Los Virreyes

Biografia Carlos VII de Francia -Bien Servido-

Biografia Carlos VII de Francia El Bien Servido

En octubre de 1422 se reunieron en Mehún del Yevre algunos prelados y varios servidores fieles de los Valois y proclamaron rey de Francia a Carlos VII quinto hijo de Carlos VI e Isabel de Baviera.

Nacido en París el 22 de febrero de 1403, conde de Ponthieu en sus primeros años y duque de Turena en 1416, fue elevado a la categoría de delfín de Francia en 1417, después de la muerte de su hermano mayor Juan.

Carlos VII de Francia
Carlos VII de Francia

Carlos VII de Francia, llamado el Victorioso o el Bien Servido, fue el quinto hijo del rey Carlos VI y de Isabel de Baviera, descendiente de la dinastía Valois.
Fecha de nacimiento: 22 de febrero de 1403, París, Francia
Fallecimiento: 22 de julio de 1461, Mehun-sur-Yèvre, Francia
Coronación: 17 de julio de 1429, en la Catedral de Reims
Cónyuge: María de Anjou (m. 1422–1461)
Sucesor: Luis XI de Francia
Hijos: Luis XI de Francia, Carlos de Valois, duque de Berry

Al mismo tiempo recibió la lugartenencia del reino, a causa de la incapacidad mental de su padre. Corrían entonces los terribles días que sucedieron a Azincourt, y el muchacho de catorce años, entregado a la voluntad de Bernardo de Armagnac, contribuyó a acentuar la anarquía y la debilidad de Francia.

Jefe del partido adverso a los borgoñones, fué el delfín quien, al armar los brazos de los asesinos de Montereau (1419), precipitó a la casa de Borgoña en la alianza inglesa, cuyo resultado inmediato fué el tratado de Troyes (1420), entre Enrique V y Carlos VI, que lo desposeía de la corona de Francia.

Así, pues, cuando sobrevino la muerte de su padre, Carlos VII fué sólo reconocido como monarca en algunos territorios del centro y del Sur del país. Lo restante obedecía al duque de Bedford, hermano de Enrique V y lugarteniente de Enrique VI, en quien recaían los tronos de Francia e Inglaterra. Carlos VII era puramente el «rey de Bourges».

No era Carlos VII el hombre indicado para hacer frente a la ardua tarea de aquel momento: restablecer la autoridad real y expulsar a los ingleses del suelo francés. Enfermizo, despreocupado, de espíritu pacífico y poco voluntarioso, vagaba de castillo en castillo.

Por un momento, en 1425, supo congraciarse la amistad de un hombre enérgico, Arturo de Richemont, hermano del duque de Bretaña, quien, con el título de condestable, procuró disipar los antagonismos que existían entre la corona de Francia y los Borgoñas.

Pero muy pronto fue substituido en el favor real por La Tremouille, un aventurero sin escrúpulos. Este perdió las últimas posibilidades diplomáticas y fue incapaz de organizar un ejército que pudiera oponerse a las huestes inglesas que asediaban Orleáns.

Es en este momento decisivo que Francia halla la salvación en la persona de la santa de Domremy. Juana de Arco libera Orleáns el 8 de mayo de 1429, rechaza a los ingleses de los países ribereños del Loira, y, en un rapto de fe, corona, a Cavíos VII de modo solemne en Reims.

Estos actos determinan el curso futuro de la guerra de los Cien Años y la suerte de la casa de los Valois. Pero Carlos VII no sabe aprovechar el ímpetu del entusiasmo nacional despertado por juana, ni intenta tan sólo librar a la doncella de la hoguera de Ruán (1431).

De nuevo se entrega a Le Tremouille y a las luchas civiles. No obstante, la obra de Juana de Arco se consuma.

En 21 de septiembre de 1435 la monarquía y la casa de Borgoña se reconcilian por el tratado de Arras. Un año más tarde, París recibe a los Valois después de haber expulsado a los ingleses.

Se acercan los últimos días de la guerra de los Cien Años. Los ingleses retroceden en todas partes. Pero el apático Carlos VII es incapaz de conducir una ofensiva a fondo, quizá también porque el país está cansado y arruinado y porque los grandes nobles no cesan de perturbar el orden.

En 1440 estalla la revuelta denominada (da praguería», en la que, al lado de los duques de Borbón, Alenzón y Armagnac, participa el propio delfín, el futuro Luis XI.

El rey sólo puede conjurarla a base de otorgar grandes concesiones a los rebeldes. Sin embargo, la reconquista prosigue metódicamente, pues también la realeza inglesa sufre una grave crisis.

En 1442 cae Pontoise; en 1450, después de la batalla de Formigny, es liberada la Normandía; en 1451, la Guyena, definitivamente conquistada en 1453 después de la victoria de Castillón.

En esta fecha, sólo quedaba a los ingleses la plaza de Calais. La monarquía inglesa había sido derrotada en Francia.

Los últimos años del reinado de Carlos VII representan el encauzamiento de las energías de Francia para la recuperación del país. El monarca confía el gobierno, quizá bajo la presión de su favorita Ana Sorel (muerta en 1450), a los burgueses, como Jaime Coeur, el gran banquero de la época.

Su administración potencia los recursos morales y materiales de Francia. Sin embargo, Carlos VII tuvo que vivir siempre bajo el temor de los grandes señores feudales (Borgoña, Borbón, Alenzón, etcétera), y aun en el de su propio hijo.

Murió en el mismo Mehún .de su proclamación real el 22 de julio de 1461.

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Biografia de Ricardo III de Inglaterra

Biografia de Ricardo III de Inglaterra

Personaje digno —como lo fue — de servir de héroe a una de aquellas espeluznantes tragedias de Shakespeare que rezuman sangre a cada acto, Ricardo III era un hombre violento, cruel, apasionado y brutal.

No tenía ninguna clase de escrúpulos, y ponía todas sus cualidades y defectos al servicio de un objetivo, posiblemente elevado, pero ya manchado por los medios ilícitos de que se había valido para conseguirlo.

Ricardo III de Inglaterra
Ricardo III de Inglaterra

Ricardo III de Inglaterra fue rey de Inglaterra y Señor de Irlanda desde 1483 hasta su muerte en la batalla de Bosworth en 1485. Fue el último rey de la casa de York y también de la dinastía Plantagenet.
Fecha de nacimiento: 2 de octubre de 1452, Fotheringhay Castle
Fallecimiento: 22 de agosto de 1485, Ambion Hill, Reino Unido
Cónyuge: Ana Neville (m. 1472–1485)
Hermanos: Eduardo IV de Inglaterra, Jorge de Clarence
Hijos: Eduardo de Middleham, John of Gloucester, Katherine Plantagenet

Fue Ricardo III quien dio el golpe de muerte a la causa de la casa de York en la guerra de las Dos Rosas, causa que en definitiva era la suya propia.
Ricardo III era, en efecto, hermano de Eduardo IV, y, por tanto, hijo de Ricardo de York y Cecilia Neville.

Había nacido en Fotheringhay el 2 de octubre de 1452 y había seguido los avatares de su familia. Huido de Inglaterra en febrero de 1461 después de la segunda batalla de San Albans, regresó a la patria cuando su hermano logró el triunfo de Towton en el transcurso del mes de marzo del mismo año.

Entonces recibió el título de duque de Gloucester. Empezó a distinguirse en la vida política en 1470 y 1471, cuando apoyó a Eduardo IV contra los manejos del conde de Warwick.

Los historiadores que le son adversos, le acusan de haber asesinado al joven Eduardo de Gales después de la batalla de Tewkesbury y de haber presenciado el asesinato de Enrique VI de Lancáster en la torre de Londres el 21 de mayo de 1471.

Con la prosperidad de la casa de York, Ricardo ocupó un lugar muy destacado en la vida pública del país. En 1480 fue nombrado lugarteniente del Norte de Inglaterra y en 1482 acaudilló una invasión victoriosa en Escocia. Su gobierno fué bueno. Pero las malas lenguas le acusaban de haber intervenido en la muerte de su hermano, el duque de Clarence (1478).

A la muerte del rey Eduardo IV (9 de abril de 1483), Ricardo se apoderó del gobierno de Inglaterra por un golpe de audacia. El 29 de abril, auxiliado por el duque de Buckingham, apoderóse de la persona de Eduardo V, muchacho de pocos años, y se declaró su protector.

En apariencia el golpe había sido lanzado contra los Woodvilles; en realidad, Ricardo trataba de llegar a la monarquía.

Poco después se desembarazó violentamente de sus adversarios (Hasting, Morton, Stanley, Ri-vers y. Grey), hizo declarar por el Parlamento la ilegalidad del matrimonio de Eduardo IV (25 de junio), y se coronó rey (6 de julio de 1483).

Pero todavía quedaban los dos hijos de Eduardo IV, Eduardo V y Ricardo. Su tío, llegando al colmo de lo desalmado, mandó asesinarlos en la Torre (agosto).

Estos atropellos levantaron un clamor de odio general. Muy pronto se reflejó este ambiente en la rebelión del duque de Buckingham (1484), que fracasó. Pero cada día era más pujante el sentimiento popular en favor de Enrique Tudor.

Este desembarcó en Inglaterra, y le infligió una derrota decisiva en Bosworth, el 22 de agosto de 1485. Ricardo murió en la batalla, luchando bravamente. La cita histórica relativa a «un reino por un caballo» no parece, pues, adecuarse a la realidad.

Ver: Reyes Casa de York

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Biografia de Francisco de Miranda Precursor de la Independencia

Biografía de Francisco de Miranda

BIOGRAFIA FRANCISCO DE MIRANDA: 

Para los sudamericanos, el Precursor; para los europeos, dentro del cuadro general de la cultura, uno de los más típicos personajes del momento revolucionario de fines del siglo XVIII.

Esto fue Miranda, precursor de la independencia de las colonias españolas en América y entusiasta partidario de las formas políticas liberales, democráticas y republicanas, las cuales defendió en tres continentes. No fué ningún teórico, sino un hombre de acción, tanto en el secreto de las logias masónicas como en los riesgos de una aventurada expedición emancipadora.

Nacido en Caracas el 9 de junio de 1756, de opulenta familia criolla, cursó en su ciudad natal y en la universidad de México los estudios de filosofía y derecho.

Pasó luego a España, de cuyo ejército entró a formar parte en 1772. Sirvió en varias campañas, particularmente en las del Norte de África.

En 1780, con motivo de la lucha entre España e Inglaterra en apoyo de la independencia de los Estados Unidos, se trasladó a las Antillas. Parece que en este lugar alimentó sus primeros ideales de emancipación de Hispanoamérica.

En todo caso, en 1783 intrigó en este sentido en América del Norte y en 1784 en Inglaterra. De Londres emprendió un viaje por el continente europeo y el Próximo Oriente.

Después de visitar Alemania, Austria, Italia, Grecia, Asia Menor y Egipto, terminó su viaje en Rusia, en cuyo país, habiendo merecido el favor de Catalina II, fué nombrado coronel del ejército zarista.

Sin embargo, Miranda tuvo que abandonar San Petersburgo, a requerimiento del gobierno español (1787).

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Francisco de Miranda (1750-1816), militar venezolano, ‘precursor’ de la emancipación hispanoamericana y creador de la bandera de Venezuela. Nació en Caracas el 28 de marzo de 1750. Después de estudiar el bachillerato en artes en la Universidad de Caracas, viajó a España (25 de enero de 1771).Con el grado de capitán participó en la defensa de Melilla (9 de diciembre de 1774).

En 1780 fue destinado a La Habana (Cuba), como capitán del Regimiento de Aragón y edecán del general Juan Manuel Cagigal. De allí escapó y, atraído por la independencia de las colonias inglesas, se refugió el 1 de junio de 1783 en Estados Unidos, donde se entrevistó con George Washington, con el marqués de La Fayette y con otras personalidades estadounidenses.

Pasó a Londres el 1 de febrero de 1785 para presentar al gobierno inglés su proyecto revolucionario. Luego de muchas vicisitudes y fracasos, murió en los calabozos españoles en 1816, cuando aún parecía lejana la libertad de su patria, Venezuela.

Por Suecia y Dinamarca regresó a Inglaterra y se estableció transitoriamente en Londres.

En 1790 presentó a Pitt un proyecto de liberación de las colonias españolas en América. No habiendo recibido buena acogida, a fines de 1791 cruzó el canal de la Mancha y puso su espada al servicio de la Revolución francesa.

Como general participó en las acciones de Valmy y Amberes (1792).

Al año siguiente, nombrado jefe del ala izquierda del ejército francés, fué derrotado con Dumouriez en Neerwinden. Este revés le valió ser juzgado por el tribunal revolucionario, quien le absolvió de la acusación de traidor.

Detenido durante la reacción termidoriana, se escapó a Inglaterra después del golpe de estado de Fructidor (1797). Desde este momento redobló su actividad en favor de la independencia de la América española, tanto en Londres como en Washington o en París.

Sus palabras fueron escuchadas, por último, por el gobierno inglés, cuando en 1804 éste rompió de nuevo las hostilidades contra Napoleón y España.

Inglaterra y los Estados Unidos subvencionaron la expedición del Leander, que fracasó por dos veces, una en Ocumare y otra en Vela de Coro de agosto de 1806), ya que los criollos colombianos rehusaron prestar su apoyo a un movimiento que juzgaban atizado por el extranjero.

Derrotado, aunque no desalentado, Miranda regresó a Londres.

A través de las logias que controlaba, ya la londinense de Grafton Square, ya la gaditana Lautaro, ejerció una profunda influencia sobre los futuros mandos de los ejércitos revolucionarios.

En 1810 Simón Bolívar, como delegado de la Junta Suprema de Caracas, ofreció un puesto a Miranda en el movimiento emancipador.

El viejo revolucionario regresó a su país natal para proclamar la independencia del Estado venezolano (5 de julio de 1811).

Pero la reacción realista fué muy poderosa, y en 1812 los patriotas tuvieron que capitular ante las fuerzas de la legitimidad. Bolívar huyó; pero Miranda cayó prisionero (26 de julio).

Trasladado a la fortaleza de Cádiz, en España, murió en ella el 14 de julio de 1816.

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VEAMOS LA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA DE LAS COLONIAS ESPAÑOLAS

Antecedentes, la Diferencia entre Españoles y Criollos

Antes de que la idea emancipadora prendiera en el espíritu de los patriotas, las condiciones económicas y sociales del país fueron gestando lenta, inexorablemente un caldo de cultivo en el que prendió vibrante, arrebatador, el proceso de la Independencia.

Cuando corren los últimos años del siglo XVIII casi tres millones de blancos, indios, pardos y negros, que nutren una escala social en la que las divisiones son netas y tajantes, habitan el territorio que actualmente ocupan las repúblicas de Colombia, Venezuela y Ecuador.

En Nueva Granada —la zona actual de Colombia— más de ochocientos mil blancos, españoles y criollos, forman en exclusividad las filas de los poderosos, de los que usufructúan los más altos cargos y las más jugosas fortunas. Los españoles en particular manejan con manos firmes tierras, encomiendas, minas y cuanto se relacione con la dirección política y económica de la vasta zona.

Los criollos, por su parte, comparten con los españoles los bienes, las grandes riquezas y en general la posición de privilegio que ostentan con orgullo, con altivez.

Pero en lo que se refiere al manejo político del país los blancos nacidos en América se hallan relegados a un oscuro, mediocre segundo plano. Aunque casi todas las puertas se abren ante ellos, las que permiten acceder al poder político, al manejo de la cosa pública, están siempre cerradas.

Por eso, dedicados por entero al comercio y a las profesiones liberales, los criollos consiguen desplazar de esas actividades a catalanes, vizcaínos y canarios, sus tradicionales cultores.

Sin embargo no son esas las actividades fundamentales del país: la explotación del oro constituye la más importante fuente de riquezas, el sostén de la economía, y a su extracción se hallan dedicados miles de esclavos negros.

En un lugar secundario se encuentran la explotación agrícola y ganadera, origen de los ingresos de los grandes terratenientes blancos que cuentan con el trabajo de los indígenas sometidos.

En el territorio de la actual Venezuela —entonces Capitanía General dividida en provincias que gozaban de cierta autonomía administrativa— la población estaba constituida por pardos, indios negros y zambos, condenados al trabajo, el tributo y la ignorancia.

También allí los blancos se dedicaban a la exportación y al comercio de los productos agrícolas de la cálida zona costera y los templados valles.

Los españoles, por su parte, controlaban las actividades de La Guipuzcoana, una compañía que hasta 1785 habia logrado monopolizar totalmente el comercio del cacao. Los mantuanos —así se llaman los nativos de la zona— eran grandes terratenientes, herederos de repartimientos y encomiendas concedidas a sus antecesores y sometían a los esclavos negros de la costa.

Su poder, tan importante desde el punto de vista económico, estaba limitado, en cambio, en el terreno político: sólo podían acceder por excepción a los cargos municipales y a la carrera militar o eclesiástica. No tardaron en manifestar su resentimiento, su callada envidia a través de las convulsiones prerrevolu-cionarias que agitaron la zona.

En esos combates como en otros posteriores tuvieron activa participación —integrando los dos bandos en pugna— los llaneros, habitantes del interior del país, hábiles con los caballos, acostumbrados a vivir en pleno campo.

En la presidencia de Quito —actual Ecuador— el grupo social dominante estaba constituido por el clero, representado en Quito por 400 religiosos ricos, influyentes e ilustrados. A ellos se sumaba la aristocracia criolla, formada en base a títulos comprados y que desempeñaría un
importante papel en la lucha por la independencia. La mano de obra era, en esa zona, eminenterhente esclava.

«¡Fuera los gachupines!»

En su mayoría, los inspiradores y conductores de movimientos en pro de la independencia eran miembros de la económicamente poderosa oligarquía criolla.

Difícilmente esos hombres, dueños de grandes fortunas, extensas haciendas y centenares de esclavos, podían resignarse a obedecer el mandato político de españoles a los que consideraban inferiores en ilustración, prestigio y riquezas.

Los criollos despreciaban a los hijos de España y los llamaban despectivamente «gachupines», «chapetones» o «godos». Sin embargo nada pudieron hacer para impedir que los españoles monopolizaran los grandes embarques, las más jugosas transacciones económico-financieras y las operaciones comerciales más tentadoras.

El descontento de los criollos, provocado por esos hechos, se acumuló así lenta pero sólidamente.

A esa situación, muy tirante de por sí, se suman en los estertores del siglo XVIII las consecuencias de las reformas introducidas por los Borbones: llegaron al país funcionarios más rígidos, menos corruptibles, que aplicaron con más rigor las leyes en favor de los españoles motivando nuevas y más enérgicas protestas de los nativos blancos.

Así, sucesivos alzamientos, desconectados entre sí, llevaron la alarma a la región y preocuparon a los fieles de la Corona: entre 1730 y 1732, por ejemplo, el zambo Andresote se sublevó al frente de la población del valle del Yaracuy, en Venezuela; en 1761 se produjo en Quito la rebelión de los estancos y en 1781 la de los Comuneros del Socorro en Nueva Granada.

En todos estos casos los levantamientos fueron dominados rápida y fácilmente y no pueden ser considerados movimientos precursores de la revolución: apenas sí fueron pálidos reflejos de una rebeldía que no había hallado cauce.

A diferencia de esas revueltas, el alzamiento de los negros e indios de Coro, en Venezuela, producido en 1795, reclamó la supresión de la esclavitud y apuntó ya a algunos de los objetivos que proclamaron luego los revolucionarios. Sin embargo, el levantamiento fue reprimido cruelmente por las armas, y su líder, el zambo Chirinos, ejecutado.

Pero junto a aquellos que luchaban por obtener mejores condiciones para la venta de sus productos, por aliviar la presión impositiva o para alcanzar altos cargos, existían hombres impulsados a la acción por razones ideológicas, por profundas convicciones filosóficas.

Ellos fueron los precursores de la revolución y sus planes culminaron con diversos proyectos de organización de un nuevo estado. Entre ellos se destaca Francisco de Santa Cruz y Espejo, un mestizo que desarrolló sus actividades en Quito.

Doctorado en Medicina, Jurisprudencia y Derecho se dedicó a luchar contra la dominación española a partir de 1767. Con ese fin se unió a un grupo conspirador y hacia 1795 fue apresado, juzgado por susactividades revolucionarias y condenado a prisión. Murió en la cárcel sin ver realizados sus sueños de liberación.

En Bogotá, Antonio Nariño, uno de los principales líderes rebeldes de la epopeya emancipadora de Nueva Granada, conoce también el rigor de las prisiones: encarcelado en 1793 por haber traducido la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, fue enviado luego a un presidio español ubicado en África.

Al llegar a Cádiz logra huir en una audaz maniobra y se traslada al territorio francés esperando encontrar asilo político en ese país. No lo consigue y entonces debe dirigirse a Londres, donde establece contacto con Miranda.

En la capital británica Nariño solicita el apoyo de las autoridades inglesas para concretar sus planes de emancipación de las colonias españolas de América. Los británicosaceptan en principio sus proposiciones, pero condicionándolas al posterior reconocimiento de la soberanía inglesa sobre los territorios arrebatados a España.

Nariño rechaza esa contrapropuesta e insiste en su pedido hasta que finalmente logra alguna cooperación.

Entonces regresa de incógnito a su patria y comienza a organizar una red de conspiradores, pero no logra demasiado éxito en esa tarea. Descorazonado por su fracaso, y ante la promesa de las autoridades españolas de respetar su libertad si se entrega voluntariamente, se presenta a los jefes militares hispanos quienes lo encarcelan sin respetar la palabra empeñada.

En Venezuela las autoridades españolas, entretanto, lograban desbaratar una conspiración en la que habían participado elementos criollos e hispanos.

Entre los primeros se contaban Manuel Gual y José María España y entre los segundos Juan Bautista Picornell y Andrés Manuel Campomanes. Todos ellos fueron apresados en 1797, cuando el plan que habían elaborado minuciosamente se desmoronó a raíz de una infidencia cometida por uno de los conspiradores.

