Luis XV

Biografia de Maria Antonieta Reina de Francia Juicio y Ejecucion

Biografia de María Antonieta de Austria – Su Ejecución Post Revolución

En 1793 , una reina europea es condenada a morir en la guillotina. Procedente de Viena, había llegado más de diez años atrás al palacio de Versalles para casarse con el rey francés. Recibida con grandes honores, nadie se imagina el terrible final que le depara el destino.

La reina de Francia que murió decapitada fue María Antonieta, una joven austríaca obligada a casarse a los catorce años con el delfín de Francia, Luis, que ocupó el trono en 1774 y reinó como Luis XVI.

María Antonieta, que nunca tuvo a su marido en gran estima, fue una mujer frivola, de gustos caros, que pronto ganó fama de reaccionaria y despilfarradora.

Fue una gran aficionada al juego y a las tertulias de la corte, y descuidó con frecuencia sus deberes con el pueblo francés, que la acusaba además de favorecer los Intereses austríacos.

Cuando estalló la Revolución, no tuvo tampoco contemplaciones con las masas hambrientas que se agolpaban frente al palacio de Versalles, enviando sus tropas contra ellas.

A pesar de su condición de reina, el pueblo, que vivía malos tiempos, no le perdonó sus caprichos.

BIOGRAFIA E HISTORIA DE SU REINADO

MARÍA ANTONIETA DE HABSBURGO-LORENA (1755-1793): Hija de la gran María Teresa de Austria, María Antonieta no poseyó las eminentes cualidades políticas de su madre, salvo la tenacidad, más comparable en ella a terca obsesión.

Situada en un ambiente extraño, reina en un país que tradicionalmente era enemigo de su familia e imperio, enfrentada con una violenta conmoción revolucionaria, la desgraciada señora quiso superar ese cúmulo de adversidades y la timidez y debilidad de su marido, dirigiendo a su guisa la corte y la política de Francia.

Biografia de Maria Antonieta Reina de Francia Juicio y Ejecucion

Nacida para reina, gozó hasta el fin la vida despreocupada y frívola de la corte. Sin embargo, amargos sinsabores y un desenlace trágico la aguardaban luego del 14 de julio de 1789: al descrédito sucedió el encarcelamiento hasta culminar en la guillotina

Fracasó en este empeño, e incluso sus actos contribuyeron en no poca cuantía al fatal desenlace de 1793. Sin embargo, la dignidad y entereza con que, en sus últimos días, hizo frente a la adversidad, borran en el aspecto personal las equivocaciones de su actuación.

Nacida en Viena el 5 de noviembre de 1755, hija de Francisco I de Lorena y María Teresa de Habsburgo, fue educada con gran severidad y con el fin de prepararla para el enlace con el delfín de Francia, tal como hacía previsible la alianza concertada en 1756.

El abate Vermond fue su tutor hasta 1769.

Prometida desde los doce años al Delfín de Francia, el futuro Luis XVI, se trató de educarla de acuerdo con las conveniencias de su futura misión, sin demasiado éxito.

Caprichosa y mimada, su espíritu solo admitía los conocimientos que le llegaban a través de la diversión. Indiferente a las lecciones de la historia, hablaba incorrectamente el francés, era una mediocre ejecutante de clavicordio y su ortografía resultaba desesperante.

Los rasgos armoniosos, la cabellera rubia con matices rojizos, la piel sonrosada y perfecta y el rápido fulgor de sus ojos azules, así como su finísimo talle, la vivaz ingenuidad de la expresión y el encanto de sus movimientos sedujeron a los franceses desde que hizo su entrada triunfal en el país de su prometido, el 8 de mayo de 1770, cuando aún no había cumplido quince años.

El 16 de abril de 1770 Luis XV pidió su mano para su nieto, y el enlace matrimonial se efectuó en Versalles el 16 de mayo. Cuatro años más tarde, el 10 de mayo de 1774, la muerte de Luis XV la hacía reina de Francia. Tenía entonces dieciocho años y medio.

El 16 de mayo, en medio de un entusiasmo desbordante, se celebró la boda en Versalles.

El Delfín, modesto, inteligente, sin ser brillante, indeciso y tímido ante las responsabilidades, escribe en su diario al día siguiente: «Nada». Y «nada» fue durante varios años, hasta que aceptó someterse a la pequeña operación.

Por su parte, María Antonieta se entrega inmediatamente al vértigo de las distracciones-bailes, mascaradas, juegos y representaciones teatrales- y también al juego. Su comportamiento resulta imprudente en medio de una corte donde la apariencia es más importante que la honradez y donde la adulación encubre intrigas y calumnias.

