Números y Catedrales en la Edad Media

Métodos Comerciales Medievales Seguros Letras de Cambio

Métodos Comerciales Medievales Seguros, Letras de Cambio y Contabilidad

La revolución comercial
La revolución comercial de la que fue teatro la Cristiandad medieval entre los siglos XI y XIII se halla estrechamente unida a algunos grandes fenómenos de la época, y no resulta fácil determinar si fue causa o efecto de los mismos.

En primer lugar, cesan las invasiones. En cuanto dejan de penetrar en el corazón de la Cristiandad o de arribar a sus costas germanos, escandinavos, nómadas de las estepas eurasiáticas y sarracenos, los intercambios pacíficos —nacidos, por otra parte, modestamente en el mismo seno de las luchas— suceden a los combates.

Y aquellos mundos hostiles se revelan como grandes centros de producción o de consumo: se ofrecen los granos, las pieles y los esclavos del mundo nórdico y oriental a las grandes metrópolis del mundo musulmán, de las que afluyen, en cambio, los metales preciosos de África y de Asia.

La paz —relativa— sucede a las incursiones y a los pillajes, creando una seguridad que permite renovar la economía y, sobre todo, al ser menos peligrosas las rutas de tierra y de mar, acelerar si no reanudar el comercio.

la ciudad comercial medieval
Ciudad comercial medieval

Más aún; al disminuir la mortalidad por accidente y mejorar las condiciones de alimentación y las posibilidades de subsistencia, se produce un extraordinario aumento demográfico que provee a la Cristiandad de consumidores y productores, mano de obra y recurso humano del que tomará sus hombres el comercio.

Y cuando el movimiento cambia de dirección, cuando la Cristiandad ataca a su vez, el gran episodio militar de las Cruzadas no será más que la fachada épica a la sombra de la cual se intensificará el comercio pacífico.

Con estas convulsiones se halla vinculado el fenómeno capital del nacimiento o renacimiento de las ciudades. En todas ellas, ya sean de nueva creación o antiguos conglomerados, la característica más importante es ahora la primacía de la función económica.

Etapas de rutas comerciales, nudos de vías de comunicación, puertos marítimos o fluviales, su centro vital se encuentra junto al viejo cas-trum feudal, núcleo militar o religioso: es el nuevo barrio de los comercios, del mercado y del tránsito de mercancías. El desarrollo de las ciudades está vinculado a los progresos del comercio, y en el marco urbano debemos situar el auge del mercader medieval.

No todas las regiones de la Cristiandad conocen con igual intensidad estas manifestaciones primeras de la revolución comercial.

Podemos individualizar tres grandes centros donde tiende a concentrarse la actividad comercial de Europa. Como el Mediterráneo y el Mar del Norte (dominio musulmán y dominio eslavo-escandinavo) son los dos polos del comercio internacional, en las avanzadas de la Cristiandad hacia esos dos centros de atracción aparecen dos franjas de poderosas ciudades comerciales: en Italia y, en menor grado, en Provenza y en España por una parte, y en la Alemania del norte por otra.

caravana de comercio  medieval
Caravana de comercio medieval

De ahí el predominio en la Europa medieval de dos mercaderes, el italiano y el hanseático, con sus dominios geográficos, sus métodos y su personalidad propios.

Mas, entre esos dos dominios hay una zona de contacto cuya originalidad estriba en que, desde muy pronto, añade a su función de intercambio entre ambas zonas comerciales una función productora, industrial: la Europa del noroeste, o sea la Inglaterra del sudeste, Normandía, Flandes, Champaña y las regiones del Mosa y del bajo Rin.

Esta Europa del noroeste es el gran centro de la fabricación de paños y —con la Italia del norte y del centro— la única región de la Europa medieval que permite hablar de industria. Junto a las mercancías del norte y de Oriente, el hanseático y el italiano van a buscar a los mercados y ferias de Champaña y de Flandes estos productos de la industria textil europea.

Porque, en esta primera fase de nacimiento y expansión, el mercader medieval es, sobre todo, un mercader errante.

Vayamos ahora al tema que nos interesa en este post.

Progreso de los métodos en los siglos XIV y XV

Si bien la extensión de los negocios a partir del siglo XIII llevó a algunos mercaderes a cometer imprudencias y creó ciertos riesgos, en conjunto la evolución produjo un progreso en los métodos y las técnicas que permitió vencer o reducir muchas dificultades y peligros.

El comercio marítimo recibió gran empuje, gracias, en primer lugar, a la práctica —sobre todo en Génova— de la división de los navios en partes iguales, verdaderas acciones de las cuales una misma persona podía poseer varias. De esta forma se dividen y reparten los riesgos.

Estas «partes», llamadas también sortes o loca, son una mercancía que se puede vender, hipotecar, dar en commenda y hacer entrar en el capital de una asociación.

barcos en la edad media para el comercio intenacional
Barcos en la edad media para el comercio intenacional

Los seguros
Más importante todavía es el desarrollo de los métodos de seguro. Su evolución es oscura.

El término securitas que designaba primitivamente un salvoconducto, parece referirse hacia fines del siglo XII a una especie de contrato de seguro por el cual los mercaderes confían (locant) mercancías a alguien que, a cambio de cierta suma pagada a título de securitas, se compromete a entregar la mercancía en determinado lugar.

Hasta los siglos XIV y XV no se extienden verdaderos contratos de seguro en los cuales no cabe ya duda de que los aseguradores son distintos de los propietarios del barco.

A fines del siglo XIV algunas «compañías», como por ejemplo la del gran mercader pisano Francesco di Marco da Prato, inclusive se especializaron en esas operaciones.

Veamos el texto de un memorándum de fecha 3 de agosto de 1384, extraído de uno de sus registros que lleva como título el siguiente: «He aquí un registro de Francesco di Prato y Compañía, residentes en Pisa, en el cual escribiremos todos los seguros que hagamos para otros. Dios haga que saquemos provecho de ellos y nos proteja de los peligros»:

Aseguramos a Baldo Ridolfi y Cía. por cien florines oro de lana cargada en el barco de Bartolomeo Vitale en tránsito de Peñíscola a Porto Pisano. De estos 100 florines que aseguramos contra todo riesgo, recibimos 4 florines oro al contado, como atestigua un acta manuscrita de Gherardo d’Ormauno que refrendamos.

Y más abajo:

Dicho barco ha llegado a buen puerto en Porto Pisano, el 4 de agosto de 1384, y quedamos descargados de dichos riesgos.

La letra de cambio
Otros progresos de la técnica —ampliamente extendidos más allá del campo marítimo— a la vez que proporcionan nuevas posibilidades al mercader, extienden y complican sus negocios.

El primero y más importante es el uso de la letra de cambio. Si bien se discute su nacimiento, sus características y su función son hoy bien conocidas.

El auge de la letra de cambio debemos, ante todo, situarlo dentro de la evolución monetaria.

Durante la Alta Edad Media, la tendencia a la economía cerrada y la poca amplitud de los intercambios internacionales habían reducido la función de la moneda.

En el comercio internacional desempeñaron papel preponderante las monedas no europeas: el nomisma bizantino, llamado después hiperper y besante en Occidente, y los dinares árabes.

A partir de la época carolingia, en la Europa cristiana, aunque hubo un intento de retorno a la acuñación del oro, el patrón monetario era la plata, representada sobre todo por el denario, si bien también aquí ocupó indudablemente un lugar de primer orden el dirhem musulmán.

Con el auge de la revolución comercial, todo cambia en el siglo XIII.

Occidente vuelve a acuñar oro. A partir de 1252, Genova acuña regularmente denarios de oro y Florencia los famosos florines; a partir de 1266, Francia posee los primeros escudos de oro; a partir de 1284, Venecia tiene sus ducados; en la primera mitad del siglo XIV, Flandes, Castilla, Bohemia e Inglaterra siguen el movimiento.

En adelante, en los pagos comerciales pasa a primer plano el problema del cambio. A ese respecto, además de la diversidad de monedas, evidentemente, debe tenerse en cuenta:

a) La existencia de dos patrones, paralelos en cierta forma: oro y plata.

b) El precio de los metales preciosos, que sufrió un alza en los siglos xiv y XV. Alza que, según los períodos, afecta en forma desigual al oro y a la plata pero que, frente a las necesidades crecientes del comercio y a la imposibilidad de aumentar al mismo ritmo el numerario en circulación, a causa del estancamiento o la decadencia de las minas europeas y la disminución del suministro de metales preciosos provenientes de África, delata ese fenómeno del «hambre monetaria» en la que debe situarse la actividad de los mercaderes de finales de la Edad Media. Hambre sobre todo de oro, por cuanto la plata pasa a ser relativamente abundante hacia finales del siglo XV, gracias a la explotación de nuevas minas en la Alemania media y meridional.

Lo cual, como se sabe, será uno de los principales motores de los grandes descubrimientos.

c) La acción de las autoridades políticas. En efecto, el valor de las monedas estaba en poder de los gobiernos, que podían variar el índice de la misma, es decir, el peso, el título o el valor nominal. Las piezas no llevaban indicación de valor, sino que éste era fijado por las autoridades públicas que las acuñaban, valorando las monedas reales en moneda de cuenta ficticia que generalmente se expresaba en libras, céntimos y denarios derivados de un sistema que, por ejemplo, tomaba por patrón el denario tournois o denario parisis de Francia, o también el denario de gros de Flandes. De tal manera que los príncipes y las ciudades podían proceder a «movimientos monetarios», «mutaciones» o desvalorizaciones, «refuerzos» o revalorizaciones. Riesgos a menudo imprevisibles para el mercader.

d) Las variaciones estacionales del mercado del dinero. A causa de la falta de datos, resulta difícil señalar la existencia en la Edad Media de ciclos económicos, fluctuaciones periódicas en ondas largas y cortas, tal como se ha reconocido para el período moderno, aun cuando algunos historiadores, como Cario M. Cipolla, han creído poder hacerlo.

En todo caso, el mercader medieval no tenía, indudablemente, conciencia de ellos, y no le preocupaban. Por el contrario, los mercaderes medievales eran sensibles y prestaban mucha atención a las variaciones estacionales del curso del dinero en las principales plazas europeas, variaciones debidas, entre otras causas, a las ferias, a la fecha de las cosechas y a la llegada y partida de los convoyes.

Un mercader veneciano observó a mitad del siglo XV:

En Genova, el dinero es caro en setiembre, enero y abril en razón de la salida de los barcos … en Roma o donde se encuentre el Papa, el precio del dinero varía según el número de los beneficios vacantes y de los desplazamientos del Papa, que hace subir el precio del dinero dondequiera que se encuentre … en Valencia es caro en julio y en agosto a causa del trigo y del arroz … en Montpellier hay tres ferias que originan carestía de dinero …

Tales son los datos que el mercader debe tener en cuenta para calcular los riesgos y los beneficios; y partiendo de los cuales puede desarrollar, según sus posibilidades, un juego sutil fundado en la práctica de la letra de cambio.

Veamos, según R. de Roover, el principio y un ejemplo:

La letra de cambio era «una convención por la cual el ‘dador’. .. suministraba una suma de dinero al ‘arrendador’… y recibía a cambio un compromiso pagadero a término (operación de crédito), pero en otro lugar y en otra moneda (operación de cambio). Por lo tanto, todo contrato de cambio engendraba una operación de crédito y una operación de cambio, ambas íntimamente unidas».

He aquí una letra de cambio extraída de los archivos de Francesca di Marco Datini da Prato:

En el nombre de Dios, el 18 de diciembre de 1399, pagaréis por esta primera letra «de uso» a Brunaccio di Guido y Cía… . CCCCLXXII libras X céntimos de Barcelona, las cuales 472 libras 10 céntimos valederas 900 y (escudos) a 10 céntimos 6 denarios por y (escudo) me han sido pagadas aquí por Ricardo degli Albcrti y Cía. Pagadlas en buena y debida forma y ponedlas a mi cuenta. Que Dios os guarde.

Ghuiglielmo Barberi, Salut de Brujas

y de otra mano:

Aceptada el 12 de enero de 1399 (1400).

En el dorso

Francesco di Marco y Cía., en Barcelona. Primera (letra).

Se trata de una letra de cambio pagada en Barcelona por el librado —la sucursal en Barcelona de la firma Datini— al beneficiario —la firma Bru-naccio di Guido igualmente de Barcelona— a petición del librador o tomador —Guglielmo Barberi, mercader italiano de Brujas— a quien el dador —la casa Riccardo degli Alberti de Brujas— ha pagado 900 escudos a 10 céntimos 6 denarios el escudo.

Guglielmo Barberi, exportador de paños flamencos en relación regular con Cataluña, se hizo adelantar dinero en escudos de Flandes por la sucursal de Brujas de los Alberti, poderosos mercaderes-banqueros florentinos.

Como anticipo sobre la venta de las mercancías que ha expedido a su corresponsal de Barcelona la casa Datini, libra sobre ésta una letra de cambio a pagar en Barcelona al corresponsal en aquel lugar de los Alberti, la casa Brunaccio di Guida y Cía… .

Existe, pues, operación de crédito y operación de cambio. Este pago se realizó en Barcelona el 11 de febrero de 1400, treinta días después de su aceptación, el 12 de enero de 1400.

Este plazo es el «término», variable según las plazas —treinta días entre Brujas y Barcelona— que permitía verificar la autenticidad de la letra de cambio y, si fuera preciso, procurarse el dinero.

Por lo tanto, la letra de cambio respondía a cuatro eventuales deseos del mercader, y le ofrecía cuatro posibilidades:

a) El medio de pago de una operación comercial.
b) El medio de transferir fondos entre plazas que utilizaban monedas diferentes.
c) Una fuente de crédito.
d) Una ganancia financiera al jugar con las diferencias y las variaciones del cambio en las diferentes plazas, siempre dentro del marco definido más arriba.

En efecto, entre dos, o con más frecuencia entre tres plazas podía existir comercio de letras de cambio, además de operaciones comerciales. Este comercio de cambios, muy activo en los siglos XIV y XV, fue causa de vastas especulaciones.

Sin embargo, señalemos que, indudablemente, el mercader medieval ignoraba dos prácticas que habían de desarrollarse en la época moderna: el endoso y el descuento.

Aunque investigaciones permiten descubrir ejemplos de endoso desde principios del siglo XVI en el dominio mediterráneo; y que en el siglo XV se hallan casos parecidos, quizás, para obligaciones —simples órdenes de pago— en el dominio hanseático.

La contabilidad
Evidentemente, tales operaciones habían de ir del brazo con los progresos en contabilidad. La teneduría de libros de comercio se hace más precisa, los métodos más sencillos y la lectura más fácil.

Cierto que seguía existiendo gran complejidad. La contabilidad se dispersaba en numerosos registros: los libros de las «sucursales», de las «compras», de las «ventas», de las «materias primas», de los «depósitos de terceros», de los «obreros a domicilio» y, como ha destacado el historiador Sapori, el «libro secreto» donde se consignaba el texto de la asociación, la participación de los asociados en el capital, los datos que permitían calcular en todo momento la posición de dichos asociados en la sociedad y la distribución de beneficios y pérdidas.

Este «libro secreto» seguía siendo objeto de los principales cuidados y es el mejor conservado hasta nuestros días.

Pero se extendió la costumbre de hacer un presupuesto. Pronto todas las grandes firmas poseyeron un doble juego de registros para las cuentas abiertas a sus corresponsales en el extranjero: el compto nostro y el compto vostro, equivalentes de nuestras cuentas corrientes y que todavía hacían más cómodos los pagos por compensación mediante un simple juego de asientos sin transferencia de numerario.

Y, sobre todo, se desarrolló la contabilidad por partida doble que ha podido ser calificada de «revolución de la contabilidad».

Sin duda los progresos no son iguales en unas regiones que en otras, y hasta se ha llegado a explicar el casi monopolio de los mercaderes y banqueros italianos de la Edad Media, en una amplia zona geográfica, como resultado de su avanzada técnica comercial.

Pero en el dominio hanseático podríamos hallar métodos que, aunque diferentes y quizás algo retrasados en la perspectiva de una evolución general única, demostraron no obstante la eficacia de lo que Fritz Rorig ha podido llamar «supremacía intelectual».

Señalemos, por otra parte, que no debe exagerarse la superioridad germánica en el dominio nórdico en cuanto a escritura y contabilidad.

Los famosos manuscritos sobre berestá (corteza de abedul) descubiertos recientemente en Novgorod, demuestran que la escritura y el cálculo estaban allí más extendidos entre los autóctonos de lo que se creía.

De todos modos, las técnicas italianas apenas fueron asimiladas antes del siglo XVI por los mercaderes de las ciudades atlánticas —bretones, rocheleses, bordeleses— «cuyo arte parecía consistir en evitar al máximo el recurrir al crédito bajo todas sus formas».

Si bien Ph. Wolff ha descubierto que el crédito estaba muy extendido entre los mercaderes de Tolosa, insiste sin embargo en el «carácter rudimentario» de sus procedimientos.

De manera que, allí donde existe, el gran mercader-banquero sedentario reina ahora sobre todo un conjunto, cuyos hilos maneja desde su despacho, su palacio, su casa.

Un conjunto de contadores, comisionistas, representantes y empleados —los «agentes»— le obedecen en el extranjero.

Al margen de la contabilidad, el mercader-banquero sedentario es centro de una vasta correspondencia conducente a recibir avisos y dar órdenes.

Como conoce el valor del tiempo, la importancia para el éxito de un negocio de saber antes que los competidores la llegada de los navios o su naufragio, el estado de las cosechas —en una época en que los factores naturales son tan poderosos y los cataclismos tan destructivos— y los acontecimientos políticos y militares que pueden influir en el valor del dinero y de las mercancías, el mercader-banquero lanza una verdadera carrera por noticias. Pietro Sardella ha escrito un apasionante ensayo sobre el tema Noticias y especulaciones en Venecia.

La mejor forma de seguir el trabajo del mercader y comprender lo que fue su actividad profesional, es leer la abundante correspondencia comercial de la Edad Media que nos ha sido conservada, pero que solo en mínima parte ha sido publicada hasta ahora.

Fuente Consultada:Mercaderes y Banqueros en la Edad Media de Jacques Le Goff – Editorial Universitaria de Buenos Aires

Los Daneses en Inglaterra Historia de sus Conquistas

CONQUISTA DE LOS VIKINGOS EN INGLATERRA

Procedentes de Escandinavia, los vikingos o nordmen, «hombres del Norte», como les llamaron los germanos,  y después los francos, aparecieron hacia el año 800. Los pueblos escandinavos se dividían entonces, como hoy, en tres grupos principales: los daneses, estacionados en el extremo sur de la península escandinava, con la Isla de Bornholm y la mayor parte del archipiélago que cierra la entrada del Báltico, desde donde emigraron  a la península de  Tutlandia prosiguiendo siempre más al sur; los noruegos, instalados en las costas occidentales de Escandinavia,   lanzados   demasiado   pronto a los mares en busca de un país más hospitalario  hacia  el  oeste;   los  suecos,  agrupados principalmente alrededor de Upsala, atraídos como los daneses hacia los países del   mediodía,  del  otro  lado  del  Báltico, donde  alcanzaron,  por los  golfos  de  Finlandia y de Riga, la gran arteria fluvial del Dniéper.

Durante los treinta o treinta y cinco primeros años del siglo IX, mientras que los suecos, bajo el nombre de varegos, se hacían dueños pacíficamente del comercio de la Rusia occidental, los daneses y los noruegos  se lanzaban a fructíferas piraterías a lo largo de las costas de Bretaña, de Irlanda y del Imperio carolingio.

atques daneses a las costas de inglaterra

Sobre navíos en corso, afilados  y de poco calado, que   podían   contener  una   cincuentena   de personas,   comprendidos   los   remeros,   podían  fácilmente   aproximarse  a  las  costas, varar en tierra o remontar el curso de los ríos. Ni los soberanos francos, ni los príncipes de Gran Bretaña o de Irlanda, poseían una flota que pudiera enfrentarse con ellos. Muy   pronto,   no   dudaron   en   abandonar las  orillas  en  busca  del  botín,  utilizando incluso caballos, y atacando lugares fortificados;   así,  Colonia,  Ruán,  Nantes,  Burdeos,  Londres  y York,  sufren  sitios  y,  a veces,   devastaciones   e   incendios.

Colectividades  que  veían  a los  poderes  públicos incapaces   de   defenderlas,   monasterios,  y, después,   los   mismos   soberanos,   se   acostumbraron a organizarse con el fin de evitar   el   saqueo.   Llevando   sus   incursiones cada vez más  adelante  en  el interior  del continente,   de   Irlanda  y   de   Gran   Bretaña, los vikingos se unieron, poco a poco,  en  lugar  de  actuar por  grupos   aislados mandados cada uno por su jefe, para formar verdaderos ejércitos que invernaban entre dos campañas de primavera en el país mismo que destinaban a sus rapiñas.

