Reina Victoria de Inglaterra

Biografia de Carlos II de Inglaterra Caracteristicas del Reinado

Biografia de Carlos II de Inglaterra-Caracteristicas del Reinado

El 3 de septiembre de 1659 falleció Cromwell, dejando como sucesor a su hijo Ricardo. Éste, que carecía de los talentos y facultades de su padre, fue bien pronto arrollado y en 1660 cayó la República inglesa, restaurándose la monarquía con Carlos II Estuardo como rey.

La conducta del monarca provocó el descontento general, chocando con el Parlamento, que al final disolvió, gobernando hasta su muerte, acaecida en 1685, como monarca absoluto.

Rey de Inglaterra: 1649-1685
Rey de Escocia
Nacimiento: 1630
Fallecimiento: 1685
Predecesor: Carlos I
Sucesor: Jacobo II

BIOGRAFIA: Carlos II (de Inglaterra) (1630-1685), rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda (1660-1685), cuyo reinado marcó un periodo de relativa estabilidad tras la agitación provocada por la Guerra Civil Inglesa. Es el primer monarca de la Restauración en Inglaterra, Carlos II Estuardo.

Dotado de talento natural, gran amigo de los placeres, fue un partidario decidido de la reconciliación y la tranquilidad nacional, aunque para ello tuviera que sacrificar el orgullo de Inglaterra.

Este futuro rey Carlos II, que residía en Holanda, cuando publicó un manifiesto conocido como Manifiesto de Breda. Prometió pagar la deuda a los soldados y hacer que el Parlamento arreglara la amnistía y la libertad de conciencia para los disidentes.

Se eligió una asamblea que se llamó Convención, porque no podía ser convocado «Parlamento» regular, ya que solo un rey podía hacerlo. Los presbiterianos tuvieron mayoría.

La Convención decidió restablecer al rey y la Cámara de los Lores, y llamó a Carlos II. Desembarcó en Douvres y entró en Londres, recibido por una muchedumbre.

El gobierno fue restaurado tal como estaba en 1641. Se empezó por perseguir a los independientes, enemigos de Carlos I y del Parlamento.

Se exceptuó de la amnistía a los regicidas, es decir, los jueces que habían decidido la muerte del rey. Se desenterraron los cadáveres de Cromwell y de su yerno, quedaron abandonados. Otros «regicidas» huyeron y murieron en el destierro.

El ejército fue licenciado, no se conservaron más que dos regimientos que vinieron a ser los guardias del rey (1666).

El rey tenía afición a la caza, las carreras de caballos, a la navegación. Le gustaba mandar construir y plantar. Le interesaban el teatro, los cuadros y hasta las ciencias.

Le ocurrió asistir a disecciones, y tenía un laboratorio químico. No le gustaba emborracharse, ni jugar. Tenía suficiente memoria y se expresaba con facilidad e ingenio. Sabía francés e italiano.

Pero no había aprendido nada regularmente y no se dedicaba a ningún trabajo seguido. Ante todo quería divertirse y no tener en qué pensar. Dejaba que resolvieran los asuntos sus consejeros y sus favoritos.

No era duro y podía mostrarse afable, como era bueno para sus sabuesos, que tenía con él en su cámara. Pero no quería a nadie más que a sí mismo, no creía en la honradez de los hombres ni de las mujeres, ni tenía el menor escrúpulo en mentir.

Cuando los solicitantes lo enojaban, intentaba desembarazarse de ellos, y, si no lo conseguía cuanto le era pedido y no cumplía nada.

En su juventud, Carlos había pasado cerca de dos años en Escocia, rodeado de pastores presbiterianos que le pronunciaban largos sermones y le impedían divertirse.

Carlos había vivido luego ocho años desterrado en los países católicos, en Francia, en Colonia, en Bélgica y habían intentado convertirle al catolicismo.

Una vez rey, casó con una princesa católica de Portugal. Por eso no experimentó, como sus subditos ingleses, odio a la religión católica. No era afecto siquiera, como su padre, a la Iglesia anglicana.

Hubiera querido establecer en Inglaterra la tolerancia para el culto católico. Pero, como decía, «estaba decidido, ocurriera lo que ocurriera, a no empezar de nuevo sus viajes», es decir, a no correr el riesgo de una revolución.

REINADO DE CARLOS II DE INGLATERRA

EL GABINETE: Carlos encontró al principio la situación fácil. La mayoría del Parlamento, por odio a la revolución, era devota del rey.

Votó por él un impuesto, en forma de derechos de aduana, que había de percibirse durante todo su reinado. Este impuesto había de proporcionarle dinero como para gobernar sin el Parlamento, si no gastaba mucho en sus placeres.

Como la gestión de los asuntos de gobierno le fastidiaba, Carlos dejó que gobernasen unos cuantos consejeros que reunía en su gabinete, y a esto se llamó el gabinete. Más tarde fue apellidado la Cabal (sigla) con las iniciales de los cinco consejeros.

El más influyente fue en un principio el antiguo jefe del partido caballero en 1641, Hyde, al que dio el título de duque de Clarendon.

Gobernó al principio del reinado. Su hija se había casado con el hermano del rey, heredero del trono.

Pero en pocos años Carlos y sus consejeros llegaron a irritar aun a sus propios partidarios. Carlos vendió a Luis XIV la villa de Dunkerque, adquirida por Cromwell (1662). Clarendon hizo la guerra a Holanda y fue necesario pedir sumas enormes al Parlamento (1665).

La peste penetró en Londres. En aquellas calles estrechas y sucias, el número de víctimas fue tan grande que no se lograba enterrarlas.

El año 1666 estalló en Londres un incendio, y en tres días destruyó toda la ciudad antigua.

Carlos, que había creído iba a hacerse la paz con Holanda, desarmó sus barcos para emplear el dinero en placeres.

La flota holandesa llegó de pronto, entró en el Támesis y quemó tres navios de guerra ingleses (1667).

El Parlamento, irritado por aquellos desastres, la emprendió contra Clarendon. Acababa éste de indisponerse con la favorita de Carlos, negándose a darle dinero. Carlos no le apoyo, y dejó que la Cámara le acusase. Clarendon huyó a Francia (1667).

CONFLICTOS RELIGIOSOS Y POLÍTICOS: Carlos, que no tenía dinero suficiente para los gastos de su Corte, recurrió a Luis XIV. Su hermana Enriqueta, casada con el duque de Orleáns, hermano de Luis XIV, negoció un tratado secreto en Douvres.

Carlos prometió ayudar a Luis a hacer la guerra a Holanda, y se manifestó dispuesto a reconocerse católico en el momento que le pareciese favorable. Luis XIV se comprometió a darle 1.200.000 escudos al año durante la guerra.

El Parlamento, dominado por los anglicanos, no quería conceder la libertad religiosa a los católicos de Inglaterra. Carlos pretendía que el rey tenía el derecho de dispensar leyes. En virtud de este derecho promulgó la Declaración de indulgencia, que dejaba en suspenso todas las penas impuestas a los católicos y a los disidentes (1672).

irritado el Parlamento manifestó «que las leyes penales en materia eclesiástica no podían ser suspendidas sino por orden del Parlamento». Carlos cedió y retiró la Declaración.

Carlos no tenía sucesión, y su hermano Jacobo, duque de York, que era su heredero, acababa de convertirse públicamente al catolicismo.

El Parlamento votó entonces una ley que impedía al soberano dar cargos a los católicos.

Todos los funcionarios, todos los diputados, antes de tomar posesión, debían firmar una declaración por escrito manifestando que no creían en la doctrina católica de la Eucaristía, y habían de comulgar en la forma de la Iglesia anglicana.

Carlos la aceptó para obtener dinero del Parlamento. Su hermano Jacobo, que era almirante, presentó la dimisión.

Carlos intentó prescindir del Parlamento. Pero cuando ya no tuvo dinero, se reconcilió con él (1675) y tomó como ministro a Danby, que era jefe de la mayoría anglicana en la Cámara. Para tranquilizar a los protestantes, casó a la hija mayor de su hermano con el príncipe de Orange, jefe del partido protestante en Europa (1677).

Luego consintió en hacer la guerra a Luis XIV (1678). Hubo entonces viva irritación contra los católicos.

Carlos no tenía bastante dinero para gobernar sin el Parlamento, y le convocó (1679). Pero los electores creían la religión protestante amenazada y no tuvo apoyo.

La mayoría del Parlamento, no queriendo tener, después de la muerte de Carlos, un rey católico, intentó en seguida desembarazarse del hermano del rey, el duque de York. Presentó un proyecto de ley que excluía a Jacobo de la sucesión.

