Manuel Belgrano (I)

Ideas Educativas de Echeverria La Joven Argentina Doctrina Educativa

LAS IDEAS PEDAGÓGICAS DE
ESTEBAN ECHEVERRÍA

ACCIÓN DE LOS EMIGRADOS: ESTEBAN ECHEVERRÍA: Las ideas inspiradoras de la Revolución de Mayo, que habían perdido su ascendiente ante el avance de la restauración colonial propiciada por Rosas, no llegaron sin embargo a extinguirse.

La tradición rivadariana, que significaba la continuación de las ideas de Moreno, y por lo tanto del espíritu revolucionario, tuvo sus continuadores en un grupo de jóvenes formados en las aulas de la Universidad, como discípulos de los ideólogos  y que, a modo de fuerza de choque, mantuvieron vivo el ideal de cultura, procurando estar al tanto de las ideas renovadoras venidas de Francia. 

La corriente de los ideólogo s había sido suplantada, en la Francia de la primera mitad del siglo XIX, por el eclecticismo filosófico, que significó un tránsito hacia la filosofía de Saint-Simon y sus colaboradores, Fourier, Leroucc, etc.

Esta transformación se hizo sentir pronto en Buenos Aires, en tertulias familiares o asociaciones culturales, o fue recogida en periódicos que encubrían su intención política bajo una apariencia literaria, hasta que allegados al gobierno denunciaban sus ideas contrarias al régimen, provocando su clausura.

En 1837, con el apoyo de Juan María Guiiérrez, Vicente Fidel López, Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría y otros, Marcos Sastre decidió fundar una institución con fines de cultura, el Salón Literario, instalado en la trastienda de su librería. La nueva entidad mantuvo en un principio su carácter cultural y científico, razón por la cual Rosas la toleró, pero pronto comenzó a desviarse hacia cuestiones políticosociales.

Como consecuencia de las sospechas que las actividades del Salón Literario despertaron en el gobierno, Marcos Sastre se vio obligado a clasurarlo. Sus miembros más caracterizados resolvieron entonces fundar una sociedad secreta, no ya con fines literarios sino con marcada orientación política.

Ella fue la Asociación de la Joven Argentina, que en 1846 tomó el nombre de Asociación de Mayo, y cuyo programa de acción condensó Echeverría en el código conocido dentro de la Asociación con el nombre de Creencia Social. Este código, llevado por Alberdi a Montevideo, fue editado bajo el nombre de «Código» o «Declaraciones de principios que constituyen la creencia social de la República Argentina». Posteriormente, en 1846, se publicó una segunda edición con el nombre de Dogma Socialista, programa de acción de la Asociación de Mayo fundada por Echeverría en reemplazo de la pronta extinguida Joven Argentina. De aquí ha surgido la confusión de nombres entre ambas sociedades.

Disuelta la Joven Argentina apenas creada, pues sólo realizó una reunión en la que se leyó y aprobó la Creencia, sus miembros fueron objeto de persecuciones, por lo que debieron emigrar muchos de ellos. Éstos, junto con otros expatriados como Mármol, Sarmiento, Varela y Rivera Indarte, promovieron la «guerra de ideas» contra la dictadura, lanzada desde Montevideo, Chile y Europa por una generación de vigorosos políticos y escritores, pero que, como expresa Joaquín V. González, «obraría desde luego más sobre la opinión internacional o sobre una clase elevada que antes ya compartía con ellos del mismo credo o le era fácil incorporarse a él; pero sólo de reflejo, y muy a distancia podría llegarse a hacerse carne y sustancia en el elemento popular, en la masa inculta.». Esto bien lo comprendió Sarmiento cuando emprendió su formidable cruzada contra la ignorancia, viendo en la educación la medida de la civilización del país.

Esteban Echeverría y la fundamentación de su doctrina educativa.

Para Echeverría, el pueblo argentino no estaba preparado para gobernarse con arreglo a sistemas políticos que, si bien dieron resultados en otros países, no consultaban las necesidades, costumbres e ideologías del nuestro. Antes debió sufrir las transformaciones propias para su adaptación. Libertad, Igualdad y Fraternidad, constituyen los principios que deben regir en el país, pero las masas incultas deben recibir la educación conveniente a fin de que puedan gozar de los beneficios que conceden las prácticas democráticas.

La realización de esos ideales se logrará siempre «que todas las instituciones sociales se dirijan al fin de la mejora intelectual, física y moral de la clase más numerosa y más pobre. La sociedad, o el poder que la representa, debe a todos sus miembros instrucción, y tiene a su cargo el progreso de la razón pública». Sostiene Echeverría que en toda revolución se produce una lucha entre lo nuevo y lo viejo; si prevalece lo viejo, la revolución fracasa.

Y para él, en nuestro caso, lo viejo estaba representado por la legislación y las costumbres españolas, que a su juicio era necesario desterrar. «Para destruir estos gérmenes nocivos y emanciparnos completamente de esas tradiciones añejas, necesitamos una reforma radical en nuestras costumbres: tal será la obra de la educación y las leyes.»

Adoptando una posición antitradicionalista, influido evidentemente por el espíritu de la época, aún cercana a los acontecimientos revolucionarios que determinaron la separación política de las colonias, pretende que se rompa todo vínculo espiritual con la Madre Patria, pues la tradición hispana, alega, no nos permite la independencia completa.

Ideas educativas. Las ideas anteriores son completadas por Echeverría en un discurso publicado en 1844 en Montevideo, titulado Mayo y la enseñanza popular en el Plata, donde traza el panorama general del país después de producirse la Revolución de Mayo, la que a su juicio no logró una transformación sino superficial porque el pueblo se extravió al no estar educado para las democracias.

En el Manual de enseñanza moral, libro que compuso para las escuelas primarias uruguayas, por encargo del Ministro Andrés Lamas, expone los principios éticos que es necesario difundir con miras a formar al hombre y al ciudadano.

«El ejercicio de la educación -dices encaminar la niñez al ejercicio de todas las virtudes sociales.» Considera Echeverría que siendo un asunto vital para la patria misma «la educación de las generaciones en quienes está vinculado todo su porvenir de felicidad» era indispensable, en lugar de hacer una obrita amena, de agradable lectura, reflexionar y «deducir de nuestro modo de ser una doctrina adecuada a él«.

En lo que respecta al método, considera EcheverrÍa que el método mejor será el que con mayor rapidez lleve a los resultados que se buscan: la instrucción del educando.

El método, a su juicio, es fundamental en la enseñanza; es la ciencia misma. Un método defectuoso atrasa la educación, hace perder el tiempo, fatiga al niño y le proporciona ideas erróneas ° incompletas. Un libro de sanas doctrinas, pero cuyo método de exposición sea vicioso, lejos de instruir al niño le hará caer en el error y la confusión. A pesar de la importancia que concedió a esta cuestión, Echeverría no la trató extensamente, limitándose a proponer el estudio de los procedimientos empleados con éxito en Europa y Estados Unidos, para poder de esta manera elegir el más ventajoso. 

La Educacion en el Gobierno Rosista Juan Manuel de Rosas Pedagogia

La Educación en el Gobierno Rosista

Caído el régimen presidencial de Rivadavia, como consecuencia del rechazo, por parte de las provincias, de la Constitución Unitaria, la provincia de Buenos Aires recuperó su autonomía y designó como gobernador al coronel Manuel Dorrego. Cuando éste fue derrocado por el general Lavalle, se encendió la guerra civil en todo el país. Proseguía la lucha cuando se produjo la llegada de Juan Manuel de Rosas al gobierno de Buenos Aires, el 8 de diciembre de 1829. Encarnaba éste la voluntad popular y prometía el imperio de la ley y la iniciación de una época de paz y tranquilidad.

Desde antes de asumir el poder había demostrado interés por el funcionamiento de las escuelas, en particular por las de la campaña, de cuya organización se ocupaba personalmente. Elegido gobernador, reafirmó una política favorable a la enseñanza, y el benemérito canónigo Seguróla que, como inspector general de Escuelas, había tenido que luchar heroicamente contra la indiferencia oficial en materia educativa, se sintió al fin apoyado en sus aspiraciones.

Aumentaron los presupuestos destinados a la instracción durante los años 1830-31, se dispuso la creación de escuelas para niñas en la campaña, se proveyó de materiales de enseñanza a las escuelas lancasterianas, se aumentaron los locales escolares y hasta se utilizaron los postes y tablados que servían en la decoración de la Plaza de la Victoria para construir bancos.

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Designado Rosas por segunda vez gobernador el 13 de abril de 1835, fue provisto de facultades extraordinarias y de la suma del poder público. Sus decretos relativos a la organización de la administración de las finanzas del Estado son numerosos, y entre ellos se cuentan los relativos a la instrucción pública, rectificando la política de sus predecesores, que descuidaron el pago de los maestros y las escuelas.

A principios del año 1838, la declaración del bloqueo del puerto de Buenos Aires por la escuadra francesa, y la guerra con la Confederación Peruano-Boliviana provocaron la consiguiente crisis económica, de la que no pudo sustraerse la administración escolar.

Tuvieron que suspenderse las asignaciones acordadas a las escuelas, pero no disminuyó el ritmo de la enseñanza pública, porque todas las instituciones, sea la Sociedad de Beneficencia, sea la Universidad, sean los hospitales, suplieron ingeniosamente la falta de arbitrios del gobierno. Este estado de cosas se mantuvo después del levantamiento del bloqueo, porque la guerra civil insumía todos los recursos. Se acudió, por ello, a la economía más estricta, sufriendo por consecuencia la instrucción pública y la asistencia social.

Imposibilitado el gobierno para atender los establecimientos de enseñanza, resolvió restringir, por un decreto del 26 de mayo de 1844, la instrucción de las clases menesterosas y favorecer la iniciativa educacional privada.

Política educacional. — Rosas abre en nuestra historia educacional un capítulo totalmente nuevo: la intervención de la autoridad gubernamental para imponer su ideario político. Desde el primer momento la condición de adicto al partido Federal fue exigida para lograr todo puesto público y en consecuencia se ordenó que los maestros propuestos debían justificar su adhesión.

Más adelante se exigió a todos los empleados públicos, a los preceptores y a los alumnos el uso de la divisa federal. Con ello la bandera del federalismo, como divisa de un partido político, entra en las aulas, de la que se excluye a todo maestro «conocido o sospechoso de unitario y, por consiguiente, capaz de pervertir a los alumnos niños con opiniones antisociales».

Decía el decreto: «El gobierno está persuadido que cuando desde la infancia se acostumbra a los niños a la observancia de las leyes del país, y por ello al respeto debido a las autoridades, esta impresión, quedándoles grabada de un modo indeleble, la Patria puede contar con ciudadanos útiles y celosos defensores de sus derechos.»

Consecuente con esta disposición, la Sociedad de Beneficencia solicitó modificar el reglamento del Colegio de Huérfanas, a fin de establecer en los trajes y uniformes de sus alumnas el reemplazo del color celeste por el punzó. La universidad tampoco quedó atrás: a la fórmula del juramento para la recepción del título, que rezaba «bajo el régimen republicano representativo» se le agregó «federal», culminando la medida con el decreto que obligaba a todo egresado a presentar información sumaria de que era «obediente y sumiso a las autoridades» y «notoriamente adicto a la causa nacional de la Federación».

Otro aspecto de la misma política se pretendió alcanzar con la llamada restauración religiosa. Al principio de su gobierno, Rosas reaccionó con éxito contra las disposiciones de la reforma rivadaviana, que habían ofendido el sentimiento religioso del pueblo. Cuando Balcarce asumió el poder, continuó con este espíritu y tomó disposiciones inmediatas en beneficio de la religión católica. Hasta ese momento, la enseñanza religiosa había formado parte de la educación, pero el incremento tomado por las escuelas particulares inglesas habían permitido difundir el protestantismo.

Para remediar este estado de cosas, contrario al concepto de educación tradicional, el 8 de febrero de 1831 el gobernador Balcarce dictaba un decreto, en el que, considerando que en algunas escuelas establecidas por particulares se había descuidado la enseñanza religiosa, disponía que ningún particular pudiese establecer escuelas sin autorización del inspector general, previa justificación de suficiencia, moralidad y religión. Entre otras cosas, se ordenaba cerrar los colegios que no llenaran ese requisito.

El decreto no era restrictivo de la libertad de enseñanza, pues toleraba las escuelas destinadas a niños de otra religión, por eso los colegios ingleses continuaron existiendo (s. Salvadores).

En su segundo gobierno, Rosas buscó la manera de contrarrestar la acción que estaba desarrollando la colectividad inglesa. Fue entonces cuando buscó en la propaganda contraria, el mejor medio para lograr el propósito deseado. Para eso le pareció conveniente restaurar los conventos extinguidos, devolviéndoles sus antiguas cátedras e hizo regresar a los jesuítas. En 1836, éstos ocuparon su antiguo colegio.

Los jesuítas abrieron inmediatamente cátedras de filosofía, matemáticas, derecho, etc., publicaron numerosos libros de texto y contaron con la concurrencia de futuras ilustres figuras. Es interesante consignar la opinión del Superior, que nos dará el cuadro más exacto de la época: «Siendo el comercio el alma del país, poco campo les queda a las letras para arraigar y florecer.Algunas personas ricas ocupaban a sus hijos en estudios hasta que llegase el tiempo de enterarse de su estado y administración de bienes; ocupábanse en aprender lenguas vivas y algunos ligeros conocimientos científicos».

