Sexualidad En Roma

La Sexualidad en la Edad Media:La Mujer en el Amor y Matrimonio

La Sexualidad en la Edad Media- La Mujer en la Sociedad Medieval

El marido y el amante en la Edad Media

Los ataques enconados a la vida sexual normal, las condiciones que durante siglos habían regido la realización del matrimonio, la reducción de la mujer al estado de cosa y, en general, la corrosión que las teorías antifeministas y antimatrimoniales habían operado en la institución familiar, provocaron una cierta desconfianza hacia la familia, especialmente durante la Edad Media.

El matrimonio había matado al amor.

La sumisión de la mujer hizo que ésta ocupase el escalón más bajo de la sociedad; no sólo dependía totalmente de la autoridad del marido, sino que el permiso de matrimonio, en la sociedad feudal, debía ser concedido por el padre, por el señor y por el rey.

Vasallos y Señores Feudales El Contrato Feudal Obligaciones – BIOGRAFÍAS e  HISTORIA UNIVERSAL,ARGENTINA y de la CIENCIA

Una ley medieval dice: «Cualquier señor podrá obligar a su vasalla, desde la edad de doce años cumplidos, a tomar el marido que él quiera».

A la mujer no le pertenecían ni su destino ni su cuerpo.

Todavía le quedaba una última servidumbre, que ha pretendido ser negada por algunos historiadores.

El señor tenía derecho a desflorar a la muchacha recién casada.

Ducange y Boecio demuestran por sus textos la práctica frecuente de este derecho.

En el libro XVII de Boecio consta una afirmación que traducida literalmente del latín dice: «Cierto señor, a quien vi, exigía para sí el primer conocimiento carnal de las esposas».

La única y extraña restricción puesta en el derecho del matrimonio preveía que el señor no podía obligar a su vasalla a casarse siendo sexagenaria, porque la persona que debe prestar servicio con su cuerpo, está exenta de este servicio «cuando es tal su decadencia que parece medio podrido» (Labouyade, Historia de la sucesión de las mujeres).

Recorrían los villorrios recitando piezas amatorias.

Cada época sublima sus impulsos en la elaboración de un personaje que representa el ideal.

El héroe de la Edad Media es el hombre galante y mundano, cuya divisa es el amor.

Los poetas y los trovadores ensalzan la figura de la mujer, la idealizan y están dispuestos a arrostrar los mayores peligros para demostrarle su dedicación.

El juego amatorio consiste en asediar a la mujer ajena.

En cambio, se ignora y se mantiene en servidumbre a la propia, con la que se realiza una relación sexual escasa, orientada primordialmente a la procreación, a proveer de heredero.

La tradición iniciada por Dante en la Divina Comedia no logró consolidarse.

Su obra es el canto más perfecto al amor puro; pero esto resultaba tremendamente irreal y poco sugestivo en una época en que predominaba el culto de la «pasión amorosa», de los contactos de la carne.

Los relatos y las crónicas medievales de Provenza, como señalaba acertadamente en el siglo pasado Ernest Legouvé, revelan la existencia en aquella época de un segundo «matrimonio».

La mujer reservaba para el marido su cuerpo, la fidelidad material, los servicios y los cuidados exteriores; para el amante, las ideas de honor, la vida espiritual y el alma.

Toda mujer virtuosa, según la crónica de Bayardo, escrita por su escudero, podía tener un marido y un amigo; estos eran rivales sin odio, copropietarios sin envidia.

Los derechos de los amantes estaban reglados por decretos judiciales: había un código, tribunales, jurisprudencia y hasta abogados.

Según Legouvé, en el siglo XV, Marcial de Auvergne, con el título de Fallos de amor, pone en escena a amantes que iban a querellarse al presidente, con todas las formas judiciales, de que su dama les había negado una mirada o un beso; la demandada solía alegar como excusa que Don Peligro estaba allí (Don Peligro era el marido).

El manuscrito de Maese André, capellán de la corte de Francia en el siglo XII, justifica y describe la existencia de aquellos tribunales de amor.

Las damas de Gascuña, la reina Leonor, las condesas de Narbona, de Champaña y de Flandes, eran presidentas de esos tribunales.

Los había en Pierrefeu, en Diña y en Aviñón y se podía apelar de uno al otro.

En esas asambleas se fijaba la razón de los amantes y de los maridos.

Preguntado el tribunal sobre si podía existir el amor entre personas casadas, la condesa de Champaña respondió:

«A tenor de la presente, decimos y afirmamos que el amor no puede extender sus derechos sobre las personas casadas. En efecto, los amantes se complacen entre sí, natural y espontáneamente, al paso que los esposos están obligados, por deber, a sufrir recíprocamente su voluntad y a no negarse nada el uno al otro.»

De esta manera, dice Legouvé, un marido no tenia derecho de amar a su mujer; mas, en cambio, a ésta le asistía el de amar a otro hombre que no fuese su esposo.

Según un artículo de aquel código, el matrimonio no es una excusa contra el amor.

Otra sentencia explica el caso de un caballero que estaba enamorado de una dama, la cual tenía ya un compromiso; ella, para librarse de las persecuciones de aquél, prometió amarle si llegaba a perder el amor de su amigo.

Al cabo de dos meses se casó con éste.

El aspirante despedido se le presentó nuevamente y la requirió de amores, diciéndole que y a no tenía derecho de amar a su primer amante, puesto que se había casado con él.

La reina Leonor, presidenta de un tribunal de amor, pronunció el fallo decidiendo que si la dama daba lo que había prometido sería muy digna de alabanza.

Las relaciones extramatrimoniales fueron ensalzadas por la producción literaria de la época, coincidiendo con una actitud cada vez más cruda de repulsa y miedo a la institución matrimonial.

Podríamos aportar innumerables testimonios de las críticas que provocaba el matrimonio, que era concebido como un recurso necesario.

El ejemplo más dramático, aducido cada vez que se quiere hablar de la Edad Media, lo encarna la personalidad de Eloísa.

Ésta era hija de una de las más distinguidas familias de Francia y había sido destinada al convento.

Para recibir una preparación adecuada fue enviada a casa de su tío, el canónigo Fulbert, un clérigo que había renunciado voluntariamente a toda relación sexual.

Pero Eloísa se enamoró, a sus dieciséis años, de Abelardo, profesor de la Sorbona, que había cumplido ya los cuarenta.

Pasado un tiempo de relaciones secretas, la muchacha quedó embarazada y Abelardo decidió enviarla a casa de una hermana suya que vivía en Bretaña, para evitar en lo posible el escándalo.

Cuando nació el niño, Abelardo propuso a Eloísa el matrimonio, pero ella se asustó de semejante proposición.

En la primera carta de Eloísa se lee:

«Prefiero el nombre de amiga vuestra o el de querida. Dios sabe bien que si Augusto, dueño del universo, quisiera honrarme con el título de esposa, dándome con él el mundo entero para gobernar, encontraría más encanto y grandeza en ser llamada concubina vuestra que emperatriz suya».

Sólo entra en nuestro propósito aducir el testimonio de una mujer, que ha pasado a la historia pronunciándose horrorizada en contra del matrimonio.

De rechazo, y solamente para ilustrar algo más el ambiente en que se movían aquellas gentes, habrá que explicar el resto de la historia.

El canónigo Fulbert, seguido de un numeroso grupo de gente encolerizada, se precipitó a la vivienda de Abelardo.