Como el rey tenía necesidad de dinero, convocó otro Parlamento, en el que fue más fuerte la mayoría favorable a la exclusión del duque de York (1679). Carlos no lo convocó.

Los ingleses se dividieron en dos partidos: los «peticionarios», que querían que el Parlamento se reuniese para excluir heredero católico; los abhorrers, que no querían modificar la sucesión.

Cada uno de los dos partidos recibió de sus adversarios apodos que aceptaron. Los adversarios de Jacobo fueron apellidos, whigs, del nombre de ios sublevados presbiterianos de Escocia; los otros fueron llamados tories, del nombre de los bandidos católicos de Irlanda.

Así empezó la división en «partido whig» y «partido tory», que ha perdurado hasta hoy.

Carlos acabó por reunir el Parlamento (1680). La Cámara de los Comunes aprobó la ley de exclusión. Pero la de los Lores la rechazó, y Carlos se desembarazó otra vez de la Cámara disolviendo el Parlamento (1681).

Convocó un tercer Parlamento en Oxford, y esta vez los diputados se presentaron con armas. El Parlamento fue otra vez disuelto al cabo de una semana (1681).

LA REACCIÓN ABSOLUTISTA: Carlos, que había recibido dinero de Luis XIV, gobernó sin Parlamento hasta su muerte. Tenía un pequeño ejército y nadie podía resistírsele.

Se desembarazó de sus adversarios mediante un régimen de horror. Hizo que los tribunales los condenase, eligiendo jurados en el partido tory. El jefe del partido whig, Shaftesbury, se libró huyendo de Inglaterra.

En las ciudades que habían elegido diputados whigs, se cambiaron las listas de los electores.

Algunos republicanos tramaron una conspiración para prender al rey y a su hermano (1683). El rey aprovechó esta circunstancia para hacer condenar y ejecutar a los jefes de la oposición, Russel y Sidney.

Carlos murió (1685), habiendo recibido los sacramentos de la Iglesia católica.

El hermano de Carlos II, Jacobo II, le sucedió sin dificultad.

Se había declarado católico y se había casado en segundas nupcias con una princesa católica italiana.

Deseaba restablecer la religión católica en Inglaterra, y, mientras esto ocurría, conceder a los católicos la libertad de su culto.

En la ceremonia de la coronación tuvo necesidad, según la costumbre, de jurar que había de defender la Iglesia anglicana. Pero mandó abrir las puertas de la capilla católica de la reina y asistió a la misa. Fue, según costumbre, coronado por un obispo anglicano, pero se observó que abreviaba la ceremonia todo lo posible.

Jacobo II Estuardo Rey de Inglaterra
Jacobo II Estuardo Rey de Inglaterra

Jacobo II, su sucesor, provocó con su conducta la revolución, que estalló en 1688. Guillermo de Orange, casado con María, hija de Jacobo II, le sucedió en 1689 y reinó hasta 1702, venciendo a su suegro en Boyne y derrotando a la escuadra francesa en Hogue; obtuvo para Inglaterra el dominio de los mares y tuvo que transigir con los Comunes; ambos esposos firmaron la Declaración de derechos, base de la Constitución inglesa. Le sucedió Ana Estuardo, que fue llamada la buena reina (1702-1714).

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Biografia de Canning George Politico Britanico

Biografia de Canning George

La política de la Restauración, sintetizada en el sistema Metternich, tuvo un implacable adversario en el ministro inglés de Negocios Extranjeros, Jorge Canning.

Su nombre se ha hecho popular en los manuales de Historia como defensor del principio de no intervención y del derecho de las naciones a disponer libremente de sus destinos.

George Canning

Pero tras la grandilocuencia de estas fórmulas, que Canning defendió con gran habilidad diplomática, se ocultaban los propósitos del imperialismo británico de poner término, en beneficio propio, a la obra de la revolución y de conquistar para Inglaterra nuevos mercados en América y el Mediterráneo.

Conservador al estilo británico, rehuyó apoyar la política de restauración en el continente y la América hispana, en cuanto aquélla podía mermar las cifras del comercio de exportación de su patria y debilitar la influencia mundial de su corona.

Descendiente de una familia inglesa establecida en el siglo XVII en Carvagh, en el Londonderzry, Irlanda, Canning nació en Londres el 11 de abril de 1770. Un año después perdía a su padre, y al contraer su madre segundas nupcias, pasó bajo la tutela de su tío Stratford Canning, personaje muy relacionado con los prohombres del partido whig.

George se educó en Eton, a partir de 1781, en cuyo centro adquirió una buena cultura humanista y excelentes dotes retóricas.

En 1792 ingresó en la universidad de Oxford, donde fué considerado como un elemento jacobino. Pero, con gran sorpresa de sus amistades, en 1793 entró en el Parlamento como miembro del partido tory y ferviente admirador de Guillermo Pitt.

Obedeció esta metamorfosis, aparte sus deseos de hacer carrera en la política, a la reacción experimentada ante el jacobinismo militar francés, triunfante en los campos de batalla de Europa.

Los jefes del partido tory supieron reconocer las cualidades del que resultó ser el más brillante defensor de su política en los Comunes, y procuraron su ascenso social y oficial.

En 1800 contraía matrimonio con la señorita Juana Scott, heredera de una considerable fortuna. En 1796, Canning recibía el cargo de subsecretario en el ministerio de Asuntos Exteriores. Su política, aunque activa y dinámica, obedeció en este período a las altas indicaciones de Pitt y Grenville.

En 1799 fué nombrado uno de los doce comisarios de la India y en 1800 pagador general de las fuerzas británicas.

Al dimitir Pitt en 1801 por el asunto de la emancipación de los católicos irlandeses, Canning siguió a su jefe político, aunque sin aferrarse por completo a su actitud intransigente.

Volvió con él al poder en 1804, esta vez como tesorero de la Marina; pero la muerte de Pitt, después del desastre de Austerlitz, acabó con el ministerio. Canning se negó a formar parte del gobierno de notabilidades de Fox, que substituyó al anterior.

Después del fracaso de los whigs, el duque de Port-land confió a Canning la cartera del Foreign Office en su ministerio (1807). Durante dos años pudo demostrar su extraordinaria competencia, impulsando con toda energía la política inglesa en la captura de la flota de Dinamarca y en el auxilio prestado a los españoles y portugueses que combatían contra Napoleón.

Sus discrepancias con Castlereagh, ministro de la Guerra, terminaron en un duelo (1809), que eventualmente puso fin a su carrera política, pues se negó varias veces a formar parte de un ministerio en que figurara su rival.

Mientras tanto, fundó la Quaterly Review, órgano de la intelectualidad conservadora, y cultivó los estudios económicos, a lo que le inducía su calidad de diputado de la ciudad de Liverpool (desde 1812).

Reconciliado con Castlereagh, en 1816 aceptó el cargo de presidente del Board of Control, que dirigía la política india de Inglaterra.

Su gestión en este cargo fue muy afortunada, y si presentó la dimisión del mismo fué para no intervenir en la delicada cuestión del divorcio de Jorge IV (1820).

Dos años después, cuando se preparaba a partir para la India para ejercer el gobierno general de aquella colonia, fué nombrado ministro de Asuntos Extranjeros, cargo vacante a consecuencia del suicidio de Castlereagh (septiembre de 1822).

Canning modificó los preceptos seguidos por su predecesor: proclamó el principio de no intervención en Europa; reconoció la independencia de las repúblicas sudamericanas y favoreció a los griegos en su lucha de independencia contra los turcos.

En abril de 1827 murió lord Liverpool, y Canning fué elegido por jorge IV para sucederle como primer ministro. Su programa fué, en el interior, concesión de la igualdad política y social a los católicos, y en el exterior, apoyo a los helénicos.

Logró este último punto por la convención de 27 de abril de 1827; Pero no pudo ver la consecución del primero porque le sorprendió la muerte en Chiswick el 8 de agosto, cuatro meses después de su elevación al supremo puesto político de su patria.

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Biografia de Enrique III de Inglaterra

Biografia de Enrique III de Inglaterra

Desde la conquista de Inglaterra por los duques de Normandía y la entronización de la dinastía de los Plantagenets, el país había vivido bajo un régimen feudal mitigado por la autoridad del monarca.

Éste, que a la vez era señor de extensos territorios en Francia, practicaba una «política de influencia en el Occidente de Europa, como se había visto bajo Enrique II y Ricardo Corazón de León.