Así, de piratas, pasaron a ser conquistadores del suelo y se hicieron sedentarios. Desde el siglo VII, los noruegos se habían instalado en los archipiélagos del oeste (Shetland, Oreadas, Hébridas). En el siglo IX, acababan la conquista de Irlanda, donde creaban un principado, y la de Islandia.

En el siglo X, alcanzaban Groenlandia. Los daneses, desde el año 840, se hacían dueños de los Países Bajos y constituían así un principado, cuya investidura recibieron del emperador carolingio. Los suevos fundaban el Estado de Kiev. Alrededor del Báltico, se habían creado plazas fortificadas.

LOS DANESES EN INGLATERRA
Inglaterra se había acostumbrado rápidamente a las incursiones anuales de primavera de las flotas escandinavas—que saqueaban y cobraban rescate—, en sus costas o esforzándose en remontar el curso del Támesis. A partir de la mitad del siglo IX, los daneses trataron de establecerse en ella, aprovechándose de las rivalidades entre los diferentes reinos sajones. En el año 866, lanzaron un ataque decisivo que les permitió apoderarse de York y, explotaron  inmediatamente  su  éxito,  ocuparon en los años siguientes toda la parte oriental de la Isla. Sólo se salvó el reino de Wessex, gracias a la valerosa defensa del joven rey «Alfredo el Grande».

Alfredo el Grande gobernó el reino de Wessex,  entre el 871 y el 899. Posiblemente sea el soberano anglosajón del que se conocen más datos. Pasó a la historia como el gran guerrero que logró repeler las invasiones danesas.

La paz de Wedmore (878) reconoció a los daneses los territorios situados al nordeste de la vieja calzada romana que unía Londres con Chester o Watling Street. Los anglosajones siguieron siendo los dueños al sudeste de la línea marcada por la Watling Street. Sin embargo, a partir del año 899, los reyes de Wessex pudieron llevar a cabo la reconquista de la isla, aprovechándose de la anarquía que reinaba en las partes «danesas» de ella, como consecuencia de la multiplicidad de pequeños estados y de los saqueos que los vikingos continuaban practicando en las costas.

En el año 954, fue reconocida su autoridad suprema, pero los jefes escandinavos conservaron sus derechos de mando y sus tierras. A partir del año 980, Dinamarca intensifica sus incursiones en Inglaterra.

En el 1017, habiendo arrojado a los últimos representantes de la casa de Wessex, los daneses pudieron hacer reconocer por la asamblea de los grandes barones y de los obispos, como rey de todos los ingleses, al hijo del rey de Dinamarca: Canuto. Este creó un verdadero Imperio marítimo. Elegido rey de Dinamarca, se apoderó también de Noruega y de sus dependencias, e hizo incursiones en territorios fineses y eslavos, hasta Estonia. Después de su muerte, la unión se quebró. Dinamarca y Noruega se separaron.

LA CONQUISTA DE NORMANDIA
Desde el año 879 al 885, fueron los países del Soma, del Escalda, del Mosa y del Rhin los que constituyeron su objetivo principal. Los ataques fueron dirigidos con vigor, y los países, devastados por sus incursiones de caballería. A partir del año 885, los daneses llevaron sus esfuerzos a los valles del Loira y del Sena, amenazando a las ciudades y saqueando los campos vecinos. Como había estallado la guerra civil entre Carlos el Simple y Eudes, los daneses consiguieron instalarse, en el año 896, en la desembocadura del Sena.

En adelante, no se les podrá ya echar; por el contrario, la afluencia de sus compatriotas transformará la ocupación en colonización. Desde allí, sus operaciones continuaron hacia el sur y el este, hasta el Loira y Lorena. En el año 911, Carlos el Simple reconoció en Saint-Clair-Sur-Epte el hecho consumado; y se ligó por lazos de vasallaje al jefe de los normandos del Bajo Sena, Rollón, esperando hacer de su principado una barrera contra las devastaciones escandinavas que continuarán todavía por largo tiempo.

Fuente Consultada
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo III Editorial CODEX – Los Vikingos –

La Educación en el Imperio Carolingio La Escuelas Medievales

PRIMERAS ESCUELA DEL REY CARLOMAGNO EN LA EDAD MEDIA

Bajo los primeros carolingios, la Galia se hallaba en un estado de decadencia intelectual inquietante. Desde hacía mucho tiempo, habían desaparecido las escuelas públicas de la época romana, siendo reemplazadas por escuelas eclesiásticas, destinadas a la formación del clero; pero resultaban insuficientes para llevar a cabo su labor, aunque la lectura y la escritura se tenían por un lujo entre los clérigos e, incluso, entre los obispos.

Más aún, la lengua latina, única lengua escrita que perduraba, estaba completamente corrompida y el libro se había convertido en un objeto muy raro. Los manuscritos prueban la torpeza tanto de los escribas como de los miniaturistas encargados de ornamentarlos. Sin embargo, el caso de Italia, donde el ostrogodo Teodorico se había esforzado en conservar y desarrollar la cultura antigua, ejemplo seguido por los lombardos, cuyos reyes y duques se comportaban como verdaderos mecenas, era mucho menos desconsolador.

escuelas edad media con Carlomagno

También en España, la Iglesia, que rápidamente se hizo poderosa, se había esforzado en crear una nueva enseñanza capaz de reemplazar a las antiguas escuelas romanas, preservando de esta manera, la cultura clásica. Pero, más que estos países, fue Irlanda el foco de intensa vida intelectual, gracias a la actividad de los monjes.

La vieja enseñanza romana de humanidades se conservó en los monasterios, casi pura de toda mezcla, con las siete ramas del saber: gramática, retórica, dialéctica, aritmética, astronomía, ciencia musical y geometría. A esta enseñanza tradicional, fue ajustada la teología que formará como su coronación.

Los monjes irlandeses, hechos misioneros, habían difundido por Escocia e Inglaterra su enseñanza y su gusto por la cultura. Antes de finalizar el siglo VII, habían fiorecido grandes escuelas anglosajonas que crearon maestros notables, tales como Beda, denominado «el Venerable», en la época carolingia, versado en todas las ciencias. Los misioneros anglosajones, lo mismo que en otro tiempo los monjes irlandeses, extendieron, a su vez, por todo el continente, el conocimiento de la antigüedad latina. Así, San Bonifacio, el reformador de la escuela franca, no concibió la reforma moral del clero  sin una  reforma  intelectual.

LAS PRIMERAS ESCUELAS
En sus comienzos, el programa de Carlomagno se confundió con el que había inaugurado San Bonifacio. Desde el comienzo de su reinado, se alzó contra la ignoran cia de los sacerdotes y tomó a su cargo la organización de los estudios en el reino. Recurrió a maestros italianos, anglosajones y españoles: Pablo Diácono, Alcuino, Teodulfo y sus émulos. Alcuino, el maestro más famoso de la gran escuela episcopal de York, fue el principal colaborador de Carlomagno. De este modo, el sistema inglés de enseñanza penetró en el reino franco, y después en todo el Imperio. Sin embargo, este movimiento de estudios no quedó por mucho tiempo confinado en la Iglesia. Car-lomagno trabajó por su difusión entre los laicos.

Así, ordenó la institución de cursos elementales destinados a un público más amplio, es decir, al mismo pueblo, aunque sólo fuera por darle algunas nociones de instrucción religiosa.

En la corte, hizo crear «la escuela palatina» para formar en el servicio del Estado a la gente joven que le rodeaba. De esta manera, el palacio del soberano se convirtió en el verdadero centro intelectual del Imperio. Carlomagno y sus cortesanos, incluso los de edad avanzada, dieron ejemplo y se pusieron a estudiar. En la primera fase de este renacimiento intelectual, no hubo obras verdaderamente originales.

Se trata de una literatura latina que es una transposición de las obras clásicas, tanto en la forma como en el fondo. Eguinardo calcó su «vida de Carlomagno», de las «Vidas» de Suetonio. Teodulfo imitó los versos de Ovidio o de Fortunato. Angilberto siguió la Eneida de Virgilio. También en materia artística, la imitación fue la norma.

Se utilizaron, frecuentemente, trozos de monumentos antiguos para hacer el remedo más completo. En este aspecto, fue más Rávena que Roma la que sirvió de modelo. Para la capilla de Aquisgrán, construida a imitación de la de San Vital de Rávena, Carlomagno mandó llevar de Italia columnas, mármoles y mosaicos para decorarla.

Fuente Consultada:
HISTORAMA Tomo III El Rey Carlomagno  Editorial CODEX Tomo III
La Gran Aventura del Hombre

Historia de la República de Venecia Gobierno y Comercio Resumen

RESUMEN: HISTORIA REPÚBLICA DE VENECIA ENTRE SIGLOS XV Y XVII

Venecia era la Sereníssima, la ciudad marítima más poderosa de la Europa medieval, reina del Adriático, del mar Negro y del Mediterráneo. Los comienzos de esta grandeza fueron muy humildes. En el siglo V, los bárbaros godos y lombardos invadieron el imperio romano. Un grupo de refugiados, huyendo de los invasores, llegó hasta la costa y buscó protección en unas pequeñas islas yermas situadas en las lagunas costeras al noroeste del litoral adriático.

En ese lugar se construyó la república veneciana, sobre cimientos de cieno, con canales en lugar de calles, que todavía subsisten en la «ciudad vieja» de Venecia. Pero en el sentido económico y político, sus cimientos eran de roca, la roca del comercio.

La ciudad-estado proporciona un magnífico ejemplo medieval, no sólo de gobierno, sino de un modo de vida en general, basado en el comercio y el tráfico marítimo.

En la Edad Media, Venecia dominaba las encrucijadas que unían las rutas comerciales de Europa y Asia. Fue la mayor potencia marítima de su época….veamos su historia:

Italia, como Alemania, sigue un camino inverso al de Francia o al de Inglaterra: el de la desintegración. Las diversas ciudades italianas se organizan como estados soberanos y ya nada las ata, ni siquiera la sombra del Imperio Romano Germánico.

El siglo XIV es propicio para la Península Itálica. El Papa está en Aviñón, y por lo tanto, los avances del extranjero se han contenido. La paz parece favorecer al artesano y al mercader. La riqueza se acumula en ciudades como Florencia, Milán, Genova y Venecia, pero por eso mismo nace la rivalidad entre ellas y la paz se altera. Los ciudadanos poderosos no se muestran satisfechos; piensan que pueden enriquecerse más y resuelven hacerlo a costa de sus vecinos. Su dinero les permite contratar a un aventurero (condottiero) con su banda. Una buena paga pone al condottiero al servicio de una Comuna o de un partido.

La guerra civil se enciende y la anarquía domina a Italia. Además, en estos pequeños estados a veces se prolongan las luchas entre güelfos (aristocracia) y gibelinos (democracia).  Estos dos partidos habían surgido como consecuencia de la rivalidad entre el Papa y el Emperador.

Los burgueses, comerciantes y banqueros, con la ayuda del condottiero o los condottieros mismos, por una traición o por un golpe de audacia quedan, de pronto, al frente de las ciudades.

Estos gobiernos de fuerza, al modo de los tiranos de Grecia, se preocupan de su ciudad (república, ducado o señoría), la embellecen, se rodean de una corte brillante, cuidan el trabajo de sus artesanos, ordenan su industria y vigilan muy atentamente el Mediterráneo, cuyo tráfico pretenden dominar.

Venecia, que domina el Adriático, gracias a una hábil política de infiltración en la Italia superior, aspira a tener el control de los mercados de Oriente.

En sus comienzos, firmó convenios con príncipes ostrogodos, lombardos y francos. Luego, exigió que se depositaran en la ciudad, las mercaderías que debían atravesar las lagunas y a las que gravó con impuestos de salida. Más tarde redujo los derechos de aduana a los productos de Oriente, llevados por navios venecianos. Su gran riqueza fue el comercio de las especias.

El gobierno de la República Veneciana (oligarquía de mercaderes), reglamentó muy cuidadosamente la actividad comercial y marítima de sus ciudadanos. Sus colonias estaban directamente administradas por funcionarios del estado. Genova, su rival, lo hacía por medio de las compañías particulares.

En los famosos astilleros venecianos nadie podía construir navios sino con las medidas fijadas por el estado. Así, si un peligro amenazaba, la Señoría podía transformar rápidamente su flota mercante en navios de guerra.

También Venecia era celosa de su industria: prohibía a los obreros expatriarse sin su autorización, y si lo hacían, encarcelaba a su familia o los mandaban asesinar. Por otra parte, concedía rápidamente las cartas de ciudadanía a los extranjeros, hábiles artesanos, para beneficiarse con su experiencia.

Esta ciudidad, desde la derrota de Génova, en el siglo XIV, endueño del Mediterráneo Oriental. Comprendió entonces que necesitaba crearse un baluarte en Italia y a tal fin inició su expansión por la «tierra firme».

Se adueñó de Padua, y adquirió a Milán sus posesiones de Vicenza y Verona (1405). El dominio de Bérgamo y Brescia ocasionó una larga guerra entre venecíanos y milaneses.

Durante cerca de un siglo, Las ciudades italianas se enfrentaron unas a otras. Cada gran familia Representaba un partido. El éxito de uno conducía, generalmente, al exterminio del otro. Francia, el Imperio y el Papado se esforzaron en sacar partido de esas conmociones. Los duces se sucedían. Muchos perecieron asesinados. Sin embargo, algunas grandes familias llegaron a mantenerse a la cabeza de las ciudades. Este fue el caso de los Visconti, en Milán, que reinaron durante ciento treinta y seis años. Francisco Sforza se casó con la hija de Felipe Visconti y obligó a los nUmeses a reconocerlo como duque a la muerte de su suegro, en 1447. La familia Sforza gobernó Milán desde 1450 hasta 1535.

ANTECEDENTES: Durante la guerra, Venecia consiguió la alianza con Florencia, inquieta por el poder que habían adquirido los Visconti, familia que gobernaba en Milán. Los dos estados se impusieron al fin. Sin embargo, la guerra fue continuada por Francisco Sforza, audaz condottiero y yerno del último Visconti, hasta conseguir un equilibrio en In
paz de Lodi.

palacio ducal en venecia

PALACIO DUCAL DE VENECIA
Suntuosa construcción del siglo XIV que demuestra el período de la República Serenísima. Este palacio fue residencia del dux (cargo vitalicio) y de los consejos que integraban el gobierno de la república aristocrática. El Consejo mayor (1700 representantes de las familias más ricas, y que ya habían sido magistrados) elegía el Consejo de los diez. Junto a la sala del Consejo de los tres (cuyos miembros eran elegidos entre los que formaban el Consejo de los diez), severo tribunal que vigilaba a los ciudadanos y debía reprimir toda manifestación en contra del gobierno, se encontraba un buzón en forma de boca de león. En él se depositaban denuncias anónimas.

LA REINA DEL COMERCIO MEDITERRÁNEO
En medio de numerosas batallas decisivas en la península, la República de Venecia no había interrumpido sus actividades comerciales. Después de la pérdida de Tierra Santa, y a pesar de las amenazas del Papado, que quería debilitar económicamente al Islam, Venecia continuó traficando con Egipto y Siria: en El Cairo y en Alejandría, sus mercaderes eran muy influyentes y estaban protegidos por concordias y privilegios.

A partir del viaje de Marco Polo (1271-1295), la ciudad estaba en buenas condiciones para conocer las rutas continentales desde Persia al Asia Central, y para procurarse, a través del Imperio mongol, las especias que el Papado impedía adquirir en Egipto.

Los mercaderes llegaban hasta China y traían los productos que los negociantes alemanes de Augs-burgo y de Nuremberg iban a comprar y almacenar en el Fondaco dei Tedeschi, en el Gran Canal, antes de reexportarlos más allá de los Alpes.

A finales del siglo xiv, un célebre discurso del dux Mocenigo nos permite valorar la riqueza de la Serenísima República: cerca de 200.000 habitantes, 20.000 personas empleadas en la industria de la lana y de la seda, alrededor de 17.000 en los astilleros marítimos, que podían construir 45 galeras cada año. La flota comprendía 3.000 barcos mercantes y 300 navios de guerra.

La ciudad acuñaba anualmente dos millones de ducados de oro y de plata.

Las grandes familias, los Morosini, los Córner, los Dándolo, los Contarini extendieron, de Occidente a Oriente, sus negocios, sus bancos y sus despachos, y dispusieron de rentas considerables.

Esta extraña ciudad, levantada sobre el agua, era, a pesar de su reducida superficie, una de las potencias económicas mundiales. ¿Cómo funcionaba la dirección de este extraordinario mecanismo?

Venecia, república mercantil, fue gobeinada por una aristocracia financiera. Si, hasta el siglo XII, el dux (tomado del duque bizantino) ejerció un verdadero poder monárquico, progresivamente fue cediendo atribuciones ante eJ creciente poderío de las familias ricas y, a mediados del siglo XII, aparecieron diversos consejos, que después se diversificarían y acapararían el poder.

EL ESPLENDOR DE VENECIA
Al lado de la oligarquía dirigente se encontraban los ciudadanos, venecianos, al menos, desde dos generaciones, de rango acomodado, que podían ocupar los puestos secundarios del gobierno y de la administración (secretarios, notables, etc.).

El pueblo no tenía derechos políticos y estaba agrupado en corporaciones bien organizadas, con sus dignatarios, sus patronos y sus estandartes, que llevaban en las procesiones.

Obreros de los arsenales, artesanos de la lana o de la seda, vidrieros, marineros, pescadores, todos estaban protegidos y sé beneficiaban, más o menos, de la riqueza de la ciudad, que provocaba la envidia y la admiración de los contemporáneos por su disciplina, su unidad, su dedicación conjunta al Estado y la subordinación de los intereses privados a la empresa colectiva.

A comienzos del siglo XV, Venecia alcanzó su apogeo. Sus gloriosos símbolos son la iglesia de San Marcos, con sus mosaicos de oro; todos los capitanes tenían el deber de traer de sus viajes cuanto pudiera acrecer su lujo: columnas, bajorrelieves, estatuas, tesoros de orfebrería. En 1495, la iglesia estaba prácticamente terminada, y parecía, como ha dicho Ruskin,un «inmenso relicario».

En la misma época, el palacio de los duces tenía el aspecto que conserva hoy, con su arquitectura original, su alta muralla sobre doble serie de columnas, mezcla de arte y aportaciones orientales.

En una ciudad al abrigo de los ataques del enemigo y que desconocía la guerra civil, los patricios no estaban obligados a hacer fortalezas de sus palacios; a lo largo del Gran Canal, suntuosas residencias, como la Cá d’Oro y otros cien palacios cuyas fachadas tienen la delicadeza de encajes, formaban «la más bella calle que pueda existir en todo el mundo», dijo Commynes, un testigo maravillado.

LA POLÍTICA DE TIERRA FIRME
A finales del siglo XV, los pintores Gentile y Giovanni Bellini y Carpaccio, representaron fiestas famosas, como la de la Ascensión, donde se celebraba el matrimonio simbólico del dux y de la mar; el dux, a bordo del Bucentauro adornado de púrpura y de oro, lanzaba su anillo a las olas.

La ciudad, por otra parte, no se orientaba solamente hacia el mar. Necesitaba dominar las rutas que conducían hacia Italia central, tanto más cuanto qu- estaba rodeada de otras ciudades dirigidas por señores poderosos e insaciables: Verona y los Scaligeri, Ferrara y los Este, Padua y los Carrara, Milán y los Visconti.

La libre navegación por el Po y sus desembocaduras fue, igualmente, una necesidad para el comercio: desde 1270, Venecia se enfrentó a Bolonia. En 1338, una guerra contra Verona obligó a los Scaligeri a desalojar la provincia de Treviso.

Sabemos que, en el curso de la guerra de Chioggia, los Carrara se aliaron con Genova: vencidos en 1388 y luego en 1404, estos enemigos implacables fueron estrangulados en los Plomos de Venecia, dos años después.

A principios del siglo xv, la República dominaba el país comprendido entre los Alpes, el Tagliamento y el Adigio. La lucha contra Milán duró desde 1426 hasta 1454, en que la paz de Lodi dio a Venecia Bérgamo, Brescia y Cremona.

Esencialmente marinos, los venecianos confiaron sus operaciones terrestres a los condottieros: Carmagnola, Gattamelata, Francesco Sforza, Bartolomeo Colleoni, a quien Verrocchio inmortalizó en su famosa estatua ecuestre. Venecia permitió a las ciudades sometidas conservar sus instituciones, bajo la intervención de dos funcionarios nombrados por ella: un podestá y un capitán que dependían de los cinco «sabios de tierra firme».

