizado y quizá el que mejor se adaptaba a los suelos ligeros y pedregosos de la zona. Evidentemente, sin el uso del arado de rueda, el cultivo de los suelos duros del norte de Europa hubiera sido imposible; su aparición abrió, pues, el camino a la grandes roturaciones medievales.

No obstante, era preciso disponer de un sistema de enganche lo suficientemente potente como para asegurar la acción eficaz del arado de ruedas: un conjunto de mejoras transformaron el enganche heredado de la Antigüedad. Así, en el caso de los bueyes que tiraban del arado, el yugo frontal sustituyó al yugo de garrote, que ahogaba al animal reduciendo su capacidad de tracción, y en el de los caballos, la collera de armazón rígido reemplazó a las correas que les oprimían el pecho.

Tanto a unos animales como a los otros, el uso de herraduras les permitió un mejor apoyo sobre el terreno. Por último, en una parte de la Europa occidental -la más avanzada desde el punto de vista del progreso agrario-, el caballo reemplazó, poco a poco, al buey en las labores agrícolas: al ser más rápido se acomodaba mejor a la multiplicación de los trabajos de la tierra.

En la época que nos ocupa se extendió también el uso del hierro, progreso que estuvo naturalmente unido a todos los demás. Gracias a las numerosas fraguas rurales, las herramientas del campo se perfeccionaron. Algunos inventarios de bienes campesinos del siglo XIII revelan la presencia, en viviendas humildes, de una extensa gama de útiles metálicos: guadañas, hoces dentadas, rastrillos, azadas y hachas.

Por supuesto, esos diversos progresos penetraron, según las regiones, de manera desigual. Incluso ahondaron las diferencias económicas entre ellas: así, la difusión del arado de ruedas, y en general un mejor equipamiento técnico en la Europa del norte, diferenciaron a ésta de la Europa del sur, donde el hierro era más escaso y donde solamente un mulo o una yunta de bueyes seguían tirando de los arados romanos.

Pero aparte de las diferencias entre las diversas áreas geográficas europeas, la introducción de mejoras técnicas fue sobre todo un poderoso factor de diferenciación del trabajo en el seno del propio campesinado de una misma región, que quedó, desde entonces, estructurado en dos grupos económicos muy distintos. Por una parte, los «labradores», que poseían instrumentos de cultivo pesados y un lote de tierras de ciertas dimensiones; y por la otra, los «braceros», que solamente eran propietarios de su azada y estaban instalados en tenencias de superficie muy reducida.

Fuente Consultada: Historia Universal Salvat Tomo 10

 

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La muerte en la edad media La medicina y la salud Metodos Clinicos

La Muerte en la Edad Media

LA MUERTE: La Baja Edad Media se caracteriza, entre otras cosas, por una mayor concienciación de la realidad de la muerte. Es probable que este fenómeno haya sido acrecentado por las constantes epidemias que asolaron Europa a mediados del siglo XIV, así como el aumento de la crueldad de las guerras y el aumento de las aglomeraciones urbanas, que favoreció una mayor percepción de los fenómenos más morbosos de la experimentación de la enfermedad y la muerte.

Otros han puesto más énfasis en el desarraigo que supone para la gente del campo su llegada masiva a la ciudad en los siglos bajomedievales.

En la concepción cristiana la muerte se considera el instante en el que se separan cuerpo y alma. Según esta concepción, el buen cristiano debe estar preparado en cualquier instante para este momento y las voluntades de los mortales se recogían en los testamentos.

La Muerte en la Edad Media

Para conseguir la salvación de los difuntos era necesaria la mediación de los clérigos lo que motivaba el encarecimiento de la muerte. La misa era la fórmula de conectar el mundo de los vivos con el de los muertos y ahí también encontramos una evidente diferenciación social ya que los ricos podían ofrecer más misas por sus difuntos al tiempo que tenían más posibilidades de realizar la caridad con los pobres.

La vida terrenal sería considerada en la Edad Media como un mero tránsito hacia la eternidad. El cielo era el destino deseado por todos pero por mucho que el individuo se preparara el camino para la salvación nada estaba asegurado y el infierno constituía un serio peligro.

Según Sesma Muñoz (1), en el seno de la tradición judeocristiana del occidente europeo los hombres y mujeres, ricos y pobres, urbanos y rurales, jóvenes y viejos que se ven en trance de dictar sus últimas voluntades, califican la vida terrenal con expresiones duras y amargas: miserable, incierta, engañosa, transitoria, como si estuvieran convencidos de que estaban en un valle de lágrimas, al tiempo que contemplaban la muerte como algo inevitable, destino común del que no se puede escapar y ante una proximidad muestran una resignación natural que les hace más pensar en los que quedan y en la preparación de su tránsito, que en lamentaciones y arrepentimientos.

Existe la convicción entre la población de la Edad Media de la existencia de otra vida, la vida eterna, tras el tránsito, por lo que temen fallecer sin aviso, repentinamente, y verse privados de un tiempo precioso para repartir sus bienes, avalar la buena convivencia familiar y arreglar los trámites del Más Allá, es decir, asegurarse el arrepentimiento final y el cumplimiento de ritos y ayudas para que su alma se garantice el purgatorio.

En el Más Allá existe el paraíso o el infierno que constituyen los dos destinos extremos, que han sido únicos durante mucho tiempo para los cristianos, si bien a partir del siglo XIII adquiere fuerza la idea de un tercer lugar, el purgatorio, intermedio entre ambos, donde las almas que necesitan un tiempo de expiación para acceder a la gloria aguardan y se benefician de los actos piadosos hechos en la tierra, según la concepción de los santos. También en estos momentos se formula la existencia del limbo como lugar particular para las almas de los niños no bautizados.

Además, existe un convencimiento generalizado en la resurrección tras el juicio final, que se manifiesta en buscar para el enterramiento la compañía de sus muertos, de sus personas más queridas, junto a las cuales se quiere despertar un día. En los pueblos y aldeas, los testadores solicitan ser enterrados en el cementerio de la iglesia parroquial, lo que les «garantizaba» ya una compañía conocida.

Está muy extendido el culto a determinados santos, santa Bárbara, santa Ana o san José, como protectores frente a la muerte súbita, o San Cristobalón, presente en todas las iglesias junto a la puerta de salida, como encargado del tránsito, al que se le pide lentitud en el traslado del alma.

En el siglo XV comienza a difundirse el Ars Moriendi, cuyas ediciones impresas y traducidas a las lenguas vernáculas, lo presentan como «Arte del bien morir» y cuya finalidad queda expuesta en este proemio: «La más espantable de las cosas terribles sea la muerte, empero en ninguna manera se puede comparar a la muerte del ánima», para lo cual se da una serie de consejos, acompañados de grabados ilustrativos, que faciliten la confesión completa y ayuden a alcanzar la salvación con una buena muerte. La muerte cristiana al final de la Edad Media no es una muerte solitaria, sino un acto social al que deben acudir amigos y parientes para ayudar a la persona que muere.

 La muerte se constituye así en un acto de solidaridad, de ayuda mutua, que no acaba con la expiración, sino que los que todavía permanecen en el mundo deben ocuparse de los muertos a través de mandas piadosas, y muchas misas. Junto a ello se debe dar limosnas a las iglesias y capillas, dar de comer o vestir a los pobres, aliviar penas de cautivos, enfermos o locos, a contribuir al casamiento de huérfanas pobres, etc. Esto dependerá de la capacidad económica del difundo. El dinero se convierte en un argumento para alcanzar la salvación.

En la Edad Media la muerte nunca fue acompañada de caracteres macabros. Sería en los últimos siglos cuando aparecen aspectos tétricos, motivados sin duda por la difusión de la Peste Negra y las epidemias, hambrunas y devastadoras guerras que sacudieron la Baja Edad Media. En las ciudades se desarrollaría incluso la idea de muerte-espectáculo.

Tal como ocurre hoy en día, la muerte se presenta a lo largo de la Edad Media como la última acción igualitaria sobre la sociedad (lo que no era cierto, en teoría, pues la posición social y la economía condiciona la salvación). La muerte se presenta como un acto de la vida cotidiana y existe una visión menos temerosa ante ella. Esto desaparecerá de las culturas posteriores.

LOS MENDIGOS:
¿Quiénes eran los mendigos?

Los había de todas clases. Estaban, por una parte, los profesionales de la mendicidad que inspiraban lástima a los viajeros, haciendo dramáticas ostentaciones de su miseria e incluso acompañados por niños tullidos. Estaban también las víctimas de las enfermedades y violencias de la época, no sólo los leprosos, sino enfermos de otro tipo aquejados de alguna de las múltiples afecciones de la piel, tan abundantes en la Edad Media. Estaban, por otro lado, todos aquellos a los que la justicia les había privado de un pie, de una mano, de la lengua o de una oreja. Y, por último, estaban los mendigos voluntarios, bien por espíritu de sacrificio o como obediencia a una penitencia que les había sido impuesta por la Iglesia como expiación de sus pecados.