Lo amarraron entre todos y procedieron a castrarlo. El amor se hizo más desesperado entre la trágica pareja; las cartas que se escribieron a lo largo de muchos años han quedado como testimonio inenarrable de un amor imposible.

A Eloísa le repugnaba la idea del matrimonio porque creía que era la tumba del amor, y una situación inadecuada para un sabio.

Recurrió a toda suerte de argumentos de la Antigüedad para demostrar que las ataduras matrimoniales perjudican a la pareja y sólo accedió a someterse a ellas a condición de que la ceremonia fuera rigurosamente secreta.

El cinturón de castidad fue muy utilizado entre los primeros burgueses, que debían velar por su honor cuando viajaban por razones mercantiles.

Con las Cruzadas empezó a caer en desuso, aunque en algunos países se empleó todavía durante largo tiempo. Cinturón de castidad.

LAS MUJERES EN EL PENSAMIENTO MEDIEVAL:

Fuera monja o esposa de un aristócrata, ciudadano  o campesino, la mujer en la Edad Media era considerada inferior al hombre y sujeta a su autoridad.

Aunque había algunos ejemplos de mujeres fuertes que hacían caso omiso de tales actitudes, las doctrinas eclesiásticas también reforzaban estas nociones.

El primer fragmento de Graciano, el jurista del siglo XII que escribió el primer trabajo sistemático de la ley canónica, apoya este punto de vista.

El segundo fragmento fue escrito en la década de 1390 por un comerciante rico de cincuenta años, de París, que quería instruir a su prometida de quince años sobre cómo ser una buena esposa.

• Graciano, Decretum

Las mujeres deben estar sometidas a sus hombres.

El orden natural de la humanidad es que las mujeres deben servir a los hombres, y los niños a sus padres, pues es justo que el menor sirva al mayor.

La imagen de Dios está en el varón y es una.

Las mujeres fueron sacadas del hombre, el cual tiene la jurisdicción de Dios como si fuera su vicario, pues él es a la imagen del único Dios. Por tanto, la mujer no está hecha a la imagen de Dios.

La autoridad de la mujer es nula; ha de sujetarse en todo al mandato del hombre…

No puede ni enseñar ni ser testigo, ni dar una garantía ni formar parte de un tribunal.

Adán fue seducido por Eva, no ella por él.

Es justo que sea él, a quien la mujer condujo al pecado, quien la tenga bajo su dirección, para que no falle una segunda vez por la ligereza femenina.

Fuente Consultada: El Libro de la Vida Sexual – López Ibor

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EL CRISTIANISMO, UNA NUEVA MORAL SEXUAL:

Cuando en Roma empezaron a circular rumores sobre la existencia de una secta que predicaba unos postulados morales incomprensibles para la sociedad romana, los agentes policiales no dudaron en acusar de enemigos del género humano a los hombres y a las mujeres adscritos a la nueva religión.

Así consta en los Annales de Tácito.

Los romanos eran muy dados a considerar enemigos del género humano a las personas que no estuvieran dispuestas a acatar las leyes y las costumbres del Imperio.

La nueva religión, que incorporaba a su fondo doctrinal buena parte de las creencias de un pueblo sojuzgado, atacaba los fundamentos de la sociedad romana.

Los primeros cristianos, como todo grupo o fermento que posee una verdad fuerte e incontrovertible, tuvieron que cerrar filas, aglutinarse y disponerse a morir por dar testimonio de su fe.

Las condiciones de la clandestinidad y la dureza de la lucha exigían una vida austera, ascética, orientada siempre hacia la muerte —que para ellos era la vida—, libre de cargas y de ligaduras terrenales.

San Pablo, el dinámico y eficiente organizador de la nueva comunidad, promotor de nuevas iglesias, sentó las bases del nuevo comportamiento sexual.

Aconsejaba a sus fieles que siguieran su ejemplo de soltería, pero que, si alguien no se sentía con fuerzas para dominar los impulsos de la carne, debería tomar estado, «puesto que mejor es casarse que abrasarse».

El menosprecio de la relación sexual empezó a apuntarse.

Por un lado, se elevó la condición de la mujer y se le dio garantías que la protegieron del repudio, pero se la encadenó en la vida familiar a la total autoridad del marido.

El ascetismo de los primeros tiempos de ilegalidad del cristianismo fue una necesidad.

Los cristianos no sólo tenían que defenderse de los enemigos exteriores, del poder imperial que había especializado su aparato represivo contra ellos, sino del enemigo interno, de las propias pasiones, del pecado que se agita en la carne y aparta al alma de la comunidad con Dios.

El pecado de la concupiscencia era el más temido, el más peligroso.

Se inició una etapa de exaltación de la castidad y de la virginidad.

En un periodo de lucha dura y de resistencia feroz pudo cuajar la necesidad de mortificar la carne.

Incluso dentro del matrimonio —el reducto de los débiles— se aconseja la máxima continencia.

«No hay que provocar esos actos», diría andando el tiempo san Agustín.

Pero la tentación estaba cerca. Los hombres habían tomado la iniciativa de la lucha y —fieles a su tiempo y a la herencia recibida de las civilizaciones hebreas, griegas y romanas, con todas las reminiscencias de épocas anteriores— habían relegado a la mujer a un papel secundario.

La nueva ascética era amenazada por la presencia de las mujeres; su cercanía era un estímulo para la llamada de la carne.

Era necesario, pues, atacar a la mujer; había sido elevada al rango de compañera y no de sierva, pero escondía en sí el germen de la perdición.

Los ascetas y los primeros padres de la Iglesia se plantearon abiertamente la necesidad de difundir una serie de obras para prevenir de los males y asechanzas que esconden las mujeres; las potencias malignas se adueñaban fácilmente de ellas y se manifestaban por su cuerpo.

La literatura de aquella época —un compendio de obras apologéticas, escritas con la fogosidad de la urgencia, en el tono polémico que da la lucha cotidiana- nos ha legado un vasto arsenal de teorías antifeministas y contrarias, consiguientemente, a la práctica del acto sexual.

Clemente de Alejandría, un hombre cultísimo, llegó a decir que «toda mujer debería enrojecer de vergüenza sólo de pensar que es mujer».

A la simple vista de una mujer se apoderaba de Tertuliano una indignación que juzgaba santa.

«Mujer —dice en su Tratado del ornamento de las mujeres—, deberías ir vestida siempre de luto y andrajos, presentándote como una penitente anegada en lágrimas, para redimir así tu pecado de haber perdido al género humano.

Tú eres la puerta del infierno, tú fuiste la que rompió los sellos del árbol vedado: tú la primera que violaste la ley divina, tú la que corrompiste a aquél a quien el diablo no se atrevía a atacar de frente; tú, finalmente, fuiste la causa de que Jesucristo muriera.»

La mujer es, para Tertuliano, un ángel fatal eternamente adherido al hombre para perderle.

Conmina a la mujer para que lleve siempre cubierto el rostro y adopte una actitud sumisa y de constante penitencia.

Llega, incluso, a condenar las caricias maternales.

La continencia absoluta, la supresión de toda práctica sexual, empezó a ser considerada como una medida necesaria para alcanzar la máxima perfección.

Para lograr este fin, era bueno cualquier medio.

Orígenes, una de las mentes más preclaras de aquellos primeros tiempos, llegó a adoptar la medida máxima, con una acción que incluso objetivamente estaba penada por el quinto mandamiento del Decálogo: queriendo dar al mundo un ejemplo de valentía y de renuncia a la carne, resolvió castrarse.

