Murat Joaquin

Biografia de Danton Georges Jacques Politico Frances

Biografia de Danton Georges Jacques

Desfigurado el rostro por las viruelas, tumultuoso, desbordante y elocuente, Dantón es una de las figuras más conspicuas del movimiento revolucionario francés.

Demagogo en los Cordeliers, ministro durante las matanzas de septiembre de 1792, partidario de la moderación ante el Terror, impulsor de la política imperialista de la República, los historiadores descubren muchos repliegues en el fondo de su espíritu.

Danton Georges Biografia

Georges-Jacques Danton fue un abogado y político francés que desempeñó un papel determinante durante la Revolución francesa y cuyo talante contemporizador fue atacado por los diferentes partidos en pugna.

Por sus innegables condiciones de patriota, éste fue el primer revolucionario que rehabilitó la crítica histórica del pasado siglo, e incluso la historiografía conservadora ha tenido ciertas debilidades al considerar su personalidad.

Modernamente, no se olvida que en muchas de sus actuaciones corrió el dinero y que su integridad moral es tan dudosa como la de Mirabeau.

No obstante, se le aprecia, como calidad política esencial, cierto realismo, tan alejado del doctrinarismo abstracto de Robespierre como del asesinato por sistema de Marat.

Era hijo de una buena familia provinciana. Nacido en Arcis del Aube el 28 de octubre de 1759, quedó huérfano de padre cuando tenía tres años de edad. Su madre descuidó su educación, por lo que Jorge Jacobo creció dando rienda suelta a su temperamento vital y apasionado.

A los catorce años ingresó en los Oratorianos de Troyes, donde se distinguió en los estudios de historia, mitología y retórica. En 1780 se trasladó a París para dedicarse a la abogacía.

Durante algunos años trabajó en las oficinas del abogado Vinot; defendió algunos casos ante el Parlamento y se dedicó a la lectura de la Enciclopedia y las obras de Rousseau.

En 1787 contrajo matrimonio con Angélica Charpentier. Esta boda le permitió comprar un cargo de abogado en los consejos reales (1787), donde ganó una preciosa experiencia en los asuntos públicos.

Afiliado a las logias masónicas, gozando de mucha simpatía entre las gentes humildes de su barrio, Dantón fue muy pronto, a raíz de la toma de la Bastilla (14 de julio de 1789), uno de los agitadores más populares de París. Su figura, su voz, sus ademanes, le predestinaron a la demagogia.

El dinero del duque de Orleáns le incitaba a la acción. Desde la tribuna de los jacobinos o desde la más radical de los Cordeliers, club que había contribuido a fundar en 1790, abogó contra la corte y el moderantismo de La Fayette.

En las elecciones de 1791 fue elegido administrador de su distrito municipal. Con motivo de la fuga del rey a Varennes, desencadenó una violenta agitación democrática; pero al fracasar la jornada del Campo de Marte (julio de 1791), tuvo que huir a Arcis y luego a Inglaterra.

A fines del mismo año volvía a estar en la capital. Esta vez apoyó a los girondinos en su política bélica, no se sabe exactamente con qué fines. Cuando los ejércitos aliados invadieron Francia, Dantón preparó la jornada revolucionaria del 10 de agosto. La victoria de las turbas fue su victoria.

A la mañana siguiente recibía el nombramiento de ministro de Justicia por la Asamblea Legislativa.

En aquel momento fue el único hombre del gobierno revolucionario que supo mantener la moral de Francia ante el continuo progreso de los ejércitos del duque de Brunswick. Son famosas sus palabras del 2 de septiembre: ((Audacia, todavía audacia y siempre audacia.»

Para dominar el presumible alzamiento de los contrarrevolucionarios, decretó una serie de medidas contundentes sobre las visitas domiciliarias y la detención de los sospechosos.

Los siniestros adeptos de Marat las utilizaron para proceder a las matanzas de Septiembre, que Dantón no supo o no quiso evitar. Esta es una mancha que cae pesadamente sobre su cabeza.

Habiendo renunciado al cargo de ministro (21 de septiembre) en favor delacta de diputado a la Convención, Dantón fue delegado a Bélgica para proceder a la reorganización de aquel territorio, recién conquistado por las tropas republicanas.