¿Quién se ocupaba de ellos?
Por lo general, se consideraba a los mendigos como testigos de Cristo y, por esta causa, se ejercía con ellos la caridad, de una forma bastante eficaz, sobre todo a cargo de los ministros de la Iglesia. Por esta última razón, los mendigos eran mucho más abundantes en las ciudades, y en los pueblos apenas se les quería. Los campesinos eran demasiado pobres como para atender a alguien que, si bien era aún más pobre que ellos mismos, no trabajaba. El aumento del número de mendigos, vagabundos sin domicilio fijo, en las ciudades a partir del s. XIV planteó numerosos problemas a las autoridades. La legislación a este respecto se hizo muy severa: en París, por ejemplo, se prohibió ejercer la caridad con todos aquellos que no trabajaban.

¿Qué hacían los mendigos ancianos?
Muchos de ellos morían en los caminos victimas del hambre, del frío o de los despiadado? arreglos de cuentas tan frecuentes en las seriedades marginadas. Los otros se integraban en las miserables comunidades que se reunían en torno a las «cortes de los milagros» descritas por Víctor Hugo en «Nuestra Señora de París». Por último, algunos encontraban refugio en los hospitales u hospicios sustentados por la Iglesia, donde se mezclaban con enfermos e impedidos. En el campo, eran a veces recogidos y cuidados por familias acomodadas va que el deber de la caridad —la gran ley de la solidaridad medieval— era, para los cristianos el medio más seguro para conseguir la salvación eterna.

¿Quiénes eran los «vagabundos de Dios ?
Además de los peregrinos, que siguieran siendo muy numerosos hasta el final de la Edad Media y que hacían largos desplazamientos, había, sobre todo en el s. xv, un gran numero de frailes que iban predicando de una parroquia a otra. Algunos de ellos conseguían exaltar hasta tal punto a los fieles, que su llesaga a una ciudad llegaba a provocar verdaderas conmociones. Los que les escuchaban soñaban a veces con países imaginarios, como Jauja en los que se podía comer hasta la saciedad, lo que no era más que un reflejo simbólico, en una época en la que abundaban el hambre, la epidemia y la guerra. Estaban también todos aquellos que iban a la busca de una nueva fe y que, al igual que Cristo en Palestina, hablaban en la plaza pública, sembrando a veces desordenes al atacar a la Iglesia oficial o a las mismas gentes del lugar. En los últimos tiempos de la Edad Media, la palabra era. un arma prodigiosamente eficaz y estos «vagabundos de Dios», como se les conocía a veces, jugaron un papel muy importante en el advenimiento de la Reforma.

¿Había también artistas ambulantes?
Durante toda la Edad Media, los juglares y trovadores iban de pueblo en pueblo v de castillo en castillo, cantando y contando bonitas historias. Pero por los caminos podía verse también a gentes de circo: domadores de bestias, exhibidores de osos y prestidigitadores. que recorrían pueblos y ciudades, sobre todo con motivo de las fiestas. Había además comediantes que representaban los autos sacramentales en los pórticos de las iglesias, así como un gran número de músicos ambulantes que normalmente solían ir solos y que iban por los pueblos para hacer bailar a las gentes fundamentalmente con motivo de las fiestas, de otoño, o bien en los carnavales.

Buhonero en la edad media

Los buhoneros surcaban los caminos incesantemente; se trataba de comerciantes más o menos honrados que practicaban, sobre todo, el trueque. Sus mercancías procedían a veces de las ferias de los pueblos y a veces también de robos. Los buhoneros mejor situados contaban con un burro o un caballo y transportaban en él todo tipo de utensilios, tejidos v encajes. Adoptaban siempre los mismos itinerarios, lo que les permitía establecer vínculos entre las familias que les confiaban sus mensajes. En su siguiente paso por el pueblo traían la respuesta que les habían encargado transmitir.

Publicación enviada por David Sáez
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La Medicina en la Edad Media La Salud Recetas Paganas Medicos

La Medicina en la Edad Media
Recetas y Remedios Medievales

Durante la Edad Media se perdieron muchos de los conocimientos adquiridos y progresivamente perfeccionados en los siglos anteriores. Esto se debió a que las civilizaciones griega y romana, cunas de la cultura, eran consideradas paganas; este hecho determinó que despertase poco interés, y sus adquisiciones no tardaron en caer en el olvido.

La medicina también sufrió esta triste suerte, debido a que la enfermedad se consideró como una prueba purificadora impuesta por Dios y, consiguientemente, había de aceptarse con la mayor resignación. Sin embargo, el hombre sano, en señal de caridad, debía prestar asistencia a los enfermos. Durante la primera mitad de la Edad Media los principales encargados de llevar a cabo esta tarea eran los religiosos. Por otra parte, san Benito de Nursia (Siglo VI) lo impuso  como   obligación  a  sus discípulos en sus reglas conventuales.

medicina edad media

Pero los monjes no se contentaban con cuidar a los enfermos en la práctica, pues en aquella época también eran los únicos que poseían la ciencia médica o, para ser más exactos, los vestigios que subsistían de la medicina de la Antigüedad. De todo lo que habían elaborado en esta materia los antiguos apenas quedaba nada, en parte a causa de que los romanos se sirvieron del griego para propagar sus ideas y conocimientos médicos.

A pesar de que en los monasterios de la Edad Media esta lengua era poco conocida, los monjes poseían conocimientos médicos adquiridos en la práctica. Sin embargo, los sabios árabes, como Avicena, recurrían con frecuencia a los autores griegos para perfeccionar sus conocimientos. Por ello, pues, no debe sorprendernos que en este terreno los árabes estuvieran tan adelantados. No obstante, la labor de los monjes fue provechosa, sobre todo en lo que concierne a las plantas medicinales, a las que daban gran importancia.

Esta situación evolucionó a partir del siglo XI. Desde este momento nació lo que podemos llamar medicina laica medieval, esto es, que dejó de ser dominio exclusivo de los monjes para ser practicada también por los laicos. En Salerno, al sur de Italia, se fundó la primera escuela de medicina, que contó con numerosos estudiantes procedentes de diversos países europeos. La medicina griega, nuevamente valorada, partió de allí para extenderse por Europa. En el programa de curso de Salerno figuraban también los tratados árabes. De este modo se convirtió en precursora de las primeras universidades de Bolonia, Montpellier y Padua.

Mientras tanto, ya en el siglo XII, la Iglesia prohibió a los monjes que siguieran ocupándose en la medicina. En el siglo xm extendió esta prohibición al clero secular. Pero la aparición de esta medicina laica pura no significa que se trate de verdadera ciencia médica. Se dedicaban más a inútiles discusiones sobre temas teóricos que a aplicar en la práctica sus conocimientos terapéuticos.

Como ejemplo podemos citar la medicina escolástica, de la que Pietro d’Abano fue uno de los representantes más conocidos. Se esforzaba, sobre todo, en encubrir, por medio de razonamientos sofisticados, las contradicciones que se presentaban en los escritos de reputados autores médicos.

A pesar de que la Edad Media aportó muy poco a la verdadera ciencia médica tal y como hoy la entendemos, se le pueden atribuir algunos resultados positivos. Estimulada por la doctrina cristiana, la construcción de hospitales experimentó un amplio desarrollo. El Hótel-Dieu de Lyon (siglo VI) y el de París (siglo VII) figuran entre los más antiguos de Europaoccidental. Miles de leproserías abrieron sus puertas a los enfermos. Otro elemento positivo es que la Edad Media descubrió que la infección es causa de numerosas enfermedades. En este terreno, los médicos de las universidades de Bolonia y Montpellier obtuvieron notables resultados.

A pesar de estas pequeñas victorias, la medicina todavía era muy impotente, y esto resultaba tanto más grave cuanto que en aquella época Europa era víctima de enfermedades implacables como la peste y la lepra. Ante la primera, sobre todo, se sentía indefensa. Sin duda se conocían algunos remedios preventivos para evitar el contagio, pero en cuanto al origen de la enfermedad sólo se decían necedades: se acusaba a los judíos de propagar la plaga, o se atribuía a la influencia de los astros. También se daba a la gente un sinfín de consejos; por ejemplo, que no durmieran demasiado. Nadie se percataba de que Avicena ya había dicho que las ratas propagaban la peste.

En el siglo xv casi se había vencido la lepra, mucho menos contagiosa, gracias a ciertas medidas como aislar a los enfermos en Leproserías y obligarlos a llevar vestidos especiales. Además, los leprosos tenían que hacer sonar ana carraca de madera o una campanilla que advertían a la gente sana para que se mantuviera alejada de ellos.

Uno de los principios fundamentales observados por los médicos de la Edad Media para luchar contra las enfermedades era que se tenía que combatir el mal con un remedio que se le pareciera. Por ejemplo, intentaban hacer desaparecer las pecas con grasa de leopardo. La inflamación de los ojos se trataba con un medicamento a base de ojos de pavo real, y contra la ictericia se prescribían pechugas amarillas de pollitas. Como se ve, los remedios medievales solían ser absurdos. Además, a menudo se componían de unos veinte elementos.

La alquimia era una actividad relacionada con la medicina. Ya se había desarrollado en la Antigüedad, pero alcanzó su apogeo en la Edad Media. El alquimista se dedicaba a realizar investigaciones científicas y también filosóficas. Su principal objetivo era encontrar la «piedra filosofal» y el remedio universal. Intentaba producir metales preciosos empleando materiales menos costosos.

Entre los alquimistas había personas selectas que se distinguieron por toda clase de experiencias y que pueden ser consideradas precursoras de la química moderna. Pero también había otros, aventureros, caballeros de industria, embaucadores y estafadores que practicaban la alquimia con el único fin de apropiarse astutamente del dinero de los demás.

