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Biografia de Lopez Rega Creador Triple A Ministro Secretario de Perón

Biografía de Lopez Rega: de Creador Triple a Ministro Secretario de Perón

BIOGRAFÍA DE JOSÉ LÓPEZ REGA: José López Rega fue hijo de una pareja de inmigrantes españoles. Nació en 1916, un 17 de octubre, aniversario magno del peronismo, y cualquiera podría arriesgar que allí medió una razón esotérica. Su madre murió siendo él muy niño aún. La casa familiar quedaba en Tamborini 3763, del barrio de Saavedra de esta ciudad, que aún hoy se mantiene tal cual era entonces.

La infancia de quien luego llega a ser ministro de la Nación, debe haber sido bastante dura para ese niño que entonces sólo es José López, miembro de un hogar humilde y huérfano de madre. Las necesidades lo obligan a abandonar los estudios en cuarto grado para trabajar y ayudar a mantener el hogar.

Sin embargo, López Rega parece resistirse a la certezas; hay por lo menos otra versión de su infancia que difiere en algunos detalles de la anterior.

Nace, sí, en el barrio de Saavedra, pero la casa familiar se la ubica en la esquina de las calles Núñez y Holmberg, en un departamento de planta baja con salida a un interminable pasillo. En esta versión la madre de López Rega muere un poco más tarde y lo inicia en el espiritismo. No se citan fuentes y tampoco se abunda en mayores precisiones.

Lo que parece seguro es que desde muy joven trabajó como peón en la fábrica textil Sedalán, en la cual según las constancias, gana cuatro pesos por día de los de entonces. De su juventud parece venirle también la afición por el canto. Tenía voz de barítono y le gustaba alardear con ella.

En la escuela Félix de Azara, donde cursa hasta cuarto grado, toma luego clases de canto. Ya en la década del sesenta el mismo López Rega asegura que su profesora de canto en dicha escuela es la primera esposa del general Perón, Aurelia Tizón. Su cuñado, Roberto Maceda, asegura que estudia música durante muchos años en un conservatorio del centro de la ciudad.

Lo cierto es que se poseen fotos de López Rega como cantante y además, en 1943, sube al escenario del club El Tábano de Saavedra donde durante una temporada canta boleros y tangos. Lo acompañaba en el bandoneón un vecino, Alejandro Fiorito. Se cuenta también que gusta de alquilar trajes de tenor y así ataviado reúne los sábados a sus amigos y les canta arias de diversas óperas. 1943 es también el año de su ingreso a la Policía Federal a la que accede, aparentemente, para aumentar su sueldo que es más bien escaso.

Ya está casado con Flora Josefa Maceda y aparentemente el nuevo trabajo llenó de orgullo al padre. Por lo menos así parece testimoniarlo una foto en la que ambos posan: el joven José —entonces tenía veintiséis años— luce su informe de agente. Según la ficha de la Policía Federal, López Rega medía un metro y sesenta y siete centímetros y pesaba sesenta y seis kilos. De la misma fuente se sabe que es un excelente tirador.

El arma reglamentaria que le corresponde es una pistola Colt 45 perteneciente a la partida que el presidente Agustín P. Justo había obtenido para la policía, gracias al aporte de una colecta popular. Un método que hoy resulta por lo menos, desusado.

Es de estos años iniciales en la Policía Federal de donde vienen los primeros testimonios ciertos de su inclinación al esoterismo: es sancionado por encontrárselo en la parada de la calle Austria leyendo libros esotéricos de la editorial Kier. También de esa época (años 1943 a 1946) se conservan horóscopos que realizaba a sus compañeros de tareas.

Primeras señales de su afición a la macumba, el umbanda y el candomblé

De 1946 es, también, una referencia importante: en ese año, cubriendo la guardia del Juzgado Correccional de Menores Letra L, a cargo del doctor Agüero, traba relación con la familia de un chico brasileño que es detenido. El entonces agente López Rega se asombra de la tranquilidad de los padres ante el problema, debida —le explicaron— a que su orixá (divinidad del panteón umbandista) solucionaría el problema. Según esta información, si es veraz, de esta manera López Rega se introdujo en el mundo del umbanda, de la macumba y del candomblé.

