Que es el Pueblo? La Comuna de París

Historia del Movimiento Obrero en Argentina Resumen

BREVE HISTORIA DEL MOVIMIENTO OBRERO EN ARGENTINA

En las últimas décadas del siglo pasado, comenzaron a surgir las primeras fábricas en la Argentina, con un régimen de trabajo similar al europeo: extensas jornadas de trabajo, explotación de menores y mujeres, viviendas insalubres y miserables, etc. La existencia de un proletariado industrial creó las condiciones para la formación de un movimiento obrero integrado en su mayoría por inmigrantes europeos (españoles, alemanes, italianos, franceses, etc.). Los obreros europeos aportaron su experiencia organizativa y de lucha conseguida en los países de origen y fueron importantes en la constitución del movimiento obrero argentino.

EL PROCESO EN LA ARGENTINA

En Argentina se promulgó la famosa Ley de Residencia, que establece igualmente la facultad de deportar extranjeros sin juicio, y la Ley de Defensa Social, son acompañadas de una cada vez más dura represión, en respuesta al crecimiento del movimiento obrero.

El mismo se apoya en el desarrollo cuantitativo de los asalariados de la industria y del transporte, relativamente mayor que en el resto de Latinoamérica a partir del 80, aunque concentrados en la franja litoral que llega desde Rosario a Buenos Aires, y particularmente en esta última ciudad. Ese desarrollo es suficientemente acelerado como para transformar totalmente la relación entre las clases sociales, repercutiendo de modo directo sobre la conducta de la burguesía.

En efecto: el censo industrial de 1887 arrojó 42.321 obreros (sin contar la construcción); el de 1895 (contando la construcción), 170 mil y el de 1913 un total de 410 mil. Posteriormente se carecen de datos estadísticos hasta 1935, a pesar de que en ese lapso se produjo un notorio crecimiento de la industria.

A los solos fines comparativos, puede tomarse en cuenta que en el último año citado (anterior al gran salto industrial de la década) la clase obrera había llegado a un total de 544 mil personas ocupadas.

Esto fue acompañado por una gran actividad organizativa, en la que a poco se formalizan tres tendencias: la anarquista, que es mayoritaria hasta los alrededores de 1920; la socialista (socialdemócrata); y la sindicalista «pura» o tradeunionista. Las tres luchan entre sí por el predominio, y esto se traduce en que, tras un primer momento de unidad relativa en una central sindical única (la Federación Obrera Argentina – R. O. A., creada en 1890), luego aparecen constantemente dos centrales de fuerza variable, fracasando todos los intentos de unidad: ya en 1905 aparecen enfrentadas la F. O. R. A., organizada en el 59 Congreso bajo total control anarquista, y la U. G. T., bajo control predominantemente socialista.

En 1895, ya había veinticinco sociedades gremiales constituidas. En mayo de 1901 surge la Federación Obrera Argentina (FOA). Las manifestaciones obreras a través de huelgas se hicieron frecuentes, alcanzando gran intensidad hacia 1902. En ese año se produce la primera huelga importante que paraliza el transporte y el trabajo portuario (elementos clave de la economía agroexportadora). El objetivo de las primeras manifestaciones obreras fue el aumento de los salarios y mejora en las condiciones de trabajo. En 1894 comienzan los reclamos por la reducción de la jornada laboral. Recién en 1905 se sancionará una ley sobre el descanso dominical y en 1907, la ley de reglamentación del trabajo de mujeres y menores.

Esta, partiendo de 41 sindicatos adheridos, con 41 mil cotizantes, en 1903, llegó a nuclear 95 sindicatos con 102 mil cotizantes en 1906, para decaer a 26 sindicatos y sólo 22 mil cotizantes en 1909. Pero más tarde, al reorganizarse socialistas y sindicalistas en la F. O. R. A. del 9° Congreso, frente a la F. O. R. A. del 59 (que permaneció bajo control anarquista), su actividad y predominio, así como el crecimiento de la clase obrera, se refleja en el salto que llevó de 80 sindicatos y 24 mil cotizantes en 1916 a 367 sindicatos y 308 mil cotizantes en 1919.

