Manuela Sáenz

Biografia de Sara Berhnardt Resumen de su Vida y sus Amores Francia

Biografía de Sara Berhnardt
Resumen de su Vida y sus Amores

Resumen Biografía de Sarah Bernhardt : Poseedora de excepcionales aptitudes dramáticas, Sarah Bernhardt conmovió durante décadas a los públicos americanos y europeos con sus magistrales actuaciones. Vivió con la misma pasión que ponía en las representaciones y, así como no dudó en tener un hijo siendo soltera, recogió aplausos hasta el fin de sus días, aun cuando la amputación de una pierna había reducido sus posibilidades interpretativas.

Se cuenta que Domingo F. Sarmiento -que ya había sido presidente de la Argentina y es considerado uno de sus más vigorosos escritores- fue expresamente al teatro Politeama a saludarla en 1886, cuando ella visitó Buenos Aires: «¡He viajado 300 leguas para venir a admiraros, señora!», le dijo.

Y Paul Groussac, crítico franco-argentino del diario La Nación, escribió refiriéndose a su interpretación de Fedra: «Si ha de reaparecer todavía la sublime y fatal figura griega, pido a Sarah Bernhardt que sea en su última noche: cuando esté próxima a partir, para que quede por siempre envuelto su recuerdo como anteanoche, murmurando ante nosotros con melancólica ironía el adiós a la hija del Sol».

Con no menores elogios era acogida la inigualable actriz en cualquier lugar del mundo donde se presentara: en la Comedia Francesa, en el Odeón de París, en Italia, Alemania o España, en Londres o en Nueva York, en Rusia, Australia, América.

En su apogeo, compra teatros, graba su voz -con versos de Fedra, justamente- en uno de los primeros cilindros de cera de Edison; rehusa casarse porque la oferta de matrimonio está condicionada a su abandono de las tablas, da a luz un hijo natural, hace actor a un diplomático griego con quien permanece casada apenas año y medio, y recorre el mundo desde la altura de su arte, de su egocentrismo, caprichosa, cambiante, soberbia.

De origen judío, se llamaba Henriette Rosine Bernard y había nacido en París el 22 de octubre de 1844. Criada más que por sus padres por una nodriza bretona y una tía, fue bautizada como católica e internada en un convento de Versalles. Próxima a cumplir quince años, fue incorporada, gracias a los oficios del duque deMorny, al Instituto Nacional de Declamación.

No había evidenciado mayores condiciones para aprobar exámenes, pero pudo llegar al Conservatorio, donde cursó estudios bajo la dirección del profesor Prevost, que había sido maestro de la gran actriz Rachel. Fue él quien le transmitió e inculcó su amor por el teatro. El orgullo, el carácter, la personalidad y las aptitudes de la joven hicieron el resto.

Pero también la insistente gestión del duque de Morny la ayudó a superar obstáculos y negativas: por su mediación fue llamada a hacer las presentaciones reglamentarias en la Comedia Francesa -sin demasiadc éxito, «como una escolar», según el decir de un crítico-, pero pronto se alejó dando un portazo a raíz de un incidente con una antigua regenta de la casa de Moliere. Porque sí: porque la incipiente pero temperamental actriz se consideraba tan importante como cualquiera.

NACE SARAH BERNHARDT
Fue por entonces cuando cambió su nombre y agregó consonantes a su apellido, que adquirió resonancia alemana. Con él se dispuso a conquistar el mundo. Después de atravesar una época de dificultades, fue contratada por el Gymnase, al cual abandonó inesperadamente para viajar a España, de donde regresó semanas más tarde, ya segura de su próxima maternidad.

Vivía en ese tiempo un amor apasionado con el príncipe Henri de Ligne, que reconoció la paternidad del hijo por nacer y le ofreció matrimonio, pero a condición de que abandonara el teatro. Un tío del príncipe señaló los inconvenientes sociales que acarrearía semejante boda, pero fue la propia actriz quien provocó prácticamente la ruptura al aceptar un contrato del Odeón, el teatro que, según su propia expresión, más llegó a querer a lo largo de toda su vida.

Allí trabajó durante ocho años, solo interrumpidos por la guerra franco-prusiana (1870), cuando transformó el teatro en hospital de sangre, instalando en él un centenar de camas. Reabierto el Odeón, después de la guerra, reapareció interpretando Ruy Blas, cuyos ensayos dirigió el propio autor, Víctor Hugo. Regresó a la Comedia Francesa para reponer Mademoiselle de Bellesle, de Dumas (padre).