Su acción educacional debió ser óptima cuando los gobernadores de Mendoza, Entre Ríos y Salta y las legislaturas de Córdoba y Catamarca solicitaban la instalación de colegios semejantes en las respectivas provincias. A mediados de 1840 corrieron voces que los jesuítas estaban en relación con los unitarios, siendo amenazados por anónimos y panfletos. Esto determinó la disolución de la comunidad, al año siguiente.

En mayo de 1844, Rosas dictaba un decreto, en el que resumía su política educacional. Consideraba «que la educación no sólo debe perfeccionar la razón, sino garantir el orden religioso, social y político del Estado», que en ella «se echan los fundamentos del espíritu nacional», que el fin de la educación no puede alcanzarse, si las autoridades escolares «no se distinguen por una sólida virtud, sana moral religiosa, buenas costumbres y patriotismo»: por ello resolvía no permitir ejercer la docencia a quien no obtuviese permiso del gobierno y carta de ciudadanía, en el caso de ser extranjero, debiendo renovar tal licencia cada año. Este decreto no era una novedad en el campo de la historia de la educación.

Las exigencias de la legislación vigente en Francia eran muy superiores a las que aquél establecía.

Si muchos son los errores que pueden señalarse en esta política educacional, hubo una gran virtud que se pretendió cultivar: el amor patrio.

El estado satisfactorio alcanzado por la enseñanza en los últimos años de la dictadura se comprueba por la cantidad de licencias acordadas para ejercer la docencia. La libertad de enseñanza —dice Salvadores— llegó a extremos insospechados.

Revisando los archivos, se encuentran cantidad de solicitudes que tuvieron resolución favorable, de personas de preparación que querían dedicarse a la docencia. Ni siquiera se descuidan los programas. En 1830 se determinó aceptar un importante plan de reformas presentado por López y Planes, Avelino Díaz, Pedro de Angelis, etc., que no pudo ponerse en práctica porque fue rechazado por el inspector de Escuelas y el rector de la universidad.

En 1846 se creó una comisión especial inspectora sin cuya aprobación no podían utilizarse textos ni imponer programas. Fuera de estas disposiciones, la instrucción pública no recibió ninguna innovación. Sólo se uniformó la escritura, adoptándose la letra bastardilla española, para oponerse a la inglesa; se mantuvieron los certámenes públicos y se repartieron premios a los escolares que consistían en medallas que ostentaban la efigie de Rosas.

No es cierto que se hubiera puesto en manos del jefe de Policía la dirección de la enseñanza. Desde 1821 le estaba reservado a este funcionario recoger la estadística general y, dentro de ella, la escolar. Su actividad se redujo a vigilar el cumplimiento de las disposciones legales vigentes por las escuelas públicas y privadas y a comunicar cualquier transgresión.

Ya en 1850, los colegios ingleses habían perdido mucha de su influencia; los colegios de los conventos preparaban sus alumnos para la universidad y sólo tenían acceso a las escuelas públicas los hijos de los padres pudientes. Mientras tanto, las luchas exteriores e interiores contra la dictadura, y las que hubo en los años siguientes hasta la organización nacional, crearon en Buenos Aires un espíritu de indiferencia por los problemas escolares que sólo será esporádicamente sacudido por la prédica de los proscriptos, quienes atribuían todos los males a la falta de educación popular, o por los grandes organizadores de la enseñanza como Estrada, Marcos Sastre, Sarmiento, el canónigo Piñeyro, Mitre, etc.

La escuela en el interior de la República durante la Federación. — En el período que sucedió a la disolución de las autoridades nacionales, no se vivió la barbarie en las provincias, como muchos, por fácil generalización, han sostenido. Los veinte años que precedieron a la reorganización nacional permitieron a las provincias organizar sus propias instituciones, y todas estuvieron sometidas a las diversas alternativas que surgían de la calidad de sus gobernantes o del desarrollo de los acontecimientos.

Así como hubo gobernadores o caudillos a quienes no preocupó la educación, hubo empero otros que realizaron admirables esfuerzos para intensificarla en la provincia a su cargo. Conviene recordar también que muchos de ellos perduraron después de la caída de la tiranía y gobernaron manteniendo sus iniciativas en pleno régimen constitucional.

Dentro de un cuadro general de las instituciones de la época, la instrucción pública se concibe ya en todas partes como una función de gobierno. Surgen así las juntas y comisiones directivas o protectoras de la enseñanza, y los impuestos especiales para formar el fondo escolar, que, aunque no llegan a resolver los problemas, preparan para el resurgimiento del período siguiente.

Con algunos altibajos las provincias todas mantienen el ritmo del período precedente y algunas llegan a la época de la organización nacional con un sistema de instrucción pública más efectivo que el de Buenos Aires. Lástima es que la acción de los montoneros y la carencia de recursos impidieron mayores adelantos.

Se destacan, de entre ellas, las provincias del litoral. En Santa Fe desde 1832 funcionaba el Gimnasio Santafesino, el Instituto Literario de San Gerónimo, y desde 1862 el Colegio de la Inmaculada, de los jesuítas, impartiendo toda enseñanza media y primaria tan eficiente que en 1871 se pudo fundar en su seno la Facultad de Jurisprudencia y la Academia de Práctica Forense.

En Corrientes fueron grandes las preocupaciones de su gobernador Pedro Ferré por la educación. Logró fundar un colegio secundario, el de Nuestra Señora de las Mercedes, y hasta expidió un decreto fundando una universidad, la de San Juan Bautista, que puso bajo el rectorado de Derqui, pero el proyecto no cristalizó. Muchas otras iniciativas se llevaron adelante, pero la necesidad de atender a la guerra contra el Paraguay cortó el impulso educacional.

El iniciador de la obra progresista de, Entre Ríos fue Pascual Echagüe. Vinculado a la enseñanza elemental en Santa Fe, procuró extender la instrucción en Entre Ríos, creando comisiones visitadoras de las escuelas, aumentando el número de las ya existentes y pretendiendo llevar allá a los jesuítas. Urquiza fue uno de los más grandes propulsores de la educación. Su actividad desde 1841 es asombrosa y demuestra el gran influjo que ejerció sobre el pueblo, al cual llamó a cooperar en una de las empresas más grandes de educación que se hayan realizado antes de Caseros.

Bajo su mando, Entre Ríos presenció un florecimiento extraordinario, en el cual colaboraron las comisiones constructoras y las comisiones inspectoras, que por indicación de Urquiza se instalaron en todos los pueblos para reunir recursos por suscripciones populares. Se contrataron maestros en Buenos Aires, y se formó en 1849 una Junta Directora de las escuelas de ambos sexos, con obligación de llevar la estadística escolar, informar al gobierno sobre el estado de la educación y dictar los reglamentos.

Creaciones notables fueron: el Colegio de Estudios Preparatorios, en Paraná, que se puso bajo la dirección del Pbro. Erausquín, y su continuación el Colegio del Uruguay, en Concepción. También la educación femenina fue objeto de especial atención, fundándose el Colegio Entrerriano de los Santos Mártires Justo y Pastor.

Entre los colaboradores de Urquiza en materia educacional, el de mayor prestigio fue Marcos Sastre, que organizó las escuelas de la provincia y les dictó un reglamento.

Fuente Consultada:
Historia de la Educación Juan Carlos Zuretti  Editorial Itinerarium

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Para Ampliar y analizar otra óptica….

ACCIÓN EDUCACIONAL EN LA ÉPOCA DE ROSAS: La obra educacional de la Revolución, entrevista ya por Moreno, planeada en algunos aspectos por Belgrano, encauzada por el gobierno de Pueyrredón y llevada a su máxima realización por Bernardino Rivadavia, vio detenida su marcha ascendente bajo el gobierno  de Rosas.

En materia educativa, la acción gubernativa durante este período se caracterizó por el abandono de toda preocupación por la instrucción pública. La educación elemental sufrió un grave retroceso ya que desaparecieron importantes conquistas logradas en épocas anteriores, como la obligatoriedad escolar y la gratuidad de la enseñanza para las clases indigentes,

La situación creada por la clausura de la mayoría de las casas de estudios, como consecuencia de las progresivas medidas de economía tomadas con respecto a la educación, culminaron con la disposición gubernativa adoptada en 1838 que suprimió del presupuesto los sueldos de maestros y profesores. Esto dió por resultado la clausura de la Casa de Expósitos, cuyos niños fueron repartidos entre los sacerdotes o familiares que quisieron hacerse cargo de ellos por caridad.

De esta manera, la educación quedó librada a la acción de la iniciativa privada y de las congregaciones religiosas, aunque bajo la estricta vigilancia del gobierno, evidenciada sobre todo en lo concerniente a la adhesión a la causa federal y al culto católico, más que a la enseñanza en sí. La más afectada por las medidas oficiales fue la Universidad, que quedó desmembrada al ser separados algunos de sus departamentos, y que se vio despojada de sus más eficientes catedráticos por profesar ideas contrarias al gobierno.

Piñero y Bidau, en su «Historia de la Universidad», describen así la situación de esta casa de estudios: «Nada se crea, nada se intenta crear durante este período, y hasta el anhelo, la aspiración a lo mejor, que en la época precedente condujo a medidas tan diversas, desaparece enteramente.

La Universidad desciende, desciende siempre, a tal punto que en algunos momentos existe poco menos que una expresión, como un nombre, tan pobre es su enseñanza y tan escasos sus recursos».

Y agregan más adelante: «Con los escasos recursos que poseían los alumnos, la enseñanza en este período fue deficientisima e irregular, a punto que, de algunas asignaturas, de la más esenciales, no existió, y de otras como el latín y las matemáticas, sufrió largas interrupciones (la cátedra de latinidad estuvo vacante desde 1841 hasta 1851) y se dio siempre a un número reducido de alumnos, llegando a darse a uno solo».

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IDEAS PEDAGÓGICAS ARGENTINAS de BERNARDINO RIVADAVIA

LAS IDEAS PEDAGÓGICAS ARGENTINAS: BERNARDINO RIVADAVIA

CONCEPCIÓN EDUCACIONAL DE RIVADAVIA Bernardino Rivadavia (1780-1845). Nació en Buenos Aires. Cursó estudios en el Colegio de San Carlos y comenzó a actuar en la vida política a raíz de las invasiones inglesas. Desde su primer cargo de gobierno, como Secretario de Guerra del Triunvirato (1811-12) puso de manifiesto su preocupación por elevar el nivel cultural del país, trazando un programa educacional que en ese momento no pudo cumplir, salvo en realizaciones aisladas.

Sin embargo, años después, durante el gobierno de Martín Rodríguez, sería su Ministro Rivadavia (1820-24), el encargado de afianzar las conquistas logradas en materia educativa, intensificando su acción en dos capítulos muy importantes: el de la política educacional y el de la sistematización didáctica.

Alejado momentáneamente de la función pública, por propia determinación, no se desvinculó tampoco de las preocupaciones culturales y, desde Europa, propició candidatos para dirigir la enseñanza o señaló caminos a seguir. Vuelto a la patria, y entonces desde la primera magistratura (1826-27), trató de consolidar la obra realizada, en procura de dar una orientación definida a nuestro sistema de enseñanza, mediante el trasplante de aquellas soluciones extranjeras, principalmente europeas, que mejor se avenían con nuestras necesidades del momento y con nuestro régimen democrático. Influencias foráneas en el pensamiento rivadaviano.

Distintas influencias podemos señalar en el pensamiento de Rivadavia pero, entre ellas, la más evidente, y la que más inspiró su acción educacional, fue la de los ideólogos franceses, con los que estuvo en contacto durante su permanencia en París. La Ideología fue un movimiento filosófico que, ocupando un lugar entre la filosofía del siglo XVII y el positívismo, se propuso realizar un análisis razonado de la realidad, tratando de encontrar soluciones prácticas para los problemas sociales y económicos. La Madre Patria también ejerció su influencia en el ánimo de Rivadavia. En algunas medidas tomadas por él en materia educacional, de marcada filiación liberal e iluminista, es fácil advertir que se ha inspirado en la obra del progresista monarca Carlos III.

Finalmente, y a través del utilitarismo de Jeremías Bentham (1747-1832), con quien trabara amistad en Londres, la que luego mantuvo episto1armente entre los años 1818-22, la influencia del pensamiento inglés se hace presente en su formación intelectual, orientando su acción política.

No obstante estas influencias, evidentes en su concepción pedagógica, todas las innovaciones o reformas que Rivadavia implantó o auspició, tuvieron por finalidad común la consolidación de nuestra naciente nacionalidad. A su juicio, la tarea de lograr esta unión nacional no podía ser confiada a otro organismo que no fuese la escuela, pues el ejercicio de las nuevas instituciones y los nuevos derechos sólo sería posible cuando el pueblo hubiese alcanzado un nivel intelectual superior y cuando floreciese una nueva conciencia cívica y moral. Pero para lograr este objetivo Rivadavia dejó un poco de lado nuestro acervo tradicional y afectivo, al cual retornarían luego los gestores de la organización legal de nuestra enseñanza.

Acción educacional. La labor de Rivadavia en favor de la instrucción pública fue una de las más vastas y fecundas que se han realizado en nuestro país antes de Sarmiento.