Esta actividad organizativa va acompañada por una paralela actividad de lucha, que puede apreciarse en el número de huelgas anuales registradas, aunque, claro está, estos datos no cubren ni agotan la riqueza y las dimensiones de los hechos. En esos límites, las huelgas registradas siguieron la siguiente curva:


Pero, como decía, los datos estadísticos no revelan sino una parte de la realidad: además de las huelgas registradas existen multitud de otras que no lo están, ni de las cifras surge la importancia relativa de las organizaciones, el tipo de obreros que las forman (de talleres o de la gran industria), la magnitud de los paros, la diferencia entre huelgas de empresa y huelgas generales, las diferencias de combatividad, etc. Tampoco, la existencia de organizaciones por fuera de las centrales, y, mucho menos, las luchas aisladas que no llegaron a traducirse en formas organizativas permanentes.

No estaban organizados en relación con las centrales los obreros de los ingenios tucumanos, pero en 1903 estalla allí una huelga de tal magnitud que a F. O. R. A. y la U. G. T. enviaron delegados que actuaron en tareas de organización y en las negociaciones de salarios y condiciones de trabajo. Y era justamente allí, entre los obreros alejados de los grandes centros urbanos y entre los obreros rurales, donde el capitalismo primitivo funcionaba con más dureza y crueldad, donde los abusos, patronales convertían a los obreros en semiesclavos sometidos a condiciones de vida infrahumanas, pues el patrón capitalista ni siquiera estaba interesado, como el amo de esclavos, en mantener con vida a sus trabajadores.

Obreros al salir de una fábrica, se dirigen a una manifestación

El resultado más importante de la huelga en los ingenios fue lograr que los trabajadores recibieran su paga en billetes, y en ese sentido actuaron los mediadores de las centrales obreras. Pero si a Tucumán llegó la acción sindical en 1903, recién hacia 1906 comienza a desarrollarse alguna acción gremial entre los mensús de Misiones y del Chaco. Allí, bajo formas capitalistas, seguían subsistiendo las características del trabajo forzoso, mediante contratos que establecían el trabajo obligatorio, y a través de la utilización directa de las fuerzas policiales locales por las empresas. Basta transcribir el modelo de un contrato de la época en los obrajes para hacerse una idea de lo que esto significaba.

Tampoco es suficiente, para hacer un cuadro de la legislación antiobrera de la época, es recordar las dos leyes generales más conocidas (leyes de Residencia y de Defensa Social). En las leyes particulares, aun en aquellas que otorgaban ciertas concesiones a los trabajadores, se imponían cláusulas contra la actividad sindical. Por ejemplo: la ley de jubilaciones de los ferroviarios, establecía que el derecho a la jubilación implicaba obligatoriamente la renuncia al derecho de huelga (artículo 11 de la ley respectiva).

Esa cláusula sólo fue derogada después de la huelga de 1917, que puede servir de modelo para comprender las condiciones de la época, aun en un gremio relativamente privilegiado como el ferroviario: las huelgas del gremio de 1887 a 1890 lograron algunos éxitos parciales, pero la represión fue creciendo, mediante los métodos «clásicos»: varias asambleas obreras fueron disueltas a balazos por la policía, se multiplicaron los arrestos y, finalmente, fueron encarcelados, condenados o deportados los cuadros más activos, hasta que la Fraternidad quedó disuelta de hecho. Sólo en 1896 pudo reconstruirse trabajosamente, y recién en 1912 se pudo organizar la Federación Obrera Ferrocarrilera, que agrupaba a los trabajadores no calificados.