Al volver de su misión, propuso la anexión de aquella provincia, y renovó, en un famoso discurso, la política de las fronteras naturales de Richelieu. Atacado por los girondinos, que veían en él al autor de las matanzas de Septiembre, tuvo que apoyarse en Robespierre y la Montaña.

Sin embargo, su política era más liberal y menos democrática que la de los jacobinos. La alianza de éstos con los dantonistas determinó la derrota del brillante grupo de la Gironda en las jornadas de mayo y junio de 1793. Pero esta victoria no le fue tan fructífera como la del 10 de agosto, pues benefició a Robespierre.

El 10 de junio de 1793 fue reemplazado en el Comité de Salud Pública — en el que figuraba como dueño desde el mes de abril anterior — por Maximiliano. No obstante, Dantón conservó gran influencia sobre la Convención.

En octubre de 1793 Dantón se trasladó a Arcis para reponer su salud. Cuando regresó, emprendió una vibrante campaña contra el Terror.

Pero entonces Robespierre tenía entre sus manos a los jacobinos, y combatió a los dantonistas llamándolos indulgentes. Con una ciega confianza en su estrella,

Dantón no se preocupó de las acechanzas que le tendía su rival. Consideró como un éxito propio el fin de los hebertistas o exaltados en la guillotina. Pero, en realidad, era otro triunfo de Robespierre.

El siguiente fue la detención del mismo Dantón y de sus adeptos (1° de abril). Después de un juicio tan inicuo como los acostumbrados, ante el mismo Tribunal Revolucionario que él había creado y organizado, Dantón fué condenado a muerte.

El 6 de abril de 1794 su cabeza rodó en la guillotina. El Terror devoraba a los que le habían engendrado.

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Biografia de Murat Joaquín Rey de Nápoles Vida Política

BIOGRAFÍA JOAQUÍN MURAT

Los primeros años del siglo XIX vieron comprometerse en los viejos tronos europeos a audaces intrusos impulsados por su valor, y sostenidos por el magnífico jefe Napoleón, que saltó de revolucionario y republicano entusiasta a emperador de los franceses, y ante quien todos los poderosos del continente se inclinaban.

Así llegó Joaquín Murat a ocupar el trono del reino de Nápoles, arrebatado a los Borbones por el ejército francés.

Joaquin Murat

Joaquín Napoleón Murat fue un noble y militar francés al servicio de su cuñado Napoleón, gran duque de Berg, mariscal de Francia y rey de Nápoles entre 1808 y 1815 Joaquín Napoleón Murat fue un noble y militar francés al servicio de su cuñado Napoleón, gran duque de Berg, mariscal de Francia y rey de Nápoles entre 1808 y 1815

Este extraordinario personaje constituye un exponente de los tipos humanos llevados a la notoriedad por la Revolución Francesa.

Valiente hasta la temeridad, impetuoso, lleno de ambiciones, surgió a la historia universal en su condición de camarada de armas del poderoso Napoleón.

Destinado a una vida oscura, tanto por sus orígenes humildes como por su espíritu refractario a toda adaptación a las normas e instituciones establecidas, Murat alcanzó fama e influencia continentales por la tremenda explosión social que destruyó la tradicional monarquía francesa.

En su calidad de integrante del sistema napoleónico, logró una posición de primer plano en Europa, acompañando a su jefe y cuñado en su prodigiosa ascensión.

Durante algún tiempo, la política española llegó a ser determinada por este militar. Su acción, puede afirmarse, influyó indirectamente hasta en el proceso de la independencia de Hispanoamérica.

SU VIDA: Nació en La Bastide-Fortuniére (Francia) el 25 de marzo de 1767. Su padre, un posadero, lo destinó a la carrera eclesiástica, pero ello no conformaba al natural impulsivo, valiente y aventurero del joven Joaquín, que abandonó los estudios y volvió a su mesón. Pero le atraía la carrera de las armas, y sentó plaza en el regimiento de los cazadores de Ardennes, del cual fue expulsado poco después por indisciplina.

En 1791, a dos años de la iniciación de la Revolución, fue a París, ingresó en la guardia constitucional de Luis XVI, y logró luego el grado de teniente en el regimiento de cazadores a caballo. Se mostró revolucionario entusiasta, y su arrojo, nunca desmentido en el campo de batalla, le hizo lograr rápidos ascensos.