Desde entonces la casa de Moliere fue también la suya, en calidad de societaire, como se llama en la Comedia Francesa a los artistas que actúan en ella y participan además en la distribución de los beneficios del teatro. Pero una crítica adversa la decidió -temperamental como siempre- a alejarse, y partió para Londres, donde se presentó en el Gaiety, y luego a Estados Unidos, contratada especialmente por un fuerte empresario norteamericano.

En Nueva York obtuvo uno de sus triunfos más resonantes al interpretar, por primera vez, La dama de las camelias. Tenía entonces 36 años. Mientras las elegantes se mantenían erguidas dentro de sus ajustados corsés de ballenas, ella, levemente regordeta, se cubría con ropas rectas y ligeras despreciando la moda. «Sus ojos —observa un cronista de la época— mostraban un fulgor insólito y profundo que únicamente se ve en algunas piedras preciosas.

Su trato era de una gracia y una dulzura que solo se dan cuando hay una tremenda indiferencia aliada al gusto de seducir. Una voz de oro que atraía por su tonalidad singularmente alta, una fuerza nerviosa inagotable, una pujanza, un movimiento irresistible puesto al servicio del entusiasmo o de cóleras que llegaban hasta el furor, sostenían su inspiración.»

POR TRES CONTINENTES
A pesar de hallarse en su apogeo, cuando regresó de Estados Unidos a París tuvo dificultades para reanudar su labor en la Comedia Francesa, por la forma en que se había alejado de ella. El 14 de julio de .18.81, sin embargo, al celebrarse oí aniversario de la liberación del territorio francés invadido por los alemanes, intervino en un acto, en la Opera, recitando los versos de La Marsellesa con tal emoción y tal fervor que el público, la prensa y toda Francia volvieron a colocarla en el sitial de honor. Le llovieron ofertas, pero ella prefirió salir de gira por varias capitales europeas con el actor Philippe Garnier.

Mientras actuaba en Rusia, incorporó a su compañía al diplomático griego Jacques Damala, con quien se casó, aunque para separarse apenas un año y medio después. A fines de 1882 regresó a París, reapareció en el Teatro de Vaudeville, estrenó Fedora y Teodora de Sardou, y en 1886 volvió a Estados Unidos y extendió su gira por América del Sur. En los tres continentes en que actuó se alababan por igual su lirismo, su plasticidad, su expresión dramática y cada nueva creación suya ayudaba a consagrarla aún más.

Retornó a Europa, volvió otra vez a América y nuevamente regresó a París, se instaló en el Teatro de las Naciones cuyo nombre se cambió por el suyo pasando a ser el Teatro Sarah Bernhardt, donde hizo la Ofelia de Hamlet y donde a fin de siglo estrenó, a la edad de 56 años, L’Aiglon de Edmond Rostand.

En 1914 fue condecorada con la Legión de Honor en grado de Caballero, pero fue quizás unos meses después, en plena gran guerra, cuando su patria le rindió el más significativo homenaje. Ante la posibilidad de que los alemanes tomaran París, sus amigos le recomendaron dejar la capital (ya el gobierno se había instalado en Burdeos).

Ella quería, como en 1870, permanecer en París, pero fue el propio Clemenceau, «el Tigre» en persona, quien le pidió que se trasladara al sur de Francia, y evitara así el peligro de que «la gran Sarah» fuese tomada como rehén por los invasores.

Durante la guerra actuó incluso en los hospitales militares recitando a los soldados heridos los versos que la habían consagrado. En 1915 debieron amputarle la pierna derecha, afectada por un mal incurable, pero no por ello abandonó la escena.

En los primeros años de la posguerra, ya más que septuagenaria, fue aplaudida en innumerables ocasiones, sobre todo por su representación de La Gloire de Maurice Rostand, hijo de Edmond, el autor de L’Aiglon.