En 1917 se realizó un pacto de solidaridad entre las dos organizaciones ferroviarias, y esto permitió realizar un paro general del gremio. De inmediato se desató !a represión: en Rosario se fusila a obreros detenidos, en Junín, en los talleres de Constitución, en Sola, y en Mendoza, las tropas del ejército hacen fuego a mansalva sobre las asambleas; la marinería del Crucero Almirante Brown balea a los huelguistas de los talleres del F. C. Sud. Sólo después de una dura lucha, en la que no se pudo quebrar a los huelguistas, el gobierno interviene, e Yrigoyen dicta un decreto anulando el artículo 11 de la ley y estableciendo un aumento general de salarios.

El caso no es aislado, sino que constituye algo así como un «modelo»: patrones y gobierno tratan de impedir la organización obrera. Cuando ésta aparece, la persiguen, cuando comienza la lucha se desata la más dura represión. Finalmente, si los trabajadores han logrado resistir, dejando en el camino decenas y aun centenares de muertos, encarcelados y deportados, se les hace algunas concesiones, apareciendo el gobierno como mediador.

Si la represión logra quebrar a los obreros, la situación de éstos queda como antes o aun empeora. Algunos momentos particulares, caracterizados por la ferocidad de la represión, han quedado en la memoria colectiva: las masacres de 1909, !as de enero de 1919, conocidas bajo el nombre de la Semana Trágica, los fusilamientos de la Patagonia de 1921-22.

En este período, sin embargo, pueden advertirse dos hechos nuevos: por una parte, junto a la represión de la policía y el ejército, aparecen por primera vez grupos civiles armados (la Asociación de! Trabajo y la Liga Patriótica), que prefiguran las organizaciones fascistas de la década posterior. Por otra parte, la represión, más dura que nunca, es acompañada por primera vez en el país por intentos de paternalismo reformista en cierta escala.

El primer hecho, aunque su importancia es fundamental para entender el desarrollo de la lucha de clases, excede los límites de este trabajo, y lo dejaremos en adelante de lado.

El segundo, nos lleva a tratar otra cuestión clave: la del paternalismo y el reformismo. De todo lo reseñado en este capítulo, queda, sin embargo, una síntesis a destacar: la organización sindical obrera nace desde los primeros momentos en que el proletariado aparece como una clase separada en la sociedad capitalista, como una necesidad que surge espontáneamente para defenderse de la explotación y la opresión de la burguesía.

Y la primera respuesta de ésta es, en todas partes, represiva: se legisla contra los sindicatos y la acción sindical, y se reprime ferozmente toda actividad dirigida a disminuir la explotación. Como subproducto de la lucha obrera surgen el paternalismo y el reformismo.

A mediados de la década de 1920 el movimiento obrero tuvo poca influencia política (hubo escaso número de huelgas y los sindicatos eran pequeños y poco representativos). En 1930 se creó la Confederación General del Trabajo (CGT), que estaba compuesta por socialistas, sindicalistas, comunistas y algunos anarquistas. A mediados de esa década, los sindicatos empezaron a crecer en cantidad y en número de afiliados. Si bien los reclamos salariales habían predominado hacia principios del siglo, en la década de 1940 las demandas giraban en torno de los denominados beneficios complementarios: vacaciones, pagos por enfermedad, seguros sociales, compensación por accidentes, etc.

Con el advenimiento del gobierno de Juan Domingo Perón (1946-1955), la idea de una justicia social y los sindicatos controlados por el Estado se convirtieron en elementos clave de su gobierno. Los beneficios para la clase obrera urbana incluyeron: pensiones y protección contra el desempleo, jornada de trabajo de duración definida legalmente, vacaciones pagadas, nueva ley de descanso dominical, indemnización por accidente, controles sobre el trabajo de mujeres y niños, vivienda subvencionada, centros de vacaciones, organismos de empleo y pagos adicionales anuales (aguinaldo). Además, la sanción de la Constitución Justicialista de 1949 -en reemplazo de la Constitución Nacional de 1953- garantizó los derechos básicos del trabajador.