Los ascetas torturaban su carne y predicaban la virginidad y el celibato como san Jerónimo, que ayunaba y se acostaba desnudo sobre el suelo.

Hay que decir que aquellas teorías lograron un éxito sin precedentes, ya que en aquella época tuvo lugar una verdadera epidemia de soltería.

Incluso, según cuentan las crónicas, alguna muchacha llegó a suicidarse para impedir que sus padres la casaran.

El obispo Metodio, de Olimpo, escribió una obra, El Banquete de las diez vírgenes,remedando la idea de Platón.

Diez muchachitas se pasan la sobremesa platicando sobre las excelencias de la virginidad.

San Ambrosio, maestro de san Agustín, dedicó cinco monumentales obras a propagar las ventajas de la virginidad.

Su biografía de santa Tecla —virgen de Antioquía, maltratada, torturada y martirizada por defender su virginidad— levantó tal entusiasmo entre las jóvenes de la época que tuvo lugar una numerosa peregrinación de doncellas, llegadas desde todos los puntos de Italia, para solicitar del obispo Ambrosio el velo de novicia.

Junto a esta teoría estuvo en vigor otra no menos favorecida por la creencia popular.

La decadencia del Imperio, el ambiente de inestabilidad social y política, sirvió de buen campo de cultivo para los que predicaban la terminación del mundo.

El Ángel Exterminador estaba próximo a hacer sonar su trompeta y era necesario que los hombres estuvieran libres de ataduras.

Tertuliano llegó a rechazar a sus hijos y a aconsejar a su mujer que permaneciese viuda una vez muerto él.

Lo cierto es que, como han demostrado recientemente algunos estudios históricos, la población descendió alarmantemente.

Sin embargo, lo que tiene más importancia es que esa actitud contra las relaciones sexuales habría de marcar una influencia determinante en los siglos siguientes.

En medio de este clima pudo prosperar, lenta pero poderosamente, la idea del celibato en los sacerdotes.

Si se aconsejaba la virginidad y se enaltecía la soltería, en desprestigio de la institución matrimonial, los primeros en dar el ejemplo debían ser los sacerdotes.

Ya en las reuniones de obispos, durante los primeros siglos del cristianismo, se reclamó que los sacerdotes casados se separaran de su esposa o que, por lo menos, renunciaran a tener trato sexual con ella.

El papa Inocencio I amenazó con severos castigos a los clérigos que no estuvieran dispuestos a renunciar a su vida sexual conyugal.

La reacción de los contrarios al celibato fue violenta y se mantuvieron intransigentes.

El papa León IX estableció la obligación de la castidad para los sacerdotes, frailes y religiosos de todas las órdenes, y les conminó a aceptarla so pena de ser considerados herejes.

En algunas ciudades de Occidente, especialmente en Milán, reducto de numerosos sacerdotes que no querían renunciar a su vida sexual, los fieles, alentados por los enviados de Roma, asaltaron los domicilios de los clérigos casados.

Un concilio que tuvo lugar en Roma, en 1059, prohibió a los fieles que oyeran la misa celebrada por un sacerdote casado.

Unos años después, Gregorio VII volvió a la carga y publicó una disposición por la cual la relación sexual de cualquier sacerdote fue considerada simple fornicatio.

Ordenó que los sacerdotes casados abandonasen inmediatamente a sus esposas.

A partir de entonces, la cuestión del celibato ha sido legislada, pero no resuelta.

En torno a ella se han centrado las polémicas más airadas.

En la década de ´60 después de un largo periodo de silencio sobre esta disposición, se ha discutido públicamente sobre la procedencia o no del celibato. Y el día 23 de junio de 1967 se hizo pública una encíclica de

Su Santidad el papa Paulo VI que mantiene el principio de la necesidad del celibato en el sacerdote católico.

Esta encíclica, titulada Sacerdotalis Celibatus, recomienda a los sacerdotes una castidad vivida no por desprecio del don de la vida, sino por un amor superior a una nueva vida que brota de la fe en Cristo, vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con ejemplar integridad y en consecuencia con relativa facilidad.

Dice Paulo VI que la elección del celibato, presidida por la gracia divina, no es contraria a la naturaleza.

Se trata de la elección de una relación personal, íntima y completa con el misterio de Cristo en beneficio de toda la humanidad.

La Iglesia confía al sacerdote el testimonio de una vida dedicada a las realidades fascinadoras del Reino de Dios y por lo tanto no se arrepentirá de haber escogido la misma soledad de Cristo.

Ahora bien, esto implica la necesidad de una formación sacerdotal adecuada a nuestros tiempos según el progreso de las ciencias psicológicas y médicas, pedagógicas y sociales, de tal manera que incluso será oportuno que el compromiso del celibato se observe durante periodos determinados de experimento antes de convertirse en estable y definitivo con el presbiterado.

Con el cristianismo se inició una etapa de exaltación de la castidad y de la virginidad. Era necesario mortificar la carne.

En la representación artística Isis, Astarté, Afrodita y Venus quedan sustituidas por la Virgen María. Se fragua una metafísica de la carne y se inicia una represión sexual basada sobre la noción del pecado de la carne. Se atacó al desnudo como efigie del pecado.

Entonces el arte religioso produjo diversas «Virgen con Niño» en las que se procuró dejar residuos y detalles de una carne en represión, que podía por otra parte favorecer la sublimación iniciada.

Dicha temática se prolongó en el arte hasta muy entrado el Renacimiento. La Virgen y el niño Jesús, cuadro de Jean Fouquet.

Fuente Consultada: El Libro de la Vida Sexual – López Ibor

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LA SEXUALIDAD EN ROMA ANTIGUA: Los historiadores modernos admiten que la promiscuidad sexual pudo existir en Italia en la época prehistórica.

Richard Lewinsohn cuenta que algunas supervivencias de este fenómeno pudieron llegar hasta los tiempos de los reyes.

Aduce el hecho de que las ceremonias obscenas en honor del dios Tutunus Mutunus nos indican que, en sus orígenes, el matrimonio no tenía el sentido de una unión monogámica.

Las relaciones sexuales comenzaban muy pronto: a los doce años entre las muchachas y a los catorce entre los muchachos.

En el periodo más remoto, el matrimonio era una operación de compra.

El padre disponía del máximo poder sobre los hijos, arrogándose el derecho de poder darles muerte o venderlos como esclavos.

Como el matrimonio se basaba en la dote de la hija, ésta era considerada como un objeto precioso por parte del padre, que esperaba obtener un beneficio de la boda.

La Ley de las Doce Tablas , en el siglo V antes de Cristo, prohíbe las uniones matrimoniales entre patricios y plebeyos.

En el derecho romano la mujer goza de mayores privilegios que en las sociedades griegas.

Para que el paterfamilias no viera dilapidada la dote en manos de un yerno despilfarrador, se creó el régimen de separación de bienes, con el que la mujer se aseguró una cierta independencia.

La infidelidad conyugal no era considerada, generalmente, como un drama.

Como máximo, daba lugar al divorcio.

La más sólida documentación que se posee actualmente sobre Roma es debida a Mommsen, el célebre premio Nobel, que ha descrito de manera exhaustiva la organización familiar y social de los romanos.

El divorcio fue ampliamente utilizado por la sociedad romana.

Durante el Imperio bastaba que una sola de las partes lo pidiera para que el juez accediese.