Enrique III de Inglaterra
Rey de Inglaterra
(Junto a Enrique el Joven de 1170 a 1183) Predecesor Esteban I
Sucesor : Ricardo I
Coronación : 19 de diciembre de 1154
Nacimiento: 5 de marzo de 1133 Le Mans, Francia
Fallecimiento 6 de julio de 1189 (56 años) Chinon, Francia
Casa real Casa de Plantagenet
Padre Godofredo V de Anjou
Madre Matilde de Inglaterra
Consorte Leonor de Aquitania

Éste, que a la vez era señor de extensos territorios en Francia, practicaba una «política de influencia en el Occidente de Europa, como se había visto bajo Enrique II y Ricardo Corazón de León.

Pero en el siglo XIII la autoridad de la corte y la política exterior de los Plantagenets reciben durísimos golpes. Iniciada la decadencia durante el reinado de Juan Sin Tierra (1199-1216), la crisis constitucional inglesa se manifiesta bajo su hijo primogénito y sucesor, Enrique III, personaje dotado de varios de los elementos de un carácter distinguido, pero soñador, iluso, soberbio y extravagante, que no supo medir la realidad de los hechos ni acertar en las soluciones requeridas por los problemas planteados.

La Historia nos enseña que en su gobierno la monarquía de los Plantagenets estuvo al borde de la ruina y que, por otra parte, perdió la mayoría de las posesiones feudales que tenía en Francia.

Nacido el 1° de octubre de 1207, ascendió al trono de Inglaterra a la muerte de su padre Juan, ocurrida el 19 de octubre de 1216.

La situación del reino era deplorable: los nobles y los eclesiásticos amparábanse en las estipulaciones de la Carta Magna de 1215 para limitar el poder de la monarquía, y ésta se hallaba, además, amenazada por el pretendiente francés Luis (más tarde Luis VIII).

Irlanda sólo estaba sujeta nomi-nalmente; el País de Gales era de hecho independiente, y en Francia Felipe Augusto se había adueñado de todas las provincias de los Plantagenets al Norte del Loira.

Para rehacer aquel estado de cosas habría sido preciso un rey genial como Enrique II y no un niño caprichoso como Enrique III.

Apoyado por el Papado, el nuevo soberano pudo superar los difíciles años de su minoridad. En este período ejercieron la regencia primero Guillermo Marshal (hasta 1219) y luego Huberto de Burgh, los cuales, con el auxilio de los legados pontificios, pudieron hacer frente a las turbulencias del baronazgo.

Enrique III fue declarado mayor de edad en 1223 por el papa Honorio III; pero hasta 1227 no se encargó efectivamente del poder. Durante este tiempo, Luis VII de Francia había conquistado Poitou y sus anejos aquitanos.

La mayoría de edad de Enrique III coincidió con la muerte de Luis VIII, quien dejaba como rey a un niño, Luis IX.

Enrique quiso utilizar esta ocasión para recuperar las posesiones inglesas en Francia, proyecto que estuvo a la base de todas sus acciones gubernamentales. Pero si el momento era oportuno, él no supo proceder con tacto, decisión y energía. Fomentó rebeliones, comprometió intereses, se embarcó en locas aventuras, y, por último, fracasó por su incapacidad y cobardía.

Tal es la historia del ataque de 1230, realizado contra el Oeste de Francia, y la de la «ofensiva» de 1242, detenida por los franceses en Tailleburg. Este último fracaso fue coronado por la firma del tratado de Burdeos de 1243. Incluso le fue difícil conservar la Gascuña, que sólo fue pacificada por la mano de hierro del conde de Leicester, Simón de Montfort (1248).

En el interior, la política real corría de tropiezo en tropiezo. Enrique III mortificaba a todos sin lograr captarse la simpatía de nadie. Pobló el gobierno de extranjeros, en particular franceses de Poitou.

Ya en 1234 hubo un primer conato de rebeldía. Amenazado con la excomunión por el arzobispo de Canterbury, Edmundo Rich, Enrique III se vio obligado a desterrar a Pedro des Roches y sus satélites. Pero muy pronto los reemplazó por otras criaturas suyas, que debían su fortuna al capricho real o a la voluntad de la reina, Leonor de Provenza (1236).

En esta época concedió grandes prerrogativas a otro extranjero, Simón de Montfort, a quien dio la mano de su propia hermana (1238).

Esta falta de respeto a los principios constitucionales de Inglaterra, su política tributaria agotadora, su falta de palabra y de buen criterio, y el fracaso militar de 1242, prepararon la gran revuelta de 1258, una de cuyas palancas fue la asamblea o «parlamento» nacido de la frecuente demanda de subsidios.

La revuelta fue motivada por la sujeción del rey a la voluntad del Papado y la aceptación de la corona de Sicilia para su segundo hijo, Edmundo (1255). Simón de Montfort, que se había pasado a la oposición, fue aglutinando a los descontentos.

En 1258 éstos impusieron a Enrique III las Provisiones de Oxford y un Consejo de los Quince, encargado de tutelar al gobierno.

El rey, asegurado por el lado de Francia después del tratado de París de 1259 (por el que reconocía las conquistas de los Capetos en los territorios franceses de los Plantagenets), dio en 1261 un golpe de estado que le devolvió el poder.

Pero tres años más tarde fue derrotado ignominiosamente en Lewes (14 de mayo de 1264) por Simón de Montfort.

Aquí termina el reinado de Enrique III. Pues aunque no murió hasta el 16 de noviembre de 1272 en Westminster, la obra de restauración monárquica fue debida a su hijo Eduardo I.

Fue gracias a la política de este príncipe, que los legitimistas derrotaron a Montfort en Evesham (1265) y que se puso término a la guerra civil por el estatuto de Marlborough de 1267.

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Biografia de Eduardo III de Inglaterra

Biografia Eduardo II de Inglaterra

Biografía Eduardo II de Inglaterra

EDUARDO II DE INGLATERRA (1284-1327)
Una de las crisis más agudas experimentadas por la autoridad real en Inglaterra corresponde al reinado de Eduardo II de Carnarvon, llamado así porque nació en el castillo de este nombre el 25 de abril de 1284.

Por parte de sus progenitores—Eduardo I y Leonor de Castilla —, cabía esperar una personalidad destacada en Eduardo II. Pero lo que su padre tuvo de guerrero, político y diplomático, él lo poseyó de incapaz, débil e irresoluto.

Se desinteresó por completo del gobierno, de modo que los grandes señores feudales hallaron en él al monarca ideal para imponer sus ambiciones y egoísmos en la dirección del Estado.

Eduardo II de Inglaterra
Eduardo II o Eduardo de Carnarvon fue rey de Inglaterra desde 1307 hasta su deposición en enero de 1327. Cuarto hijo de Eduardo I, se convirtió en heredero del trono inglés después de la muerte de su hermano mayor Alfonso.
Fecha de nacimiento: 25 de abril de 1284, Castillo de Caernarfon
Fallecimiento: 21 de septiembre de 1327, Berkeley Castle
Cónyuge: Isabel de Francia (m. 1308–1327)
Hijos: Eduardo III de Inglaterra, Juana de Inglaterra, Juan de Eltham, Leonor de Woodstock, Adam FitzRoy

Eduardo I ya se había percatado de la escasa formación moral de su hijo cuando éste, en 1301, fué designado príncipe de Gales en el parlamento de Lincoln y, poco después, heredero de la corona por muerte de su hermano mayor.

Pero el rey atribuía la poquedad del temperamento del futuro Eduardo II a la nociva influencia del caballero gascón Pedro Gaveston, por lo que lo separó de la corte de su hijo.

Cuando murió, el 7 de julio de 1307, el primer acto del nuevo soberano fué llamar a Gaveston y el segundo renunciar a la guerra contra los escoceses que había mantenido su padre durante muchos años.

Frivolo, despreocupado y amigo del placer más que de ocuparse de los graves asuntos del gobierno, dejó éste en manos de Gaveston, quien fue nombrado señor de Cornualles y ejerció la regencia del reino cuando el monarca se trasladó a Francia para casarse con Isabel, hija de Felipe el Hermoso (1308). Los nobles protestaron contra esta cesión de la autoridad real, y en 1311 impusieron el alejamiento de Gaveston.

Un año más tarde se encendió la guerra civil, cuyo resultado fué la muerte de Gaveston a manos de los sublevados y la entronización de una oligarquía feudal en el gobierno del país, representada por el Consejo de los 21 lores.

Aprovechando estas discrepancias políticas, Roberto Bruce, rey de Escocia, derrotó al indisciplinado ejército inglés en la batalla de Bannockburn (24 de junio de 1314). Escocia había logrado independizarse de Inglaterra.
Este desastre llevó al colmo la anarquía del reino.