Honesta y espontánea por naturaleza, la Delfina no advierte el peligro. No es respetuosa de las formas, que son a veces la aparente salvaguardia del honor, y da a Madame de Noailles, encargada de instruirla al respecto, el mote de Madama Etiqueta.

María Antonieta había causado una buena impresión en la corte francesa. Pero muy pronto este sentimiento se desvaneció.

Existía en Versalles un poderoso partido antiaustríaco, que no perdonaba ocasión para criticar a la nueva soberana.

Por su parte, María Antonieta daba alas a ese grupo con sus extravagancias y su pasión por el lujo, el juego y las intrigas. Su entrega a la camarilla de los condes de Polignac y su interferencia en los asuntos políticos — como en la destitución de Turgot (1776)—, provocaron una viva agitación.

Su hermano, José II, aprovechó su estancia en París en este año para recomendarle mayor cordura.

Cuando el 10 de mayo de 1774 muere el rey Luis XV, la pareja se espanta por la responsabilidad que la aguarda. Son demasiado jóvenes, demasiado inexpertos y no se sienten preparados para reinar.

Ella carece de sentido social y político, y sus impulsos, cuyas consecuencias no sabe medir, hacen del poder una cuestión de amor propio.

El es recto, consciente y magnánimo, pero su indulgente inseguridad frente a las exigencias ajenas, más la sumisión que demuestra ante su mujer, harán de su reinado una función sin autoridad.

El 11 de junio de 1775 se efectúa la emocionante ceremonia de la coronación en la catedral de Reims. Pero la corona pesará tanto sobre esas dos cabezas que acabará por hacerlas caer.

La reina se sustrae a esa carga con sus ligerezas: bailes, paseos a caballo, ostentosas fiestas campestres. Rousseau y otros filósofos han puesto de moda la naturaleza y la reina obedece esos principios que quieren ser virtuosos.

En el Trianón, casa de campo que le ha cedido Luis XVI, juega a las pastoras refinadas con sus amigas la princesa deLamballe y la duquesa de Polignac.

Estos ingenuos placeres alimentan la malicia de la corte y las sospechas del pueblo. Como no son ajenos a esas reuniones varios galantes caballeros-entre ellos el conde de Artois, hermano del rey-, se tejen al respecto historias y cantitos malignos o picarescos.

Estos actos le valieron nuevas insidias de sus enemigos, las cuales, divulgadas entre el pueblo, determinaron que éste considerara a la «austríaca» como causa de la inestabilidad del gobierno y de la ruina de la hacienda pública.

El prestigio de la reina decae día a día y sus buenas acciones y sus obras caritativas no bastan para apuntalarlo. Las calumnias y los cuchicheos van y vienen, como la marea, de los barrios populares a Versalles y de la corte al pueblo.

La contemplación de una puesta de sol o de un amanecer se convierte en orgía para la maledicencia, y las prebendas que otorga a sus favoritos se exageran hasta cifras siderales. Se asegura que el Trianón tiene paredes tapizadas de diamantes y que se han invertido millones en su reparación.

El hambre, la falta de trabajo y de harina hacen el resto: la popularidad se va trocando en odio, y la admiración en rencoroso desprecio. Comienza a ser «la Austríaca», la enemiga, «Madame Déficit».

Aunque el rey ha dejado constancia en su diario de sus relaciones matrimoniales, y en 1778 nace su primera hija, María Teresa, se pone en duda su capacidad y se lanzan sospechas sobre esa paternidad y las posteriores, que traen al mundo a Luis José en 1781, a Luis Carlos en 1785 y a María Sofía en 1786. María Sofía morirá en 1787 y Luis José en 1789.

El asunto del «collar de diamantes» (1785-1786), que fue resultado de una falsificación de la condesa de la Motte, alimentó el fuego de las calumnias de sus adversarios.

Al abrirse los Estados Generales en 1789, María Antonieta no era, en general, bien vista por el pueblo francés. Antirrevolucionaria como su marido, aunque más resuelta que éste, asumió en grado considerable la responsabilidad de sacar la monarquía francesa del atolladero en que se hallaba.

Sin embargo, sólo aceptó la ayuda de los revolucionarios con manifiesta repugnancia. En realidad, ponía su confianza en las potencias extranjeras y en la acción de los emigrados.

Mantenía una correspondencia muy seguida con Mercy-Argentau, el ex embajador de Austria en París, y con el conde Axel Fersen.