Periódico Obrero en 1908

PARA SABER MAS…
El primer sindicato y la primera huelga.
El 25 de mayo de 1857 se constituyó la Sociedad Tipográfica Bonaerense; en 1878 los tipógrafos, nucleados en la Unión Tipográfica, protagonizaron la primera huelga en busca de mejores condiciones de vida.

En 1887 se organizaron los maquinistas y foguistas ferroviarios, formando la agrupación La Fraternidad. Los obreros panaderos y otros gremios tomaron determinación similar. Las huelgas se hicieron frecuentes. Los obreros exigían jornadas de 8 horas y salarios dignos, prohibición del trabajo a menores de 14 años, abolición del trabajo nocturno de mujeres y menores, mejores condiciones de higiene en los talleres, etc. A veces, algunos conflictos terminaban con el triunfo de los huelguistas, pero no era así en la mayor parte de los casos. El Estado no concebía esos desbordes y la represión frecuentemente era violenta.

Desarrollo del movimiento obrero. En 1887 funcionaban en Buenos Aires más de 10 000 talleres y fábricas —generalmente pequeñas—, que ocupaban a más de 42 000 personas. Con el tiempo, esas cifras aumentaron y el movimiento sindical se hizo más poderoso. El l9 de mayo se celebró por primera vez en 1890, con la participación de miles de trabajadores; en 1894 un mitin realizado en la plaza Rodríguez Peña para lograr la jornada de 8 horas, reunió más de 10 000 personas.

En 1896, cerca de 25 000 obreros participaron en movimientos de fuerza. Estibadores del puerto, constructores de carruajes, telefonistas, tipógrafos, operarios de las usinas de gas, mecánicos, relojeros y joyeros, albañiles, cigarreros, hojalateros, ferroviarios, sastres, etc., hacian sentir asi su protesta ante la injusticia social.

Al comenzar el siglo XX. La acción obrera se intensificó en la primera década del nuevo siglo; en 1907, alrededor de 75 000 obreros participaron en diversos conflictos, al tiempo que buscaban unificar su acción, surgiendo asi la Unión General de Trabajadores (UGT), la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), etc.

Entidades políticas, como el Partido Socialista, se hicieron eco de los reclamos obreros y, poco a poco, se fueron imponiendo condiciones más justas, no sin que fracasaran muchos intentos por lograrlas. La fuerza creciente de los movimientos sindicales puede deducirse de estas cifras: en 1915 la FORA contaba con la adhesión de 51 sindicatos y más de 20 000 cotizantes; en 1920 esas cifras habían crecido: 734 agrupaciones obreras contaban con casi 750 000 afiliados.

El movimiento obrero
Por este entonces los obreros ya estaban organizados. Se concentraban en torno a tres tendencias: la socialista, la anarquista y la católica. La primera agrupaba en su mayoría a obreros criollos y extranjeros de ideas no extremistas; […]. El anarquismo intentaba una acción más violenta y a diferencia del socialismo no quería ninguna vinculación con la política. Su organizador en el país Pietro Gori (abogado) «indujo a los anarquistas de la Argentina a abandonar la vieja táctica individualista para encarrilarlos por la organización». […]. Estas dos tendencias obreras eran de un contenido ideológico liberal que revelaron en manifestaciones favorables al Proyecto de Ley de Divorcio, que se debatiera el año 1902 y resultara rechazado en la Cámara de Diputados por escaso margen: 50 a 48 votos. […] los Círculos Católicos formados por el emprendedor Padre Grote trataban de aunar el proletariado bajo las consignas de la Rerum Novarum, […]. La situación obrera era cada vez peor, la desocupación amenazaba a los hogares, ya el año anterior se había hecho una manifestación de más de 15.000 obreros ante la Casa Rosada para que se considerase su situación. A principios de noviembre la Dirección de Inmigración hizo averiguaciones sobre la desocupación en Rosario, considerándose el exceso de trabajadores de 2.000 a 2.500; el órgano de la F.O.A. dice que había en el país 200.000 desocupados y que la miseria había provocado una emiqración de 79.427 obreros.

Pereyka, Horacio J. La reforma de la Ley electoral del año 1902.