La nobleza feudal, acaudillada por el primo del monarca, Tomás de Lancáster, se impuso por completo en el Parlamento de Lincoln de 1316.

Pero la violenta ambición de Tomás le llevó a su propia ruina. Formóse un tercer partido entre los realistas y los barones, de carácter moderado, que dirigió el conde de Pembroke.

El de Lancáster tuvo que renunciar a sus prerrogativas por el tratado de Leake (1318). Pembroke gobernó durante algunos años e intentó establecer cierto orden en el Estado.

Sin embargo, las veleidades del monarca, que mientras tanto otorgaba su más absoluta confianza a su amigo y favorito Hugo Despenser, promovieron una nueva insurrección de Tomás de Lancáster, quien acusó a Eduardo II de favoritismo.

Esta vez el rey resistió por las armas y logró triunfar en la batalla de Boroughbridge (1321), que tuvo como resultado la ejecución del conde de Lancáster y la revocación del gobierno de los «ordainers», o sea, de los miembros del Consejo de los 21 lores (1322).

Durante la última etapa del reinado de Eduardo II gobernaron los Despensers, con tan cerrado despotismo que incluso se atrajeron la animadversión de la reina Isabel. Eduardo II secuestró los bienes de su esposa, y ésta buscó refugio en Francia con sus tres hijos.

En 1326 Isabel llegó a un acuerdo con Rogerio Mortimer, enemigo de los Despensers. En septiembre de dicho año desembarcaban en Inglaterra, se apoderaban de los favoritos del monarca y, por último, de la persona de éste (16 de noviembre).

Eduardo II se vio obligado a abdicar la corona en la persona de su primogénito, Eduardo III (20 de enero de 1327), cayendo asesinado el 21 de septiembre en el castillo de Berkeley.

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Italia Despúes de la Unidad Política, Economía y Sociedad Resumen

RESUMEN ITALIA DESPUÉS DE LA UNIDAD HASTA LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

«Italia está hecha. Ahora hay que hacer italianos», escribía Massimo D’Azeglio. El Norte, mucho más avanzado económicamente, trataba al Sur como una especie de «semicolonia». Se optó por desarrollar las industrias del Norte y por dedicar grandes sumas al ejército y a la marina, antes que transformar las atrasadas tierras del Sur.

La unidad incluso agravó la suerte de las poblaciones del «Mezzogiorno», con impuestos más elevados, con la ruina del artesano rural ante la competencia de los productos industriales del Piamonte y de Lombardía, y con el fracaso o el abandono de una reforma agraria seria: todo ello dio origen a la miseria, a la emigración, al bandidaje y al analfabetismo.

EL GOBIERNO DE LA «DERECHA HISTÓRICA»
Otro problema grave era el del nuevo Estado con la Iglesia. Tras la ocupación de Roma, Pío IX no había aceptado la «Ley de las Garantías» de mayo de 1871, por la que el gobierno concedía a la Santa Sede el Vaticano, Letrán y Castelgandolfo, con una fuerte dotación anual y el derecho de representación diplomática, pues el Papa seguía considerándose «prisionero».

Papa Pío IX y sus cardenales

Papa Pío IX y sus cardenales

Había condenado al régimen y prohibido a los católicos intervenir en la vida política: «ni electores, ni elegidos». Era una situación extraña en un país esencialmente católico, en el que una «aristocracia negra», fiel al Papa, se diferenciaba de la «aristocracia blanca» de la corte real, instalada en el Quirinal, mientras el Senado ocupaba el Palacio Madama, y la Cámara de Diputados, Montecitorio.

Se había adoptado la Constitución piamontesa: monarquía controlada por un parlamento formado por el Senado, cuyos miembros eran nombrados con carácter vitalicio, y por la Cámara elegida para cinco años. Pero el sufragio quedaba reservado sólo al 2% de la población (el 10%, después de una reforma electoral, en 1892). Si a esto se añade la abstención de los católicos, podrá apreciarse la estrechez del «país legal». La base del régimen descansaba, pues, sobre la «derecha histórica», terratenientes, grandes burgueses del Norte y funcionarios.

Hombres como Minghetti, Sella y Lanza, practicaron una política de centralización y de estricta economía. Fueron serios e íntegros, aunque hubo diputados que, a menudo y justamente, fueron acusados de corrupción: la organización del nuevo Estado, las grandes obras, la floración de negocios y de nuevos bancos favorecían a los menos escrupulosos.

En Sicilia, los funcionarios pactaban con la mafia, retenían el dinero de los impuestos y declaraban «inencontrables» a muchos «contribuyentes.

El joven Giolitti, que estaba entonces en la Dirección General de impuestos, cuenta que toda la ciudad de Catania ¡era inencontrable! La «derecha histórica» cayó en 1876, al querer Minghetti agrupar los ferrocarriles del Norte en una compañía estatal, lo que le enajenó el apoyo de los liberales. Sin embargo, aquella medida sería puesta en práctica después por la izquierda.

LA IZQUIERDA EN EL PODER-AGUSTÍN DEPRETÍS
Sus dirigentes no procedían de un medio social muy distinto del de sus predecesores, pero algunos de ellos habían sido gari-baldinos o mazzínianos, o eran masones. Por otra parte, querían ampliar la base política del país a la burguesía local. Depre-tis y Crispí eran las personalidades más relevantes.

Depretis reformó los servicios públicos, instituyó la enseñanza primaria en las ciudades y aumentó el número de electores. Crispí se convirtió en ministro del Interior, en 1877. Al año siguiente, moría Víctor Manuel II, primer rey de la Italia unificada, muy popular a causa del papel que había desempeñado a partir de 1848, por su lealtad constitucional y por su afecto a Garibaldi. Murió un mes antes que el intransigente Pío IX. Le sucedió Humberto I.

La situación económica seguía siendo difícil, muchos campesinos estaban ahogados por las deudas y el anarquismo experimentaba un enorme desarrollo. Por otra parte, el equilibrio del presupuesto estaba comprometido por los cuantiosos gastos navales, a causa de la construcción de grandes acorazados. Italia se proponía una política mediterránea de mucha envergadura.

Antiguo garibaldino y masón, Crispi era hostil a Francia, a la que no perdonaba su actitud en la cuestión romana, y también trató de poner fin al aislamiento italiano por medio de un acercamiento a los imperios cenitales. La cuestión tunecina iba a facilitar su política, desarrollada durante los gobiernos Cairoli y Depretis.

La ocupación de Túnez por Francia (1881) provocó una viva reacción: había muchos italianos residentes en aquel país, muy próximo a Sicilia, e Italia  esperaba  el  mantenimiento  del  «statu quo» en el que compartiría con Francia su influencia sobre la «antigua provincia de Roma». El asunto tunecino aceleró la conclusión de la Triple Alianza con Austria y Alemania (1882), de carácter puramente defensivo. Las relaciones con Francia se agravaron en 1887, a causa del proteccionismo francés, que se negó a renovar el tratado de 1881 sobre la importación en Francia de productos agrícolas italianos. La «guerra de las tarifas» entre los dos países no acabó hasta 1898.

FRANCISCO CRISPI-LOS PROBLEMAS SOCIALES
A partir de 1887, el impulsivo y autoritario  Crispí dominó la vida política, hasta 1896, en que el desastre de Adua provocó su caída. El déficit presupuestario se había acentuado, la agricultura meridional experimentaba un marasmo tras la ruptura comercial con Francia, hubo quiebras bancarias y escándalos financieros (1887-1894), y sus enemigos trataron de implicar a Crispi.

Los socialistas denunciaban las relaciones entre los partidos y el mundo de los negocios. El anarquismo había sido, al principio, predominante, y los seguidores de Bakunín continuaban siendo muy influyentes, pero, a finales de siglo, el socialismo marxista se había extendido entre los intelectuales, tras los trabajos de Antonio Labriola o de Felipe Turati, que fundó la revista «Critica sociale» en 1891.

En el mismo año, el Congreso de Milán organizaba el partido socialista italiano, con su periódico «Avanti». En Sicilia, surgió un movimiento para la abolición de los latifundios y la redistribución de la tierra: los Fasci de los  trabajadores. No era un movimiento colectivista o antimonárquico, pero intentaba liberar a los campesinos de los usureros y de los gabelloti (consumeros) de los inmensos latifundios. La agitación fue tal, que Crispi proclamó el estado de sitio en Sicilia, hizo detener a los dirigentes de los fasci y disolvió el movimiento (1894). Al año siguiente, los atentados anarquistas se multiplicaron (en Francia, el italiano Caserio había asesinado al presidente Carnot), y Crispí unió en la represión a socialistas y a anarquistas.