En noviembre de 1921 efectuó todavía una última gira por Italia, y ya de vuelta en París estaba preparando una obra de Sacha Guitry, cuando falleció en su casa el 26 de marzo de 1923. Al despedir sus restos, Maurice Rostand resumió la opinión de millares de admiradores afirmando que nadie podría ya leer a Racine sin que la voz de Sarah se interpusiera entre el poeta y el lector.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe
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Biografia de Maria Graham Resumen Bailarina de la Danza Moderna

Biografía de María Graham Resumen
Bailarina de la Danza

Martha Graham
Al principio la sostuvo su fuerte vocación, que le permitió vencer la oposición familiar y sobreponerse al escaso apoyo de su primera maestra. Su talento y creatividad impulsaron una revolución que renovó las técnicas de la danza, sentó las bases de un nuevo estilo y la consagró como una de las grandes bailarinas del siglo XX.Biografia de Maria Graham Resumen Bailarina de la Danza

Representaba a la décima generación norteamericana surgida de un grupo de inmigrantes escoceses e irlandeses instalados en Nueva Inglaterra, y fueron muchos los obstáculos que debió vencer Martha Graham, nacida en Pittsburgh, Pensilvania, en 1893, antes de convertirse en la bailarina que mejor expresara con su arte el espíritu de la sociedad norteamericana.

La primera -y más tenaz- oposición que tuvo que vencer fue la de su padre, un severo médico presbiteriano especializado en enfermedades mentales, que no vio con buenos ojos los propósitos de su hija de dedicarse a la danza.

La propia Martha recuerda en sus Memorias las palabras del doctor Graham, quien expresó en una oportunidad:»Los movimientos nunca mienten». Ella era una niña pero no se le escapó el significado de la ambigua frase: aludía, obviamente, a las connotaciones equívocas que para sus rígidos conceptos morales tenían las evoluciones de una bailarina en el escenario.

Pero de su padre también aprendió otras cosas, entre ellas la posibilidad de interesarse por los móviles íntimos que impulsaban a los seres humanos. Y en la soleada Santa Bárbara, en California, a donde se trasladó su familia cuando ella era todavía adolescente, desarrolló su amor por la naturaleza.

La primera vez que asistió a un espectáculo de danza fue en Los Ángeles, en 1911, a los 17 años, acompañada naturalmente por su familia; los exóticos movimientos de Ruth St. Denis, le llenaron el alma de sueños patéticos.

A la muerte de su padre pudo consagrarse a la danza e ingresó en la escuela Denishawn, formada precisamente por Ruth St. Denis y su marido, Ted Shawn, grandes pioneros de la danza norteamericana. Tenía entonces 22 años y todo en contra: su edad, su rostro, su cuerpo –demasiado pesado– e incluso la misma Ruth St. Denis, quien no la estimaba como a una discípula dilecta.

Sin embargo, una llama refulgía en el interior de Martha y era imposible no distinguirla. Shawn la llamó «hermosa y salvaje pantera negra». El primer ballet que compuso para ella, «Xóchitl«, en 1920, fue exactamente el vehículo para crear una anti-Denishawn. Marta Graham trabajaba desde un pasado que desconocía hacia un futuro que debía inventar. En la escuela Denishawn había captado la herencia dejada por Francois Delsartebailarín francés del siglo pasado– y aunque formaba parte de la compañía, ansiaba que su danza fuera un mensaje de su época y el espejo del hombre contemporáneo; quería afirmar la vida a través del movimiento.

En ese propósito resultó de gran ayuda el compositor Louis Horst, director musical de la escuela, a quien conoció en esa época. Bajo su influencia pudo expresar las sensaciones de novedad que la impulsaban. Si Martha Graham es la madre de la danza moderna, buena parte de ello se debe justamente a Horst.

El compositor la alentó además a formar su propio grupo. Hablaron mucho y, sin duda, se amaron mucho. Porque en sus Memorias, Martha Graham confiesa una relación intensa y ardiente, el único tipo de contacto que, por otra parte, podía mantener con la gente. Horst compuso para ella, que no creía en las músicas escritas y aceptadas por todo el mundo, varias partituras tales como «Misterios» (1931), «El penitente» (1940).

En 1924 Martha hace algunas experiencias en Broadway y actúa en las Ziegfield Follies. En 1926 Nueva York le da la oportunidad de crear su propio grupo. En Denishawn había aprendido no solo a enlazar el gesto y el espíritu, sino el arte de la descomposición elemental de los movimientos: era el resultado de una perfecta coordinación muscular que le permitía dominar el equilibrio en las caídas «suaves».