Tal circunstancia quizá no debe asombrarnos. Aún hoy en 1986, muchos de los miles de turistas argentinos que peregrinan por las tropicales playas brasileñas van en busca de una módica iniciación en los misterios de las religiones afrobrasileñas. Por otra parte en ese país hasta los más encumbrados hombres de negocios y personalidades políticas no desdeñan los consejos de algún «pai do santo» o de alguna «mai do santo». Incluso suelen tener siempre alertas a sus orixás protectores.

El de López Rega es Oxum, que en palabras del novelista e intelectual brasileño Jorge Amado, «es la diosa de la elegancia, de la fastuosidad, de la hermosura, del encanto. Su día de la semana es el sábado, su símbolo, las piedras del río, el abanico y las pulseras de metal».

El hecho que quizá sí debe asombramos es que un simple agente de policía, como lo era José López Rega entonces, tenga tales inquietudes esotéricas y sensibilidad para registrarlas. La educación «racional» de López Rega, hemos visto que alcanzó sólo a cuarto grado. Las urgencias económicas de su condición social lo obligan a darla por terminada muy temprano, apenas iniciada. Una especulación posible, entonces, es repensar a López Rega como un individuo inquieto, que a partir de allí sigue educándose por su cuenta, pero no en el pensamiento racional sino en el «mágico»: de alguna manera tiene que canalizarse la fuerza de una personalidad fuera de lo común.

Su paso por la policía: pide el retiro y después tiene un extraño ascenso

Su carrera de policía no tiene mayores alternativas. Sólo es digno de destacar su afán por estar cerca de Perón. Consique un nombramiento para custodiar el exterior de la residencia presidencial que entonces estaba en la Avenida del Libertador cerca de Plaza Francia. Aparentemente su mayor anhelo es ser parte de la custodia del presidente.

Algunas fotografías lo muestran encaramado al auto presidencial en actitud vigilante. Sin embargo los testimonios dicen que ese es un anhelo imposible de «Lopecito» porque los integrantes de dicha custodia sólo pueden ser oficiales, nivel que él tenía vedado. López Rega adujo, siendo ya funcionario, y aún antes, que había sido miembro de la custodia de Perón y de Evita. Los testimonios coinciden en que esa afirmación es falaz y que su costumbre de colarse en el guardabarros del auto del presidente le cuesta varias sanciones disciplinarias.

Sin embargo, hay lugar para la duda: realmente ¿es posible que una persona ajena a la custodia del presidente se «cuele» en ella? En todo caso, de producirse el intento, cabe conjeturar que sólo duraría unos segundos sobre el automóvil; en cambio López Rega aparece instalado con mucha seguridad en el estribo. Absolutamente veraz, en cambio, parece ser el hecho de que Perón ignoraba por completo la existencia de quien algunos años después será su amanuense imprescindible.

A los cuarenta y seis años de edad, en 1962, con la vida ya prácticamente hecha, José López Rega pide el retiro de la Policía. Le es concedido el 3 de abril de ese mismo año. Una versión afirma que entonces era cabo 1°. Otra estira su grado hasta el de sargento. Sin embargo al cabo de los años López Rega, el 3 de mayo de 1974, es ascendido a comisario general por el decreto 1350 del Poder Ejecutivo que firmaban Juan Domingo Perón y el ministro del Interior Benito Llambí.

Los motivos del extraordinario ascenso se fundamentan en la Ley de Amnistía votada el año anterior y «en la circunstancia de haberse motivado el retiro en causal política y en los relevantes méritos del ciudadano mencionado, tanto durante su desempeño en la Policía Federal, cuanto después de su actual situación de revista», dice el decreto. A raíz de éste y otros sucesos renuncia el jefe de la Policía Federal de entonces, el general retirado Miguel Ángel Iñíguez, quien manifestó años después «que ya todo aquello era un horror».