EL DESASTRE DE ADUA
Su pasado mazziniano y garibaldino no había impedido a Crispí aliarse con la monarquía y mantener muy buenas relaciones con Humberto I. Dominaba la Cámara, amenazando con disolverla. Su gran patriotismo le granjeó incluso las simpatías de los que rodeaban a León XIII, pero no pudo realizarse ninguna aproximación al Vaticano. Una de las razones de su política colonial fue la presión demográfica.

A partir de 1880, se duplicó la emigración, sobre todo la meridional: de 40 a 60.000 personas abandonaban, todos los años, Italia, definitivamente, trasladándose a los EE. UU., Argentina, Brasil, Francia. La adquisición de tierras africanas para los colonos parecía mejor solución. Desde 1870, una compañía privada había ampliado el puerto de Assab, cerca de Djibuti, base de la futura colonia de Eritrea. A pesar de su total aridez, aquella región ofrecía la ventaja de constituir una posición estratégica importante, gracias a Suez, y de ser vecina de Etiopía, fuera de las zonas de influencia inglesa o francesa.

Desde 1882 a 1885, Eritrea se había organizado sólidamente alrededor de Massaua, y los italianos habían intervenido en los asuntos etíopes, apoyando al ras (jefe) Menelik contra el Negus. Cuando este último fue muerto en Sudán, en 1889, Menelik se convirtió en Negus, y firmó con

Italia el tratado de Uccialli, que los italianos «interpretaron» como un verdadero protectorado. Militares aventureros, sin órdenes precisas, enviaron tropas a ocupar las regiones limítrofes de Etiopía (1889-1896). Menelik, uniéndose a los grandes señores feudales etíopes, formó un importante ejército, atacó e hizo capitular a dos bases italianas. Entonces ofreció la paz, pero Crispi decidió vengar aquellas derrotas y acabar con el Negus. Más de 20.000 hombres fueron enviados a Etiopía, y tres columnas, con una preparación insuficiente, marcharon sobre Adua. La expedición fue un nuevo desastre (mayo de 1896). Los italianos perdieron 5.000 hombres, entre ellos dos generales y trescientos oficiales.

Los refuerzos del general Baldissera, sucesor del desafortunado Baratieri, salvaron a Eritrea para los italianos. El gobierno de Crispí cayó, a causa de la derrota, los revolucionarios organizaron manifestaciones en todo el país, y el gobierno de Rudiní se vio desbordado por atentados anarquistas y motines, porque el desatre italiano coincidía con una crisis económica, y hubo que proclamar el estado de sitio. En 1898, Milán se sublevó, y la represión causó unos cien muertos. La crisis política culminó con el asesinato de Humberto I por el anarquista Bresci, en julio de 1900.

LA DICTADURA DE GIOLITTI
El reinado de Víctor Manuel III comenzaba, pues, trágicamente. Había que tener en cuenta ya a las fuerzas populares y a los socialistas. La caída de Crispi había hecho posible una reaproximación a Francia, que se «desinteresaba» de la Tripolitania-Cirenaica. En 1902, se firmó un acuerdo secreto franco-italiano. Las visitas de los reyes italianos a París (1903), seguida de la del Presidente Loubet a Roma, al año siguiente, que creó un grave incidente entre Francia y el Vaticano, señalaron el acercamiento de las «hermanas latinas».

Antes ministro del interior, y después presidente del Consejo, con breves intervalos, desde 1903 a 1914, el piamontés José Giolitti, nacido en una familia modesta, jurista y alto funcionario de Hacienda, diputado de Cuneo, fue el centro de la vida política. Oportunista, moderado, gran trabajador, era el hombre de las realidades económicas y financieras. A pesar de la crisis y de las dificultades, la economía italiana se había desarrollado: la industria metalúrgica y textil del Norte, la seda, la industria azucarera y la hidroeléctrica hacían progresos  asombrosos.

Fundada en 1900, la Fiat sería, la segunda productora mundial de automóviles. La agricultura, próspera en el Norte, seguía utilizando, en el Sur, instrumentos y métodos arcaicos, de modo que el problema meridional continuaba siendo grave.

La población aumentaba tan rápidamente, que, en vísperas de la guerra, había alcanzado los 35 millones de habitantes. Partidario del liberalismo económico, Giolitti trató, no sin éxito, de aliviar la situación, enfrentándose, a la vez, con la derecha, que no pensaba más que en la represión, y contra el extremismo revolucionario: en 1901, se habían producido 1.400 huelgas. Giolitti creó la legislación del trabajo (descanso semanal, contratos, enseñanza profesional, seguros, etc.), hasta entonces inexistente, ayudó a las cooperativas obreras haciéndolas participar en las grandes obras públicas y nacionalizó los ferrocarriles meridionales.

En 1914, sofocó una tentativa de huelga general, sin brutalidades. En la Cámara había 33 diputados socialistas, abogados y universitarios en su mayor parte. Giolitti hizo una «apertura a la izquierda», ofreciendo incluso una cartera al dirigente Turati. Este, como Bissolati, aunque aprobando interiormente las medidas del primer ministro, no quiso comprometerse participando en el poder, pero los reformistas progresaron dentro del partido socialista, y, a partir de 1906, un gran número de ellos se unió a la mayoría de Giolitti.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Era Victoriana Características de la Sociedad, Economía y Política

Era Victoriana Características de la Sociedad, Economía y Política

Inglaterra alcanzó su mayor desarrollo económico durante la segunda mitad del siglo XIX, que coincidió con el dilatado reinado de Victoria (1837-1901), la llamada «era victoriana». Inglaterra se convirtió en la primera potencia mundial por el esplendor de su economía y la extensión de sus colonias. En 1877, la reina sería proclamada emperatriz de la India.

El largo reinado de Victoria de Inglaterra, entre 1837 y 1901, marca la época de apogeo de una determinada concepción política, económica y social en cuyo centro se sitúa la burguesía. El ideal de la así llamada Era Victoriana es el progreso y la complacencia por el triunfo del intelecto, de la tecnología, del hombre europeo por sobre los demás. Hay un hambre desesperado por avanzar, por crecer.

El científico Charles Darwin y el economista Stuar Mill son las figuras de renombre de la época. La industria textil y ferroviaria crecen en forma desmesurada, pero al mismo tiempo aumentan los problemas sociales. La gente que no tiene acceso al crecimiento vive en condiciones miserables.

Otro de los ideales de la época es el espíritu de descubrimiento y de aventura: los viajes de Livingstone y Stanley apasionan a los ingleses que siguen sus aventuras por el corazón de África. También predomina un cierto espíritu religioso, incluso místico, que trata de unir los grandes descubrimientos científicos y técnicos con una nueva fe en Dios.

La característica esencial de la Era Victoriana es su sentido práctico: la búsqueda de la realización personal y colectiva.

El código moral Victoriano, que regía la conducta individual de esos años, se basaba en el miedo, la reglamentación, la disciplina y el autocontrol y, por eso, en el ámbito familiar y social, las costumbres eran de lo más conservadoras y pacatas.

En el terreno literario, se nota un rechazo hacia el movimiento romántico. En este período sobresalen escritores como Tennyson, Dickens, el filósofo Carlyle, quienes encarnan un nuevo realismo. Los artistas más audaces y renovadores como Emily Brónte y Osear Wilde fueron perseguidos y considerados casi herejes por la sociedad.

La época victoriana una de las épocas gloriosas de Inglaterra está constituida por el reinado de Victoria entre 1837 y 1901. No es que ella gobernara directamente: se desarrolló el régimen parlamentario, con primeros ministros conservadores y liberales alternadamente (El Partido Laborista Independiente, recién comenzó a participar del gobierno con dos diputados socialistas en 1892). Ambos partidos se dedicaron a producir reforma progresistas.

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El reinado de la reina Victoria fue el más extenso de la historia británica (64 años).Ese período fue llamado por los historiadores la era victoriana, y en él Gran Bretaña se consolidó como una monarquía parlamentaria y como el impero colonial más extenso del planeta.

reina victoria

El reinado de Victoria I: En 1837, al ser coronada Victoria —casada con el príncipe alemán Alberto de Sajonia-Coburgo — se inició en Gran Bretaña uno de los más significativos períodos de su historia.

Durante el extenso reinado de Victoria (gobernó hasta 1901), el Reino Unido se convirtió en la potencia mundial hegemónica en los aspectos político, económico, naval e industrial.

La reina, mujer de firme carácter, se interesaba por los asuntos del reino, pero sin intervenir ni alterar la labor de sus Primeros Ministros. Este esplendor, sin embargo, no pudo terminar con las diferencias políticas y económicas ni con las crisis sociales y las fricciones con las potencias exteriores.