También la ciencia de respirar, que guía el gesto y gobierna la contracción y la relajación partiendo de un impulso central. Allí concentra Martha sus esfuerzos, en la respiración, que transforma en la base de su técnica, incorporada incluso hoy a la danza clásica. Su grupo, formado por completo en sus enseñanzas, constituye el mejor ejemplo de su método revolucionario.

Es imposible permanecer frío ante la extraordinaria seguridad de sus bailarines, dueños de un ajuste muscular que en el más leve movimiento de la mano o del pie hace intervenir al cuerpo entero, inmóvil pero presente. Hasta la inmovilidad se controla: los músculos se relajan pero no se abandonan nunca. No más rupturas entre el artista y el espacio, entre el cuerpo y el piso, que sirve de barra en los ejercicios cotidianos.

Los saltos no descienden agresivamente sobre la tierra: el bailarín parece jugar y rebota en ella para conquistar mejor el aire. Las caídas no son tales: poseen una inercia tan peculiar y estudiada que le otorga al cuerpo la posibilidad de detenerse haciendo equilibrios inimaginables para emprender enseguida un nuevo destino. Lo más importante es que la danza de Martha es el teatro mismo; más que movimientos, siempre deseó transmitir ese gran misterio dramático que se forma entre los bailarines y los espectadores.

En 1931 comienza, a raíz de un viaje que efectúa con Louis Horst hacia las zonas indígenas del sudoeste, su período americano. Es la época de «Fronteras» (1935), «Documento americano» (1938) y «Carta al mundo» (1940), una inmortal evocación de la poeta norteamericana Emily Dickinson, que culmina con «Primavera apalache» de 1944, a la que puso música el compositor Aaron Copland.

Durante la segunda Guerra Mundial Martha Graham forma una compañía y una escuela: allí se forja una legendaria lista de bailarines entre los cuales se encuentran Erik Hawkins, Merce Cunníngham, Paul Taylor, Jean Erdman, Pearl Lang y Anna Sokolow.

Erik Hawkins no pasa inadvertido para la profesora: baila en muchas danzas que compone para ambos y Martha protagoniza con él otro importante episodio de su vida sentimental. Luego de una intensa vinculación artística y personal se casan y más tarde se divorcian. Erik, quince años más joven que Martha, comparte con ella la necesidad de mantener relaciones tempestuosas y profundas. Cada uno de sus discípulos -incluyendo a Hawkins- formará a su vez otra compañía, difundiendo lo que dio en llamarse «la técnica Graham», si así puede denominarse a esta forma diferente de utilizar el cuerpo y el escenario como si este fuera una fuente de energía y no una plataforma.

En 1945, Martha Graham cambia nuevamente su dirección creadora: se interna en la raíz del mito —druídico, hebraico y, sobre todo, griego-. Recrea una sucesión de heroínas trágicas como Medea, Yocasta, Judith, Ariadna, Fedra, alcanzando el apogeo en 1958 con «Clitemnestra«, quizá la más valiosa de sus creaciones. Es que en ellas, como en todas sus coreografías, el argumento importa mucho menos que los sentimientos que se desprenden del espectáculo, en el que la heroína puede ser varias mujeres a la vez y el héroe o el coro, el testimonio de la raza humana.

«Hubiera querido tener hijos pero me advirtieron del peligro que corría mi salud», declaró Martha en cierta oportunidad. En 1975, con más de 80 años de edad, parece de pronto que tuviera ocho siglos y adquiere a veces la inocencia de una niña. Manteniéndose fiel a la enseñanza presbiteriana de su padre toma como verdades de su vida algunos salmos del Evangelio.

Recorrió el mundo entero con su compañía, cada vez renovada, y compuso más de doscientos trabajos. Todos los medios materiales se le han puesto a su disposición. Es doctor Honoris Causa de la Universidad de Harvard, posee subvenciones estatales y particulares para llevar adelante sus empresas artísticas. Año a año realiza una presentación en Nueva York, generalmente en el teatro de la calle 54. El público, como siempre, la considera genial, anticonformista, inventiva; acompañada por los mejores plásticos de la actualidad, emociona por su clasicismo del futuro. Vive en su propia escuela de Nueva York misteriosamente eterna, alejada y sola.