Entre las numerosas medidas que adoptó para asegurar los beneficios de la educación al mayor número posible de habitantes, cabe destacar la implantación de la obligatoriedad escolar, en 1822, cuyo incumplimiento sancionó con multas y arrestos. Procuró también sistematizar y generalizar las escuelas de niñas, colocándolas bajo la dirección de un organismo creado al efecto, que fue la Sociedad de Beneficencia. Facilitó la acción docente de los particulares, reglamentando la libertad de enseñanza y, finalmente, implantó en forma oficial el sistema lancasteriano que desde 1818 había difundido entre nosotros Diego Thompson.

Rivadavia no limitó su acción a Buenos Aires sino que la hizo extensiva a las demás provincias. Aconsejó a los gobiernos provinciales la creación de escuelas primarias, como asimismo que las dotasen de recursos propios y que unificasen los procedimientos didácticos adoptando el sistema monitorial.

Desde su actuación en el Triunvirato, Rivadavia había planeado organizar la enseñanza secundaria oficial sobre la base de una formación científica. La tendencia unificadora que siempre orientó su acción educacional se había ya iniciado, en este ciclo de la enseñanza, por obra de Pueyrredón, con la creación del Colegio de la Unión del Sud, establecimiento de proyecciones nacionales por estar destinado a los jóvenes de todo el país. El 2 de enero de 1823, Rivadavia dispuso reestructurar este colegio bajo el nombre de Colegio de Ciencias Morales. En el plan trazado por el ilustre estadista para impulsar la enseñanza secundaria figuraba también la creación de un Colegio de Ciencias Naturales, el que no llegó a abrirse por falta de elementos.

Fue propósito de Rivadavia, al proyectar el Colegio de Ciencias Morales, reunir un núcleo de jóvenes provenientes de la capital y de las provincias a fin de que recibiesen una educación uniforme, que los preparase para la vida social y política.

Contando con el valioso apoyo de Rivadavia, la Universidad de Buenos Aires fue inaugurada oficialmente el 12 de agosto de 1821, en el templo de San Ignacio, con asistencia de las más altas autoridades.

La erección de la Universidad permitió reunir, bajo una sola dirección, academias y escuelas dependientes del Consulado, del Cabildo Eclesiástico o del Estado. La Universidad, dirigida por Antonio Sáenz como Rector y Cancelario, constaba de los siguientes departamentos: Estudios Preparatorios, que comprendía los estudios secundarios; Ciencias Exactas, en el que se realizaban los estudios de dibujo y geometría descriptiva con sus aplicaciones referentes a la práctica de las artes y de los oficios; Medicina, que estaba organizado sobre la base de la Academia de Medicina y constaba de tres cátedras: instituciones médicas, instituciones quirúrgicas y clínica médica y quirúrgica; Jurisprudencia, cuya creación inició en Buenos Aires los estudios teóricos de derecho que permitían obtener el título de abogado y que comprendían dos cursos: derecho natural y de gentes, y derecho civil; Ciencias Sagradas, que se creó sin presupuesto y sin profesores, y que empezó a funcionar recién en 1825, año en que se instalaron tres cátedras: la primera de moral evangélica, la segunda de historia y disciplina eclesiástica y la tercera de griego y latín.

En el año 1822 fue creado el Departamento de Primeras Letras, del que pasaron a depender todas las escuelas primarias existentes en la Provincia.

La influencia de la Ideología se mantuvo desde su creación hasta la época de Rosas. La filosofía ideológica, introducida en el país por medio de las obras de Condillac, Cabanis y Destutt de Tracy, inició su período de auge en el Colegio de la Unión del Sud, cuya cátedra de filosofía, desempeñada por Juan Crisóstomo Lafinur, se llamó de Ideología durante un cuarto de siglo. Lafinur, apartándose manifiestamente de la concepción escolástica, dominante hasta entonces, introdujo el espíritu de la ideología en nuestros estudios, aunque sus lecciones no alcanzaron la altura que luego habría de conferirles Fernández de Agüero.

Manuel Fernández de Agüero publicó sus clases bajo el título de Principios de ideología elemental (abstractiva y oratoria), adaptadas a los estudios de lógica, metafísica y retórica que realizaban los alumnos secundarios en el Departamento de Estudios Preparatorios. Esta obra, si bien no fue original, pues en ella se limitó a repetir las ideas de Cabanis y Destutt de Tracy, lo presenta como un hábil sistematizador que cuenta con el indiscutible mérito de su claridad de estilo y de su exposición sistemática y ordenada. El predominio de la ideología finaliza con Diego Alcorta, sucesor de Fernández de Agüero, quien, aun cuando no tuvo la elocuencia ni el espíritu combativo de su ilustre predecesor, mantuvo la cátedra de filosofía en un plano digno, exponiendo sus ideas con mesura y originalidad.

En el dominio de las ciencias físico-matemáticas fueron también discípulos de los ideólogos el español Felipe Senillosa, profesor de matemáticas y los físicos italianos Pedro Carta y Octavio Fabricio Mossotti. Desde la cátedra de derecho civil. Pedro Somellera difundió las ideas de Quesnay y Adam Smith, completadas con la doctrina de Bentham. Y en la misma corriente de pensamiento, Pedro José Agrelo, profesor de economía política, introdujo las teorías de James Mill.

Francisco de Paula Castañeda Educacion Argentina a Partir de Mayo 1810

Francisco de Paula Castañeda
Educación Argentina

IDEAS EDUCACIONALES DE LOS HOMBRES DE MAYO: El movimiento de Mayo no pudo influir poderosamente en nuestra educación, en los primeros momentos, pues éste, más que una revolución que implicara profundas alteraciones de pensamientos u hondos desequilibrios sociales, fue un proceso que, iniciado en la segunda mitad del siglo XVIII, se había venido gestando lentamente. Producida la Revolución, y con ella el cambio de régimen político, los años subsiguientes no fueron propicios para iniciar intensas reformas pedagógicas.

Otras preocupaciones de orden político y militar, solicitaban la atención de los gobernantes, los cuales procuraron, sin embargo, atender al problema educacional, ya que en su solución veían el medio de lograr la felicidad del pueblo y de enseñarle a practicar sus nuevos derechos. Las doctrinas filosóficas que habían inspirado la revolución se tradujeron en algunos intentos pedagógicos. Así, como expresión de la concepción iluminista, se trató de extender la acción de la escuela a la masa del pueblo.

De acuerdo con las doctrinas de los fisiócratas, se crearon escuelas de enseñanzas especiales, y el Triunvirato intentó mejorar la situación de los obreros, obligando a los artesanos a iniciar a los nativos en los secretos de sus respectivos oficios. Por su parte, el liberalismo filosófico de los ideólogos se introdujo en las enseñanzas dadas en el Colegio de la Unión del Sud y en el de la Santísima Trinidad.

Francisco de Paula Castañeda (1776-1832): Nació en San Pedro, Buenos Aires. Muy joven aún, vistió el hábito de los novicios de la orden de San Francisco, en Buenos Aires. De allí fue enviado a Córdoba, donde dictó, en la Universidad, la cátedra de filosofía que había obtenido por oposición. En el año 1800 fue ordenado sacerdote por el Obispo Moscoso, sucesor de San Alberto. De regreso, fundó en Buenos Aires la escuela de dibujo a que ya nos referimos, pronunciando con motivo de su apertura una brillante alocución patriótico didáctica.

Rechaza en ella el optimismo de algunos hombres de gobierno que esperan una transformación completa de nuestra realidad social por la sola acción de una legislación inteligente.

Para Castañeda, las mejores leyes serán ineficaces, si ellas no’ obran sobre espíritus preparados de antemano por una educación adecuada. «No, señores -dice–, yo os ruego que no esperéis de las buenas leyes otra cosa más que lo que ellas pueden dar: las leyes por sí solas no pueden contener la disolución de las costumbres cuando llega a hacerse general: las leyes por sí solas no pueden reglar las necesidades :le los pueblos, ni su modo de vivir: las leyes no pueden obligar a que nos privemos de aquellas superfluidades que la moda, más poderosa que todas las leyes, ha introducido por uso general, y ha erigido en necesidades ficticias de la vida.»

Escritor fecundo y original, Castañeda combatió a sus adversarios con el ingenio de su sátira mordaz. Hábil polemista, defendió sus ideas en numerosos periódicos que iba lanzando según las exigencias del momento. En una carta dirigida al redactor de Amigos de la Patria y de la Juventud, en 1815, sostiene que en los seis años de libertad que habían corrido, no se había hecho nada para asegurar la gloria y felicidad de nuestra patria. Aún no se había decidido si era preciso atender a las exigencias de la guerra en forma exclusiva, o si sólo se debía proceder a educar a los hombres. Para él las preocupaciones de la guerra no debían insumir todos nuestros pensamientos porque «si omitimos el instruirnos, seguramente serán mal desempeñadas las funciones militares».

A su juicio, la educación era la base, no solamente del bienestar económico, sino también de la consolidación política del país. La educación enseñaría a amar a la patria y a respetar sus instituciones. Pero su ideal educativo no consistía en difundir escuelas de primeras letras que enseñasen, únicamente, a leer, escribir, contar y nociones de religión. A esas disciplinas habría que agregar otras como dibujo, geografía, historia, geometría, arquitectura civil, militar y naval, esgrima, danza, natación y equitación, con el objeto de preparar a los jóvenes para la vida, en forma integral.

Pensamiento Mariano Moreno Ideas Pedagogicas La Educacion en 1810

Pensamiento Mariano Moreno Ideas Pedagógicas

IDEAS EDUCACIONALES DE LOS HOMBRES DE MAYO El movimiento de Mayo no pudo influir poderosamente en nuestra educación, en los primeros momentos, pues éste, más que una revolución que implicara profundas alteraciones de pensamientos u hondos desequilibrios sociales, fue un proceso que, iniciado en la segunda mitad del siglo XVIII, se había venido gestando lentamente. Producida la Revolución, y con ella el cambio de régimen político, los años subsiguientes no fueron propicios para iniciar intensas reformas pedagógicas.

Otras preocupaciones de orden político y militar, solicitaban la atención de los gobernantes, los cuales procuraron, sin embargo, atender al problema educacional, ya que en su solución veían el medio de lograr la felicidad del pueblo y de enseñarle a practicar sus nuevos derechos. Las doctrinas filosóficas que habían inspirado la revolución se tradujeron en algunos intentos pedagógicos. Así, como expresión de la concepción iluminista, se trató de extender la acción de la escuela a la masa del pueblo.

De acuerdo con las doctrinas de los fisiócratas, se crearon escuelas de enseñanzas especiales, y el Triunvirato intentó mejorar la situación de los obreros, obligando a los artesanos a iniciar a los nativos en los secretos de sus respectivos oficios. Por su parte, el liberalismo filosófico de los ideólogos se introdujo en las enseñanzas dadas en el Colegio de la Unión del Sud y en el de la Santísima Trinidad.

Mariano Moreno (1778-1811). Nació en Buenos Aires. Estudió en la Escuela del Rey y en el Colegio de San Carlos como «capista» (externo). Destinado por sus padres a la carrera eclesiástica, se trasladó a Chuquisaca para proseguir sus estudios. Después de graduarse de doctor en teología, se recibió de abogado. Volvió a Buenos Aires en 1805, donde revalidó su título de abogado y fue nombrado Relator de la  Audiencia.

Influido por las obras de los fisiócratas, había luchado con éxito, desde los tiempos de la colonia, para conseguir la libertad de comercio para los criollos, defendiendo a los productores de la campaña en su célebre Representación de los hacendados, alegato polémico en el cual atacó «el sistema restrictivo de España respecto a sus colonias». Producida la Revolución, Moreno fue el cerebro y el brazo ejecutor de la Primera Junta de Gobierno, en la cual actuara en calidad de secretario. Aunque sus ideas no pudieron alcanzar, en razón de su prematura muerte, el desarrollo que su brillante talento hacía presagiar, en su corta actuación él encarnó el espíritu revolucionario y fue el organizador de nuestra incipiente democracia.

En el prólogo que pone a la traducción del Contrato Social, su libro de cabecera, dice sobre Rousseau: «hombre inmortal que formó la admiración de su siglo y será el asombro de todas las edades, fue quizá el primero que disipando completamente las tinieblas con que el despotismo envolvía sus usurpaciones, puso en clara luz los derechos de los pueblos, y, enseñándoles el verdadero origen de sus obligaciones, demostró las que correlativamente contraían los depositarios del gobierno», palabras que pueden considerarse la síntesis de su concepción política.

Estas ideas le llevaron a tener una confianza ilimitada en el poder de la educación que, a su juicio, sería la encargada de consolidar el ideal revolucionario. «Si los pueblos no se ilustran -dice-, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía.» Con el objeto de ilustrar al pueblo sobre los actos del gobierno e iniciarlo en el ejercicio de los deberes y derechos , que la democracia trae aparejados, e12 de junio de 1810 Moreno fundó La Gaceta. Como los ejemplares de este periódico eran pocos, los párrocos de las iglesias debían leer el último número a los fieles, después de la misa mayor.