En el golpe del 13 de Vendimiario (5 de octubre de 1795), preparado por los realistas contra la Convención, actuó junto a Napoleón, encargado de reprimirlo. Cuando el joven general de la Revolución inició su famosa campaña de Italia (1796-1797), Joaquín Murat era brigadier y fue uno de los edecanes del jefe del ejército. Los destellos de la gloria de Napoleón alcanzaron a iluminar el nombre de Murat, considerado no tan sólo valeroso, sino también magníficamente dotado para las lides guerreras.

Cuando Napoleón realizó la campaña de Egipto lo acompañó, destacándose en múltiples hazañas. El 18 de Brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799) intervino en favor de Napoleón con sus granaderos, en el golpe de Estado de Saint

Cloud que dio por fruto el ascenso de Bonaparte al cargo de primer cónsul. El Consejo de los Quinientos (una de las cámaras del poder legislativo francés durante el Directorio) nunca habría de olvidar la irrupción de los granaderos de Murat en el amplio recinto, ni la huida de los parlamentarios a través de puertas y ventanas. Tampoco lo olvidó Napoleón, que recompensó a Murat con el mando de la guardia consular y el matrimonio con una de sus hermanas: Carolina.

SU RÁPIDO ASCENSO

Napoleón, emperador, lo hizo mariscal del Imperio, príncipe en 1805, gran almirante y Gran Águila de la Legión de Honor, y gran duque de Cleves y de Berg. Intervino en muchas de las campañas napoleónicas y, después de la paz de Tilsit, recibió el mando de las tropas que harían la conquista de España.

Mucho tuvo que ver en la preparación del famoso «escándalo de Bayona», que dejó el trono de España en manos del amo de Europa. Murat sofocó, en una terrible represión, el movimiento madrileño del 2 de mayo de 1808. Cuando creía tener en sus manos el cetro español, vio cómo llegaba a las de José Bonaparte, pero recibió en cambio, como una compensación, el de Nápoles.

MURAT, REY DE NÁPOLES

Encontró un país dirigido por leyes casi medievales,, de gentes incultas, y amenazado en extensas regiones por el bandolerismo. Dispuesto a hacer del reino un Estado próspero, reformó las leyes, introdujo el código de Napoleón, desarrolló la instrucción, dictó medidas para proteger la agricultura y fundó el banco de Nápoles.

La administración fue confiada a hombres capaces, y el bandolerismo, perseguido. Se castigaba inmediatamente a los bandidos capturados, y es fama que a los más feroces los hacía exhibir por las calles de las poblaciones llevando sobre el pecho, suspendidas de una cuerda, las manos que les habían sido cortadas, como castigo ejemplar por los delitos cometidos.

Llegó a ser amado realmente por su pueblo, que le perdonaba muchas actitudes que deben atribuirse a su afán por la ostentación. Nápoles comenzó a pensar en sU independencia, y Murat alentó estas ideas, tratando de separarse del Imperio; llegó a ordenar la evacuación de los franceses, lo que motivó un decreto de Napoleón declarándolos «ciudadanos de derecho» del Reino de las Dos Sicilias (Nápoles) .

Disgustado con esa y otras actitudes de su cuñado, Murat inició conversaciones con las cortes de Austria y de Inglaterra, deseoso de ser reconocido por ambos países como soberano de Nápoles. Sin embargo, en 1813 volvió a combatir al mando de las tropas napoleónicas, hasta que la derrota de Leipzig, principio del fin del poderío del Gran Corso, lo hizo volverse a su reino, y, alentado- por el maquiavélico Fouché, firmó tratados con Austria e Inglaterra.

Napoleón escribía a su hermana Carolina: «Tu marido es de lo más valiente en- el campo de batalla, pero más débil que una mujer o que un fraile cuando no ve enemigos por delante. Carece totalmente de valor moral».

Sin embargo, cuando Napoleón, que había sido desterrado a la isla de Elba, inició su retorno en busca del trono de Francia (1° de marzo de 1815), Joaquín Murat se puso a su lado y, desafiando a los aliados, llegó hasta Parma.