Fuente Consultada:
Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder
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Biografia de Manuelita de Rosas Hija de Juan Manuel Historia Exilio

Biografia de Manuelita de Rosas
Hija de Juan Manuel de Rosas

Manuelita Rosas: Su simpatía, inteligencia y tacto le permitieron ser una inestimable auxiliar de su padre, cuya discutida personalidad dominó durante un cuarto de siglo la vida política argentina. Por momentos considerada «primer ministro», más que primera dama de Juan Manuel de Rosas, su actuación en esa época turbulenta, especialmente en favor de los condenados por motivos políticos, le valió el respeto de federales y unitarios.biografia manuelita

El árbol de flores amarillas se alzaba en los jardines de la que había sido residencia de Juan Manuel de Rosas, en Palermo.

A su lado la Sociedad Forestal Argentina había hecho colocar un letrero que rezaba: «Aromo histórico, llamado ‘del perdón’, a cuya sombra fueron indultados numerosos presos políticos por el tirano Rosas a pedido de su hija, plantadora del árbol el año 1845».

De esa manera daba pábulo a una difundida leyenda que atesoraron, paradójicamente, más los enemigos del Restaurador de las Leyes que sus partidarios.

La figura de Manuelita Rosas, en efecto, tuvo la singular fortuna de ser venerada por los segundos y respetada por los primeros. Aún obras como la novela Amalia de José Mármol, donde los parientes del gobernador de la provincia de Buenos Aires aparecen pintados con colores siniestros y sangrientos, se detienen admirativas ante la personalidad de su hija.

LA OTRA CARA DEL RÉGIMEN
En 1838, al fallecer la esposa del gobernador, el rosismo perdió a una de sus figuras más representativas. Pero Encarnación Ezcurra de Rosas era algo así como el alter ego femenino de su marido, y, como él, predominaba en ella la decisión, la voluntad férrea, y una verdadera pasión por la supremacía política.

Con su aguda perspicacia, Rosas no tardó en comprender las ventajas de disponer de alguien cuya imagen compensar a , en cierta medí da, su propia imagen, recia e inflexible, alguien dotado de tacto, gracia y gentileza, que fuese como la otra cara del régimen, una suerte de «encargada de las relaciones públicas» que lo reemplazase en todas las ocasiones posibles, pues ya se sabe que a los caudillos políticos no les conviene prodigar en exceso su presencia.

Es así como, apenas unos días después de la muerte de su madre, Manuela comienza a ocuparse de la abundante correspondencia oficial.

En ese momento ella tenía 21 años, pues había nacido el 24 de mayo de 1817. Se crió entre el campo y la ciudad, alternando los veranos en las estancias de su padre con los inviernos en Buenos Aires, en el caserón céntrico que ocupaba media manzana.

Allí pasaba el tiempo jugando con sus primas, bajo la vigilancia de las negras e indias que servían a la familia, allá galopando, con su hermano Juan por las llanuras sin límites, pues desde temprano sobresalió como amazona y no dejó de practicar con placer la equitación hasta casi los cincuenta años, ya en el exilio inglés.

«El hogar paterno de Manuelita -dice su biógrafo Carlos Ibarguren— fue una mezcla extraña de cariño sin ternura y de unión sin delicadeza.» El futuro Restaurador y su esposa, que habría de ser aclamada «Heroína de la Federación», formaban un matrimonio estrechamente unido, pero poco proclive a las demostraciones afectuosas: el amor se mostraba en los hechos.

Por eso Manuelita, que no había heredado la pasión seca de su madre ni el ánimo frío y calculador de su padre, buscó tan pronto como pudo, y encontró en el seno de su grupo de amigas, dónde manifestar su natural cariñoso y gentil. Con ellas compartía la vida propia de las hijas de las familias acomodadas: reunirse sobre el estrado donde la pava para el mate humedecía el ambiente que a menudo vibraba con rasguidos de guitarra; visitar la tienda del andaluz Manuel Mateo Masculino, fabricante de enormes peinetones calados de carey; prestarse mutuamente vestidos y chales, y pasearse por la Alameda rodeada de festejantes.

Pero, por otra parte, apenas cumplidos los doce años, Manuelita se destaca entre sus amigas y entra en la vida pública. Es que su padre ha sido nombrado gobernador propietario de la Provincia, y el matrimonio Rosas, desde entonces cabeza indiscutida del Partido Federal, decide emplear a su hija para ganarse simpatías entre el pueblo sencillo.