Incluso no era necesario recurrir al juez; bastaba con lograr un acuerdo amistoso entre marido y mujer por mediación de un amigo.

La violación de una mujer era considerada como crimen público y recibía los más severos castigos.

La prostitución se extendió en Roma con una virulencia sólo comparable a la de Grecia.

En cada ciudad y en cada poblado (y, por supuesto, en cada recinto castrense) existía un prostíbulo.

Los descubrimientos de las ciudades sepultadas bajo la lava del Vesubio han traído hasta nuestros días los documentos más elocuentes de la práctica de la sexualidad en aquellos tiempos.

Las habitaciones destinadas a hacer el amor estaban decoradas como lo están en nuestros días algunas casas de citas: alusiones a la cópula sexual, dibujos de miembros viriles, etc.

En Roma encontramos el segundo manual famoso del arte amatorio.

Ovidio, el poeta condenado al exilio, retrató con suma fidelidad la sociedad en que vivía.

ovidio poeta romano

Ovidio, nacido en el año 43 a.C., escribió Metamorfosis, una serie de historias que constituyen uno de los poemas más importantes de todos los tiempos.

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Su Ars amandi es un espejo nítido que refleja el comportamiento sexual de sus contemporáneos.

Lo sexual es uno de los elementos determinantes de la vida pública y privada de los romanos durante la época de su esplendor y de su decadencia.

Ovidio, el más joven de los poetas de su generación, encuentra una vía innovadora.

La conquista de la mujer fácil, cantada por Propercio y por Horacio, no podía resultar ya estimulante para los hombres del gran mundo romano.

Había que buscar el riesgo, amar al borde del peligro y anteponer incluso el gusto de la aventura a sus propios resultados.

Ovidio se propone escalar la morada ajena e invadir el lecho de las mujeres casadas.

No puede fijarse en «la mujer libre de todo prejuicio que se pasea con sus vestidos transparentes y… no se escandaliza ni protesta si alguien la hace una señal», como cantaba Propercio.

Ovidio invita a Corina junto a su marido.

Observa las más exquisitas reglas de la buena educación  traslucir sus verdaderos sentimientos hacia la amada.

Una situación semejante hallaremos  en El asno de oro, de Apuleyo, la primera novela importante que ha llegado hasta nosotros.

La Sexualidad en Roma Antigua:Historia y Sus Caracteristicas

Ovidio se atormenta con los celos, padece por las caricias que el esposo pueda administrar a su amada y ruega a ésta que no se refiera jamás a lo que ocurre en la cámara nupcial.

Le pide a su amante que se entregue al marido si es necesario, pero que nunca le haga a él sabedor de sus relaciones conyugales.

Richard Lewinsohn expone acertadamente la singular relación que se establece:

«Vamos viendo así que los papeles se han invertido: el amante es el celoso, el marido es el que engaña con su propia esposa al enamorado amante, quien se procura con ella una voluptuosidad que, según el autor, es del amante, y sólo de él.

La noche en el lecho conyugal es la hora del fraude, del engaño, de la traición. El amor tiene por marco el día, cuando la mujer casada va a visitar a su amante, cuando hay que cerrar las ventanas para huir del ardor del sol».

Ovidio no hizo sino reducir a magníficos versos el signo de sus tiempos.

La moral sexual se ceñía a lo meramente externo.

El amor era un deporte de caza cuya presa, la mujer, era halagada empalagosamente.

El hombre estaba dispuesto siempre a renunciar a su propia dignidad si con ello conseguía sus objetivos sexuales.

El Cristianismo en Roma Antigua:

Podemos decir que hasta el momento en que se impuso el, cristianismo, luego de ser legalizado por el emperador Constantino en 313, los romanos disfrutaron del sexo como una faceta más de la existencia, sin apenas limitantes: como una bendición de la naturaleza para gozar y procrear.

Biografia de Constantino El Grande-Primer Emperador Cristiano de ...

Como lo vivieron casi todas las civilizaciones antiguas antes de que fuera convertido en un instrumento de culpa y lo viven aún algunas culturas que no han adoptado las religiones que lo censuran.

Las limitaciones fueron, por lo general, de clase y estatus y, desde luego, variaron y evolucionaron a lo largo del milenio que duró la etapa romana.

Hasta el final de la República, a la mujer romana –como antes le había sucedido a la griega– le estaba vetada la libertad absoluta de la que disponía el hombre, que podía gozar de amantes, ya fueran mujeres o muchachos, y sobre todo si eran esclavos o extranjeros.

No se toleraba, sin embargo, que las infidelidades fuesen con una mujer de casta romana, y menos si era casada; y estaba mal visto que los ciudadanos, es decir, los hombres de clase social alta, se preocuparan del placer de la mujer durante el acto sexual o que tomasen el rol pasivo en sus relaciones con otros hombres.

Al contrario, esto no contaba para los extranjeros y, mucho menos, para los esclavos, que habían de estar dispuestos a los deseos de sus amos y que ni siquiera tenían derecho al vínculo oficial del matrimonio.

El enlace conyugal carecía, por otra parte, de la solemnidad inmutable que después le otorgaría el cristianismo.

Se trataba de un acuerdo práctico, en aras de la procreación, que se sellaba en una sencilla ceremonia y se anulaba con la misma facilidad.

Como en otros protocolos romanos, bastaba la presencia de siete testigos y el ritual de festejo, del que algo quedaría para los siglos y civilizaciones posteriores: el novio tenía que llevar en brazos a la novia cuando la introducía en su casa.

El estatus limitado que en un principio daba el matrimonio a la mujer romana fue evolucionando hasta que, ya en el Imperio, ellas gozaron de la misma capacidad que el hombre sobre sus acciones y bienes, especialmente las de buena casta.

Así pudieron unirse al hedonismo que, fruto de la influencia de la cultura griega, se extendía cada vez más en la sociedad romana.

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• ►ROMA SE TRANSFORMA

El momento álgido de los cambios, sobre todo en lo referente a la liberación femenina, lo marcó el Ars amandi, publicado entre 2 a. C. y 2 d. C.

Esta obra de carácter didáctico supuso una revolución social en la consideración del amor y la sexualidad, y le costó el destierro a su autor, el poeta romano Ovidio (43 a. C.-17 d. C.).

Hasta entonces, el amor se veía como una «desgracia», una enfermedad del sentir que aletargaba el buen juicio, algo ridículo, un claro motivo de burla, y los mandatarios más conservadores no toleraron la importancia que el autor daba a los sentimientos y las sensaciones eróticas de la mujer, ni tampoco a la pasión de los enamorados.

El alejamiento de Ovidio no frenó la expansiva tendencia ya instalada en la Roma imperial, que no solo favorecía a las mujeres, quienes comenzaron a disfrutar sin tapujos del amor y el sexo, sino también a los hombres, que pudieron dar a conocer sus relaciones con hombres de igual rango, y no únicamente con esclavos jóvenes.

Se notó por toda Roma los aires de liberación y la invitación a gozar del momento presente, el famosocarpe diem que proponía el poeta Horacio (65 a. C.- 8 a. C.).

Las damas romanas empezaron a circular libremente por las calles y algunos sitios.

Así, los foros, el templo de Adonis, las gradas de circos y teatros, y el pórtico de Pompeyo se convirtieron en lugares de encuentros y romance.