Desde las páginas de La Gaceta, propició una suscripción popular con el fin de lograr recursos para establecer la primera Biblioteca Pública de nuestro país. Merced a las donaciones la Biblioteca llegó a tener en poco tiempo cerca de 4.000 volúmenes. Funcionaba todos los días para los letrados y dos veces por semana para el público en general.

En esta oportunidad, Moreno explica su propósito de ilustrar al pueblo por medio de la lectura, diciendo: «Los pueblos compran a precio muy subido la gloria de las armas; y la sangre de los ciudadanos no es el único sacrificio que acompaña a los triunfos; asustadas las Musas con el horror de los combates huyen a regiones más tranquilas, e insensibles los hombres a todo lo que no sea desolación y estrépito descuidan aquellos establecimientos, que en los tiempos felices fecundaran para cultivo de las ciencias y de las artes. Si el magistrado no empeña su poder y su celo en precaver el funesto término a que progresivamente conduce tan peligroso estado, a la dulzura de las costumbres sucede la ferocidad de un pueblo bárbaro y la rusticidad de los hijos deshonra la memoria de las grandes acciones de sus padres. La necesidad hizo destinar provisoriamente el Colegio de San Carlos para cuartel de tropas; los jóvenes empezaron a gustar una libertad tanto más peligrosa cuanto más agradable; y, atraídos por el brillo de las armas que habían producido nuestras glorias, quisieron ser militares antes de prepararse a ser hombres».

En el ánimo de Moreno estaba también sustituir la educación dogmática y predominantemente teológica que se impartía en las escuelas do la colonia, por otra de carácter científico, pero la vida no le dio tiempo para realizar todos los proyectos que había concebido su inteligencia preclara.

LA BIBLIOTECA PÚBLICA

El Dr. Moreno ha tenido la gloria de ser el fundador de una Biblioteca pública en Buenos Aires, con la excelencia de que ésta debe estar abierta dos veces a la semana para el Público, y diariamente a los literatos, sin estipendio alguno. Con ocasión de este pensamiento el Dr. Moreno hizo al Pueblo la siguiente manifestación.

«Ha resuelto la Junta formar una Biblioteca pública, en que se facilite a los amantes de las letras un recurso seguro para aumentar sus conocimientos. Las utilidades consiguientes a una Biblioteca pública son tan notorias, que sería excusado detenernos en indicarlas. Toda Casa de Libros atrae a los literatos con una fuerza irresistible; la curiosidad incita a los que no han nacido con positiva resistencia a las letras; y la concurrencia de los sabios con los que desean serlo, produce una manifestación recíproca de .luces y conocimientos, que se aumentan con la discusión, y se afirman con el registro de los Libros, que están a mano para dirimir las disputas.

«Estas seguras ventajas hicieron mirar en todos los tiempos las Bibliotecas públicas, como uno de los signos de la ilustración de los Pueblos, y el medio más seguro para su conversación y fomento. (…)
«La Junta ha resuelto fomentar este establecimiento; y esperando que los buenos Patriotas propondrán a que se realice un pensamiento de tanta utilidad, abre una subscripción patriótica para los gastos de Estantes, y demás costos inevitables, la cual se recibirá en la Secretaría de Gobierno.»

MANUEL MORENO,
VIDA Y MEMORIA DEL DOCTOR
DON MARIANO MORENO.

Fuente Consultada: Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.

MANUEL BELGRANO Educacion Colonial Argentina Ideas Educativas

MANUEL BELGRANO
Educación Colonial Argentina

La cultura en el Río de la Plata: El despertar social de Europa, como consecuencia de las teorías proclamadas por los filósofos del siglo XVIII, tuvo eco en nuestro territorio sólo a través de influencias aisladas. Las doctrinas en boga en el viejo continente fueron conocidas aquí en forma fragmentaria, pero las pocas ideas de libertad y autonomía que consiguieron burlar la censura española pronto prendieron en el espíritu libre de prejuicios de los hombres de la nueva generación, preparando el clima social y político para el estallido revolucionario. Poca o ninguna fue la gravitación que tuvieron en este cambio los miembros de la Compañía de Jesús, contrariamente a lo que había ocurrido en otros lugares de América.

En nuestro país si bien desarrollaron una acción ininterrumpida en favor de la educación, desde su establecimiento a fines del siglo XVI hasta su expulsión, no fueron en cambio portadores de las corrientes filosóficas que agitaban a Europa. Por el contrario, ellos permanecieron constreñidos dentro de los viejos moldes escolásticos, de los que tampoco conseguían zafarse las universidades de España y América. A fines del siglo XVIII dos acontecimientos de trascendencia actualizaron la inquietud innovadora: el extrañamiento de los jesuitas y la creación del Virreinato, que ofreció amplio campo de acción a la política liberal de Vértiz.

La desaparición de los jesuitas en la enseñanza redujo el predominio de la filosofía aristotélico-tomística, permitiendo que nuevas escuelas lograsen abrirse paso a través de la España de Carlos m, llegando a penetrar en nuestro medio social y aún, aunque en menor proporción, en las casas de estudio de creación oficial. De esta manera se conocieron, por medio de discursos, publicaciones, libros o por la transmisión verbal de los viajeros, la filosofía cartesiana, las teorías de los fisiócratas, las corrientes iluministas, y otras concepciones foráneas que por uno u otro conducto influyeron en los hombres dirigentes en la época del Virreinato.

 «Lo que salvó a América más tarde ha dicho Ramos fue su gran ideal de cultura. Sus hijos no llegaron a creer que aquellos conocimientos sabiamente adosados, fueran toda la ciencia y toda la filosofía, sino que, a costa de un esfuerzo inmenso, excedieron el horizonte impuesto y miraron más allá. El contrabando de libros fue de entonces en adelante su picaresco preceptor, y el criollo llegó a realizar en su cerebro un lento trabajo de disociación de las ideas. Su fondo intelectual se remozaba así, al contacto del pensamiento que le venía de más allá del mar que lo separaba del mundo civilizado.»

Manuel Belgrano (1770-1820). Nació en Buenos Aires. Luego de saber cursado estudios en su ciudad natal se trasladó a España a fin de completar su formación concurriendo a las clases de la Universidad de Salamanca. Pero, en realidad, lo que más influyó en su espíritu, ávido de novedades, fueron las ideas que se agitaban fuera de sus aulas. Mientras se encontraba en la Madre Patria se produjo la Revolución Francesa.

Las teorías de los iluministas y enciclopedistas debieron serle familiares, contribuyendo poderosamente a darle una nueva visión del mundo y de la importancia de la ilustración como factor primordial en el progreso de la humanidad. Recogió también las doctrinas de los fisiócratas españoles, con su ideal de libertad y de ennoblecimiento del trabajo manual, pudiendo considerárselo como un discípulo de Campomanes y de Quesnay mismo, cuyas máximas tradujo. En sus creaciones escolares es evidente la influencia de Jovellanos.

Campaña educacional: Belgrano realiza su prédica educacional a través de las memorias del Consulado y de los artículos del Correo de Comercio. En la primera Memoria, de 1796, destaca la necesidad de crear escuelas primarias «donde puedan los infelices mandar sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción. Así se les podrán dictar buenas máximas e inspirarles amor al trabajo, pues en un pueblo donde reine la ociosidad, decae el comercio y toma su lugar la miseria».

Belgrano veía la solución de nuestros problemas económicos en la libertad de comercio y en la educación agrícola de las familias rurales, pues la explotación del suelo habría de constituir la base de la riqueza de nuestro territorio. Destaca la necesidad urgente de establecer escuelas gratuitas de ambos sexos en «todas las ciudades, villas y lugares sujetos a nuestra jurisdicción». Pero, de acuerdo con el criterio de la época, no admite que a ellas puedan concurrir negros y mulatos, y se muestra también contrario a la coeducación de sexos.

En cambio, incluye en el plan de estudios para las escuelas de niñas la enseñanza de las primeras letras. Desde las páginas del Correo de Comercio, periódico que publicó su primer número el 3 de marzo de 1810 y el último el 5 de abril de,1811, realiza «una conspiración sorda y anodina», al decir de Mitre, insistiendo en la necesidad de educar ,al pueblo. Para lograr este propósito, traza un programa de acción «muy sencillo y poco costoso» consistente en interesar a los Cabildos, los jueces y los curas’ de todas las parroquias para que insten a los padres a mandar a sus hijos a las escuelas.

«Pónganse escuelas de primeras letras -agrega- costeadas de los propios y arbitrios de las Ciudades y Villas, en todas las parroquias de sus respectivas jurisdicciones, y muy particularmente en la Campaña .. , obliguen los Jueces a los Padres a que manden sus hijos a la escuela, por todos los medios que la prudencia es capaz de dictar, y si hubiese algunos que desconociendo tan sagrada obligación se resistieren a su cumplimiento, como verdaderos Padres que son de la Patria, tomen a su cargo los hijos de ella, pónganlos al cuidado de personas que los atiendan y executen 10 que debían practicar aquellos Padres desnaturalizados».

En este plan se ocupa también del sueldo de los preceptores, libros de texto, condiciones que deben reunir los maestros, etcétera. Más adelante, en los números 9 y 10, y con motivo de un proyecto para establecer un hospital, Belgrano afirma que la mejor manera de ayudar a los pobres es preocupándose de la educación de sus hijos. Ya que todas las parroquias realizan obras de caridad, podrían aplicar parte del producto de las limosnas para establecer «escuelas para las niñas pobres, donde aprendiesen a leer, escribir, coser, etc. Y asimismos otras para enseñarles alguna especie de industria». Se trata, como se ve, de un antecedente de la Sociedad de Beneficencia que más adelante establecería Rivadavia.

Belgrano no fue sólo un teorizador. Trató de llevar a la práctica numerosos proyectos sobre la creación de escuelas de enseñanzas especiales. Propició el establecimiento de una escuela de comercio donde se ‘enseñaría aritmética, y otra de agricultura donde se aprendiese a cultivar las tierras de acuerdo con las características de cada región, renovando asimismo los antiguos métodos de labranza. Estas iniciativas no llegaron a cristalizar. Mejor suerte tuvieron, en cambio, la Academia de Náutica y la Escuela de Dibujo, creadas en 1799.

EDUCACIÓN A LAS MUJERES: Hemos dicho que uno de los objetos de la política es formar las buenas costumbres en el Estado; y en efecto, son esencialísimas para la felicidad moral y física de una nación.

(…) Pero ¿cómo formar las buenas costumbres y generalizarlas con uniformidad? ¡Qué pronto hallaríamos la contestación si la enseñanza de ambos sexos estuviera en el pie debido! Mas, por desgracia, el seco que principalmente debe estar dedicado a sembrar las primeras semillas lo tenemos condenado al imperio de las bagatelas y de la ignorancia.

(…) Todos estamos convencidos de estas verdades. Ellas nos son sumamente dolorosas a pesar de lo mucho que suple a esta terrible falta el talento privilegiado que distingue a nuestro bello sexo y que tanto más es acreedora a la admiración cuando rnás privado se halla de medios de ilustrarse.

La naturaleza nos anuncia una mujer; muy pronto va a ser madre y a presentarnos conciudadanos en quienes debe inspirar las primeras ideas, ¿y qué ha de enseñarles, si a ella nada le han enseñado? ¿Cómo ha de desenrollar las virtudes morales y sociales, las cuales son las costumbres que están situadas en el fondo de los corazones de sus hijos?

¿Quién le ha dicho que esas virtudes son la justicia, la verdad, la buena fe, la decencia, la beneficencia, el espíritu, y que estas calidades son tan necesarias al hombre como la razón de que proceden?

Ruboricémonos, pero digámoslo: nadie; y es tiempo ya de que se arbitren los medios de desviar un tan grave daño si se quiere que las buenas costumbres sean generales y uniformes.

Nuestros lectores tal vez se fastidiarán con que les hablemos tanto de escuelas; pero que se convenzan de que existen en un país nuevo que necesita echar los fundamentos de su prosperidad perpetua, y que aquéllos, para ser sólidos y permanentes, es preciso que se compongan de las virtudes morales y sociales que sólo pueden imprimirse bien presentando a la juventud buenos ejemplos, iluminados con la antorcha sagrada de nuestra religión.

(…) Ciudadanos, por nacimiento o elección, de toda la España Americana, fijad vuestra vista y considerad la terrible falta en que estamos de buenas costumbres; muy pronto os arrebatará vuestro espíritu generoso a remediarlas. Discurrid, proponed arbitrios a nuestro gobierno que, como sean asequibles, los adoptará inmediatamente, pues que estas ideas son suyas y no se separan un instante solo de su atención, como del interés universal.

Manuel Belgrano
JOSÉ CARLOS CHIARAMONTE,
CIUDADES, PROVINCIAS, ESTADOS
ORÍGENES DE LA NACIÓN ARGENTINA
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Fuente Consultada: Historia de la educación de Manganiello Bregazzi.

La Educacion en el Virreinato del rio de la Plata Fray San Alberto

LA EDUCACIÓN EN EL SIGLO XVIII EN EL TERRITORIO QUE FORMA ACTUALMENTE LA REPÚBLICA ARGENTINA:

La cultura en el Río de la Plata: El despertar social de Europa, como consecuencia de las teorías proclamadas por los filósofos del siglo XVIII, tuvo eco en nuestro territorio sólo a través de influencias aisladas.