PRIMERA DAMA
Cuando fallece su madre, durante el segundo gobierno de Rosas, la joven es automáticamente exaltada al rango de primera dama del país.

Manuelita no era hermosa, pero lo compensaba de sobra con su simpatía y atracción extraordinarias. El novelista opositor Mármol, ya mencionado, la retrató en Amalia en estos términos: «Fisonomía americana pálida, ojerosa, ojos pardo claros, de pupila inquieta y mirada inteligente». Por su parte, el norteamericano Samuel Greene Arnold dice que «Manuelita es bien parecida, con una figura llena y elegante pero ligeramente redondeada de hombros. Tiene cara redonda y no bonita, pero que revela mucho carácter»

Durante el conflicto provocado por la intervención de Francia e Inglaterra en los asuntos rioplatenses, Manuelita fue el terciopelo que cubrió el hierro inflexible de la política paterna. Su encantadora personalidad cautivó a muchos jefes navales y negociadores enviados al Plata.

El comodoro Thornas Herbert, Henry Southern, el barón de Mareuil, el almirante Leprédour, el barón de Mackauy muchos otros formaron parte de la «corte» de Manuelita.

Con lord Howden, barón de Irlanda y par del Reino Unido pareció por un momento que las cosas iban a llegar aún más lejos. A Rosas le interesaba conquistarlo, y organizó en su honor fiestas hípicas aprovechando la pasión que el inglés mostraba por los caballos. El resultado fue que este aristócrata, que había sido ayudante del duque de Wellington, que había peleado en Grecia contra los turcos junto a lord Byron, divorciado de una sobrina de Potemkin -el famoso ministro ruso-, este romántico de ribetes novelescos, cayó perdidamente enamorado de Manuelita.

Al aproximarse el fin de su misión en el Río de la Plata, escribió a Manuelita disculpándose por su mal castellano, ese «magnífico y suntuoso idioma que con tanta dignidad y gracia mana de los labios de usted», y le declaró francamente su amor. La hija de Rosas le contestó que lo quería como a un hermano, y el lord, aunque desilusionado, respondió despidiéndose e informándola, de paso, que el bloqueo del puerto de Buenos Aires sería levantado.

Con tantos amigos en el país y fuera de él, no es de extrañar que hasta los periódicos europeos se ocuparan de la joven porteña. Mientras en Madrid hablan de la «célebre Manolita», nada menos que la Revue des Deux Mondes afirmaba que «cuenta ella en Europa, de Turín a Copenhague, con gran número de admiradores y amigos». Ni su fama, empero, ni la adulación de que estaba rodeada de continuo consiguieron alterar su natural llaneza, ni la hicieron incurrir en actitudes que pudieran tildarse de altaneras.

LA FELIZ EXILIADA
Esta condición equilibrada de su carácter le fue muy útil al ser derrocado su padre el 3 de febrero de 1852, cuando ambos debieron abandonar su patria y partir al exilio en Inglaterra. Allí demostró que si hasta entonces había accedido a la voluntad de don Juan Manuel no era por espíritu sumiso sino por afecto a su persona y adhesión a su causa. En efecto, a pesar de la oposición de Rosas, Manuelita puso fin a su soltería casándose a los 35 años con su antiguo pretendiente Máximo Terrero el 23 de octubre de 1852.

Dos hijos le nacieron en tierra inglesa pero no los crió en Southampton, donde residía Rosas, sino en Londres, pues el ex gobernante había puesto condiciones para aceptar la boda: que él no asistiría a la ceremonia, que se deslindarían los patrimonios y que Manuelita no seguiría viviendo en su casa. Desde entonces la familia, aunque físicamente distanciada, siguió en la mejor armonía, y Rosas, convertido en granjero, disfrutaba, cuando lo visitaban, con las ocurrencias y travesuras de sus nietos Manuel y Rodrigo.

La señora de Terrero supo mostrar que podía adaptarse tan bien a la vida pública rodeada de lujos y halagos como a una existencia privada en condiciones menos opulentas. Así transcurrió plácidamente los últimos 46 años de su larga’ vida, en el seno de una familia donde reinó el afecto, la cordialidad y el respeto que ella siempre supo dar,’ y que recibió con creces de cuantos la trataron.