Hasta en las termas se reveló el sensual despegue: en algunas de ellas desapareció la tradicional separación de sectores para hombres y para mujeres, y ambos sexos comenzaron a compartir el caldarium y elfrigidarium.

La mujer en la sociedad romana

Esta situación del hombre respecto de la mujer no habría sido posible sin el establecimiento de una cierta emancipación femenina en la sociedad romana, y sin que la mujer gozara de singulares privilegios en el matrimonio.

Se celebraban dos especies de matrimonios diferentes.

En uno (matrimonio per coemptionem) la mujer entregaba cuerpo y bienes al poder de su marido.

Si era patricia, un acto religioso, la confarreación, reemplazaba a la venta, pero subsistían los efectos.

El marido tenía a la mujer in manu, en la mano.

Junto a este tipo de matrimonio existía otra unión más relacionada con las propias esencias de la familia romana.

La mujer, en lugar de entrar a formar parte en la familia del marido, permanecía en la casa de su padre.

Mientras vivía éste disfrutaba de una dote y, cuando quedaba huérfana, recibía la herencia, de la que podía disponer libremente, sin que el marido tuviera ningún derecho sobre la misma.

El esclavo dotal administraba los bienes de la esposa y sólo a ella rendía cuentas.

Esta independencia económica permitía a la mujer disfrutar de una posición más ventajosa, en ocasiones, que la del marido.

Plauto explica detalladamente cómo algunos maridos tenían que recurrir frecuentemente a la esposa para que los sacara de diversas dificultades económicas; al obrar así, el marido veía disminuido su prestigio y mermada su autoridad.

En ocasiones intentaba sobornar al esclavo dotal y, si la trampa se descubría, quedaba a merced de la esposa.

Ésta facilitaba préstamos usurarios al marido y si éste intentaba hacer valer su autoridad para quebrantar la libertad de la esposa, se veía perseguido por el esclavo dotal.

La infidelidad conyugal no fue motivo de dramas aparatosos.

Las separaciones matrimoniales abundaban y los jueces eran muy tolerantes y dispuestos a conceder el divorcio con suma facilidad. A partir de la segunda guerra púnica, el número de divorcios creció alarmantemente.

La mujer cuyo marido se ausentaba durante largos periodos para cumplir con sus obligaciones bélicas era escuchada cuando pretendía divorciarse.

En la Roma imperial esta situación se agravó. Séneca la explica gráficamente:

«Hay romanas —decía— que no cuentan sus años por el número de cónsules (los cónsules se elegían anualmente), sino por el de sus maridos». Y Juvenal, con su mordacidad característica, describía de un plumazo la moda del divorcio por boca de un liberto que le dice a su mujer: «Vete, vete, que te suenas con demasiada frecuencia y quiero casarme con otra que tenga las narices secas». 

 ►Las Bacanales

En el marco de la vida romana tuvieron especial importancia los ritos clandestinos de la sexualidad.

Podemos encontrar antecedentes en otras sociedades antiguas, pero en Roma se revistieron de características muy particulares.

Tuvo lugar un escándalo que repercutió hondamente en la vida del siglo segundo antes de Cristo.

Un muchacho se presentó ante uno de los dos cónsules y denunció el hecho de que había sido expulsado de casa por su madre y su padrastro por haberse negado a ingresar en una secta clandestina.

El cónsul inició las investigaciones por su cuenta y tuvo conocimiento de las fiestas nocturnas que celebraba la comunidad en un pequeño bosque dedicado a la diosa Semele.

Las fiestas se realizaban en honor de Baco, el dios de los Misterios, durante cinco noches cada mes.

El vino, las danzas y la oscuridad pronto hacían que se llegara a la orgía. Los participantes que se negaban a dejarse poseer eran inmolados al dios y sus gritos eran ahogados por el estruendo de los cantos y las danzas.

Las Bacanales, fiestas mistagógicas de los romanos, fueron trasplantadas de Grecia, donde se denominaban Antesterias y duraban tres días. Se trataba de una fiesta primaveral.

Se celebraba un concurso de bebedores y el que más pronto acababa su vasija recibía una corona vegetal y un odre de vino.

Era el día de la apertura de los odres (la «phithoigia»). En Roma las Bacanales tenían lugar en un bosquecillo a orilla del Tíber, bajo las pendientes del Aventino.

Durante la noche, dada la oscuridad del lugar, las libaciones copiosas y la promiscuidad de los sexos, se convertían en escuelas de «inmoralidad sexual», según el partido catoniano del Estado romano.

El Senado las prohibió. Ticiano: La Bacanal. Museo del Prado.

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Las desapariciones de hombres y de mujeres nunca eran suficientemente aclaradas.

Los miembros de la secta se apoyaban mutuamente y tenían un amplio poder para escapar de las pesquisas.

El cónsul, una vez conocidos algunos extremos referentes a la secta, tomó las debidas precauciones, prohibió las reuniones y prometió recompensas a los que facilitaran cualquier información.

Cuando tuvo todos los hilos en las manos, procedió a hacer una redada gigantesca.

Unos siete mil individuos aparecieron complicados en las orgías báquicas.

Muchos de ellos fueron ajusticiados, y el culto a Baco se prohibió en todo territorio de soberanía romana.

Forberg estudió la erótica posicional del mundo grecorromano: de pie, acostados, sentados, de rodillas, agazapados, semiacostados, etc.

Estas posturas eróticas fueron conservadas en el arte romano a través de las pinturas murales de los «cubiculi» (dormitorios). Este mosaico de la villa romana del Cásale es un elocuente ejemplo plástico de los estudios de Forberg.

Este relieve romano, que representa a Apolo entre las tres Gracias, ha sido también titulado «Joven entre hetairas», expresando los entretenimientos de la juventud en un burdel de la época.

La asociación de ambos títulos es explicable por cuanto a las Gracias se les rendía culto como dispensadoras de todo lo que embellece la vida y la hace agradable y placentera. Sin ellas no existe ningún goce. Se llamaban Aglaya, Eufrosine y Talla.

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Fuente Consultada: El Libro de la Vida Sexual – López Ibor

Vida Amorosa de los Trovadores en la Edad Media

Enlace Externo: Bacanales en Roma Antigua

Amor y Sexualidad en Grecia Antigua:Costumbres e Historia Resumen

Amor y  Sexualidad en Grecia Antigua

LA SEXUALIDAD EN GRECIA ANTIGUA:

En la mitología griega se concede un papel preponderante a la mujer. Los primeros cretenses —nacía el sexto o quinto milenio antes de nuestra era— profesaban el culto a la gran diosa-madre.

La civilización cretense alcanzó un alto grado de desarrollo.

La mujer disfrutaba de gran libertad, frecuentando los banquetes y las representaciones teatrales.

Jurídicamente era igual al hombre; podía casarse libremente y los pretendientes que solicitaran casarse con ella no esperaban más que la que saliera de sus labios.

Desde los tiempos homéricos hasta el siglo V a. de C. se seguía inmolando en Temesa, Italia del Sur, cada año, una doncella al alma de un miserable lapidado por haber violado a una mujer.

El matrimonio, lazo de unión de toda la vida social, se hallaba situado bajo la invocación directa de Zeus y de la Madre-Tierra.

Lo sexual era una necesidad natural satisfecha libremente. Los jóvenes se unían en los campos, sobre la hierba y el trigo recién cortado.

La forma de unión más primitiva de los aqueos parece ser la que se practicaba en tiempo de los patriarcas hebreos: la esposa aporta consigo una esclava, para convertirla en concubina de su futuro marido en el caso de que ella resulte estéril.