Economía y política: En esos momentos la industria británica cobró un gran impulso y, en consecuencia, se evidenció un creciente desarrollo comercial. Se amplió el mercado externo y se incorporaron nuevos y extensos territorios al Imperio inglés. No obstante, las disidencias entre conservadores y liberales se acrecentaron. Los primeros propiciaban una política económica de corte proteccionista, en tanto que los segundos sostenían la necesidad de abolir leyes ya caducas con la intención de implantar el liberalismo económico.

La persistencia de la crisis socio-económica y la difícil situación obrera –producto del alza de los precios de los artículos de primera necesidad– convenció a los políticos de ambos partidos de la urgencia de aplicar reformas. A la supresión de las leyes de granos, como ya se ha estudiado, siguieron otras leyes reformistas, entre ellas la supresión del Acta de Navegación de Cromwell, permitiéndose así, la apertura de los puertos británicos a buques extranjeros. Los partidos liberal y conservador alternaron en el poder.

Durante el siglo XIX Inglaterra gozó de gran prosperidad con la reina Victoria. Gracias a sus notables primeros ministros, se establecieron los simíentos de la Inglaterra democrática. El comercio y la industria alcanzaron también gran desarrollo. Finalmente, el prestigio de Inglaterra en el exterior aumentó con las conquistas de la política imperialista de Disraelí.

Entre los primeros Ministros de la reina se destacaron: Roberto Peel (1834-1835 y 1841-1846), conservador; Enrique Palmerston (1855-1865), primero conservador y luego liberal; Benjamín Disraeli (1865-1868 y 1874-1880), conservador; Guillermo Gladstone (1868-1874,1880,1892,1894), liberal y Roberto Cecil, lord Salisbury (1896-1907), conservador.

ROBERT PEEL: Con la reina Victoria, Inglaterra atravesó una época de gran prosperidad que, por otra parte, debió mucho más a sus primeros ministros que a ella misma. En efecto, Inglaterra es una monarquía constitucional en la cual la reina sólo puede aconsejar y alentar a sus ministros.

En las elecciones de 1841, el débil Gobierno Whig (liberal) de lord Melbourne no alcanzó la mayoría, y Robert Peel, que fue nombrado primer ministro, se puso al frente de la Administración.

Desde hacía ya muchos años, los asuntos económicos nacionales se encontraban en estado lamentable. Además, Inglaterra tenía que hacer frente a graves problemas sociales: paro, hambre y notable retroceso de las actividades comerciales. Peel consiguió sanear la hacienda pública aplicando un impuesto a las rentas que sobrepasaran las 150 libras anuales. Para estimular el comercio redujo los derechos de importación, especialmente sobre las materias primas y productos alimenticios. Actuando de este modo estableció las bases de una política liberal de libre cambio.

Hasta ese momento, Peel encontró poca oposición; pero las dificultades surgieron cuando se ocupó en las leyes sobre la importación de cereales. Al principio redujo los derechos de importación sobre los granos, pero cuando quiso suprimirlos provocó la oposición de sus adversarios, e incluso la de la mayoría de su propio partido. En las elecciones de 1847, Peel tuvo que dimitir.

El partido de Peel, que discrepaba sobre este punto, se dividió en nuevos partidos, especialmente el liberal de Gladstone y el conservador de Disraeli. A pesar de la antipatía que le profesaba la reina y la frecuente hostilidad de la opinión pública, Gladstone puso todas sus facultades al servicio de la evolución democrática de Gran Bretaña.

Llevó a cabo varias reformas; por ejemplo, en Irlanda. La Irlanda católica vivía días agitados. Gladstone quiso remediarlo no reconociendo a la Iglesia protestante como Iglesia oficial de Irlanda, y transfiriendo parte de sus propiedades a la Iglesia católica irlandesa. Intentó asegurarse el apoyo de los campesinos católicos irlandeses concediéndoles los mismos privilegios que a los protestantes de la provincia de Ulster.

Las reformas electorales: La necesidad de aflojar las tensiones internas, obligó a propiciar nuevas reformas electorales, ya que la efectuada en 1832 no había resuelto el problema.

En 1867, DISRAELI,  concedió el derecho sufragio a la pequeña burguesía y a los obreros especializados.

En 1872, GLADSTONE,  instituyó el voto secreto. El número de votantes aumentó: 938.000 sufragantes más, el poder continuó en manos de los propietarios. Hubo una mayor actividad de los partidos políticos.

En 1884, GLADSTONE,  extendió el derecho al sufragio a los propietarios rurales con lo que la reforma llegó al campo. Hubo 4.000.000 de electores nuevos. Se concretaron las propuestas de los cartistas.

Gladstone también reorganizo la enseñanza en Inglaterra: fue gratuita y obligatoria para todos los niños. Asimismo, puso fin a los abusos que se cometían en el ejército, prohibiendo que se compraran los grados militares. Citemos, por último, su reforma electoral: introdujo, especialmente, el voto secreto. En cuanto al exterior, Gladstone ejerció una política de neutralidad pacífica. En 1874, sus poco enérgicas intervenciones en el exterior y la cuestión escolar de Irlanda provocaron la caída de su Gobierno, en beneficio del partido conservador de Disraeli.

Disraelí

Finalmente se concretaron las propuestas de los cartistas

Los liberales entre 1868 1874 popularizaron la educación, democratizaron el ejército y ampliaron los derechos de los sindicatos; entre 1880 y 1884 hicieron la ley de reforma electoral y trataron de dar autonomía a Irlanda; entre 1892 y 1895 reformaron la administración local; a partir de 1906 acrecentaron los derechos sindicales, votaron numerosas leyes sociales como protección ante accidentes de trabajo y en la vejez, reformaron los impuestos, gravando progresivamente la riqueza y, en 1911, aboliendo la igualdad entre la Cámara de los Lores y la de los Comunes: los Lores sólo podían dar ahora un veto suspensivo de dos años sobre las leyes no financieras, y perdieron sus poderes especto al presupuesto.

Entre las leyes de los conservadores (1874-1880 y 1886-1892) podemos citar la igualdad de derechos entre patrones y obreros y algunas rearmas sociales.

Estos últimos se dedicaron más a las posesiones coloniales del imperio británico. Bajo el reinado de Victoria, se abrió el Canal e Suez (1859-69) —que comunica el Mar Mediterráneo con el Mar Rojo; estuvo bajo control británico hasta 1954 en que Egipto retomó su soberanía— y se puso a Egipto bajo el protectorado inglés; logró terminar la conquista de la India, coronarse como Emperatriz (1876) y abrir el comercio exterior a los puertos chinos (ver Imperialismo); se descubrieron minas de oro en Australia, que pobló con colonos británicos; se ocupan extensos territorios en África y se invirtieron capitales millonarios en otros continentes, asegurando la continuidad de la Revolución Industrial inglesa.

La sociedad victoriana.: Una gran rigidez moral caracterizó la sociedad victoriana. Todo buen inglés debía mostrar ante sus congéneres una conducta recta y honesta, aunque estas virtudes, en muchos casos, fueran sólo una apariencia. La mujer se encontraba, al igual que en el esto del mundo, relegada al trabajo hogareño o fabril. Era mal visto que una mujer pretendiera ejercer una profesión universitaria.

El avance de las tendencias democráticas les obligó a dar un gran impulso a la educación. Los conflictos sociales perduraron: las diferencias de clase eran, todavía, muy grandes. Las clases altas mantenían una vida de lujo y riqueza, en tanto que la condición de los trabajadores y las clases menos pudientes no había mejorado. Esta difícil situación fue reflejada con crudo realismo por los escritores de la época, como Charles Dickens, quien en sus novelas describió la forma de vida y las tensiones socialees de la Inglaterra victoriana.

Esta situación social obligó a los sindicatos obreros a organizarse con mayor eficacia, a fin de obtener la satisfacción de sus reclamos.

El gobierno adoptó una política paternalista en el aspecto social. Se aprobaron leyes que alivianaron la situación, pero sin introducir reformas de importancia. No obstante, se promulgaron medidas que limitaron las jornadas de trabajo y que mejoraron las condiciones laborales de obreros y asalariados. En 1871, los Trade Unions sindicatos locales fueron reconocidos oficialmente por el Estado.