Historia del Movimiento Obrero Los Primeros Sindicatos Ley Chapelier

Historia del Movimiento Obrero
Los Primeros Sindicatos

El movimiento sindical es hoy un fenómeno gigantesco y complejo, que comprende centenares de millones de trabajadores. En casi todos los países es reconocido por los gobiernos, y aun allí donde se ha tratado de prohibirlo, reemplazándolo por organizaciones corporativas manejadas totalmente por el Estado que, a la vez, persigue duramente toda reivindicación de los trabajadores (como en España) nadie ignora la existencia de organizaciones sindicales clandestinas que dirigen, las luchas reivindicativas. No sólo están organizados sindicalmente los obreros, sino también los empleados, y en casi todas partes sus gremios forman parte de las centrales de trabajadores

En los países más avanzados, los sindicatos poseen edificios propios, cooperativas, obras de asistencia médica, editan periódicos y revistas, sostienen escuelas sindicales, construyen viviendas, y en algunos casos tienen empresas propias que, a su vez, emplean asalariados. Los dirigentes sindicales son figuras públicas, sus opiniones son recogidas por los periódicos, la radio y la televisión. Y en muchos casos constituyen burocracias rentadas, con un poder igual o superior al de muchos políticos tradicionales.

Este panorama, que hoy nos parece normal, oculta, sin embargo, multitud de contradicciones que expresan, en el nivel de las organizaciones gremiales, la complejidad de la lucha de clases, con sus avances y retrocesos; y es el producto, de una larga, dura y aun sangrienta lucha, de una verdadera guerra que se libra desde hace más de siglo y medio. Es imposible presentar aquí ni siquiera un cuadro aproximadamente completo ni de esa larga historia ni de la situación actual.

Por eso nos ceñiremos a presentar solamente algunos de los aspectos fundamentales del movimiento sindical en los países capitalistas, dando apenas algunos ejemplos que los ilustren, y sin pretender siquiera referirnos a multitud de cuestiones secundarias que, sin embargo, resultarían en muchos casos indispensables para que el cuadro general fuera más comprensible. Dada la importancia y complejidad del proceso de organización sindical, en capítulos posteriores se volverá sobre distintas características actuales del fenómeno.

MOVIMIENTO OBRERO Y REPRESIÓN

Recién en el siglo siglo XIX estuvieron dadas las condiciones para que apareciera el movimiento obrero como un fenómeno separado de las otras clases sociales, con caracteres propios. Esto ocurrió en primer lugar en Inglaterra, casi en seguida en Francia, y recién unas décadas después en Alemania, en otros países de Europa occidental, y en Estados Unidos.

En Inglaterra, la revolución industrial, iniciada hacia 1750, maduró en gran escala hacia fines del siglo, y desde 1800 hasta 1815 en Francia, por la aplicación extendida del motor a vapor en las manufacturas y en el transporte y por la aplicación de innovaciones técnicas en el hilado y el tejido. A la vez, en Inglaterra habían sido rotas en un proceso de dos siglos las relaciones feudales, operación que se realizó más radicalmente en Francia por la revolución de 1789.

Este doble proceso creó una enorme masa de proletarios provenientes del campesinado y del artesano urbano, desposeídos de todo otro bien que no fuera su fuerza de trabajo (o sea: desposeídos de todo medio de producción), y en condiciones de poder vender «libremente» esa única mercancía que poseían a los propietarios de medios de producción (es decir: de capitales) en el momento en que la maduración de la revolución industrial exigía y hacía posible la utilización de esa mano de obra en gran escala.