Habrá que esperar al Renacimiento antes de encontrar, en el campo de la medicina, a los sabios que habrían de encarrilarla por caminos nuevos y verdaderos.

PRACTICAS MEDICAS EN LA BAJA EDAD MEDIA: Varios manuscritos médicos de la Inglaterra anglosajona, escritos en inglés antiguo, han logrado sobrevivir. Aunque la mayor parte de los textos médicos datan de los siglos X al siglo XII, los académicos piensan que incluyen copias de trabajos anteriores, así como influencias más antiguas. Como lo ilustran las siguientes selecciones, tomadas de tres de estos tratados, las hierbas constituían los materiales básicos de los médicos anglosajones (o  curanderos, como aquí los nombran) y, en consecuencia, sus tratamientos se reducían casi por completo a remedios botánicos.

Medicina Medieval

El  herbario anglosajón: Berro (Nasturtíum)

1. En caso de que se le caiga el cabello a un hombre, exprime el jugo de la hierba llamada nasturtium, conocida como berro, colócalo en la nariz y el cabello crecerá.

2. Este berro no se cultiva, sino que crece espontáneamente en los manantiales y en los arroyuelos; también se ha constatado que en algunos lugares brota en las paredes.

3. Para una cabeza ulcerada, debido a la caspa o a la comezón, toma las semillas de esta misma planta, junto con grasa de ganso, tritúralas juntas y quitarás lo blanquecino de la caspa.

Para el dolor de cuerpo [la indigestión], toma esta misma planta, junto con la menta de campo, disuélvelas en agua y bebe la poción; el dolor de cuerpo y el mal se irán.

El curandero de Bald: He aquí bálsamos para todas las heridas, y brebajes y purgas de todo tipo, externas o internas. Muele y mezcla llantén con manteca rancia, la fresca no sirve. Otro remedio para heridas: toma una semilla de llantén, aplástala, úntala en la herida y pronto estará mejor.

Para quemaduras, si un hombre se quemó sólo con fuego, toma azucena, flor de lis y tilo de arroyuelo; fríelos en mantequilla y úntalos de inmediato. Si se quemó con un líquido, toma la corteza del olmo y raíces de azucena, hiérbelas en leche, úntasela rápidamente tres veces al día. Para las quemaduras de sol, fríe en mantequilla varitas tiernas de hiedra y úntasela de inmediato.

El peri-didaxeon:
• Para una fractura de cabeza: Para una fractura o herida en la cabeza provocada por los humores de la cabeza, consigue betónica, tritúrala y ponla en la herida, con eso se aliviarán todos los dolores.

• Para dormir Esto se debe hacer para el hombre que no pueda dormir; consigue ajenjo y disuélvelo con vino o agua tibia, deja que el hombre lo beba y pronto se sentirá mejor consigo mismo.

• Para manos ásperas Esta artimaña de hechicero es buena para las manos ásperas y los dedos ásperos, conocidos como callos de niños. Toma olíbano blanco y pavesas de plata y mézclalos, luego agrégale aceite a esta mezcla, después calienta sus manos y úntalas con la mezcla que se ha hecho. Envuélvele las manos con una pieza de lino.

LA SALUD: La práctica médica en la época carolingia hacía hincapié en la utilización de medicina herbolaria y la sangría. Aunque esta última práctica se hacía con regularidad, se recomendaba con frecuencia la moderación. Otros aconsejaban también la cautela: “Quienes se atrevan a llevar a cabo una sangría deberán asegurarse de que su mano no tiemble».

También se disponía de médicos cuando las personas padecían graves enfermedades. Muchos eran clérigos, y los monasterios instruían a los suyos propios. Las bibliotecas monásticas conservaban manuscritos médicos, copias de obras antiguas; asimismo, cultivaban hierbas para disponer de una reserva de plantas medicinales.

Los manuscritos médicos carolingios sí contenían descripciones científicas de enfermedades, recetas para pociones médicas e, incluso, consejos ginecológicos, a pesar de que los monjes no hacían grandes esfuerzos para satisfacer las necesidades médicas de las mujeres. Además, algunos manuales incluían instrucciones para realizar operaciones, sobre todo a los soldados heridos en batalla. Algunas fuentes demostraban con claridad que había técnicas precisas para amputar miembros gangrenosos:

Si debes amputar un miembro enfermo de un cuerpo sano, entonces no cortes en el limite de la carne sana, sino más allá, donde esté fresca toda la carne, de modo que se pueda hacer una mejor y más rápida curación. Cuando le apliques fuego al hombre [es decir, cauterices] toma hojas de puerro tierno y sal cernida, y cubre los lugares de manera que el calor del fuego se quite rápidamente.

Aunque los académicos no están seguros de la clase de anestesia que se usaba en tales operaciones, los manuales medievales recomendaban amapola, mandrágora y beleño, dadas sus propiedades narcóticas.

Los médicos de la Edad Media complementaban estas medicinas y las prácticas naturales con invocaciones de ayuda del otro mundo. Las influencias y los ritos mágicos se heredaron de los tiempos paganos; las tribus germánicas habían usado la medicina mágica por siglos. Los médicos recomendaban a sus pacientes que se pusieran amuletos y dijes en el cuerpo, con el fin de ahuyentar las enfermedades:

Busca un poco de excremento de lobo, preferiblemente del que contenga pequeñas astillas de huesos, e introdúcelo en un tubo para que el paciente pueda usarlo con facilidad como amuleto.

Para la epilepsia, toma un clavo de una nave náufraga, haz con él un brazalete e incrústale un trozo del corazón de un venado, extraído de su cuerpo cuando el animal estaba todavía vivo; póntelo en el brazo izquierdo; te asombrarás del resultado.

Pero, conforme los paganos se convertían al cristianismo, pronto las curaciones milagrosas mediante la intervención de Dios, Cristo o los santos reemplazaron las prácticas paganas. Las crónicas medievales son abundantes en narraciones de gente que se sanó al tocar el cuerpo de un santo. Sin embargo, el recurso a plegarias cristianas escritas y utilizadas como amuletos, nos recuerda que ambas prácticas médicas, paganas y cristianas, sobrevivieron por siglos una al lado de la otra.

La Medicina: El diagnóstico se basaba sobre todo en la inspección de la orina, que según con los numerosos tratados y sistemas de uroscopia en existencia se interpretaba según las capas de sedimento que se distinguían en el recipiente, ya que cada una correspondía a una zona específica del cuerpo; también la inspección de la sangre y la del esputo eran importantes para reconocer la enfermedad. La toma del pulso había caído en desuso, o por lo menos ya no se practicaba con la acuciosidad con que lo recomendaba Galeno. El tratamiento se basaba en el principio de contraria contrariis y se reducía a cuatro medidas generales:

1) Sangría, realizada con la idea de eliminar el humor excesivo responsable de la discrasia o desequilibrio (plétora) o bien para derivarlo de un órgano a otro, según se practicara del mismo lado anatómico donde se localizaba la enfermedad o del lado opuesto, respectivamente.

2) Dieta, para evitar que a partir de los alimentos se siguiera produciendo el humor responsable de la discrasia. Desde los tiempos hipocráticos la dieta era uno de los medios terapéuticos principales, basada en dos principios: restricción alimentaria, frecuentemente absoluta, aun en casos en los que conducía rápidamente a desnutrición y a caquexia, y direcciones precisas y voluminosas para la preparación de los alimentos y bebidas permitidos, que al final eran tisanas, caldos, huevos y leche.

3) Purga, para facilitar la eliminación del exceso del humor causante de la enfermedad. Quizá ésta sea la medida terapéutica médica y popular más antigua de todas: identificada como eficiente desde el siglo XI a.C. en Egipto, todavía tenía vigencia a mediados del siglo XX. A veces los purgantes eran sustituidos por enemas.

4) Drogas de muy distintos tipos, obtenidas la mayoría de las diversas plantas, a las que se les atribuían distintas propiedades, muchas veces en forma correcta: digestivas, laxantes, diuréticas, diaforéticas, analgésicas, etc.

Al mismo tiempo que estas medidas terapéuticas también se usaban otras basadas en poderes sobrenaturales. Los exorcismos eran importantes en el manejo de trastornos mentales, epilepsia o impotencia; en estos casos el sacerdote sustituía al médico. La creencia en los poderes curativos de las reliquias era generalizada, y entonces como ahora se rezaba a santos especiales para el alivio de padecimientos específicos

Los médicos no practicaban la cirugía, que estaba en manos de los cirujanos y de los barberos. Los cirujanos no asistían a las universidades, no hablaban latín y eran considerados gente poco educada y de clase inferior. Muchos eran itinerantes, que iban de una ciudad a otra operando hernias, cálculos vesicales o cataratas, lo que requería experiencia y habilidad quirúrgica, o bien curando heridas superficiales, abriendo abscesos y tratando fracturas. Sus principales competidores eran los barberos, que además de cortar el cabello vendían ungüentos, sacaban dientes, aplicaban ventosas, ponían enemas y hacían flebotomías.

ALGO MAS SOBRE EL TEMA…
LOS HEREDEROS DE HIPÓCRATES Y GALENO

La civilización grecorromana había tenido grandes médicos: Hipócrates (siglo IV antes de Cristo) y Galeno (siglo II) son nombres señeros. Aún hoy, los médicos usan el juramento hipocrático y suelen ser llamados «galenos», en su honor.