Gracias al auxilio de éste, se planeó la fuga real al extranjero, que fracasó en Varennes (21 de junio de 1791). De regreso a París, creciendo su temor por la vida de su esposo, negoció secretamente con Austria, a pesar de que parecía prestar confianza al grupo de los feuillants (Barnave).

En esta correspondencia, cuyo tono a partir de la declaración de guerra en 1792 no sólo fue antirrevolucionario sino contrario a los intereses militares del Estado, María Antonieta se comprometió irremediablemente.

Después de la jornada del 20 de junio, inspiró el manifiesto de Brunswick, que fue de tan fatal resultado para la monarquía.

Prisionera en el Temple a causa de la revolución demagógica del 10 de agosto, aguardaron a la infeliz soberana las más rudas pruebas: la ejecución de su esposo (21 de enero de 1793), la separación de sus hijos, su encierro en la Conciergerie bajo el más repugnante espionaje, y, por último, el juicio ante un tribunal de desalmados (14 de octubre de 1793) y la muerte en la guillotina dos días más tarde (16 de octubre).

Durante estos terribles y agotadores meses, María Antonieta dio pruebas más que sobradas de cómo la majestad real superaba el vilipendio y los malos tratos de los sansculotes.

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UNA ANÉCDOTA : En vísperas de la Revolución Francesa la monarquías se encontraba una situación bastante delicada. Su actitud luchadora y su autoritarismo habían minado la popularidad casa real hasta limites insospechados.

A ello había contribuido especialmente María Antonieta, la esposa del rey Luis que, quizás por el hecho de ser austriaca (su madre archiduquesa María Teresa), era la que gozaba de peor prestigio.

Precisamente en una época en que el pueblo llano sufría importantes carencias, un ministro se dirigió a la reina para informarle de la delicada situación que atravesaba la humilde población y le explicó que muchas familias ni siquiera tenían un poco de pan que llevarse a la boca.

La soberana, sin dudarlo un momento, le aconsejó: «Y si no tienen pan, ¿por que no comen pasteles?».

EL ASUNTO DEL COLLAR: En 1785 estalló el asunto del collar, que sería, según Goethe, el prefacio de la Revolución.

En un principio se trataba de una estafa: un gran señor, el cardenal de Roñan, distanciado de la reina, se dejó convencer por cierta Hádame de la Motte-Valois que María Antonieta ya no estaba resentida con él, y que ella necesitaba comprar, por su intermedio, un suntuoso collar de diamantes, cuyo valor era de 1.600.000 libras.

Desde luego, el collar no llegó nunca a manos de la reina, y los joyeros nunca recibieron su pago.

Este caso selló definitivamente la imagen de la reina ante la opinión pública, y la caracterizó por el desenfreno con que dilapidaba el dinero de la realeza para satisfacer sus placeres.

María Antonieta demostró una gran imprudencia al ordenar el arresto de Rohan y un proceso público que aumentó el descrédito de la monarquía.

Desde luego, el collar no llegó nunca a manos de la reina, y los joyeros nunca recibieron su pago.

Este caso selló definitivamente la imagen de la reina ante la opinión pública, y la caracterizó por el desenfreno con que dilapidaba el dinero de la realeza para satisfacer sus placeres.

María Antonieta demostró una gran imprudencia al ordenar el arresto de Rohan y un proceso público que aumentó el descrédito de la monarquía.

Así rezaba un panfleto de la época:

Ávida, derrochadora, manipuladora, extranjera, corrupta, la reina ocupó un lugar entre las grandes malhechoras de la historia: «Más malvada que Agripina, cuyos crímenes fueron inauditos, / más lujuriosa que Mesalina, / más cruel que los Médicis» rezaban los panfletos que circulaban sobre «la Austríaca». Aunque a veces sufría a causa de ellos, se negó a tomar en cuenta las críticas: su deseo sincero de ser una mujer y no sólo una reina minaba los valores monárquicos. Pretendía hacer de rey, pero era incapaz de hacer de reina.

MARÍA ANTONIETA CONTRA LA REVOLUCIÓN

Desde el principio, la reina fue hostil a todo compromiso con las causas revolucionarias.

Ante la constitución de los diputados del tercer estado en la Asamblea nacional, el 17 de junio de 1789, preconizó el envío de tropas.

Multiplicó las maniobras ante el rey para que él optara por la firmeza, y por ello naturalmente fue acusada de estar en el centro del complot aristocrático y austríaco.

En el fondo, se opuso a toda reforma de la monarquía, escogió actuar como si nada hubiese cambiado y despreció a la multitud y a Mirabeau, con quien se reunía en secreto.