Las andanzas de un «aventurero» llamado Francisco Miranda

Dueño de una imaginación desbordante y de una audacia sin límites, Francisco Miranda —un venezolano nacido en 1750— puede ser considerado con justicia como el más importante precursor de los movimientos revolucionarios de todo el continente.

En 1801 Miranda concibió su más audaz proyecto: organizar una campaña libertadora para crear un estado independiente, único y gigantesco que llegaría desde el Mississippi hasta el Cabo de Hornos.

Tras numerosas negociaciones con los ingleses consiguió el apoyo de una poderosa casa comercial británica y organizó la expedición que partió de la costa de los Estados Unidos en febrero de 1806.

Pero cuando los españoles se enteraron de esa escalada criolla reaccionaron alertando a los destacamentos costeros de Venezuela para que se pusieran inmediatamente en pie de guerra. Sin embargo esas fortificaciones necesitaban cierto tiempo para aceitar sus mecanismos de defensa y Miranda, en un grave error táctico, les otorgó esa ventaja al recalar con su flota en Santo Domingo.

Los españoles aprovecharon muy bien los días perdidos por el líder rebelde y cuando el Leandro —buque insignia de los revolucionarios— zarpó definitivamente hacia el continente, los realistas ya estaban listos para el combate.

Por eso el fulminante ataque previsto por Miranda fracasó ante la empecinada resistencia que los realistas opusieron al desembarco, realizado el 27 de abril de 1806. Miranda logró huir pero cerca de sesenta de sus hombres debieron rendirse a los españoles quienes los encadenaron y los arrojaron a los sucios calabozos del castillo de Puerto Cabello.

Poco después, acusados de piratería, rebelión y asesinato, se los sometió a proceso: tras un corto juicio, quince fueron enviados a la horca y el resto debió cumplir largas condenas. Se ordenó al verdugo arrojar al fuego la proclama de Miranda y la bandera que le habían capturado.

Además se quemó una efigie del conspirador y se prohibió a los habitantes de Venezuela mantener contacto alguno con el «filibustero» (así llamaban los españoles a Miranda) excepto para prenderle. En nombre del rey se ofrecieron treinta mil pesos por el «traidor», vivo o muerto.

Al describir la forma bárbara en que se ejecutó la sentencia dictada contra los prisioneros uno de los testigos dijo: «En los bajos insultos y el sanguinario triunfo de los españoles leímos la apología de Miranda».

El líder, entretanto, había salvado milagrosamente su vida y huido a las Antillas inglesas. Allí, sin demorarse, continúa buscando la fórmula para burlar el poder militar español y logra organizar una tropa con la que reanuda la lucha revolucionaria en junio de 1806, año de febriles actividades bélicas para Miranda.

El 2 de agosto avista la costa venezolana de Coro y poco después desembarca dispuesto a levantar a la población contra el régimen europeo. Sin embargo los españoles, previendo la acción propagandística de Miranda, utilizan una táctica más sutil, menos sanguinaria: lo desprestigian entre la población local, despertando desconfianzas y temores en los habitantes de Coro.

El revolucionario que se sentía capaz de derrumbar ese muro de indiferencias y recelos, entra en la ciudad predicando sus ideas: pero nadie lo sigue, nadie se une a él. Ante este nuevo fracaso reembarca a sus hombres e inicia un peregrinaje por las islas vecinas en busca de un apoyo que se le niega una y otra vez.

Pese a sus derrotas Miranda no se decide a abandonar la epopeya en la-que se había embarcado en 1807 y viaja a Londres donde se dedica a planear nuevas acciones revolucionarias.

Ha abandonado ya el proyecto de un estado único y propicia en cambio la creación de cuatro: uno en México y Centroamérica, otro en Nueva Granada, Venezuela y Quito, el tercero en el Perú y Chile y el cuarto en el Río de la Plata.

Su actividad no conoce pausa. Mientras en Europa mantiene constantes reuniones en busca de aliados que le ayuden a concretar sus fervorosas ilusiones, sigue escribiendo a los cabildos de las ciudades americanas encendidas proclamas que incitan a la rebelión.

Por fin los primeros movimientos insurreccionales producidos en Caracas en 1808 parecen dar la razón a tanto frenesí revolucionario.

Se encienden las llamas de la Independencia…

En Quito, entretanto, apenas conocida la destitución de Fernando VII, un grupo de aristócratas constituyó una Junta destinada a reemplazar a los funcionarios españoles «en defensa de la patria y la. religión…». Procesados por la Audiencia los conspiradores recuperaron de inmediato la libertad gracias a un ardid muy simple: el «extravío del expediente en que constaban sus delitos no dejó acusación legal en pie contra ellos, por lo que pudieron reanudar rápidamente sus actividades revolucionarias.

Contando con la anuencia de la guarnición militar decidieron dar el golpe el 9 de agosto de 1809. Así, en forma incruenta y sin violencia se produjo el cambio de gobierno: al día siguiente la población se enteró que las autoridades españolas habían sido depuestas y que en su lugar gobernaba Juan Pío Montú-far, un nativo de América. La revolución quiteña no había sido, al menos en esta etapa, más que un simple cambio de autoridades, un canje de españoles por criollos.

De todas maneras los americanos no podrían mantenerse en el poder durante mucho tiempo: las disidencias que separaban a los criollos —productos de viejas rivalidades o de la división entre republicanos y monárquicos— y la falta de adhesión de los gobernantes de otras provincias los convirtieron en flancos vulnerables de la revolución.

Al comprobar esas debilidades los virreyes del Perú y Nueva Granada – Amat y Abascal respectivamente— enviaron sus tropas contra Quito. Rodeada la ciudad y aislados totalmente sus habitantes, los rebeldes capitularon.

Fracasaba así la primera tentativa de liberación surgida en Quito.

Una calma tensa, impregnada de rencores y odios envolvió al territorio. Era evidente que esa paz tan artificial no iba a durar: poco después se produce un nuevo estallido, porque los españoles, que habían prometido no tomar represalias, desencadenan una serie de atropellos que culminan en una verdadera matanza.

El pueblo reacciona airado y el 2 de agosto de 1810, prácticamente desarmado, sin organización, contando sólo con un entusiasmo arrebatador, se lanza a la calle contra el ejército, asalta a las cárceles y libera a los prisioneros.

Ante ese furor las tropas responden con la misma violencia y luchan durante tres horas sin dar ni recibir cuartel.

La intervención del obispo de la ciudad pone fin al combate y el 4 de agosto, se firma un acuerdo que estipula el abandono de la ciudad por las tropas, el perdón de los sobrevivientes de la revolución de 1809 y la formación de una nueva Junta de Gobierno encabezada por Carlos Montúfar, hijo de Juan Pío.

Fue necesaria mucha sangre para que los criollos retomaran el poder e iba a ser necesaria mucha más para que pudieran conservarlo.

Consciente de su precariedad, el nuevo gobierno debió prepararse para los choques armados que no tardaron en llegar: el virrey Abascal ordenó a los ejércitos peruanos que combatieran a los rebeldes y, a pesar de que en los primeros combates los revolucionarios lograron algunos triunfos, pronto se vieron obligados a retroceder, acosados por la inclemencia del tiempo, la escasez de abastecimiento y por una sublevación de aborígenes que ensombreció más aún el crítico panorama de los criollos.

Por si fuera poco, a las derrotas militares se agregaron las vacilaciones e indecisiones de la Junta y finalmente, en noviembre de 1812, la ciudad fue ocupada. La batalla final, librada el 1º de diciembre, culminó con el triunfo peninsular: mientras los últimos revolucionarios huían o eran desterrados, las autoridades españolas retornaban Iriunfalmente a Quito.

Sin embargo en los dos años que los criollos lograron mantenerse en el poder fueron asentando las bases de la emancipación definitiva de América: prueba de ello fue el Primer Congreso de los Pueblos Libres de la Presidencia, reunido en Quito el 4 de diciembre de 1811 y la promulgación, el 15 de febrero de 1812, de una carta fundamental que organizaba un gobierno «electivo y responsable», dirigido por el Congreso Supremo, que aseguraba a todos los ciudadanos la libertad de sufragio y pensamiento.

El espíritu de rebelión contagió también a los hombres de Santa Fe de Bogotá: al tener conocimiento de la represión ejercida contra los criollos, Nariño abandonó su largo silencio y organizó una conspiración que fue dominada y costó la vida a sus gestores.

La gota que desborda el vaso…

En Bogotá todo comenzó, en realidad, con un pequeño incidente que bastó para desencadenar la revuelta. Durante un agasajo a un representante real, españoles y criollos iniciaron una discusión sin importancia referida al arreglo de la mesa del banquete.

Sin embargo los ánimos se caldearon muy rápidamente y las palabras pronto derivaron en hechos: se generó la riña, el pueblo tomó conocimiento del episodio y se lanzó a la calle mientras las campanas de los templos se echaban a vuelo y oradores improvisados arengaban en las esquinas a los grupos enfervorizados.

Así, un suceso doméstico, de poca importancia, dio lugar a una verdadera rebelión popular que exigió un cabildo abierto aceptado por el virrey. La Junta organizada desconoció su autoridad recalcando, en cambio, su obediencia a Fernando VII.

El 25 de agosto de 1810, destituido el virrey, disuelta la Audiencia y desconocida la regencia española, la Junta se autodenominó Junta Suprema del Reino y solicitó a las provincias el envío de representantes para constituir un gobierno central.

Pero la unidad de los criollos no es monolítica: mientras algunas provincias rechazan la supremacía de Bogotá y quieren ser totalmente independientes, otras siguen fieles a España y no pocas envían sus diputados sólo para reafirmar sus opiniones federalistas. Así, en medio de esas discusiones, llega la escisión. Nariño y el estado de Cundinamarca, organizado alrededor de Bogotá, se separan del resto de las provincias, dando un paso más hacia una guerra civil que parece inevitable.

El período que sigue es oscuro y caótico y culmina el 13 de enero de 1813 con la victoria parcial de los centralistas. Sin embargo las tendencias federalistas siguen la lucha y la guerra civil continúa desangrando a los revolucionarios. El Congreso ve en Simón Bolívar al hombre capaz de dominar la situación y, aprovechando su regreso de la campaña de Venezuela, le entrega el mando, ocupando de inmediato sus efectivos la ciudad de Bogotá.

Por primera vez, aunque teóricamente, los rebeldes parecen dominar la región en su totalidad. Sin embargo Iqs soldados de Bolívar no logran quebrar la resistencia de las fuerzas españolas acantonadas en Santa Marta y el libertador, desalentado, abandona la lucha y se traslada a Jamaica. Entonces la situación da un vuelco definitivo: con la llegada de los efectivos enviados por Fernando VII se inicia un oscuro período en el que la revolución parece vencida definitivamente.

La revolución en Venezuela

En Caracas, la ciudad más importante de la Capitanía General de Venezuela, se habían desarrollado también, tensos episodios originados en la naciente rebelión. Tras el fallido intento de Miranda las primeras revueltas recomenzaron al llegar las noticias de los sucesos ocurridos en España en 1808. Los criollos más ricos trataron entonces de tomar el poder, pero la falta de apoyo de  milicias hicieron fracasar esa intentona sin embargo, y el 12 de eneró de 1809, varios jefes militares, entre ellos Simón Bolívar, organizaron el motín de la Casa de la Misericordia.

Miembro de una aristocrática familia caraqueña, heredero de una gran fortuna, simón convar tema por entonces 24 años. Había completado sus estudios en España y recorrido varios países europeos hasta que en 1806 decidió volver para incorporarse a las luchas emancipadoras. Coronel en 1807, con ese grado intervino en el alzamiento de la Casa de la Misericordia, en el que las fuerzas patriotas fueron nuevamente derrotadas.

Durante más de un año siguió flotando en el ambiente la tensión revolucionaria hasta que el 19 de abril de 1810 los rebeldes, tuvieron una nueva oportunidad al conocerse en Caracas la disolución de la Junta de Sevilla, en ese momento el pueblo pidió la convocatoria de un Cabildo Abierto y en él se decidió desobedecer la autoridad del Capitán General Vicente Emparán y crear una Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII que debería disolverse al recuperar el rey su corona.

Como primera medida la Junta destituyó a los funcionarios conservadores, informó al pueblo de lo realizado y embarcó sin más trámites rumbo a España a los jerarcas de la burocracia hispana. De inmediato la Junta pidió la adhesión de los demás Ayuntamientos de América, envió a Bolívar Miranda, que había regresado a su país, trabajaba intensamente tratando de radicalizar la revolución desde las páginas de El Patriota Venezolano, en las que exigía la declaración de la independencia y la sanción de una constitución. Su prédica no fue en vano: el 5 de julio de 1811, en medio del júbilo popular, se declaró la independencia de Venezuela.

Claro que no todos vieron con buenos ojos esos hechos: José Domingo Díaz, un español que fue testigo de esos acontecimientos Jos describió así: «Yo lo vi. Este día funesto fue uno de los más crueles de mi vida. Aquellos jóvenes, en el delirio de su triunfo, corrieron por las calles: reunieron las tropas en la plaza de la Catedral, despedazaron y arrojaron las banderas y escarapelas españolas; sustituyeron las que tenían e hicieron correr igualmente con una bandera de sedición a la sociedad patriótica, club numeroso establecido por Miranda y compuesto por hombres de todas castas y condiciones cuyas violentas decisiones llegaron a ser la norma de las del gobierno.

En todo el día y la noche las atroces pero indecentes furias de la revolución agitaron violentamente los espíritus de los sediciosos. Yo los vi correr por las calles en mangas de camisa llenos de vino, dando alaridos y arrastrando los retratos de S. M. que habían arrancado de todos los lugares donde se encontraban. Aquellos pelotones de hombres de la revolución, negros, mulatos, blancos, españoles y americanos corrían de una plaza a la otra, en donde oradores energúmenos incitaban al populacho al desenfreno y a la licencia. Mientras tanto todos los hombres honrados, ocultos en sus casas, apenas osaban ver desde sus ventanas entreabiertas a los que pasaban por sus calles. El cansancio o el estupor causado por la embriaguez terminaron con la noche tan escandalosas bacanales».

Claro que más allá de las intolerancias españolas los patriotas seguían en el intento de afianzar la revolución. Así el 15 de julio los nuevos funcionarios juraron sus cargos ante el Congreso y el 30 se dio la noticia a todos los ámbitos mediante un «manifiesto al mundo».

La nueva constitución, que garantizaba la libertad, seguridad, propiedad e igualdad para todos los venezolanos entró en vigencia el 21 de diciembre.

El nuevo gobierno, rodeado de entusiasmo y calor popular, debió enfrentarse, sin embargo, con múltiples problemas: las ciudades del interior no lo aceptaban, la situación económica era desastrosa, el ejército carecía de armas y los hombres más ricos huían del país con sus capitales. Finalmente y, según la caprichosa interpretación de los realistas, como «castigo de Dios», el 26 de marzo de 1812 un violento terremoto destruyó varias ciudades y sembró el pánico entre muchos venezolanos.

El cúmulo de inconvenientes que sufría el nuevo gobierno recibió el golpe de gracia cuando el general Monteverde, sublevado, avanzó triunfante desde Coro. El Congreso entonces se autodisolvió y entregó sus facultades al poder ejecutivo, que nombró generalísimo a Miranda. Los dos ejércitos se enfrentaron y Miranda, derrotado, debió firmar un armisticio en julio de 1812. Poco después, y acusado de traición, fue entregado a los españoles quienes lo enviaron a prisión, donde murió en 1816.

Fuente Consultada:
Historia Argentina de Etchart – Douzon – Wikipedia –  La Argentina, Historia del País y Su Gente de María Sánchez Quesada.
Gran Historia Latinoamerica Fasc. 21 La Independencia Hipamericana  Editorial Abril

Potosí en America Colonial Economía, Origen e Historia

Historia de Potosí en América Colonial Economía,Vida y Origen

De los pequeños cerros de la región, el de Potosí es seguramente el más alto y pedregoso. Lo cubre un pedregullo gris y, al sol, su loma es blanca y brillante, como si continuamente lo empapara el rocío del amanecer. El terreno es empinado y se desgaja por todos lados en hondas barrancas desde las que suben furiosos vientos en tremolina. Allí sólo crecen plantas tristes, apenas agarradas a la tierra. Sin embargo, tanta desolación tiene una ventaja: convierte al cerro en una fortaleza casi inaccesible.

Por eso, durante muchos siglos, Potosí guardó celosamente en sus entrañas las más fabulosas riquezas en plata que conocieron los conquistadores al sojuzgar América. Pero él secreto no duró mucho cuando los españoles comenzaron a recorrer el territorio. Nada permaneció oculto a su insaciable codicia, y al influjo de los ríos de metal precioso que brotaron del cerro se desarrolló una de las más ricas y prósperas ciudades de Hispanoamérica: una ciudad que, en el siglo XVII, era más poderosa que México y Lima, las dos joyas más preciadas del imperio colonial español.

Algunos cronistas consideran que los incas conocían la riqueza de Potosí y que el emperador Huaina Cápac había ordenado que se la explotase. Pese a ello, según una leyenda, cuando los aborígenes intentaron extraer el mineral, una voz surgida con gran estruendo de las profundidades, les advirtió: «No saquéis la plata de este cerro porque es para otros dueños«. El relato, de indudable origen español, refiere entonces que los incas no se atrevieron a desobedecer la orden y volvieron a trabajar en las aledañas minas de Porco hasta que las tropas españolas invadieron el Cuzco y se apropiaron de esos riquísimos yacimientos, sin saber aún que Potosí escondía mayores tesoros que todos los que se explotaban en los alrededores.

A partir de allí, circularon varias versiones —recogidas por los cronistas de época— sobre la manera en que se llegó a descubrir el yacimiento de Potosí. Sin embargo, todas las fuentes coinciden en señalar que fue un indígena llamado Huallpa, encomendado a un minero de Porco, Juan de Villarroel, el primero en descubrirla. Afirman los cronistas que Huallpa, «persiguiendo durante todo un día un carnero que iba de huída, le dio alcance en el mismo cerro de Potosí siendo bien entrada la noche (…) y atado el carnero en un matorral de paja, luego que amaneció lo arrancó de cuajo y así descubrió la veta».

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El trabajo en las minas y los ingenios recaía por entero sobre los indígenas, cuya población activa ascendía en 1603 a 58 800 operarios. De ellos, sólo 13 500 estaban dedicados a tareas estrictamente mineras; los demás se ocupaban de actividades complementarias. Únicamente 10 500 prestaban servicio obligatorio; el resto eran trabajadores libres

Otra versión cuenta que Huallpa, para protegerse del frío encendió unas matas y a la mañana siguiente «vio que con la actividad del fuego se había derretido la plata de aquélla veta y corrido en riquísimos hilos». Lo cierto es que el indígena no le comunicó a nadie su hallazgo y secretamente extraía la plata de Potosí, la fundía y gastaba en Porco sus ganancias como un potentado. Por supuesto, la noticia no tardó en llegar a oídos del encomendero Villarroel y, con ella, el’origen de la riqueza repentina de Huallpa.

Sin dudar, el español registró la «veta descubridora» a su nombre, según las leyes vigentes en la época y dio pie para que otros mineros de Porco explotasen distintas vetas del yacimiento de Potosí, cuyo nombre se convirtió vertiginosamente en sinónimo de riqueza.

No fue fácil para los españoles el asentamiento de un poblado a la vera del cerro. Por ser perpetuo el frío, «no se cría en este suelo ningún género de mantenimiento, excepto algunas papas. La tierra está pelada sin ninguna arboleda ni. verdura…» escribió Luis Capoche, en su Relación General de la Villa Imperial de Potosí.

Por otra parte, en un sitio cercano, existía un pueblo indígena, denominado Cantumarca, cuyos habitantes convinieron en un principio ayudar a los españoles que «a fuerza de palos y malos tratamientos los obligaron con toda violencia a que hicieran adobes y abriesen cimientos», razón por la cual, los aborígenes se sublevaron y, parapetados en un cerro vecino, hostilizaron a los conquistadores. Según se cuenta, enviaron un mensajero con esta orden: «Decid a esos enemigos nuestros, ladrones de oro y plata, barbudos sin palabra, que si hubiéramos sabido que eran gente sin piedad y que no cumplen los tratos, desde que supimos que estaban en Porco les hubiéramos hecho guerra y echándolos de allí no le permitiéramos entrar donde estábamos ni sacar la plata de Potosí».

Se entabló entonces una feroz batalla de la que surgieron vencedores los españoles. Los indígenas huyeron hacia el valle de Mataca. desamparando sus ranchos que inmediatamente fueron ocupados por los vencedores mientras esperaban la construcción de sus casas en Potosí. Finalmente, en enero de 1546, según algunos autores, o en diciembre de 1545, según otros, comenzó a fundarse la Villa Imperial de Potosí.

En poco tiempo se edificaron casas en los sitios más secos y luego, al crecer la población, se rellenaron los terrenos cenagosos para levantar nuevas construcciones. La población creció sin orden ni planificación: en 18 meses se construyeron más de 2500 viviendas habitadas por 14 000 personas entre indígenas, y españoles que ocupaban, respectivamente, la parte sur y el sector norte de la villa.

Hacia el año 1573 la ciudad ya tenía 120 000 habitantes. Creció sin mesura a medida que se fueron descubriendo nuevas minas y acudían de toda España y Europa, hombres ávidos del botín que durante siglos había escondido la naturaleza. Un censo de 1611 estableció que, durante la gobernación del virrey Montesclaros, los habitantes superaban las 150 mil almas, cifra que aumentó en 10 mil treinta años más tarde, según consta por un padrón que ordenó levantar el presidente de la Audiencia de la Plata, Francisco de Mestares Marín.

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Bocamina exterior de un antiguo socavón colonial en las cercanías de Potosí. La explotación de las riquezas minerales dio nacimiento a la abigarrada ciudad que en menos de veinte años fue la más grande y poblada de Iberoamérica, superando a México y Lima, las grandes capitales virreinales. La plata hacía la prosperidad de la ciudad y también la de España.