Iñíguez no oculta su desprecio por López Rega: «Yo nunca permití que ese individuo, que andaba con los perros de Perón en los brazos, se metiera en nuestras conversaciones». Hombres de la confianza de López Rega sucederían, no obstante, a Iñíguez: 2! comisario Alberto Villar y el comisario Luis Margaride. Villar muere trágicamente un tiempo después mientras pasea por el Tigre. Su embarcación es «volada» por una carga explosiva de gran poder, accionada por control remoto. El crimen se lo adjudica la organización guerrillera Montoneros, cuyo líder máximo, Mario Eduardo Firmenich, está hoy preso en la cárcel de Villa Devoto a disposición de la Justicia argentina.

Curiosamente los dos antiguos enemigos —López Rega y Firmenich— caen en manos de la Justicia en circunstancias idénticas: luego de estar prófugos por más de una década y con pedidos de captura internacionales, se presentan voluntariamente a renovar sus pasaportes en sendos consulados argentinos: Firmenich lo hizo en el de Río de Janeiro, Brasil, y López Rega en el de Miami, Estados Unidos.

En ambos casos se hicieron variadas especulaciones acerca de las posibles «jugadas» políticas que se esconderían en esta voluntaria reaparición a la luz pública. Sin embargo, no sería raro, como suele suceder en la historia, que los motivos sean más simples y humanos: por ejemplo un mal cálculo acerca de la actitud que tomaría el actual gobierno argentino o la desesperanza y el desarraigo que producen los largos años de clandestinidad y exilio.

Es notable que alguien casi iletrado sea autor de libros esotéricos

Antes, en 1946, López Rega parece saber muy bien cuáles son sus posibilidades sociales. El ex juez Héctor Domingo Sturla, que en ese año estaba a cargo del Juzgado en lo Penal Correccional de la calle Paraguay 1173, cuenta que en cierta oportunidad le dice a López Rega, designado allí: «¿Por qué no estudia y sale de una vez por todas de ese cuarto grado? Se lo digo por su bien. Es la única manera de que pueda aspirar a los ascensos». La contestación de López Rega es muy clara: «Mire doctor, en la Policía Federal es igual que en el Ejército. Hay sectarismo y clasismo. No se permite a los de abajo, al personal de tropa, ascender».

Esta respuesta permite además hacer estar inferencia: es obvio en ella que las expectativas de vida de López Rega no las colmaba un cargo de suboficial en la Policía Federal. Sus aspiraciones eran más altas y él tenía ambición, rasgo éste que no siempre tiene que ser una mala palabra. En ese entonces, por ejemplo, nadie hubiera objetado que el agente López Rega quisiera ser una persona importante. Cuanto más esta manifestación habrá arrancado alguna sonrisa malévola entre sus compañeros: la distancia entre su condición de agente de policía y sus ambiciones era, a primera vista, insalvable.

Pero el camino que no encontró para progresar en la sociedad racionalmente organizada —sólo podía ser peón de fábrica, cantante ignoto, agente de policía, empleos obviamente respetables de por sí pero que no catapultan fácilmente a nadie— parece encontrarlo, según numerosas evidencias, en sus relaciones esotéricas, en la filosofía oriental y en el pensamiento mágico. Es notable también —otro rasgo importante de su personalidad— que alguien aparentemente iletrado como él devenga en escritor de libros esotéricos. Más allá de su calidad y contenido, es capaz de realizar una obra copiosa y abundante. «Mi momento de felicidad y de placer sucede cuando escribo», confesó en la residencia de Puerta de Hierro en los primeros años que pasó junto a Perón.