AMPLIACIÓN DEL TEMA, PARA SABER MAS…

INGLATERRA Y LA REINA VICTORIA. En 1837 subió al trono inglés la reina Victoria I (1837-1901), cuyo dilatadísimo reinado de 64 años constituyó uno de los periodos más brillantes de la historia de Inglaterra. El Imperio Británico fue el más extenso y poderoso del mundo y su flota la representación material de este poder que ejercía el papel de suprema policía internacional. La presencia de un barco de guerra con el pabellón de la «Unión Jack» bastaba para sofocar una revolución o cambiar un Gobierno en cualquier parte del mundo. La seguridad de su constitución política corría pareja con su potente industria y el valor indiscutible de su moneda.

Desde el primer momento, la reina dejó que el Parlamento asumiera la misión de gobernar y fue ella quien introdujo la costumbre de encargar al jefe de la mayoría la formación del Gobierno. Su actuación, perfectamente dentro de la línea tradicional británica, fue en todo del agrado de sus súbditos que la veneraban.

Pero no todo fue mérito de la reina. También lo tuvieron sus primeros ministros, que fueron hombres cultos y de una gran sagacidad. Lord Palmerston fue el último «premier» que sostuvo la política del «espléndido aislamiento». Era un conservador que luego se pasó al partido liberal. Precisamente por su deseo de mantener a Inglaterra separada de las luchas de Europa, no supo actuar con energía ante el engrandecimiento de Alemania bajo Bismarck.

En la segunda mitad del siglo pasado casi siempre se turnaron conservadores y liberales, según el resultado de las elecciones. El jefe de los primeros fue Disraeli; el de los segundos, Gladstone.

Benjamín Disraeli era de ascendencia española y judía. Gracias a él se llevó a cabo la reforma electoral del año 1867 que permitió a más de un millón de obreros gozar del derecho de voto. Su visión sagaz le permitió darse cuenta de la gran importancia que tendría en el futuro la apertura del Canal de Suez, y después de haber ocupado Chipre, adquirió 177.000 acciones del canal, que le aseguraban el dominio de la Compañía.

La reforma aprobada por Disraeli había sido planeada y pensada antes por Gladstone. Éste realizó una segunda reforma electoral que permitió elevar el número de votantes en seis millones, transformó la enseñanza primaria y protegió a los Trade Unions.

La creación oficial del Imperio Británico se realizó el día i de enero de 1877, en que Victoria I fue proclamada emperatriz de la India.

La política interna de la Gran Bretaña conoció varios movimientos. El cartista, promovido por el abogado Jones y el publicista O’Connor, jefes del partido radical, que propugnaban el derecho al sufragio universal. El librecambista defendido por Cobbden y sostenido, no sólo por los obreros, sino, por la burguesía industrial y mercantil, que pedía la total libertad de comercio con el extranjero, sin aduanas protectoras o prohibitivas. Gracias a sus esfuerzos, Inglaterra adoptó el librecambio que había de reportarle considerables riquezas.

Fuente Consultada:
Historia Universal Tomo II Chris Cook.
Enciclopedias Consultora Tomo 7
Enciclopedia del Estudiante Tomo 2 Historia Universal
Enciclopedia Encarta
La Aventura del Hombre en la Historia Tomo I “El Ateneo”
Historia Universal Gomez Navarro y Otros 5° Edición
Atlas de la Historia del Mundo Parragon

La Epoca Victoriana en Inglaterra La Dueña de los Mares

La Época Victoriana

Inglaterra alcanzó su mayor desarrollo económico durante la segunda mitad del siglo XIX, que coincidió con el dilatado reinado de Victoria (1837-1901), la llamada «era victoriana». Inglaterra se convirtió en la primera potencia mundial por el esplendor de su economía y la extensión de sus colonias. En 1877, la reina sería proclamada emperatriz de la India.

reina victoriaLa época victoriana Una de las épocas gloriosas de Inglaterra está constituida por el reinado de Victoria entre 1837 y 1901.

No es que ella gobernara directamente: se desarrolló el régimen parlamentario, con primeros ministros conservadores y liberales alternadamente (EL Partido Laborista Independiente, recién comenzó a participar del gobierno con dos diputados socialistas en 1892).

Ambos partidos se dedicaron a producir reforma progresistas.

Los liberales entre 1868 1874 popularizaron la educación, democratizaron el ejército y ampliaron los derechos de los sindicatos; entre 1880 y 18& hicieron la ley de reforma electoral y trata ron de dar autonomía a Irlanda; entre 1892 y 1895 reformaron la administración local; a partir de 1906 acrecentaron los derechos sindicales, votaron numerosas leyes sociales como protección ante accidentes de trabajo y en la vejez, reformaron los impuestos, gravando progresivamente la riqueza y, en 1911, aboliendo la igualdad entre la Cámara de los Lores y la de los Comunes: los Lores sólo podían dar ahora un veto suspensivo de dos años sobre las leyes no financieras, y perdieron sus poderes especto al presupuesto.

Inspirados en la filosofía del librecambismo, los ingleses reemprendieron las construcciones ferroviarias. introdujeron el telégrafo eléctrico, etc. En 1860 poseían la más extensa red ferroviaria y su flota mercante representaba el 75 % del tonelaje mundial, índices ambos de su desarrollo industrial y comercial.

Entre las leyes de los conservadores (1874-1880 y 1886-.892) podemos citar la igualdad de derechos entre patrones y obreros y algunas rearmas sociales.

Estos últimos se dedicaron más a las posesiones coloniales del imperio británico. Bajo el reinado de Victoria, se abrió el Canal e Suez (1859-69) —que comunica el Mar Mediterráneo con el Mar Rojo; estuvo bajo control británico hasta 1954 en que Egipto retomó su soberanía— y se puso a Egipto bajo el protectorado inglés; logró terminar la conquista de la India, coronarse como Emperatriz (1876) y abrir el comercio exterior a los puertos chinos (ver Imperialismo); se descubrieron minas de oro en Australia, que pobló con colonos británicos; se ocupan extensos territorios en África y se invirtieron capitales millonarios en otros continentes, asegurando la continuidad de la Revolución Industrial inglesa.

Políticamente, conservadores y liberales se alternaban pacíficamente en el poder y empujaban a Inglaterra hacia una democracia plena. En 1867, una reforma electoral dobló el número de los electores. Pero, al mismo tiempo, Irlanda se convertía en el problema más acuciante para el gobierno.

Irlanda estaba bajo el poder inglés desde el siglo XVII; sus grandes propietarios eran ingleses y protestantes, mientras que la mayoría del pueblo era católica y campesina. Otras diferencias en la lengua y el carácter agravaban la cuestión.

En definitiva, las reivindicaciones de los irlandeses implicaban cuestiones políticas, sociales y religiosas. Un proyecto autonómico fue derrotado por el parlamento y la autonomía no llegó hasta 1914.

Francia y el Absolutismo de Luis XIV:EL estado soy yo Poder de Rey

Francia y El Absolutismo, Luis XIV: El Estado Soy Yo 

rey de francia luis xivEL ABSOLUTISMO EN EUROPA: Al iniciarse el siglo XVIII, el sistema político predominante en Europa era el absolutismo monárquico, resultado del fortalecimiento del poder real iniciado desde finales de la Baja Edad Media.

Este sistema se sustentaba esencialmente en la nobleza, que continuaba siendo el grupo dominante, propietario de la mayoría de las tierras y detentador de cargos y privilegios. La burguesía, a pesar de su enriquecimiento, carecía de influencia política y permanecía marginada de los círculos de poder.

A finales del siglo XVII se produjeron en Holanda y en Inglaterra una serie de transformaciones políticas que comenzaron a limitar el poder de la monarquía y a abrir camino al parlamentarismo. (Ampliar: Gobierno Absolutista)

El reinado de Luis XIV
Richelieu murió en 1642 y Luis XIII en 1643, dejando el trono a su hijo de cinco años, Luis XIV.

Mazarino y La Fronda
El protegido y sucesor de Richelieu como primer ministro, el cardenal Giulio Mazarino, continuó la política de su predecesor, culminando de forma victoriosa la guerra con los Habsburgo y derrotando, en el interior, el primer esfuerzo coordinado de la aristocracia y la burguesía para invertir la concentración de poder en el rey realizada por Richelieu.

En 1648, el Parlamento de París, en alianza con los burgueses de la ciudad, protestó contra los elevados impuestos y, con el apoyo de los artesanos, hicieron estallar una rebelión contra la Corona, denominada La Fronda. Poco después de que finalizara, los nobles amotinados del sur se rebelaron y, antes de que la revolución fuera aplastada, una guerra civil arrasó de nuevo diversas zonas de Francia. A pesar de esto, la Fronda fracasó en su intento de impedir la centralización del poder y, hasta la década de 1780, los estamentos privilegiados no desafiaron de nuevo a la autoridad de la Corona.