La economía potosina

Durante ciertas épocas del año, en Potosí, unas cuantas tormentas azotan la tierra y la,desgarran, dejando nada más que una arenilla negruzca flotando en el aire. Por eso, aun en los momentos de mayor riqueza, los alrededores de Potosí eran tristes, pelados, a veces sin un árbol, sin una cosa verde que descansara los ojos. De allí que Potosí no podía producir prácticamente nada para la alimentación de sus habitantes. Durante todo el tiempo que duraba la explotación de los yacimientos las actividades agrícola-ganaderas eran nulas v la ciudad debía abastecerse con mercaricias de regiones lejanas, que proveían hasta la leña y la paja.

Esta desventaja (dada la magnitud demográfica y la capacidad adquisitiva ce sus habitantes) hizo entonces que en Potosí se originaran importantes corrientes comerciales. La mayor parte de su población estuvo fundamentalmente dedicada al comercio, a la compra-venta de productos que llegaban de todas partes del mundo.

Los metales que no se producían estrictamente en Potosí sino en los alrededores, iban asimismo a parar a la Casa de la Moneda de la ciudad donde se marcaba la plata en barras con el cuño real. Plata y azogue (Mercurio, que provenía de las minas de Huancavelica, en Perú) sustentaban el poderío económico de la villa, servían para pagar los vinos, aguardientes y aceitunas que llegaban desde los fértiles valles de lea; el sebo, la grasa, el charque, las maderas y las muías que provenían de la lejana provincia de Tucumán; la yerba que remontaba ignotos ríos desde el Paraguay; los caballos de Chile; las medicinas, el hierro, los tejidos finos y todo tipo de productos y mercancías que atravesaban el océano desde la lejana Europa y abarrotaban los almacenes potosinos.

Este auge comercial creó, por supuesto, una clara estratificación entre los comerciantes de la villa. La venta de productos más rentables o la de los destinados a la población española de mayor capacidad adquisitiva, estaba en manos de españoles. Uno de los mayores negocios durante la época de explotación del yacimiento fue, sin embargo, la comercialización de la coca. Implicaba, aproximadamente, un millón de pesos fuertes al año y la consumía toda la población indígena de la región.

En varias oportunidades se quiso prohibir su venta porque se la consideraba nociva, pero los poderosos intereses en juego impidieron que se suprimiera su tráfico. Se llevaba a Potosí desde los cálidos valles orientales del Cuzco donde aproximadamente 400 españoles se dedicaban a su explotación.

La venta al menudeo, en Potosí, la realizaban los propios indígenas, pues para los españoles constituía un enorme desprestigio social dedicarse al comercio al por menor, aunque eran, por supuesto, los responsables de las compras de coca al por mayor.

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Catedral de Potosí. Se comenzó a construir en los últimos tiempos de la Colonia (1808) bajo la dirección del arquitecto fray Manuel Samanja. Pero durante la época de mayor esplendor la numerosa población asistía a los oficios religiosos que se realizaban en los sesenta templos con que contaba la ciudad. La mayoría de ellos hoy están en ruinas.

Los distintos productos se vendían en «plazas» destinadas exclusivamente al comercio. La plaza del metal era, sin duda, la más pintoresca, ya que allí se reunían los aborígenes para vender el metal que se les pagaba como salario por su trabajo en las minas. «Se sientan los indios e indias muy juntos y juntas —escribió Luis Capoche—, por hileras (…) y son como cuatrocientas personas o quinientas las que vienen con metal para vender, en especial los jueves y viernes y sábados, porque los demás días, por ser los primeros de la semana, no viene tanta gente…».

Además de la concurrida plaza de metal, existían otras tres en las qiie se vendían diversos productos, sobre todo maíz, harina, ganado, carbón y leña. Los productos manufacturados europeos se vendían, a su vez, en locales cerrados que el Cabildo de Potosí alquilaba en dos de las plazas principales, la Mayor y la del Regocijo.

Las ventas de «ropas de Castilla» alcanzaron en un año el millón de pesos, signo indudable del lujo, la riqueza y la necesidad de figuración de las clases dominantes que eran las que «consumían mayormente las mercancías europeas. «El principal lujo de esta villa —se asombró Concolorcorvo— consiste en los soberbios trajes, porque hay dama común que tiene más vestidos guarnecidos de oroy plata que lapr-incesade Asturias…»

Puñaladas y sablazos
Tanta riqueza generó no pocas luchas por el poder. Las clases dominantes (divididas en tres bandos netamente diferenciados, los azogueros o propietarios de ingenios, los propietarios de minas y los grandes mercaderes) se trenzaban cotidianamente en interminables y feroces disputas. La autoridad real, representada por un corregidor, no siempre lograba imponerse y, por el contrario, a veces avivaba el fuego de la discordia, volcando sus preferencias por uno u otro grupo.

Los conflictos se planteaban indistintamente para lograr la sanción de leyes que beneficiara a unos en desmedro de otros, para conseguir mayor y mejor mano de obra en las repartijas de indígenas, para lograr franquicias en las explotaciones o el comercio de ciertos productos. De esta manera, los pleitos que se seguían ante la Audiencia de Charcas, el virrey del Perú o el Consejo de Indias eran interminables. Potosí, durante los 200 largos años que duró la explotación de los yacimientos, mantuvo varios procuradores ante la corte metropolitana para peticionar directamente en España, buscando crear conflictos de poderes con otras autoridades coloniales o intentando resolver los problemas internos.

Estos escarceos diplomáticos iban generalmente acompañados de acciones violentas. Cada grupo tenía a su servicio bandas armadas reclutadas entre los soldados que, al finalizar las guerras de la Conquista, no encontraban ocupación. Cualquier pretexto servía para justificar un enfrentamien-to, cuyas características eran similares a las de los torneos feudales. Se citaban los «caballeros» en el Arenal de Potosí y allí, casi siempre durante las madrugadas, piqueros y arcabuceros lujosamente ataviados iniciaban una batalla formal que culminaba con muertos y heridos a granel.

Durante los siglos XVI y XVII  todo fue válido en Potosí: la emboscada, el asesinato, los asaltos a mano armada, las violaciones de mujeres del bando enemigo. Los episodios criminales eran cotidianos y bastaba una mala mirada, una leve interjección o un saludo desdeñoso para que dos hombres se trabaran en lucha.

Es célebre el. caso del capitán Pineda, un andaluz, y de Juan Pérez Ramusio, un criollo de Mataca: se cuenta que un sábado por la tarde el capitán Pineda caminaba por la calle de los Césares cuando se le cruzó Ramusio que, por algún pleito anterior, evitó saludarlo. Se encrespó el andaluz y lo llamó a los gritos: «Ven acá… mestizo…».

El insulto erizó al criollo quien, acelerando el paso se plantó abruptamente a dos pasos de Pineda. Este, sonriendo, le espetó: «¿Acaso no aprendiste a persignarte cuando me vas a pasar?». Ramusio se quedó callado, como pensando una salida ingeniosa que no lo dejara mal parado ante el público que comenzaba a rodearlos.

Lentamente sacó una daga oculta en la cintura y susurró con rabia c ontenida: «Mis padres, que eran andaluces, me enseñaron a hacer la señal de la cruz de esta manera…». Decir eso y ensartarle el puñal en la frente al desprevenido Pineda fue todo uno. El andaluz cayó redondo, bañado en sangre, muerto: el pleito quedó así formalmente resuelto.

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Por entre las casas de la ciudad corre el arroyo que durante el tiempo de creciente proveía de agua a los ingenios que estaban a su vera. Para remediar la escasez que se producía en tiempo de sequía y darle el caudal suficiente se construyeron embalses y presas a pocos kilómetros de la ciudad, aguas arriba.

Tres días de tiranía
Desde los orígenes de la Villa Imperial de Potosí, la ambición, las ansias de poder, las desaforadas intenciones de los diversos grupos que pugnaban por gobernar, crearon no pocas situaciones revulsivas. Cientos de batallas sangrientas se libraron en las calles de la ciudad de la plata, aunque quizá ninguna haya sido tan feroz como la que entablaron en marzo de 1553 las fuerzas leales a la monarquía española y un conjunto de vecinos encabezados por un taLEgas de Guzmán, quien aspiraba a gobernar la urbe y explotar el cerro sin rendirle cuentas al rey.

Egas logró, en efecto, sojuzgar a la población merced a la violenta acción de 50 hombres que, muy bien pagados, asolaron el territorio,’ejecutando a indígenas y españoles leales. Dos capitanes del ejército español, sin embargo, pretendieron enfrentarlo. Francisco Centeno y Diego Díaz, al mando de 60 arcabuceros y 400 indígenas armados sólo de macanas y hondas rodearon, el 2 de marzo de 1553, la Villa, en cuya plaza central estaban apostados los secuaces de Egas de Guzmán.

Marchó Centeno hacia el centro de la ciudad y se puso a tiro del arcabuz enemigo, acercándose peligrosamente hacia la plaza y dejando cubiertas sus espaldas con la tropa indígena. Egas de Guzmán, percibiendo la debilidad de la retaguardia enemiga optó por enviar 40 de sus hombres a caballo para que rompieran el cerco aborigen y acometieran a la infantería de los. leales por detrás.

Así fue que mientras la lucha en el frente favorecía a Centeno y a Díaz, la batalla en los alrededores de la ciudad les era absolutamente desfavorable.

Luego de una hora de rigurosa pelea, los infantes leales fueron finalmente sometidos. Algunos pocos huyeron mientras los heridos eran pasados por las armas directamente en el campo de batalla. «Hubiera sido más atroz la tiranía de Egas de Guzmán en esta guerra —relata el cronista Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela en su libro Historia de la Villa Imperial de Potosí— si en la cuesta del cerro de la Cantería los indios que se retiraban derrotados no hubieran defendido a los leales tirándoles tantas piedras a Guzmán y a los suyos cuantas fueron necesarias para detenerlos…».

La victoria de Guzmán paralizó vir-tualmente todo trabajo en Potosí: pocas horas después de la pelea, el tirano saqueó las casas de los leales («valiéndole el saco —afirma Arzáns— más de 1 800 000 pesos en marcos de plata»), mató a quienes se le opusieron, hizo azotar públicamente a «muchas mujeres españolas porque averiguó que trataban entre ellas de matarlo», quemó casas y ejecutó aborígenes, acusándolos de traidores. Tres días exactamente duró su gobierno. Ni los propios hombres de Egas de Guzmán toleraban a su jefe; hasta el extremo de que uno de sus capitanes, Antonio de Lujan, logró que seis soldados engrillaran al tirano y lo sometieran a la peor de las muertes: el descuartizamiento.

El episodio es sólo un ejemplo del alto grado de violencia que alcanzaban en Potosí las tensiones sociales, económicas y políticas. Existían razones para que ello sucediera.

La villa imperial no fue, como la mayor parte de las ciudades hispanoamericanas, una urbe que se enriqueciera por la producción agrícola-ganadera de la región rural que las circundaba. No era una «ciudad hidalga» ni una «ciudadela militar», no estaba dominada por una aristocracia feudal ni el prestigio de las clases más poderosas provenía de la tradición sino, por el contrario, del caudal de riqueza acumulada. Por eso, las clases sociales potosinas se estructuraron de manera diferente al resto de las urbes coloniales: en un primer momento el acceso a la riqueza fue fácil y produjo, consecuentemente, una gran movilidad social.

Prestigio, poder e influencia eran conseguidos por todos aquellos que habían obtenido inmensas fortunas dedicándose a cualquiera de las tres grandes actividades económicas que la ciudad fomentaba. Pero, de la misma manera que lo adquirían, lo perdían, al inundarse una mina, al perderse un barco con mercadería o al fallar un envío de azogue. Los grupos dirigentes de Potosí estaban integrados por españoles y ocasionalmente algunos criollos.

Por lo general, el poder político no constituyó una aspiración de la «nobleza» potosina, dedicada por completo al comercio y sus derivados. Los cargos de regidores caían —según un cronista— «en manos de cualquier forastero, sin más averiguación que la de tener la cara blanca y las posibilidades suficientes para mantener su decencia…». Sucedía que el poder final de decisión se encontraba fuera de Potosí: los pleitos los resolvía primordialmente la Audiencia de Charcas.

La decadencia
Pero esa petulancia nacida de la riqueza comienza a deteriorarse a partir de la segunda mitad del siglo xvn, cuando disminuye notoriamente el rendimiento de las minas de plata. La decadencia de Potosí significó también la decadencia de los grupos dirigentes y sus habitantes contemplaron con pena y nostalgia el ocaso de una de las más opulentas ciudades de Hispanoamérica, atribuyéndole su ruina a la incapacidad de la urbe de atraer gente noble: «Ya no es lo que solía —escribió Capoche— porque de España pasan a estas Indias gente común y falta de nobleza».

Semejante situación hizo cundir el desconcierto y a la ruina económica continuó el desbande, un decrecimiento demográfico del que nunca pudo recuperarse Potosí. Sólo salvó a la ciudad de un derrumbe total el funcionamiento de algunas fundiciones. Como no existían este tipo de establecimientos en las regiones aledañas, hasta la villa llegaba metal para ser fundido y luego «quintado» en su Casa de la Moneda, por otra parte la única que existía en todo el ámbito de esa importante región minera de América.

Pese a todo, ya en el despunte del siglo xvni la población de Potosí había bajado a menos de la mitad. «Ha disminuido de tal manera —estampó un cronista de la época— que hoy no pasan de 70 000 entre españoles e indios, que viven unos y otros en 16 000 casas entre grandes y pequeñas de una y otra nación… Las familias de indios que al presente están avecinadas en Potosí pasarán de mil pero se acrecientan a veces con la llegada de forasteros, también indios. La de los españoles ya no se acrecienta por el comercio o por la llegada de tratantes y contratantes que antes de todas las naciones de’Europa acudían incesantemente todos los días».

De esta manera, a los pies del cerro, agujereado por todas partes pero con sus pasadizos vacíos, se adormeció Potosí. Sólo algún indígena solitario intentaba de vez en cuando reeditar la ardua tarea de sus antepasados. Con una candela de sebo encendida en la mano se sumergía por los recovecos y las escalerillas construidas en el cerro, llevando un zurrón de cuero en las espaldas. Hurgaba en las vetas secas, rapiñaba algo de metal. Pero estaban muy lejos los tiempos en que Potosí producía hasta casi siete-mil barras de plata por año-y era —según un cronista— «la más feliz y dichosa de cuantas ciudades se saben en el mundo».

La desmedida explotación de los yacimientos potosinos y su consecuente decadencia, al agotarse las vetas de plata más ricas, hizo que decayera sus-tancialmente la producción. Como la zona no ofrecía posibilidades para ningún otro tipo de actividad, la villa que–dó virtualmente en manos de algunos pocos empecinados que, a costa de terribles esfuerzos, lograban a veces, mantener latente la esperanza de que sería posible recuperar la riqueza perdida.

En 1773 escribía Concolorcorvo: «Dicen que desde el descubrimiento de las riquezas de aquel cerro se señalaron 15 000 indios para su trabajo y el de las haciendas que se benefician con la plata (…) Hoy se redujo ese número a tres mil entre los que se mezclan los honrados con los ladrones de metales, quienes acometen de noche en las minas y como prácticos en ellas sacan los últimos, los más preciosos beneficios y llevan al banco que el Rey tiene de rescate, siendo cierto que estos permitidos piratas sacan más plata que los propietarios mineros…».

Así, en un postrer intento por mantener la más fabulosa fuente argentífera de Hispanoamérica, las autoridades reales no dudaron en permitir el bandidaje y el saqueo de las vetas de las cuales aún no se habían succionado los últimos vestigios de plata. Pero, por supuesto, fue un manotazo vano. La villa imperial de Potosí, lentamente, se adormeció sobre su pasado esplendor del cual quedó, como único testigo, el cerro acribillado por las mazas y los picos de los mineros.

Fuente Consultada:
Gran Historia de Latinoamérica Fasc. Nº21 Editorial Abril – Ciudades: Potosí

Los Muebles en America Colonial Estilo del Mobiliario Español

Los Muebles en América Colonial

Todo el confort existente en la América de la Conquista se reducía al elemental suministrado por la naturaleza: la sombra de los árboles, su madera en las regiones frías, la frescura de un río en la faja ecuatorial, la obsequiosidad de los indígenas, que sacrificaban su propia comodidad para ofrendarla a las gentes del Este.

Cuando en los galeones que llegaban a América, los rudos aventureros de los primeros tiempos fueron siendo reemplazados por clérigos y ventrudos burócratas con acompañamiento femenino, comenzó a sentirse en los nuevos poblados la urgencia de rodearse de ese mundillo de objetos grandes y pequeños que daban la pauta del grado de civilización de su dueño. Ya no fue suficiente saber desbastar la madera para hacer una tosca silla: ahora había demanda por sillones forrados, mesas de estilo, alfombras y todo el mobiliario que en España servía de marco para la formal y ceremoniosa etiqueta que hizo famosos a los españoles en toda Europa, y que llegó a su primer apogeo bajo Felipe II.

Tanto los carpinteros, como el resto de los artistas y artesanos de la Colonia, provenían al principio de España y Porlugal. Paulatinamente se fueron formando los artesanos auténticamente «coloniales» y americanos. Con su trabajo acumularon muebles y objetos, y ya en el siglo XVIII toda la América colonial estaba tallada, forrada y tapizada.

Un excelente ejemplo lo proporciona un salón de lujo en el Perú del siglo XVIII. Abundan los canapés forrados en baqueta y los sillones de cuero adornados con tachuelas de metal; del techo cuelga un farol de cinco luces con candilejas cubiertas de sebo. En la pared es posible que cuelgue un cuadro que represente a San Juan Bautista o a Nuestra Señora de las Angustias, y a su lado el retrato del jefe de la familia, pintado por un amigo de la casa o por el profesional de moda.

En el dormitorio reina la cama, a la que se sube por medio de una escalerilla: es un lecho matrimonial muy alto, a la usanza española. Mientras tanto, los esclavos duermen sobre pellejos de carnero.

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En Arequipa las paredes de las casas están decoradas con guardas, lazos de amor y vistosos adornos. Los muebles siguen el modelo español y están pintados de blanco o azul-celeste; filetes dorados y dibujos de rosas y margaritas cumplen con la función de nacerlos más elegantes. En el salón no es raro tropezar con algún bargueño antiguo tallado o un aparador de roble negro. Otro adorno de las paredes son los cuadros de degollaciones, crucificciones y autos de fe pintados por artistas de Quito y Cuzco.

En las ciudades frías, las alfombras se constituyen casi en una necesidad. En cambio, muy pocas ventanas lucen cortinas. Se desconocen las estufas y
chimeneas, los caloríferos y los braseros.

Un viajero francés ha dejado constancia de la impresión que le produjeron las casas de Buenos Aires en el siglo XVIII: «El interior de las casas muestra uno o dos patios. Las de los empleados y comerciantes son lujosas. En la sala un piano, un sofá, sillas americanas de madera (incómodas y duras) bien doradas, de colores brillantes. La sala es el lugar de recepción de los señores. Las señoritas pasan el día sin hacer nada…»

El mobiliario
En el siglo XVII se usa ya una gran diversidad de maderas para moblaje: castaño y nogal, Jacaranda, palo santo, ébano. Algunos llevan adornos de palo de rosa, marfil, caoba o nácar.

Las sillas siguen el modelo español: cuero en el asiento y el respaldo, tapizadas a veces con tela y adornadas con tachas de bronce. En la segunda mitad del siglo se las puede adquirir con las patas delanteras trabajadas. Son comunes la de forma «cebolla», «enrulado» y «de pincel». los sillones y las banquetas presentan características similares.

Una de las preferidas fue la silla encadenada, donde se podían sentar varias personas, ya que se unían tres o más sillas en un sólo mueble. Otra muy en boga en el Brasil fue la silla esquinada, de origen inglés. En la región rioplatense son comunes las sillas ratonas, colocadas e.n el lugar de honor, el estrado, parte elevada del salón. Se las usa para sentarse a tomar mate, para quitarse las botas, para coser, o simplemente como adorno.

Son acompañadas por sillitas, mesas y papeleras, distribuidas según el gusto de la dueña de casa. No en vano se dice que en el siglo xvm reinaron la mujer y la silla. De esta última aparecieron todos los tipos posibles, como para satisfacer el más alocado capricho.

muebles de la etapa colonial

Interior de uno sala del Palacio Torre Tagle, en Lima, Perú.
El  mobiliario refleja fielmente el refinado modo de vida transplantado en América

En cuanto a la mesa para comer o la de adorno, podían ser rectangulares, redondas, algunas con alas plegadizas v patas giratorias. Muy apreciado era el contador, que iba apoyado sobre un bufete alto y parecido a una mesa. También gozaron de gran aprobación la cómoda y la cómoda-escribanía, con cajones superpuestos, ambas de origen italiano, que desplazaron al viejo arcón, arca o baúl, pesados e incómodos.

En Brasil hubo un auge de la cómoda-papelera, una combinación de guardarropa y escritorio.

Pero el más monumental de los muebles coloniales era la cama, con adornos, colgantes, doseles y posangulares 0 columnas de diseño barroco. Los resididos solían ser muy altos y las perillas podían ser de madera o marfil.

En las casas de familia eran numerosas las sillas, sillones, mesas y camas de jacarandá, con la característica «pata de burro» o «pata de cabra».

En el siglo XVIII rioplatense el mueble luso brasileño llegó a desplazar al español, ya que el cierre casi total del come mío favoreció al contrabando.

Las casas y los templos hicieron buen acopio de ellos y de los no menos apreciado, muebles de estilo inglés (Chippendale) y rococó francés, recargado de conchillas, flores y hojas. La influencia potugusesa también llegó a  Chile, México, Lima y Quito, adonde marcharon varios artesanos de nombradla.

Para completar la decoración de una casa colonial no debían faltar los utensilios y objetos de plata y oro. Las familias que disfrutaban de un «buen pasar» se hacían servir en vajilla de plata. Gran parte de estas vajillas fueron labradas y repujadas por artífices locales, aunque a veces se traían de Europa y otros sitios. Los artífices que tenían como clientes al vecindario acomodado de Buenos Aires hacían sus piezas en oro. Se llegó a dictar una ley que imponía el trabajo en oro de 22 quilates y prohibía el uso del de 24 y del de 20.