Las doctrinas en boga en el viejo continente fueron conocidas aquí en forma fragmentaria, pero las pocas ideas de libertad y autonomía que consiguieron burlar la censura española pronto prendieron en el espíritu libre de prejuicios de los hombres de la nueva generación, preparando el clima social y político para el estallido revolucionario.

Poca o ninguna fue la gravitación que tuvieron en este cambio los miembros de la Compañía de Jesús, contrariamente a lo que había ocurrido en otros lugares de América.

En nuestro país si bien desarrollaron una acción ininterrumpida en favor de la educación, desde su establecimiento a fines del siglo XVI hasta su expulsión, no fueron en cambio portadores de las corrientes filosóficas que agitaban a Europa.

Por el contrario, ellos permanecieron constreñidos dentro de los viejos moldes escolásticos, de los que tampoco conseguían zafarse las universidades de España y América.

A fines del siglo XVIII dos acontecimientos de trascendencia actualizaron la inquietud innovadora: el extrañamiento de los jesuitas y la creación del Virreinato, que ofreció amplio campo de acción a la política liberal de Vértiz.

La desaparición de los jesuitas en la enseñanza redujo el predominio de la filosofía aristotélico-tomística, permitiendo que nuevas escuelas lograsen abrirse paso a través de la España de Carlos III, llegando a penetrar en nuestro medio social y aún, aunque en menor proporción, en las casas de estudio de creación oficial.

De esta manera se conocieron, por medio de discursos, publicaciones, libros o por la transmisión verbal de los viajeros, la filosofía cartesiana, las teorías de los fisiócratas, las corrientes iluministas, y otras concepciones foráneas que por uno u otro conducto influyeron en los hombres dirigentes en la época del Virreinato.

«Lo que salvó a América más tarde ha dicho Ramos fue su gran ideal de cultura. Sus hijos no llegaron a creer que aquellos conocimientos sabiamente adosados, fueran toda la ciencia y toda la filosofía, sino que, a costa de un esfuerzo inmenso, excedieron el horizonte impuesto y miraron más allá. El contrabando de libros fue de entonces en adelante su picaresco preceptor, y el criollo llegó a realizar en su cerebro un lento trabajo de disociación de las ideas. Su fondo intelectual se remozaba así, al contacto del pensamiento que le venía de más allá del mar que lo separaba del mundo civilizado.»

Fray José Antonio de San Alberto (1727-1804). Nació en el Fresno, Tarazona. Estudió en el Instituto del Carmen de Calatayud y tomó los hábitos en el Convento de San José de Zaragoza, ingresando en la orden Carmelitana, Desempeñó honrosos e importantes cargos en su patria, antes de venir a América.

San Alberto

Ver: Reformas Educativas en el Virreinato

Fue Consejero y Predicador del Rey Carlos III, Procurador General de la Orden en la Corte de Madrid, General de su Congregación en España, etc.

En 1778 fue nombrado Obispo de la diócesis de Córdoba del Tucumán, de la que se hizo cargo por apoderado, pues recién en 1780 pudo desembarcar en el Río de la Plata y entrar en posesión de sus funciones.

Realizó el viaje desde España en compañía del doctor Gregorio Funes, designado canónigo de Merced en Córdoba, dignidad que desempeñó a partir de la misma fecha. Ideal educativo.

San Alberto llegó a Buenos Aires en pleno esplendor del gobierno liberal y progresista del Virrey Vértiz. La floreciente situación de la capital del Virreinato lo impresionó gratamente y le hizo concebir esperanzas con respecto a su destino.

Apenas llegado a Córdoba sufrió una gran desilusión al ver el lamentable estado de atraso e ignorancia de los habitantes de la zona y, en sus Pastorales, expuso los urgentes problemas que era necesario resolver.

Comenzó por tratar de elevar el nivel cultural del clero afirmando que, antes de conferir las sagradas órdenes exigiría, sobre todo, ilustración. «No es bastante -decía- la santidad sola para entrar en el Ministerio; son menester también la ciencia y la doctrina. ¿ Qué sacaremos con que el ordenado sea un santito, si es un ignorante? Este santito será muy bueno para cualquier otro estado o empleo secular, mas no para sacerdote.»

Cumpliendo con las recomendaciones del Concilio de Trento, a los seis meses de instalado, San Alberto se propone visitar su obispado para constatar personalmente las necesidades más urgentes de les fieles.

La diócesis de Córdoba abarcaba entonces las actuales provincias de Córdoba, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy.

Para recorrerla empleó dieciséis meses, pudiendo comprobar que los habitantes vivían en casas pobres y distantes unas de otras varias leguas.

«Puede decirse –decía en su descripción– que cada vecino forma un pueblo aparte, donde él solo es Padre, es Señor, es Juez, es Abogado, es Médico, es Maestro; ya la verdad que tendría que serlo todo, si la miseria, la soledad y la falta de trabajo o de instrucción, no lo tuvieran reducido a ser nada o poco lo que puede, lo que hace y lo que sabe».

Pocos eran los que sabían leer y escribir y, aun cuando lo supieran no se podía contar con ellos para enseñar a los demás pues no se avenían a abandonar sus hogares y ocupaciones habituales para dedicarse a la educación. Surgió así el problema de la falta de maestros para establecer escuelas en los distintos curatos, teniendo que instalarlas sólo en los centros poblados.

Para remediar estos males, San Alberto traza un plan de acción que consta de cuatro puntos: l) Fundación de pueblos con el objeto de reunir a los habitantes dispersos; 2) División de los curatos existentes para facilitar la enseñanza; 3) Creación de escuelas a fin de preparar a los niños para ingresar a los colegios y Universidades; 4) Creación de internados para la educación cristiana de los jóvenes de ambos sexos.

En la imposibilidad de llevar a cabo tan amplia tarea, optó por realizar lo que estaba a su alcance. Solicitó de su amigo  Vértiz autorización para trasladar el Colegio Montserrat, estrecho para el número de alumnos que a él concurrían, al Colegio Máximo, a fin de instalar en ese local un Colegio de Niñas Huérfanas.

Concedido el permiso, el Colegio fue abierto en 1782, nombrándose director a Miguel del Moral. El fin que persiguió San Alberto en su obra educativa fue, más que fundar escuelas de primeras letras, crear colegios y seminarios.

En su Pastoral de 1784, una de las pocas que se conservan, dice: «Aunque las escuelas de niños son tan útiles como dexamos dicho, al fin vemos que toda su instrucción se reduce a enseñarles las letras menores, y los primeros rudimentos de la religión, y no es corta ventaja lograr esto en unos discípulos, que sólo están a la vista del Preceptor algunas pocas horas del día, y no todos los tiempos del año … «.

Pero en otro lugar agrega: «En los colegios o casas de enseñanza pública hay más proporciones para que la instrucción sea mayor, y mejor por lo mismo que los niños y niñas viven en ella de continuo, y siempre a la frente de Maestros o Maestras hábiles, que no dexan pasar ni la partícula de un día sin consagrarla a la enseñanza y educación».

En las Constituciones que redactó para su Colegio de Niñas Huérfanas, San Alberto fija el carácter profesional de la enseñanza: costura, bordados, tejidos y todo género de labores de mano, a fin de capacitar a las alumnas para ser buenas amas de casa o para ganarse la vida con una ocupación honesta.

Estas enseñanzas, unidas a las de religión y urbanidad, completaban el plan de estudios del cual, como se ve, estaban excluidas las primeras letras.

Proyectó también la creación de una escuela de varones la que no llegó a establecerse por falta de recursos y por la incomprensión de la gente de la época, pero en cuyo Reglamento han quedado consignadas interesantes iniciativas en materia educacional.

En efecto, se proponía dar una enseñanza práctica, con miras a la formación de labradores, artesanos y comerciantes que con su trabajo contribuyeran al adelanto de la «Patria».

Pero según consta en el prólogo de las Constituciones, debido a los «estilos del país donde todo oficio mecánico se tiene por poco honroso y propio solamente de gente natural y de servicio», no fue posible instruir a los niños en oficios que sus padres no les dejarían practicar después que saliesen del colegio.

San Alberto publicó un catecismo civil, destinado a servir de texto en las escuelas en reemplazo de los de Fleury y Astete, que fue el primer libro de este género escrito en el país.

En esta obra pone en evidencia su fidelidad al monarca, ya que se propone instruir a los niños sobre los deberes del vasallo y el origen, naturaleza y potestad de los reyes, porque «raro o ninguno es el que haga alto en explicar el amor, el respeto y la fidelidad que deben los vasallos a su Rey, la obligación que tienen de rogar a Dios por su vida, de obedecer sus leyes, de pagarle sus tributos, de temer su espada, y la de sus Ministros, quienes hacen sus veces y representan la de Dios».

Fuente Consultada: Historia de la educación de Manganiello – Bregazzi.

Ver: Reformas Educativas en el Virreinato

Historia de la Educacion Argentina Resumen de Ideas Pedagogicas

HISTORIA DE LA EDUCACIÓN ARGENTINA

Períodos de la historia de la educación. — La historia de la educación en la Argentina no tiene períodos bien delimitados; no existen contenidos que permitan definirlos con claridad. Sin embargo se puede estudiar con cierta precisión su desarrollo, si seguimos el proceso de la evolución política. En el período que se extiende desde 1810 hasta 1880 aproximadamente, podemos distinguir los siguientes momentos:

1) la primera década independiente;

2) la planificación de la enseñanza en Buenos Aires, realizada por Rivadavia;

3) el autoritarismo estatal bajo Rosas;

4) la educación durante la Confederación y las primeras tentativas de su organización definitiva.

La educación argentina nunca estuvo ausente de los temas que preocuparon a los hombres de gobierno del país. La presencia de las universidades de Córdoba y Buenos Aires y el desarrollo de los estudios elementales en todas las provincias, con una trayectoria más o menos afortunada, según las épocas, configuraron el cuadro de la situación educativa con la que se encontraron los hombres que sancionarían la Constitución nacional de 1853. Entonces, la educación era un problema que reclamaba imperiosa solución, por varias razones.

Después de cuarenta años de guerra, que todavía continuarían en el orden interno por casi treinta años más, las medidas que se arbitraran para llevar adelante el programa de la Constitución y concretar el proyecto de país que lo sustentaba requerían una expansión de la educación y de la instrucción como no se la había conocido hasta entonces. El fantasma del desierto que acicateaba la mente de hombres como Alberdi y Sarmiento impulsó un conjunto de ideas que por una vía u otra, para sustantivarlas, necesitaban de la concreción de un sistema educativo eficaz.

Las conocidas consignas de ‘gobernar es poblar’ y de ‘educar al soberano’ planteaban una lucha sin cuartel para combatir el analfabetismo y crear, al mismo tiempo, hábitos y disciplina de trabajo y de aprendizaje constantes para ponerse a la altura del progreso de la época y hacer de la Argentina una nación moderna, sin resignar el papel de la burguesía como clase dirigente ni mucho menos desatender los intereses económicos con que se beneficiarían a través de la inserción del país en la división internacional del trabajo.

Alberdi abogó, sobre todo, por la educación a partir del ejemplo de las naciones más industriosas que se recibiría a través de la inmigración, el tendido de los ferrocarriles y la codificación, con una confianza mayor en estos elementos que en un proceso expandido de alfabetización. Sarmiento, sin descuidar la importancia del ejemplo de los inmigrantes, apostó con la misma fuerza a otorgar los beneficios de la instrucción y la educación pública al mayor número posible de personas.

En ello estaba la base de la socialización y también del disciplinamiento de las nuevas generaciones como ciudadanos. La Argentina de entonces se enfrentaba, además, a otros requerimientos. Por cierto, la universidad cubría las necesidades de formación de la clase dirigente, pero la organización de la nación sobre la base del programa constitucional reclamaba un plantel de funcionarios administrativos que constituyeran la indispensable burocracia estatal.

Esta circunstancia implicaba la preparación de personas que pudieran desempeñarse con eficacia adecuada; esa era la misión que debería realizar la escuela secundaria, además de cumplir funciones de institución preparatoria para los estudios universitarios y aún más para dotar a los estudiantes de un necesario y suficiente bagaje de cultura general, como para manejarse con soltura en todos los órdenes de la vida.

Con el país definitivamente unificado después de Pavón y Bartolomé Mitre en la presidencia de la República, llegaría la hora de propiciar, especialmente, la fundación de colegios nacionales, uno de cuyos objetivos sería el de proveer el personal para la administración pública y con ello serían satisfechas, además, las aspiraciones de ascenso social y político que alentaban los sectores medios tanto del interior como del Litoral.

A partir de la creación del Colegio Nacional de Buenos Aires (1863) sobre la base del antiguo Colegio de Ciencias Morales rivadaviano, como un instituto integral que aunaba en su oferta educativa las humanidades y las ciencias, se fundaron, a su semejanza, hacia fines de 1864, los de Catamarca, Mendoza, Salta, San Juan y Tucumán y más adelante los del resto de las provincias. Un plan de instrucción pública general y universitaria (1865), que finalmente no se llevó a cabo por los trastornos derivados de la guerra con el Paraguay, apuntaba a la articulación completa de todos los niveles del sistema educativo de acuerdo con las orientaciones auspiciadas por Mitre.