De tal modo, esas nuevas condiciones no sólo crearon un numeroso proletariado moderno, correspondiente al capitalismo, sino que hicieron ver a la clase obrera por primera vez que sus intereses eran diferentes de los de las otras clases sociales, y contrapuestos a los de la burguesía. De tal modo, en la década de 1800 aparecieron por primera vez en Inglaterra agrupaciones económicas de los obreros del hilado, de la construcción y de la metalurgia (fabricación de máquinas de vapor), aunque en una confusa mezcla de objetivos, ya que luchaban tanto por obtener mejoras salariales, criticando la ganancia capitalista, como contra el propio maquinismo: al lado de gérmenes de sindicatos se desarrolló el vasto movimiento «luddista», que se oponía a la utilización de máquinas, y organizaba asaltos a las fábricas para destruirlas.

En Francia, la clase obrera aparece por primera vez en escena en la zona de hilados y tejidos de Lyon, adquiriendo sus luchas la forma del motín revolucionario, al punto de exigir verdaderas expediciones militares para aplastarlas. Esto muestra los caracteres del primitivo movimiento obrero: en Inglaterra toma de inmediato formas sindicales, gremiales, por oficio, dirigidas fundamentalmente a la lucha económica (por mejores salarios y condiciones de trabajo), y desde allí se lanza muy rápidamente a la acción política, que no está dirigida a luchar frontalmente contra el poder de la burguesía sino a obtener reformas democráticas: en 1829 los obreros del Lancashire (hilanderos) organizaron la Asociación Nacional de Oficios y en Londres los de la construcción y la metalurgia la Unión Metropolitana de Oficios.

De inmediato se pasa a la agitación por la «Reforma» parlamentaria, basada fundamentalmente en el reclamo de la extensión del derecho al voto a los no propietarios, agitación que culminó en la ley de Reforma electoral (1832), y que fue apenas un escalón en las luchas de masas que se organizaron en el gran movimiento cartista, que combinaba reclamos democráticos ( como el voto universal) con reivindicaciones económicas sobre salarios y jornada de trabajo.

En Francia, en cambio, la tradición obrera recorrió un camino diferente: aparece rápidamente (1796) el partido conspirativo, que intenta la conquista del poder, con la Conspiración de los Iguales, dirigida por Babeuf y Darthés, que a su vez inspiró el movimiento dirigido por Blanqui (1836-1839), y, a la par, se desarrolla la lucha obrera insurreccional, que trata de pasar continuamente a los combates de barricadas en las calles, enfrentando al Estado burgués y a las tropas regulares, siguiendo el ejemplo de los tejedores de Lyon, alzados en 1831 y 1834.

Ambos movimientos aparecen por primera vez ligados en las jornadas de junio de 1848, en París, durante las cuales los obreros sublevados enfrentaron al ejército del gobierno que habían contribuido a crear durante la revolución republicana de comienzos de ese año. Con el cartismo en Inglaterra y con la sublevación de 1848 hizo su aparición en escena la clase obrera organizada en partidos políticos, proceso que culminó en Inglaterra con !a represión de 1848 y en Francia con la instalación de la Comuna en 1871, seguida de una feroz matanza cuando cayó ese primer intento de gobierno obrero.

LAS LEYES ANTISINDICALES

Las luchas obreras y la represión desatada por la burguesía en el poder, que muestran el fondo del fenómeno, tuvieron sus manifestaciones propias en el campo sindical estrictamente dicho: en Francia, el recién instalado gobierno revolucionario burgués dictó en 1791 la llamada» Ley Chapelier, dirigida en principio contra los gremios heredados del pasado feudal y contra las trabas que oponían a la libre competencia y la libre contratación de trabajo. Pero ya en 1793-94 los jacobinos la utilizaron para romper las huelgas obreras mediante el reclutamiento forzoso de mano de obra.

En Inglaterra, por su parte, se dictaron en 1789 y 1800 las Combínations Acís, dirigidas contra los sindicatos, en las que se consideraba como reos de delito de conspiración a ios obreros agremiados. Derogadas en 1824, se reimplantaron en 1825, aunque bajo formas menos rigurosas. Destaquemos: las leyes citadas consideraban delito el simple hecho de agremiarse, no sólo la actividad dirigida contra los empresarios para obtener mejoras salariales o de condiciones de trabajo (huelga, boycot, manifestaciones), que, desde luego, también eran reprimidas.