La platería
Una de las preocupaciones principales de todo americano «respetable» era completar su vajilla de plata. Siempre «estaban faltando» algunas piezas, y en cuanto era posible, se mandaban a hacer en plata maciza, oro o plata con baño de oro. Una de las razones de la preferencia por el metal debió ser sin duda el que la porcelana resultaba muy cara.

El juego de vajilla se componía, por lo general, de fuentes, platos, bandejas, jarros para distintos usos y sahumadores calados y cincelados. Esto era lo básico. Pero no pasaba mucho tiempo sin que se intentara completarlo con soperas, tazas, vasos, cubiletes, palilleros, vinagreras, dulceras, ollas, sartenes, baldes, etc., reemplazando también las piezas ya envejecidas. Y era preciso no olvidarse ele los floreros, los apliques, candelabros, tarjeteros, tinteros, marcos para espejos, salivaderas y, tras de una cortina de pudor, la taza de noche y los irrigadores.

En el sur del continente el orgullo de la familia podía ser el juego de plata para la «mateada». En espera del elogio (y de la envidia disimulada) se hacían presentes la yerbera (con adornos de oro) y la infaltable colección de mates de formas fantasiosas, como caballitos, palomas, avestruces o pavos reales.

Fuente Consultada:
Gran Historia de Latinoamérica Fasc. Nº21 Editorial Abril Educativa

Primeros Exploradores de America Descubridores y Conquistadores

Primeros Exploradores de América
Descubridores y Conquistadores

Erik, el Rojo

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Los Vikingos: Erik el Rojo (siglo décimo). El vikingo Erik Thorvaldson fue expulsado de su nativa Noruega por homicidio. Navegó hacia el oeste hasta Islandia en 982, pero tras establecerse allí y volver a matar fue de nuevo proscrito. Como era de prever, Erik se fue a la península occidental de Islandia, pero allí asesinó a alguien. Esta vez la sentencia fue de tres años de exilio. ¿A dónde podía ir más hacia el occidente? Conocía la probable existencia de una tierra en esa dirección porque un marinero de nombre Gunnbjorn, que había perdido el rumbo 50 años antes, la había reportado.

De manera que Erik navegó hacia el oeste y encontró Groenlandia, rica en animales de cacería y con suficiente hierba de pastoreo (era entonces la estación tibia). Cum plida la pena, Erik y su tripulación volvieron a Islandia, y reunieron 25 barcos llenos de islandeses ansiosos de otra tierra nueva. Erik habría comandado la expedición de su hijo a Norteamérica (ve anteriormente «Adelantados para su tiempo») si no se hubiera caídp de un caballo justo antes de zarpar y decidido que se trataba de un mal presagio en su contra. El hecho es que le dijo a Leif que partiera sin él.

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Cristóbal Colón

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Cristóbal Colón: Descubridor de América en 1492: En aquellos tiempos vivía en Lisboa, capital de Portugal, un marino genovés, Cristóbal Colón, que había llegado allí, según se cree, como sobreviviente de un naufragio. Colón conocía la forma esférica dé la Tierra -aunque la consideraba más pequeña de lo que en realidad es- y entendía, por tanto, que navegando hacia el oeste, es decir, en sentido contrario al seguido hasta entonces, sería igualmente posible llegar a las Indias.

Las ideas de Colón sobre la redondez de la Tierra no eran nuevas, ya que veinte siglos atrás los griegos habían establecido la forma del planeta, y calculado casi exactamente sus dimensiones. Sin embargo, no fue fácil para Colón encontrar quien apoyara sus planes. A pesar de todo, consiguió llegar hasta el rey de Portugal, el que, finalmente, rechazó su propuesta. Decepcionado, Colón se dirigió entonces a España con su hijo Diego. Al llegar al convento de La Rábida, pidió asilo a los frailes. Por mediación de dos sabios sacerdotes de aquel convento, el prior fray Juan Pérez -que había sido confesor de la reina- y fray Antonio de Marchena, logró finalmente Colón ser recibido por los monarcas españoles, Fernando e Isabel, los Reyes Católicos.

Después de muchas vacilaciones, la reina Isabel decidió aceptar la propuesta de Colón. Se firmaron entonces las Capitulaciones y se organizó la expedición. Tres naves fueron equipadas: la Santa María, la Pinta y la Niña, la tripulación se formó con ciento veinte hombres, entre los cuales había algunos marinos experimentados, como los hermanos Martín Alonso y Vicente Yáñez Pinzón, Pedro Alonso Niño y Juan de la Cosa, dueño este último de la Santa María.

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Hernán Cortés

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Hernán Cortés (1485-1547): Exploración y Conquista de México: Cortés ayudó a su comandante, Diego Velázquez de Cuéllar (1465-1524), en la conquista de Cuba. Después de disputarse con Velázquez, Cortés, orgulloso hidalgo natural de Medellín, España, adelantó su planeado viaje de Cuba al continente mexicano, y fundó la ciudad y puerto de Veracruz, antes de adentrarse en el continente. Gracias a sus alianzas con los nativos opuestos al dominio azteca pudo marchar sobre la capital. El rey Moctezuma lo recibió primero como un dios, pero cuando los nativos sospecharon de las verdaderas intenciones de los españoles, Cortés tomó prisionero al rey. Velázquez envió una expedición para traer de vuelta a Cortés a Cuba, pero éste convenció al comandante de unírsele, y quemó sus naves para impedirle regresar. Tras una rebelión indígena, la muerte de Moctezuma a manos de los rebeldes y una breve retirada española, Cortés conquistó México en 1521. Intentó luego conquistar Honduras pero fracasó.

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Francisco Pizarro

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 Francisco Pizarro (cerca de 1478 a 1541). Conquista de Perú: Este soldado natural de Trujillo, España, era astuto y brutal. Utilizó ambas cualidades para destruir en la década de 1530 el poderoso Imperio Inca, capturandolo con engaños al rey Atahualpa y asesinándolo. Pizarro se enfrentó también a su compinche, el conquistador Diego de Almagro (la palabra conquistadores se refiere a los comandantes españoles que molieron a palos a los indígenas americanos, arrebatándoles sus tierras). Cuando Almagro (cerca de 1475 a 1538), conquistador de Chile, desafió la autoridad del achacoso Pizarro en Perú, éste envió a sus hermanos a capturarlo y darle muerte.

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Diego de Almagro

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Diego de Almagro:Exploración de Chile: compañero de Pizarro en la conquista del imperio inca, parte para Chile en 1535, descontento de su situación, cansado de verse relegado siempre a segundo término y tratando de encontrar su “El dorado” particular. Al frente de medio millar de españoles y siguiendo una antigua ruta incaica, bordeó el lago Titicaca y llegó hasta las comarcas septentrionales de la actual República Argentina; atravesó luego la cordillera andina, a más de cuatro mil metros de altitud, entre penalidades y fatigas increíbles.

El frío era tan intenso qué a muchos se les caían las uñas y, al descalzarse, se les quedaban los dedos de los pies arrancados y pegados a las botas. Al fin, pudo llegar al valle de Copiapó, en la costa chilena del Pacífico. Decidió regresar al Perú y disputarle a Pizarro el más asequible y rico botín del antiguo imperio de los incas. Aun así, a la vuelta tuvo que sufrir otra odisea a través del desierto de Atacama. En 1537 llegaron a Cuzco los supervivientes de la expedición, Almagro entre ellos.

 

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 Vasco Núñez de Balboa

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 Vasco Núñez de Balboa (1475-1519). Descubre el Océano Pacífico: Balboa llegó al Darién (que ahora hace parte de Panamá) como polizón en un barco español, se apoderó del mando en una insurrección y extendió la influencia española a regiones vecinas; para ello tuvo que emprender un peno so viaje por la selva baja y húmeda, pero encontró también algunas tierras altas, y desde la cima de una colina divisó lo que llamaría el mar del Sur, reclamando su posesión para España. Más tarde, el navegante Magallanes lo bautizaría océano Pacífico. A pesar de la diligencia de Balboa, España nombró a Pedrarias Dávila (cerca de 1440 a 1531 gobernador del Darién. Balboa sacó el mejor partido del nombramiento, comandando varias expediciones para Dávila, pero en 1519 ambos hombres se enfrentaron, y el gobernador hizo decapitar a Balboa.

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Pedro Álvarez Cabral

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Pedro Álvarez Cabral: Descubre y Explora Brasil: El explorador Vasco da Gama formó parte de una serie de exploradores portugueses entrenados y enviados con el propósito de explorar la costa africana, doblar el extremo sur del continente y establecer una ruta comercial hacia el oriente. Gama fue el primero en lograrlo, regresando en 1499 con una carga de especias. Portugal intentó repetir el éxito de Gama con la expedición de Pedro Álvarez Cabral (cerca de 1467 a cerca de 1520), quien llegó por accidente, en su camino al sur, a las costas del Brasil, estableciendo los derechos de su país en Suramérica. Formalmente reclamó la región circundante en el nombre de Portugal. El territorio se denominó Terra da Vera Cruz (en portugués, ‘Tierra de la Cruz Verdadera’). Una expedición dirigida por Gaspar de Lemos y de la que formaba parte el navegante florentino Amerigo Vespucci fue enviada a la Terra da Vera Cruz por el gobierno portugués en 1501.

 

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Hernando de Magallanes

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Hernando de Magallanes:(cerca de 1480 a 1521): Primera Vuelta al Mundo: Magallanes realizó el sueño de Colón: llegar a Oriente navegando hacia Occidente Navegando con bandera española, este capitán portugués salió de Sevilla, España, dobló el extremo sur de Suramérica y cruzó el océano no Pacífico, llegando a las islas Filipinas. Allí murió en una disputa tribal. Su expedición, comandada por Juan Sebastián Elcano, siguió adelante y completó, con una reducida tripulación debilitada por el escorbuto, el primer viaje alrededor del mundo. Cuando Magallanes entró por primera vez en el nuevo océano situado al occidente de Suramérica, el tiempo estaba espléndido y el mar en calma, y así permaneció durante semanas, de suerte que le pare ció adecuado llamarlo Pacífico. La verdad es que cuando hay una tormenta el océano Pacífico es, en últimas, tan violento como el Atlántico, pero el nombre quedó.

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Sebastián Caboto

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Sebastián Caboto (1476?-1557): Se cree que nació en Venecia, fue navegante explorador y cartógrafo italiano, conocido sobre todo por las expediciones que durante el siglo XVI hizo para España e Inglaterra a América del Norte y del Sur.Él aseguraba haber acompañado a su padre, Giovanni Caboto, a América del Norte en el año 1497, aunque se supone que no es verdad, y si lo hizo fue en 1508 aproximandamente cuando llegó a la bahía Hudson. Prestó servicio como cartógrafo para el rey Enrique VIII de Inglaterra y su aliado el rey de España, Fernando V, para los que confeccionó mapas del suroeste de Francia, país que dichos reyes planeaban invadir. En 1512, decidió prestar servicio en España.

Cuando murió el rey Fernando, su sucesor, el rey Carlos I de España (que sería más tarde el emperador Carlos V), lo mantuvo a su servicio y hacia el año 1518 lo ascendió a almirante. De acuerdo con lo capitulado con Carlos V, Sebastián Caboto debía llegar a las islas Molucas siguiendo la ruta de Magallanes. Pero al llegar a América tuvo conocimiento de la expedición realizada por Alejo García (un sobreviviente de otra expedición) a la fabulosa sierra de la Platas e impulsado por el deseo de llegar a esa región de cuantiosas riquezas penetró por el actual Río de la Plata y por el río Paraná. El 11 de mayo de 1527 fundó el fuerte de Sancti Spiritus primer establecimiento español en la Argentina. Mientras Caboto remontaba el río en procura de su dorada meta, los indios asaltaron el fuerte en septiembre de 1529 y lo quemaron.

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Juan Díaz de Solís

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Juan Díaz de Solís (c.1470-1516), navegante y descubridor español.  El descubrimiento del Mar del Sur, trajo como consecuencia la búsqueda del paso que, según se suponía debía unir los dos grandes océanos: el Mar del Norte (océano Atlántico) y el recientemente descubierto Mar del Sur (océano Pacífico). Junto a Vicente Yáñez Pinzón y a Américo Vespucio, participó en la Junta de Burgos (1508) que decidió el envío de una expedición que buscase el canal o el paso a través del istmo centroamericano, hacia las islas de la Especiería o Molucas. Díaz de Solís junto con Vicente Yáñez Pinzón firmó la capitulación de este viaje que resultó un fracaso y regresó a España en 1509.

En 1515, tras firmar una nueva capitulación para buscar un paso por el sur del continente, partió de Sanlúcar con tres naves, navegó las costas brasileñas y uruguayas hasta llegar al río de La Plata (1516) que llamó mar Dulce.

 Hallándose en el Plata, murió el despensero de la expedición, Martín García, que se había sentido muy enfermo durante el viaje. Sus restos fueron enterrados en una isla que desde entonces y hasta hoy lleva su nombre, primera tierra argentina que pisaron los españoles. No había de acabar allí la mala suerte, ya que, poco después, Solís y varios de sus hombres que, accediendo a las señales amistosas de unos aborígenes, habían desembarcado en la margen oriental del río, fueron muertos a flechazos por los indígenas. La horrible escena fue contemplada por sus compañeros desde uno de los barcos anclado en el río. Sólo un adolescente salvó la vida: el grumete Francisco del Puerto, pero fue retenido por los indígenas como prisionero. El resto de la expedición regresó a España con dos naves solamente, ya que un temporal destrozó uno de los barcos frente a la costa del Brasil, en las proximidades de la isla de Santa Catalina.

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Domingo Martínez de Irala

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Domingo Martínez de Irala (1509-1556), conquistador español, gobernador de Paraguay (1554-1556). En 1536 se enroló en la expedición del adelantado Pedro de Mendoza al Río de la Plata y participó, en 1536, en la primera fundación de Buenos Aires. En ese mismo año marchó con la expedición de Juan de Ayolas que remontó los ríos Paraná y Paraguay y permaneció en la recién fundada población de Candelaria a la espera de Ayolas, que se había adentrado hacia la sierra de la Plata. Tras la muerte de Ayolas decidió el abandono de Buenos Aires y se trasladó a Asunción, donde constituyó en 1541 el primer ayuntamiento de la ciudad.

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Juan de Ayolas

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Juan de Ayolas (1510-1538), explorador y conquistador español. En agosto de 1535, partió del puerto español de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) como miembro de la expedición del adelantado Pedro de Mendoza hacia la región del Río de la Plata, a cuyo estuario llegó a principios de enero del año siguiente. Mayordomo y alguacil mayor, Ayolas asistió a la fundación, un mes más tarde, de Nuestra Señora del Buen Aire, la futura Buenos Aires. Enviado por Mendoza a explorar el río Paraná, fundó el fuerte Corpus Christi, en junio. Desde allí se dirigió, siguiendo el curso del río Paraguay, hacia la casi mítica sierra de la Plata, y el 2 de febrero de 1537 fundó, a orillas de aquél, el fuerte de Candelaria, donde dejó como lugarteniente a Domingo Martínez de Irala.

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Pedro de Mendoza

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Pedro de Mendoza: 1536-Primera Fundación de Buenos Aires: Mendoza era un hidalgo nacido en  Granada. Realizados los preparativos del viaje, (35 años)  partió el adelantado en agosto de 1535, con once barcos y unos mil trescientos hombres. Llegado al Río de la Plata a comienzos del año siguiente, levantó en su margen derecha una fortaleza a la que llamó Puerto de Nuestra Señora de Santa María del Buen Aire (3 de febrero de 1536). Al poco tiempo, los habitantes de aquella modestísima población empezaron a padecer el azote del hambre y los ataques de los indígenas, quienes, tras un comienzo amistoso, se habían vuelto hostiles y se negaban a los españoles lograron imponerse, pero a costa de la vida de varios de sus mejores capitanes, entre ellos el propio hermano Diego.Pedro de Mendoza, que se sentía muy enfermo resolvió volver a España. Luego de designar a Ayolas su sucesor en la conquista, el 22 de abril de 1537, se alejó para siempre, falleciendo durante ese viaje.

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Juan de Garay

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Juan de Garay: Fundador de Santa Fe y de la Segunda Fundación de Buenos Aires: Cuarenta y cuatro años después volvería a alzarse otra Buenos Aires a orillas del estuario. La empresa estuvo a cargo de Juan de Garay, quien residía en Asunción y había fundado en 1573 la ciudad de Santa Fe. En los primeros meses de 1580, salió de Asunción con un grupo de poco más de sesenta personas, entre las cuales había una sola mujer, Ana Díaz. Una parte de los expedicionarios descendió por el río, y otra parte lo hizo por tierra. Además de víveres y armas, los fundadores traían herramientas de trabajo, semillas de diversas plantas y unas mil setecientas cabezas de ganado.

Elegido el lugar de la fundación -un poco más al norte del sitio en que se había emplazado la anterior Buenos Aires- Garay procedió a dividir el terreno en doscientas cincuenta manzanas, separadas por calles que se cortaban en ángulo recto. Señaló los solares destinados a la plaza, a la iglesia, al Cabildo, al hospital y al fuerte; distribuyó las manzanas donde se edificarían las viviendas de los pobladores y, fuera de la parte urbana, dividió la tierra en parcelas más grandes y las destinó a chacras y huertas. Efectuados estos trabajos, el 11 de junio de 1580 se realizó la solemne ceremonia de la fundación de la ciudad, a la que se llamó de la Santísima Trinidad y puerto de Santa María de los Buenos  Aires.

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La Salud Pública y la Medicina en el Virreinato del Río de la Plata

La Medicina en el Virreinato del Río de la Plata

Los estudios de medicina: España había sentido,  en el siglo XV la necesidad de fundar cuerpos técnicos que,  actuando como tribunales colegiados  o unipersonales,  tuvieran a su cargo vigilar el ejercicio de la profesión médica y afínes; que actuaran a la vez como organismos docentes de esas ciencias y satisfacieran sus fines sociales. Al efecto creó  el Protomedicato,   institución que tomó desarrollo e importancia en su legislación y llegó a constituir una entidad fuerte y bien organizada para velar por la salubridad pública.

El virrey Vértiz, al tomar el gobierno del virreinato, creyó oportuno y conveniente crear tal institución, independiente de la que existía tanto en Castilla como en Lima, para evitar que el pueblo de sus provincias siguiera sufriendo las deficiencias  imputables en parte a la enorme distancia existente entre ambas capitales.

Afligía a  Vértiz    el  estado de semiabandono lamentable observado en la asistencia pública,   el desquicio de los servicios médicos,  las graves deficiencias de los servicios hospitalarios y el desorden de los servicios de farmacia.

El  virrey propone al doctor Miguel O’Gorman,  funcionario de la misión de Ceballos,   médico aprobado por el Protomedicato de Madrid,  la creación de un tribunal del  Protomedicato en Buenos Aires,  esta disposición sería provisoria y sujeta a una posterior aprobación real.

Los protomedicatos,  en América y en Europa,  fueron formas embrionarías primarias en la evolución de las escuelas de medicina.

Sumaban atributos y fun ciones administrativas,  judiciales y técnicas y también docentes que se estorbaban y quitaban eficacia, fiscalizaban la acción de los médicos y de sus auxiliares y cuidaban la preparada técnica de sus facultativos en ejercicio,   recibían los exámenes para revalidar los títulos,   investían facultad para fundar las escuelas profesionales  respectivas y eran en la práctica sus rafees. Esto explica el júbilo con que fue recibida la noticia de la  instalación de la nueva  institución en la capital del virreinato.

En una nota fechada en Montevideo en enero de 1783,   el doctor O’Gorman propone al virrey la creación de una Academia de Medicina,  con asiento en esa ciudad para asegurar su independencia como institución científica,  ajena a las influencías burocráticas y oficiales del Protomedicato que funcionaba en Buenos Aires.  No existen documentos que hagan mención a los resultados obtenidos por esta iniciativa.

Por una cédula de 1793 se faculta al tribunal para dar la enseñanza oficial de la medicina y la cirugía,   con vistas a una próxima creación de la  Universidad,  de la cual esta Escuela de Medicina pasaría a formar parte.

El alejamiento y la radicación de  Vértiz en España provocaron el que estas iniciativas cayeran en el letargo,   asi como el proyecto de la Universidad de Buenos Aires,   que sólo se concretaría en el período de la  Independencia.  La Escuela de Medicina siguió funcionando aunque sujeta a los movimientos políticos e inestabilidades de principios de siglo.

Las luchas por la independencia obligaron al gobierno a restringir al máximo los gastos públicos. Esto provocó la suspensión de pagos del personal docente y de los cursos de la Escuela de 1812. El Protomedicato siguió funcionando aunque con limitaciones similares a las de la Escuela de Medicina.

Visto el abandono de los cursos de esta institución,  en diciembre de 1812 el doctor Paso decide nombrar una comisión para el estudio de un nuevo programa a cumplirse en un Colegio de  Ciencias que se crearía.

La necesidad de contar con cirujanos y médicos militares realmente capacitados concita el interés de la Asamblea de 1813 que propone la creación del Instituto Medico Militar y la aprobación de un Plan de Enseñanza para la Facultad de Medicina y Cirugía.

El Instituto Médico Militar tuvo una vida efímera.  Iniciadas conentúsias mo sus tareas,  decayó pronto este  interés y se extinguió en febrero de 1820,  al poco tiempo de morir su director,  el doctor Cosme Argerich.

No solamente por la enseñanza se destacaron los jesuítas en estas regiones,  sino también por las actividades  intelectuales de toda índole a que cada uno se dedicaba con singular aliento.

Mientras los conquistadores penetraban en audaces correrías hacia  el corazón del continente en busca de aventuras o de oro,  los jesuítas se ocupaban en el estudio de las nuevas tierras y en darlas a conocer a los europeos por medio de trabajos geográficos y cartográficos.

Las cartas de los misioneros constituyeron una lectura apasionante,  y se multiplicaban en ediciones que daban a conocer los secretos de las nuevas regiones,  a la par que acrecentaban el acerbo científico. Estos aportes son excepcionales,  teniendo en cuenta que hasta fines del siglo XVIII se careció del instrumental científico primario indispensable para esa clase de tareas.

