Río de Janeiro Brasil

Historia de los Portugueses en Brasil Emperador Pedro I

HISTORIA DE BRASIL – LOS PORTUGUESES – PEDRO I

La historia de Brasil se inicia en 1500. Durante tres siglos los portugueses fueron dueños del país. Debido a que sólo consideraban a su colonia corno una fuente de beneficios, estalló una serie de revueltas. En 1822 Brasil pasó a ser imperio independiente, y en 1889, República. Tras haber vivido bajo un régimen dictatorial, actualmente se gobierna mediante una democracia representativa, que lamentablemente hace poco tiempo está herida por graves hechos de corrupción de decena de funcionarios en la obra pública.

Por lo general, se hace comenzar la historia de Brasil a principios del siglo XVI pero, sin embargo, contrariamente a lo que se podría creer, no se inicia con la llegada del explorador portugués Pedro Álvarez Cabral, que llegó por casualidad, sino con la del español Vicente Yáñez Pinzón, quien, en enero de 1500, pocos meses antes que Cabral, arribó a la costa brasileña, en los alrededores de Pernambuco (hoy Recife).

Cabral descubridor de Brasil

Pedro Alvarez Cabral descubridor de Brasil

El 22 de abril de aquel mismo año, los portugueses, al mando de Cabral, desembarcaron en los parajes de la actual Bahía. Tomaron posesión de aquella tierra en nombre de Portugal y la llamaron «Terra da Santa Cruz» (Tierra de la Santa Cruz). El país no recibió el nombre de Brasil hasta mucho después. Se deriva del nombre de una clase de madera (palo brasil) que allí abunda y se exporta en grandes cantidades. Hasta el siglo XIX,  Brasil fue colonia de Portugal, y el portugués sigue siendo la lengua oficial.

Al principio, Brasil fue dividido en varias regiones, confiadas cada una a grandes señores portugueses, los donatarios. Pero al cabo de algunos años este sistema se suprimió y fue reemplazado por una administración central, situada bajo la autoridad de un gobernador general.

En 1549, Tomé de Sousa, el primero de ellos, fundó San Salvador (que más tarde fue Bahía) y allí estableció la capital. Al mismo tiempo que él llegaron los jesuítas, quienes instalaron su cuartel general en el actual Sao Paulo. No sólo se dedicaron a predicar la doctrina cristiana, sino que también desempeñaron un papel importante en el aspecto cultural y social.

La soberanía de Portugal sobre Brasil se vio amenazada varias veces por otras potencias coloniales. A partir de 1555, en la bahía de Rio de Janeiro se estableció un grupo de hugonotes franceses dirigido por Nicolás Durand de Villegaignon. Pero a los pocos años tuvieron que rendirse a los portugueses.

Los holandeses también constituían una amenaza: en 1624, la Compañía de las Indias Occidentales ocupó Bahía. Después lograron apoderarse de gran parte de las costas brasileñas. Pero en 1661 también se vieron forzados a devolver a los portugueses los territorios conquistados.

Al principio, los portugueses limitaron sus empresas coloniales a las regiones costeras. Les desilusionó el hecho de no encontrar en Brasil metales preciosos como los españoles en Chile y Perú. Además, allí los indios no estaban dispuestos en absoluto a correr con los duros trabajos de las plantaciones.

Por lo tanto, a partir de 1535 los colonos decidieron importar regularmente de África esclavos negros, y los pusieron a trabajar en las plantaciones de caña de azúcar y más tarde en las de algodón, café y cacao.

Desde sus albores, la colonización portuguesa se caracterizó por su egoísmo. Portugal consideraba a Brasil únicamente como tierra de explotación y fuente de beneficios. A esto se debe que se tomaran medidas como la aplicación de gravosas tasas sobre la importación, las restricciones a la inmigración de extranjeros, la prohibición de cultivos que también se explotaban en Portugal (por ejemplo, la vid y el olivo), la prohibición de crear industrias, etc. Inútil decir que todas estas trabas no favorecían en absoluto a la población local.