Con la ayuda del sueco Axel de Fersen, con el que indudablemente sostuvo una relación amorosa, María Antonieta preparó la huida de la familia real, que fracasó con el arresto en Varennes.

Sin embargo, en el período agitado que siguió, reveló cierta grandeza de reina, acorde con la idea que ella tenía de la monarquía.

Por último, reconciliada con su función, desplegó todos los rasgos del heroísmo familiar y cristiano al replicar el espíritu de sacrificio de Luis XVI.

En su proceso, del 14 al 16 de octubre de 1793, surgieron las acusaciones habituales, además de otras de incesto completamente montadas.

Fue guillotinada el 16 de octubre, fecha a partir de la cual su leyenda se puso en marcha.

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Revolución Francesa
Carlota Corday
Florence Nightingale
Ana Frank

fuente

Biografia de LUIS XVI Rey de Francia – Su Reinado

BIOGRAFIA DE LUIS XVI Rey de Francia – Características de su Reinado

BIOGRAFIA DE LUIS XVI DE FRANCIA, No fue la de un gran político; pero sí la de un hombre honesto, bondadoso y amante del bienestar de la nación. Excelente padre de familia, celoso guardador de los principios legales, habría podido ser un buen monarca en tiempos menos difíciles que los que vieron el vendaval revolucionario de fines del siglo XVIII.

Pero ante el desencadenamiento de las pasiones, ante la crisis constitucional y el torbellino de los intereses que se hundían, Luis XVI no supo adoptar un camino claro ,quizá con la intención de evitar males mayores a Francia.

Aquella hora histórica exigía una actitud definida: o con la revolución o con la contrarevolución.

Navegar en los procelosos mares de las Asambleas revolucionarias, aceptar los símbolos y los hechos de la revolución, y negociar simultáneamente con las potencias extranjeras para reprimirla, era un juego mortal.

En él perdió la cabeza Luis XVI. A través de la perspectiva histórica éste fue su sacrificio personal en el altar de muchos hogares franceses. Porque no todos podían hallar, más allá de las fronteras, el cómodo refugio de los emigrados de la gran aristocracia.

Luis XVI quiso ser un dique que canalizara y regularizara el torrente de 1789. Su fracaso no mengua su personalidad. El valor con que hizo frente a la muerte, le ennoblece más que su nacimiento.

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Hijo del delfín Luis y de María Josefa de Sajorna, Luis XVI nació en Versalles el 24 de agosto de 1754.

A los once años, el 21 de diciembre de 1765, por muerte de su padre fué declarado heredero de la corona; a los dieciséis casó con la princesa María Antonieta de Austria (16 de mayo de 1770) ya los diecinueve, el 10 de mayo de 1774, se inició su reinado en medio del fervor popular, pues se sabía que el nuevo monarca era hombre honesto y justo.

Reunía estas cualidades, en efecto; pero no las de firmeza y coherencia de criterio.

Sus primeros pasos los orientó hacia las ideas reformistas. En 1774 nombró un ministerio en que figuraron Turgot, Saint-Germain, Sartine y Vergennes.

El primero inició una serie de garandes reformas fiscales, económicas y administrativas; pero ante la oposición de los privilegiados, Luis XVI claudicó v aceptó su dimisión (‘1776). De modo semejante terminaron las reformas de Saint-Germain en el, ramo de guerra.

Una segunda oportunidad se presentó al monarca en la persona del banquero Nécker, quien por procedimientos fiscales extraordinarios logró cubrir los gastos de la intervención de Francia en la guerra de independencia de los Estados Unidos.

En 1778 Nécker intentó llevar a la práctica un programa de reformas parecido al de Turgot; pero fué derribado por la misma coalición de intereses. Con él se extinguió el último intento reformista antes de la conmoción revolucionaria.

Luis XVI depositó luego su confianza en Calonne, hechura del conde de Artoís. La monarquía vivió a base del crédito y del empréstito, hasta que la situación llegó a ser tan apurada que no cupo más remedio que exponerla al país.

Las reformas de Calonne fueron rechazadas por la Asamblea de Notables (1787). Su sucesor, Lomenie de Brienne, le fué impuesto po¡r la camarilla de la reina. La debilidad de la monarquía era notoria, y los privilegiados obtuvieron la convocatoria de los Estados Generales

Un nuevo rey de Francia : Luis XVI

Luis XVI, nieto de Luis XV, reinó por espacio de quince años antes de que estallara la revolución, años que fueron testigo de algunos éxitos del rey, aunque mucho más aún de desilusiones y reveses.

Fue aquel un período en que los problemas no cesarían de crecer y agravarse, hasta llegar un momento en que no se vislumbró ninguna solución posible; en suma, unos años de angustia y de continua agitación política.