Al principio, los pueblos lo siguieron con entusiasmo, pues lo consideraban su libertador, pero, luego. una sucesión de derrotas en el norte hizo que el fervor se disipara. Los ingleses amenazaban a Nápoles, por lo que debieron volver al reino, y la intervención de los austríacos transformó la retirada en un desastre.

LA ABDICACIÓN

En Nápoles, su muy querida Nápoles, abandonado por todos, Murat abdicó y partió para el exilio. El reino de Nápoles volvió a ser gobernado por Fernando de Borbón.

LA ULTIMA AVENTURA DE MURAT

Joaquín Murat siguió su lucha, decidido a recuperar el trono. Se hablaba de una verdadera intriga preparada para impulsarlo a la reconquista de su reino y llevarlo a la muerte. Partió de Ajaccio el 28 de setiembre de 1815, con doscientos cincuenta hombres, y desembarco en las costas de Calabria, el 8 de octubre con sólo 30 de ellos. contra lo que esperaba el pueblo no acudió en su apoyo, y capturado por la gendarmería borbónica, un tribunal militar lo condenó a muerte.

El día 13 de octubre fue fusilado. No desmintió ante la muerte el valor que lo animó toda su vida. Ante el pelotón de fusilamiento, dijo a los soldados: «Mirad al pecho y no al rostro». Así, a los 48 años, terminó la vida de Joaquín Murat, rey de Nápoles.

Biografia de Robespierre Resumen Funcion en el Comite de Salvación

Biografía de Robespierre Maximiliano – Resumen –
Funcion en el Comité de Salvación Pública

En 1781, un joven juez de provincias termina sus estudios en París y se une a los reuoiucionarios que quieren derrocar a Luis XVI, símbolo del Antiguo Régimen. Una vez decapitado el rey, no dudará en mandar a la guillotina a todos aquellos que pongan el nuevo orden en peligro.

El juez más implacable de la historia fue Maximiliano de Robespierre, uno de los principales líderes de la Revolución Francesa, movimiento que bajo los principios de libertad, igualdad y fraternidad inauguró una nueva etapa de la historia de la humanidad.

Desde su tribuna jacobina, Robespierre impulsó una política conocida con el nombre del Terror, destinada a acabar con todo aquel que se mostrara contrario a la Revolución.

Así, mandó a la guillotina a decenas de nobles y burgueses, e incluso condenó a otros líderes revolucionarios, al creer que se habían alejado del espíritu de la Revolución.

ANTECEDENTES: 1793, La Convención, dominada por los jacobinos, instaló un régimen de terror que persiguió a los opositores de la revolución.

El poder se concentró en el Comité de Salvación Pública, en el que se destacó Maximiliano Robespierre. Se enviaron representantes a todas las provincias, con amplios poderes para confiscar propiedades, arrestar y condenar a muerte a los enemigos políticos.

Esta época recibió el nombre de «período del Gran Terror», por la implacable persecución de los adversarios políticos que realizaban los comités.

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Se destacó por su oratoria como defensor de la justicia y la igualdad, respaldando esa prédica con su comportamiento íntegro.

De esta manera se transformó en el líder más sobresaliente del Club de Jacobinos. Miembro de la Asamblea Constituyente y de la Convención Nacional, apoyó la destitución del rey Luis XVI.

Miembro del Partido Radical de Montaña, (junto con Danton y Marat), combatió a los girondinos y tras su caída, que él mismo había propiciado, se hizo miembro del Comité de Salvación Pública (1793). Aprobó las medidas radicales y, en 1794, se convirtió en dictador.

Eliminó la extrema izquierda (partidarios de Hebert) y los revolucionarios moderados (Danton y Desmoulins). Apoyado en las masas populares, intentó llevar a cabo una democratización radical y crear un «poder de la virtud». Para conseguir sus objetivos, implantó el Sistema del Terror (1793-1794).Sus enemigos de la convención lo encarcelaron y una vez destituido de su cargo fue guillotinado.

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BIOGRAFÍA DE MAXIMILIANO ROBESPIERRE

Maximiliano nació el 6 de mayo de 1758, en Arras, capital del Artois, provincia del noroeste de Francia. Hijo primogénito de Francois Derobespierre y Jacqueline Carrault, tuvo tres hermanos: Agustín —muy ligado a él—, Carlota y Enriqueta.