Rómulo Carbia destaca la  indiscutible gloria que merece la Compañía por haber fundado y hecho evolucionar la historiografía nacional,  hasta llevarla a su pleno desarrollo en manos del P. Pedro Lozano,   a quien corresponde uno de los más altos puestos entre los historiadores habidos en el país.

Nuestra historiografía no puede prescindir de las múltiples y diversas cartas,  crónicas,   memorias y apuntes dejados por los jesuítas. Estos historiadores salvaron la memoria de muchos hechos singulares,  cuya reconstrucción habrfa sido difícil dadas las grandes pérdidas sufridas por los archivos del interior en los acontecimientos militares del siglo XIX.

En el estudio de la fauna y flora aborigen la contribución jesuítica es de una magnitud sorprendente.  Como lo es asimismo la profundidad de las observaciones que sus cultores registran con singular prolijidad,   acompañándolas en muchos casos de dibujos. Los padres Gaspar Juárez y José Sánchez Labrador se destacaron en esta labor que siguió el camino abierto por el P.José «Acosta en el Perú» con su obra Historia natural y moral de las Indias.

Después de la expulsión,  el padre Juárez fundó en Roma un Jardín Botánico Americano y editó su monumental Prodromus Florae  Chilensis et Peruvianae.

Sus tres tomos de Observaciones fitológicas sobre las plantas rioplatenses figuran con honor en la mejor bibliografía de la ciencia botánica.

A su lado sobresale el P.Jose Sánchez Labrador,  el naturalista más prolífico y de mayores alientos en la historia de los pueblos rioplatenses.

Fuente Consultada:
Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.
Historia Argentina – Historia de la Civilización – Manual de Ingreso 1977 – Dieguez – Pierini – Laplaza Edit. Investigación y Ciencia

Universidad de Córdoba y de Chuquisaca en el Virreinato

Historia de la Universidad de Córdoba y de Chuquisaca en el Virreinato del Río de la Plata

Universidad de  Córdoba:
Córdoba no tuvo propiamente unaUniversidad,   sino un Colegio Máximo de la Compañía de Jesús,  con autorización real y pontificia para otorgar grados universitarios; es decir,   que aunque careció del titulo de Universidad,   actuó como tal en los hechos,  y como Universidad fue conocida hasta en documentos oficiales.  Por real cédula de 1o de diciembre de 1800 se acordó darle el carácter efectivo de verdadera Universidad Real,   con el nombre de Real  Universidad de San Carlos y de Nuestra Señora de Monserrat.

La erección se realizó el 11 de enero de 1808,  en cuya oportunidad se reunió el claustro,  ya secularizado,  en la antigua iglesia de la  Compañía -declarada hoy monumento nacional-,   presidida por el gobernador-intendente Juan Gutiérrez de la Concha,   quien nombró rector al deán,   doctor Gregorio Funes. La secularización de la Universidad cordobesa inició entonces su formal decadencia.

Es posible que en 1767,   al tener que hacerse cargo de los   institutos jesuíticos de  Córdoba,   su elenco de profesores no fuera excepcional,  pero en las postrimerías del siglo pudo presentar un grupo nada despreciable de hombres de valer, en buena parte hijos del país.

La filosofía que se estudió en el Río de la Plata durante el período hispano no fue ni exclusivamente peripatética, ni, en el buen sentido de la palabra, puramente escolástica. Y no lo podía ser -como muy bien dice Juan C. Zuretti-, porque en la segunda mitad del siglo XVII, si bien la escolástica se enseñaba de viva voz en los colegios y universidades hispánicas, había decaído tan notablemente que casi se había eclipsado por completo.

En el curso del siglo siguiente fueron muchos los filósofos que, reteniendo el fondo de la escolástica, trataron de concordarlo con las nuevas teorías científicas y filosóficas, labor en la que descollaron los jesuítas, pero que no rehuyeron los franciscanos. Las ideas renovadoras también penetraron en sus claustros.

Con la creación de la Facultad de Jurisprudencia,  en 1791,  la  Universidad había entrado en una nueva época,  pero de ahí a la secularización definitiva me diaron todavía algunos años,  y fue el resultado de una más vigorosa arremetida del clero alentado por la visible  inclinación de la  Corona.

La causa del clero fue tomada por el doctor Ambrosio Funes,   que como alcalde de primer voto,  logró interesar al Cabildo en la campaña.

Funes escribió en 1779 un Memorial en el que reclamaba la  intervención de la  Corona para contener la decadencia de la Universidad y desterrar los desórdenes  introducidos por los franciscanos al amparo del favoritismo y de la intriga.  Los cargos abarcaban todos los  órdenes de actividad,  desde la administración de las rentas,  de cuya malversación los franciscanos eran acusados, hasta la incapacidad docen tes de estos y el favoritismo que empleaban.  Todo ese desorden sólo podía ser contenido si la Universidad se entregaba al clero.

La campaña abierta por el doctor Funes y su hermano el deán,   obtuvo un éxito completo. Por real cédula del  I de diciembre de 1800,  el monarca resolvió «fundar de nuevo»,  en el edificio del  Colegio Máximo,   una Universidad Mayor que gozaría de los mismos privilegios y prerrogativas que las de su clase en España y América,   con el nombre de Real  Universidad de San Carlos y de Nuestra Señora de Montserrat,   con los recursos para su dotación que en la misma real cédula se mencionan, quedando los franciscanos separados de su dirección.

La real cédula de 1800 fue guardada sin cumplimiento por el virrey Sobremonte,  partidario de los franciscanos,  pero el cambio producido en 1807 por sude posición,  significó para los franciscanos la pérdida de la influencia que habían mantenido. Fue entonces que el cabildo de Córdoba elevó a Liniers una petición para que ejecutase la real  orden,  lo que el nuevo virrey realizó el 29 de noviembre.

La instalación de la nueva Universidad se realizó el   2 de enero de 1808. La real cédula de 1800 ordenaba la erección de las cátedras de latinidad,  filosofía, leyes,  cánones,  escolástica y moral,  facultándose a la Universidad para conferir los grados correspondientes.

La nueva Universidad debía formar sus constituciones ya que las anteriores habían sido abolidas,  pero pasaron muchos años sin que las comisiones nombra das cumpliesen su cometido.

Una reforma importante en sus estudios fue la  introducida por el deán Funes con la creación de una cátedra de matemáticas,  que se abrió en 1809.   Con esa enseñanza quiso el deán sacar los estudios de lo puramente  ideal para llevarlos a lo práctico y más conforme con las aspiraciones y tendencias de la época.

La Real Cédula de 1800 significó la extinción definitiva del viejo centro de estudios jesuítico,  fundado con el propósito de formar el clero. Existe pues  una ra zón fundada para llamar a la universidad establecida en 1808 Nueva Universidad,  ya que define un nuevo tipo de establecimiento y una nueva orientación en los estudios.

Equiparada a las universidades reales de España y América,  esta es la universidad que funcionaba cuando estalló la Revolución de 1810. No mantenía ningún ligamento con el extinguido centro jesuítico,  y por su reciente data,  no pudo tener influencia en la formación de la generación revolucionaria.

La Universidad de  Chuquisaca:
En 1624 fue fundada esta alta casa de estudios,   que tuvo,   antes que la de Córdoba,   una cátedra de  Instituía,  según dotación hecha en 1681 por   el arzobispo Castilla y Zamora.  La expulsión de los jesuítas significó graves tropiezos para el desenvolvimiento de los estudios que se realizaban en ella.  Con los bienes de los jesuítas se dio forma a los estudios y se creó la Real Academia  Carolina destinada a la práctica jurídica de la juventud dedicada al foro.

Los nombres de algunos de los que estudiaron en este centro  intelectual hacen suponer a ciertos autores que en Chuquisaca dominaba una marcada tendencia liberal,  y que en sus cátedras se hablaba de Rousseau y de Montesquieu con plena libertad.  Pero esto es inexacto.

En la Universidad de  Córdoba    las obras de los maestros del ilumínísmo y del filosofismo francés no eran desconocidas y hasta se les estimaban sus aciertos,  Pero no pasaba lo mismo en Chuquisaca donde este tipo de obras no tenían cabida. Si algo es evidente es que fue la región en que el espíritu de lealtad a las viejas normas se mantuvo más tiempo,  con odio a Buenos Aires,  lo que le permitió a sus dirigentes mantenerse hasta  1825 en contra del movimiento independizados.

Después de Córdoba, Buenos Aires y Asunción, tal vez fue Salta la ciudad de más alto nivel cultural en los lindes del virreinato. Equidistante de Chuquisaca y de Córdoba, los hijos de Salta cursaron estudios en una u otra de ambas universidades.

El hecho de que los  vecinos de Mendoza se  interesaran por que el Colegio jesuítico fuese elevado a Universidad demuestra,   no sólo que se estimaba la calidad de sus estudios,  sino que la población tenía amor por la cultura.  Y lo confirma el hecho de que la cátedra de filosofía no desapareció con la expulsión de la Compañía de Jesús,  pues en octubre de 1769 el  Cabildo resolvió restablecerla.

 Fuente Consultada:
Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.
Historia Argentina – Historia de la Civilización – Manual de Ingreso 1977 – Dieguez – Pierini – Laplaza Edit. Investigación y Ciencia

Historia de la Conquista del Río Bermejo Sociedad de Navegación

Historia de la Conquista del Río Bermejo
La Sociedad de Navegación

El 4 de septiembre de 1872 el diario La Democracia de Salta publicó una novedad que suscitó cientos de comentarios. El titular, con letras destacadas, decía: «Gran Noticia»; abajo, en letras menores, podía leerse: «Navegación del Bermejo». El texto de la información rezaba: «Adelantamos en una edición extraordinaria las faustas noticias que nos llegan de las costas del Bermejo.

Ellas significan la realización completa de la empresa más trascendente para los intereses económicos y políticos de Salta». Y a renglón seguido el entusiasmado redactor relataba que el vapor «Leguizamón», aunque había encontrado «serias dificultades que vencer», continuaba «hendiendo la corriente del gran río bajo la segura dirección del capitán Natalio Roldan…»

La empresa, sin embargo, era bastante espinosa. En esa oportunidad el «Leguizamón» no pudo vencer al Bermejo; el río, quizás irritado por tanta osadía, lo hizo naufragar. Aun así prosiguieron los esfuerzos. Según José del Nieto —autor de una prolija recopilación sobre el tema—, pronto estuvieron disponibles otros tres vapores adquiridos en los Estados Unidos: el «General Viamonte», el «Oran» y el «Congreso Argentino».

Claro que el río no constituía la única barrera. Las tribus ribereñas eran otro grave obstáculo fue bastante difícil tratar con ella; como lo demostraron los sucesos protagonizados en cierta oportuni dad por la tripulación del «Oran Este barco se hallaba fondeado cerca de La Cangayé (actual Chaco), asegurado a un árbol por una gruesa cadena.

De pronto «… la mano que estaba apoyada en guinche —anota Del Nieto— quedó prácticamente clavada por una flecha que dio certeramente en ella. Simultáneamente caían heri dos dos marineros».

El ataque fue acompañado por alaridos y gritos significativos: «Tierra nuestra, leña nuestra», repetían los aborígenes que defendían lo que era de ellos Conocían en carne propia y en la de muchos hermanos los estragos hechos por el blanco. Sabían que se pretendía despojarlos de su an tigua heredad.

En esa oportunidad el capitán Roldán —de él era la mano atravesada por el flechazo— intuyó de inmediato que si pagaba la leña a los indios «sentaba un mal precedente: aceptar que realmente era de ellos». Por eso ordenó proseguir la marcha de inmediato, intento que casi costó la vida a los dos marineros que pretendían soltar la amarra del barco desde tierra: los indios se les fueron encima y debieron arrojarse al agua y llegar a nado hasta el «Oran».

El combate no tardó en generalizarse, y mientras las flechas hendían el aire la tripulación —parapetada sobre cubierta— comenzaba a hacer tronar los dos cañones que protegían la nave. El «Orán» pudo finalmente proseguir la navegación aguas arriba mientras dos indios que habían caído prisioneros veían alejarse con desesperación -las orillas de su lar nativo.

Con la mano vendada, el capitán Roldán regresó en seguida a cubierta para impedir que sus hombres ultimaran a los aborígenes y, lejos de tomarse venganza, ordenó regalar a éstos ponchos, botas, sombreros y tabaco. Les hizo entonces una propuesta: «Yo no quiero pelear ni matar indios. Por eso tirando balas por arriba. Cuando vuelva mi vapor, cortando leña otra vez aquí, y tocando pito, llamando con pito, que vengan Trigueri y Mulato.

Yo regalarles mucho…» Trigueri y Mulato eran los jefes de ‘los indios prisioneros, y éstos, una vez liberados, debían ser los emisarios que gestionaran la paz. A Roldán, tenaz y hábil empresario, le interesaba explotar esas regiones, no exterminar indios. Para lograrlo había expuesto a sus amigos un proyecto formidable. «Desde aquí —el límite entre el Chaco y Salta— deberíamos comenzar los estudios y posiblemente los trabajos; ésta es la zona de esteros, de madrejones, donde a veces se pierde el curso del Bermejo.

Tendremos que hacer canales, taponar desaguaderos, nivelar. De los varios brazos será necesario establecer el más apropiado y ensancharlo, ahondarlo, dragarlo, alimentarlo oon los otros que habrá que desviar hacia él. Tendremos que cerrar escapes, levantar diques y murallones».

Proyecto, en suma, digno de un soñador fantasioso, que fue escuchado, sin embargo, y dio nacimiento a la Sociedad de Navegación a Vapor del río Bermejo, que se formó en 1869 y cumplió un plan de trabajos de cinco años. En ese lapso cientos de trabajadores indjgenas removieron más de seis millones de metros cúbicos de arena y tierra, cavaron cuatro canales de 19 kilómetros de extensión y 100 metros de ancho cada uno, voltearon millares de árboles. Lamentablemente, tantos esfuerzos resultaron estériles.

Un día, mientras el «Oran» navegaba apaciblemente, sufrió una fuerte sacudida: un tronco de palo santo acababa de incrustarse en el casco y el agua empezó a entrar a raudales por el rumbo. Era el último barco que le quedaba a la sociedad, y con su hundimiento también se iban a pique ingentes esfuerzos y muchas esperanzas. Los intentos de salvarlo fueron inútiles.

Poco después Roldan, su mujer, la tripulación y dos indios imatacos contemplaban angustiados desde la costa cómo el «Oran» desaparecía de la superficie. La colaboración del cacique Somayé y sus hombres permitió luego recuperar decenas de bultos y efectos, pero ya nada podía compensar lo que se había perdido. El Bermejo permanecía arisco e indómito.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril

Francisco Solano: Su Profecía Sobre Esteco Ciudad Colonial

HISTORIA DE ESTECO Y SAN FRANCISCO SOLANO

Fue algo así como la Sodoma de la antigua tierra saltona: una ciudad de gente disipada, más propensa a las trapacerías y al goce inmediato de los placeres que a los esfuerzos disciplinados o a la sobriedad. Se llamaba Esteco, y los españoles la fundaron en el lugar más estratégico.

Quedaba más cerca del Perú que cualquier pueblo nacido con anterioridad y esa cercanía influyó, parece, en la conducta de sus pobladores, que tuvieron fácil acceso al lujo, las mercancías y las tentaciones de la mundana capital del Perú. Las encomiendas se fueron multiplicando én los alrededores a medida que los indios eran sujetos a regímenes de trabajo más severos y extenuantes.

Francisco Solano Santo

La riqueza producida por esa mano de obra esclava dió nacimiento a grandes fortunas. Se construyeron buenas casas, abundaron los muebles de lujo transportados desde el Perú a lomo de mula, se multiplicaron las fiestas y diversiones.

Según la tradición, San Francisco Solano advirtió severamente que, de continuar la población con esa vida disipada, un terremoto destruiría la ciudad junto con sus habitantes. Su voz fue desoída y no faltaron los que se burlaran de la profecía: se cuenta que a raíz de los sermones de Solano, cuando algunas niñas estequeñas iban de compras a las tiendas de Salta, preguntaban con tono picaresco a los vendedores sino tenían «cintas color temblor».

Indiferente a las burlas, el santo permaneció un buen tiempo en Esteco y sus alrededores, donde moraban los indios del Gran Chaco o Chaco Gualamba, como se llamaba por entonces  la  impenetrable llanura que se extendía hacia el oriente salteño.  Cuentan antiguos cronistas que para entenderse con los numerosos grupos aborígenes de la región resultaba indispensable dominar decenas de dialectos.

Así lo hacían, empeñosamente, los escasos misioneros jesuítas y franciscanos consagrados a la reducción de los indios, puesto que las gentes de espada mostraban más inclinación a exterminar a los aborígenes  que  a  comunicarse   con ellos.

Según los relatos populares, San  Francisco  Solano  apelaba a sus dotes de violinista para atraer a los indios, que, sorprendidos al principio por la dulce música ejecutada por el sacerdote, se prestaban luego a escuchar sus referencias sobre el Dios, misericordioso, muerto por amor a los hombres.   Sin embargo, se mostraban más  bien  escépticos:  aquello de que «todos los hombres son hermanos» resultaba difícil de entender a la luz de su experiencia con los españoles.

Luego de sembrar su mensaje entre indios y blancos, San  Francisco  prosiguió  sus  andanzas por el norte y el noroeste, alejándose para siempre de la pecaminosa Estece  Su terrible profecía, no obstante, quedaba en píe y no tardó mucho en cumplirse.

ruinas de esteco

En septiembre de 1692 un violento terremoto sacudió las comarcas salteñas.   Aquel   «jardín   de   Venus» que era Esteco, cuyos caballeros montaban —según se cuenta— en cabalgaduras herradas con plata y oro, se desplomó, y bajo sus muros perecieron todos los habitantes.   Por si eso fuera poco, el río cercano salió de su cauce e inundó las ruinas formando sobre ellas un gran lago: sus aguas sirven de lápida para las vanidades y miserias de Esteco.

OTRA ANÉCDOTA SOBRE FRANCISCO SOLANO

La Conquista es pródiga en historias heroicas y empresas inverosímiles protagonizadas por barbados hijos de la península ibérica, Nada agradable, en cambio, era el panorama que se presentó a los idios después de la irrupción hispánica. Los hijos de la tierra se veían obligados a engrosar con su trabajo esclavo las fortunas de los encomenderos, que financiaban a su vez nuevas expediciones de conquista.

Esos personajes, que nunca tuvieron demasiados es-crúpulos, basaban su dominio en un sistema de explotación que horrorizaba a los espíritus sensibles, como lo era el de Francisco Solano, noble sacerdote que protagonizó muchos episodios que ya ingresaron en la leyenda.

Quien años después sería santificado por la Iglesia, anduvo por La Rioja cuando la opresión a los indígenas era más fuerte que nunca. Los aborígenes habían sido desalojados de sus tierras, en algunos casos trasladados en masa de sus comarcas para acallar rebeldías, destruÍdos inexorablemente por un régimen de trabajo brutal.

Los que intentaban escapar eran cazados con jaurías de perros amaestrados, y cuando se los atrapaba sufrían tormentos y humillaciones infamantes, como el de grabarles con hierro candente en carne viva la marca de su amo.

Cierta vez, invitado a almorzar por una de las familias más encumbradas de La Rioja, fray Francisco aceptó, pero antes de empezar a comer —dice la leyenda— tomó un trozo de pan y apretándolo con fuerza entre los dedos observó que de él escurría un líquido rojo: era sangre. Entonces el santo, que no era de los que hacen la vista gorda, se puso de pie y exclamó con energía: «¡No comeré jamás en la mesa en que se sirven alimentos amasados con la sangre de los pobres!… Carmelo Valdéz anota en sus Tradiciones Riojanas que San Francisco, al comprender que la prosperidad de los campos, los jardines y las huertas de la comarca era el fruto de la sangre, el dolor y la vida de los indios, «sacudió sus sandalias y diciendo «de La Rioja ni el polvo», se marchó para no volver más».

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril

Francisco Hermógenes Ramos Mejía Evangelización de Indios

LABOR EVANGELIZADORA DE RAMOS MEJÍA

LOS INDIOS DE MIRAFLORES: En 1811 Francismo Hermógenes Ramos Mejía, hijo de un acaudalado  comerciante  porteño,  cruzó el río Salado —límite en ese entonces del  mundo civilizado— y portando  una  Biblia como  única arma se internó en territorio de los indios, protagonizando una experiencia inédita en lo que hace a la relación  del  hombre  blanco  con los aborígenes.

Francisco Ramos Mejía

Nacido en Buenos Aires  en  1773,  Francisco Ramos Mejía parece haberse sentido muy poco inclinado a la vida mundana y preferir, en cambio, la vasta soledad  del   desierto.   Sentimientos que empujaron a su padre a encargarle   la   administración   de   una pulpería y panadería sita en Los Tapiales.

Fue allí que estableció contacto literario con Manuel Lacunza, un jesuíta chileno autor, bajo el seudónimo de Josefat Ben Ezra, de un tratado sobre religión publicado  bajo  el título  «La venida del Mesías en Gloria y Santidad». Según  han  establecido  sus  biógrafos,  la particular interpretación del cristianismo hecha por el religioso impresionó de tal manera al improvisado pulpero que no tardó en experimentar la imperiosa necesidad de llevarlo a la práctica.

Nació así la idea de internarse en tierras dominadas por los pampas para intentar una acción evangelizadora. Fundó, entonces, en Diez Lomas, o Marilhuincul, un lugar cercano a Kaquelhuincul, la estancia «Miraflores».

Lo acompañaban su mujer, María Antonia Seguróla, y su  hijo Matías. Tenía 38 años. Pero ganarse la confianza de los indios no fue tarea simple y a su primera actitud —pagar las tierras que  ocupó— debió  agregar una alta dosis de paciencia, hasta que, convencidos de la honestidad de sus intenciones, los propios pampas se encargaron de difundir su fama hasta más allá de la cordillera.