Pero su expansión le había atraído numerosos odios en Italia y, a finales del siglo XV, Venecia se verá amenazada por peligrosas coaliciones.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Ver:Biografía Músico Monteverdi Claudio

Ver: Biografía de Antonio Canova

Vida de los Estudiantes en la Universidad Medieval

Vida de los Estudiantes en la Universidad Medieval

Al llegar a Bolonia, Oxford o París, el estudiante,   adolescente   u  hombre   hecho, se albergaba en un hospicia o pensión reservada a los jóvenes, donde podía conseguir un lecho y compartir una habitación. De este tipo fue el Colegio fundado por el Cardenal Albornoz en Bolonia, idea renovada en Salamanca y en otras universidades españolas.

Otras veces, vivía con una familia pobre. En París, hacia 1300, había 7.000 estudiantes; en Bolonia, 6.000; en Oxford, 3.000. Esta masa era atrevida y entusiasta, y consideraba al mundo de las ideas, en el que iba a penetrar, tan fascinante como la guerra o los torneos.

Estudiantes en la Edad Media

El estudiante gozaba en París del fuero de los clérigos, estaba libre del servicio militar, exento de los impuestos estatales, y sólo podía ser juzgado por un tribunal eclesiástico. Generalmente, era tonsurado; si se casaba podía proseguir sus estudios, pero perdía los privilegios de clérigo y no podía recibir cargos.

Entre ellos reinaba una gran licencia; el monje Santiago de Vitry calificaba a los estudiantes parisienses de «más disolutos que el pueblo». Es evidente que el término «clérigo» no era sinónimo de «santo»; se cuenta que las muchachas de vida ligera se establecían en las  casas  en que enseñaban los  maestros.

Cada grupo nacional acostumbraba criticar a los otros; las riñas entre estudiantes y maestros, entre estudiantes y burgueses eran frecuentes. En Oxford, la campana de Santa María convocaba a los estudiantes, y la de San Martín a los burgueses, para que dirimieran sus querellas con sangre. Un preboste parisiense lanzó, en 1269, uria proclama contra los clérigos que «de día y de noche hieren y matan atrozmente a mucha gente, raptan mujeres, seducen a las doncellas, penetran con fractura en las casas».

Cada etapa del año escolar debía ser celebrada dignamente con bebidas; una viril y ruidosa francachela alegraba el corazón de todos. Las autoridades exigían a cada estudiante el juramento solemne de ajustarse a la disciplina universitaria., Los jóvenes juraban precipitadamente y  pecaban cuando querían.

El infierno no asustaba a los futuros teólogos. Sin embargó, encontraban tiempo para trabajar. Las clases comenzaban al alba, es decir, hacia las siete de la mañana. El año escolar duraba once meses; el origen de las vacaciones de verano no fue otro que el deseo de dejar libres a los jóvenes para la siega.

Con sus inevitables imperfecciones, las universidades medievales pueden reivindicar el honor de haber desarrollado la sutileza espiritual de los hombres de Occidente, de haber creado un lenguaje filosófico y de haber entroncado con la tradición antigua.

EL DESCUBRIMIENTO DE ARISTÓTELES: Ya hemos visto cómo, en el siglo xu, los filósofos judíos y árabes habían influido en el pensamiento cristiano, y cómo la filosofía, vieja y nueva a la vez, fue asimilada de manera notable. La «Física» y la «Metafísica» de Aristóteles, con los «Comentarios» de Averroes, llegaron a París a comienzos del siglo XIII, amenazando la ortodoxia de muchos estudiantes; el equilibrio entre la Fe y la Razón sería en adelante el gran problema de los pensadores de aquel tiempo. Alberto Magno y Tomás de Aquino querían conciliar Aristóteles y las Escrituras, mientras que los partidarios de Averroes querían seguir independientemente a Aristóteles y a las Escrituras.

Siger de Brabante, erudito y sacerdote, se hizo campeón de esta última teoría, y durante una generación, avorroísmo y catolicismo se enfrentaron en París. «Dios—decía Siger—es el fin, no la causa de la creación». Contra él iba a levantarse, en primer lugar, Alberto Magno. Hijo de un aristócrata suabo, había estudiado en Padua y enseñado en diversas escuelas dominicas.

La enorme masa de sus obras está muy mal organizada y es muy incoherente, pues defiende a veces en una lo que ataca en otras. Alberto era un hombre demasiado bueno, un alma demasiado piadosa para ser un pensador objetivo. Sin embargo, ayudó a difundir la obra de Aristóteles, mediante la enseñanza, y acumuló un gran número de pensamientos y de razonamientos, de los que su célebre discípulo Tomás de Aquino hizo una síntesis lúcida.

Ver: La Universidad Medieval

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Comercio Marítimo en la Edad Media Tipos de Barcos

Comercio Marítimo en la Edad Media  y Tipos de Barcos

LA APERTURA DE LOS MARES SEPTENTRIONALES
A partir del siglo XII, el comercio en los mares Báltico y del Norte se había desarrollado considerabemente, gracias a la actividad de la Hansa. Esta, en la época de su apogeo, agrupaba más de ciento cincuenta ciudades marítimas o continentales situadas entre el golfo de Finlandia y el Zuiderzee.

Unión comercial primero, la Hansa teutónica, aprovechando la carencia de una autoridad imperial, demasiado debilitada por las guerras italianas y las luchas contra el Papado, no tardó en convertirse en una potencia política. Sin embargo, todas estas ciudades continuaban bajo la dependencia del emperador o de sus respectivos señores. Nunca hubo fusión orgánica ni de personalidad jurídica: la Hansa no poseía ni marina ni ejército permanente. Las ciudades sólo tenían una asamblea irregular, la Hansetag.

Sin embargo, a pesar de la falta de una estructura que, por referencia al Mercado Común, podríamos llamar supranacional, la identificación de los intereses comerciales bastó, durante cuatro siglos, para hacer de ella una potencia económica y política raramente igualada.

Los habitantes de Brujas estaban celosos de los de la Hansa y querían retirarles las ventajas que les habían concedido. Este conflicto provocó una transformación de la Hansa, que se convirtió en una alianza de ciudades, y se hizo suficientemente fuerte como para prohibir traficar a sus miembros con Brujas. Este boicot resultó eficaz: los flamencos tuvieron que someterse, confirmar las ventajas anteriores, mejorándolas, y pagar una fuerte indemnización a las ciudades hanseáticas por los perjuicios sufridos.

Seguidamente, los escandinavos quisieron, a su vez, liberarse del yugo del imperio hanseático. Negándose a entregarles el trigo o la sal indispensable para la salazón de los arenques, los de la Hansa forzaron a sus adversarios a pedir excusas. En 1388, una coalición de ingleses, flamencos y rusos no consiguió mejores resultados.

Comercio Marítimo en la Edad Media

TÉCNICA DEL COMERCIO
El siglo xiv presenció el apogeo de la Hansa. Este poderío se debió en gran parte a la utilización de un nuevo tipo de navio, la Cogghe. Hasta entonces, los mares septentrionales eran recorridos por dos tipos de naves: la barca de los vikingos, a remo y a vela, rápida y de poco calado, y la nave occidental, de forma redondeada, más larga y estable, que sólo navegaba a vela. Estos dos tipos de navios tenían una capacidad de transporte muy limitada: 30 toneladas. Pero el transporte de los cruzados a Tierra Santa exigió el uso de navios más grandes, de los que el comercio se serviría después.

La Cogghe apareció a fines del siglo XII. Medía unos treinta metros de largo por siete de ancho. Provista de una sola vela, manejable y rápida, podía transportar 300 toneladas, o sea, diez veces más que los navios precedentes. Estas naves pertenecían raramente a un solo mercader o armador.

De diez a veinte personas se asociaban para cada viaje, y arriesgaban así una parte del valor del navio y de las mercaderías. Los asociados se repartían, como es de suponer, los beneficios. Esta práctica no significaba, forzosamente, que las ciudades de la Hansa no dispusieran de personajes lo suficientemente ricos como para hacerse cargo individualmente de los gastos de una operación, sino que los riesgos eran tales (una tercera parte de las naves desaparecía) que los burgueses preferían repartir los riesgos y beneficios en varias empresas.

Los barcos navegaban, generalmente, en convoy, para evitar los riesgos de piratería; esta práctica no sólo aumentaba los peligros de colisión sino que, además, tenía el inconveniente de obligar a los navios procedentes de ciudades diversas a buscar un punto de concentración. Sin contar las citas a las que faltaban algunos, esta obligación provocaba una pérdida de tiempo, y los mercaderes, deseosos de recibir sus beneficios, se impacientaban. Otro riesgo serio era la «huida» del capitán, que, al llegar al extranjero, podía, con toda facilidad, vender su cargamento y desaparecer.

Para evitar esto, el capitán debía estar casado obligatoriamente y ser padre de familia: los asociados podían, así, guardar a su mujer y a sus hijos como rehenes.De esta forma, la Hansa, con su flota y sus poderosos mercaderes, era una muestra, como Italia, del esplendor de la civilización urbana, fundada en el comercio y el dinero.

Ver: Importancia De La Ruta de la Seda

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

La Vida de los Campesinos en la Edad Media Trabajo Agrícola

LOS CAMPESINOS: EL TRABAJO AGRICOLA EN LA EDAD MEDIA

SIERVOS Y LABRIEGOS: Así son llamados los que no son ni caballeros ni clérigos. Se definen por el hecho de estar sometidos a exacciones y al dominio del señor.

Su condición jurídica es muy variada. La esclavitud prácticamente ha desaparecido. Algunos campesinos son siervos, es decir que tienen la parcela de  tierra de un caballero y la cultivan, y pueden legarla a sus hijos.

A cambio de esto, deben al propietario servicios y renras. Otros son propietarios de un alodio, o sea propietarios íntegramente de la parcela que cultivan. Otros, en fin, son criados.

Pero la distinción fundamental es la que existe entre los labradores que cultivan bastantes tierras para utilizar un arado, y de los cuales algunos están a cubierto del hambre, y los peones o braceros, que cultivan sus tierras a mano.

Estos son, con mucho, los más numerosos. Todos los campesinos, cualquiera que sea su condición jurídica y sus medios de fortuna, están sometidos al dominio del castellano, que les impone tareas de limpieza del castillo, de acarreo, servicios de horno, de molino, peajes, y la talla, impuesto arbitrario.

Y, en fin, el castellano administra justicia y ejecuta las sentencias, ya se trate de multas o de justicia de sangre. Los derechos de los señores son mucho más pesados que las contribuciones territoriales.

Del siglo XI al XIII se manifiestan progresos en la agricultura. Una mejor utilización de los animales de tiro, gracias a la collera rígida, y un perfeccionamiento del arado, constituyen la base de lo que se llama la «revolución agrícola».

LA VIDA DE LOS CAMPESINOS
Los campesinos viven agrupados en grandes aldeas, situadas en las tierras más ricas.

Sus métodos de cultivo son arcaicos: laboreos permanentes con largos barbechos en las tierras más ricas, trabajos sobre partes quemadas, cambiantes dentro de los límites del terruño; cultivan, sobre todo, cereales, un poco de trigo candeal, centeno y mijo; diseminadas por todas partes, algunas cepas de viña.

El ganado es escaso y está mal alimentado. Los pueblos están aislados en medio de inmensos bosques que proporcionan a los campesinos importantes recursos: múltiples productos naturales como la miel, la cera, las bayas salvajes (los árboles frutales no se cultivan todavía); la madera también, con la cual se hacen los castillos, las casas, los cercados, las escudillas y todos los utensilios corrientes.

Y, sobre todo, los pastos para el ganado, el cerdo especialmente, las cabras y los carneros, los cuales vagan en libertad.

En su conjunto, Europa está muy poco poblada. Sin embargo, las técnicas agrícolas son tan primitivas y los rendimientos tan bajos (3 por 1, como media; 6 por 1 en los mejores casos) que las hambrunas son frecuentes.

El campesino no puede defenderse contra la naturaleza. Vive, vestido con las pieles de los animales, en una cabana de madera, sin ventanas ni chimenea.

El invierno es un largo entumecimiento de oscuridad y de frío. El verano es el período febril de los grandes trabajos y los grandes calores.

El campesino no come más que una bazofia de cereales cocidos, nunca carne, lo cual le distingue del señor, cazador y carnívoro.

No bebe jamás vino. En estado perpetuo de subalimentación, no tiene tampoco ni higiene ni médico. Está expuesto de manera especial a todas las epidemias. Es totalmente inculto.

Toda la vida campesina está marcada con el cristianismo. El paganismo ha sido arrojado a los límites de Europa, entre los eslavos de los países bálticos, por ejemplo.

El cristianismo acaba de perder su carácter de religión urbana y va a implartarse sólidamente en los campos: en cada pueblo campesino, su iglesia y su cura. La parroquia pasa a ser, durante siglos, el marco de la vida campesina. Pero el cura es completamente ignorante y el cristianismo de los campesinos sigue siendo muy primitivo, impregnado de brujería y de paganismo.

Las rogativas, por ejemplo, datan de esta época: largas procesiones a través de la campiña, bendición de los campos, súplicas a Dios para evitar la sequía, las heladas, etc.

Es una ceremonia heredada directamente del paganismo. Las únicas fiestas de los campesinos son las cristianas. La más brillante es la hoguera de Nochebuena, en medio del sueño del invierno, con el sacrificio del cerdo y el hartazgo de chacina, única vez en todo el año en que el campesino come carne.

LOS PROGRESOS DE LAS TÉCNICAS AGRÍCOLAS

En medio de esta agricultura atrasada, se elaboran lentamente las innovaciones, las invenciones, las mejoras técnicas que van a permitir la primera y la única revolución de los métodos agrícolas que Europa ha conocido hasta el siglo XIX.

Mil perfeccionamientos permiten utilizar mejor la fuerza motriz de las aguas corrientes.

Entonces se ven todos los cursos de los ríos cubrirse de molinos, desde las pequeñas instalaciones aisladas de Alemania Central, hasta los molinos alineados represando todo el Garona en Toulouse.

Sirven, ante todo, para moler el grano y convertirlo en harina. Es el señor quien los construye e impone su utilización a los campesinos, mediante una tasa. Se progresa también en la manera de enganchar los animales de tiro: la collera rígida reemplaza a la collera flexible que estrangulaba al caballo.

Un yugo de madera, apoyado en los cuernos, permite enganchar un par de bueyes. Al mismo tiempo, el hierro sustituye a la madera en la fabricación de utensilios agrícolas.

Se construyen arados de ruedas y vertedera de hierro, los cuales, arrastrados por dos animales de tiro enganchados, penetran en las entrañas de las tierras duras a las que el arado de madera no bacía más que arañar.

El sistema de explotación de la tierra, en fin, se ha mejorado: la rotación trienal de los cultivos hace que se sucedan en una misma tierra una sementera de cereales de invierno, trigo o centeno, una sementera de cereales de primavera, avena o cebada, y después un año de barbecho, poniendo también fin a los usos primitivos del cultivo sobre campos quemados y de las rotaciones desordenadas.

Los rendimientos se mejoran un poco. Sobre todo, se extiende la costumbre de cultivar los cereales más ricos. El cultivo de la avena trae consigo el mejoramiento del caballo y su generalización.

Todos estos progresos técnicos se difunden lentamente a través de Europa; ninguna invasión va a ponerlas en peligro, arruinando de una manera brutal las  campiñas.
Así comienza en el siglo xi un período de prosperidad agrícola que es la base de la renovación de Europa.

LA EVOLUCIÓN DEL SIGLO XII AL SIGLO XIII: EXPANSIÓN DEMOGRÁFICA Y ROTURACIONES
El modo de vida campesino no cambió con esta nueva prosperidad. Aunque sus utensilios son mejores, su vivienda y sus trajes, en cambio, siguen siendo primitivos, así como su mobiliario, compuesto de algunas escudillas, unas trébedes para el fuego y nada más.

Pero consigue la seguridad alimenticia. Las cosechas más abundantes permiten sustentar a una población más densa.

El espectro del hambre se ha ahuyentado por siglo y medio. El uso del molino de agua generaliza la fabricación dé la harina, y la bazofia es reemplazada por el pan, alimento mucho más nutritivo.

El campesino, mejor alimentado, está menos expuesto a las enfermedades y a las epidemias.

De esta forma, la población de Europa crece con regularidad. La de Inglaterra pasa de 1.100.000 habitantes en el año 1086, a 3.700.000 en 1348. Aunque es difícil dar cifras de los otros países, se puede estimar que la población de Europa occidental se multiplicó por tres o cuatro en siglo y medio.

Todos estos campesinos no pueden emplearse en los antiguos terruños, y por ello el aumento demográfico es el origen del gran movimiento de roturaciones que alcanza su apogeo en el siglo XII.

Los instrumentos para arar, más potentes, permiten trabajar en mejores condiciones los bosques.

Los campesinos desbrozan por propia iniciativa hasta el límite de sus tierras. Pero, más frecuentemente, quien toma la iniciativa es el señor: para aumentar la superficie de sus terrenos cultivados, y, por lo tanto, el volumen de rentas que percibe de los campesinos, crea pueblos nuevos en los calveros de su dominio.

Para poblarlos, ofrece condiciones excepcionales a los campesinos roturadores: con mucha frecuencia, la supresión de la talla arbitraria, y rentas muy bajas.

Hace propaganda, a veces muy lejos de la aldea que desea poblar. Este movimiento de roturaciones contribuye a modificar la relación forzada entre señores y campesinos.

El señor tiene necesidad de los labradores para enriquecerse.

Los campesinos se dan cuenta de ello. Así, tanto en los pueblos nuevos como en los antiguos, los labradores toman la costumbre de agruparse en asamblea parroquial, para organizar, de forma comunitaria, la resistencia frente al señor: imponen a éste el respeto al derecho consuetudinario e incluso, muy frecuentemente, una reducción notable de los derechos señoriales.

La asamblea parroquial organiza, también comunitariamente, la explotación del suelo, porque el nuevo sistema de barbecho, con rotación trienal de los cultivos, debe funcionar, para ser eficaz, sobre el conjunto de los terrenos de la parroquia.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Las Moneda en la Edad Media Circulación de Dinero en la Edad Media

Las Moneda en la Edad Media
La Circulación de Dinero

El universo económico del siglo IX se apoyaba en dos monedas fuertes: el sólido o besante, bizantino, y el diNar árabe, ambas de oro.

En realidad, el solidus numisma bizantino significaba la continuación del solidus aureus nummus, fijado por el emperador Constantino en 72 piezas por libra/oro (4,48 g), con emisiones fraccionarias de medio sueldo (semissis) y de un tercio (triens). Bajo Anastasio I (493-518), aparte de la moneda de oro, se emiten, siguiendo la tradición de los miliareses de Constantino, denarii de plata, con el valor de una doceava parte del sueldo, y fallís de cobre, a razón de 288 piezas por sueldo.

El califato omeya, hacia el primer tercio del siglo VII, inspirándose en el áureo bizantino, emite el dinar de oro, que presenta una iconografía similar -busto imperial y gradas surmontadas de una cruz-, sustituyendo el signo cristiano por un globo.

A su vez, adopta el antiguo dracma de plata de la Persia sasánida con el nombre de dirhem, en una relación respecto al dinar de 1/10. No obstante, sigue circulando ampliamente la moneda original extranjera. El creador de una moneda «nacional» o propiamente arábiga fue el califa Abd al-Malik (685-705), quien desmonetizó la moneda circulante y acuñó una tipología original, sustituyendo los antiguos emblemas por unos textos, de carácter histórico o religioso, dispuestos en renglones.

Imagen Izq. Anverso de un dirhem

En los diversos estados que se forman después de las invasiones se perpetúan los valores romano-bizantinos, con tendencia, sin embargo, a la rarificación del solidus aureus, sustituido cada vez más por los triens o tremises, con el valor de un tercio.

A partir del siglo VIII la vida económica sufre una intensa regresión y se basa casi exclusivamente en el intercambio o en el pago en especies: ganado, caballos, vestidos, armas o metal no amonedado. No se pierde, con todo, el concepto de moneda, que permanece como unidad de cuenta. Así, en el reino de Asturias, un buey se valora en un solido et tremise (796), y en el 802, un hombre vende al monasterio de Lorsch un dominio por 14 onzas de plata, una espada y una túnica de seda. A partir de Carlomagno se deslindan claramente dos áreas geográficas, que están bajo el dominio de la plata o del oro.

Aparte de las monedas en oro de los ducados lombardos y de la emitida por el conde de Barcelona Berenguer Ramón I (1018-1035), el diñar musulmán,con el nombre de mancuso, acuñado por del el califato de Oriente o por Al-Andalus, es  la principal divisa dentro del comercio internacional.