En la pequeña localidad suiza de Villeneuve, donde tenía un refugio que recién fue descubierto hace unos años, su profesión declarada era la de escritor. Ahora, al ser detenido en Miami, obsequió a los curiosos algunos ejemplares de su última producción, un opúsculo que lleva el título de «El filósofo hindú».

En los primeros años de la década del 50 la actividad esotérica de José López Rega comienza a hacerse pública. Concurre a las reuniones de la Escuela Científica Basilio que funcionaba en la calle Rawson 53 de la Capital. Allí conoció a José María Villone, quien luego sería en 1973, a instancia de «Lopecito», funcionario del gobierno peronista. Ambos fundan la editorial «Rosa de Libres» que edita textos de contenido esotérico. Funciona en la calle Matheu hasta que adquieren Suministros Gráficos SAIC en la calle Salguero 3387.

Otra versión, en cambio, dice que López Rega llega a esa imprenta en 1962, buscando editar su obra monumental «Astrología Esotérica». Según Héctor O. González —directivo de Suministros Gráficos en esa época— al llegar López Rega a la empresa impresiona muy bien a todos: «Se trataba de un hombre simpático y llano, aunque a veces tenía un lenguaje raro con alusiones a Dios y a los poderes sobrenaturales. Desde que lo conocí, López Rega anunció que iba a estar junto a Perón». Un año antes había conseguido ser recibido por míster Luck, un vidente al que Perón solía hacer consultas y que tenía cierto renombre en el país en la década del cincuenta. Míster Luck le habría anunciado a López Rega que «Perón lo haría grande».

Habla de su constancia el que llegara a ejecutivo de una empresa editorial

En febrero de 1960 viaja a Porto Alegre y se conecta con el «pai do santo» Wilson Avila. López Rega vuelve de allí «cargado de nuevas energías de vida. Ahora soy un filho do santo». Años después Wilson Avila declararía a la prensa argentina que «López Rega vino aquí varias veces para ahuyentar los fluidos y las experiencias negativas de su cuerpo. Era un médium capaz de recibir todos los espíritus que conforman la religión umbanda».

Allí conoce a Claudio Ferreyra, quien en 1973 se convierte también en funcionario del gobierno peronista: será director de la agencia de noticias Télam (propiedad del Estado argentino) en Río de Janeiro y director de la Casa Argentina en la misma ciudad. Las relaciones que López Rega anudó en Brasil fueron muy fuertes: también suele ir a Paso de los Libres a consultar a una de las videntes más famosas del Brasil: la mai Victoria, a quien sus fieles también llamaba «la madre de América».

Es notorio entonces que si bien López Rega era un funcionario policial opaco, no era un hombre común y corriente. Sus viajes a Brasil, sus estudios esotéricos, la producción de libros de la misma índole, su acceso al nivel ejecutivo, en 1962, en una empresa editorial como lo era Suministros Gráficos, muestran a una persona cuyas aspiraciones iban bastante más allá de gozar de un apacible retiro. En 1962, año en que se aleja de la Policía Federal, se integra como socio a Suministros Gráficos. Es un salto que no fue tal: López Rega se había preparado para ello.

Claro que no como agente de la Policía Federal. Sus relaciones las había anudado en los círculos esotéricos. Además, evidentemente es imposible que de la noche a la mañana se improvisara como socio y directivo de Suministros Gráficos, a pesar que previamente sólo existe la referencia de la editorial fundada con Villone como ya dejamos apuntado. Pero no obstante la escasez de datos, podemos deducir que su estructura mental ya estaba articulada en otra dimensión que, obviamente, no era la de un subalterno de la Policía Federal. Otro indicio que no apoya la teoría del salto es que López Rega, muchos años después, ya en el gobierno, nombra como funcionarios a varios de sus amigos de la década del cincuenta y del sesenta: los Villone, Vanni, el comisario Villar, el brasileño Ferreyra y otros.