Cuando el mundo antiguo se derrumbó, ya había cundido entre el común de las gentes una gran decepción con respecto a la medicina, después de haber visto la casi impotencia de esa disciplina frente a las epidemias: la que diezmó los ejércitos de Marco Aurelio en tiempos de Galeno, y en la que millares de personas morían diariamente; la de Cipriano (251-266) y la viruela del 312 El pueblo, aterrorizado, buscó la salvación en lo sobrenatural, y la medicina cayó fácilmente en manos de charlatanes, embaucadores, astrólogos y alquimistas.

EL CRISTIANISMO Y LA MEDICINA
En las primeras épocas de la era cristiana surgió una medicina religioso-cristiana que recurría al auxilio divino para curar los males corporales. Frente a los paganos que huían de los enfermos de «peste», los cristianos sentían la obligación de curar a sus hermanos, con desprecio de sus propias vidas. Ello produjo una revaloración de la persona humana, pero al mismo tiempo conspiró contra la ciencia: era caridad, más que medicina, y las investigaciones de orden científico eran miradas como sospechosas en esa terapia mística.

Siendo el cuidado de enfermos obligación de cristianos, surgen los hospitales. Fabiola, una dama cristiana inmortalizada por el cardenal Wiseman, fundó uno de los primeros. Un siglo después San Benito edificó el primer monasterio, que fue un centro de cultura, de enseñanza médica y asistencia hospitalaria.

BIZANCIO
Transformada por Constantino en Constantinopla, en sus tradiciones entran la ley romana, la religión cristiana, la magia egipcia y la cultura griega. En ellas se destacaron médicos, como Oribasio de Pérgamo (325-403), que recopiló lo conocido en medicina en su libro «Colecta medicinalia».

Aecio (siglo VI) describió la difteria, la hidrofobia, etc., y habló de procedimientos quirúrgicos como la amigdalectomía, pero al mismo tiempo se inclinaba a la superstición, enseñando a sus pacientes oraciones para ahuyentar al mal. Alejandro de Tralles (525-605) habló sobre la locura y la gota, y Pablo de Egina se orientó hacia la cirugía.

MEDICINA MONÁSTICA
La caída del Imperio Romano de Occidente fue seguida por la unidad religiosa y política alrededor de Roma. Los reinos bárbaros que surgieron: el franco, el ostrogodo, el visigodo, eran turbulentos, y, huyendo de la guerra, la medicina se refugió en los conventos. Progresó particularmente bajo ciertas órdenes religiosas, como la de los caballeros de San Juan de Jerusalén, los templarios y los benedictinos, orden fundada por Benito de Nursia en el siglo vi. Estos últimos recogieron, en el monasterio de Monte Casino, todos los documentos de medicina que pudieron lograr y allí estudiaban los monjes Fue un verdadero centro intelectual, desde donde se irradió por doquier ciencia y cultura.

CARLOMAGNO Y SU PASIÓN POR EL SABER
En el año 800 el Papa coronó a Carlomagno como emperador del Imperio germánico. Carlomagno creó escuelas palatinas y catedralicias, en las que se enseñaba el «trívium» (gramática, retórica y dialéctica) y el cuadrívium (aritmética, geometría, astronomía y música). En 805 Carlomagno hizo añadir a dichos estudios el de la medicina, con el nombre del física (en el sentido de ciencia que estudia la naturaleza). En las huertas de los conventos se cultivaron plantas medicinales.

Luego surgieron otros monasterios que enseñaron las mismas artes. El Concilio de Clermont (1130). el de Letrán (1139) y algunos edictos prohibieron a monjes y canónigos el ejercicio de la medicina, incompatible con el sagrado ministerio. non», tratado completo de medicina. Averroes (1126-1198) escribió entre otros la «Exposición de los siete libros de Galeno acerca de las fiebres».

LAS NOCIONES MÉDICAS DEL MEDIEVO
El conocimiento de huesos y músculos era incompleto. Suponían que el corazón tenía tres ventrículos y el hígado cinco lóbulos. Los parásitos, según decían, se formaban a expensas de la descomposición de los «humores». Los alquimistas buscaban la «piedra filosofal» y el «elixir de la larga vida». Estudiaron la difteria, la locura, las enfermedades pulmonares, las afecciones de los ojos, y practicaron la cirugía, aunque no en gran escala porque un mal resultado en una intervención podía dar lugar a represalias de los señores feudales.

LOS ÁRABES
La civilización árabe, que llegó a España, dio grandes hombres a la medicina: Avicena y Averroes. Avicena (siglo X), que se basó en los métodos de Hipócrates, escribió el «Canon», tratado completo de medicina. Averroes (1126-1198) escribió entre otros la «Exposición de los siete libros de Galeno acerca de las fiebres»

ESCUELAS DE MEDICINA EN EUROPA
La escuela de Salerno es la primera. Aunque no se sabe con exactitud la fecha de su fundación, ya funcionaba en el siglo IX. Entre los médicos que se destacaron figuran Gariopontus (siglo XI) y dos mujeres médicas, Trótula y Abella. Constantino el Africano introdujo el método experimental inductivo. La cirugía adquirió gran importancia en Salerno. La escuela de París tuvo grandes profesores como Alberto Magno (1193-1280), representante de la escolástica; Rogelio Bacon (1214-1292), que señaló el peligro del escolasticismo para las ciencias. Fue un prerrenacentista de la medicina.

En la escuela de Montpellier se destacó Arnaldo de Vilanova (1240-1311), español, apodado «el Catalán», quien daba gran importancia a la experimentación. Sin embargo, creía en la astrología y en los amuletos. Regaló al papa Bonifacio VIII un sello con un león de oro para preservarlo de los cólicos renales.

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La medicion del tiempo en la Edad Media Medir el tiempo antiguedad

LA EDAD MEDIA: MEDIR EL TIEMPO

resumen de la edad media 

El tiempo tenía para el hombre medieval dos referentes; el primero, de carácter físico, era el sol; el segundo, de carácter espiritual, eran las campanas de las iglesias. Esto ponía de manifiesto la dependencia del ser humano respecto a la naturaleza

Las relaciones existentes entre el cómputo de la Pascua y el ciclo lunar y entre la Navidad y el solsticio de invierno, los dos hitos del calendario cristiano evidenciaron el papel de la Iglesia en la visión del tiempo entre los europeos.

Los tiempos litúrgicos se acomodaron a las grandes divisiones del año, las estaciones. Al inicio del invierno, el Adviento anunciaba el nacimiento de Cristo. Tras él, al comenzar la estación y terminar el año, las fiestas navideñas (Natividad, Circuncisión, Epifanía), estaban seguidas por un tiempo de purificación (de animales: san Antón, 17 de enero; de personas: la Candelaria, 2 de febrero; de conciencias: Cuaresma, recuerdo de los cuarenta días de ayuno de Cristo en el desierto).

Con la primavera, llegaba la Pascua (domingo después del primer plenilunio de la estación), la Ascensión y el Pentecostés. Y con el verano, la festividad de san Juan (24 de junio), en pleno solsticio estival, recubriendo ritos cristianos del agua y el fuego, y, tras él, la Asunción de la Virgen (15 de agosto), la gran fiesta de la fertilidad de las cosechas.

La llegada del otoño, con la rendición de cuentas y rentas, se puso bajo el título de dos santos mediadores: Mateo, el recaudador (21 de septiembre) y Miguel, el arcángel encargado de pesar las almas (29 de septiembre). Por fin, el año cristiano, pero también el de la actividad agrícola, ganadera y pesquera, concluía en torno a Todos los Santos (1 de noviembre), la conmemoración de los fieles difuntos (día 2), heredados de la tradición celta, y San Martín (11 de noviembre).

El ritmo semanal, resultado de dividir en siete el mes lunar de veintiocho días, estaba ya en la tradición caldea, pero fue el relato bíblico de la creación el que consagró seis días de trabajo y uno de descanso, en que está prohibido todo trabajo, incluso el viaje, si no es por motivo grave. Así 52 domingos al año y otras tantas fiestas, numerosas sobre todo en mayo y diciembre, constituían los días de guardar, con obligación de oír misa y evitar obras serviles.

De esta forma, por cristianización de tradiciones previas o imposición de otras nuevas, la Iglesia se convirtió en la gran dominadora del tiempo en la sociedad europea. Incluso, dentro del día, el ritmo de las horas se inspiraba en el de las previstas en las reglas monásticas y las campanadas de los templos se encargaban de recordarlas.

A lo largo del siglo XIV el ritmo de vida cotidiana en las principales ciudades de occidente experimentará una profunda modificación. El tiempo, como bien divino que venía medido por la sucesión de campanas que anunciaban las horas canónicas, deja de ser elástico y gratuito para convertirse en un elemento mesurable y apreciable. Los negociantes medievales descubrieron que la medida del tiempo era importante para la buena marcha de los negocios, pues la duración de un viaje, las alzas y bajas coyunturales de los precios o el periodo invertido por un artesano en la elaboración de un producto eran factores temporales que intervenían al final en los resultados económicos; es decir, se descubrió que el tiempo tenía su precio, por lo que era necesario controlar y medir su discurrir.