En el certificado de bautismo, su apellido figuró como «Derobespierre». Las circunstancias que lo llevaron a introducir en él una pequeña alteración denotan algo de su personalidad.

Todavía adolescente y no indiferente a la posibilidad de ascendencia noble que el «de» permitía entrever, Maximiliano separó la partícula del nombre; ella confería un aire vagamente aristocrático al portador.

De la misma manera, cuando en 1790 la Asamblea Constituyente abolió los títulos de nobleza, por iniciativa propia eliminó el «de» del nombre —ser noble dejaba de ser algo apreciable—.

Su madre, hija de un fabricante de cerveza, murió al dar a luz a Enriqueta. Ese hecho trastornó enteramente la vida de Francois Derobespierre, modesto abogado de provincia como lo habían sido su abuelo y bisabuelo.

Maximiliano tenía siete años cuando su padre abandona la clientela, comienza a vagar por las calles, se embriaga en las tabernas y por fin desaparece en el extranjero. La familia se desmorona.

Carlota y Enriqueta son alojadas en una especie de institución de caridad y los abuelos maternos se encargan de los varones.

Maximiliano crece taciturno y orgulloso. Asiste al colegio de Arras, cría palomas en el jardín de su casa y llora cuando alguno de sus animalitos muere. Mantiene largas conversaciones con su hermano menor, que siente por él ciega admiración.

Y con cierta razón, pues Maximiliano es un niño inteligente y sensible, un ávido lector y un alumno ejemplar.

A los doce años, cubierto de medallas y premios por buenas notas, Maximiliano gana una beca para estudiar en el Colegio Luis el Grande, uno de los más importantes de la Universidad de París. El viejo edificio de la rué Saint Jacques era tétrico. Hacían economías en la calefacción y en la comida.

Durante el invierno los niños estudiaban con los dedos azulados por el frío y los estómagos molestos por el hambre, insatisfechos con la disciplina rigurosa y el curriculum anticuado.

A escondidas, circulaban entre ellos los libros de Rousseau y los panfletos de Voltaire, cuya irreverencia hacía más soportable la chatura de aquel mundo.

La condición de becario ciertamente influyó mucho sobre el niño. Para sus colegas nobles no pasaba de un mero receptor de caridad, sin importarles las cualidades que tuviese.

En la convivencia con la familia también debe haber absorbido cierto resentimiento contra las jerarquías sociales del Antiguo Régimen, nombre con el que se conoce el sistema político-social anterior a la Revolución.

Su orgullo y su ambición, revelados en la tentativa de «ennoblecer» el nombre, y contrariados por la decadencia familiar y por el desprecio de sus compañeros nobles, producirán en Maximiliano un resentimiento que, en mayor o menor grado, fue común a todos los jóvenes de talento de las clases medias francesas, lo que explica en parte la entusiasta acogida que los libros de Rousseau tuvieron entre los jóvenes: presentaban los privilegios de los nobles y su fortuna como una usurpación de los «derechos naturales» de todos los hombres.

Luego, el joven de maneras graves encontró a un amigo que era exactamente su opuesto. Otro becario, dos años más joven, espiritual, improvisador irreprimible, que se convertiría en uno de los más formidables tribunos de la Revolución Francesa y en su más brillante periodista: Camille Desmoulins.

Otros cuatro futuros jefes revolucionarios estudiaron con él en ese período: Duport-Duletre, Lebrun, Freron y su propio hermano Agustín.

Finalmente, en 1778, Maximiliano realizó un antiguo sueño: visitar a Rousseau. El viejo filósofo moriría ese mismo año, y Robespierre recordaría siempre ese encuentro con entusiasmo y admiración.

En 1780, terminado el colegio, se inscribió en derecho. Y a los 23 años, ya recibido de abogado, regresó a Arras con pocas esperanzas: no podía esperar de la vida nada mejor que lo que habían conseguido sus abuelos.

En 1789 con la Toma de la Bastilla se inicia un proceso revolucionario contra el poder absoluto del rey Luis XVI, que pasó por distintas etapas, entre negociaciones y conflictos ideológicos, que se iniciaron con una Asamblea Nacional para terminar con el imperio francés al mando de Napoleón.