Respecto de la escuela primaria, sería durante la gestión de Sarmiento, sucesor de Mitre al frente del gobierno nacional, cuando recibiría nuevo impulso con la aparición de las escuelas normales destinadas a la formación de maestros. La primera, fundada en Paraná en 1870, se constituiría en el modelo a seguir en el resto de las jurisdicciones y echaría las bases de una mística pedagógica que impregnaría todo el desarrollo educativo argentino a lo largo de los siguientes cien años.

Pero ese desenvolvimiento no sería fácil ni estaría libre de marchas, contramarchas y propuestas de reforma, ni la educación escaparía como ámbito, a servir de caja de resonancia de las confrontaciones políticas, ideológicas y de intereses de clase que estaban en la base de las disputas por el poder y por el rumbo por el que, en cada época, se pretendió guiar a la nación.

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LA HISTORIA DE LOS PRIMEROS EDUCADORES EN ARGENTINA

Antes de estudiar los períodos educativos argentinos,  daremos un breve repasos sobre los franciscanos y la pedagogía de la evangelización. Apenas descubierta América, iniciaron los discípulos de San Francisco de Asís su obra de evangelización, convirtiendo y pacificando a millares de indígenas, enseñándoles los rudimentos de las primeras letras y reuniéndolos en reducciones.Para ello debieron superar, con una constancia sin límites, las dificultades del idioma. Con este objeto aprendieron las lenguas de las razas vencidas y buscaron en ellas palabras o símbolos que hicieran comprensibles los misterios de la fe para la mentalidad nativa.

Fue una obra ejemplar de abnegación y sacrificio la de estos misioneros ignorados, que se lanzaron entre las masas indígenas afrontando muchas veces el martirio y la muerte.

Entre los misioneros de esta orden sobresalió la figura de fray Pedro de Gante, uno de los creadores de la pedagogía de la evangelización. Organizó en México el Colegio de San Francisco, con talleres de artes e industrias, donde centenares de niños aprendieron a leer, escribir, cantar y tañer y se ejercitaron en las diferentes artes manuales.

Con este ensayo aparece por vez primera la idea desarrollada posterior mente en más vasta extensión por el obispo Vasco de Quiroga de una colonia industrial donde el trabajo se realiza en cooperación. Se destacaron también, entre estos religiosos, el fraile flamenco Jodoco Ricki, introductor de las artes y oficios manuales en Quito; fray Luis de Bolaños, que se ocupó con celo infatigable de la evangelización en el litoral guaranítico, y San Francisco Solano, que catequizó en el noroeste quichua.

Las misiones jesuíticas.  Entre todas las congregaciones Religiosas establecidas en las Indias, se distinguió la Compañía de Jesús por su eficaz obra de civilización.

Los jesuitas, que llegaron a América después que las otras órdenes, constituían ya en el 1700 el principal organismo de cultura y una de las más grandes potencias políticas y económicas del Nuevo Mundo. A la insustituible jerarquía intelectual que imponen los jesuitas en el siglo XVIII se agrega su fuerza económica y formidable poderío social.

Universidad en la Iglesia Jesuita de Córdoba

La riqueza jesuítica de la época se diversifica en bienes tan variados como las grandes haciendas del valle central chileno, las estancias del Río de la Plata, las enormes fincas rústicas y urbanas de Perú y México, los obrajes paraguayos, peruanos y quiteños y hasta la explotación minera de que disfrutaban en la región del Chocó en la Nueva Granada.

Con las rentas do la gran propiedad inmobiliaria dirigen colegios y misiones que tienen dentro de la vida económica de la Colonia una importancia tan preeminente como la de la orden de los Templarios en la Edad Media europea».

Desde el convento principal de la Orden, establecido en Lima, avanzó la misión religiosa y cultural de los padres jesuitas hasta las más lejanas e inexploradas regiones del inmenso Virreinato. En el año 1606 se creó la provincia jesuítica del Paraguay, que abarcaba las gobernaciones d Tucumán, Paraguay, Río de la Plata y Chile. Su primer provincial fue el padre Diego de Torres.

Para llevar a cabo su obra civilizadora, comenzaron los jesuitas por pacificar a los indígenas reuniéndolos en reducciones, organismos gobernados por caciques, alcaldes y regidor « indios, bajo la suprema dirección de los misioneros.

El aspecto general de los pueblos jesuitas era análogo: alrededor de una amplia plaza cuadrada o rectangular se agrupaban la iglesia, la casa de los misioneros, las escuelas y los talleres; a espaldas la huerta; a los otros lados, alineadas regular mente, las casas de los indios.

Por medios persuasivos, los integrantes de la Compañía procuraron atraer a los naturales, que eran ocupados en distintas tareas. Los jesuitas ‘supieron aprovechar admirable mente la capacidad adquisitiva y de imitación de los indios para trabajos de artesanos y labores artísticas.

Ya a media dos del siglo XVII había en cada pueblo talleres con herreros, carpinteros, tejedores, pintores, decoradores, estatuarios, torneros y relojeros y hasta grabadores, impresores y fabricantes de instrumentos musicales. Los mismos indios construían violines, flautas, arpas y órganos para sus iglesias. Las tareas, amenizadas con música, cantos y procesiones, se iniciaban al alba y finalizaban al atardecer.

En cada reducción había escuelas y colegios. En 1611 acudían a la escuela jesuita de Asunción unos 400 indígenas. «En la escuela al decir de Bayle se estudiaban las inclinaciones y mañas de los niños, para dedicarlos al arte que mejor cuadraba con ellas, de la escuela salían los músicos, los alcaldes, fiscales, cuanto valía y significaba algo en la administración o en la vanidad. En la escuela se preparaban los actores y danzantes que amenizaban las fiestas y encendían la piedad. En la escuela, finalmente, se moldeaba el corazón y se ilustraba el entendimiento para producir las virtudes cristianas, pasmo de los extraños y legítimo orgullo de los misioneros» .

Con la expulsión de los jesuitas, ordenada en 1767 por Carlos III, fracasaron las misiones por ellos establecidas, que aunque confiadas al cuidado de otras órdenes, se fueron extinguiendo hasta convertirse en ruinas.

Entre la legión de misioneros jesuitas se destacó el padre Roque González (15761628), emparentado con el gobernador Hernandarias, que murió martirizado en Todos los Santos del Caaró (Brasil).

Sobresalieron también entre estos religiosos el ya citado padre Diego de Torres y el padre Alfonso Barzana, que inició su ministerio en el Tucumán en 1585.

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PERÍODOS EDUCATIVOS EN ARGENTINA:

La primera decada independiente:
Podemos enumerar cronológicamente los hechos educacionales de los diez años que siguen a la Revolución de Mayo:

a) las iniciativas que tienen lugar bajo los primeros gobiernos patrios;

b) las iniciativas que ocurren bajo el Directorio, y

c) la implantación del método de Lancaster.

a) Iniciativas que tienen lugar bajo los primeros gobiernos patrios.
La obra de la Primera Junta. — La Revolución de Mayo no determinó un cambio inmediato en la educación. Por muchos años se siguió viviendo la herencia del pasado. El interés por la educación popular y por la difusión de los conocimientos, característico de la cultura ilustrada, ya se había intensificado al finalizar el período hispánico por la acción de virreyes como Vértiz, Liniers, y Sobremonte, por la prédica del obispo san Alberto y por la actividad de Belgrano desde la Secretaría del Consulado. Surgieron entonces las escuelas parroquiales, la Escuela de Medicina, la de Náutica y la de Dibujo.

La Primera Junta concretó diversas iniciativas tales como la instalación de la Academia de Matemáticas (28 de julio), destinada a formar los soldados de la patria, y la creación de la Biblioteca Pública, ordenada el 13 de septiembre de 1810.

En materia de enseñanza elemental hubo pocas novedades. En octubre de 1810, el Cabildo ordenaba a dos de sus regidores que inspeccionaran las escuelas e informaran sobre las reformas que consideraran urgente introducir. Poco después produjeron sus informes, que dan la pauta de las necesidades de la enseñanza en ese momento. Manifestaban que los locales de las escuelas no eran adecuados, que debían ser mejorados los sueldos de los maestros, y que era necesario «uniformar la educación y organizar un método sistemático que se adopte y siga en todas las escuelas».

Para esto último, aconsejaban: el editar el texto de educación moral y urbanidad titulado: Tratado de las obligaciones del hombre, y realizar exámenes públicos, acordándose premios a los alumnos que más se distinguieran.

El Tratado de las obligaciones del hombre había sido escrito por un consejero de. Carlos III, y se utilizaba en la enseñanza española desde 1797. En nuestras escuelas se empleó aún después de 1880. Con igual fin Mariano Moreno hizo imprimir también, en diciembre de 1810, el Contrato social de Rousseau «para instrucción de los jóvenes americanos», pero esta iniciativa fracasó. Antes de un mes, los cabildantes retiraron la obra de la escuela, por creerla «inútil, superflua y superficial».

Después de inspeccionar las escuelas municipales, los diputados visitaron las que funcionaban en los conventos, hallando que eran las más útiles y necesarias, «ya por su permanencia, como porque es gratuita la enseñanza que reciben en ellas los niños pobres», pero propusieron que fueran atendidas por sacerdotes, y no por legos como ocurría generalmente, ya que la instrucción de éstos «está limitada a saber leer y escribir», y es de presumir que no pueden explicar con precisión la doctrina cristiana.

Para estimular a los sacerdotes, aconsejan que se les conceda jubilación como a los profesores de enseñanza superior, y la protección del gobierno, siempre y cuando su designación se hiciera por concurso. La junta aprobó lo propuesto y los sacerdotes se hicieron cargo de la enseñanza en los conventos.De entre las escuelas del Cabildo se distinguió la de San Carlos, dirigida por Rufino Sánchez, y a la que concurrían más de 200 alumnos.

Nuevas finalidades. — Aunque fueron pocos los cambios realizados en el contenido de la enseñanza después de la Revolución, algunas orientaciones merecen recordarse por su trascendencia: la educación patriótica, la nueva disciplina escolar, los estudios especializados.

El primer factor de orientación ideológica en la escuela fue la imposición de actividades educativas de índole patriótica. Su expresión se encuentra en los periódicos y en las resoluciones de las autoridades de esa época. El 22 de julio de 1812 el gobierno ordenaba que en las escuelas de primeras letras se cantase diariamente un himno patriótico, y que en un «día señalado, en cada semana, concurran a la plaza de la Victoria todos los estudiantes de primeras letras, presididos de sus maestros, y puestos alrededor de la Pirámide del 25 de Mayo, repitan los himnos de la Patria con todo decoro».

A continuación se ordena al Cabildo que «mande hacer una composición sencilla, pero majestuosa e imponente». Esta disposición se cumplió cuando el Cabildo aceptó la marcha patriótica de Vicente López y Planes, que adoptó más tarde la Asamblea General Constituyente, como Himno Nacional.

En el Reglamento para las escuelas (1813), redactado por Belgrano, y en el de Córdoba del mismo año, encontramos idénticas expresiones. En el primero se establecía, en su artículo 8o, que en las fiestas patronales y en las conmemorativas del 25 de Mayo se diera asiento al maestro entre los miembros del Cabildo, «reputándosele por un padre de la Patria», y en el artículo 18 se le recomienda que sepa inspirar, con su conducta, un espíritu nacional, que le haga preferir el bien público al privado, y estimar más la calidad de americano que la de extranjero».

En el reglamento cordobés se ordena cantar la Canción Patriótica, concurrir obligatoriamente los jueves por la tarde para recibir instrucción militar y formar bandas entre los alumnos, denominadas Unión y Libertad.

La disciplina escolar. — Con la Revolución se formó un concepto de la disciplina más en armonía con los nuevos ideales. Los azotes, que estaban expresamente admitidos en las costumbres escolares, fueron oficialmente suprimidos. Por decreto del Triunvirato del 9 de octubre de 1813 se prohibieron terminantemente, considerando que es «impropio y absurdo que los niños que se educan para ser ciudadanos libres, sean en sus primeros años abatidos, vejados y oprimidos por la imposición de una pena corporal tan odiosa y humillante». A los maestros que apliquen castigos, aun los particulares, se les pena por la infracción y se les separa del oficio.

Tal resolución tiene antecedentes en el Reglamento dictado por Belgrano para las escuelas que fundara en el norte de la República. En él establece que sólo se podrá poner en penitencia a los jóvenes, haciendo que se hinquen de rodillas, «aplicándose por defectos graves seis azotes y por hechos escandalosos hasta doce, pero por ningún motivo el maestro podrá exponerlos a la vergüenza pública».

Esta medida levantó resistencia entre los preceptores, que consideraban los castigos corporales como un recurso conveniente y aprobado por los padres de los alumnos. El decreto fue anulado por el Estatuto Provisional del año 15 y restablecido por el Reglamento Provisorio de 1817, aunque las disposiciones gubernativas fueron en realidad letra muerta y los castigos continuaron en la escuela con la misma intensidad y figuraron en los reglamentos escolares.

La educación en el interior. — Mientras la Revolución se iba afianzando, poca repercusión tenían en el interior los planes educacionales del Cabildo porteño. Sin embargo, en todas las provincias se puede observar, con intermitencias, un interés grande por la educación. Las escuelas, que dependían al principio de los cabildos, pasaron con el tiempo a depender de los gobiernos locales. En todas, los trastornos políticos repercutían imprimiendo a su marcha un ritmo desigual. En general sufren el desamparo, y en muchas partes la enseñanza se refugia en los conventos, que en esos momentos, por falta de religiosos, se hallan con los estudios en plena decadencia. La juventud se dispersa, no concurre a las aulas y se llega a encomendar a la policía la función de compeler a los niños.