Tal como se ha mencionado anteriormente, hasta finales del siglo XIII la sociedad vivía sujeta a ritmos temporales marcados por el calendario agrícola, que estaba reafirmado por el calendario litúrgico, ambos tan inestables que el segundo dependía de un centro móvil, la conmemoración de la Pascua, fijado cada año en función del primer plenilunio después del solsticio de invierno.

En cuanto a lo que podemos llamar tiempo cotidiano la verdad es que el hombre europeo lo vivía sin preocupaciones por la precisión y sin demasiadas inquietudes por su rendimiento; el único sistema de referencia era el señalado por las horas canónicas que dividía el día en períodos, distribuidos por igual entre el día y la noche, registrado por medio de campanas: maitines (medianoche), laudes, prima, tercia, sexta (mediodía), nona, vísperas y completas; pero ni siquiera esto podía controlarse, porque los toques de prima y completas se hacían coincidir siempre, en cualquier época del año, con el alba y el crepúsculo, y a partir de ellos se computaban el resto de toques, con lo cual sólo en los equinoccios se conseguía, aproximadamente, delimitar fracciones temporales homogéneas.

Técnicamente, los relojes de agua, arena y sol constituían los únicos medios objetivos para medir el tiempo, pero eran tan rudimentarios y sujetos a circunstancias tan imponderables que no pueden tomarse en consideración.

No obstante antes del siglo XIII se había producido en algunos lugares una alteración en el control de ese tiempo cotidiano consistente en el desplazamiento de la nona, que desde su localización ideal en torno a las tres de la tarde había avanzado al mediodía; esta pequeña variación que no fue objeto de ningún tipo de interpretación n comentario por los contemporáneos ha sido explicada, finalmente, por Le Goff como debida a la necesidad de subdividir el tiempo de trabajo de forma más racional: la nueva situación de la hora nona permitía la división de la jornada de trabajo de sol a sol, en dos medias jornadas equivalente en cualquier época de año.

Se trata, posiblemente, del primer intento de intervenir en la ordenación del tiempo de todos por parte de la minoría dirigente. Sin embargo, aún pasarán varios decenios hasta que se consigan los medios técnicos necesarios para llegar a controlar la división del día en 24 horas invariables y hacer público y notorio el paso del tiempo. El afán de alcanzar las horas ciertas reflejadas en un reloj civil, a las que se refieren en 1335 los burgueses de Aire-sur-la-Lys, pequeña ciudad gobernada por el gremio de pañeros, a imagen y semejanza de lo que habían logrado unos años antes los de Gante y Amiens, se convierte en una lucha social que de manera imparable, y sin apenas resistencia, impondrá un nuevo género de vida a la sociedad urbana europea, comenzando por las áreas más industrializadas de Flandes, Italia y el norte de Francia, y que cien años después conduce a que rara era la ciudad o lugar de Europa que no contaba con uno o varios relojes para controlar el tiempo de sus habitantes.

 Los primeros relojes no tenían ninguna precisión, se estropeaban con gran facilidad y dependían de un encargado que lo controlase, diese las campanadas y, en muchas ocasiones, lo ajustase tomando como referencia el viejo reloj de sol, el alba o el ocaso. Lo más importante es lo que significaron, pues su propagación representa la muerte del tiempo medieval, un tiempo que A. Gurievich califica de prolongado, lento y épico.

El nuevo tiempo ya no es divino y propiedad exclusiva de Dios, sino que pasa a pertenecer al hombre, a cada uno de los hombres, y se tiene el deber de administrarlo y utilizarlo con sabiduría, pero que puede también comprarse y venderse. Se convierte en herramienta de primer orden para el humanista, cuya virtud principal, la templanza, tendrá el atributo iconográfico del reloj.

Podemos decir que se produce la aparición de un carácter laico en el tiempo, en buena medida debido a los relojes. La utilización de sistemas de medición del tiempo en las ciudades será fundamental para el desarrollo de las diversas actividades, siendo tremendamente importante la difusión de relojes a través de pesas y campanas que serían instalados en las torres de los ayuntamientos. Los relojes municipales aportaban una mayor dosis de laicismo a la vida al abandonar la medición a través de las horas canónicas. Era una manera de «rebelión» por parte de la burguesía que se vería reforzada con la aparición, posteriormente, de los relojes de pared.

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La familia medieval Vida en la edad media Sus costumbres y tradiciones

La Familia Medieval Sus Costumbres
y Tradiciones

La Familia:

La estructura familiar de la Alta Edad Media recuerda a la que se manifestaba tanto en la sociedad romana como germánica al estar integrada por el núcleo matrimonial -esposos e hijos- y un grupo de parientes lejanos, viudas, jóvenes huérfanos, sobrinos y esclavos.

Todos estos integrantes estaban bajo el dominio del varón -bien sea de forma natural o por la adopción-, quien descendía de una estirpe, siendo su principal obligación proteger a sus miembros. No en balde, la ley salia hace referencia a que el individuo no tiene derecho a protección si no forma parte de una familia. Como es de suponer, esta protección se paga con una estrecha dependencia.

Pero también se pueden enumerar una amplia serie de ventajas como la venganza familiar o el recurso a poder utilizar a la parentela para pagar una multa ya que la solidaridad económica es obligatoria. No obstante, si alguien desea romper con su parentela debe acudir a los tribunales donde realizará un rito y jurará su renuncia a la protección, sucesión y beneficio relacionados con su familia.

La familia vive bajo el mismo techo e incluso comparte la misma cama. Tíos, sobrinos, esclavos y sirvientes comparten la cama donde la lujuria puede encontrar a un amplio número de seguidores en aquellos cuerpos desnudos. Esta es la razón por la que la Iglesia insistirá en prohibir este tipo de situaciones y favorecer la emancipación de la familia conyugal donde sólo padres e hijos compartan casa y cama.

El padre es el guardián de la pureza de sus hijas como máximo protector de su descendencia. Las mujeres tiene capacidad sucesoria a excepción de la llamada tierra salia, los bienes raíces que pertenecen a la colectividad familiar. Al contraer matrimonio, la joven pasa a manos del marido, quien ahora debe ejercer el papel de protector. El enlace matrimonial se escenifica en la ceremonia de los esponsales, momento en el que los padres reciben una determinada suma como compra simbólica del poder paterno sobre la novia.

La ceremonia era pública y la donación se hacía obligatoria. Entre los francos alcanzaba la suma de un sueldo y un denario si se trataba de un primer matrimonio, aumentando hasta tres sueldos y un denario en caso de sucesivos enlaces. La ceremonia se completaba con la entrega de las arras por parte del novio a la novia, aunque el enlace pudiera llevarse a cabo incluso años después. Los matrimonios solían ser concertados, especialmente entre las familias importantes, por lo que si alguien se casaba con una mujer diferente a la prometida debía pagar una multa de 62 sueldos y medio.

La joven tenía que aceptar la decisión paterna aunque conocemos casos de muchachas que se han negado a admitir el compromiso como ocurrió a santa Genoveva o santa Maxellenda. Lo curioso del caso es que diversos concilios merovingios y el decreto de Clotario II (614) prohiben casar a las mujeres contra su voluntad. Esta libertad vigilada motivaría que algunas mujeres tomaran espontáneamente a un hombre, en secreto, o que se produjeran raptos de muchachas, secuestros que contaban con el beneplácito de la víctima que rompía así con la rígida disposición paterna.

Como es lógico pensar, todos los códigos consideran a estas mujeres adúlteras mientras que el hombre se verá en la obligación de pagar a los padres el doble de la donación estipulada. En caso de que no se pague, el castigo es la castración. Si un muchacho se casa con una joven sin el consiguiente mandato paterno, deberá pagar a su suegro el triple de la donación determinada. Si esto se produce, el matrimonio ya es irreversible por lo que debemos preguntarnos si el matrimonio no dejaba de ser un pequeño negocio para los progenitores.

Tras los esponsales se realiza un banquete donde la comida y la bebida corren sin reparo -siempre que la economía familiar lo permita-. El jolgorio se acompañaba de cantos y bailes de talante obsceno para provocar la fecundidad de la pareja. Durante el banquete la novia recibe regalos tales como joyas, animales de compañía, objetos del hogar, etc. El novio también le hace entrega de un par de pantuflas, como símbolo de paz doméstica, y un anillo de oro, símbolo de fidelidad de clara tradición romana. Los romanos llevaban el anillo en el dedo corazón de la mano derecha o en el anular de la izquierda -continuando la tradición egipcia según la cual desde esos lugares había un nervio que llevaba directamente al corazón-.

Las damas nobles también solían llevar un sello en el pulgar derecho, una muestra de la autoridad que poseía para administrar sus propios bienes. La ceremonia concluye con el beso de los novios en la boca, simbolizando así la unión de los cuerpos. Tras este rito, la pareja era acompañada a la casa y se quedaba en el lecho nupcial. El matrimonio debe consumarse para que alcance su legitimidad, consumación que se produce en la noche de bodas. Al mañana siguiente el esposo entrega a su mujer un obsequio llamado «morgengabe» para agradecer que fuera virgen al matrimonio, dando fe de la pureza de la joven desposada y asegurándose que la descendencia es suya. Esta donación post-consumación no se realiza en caso de segundas nupcias. De este «morgengabe» la viuda se queda con un tercio y el resto será entregado a la familia en caso de muerte del marido.