Por supuesto este análisis deja un flanco oscuro: ¿cómo un agente de la Policía Federal con sólo cuarto grado pudo armar semejante red de relaciones y utilizarlas luego como estructura de poder? El juez Urien lo acusaría más tarde de ser miembro de la CÍA; otros «creen» que en esos años era un simple títere de alguna poderosa logia. Pero éstas, por el momento, son meras conjeturas.

En Suministros Gráficos traba una relación estrecha con el justicialismo imprimiendo afiches de propaganda política y colaborando, en ese aspecto, para la elección de Andrés Framini como gobernador de la provincia de Buenos Aires. Los que lo conocieron en esa época hablan de una persona sencilla, dinámica, hábil organizadora y de mucha capacidad de trabajo.

Un día le presentan a Isabel Perón y su vida sufre un vuelco definitivo

Allí traba contacto con la Logia Anael integrada por importantes dirigentes justicialistas de la época, como lo eran el juez Julio César Urien y el mayor Bernardo Alberte. Estamos ya en 1963 y López Rega es convencido —así lo cuentan los testigos de las conversaciones— de sumarse a la logia, que en realidad tenía más visos de agrupación política que de verdadera logia.

En 1964 se intensifica su actividad en el grupo, cuyos integrantes desempeñan un importante papel cuando Perón, en 1965, envía a su esposa Isabel a la Argentina para poner en caja a Augusto Timoteo Vandor, el dirigente metalúrgico que trata de impulsar un proyecto propio de poder: «el peronismo sin Perón». Gobierna el país Arturo Illia y la situación política, que es inestable, desemboca en junio del año siguiente en su derrocamiento y en el advenimiento de la férrea dictadura militar del general Onganía.

El gobierno de éste se caracterizaría por montar una represión social desconocida hasta entonces y por poner la economía en manos de un liberal relacionado con los entes financieros internacionales: Adalbert Krieger Vasena. Diez años después, en 1976, las Fuerzas Armadas repiten la receta pero esta vez corregida y aumentada: el plan económico de Martínez de Hoz, de enorme costo social, sólo pudo sostenerse gracias a la abultada represión política y social desatada por el gobierno del general Videla.

Pero estamos en 1965 y López Rega, en un té organizado en casa del mayor Alberte, tiene oportunidad de conocer a Isabel Perón. Esteban Peicovich, periodista radicado en Madrid y autor de dos libros sobre la vida de Perón, afirma que en esa reunión lleva la voz cantante el juez Urien y se concretan una serie de ofrecimientos que Isabel acepta: oficina, vivienda y custodia. Una semana después —dice Peicovich— Isabel pide: «Muchachos, yo quisiera ver a ese señor bajito de ojos claros que estuvo en la reunión de Yerbal. ¿Cómo se llama? Díganle que venga a verme esta tarde». A partir de allí, José López Rega será inseparable de Isabel durante diez agitados años.

Peicovich también afirma que López Rega comenta en la imprenta: «Me veo arrastrado a una cosa que no es la mía. Yo en este plano no quiero entrar porque cambiará mi vida por completo». Los informantes de Peicovich también le brindan otras precisiones acerca de la personalidad de José López Rega de ese entonces: «

Nunca tuvo ningún fallo y siempre daba consejos. Era el ‘santo’ del grupo. Tenía su esposa y nunca la traicionaba». Otro testigo le refiere a Peicovich: «No sé cómo explicarlo. Eramos seis o siete y si alguien abría la puerta por algo, lo primero que hacía era dirigirse a López Rega. Sentían que era él quien dirigía. Algo realmente mágico que en ese tiempo nos llamó la atención. Por otra Darte se había ganado la confianza de todos. Más aún después del arribo de Isabel». Todas estas referencias muestran a un López Rega transparente, voluntarioso, de gran energía, en el cual no hay ni sombra del aura siniestra que diez años más tarde le sería endilgada.

Luego de producido el golpe de 1966, Juan Domingo Perón manda a Isabel que regrese a Madrid. Quiere cuidar de su seguridad personal y, además, el nuevo esquema político en que se ordena el país le indica que «hay que desensillar hasta que aclare», como dijo entonces con su ingenio habitual.