Su influjo es tan considerable, que el mismo besante, entre los siglos VIII y X, adopta su tipología, que imitarán también los reyes hispánicos. Muy interesante sería poder seguir el circuito del mancuso árabe, desde que entra en Europa por los países mediterráneos hasta que regresa a Oriente por el camino de las caravanas que atraviesan los países eslavos.

El Imperio carolingio adopta como unidad el dinero de plata, doce de los cuales forman un sueldo, y veinte de éstos, una libra; sueldo y libra constituyen tan sólo unidades de cuenta. Debido a su inferioridad, la moneda carolingia tuvo que ser protegida mediante algunas capitulares de carácter general.

Imagen Izq. Reverso de un mancuso

Gracias a esta política, el estado carolingio recupera de modo exclusivo el derecho de batir moneda, que en tiempos merovingios detentaban las iglesias y los monederos privados. Por la capitular de Mantua (781) se define el concepto de maneta publica, la cual sólo podrá ser emitida en el taller palatino.

Luis el Piadoso amplió el derecho a nueve ciudades, que aumentaron con el fraccionamiento de los estados. A partir de Carlos el Calvo, los nacientes principados usurpan el derecho de batir moneda.

Las cecas principales de la época y territorios carolingios fueron: Aquisgrán: Palacio imperial; Francia oriental: Maguncia; Alsacia: Estrasburgo; Lorena: Cambray, Colonia, Bonn, Duurstede, Dinant, Lieja, Metz, Verdún; Francia: Amiens, Anas, Attigny, Brujas, Kassel, Courtrai, Compiégne, Corbie, Gante, Laon, París, Reims, Rúan; Neustria: Angers, Blois, Chartres, Évreux, Le Mans, Orleans, Tours; Borgoña: Autun, Auxerre, Besancon, Dijon, Langres, Lyon, Nevers, Troyes; Bretaña: Nantes, Rennes; Aquitania: Bourges, Poitiers, Clermont, Limoges; Toulousain: Toulouse; Gascuña: Agen, Burdeos, Dax; Marca Hispánica: Barcelona, Ampurias, Gerona, Roda (¿Rosas?); Septimania: Narbona; Provenza: Arles, Aviñón, Vienne; Italia: Lucca, Milán, Treviso, Venecia.

PROBLEMA CON LAS MONEDAS: Si la moneda cuya función es medir el precio de todas las cosas es variable e incierta, nadie sabrá lo que tiene; los contratos serán inciertos; los gravámenes, tasas, gajes, pensiones, rentas, intereses y honorarios, inciertos; las penas pecuniarias y multas fijadas por las costumbres y ordenanzas serán también variables e inciertas; en resumen, todo el estado de la hacienda y de muchos negocios públicos y privados quedarán en suspenso. Aún es más de temer que la moneda sea falsificada por los príncipes, fiadores y deudores como son de la justicia ante sus subditos.

El príncipe no puede alterar el peso de la moneda en perjuicio de los subditos y menos aún en perjuicio de los extranjeros que tratan con él y comercian con los suyos, pues está sujeto al derecho de gentes. Si lo hace, se expondrá a la reputación de falso monedero, como el rey Felipe el Hermoso, llamado por el poeta Dante/akí/icatore de maneta. El fue quien, por primera vez en este reino, rebajó la moneda de plata a la mitad de su ley, lo que trajo como consecuencia grandes desórdenes entre sus subditos […].

La ley y el peso de la moneda deben ser regulados adecuadamente, para que ni príncipes ni subditos la falsifiquen a su antojo. A ello estarán dispuestos siempre que se les presenta ocasión, aunque se les queme vivos. La razón de ser de todos los falsificadores, cercenadores y alteradores de moneda, radica en la mezcla de metales. Si éstos se emplearan en su estado puro, no podrían sustituirse unos por otros, ya que difieren entre sí en color, peso, consistencia, sonido y naturaleza.

Por consiguiente, para evitar los inconvenientes apuntados, es preciso ordenar en la república que las monedas sean de metales simples y publicar, siguiendo el ejemplo de Tácito el emperador de Roma, un edicto por el que se prohiba, bajo pena de prisión y confiscación de los bienes, mezclar el oro con la plata, o la plata con el cobre, o el cobre con el estaño o con el plomo. Podría exceptuarse de la prohibición la mezcla del cobre con el estaño, que produce el bronce o metal sonante, ya que entonces no se usaba tanto como ahora, así como la mezcla del estaño dulce con el cobre, para poder fundir cañones […].

Si se acuñan las piezas de oro y plata con los mismos peso, nombre y ley, es decir, con igual aleación en ambos casos, no subirán ni bajarán nunca de precio, como ahora ocurre casi cada mes, a gusto del pueblo o de los poderosos que rodean a los príncipes. Tras acaparar y tomar en préstamo monedas fuertes, las hacen subir de precio, y así ha habido quien, después de pedir prestados cien mil escudos, hizo subir el precio del escudo en cinco sueldos con lo que de un golpe ganó veinticinco mil francos […].

López Cordón, Ma. Victoria et al,
Análisis y comentarios de textos históricos II.
Edades Moderna y Contemporánea,

Fuente Consultada: Historia Universal Salvat Tomo 10

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

La Longevidad en la Edad Media La Esperanza de Vida

La Longevidad en la Edad Media
La Esperanza de Vida

LONGEVIDAD EN LA EDAD MEDIA: Los datos básicos sobre la duración de la vida en la Edad Media los proporcionan los estudios antropológicos de los esqueletos encontrados en las excavaciones arqueológicas. Actualmente, los antropólogos disponen ya de un espectro de muestras suficientemente amplio como para empezar a determinar la esperanza de vida de la población medieval.

La Longevidad en la Edad Media La Esperanza de Vida Ante todo se observa una diferencia notable entre hombres y mujeres por lo que respecta a su número y longevidad. En realidad, la duración de la vida disminuyó en relación al período precedente (700-1000), tanto para los hombres como para las mujeres, aunque más para estas últimas.

La dureza del trabajo en el campo redujo en unos dos años la esperanza media de vida de los hombres respecto a las mujeres, pero a pesar de ello, su longevidad fue bastante mayor que la del hombre moderno, hasta bien entrado el siglo XVIII.

Los datos mejor conocidos proceden de las islas Canarias, donde la esperanza de vida era de 49,4 años para los hombres y de 53,3 años para las mujeres, y en el priorato de Gallen, en Irlanda, cuyos monjes tenían una esperanza media de vida de 48,4 años. Los terratenientes varones de la Inglaterra del siglo XIII tenían casi la misma esperanza de vida. Los habitantes de los asentamientos escandinavos de la costa tuvieron mejor suerte que los del interior, por lo que se refiere a longevidad.

Los hombres de Groenlandia tuvieron con mucho el peor récord en cuanto a brevedad de vida. Tampoco fueron mejor las cosas para los habitantes del centro de Europa. En cambio, los de la península Ibérica disfrutaron probablemente de mayor longevidad, como ya la tenían en tiempo de los romanos, porque las tierras peninsulares, altas y secas, eran resistentes a la propagación de la tuberculosis y de la malaria, probablemente las dos enfermedades que ocasionaban más muertes en aquellos tiempos.

En el siglo XIII, los miembros de la comunidad judía de Montju’ic (Barcelona) muestran una esperanza de vida de entre 45 y 50 años tanto para hombres como para mujeres.

Las indagaciones post mortem que se hacían en Inglaterra permiten determinar con exactitud la edad de la muerte. Algunas personas vivieron muchos años: Alina de Marechale, de quien se cuenta que tenía noventa años cuando heredó sus tierras, vivió otros siete años más. Tres generaciones de la familia Colewik vivieron más de ochenta. Yusuf ibn Tasfin, el poderoso emir almorávide, contaba, según se decía, cien años cuando murió en 1106. Y la lista podría alargarse.

Aunque el promedio de vida era corto, la gente del Medioevo tenía un margen de vida -longevidad potencial- bastante similar al actual. El índice de mortalidad, como es de esperar, era elevado: alrededor de un 3,5 % anual. La pérdida de trabajo potencial durante los años de plenitud física fue realmente grande. Durante los años de mayor productividad, de los catorce a los sesenta, la Edad Media dispuso solamente de un 57 % de la población activa femenina y de un 66 % de la masculina. Actualmente, la sociedad dispone de más del 90 %.

El feudalismo tuvo, además, un punto débil que se olvida con frecuencia: el promedio de vida de caballeros y señores. Un ejército feudal, suponiendo que prestaran servicio la mayoría de los caballeros, debía de tener a más de la mitad de sus miembros con una edad bastante superior a los treinta años, edad relativamente avanzada para un atleta. En cambio, un ejército mercenario, reclutado por reyes adinerados, podía ofrecer un contingente de caballeros jóvenes y ambiciosos, más robustos y mejor adiestrados que los componentes de una hueste feudal.

Fuente Consultada: Historia Universal Salvat Tomo 10

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

El Progreso Tecnico en la Edad Media Avances Tecnologicos Medievales

El Progreso Técnico en la Edad Media

PROGRESO TECNICO LA EDAD MEDIA: Durante el período feudal se desarrolló un conjunto de innovaciones técnicas que modificaron profundamente las relaciones del hombre con el medio. No se trataba de una simple suma de diversos progresos, sino de un verdadero sistema tecnológico, cuyos elementos eran interdependientes los unos de los otros.

Uno de estos elementos fue el molino de agua. Aunque era conocido desde la Antigüedad y había evolucionado durante los primeros siglos de la Edad Media, su período de máxima difusión corresponde al siglo XI (en Inglaterra, en época de la conquista Normanda, había cerca de 6.000). En efecto, la instauración del régimen señorial permitió la generalización del molino de agua, ya que el señor -propietario del molino- estuvo en condiciones de obligar al campesino, a causa de su poder jurisdiccional, a abandonar su antiguo molino de mano.

El Progreso Tecnico en la Edad MediaDesde entonces, no existió ninguna parroquia rural que no dispusiera de uno o varios molinos de agua. Allí donde el clima se prestaba menos a la utilización de este nuevo elemento, apareció el molino de viento, probablemente tomado de los países islámicos.

Así, pues, el dominio de la energía hidráulica y de la fuerza del viento liberaron una considerable fuerza de trabajo, que a partir de entonces pudo dedicarse a las labores agrícolas, multiplicándolas extraordinariamente.

Al mismo tiempo, el trabajo del campo se hizo más eficaz al difundirse el arado de ruedas (curruca), que se distinguía del arado romano (aratrum) por su reja disimétrica, su cuchilla y su vertedera. El arado de ruedas removía la tierra, mientras que la acción del arado romano era superficial y tenía que ser completada, a intervalos más o menos largos, por el trabajo con la azada.

Si bien su cronología de difusión es todavía poco conocida, no hay duda de que el uso del arado de ruedas fue general a partir de siglo XI, salvo en la Europa meridional, donde el arado de mano siguió siendo el instrumento más utilizado y quizá el que mejor se adaptaba a los suelos ligeros y pedregosos de la zona. Evidentemente, sin el uso del arado de rueda, el cultivo de los suelos duros del norte de Europa hubiera sido imposible; su aparición abrió, pues, el camino a la grandes roturaciones medievales.

No obstante, era preciso disponer de un sistema de enganche lo suficientemente potente como para asegurar la acción eficaz del arado de ruedas: un conjunto de mejoras transformaron el enganche heredado de la Antigüedad. Así, en el caso de los bueyes que tiraban del arado, el yugo frontal sustituyó al yugo de garrote, que ahogaba al animal reduciendo su capacidad de tracción, y en el de los caballos, la collera de armazón rígido reemplazó a las correas que les oprimían el pecho.

Tanto a unos animales como a los otros, el uso de herraduras les permitió un mejor apoyo sobre el terreno. Por último, en una parte de la Europa occidental -la más avanzada desde el punto de vista del progreso agrario-, el caballo reemplazó, poco a poco, al buey en las labores agrícolas: al ser más rápido se acomodaba mejor a la multiplicación de los trabajos de la tierra.

En la época que nos ocupa se extendió también el uso del hierro, progreso que estuvo naturalmente unido a todos los demás. Gracias a las numerosas fraguas rurales, las herramientas del campo se perfeccionaron. Algunos inventarios de bienes campesinos del siglo XIII revelan la presencia, en viviendas humildes, de una extensa gama de útiles metálicos: guadañas, hoces dentadas, rastrillos, azadas y hachas.

Por supuesto, esos diversos progresos penetraron, según las regiones, de manera desigual. Incluso ahondaron las diferencias económicas entre ellas: así, la difusión del arado de ruedas, y en general un mejor equipamiento técnico en la Europa del norte, diferenciaron a ésta de la Europa del sur, donde el hierro era más escaso y donde solamente un mulo o una yunta de bueyes seguían tirando de los arados romanos.

Pero aparte de las diferencias entre las diversas áreas geográficas europeas, la introducción de mejoras técnicas fue sobre todo un poderoso factor de diferenciación del trabajo en el seno del propio campesinado de una misma región, que quedó, desde entonces, estructurado en dos grupos económicos muy distintos. Por una parte, los «labradores», que poseían instrumentos de cultivo pesados y un lote de tierras de ciertas dimensiones; y por la otra, los «braceros», que solamente eran propietarios de su azada y estaban instalados en tenencias de superficie muy reducida.

Fuente Consultada: Historia Universal Salvat Tomo 10

 

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

La muerte en la edad media La medicina y la salud Metodos Clinicos

La Muerte en la Edad Media

LA MUERTE: La Baja Edad Media se caracteriza, entre otras cosas, por una mayor concienciación de la realidad de la muerte. Es probable que este fenómeno haya sido acrecentado por las constantes epidemias que asolaron Europa a mediados del siglo XIV, así como el aumento de la crueldad de las guerras y el aumento de las aglomeraciones urbanas, que favoreció una mayor percepción de los fenómenos más morbosos de la experimentación de la enfermedad y la muerte.

Otros han puesto más énfasis en el desarraigo que supone para la gente del campo su llegada masiva a la ciudad en los siglos bajomedievales.

En la concepción cristiana la muerte se considera el instante en el que se separan cuerpo y alma. Según esta concepción, el buen cristiano debe estar preparado en cualquier instante para este momento y las voluntades de los mortales se recogían en los testamentos.

La Muerte en la Edad Media

Para conseguir la salvación de los difuntos era necesaria la mediación de los clérigos lo que motivaba el encarecimiento de la muerte. La misa era la fórmula de conectar el mundo de los vivos con el de los muertos y ahí también encontramos una evidente diferenciación social ya que los ricos podían ofrecer más misas por sus difuntos al tiempo que tenían más posibilidades de realizar la caridad con los pobres.

La vida terrenal sería considerada en la Edad Media como un mero tránsito hacia la eternidad. El cielo era el destino deseado por todos pero por mucho que el individuo se preparara el camino para la salvación nada estaba asegurado y el infierno constituía un serio peligro.

Según Sesma Muñoz (1), en el seno de la tradición judeocristiana del occidente europeo los hombres y mujeres, ricos y pobres, urbanos y rurales, jóvenes y viejos que se ven en trance de dictar sus últimas voluntades, califican la vida terrenal con expresiones duras y amargas: miserable, incierta, engañosa, transitoria, como si estuvieran convencidos de que estaban en un valle de lágrimas, al tiempo que contemplaban la muerte como algo inevitable, destino común del que no se puede escapar y ante una proximidad muestran una resignación natural que les hace más pensar en los que quedan y en la preparación de su tránsito, que en lamentaciones y arrepentimientos.

Existe la convicción entre la población de la Edad Media de la existencia de otra vida, la vida eterna, tras el tránsito, por lo que temen fallecer sin aviso, repentinamente, y verse privados de un tiempo precioso para repartir sus bienes, avalar la buena convivencia familiar y arreglar los trámites del Más Allá, es decir, asegurarse el arrepentimiento final y el cumplimiento de ritos y ayudas para que su alma se garantice el purgatorio.

En el Más Allá existe el paraíso o el infierno que constituyen los dos destinos extremos, que han sido únicos durante mucho tiempo para los cristianos, si bien a partir del siglo XIII adquiere fuerza la idea de un tercer lugar, el purgatorio, intermedio entre ambos, donde las almas que necesitan un tiempo de expiación para acceder a la gloria aguardan y se benefician de los actos piadosos hechos en la tierra, según la concepción de los santos. También en estos momentos se formula la existencia del limbo como lugar particular para las almas de los niños no bautizados.

Además, existe un convencimiento generalizado en la resurrección tras el juicio final, que se manifiesta en buscar para el enterramiento la compañía de sus muertos, de sus personas más queridas, junto a las cuales se quiere despertar un día. En los pueblos y aldeas, los testadores solicitan ser enterrados en el cementerio de la iglesia parroquial, lo que les «garantizaba» ya una compañía conocida.

Está muy extendido el culto a determinados santos, santa Bárbara, santa Ana o san José, como protectores frente a la muerte súbita, o San Cristobalón, presente en todas las iglesias junto a la puerta de salida, como encargado del tránsito, al que se le pide lentitud en el traslado del alma.

En el siglo XV comienza a difundirse el Ars Moriendi, cuyas ediciones impresas y traducidas a las lenguas vernáculas, lo presentan como «Arte del bien morir» y cuya finalidad queda expuesta en este proemio: «La más espantable de las cosas terribles sea la muerte, empero en ninguna manera se puede comparar a la muerte del ánima», para lo cual se da una serie de consejos, acompañados de grabados ilustrativos, que faciliten la confesión completa y ayuden a alcanzar la salvación con una buena muerte. La muerte cristiana al final de la Edad Media no es una muerte solitaria, sino un acto social al que deben acudir amigos y parientes para ayudar a la persona que muere.

 La muerte se constituye así en un acto de solidaridad, de ayuda mutua, que no acaba con la expiración, sino que los que todavía permanecen en el mundo deben ocuparse de los muertos a través de mandas piadosas, y muchas misas. Junto a ello se debe dar limosnas a las iglesias y capillas, dar de comer o vestir a los pobres, aliviar penas de cautivos, enfermos o locos, a contribuir al casamiento de huérfanas pobres, etc. Esto dependerá de la capacidad económica del difundo. El dinero se convierte en un argumento para alcanzar la salvación.

En la Edad Media la muerte nunca fue acompañada de caracteres macabros. Sería en los últimos siglos cuando aparecen aspectos tétricos, motivados sin duda por la difusión de la Peste Negra y las epidemias, hambrunas y devastadoras guerras que sacudieron la Baja Edad Media. En las ciudades se desarrollaría incluso la idea de muerte-espectáculo.

Tal como ocurre hoy en día, la muerte se presenta a lo largo de la Edad Media como la última acción igualitaria sobre la sociedad (lo que no era cierto, en teoría, pues la posición social y la economía condiciona la salvación). La muerte se presenta como un acto de la vida cotidiana y existe una visión menos temerosa ante ella. Esto desaparecerá de las culturas posteriores.

LOS MENDIGOS:
¿Quiénes eran los mendigos?

Los había de todas clases. Estaban, por una parte, los profesionales de la mendicidad que inspiraban lástima a los viajeros, haciendo dramáticas ostentaciones de su miseria e incluso acompañados por niños tullidos. Estaban también las víctimas de las enfermedades y violencias de la época, no sólo los leprosos, sino enfermos de otro tipo aquejados de alguna de las múltiples afecciones de la piel, tan abundantes en la Edad Media. Estaban, por otro lado, todos aquellos a los que la justicia les había privado de un pie, de una mano, de la lengua o de una oreja. Y, por último, estaban los mendigos voluntarios, bien por espíritu de sacrificio o como obediencia a una penitencia que les había sido impuesta por la Iglesia como expiación de sus pecados.

¿Quién se ocupaba de ellos?
Por lo general, se consideraba a los mendigos como testigos de Cristo y, por esta causa, se ejercía con ellos la caridad, de una forma bastante eficaz, sobre todo a cargo de los ministros de la Iglesia. Por esta última razón, los mendigos eran mucho más abundantes en las ciudades, y en los pueblos apenas se les quería. Los campesinos eran demasiado pobres como para atender a alguien que, si bien era aún más pobre que ellos mismos, no trabajaba. El aumento del número de mendigos, vagabundos sin domicilio fijo, en las ciudades a partir del s. XIV planteó numerosos problemas a las autoridades. La legislación a este respecto se hizo muy severa: en París, por ejemplo, se prohibió ejercer la caridad con todos aquellos que no trabajaban.

¿Qué hacían los mendigos ancianos?
Muchos de ellos morían en los caminos victimas del hambre, del frío o de los despiadado? arreglos de cuentas tan frecuentes en las seriedades marginadas. Los otros se integraban en las miserables comunidades que se reunían en torno a las «cortes de los milagros» descritas por Víctor Hugo en «Nuestra Señora de París». Por último, algunos encontraban refugio en los hospitales u hospicios sustentados por la Iglesia, donde se mezclaban con enfermos e impedidos. En el campo, eran a veces recogidos y cuidados por familias acomodadas va que el deber de la caridad —la gran ley de la solidaridad medieval— era, para los cristianos el medio más seguro para conseguir la salvación eterna.