La edad de matrimonio debía de estar próxima a la mayoría de edad, es decir, los doce años, según nos cuenta Fortunato al hacer mención del matrimonio de la pequeña Vilitutha a la edad de trece años, quien falleció a consecuencia del parto poco después. Ya que la virginidad suponía el futuro de la parentela, se protege a la mujer de raptos o violaciones, al tiempo que se reprime la ruptura del matrimonio y se castiga contundentemente el adulterio y el incesto. Los galo-romanos castigan la violación de una mujer libre con la muerte del culpable mientras que si la violada era esclava, el violador debía pagar su valor. Los francos castigaban este delito con el pago de 200 sueldos en época de Carlomagno. Podemos considerar que se trataba de una mujer «corrompida» por lo que carecía de valor, incluso deben renunciar a la propiedad de sus bienes. La única salida a la violación era la prostitución.

El incesto estaba especialmente perseguido, a pesar de no tratarse de relaciones entre hermanos. Los matrimonios con parientes se consideran incestuosos, entendiendo por parentela «una pariente o la hermana de la propia esposa» o «la hija de una hermana o de un hermano, la mujer de un hermano o de un tío». Los incestuosos eran separados y quedaban al margen de la ley, a la vez que recibían la excomunión y su matrimonio era tachado de infamia.

El adulterio era considerado por los burgundios como «pestilente». La mujer adúltera era estrangulada y arrojada a la ciénaga inmediatamente mientras que los galo-romanos establecían que los adúlteros sorprendidos en flagrante delito serían muertos en el acto » de un solo golpe». Los francos consideraban el adulterio como una mancha para la familia por lo que la culpable debía ser castigada con la muerte.

También entendían que el hombre libre que se relacionaba con una esclava de otro era un adúltero por lo que perdía la libertad, lo que no sucedía en el caso de que fuera su esclava con quien se relacionara. Curiosamente los burgundios hacían extensión de la definición de adulterio a aquellas mujeres viudas o jóvenes solteras que se relacionaban con un hombre por propia voluntad. Si el violador o el raptor son duramente castigados, el adúltero apenas recibe castigo ya que los posibles hijos de esa relación son suyos. La mujer sí es culpable porque destruye su porvenir. Afortunadamente, la influencia del Cristianismo cambiará estos conceptos. En palabras de Michel Rouche «mientras que el paganismo acusa a la mujer de ser el único responsable del amor pasional, el Cristianismo lo atribuye indiferentemente al hombre y a la mujer (…)

Se abandona la idea pagana conforma a la cual el adulterio mancilla a la mujer y no al hombre». Cierta idea de igualdad de sexos empieza a despuntar en el Occidente europeo. Buena parte de la culpabilidad a la hora de no considerar al hombre adúltero debemos encontrarla en la práctica por parte de los germanos de la poligamia, mientras los galos-romanos mantenían el concubinato. Las relaciones con las esclavas parecen habituales tanto en un grupo como en el otro, naciendo abundantes descendientes de estos contactos.

Los hijos nacidos de esa relación eran esclavos, excepto si el padre decidía su liberación. Ya que las mujeres eran elegidas entre personas cercanas al linaje familiar, la costumbre germánica permitía al marido tener esposas de segunda categoría, siempre libres, añadiéndose las esclavas. La primera esposa era la poseedora de los derechos y sus hijos eran los receptores de la sucesión. Si la primera esposa era estéril, los hijos de las concubinas podían auparse al rango de heredero. Los enfrentamientos en los harenes nobiliarios y reales serán frecuentes. Chilperico llegó a estrangular a su esposa, Galeswintha, para poder dar a su esclava Fredegonda el puesto de favorita, lo que desencadenó la guerra civil entre los años 573 y 613.

El papel de la Iglesia respecto a la poligamia supondrá la más absoluta de las prohibiciones, apelando a la indisolubilidad matrimonial y a la monogamia, llegando a prohibir el matrimonio entre los primos hermanos. Será en el siglo X cuando los dictados eclesiásticos en defensa de la monogamia empiecen a surtir efecto. La ley burgundia y la ley romana autorizaban el divorcio, mientras que la Iglesia lo prohibía. Evidentemente existen condicionantes que lo permiten, siempre desfavorables con la mujer. El divorcio es automático si la mujer es acusada por su marido de adulterio, maleficio o violación de una tumba. El marido será repudiado en caso de violación de sepultura o asesinato.

El mutuo acuerdo sería la fórmula más acertada para el divorcio, siempre y cuando los cónyuges pertenecieran a la etnia galo-romana. Esta fórmula incluso será aceptada, a regañadientes, por la Iglesia, al menos hasta el siglo VIII. Siempre era más razonable que el llamado «divorcio a la carolingia», consistente en animar a la mujer a que de una vuelta por las cocinas y ordenar al esclavo matarife que la degollara. Tras pagar la correspondiente multa a la familia, el noble podía volver a casarse porque quedaba viudo. No tenían igual suerte las viudas ya que las leyes germánicas intentarán poner todo tipo de impedimentos a un segunda matrimonio de una mujer viuda.

Conserva su dote y el «morgengabe», por lo que mantiene independencia económica. Pero si vuelve a contraer matrimonio, perderá esta independencia al caer en el ámbito familiar del nuevo marido y revertir el patrimonio en su propia parentela. Los hijos eran especialmente protegidos en la época altomedieval. En numerosos casos se intenta atraer hacia el niño las cualidades de aquel animal querido y envidiado, por lo que se impondrán nombres relacionados con la naturaleza: Bert-chramm, brillante cuervo, que hoy se ha convertido en Bertrand; Wolf-gang, camina a paso de lobo; o Bern-hard, oso fuerte, del que ha surgido Bernardo. De todas maneras se siguen produciendo casos de exposición de hijos, ahora a las puertas de la iglesia. Afortunadamente para el neonato, el sacerdote anunciaba su descubrimiento de manera pública y si nadie reclamaba al pequeño pasaría a ser esclavo de quien lo había encontrado.

El niño sería confiado a alguna nodriza, siendo amamantado hasta los tres años entre el pueblo. En caso de guerra los niños se convertían en un preciado botín. Si una ciudad era conquistada, los conquistadores asesinaban a «cuantos podían orinar contra la muralla» y se llevaban a las mujeres y los niños menores de tres años. A pesar de la enorme natalidad, la mortalidad infantil también era elevada por lo que el núcleo familiar no debía de contar con numerosos niños. Alguno solía ser entregado a un monasterio para su educación, lo que equivalía entregar a Dios aquello que más se ama.

La educación estaba vinculada al mundo violento que caracteriza la Alta Edad Media. El deporte y la caza serán los ejes educativos que se inician tras la «barbatoria», el primer corte de la barba del joven. La natación, la carrera o la equitación formaban parte de las enseñanzas fundamentales del joven germano que tiene en el animal y en las armas a sus estrechos colaboradores. Subir al caballo era todo un ejercicio gimnástico al carecer de estribo hasta el siglo IX, siendo el animal uno de los bienes más preciados, tal y como podemos comprobar en el caso de un joven llamado Datus, quien conservó su caballo y dejó a su madre prisionera de los musulmanes durante un ataque de éstos a Conques en el año 793.

El joven no entregó su caballo a pesar de que los islámicos arrancaron los senos de la madre y luego le cortaron la cabeza ante sus propios ojos. En un mundo tan marcado por la violencia parece cargado de lógica que la preparación militar sea la elegida para los jóvenes nobles, si bien en las escuelas monásticas podían aprender los rudimentos de la lectura y la escritura.

Los ancianos ocupan un curioso papel en el entorno familiar altomedieval. Ya que la media de vida alcanzaba los 30 años, no debía ser muy común ver a ancianos en la sociedad. Su escaso número es proporcional a su utilidad, excepción hecha de los jefe de clanes o tribus, los llamados «seniores«. Si el anciano mantiene sus fuerzas será aceptado por la sociedad. Si esto no es así, su futuro sólo le depara donar sus bienes a una abadía donde se retirará. En la abadía recibirá comida, bebida y alojamiento.

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Los pecados y castigos en la Edad Media Leyes y Penas Flagelantes

Los pecados y castigos en la Edad Media

Pecados y Penitencias:

Los pecados y castigos en la Edad MediaGracias a los numerosos penitenciales que nos han quedado podemos acercarnos con cierta facilidad al mundo del pecado en la Alta Edad Media. En estos documentos encontramos la penitencia correspondiente a cada pecado, pudiendo afirmar que la mayoría de ellos tienen en el ayuno a pan seco o recocido y agua su correspondiente penitencia.

Si alguien no desea o no puede realizar el ayuno, existe la posibilidad de cambiarlo por el pago de una determinada cantidad de dinero al año. Una vez más , los pobres deben sufrir las consecuencias del pecado en sus propias carnes mientras que los ricos pueden adquirir su salvación.

Quizá sea esta la razón por la que el concilio de París del año 829 condenó los penitenciales, ordenando que fueran quemados. A pesar de la prohibición, los sacerdotes siguieron manteniendo entre sus libros algún penitencial.

Según éstos, el cristianismo consideraba tres como los más grandes pecados: la fornicación -incluyendo todo tipo de actos sexuales pero haciendo hincapié en el bestialismo, la sodomía, las relaciones orales, la masturbación, variar de postura a la hora de hacer el acto sexual, el incesto y la homosexualidad femenina-, los actos violentos y el perjurio.