El hecho de que a finales del siglo XVII se descubriera oro y diamantes en el estado de Minas Gerais no cambió la situación en lo más mínimo. Al igual que en las colonias españolas, todos los funcionarios influyentes eran originarios de la metrópoli.

Se comprende, por lo tanto, que, pese a la introducción de acertadas reformas durante el siglo XVIII, la Administración portuguesa no gozara en absoluto de la simpatía de la población local.

En Brasil, al igual que en toda Hispanoamérica, la guerra de Independencia de Estados Unidos y la Revolución francesa ejercieron profunda influencia. La corriente revolucionaria y nacionalista, momentáneamente frenada, se reforzó cuando las colonias españolas se separaron de su metrópoli.

Las vueltas de la historia darían a este movimiento una orientación muy particular. En efecto, expulsado de Portugal por Napoleón, el rey Juan VI vivía en Brasil desde 1808. Cuando regresó a su país (1821) confió la regencia de Brasil a su hijo don Pedro. El 7 de setiembre de 1822, éste proclamó la independencia de Brasil, y, algunas semanas después, fue nombrado emperador (el primero de Brasil) con el nombre de Pedro I.

Gracias a la intervención de Gran Bretaña, en 1825 Portugal reconoció al nuevo Estado. Pero no faltaron dificultades y, en 1831 Pedro I abdicó en favor de su hijo Pedro II, quien apenas contaba seis años.

Después de la Regencia, Pedro II asumió personalmente el gobierno del país a partir de 1840. Fue un buen soberano que gobernó con sabiduría y moderación. Durante su reinado, Brasil vivió un período de verdadera prosperidad.

En 1888 se publicó un decreto que abolía la esclavitud. Al año siguiente, este hecho provocó un levantamiento fomentado por los grandes propietarios de tierras que se sentían perjudicados. En noviembre de 1889, Pedro II se vio forzado a abdicar y fue exiliado a Europa con su familia. De este modo, Brasil pasaba a ser una República organizada sobre una base federal, pero con un poder central muy importante.

Al principio, el general Manuel Deodoro da Fonseca, que había dirigido el levantamiento contra Pedro II, se puso al frente del poder. Se tomaron importantes decisiones: separación de la Iglesia y el Estado, ampliación del derecho de voto y, en 1891, proclamación de una Constitución. Después del general Fonseca, los presidentes se sucedieron con bastante rapidez.

Durante la primera guerra mundial, Brasil se puso de parte de los aliados, y en 1917 declaró la guerra a las potencias centrales.

Brasil sufrió las repercusiones de la crisis mundial de 1929. Toda su economía se vino abajo. Para mantener los precios se destruyeron enormes cantidades de café. En 1930, la intervención de Getulio Vargas en calidad de dictador puso fin al desorden general. Concedió subsidios a los plantadores de café, fomentó la agricultura y la industria, proclamó una nueva Constitución e introdujo profundas reformas sociales. Vargas mantuvo relaciones amistosas con Estados Unidos.

En el segundo conflicto mundial, Brasil declaró la guerra a Alemania y sus aliados en agosto de 1942. Finalizada la guerra, estalló un levantamiento contra el régimen dictatorial y el general Dutra subió a la presidencia. Du-tra encauzó a su país por el camino de la democratización.

Pero en 1950, Vargas fue elegido nuevamente presidente. Sin embargo, incapaz de superar las dificultades, se suicidó en 1954. En 1956 fue nombrado Juscelino Kubitschek, que antes había sido gobernador del estado minero de Minas Ge-rais; es el fundador de la nueva capital, Brasilia.