A partir de ese  momento la estancia «Miraflores» se convirtió en refugio obligado de un considerable número de naturales y gauchos —criollos alzados, huidos de la autoridad— que todos los sábados por la tarde se congregaban para escuchar sus  sermones.

Y no sólo palabras ofrecía Francisco Ramos Mejía. Comida, techo y un trato sorpresivamente humano estaban a disposición de indios y perseguidos. Claro que, también, tenía sus exigencias y había impuesto una forma de vida que no resultaba nada fácil de observar: nadie dentro de los límites de «Miraflores» podía beber, jugar, vivir en concubinato ni mantener relaciones con más de una mujer.

Lo  cierto es que si  para sorpresa de muchos la estancia prosperaba sin pausa, resultaba más asombrosa,  todavía,  la  armonía que reinaba en la comunidad. Pero la experiencia debió disgustar a algunos porque  mientras Francisco de Paula Castañeda, sacerdote que había adquirido enorme prestigio como periodista, lo criticaba en sus artículos, Bernardino Rivadavia, ministro del gobernador Martín Rodríguez, lo intimó a que se abstuviera de «…promover prácticas contrarias a las de la religión   del   país».

Finalmente   su propiedad fue allanada y el experimento interrumpido definitiva mente. Con su  muerte, acaecida en 1825 a los 52 años, dio fin uno de los escasos  intentos de integración pacífica de los indios realizados en el territorio argentino.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la República Argentina Editorial Abril

Compañia de la Bahía de Hudson Historia y Objetivos

Compañía de la Bahía de Hudson

Compañía de la Bahía de Hudson, empresa mercantil inglesa fundada en 1670, cuando el rey de Inglaterra Carlos II otorgó una carta de privilegio a su primo el príncipe Ruperto y a otros diecisiete nobles y caballeros, que les aseguraba el monopolio del comercio en la región bañada por los ríos que desembocan en la norteamericana bahía de Hudson.

Compañía comercial inglesa creada en 1670 por el rey Carlos II de Inglaterra. En aquellos tiempos, cuando Canadá llevaba el nombre de Nueva Francia y pertenecía a Francia, un comerciante francés regresó de una expedición a las regiones desconocidas del NO. trayendo varios fardos de pieles de castor.

El gobernador de la Nueva Francia no prestó atención a los relatos del viajero sobre las valiosas pieles que podrían obtenerse en las regiones visitadas por él, y se limitó a aplicarle una multa por haberse dedicado al comercio sin permiso.

El traficante se trasladó entonces a Inglaterra, donde vendió fácilmente su secreto a un importante grupo de hombres acaudalados. Encabezados por el príncipe Ruperto, primo de Carlos II, muy pronto formaron éstos la Compañía de la Bahía de Hudson. Se les otorgó para su explotación una área vagamente delimitada en torno a la bahía. Los negociantes establecieron algunos fuertes y celebraron convenios con los indios. Las pieles abundaba y rendían más del 200 por ciento de ganancia.

compañia bahia de hudson

Compañía de la Bahía de Hudson: Durante más de 200 años, la Compañía de la Bahía de Hudson envió exploradores y comerciantes a la inhóspita región de los Territorios del Noroeste, en Canadá. La ilustración que aparece en la imagen, fechada en 1882, muestra el momento en el que una expedición hace acopio de suministros en uno de los múltiples establecimientos comerciales que la compañía poseía en la zona bañada por los ríos que desembocan en la bahía de Hudson.

La primera compañía mantuvo sus negocios en el mayor secreto, y nadie conocía, fuera de sus miembros, como se nombraban los funcionarios  de la empresa,  ni los  resultados  de les negocios de la misma. Entre tanto, los francéses del Canadá veían con alguna preocupación la presencia de aquellos extranjeros en las cetas de la Bahía de Hudson y, durante muchos años,   se  dedicaron  a  atacar  y  destruir  su fuertes  y  a  ejercer presión  sobre  los  indios para que no les vendieran pieles.

En 1713, cuando Francia fue derrotada por Inglaterra, los franceses abandonaron su campaña y la compañía prosiguió su comercio sin obstáculos. La rivalidad renació al fundarse, a fines del siglo XVIII, la Compañía del Noroeste, integrada por escoceses y francocanadienses en Montreal, y degeneró en una guerra civil. En 1814 llegaron finalmente a un acuerno y ambas compañías se fusionaron en 1821.

En 1869 el Canadá se trasformó en dominio, es decir, en un estado prácticamente independiente, y se negó a permitir que una empresa privada disfrutara del privilegio de cerrar el comercio del país cierta parte del territorio de éste. A pesar de los esfuerzos de la compañía para evitarlo, principiaron a circular rumores acerca de las grandes riquezas en recursos naturales que dicho territorio encerraba. Los E.U.A., instalados ya en Alaska, veían con interés aquellas tierras. Así pues, la compañía se vio precisada a deshacerse de su monopolio. Hoy funciona como cualquier otra empresa particular.

Durante la primera guerra mundial 300 de sus navios trasportaron pertrechos de guerra y comestibles a Francia y a Bélgica. Desde entonces ha continuado creciendo considerablemente la aludida empresa. Sus actividades han logrado extenderse a territorios no explorados, gracias a sus puertos y factorías, y posee importantes tiendas en las principales ciudades del Canadá.

Biografía de Hudson Enrique Explorador y Navegante

BIOGRAFÍA DE ENRIQUE HUDSON – EXPEDICIONES AL POLO NORTE

( ? -1611?). Navegante y explorador inglés. Con su hijo Juan y diez hombres de tripulación se embarcó, al servicio de una compañía de Londres, con el fin de encontrar una ruta a China y el Japón por las regiones árticas. Al acercarse a Groenlandia Se encontraron en un mar de hielo.

Hudson llegó a Spitzberg (hoy Svalbard y siguió por la costa hasta más allá de 80 grados de latitud norte, el punto más cercano al Polo Norte alcanzado hasta entonces por los marinos ingleses. Pero su barco quedó preso en el hielo hasta el punto de destrozarlo casi,  y Hudson tuvo que regresar a Inglaterra.

Hudson Enrique

Hudson Enrique

Al año siguiente repitió la expedición en el mismo barco. Esta vez navegó a lo largo de la costa de Noruega y llegó a Nueva Zembla, pero lo venció de nuevo el hiél y tuvo que regresar a Inglaterra.

Para entonces los empresarios de Londres no se hallaban, ya  dispuestos  a  enviar nuevas expediciones, pero la fama de Hudson como marino se había extendido a Holanda, y la Compañía Holandesa de las Indias Orientales lo invitó a que hiciera, por cuenta de ella, un viaje de exploración. Los holandeses equiparon una pequeña nave llamada Media Luna y le dieron instrucciones de que intentara de nuevo un paso a China y el Japón por el NE. Zarpó de Amsterdam en abril de 1609 con una tripulación de ingleses y holandeses, en su tercero y más importante viaje. En mayo llegó a Nueva Zembla, pero el hielo los detuvo de nuevo y la tripulación empezó a desanimarse.

Hudson decidió seguir hacia el O. y encontrar el océano que el capitán Juan Smith decía que se encontraba al N. de Virginia. El Media Luna llegó a la costa americana en julio y navegó hacia el sur hasta la bahía de Chesapeake. Después regresó al N., y ancló en Sandy Hook, en donde los indios le llevaron tabaco, grosellas y trigo.

El 3 de septiembre navegó en lo que hoy es la Bahía de Nueva York, y al día siguiente, después de rodear la Isla de Manhattan, remontó el río que lleva hoy su nombre. Subió hasta Albany, pero, dándose cuenta de que por dicho río no encontraría el paso que buscaba, regresó. Después de tomar posesión del país en nombre de Holanda, pasó frente a Sandy Hook el 4 de octubre de 1609. Casi todos los miembros de la tripulación estaban enfermos, pero el Media Luna llegó finalmente a Dartmouth, Inglaterra, donde se apoderó de él el gobierno inglés.

El rey Jacobo se disgustó porque Hudson había navegado bajo una bandera extranjera e impidió que él y los demás ingleses de la tripulación dieran informes a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.

Obligado a servir a su propio país, salió Hudson de Londres en abril de 1610 en su cuarto y último viaje. En su pequeño barco Descubrimiento encontró el paso llamado Estrecho de Hudson y descubrió la Bahía de Hudson, en donde los bloqueó el hielo del invierno.

Mucho sufrieron él y los suyos debido al frío y la falta de alimentos. Cuando vino el deshielo, en la primavera, sus hombres se amotinaron. En un bote abierto abandonaron a su valiente capitán, con su hijo y los miembros  enfermos  de la tripulación, y se alejaron.   Nunca se volvió a saber de Hudson.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Barsa de Consulta Fácil Tomo VIII

Conflictos Entre las Colonias en Norteamérica Guerras

CONFLICTOS INTERNACIONALES EN EL NUEVO MUNDO

EL MERCANTILISMO COLONIAL
Hacia finales del siglo XVII, todas estas colonias de tan diversos orígenes, contaban alrededor de 250.000 europeos, aplastando ya con su número a la Nueva Francia. Vivían esencialmente de la agricultura. Como París o Madrid, Londres pretendía regir su Imperio de Ultramar según los principios del mercantilismo: las colonias debían proporcionar materias primas y absorber los productos manufacturados de la metrópoli.

La Staple Act de 1663 codificó esta obligación. A cambio de ello, Inglaterra garantizaba a los colonos el monopolio de la venta de sus productos: tabaco, algodón, azúcar, índigo, etc., y concedía subvenciones para el desarrollo de la vid, de la seda, de las construcciones navales.

De esta forma, la Nueva Inglaterra se especializa rápidamente en las industrias de los navios y de la pesca, lo mismo que en el tráfico de los esclavos para las plantaciones del Sur. Porque para los colonos del Norte, el mercantilismo era contrario a sus intereses: ellos no podían exportar más que carnes, pescado, trigo, artículos que la metrópoli producía también, ya que no poseían ni géneros exóticos ni metales preciosos.

La única salida era el comercio «triangular». Por ejemplo, un comerciante de Boston vendía su trigo a Portugal, compraba a cambio vino, lo revendía en Londres y, con este dinero, compraba paños que llevaba a América. Los puertos ingleses, a causa de sus tasas, resultaban doblemente beneficiados. Por ello, desde finales de siglo, el descontento contra el pacto colonial cundía entre los colonos.

Estos se quejaban de estar obligados a comprar en Inglaterra productos demasiado caros e inferiores. El conflicto que culminará con la independencia menos de un siglo más tarde estaba en germen. Y muy pronto, igualmente, las diferencias entre el Norte y el Sur se establecerían claramente.

puerto de colonia en estados unidos

El aumento de valor de los nuevos territorios despertó la codicia de las grandes potencias. El fin del siglo XVII se caracteriza en América por violentos conflictos entre Francia e Inglaterra. Puerto y desembarco de mercancías—Miniatura ejecutada en 1564 por Jacobo le Mayne de Morgues en «Estampas contemporáneas y ritos de esta parte de América llamada Virginia».

DIFERENCIAS NORTE Y SUR:
Al Norte, los yanquis (deformación india de la palabra inglés) eran agricultores, comerciantes, artesanos que se distinguían es pecialmente por la tradición puritana; trabajadores sobrios y obstinados, luchando contra un clima de inviernos muy rudos y un sol ingrato. Pero no hay que dejarse llevar por simplificaciones extremas, oponer un Norte de burgueses puritanos y partidarios de Cromwell a un Sur de aristócratas anarquistas, descendientes de «caballeros» exiliados después de la derrota de Carlos I.

En realidad, muchos plantadores del Sur procedían de la burguesía (aunque dieran a sus propiedades los nombres de los palacios de su país de origen). Pero su género de vida en las grandes plantaciones, el clima y, sobre todo, la introducción de la esclavitud de los negros, les dio muy pronto caracteres muy particulares.

En Virginia, Maryland, Carolina y más tarde en Georgia (fundada en 1732), la esclavitud tomó un gran impulso a partir del año 1670 con la separación radical de los blancos y los negros. En el siglo siguiente, las importaciones anuales de esclavos, cargados en Guinea a cambio del ron de las Antillas, alcanzaron entre cincuenta y cien mil cabezas.

En el Sur eran amantes del teatro, de la danza y se bebía mucho. Se tenía pasión por los caballos, y las carreras estaban reservadas para los «gentlemen». En Nueva Inglaterra, el teatro estuvo largo tiempo prohibido. Por el contrario, la cultura, los libros, la educación, fueron considerados con mucha más atención: los puritanos querían que sus hijos aprendieran pronto a leer para estudiar las Escrituras. El esfuerzo corresponde primeramente a los niños, después a las «Grammar Schools». El colegio de Harvard fue fundado en 1636 y Yale en 1701. El Sur tuvo su universidad, el colegio William y Mary, fundado en Williamsburgo en 1693.

LAS PRIMERAS GUERRAS
El advenimiento de Guillermo de Orange (1688), enemigo de Luis XIV después de la dura guerra de Holanda (1672-1679), provocó la entrada de Inglaterra en las coaliciones contra Francia (guerra de la Liga de Augsburgo y más tarde guerra de Sucesión de España), y el conflicto no dejó de tener sus prolongaciones en el Nuevo Mundo.

Los iroqueses, aliados de los ingleses, atacaron los puestos franceses, paralizando el comercio y provocando el terror entre los colonos franceses; entonces, Luis XIV volvió a enviar al viejo Frontenac al Canadá.

Este pensó por un instante llevar a cabo una incursión contra Nueva York a través del valle del Hudson, pero sus tropas eran insuficientes, por lo que decidió promover también las guerras indias, lanzando las tribus de los hurones y de los algonquinos contra los pueblos ingleses. Un puritano, William Phips, organizó una gran expedición contra la Acadia; tomó Port Royal, pero fue derrotado ante Quebec.

Las matanzas en los pueblos y las granjas aisladas continuaron. En el trascurso de la Guerra de Sucesión de España, la Acadia (la actual Nueva Escocia) fue ocupada por segunda vez por los ingleses que sucumbieron de nuevo ante Quebec. Pero la Paz de Utrecht (1713) resolvió provisionalmente el conflicto. Inglaterra obtenía la Bahía de Hudson, la Acadia y Terranova, donde Francia no conservaría más que los derechos de pesca. Muchos acadianos emigraron a Luisiana.

La Nueva Francia parecía salvada en lo sucesivo; sin embargo, los ingleses tendrían en sus manos todos los accesos. Con el privilegio del comercio en las colonias españolas, Inglaterra iba a convertirse en una gran potencia marítima y comercial. En cambio los franceses, dispersados en inmensos territorios, desde el San Lorenzo a Luisiana, estaban condenados a perder un día su soberanía en América del Norte.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Los Cuáqueros en Norteamérica Fundación de Pensilvania

LOS CUÁQUEROS Y LA FUNDACIÓN DE PENSILVANIA

Los cuáqueros (literalmente quiere decir «temblones» porque cuando se apoderaba de ellos la emoción religiosa les hacía temblar), era una secta protestante, la Sociedad de los Amigos, fundada por Georges Fox en el año 1647.

Llevaba el puritanismo a su lógica más extremada: todo hombre podía comunicar con Dios y no había necesidad de ministros ni de templos. Los cuáqueros se diferenciaban de las otras sectas por una especie de humanismo místico. Podían alcanzar sus cimas por medio de la contemplación interior y la comunión con el Espíritu Santo. Su Dios era un Dios de amor. Ellos eran dulces y tolerantes y se negaban a pelear, así como a pagar los diezmos a la Iglesia Anglicana. En una palabra, todas estas razones atraían sobre ellos la persecución.

Cuáqueros en una colonia americana

Cuáqueros en la Nieve Luego de un Desembarco

Los Amigos se habían ganado numerosos adeptos, como el almirante Penn, a quien los Estuardos debían mucho. Por ello su hijo William Penn obtuvo de Carlos II una zona situada al norte de Maryland para establecer en ella, al abrigo de las persecuciones, una república regida por los principios cuáqueros (1681) y que llegó a ser Pensilvania.

La experiencia comenzó al año siguiente; William Penn era un verdadero jefe de Estado, el cual podía designar embajadores. Llamó a su capital Filadelfia, ciudad del amor fraternal. Indudablemente, no hay que idealizar su persona, haciendo de él un demócrata modelo; no descuidó ni su fortuna personal ni su autoridad. Sin embargo, su inclinación a la tolerancia religiosa y a la libertad individual, la amplitud de sus miras, le confieren un rango excepcional. Amigo y discípulo de Locke, confió la iniciativa de las leyes a una asamblea de doscientos miembros, elegida en escrutinio limitado.

Willian Penn cuáquero

William Penn (1644-1718), cuáquero británico, fundador de la colonia de Pennsylvania. Nació el 14 de octubre de 1644 en Londres y estudió en la Iglesia de Cristo, en la Universidad de Oxford, donde se convirtió al cuaquerismo. Murió el 30 de julio de 1718 en Buckinghamshire.

El liberalismo de los cuáqueros abrió el país a grupos muy diversos: católicos, alemanes y suecos luteranos, anglicanos, etc. Filadelfia creció, con sus avenidas cortándose en ángulo recto, sus casas de ladrillos rojos y sus grandes jardines.

Los indios eran mucho mejor tratados que en otras partes y el logro parecía perfecto cuando surgieron las dificultades: primero, los altercados con Lord Baltimore, quien estimaba que Filadelfia había sido construida en un terreno dependiente de Maryland. Después, los disturbios provocados por los turbulentos colonos de Escocia y de Irlanda, que no tenían con respecto a los indios la misma mansedumbre que los bondadosos cuáqueros; en fin, las conflictos entre William Penn y la asamblea.

La Revolución de 1688, arrojando al último de los Estuardo, agravó la situación: Penn era tenido por sospechoso de fidelidad a la dinastía y en 1692 Guillermo de Orange instala un gobernador en el Estado. La oposición de los colonos fue tal que William Penn recobró sus derechos dos años más tarde. Pero molesto y desilusionado, dejó su dominio en 1701 por la corte de la reina Ana.

En 1710, escribía: «La oposición que encuentro aquí me abruma de tristeza. ¿No resulta cruel que cuando esta tierra se ha convertido para ellos en una tierra de libertad y de opulencia, haya llegado a ser para mí, que la heerigido en nación, la causa de mis tribulaciones y de mi pobreza?». A pesar de sus lamentaciones, William Penn podía enorgullecerse de haber fundado uno de los más hermosos Estados de América.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Las Colonias Francesas en Norteamérica Colonizacion

LA COLONIZACIÓN DE FRANCIA EN AMÉRICA DEL NORTE

Despúes de las terribles Guerras de Religión, el reinado reparador de Enrique IV volvió a ranudar las tentativas ed colonización en esta Nueva Francia, que Rovelvano había conseguido establizar por largo tiempo. Primero Richeliue y despúes Colbert continuaron la obra iniciada por Samuel Champlain, verdadero fundador del Canadá.

Enviado por una compañía mercantil instala en 1604 el primer grupo de colonos, funda Quebec en 1608 (en el mismo momento en que la colonia de John Smith comenzaba a organizarse en Virginia) y, durante ocho años, lo mismo en París que en la Nueva Francia, vela por el desarrollo de su obra.

Practica una política de alianza con los hurones y los algonquinos, contra sus enemigos los iraqueses, sostenidos por los ingleses, lo que arrastra a los colonos, poco numerosos (no llegaban a 2.000 en el año 1660), a interminables guerras indias. En el transcurso del conflicto contra Inglaterra, a la que apoyaban los protestantes de la Rochela, Quebec fue tomada por los ingleses y restituida en el año 1632. Richelieu y Colbert querían hacer del Canadá una provincia próspera que les abasteciera de ganado, de madera de construcción, de navios. Agricultores y ganaderos se instalaron a lo largo del San Lorenzo.

El rey de Francia estimaba, contrariamente a los británicos, que los protestantes no debían establecerse en la colonia (temiendo que, siendo demasiado numerosos, hiciesen secesión para unirse a sus correligionarios anglosajones). Después de la revocación del Edicto de Nantes, millares de hugonotes emigraron a Holanda y a Inglaterra, en lugar de aportar su trabajo y sus capitales al Canadá.

Desde el principio, la Iglesia Católica fue allí muy influyente; sobre todo, después de la muerte de Champlain, el obispo y el superior de los jesuítas se sentaban a ambos lados del gobernador en el consejo de la colonia. Los misioneros recibieron inmensas concesiones. El cierre del país a los protestantes y la primacía concedida a la pequeña nobleza de Bretaña y Normandía, que trasplantaron un sistema señorial y feudal arcaico, desalentaron a muchos emigrantes.

Al lado de los agricultores, otros colonos aventureros se hicieron «corredores de los bosques», penetrando hacia el interior para comprar pieles (de castor, de zorro) a los indios; y sus canoas cargadas de pieles se reunían todos los años en Montreal. En el año 1663, la Carta de la Compañía de la Nueva Francia fue revocada y la colonia devuelta al dominio real.

Ocupación francesa de Carolina—Miniaturas ejecutadas en 1564 por Jacobo le Mayne de Morgues en «Estampas contemporáneas y ritos de esta parte de América llamada Virginia»—Reproducidas con la autorización del Servicio Hidrográfico de la Marina, París.

EL PADRE MARQUETTE. CAVELÍER DE LA SALLE EL MISSISSIPI
El conde de Frontenac fue el primer gran gobernador enviado por Francia (1672-1682). Dio un vivo impulso a los viajes de descubrimiento a lo largo de las corrientes fluviales, tan importante desde el punto de vista estratégico y económico.

El jesuíta padre Marquette y Luis Joliet exploraron en una canoa el Wisconsin y fueron arrastrados hasta el Mississipí, comprobando entonces que el gran río no iba hacia el Oeste, sino hacia el Sur; después de haber alcanzado la confluencia del Arkansas, volvieron por el Illinois y la región de Chicago (1673). Un alumno de los jesuítas, Cavelier de la Salle, preparó cuidadosamente una expedición con la finalidad de bajar por el Mississipí hasta el mar. Con el caballero de Touty y el padre Hennepin, sale de Quebec en 1676 y, cruzando los Grandes Lagos y el Illinois, alcanza el río y levanta los dos fuertes de Crévecoeur y de San Luis.