LA CLASE OBRERA EN AMÉRICA

En América el desarrollo del movimiento obrero, y en particular el de los sindicatos, fue, lógicamente, posterior a! de Europa, puesto que la industria apareció más tardíamente, sobre todo en lo que respecta a América Latina que permaneció como productora de materias primas, con rasgos predominantemente agropecuarios, cuando ya Estados Unidos se había transformado en una sociedad industrial. Con todo, las primeras organizaciones obreras aparecieron casi simultáneamente al norte y a! sur del Río Grande porque tanto en Estados Unidos como en América Latina los inmigrantes europeos trajeron consigo los principios de la lucha de clases y de la organización. En consecuencia allí donde se formó aun el más pequeño núcleo obrero surgieron de inmediato organizaciones mutualistas, sindicatos, periódicos, y rápidamente se intentó formar partidos proletarios.

Desde luego, él mayor desarrollo capitalista e industrial de Estados Unidos proveyó una base material mucho mayor y mucho más temprana para esos intentos que en el resto de América, de tal modo que en los países latinoamericanos si bien la iniciación de las organizaciones obreras es contemporánea a la de aquel país, su expansión real es mucho más tardía y en muchos casos recién se produce en el siglo XX.

Hubo otro elemento que trabó el desarrollo de una clase obrera moderna, capitalista, tanto en Estados Unidos como en América Latina: la esclavitud y el trabajo servil indígena. Si tomáramos un mapa económico y social de este continente hacia 1850, cuando ya la clase obrera estaba ampliamente desarrollada en Europa occidental, nos encontraríamos con una panorama aproximadamente así: en Estados Unidos se había producido un importante crecimiento industrial en el norte sobre la costa del Atlántico y un vasto desarrollo de las plantaciones de tabaco y algodón en el sur, con la utilización masiva de mano de obra que esto significa.

Pero si bien en la industria manufacturera se utilizaba fuerza de trabajo asalariada, la mano de obra esclava se había expandido de tal modo que no sólo se empleaba en las plantaciones de modo exclusivo sino también en la industria extractiva. Un documento de 1859 referido a una mina de carbón en Virginia decía: «Ayer visité un pozo de una mina de carbón: la mayoría de los mineros son esclavos y, por lo general, negros. . . pero también trabajan un número considerable de blancos. . . los esclavos pertenecen algunos a la compañía minera; pero la mayoría son alquilados por sus propietarios a razón de ciento veinte o doscientos dólares al año, alojándolos y vistiéndolos la compañía».

En América Latina, por su parte, encontramos tres situaciones diferentes: países donde también existía agricultura industrial (plantaciones) en la que se utilizaba mano de obra esclava, como en Cuba y las islas del Caribe en general, y el Brasil; países donde subsistió el trabajo forzado de los indios, para el trabajo agrícola y en la minería, como Solivia, Perú, Paraguay, México, toda América Central con excepción de Costa Rica y Panamá; y países en donde, si bien subsistió la esclavitud y el uso de indios en condición servil o semiservil, al no haberse desarrollado la agricultura industrial ni la minería (ni tampoco la industria manufacturera) no aparecieron grandes masas de mano de obra, como en la Argentina y el Uruguay.

Es cierto que en el primer impulso de la independencia se decretó la abolición del trabajo forzado de los indios, pero allí donde la mano de obra indígena era usada en gran escala, casi inmediatamente se reimplantó: en Solivia, las medidas abolicionistas tomadas por Bolívar en 1826 fueron derogadas por Santa Cruz en 1829, y la supresión del trabajo forzado dispuesta por San Martín en el Perú en 1821 fue derogada en 1825, manteniéndose el trabajo servil durante todo el siglo XIX, no sólo en las explotaciones agrarias del Estado y del clero, sino también en las haciendas privadas, que podían enrolar trabajadores por la fuerza.