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Sidney Australia Viajar Viaje Turismo Opera House Historia

Sidney Australia – Opera House Historia –

SIDNEY: Se llama Bridge Climb y, desde hace algunos años, es la más emocionante de las atracciones de Sidney. Un hallazgo casi genial para el que los mismos habitantes de la ciudad, antes que los turistas, se han puesto en la lista de espera para probar la experiencia de escalares Harbour Bridge, y admirar el panorama de su espléndida bahía desde los 134 metros de altura de la terraza de esa impresionante construcción que sostienen las dos arcadas del puente, de una longitud de 1149 metros.

Para recorrer las pasarelas suspendidas en el vacío, los duros tramos de escaleras y los estrechos pasos de metal se necesitan tres horas, entre ascenso y descenso.

Pero si no se padece vértigo, vale la pena el esfuerzo: el Sidney Harbour —su nombre oficial, realmente, es Port Jackson, pero nadie lo llama así—a sólo compite con la bahía de Río de Janeiro en cuanto a la espectacularidad del paisaje de su entorno. En este maravilloso espacio salpicado de islotes que se abre en la desembocadura del río Parramatta, los resplandecientes edificios urbanos se alternan con escarpados acantilados y playas de arena dorada mientras, al fondo, se recorta el perfil de las Blue Mountains.

Además, el mismo Puente Harbour es uno de los orgullos de Sidney. Inaugurado en 1932, es el puente más ancho del mundo: 49 metros que se necesitan para ubicar dos carreteras transitables, dos líneas férreas, una pista ciclable y otra peatonal. Para realizarlo se necesitaron diez años de trabajo de 1500 obreros, 52.800 toneladas de acero, 95.000 metros cúbicos de cemento y 18.000 de bloques de granito. Una obra grandiosa, en suma, que el mismo año de su inauguración, se convertía en el símbolo de la entrada triunfal de Sidney entre las grandes ciudades modernas.

Treinta años más tarde —precisamente en 1973— el puente sería despojado de su simbolismo representativo en beneficio de la Opera House (foto abajo), ya considerado como el icono del siglo XX.

Realizado por el danés Jorn Utzon, el edificio se levanta sobre un promontorio y parece casi flotar sobre el fondo azul de la bahía, impulsado por una cubierta concebida como un conjunto de velas hinchadas por el viento. El extraordinario complejo encierra unas mil estancias entre ellos un auditórium para conciertos, teatros y salas unidas entre sí de manera que se crean espacios funcionales flexibles y de gran impacto visual. Cada año se realizan, como media, unos 3000 espectáculos a los que asisten cerca de dos millones de espectadores.

Pero si, en 2004, toda la cuidad saludó con orgullo la nominación de la Opera House para entrar a formar parte de la relación del patrimonio de la humanidad de la UNESCO, también se ha sentido partícipe cuando, en 2003, le fue concedido Utzon el prestigioso Pritzker Architectura Price por su carrera, ya que durante la construcción del edificio fue objeto de ásperas críticas.

Su gestación duró prácticamente 15 años a causa de los enfrentamientos entre el arquitecto y la administración de la ciudad, modificaciones presupuestarias y replanteamientos, tanto que un indignado Utzon decidió abandonar la dirección de la obras antes de que estuvieran acabadas.

Aquellas polémicas son hoy día ya sólo un lejano recuerdo, y la Opera House se ha convertido en un modelo de inspiración para toda la arquitectura de Sidney. En las intenciones del arquitecto, el edificio debía dialogar —en un juego de geometría y simetrías— con el Puente Harbour (tanto que la altura de la vela,, central es exactamente la mitad que la del puente). Pero, con el tiempo, aquel diálogo se ha transformado en una estimulante conversación a más voces.

La última incorporación al perfil de la ciudad —en el corazón del Central Business District y a medio kilómetro de la Opera House— es el magistral complejo conocido como Aurora Place, proyectado por Renzo Piano. También aquí se ha desplegado una altísima vela estilizada compuesta por evanescentes paneles de cristal que destaca frente a un espacio urbano en el que los rascacielos —entre ellos el lujoso Chifley Tower proyectado por el estudio Kohn Pedersen Fox y la Grosvenor Place de Harry Seidler— fueron concebidos y construidos para darles una dimensión colectiva.