En 1682, construye otro fuerte en la confluencia del Ohío, toma posesión del Arkansas y desemboca por fin en el inmenso Golfo de México, bautizando el nuevo descubrimiento con el nombre de Luisiana en honor de Luis XIV, y haciendo alianza con los indios natchez. Tardó año y medio en llegar de vuelta al Canadá.

De regreso en Francia, volvió a partir para llegar por mar a la desembocadura del Mississipí, pero erró en vano a lo largo del Golfo sin llegar a conseguirlo. Fue miserablemente asesinado a consecuencia de un motín de sus hombres (1627). Hasta comienzos del siglo XVIII no comenzó Luisiana a organizarse con la fundación de Nueva Orleáns (1718). Así, entre las colonias inglesas del Este y el interior del país, se interponían vastos territorios franceses jalonados por los fuertes de los Grandes Lagos, del Ohío y del Míssissipi.

Por otra parte, los franceses se habían instalado, a partir de 1635, en las islas de las Antillas, que los españoles habían descuidado: Martinica, Guadalupe, Santo Domingo, Santa Cruz, etc. Plantaciones de azúcar, de tabaco, de café, etc., se establecieron en ellas a fines del siglo, gracias a la mano de obra negra. Había en las «Islas» más de 50.000 esclavos, tratados con brutalidad y despreciados a pesar del «código negro» que había promulgado Colbert en 1685. Entre tanto, las colonias inglesas no habían cesado de crecer, mucho más rápidamente que el Canadá francés.

El Canadá tardó en poblarse por la falta de inmigrantes. En 1663 no contaba nada más que con 2.500 franceses, de los cuales 800 se hallaban instalados en Quebec. Campesinos y burgueses rehusaron expatriarse a un país que les parecía un desierto. Los primeros en llegar son los «comprometidos». «Entre la gente honesta viene terrible gentuza», apunta en 1642 María Guyard, primera superiora de las Ursulinas de Quebec.

EL DESENVOLVIMIENTO DEL SUR: MARYLAND Y CAROLINAS
Sir Georges Calvert era un gentilhombre católico amigo del rey Carlos I que no podía confiarle altas responsabilidades en Inglaterra a causa de su religión. En el año 1629, el rey le concedió el título de Lord Baltimore y le otorgó en propiedad las tierras que se extendían desde el norte del Potomac hasta los límites de la Nueva Inglaterra (aproximadamente, en la latitud de la futura Filadelfia).

El hijo de Lord Baltimore bautizó la región con el nombre de Maryland en honor de la reina Enriqueta María, esposa del rey de Inglaterra Carlos I, y emprendió la tarea de mejorar el dominio legado por su padre, que murió prematuramente.

Los primeros colonos llegaron en 1634. Cecil Calvert, soberano feudal, jefe tanto de la administración como de las fuerzas armadas, dio tierras a todos los gentileshombres que llevaran con ellos por lo menos cinco hombres; trató de mantener un buen entendimiento entre católicos y protestantes, lo que no siempre fue fácil después de la guerra civil en Inglaterra, donde los puritanos eran cada vez más influyentes; en 1649, fue votada un Acta de Tolerancia por la asamblea de colonos, la cual garantizaba la libertad de conciencia para todos aquellos que creían en Jesucristo.

Calvert tuvo, igualmente, muchas dificultades con los virginianos, que miraban a las gentes de Maryland como intrusos dentro de sus territorios. En el trascurso de la dictadura de Cromwell, Lord Baltimore fue privado de su gobierno y dominaron los puritanos; pero volvió a recuperar todos sus derechos después de la restauración de los Estuardos, en el año 1660.

La revolución de 1688 y el advenimiento de Guillermo III de Orange tuvieron importantes consecuencias: Lord Baltimore tuvo que convertirse al protestantismo para conservar la propiedad de sus tierras, y a la Iglesia Católica le fue prohibido celebrar públicamente sus ceremonias. La capitalidad pasó de Saint Mary’s City a la ciudad protestante de Annapolis y, en lo sucesivo, la corona de Inglaterra controlaría el gobierno. Inspirándose en el ejemplo de su padre, Carlos II quiso recompensar a los fieles que le habían ayudado a reconquistar su trono después de la muerte de Cromwell, tales como Monk, Clarendon, Carteret, etc., y les dio territorios al sur de Virginia, los cuales fueron bautizados con el nombre de Carolina en homenaje al rey y muy pronto divididos en Carolina del Norte y Carolina del Sur.

Estos aristócratas pidieron al célebre John Locke (1669) que redactara una Constitución para sus Estados en la que se establecía una verdadera servidumbre ¡mientras tantas tierras estaban libres! Las Carolinas pasaron a ser colonias de la corona en 1729. Lord Berkeley y Sir Georges Carteret obtuvieron una región entre el Hudson y el Delaware, a la que llamaron Nueva Jersey, donde fueron fundadas Newark y Elisabethtown. Nueva Jersey pasó a la corona en el año 1702.

Los franceses de Canadá están agrupados en tres poblaciones principales: Quebec, Trois Riviéres y Montreal. En Quebec tenían su sede las casas comerciales que mantenían relaciones con los puertos franceses. Los negociantes de Quebec habitaban de forma permanente en la ciudad.

En cambio, en Montreal tenían su base de operaciones los comerciantes nómadas que recorrían el país en busca de mercancías -pieles, especialmente- para enviar a la metrópoli. Una red de fuertes, a la vez puestos militares y factorías comerciales, fue construida por los franceses a partir de 1675. Junto a la orilla oriental del lago Ontario se levantaba el fuerte Frontenac, avanzadilla francesa en los territorios de los iroqueses, los indígenas que habitaban aquellas tierras.

Entre los lagos Erie y Ontario estaba el fuerte Niágara; entre el lago Erie y el Michigan, el fuerte de San José de los Miamis, y en la confluencia de los lagos Superior, Michigan y Hurón se alzaba el fuerte Michillimackinac. De esta manera, la región de los Lagos quedó sometida a la dominación de los franceses.

En 1682 la población dé Canadá abarcaba 12.000 colonos, entre los que vivían más de un millar de indios. Uno de estos colonos, René-Robert Cavelier, señor de La Salle, conseguiría aumentar las posesiones de Luis XIV con una nueva colonia: Luisiana.

Ver: Fundación de New York

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo VI La Gran Aventura del Hombre

Historia de Lima Capital del Virreinato del Perú

HISTORIA CIUDAD DE LIMA: CAPITAL DEL VIRREINATO

La zona en que se fundó Lima se hallaba habitada por indios dedicados a las tareas agrícolas y a la alfarería. Así lo han evidenciado los incontables es descubrimientos arqueológicos realizados en la región, incluso en la actualidad, y hasta en la zona urbana de la magnífica y moderna capital peruana. Fernando Pizarro, hermano del conquistador, al describir la región señaló que los árbolesque bordeaban los caminos «vivían del riego», provisto, sin duda, por las obras de irrigación existentes en tiempos del imperio incaico.

Los habitantes primitivos de la región parecen haber recibido la influencia de las culturas andina, proto-chimú y proto-Nazca, e, incluso, hasta de la de Tiahuanaco. El sello de la raza aimará ha quedado en el nombre del puerto limeño: Callao.

Lima es la castellanización de Rímac, nombre del río que baña la región, y también participio pasivo del verbo quechua «rimay», hablar. También significa «hablador», y, aplicado a un río. equivale poéticamente a «parlero» o «murmu-~zior», aludiendo al ruido de su corriente, rumorosa y cantarína.

LA CIUDAD DE LOS REYES
Francisco PizarroEn el año 1533 hicieron irrupción en la zona del Rímac las tropas españolas al mando de Pizarro. Los hombres de cutis blanco y largas barbas, y el destello de sus armaduras y de sus espadas aterrorizaron a los indios, casi tanto como los extraños animales, arrogantes e inquietos, en que montaban. Cuando se fueron, con ellos se iba el tesoro de Pachacámac, presunto rescate de Atahualpa.

Muerto el último jefe del Tahuantinsuyu, Francisco Pizarro hizo áel Cuzco, la ciudad sagrada de los incas, la cabeza de los «Reinos y Provincias del Perú».

Pero buscó un lugar de fácil defensa, cercano al mar, equidistante del Cuzco y del lago sagrado de Titicaca, y de Cajamarca y San Miguel de Piura, para capital nueva del reino, a la que alejaba así de los centros tradicionales incaicos. Y allá se fueron tres caballeros a explorar la comarca.

Se decidieron a favor del «asiento del cacique de Lima», pródigo en buena agua y tierra fértil. El 18 de enero de 1535 quedó fundada la Ciudad de los Reyes. Y ese nombre llevaría hasta la Independencia.

EL ESCUDO DE LIMA
El 7 de diciembre de 1537, el emperador Carlos V dió armas a la ciudad: «escudo en campo azul con tres coronas de oro de Reyes puestas en triángulo, y encima de ellas una estrella de oro. .. por orla unas letras de oro que digan Hoc Signum Veré Regum Est (este signo es realmente de reyes)… y por timbre y divisa do águilas negras con coronado oro de Reyes, que se miren la ana a la otra, y abracen una I y una K, que son las primeras letras de Nuestros nombres, y encima de esas letras una estrella».

EL NOMBRE
Algunos historiadores dicen que el nombre de Ciudad de los Beyes es un homenaje a los de España, cuyas iniciales luce el escudo. Otros afirman que, por haberse elegido en fecha 6 de enero el sitio de la ciudad, el nombre recuerda a los tres Reyes Magos. Suyas podrían ser las tres coronas reales, y la estrella, la de Belén. Esta versión es la que más crédito ha merecido a los numerosos historiadores peruanos que han examinado el asunto.

LA CIUDAD COLONIAL
Tenia nueve calles longitudinales y trece transversales, que encerraban ciento diecisiete manzanas. Los edificios españoles eran de adobe «y con poca majestad y primor en las portadas, aunque mi grandes y capaces«, según diría el padre Cobo.

El 26 de junio 1541 moría, asesinado en Lima, Francisco Pizarro, y las luch civiles que continuaron no permitieron mayor adelanto a la ciuda No obstante eso, un testigo de vista del siglo XVI habla elogiosamente de Lima, con su gran plaza, sus calles anchas, sus buen casas y las huertas y jardines que se regaban con el agua de diversas y antiguas acequias.

Plano de la Ciudad de Lima en 1748

Pero en realidad todos los primores arquitectónicos se concentraron en las iglesias y conventos, de tan primordial importancia para los fines evangelizadores que, entre otros, guiaron a España en su conquista. Mercedarios, franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas levantaron templos y claustros, y distribuyeron las horas de su vida entre la enseñanza de la verdad de Cristo y la de oficios, artes y trabajos, para atraer al indio a la cultura de Occidente.

Conventos había como el de San Francisco que abarcaban varias manzanas. El obispado de los Reyes fue declarado metropolitar en 1545; una Real Cédula creó, el 12 de mayo de 1551, la Universidad, después conocida como la de San Marcos. En 1543 el Perú se transformó en Virreinato, y en el mismo año hubo una Real Audiencia en Lima.

Los primeros poetas del Perú son nombrados por Cervantes «La Galatea» (1585). La actividad intelectual se manifestó tambien en algunas obras de teatro y en publicaciones de la primera imprenta (1584), que dió un notable impulso a la cultura.

LOS SANTOS
En el siglo XVI Lima asistió, enternecida y asombrada, al milagro presente en sus calles. En 1586 nació Isabel Flores y Oliva a quien un día las manos de santo Toribio de Mogrovejo administraron el sacramento de la Confirmación. Y al pronunciar la fórmula ritual mudó el nombre de Isabel por el de Rosa. Rosa mística de Lima y de América fue la primera flor de santida en nuestro continente.

Rosa Mística

Por allí pasó también la sandalia andariega de Francisco Solano que sembró la fe de Cristo al conjuro de las notas de su violín. Y el mulato fray Martín de Porres, servidor de su convento, enfer mero de los pobres, humilde hermanito del «Poverello» de Asís.

LA RIQUEZA DE LIMA
El sistema comercial de monopolio, que España implantó en «Nuevo Mundo», favoreció especialmente a los españoles de Lima la que vino a ser depósito y mercado de toda la América del Sur. Las flotas que venían desde España desembarcaban sus productos, primero en Nombre de Dios, y, desde 1597, en Portobelo.

Realizada allí una feria, las mercaderías se embarcaban hacia El Callao, y desde allí se las distribuía por toda la América meridional española. Lima se adornaba con joyas de Europa, sedas de la China y frutos de la tierra cálida de Nueva España.

La ciudad era rica, no sólo por lo que venía de allende el mar, sino porque las minas de Potosí parecían inagotables. La plata brillaba, en ocasiones solemnes, hasta en el pavimento de las calles por las que debía pasar algún virrey.

El siglo XVII encuentra a la Ciudad de los Reyes transformada: puentes de piedra sustituyendo a los de madera, iglesias más ricas y casas suntuosas con balcones labrados y amplios, tanto que alguien los llamó «calles sobre los aires». Los edificios se adornaban con azulejos. Las carrozas estaban guarnecidas de seda y oro y los trajes no desentonaban en medio de ese despliegue de lujo de los señores de las minas y de los funcionarios.

Los templos y los monasterios se multiplicaban, y sus altas torres eran como una plegaria que elevaban al cielo los limeños, algo caídos en el pecado de orgullo, por el fervor de sus santos.

La población llegó en el siglo XVII a unos 60.000 habitantes, con cinco o seis mil vecinos españoles, aumentados a unos 25.000 por los viajeros. Había alrededor de 30.000 negros esclavos y 5.000 indios, no obstante la intensa mestización existente.

LAS FIESTAS LIMEÑAS
Las fiestas de la ciudad sobre el Rímac fueron famosas en Indias. Todo era ocasión para desfiles, procesiones, comedias, corridas de toros, disparos de cohetes, repique de campanas, fuegos artificiales. Cuentan viejas crónicas que los limeños sabían preparar «llantos» solemnes por la muerte de un monarca, y festejaban ruidosamente el nacimiento de los príncipes. No huoo fiesta más rumbosa que la que celebró el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos, hijo de Felipe IV. El festejo duró cinco meses.

DOS MOTIVOS DE TEMOR
La fiesta se vio interrumpida por un temblor el mismo día, 27 de noviembre de 1630, en que los plateros realizaban su homenaje. Los terremotos se sucedieron muchas veces. Destruyeron casas y crearon una tradición: la del Señor de los Milagros. Era una efigie de Cristo en la cruz, pintada por la mano humilde de un negro angola. En el terremoto del 18 de octubre de 1655 todo a su alrededor se derrumbó y la pintura quedó incólume. En otros terremotos se repitió el milagro. Los limeños rezan fervorosamente al Señor de los Milagros y lo acompañan en procesión todos los años.

El Señor de Los Milagros

Otro motivo de temor para los habitantes de la Ciudad de los Reyes eran los piratas. Si se ha dicho que Buenos Aires colonial tenía su mejor defensa contra ellos en su pobreza, ¿qué podía defender a la fastuosa Lima y a otras ciudades del Virreinato del Perú, cuyas riquezas tentaban a los bandidos del mar?

Se fortificaron los puertos, se cercaron de gruesos muros las ciudades se adiestró a los hombres en el manejo de los cañones, pero aun así los piratas —no tan románticos ni generosos come ha tratado de pintarlos la literatura de sus países de origen, enemigos de España—, asolaron muchas veces las costas del Perú en memorables ataques de verdaderas flotas.

LA CIUDAD DE LOS REYES EN EL SIGLO XVIII
En el año 1700 se estimaba en Lima una población de 37.00 habitantes, sin contar las clases populares. Sus palacios eran cada vez más suntuosos. El de Torre-Tagle es uno de ellos.(imagen abajo)

Los Borbones, con su política de mayor liberalidad económica favorecieron al resto de las tierras de América y quitaron al Parí uno de los factores de su enriquecimiento. El Virreinato del Rio de la Plata se separó y se llevó consigo la riqueza de las minas más valiosas, situadas en tierras del Alto Perú.

El 28 de octubre de 1746 un terrible terremoto destruyó a Lima El virrey don José Manso de Velasco la reedificó. Ha sido llamado el «segundo fundador».

LA INDEPENDENCIA DE AMÉRICA
Los libros de los filósofos franceses del siglo XVIII llegaron mucha dificultad a las manos limeñas. El «Mercurio Peruano» hizo la siembra de las nuevas ideas. Pero aun así, en 1810, Lima fue el último reducto de los españoles en América. A principio de julio de 1821 entró en la ciudad el general don José de San Martín, quien el 28 del mismo mes proclamó la independencia de Perú y enarboló por primera vez la bandera peruana.

LA CIUDAD MODERNA
Poco a poco la ciudad fue perdiendo su aspecto colonial Las calles se pavimentaron, las aceras se hicieron de losas, el alumbrado de gas se encendió por primera vez en 1855. Tuvo telégrafo y ferrocarril, nuevos paseos y edificios públicos de gran belleza.

El siglo XX la ve, con una población de más de un millar de habitantes, culta y pujante. Moderna y tradicional a la vez, bordean sus calles asfaltadas edificios de varios pisos, magníficos cines y departamentos comerciales, pero la tradición habla en los templos churriguerescos, en la vieja Plaza Mayor, en los palacios y los monasterios, en la fiesta brava de los toros, en la grarra ligera de las limeñas.

Lima es vieja y es nueva, y mira feliz hacia el futuro, porque ama y respeta su ayer, encarnado en las piedras que, un día. manos indias y españolas levantaron sobre la margen izquierda del Rimac como avanzada hispana en el Nuevo Mundo.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Ilustrada del Estudiante Tomo IV – La Ciudad de Lima: Ciudad de Reyes –

Pieles Rojas Historia Costumbres Vida y Religión

Pieles Rojas, Su Historia
Costumbres Vida y Religión

Antes de la llegada de los europeos habitaban América unas cuatrocientas grandes tribus de indios. Vivían principalmente de la caza, aunque también cultivaban algunos productos. Después del descubrimiento de América, los colonos impusieron a los indios pesados trabajos. Cuando se constituyó en país independiente, Estados Unidos tendió a la coexistencia pacífica con los indios; pero, en el siglo XIX, la afluencia de adelantados al oeste trajo consigo incontables conflictos y se establecieron las primeras «reservas». En la actualidad, los indios buscan cada vez más integrarse en la sociedad moderna.

Cuando los primeros europeos abordaron el continente americano vivían dispersas en él unas cuatrocientas tribus. El norte extremo lo habitaban los esquimales, que llevaban allí una existencia nómada y bastante primitiva y carecían de otra organización social distinta de la familia.

Los pieles rojas, por el contrario, conocieron una organización neolítica que heredaron de sus antecesores. Encendían fuego golpeando uno contra otro dos pedazos de sílex, empleaban utensilios de piedra, confeccionaban cestos y adiestraban a los perros convirtiéndolos en animales domésticos. No eran muy numerosos; se estima que hacia el año 1600 había en América unos ochocientos mil pieles rojas, doscientos cincuenta mil de los cuales, aproximadamente, residían en la región situada entre la costa del Atlántico y el Mississipí.

Eran tribus reducidas, todavía más debilitadas por sus luchas intestinas. Los de las «cinco naciones», los iroqueses, eran de entre todos los más poderosos. Al norte y al oeste de su territorio residían sus mayores enemigos: los hurones y los álgonquinos. Estas dos tribus habitaban los bosques que pueblan la región de los grandes lagos. Su civilización se caracteriza por el hecho de que conocían los metales y practicaban la alfarería. Además de ellos, las tribus más conocidas del sureste de Estados Unidos eran los creek, los cherokees y los seminóla, en tanto que el oeste lo poblaban los piute, los siux y los cheyenne.

En todas esas tribus encontramos una especie de literatura primitiva constituida por relatos relacionados con los dioses y los antepasados y que se transmitían de padre a hijo. Poseían cierta organización política, principalmente confederaciones de tribus.

De todas maneras poca es la historia que nos ha llegado de los pueblos pieles rojas de Estados Unidos llamados así, no por el color de la tez, sino porque era de un subido color rojo la pintura con la que se maquillaban para entrar en combate. Pero los restos de alfarería primitiva encontrados en Norteamérica, conforme a los estudiados con las modernas técnicas del carbono 14, nos hablan de asentamientos nativos anteriores a los pieles rojas, hacia el 30.000 a.C, mas poco se sabe sobre el origen de estos antiguos habitantes de América del Norte.

En cuanto a los actuales pieles rojas, se sustenta la teoría de que provenían de Asia, de la que emigraron a través del estrecho de Behring. Los rasgos mongólicos más pronunciados entre los esquimales, están menos acentuados entre estos pueblos pieles rojas, tal vez por la mezcla con los primigenios nativos a los que aludíamos antes.

Cuando se habla de la cultura azteca, maya, inca o aymará, se piensa de inmediato en colosales pirámides, en imponentes templos astrológicos, en culturas cosmogónicas y sociales de tal envergadura que asombraron -y alarmaron- a los europeos conquistadores recién llegados. Frente a tanta imponencia y avance cultural, la civilización de los pieles rojas de Norteamérica aparece deslucida o de menor envergadura.

Cuando llegaron los primeros colonos, las tribus que vivían hacia el este ide Norteamérica, como los algonquinos, iroqueses y hurones, habían formado un consejo de cinco naciones coaligadas, una especie de unión panamericana de piele rojas de la zona oriental, con un gran jefe, el cacique Hiawatha, a la cabeza.

Aldea de pieles rojos constituida por tiendas típicas. En círculo, alrededor del fuego, se encuentran reunidos en Consejo los ancianos de la tribu.

Se ha comprobado que existían 12ramas lingüísticas, cada una tan diferente de las demas como pueden serlo hoy el alemán y el persa, el ruso y el castellano, o el inglés y el italiano. Además de esas 12 ramas se hablaban dialectos varios, de tal suerte que al llegar el hombre blanco, había alrededor de 2.000 lenguas habladas por los primitivos americanos pieles rojas.