¿Quiénes eran los «vagabundos de Dios ?
Además de los peregrinos, que siguieran siendo muy numerosos hasta el final de la Edad Media y que hacían largos desplazamientos, había, sobre todo en el s. xv, un gran numero de frailes que iban predicando de una parroquia a otra. Algunos de ellos conseguían exaltar hasta tal punto a los fieles, que su llesaga a una ciudad llegaba a provocar verdaderas conmociones. Los que les escuchaban soñaban a veces con países imaginarios, como Jauja en los que se podía comer hasta la saciedad, lo que no era más que un reflejo simbólico, en una época en la que abundaban el hambre, la epidemia y la guerra. Estaban también todos aquellos que iban a la busca de una nueva fe y que, al igual que Cristo en Palestina, hablaban en la plaza pública, sembrando a veces desordenes al atacar a la Iglesia oficial o a las mismas gentes del lugar. En los últimos tiempos de la Edad Media, la palabra era. un arma prodigiosamente eficaz y estos «vagabundos de Dios», como se les conocía a veces, jugaron un papel muy importante en el advenimiento de la Reforma.

¿Había también artistas ambulantes?
Durante toda la Edad Media, los juglares y trovadores iban de pueblo en pueblo v de castillo en castillo, cantando y contando bonitas historias. Pero por los caminos podía verse también a gentes de circo: domadores de bestias, exhibidores de osos y prestidigitadores. que recorrían pueblos y ciudades, sobre todo con motivo de las fiestas. Había además comediantes que representaban los autos sacramentales en los pórticos de las iglesias, así como un gran número de músicos ambulantes que normalmente solían ir solos y que iban por los pueblos para hacer bailar a las gentes fundamentalmente con motivo de las fiestas, de otoño, o bien en los carnavales.

Buhonero en la edad media

Los buhoneros surcaban los caminos incesantemente; se trataba de comerciantes más o menos honrados que practicaban, sobre todo, el trueque. Sus mercancías procedían a veces de las ferias de los pueblos y a veces también de robos. Los buhoneros mejor situados contaban con un burro o un caballo y transportaban en él todo tipo de utensilios, tejidos v encajes. Adoptaban siempre los mismos itinerarios, lo que les permitía establecer vínculos entre las familias que les confiaban sus mensajes. En su siguiente paso por el pueblo traían la respuesta que les habían encargado transmitir.

Publicación enviada por David Sáez
Contactar mailto:[email protected]

 

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

La Medicina en la Edad Media La Salud Recetas Paganas Medicos

La Medicina en la Edad Media
Recetas y Remedios Medievales

Durante la Edad Media se perdieron muchos de los conocimientos adquiridos y progresivamente perfeccionados en los siglos anteriores. Esto se debió a que las civilizaciones griega y romana, cunas de la cultura, eran consideradas paganas; este hecho determinó que despertase poco interés, y sus adquisiciones no tardaron en caer en el olvido.

La medicina también sufrió esta triste suerte, debido a que la enfermedad se consideró como una prueba purificadora impuesta por Dios y, consiguientemente, había de aceptarse con la mayor resignación. Sin embargo, el hombre sano, en señal de caridad, debía prestar asistencia a los enfermos. Durante la primera mitad de la Edad Media los principales encargados de llevar a cabo esta tarea eran los religiosos. Por otra parte, san Benito de Nursia (Siglo VI) lo impuso  como   obligación  a  sus discípulos en sus reglas conventuales.

medicina edad media

Pero los monjes no se contentaban con cuidar a los enfermos en la práctica, pues en aquella época también eran los únicos que poseían la ciencia médica o, para ser más exactos, los vestigios que subsistían de la medicina de la Antigüedad. De todo lo que habían elaborado en esta materia los antiguos apenas quedaba nada, en parte a causa de que los romanos se sirvieron del griego para propagar sus ideas y conocimientos médicos.

A pesar de que en los monasterios de la Edad Media esta lengua era poco conocida, los monjes poseían conocimientos médicos adquiridos en la práctica. Sin embargo, los sabios árabes, como Avicena, recurrían con frecuencia a los autores griegos para perfeccionar sus conocimientos. Por ello, pues, no debe sorprendernos que en este terreno los árabes estuvieran tan adelantados. No obstante, la labor de los monjes fue provechosa, sobre todo en lo que concierne a las plantas medicinales, a las que daban gran importancia.

Esta situación evolucionó a partir del siglo XI. Desde este momento nació lo que podemos llamar medicina laica medieval, esto es, que dejó de ser dominio exclusivo de los monjes para ser practicada también por los laicos. En Salerno, al sur de Italia, se fundó la primera escuela de medicina, que contó con numerosos estudiantes procedentes de diversos países europeos. La medicina griega, nuevamente valorada, partió de allí para extenderse por Europa. En el programa de curso de Salerno figuraban también los tratados árabes. De este modo se convirtió en precursora de las primeras universidades de Bolonia, Montpellier y Padua.

Mientras tanto, ya en el siglo XII, la Iglesia prohibió a los monjes que siguieran ocupándose en la medicina. En el siglo xm extendió esta prohibición al clero secular. Pero la aparición de esta medicina laica pura no significa que se trate de verdadera ciencia médica. Se dedicaban más a inútiles discusiones sobre temas teóricos que a aplicar en la práctica sus conocimientos terapéuticos.

Como ejemplo podemos citar la medicina escolástica, de la que Pietro d’Abano fue uno de los representantes más conocidos. Se esforzaba, sobre todo, en encubrir, por medio de razonamientos sofisticados, las contradicciones que se presentaban en los escritos de reputados autores médicos.

A pesar de que la Edad Media aportó muy poco a la verdadera ciencia médica tal y como hoy la entendemos, se le pueden atribuir algunos resultados positivos. Estimulada por la doctrina cristiana, la construcción de hospitales experimentó un amplio desarrollo. El Hótel-Dieu de Lyon (siglo VI) y el de París (siglo VII) figuran entre los más antiguos de Europaoccidental. Miles de leproserías abrieron sus puertas a los enfermos. Otro elemento positivo es que la Edad Media descubrió que la infección es causa de numerosas enfermedades. En este terreno, los médicos de las universidades de Bolonia y Montpellier obtuvieron notables resultados.

A pesar de estas pequeñas victorias, la medicina todavía era muy impotente, y esto resultaba tanto más grave cuanto que en aquella época Europa era víctima de enfermedades implacables como la peste y la lepra. Ante la primera, sobre todo, se sentía indefensa. Sin duda se conocían algunos remedios preventivos para evitar el contagio, pero en cuanto al origen de la enfermedad sólo se decían necedades: se acusaba a los judíos de propagar la plaga, o se atribuía a la influencia de los astros. También se daba a la gente un sinfín de consejos; por ejemplo, que no durmieran demasiado. Nadie se percataba de que Avicena ya había dicho que las ratas propagaban la peste.

En el siglo xv casi se había vencido la lepra, mucho menos contagiosa, gracias a ciertas medidas como aislar a los enfermos en Leproserías y obligarlos a llevar vestidos especiales. Además, los leprosos tenían que hacer sonar ana carraca de madera o una campanilla que advertían a la gente sana para que se mantuviera alejada de ellos.

Uno de los principios fundamentales observados por los médicos de la Edad Media para luchar contra las enfermedades era que se tenía que combatir el mal con un remedio que se le pareciera. Por ejemplo, intentaban hacer desaparecer las pecas con grasa de leopardo. La inflamación de los ojos se trataba con un medicamento a base de ojos de pavo real, y contra la ictericia se prescribían pechugas amarillas de pollitas. Como se ve, los remedios medievales solían ser absurdos. Además, a menudo se componían de unos veinte elementos.

La alquimia era una actividad relacionada con la medicina. Ya se había desarrollado en la Antigüedad, pero alcanzó su apogeo en la Edad Media. El alquimista se dedicaba a realizar investigaciones científicas y también filosóficas. Su principal objetivo era encontrar la «piedra filosofal» y el remedio universal. Intentaba producir metales preciosos empleando materiales menos costosos.

Entre los alquimistas había personas selectas que se distinguieron por toda clase de experiencias y que pueden ser consideradas precursoras de la química moderna. Pero también había otros, aventureros, caballeros de industria, embaucadores y estafadores que practicaban la alquimia con el único fin de apropiarse astutamente del dinero de los demás.

Habrá que esperar al Renacimiento antes de encontrar, en el campo de la medicina, a los sabios que habrían de encarrilarla por caminos nuevos y verdaderos.

PRACTICAS MEDICAS EN LA BAJA EDAD MEDIA: Varios manuscritos médicos de la Inglaterra anglosajona, escritos en inglés antiguo, han logrado sobrevivir. Aunque la mayor parte de los textos médicos datan de los siglos X al siglo XII, los académicos piensan que incluyen copias de trabajos anteriores, así como influencias más antiguas. Como lo ilustran las siguientes selecciones, tomadas de tres de estos tratados, las hierbas constituían los materiales básicos de los médicos anglosajones (o  curanderos, como aquí los nombran) y, en consecuencia, sus tratamientos se reducían casi por completo a remedios botánicos.

Medicina Medieval

El  herbario anglosajón: Berro (Nasturtíum)

1. En caso de que se le caiga el cabello a un hombre, exprime el jugo de la hierba llamada nasturtium, conocida como berro, colócalo en la nariz y el cabello crecerá.

2. Este berro no se cultiva, sino que crece espontáneamente en los manantiales y en los arroyuelos; también se ha constatado que en algunos lugares brota en las paredes.

3. Para una cabeza ulcerada, debido a la caspa o a la comezón, toma las semillas de esta misma planta, junto con grasa de ganso, tritúralas juntas y quitarás lo blanquecino de la caspa.

Para el dolor de cuerpo [la indigestión], toma esta misma planta, junto con la menta de campo, disuélvelas en agua y bebe la poción; el dolor de cuerpo y el mal se irán.

El curandero de Bald: He aquí bálsamos para todas las heridas, y brebajes y purgas de todo tipo, externas o internas. Muele y mezcla llantén con manteca rancia, la fresca no sirve. Otro remedio para heridas: toma una semilla de llantén, aplástala, úntala en la herida y pronto estará mejor.

Para quemaduras, si un hombre se quemó sólo con fuego, toma azucena, flor de lis y tilo de arroyuelo; fríelos en mantequilla y úntalos de inmediato. Si se quemó con un líquido, toma la corteza del olmo y raíces de azucena, hiérbelas en leche, úntasela rápidamente tres veces al día. Para las quemaduras de sol, fríe en mantequilla varitas tiernas de hiedra y úntasela de inmediato.

El peri-didaxeon:
• Para una fractura de cabeza: Para una fractura o herida en la cabeza provocada por los humores de la cabeza, consigue betónica, tritúrala y ponla en la herida, con eso se aliviarán todos los dolores.

• Para dormir Esto se debe hacer para el hombre que no pueda dormir; consigue ajenjo y disuélvelo con vino o agua tibia, deja que el hombre lo beba y pronto se sentirá mejor consigo mismo.

• Para manos ásperas Esta artimaña de hechicero es buena para las manos ásperas y los dedos ásperos, conocidos como callos de niños. Toma olíbano blanco y pavesas de plata y mézclalos, luego agrégale aceite a esta mezcla, después calienta sus manos y úntalas con la mezcla que se ha hecho. Envuélvele las manos con una pieza de lino.

LA SALUD: La práctica médica en la época carolingia hacía hincapié en la utilización de medicina herbolaria y la sangría. Aunque esta última práctica se hacía con regularidad, se recomendaba con frecuencia la moderación. Otros aconsejaban también la cautela: “Quienes se atrevan a llevar a cabo una sangría deberán asegurarse de que su mano no tiemble».

También se disponía de médicos cuando las personas padecían graves enfermedades. Muchos eran clérigos, y los monasterios instruían a los suyos propios. Las bibliotecas monásticas conservaban manuscritos médicos, copias de obras antiguas; asimismo, cultivaban hierbas para disponer de una reserva de plantas medicinales.

Los manuscritos médicos carolingios sí contenían descripciones científicas de enfermedades, recetas para pociones médicas e, incluso, consejos ginecológicos, a pesar de que los monjes no hacían grandes esfuerzos para satisfacer las necesidades médicas de las mujeres. Además, algunos manuales incluían instrucciones para realizar operaciones, sobre todo a los soldados heridos en batalla. Algunas fuentes demostraban con claridad que había técnicas precisas para amputar miembros gangrenosos:

Si debes amputar un miembro enfermo de un cuerpo sano, entonces no cortes en el limite de la carne sana, sino más allá, donde esté fresca toda la carne, de modo que se pueda hacer una mejor y más rápida curación. Cuando le apliques fuego al hombre [es decir, cauterices] toma hojas de puerro tierno y sal cernida, y cubre los lugares de manera que el calor del fuego se quite rápidamente.

Aunque los académicos no están seguros de la clase de anestesia que se usaba en tales operaciones, los manuales medievales recomendaban amapola, mandrágora y beleño, dadas sus propiedades narcóticas.

Los médicos de la Edad Media complementaban estas medicinas y las prácticas naturales con invocaciones de ayuda del otro mundo. Las influencias y los ritos mágicos se heredaron de los tiempos paganos; las tribus germánicas habían usado la medicina mágica por siglos. Los médicos recomendaban a sus pacientes que se pusieran amuletos y dijes en el cuerpo, con el fin de ahuyentar las enfermedades:

Busca un poco de excremento de lobo, preferiblemente del que contenga pequeñas astillas de huesos, e introdúcelo en un tubo para que el paciente pueda usarlo con facilidad como amuleto.

Para la epilepsia, toma un clavo de una nave náufraga, haz con él un brazalete e incrústale un trozo del corazón de un venado, extraído de su cuerpo cuando el animal estaba todavía vivo; póntelo en el brazo izquierdo; te asombrarás del resultado.

Pero, conforme los paganos se convertían al cristianismo, pronto las curaciones milagrosas mediante la intervención de Dios, Cristo o los santos reemplazaron las prácticas paganas. Las crónicas medievales son abundantes en narraciones de gente que se sanó al tocar el cuerpo de un santo. Sin embargo, el recurso a plegarias cristianas escritas y utilizadas como amuletos, nos recuerda que ambas prácticas médicas, paganas y cristianas, sobrevivieron por siglos una al lado de la otra.

La Medicina: El diagnóstico se basaba sobre todo en la inspección de la orina, que según con los numerosos tratados y sistemas de uroscopia en existencia se interpretaba según las capas de sedimento que se distinguían en el recipiente, ya que cada una correspondía a una zona específica del cuerpo; también la inspección de la sangre y la del esputo eran importantes para reconocer la enfermedad. La toma del pulso había caído en desuso, o por lo menos ya no se practicaba con la acuciosidad con que lo recomendaba Galeno. El tratamiento se basaba en el principio de contraria contrariis y se reducía a cuatro medidas generales:

1) Sangría, realizada con la idea de eliminar el humor excesivo responsable de la discrasia o desequilibrio (plétora) o bien para derivarlo de un órgano a otro, según se practicara del mismo lado anatómico donde se localizaba la enfermedad o del lado opuesto, respectivamente.

2) Dieta, para evitar que a partir de los alimentos se siguiera produciendo el humor responsable de la discrasia. Desde los tiempos hipocráticos la dieta era uno de los medios terapéuticos principales, basada en dos principios: restricción alimentaria, frecuentemente absoluta, aun en casos en los que conducía rápidamente a desnutrición y a caquexia, y direcciones precisas y voluminosas para la preparación de los alimentos y bebidas permitidos, que al final eran tisanas, caldos, huevos y leche.

3) Purga, para facilitar la eliminación del exceso del humor causante de la enfermedad. Quizá ésta sea la medida terapéutica médica y popular más antigua de todas: identificada como eficiente desde el siglo XI a.C. en Egipto, todavía tenía vigencia a mediados del siglo XX. A veces los purgantes eran sustituidos por enemas.

4) Drogas de muy distintos tipos, obtenidas la mayoría de las diversas plantas, a las que se les atribuían distintas propiedades, muchas veces en forma correcta: digestivas, laxantes, diuréticas, diaforéticas, analgésicas, etc.

Al mismo tiempo que estas medidas terapéuticas también se usaban otras basadas en poderes sobrenaturales. Los exorcismos eran importantes en el manejo de trastornos mentales, epilepsia o impotencia; en estos casos el sacerdote sustituía al médico. La creencia en los poderes curativos de las reliquias era generalizada, y entonces como ahora se rezaba a santos especiales para el alivio de padecimientos específicos

Los médicos no practicaban la cirugía, que estaba en manos de los cirujanos y de los barberos. Los cirujanos no asistían a las universidades, no hablaban latín y eran considerados gente poco educada y de clase inferior. Muchos eran itinerantes, que iban de una ciudad a otra operando hernias, cálculos vesicales o cataratas, lo que requería experiencia y habilidad quirúrgica, o bien curando heridas superficiales, abriendo abscesos y tratando fracturas. Sus principales competidores eran los barberos, que además de cortar el cabello vendían ungüentos, sacaban dientes, aplicaban ventosas, ponían enemas y hacían flebotomías.

ALGO MAS SOBRE EL TEMA…
LOS HEREDEROS DE HIPÓCRATES Y GALENO

La civilización grecorromana había tenido grandes médicos: Hipócrates (siglo IV antes de Cristo) y Galeno (siglo II) son nombres señeros. Aún hoy, los médicos usan el juramento hipocrático y suelen ser llamados «galenos», en su honor.

Cuando el mundo antiguo se derrumbó, ya había cundido entre el común de las gentes una gran decepción con respecto a la medicina, después de haber visto la casi impotencia de esa disciplina frente a las epidemias: la que diezmó los ejércitos de Marco Aurelio en tiempos de Galeno, y en la que millares de personas morían diariamente; la de Cipriano (251-266) y la viruela del 312 El pueblo, aterrorizado, buscó la salvación en lo sobrenatural, y la medicina cayó fácilmente en manos de charlatanes, embaucadores, astrólogos y alquimistas.

EL CRISTIANISMO Y LA MEDICINA
En las primeras épocas de la era cristiana surgió una medicina religioso-cristiana que recurría al auxilio divino para curar los males corporales. Frente a los paganos que huían de los enfermos de «peste», los cristianos sentían la obligación de curar a sus hermanos, con desprecio de sus propias vidas. Ello produjo una revaloración de la persona humana, pero al mismo tiempo conspiró contra la ciencia: era caridad, más que medicina, y las investigaciones de orden científico eran miradas como sospechosas en esa terapia mística.

Siendo el cuidado de enfermos obligación de cristianos, surgen los hospitales. Fabiola, una dama cristiana inmortalizada por el cardenal Wiseman, fundó uno de los primeros. Un siglo después San Benito edificó el primer monasterio, que fue un centro de cultura, de enseñanza médica y asistencia hospitalaria.

BIZANCIO
Transformada por Constantino en Constantinopla, en sus tradiciones entran la ley romana, la religión cristiana, la magia egipcia y la cultura griega. En ellas se destacaron médicos, como Oribasio de Pérgamo (325-403), que recopiló lo conocido en medicina en su libro «Colecta medicinalia».

Aecio (siglo VI) describió la difteria, la hidrofobia, etc., y habló de procedimientos quirúrgicos como la amigdalectomía, pero al mismo tiempo se inclinaba a la superstición, enseñando a sus pacientes oraciones para ahuyentar al mal. Alejandro de Tralles (525-605) habló sobre la locura y la gota, y Pablo de Egina se orientó hacia la cirugía.

MEDICINA MONÁSTICA
La caída del Imperio Romano de Occidente fue seguida por la unidad religiosa y política alrededor de Roma. Los reinos bárbaros que surgieron: el franco, el ostrogodo, el visigodo, eran turbulentos, y, huyendo de la guerra, la medicina se refugió en los conventos. Progresó particularmente bajo ciertas órdenes religiosas, como la de los caballeros de San Juan de Jerusalén, los templarios y los benedictinos, orden fundada por Benito de Nursia en el siglo vi. Estos últimos recogieron, en el monasterio de Monte Casino, todos los documentos de medicina que pudieron lograr y allí estudiaban los monjes Fue un verdadero centro intelectual, desde donde se irradió por doquier ciencia y cultura.