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Biografia de Manuela Saenz Mujeres Libertadoras de America Bolivar

Biografía de Manuela Saenz
Mujeres Libertadoras de América

Manuela Sáenz
En los años turbulentos de las guerras de la Independencia hispanoamericana, a muy pocas mujeres les cupo un papel protagónico que signara tanto sus vidas como las de sus patrias nacientes. Sobresale entre ellas la formidable personalidad de la inteligente colaboradora y amiga de Simón Bolívar, que llegó a merecer cabalmente que este la llamara «la libertadora del Libertador«.

Ella lo sabía mejor que nadie: «Lo que soy en realidad -escribió- es un carácter formidable, amiga de mis amigos y enemiga de mis enemigos».

A causa de esa vigorosa personalidad, Manuela Sáenz, «la libertadora del Libertador», debió sufrir en vida el ataque persistente y enconado de los defensores de «los prejuicios de la sociedad» -como ella misma los llamaba—, de los numerosísimos enemigos de su egregio amante –Simón Bolívar-, y aun el de algunos amigos de este. Muerta, cayó sobre ella un espeso manto tejido de silencio y calumnias.

Pero aunque el destino y los hombres se esforzaran por borrar sus huellas y distorsionar su imagen, ella supo siempre -con la misma fe que la sostuvo y alentó en tantos momentos angustiosos- que habría de ser finalmente reivindicada. «El tiempo me justificará», escribió. Y así ha sido, en efecto.

LA BASTARDA
Ya al nacer, Manuela empezó a dar que hablar. «El 29 de diciembre de 1797 bauticó solemnemente a Manuela, nacida dos días antes, una criatura espuria cuyos padres no son nombrados.»

Así rezaba la partida de bautismo, pero todo Quito sabía perfectamente de quiénes se trataba, y no dejaba de asombrarse. ¿Cómo era posible que don Simón Sáenz y Vergara, noble español casado y con hijos, miembro del Concejo de la ciudad, capitán de la milicia del Rey y recaudador de los diezmos del reino de Quito hubiese seducido a Joaquina, de la familia terrateniente de los Aispuru, muchacha de dieciocho años?

En realidad, no se justificaba tanta sorpresa, puesto que Quito era conocida y reconocida como la ciudad más licenciosa de todo el Virreinato de Nueva Granada (que abarcaba lo que es hoy Colombia, Ecuador y Venezuela).

De nada valió que Joaquina pasase el resto de su vida entre penitencias y oraciones; fue en vano que losAispuru, odiando a ese viviente testimonio de su deshonra, la recluyesen en el convento de Santa Catalina. A los 17 años Manuela mostró a las claras su independencia de carácter al escapar para unirse con un apuesto oficial en algún lugar de los montes de Quito. Cuando regresó, emisarios de su padre la estaban esperando para llevarla a Guayaquil y embarcarla rumbo a Panamá, donde entonces residía don Simón Sáenz.

En Panamá, mientras ayudaba eficazmente a este en sus asuntos, Manuela aprendió a fumar -costumbre difundida entre las panameñas- y beber, y a distinguirse por sus modales, su porte y su andar.

Su poder de seducción indujo a James Thorne, rico mercader británico establecido en Lima, a proponerle matrimonio. Manuela no dejó escapar la oportunidad, pues en Panamá todos conocían su pasado, y la alternativa era quedarse soltera para terminar siendo la querida de algún personaje lugareño o una mujer de mala fama.

Así fue como el 27 de julio de 1817 la iglesia limeña de San Sebastián se iluminó para celebrar la unión de Jaime Thorne y Manuela Sáenz. Como ambos eran católicos, según las costumbres de la época, se suponía que el matrimonio sería para toda la vida. Pero la vivaz Manuela no tardó en cansarse de este inglés parco, correcto y respetuoso de todas las convenciones. «Como marido eres muy chapucero -le espetó—. No procuras ningún placer, conversas sin gracia, caminas sin prisa, te sientas con cautela y no te ríes ni de tus propias bromas. Créeme, la vida monótona está reservada para tu nación.»

Para compensar su aburrimiento conyugal, desde 1819 Manuela se dedicó a conspirar en favor del movimiento independentista, llevando y trayendo las proclamas sediciosas que aparecían por las mañanas pegadas en los muros de la ciudad. Continuó con esta peligrosa actividad a pesar de la oposición de su marido, que veía en ella la ruina de ambos.