Por lo demás, gracias a su excepcional situación, Sidney es, por así decirlo, una obra coral. De la naturaleza y del hombre. Por algo representa a Australia en el mundo, más aún que las rojas extensiones del out bock, el sorprendente interior del país. Sin embargo, a su pesar, la ciudad es únicamente la capital del Estado de Nueva Gales del Sur, mientras una ciudad poco conocida, Canberra, desempeña el papel de capital del país.

Si en esta última tienen su sede las instituciones, en Sidney se concentran las inversiones y las ambiciones de los australianos. En 2000 la ciudad organizó los juegos olímpicos, y para la ocasión se hicieron literalmente florecer áreas completas (como Darling Harbour, el antiguo puerto industrial transformado en un enclave dedicado al ocio) y se la dotó de infraestructuras que la pusieron a la altura de las ciudades más importantes del mundo.

Por otra parte, si se compara Sidney con Nueva York o Londres, sus habitantes dan la impresión de ofenderse. Ellos ponen en el platillo de la balanza el clima (disfrutan de sol 300 días al año), la seguridad, la belleza paisajística: la bahía, en primer lugar, y después las colinas cultivadas y los viñedos, las montañas y numerosos parques nacionales a unos pocos kilómetros del centro. Entre éstos, destaca el Royal National Park que —declarado en 1879— es uno de las más antiguas áreas protegidas del planeta. Y también afirman, y no se equivocan, que lo verdaderamente impagable es la atmósfera.

Los cerca de cuatro millones de personas que viven aquí tienen la sensación de vivir permanentemente de vacaciones: es un privilegio de pocos, de hecho, poder disfrutar de los servicios, de las oportunidades de trabajo y de la cultura de una ciudad cosmopolita y, al mismo tiempo, poder salir en barca de vela o practicar el surf sobre una bellísima playa como Bondi Beach.

Al mirar el Circular Quay, la línea ribereña que aparece en las postales sobre la bahía, en la que se alinean extraordinarios complejos residenciales, no se diría nunca que Sidney, la primera colonia europea en Australia, fue creada en 1778 como una dura colonia penal. No obstante, los principales monumentos históricos de la ciudad, la mayor parte de los cuales están situados enMacquarie Street, a pocos pasos del Circular Quay, son obra de Francis Greenway, un arquitecto que llegó aquí como prisionero: entre éstos, merecen mención especial el elegante Parliament House, la State Library, el Sydney Hospital, la Saint james Church y el Mint Building, todos realizados entre 1809 y 1821, en la época de Lachlan Macquarie, emprendedor gobernador del Nueva Gales del Sur.

Incluso los espléndidos Royal Botanic Gardens, en las cercanías de Hyde Park (un parque de tipo londinense por su nombre y su aspecto), se encuentran en el lugar en el que los primeros colonos cultivaron sus huertos. Mientras el barrio de The Rocks, en tiempos peligroso enclave de ex penados, es, gracias a sus callejuelas adoquinadas, un lugar por el que realizar sugerentes paseos.
Lejos del centro, finalmente, se sitúan tranquilos barrios con avenidas flanqueadas por perfumados árboles de cítricos y eucaliptos, donde —además de la población de origen británico— también viven importantes comunidades de otros europeos (especialmente italianos y griegos), gentes de Oriente Medio y asiáticos.

Los únicos que faltan son los primigenios habitantes de Australia, los aborígenes. Su espíritu permanece en la toponimia; Woolloomooloo y Kirribillison áreas residenciales all white, con nombres que recuerdan los sonidos hipnotizadores del didgeridoo.

Prof. Geografía Claudia Nagel
Otras Fuentes: Ciudades del Mundo Tomo I – Wikipedia – 100 Maravillas del Mundo – Grandes Civilizaciones del Pasado Tomo II