CARLOMAGNO Y SU PASIÓN POR EL SABER
En el año 800 el Papa coronó a Carlomagno como emperador del Imperio germánico. Carlomagno creó escuelas palatinas y catedralicias, en las que se enseñaba el «trívium» (gramática, retórica y dialéctica) y el cuadrívium (aritmética, geometría, astronomía y música). En 805 Carlomagno hizo añadir a dichos estudios el de la medicina, con el nombre del física (en el sentido de ciencia que estudia la naturaleza). En las huertas de los conventos se cultivaron plantas medicinales.

Luego surgieron otros monasterios que enseñaron las mismas artes. El Concilio de Clermont (1130). el de Letrán (1139) y algunos edictos prohibieron a monjes y canónigos el ejercicio de la medicina, incompatible con el sagrado ministerio. non», tratado completo de medicina. Averroes (1126-1198) escribió entre otros la «Exposición de los siete libros de Galeno acerca de las fiebres».

LAS NOCIONES MÉDICAS DEL MEDIEVO
El conocimiento de huesos y músculos era incompleto. Suponían que el corazón tenía tres ventrículos y el hígado cinco lóbulos. Los parásitos, según decían, se formaban a expensas de la descomposición de los «humores». Los alquimistas buscaban la «piedra filosofal» y el «elixir de la larga vida». Estudiaron la difteria, la locura, las enfermedades pulmonares, las afecciones de los ojos, y practicaron la cirugía, aunque no en gran escala porque un mal resultado en una intervención podía dar lugar a represalias de los señores feudales.

LOS ÁRABES
La civilización árabe, que llegó a España, dio grandes hombres a la medicina: Avicena y Averroes. Avicena (siglo X), que se basó en los métodos de Hipócrates, escribió el «Canon», tratado completo de medicina. Averroes (1126-1198) escribió entre otros la «Exposición de los siete libros de Galeno acerca de las fiebres»

ESCUELAS DE MEDICINA EN EUROPA
La escuela de Salerno es la primera. Aunque no se sabe con exactitud la fecha de su fundación, ya funcionaba en el siglo IX. Entre los médicos que se destacaron figuran Gariopontus (siglo XI) y dos mujeres médicas, Trótula y Abella. Constantino el Africano introdujo el método experimental inductivo. La cirugía adquirió gran importancia en Salerno. La escuela de París tuvo grandes profesores como Alberto Magno (1193-1280), representante de la escolástica; Rogelio Bacon (1214-1292), que señaló el peligro del escolasticismo para las ciencias. Fue un prerrenacentista de la medicina.

En la escuela de Montpellier se destacó Arnaldo de Vilanova (1240-1311), español, apodado «el Catalán», quien daba gran importancia a la experimentación. Sin embargo, creía en la astrología y en los amuletos. Regaló al papa Bonifacio VIII un sello con un león de oro para preservarlo de los cólicos renales.

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

La medicion del tiempo en la Edad Media Medir el tiempo antiguedad

LA EDAD MEDIA: MEDIR EL TIEMPO

resumen de la edad media 

El tiempo tenía para el hombre medieval dos referentes; el primero, de carácter físico, era el sol; el segundo, de carácter espiritual, eran las campanas de las iglesias. Esto ponía de manifiesto la dependencia del ser humano respecto a la naturaleza

Las relaciones existentes entre el cómputo de la Pascua y el ciclo lunar y entre la Navidad y el solsticio de invierno, los dos hitos del calendario cristiano evidenciaron el papel de la Iglesia en la visión del tiempo entre los europeos.

Los tiempos litúrgicos se acomodaron a las grandes divisiones del año, las estaciones. Al inicio del invierno, el Adviento anunciaba el nacimiento de Cristo. Tras él, al comenzar la estación y terminar el año, las fiestas navideñas (Natividad, Circuncisión, Epifanía), estaban seguidas por un tiempo de purificación (de animales: san Antón, 17 de enero; de personas: la Candelaria, 2 de febrero; de conciencias: Cuaresma, recuerdo de los cuarenta días de ayuno de Cristo en el desierto).

Con la primavera, llegaba la Pascua (domingo después del primer plenilunio de la estación), la Ascensión y el Pentecostés. Y con el verano, la festividad de san Juan (24 de junio), en pleno solsticio estival, recubriendo ritos cristianos del agua y el fuego, y, tras él, la Asunción de la Virgen (15 de agosto), la gran fiesta de la fertilidad de las cosechas.

La llegada del otoño, con la rendición de cuentas y rentas, se puso bajo el título de dos santos mediadores: Mateo, el recaudador (21 de septiembre) y Miguel, el arcángel encargado de pesar las almas (29 de septiembre). Por fin, el año cristiano, pero también el de la actividad agrícola, ganadera y pesquera, concluía en torno a Todos los Santos (1 de noviembre), la conmemoración de los fieles difuntos (día 2), heredados de la tradición celta, y San Martín (11 de noviembre).

El ritmo semanal, resultado de dividir en siete el mes lunar de veintiocho días, estaba ya en la tradición caldea, pero fue el relato bíblico de la creación el que consagró seis días de trabajo y uno de descanso, en que está prohibido todo trabajo, incluso el viaje, si no es por motivo grave. Así 52 domingos al año y otras tantas fiestas, numerosas sobre todo en mayo y diciembre, constituían los días de guardar, con obligación de oír misa y evitar obras serviles.

De esta forma, por cristianización de tradiciones previas o imposición de otras nuevas, la Iglesia se convirtió en la gran dominadora del tiempo en la sociedad europea. Incluso, dentro del día, el ritmo de las horas se inspiraba en el de las previstas en las reglas monásticas y las campanadas de los templos se encargaban de recordarlas.

A lo largo del siglo XIV el ritmo de vida cotidiana en las principales ciudades de occidente experimentará una profunda modificación. El tiempo, como bien divino que venía medido por la sucesión de campanas que anunciaban las horas canónicas, deja de ser elástico y gratuito para convertirse en un elemento mesurable y apreciable. Los negociantes medievales descubrieron que la medida del tiempo era importante para la buena marcha de los negocios, pues la duración de un viaje, las alzas y bajas coyunturales de los precios o el periodo invertido por un artesano en la elaboración de un producto eran factores temporales que intervenían al final en los resultados económicos; es decir, se descubrió que el tiempo tenía su precio, por lo que era necesario controlar y medir su discurrir.

Tal como se ha mencionado anteriormente, hasta finales del siglo XIII la sociedad vivía sujeta a ritmos temporales marcados por el calendario agrícola, que estaba reafirmado por el calendario litúrgico, ambos tan inestables que el segundo dependía de un centro móvil, la conmemoración de la Pascua, fijado cada año en función del primer plenilunio después del solsticio de invierno.

En cuanto a lo que podemos llamar tiempo cotidiano la verdad es que el hombre europeo lo vivía sin preocupaciones por la precisión y sin demasiadas inquietudes por su rendimiento; el único sistema de referencia era el señalado por las horas canónicas que dividía el día en períodos, distribuidos por igual entre el día y la noche, registrado por medio de campanas: maitines (medianoche), laudes, prima, tercia, sexta (mediodía), nona, vísperas y completas; pero ni siquiera esto podía controlarse, porque los toques de prima y completas se hacían coincidir siempre, en cualquier época del año, con el alba y el crepúsculo, y a partir de ellos se computaban el resto de toques, con lo cual sólo en los equinoccios se conseguía, aproximadamente, delimitar fracciones temporales homogéneas.

Técnicamente, los relojes de agua, arena y sol constituían los únicos medios objetivos para medir el tiempo, pero eran tan rudimentarios y sujetos a circunstancias tan imponderables que no pueden tomarse en consideración.

No obstante antes del siglo XIII se había producido en algunos lugares una alteración en el control de ese tiempo cotidiano consistente en el desplazamiento de la nona, que desde su localización ideal en torno a las tres de la tarde había avanzado al mediodía; esta pequeña variación que no fue objeto de ningún tipo de interpretación n comentario por los contemporáneos ha sido explicada, finalmente, por Le Goff como debida a la necesidad de subdividir el tiempo de trabajo de forma más racional: la nueva situación de la hora nona permitía la división de la jornada de trabajo de sol a sol, en dos medias jornadas equivalente en cualquier época de año.

Se trata, posiblemente, del primer intento de intervenir en la ordenación del tiempo de todos por parte de la minoría dirigente. Sin embargo, aún pasarán varios decenios hasta que se consigan los medios técnicos necesarios para llegar a controlar la división del día en 24 horas invariables y hacer público y notorio el paso del tiempo. El afán de alcanzar las horas ciertas reflejadas en un reloj civil, a las que se refieren en 1335 los burgueses de Aire-sur-la-Lys, pequeña ciudad gobernada por el gremio de pañeros, a imagen y semejanza de lo que habían logrado unos años antes los de Gante y Amiens, se convierte en una lucha social que de manera imparable, y sin apenas resistencia, impondrá un nuevo género de vida a la sociedad urbana europea, comenzando por las áreas más industrializadas de Flandes, Italia y el norte de Francia, y que cien años después conduce a que rara era la ciudad o lugar de Europa que no contaba con uno o varios relojes para controlar el tiempo de sus habitantes.

 Los primeros relojes no tenían ninguna precisión, se estropeaban con gran facilidad y dependían de un encargado que lo controlase, diese las campanadas y, en muchas ocasiones, lo ajustase tomando como referencia el viejo reloj de sol, el alba o el ocaso. Lo más importante es lo que significaron, pues su propagación representa la muerte del tiempo medieval, un tiempo que A. Gurievich califica de prolongado, lento y épico.

El nuevo tiempo ya no es divino y propiedad exclusiva de Dios, sino que pasa a pertenecer al hombre, a cada uno de los hombres, y se tiene el deber de administrarlo y utilizarlo con sabiduría, pero que puede también comprarse y venderse. Se convierte en herramienta de primer orden para el humanista, cuya virtud principal, la templanza, tendrá el atributo iconográfico del reloj.

Podemos decir que se produce la aparición de un carácter laico en el tiempo, en buena medida debido a los relojes. La utilización de sistemas de medición del tiempo en las ciudades será fundamental para el desarrollo de las diversas actividades, siendo tremendamente importante la difusión de relojes a través de pesas y campanas que serían instalados en las torres de los ayuntamientos. Los relojes municipales aportaban una mayor dosis de laicismo a la vida al abandonar la medición a través de las horas canónicas. Era una manera de «rebelión» por parte de la burguesía que se vería reforzada con la aparición, posteriormente, de los relojes de pared.

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

La familia medieval Vida en la edad media Sus costumbres y tradiciones

La Familia Medieval Sus Costumbres
y Tradiciones

La Familia:

La estructura familiar de la Alta Edad Media recuerda a la que se manifestaba tanto en la sociedad romana como germánica al estar integrada por el núcleo matrimonial -esposos e hijos- y un grupo de parientes lejanos, viudas, jóvenes huérfanos, sobrinos y esclavos.

Todos estos integrantes estaban bajo el dominio del varón -bien sea de forma natural o por la adopción-, quien descendía de una estirpe, siendo su principal obligación proteger a sus miembros. No en balde, la ley salia hace referencia a que el individuo no tiene derecho a protección si no forma parte de una familia. Como es de suponer, esta protección se paga con una estrecha dependencia.

Pero también se pueden enumerar una amplia serie de ventajas como la venganza familiar o el recurso a poder utilizar a la parentela para pagar una multa ya que la solidaridad económica es obligatoria. No obstante, si alguien desea romper con su parentela debe acudir a los tribunales donde realizará un rito y jurará su renuncia a la protección, sucesión y beneficio relacionados con su familia.

La familia vive bajo el mismo techo e incluso comparte la misma cama. Tíos, sobrinos, esclavos y sirvientes comparten la cama donde la lujuria puede encontrar a un amplio número de seguidores en aquellos cuerpos desnudos. Esta es la razón por la que la Iglesia insistirá en prohibir este tipo de situaciones y favorecer la emancipación de la familia conyugal donde sólo padres e hijos compartan casa y cama.

El padre es el guardián de la pureza de sus hijas como máximo protector de su descendencia. Las mujeres tiene capacidad sucesoria a excepción de la llamada tierra salia, los bienes raíces que pertenecen a la colectividad familiar. Al contraer matrimonio, la joven pasa a manos del marido, quien ahora debe ejercer el papel de protector. El enlace matrimonial se escenifica en la ceremonia de los esponsales, momento en el que los padres reciben una determinada suma como compra simbólica del poder paterno sobre la novia.

La ceremonia era pública y la donación se hacía obligatoria. Entre los francos alcanzaba la suma de un sueldo y un denario si se trataba de un primer matrimonio, aumentando hasta tres sueldos y un denario en caso de sucesivos enlaces. La ceremonia se completaba con la entrega de las arras por parte del novio a la novia, aunque el enlace pudiera llevarse a cabo incluso años después. Los matrimonios solían ser concertados, especialmente entre las familias importantes, por lo que si alguien se casaba con una mujer diferente a la prometida debía pagar una multa de 62 sueldos y medio.

La joven tenía que aceptar la decisión paterna aunque conocemos casos de muchachas que se han negado a admitir el compromiso como ocurrió a santa Genoveva o santa Maxellenda. Lo curioso del caso es que diversos concilios merovingios y el decreto de Clotario II (614) prohiben casar a las mujeres contra su voluntad. Esta libertad vigilada motivaría que algunas mujeres tomaran espontáneamente a un hombre, en secreto, o que se produjeran raptos de muchachas, secuestros que contaban con el beneplácito de la víctima que rompía así con la rígida disposición paterna.

Como es lógico pensar, todos los códigos consideran a estas mujeres adúlteras mientras que el hombre se verá en la obligación de pagar a los padres el doble de la donación estipulada. En caso de que no se pague, el castigo es la castración. Si un muchacho se casa con una joven sin el consiguiente mandato paterno, deberá pagar a su suegro el triple de la donación determinada. Si esto se produce, el matrimonio ya es irreversible por lo que debemos preguntarnos si el matrimonio no dejaba de ser un pequeño negocio para los progenitores.

Tras los esponsales se realiza un banquete donde la comida y la bebida corren sin reparo -siempre que la economía familiar lo permita-. El jolgorio se acompañaba de cantos y bailes de talante obsceno para provocar la fecundidad de la pareja. Durante el banquete la novia recibe regalos tales como joyas, animales de compañía, objetos del hogar, etc. El novio también le hace entrega de un par de pantuflas, como símbolo de paz doméstica, y un anillo de oro, símbolo de fidelidad de clara tradición romana. Los romanos llevaban el anillo en el dedo corazón de la mano derecha o en el anular de la izquierda -continuando la tradición egipcia según la cual desde esos lugares había un nervio que llevaba directamente al corazón-.

Las damas nobles también solían llevar un sello en el pulgar derecho, una muestra de la autoridad que poseía para administrar sus propios bienes. La ceremonia concluye con el beso de los novios en la boca, simbolizando así la unión de los cuerpos. Tras este rito, la pareja era acompañada a la casa y se quedaba en el lecho nupcial. El matrimonio debe consumarse para que alcance su legitimidad, consumación que se produce en la noche de bodas. Al mañana siguiente el esposo entrega a su mujer un obsequio llamado «morgengabe» para agradecer que fuera virgen al matrimonio, dando fe de la pureza de la joven desposada y asegurándose que la descendencia es suya. Esta donación post-consumación no se realiza en caso de segundas nupcias. De este «morgengabe» la viuda se queda con un tercio y el resto será entregado a la familia en caso de muerte del marido.

La edad de matrimonio debía de estar próxima a la mayoría de edad, es decir, los doce años, según nos cuenta Fortunato al hacer mención del matrimonio de la pequeña Vilitutha a la edad de trece años, quien falleció a consecuencia del parto poco después. Ya que la virginidad suponía el futuro de la parentela, se protege a la mujer de raptos o violaciones, al tiempo que se reprime la ruptura del matrimonio y se castiga contundentemente el adulterio y el incesto. Los galo-romanos castigan la violación de una mujer libre con la muerte del culpable mientras que si la violada era esclava, el violador debía pagar su valor. Los francos castigaban este delito con el pago de 200 sueldos en época de Carlomagno. Podemos considerar que se trataba de una mujer «corrompida» por lo que carecía de valor, incluso deben renunciar a la propiedad de sus bienes. La única salida a la violación era la prostitución.

El incesto estaba especialmente perseguido, a pesar de no tratarse de relaciones entre hermanos. Los matrimonios con parientes se consideran incestuosos, entendiendo por parentela «una pariente o la hermana de la propia esposa» o «la hija de una hermana o de un hermano, la mujer de un hermano o de un tío». Los incestuosos eran separados y quedaban al margen de la ley, a la vez que recibían la excomunión y su matrimonio era tachado de infamia.

El adulterio era considerado por los burgundios como «pestilente». La mujer adúltera era estrangulada y arrojada a la ciénaga inmediatamente mientras que los galo-romanos establecían que los adúlteros sorprendidos en flagrante delito serían muertos en el acto » de un solo golpe». Los francos consideraban el adulterio como una mancha para la familia por lo que la culpable debía ser castigada con la muerte.

También entendían que el hombre libre que se relacionaba con una esclava de otro era un adúltero por lo que perdía la libertad, lo que no sucedía en el caso de que fuera su esclava con quien se relacionara. Curiosamente los burgundios hacían extensión de la definición de adulterio a aquellas mujeres viudas o jóvenes solteras que se relacionaban con un hombre por propia voluntad. Si el violador o el raptor son duramente castigados, el adúltero apenas recibe castigo ya que los posibles hijos de esa relación son suyos. La mujer sí es culpable porque destruye su porvenir. Afortunadamente, la influencia del Cristianismo cambiará estos conceptos. En palabras de Michel Rouche «mientras que el paganismo acusa a la mujer de ser el único responsable del amor pasional, el Cristianismo lo atribuye indiferentemente al hombre y a la mujer (…)

Se abandona la idea pagana conforma a la cual el adulterio mancilla a la mujer y no al hombre». Cierta idea de igualdad de sexos empieza a despuntar en el Occidente europeo. Buena parte de la culpabilidad a la hora de no considerar al hombre adúltero debemos encontrarla en la práctica por parte de los germanos de la poligamia, mientras los galos-romanos mantenían el concubinato. Las relaciones con las esclavas parecen habituales tanto en un grupo como en el otro, naciendo abundantes descendientes de estos contactos.

Los hijos nacidos de esa relación eran esclavos, excepto si el padre decidía su liberación. Ya que las mujeres eran elegidas entre personas cercanas al linaje familiar, la costumbre germánica permitía al marido tener esposas de segunda categoría, siempre libres, añadiéndose las esclavas. La primera esposa era la poseedora de los derechos y sus hijos eran los receptores de la sucesión. Si la primera esposa era estéril, los hijos de las concubinas podían auparse al rango de heredero. Los enfrentamientos en los harenes nobiliarios y reales serán frecuentes. Chilperico llegó a estrangular a su esposa, Galeswintha, para poder dar a su esclava Fredegonda el puesto de favorita, lo que desencadenó la guerra civil entre los años 573 y 613.

El papel de la Iglesia respecto a la poligamia supondrá la más absoluta de las prohibiciones, apelando a la indisolubilidad matrimonial y a la monogamia, llegando a prohibir el matrimonio entre los primos hermanos. Será en el siglo X cuando los dictados eclesiásticos en defensa de la monogamia empiecen a surtir efecto. La ley burgundia y la ley romana autorizaban el divorcio, mientras que la Iglesia lo prohibía. Evidentemente existen condicionantes que lo permiten, siempre desfavorables con la mujer. El divorcio es automático si la mujer es acusada por su marido de adulterio, maleficio o violación de una tumba. El marido será repudiado en caso de violación de sepultura o asesinato.

El mutuo acuerdo sería la fórmula más acertada para el divorcio, siempre y cuando los cónyuges pertenecieran a la etnia galo-romana. Esta fórmula incluso será aceptada, a regañadientes, por la Iglesia, al menos hasta el siglo VIII. Siempre era más razonable que el llamado «divorcio a la carolingia», consistente en animar a la mujer a que de una vuelta por las cocinas y ordenar al esclavo matarife que la degollara. Tras pagar la correspondiente multa a la familia, el noble podía volver a casarse porque quedaba viudo. No tenían igual suerte las viudas ya que las leyes germánicas intentarán poner todo tipo de impedimentos a un segunda matrimonio de una mujer viuda.

Conserva su dote y el «morgengabe», por lo que mantiene independencia económica. Pero si vuelve a contraer matrimonio, perderá esta independencia al caer en el ámbito familiar del nuevo marido y revertir el patrimonio en su propia parentela. Los hijos eran especialmente protegidos en la época altomedieval. En numerosos casos se intenta atraer hacia el niño las cualidades de aquel animal querido y envidiado, por lo que se impondrán nombres relacionados con la naturaleza: Bert-chramm, brillante cuervo, que hoy se ha convertido en Bertrand; Wolf-gang, camina a paso de lobo; o Bern-hard, oso fuerte, del que ha surgido Bernardo. De todas maneras se siguen produciendo casos de exposición de hijos, ahora a las puertas de la iglesia. Afortunadamente para el neonato, el sacerdote anunciaba su descubrimiento de manera pública y si nadie reclamaba al pequeño pasaría a ser esclavo de quien lo había encontrado.