La enseñanza especializada. — Belgrano, que fue el precursor de todas las iniciativas educacionales, anteriores a la Revolución, fue, después de realizada, el promotor de otras. Apenas constituida la Primera Junta, reunió a las autoridades y obtuvo la creación de una escuela politécnica militar, que se abrió con el nombre de Escuela de Matemáticas.

A fines de 1812, el Triunvirato constituyó una comisión integrada por el doctor Cosme Argerich y los presbíteros Chorroarín y Zabaleta, para estudiar la creación de un colegio de ciencias. El proyecto que presentaron, le sirvió a la Asamblea General Constituyente para crear, con carácter provisorio, el Instituto Médico, que se transformó en institución de carácter militar, por la necesidad de cirujanos para acompañar a los ejércitos libertadores.

En 1815 se abrió una Escuela de Dibujo, patrocinada por el Padre Castañeda, quien consideraba al dibujo como «la madre y maestra de todas las demás artes». De su peculio había erigido dos aulas en el Convento de la Recoleta, y cuando el Cabildo necesitó esos locales, trasladó su escuela a la sede del Consulado. De esta enseñanza se hizo particular propaganda.

b) Iniciativas educacionales de 1815 a 1820

Lentos y penosos fueron los progresos de la instrucción pública en la primera década revolucionaria. Designado Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón dedicó empeñosos esfuerzos para impulsar la educación, «cual corresponde a los altos destinos a que es llamada nuestra patria». Basta hojear los periódicos de la época para comprobar cómo se traducen estas inquietudes.

Son abundantes los avisos, en los periódicos, sobre aperturas de academias particulares y sobre la instalación de escuelas. Además, aparecieron tres periódicos: Los amigos de la patria y de la juventud, Observaciones acerca de algunos asuntos útiles y El observador americano, que dedicaron sus pocos números a todas las cuestiones relacionadas con la instrucción, a la divulgación de conocimientos y a la educación de la mujer.

La enseñanza elemental. — Mientras les escuelas se redujeron a las que existían en la ciudad, el Cabildo podía atender a su funcionamiento, pero a partir de 1813 las escuelas se extendieron a nuevas poblaciones de la campaña, y entonces hubo que pensar en su administración y sostenimiento. En 1816, el gobernador intendente de Buenos Aires encomendó a Rufino Sánchez y a Francisco Javier Argerich la redacción del primer reglamento para las escuelas de la provincia.

Este reglamento establecía la obligatoriedad de la enseñanza, implantaba la enseñanza agrícola, señalaba las condiciones de los maestros, la calidad de los castigos, etc. Por primera vez se llama al pueblo a colaborar en la educación, pues se crea un organismo destinado a ejercer las funciones de inspección y cooperación: las juntas inspectoras, formadas en cada pueblo por el alcalde, el cura o su teniente y un vecino distinguido que debía entenderse directamente con el gobernador-intendente.

La aplicación del reglamento produjo entre las autoridades conflictos de jurisdicción, por lo que el Cabildo se vio obligado a crear el cargo de director general de escuelas, designación que aparece por primer vez en nuestra legislación escolar. La persona escogida para tales funciones fue el infatigable canónigo Seguróla, quien, sin exigir retribución, la desempeñó con breves intermitencias desde 1818 hasta 1852; por esta razón se le acordó tener voz y voto en las deliberaciones del Cabildo y sobre asuntos de beneficencia.

Cuando Seguróla se hizo cargo de las escuelas, una de sus primeras tareas fue redactar los reglamentos de 16 y 18 de julio, destinados a las escuelas de la ciudad y de la campaña, que en poco modificaron el reglamento de 1816.

No duró mucho Seguróla en sus funciones ya que, en agosto de 1820, presentó su renuncia, seguramente con el deseo de dejar actuar al introductor del sistema lancasteriano, que en esos momentos se encontraba en Buenos Aires.

Los estudios preparatorios. — En los primeros años de la Revolución los estudios preparatorios indispensables para poder entrar en la Universidad, se efectuaban en las aulas existentes en los conventos. Muchos de ellos se mantuvieron hasta más allá de 1860.

El Colegio de San Carlos de Buenos Aires, no funcionaba desde las Invasiones Inglesas. Para revivirlo, la Asamblea dispuso en 1813 refundirlo con el Seminario, pero esta medida no salvó la situación. En 1817, el director Pueyrredón se propuso restablecer el antiguo colegio, pues creía que «a pesar de las atenciones de la guerra, era necesario proporcionar una educación sólida, uniforme y universalmente extendida a nuestros jóvenes para que, a su vez, puedan servir de esplendor y apoyo a su naciente patria, con la sabiduría de sus consejos, con la fuerza y suavidad de sus costumbres».

El establecimiento que pretendía realizar este programa se denominó Colegio de la Unión del Sud, y se puso bajo la dirección del presbítero Domingo Achega. Su reglamento era idéntico al del Colegio de San Carlos, pero en su plan de estudios se introdujo la enseñanza de la historia natural y de los idiomas vivos: el inglés, francés e italiano.

En Córdoba el Colegio de Monserrat mantuvo el carácter de establecimiento dedicado a los cursos de repetición y pensionado de la Universidad. Los estudios llamados preparatorios se organizaron en 1814 con la aplicación del plan del deán Funes. En cuanto a Mendoza, gracias a la influencia del general San Martín, se pudo llegar en 1817 a la fundación del Colegio de la Santísima Trinidad. Sus estatutos y plan de estudios fueron redactados por el canónigo José Lorenzo Güiráldez y su primer rector fue el canónigo Estanislao Zabaleta.

EL SISTEMA LANCASTERIANO. — A fines de 1815, la Gaceta publicó un artículo sobre las características de un nuevo método de enseñanza, que se estaba aplicando en Europa con gran éxito, conocido con el nombre de su creador: Lancaster.

El sistema consistía en reunir a los niños en grupos de iguales conocimientos en lectura, escritura y aritmética, para que los más adelantados (monitores) comunicasen a sus compañeros las enseñanzas que acababa de impartirle el maestro. Experimentado en Londres, donde se formó una sociedad para su difusión (Sociedad Lancasteriana), se extendió rápidamente en Francia y España y se imitó en América.

Lo económico del sistema y la escasez de maestros, favoreció su difusión. Cuando ya existía una opinión favorable al nuevo método llegaba a Buenos Aires, a fines de 1818, Diego Thompson, enviado por la Sociedad Lancasteriana de Londres y por la Sociedad Bíblica Inglesa. El 29 de agosto de 1819 fue designado por el Cabilde Director General de Escuelas, con la obligación de fundar una escuela modelo e instruir en el sistema a todos los preceptores de la ciudad.

No obstante ser protestante, encontró en el clero los más fervorosos sostenedores. El provincial de los franciscanos, permitió que en su convento se reuniera la sociedad constituida para difundir el sistema; un eminente hombre de ciencia, el presbítero Bartolomé Muñoz, fue su secretario, y otros sacerdotes fueron sus colaboradores. Hasta el mismo fray Francisco Castañeda encontró que el sistema se prestaba admirablemente para que los niños aprendieran mejor a oír misa.

Los servicios prestados por Thompson a la instrucción fueron grandes, pero su éxito fue relativo. El sistema Lancaster proporcionó grandes beneficios: la unificación de los métodos que hasta entonces habían estado librados al criterio de los preceptores; la propagación de las escuelas en la campaña, al contarse con más maestros disponibles; y el alivio de los presupuestos escolares, pues ya no hubo que pagar sueldos a los ayudantes de los maestros.

Sus resultados fueron neutralizados por los conflictos que originó, los cuales terminaron por anarquizar las escuelas. Los maestros que habían adquirido las nuevas prácticas docentes dirigidas por Thompson, alegaban que solamente en teoría un solo maestro era suficiente para instruir 500 alumnos, y que en la práctica el sistema resultaba un fracaso, pues el reemplazar a sus ayudantes por niños que habían aprendido la lección, horas antes de enseñar a sus compañeros, restaba eficiencia a la instrucción.

A ello se unía la reacción que provoca toda innovación en las instituciones: la complicación de los procedimientos, que eran rígidos y meticulosos, la poca simpatía que gozaba un sistema que transformaba la disciplina en un régimen militar, el empleo de castigos corporales en dosis bien regulares, y la resistencia de los maestros a convertirse en discípulos de un extranjero desconocedor de nuestra idiosincrasia, hizo que los beneficios que se esperaban obtener con el sistema lancasteriano fuesen efímeros. Sin embargo, el sistema se mantuvo1 en algunas escuelas hasta más allá de 1850.

RIVADAVIA Y LA PLANIFICACIÓN DE LA ENSEÑANZA

A fines de 1820 se eligió gobernador de Buenos Aires al general Martín Rodríguez, quién contó con un activo ministro: Bernardino Rivadavia.

Rivadavia había estudiado en el Colegio de San Carlos. Fue secretario del Triunvirato y acababa de llegar de Europa donde se había hecho amigo de Jeremías Benthan, filósofo inglés propagandista del utilitarismo, pensamiento político que consiste en procurar la felicidad de los hombres por medio de la buena administración. Venía dispuesto a aplicar «su sistema», que consistía en una mezcla del liberalismo borbónico con el utilitarismo benthaniano y con la ideología,doctrina enseñada por un filósofo francés, Destut de Tracy.

Con el utilitarismo se propugnaban medidas fundadas sobre este principio ético: obtener la máxima felicidad posible para el mayor número posible de individuos. La regulación de la sociedad se haría de acuerdo a cálculos matemáticos que en última instancia conducen al egoísmo y a la negación de toda acción moral desinteresada.

Con la ideología se creía haber hallado la solución de todos los problemas políticos, económicos y sociales que afligían al país. Esta doctrina pretendía, entre otras cosas, fundamentar la legislación de los pueblos en el raciocinio, en un orden elaborado por la inteligencia, olvidando que las leyes deben adaptarse al conocimiento del corazón humano y a las lecciones de la historia. Por un lado, señala a la educación general como fundamento del progreso; por otro, crea el estatismo, o la soberanía absoluta del Estado, el cual absorbe toda la vida individual.

En realidad, quiere una minoría aristocrática, cuyo derecho al gobierno estará fundado en su mayor ilustración. Sólo después de un largo y trabajoso ciclo se podrá llevar la ilustración a todos los habitantes, y sólo entonces se podría hablar de democracia, pues las mentalidades se habrían ya igualado, limitándose las diferencias del saber.

Todo debía marchar de un modo sistemático hasta que esta vasta concepción entrara en la realidad argentina.

Como estadista, Rivadavia se abocó al problema educacional. Reformado el mecanismo administrativo, obtuvo que toda la educación se impartiera en forma metódica, de acuerdo a un plan, desde la escuela elemental hasta la universidad y desde la propagación de las escuelas hasta la utilización de la mujer como agente de la educación y de la asistencia social.

El centro de toda la organización educacional fue la la universidad; ella fue la directora exclusiva de la instrucción pública en la provincia de Buenos Aires.

La universidad. — Una antigua aspiración de Buenos Aires cobró vida en este período: contar con un centro de estudios universitarios. Cuando los jesuítas daban clase en el Colegio de San Ignacio, ya se habían realizado gestiones pars. instalarlo. El virrey Vértiz, bajo la influencia de estos intentos y con el apoyo de los cabildos secular y eclesiástico, recabó autorización a la Corona para erigirlo, mas no alcanzó a realizar sus propósitos. Veinte años después, el director Pueyrredón pidió consentimiento al Congreso de Tucumán para solicitar del Papa, como era costumbre entonces, permiso para erigir la universidad. Su sucesor, Rondeau, encomendó al presbítero Antonio Sáenz que presentase un proyecto de organización.

Durante el gobierno de Martín Rodríguez se concretó su realización. El 13 de febrero de 1821 el presbítero Sáenz presentaba un plan y los reglamentos para la futura universidad, y el 9 de agosto se dictaba el edicto de erección, designándose a Sáenz primer rector.

Organizada la universidad, toda la instrucción pública de Buenos Aires se centralizó en seis departamentos: primeras letras, estudios preparatorios, jurisprudencia, medicina, ciencias exactas y ciencias sagradas.

El plan de la universidad no comprendía otras materias que las que ya eran objeto de estudio en los establecimientos existentes, cuyas enseñanzas se refundieron en ella. Habíase obtenido del Consulado, la cesión de los diversos institutos que funcionaban bajo su protección, como ser las aulas de matemáticas, pilotaje, comercio, idiomas y dibujo.

Más tarde se incorporaron a la naciente universidad, los estudios del Instituto Médico, de la Academia de Jurisprudencia y los de Ciencias Sagradas o Seminario, que costeaba el Cabildo Eclesiástico. Con todas estas especialidades se constituyeron los llamados departamentos, según entonces se designaban a las actuales Facultades de Ciencias Exactas, Medicina, Jurisprudencia y Ciencias Sagradas.

En cuanto a la organización, cada departamento era dirigido por un prefecto. La reunión de los mismos y un padrino (el doctor más antiguo residente en Buenos Aires), presididos por el rector, formaban el Tribunal Literario, que dirimía todas las cuestiones del fuero universitario.