La mujer depende en todo del marido y ha sido cedida mediante una dote.

A la muerte del marido, su hijo puede disponer de ella, venderla a un nuevo marido o devolverla a su antigua casa.

El hombre que es demasiado pobre para poder comprar esposa, puede casarse, pero debe abandonar su casa e instalarse en la de su suegro, pasando a depender de éste.

La institución de la dote aportará, andando el tiempo, una considerable mejora a la situación de las mujeres.

La esposa dotada no podrá ser repudiada ni devuelta por su tutor si queda viuda.

El matrimonio se transforma en un contrato.

La captura en la guerra de hermosas esclavas era un símbolo de nobleza.

El mantenimiento de la concubina en el domicilio conyugal empieza a parecer injurioso para la esposa.

No obstante, al enviudar la esposa, el hijo podrá volver a casarla de nuevo, aunque la dotará y la consultará previamente.

Las hijas no heredan los bienes de su padre, que se reparten únicamente entre los hermanos varones; incluso el hijo ilegítimo es preferido a las hijas.

La esclava está sometida al poder absoluto del amo, y éste puede castigar la infidelidad con los más crueles suplicios.

La obra homérica está llena de referencias a la violencia y a la sexualidad.

Al regresar a Itaca, Ulises mata a todos los pretendientes de su mujer y hace ahorcar a las esclavas que han compartido sus lechos. Homero narra también el nuevo refinamiento, la pasión por la conversación, por la música y por el amor.

La evolución de la cultura griega en su última etapa de desarrollo modificó y amplió los modos del comportamiento sexual.

La mujer no tomaba parte activa en la administración del Estado, ni siquiera era considerada en el interior de su domicilio conyugal.

►Ideal de Belleza

Los griegos crearon un ideal de belleza femenina que habría de influir fuertemente en las futuras culturas.

La figura femenina ideal se hace más esbelta, se viriliza.

La producción literaria y filosófica griega está plagada de referencias a este ideal y a la inclinación de los griegos por los efebos y por las prostitutas.

sexualidad

La heterosexualidad y la homosexualidad vienen a ser las formas más corrientes de la actividad sexual. La institución familiar no gozaba de un lugar preferente.

Durante la época democrática abundaron las relaciones entre los jóvenes de diferente posición social.

Ello amenazaba con una cierta alteración del equilibrio de las clases y, en consecuencia, en el siglo V antes de nuestra era, se promulgó una ley por la que no se reconocía la validez de los matrimonios efectuados entre miembros de diferente clase social.

Al propio tiempo, la ley consideraba favorablemente la celebración de matrimonios consanguíneos, que garantizaban la estabilidad de la propiedad privada.

Durante la época de Periclesaunque él no fue precisamente un ejemplo de moralidad matrimonial— triunfó la idea del matrimonio sin complicaciones.

En el periodo de la guerra con Esparta, la marcha de los hombres al campo de batalla creó una situación peculiar que fue reflejada por los grandes poetas de la época.

Eurípides y Aristófanes defienden a la mujer y el médico Hipócrates la disculpa de sus «desvíos» aludiendo, por primera vez en la historia, a la peculiar constitución fisiológica femenina. Según él, las mujeres no andaban un tanto extraviadas a causa de la guerra, sino a causa de la insatisfacción sexual.

A partir de esta observación, Hipócrates elabora su teoría del histerismo, según la cual el útero itinerante provoca una excesiva presión en las partes superiores del cuerpo, estado que lleva a la mujer al nerviosismo y a la ansiedad.

La derrota de Atenas produjo el abatimiento en los atenienses y la institución matrimonial se resintió.

Sócrates y Platón predicaron la igualdad de derechos de la mujer y del hombre dentro del matrimonio, pero sin ningún resultado.

Aristóteles lanzó todo el potencial de su dialéctica para demostrar la inferioridad de la mujer respecto del hombre.

Con ello, todas las posibilidades de superar la crisis, mediante una nivelación de derechos entre los dos miembros de la pareja humana, se perdieron definitivamente.

En cambio, se acrecentó notablemente el papel de dos formas anormales de sexualidad.

La prostitución en Grecia tuvo, en aquel periodo, su edad de oro.

Los burdeles y las casas de cita simuladas proliferaban en todas las ciudades y estaban siempre abarrotados de visitantes.

La pederastía también adquirió más auge.

La homosexualidad llegó a estar tan extendida que incluso fue regulada por diversas disposiciones legales.

LA MUJER EN EL MATRIMONIO:

La función de la mujer ateniense como esposa estaba bien definida. Su principal obligación era mantener a sus hijos, sobre todo varones, que preservarían el linaje familiar.

La fórmula del matrimonio que los atenienses utilizaban, para expresarlo de manera sucinta, era: «Te entrego esta mujer para la procreación de hijos legítimos».

En segundo lugar, una mujer debería cuidar a su familia y su casa, ya sea que hiciera ella el trabajo doméstico, o que supervisara a los esclavos, que realmente hacían el trabajo.

A las mujeres se las tenía bajo un estricto control.

Debido a que se casaban a los catorce o quince años, se les enseñaban sus responsabilidades desde temprana edad.

Aunque muchas de ellas se las arreglaban para aprender a leer y a tocar instrumentos musicales, a menudo se las excluía de la educación formal.

Se esperaba que una mujer permaneciera en su casa, lejos de la vista, con excepción de su presencia en los funerales o en los festivales, como el festival de las mujeres de Tesmoforia.

Si se quedaban en casa, debían estar acompañadas. Una mujer que trabajara sola en público o era indigente, o no era ciudadana.

En Atenas, las mujeres servían a los hombres de otras formas.

La prostitución (tanto masculina como femenina) floreció en la Atenas clásica.

La mayor parte de las prostitutas eran esclavas en los burdeles, administrados como un negocio o un comercio por ciudadanos atenienses.

Otra clase de prostitutas ocupaba una posición más favorable en la sociedad ateniense; estas cortesanas más refinadas eran conocidas con el nombre de hetairai, que literalmente quiere decir «acompañantes femeninas».

Estas mujeres, que solían ser ex-esclavas o residentes extranjeras, eran más refinadas que las prostitutas habituales y eran famosas por sus logros musicales e intelectuales, así como por sus atributos físicos.

Los atenienses varones conservaban la aristocrática costumbre de los simposios —las fiestas refinadas donde se bebía— en las cuales solían estar presentes las hetairas.

Los simposios se llevaban a cabo en comedores exclusivos para hombres, en los que no estaban presentes las esposas.

Las hetairas bailaban, tocaban instrumentos musicales y brindaban entretenimiento, incluidas las relaciones sexuales. Algunas hetairas llegaron a amasar fortunas considerables y a tener un considerable renombre. Aspasia fue ciertamente la más famosa.

Amiga de Sócrates y afamada por sus conocimientos, fue cortesana de Pericles y a la larga se convirtió en su esposa legítima.

La homosexualidad masculina también fue una característica sobresaliente de la Atenas clásica.

Se practicaba de manera generalizada y, ciertamente, era tolerada.

La ley ateniense privaba de sus derechos ciudadanos a un ateniense que hubiese prostituido su cuerpo con otro hombre; pero no se molestaba en absoluto a los hombres que sostenían una relación homosexual con proxenetas o con otros hombres adultos, fuera ésta amorosa o por placer.