MANUELITA Y BOLÍVAR
Pero en 1822, después de la victoria patriota, sus esfuerzos y su valor se vieron recompensados: fue una de las 112 damas de Lima que recibió, por decisión del general San Martín, la Orden del Sol, la más preciada condecoración de la Sudamérica liberada.

Sin embargo, no se sintió satisfecha con la intensa vida social que desarrolló en los altos círculos de Lima antes y después de la Independencia. Acaso por eso regresó a Quito, justo a tiempo para presenciar la entrada triunfal de Bolívar.

Fue en el gran baile de la Victoria, celebrado en casa de Juan de Larrea el 16 de junio de 1822, donde se encontraron por primera vez la señora de Thorne y Simón Bolívar. A ella le bastó un breve lapso para conquistar la galante atención de todos los oficiales de Bolívar, y sobre todo la de este.

El altivo porte de Manuela, la elegancia de sus vestidos y de sus movimientos, su lenguaje, su rapidez para la réplica aguda, sus juicios lapidarios sobre los miembros de la sociedad quiteña, que le eran bien conocidos, hicieron comprender al héroe que se hallaba ante una mujer excepcional. Bajo las miradas envidiosas de todas las damas presentes, «la bastarda» y el Libertador bailaron, charlaron y rieron juntos casi toda la noche. Juntos también dejaron la residencia de los Larrea.

Al cabo de doce días dedicados a las urgentes tareas de la Independencia, y de doce noches consagradas a Manuela, Bolívar se percató de que este nuevo amor amenazaba absorberlo por entero. Él no se debía a una mujer sino a un continente. Experimentó por eso cierto alivio cuando tuvo que salir para Guayaquil el 4 de julio, a entrevistarse con el general San Martín. Creía poner así punto final a lo que consideraba una aventura pasajera más.

Pero no conocía bien a «la Sáenz», como la llamaban despectivamente las damas quiteñas. Manuela había decidido que su relación con Simón Bolívar fuese duradera, y ella era tan rápida para tomar una resolución como tenaz para llevarla a cabo y sobreponerse a los obstáculos que se le opusieran.

Fue así como Bolívar la vio aparecer otra vez en Lima en septiembre de 1823. En corto tiempo Manuela supo hacerse indispensable al Libertador, no solo como amante sino también en las múltiples tareas de la Revolución. Su conocimiento íntimo de la sociedad limeña y del carácter y las tendencias políticas de sus miembros resultó utilísimo a Bolívar. Por sobre todo, este sabía que podía contar ilimitadamente con esa mujer valerosa y enamorada.

En octubre la señora de Thorne fue incorporada oficialmente al Estado Mayor de Bolívar como encargada del archivo. Desde ese momento sus destinos quedaron unidos, no obstante ocasionales- separaciones impuestas por los azares de la guerra.

Su entrega total a la persona y al ideal de Bolívar quedó demostrada la famosa noche de septiembre de-1828, en Bogotá, cuando, sable en mano, hizo frente a las pistolas y cuchillos de los completados que venían a dar muerte al prócer. Su arrojada conducta dio tiempo a este para ponerse a salvo, organizar la represión y regresar luego a abrazarla y decirle conmovido: -«Manuela, mi Manuela, eres la libertadora del Libertador».

Muchas de estas peripecias políticas podrían quizás haberle sido ahorradas al Libertador, si hubiese escuchado más a Manuela, que demostró poseer una intuición infalible para detectar a los enemigos ocultos.

En 1830, al morir Bolívar, Manuela intentó suicidarse, pero aún le quedaban muchos años de vida desdichada. Desterrada sucesivamente de Colombia y de Ecuador, acabó como vendedora de tabaco en Paita, un minúsculo puerto del norte peruano. Inválida desde 1847, no pudo escapar cuando una epidemia de difteria asoló la región en 1856. El 23 de noviembre de ese año sus restos fueron arrojados a la fosa común, y sus papeles -la voluminosa correspondencia con el Libertador- ardieron en la fogata encendida por el Cuerpo de Sanidad.

Un amigo llegó a tiempo para rescatar tan solo una hoja ennegrecida donde aún podía leerse: «El hielo de mis años se reanima con tus bondades y gracias. Tu amor da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti, no puedo privarme voluntariamente de mi Manuela.»

Fuente Consultada:
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