El absolutismo de Luis XIV A la muerte del cardenal Mazarino en 1661, Luis XIV anunció que en lo sucesivo él sería su propio primer ministro. Durante los siguientes 54 años, gobernó Francia personal y conscientemente, y se estableció a sí mismo como modelo del monarca absolutista que gobernaba por derecho divino.

A principios de su gobierno en solitario, Luis XIV estableció la estructura del estado absolutista. Organizó un número determinado de consejos consultivos y, para ejecutar sus instrucciones, los dotó de hombres capaces y completamente dependientes de su persona. La demanda de los parlamentos provinciales de un veto sobre los decretos reales se silenció totalmente.

Los nobles potencialmente peligrosos, por ser descendientes de la antigua nobleza feudal, quedaron unidos a la corte a través de cargos prestigiosos pero de carácter ceremonial, que no les dejaban tiempo libre para su actividad política. La burguesía se mantuvo políticamente satisfecha con la garantía de orden interno que le ofrecía el gobierno, el fomento activo del comercio y la industria y las oportunidades de hacer fortuna explotando los gastos del Estado.

Luis XIV y la Iglesia El rey, gracias al poder de nombrar a los obispos, consiguió un dominio firme sobre la jerarquía eclesiástica. El monarca gobernaba como representante de Dios en la tierra, y la obediencia del clero le proporcionó la justificación teológica de su derecho divino. Un movimiento disidente, el jansenismo, que se desarrolló en el siglo XVII, constituyó una amenaza política por el énfasis que daba a la supremacía de la conciencia individual, por lo que Luis luchó contra él desde sus comienzos.

Mecenazgo de las artes El gran palacio que construyó Luis XIV en Versalles fue —y sigue siendo— incomparable en tamaño y en magnificencia, un monumento de la arquitectura, pintura, escultura, diseño interior, jardinería y tecnología constructiva de Francia.

Luis XIV fue un destacado mecenas de las artes. Intentó elevar el nivel cultural mediante la fundación de la Academia de Bellas Artes y la Academia Francesa en Roma; además, ayudó a los autores con aportaciones económicas y fomentó sus trabajos, nombrando a un surintendant (supervisor) de música para elevar la calidad de las composiciones y de los conciertos. Creó también la Academia de las Ciencias.

Regulación de la economía El ministro de Finanzas, Jean-Baptiste Colbert, fue el gran exponente de la era del mercantilismo. Subvencionó a la industria, estableció aranceles para eliminar la competencia exterior y controles de calidad en la producción industrial, desarrolló mercados coloniales que fueron monopolizados por los comerciantes franceses, fundó compañías comerciales ultramarinas, reconstruyó la Armada y, en el interior, construyó carreteras, puentes y canales.(ver Mercantilismo)

La persecución de los hugonotes Antes de finalizar su reinado, los gastos de las guerras habían arruinado la mayor parte del trabajo de Colbert en el ámbito económico y, en 1685, el rey asestó un golpe a la débil economía del Estado al revocar el Edicto de Nantes.

Convencido de que la mayoría de los hugonotes se habían convertido al catolicismo, prohibió el culto público protestante, los predicadores fueron expulsados del país y se destruyeron sus centros de reunión. A pesar de la amenaza de elevadas multas, entre 200.000 y 300.000 hugonotes abandonaron Francia; la mayoría eran artesanos especializados, intelectuales y oficiales del ejército; en definitiva, valiosos súbditos que Francia no podía permitirse el lujo de perder.

Las guerras de Luis XIV Luis condujo a su país a cuatro guerras costosas. En todas ellas continuó la política de contener y reducir el poder de los Habsburgo, extender las fronteras francesas hasta posiciones defendibles y conseguir ventajas económicas. Su ministro de Guerra, el marqués de Louvois, organizó un poderoso ejército de 300.000 hombres entrenados, disciplinados y bien equipados.

En 1667, el monarca empleó este ejército para hacer valer su reclamación (basada en su matrimonio, en 1660, con María Teresa, hija del rey Felipe IV de España) sobre los Países Bajos españoles. Una hostil alianza de poderes marítimos le indujo a negociar un compromiso de paz en 1668. La recompensa francesa fueron once fortalezas en la frontera nororiental.

En 1672, las consideraciones estratégicas y económicas llevaron a Luis a atacar las Provincias Unidas (parte de los Países Bajos no sujeta a dominación española), donde pronto se enfrentaría no sólo con los holandeses, sino también con una poderosa coalición. Francia consiguió tras la Paz de Nimega (1678), que puso fin a la guerra, el Franco Condado en la frontera oriental y una docena de ciudades fortificadas en el sur de los Países Bajos.

En 1689, una alianza de poderes europeos, la Liga de Augsburgo, entró en guerra con Luis XIV para poner fin a su política de anexionar territorios adyacentes a ciudades conseguidas en tratados anteriores. Los ocho años de guerra terminaron con la Paz de Ryswick, acuerdo en el que ambas partes renunciaron a sus conquistas, aunque Francia retuvo la ciudad de Estrasburgo en Alsacia.

Los combatientes habían resuelto solucionar sus diferencias debido a que una nueva crisis internacional asomaba en el horizonte. Carlos II, rey de España, no tenía heredero directo. Un mes antes de su muerte, nombró para sucederlo al nieto de Luis XIV, Felipe de Anjou. Aunque Luis había defendido anteriormente la división de la herencia de la monarquía española, decidió apoyar la candidatura de su nieto a todo el territorio. Los otros estados europeos temieron las consecuencias de la gran extensión del poder de los Borbones que esto generaría, y se unieron en una coalición para evitarlo. La guerra de Sucesión española duró trece agotadores años. Al final, Luis consiguió su principal objetivo y su nieto se convirtió en rey de España con el nombre de Felipe V.

El fin del reinado de Luis XIV La guerra, junto al frío invierno de 1709 y a una escasa cosecha, provocó en Francia numerosas revueltas por la falta de alimentos y en demanda de reformas políticas y fiscales. Una epidemia de viruela que tuvo lugar entre 1711 y 1712 acabó con la vida de tres herederos al trono, dejando un único superviviente por línea directa, el biznieto de Luis, que tenía 5 años de edad. Luis XIV murió en Versalles el 1 de septiembre de 1715, tras 73 años de reinado.

BALANCE DE UN REINADO

La edad (77 años) que había alcanzado Luis XIV no había podido hacerle cambiar el ritmo de su vida: continuaba siendo un gran cazador y trabajaba a sus horas habituales. Sin embargo, en agosto de 1715, manchas negras, reveladoras de la gangrena, aparecieron en su pierna izquierda. La muerte no podía asustarle, y el último acto de este gran actor de teatro estuvo lleno de dignidad y de grandeza, como lo había estado su vida.

Habiendo recibido a su sobrino y futuro regente, el duque de Orleans, pronunció estas palabras: «Vais a ver a un rey en la tumba y a otro en la cuna. Acordaos siempre de la memoria de uno y de los intereses del otro». Después se dirigió al pequeño delfín: «Me ha gustado demasiado la guerra; no me imitéis en esto, y tampoco en los grandes gastos que he hecho». Murió el 1 de septiembre de 1715, a las ocho de la mañana.

Luis XIV fue la encarnación magnífica de la realeza que permitió a Francia alcanzar la cumbre de su poderío, de su esplendor, de su expansión. El balance de su reinado incomparable, aparece menos brillante que su fachada suntuosa cuando se le examina con frialdad: rencor tenaz de los países asolados, bancarrota financiera, apuros económicos, persecución de los protestantes y de los jansenistas, fundamentos de la monarquía quebrantados. Todo esto forma un pasivo aplastante.

Sin embargo, el monarca, adorado en 1661, odiado en 1715, reforzó las fronteras, libró al país de las guerras civiles, sometió a la nobleza revoltosa, y de una nación aún tosca, hizo el modelo del Occidente civilizado. Absorbiendo a sus súbditos como el Estado le había absorbido a él, Luis fue un precursor de los jefes totalitarios modernos: cambió de arriba abajo su reino, y su invencible necesidad de unidad lo llevó muchas veces a sacrificar la tradición realista a los sueños desmesurados.

Aunque no supo ganar los corazones, sus citará siempre admiración, pues durante más de medio siglo se impuso, sin un des fallecimiento, a los ojos del mundo entero con la grandeza de un semidiós, mereciendo el homenaje de su enemigo Saint-Simón: «Esto es lo que se llama vivir y reinar». Pero en Saint Denis, ante el catafalco real y toda la corte, el predicador Massíllon comenzó su oración fúnebre recordando: «Sólo Dios es grande, hermanos míos…»

Ver: El Absolutismo Monárquico