Sin embargo, también es cierto que estos tres pecados son los más cometidos por lo que hacen referencia los textos. Las penas pecuniarias impuestas por los penitenciales no hacen distinción social, salvo si se trata de eclesiásticos o laicos. Los sacerdotes y monjes debía ser absolutamente impolutos e impecables. El asesinato podía ser castigado con tres o cinco años de ayuno, si el acto de violencia lo cometía un laico. Caso de un sacerdote, el ayuno se elevaba a doce años.

El monasticismo irlandés se hizo famoso por sus prácticas ascéticas. Se ponía mucho énfasis en escrupulosos exámenes de conciencia, para dilucidar si se había cometido un pecado contra Dios. Con objeto de facilitar este examen, se desarrollaron los penitenciales (manuales de confesión) que describían los posibles pecados y sus apropiadas penitencias.

Éstas a menudo consistían en ayunar un determinado número de días cada semana, a pan y agua. Aunque, a la larga, estas penitencias se aplicaron en todo el mundo cristiano, fueron particularmente significativas para el cristianismo irlandés. Este fragmento, tomado del Penitencial de Cummean, un abad irlandés, se escribió, alrededor del año 650y muestra una característica distintiva de los penitenciales: su obsesiva preocupación por los pecados sexuales.

Penitencial di Cummean:

Al obispo que corneta fornicación deberá degradársele y hará penitencia durante doce años.

Un presbítero, o diácono, que corneta fornicación natural, habiendo ya emitido los votos de monje, hará penitencia por siete años. Pedirá perdón cada hora; llevará a cabo un ayunó especial durante todas las semanas, excepto en los días intermedios entre la Pascua y Pentecostés.

Aquel que deshonre a su madre, hará penitencia durante tres años, y llevará a cabo un peregrinaje perpetuo. Así, aquellos que cometan sodomía, harán penitencia cada siete años.

Aquel que sólo desee en su mente cometer fornicación, pero sea incapaz de realizarla, hará penitencia durante un año, sobre todo, en tres periodos de cuarenta días.

Aquel que voluntariamente polucione durante el sueño, se levantará y cantará nueve salmos en orden, de rodillas. Al siguiente día, se mantendrá de pan y agua.

El clérigo que fornique en alguna ocasión, hará penitencia durante un año, a pan y agua; si engendra un hijo, hará penitencia por siete años en el exilio; lo mismo hará quien haya sido virgen.

Quien ame a cualquier mujer, pero sin realizar maldad alguna, más allá de unas cuantas conversaciones, hará penitencia durante cuarenta días.

El casado deberá ser continente durante tres períodos de cuarenta días, los sábados y los domingos —día y noche—, así como los dos días a la semana señalados [miércoles y viernes], y después de la concepción, y durante todo el periodo menstrual.

Después de un parto, el hombre deberá abstenerse, si es un hijo, durante treinta y tres días; si es una hija, durante sesenta y seis días.

A los muchachos que estén hablando solos y transgredan las regulaciones de los mayores [del monasterio] , se les corregirá mediante tres ayunos especiales.

A los niños que imiten el acto le fornicación, veinte días; silo hacen con frecuencia, entonces, cuarenta días.

Pero los muchachos de veinte años que practiquen la masturbación juntos y lo confiesen [harán penitencia pon veinte o cuarenta días, antes de recibir la comunión.

También en los penitenciales se afirma que el esclavo que ha cometido un delito por orden de su dueño no es culpable de tal, acusando al propietario de ese esclavo de la fechoría. Incluso se llega a mencionar algunos casos de amos que matan a sus esclavos y están obligados a cumplir cinco años de penitencia. El amo que violaba a su esclava debía manumitirla.

Durante el siglo IX los actos de venganza serán muy perseguidos por la Iglesia, al igual que el asesinato de la mujer por parte del marido. Estos nuevos cambios están directamente relacionados con la renovación carolingia que trae consigo un cambio social. Gracias a la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio se produciría un aumento de los asesinatos conyugales, práctica que antes se regulaba con la poligamia y que en estos momentos la Iglesia desea controlar. Por esta razón la Iglesia consideró este homicidio como el más grave, comparándolo al del señor y el del padre.

En el mismo plano se colocaría el de la mujer que envenena al marido. El castigo pasaría de un ayuno de catorce años a ayuno de perpetuo. De esta manera se igualaban -en algunos aspectos- hombre y mujer. El adulterio también sufrió un fuerte aumento en lo que a la penitencia se refiere. De tres años de ayuno pasó a seis. También en los penitenciales encontramos consejos de abstinencia sexual en determinados días: tres días antes del domingo, las cuaresmas de Pascua y Navidad y los días de fiesta. De esta manera, el matrimonio sólo tenía unos 200 días para realizar el acto sexual.

La Iglesia también persigue el aborto, los contraceptivos, las mutilaciones y la desnudez, así como el contacto carnal durante las menstruaciones y el alumbramiento, destacando que el contacto sexual tiene como finalidad la procreación. El gran culpable de estos pecados cometidos por los débiles creyentes era el diablo, Satán. En la Edad Media se integró al diablo en la vida cotidiana. La magia, la adivinación y los conjuros se presentaron como elementos demoníacos.

El miedo a Satán se adueñó de la vida medieval aunque la gracia de Dios y la cercanía de los santos estaban allí para remediarlo. Y para ello el creyente cuenta con los sacramentos. El bautismo quedó relegado a los niños en época carolingia ya que se consideró como una integración en la Iglesia.

La eucaristía sufrió un cambio revelador al exigirse a las mujeres que envolviesen sus manos en un pliegue de su vestido cuando recibían el cuerpo de Cristo. Entre las virtudes de un buen cristiano encontramos la fe, la esperanza, la justicia, la prudencia, la fuerza, la temperancia, la moderación, la fidelidad, la caridad y la oración.

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Paganismo en la Edad Media Costumbres y Forma de Vida Medieval

LA EDAD MEDIA: PAGANISMO

resumen de la edad media 

Paganismo: Aunque la religión cristiana era la oficial de los diferentes Estados germanos surgidos tras la caída del Imperio Romano de Occidente, el paganismo perduró en las conductas sociales durante la Alta Edad Media tal y como nos informan obispos y clérigos, al menos hasta el siglo X.

Para conocer la realidad cotidiana, el hombre medieval buscó explicaciones sobrenaturales y explicaciones religiosas. La experiencia y la razón no resultaban en esa época instrumentos suficientes para el conocimiento. Muchos hombres creían que sólo era posible llegar a él mediante el auxilio de la fe.

Paganismo en la Edad Media

 Durante la Edad Media, en los intentos por explicar el mundo se cruzaban dos tradiciones: la tradición pagana, de origen germano, con sus dragones, sirenas y bosques animados, y la tradición cristiana, según la cual la verdad y el conocimiento último de la realidad sólo se lograba mediante la razón iluminada por la fe.

Sin embargo, ambas tradiciones no tuvieron igual importancia para los hombres de la sociedad feudal. Por lo general, los campesinos fueron los que se aferraron con más fuerza a las viejas creencias paganas, mientras que la nobleza, en su mayoría, adhirió a los principios cristianos.

Los campesinos creían que la lechuga alivia el insomnio, pero perjudica la vitalidad y la vista,
efecto que puede moderarse si se le agrega apio.

Cuando los campesinos trabajaban la tierra recitaban antiguas canciones y palabras mágicas para lograr que sus campos fueran fértiles; también era común que consultaran a magos y hechiceras si tenían algún problema. Pero la Iglesia se ocupó de que los campesinos agregaran a sus cánticos paganos oraciones de origen cristiano. Así lo hicieron, aunque siempre en estas oraciones siguió subsistiendo el rito pagano, como lo demuestran muchas de ellas:

Cuando el hijo de un campesino se enfermaba, era común que dijeran: «…sal, gusano, con nueve gusanillos, pasa de la médula al hueso, del hueso a la carne, de la carne a la piel y de la piel a esta flecha”, y luego obedeciendo a la Iglesia y procurando también evitarse problemas con su señor, decían: “Así sea, Señor’.

De este modo, el mago Merlín y Cristo se mezclaban en la imaginación del hombre del Medioevo. Lo sobrenatural parecía ser la única respuesta al origen de las cosas y de la vida.

Pero sería un error suponer que aquellas dos tradiciones transitaron en pie de igualdad la Edad Media. Fueron los valores y creencias cristianos —impulsados por la nobleza laica y eclesiástica— los que predominaron.

Si un viajero escucha a una corneja graznando a la izquierda lo puede interpretar como un signo de buen viaje.

El estudio de los excrementos o los estornudos de los animales de trabajo -caballos o bueyes- permite conocer si el día nos trae buenos o malos augurios.

Arrojar unos granos de cebada sobre el fuego del hogar y contemplar como saltan es una señal de peligro.

Numerosos adivinos se ponían en contacto con los muertos. Era frecuente que el adivino se sentara en un cruce de caminos sobre una piel de toro -con la zona ensangrentada vuelta sobre la tierra- para recibir las comunicaciones de los difuntos, en el silencio de la noche. De esta manera podían predecir catástrofes o brindar soluciones a diferentes problemas.

La mujer era la mediadora entre los vivos en la tierra y los muertos en el cielo.

 Para curar a los niños enfermos se les introducía en una excavación cerrada con espinos, situada en una encrucijada. Si la madre tierra se empapaba de la enfermedad, el niño dejaba de llorar y estaba curado.