El niño sería confiado a alguna nodriza, siendo amamantado hasta los tres años entre el pueblo. En caso de guerra los niños se convertían en un preciado botín. Si una ciudad era conquistada, los conquistadores asesinaban a «cuantos podían orinar contra la muralla» y se llevaban a las mujeres y los niños menores de tres años. A pesar de la enorme natalidad, la mortalidad infantil también era elevada por lo que el núcleo familiar no debía de contar con numerosos niños. Alguno solía ser entregado a un monasterio para su educación, lo que equivalía entregar a Dios aquello que más se ama.

La educación estaba vinculada al mundo violento que caracteriza la Alta Edad Media. El deporte y la caza serán los ejes educativos que se inician tras la «barbatoria», el primer corte de la barba del joven. La natación, la carrera o la equitación formaban parte de las enseñanzas fundamentales del joven germano que tiene en el animal y en las armas a sus estrechos colaboradores. Subir al caballo era todo un ejercicio gimnástico al carecer de estribo hasta el siglo IX, siendo el animal uno de los bienes más preciados, tal y como podemos comprobar en el caso de un joven llamado Datus, quien conservó su caballo y dejó a su madre prisionera de los musulmanes durante un ataque de éstos a Conques en el año 793.

El joven no entregó su caballo a pesar de que los islámicos arrancaron los senos de la madre y luego le cortaron la cabeza ante sus propios ojos. En un mundo tan marcado por la violencia parece cargado de lógica que la preparación militar sea la elegida para los jóvenes nobles, si bien en las escuelas monásticas podían aprender los rudimentos de la lectura y la escritura.

Los ancianos ocupan un curioso papel en el entorno familiar altomedieval. Ya que la media de vida alcanzaba los 30 años, no debía ser muy común ver a ancianos en la sociedad. Su escaso número es proporcional a su utilidad, excepción hecha de los jefe de clanes o tribus, los llamados «seniores«. Si el anciano mantiene sus fuerzas será aceptado por la sociedad. Si esto no es así, su futuro sólo le depara donar sus bienes a una abadía donde se retirará. En la abadía recibirá comida, bebida y alojamiento.

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

Los pecados y castigos en la Edad Media Leyes y Penas Flagelantes

Los pecados y castigos en la Edad Media

Pecados y Penitencias:

Los pecados y castigos en la Edad MediaGracias a los numerosos penitenciales que nos han quedado podemos acercarnos con cierta facilidad al mundo del pecado en la Alta Edad Media. En estos documentos encontramos la penitencia correspondiente a cada pecado, pudiendo afirmar que la mayoría de ellos tienen en el ayuno a pan seco o recocido y agua su correspondiente penitencia.

Si alguien no desea o no puede realizar el ayuno, existe la posibilidad de cambiarlo por el pago de una determinada cantidad de dinero al año. Una vez más , los pobres deben sufrir las consecuencias del pecado en sus propias carnes mientras que los ricos pueden adquirir su salvación.

Quizá sea esta la razón por la que el concilio de París del año 829 condenó los penitenciales, ordenando que fueran quemados. A pesar de la prohibición, los sacerdotes siguieron manteniendo entre sus libros algún penitencial.

Según éstos, el cristianismo consideraba tres como los más grandes pecados: la fornicación -incluyendo todo tipo de actos sexuales pero haciendo hincapié en el bestialismo, la sodomía, las relaciones orales, la masturbación, variar de postura a la hora de hacer el acto sexual, el incesto y la homosexualidad femenina-, los actos violentos y el perjurio.

Sin embargo, también es cierto que estos tres pecados son los más cometidos por lo que hacen referencia los textos. Las penas pecuniarias impuestas por los penitenciales no hacen distinción social, salvo si se trata de eclesiásticos o laicos. Los sacerdotes y monjes debía ser absolutamente impolutos e impecables. El asesinato podía ser castigado con tres o cinco años de ayuno, si el acto de violencia lo cometía un laico. Caso de un sacerdote, el ayuno se elevaba a doce años.

El monasticismo irlandés se hizo famoso por sus prácticas ascéticas. Se ponía mucho énfasis en escrupulosos exámenes de conciencia, para dilucidar si se había cometido un pecado contra Dios. Con objeto de facilitar este examen, se desarrollaron los penitenciales (manuales de confesión) que describían los posibles pecados y sus apropiadas penitencias.

Éstas a menudo consistían en ayunar un determinado número de días cada semana, a pan y agua. Aunque, a la larga, estas penitencias se aplicaron en todo el mundo cristiano, fueron particularmente significativas para el cristianismo irlandés. Este fragmento, tomado del Penitencial de Cummean, un abad irlandés, se escribió, alrededor del año 650y muestra una característica distintiva de los penitenciales: su obsesiva preocupación por los pecados sexuales.

Penitencial di Cummean:

Al obispo que corneta fornicación deberá degradársele y hará penitencia durante doce años.

Un presbítero, o diácono, que corneta fornicación natural, habiendo ya emitido los votos de monje, hará penitencia por siete años. Pedirá perdón cada hora; llevará a cabo un ayunó especial durante todas las semanas, excepto en los días intermedios entre la Pascua y Pentecostés.

Aquel que deshonre a su madre, hará penitencia durante tres años, y llevará a cabo un peregrinaje perpetuo. Así, aquellos que cometan sodomía, harán penitencia cada siete años.

Aquel que sólo desee en su mente cometer fornicación, pero sea incapaz de realizarla, hará penitencia durante un año, sobre todo, en tres periodos de cuarenta días.

Aquel que voluntariamente polucione durante el sueño, se levantará y cantará nueve salmos en orden, de rodillas. Al siguiente día, se mantendrá de pan y agua.

El clérigo que fornique en alguna ocasión, hará penitencia durante un año, a pan y agua; si engendra un hijo, hará penitencia por siete años en el exilio; lo mismo hará quien haya sido virgen.

Quien ame a cualquier mujer, pero sin realizar maldad alguna, más allá de unas cuantas conversaciones, hará penitencia durante cuarenta días.

El casado deberá ser continente durante tres períodos de cuarenta días, los sábados y los domingos —día y noche—, así como los dos días a la semana señalados [miércoles y viernes], y después de la concepción, y durante todo el periodo menstrual.

Después de un parto, el hombre deberá abstenerse, si es un hijo, durante treinta y tres días; si es una hija, durante sesenta y seis días.

A los muchachos que estén hablando solos y transgredan las regulaciones de los mayores [del monasterio] , se les corregirá mediante tres ayunos especiales.

A los niños que imiten el acto le fornicación, veinte días; silo hacen con frecuencia, entonces, cuarenta días.

Pero los muchachos de veinte años que practiquen la masturbación juntos y lo confiesen [harán penitencia pon veinte o cuarenta días, antes de recibir la comunión.

También en los penitenciales se afirma que el esclavo que ha cometido un delito por orden de su dueño no es culpable de tal, acusando al propietario de ese esclavo de la fechoría. Incluso se llega a mencionar algunos casos de amos que matan a sus esclavos y están obligados a cumplir cinco años de penitencia. El amo que violaba a su esclava debía manumitirla.

Durante el siglo IX los actos de venganza serán muy perseguidos por la Iglesia, al igual que el asesinato de la mujer por parte del marido. Estos nuevos cambios están directamente relacionados con la renovación carolingia que trae consigo un cambio social. Gracias a la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio se produciría un aumento de los asesinatos conyugales, práctica que antes se regulaba con la poligamia y que en estos momentos la Iglesia desea controlar. Por esta razón la Iglesia consideró este homicidio como el más grave, comparándolo al del señor y el del padre.

En el mismo plano se colocaría el de la mujer que envenena al marido. El castigo pasaría de un ayuno de catorce años a ayuno de perpetuo. De esta manera se igualaban -en algunos aspectos- hombre y mujer. El adulterio también sufrió un fuerte aumento en lo que a la penitencia se refiere. De tres años de ayuno pasó a seis. También en los penitenciales encontramos consejos de abstinencia sexual en determinados días: tres días antes del domingo, las cuaresmas de Pascua y Navidad y los días de fiesta. De esta manera, el matrimonio sólo tenía unos 200 días para realizar el acto sexual.

La Iglesia también persigue el aborto, los contraceptivos, las mutilaciones y la desnudez, así como el contacto carnal durante las menstruaciones y el alumbramiento, destacando que el contacto sexual tiene como finalidad la procreación. El gran culpable de estos pecados cometidos por los débiles creyentes era el diablo, Satán. En la Edad Media se integró al diablo en la vida cotidiana. La magia, la adivinación y los conjuros se presentaron como elementos demoníacos.

El miedo a Satán se adueñó de la vida medieval aunque la gracia de Dios y la cercanía de los santos estaban allí para remediarlo. Y para ello el creyente cuenta con los sacramentos. El bautismo quedó relegado a los niños en época carolingia ya que se consideró como una integración en la Iglesia.

La eucaristía sufrió un cambio revelador al exigirse a las mujeres que envolviesen sus manos en un pliegue de su vestido cuando recibían el cuerpo de Cristo. Entre las virtudes de un buen cristiano encontramos la fe, la esperanza, la justicia, la prudencia, la fuerza, la temperancia, la moderación, la fidelidad, la caridad y la oración.

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

Paganismo en la Edad Media Costumbres y Forma de Vida Medieval

LA EDAD MEDIA: PAGANISMO

resumen de la edad media 

Paganismo: Aunque la religión cristiana era la oficial de los diferentes Estados germanos surgidos tras la caída del Imperio Romano de Occidente, el paganismo perduró en las conductas sociales durante la Alta Edad Media tal y como nos informan obispos y clérigos, al menos hasta el siglo X.

Para conocer la realidad cotidiana, el hombre medieval buscó explicaciones sobrenaturales y explicaciones religiosas. La experiencia y la razón no resultaban en esa época instrumentos suficientes para el conocimiento. Muchos hombres creían que sólo era posible llegar a él mediante el auxilio de la fe.

Paganismo en la Edad Media

 Durante la Edad Media, en los intentos por explicar el mundo se cruzaban dos tradiciones: la tradición pagana, de origen germano, con sus dragones, sirenas y bosques animados, y la tradición cristiana, según la cual la verdad y el conocimiento último de la realidad sólo se lograba mediante la razón iluminada por la fe.

Sin embargo, ambas tradiciones no tuvieron igual importancia para los hombres de la sociedad feudal. Por lo general, los campesinos fueron los que se aferraron con más fuerza a las viejas creencias paganas, mientras que la nobleza, en su mayoría, adhirió a los principios cristianos.

Los campesinos creían que la lechuga alivia el insomnio, pero perjudica la vitalidad y la vista,
efecto que puede moderarse si se le agrega apio.

Cuando los campesinos trabajaban la tierra recitaban antiguas canciones y palabras mágicas para lograr que sus campos fueran fértiles; también era común que consultaran a magos y hechiceras si tenían algún problema. Pero la Iglesia se ocupó de que los campesinos agregaran a sus cánticos paganos oraciones de origen cristiano. Así lo hicieron, aunque siempre en estas oraciones siguió subsistiendo el rito pagano, como lo demuestran muchas de ellas:

Cuando el hijo de un campesino se enfermaba, era común que dijeran: «…sal, gusano, con nueve gusanillos, pasa de la médula al hueso, del hueso a la carne, de la carne a la piel y de la piel a esta flecha”, y luego obedeciendo a la Iglesia y procurando también evitarse problemas con su señor, decían: “Así sea, Señor’.

De este modo, el mago Merlín y Cristo se mezclaban en la imaginación del hombre del Medioevo. Lo sobrenatural parecía ser la única respuesta al origen de las cosas y de la vida.

Pero sería un error suponer que aquellas dos tradiciones transitaron en pie de igualdad la Edad Media. Fueron los valores y creencias cristianos —impulsados por la nobleza laica y eclesiástica— los que predominaron.

Si un viajero escucha a una corneja graznando a la izquierda lo puede interpretar como un signo de buen viaje.

El estudio de los excrementos o los estornudos de los animales de trabajo -caballos o bueyes- permite conocer si el día nos trae buenos o malos augurios.

Arrojar unos granos de cebada sobre el fuego del hogar y contemplar como saltan es una señal de peligro.

Numerosos adivinos se ponían en contacto con los muertos. Era frecuente que el adivino se sentara en un cruce de caminos sobre una piel de toro -con la zona ensangrentada vuelta sobre la tierra- para recibir las comunicaciones de los difuntos, en el silencio de la noche. De esta manera podían predecir catástrofes o brindar soluciones a diferentes problemas.

La mujer era la mediadora entre los vivos en la tierra y los muertos en el cielo.

 Para curar a los niños enfermos se les introducía en una excavación cerrada con espinos, situada en una encrucijada. Si la madre tierra se empapaba de la enfermedad, el niño dejaba de llorar y estaba curado.

Si se desea que un hombre sea impotente se podía conseguir anudando una cinta a cada una de las prendas de vestir de ambos cónyuges.

Si la mujer no deseaba quedarse encinta se desnudaba, se embadurnaba en miel y se revolcaba en un montón de trigo, recogiéndose con cuidado los granos que habían quedado pegados a su cuerpo. Esos granos eran molidos manualmente al contrario que de la forma habitual, de izquierda a derecha. El pan resultante de esa harina se ofrecía al hombre con el que se mantendría la relación sexual. De esta manera se «castraba» al varón y no se engendraban niños.

La sangre de las menstruaciones, la orina de ambos sexos o el esperma del hombre también eran considerados potentes afrodisíacos.

Un afrodisíaco utilizado en la época era la introducción de un pez vivo en la vagina de la mujer, donde quedaba hasta que moría. El pez era cocinado y servido al marido que de esta manera se cargaba de potencia sexual. Otro sistema sería amasar la pasta del pan en las nalgas de una mujer o sobre sus partes genitales, provocando así el deseo del hombre perseguido.

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

La Violencia y la Muerte en la Edad Media Los Castillos Tecnicas

VIOLENCIA Y MUERTE EN LA EDAD MEDIA

resumen de la edad media 

Violencia y Muerte:

La sociedad altomedieval vivía inmersa en la violencia. Aún estaban presentes en la memoria colectiva las invasiones germánicas cuando el Islam azotó algunas zonas de Europa, especialmente la península Ibérica.

 

Pero también podían aparecer en cualquier momento bandidos -llamados baguadas en lengua galaica- que asolaban cosechas, mataban campesinos y violaban mujeres. Si caían en manos de las tropas reales estos bandidos eran condenados a muerte o a la esclavitud pero su presencia motivaba gran angustia e inquietud en la sociedad franca de la época.

Estos frecuentes ataques provocarán el encastillamiento de la población, primero en sus pequeños refugios y posteriormente en el castillo del señor feudal.

Los incendios eran otra muestra de la violencia cotidiana, atacando a la comunidad. No resultaba difícil incendiar aquellas casas de techumbre de madera y paja o los graneros por lo que las leyes eran contundentes en los castigos.

Los salios imponían fuertes multas a los causantes de estos incidentes, obligando a pagar indemnizaciones a los familiares de los muertos y a los heridos. El pirómano podía ser condenado al destierro o trabajos forzados en las minas dependiendo de su condición social, según la ley romana mientras que si los daños eran graves la muerte sería su condena.

Los incendios no sólo afectan a hogares aislados sino a ciudades enteras como en los casos de Bourges (584), París (585), Orleans (580) o Tours en varias ocasiones. Los cristianos buscaban las causas de estos sucesos en las vidas licenciosas de los habitantes por lo que había que buscar refugio bajo el signo de la cruz pintado en el dintel de las casas o las reliquias de algún santo o mártir.

Con motivo de uno de los incendios sufridos por la ciudad de Burdeos «la casa del sirio Euphrôn, a pesar de haber quedado rodeada por las llamas, no se vio en absoluto perjudicada» ya que había colocado en uno de sus muros un hueso de uno de los dedos de san Sergio.

La violencia debía de ser algo cotidiano según podemos advertir en los escritos de los literatos de la época. Pero esta violencia no sólo afectaba a laicos sino también a los religiosos. Conocemos el caso de las monjas del monasterio de la Santa Cruz de Poitiers que maltrataron a la abadesa y al obispo y reunieron «una tropa de hechiceros, asesinos y adúlteros» para atacar su propio monasterio.

También se ha constatado el caso de un obispo de Le Mans que hizo castrar a sus clérigos por estar descontento con sus actitudes.

A comienzos del siglo X la instigación del conde de Flandes motivó el asesinato del arzobispo Foulque de Reims. Para evitar el derramamiento innecesario de sangre la ley salia establecen castigos monetarios: tres puñetazos se multan con 9 sueldos; una mano arrancada, un ojo saltado, un pie cortado o una oreja cortada son 100 sueldos de multa, que se rebajan si el miembro aún cuelga.

Ese mismo importe supone la lengua cortada «de tal forma que ya no pueda hablar».

Resulta curioso diferenciar las multas para los cortes de dedo: si se trata del índice la multa es de 35 sueldos mientras que si el seccionado es el dedo meñique sólo serán 15 sueldos. La razón: el índice sirve para tensar el arco, instrumento fundamental para la defensa y la caza. Resulta lógico pensar que en una sociedad tan violenta la venganza estaba a la orden del día.

Cuando se realiza un homicidio la familia de la víctima debe vengar su muerte, ya sea en la persona del culpable o de algún miembro de su familia. Cuando el joven Sicharius conoce la muerte de sus padres, comenta: «Si no vengo la muerte (…), no merezco seguir llamándome hombre sino que me tengan por una débil mujer».

Su reacción será cortar la cabeza del asesino con un serrucho. De esta manera ha vengado a sus víctimas pero inicia una cadena interminable de sangre y muerte como las que hace referencia Gregorio de Tours en el siglo VI. Era frecuente que las víctimas de la venganza fueran expuestas de manera pública para exhibir que la obligación había sido cumplida.

No en balde, las leyes hacen referencias a que «si alguien quita la cabeza de un hombre que sus enemigos han clavado en una estaca sin contar con alguna otra persona (…) tendrá que pagar 15 sueldos». Para solucionar este tipo de venganzas la reina Brunehaut utilizó un sistema bastante reprochable: hizo que sus sicarios mataran a hachazos, después de haberles emborrachado, a los miembros de dos familias que estaban enzarzadas en guerras de venganza. Pero existía otro método menos violento para detener la venganza.

Si la familia del finado exigía el pago de un cantidad de oro y el asesino aceptaba, se detenía la venganza. Esta acción se denominaba wergeld o composición. Sin embargo, el temor a ser considerado cobarde pesaba en numerosas ocasiones y la venganza seguía su curso. Otra muestra de la violencia altomedieval eran las injurias y los insultos.

Al estar relacionado con el honor se ha llegado a legislar sobre el asunto. Si no se respondía a una injuria o insulto se daba por sentado que se aceptaba el calificativo mencionado.

Las multas que se imponían por los insultos sitúan el calificativo de prostituta como el más vil ya que estaba castigado con 45 sueldos. La mención a la pederastia se castiga con 15 sueldos y el resto de calificativos relacionados con descréditos se castigan con 3 sueldos de multa: chivato, traidor, zorro, homosexual, etc.

En un mundo cargado de violencia y muerte tenemos que hacer referencia a los cementerios, advirtiéndose distintas costumbres entre los variados pueblos europeos. Los romanos enterraban a sus muertos fuera de los muros de la ciudad, en diferentes tumbas que se sucedían a lo largo de las vías.

Los merovingios también siguieron esa costumbre, enterrando a los fallecidos en las afueras de los poblados. Los germanos desarrollaron unos particulares cementerios rurales situados en la vertiente sur de una colina y en las cercanías de una fuente, situando las tumbas en hilera.

Los francos enterraban los cadáveres desnudos, rodeando la fosa con piezas de piedra como si se tratara de un sarcófago. En algunos enterramientos se han encontrado a los niños sepultados en grupos, junto a las tumbas de sus padres.

En algunas zonas se practicaba la incineración, especialmente en los siglos V y VI, para evitar que los muertos regresasen a atormentar a los vivos, de la misma manera que se ponían arbustos espinosos sobre la tumba.