La ley no eliminaba la prostitución masculina, pero, al actuar así, aseguraba que los proxenetas fueran extranjeros, y no ciudadanos atenienses.

El ideal de la homosexualidad griega consistía en una relación entre un hombre maduro y un joven.

Es muy probable que éste fuese un ideal aristócrata.

Si bien la relación solía ser física, los griegos también la consideraban educativa.

El hombre mayor (el «amante») se ganaba el amor de su «amado» gracias a su valía como maestro y por la devoción que demostraba en la educación de su pupilo.

En cierto sentido, esta relación amorosa se concebía como una forma de iniciación de los jóvenes al mundo masculino de la dominación política y militar. Los griegos no juzgaban que la coexistencia de las preferencias heterosexuales y homosexuales creara problemas especiales a los individuos o a la sociedad.

Manejo de la casa y papel de la Mujer

En la Atenas clásica, el lugar de una mujer era su casa.

Tenía dos responsabilidades principales: la crianza y la  educación de los hijos, y la administración de la casa.

En este diálogo sobre la administración de la propiedad, Jenofonte relata la educación que un noble ático le da a su nueva esposa.

Jenofonte, Oeconomicus

[Iscomaco se dirige a su nueva esposa,] Lo que a mi me parece, querida, es que los dioses, con su gran discernimiento, han unido al hombre y a la mujer, tal y como se les llama, con objeto de que conformen una sociedad perfecta para su mutuo servicio.

Ya que, en primer lugar, para que, las distintas especies de criaturas vivientes no se extingan, se unen en matrimonio para engendrar hijos.

En segundo lugar, a los seres humanos esta unión les provee—en cualquier circunstancia—los vástagos que los cuiden en la vejez.

En tercer lugar, dado que los seres humanos no viven al aire libre, como bestias, obviamente necesitan un refugio.

Sin embargo, los llamados a obtener los pertrechos para llenar el lugar cubierto necesitan que alguien trabaje en ocupaciones al aire libre; pues la labranza, la cosecha, la siembra y el pastoreo constituyen dichas ocupaciones al aire libre que suministran el alimento necesario…

Dado que hicieron el cuerpo y la mente del hombre más aptos pata soportar frío y calor, viajes y faenas, se le imponen las tareas exteriores.

Y a la mujer, dado que su cuerpo es menos resistente, doy por hecho que Dios les asignó las tareas en el interior de la casa.

Y sabiendo que él creó a la mujer y le impuso la tarea de alimentar a los niños le obsequió con una porción mayor de afecto hacia los recién nacidos, que al hombre…

Tu deber será permanecer dentro de la casa y enviar al exterior a los sirvientes cuyo trabajo es afuera, y supervisar a quienes deben trabajar adentro, así como recibir los ingresos, distribuirlos en la medida en que se necesiten, cuidar la cantidad que deba guardarse, y fijarse en que, lo que se destina a un año,-no se gaste en un mes.

Y cuando te traigan la lana, debes cuidar también que se tejan mantos, para quienes los quieran.

También debes procurar que el grano seco esté en buenas condiciones para hacer comida.

Sin embargo, una de las obligaciones que recaen sobre ti, tal vez te parezca más bien ingrata: vigilar que cualquier sirviente que enferme, reciba cuidados.

Fuente Consultada:
El Libro de la Vida Sexual – López Ibor
Civilizaciones de Occidente Volumen A Jackson Spielvogel

Vida Amorosa de los Trovadores en la Edad Media

Historia de la Sexualidad En Las Civilizaciones Antiguas

Historia de la Sexualidad En Las Civilizaciones Antiguas

Las noticias que se tienen de los primeros grupos humanos organizados y que constituyeron sociedades, nos hablan ya de la división de sus miembros en diversas clases.

Las primeras manifestaciones de la religión son de orden eminentemente practicista.

Los dioses no desempeñaban papel alguno en la vida futura; únicamente recompensaban o castigaban a los hombres en ésta.

Para congraciarse con ellos era preciso ofrecerles múltiples sacrificios: al principio, y durante dilatado tiempo, sacrificios humanos.

El código moral de esas religiones tenía casi siempre de común la prohibición de sembrar discordias, de alterar la propiedad privada, de cometer adulterio.

Los sacerdotes eran ayudados generalmente por sacerdotisas: danzarinas, cantantes, adivinadoras y esposas del dios, que, en algunos casos, como en el culto asirio-babilónico de Ishtar (diosa de la voluptuosidad) se entregaban a la prostitución sagrada.

Es importante destacar el factor de la separación en clases, pues el comportamiento sexual difería según la pertenencia a una u otra de ellas.

En efecto, la actividad y las normas sexuales de la clase dirigente del país no eran las mismas que informaban la conducta de las capas bajas.

Por ejemplo, en la antigua China existían dos clases de matrimonio completamente distintas, uno normalizado jurídicamente y otro que era en realidad una simple unión.

En el Próximo Oriente también encontramos el matrimonio refrendado por un contrato, pero solamente entre las clases altas.

En Egipto, a consecuencia de una revolución social que tuvo lugar dos mil años antes de Cristo, la plebe conquistó el derecho a que su matrimonio fuera refrendado legalmente.

En Babilonia, las disposiciones legales en torno al matrimonio regulaban solamente las uniones de la gente rica, proveyendo de una enmarañada selva de legislación sobre la herencia, sobre los derechos de las concubinas, etc., mientras que el pueblo llano no merecía la atención de los legisladores.

Las únicas disposiciones que tenían un carácter general se refieren al nacimiento de los hijos.

Es obvio decir que el Estado estaba interesado en procurar que el pueblo llano tuviera la mayor cantidad posible de hijos, por lo cual las disposiciones punitivas contra el aborto eran numerosas.

Las costumbres en aquellas épocas lejanas recibían una marcada influencia de lo sexual. Por ejemplo, en el apogeo del reino sumerio, bajo el rey Gudea (en el siglo XXI a. de C.), las manifestaciones del culto eran muy populares, lo que se explica por el carácter colosal de las construcciones.

Esto se demuestra, según Pirenne, en los documentos que describen las ceremonias sagradas con ocasión de la inauguración del templo.

El pueblo se entregaba a bacanales, cuyo origen se remonta al antiguo culto agrario.

Durante siete días, una licencia general reinaba sobre la ciudad ;  las ley es civiles, y también las morales, quedaban en suspenso y la autoridad desaparecía.

El rey era remplazado por un esclavo que usaba a su antojo del harén y era servido u la mesa real por otros esclavos.

Pero, una vez transcurrida la fiesta, ese esclavo era sacrificado a los dioses para impetrar de ellos el perdón por los pecados cometidos por la comunidad.

En los atrios de los templos se representaban misterios sagrados en los que también participaba el rey.

Destacan especialmente las fiestas sagradas de las nupcias de Tammuz, el dios de la vegetación, con Ishtar, diosa de la fecundidad y del amor, que eran representadas, ante el jolgorio del pueblo, por el matrimonio del rey con la diosa que, sin duda, era reemplazada por una sacerdotisa sagrada.

El rey Shulgi, que reinó en Ur en el segundo milenio antes de Cristo, fue el primero en publicar un código aplicable a todo su imperio y que luego serviría de modelo a la célebre legislación de Hammurabi.

Sólo disponemos de algunos fragmentos que nos dan a conocer nueve leyes relativas al aborto de una mujer a cosecuencia de golpes, al matrimonio por rapto, al adulterio y a los derechos de las prostitutas.