El 9 de julio de 1966, Isabel Perón embarca en el avión Douglas «El Greco» de Iberia, vuelo 992, con destino a Madrid. López Rega viaja con ella y al día siguiente, el 10 de julio de 1966 traspone, por primera vez, el portón de la quinta 17 de Octubre en el barrio madrileño de Puerta de Hierro. Allí comienza hace veinte años, otra historia para José López Rega.

La influencia de López Rega sobre Isabel Perón fue enorme y así parecen indicarlo todos los testimonios públicos y privados. En público, López Rega aparecía como el verdadero poder y se refería a la «señora» en términos paternales y como si fuera de su propiedad. Del ámbito privado viene una curiosa anécdota cuya veracidad no ha sido probada fehacientemente, pero la refiere un investigador serio, el historiador Joseph Page: «Un asistente militar de la señora lo encontró abofeteándola y amenazándola con pegarle un tiro.

Supuestamente, la explicación de López Rega fue que las presiones del cargo la habían vuelto histérica y que simplemente intentaba hacerla reaccionar y recuperar la cordura». De cualquier manera, Isabel Perón parecía incapaz de gobernar sin López Rega. Se resistió a su defenestración todo cuanto pudo, lo que probaría que no sentía temor, sino que, por el contrario, depositaba toda su confianza en él. López Rega lo recordó de esta manera hace pocos meses en Miami, Estados Unidos: «La señora de Perón me llamó con lágrimas en los ojos y me dijo: ‘Por favor, vayase. Porque lo quieren matar y yo no quiero eso». 1972 es un año clave para el país: la vuelta de Perón impüca una suerte de sinceramiento nacional.

Ese también es un año decisivo para lo que luego se consideró como el ascenso repentino y sorpresivo de López Rega. La sorpresa no ocurre, por supuesto, porque la dirigencia política del país ignorara la existencia de «Lopecito». Al contrario, todos aquellos que tenían trato con Perón, ya fueran amigos, aliados o adversarios, sabían que era difícil evitar el «filtro López Rega» y su presencia en las conversaciones, aunque éstas fueran de índole muy reservada. Lo que sí tal vez omitió la dirigencia política fue tomarlo en serio. Claro que es fácil decirlo ahora. No lo era tanto preverlo entonces, como lo demostraron los hechos. Cuando López Rega fue miembro prominente del gobierno, cosa que sucedió unos pocos meses

A partir del 19 de julio de 1975, López Rega inicia un largo recorrido clandestino cuyos detalles son, en su mayoría, desconocidos, que culmina el 13 de marzo de este año, cuando a las 9.30 de la mañana lo detienen en el aeropuerto internacional de Miami funcionarios del FBI, a pedido del gobierno argentino. En realidad, el verdadero peticionante no era el Poder Ejecutivo de nuestro país, sino el Judicial, en cuyo ámbito López está considerado «prima facie» como autor de varios delitos, el más grave de los cuales es ser el instigador de la Triple A.

Alrededor de los posibles paraderos de López Rega se tejió una fantástica leyenda cuyas conexiones con la realidad son todavía improbables: se lo suponía viviendo fastuosamente. Sin embargo, cuando se lo ubicó en su refugio de la localidad de Villeneuve, en Suiza, en el año 1983, sus características no eran las de un millonario, como se había imaginado. Se trataba, en cambio, de un confortable chalet en las proximidades del lago Leman. Este fue el primer dato confiable que se tuvo del paradero del ex ministro de Bienestar Social

Su acompañante era María Cisneros, una joven regularmente agraciada y, según se vio hace unos meses en Miami y aquí en la Argentina, de fuerte personalidad. Al menos es lo que demostró, al increpar a los periodistas argentinos en Buenos Aires: «Les digo pueblo argentino, que tendrían que tener vergüenza este 4 de julio de recibir a un hombre así, como lo están recibiendo. Un hombre que les devolvió al general Perón. ¡Desvergonzados! ¡Les devolvió a Evita, desvergonzados! ¡Dejó su vida y todavía se burlan de un hombre así!»