 El muerto era trasladado desde la aldea al cementerio en cortejo, colocado sobre unas parihuelas y cubierto con un paño sus ojos, transportado a la altura de las rodillas. Una vez enterrado los familiares acudían regularmente a la tumba para celebrar banquetes funerarios.
En el cementerio se reproducía el mundo de la aldea. Los muertos eran enterrados vestidos con sus pocas o muchas pertenencias -armas, herramientas, joyas, collares, peines, pinzas de depilar,….
En algunos enterramientos se han encontrado caballos sacrificados quizá para conducir a la tierra al difunto en la celebración de la fiesta de Jul, el 26 de diciembre. También se depositaban a los pies del finado jarras de cerámica o cristal con alimentos para el viaje al más allá, reminiscencia pagana al igual que la moneda en la boca para pagar el óbolo a Caronte, el barquero con el que se debía cruzar la laguna Estigia.

En las culturas cristianas se sustituyó la moneda por una hostia, lo que motivó la prohibición de la Iglesia. Las culturas germánicas hacían todo lo posible para que el muerto estuviera tranquilo en su tumba.

Esa es la razón por la que a los niños muertos al poco de nacer se los empalaba debido a que el inocente no podía estar bajo tierra. Para asegurar la tranquilidad de las tumbas había que protegerlas contra las violaciones de los vivos, práctica bastante corriente como han podido constatar los arqueólogos. Estos delitos traían consigo como catastrófica consecuencia el regreso del difunto por las noches para atormentar a los vivos.

Legalmente el violador de tumbas era castigado con una fuerte multa y la condena al ostracismo más absoluto hasta que no abonara el castigo. Hacia la mitad del siglo VIII la Iglesia consigue que el cementerio rodee el templo, creando de esta manera una mayor esperanza de protección y salvación. Las tumbas de los personajes importantes pasaban a ubicarse bajo el pavimento de la iglesia.

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

Homosexualidad y el Amor Conyugal en la Edad Media Matrimonio

LA EDAD MEDIA: AMOR Y HOMOSEXUALIDAD

resumen de la edad media 

La Homoxesualidad:  Aunque la iglesia condenó la homosexualidad en la Baja Edad Media, no le había preocupado demasiado el comportamiento homosexual, y tal actitud también prevaleció en el mundo secular. Sin embargo, alrededor del siglo XIII, estas actitudes tolerantes cambiaron drásticamente.

Algunos historiadores relacionan este cambio con el clima de temor e intolerancia que prevaleció en el siglo contra los grupos minoritarios que se apartaban de la norma de la mayoría.

Un enfoque preferido de los críticos fue identificar a los homosexuales con otros grupos detestados.

Se describió la homosexualidad como una práctica regular de musulmanes y conspicuos herejes, como los albigenses. Entre 1250 y 1300, lo que se había tolerado en la mayor parte de Europa, ahora constituía un acto criminal que merecía la muerte.

La legislación contra la homosexualidad se refería a ésta, por lo común, como un pecado “contra natura”.

Éste es precisamente el argumento desarrollado por Tomás de Aquino, quien ha formado la opinión católica en esta materia durante siglos.

En su Summa Teologica, Tomas de Aquino manifestó que el propósito del sexo era la procreación , por lo tanto, solo podía ser practicado legítimamente de forma que no excluyera esta posibilidad.

Así la homosexualidad era «contraria a la naturaleza» y constituía una desviación del orden natural establecido por Dios. Este argumento y las leyes que prohibían la actividad homosexual so pena de castigos graves siguió siendo la norma en Europa y en cualquier parte del mundo cristiano hasta el siglo XX.

El Amor Conyugal y Extraconyugal:

En la mayoría de los textos altomedievales no se hace referencia a la relación conyugal con la palabra amor, utilizándose más bien el término «caritas».

Este término lo utiliza Jonás de Orleans en el siglo IX para hacer referencia al amor que conlleva la «honesta copulatio«, la relación sexual que tiene como objetivo la procreación, una relación carnal sin desbordamientos y absolutamente fiel y desinteresada.

Eginhardo, el biógrafo de Carlomagno, hace referencia a su fallecida esposa como «su mujer, su hermana, su compañera» mientras que una pareja del siglo V se separan para disfrutar del matrimonio místico con Dios.

Sí se emplea la palabra amor para hacer referencia a la relación extraconyugal, cargada de pasión.

En la Alta Edad Media se considera que el amor es un impulso irresistible de los sentidos, un impulso de deseo que difícilmente puede manifestarse en el ámbito matrimonial.

Los paganos encuentran el origen de esta pasión en la divinidad mientras los cristianos la achacan al maligno Satán, por lo que este amor debe ser destructor.

Los germanos utilizan un término relacionado con el deseo sexual: la «líbido», curiosamente siempre relacionado con las mujeres.

Los códigos legales hacen referencia a este ardor sexual, hablando de las viudas: «toda viuda que libre y espontáneamente, vencida por el deseo se haya unido con alguno y esto haya acabado por saberse pierde inmediatamente sus derechos y no puede casarse con el hombre en cuestión».

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

Diversiones Fiestas y juegos (ajedrez) en la edad media Caza y Pesca

LA EDAD MEDIA: JUEGOS Y DIVERSIONES

resumen de la edad media 

Diversiones Medievales:

Entre los romanos la ociosidad era el modo ideal de vida ya que el trabajo era algo despreciable que ya realizaban los esclavos. Pero en la Europa germánica cambiará este concepto, en parte por la introducción del cristianismo. No en balde, san Benito de Nursia incorpora a su regla monástica la máxima «ora et labora» que implica aceptar el trabajo como algo saludable y que satisface al espíritu. Aún así los nobles no son muy aficionadas a la labor por lo que sus diversiones son bastante conocidas.

LA GUERRA, LOS TORNEOS Y LA CAZA: Las principales ocupaciones de los señores eran la guerra, los torneos y la caza. La guerra, ocupación favorita de aquellas violentas personas, pues la hacían valiéndose del motivo más baladí, consistía generalmente en sorpresas; era táctica acostumbrada destruir las cosechas del adversario para rendirlo por hambre. Cuando ocurría un choque, los combatientes procuraban más bien – hacer prisioneros que matar, porque los prisioneros eran fuente de provechos. Los ponían, en efecto, en libertad, pero siempre mediante el pago de una suma de dinero llamada rescate.

Torneo de Caballeros, en la edad media

A falta de guerra, el señor se distraía con los torneos. Los torneos, que más tarde se convirtieron en simulacros de combate en campo cerrado entre dos hombres, fueron en su origen verdaderas batallas entre dos tropas. En Francia, en tiempo de Felipe Augusto, un torneo reunió tres mil caballeros. Los adversarios se encontraban en campo raso y cargaban con furor. Cuando una de las dos partes cedía, « entonces, dice un testigo del torneo, empezaba la persecución encarnizada por los viñedos, los fosos y los bosques; entonces se velan los caballeros y las cabalgaduras que caían pisoteados por los vencedores y sus caballos, heridos y aniquilados. »

En los torneos, como en la guerra, se hacían prisioneros que debían pagar rescate. Muchos señores vivían de sus victorias en esas lides, como Otros viven hoy de las suyas, los vencedores en las carreras caballos y en los campeonatos y proezas deportivas.

La caza era menos un placer que una necesidad. El señor cazaba para alimentarse y alimentar a sus hombres. Como la mayor parte del suelo era improductivo, — cubierto de bosques y pantanos, — había poco ganado vacuno y lanar; rara vez se comía carne de vaca o de carnero. El alimento consistía principalmente en carne de cerdo, que de este animal había numerosas manadas en los bosques, en carne de cabrito y, en fin, la que suministraba la caza jabalí, oso, ciervo y corzo cuyos cuartos se Servían enteros.

También se utilizaban trampas como el ciervo en celo atado a unas ramas que con sus bramidos atraía a las hembras. Otro tipo de caza era el que tenía a las aves de presa como protagonistas. Los halcones eran muy preciados y aquel que osase robar uno de una percha debía soportar un cruel castigo: el animal devoraría cinco onzas de carne roja sobre el pecho del ladrón. Para la caza era habitual utilizar el arco, especialmente para una modalidad denominada tiro al vuelo. El cazador, montado a caballo, disparaba sus flechas contra las aves, siendo su criado quien le preparaba el arco. Otro tipo era la caza a cuchillo, especialmente para los jabalíes, la pieza más preciada.

Entre las diversiones más sosegadas tenemos la pesca -que no requería casi actividad física por lo que no era ocio típico del guerrero- el ajedrez y los banquetes, momento en el que el noble se abandonaba a las pasiones de la comida y la bebida.

 Los Festines:  En los banquetes con que celebraban las fiestas — torneos, casamientos, bautizos, etc. — también se servían  a más de las aves de corral, perdices, avutardas, cisne y pavos reales o pavones. Los guisos se sazonaban d manera exagerada. Esos festines, harto prolongados, se interrumpían reiteradas veces con diversiones muy variadas, llamadas entremeses; una de ellas consistía en servir enormes pasteles que, al abrirlos, dejaban escapar multitud de pajarillos, y en soltar halcones que les daba; caza allí mismo.
En aquella época se comía con los dedos, pues e tenedor era tan maravilla en el siglo XV, que el rey de Francia, Carlos V. sólo poseía seis utensilios de este género. En vez de café y de licores, se ofrecía vino refrescado con hielo y aromatizado con canela, clavos, incienso y miel. Ese era el momento en que aparecían juglares, músicos y acróbatas, que tocaban el arpa, la cornamusa, la chirimía, y, al mismo tiempo, mostraban títeres y animales adiestrados, hacían habilidades sobre cuerdas, y juegos y truhanerías. Después se presentaban trovadores y troveros que cantaban y recitaban trozos de los cantares de gesto o las hazañas de Carlomagno y del Cid.

El Ajedrez fue uno de los juegos favoritos de los señores feudales: era originario de oriente y tuvo una amplia difusión en Europa con la llegada de los árabes. El entusiasmo que genero este juego tiene que ver con la actividad guerrera de estos señores. El ajedrez es un juego en el que se despliegan jugadas, tácticas y estrategias de tipo militar, cuyo objetivo es abrirse en paso entre las filas enemigas para capturar a su rey.

ALGO MAS…

Los orígenes del balonpié se remontan a la Edad media. Hay constancia de que en 1217 se jugaba en Derby, ciudad inglesa que se atribuye la calidad de cuna de este deporte.

Desde esos remotos inicios, el fútbol parece haber sido un juego violento, una especie de rito masculino y guerrero. En Chester, después de una victoria militar contra Dinamarca, los ingleses disputaron un célebre partido usando como balón la cabeza de un soldado danés. Curiosamente, como se ha visto, los primeros campeonatos olímpicos de fútbol se jugaron entre ingleses y daneses.

El deporte llegó a ser tan brutal que el rey Eduardo II optó por prohibirlo. Shakespeare en su Rey Lear criticó ácidamente la violencia de este juego en el que a veces el enfrentamiento de dos equipos ocasionaba verdadera batalla entre ciudades y pueblos.

Aunque en 1457 el monarca Juan III acentuó la persecución contra estos futbolistas primitivos, rudimentarios y bárbaros, el deporte se siguió practicando clandestinamente.

Un historiador de la época anotaba: «los jugadores se rompen el cuello, a veces un brazo, otras los dos y es frecuente verlos sangrar por las narices. Casi siempre todos terminan heridos».

En las iglesias se recitaba una oración que decía: «Señor, aleja de nosotros ese juego que atenta contra la virtud divina y el espíritu de bien. El fútbol, Señor, es una forma de contienda, una práctica sangrienta, no un juego».
Pese a la persecución que se prolongo por cinco siglos, la popularidad del fútbol siguió cundiendo especialmente entre las clases populares de Inglaterra.

La prohibición se levantó recién en 1681, bajo el reinado de Carlos II

SOBRE EL TEATRO MEDIEVAL: El mundo antiguo no legó al mundo medieval ninguna forma dramática viva. Al perderse en Roma el arte teatral, en medio de los aparatosos juegos del circo, será la Iglesia quien devuelva al teatro vida y sentido nuevos, hasta que el pueblo arrastre hasta él, lejos del altar, al nuevo drama. El primer espectáculo escrito y representado por entero fuera de la Iglesia se montó hacia mediados del siglo XII.

La liturgia dio a luz el drama, como antaño el mito de Orfeo lo hiciera con la tragedia. Con un intervalo de dieciocho siglos, el teatro renace y conoce las mismas fases: coros que celebran el nacimiento de un dios, actores que se van destacando del grupo, y personalizándose, para representar la historia divina hasta que, poco a poco, vuelvan a representar la historia del hombre.

Esta forma teatral iría perfeccionándose durante los siglos XII, XIII y XIV, hasta florecer en el siglo XV. El tema del misterio es siempre un tema religioso, penetrado de profundidad mística, pero que contiene al mismo tiempo pintorescas escenas de violenta comicidad. Se trata de espectáculos que duraban varios días. Es un teatro que probablemente nació en los tiempos de la clandestinidad del cristianismo y se desarrolló en una época de crisis profunda, debatiéndose entre los restos de la mentalidad pagana que había dominado el Mediterráneo y la de los pueblos bárbaros, de tan diferente origen.

La Edad Media se vio obligada a salvar lo positivo de aquel mundo pagano y a preparar los cimientos de una nueva sociedad. La oscuridad que se atribuye a esta época -exagerándola, por cierto- se debe a esta mezcla de elementos y a la ingente labor que ofrecía su acoplamiento.

La Iglesia tuvo que enfrentarse a la tarea de completar lo que no había conseguido el Imperio Romano: mentalizar a los invasores bárbaros con una nueva idea de la existencia. Quizá por ello el teatro medieval, reflejo de su época, más que presentar hechos ordenados, los expone simplemente ante los ojos del espectador, se los hace ver. La idea de este nuevo teatro surge de la búsqueda de una nueva idea de sociedad, y también de una nueva lengua, ya que se hallan en formación todas las lenguas vulgares, procedentes del latín.

Los primeros documentos que se conservan de teatro medieval son franceses; se remontan al año 1100, y están escritos en dos lenguas alternadas: latín y francés vulgar. Las representaciones medievales reciben los nombres de milagros, misterios, y farsas, en el caso del teatro profano. Estos espectáculos se parecen en toda Europa, debido a una razón clara: la cristiandad. La Iglesia ya cuenta, además de su poder espiritual, con el poder político, aunque aún no tiene una verdadera organización estatal.

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)

Viviendas y Comidas en la Edad Media

LA EDAD MEDIA: CASAS Y COMIDAS

resumen de la edad media 

Demografía en la Edad Media:

Hace mil años, la población mundial era mucho más reducida que en la actualidad. Probablemente, toda Inglaterra tenía menos habitantes entonces que Manchester hoy en día, y muchos menos que el Londres contemporáneo.

China debía contar con una décima parte de su población actual.

La población creció ininterrumpidamente entre los años 500 y 1900, de 200 millones a poco mas de 1600 millones en 1900. Se ve una tendencia que se remonta a la aparición de la agricultura. Hubo de transcurrir mucho tiempo para que la población empezara a aumentar rápidamente, y aunque el proceso se aceleró en el transcurso de los siglos, el crecimiento fue bastante lento en casi todos los puntos del globo hasta 1700.

La razón estriba en que para que hubiera más población tenía que haber más alimentos y durante muchos siglos la única manera de obtenerlos consistió en talar bosques y cortar maleza para procurarse tierras de cultivo, tarea que también resultaba muy lenta.

A veces se malograban las cosechas o sobrevenía una epidemia de peste u otra enfermedad que diezmaba a los campesinos y no quedaba nadie para trabajar la tierra.

Por eso la gente también moría de hambre, en ocasiones a millares. Entre 4350 y 1400 perecieron millones de europeos,

 como ocurrió en la China y la India hace apenas un siglo (o en estos mismos países y Rusia en fechas aún más recientes).

Cuando se producía una catástrofe de esta naturaleza la población tardaba mucho tiempo en recuperar el nivel anterior.

Otro de los motivos por los que el crecimiento de la humanidad fue muy lento radica en el bajo índice de la esperanza de vida; incluso hace pocos siglos los europeos no llegaban a los cuarenta años, debido en parte a una alimentación peor que la actual.

La mayoría de las personas crecía con un cuerpo desmedrado, huesos débiles y menores probabilidades de superar las enfermedades que los habitantes del mundo de hoy en día.

Los estudios antropológicos en los cementerios han permitido un mayor acercamiento a la demografía de la época. Podemos afirmar que la mortalidad infantil era muy elevada, estableciéndose la tasa en 45 por mil.

La esperanza de vida rondaría los 30 años, situándose la longevidad media entre 30 y 40 años para las mujeres y 45 años para los hombres.

La mayoría de los fallecimientos femeninos se producen entre los 18 y 29 años debido a fiebres puerperales o a partos difíciles.

La natalidad también era muy alta, estimándose en un 50 por mil pero las familias sólo tenían -por término medio- un par de hijos que alcanzaran el matrimonio.

La estatura media se acercaría a 1,67 metros para los hombres y 1,55 para las mujeres, estaturas bajas posiblemente debido a la malnutrición.

Entre las enfermedades mentales encontramos numerosas depresiones, neurosis que explicarían parálisis o fenómenos como las manos engarfiadas provocando que las uñas atravesaran las palmas, manías agudas acompañadas de epilepsias o estados maniacos asociados o provocados por el alcoholismo.

La poliomielitis estaría también a la orden del día debido a la desastrosa situación de los acueductos y la necesidad de consumir agua estancada.

(Estos datos han podido ser constatados gracias a los registros de los lugares de peregrinación ya que los monjes registraban los casos médicos que llegaban para intentar establecer diagnósticos siguiendo las enseñanzas de Hipócrates.)

En consecuencia, y hasta época muy reciente, se producían descensos bruscos de población a causa de la escasez y las enfermedades, a pesar de lo cual podemos decir que el número de seres humanos siguió aumentando.

Después se disparó repentinamente, gracias a una mayor producción de alimentos y a que los médicos descubrieron métodos para combatir las enfermedades, circunstancia que, en gran medida, desembocó en la invención de la «demografía» —el estudio de la población— en los dos últimos siglos. Pero de momento dejaremos a un lado este repentino incremento, pues sólo vamos a ocuparnos del crecimiento lento que se produjo entre los años 500 y 1500.

En la mayoría de los países había muchas más ciudades en 1500 que en el 500. Algunas eran muy grandes, pero por lo general no podemos decir lo mismo en el caso de Europa, si bien París, Milán, Florencia, Venecia y Génova se aproximaban a los 100.000 habitantes poco después de 1300.

Mucho antes de esta fecha, Constantinopla ocupaba más de 1.500 hectáreas cuando París apenas tenía 10. Pekín contaba con 1.000.000 de habitantes, aproximadamente, hacia el 1200 d.C., Roma con unos 20.000 (la población se había reducido con respecto a la de la época del imperio romano, que se elevaba a 1.000.000).

Durante más de un milenio, la mayoría de los europeos vivió en ciudades de menos de 10.000 almas; el cambio más destacable entre el 500 y el 1500 consistió en que aumentó el numero de ciudades de ese tamaño.

Además, la suerte de las grandes ciudades estaba sometida a frecuentes altibajos. Pongamos como ejemplo una vez más á Constantinopla: podía tener 300.000 habitantes en el siglo VI, pero en el XV este número se redujo a una octava parte.

En la Europa del 500 había pocos intercambios comerciales entre países e incluso entre ciudades. Un siglo más tarde se convertiría en el centro comercial más importante del mundo.

Por entonces sus comerciantes llevaban ya mucho tiempo realizando transacciones con China y trayendo productos del Lejano Oriente en caravanas que recorrían la denominada «ruta de la seda» (porque por este camino se transportaba la seda china), que atravesaba el Asia Central.

 En el siglo XIV establecieron centros comerciales en las costas africanas, de los que procedían los esclavos que llegaban a Europa. Sin embargo, mucho antes de esta época ya había otros pueblos que realizaban importantes actividades comerciales.

Poco a poco, los barcos pasaron a ser el vehículo más común para el transporte de mercancías a grandes distancias, sobre todo a partir del 1500. En el interior del continente europeo resultaba más fácil llevar los productos por vía fluvial que por las carreteras, que eran mucho peores que en época romana.

Aparecieron las ferias, y varias ciudades se especializaron en el comercio con lugares lejanos. Durante mucho tiempo la más destacada fue Venecia, que dominaba la mayor parte del tráfico comercial marítimo con el Mediterráneo oriental y el Asia Menor.

Al igual que la población, el comercio creció muy lentamente durante mucho tiempo.

El cargamento de todos los barcos que atracaban en la Venecia medieval en el transcurso de un año— podía tener cabida en un carguero actual, y aún sobraría espacio. Pero con las caravanas y los barcos llegaban otros elementos menos apreciados: por ejemplo, las ratas, portadoras de las pulgas que propagaban gérmenes desde Asia hasta Europa.

Fuente Consultada: Historia Universal Ilustrada Tomo I de John Roberts

Bajar Archivo Con La Vida en la Edad Media (completo)