El matrimonio podía ser disuelto por decisión judicial.

El adulterio de la mujer, aunque era considerado delito, no entrañaba castigo alguno, ni siquiera el divorcio, siempre que el marido perdonase a la esposa infiel. Pero si ésta no recibía el perdón, era arrojada al agua.

La mujer respondía con su persona, si el marido no podía satisfacer deudas propias.

La máxima expresión del matrimonio como «razón de Estado» la encontramos ya en la más antigua tradición de Egipto.

Los aqueos también practicaron la endogamia, probablemente, en las familias de los jefes para perpetuar la pureza de la sangre que garantizaba la autoridad del jerarca.

En la Odisea se refiere que Alcinoo se casa con su hermana —descendiente como él de Poseidón y Eolo— y tiene seis hijos y seis hijas a los que casa entre sí.

Para preservar la herencia —que en el caso de los faraones se refería a la posesión de todo el país— se recurrió, pues, innumerables veces, al matrimonio entre hermanos. Las ideas sobre el incesto varían mucho, de acuerdo con la práctica de los diversos pueblos.

En los tiempos premosaicos, los judíos recurrían también al matrimonio entre hermanos del mismo padre (pero no de igual madre).

Recordemos a este respecto que Abraham se casó con su hermanastra Sara.

Moisés vino a romper esta tradición prohibiendo no sólo los matrimonios entre hermanos, sino la relación sexual entre parientes más cercanos.

Por su parte, Buda prohibió en la India los matrimonios entre parientes incluso hasta el sexto grado.

En Babilonia tenemos la primera gran legislación completa.

El Código de Hammurabi comprende doscientos ochenta y dos artículos, de los que unos treinta no han llegado hasta nosotros.

Del 127 al 195 tratan de la familia, y del 178 al 195, de los hijos.

La mujer goza de personalidad jurídica independiente, pero la autoridad paterna y marital pesa todavía sobre ella.

El matrimonio es preparado por los padres de ella y, cuando se ha llegado a un acuerdo, el novio envía un regalo al padre de la doncella.

Se procede entonces a la redacción de un contrato en el que se establecen los deberes y los derechos de la esposa, así como la suma que habrá de pagar el marido si la repudia, y la pena en que incurriría ella en caso de infidelidad.

La novia puede permanecer en casa de sus padres o ir a vivir a la de los padres del novio.

En el primer caso, la violación de la doncella está castigada con la muerte. Si va a vivir con los padres del novio, la ley prevé que sea seducida por su futuro suegro; en este caso se disuelven los esponsales.

Pero si han existido relaciones culpables, cuando ella ya conocía a su novio, es lanzada al agua y el padre indigno sufre su castigo.

La ordalía o juicio del agua, impuesto a la mujer sospechosa de adulterio, también aparece en la civilización cretense.

Desde el punto de vista del régimen de bienes, la igualdad de los esposos es casi total. Pirenne saca de ello la acertada conclusión de que la mujer estaba más amparada en sus bienes que en su persona.

La base de la familia es el matrimonio monogámico.

Pero el marido puede tomar una o varias concubinas y, si con ninguna de ellas consigue tener descendencia, puede tomar otra esposa; sin embargo el puesto de ésta es totalmente secundario hasta el punto de que su entrada en la casa está precedida por el lavatorio de pies a la primera esposa.

Se ha hablado mucho de la prostitución en estas sociedades, y en verdad existen innumerables pruebas de su existencia, como ya hemos señalado.

Ya en el tercer milenio antes de Cristo la prostitución era una ocupación muy rentable.

La modalidad de la prostitución sagrada, ligada a los más antiguos cultos y presente en las civilizaciones antiguas, disponía de una legislación completa.

Herodoto relata que, en Mesopotamia, las mujeres debían entregarse en el templo a un desconocido antes de casarse.

El célebre cronista cuenta igualmente que en la famosa torre de Babel existía un santuario y en su interior una lujosa y amplísima cama nupcial en la que cada noche había una mujer diferente.

Las costumbres de los hebreos antiguos se corresponden a las refrendadas por el Código de Hammurabi.

La institución matrimonial recibe las máximas prerrogativas, hasta el punto de que la soltería es considerada como una situación «antinatural». Incluso existe un cierto tipo de matrimonio obligatorio, el levirato, por el que un hermano es obligado a casarse con su cuñada viuda cuando ésta no ha obtenido descendencia.

El sexto y el noveno mandamiento del Decálogo regulan el comportamiento sexual de los hebreos.

El adulterio era condenado gravemente, pero también recibía castigo el calumniador.

Pese a que muchos historiadores han visto en la práctica de la circuncisión un hábito preferentemente hebreo hay que tener en cuenta que también era seguida por otros pueblos, especialmente por Egipto.

Moisés no estaba muy convencido de su conveniencia, y él mismo, a pesar de estar introducido en los círculos del poder en Egipto, no llegó a practicársela nunca. Fue el caudillo Josué el que la estableció como obligación general.

Las lecciones de amor de la India

La más antigua lección de amor es probablemente el Kama Sutra.

En este libro, escrito por el sabio Vatsyayana en el siglo V, se compendian las tácticas preparatorias de la unión sexual y se describen las numerosas formas de llevarla a cabo.

Uno de los aspectos más importantes que de este libro famoso cabe destacar, consiste en que no se limita a ser un manual para el hombre, destinado a orientarle en las tácticas del placer sexual.

Uno de sus objetivos consiste precisamente en hacer ver al varón que la participación de la mujer en el placer es uno de los ingredientes fundamentales de éste.

El enlace de las lianas, la ascensión del árbol, el abrazo de la leche con el agua y el abrazo del sésamo y el arroz, son símbolos usados para referir la unión de los sexos.

egún Kama Sutra, existen sesenta y cuatro variantes de las formas preliminares de hacer el amor.

La subordinación de la mujer al hombre en la India se ha hecho proverbial.

En la misma época en que se describe de forma tan sutil y elaborada la técnica del acercamiento sexual tenía lugar en la India una tradición que se remonta hasta el segundo milenio antes de Cristo: la cremación de las viudas en la pila funeraria del marido, lo que respondía a la concepción de una dependencia de la mujer respecto del hombre.

Esta tradición perduró hasta que en 1829 fue prohibida por el gobernador británico lord William Bentick.

Entre los siglos XXV y XXIII antes de Cristo también se practicaba el sacrificio de los allegados al jefe de la familia del muerto.

El dios egipcio Bes, que aparece representado en este bajorrelieve, era una deidad puramente doméstica, enano, patizambo, de cara ancha, boca grande, lengua sobresaliente, barba semejante a la crin de un león y orejas y cola de animal.

Danzaba y tocaba el laúd para divertir a los dioses, pero se suponía que contribuía a la felicidad y armonía entre los miembros de una familia, sobre todo entre los esposos.

En las civilizaciones de la antigüedad existía una concepción sacral de la sexualidad, Ishtar e Isis, divinidades femeninas femeninas y maternas, significaban a la vez lo generativo y lo protector, pero eran asi mismo símbolos del deseo y del placer sexual.

Prueba patente del culto que recibían es esta estela votiva egipcia de la Ny-Carlsberg Glyptotheke de Copenhague.

Vida Amorosa de los Trovadores en la Edad Media

Fuente Consultada: El Libro de la Vida Sexual – López Ibor

Enlace Externo: Sexualidad en Egipto Antiguo