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En gran parte de América Latina las organizaciones sindicales han obtenido una posición de cierta importancia política. Esto es especialmente cierto en la Argentina, donde el movimiento obrero es muy numeroso, relativamente rico, bastante bien organizado y completamente politizado. El dirigente de un gran sindicato en la Argentina es casi automáticamente un político nacional prominente; el secretario general de la Confederación General del Trabajo posee un poder político potencial probablemente igual al del líder de uno de los principales partidos políticos.

El tamaño del movimiento sindical organizado ha variado mucho durante el período de posguerra. Alcanzó su máximo probablemente a principios de la década de 1950, cuando según el gobierno contaba con 4 millones de miembros. En la actualidad la cifra es posiblemente próxima a los 3 millones, o sea aproximadamente el 40 por ciento de la fuerza obrera total del país. No solamente los obreros de las fábricas están organizados; la mayor parte de los empleados en comercios, bancos y oficinas del gobierno están afiliados a sindicatos.

En realidad, de todos los grupos importantes de asalariados del país, solamente el servicio doméstico y los trabajadores agrícolas carecen de una organización efectiva. No todos los sindicatos son reducidos. Los trabajadores ferroviarios, los metalúrgicos, los empleados de comercio, los textiles y los empleados del gobierno poseen sindicatos con más de 200.000 afiliados cada uno y varios otros sindicatos poseen más de 700.000 afiliados.

Los sindicatos son financiados, en gran parte, por un sistema de «descuentos». La ley exigía que los empleadores deduzcan las cuotas sindicales de los sueldos de sus empleados y que depositen estos fondos en la cuenta bancaria de la organización sindical nacional. Las cuotas son generalmente del uno al dos por ciento del sueldo de los afiliados. En los últimos años la mayor parte de los sindicatos han sido autorizados por el Ministerio de Trabajo para retener el primer mes de aumento de los sueldos cada vez que se negocia un nuevo acuerdo.

El movimiento sindical argentino no solamente es grande, extremadamente bien organizado y relativamente rico sino que además está politizado hasta un punto casi incomprensible para muchos.

Peter  Snow
(Fuerzas Políticas en la Argentina)

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Ley Le Chapelier, de junio de 1791

Siendo una de las bases de la Constitución francesa la anulación de toda especie de corporaciones de un mismo estado y profesión, se prohíbe restablecerlas con cualquier pretexto y en ninguna forma que sea…

Los ciudadanos de un mismo estado y profesión, los contratistas, los que tienen tienda abierta, los obreros y demás, no podrán cuando se reúnan nombrar presidente, ni secretario, ni síndico, ni tener registro, ni tomar acuerdos o deliberaciones, ni formar reglamentos sobre sus pretendidos intereses comunes.

Se prohíbe a los cuerpos administrativos y municipales recibir peticiones emanadas de un estado o profesión, ni responderlas… Si algunos ciudadanos de una misma profesión, arte u oficio tomasen acuerdos entre ellos, tendiendo a rechazar o fijar, de común concierto, un precio determinado para prestar el concurso de sus industrias o de sus trabajos, las dichas deliberaciones y convenios serán declarados anticonstitucionales, atentatorios a la libertad y a la declaración de los derechos del hombre… Los autores, jefes e instigadores que los hayan provocado, redactado o presidido, serán citados ante el Tribunal de Policía a instancia del fiscal y condenados cada uno a quinientas libras de multa y a la suspensión por un año del ejercicio de sus derechos de ciudadanos activos… Si dichas declaraciones y convenios, anuncios públicos y circulares contuviesen amenazas contra los contratistas, artesanos, obreros y jornaleros extranjeros, que vinieren a trabajar o contra los que se contentan con un salario inferior, todos sus autores, instigadores y firmantes… serán castigados con una multa de mil libras y tres meses de cárcel cada uno.

Todas las asociaciones de artesanos, obreros y jornaleros… serán consideradas como reuniones sediciosas, y como tales disueltas por los depositarios de la fuerza pública…

Ver:PRIMERAS ASOCIACIONES DE TRABAJADORES