El colegio secundario de la Unión del Sud, que tomó el nombre de Colegio de Ciencias Morales, pasó a formar parte del Departamento de Estudios Preparatorios, verdadero internado universitario, ya que los alumnos vivían en el colegio y concurrían a las clases de la universidad. Las materias que debían estudiarse, eran: latín, filosofía, ciencias físicas ,matemáticas, economía política y francés.

Los alumnos se educaban a expensas propias, y en el colegio practicaban gimnasia y baile bajo la dirección de maestros especiales. La dirección fue confiada a Miguel Belgrano, que tuvo por asociados a los Pbros. Boneo y Peña. El colegio llegó a contar en 1826 con 108 alumnos, la mitad de los cuales eran becados por las provincias. Careciendo de apoyo popular, el colegio y la universidad resultaron un peso muerto que gravitaba sobre las escasas rentas de la provincia y, en 1830, el gobierno de Balcarce decretó el cierre, cuando llevaba el nombre de Colegio de la Provincia de Buenos Aires.

Se pensó en crear un Colegio de Ciencias Naturales para la instrucción científica, pero no fue posible su realización.

En general, las creaciones culturales y universitarias de esta época de profundas convulsiones políticas, dice Levene, vivieron obscuramente. No había ambiente propicio para su desenvolvimiento. En 1825 eran pocas las cátedras que se dictaban, y en algunas los alumnos eran tan escasos que hubieron de suprimirse materias del plan de estudios. No bastó para conjurar la crisis, la dedicación y competencia de Sáenz, pues a su muerte nadie quiso hacerse cargo de la rectoría.

Los planes de enseñanza de las diversas ramas se mantuvieron hasta que, en 1833, una comisión especial presentó el llamado Manual de la Universidad, colección de decretos orgánicos aprobados por Viamonte; ellos modificaban los estudios preparatorios, introduciendo la historia y la retórica. También se creó un Consejo Directivo universitario con atribuciones que todavía subsisten.

La enseñanza primaria. —Por decreto del 8 de febrero de 1822, las escuelas de la provincia de Buenos Aires, que hasta entonces dependían del Cabildo (10 de la ciudad, 12 de la campaña, sin contar las 68 escuelas privadas) se incorporaban a la universidad. La reunión de todas bajo la dirección de un prefecto, formó lo que se denominó Departamento de Primeras Letras. En el mismo decreto se establecía que el rector de la universidad promovería el establecimiento de otras nuevas, que los maestros serían sostenidos por los presupuestos del gobierno y que en todas las escuelas públicas o privadas se emplearía el método lancasteriano.

La actividad del presbítero Sáenz produjo excelentes resultados. Durante los tres años que estuvo a cargo de la instrucción pública, la enseñanza primaria reconquistó el prestigio, dice Salvadores, que había tenido durante la administración del Cabildo y que había ido perdiendo a consecuencia de los acontecimientos de los años 1819 y 1820.

A su pedido se establecieron escuelas públicas y se transformaron las Juntas protectoras, que cooperaban en la educación impartida en la campaña, en Juntas inspectoras, que debían dedicarse exclusivamente a vigilar el comportamiento de los maestros.

Con el fallecimiento de Sáenz, ocurrido el 25 de julio de 1825, se inició en las escuelas un proceso de decadencia cuya causa fundamental fue el sistema lancasteriano, de acuerdo a lo que referiremos a continuación. Encontrándose Rivadavia en Inglaterra, en 1825 recibió el ofrecimiento del emigrado español Pablo Baladía, para prestar sus servicios en la docencia, pues había dirigido la aplicación del sistema monitorial en la Escuela Central o Normal de Madrid.

El gobierno aceptó la propuesta y Baladía fue nombrado director general de Escuelas, encargándose de dirigir una «escuela modelo» en la aplicación del sistema lancasteriano y que sería al mismo tiempo formadora de preceptores.

Lo primero que hizo Baladía fue fijar normas para el funcionamiento de la Escuela Normal, la que admitía en sus aulas a los preceptores, a los alumnos más aventajados y a todos los individuos que querían aprender el sistema. Luego presentó un plan, aprobado por Rivadavia, para combatir el analfabetismo, y crear escuelas con los recursos indispensables. Como se ve, Baladia planteaba la reforma escolar en su verdadero terreno: formar nuevos maestros según los nuevos principios.

La falta de recursos provocada a causa de las difíciles condiciones creadas por la lucha por la independencia, la anarquía y la guerra con el Brasil, la aplicación de castigos, hasta llegar al encierro en un calabozo, que él sostenía que se aplicaban en los países más adelantados, y la energía con que procedió Baladía para disciplinar a los maestros, movió a éstos a exigirle la renuncia.

La desorganización que ofrecían las escuelas, el mal desempeño, la insubordinación y la inconstancia de los docentes obligaron al rector de la universidad a solicitar que se separara de la Universidad el Departamento de Primeras Letras, lo que obtuvo por decreto de Dorrego en 1828, haciéndose cargo por tercera vez, de la Inspección General de Escuelas, el canónigo Seguróla, quien con su ejemplar abnegación, unida a su constancia y energía, procuró superar todas las dificultades. Fue la suya una labor de ordenamiento, que se prolongó durante la dictadura.

La enseñanza privada. — Simultáneamente con el desarrollo que iban adquiriendo las escuelas oficiales, tomaron incremento las escuelas privadas. El espíritu de tolerancia social y religiosa que existió siempre en nuestra tierra y en particular en nuestra ciudad, permitió la convivencia con numerosos extranjeros y hasta se llegó a la tolerancia de cultos, que de hecho se practicó por lo menos desde que se dictó, en 1789, la real cédula de erección de la Compañía Marítima.

En 1825 se firmó el tratado de comercio con Inglaterra y con ello la numerosa colectividad inglesa obtuvo, entre otras cosas, la autorización para abrir establecimientos educacionales para sus hijos. De las instituciones que se fundaron para promoverlas, la más importante fue sin duda la Buenos Ayrean British Schools Society (Sociedad de Escuelas Inglesas de Buenos Aires), presidida por un pastor protestante, John Armstrong, destinada a sostener escuelas con el aporte voluntario de sus asociados. Años después se fundaba la Society of the promotion of general information (Sociedad de promoción de la cultura), donde colaboraban personas de todo credo.

Simultáneamente, los profesores extranjeros que vinieron a colaborar con Rivadavia abrieron academias especializadas de comercio, lenguas clásicas, francés, etc., e igualmente abrieron escuelas de niñas.

La más importante, por su obra y plan, fue el Ateneo, fundado por el notable educador Pedro de Angelis, quien contó como colaborador a Francisco Curel. Las autoridades nacionales y universitarias demostraron constante interés por estas creaciones, concediéndoles toda clase de facilidades. Muchas subsistieron exitosamente hasta después de la dictadura y otras permanecieron más o menos tiempo, según el apoyo que lograron del público.

LA EDUCACIÓN DE LA MUJER: LA SOCIEDAD DE BENEFICENCIA. — La Sociedad de Beneficencia, institución creada, entre otras cosas, para la educación de la mujer, surgió como resultado de un largo proceso que venía desde el período hispánico y que se iba abriendo camino desde la Revolución. La Sociedad de Beneficencia no inauguró en Buenos Aires la educación femenina; los problemas que resolvió fueron otros: se constituyó en la institución directora de la instrucción de las niñas en la ciudad y en la campaña, lo que significó la extensión de la enseñanza a todas las clases sociales.

La Sociedad se instaló el 12 de abril de 1823 bajo la presidencia de doña Mercedes Lasala de Riglos. El reglamento fue redactado por las socias María de Azcuénaga e Isabel Casamayor de Luca.

Bajo la dirección autónoma del Consejo Directivo de la Sociedad, rama administrativa del Ministerio de Gobierno, funcionaron en adelante todos los establecimientos dirigidos en beneficio de la mujer, como el Colegio de Huérfanas, la Casa de Expósitos y el Hospital de Mujeres, pero su acción más destacada fue la fundación y organización de escuelas para niñas, las que marchando en continuo progreso, se mantuvieron más allá de 1860.

Ya existían escuelas para la educación de niñas, y en número que debió ser crecido, pero eran privadas. La única gratuita era el Colegio de Niñas Huérfanas, que había sido favorecido por los antepasados maternos de Belgrano y por la ayuda de algunas señoras caritativas que componían la llamada Hermandad de la Caridad.

En Buenos Aires, después de la Revolución, la primera iniciativa en favor de la implantación de la escuela pública para niñas, partió del Pbro. Mariano Medrano. En 1816, pudo inaugurarla con la ayuda del Cabildo, fijándole un reglamento que mereció el elogio de los cabildantes.

Su primera tarea fue reorganizar el Colegio de Huérfanas e inmediatamente, sin contar con antecedentes ponderables, que pudieran servir de base, establecieron en la ciudad las primeras escuelas de niñas. Después de 1826 se extendió su acción a la campaña con la instalación de escuelas en San José de Flores, San Isidro, Chascomús, San Nicolás, encargándose de su vigilancia a socias corresponsales que vivían en esos pueblos.

Como método, adoptaron el empleado en las escuelas de varones, o sea el de enseñanza mutua, pero adaptado a nuestra idiosincrasia. La señora Casamayor de Luca realizó la traducción del francés del Manual -para las escuelas elementales de niñas de Madame Quignon, disponiendo el gobierno su inmediata edición en la imprenta de Expósitos. Una de las escuelas de la Sociedad sirvió de escuela normal y formó el personal para las nuevas fundaciones.

La lucha que emprendió Rivadavia por la cultura fue intensa. Empezó su prédica en el Triunvirato, luego como ministro de Martín Rodríguez llevó a cabo el colosal ensayo de transformar Buenos Aires y su campaña, mas cuando tomó el timón de la nación no pudo realizar tamaña empresa. «Rivadavia resultó un experimentador frustrado«. Al abandonar la presidencia de la República, en junio de escolar realizada en el lapso de 1821-1827 arroja cifras significativas. Recibió 14 escuelas y al retirarse funcionaban 1827, concluye un período de gobierno progresista.

La obra en la Capital una escuela normal y diez comunes para varones, y una normal y cinco comunes para ninas, y campaña treinta y una de varones y tres de niñas, con  un total de 51 maestros.

La acción educacional en el interior. — Si en estos momentos volvemos la mirada a las provincias, las encontraremos dirigidas por los grandes caudillos, representantes de las masas y defensores de los intereses regionales contra el predominio de Buenos Aires. Durante este período, las provincias van organizando sus instituciones y encarando sus problemas locales, entre otros el de la educación y de la cultura popular.

En la mayoría de ellas, se crean escuelas y se establecen organismos encargados de dirigirlas, manteniéndose con mayor o menor éxito las escuelas de los conventos. Ejemplo de este espíritu lo ofrecen Bustos en Córdoba, López en Santa Fe, Ferré en Corrientes, Ramírez en Entre Ríos.

En Córdoba la educación recibió nuevo vigor gracias al interés que demostraba el gobernador Juan Bautista Bustos: creó la Junta Protectora de Escuelas, se fundaron escuelas en todos los curatos, redactó un reglamento donde aparece por primera vez en una disposición gubernativa la formación de un fondo propio para la administración escolar, dispensó protección a la universidad. La difícil situación económica detuvo en 1827 estas iniciativas.

En Entre Ríos bajo el gobierno de Francisco Ramírez se encargó a cada comandante militar de establecer una escuela en su respectivo distrito, el darle habitación al maestro y el obligar a los padres a enviar a la escuela a sus hijos. Este proyecto no tuvo realización. Durante la administración de Lucio Mansilla se creó una escuela lancasteriana en la capital, un fondo escolar propio y se establecieron escuelas en las principales poblaciones. Los trastornos políticos impidieron los propósitos del gobierno.

La provincia de Corrientes recibió en 1820 la primera imprenta, introducida por Ramírez. En 1825 el gobernador Pedro Ferré estableció la obligatoriedad escolar y abordó la creación de un cuerpo docente, pues entendía que «un templo y una escuela en cada aldea, debían ser los mejores monumentos que la provincia levante a la libertad». Ferré amó tanto la enseñanza, que destinó sus sueldos en beneficio de la educación.

Estanislao López en Santa Fe no se preocupó por aumentar el número de escuelas, ni elaboró ningún plan de educación, pero protegió la instrucción pública, particularmente el Gimnasio Santafesino, que duró hasta más allá de 1843, y el Instituto Literario de San Gerónimo, dirigido por el Padre Amenábar. Otras escuelas funcionaron en los conventos, añadiéndose a ellas la fundada por fray Castañeda, en Rincón de San José, que llama la atención por sus innovaciones pedagógicas.

En general, en todas las provincias se favoreció la difusión del sistema lancasteriano, se constituyeron organismos autónomos para dirigir la enseñanza y administrar las escuelas, y se formó un fondo escolar independiente de las rentas generales del Estado. Todas estas ideas se fueron abriendo paso y constituyen precedentes en la organización escolar del país.

Sigue Parte II: Educación en la Etapa Rosista y en la Confederación Argentina

Fuente Consultada:
Historia de la educación de Manganiello-Bregazzi.
Historia de la Educación Juan Carlos Zuretti – Colección La Escuela  – Editorial Itinerarium –