Luis XVI (Versalles, 23 de agosto de 1754 – París, 21 de enero de 1793), fue rey de Francia y de Navarra entre 1774 y 1789 y rey de los franceses entre 1789 y 1792, que ostentó el título de duque de Berry.

Una época en que la cultura aristocrática del Antiguo Régimen llegó a su punto culminante y los privilegiados pudieron dedicarse sin trabas a una existencia frívola y elegante; los últimos momentos de una edad dorada en que la nobleza francesa saborea «toda la dulzura de vivir«.

Algunos coetáneos perspicaces creyeron a la sazón que sólo un espíritu genial podría poner remedio a la pavorosa Situación en que se hallaba sumida la monarquía en Francia.

LUIS XVI Los Reyes de FranciaDesgraciadamente, Luis XVI no era ningún genio y ni siquiera poseía una enérgica personalidad.

De él se ha dicho que en otras circunstancias hubiera sido un perfecto burócrata trabajador manual, pues poseía todas las cualidades requeridas para ello: orden, sentido del deber y extraordinario amor al trabajo.

El monarca era un hombre bueno, honrado y afable; precisamente el tipo de esposo que la reina María Antonieta calificaba, con su habitual desparpajo, de «pobre diablo», en carta dirigida a una íntima amiga. En el transcurso de los años, el pueblo francés se forjó la misma opinión de aquel bonachón de Luis, que tampoco se parecía a un auténtico rey.

Era de carácter lento, torpe en sus maneras y hasta tal punto irresoluto que el solo hecho de tener que adoptar cualquier decisión significaba una verdadera tortura para él, careciendo además de voluntad y de confianza en sí mismo.

Luis XV apreció siempre sinceramente a su nieto, destinado a sustituirle. en el trono, pero sin forjarse la menor ilusión sobre su talento de gobernante: «Este joven difícilmente sabrá enfrentarse con la chusma revolucionaria”.

Y, en efecto, Luis XVI permaneció indeciso entre los principios de la monarquía de derecho divino, en que fuera educado, y las ideas de reforma social esparcidas por todas partes.

La herencia que el destino reservaba a Luis XVI nada tenía de envidiable, y no obstante, el rey se hallaba dispuesto a ofrecer sus mejores energías para superar cualquier dificultad. Comprendía que era necesario actuar para restablecer el prestigio de una monarquía tan gravemente quebrantada.

Luis XVI se esforzaba en demostrar que no era un déspota y creyó que daba suficientes pruebas de ello al restablecer los parlamentos abolidos por Luis XV. Esto sucedió en 1774 y su consecuencia inmediata fue la dimisión de Maupéou.

El nuevo rey hubo de admitir poco después que dicha consecuencia no sería la única.

Los miembros del Parlamento eran rencorosos y no sabían olvidar, de modo que apenas restablecidos en sus funciones, emprendieron con renovada energía la lucha en defensa de sus derechos y de sus intereses feudales, enfrentándose de nuevo con la autoridad real. En años sucesivos los parlamentos consagraron la mayor parte de sus actividades a obstaculizar las acertadas reformas que Luis y sus diversos ministros intentaron implantar en beneficio de la nación francesa.

UN REY INEPTO

Cuando, en 1774, Luis XVI subió al trono de Francia, la situación de la nación era francamente desastrosa: los insensatos derroches de la corte y las guerras que se habían sucedido durante más de un siglo, casi sin interrupción, habían obligado al Estado a contraer enormes deudas públicas.

En un primer momento, pareció que Luis XVI tenía intenciones de aplicar algún remedio a tan catastrófica situación. Llamó ai gobierno a Turgot, el gran economista, quien declaró que si se quería salvar a Francia del caos, actuando con justicia, había un solo medio: limitar los gastos de la corte y hacer pagar los impuestos no sólo al tercer Estado, sino también a las clases privilegiadas.

La corte en pleno, apoyada por la reina María Antonieta, se opuso con todas sus fuerzas. El rey se dejó convencer por los nobles y alejé a Turgot de sus funciones de ministro.

Esta actitud del soberano no sólo agravó la ya desastrosa situación de Francia, sino que hizo crecer aún más el descontento del tercer Estado. Semejante situación no podía ciertamente durar mucho tiempo, y llevaba al desastre.

Ya que la nobleza y el clero, apoyados por el rey, no sentían el deber de reparar tanta injusticia, el pueblo decidió hacer justicia por su mano. Y estalló entonces en Francia una de las más sangrientas revoluciones que recuerda la historia.