Todavía vivía López Rega en la quinta 17 de Octubre en Madrid, cuando en Buenos Aires se daba a conocer en enero de 1976, la falsa noticia de su muerte. A fines de 1976 el gobierno militar, mediante un exhorto diplomático a su similar español, logra allanar la quinta que perteneciera a Perón en Madrid. López Rega escapa del procedimiento por una diferencia de pocas horas, oportunamente alertado. Luego se lo da por huésped de alguna de las mansiones de Licio Gelli o viajando por África —especialmente Libia— para vigilar la marcha de una hipotética cadena de supermercados de su propiedad. Entretanto, el juez Anzoátegui, por alguna razón procesal no muy clara, decidió exponer al público en 1979 un conjunto de libros esotéricos que se hallaron en la casa de Gaspar Campos 1065, de Vicente López, más una capa de ceremonia y algunos fetiches como los usados en los carnavales populares de Bolivia.

Tal vez mediante esta exhibición inusual, el gobierno militar buscaba realimentar la leyenda de López Rega como «brujo», cancelando correlativamente el recuerdo del López Rega político, con el que habían tenido no pocos acuerdos.

En otro sentido puede deducirse que la persecución de López Rega era un modo de legitimar subliminalmente el golpe de Estado de 1976, al mismo tiempo para inducir en el pueblo un sentimiento de culpa: un país «civil» que se deja gobernar por un ser extravagante como López Rega, «obliga» a los militares a intervenir.

Extracto de un libro místico atribuido a José López Rega

En su edición del 25 de marzo de 1984 el diario «La Razón» de Buenos Aires reproduce varios párrafos de un libro de carácter místico, atribuido a José López Rega. En el texto, el mismo López Rega es el protagonista a través de un «alterego»: Cristóbal Ególogos. El original de la narración habría sido puesto en manos del periodista brasileño Humberto Borges por Claudio Ferreira, un conspicuo colaborador del ex ministro de Bienestar Social. El «Jornal do Brasil» —el diario más importante de ese país— lo incluyó así en la primera plana de su suplemento cultural.

El hombre, un mundo desconocido’, título del libro, consta de cinco capítulos, que narran desde su iniciación esotérica hasta un extraño viaje por su propio cuerpo. En el primer capítulo señala que, tras irse a la cama, se encontró pronto realizando un diálogo entre su interior y su exterior. ¿Qué es la verdad?, se cuestiona el segundo capítulo en un monólogo en el que busca ‘una puerta’ para salir de la parte física de su cuerpo por el lugar correcto.

En el tercer capítulo explica López Rega una experiencia de levitación, donde narra su encuentro y unión con Dios. ‘Era como se presenta en la visión espiritual. Ante él no son necesarias palabras ni preguntas, todos los pensamientos tenían explicación inmediata y verdadera’, definió el ex ministro argentino su visión de Dios. Tomé la mano de El Maestro y me vi confundido con él. Dios y yo éramos uno a partir de ese momento’, afirma en su libro.

«En la última parte, López Rega relata un fantástico viaje a su propio cuerpo, que comenzó en una gran caverna y donde había un enorme reptil. Reveló que el reptil era su propia lengua y la caverna su estómago, donde una multitud de seres trabajaban afanosamente. ‘Es así, queridos hermanos, como aquel ser que todo lo puede, viendo nuestra terrible caída en las manos de los vicios y las pasiones, resolvió sacrificarse y hasta morir’,’señala. ‘Y así como él vino para redimir a infinidad, de mundos como el vuestro, mi misión es imitarlo… mi tarea es dé amor y de luz’.

Fuente Consultada: YO FUI TESTIGO  Lamadrid-Halac N° 10.