Si se desea que un hombre sea impotente se podía conseguir anudando una cinta a cada una de las prendas de vestir de ambos cónyuges.

Si la mujer no deseaba quedarse encinta se desnudaba, se embadurnaba en miel y se revolcaba en un montón de trigo, recogiéndose con cuidado los granos que habían quedado pegados a su cuerpo. Esos granos eran molidos manualmente al contrario que de la forma habitual, de izquierda a derecha. El pan resultante de esa harina se ofrecía al hombre con el que se mantendría la relación sexual. De esta manera se «castraba» al varón y no se engendraban niños.

La sangre de las menstruaciones, la orina de ambos sexos o el esperma del hombre también eran considerados potentes afrodisíacos.

Un afrodisíaco utilizado en la época era la introducción de un pez vivo en la vagina de la mujer, donde quedaba hasta que moría. El pez era cocinado y servido al marido que de esta manera se cargaba de potencia sexual. Otro sistema sería amasar la pasta del pan en las nalgas de una mujer o sobre sus partes genitales, provocando así el deseo del hombre perseguido.

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La Violencia y la Muerte en la Edad Media Los Castillos Tecnicas

VIOLENCIA Y MUERTE EN LA EDAD MEDIA

resumen de la edad media 

Violencia y Muerte:

La sociedad altomedieval vivía inmersa en la violencia. Aún estaban presentes en la memoria colectiva las invasiones germánicas cuando el Islam azotó algunas zonas de Europa, especialmente la península Ibérica.

 

Pero también podían aparecer en cualquier momento bandidos -llamados baguadas en lengua galaica- que asolaban cosechas, mataban campesinos y violaban mujeres. Si caían en manos de las tropas reales estos bandidos eran condenados a muerte o a la esclavitud pero su presencia motivaba gran angustia e inquietud en la sociedad franca de la época.

Estos frecuentes ataques provocarán el encastillamiento de la población, primero en sus pequeños refugios y posteriormente en el castillo del señor feudal.

Los incendios eran otra muestra de la violencia cotidiana, atacando a la comunidad. No resultaba difícil incendiar aquellas casas de techumbre de madera y paja o los graneros por lo que las leyes eran contundentes en los castigos.

Los salios imponían fuertes multas a los causantes de estos incidentes, obligando a pagar indemnizaciones a los familiares de los muertos y a los heridos. El pirómano podía ser condenado al destierro o trabajos forzados en las minas dependiendo de su condición social, según la ley romana mientras que si los daños eran graves la muerte sería su condena.

Los incendios no sólo afectan a hogares aislados sino a ciudades enteras como en los casos de Bourges (584), París (585), Orleans (580) o Tours en varias ocasiones. Los cristianos buscaban las causas de estos sucesos en las vidas licenciosas de los habitantes por lo que había que buscar refugio bajo el signo de la cruz pintado en el dintel de las casas o las reliquias de algún santo o mártir.

Con motivo de uno de los incendios sufridos por la ciudad de Burdeos «la casa del sirio Euphrôn, a pesar de haber quedado rodeada por las llamas, no se vio en absoluto perjudicada» ya que había colocado en uno de sus muros un hueso de uno de los dedos de san Sergio.

La violencia debía de ser algo cotidiano según podemos advertir en los escritos de los literatos de la época. Pero esta violencia no sólo afectaba a laicos sino también a los religiosos. Conocemos el caso de las monjas del monasterio de la Santa Cruz de Poitiers que maltrataron a la abadesa y al obispo y reunieron «una tropa de hechiceros, asesinos y adúlteros» para atacar su propio monasterio.

También se ha constatado el caso de un obispo de Le Mans que hizo castrar a sus clérigos por estar descontento con sus actitudes.

A comienzos del siglo X la instigación del conde de Flandes motivó el asesinato del arzobispo Foulque de Reims. Para evitar el derramamiento innecesario de sangre la ley salia establecen castigos monetarios: tres puñetazos se multan con 9 sueldos; una mano arrancada, un ojo saltado, un pie cortado o una oreja cortada son 100 sueldos de multa, que se rebajan si el miembro aún cuelga.

Ese mismo importe supone la lengua cortada «de tal forma que ya no pueda hablar».

Resulta curioso diferenciar las multas para los cortes de dedo: si se trata del índice la multa es de 35 sueldos mientras que si el seccionado es el dedo meñique sólo serán 15 sueldos. La razón: el índice sirve para tensar el arco, instrumento fundamental para la defensa y la caza. Resulta lógico pensar que en una sociedad tan violenta la venganza estaba a la orden del día.

Cuando se realiza un homicidio la familia de la víctima debe vengar su muerte, ya sea en la persona del culpable o de algún miembro de su familia. Cuando el joven Sicharius conoce la muerte de sus padres, comenta: «Si no vengo la muerte (…), no merezco seguir llamándome hombre sino que me tengan por una débil mujer».

Su reacción será cortar la cabeza del asesino con un serrucho. De esta manera ha vengado a sus víctimas pero inicia una cadena interminable de sangre y muerte como las que hace referencia Gregorio de Tours en el siglo VI. Era frecuente que las víctimas de la venganza fueran expuestas de manera pública para exhibir que la obligación había sido cumplida.

No en balde, las leyes hacen referencias a que «si alguien quita la cabeza de un hombre que sus enemigos han clavado en una estaca sin contar con alguna otra persona (…) tendrá que pagar 15 sueldos». Para solucionar este tipo de venganzas la reina Brunehaut utilizó un sistema bastante reprochable: hizo que sus sicarios mataran a hachazos, después de haberles emborrachado, a los miembros de dos familias que estaban enzarzadas en guerras de venganza. Pero existía otro método menos violento para detener la venganza.

Si la familia del finado exigía el pago de un cantidad de oro y el asesino aceptaba, se detenía la venganza. Esta acción se denominaba wergeld o composición. Sin embargo, el temor a ser considerado cobarde pesaba en numerosas ocasiones y la venganza seguía su curso. Otra muestra de la violencia altomedieval eran las injurias y los insultos.

Al estar relacionado con el honor se ha llegado a legislar sobre el asunto. Si no se respondía a una injuria o insulto se daba por sentado que se aceptaba el calificativo mencionado.

Las multas que se imponían por los insultos sitúan el calificativo de prostituta como el más vil ya que estaba castigado con 45 sueldos. La mención a la pederastia se castiga con 15 sueldos y el resto de calificativos relacionados con descréditos se castigan con 3 sueldos de multa: chivato, traidor, zorro, homosexual, etc.

En un mundo cargado de violencia y muerte tenemos que hacer referencia a los cementerios, advirtiéndose distintas costumbres entre los variados pueblos europeos. Los romanos enterraban a sus muertos fuera de los muros de la ciudad, en diferentes tumbas que se sucedían a lo largo de las vías.

Los merovingios también siguieron esa costumbre, enterrando a los fallecidos en las afueras de los poblados. Los germanos desarrollaron unos particulares cementerios rurales situados en la vertiente sur de una colina y en las cercanías de una fuente, situando las tumbas en hilera.

Los francos enterraban los cadáveres desnudos, rodeando la fosa con piezas de piedra como si se tratara de un sarcófago. En algunos enterramientos se han encontrado a los niños sepultados en grupos, junto a las tumbas de sus padres.

En algunas zonas se practicaba la incineración, especialmente en los siglos V y VI, para evitar que los muertos regresasen a atormentar a los vivos, de la misma manera que se ponían arbustos espinosos sobre la tumba.

 El muerto era trasladado desde la aldea al cementerio en cortejo, colocado sobre unas parihuelas y cubierto con un paño sus ojos, transportado a la altura de las rodillas. Una vez enterrado los familiares acudían regularmente a la tumba para celebrar banquetes funerarios.
En el cementerio se reproducía el mundo de la aldea. Los muertos eran enterrados vestidos con sus pocas o muchas pertenencias -armas, herramientas, joyas, collares, peines, pinzas de depilar,….
En algunos enterramientos se han encontrado caballos sacrificados quizá para conducir a la tierra al difunto en la celebración de la fiesta de Jul, el 26 de diciembre. También se depositaban a los pies del finado jarras de cerámica o cristal con alimentos para el viaje al más allá, reminiscencia pagana al igual que la moneda en la boca para pagar el óbolo a Caronte, el barquero con el que se debía cruzar la laguna Estigia.

En las culturas cristianas se sustituyó la moneda por una hostia, lo que motivó la prohibición de la Iglesia. Las culturas germánicas hacían todo lo posible para que el muerto estuviera tranquilo en su tumba.

Esa es la razón por la que a los niños muertos al poco de nacer se los empalaba debido a que el inocente no podía estar bajo tierra. Para asegurar la tranquilidad de las tumbas había que protegerlas contra las violaciones de los vivos, práctica bastante corriente como han podido constatar los arqueólogos. Estos delitos traían consigo como catastrófica consecuencia el regreso del difunto por las noches para atormentar a los vivos.

Legalmente el violador de tumbas era castigado con una fuerte multa y la condena al ostracismo más absoluto hasta que no abonara el castigo. Hacia la mitad del siglo VIII la Iglesia consigue que el cementerio rodee el templo, creando de esta manera una mayor esperanza de protección y salvación. Las tumbas de los personajes importantes pasaban a ubicarse bajo el pavimento de la iglesia.

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