Durante la etapa de la Asamblea , donde aun permanecía todavía en Versalles, los diputados más radicales entre ellos Robespierre, se reunían en un café. En París organizaron un «club» que comenzó a funcionar en una sala alquilada al convento de los dominicanos.

Sus miembros, aunque oficialmente se denominasen «Amigos de la Constitución», recibieron el sobrenombre de Jacobinos, antigua designación de los primeros dominicanos instalados en París en la Rué St. Jacques (Calle de Santiago o Jacobo el Mayor, de donde Jacobinos). En breve estarían aceptando socios no diputados e inaugurando nuevos clubes en las provincias.

En la mañana del 21 de junio de 1791, París despertó alarmado por una noticia: la familia real había huido del Palacio de las Tullerías. La ciudad, los clubes y la Asamblea estaban sumamente agitados. Los diputados radicales, Robespierre inclusive, vieron en ello indicios de traición: el rey y la reina buscaban ayuda para aplastar a la nación de la que, se creían propietarios.

El rey fue perseguido, reconocido y detenido en Varennes —donde insistiera en parar para comer durante el viaje— y los fugitivos reconducidos bajo escolta a París. La Convención investigó el proceder del rey, quien fue declarado culpable de establecer alianzas con las potencias extranjera, y fue condenado a morir en la horca el 21 de enero de 1793.

Los girondinos se habían preparado para defender al rey con una serie de instrumentos legales. La ofensiva de Robespierre y Saint-Just los dejó desarmados, sin aliento. Lanzan entonces una propuesta: someter el resultado, sea cual fuere, a un referendo popular. Robespierre y Marat argumentan que dividir el país en tiempo de guerra es un crimen. El 21 de enero de 1793, Luis XVI es decapitado. Mostró en la muerte la firmeza que no tuvo en vida.

El 4 de setiembre de 1793, una multitud impresionante se reunió delante de la Comuna. Los sans-culottes exigían mayor igualdad en la distribución de la riqueza, la división de las grandes propiedades, el congelamiento de los precios, una distribución más justa de los alimentos. Por una parte presionado, por otra comprendiendo la necesidad de medidas drásticas para salvar la Revolución, Robespierre aceptó en parte las proposiciones.

Se creó un ejército revolucionario, que barrió el país, sembrando el pánico entre los opositores. Leyes draconianas fueron adoptadas contra los especuladores.

Era el Terror. Las medidas de extrema violencia adoptadas por la Comisión de Salvación Pública surtieron efecto.

Con el tiempo ,las voces comienzan a levantarse en la propia Convención: «¡Basta con el Terror! ¡Vuelta a la legalidad!» Robespierre no deseaba otra cosa, pero aflojar en ese momento hubiera sido provocar el desmoronamiento del edificio revolucionario, pero es inevitable comienzan las discusiones y disensiones internas.

Danton había sido tan poco hábil como para dejar caer en manos de sus enemigos cartas que no sólo lo comprometían políticamente, sino que probaban su intervención en la corrupción financiera.

Los robespierristasse encontraban solos a la cabeza de la revolución.Mas Robespierre estaba destrozado por dentro con toda esa matanza. Quien lo sostenía psicológica y políticamente era el inflexible Saint-Just.

En la Convención, a los pies del grupo vencedor, se encontraba un bando aterrorizado, y los más asustados entre ellos eran los que habían ido más lejos en el camino del Terror.

Tenían miedo de que, cuando fuera inevitable el final del Terror, fuesen acusados por sus crímenes. Algunos de ellos, como Fouché y Tallien, sabían que si dependían de Robespierre, tendrían sus días contados. Con el coraje de la desesperación, resolvieron atacar.

Reunieron todo lo que quedaba de los feuillants, dantonistas, banqueros y realistas en una sola ofensiva y, el 27 de julio de 1794 (9-Termidor, según el calendario revolucionario) prendieron de sorpresa a los robespierristas en la Convención. Los robespierristas esperaron la muerte hasta el amanecer, y Robespierre fue el último en ser guillotinado; antes presenció la muerte de sus compañeros.

Ese golpe señala, con la reacción radical de Babeuf, tres años después, el fin del período avanzado de la Revolución Francesa. Pero la obra de los jacobinos no podía ser apagada: Francia jamás volvería a su pasado feudal.