Vivían en las tiendas llamadas tipi, hechas con cueros de bisonte, sosten idas poi 3 o 4 palos. Otras tribus fabricaban casas rectangulares, hechas de ramas, hojas y paja, llamadas wigwan o también hagan entre los navajos.

Pieles Rojas Sitting Bull

Sitting Bull, célebre jefe siux

ORGANIZACIÓN SOCIAL
Los pieles rojas estaban divididos en diversas tribus, cada una de las cuales tenía su propia tradición y sus leyes, f hablaba un dialecto a menudo incomprensible para las otras. En casos de especial necesidad, algunas tribus se reunían en confederaciones.

La tribu era gobernada por un jefe, que, no obstante, no tenía autoridad absoluta. Él era, más que otra cosa, un jefe guerrero y el ejecutor de la voluntad del pueblo. Los ancianos de la tribu, reunidos en torno al fuego del Consejo, expresaban su voluntad.

La contemplacíón de la naturaleza invitaba a los indios a recogerse en meditación y plegaria: ello los movía e elevar su corazón a Dios.

En algunas tribus, y en casos excepcionales, también participaban de estas reuniones las mujeres y los jóvenes. Pero prevalecía siempre el parecer de los ancianos, más ricos en experiencia y, por ende, más sabios. Una vez tomada una decisión, todos la acataban.

El jefe de la tribu mantenía su cargo mientras la edad se lo permitía. Luego, él mismo designaba su sucesor, que podía ser su hijo o su hija. Este nombramiento debía ser aceptado por todos los notables de la tribu, es decir, por los guerreros que habían realizado el mayor número de hazañas gloriosas. Si éstos indicaban como jefe sucesor a otro guerrero que había demostrado ser más valeroso que el heredero legítimo, este último debía, sin más, cederle el título.

Tabajaban la tierra y cultivaban maíz, tabaco, zapallo, yucas, porotos, pero también sacaron de ella plata y turquesas. Durante los siglos que duró la i«(Ionización española, los navajos atacaron los centros poblados en busca de caballos, bebidas y mujeres, pero en el año 1860, EE.UU. ocupó la región de Arizona y Nuevo México.

En 1864, Kit Carson con sus tropas derrotó a los navajos en la célebre batalla de Bosque Redondo en Nueva México. En 1868 establecían una reserva para ellos en Arizona, donde tuvieron una suerte muy dura por la escasez y pobreza de las tierras. La población navaja asciende hoy a 100.000 personas, y viven en una comarca que apenas aporta alimentación para 35.000.

Hasta hoy la mayoría de los nombres de estados y ciudades en EE.UU. conservan o derivan de nombres del idioma indio: Dakota, significa «aliados»; Oklahoma, «el pueblo rojo»; Iowa, «los dormidos»; Kansas, «una brisa cerca del suelo; Kentucky, «el suelo oscuro y sangriento; Illinois, «la tribu de los hombres perfectos»; Texas, «amigos»; Idaho, «buenos días»; y Mississippi, «padre de las aguas».

En la frontera con California hay varias reservas de tribus indias: arapahos hacia el oeste, apaches y navajos hacia el noreste en los límites del territorio de Nueva México. Hasta el día de hoy hay localidades, dentro del mismo estado de Arizona, que llevan nombres de distintas tribus que fueron los primitivos y auténticos habitantes de esta región: Coconinos al norte; en el centro Yavapai (Aguas claras). Incluso el nombre de Cochise que fue el caudillo que educó al famoso indio Jerónimo, figura al sur del estado de Arizona, en el 1 imite con México.

Una forma habitual para comunicarse entre las tribus eran las señales de humo que se lograban colocando una manta en forma intermitente sobre una fogata encendidacon madera verde para que les asegurara un buen fuego con humo.

Una tribu de cualquier clase estaba constituida por varios clanes y en cada uno de ellos regía un anciano magistrado elegido por el clan en cuestión, llamado Sachem. Pero a su vez, los jefes guerreros de cada clan eran los Natani, elegidos en ceremonias sagradas. Varios Sachem formaban un Consejo de Ancianos o Jefes Mayores, los que eran comandados por un gran cacique. La categoría de estos últimos se destacaba por el revestimiento de ornamentos de plata y cuentas de arcilla y piedras coloreadas alrededor del cuello, pero sobre todo por el típico tocado confeccionado con plumas de águila.

Cada guerrero de cualquier tribu podía ataviarse con plumas de águila de acuerdo a los coups o encuentros con enemigos armados como él, en las frecuentes guerras entre tribus rivales. Así como un piloto de la RAF, durante la última guerra mundial, solía pegar una cruzde hierro en la carlinga de su avión por cada aeronave nazi derribada por él, también en la misma forma los guerreros pieles rojas, contabilizaban por cada coups una pluma timonera de águila.

Las plumas recortadas de cuervo indicaban que había sido herido en acción. También se diferenciaban los guerreros pieles rojas con los de otra tribu por la colocación de las plumas, como los clanes escoceses en la elección de los colores y el dibujo de las telas. Pero siempre las plumas del cóndor y el águila eran las favoritas, pues eran aves que estaban más cerca del cielo y de los dioses y simbolizaban el acuerdo del hombre con Manitú.

Los hombres que oficiaban de curanderos-chamanes de la tribu, denominados Wakan, llevaban el cabello recogido con un moño y sus revelaciones y consejos eran escuchados y seguidos respetuosamente por el resto de la tribu. También oficiaban de sacerdotes para casar a las parejas.

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Muerte del  general  Custer  (1876);
episodio de la  lucha entre blancos y pieles rojas

RELIGIÓN
«Padre mío, que estás en todas partes, y por quien estoy vivo: tal vez ha; sido Tú quien, por obra de los hombres, me has colocado en esta situación pues eres Tú quien lo dispone todo. Y como nada es imposible para Ti, líbrame de mis enemigos, si lo consideras justo. Y ahora, a vosotros todos, peces de los ríos, pájaros del cielo y animales que corréis sobre la Tierra, y a ti, oh Sol, os ofrezco este mi caballo. Vosotros, pájaros del aire, y vosotros, habitantes de la pradera, sois mis hermanos, porque un solo Padre nos ha creado, y veis cómo soy infeliz. Entonces, si tenéis algún poder ante el Padre, interceded por mí.»

Esta hermosa plegaria fue pronunciada por un indio de la tribu de los pawnees, cuando se hallaba en una situación desesperada. En ella encontramos no sólo la expresión de fe en un Dios, padre justo y amoroso de todas las criaturas, sino también el sentido de una profunda resignación a la voluntad divina y el concepto de la omnipresencia de Dios.

Las diferentes tribus pieles rojas llamaban al Gran Espíritu Creador con distintos nombres: «Manitú» (Gran Manito), los algonquines; «Wakonda los síux; «Yastasinane» (que significa «capitán del cielo»), los apaches. Además, veneraban todas las manifestaciones de la naturaleza: el Sol, la Luna, el Aire, el Agua, el Fuego. A estas fuerzas misteriosas dedicaban largas oraciones silenciosas, o ritos complicados y enigmáticos, como la Danza del Sol. que bajo la guía de los hechiceros, a veces se prolongaban durante días.

GUERRAS
» Apesar de tantas luchas, he tenido la suerte de no derramar nunca la sangre de una mujer o de un niño, ni siquiera involuntariamente». Así se expresaba Gerónimo, un gran jefe apache, dando fin a la narración de sus aventuras guerreras.

Las tribus pieles rojas guerreaban frecuentemente entre sí por los motivos más fútiles. Bastaba que dos tribus se encentraran simultáneamente en un mismo territorio de caza para que la guerra fuera inevitable. Sin embargo, fueron combatientes leales: ni las mujeres ni los niños de los vencidos eran nuertos; los prisioneros eran respetados, y los tratados, aunque  solo  fueran  verbales,  se observaban escrupulosamente.

Para algunas tribus, como los apaches, los comanches y los siux. la guerra no era más que un tipo particular de caza que concluía con la captura de los caballos de la aldea atacada. Prestamente, la ilustración representa un método empleado por los comanches para atacar de sorpresa a una aldea. Los jinetes se mantenían agarrados al cuello de los caballos, escondiéndose tras uno de sus flancos, y se acercaban al poblado simulando ser ana manada en pastoreo. Luego, de improviso, los guerreros se erguían decididos y se lanzaban denodadamente al ataque.

LA    CAZA
El otoño era la estación de las grandes cacerías. La tribu se trasladaba continuamente en busca de manadas de búfalos, que galopaban hacia el sur. Había manadas tan numerosas que a veces se extendían hasta sesenta kilómetros, y ccntinuaban pasando durante cinco días seguidos. Los jinetes se situaban en los flancos de la manada, y sus flechas, casi siempre certeras, se clavaban en la juntura del lomo de los bisontes. Un procedimiento más audaz para abatir a la presa era saltar de la grupa del caballo sobre la del risonte y clavarle un cuchillo en la garganta.

Los pieles rojas sabían utilizar la carne y otras partes de este animal. Con la piel aún cubierta de pelos, hacían camas, mantas y capas. Después de haberla raspado la usaban para fabricar tiendas, piraguas, escudos, ropa y calzado. Los huesos servían para preparar utensilios (palas, arpones, puntas de flechas, agujas, ornamentos); los tendones y los intestinos eran transformados en cuerdas para arcos, lazos y ataduras; los cuernos hacían las veces de recipientes; los cascos daban una gelatina que se empleaba como cola; el cerebro servía para el curtido de las pieles.

LAS    DANZAS
Los pieles rojas fueron famosos, además, por las fantásticas danzas que ejecutaban en distintas ocasiones. Había danzas de carácter religioso que servían para solicitar al Gran Espíritu una lluvia, una caza abundante, o la victoria en la guerra. Otras danzas, que se ejecutaban inmediatamente antes de una batalla, tenían por objete exciear a los guerreros para la pelea. A menudo, en la excitación los guerreros se excedían; el resultado era, así, opuesto al deseado, pues llegaban a la batalla físicamente extenuados. Otro tipo de danza, que tenía carácter de espectáculo, consistía, generalmente, en la narración mímica de una  hazaña guerrera.

PARA SABER MAS…
Las religiones: Como todos los pueblos antiguos, no sólo de América del Norte, Centro y Sur, sino de Europa, Asia u Oceanía, la figura del sol era tan importante como la de la Luna. Se le adjudicaba al primero la jerarquía, la cacería, la acción de la naturaleza, el cacique, la paternidad, mientras que la segunda estaba parangonada con la noche, el reposo, las aguas, los misterios, la maternidad, el medicine-man (wakan). También adoraban al viento y al rayo al que temían y representaban como una culebra en movimiento, por ello muchas tribus se abstenían de matarlas. Más bien las veneraban y danzaban como los Hopi en ceremonias mágicas y secretas.

Creían que existíaun Gran Espíritu y también otros menores que vivían en cada hombre, en cada animal, lago, árbol, pasto y hasta en las piedras.

Así, para los espirituales indios Hopi, el monte era sagrado y el mundo material y su relación con los espíritus no tenían fronteras limitantes. Cualquier terrón de la tierra era sagrado y como tal habitado por seres sutiles, Además del Sol y la Luna existían las Personas de los Hombres, las Personas de la Tierra, las Personas del Agua, y las Personas del Viento. Esto último coincide con las leyendas de las culturas europeas y orientales sobre los genios que habitan los distintos elementos (hadas, salamandras, sílfides, elfos, etc.)

Entre los zuñies y pawnees, existía la creencia de que las sombras que dejaban en el suelo al caminar, eran sus almas y que cuando fallecían se reunían en un lugar desolado al que ningún miembro vivo de la tribu podía acceder.

Todos los muertos hacían un  largo viaje hacia los cielos y formaban juntos la Vía Láctea, cualquiera hubiera sido su rol en la vida. Las estrellas brillantes, sin embargo, eran los espíritus de los bravos guerreros que cabalgaban, por siempre, los campos celestes del Gran Manitú.

El hombre blanco al llegar a América descubrió muchas cosas importantes y cubrió otras de miseria y olvido. Pero entre las primeras, encontró un verdadero tesoro de leyendas: mellizos que viajaban al sol, aves que raptaban a hermosas doncellas, mujeres arañas librando gente de un diluvio. Al igual que otros escritores o narradores de mitos del resto del planeta, estos pieles rojas contaban la creación del mundo: como se descubrió el fuego, como brotaron las plantas y fueron creados los hombres.

Pero los mitos que los conquistadores escucharon y perpetuaron no eran simples fábulas. Eran herencia sagrada que explicaban las fuerzas de la naturaleza y daban un contenido vital a los cantos y danzas primigenias del ceremonial religioso piel roja. (Fuente: Huellas del Cielo Norma Palma de Sindona)

Ver: Los Bisontes de la Pradera Norteamericana

Fuente Consultada:
Enciclopedia Estudiantil Ilustrada Tomo III Los Pieles Rojas
Huellas del Cielo Norma Palma de Sindona

El Grito de Asencio La Revolución de la Banda Oriental

El Grito de Asencio – La Revolución de la Banda Oriental

La Revolución en la Banda Oriental: La Junta de Buenos Aires había enviado a su secretario Paso a la Banda Oriental, con la difícil misión de convencer al Cabildo de Montevideo de que se plegase a la causa patriota, pero sus propuestas fueron rechazadas de plano por los cabildantes. La situación empeoró aún más con la llegada de España del ex-gobernador Francisco Javier de Elío, quien retornaba con el flamante título de Virrey otorgado por el Consejo de Regencia.

Elío, mientras preparaba su ejército, pidió por pura formalidad el reconocimiento de su investidura por parte de la Junta, lo que, por supuesto, le fue negado.

Gervasio Artigas

Uno de los jefes de las milicias realistas de Montevideo era el criollo José Gervasio Artigas, quien desertó del bando español para servir a la libertad de su patria. Luego de una breve estancia en Buenos Aires, Artigas recorrió la campaña uruguaya al frente de un centenar y medio de soldados de frontera, los blandenques, insurreccionando todo el interior de la Banda Oriental.

El 28 de febrero de 1811, en el pueblo de Asencio, los patriotas orientales proclamaron la unión de la Banda Oriental al gobierno de Buenos Aires, pasaje histórico que es recordado como el «Grito de Asencio».

En apoyo a los sublevados de la Junta dispuso que el general Belgrano pasara con las tropas que regresaban del Paraguay a la Banda Oriental. La decidida acción de Artigas insurreccionó a todo el país y el 18 de mayo de 1811 el caudillo oriental obtuvo un rotundo éxito militar en Las Piedras. Luego de arrebatar Colonia a los españoles cerró el cerco sobre Montevideo. Belgrano, que había actuado de acuerdo con Artigas, tuvo que dejar el mando del ejército al coronel José Rondeau y regresar a Buenos Aires.

Virrey Elío

Los realistas sitiados contaban con la excelente fortaleza del Cerrito y con una flota que les aseguraba el control del Río de la Plata y el aprovisionamiento de Montevideo. Por otro lado esperaban la llegada de refuerzos militares de España. A pesar de todo ello el virrey Elío cometió la imprudencia de llamar en su auxilio a Portugal.

La corte portuguesa residía por entonces en Río de Janeiro, para ponerse a salvo de las tropas de Napoleón. Cumpliendo el viejo anhelo de dominar una de las márgenes del Plata los portugueses pusieron en camino hacia la Banda Oriental un ejército de 1200 hombres.

La fuerza expedicionaria portuguesa distaba de ser imbatible, pero la diplomacia lusitana la presentaba como una fuerza de paz mediadora entre patriotas y realistas y proponía un armisticio. Tal cosa era favorable a los realistas y quizás a Buenos Aires, preocupada por la derrota de Huaqui, pero para los patriotas orientales era un verdadero desastre.

En octubre de 1811 se firmó el armisticio. Las fuerzas de Rondeau levantaban el sitio y regresaban a Buenos Aires; el comercio entre ambas márgenes del Plata se reanudaba; el virrey Elío seguía en Montevideo esperando un reconocimiento de Buenos Aires que no llegaría nunca.

El acuerdo a que habían llegado los porteños desagradó profundamente a los orientales. Siguiendo a las milicias de Artigas que se retiraban a Entre Ríos, toda la población de la campaña abandonaba su tierra y sus casas en dramático ejemplo de amor a la libertad, que es conocido como el «Exodo Oriental».

Fuente Consultada:
Biblioteca del Estudiante Tomo I N°15 La Revista

Organización Política de España en América Virreinatos y Capitanias

Organización Política de España en América
Virreinatos y Capitanias

CAPITANÍAS Y VIRREINATOS DE ESPAÑA EN AMÉRICA: El extenso territorio descubierto y conquistado por los españoles, fue dividido para su gobierno y administración en virreinatos y capitanías. Los primeros tenían como autoridad suprema al virrey, verdadero representante del rey en América, investido de poderes amplísimos ya que de él dependían la justicia, el tesoro, la administración civil, el mando militar y hasta la promoción para convertir a los indígenas.

Al término de su mandato debía rendir cuentas de su gestión, mediante un procedimiento llamado juicio de residencia. En América hubo cuatro virreinatos: Virreinato de México o Nueva España. Correspondía al extenso territorio conquistado por Hernán Cortés , y fue convertido en virreinato por Carlos V , en 1534.

Fue uno de los más importantes y prósperos, ya que las riquezas naturales de la región provocaron una intensa inmigración europea, que unida a la población indígena y mestiza, impulsó considerablemente la economía. Había además dos Reales Audiencias, una en México y otra en Guadalajara, además de tribunales menores y especiales para ciertos tipos de delitos.

Desde 1545, México fue sede de un arzobispado del que dependían ocho obispos; diez años antes se había instalado una imprenta, dedicada en principio a la divulgación de textos religiosos, pero luego sirvió para publicar textos relativos a las artes y ciencias, y finalmente para un periódico que comenzó a publicarse en 1728.

Por último, hay que señalar que la Universidad de México, fundada en 1551, fue el centro de un importante movimiento científico y cultural.

Virreinato de Nueva Granada.

La región que los conquistadores denominaron nuevo reino de Granada formó parte del virreinato del Perú, y estuvo al principio gobernada por un funcionario, que ostentaba el título de gobernador y presidente de la Real Audiencia; en 1717 fue convertido en virreinato y, luego de una breve suspensión, fue confirmado como tal a partir de 1739. De él dependía la presidencia de Quito, que desde 1563 tenía Real Audiencia y tres obispos que estaban subordinados al arzobispado de Lima.

Aunque menos poblado que el de México, este virreinato tuvo también un importante movimiento comercial; hacia fines del período colonial se instaló una imprenta, pero la instrucción pública tuvo una despareja distribución, debido a que estaba concentrada en algunas ciudades solamente.

Virreinato del Perú. Comprendía todas las posesiones españolas de América del Sur, de modo que una región tan dilatada debió subdividirse en gobernaciones, que pronto se independizaron del virreinato. Éste se organizó en 1542, y a pesar de su desmembración constituyó una de las posesiones más ricas de América; fue sede de un arzobispado desde 1545 y de él dependían cinco obispos del mismo virreinato, dos de la presidencia de Quito, uno del virreinato de Nueva Granada y los de Santiago y Concepción (capitanía general de Chile).

En 1551 se fundó una Universidad en Lima y en 1692 se creó otra, en Cuzco ; de ambas dependían los colegios que funcionaban en el virreinato. La introducción de la imprenta data de fines del siglo XVI y de ella salieron muchos libros y algo más tarde un periódico.

Virreinato del Río de la Plata.

Fue fundado por real cédula de Carlos III, el 21 de marzo de 1778 y comprendía las provincias de Buenos Aires, Paraguay, Tucumán, Potosí, Santa Cruz de la Sierra y Charcas, más los territorios anexos a las ciudades de Mendoza y San Juan pertenecientes a la provincia de Chile. Buenos Aires se convirtió inmediatamente en el centro de un importante movimiento comercial, ya que hacia su puerto confluían los productos de todo el virreinato; era también la sede de una Real Audiencia y desde el siglo XVIII tuvo una imprenta.

El arzobispado fue establecido en 1609 y de él dependían seis obispos; en cambio la Universidad y la Casa de Moneda, estaban en la ciudad de Chuquisaca (hoy Sucre), que era la capital de la presidencia de Charcas.
Las capitanías datan de la época en que los Borbones decidieron iniciar una reforma administrativa en América; así se creó esta nueva entidad político-administrativa, a cuyo frente estaba un funcionario llamado capitán general; su jurisdicción era menos extensa que la del virreinato.

En América hubo cuatro capitanías: Capitanía General de Guatemala. Comprendía una rica y muy fértil región de América Central, muy poblada y con un tranquilo pero sostenido movimiento comercial. Tenía un Tribunal de la Real Audiencia y un consulado; en el orden eclesiástico, el gobierno era ejercido por un obispo que residía en la ciudad de Guatemala y que dependía del arzobispado de México; en 1742 se constituyó en un arzobispado que tenía a su cargo a tres obispos.

Capitanía General de Venezuela. Fue creada por Carlos III en 1773, y poco después se la dotó de una Audiencia y un consulado; Caracas fue su capital y en ella residía, además, el obispo desde 1636. Tuvo también una Universidad, fundada en 1725, y la imprenta recién se. instaló a fines del período colonial.

Capitanía General de Chile. La provincia de Chile, quizá la más problematizada y onerosa de todas las posesiones españolas de América, dependió del virreinato del Perú hasta 1778 en que fue convertida en capitanía general. La Audiencia se estableció primeramente en Concepción y luego en’ Santiago (1609), ciudad que también tuvo una Universidad fundada en 1747. Los dos obispados que había, dependían del arzobispado de Lima.

Capitanía General de Cuba. Establecida en Sarto Domingo, esta capitanía era el centro del gobierno español en las Antillas. De ella dependían los gobernadores de Cuba y Puerto Rico, y las posesiones de La Florida y de Luisiana. Fernando el Católico había creado una Real Audiencia en 1508, y cuatro años después se instaló el arzobispado del que dependían seis obispos. En 1795, el gobierno fue trasladado a Cuba y, en 1804, Santiago de Cuba fue convertida en arzobispado.