Tesoro Nazi (I)

Los Tesoros Perdidos de la SS Robo del Nazismo a los Judios

Los Tesoros Perdidos de la SS
La Fortuna de Hitler Robada a los Judíos

Ya se dijo anteriormente cómo el funcionamiento del servicio del campo merecía toda clase de elogios, al menos hasta febrero de 1943, mes en que los objetos pertenecientes a los eslavos (rusos y polacos) partieron hacia la «disolución«.

El hecho de que los trastos viejos fuesen tratados y ordenados individualmente, permitía prever que algún día llegaría la liberación. A partir del otoño de 1943. las cosas cambiaron.

Himmler, el Reichsführer, ordenó la entrega, a las escuelas de las SS y a las colonias de inmigrantes, de varios millares de vestidos de buena calidad procedentes de los arios de Europa occidental. Con esta medida trataba Himmler de reforzar su posición entre los alemanes y sobre todo, entre los hombres de su «imperio personal»: las SS.

La distribución más importante fue llevada a cabo por el Obergruppenführer Lorenz. En febrero de 1944 se habían expedido ya varios vagones de ropa al servicio que dirigía Lorenz: Hauptantt Volksdeutsche Mittelstelle (departamento de los nacionales alemanes, oficina central: VOMI). Se embaló hasta 32 000 trajes completos, cifra en verdad modesta, pero que se explica si se piensa que la organización Lorenz recibía envíos parecidos de otros campos de concentración, sobre todo de los especializados en la liquidación de judíos y de polacos.

Algunos trajes destinados a la Ledertrennerei (comando de curtido) llevaban huellas visibles de balas. Sin embargo, en principio, los Einsatztruppen SS fusilaban a los hombres y mujeres completamente desnudos. Antes de fusilarlos los obligaban a desnudarse y ellos mismos cargaban su ropa en los camiones que las llevarían a la desinfección, dentro de los campos de concentración, pasando toda a disposición del SSObergruppenführer Lorenz. Pero en las aldeas en que la población, sabiendo lo que le esperaba, se negaba a acudir al llamamiento de los dirigentes SS y huía a los bosques cercanos, la tropa disparaba sobre los recalcitrantes: una orden es una orden.

La operación en estos casos resultaba fácil: había que recuperar la ropa de los muertos; se les desnudaba, se recogía la ropa de los cadáveres y a éstos se los enterraba en fosas colectivas. Cantidades enormes de esta ropa vieja, en particular todos los cueros destinados a la «fábrica de calzados», llegan en trenes especiales a la pequeña estación del campo; después son almacenados en las barracas de la Industriehof, la casa de la industria.

Nadie puede tocar allí. Todo debe ser cortado. Restlos! (que no queden restos!). ¿Y por qué? Estos son los campos diamantíferos, las minas de plata y de oro del III Reich. A nadie se le ocurrirá nunca hablar de esto, es tabú, como el crematorio… En dos barracas especiales, pintadas de verde, como todas las demás, trabajan día y noche un millar de prisioneros que comen y duermen en el mismo sitio, la fábrica de calzado. Estos no asisten a las concentraciones, permanecen en el más total aislamiento.

Esta es la famosa Ledertrennerei, comando de trinchamiento de cueros y vestidos, colindante con el crematorio. Es un comando que no existe más que en Sachsenhausen, adonde llegan los «materiales» recuperados en los otros campos. La Effektenkamrner posee un almacén de vestuario contiguo a este comando tan especialmente querido por las SS. Gracias a esta circunstancia se puede ver con bastante frecuencia cómo se desarrolla la cadena sin fin de los transportadores llevando brazadas de vestidos o sacando remolques llenos de zapatos. La descarga de un tren dura uno o dos días. La actividad de este comando de bataneamiento no consiste en recuperar el cuero, sino en cachear sistemáticamente todos estos cargamentos: zapatos, botas, zapatillas de hombres, mujeres y niños; después, bajo el control de los SS, los cortan en tajadas… A menudo suele suceder que, entre las suelas, o en los talones, hay ocultas divisas, joyas y brillantes disimulados por las víctimas una vez que se han enterado de su deportación a otro país.

Los vagones llegan a París, de Compiégne, de Rotterdam, de Bruselas, de Praga, de Varsovia, de Dublín, de Belgrado y de Budapest. A menudo, durante el trayecto los SS desnudan a los «inmigrantes», les quitan los zapatos y les dejan desnudos y descalzos en la nieve. El Kommando Ledertrennerei —esto no es un secreto— es un segundo yacimiento, un verdadero filón de diamantes, pues en los zapatos de aquellos que no son dignos de vivir llegaron a encontrar en más de una ocasión hasta brillantes de la mejor calidad. Así, pues, Sachsenhausen es, poco más o menos, el Transvaal del Reich. El capataz de esta mina de diamantes en Sachsenhausen, el SSHauptsturmführer Kug, para obligar a los obreros a darse prisa en el trabajo, tiene como ayudante a un detenido de derecho común, Rudolf Werth, joyero profesional en Aix-la-Chapelle, ex-tesorero del Partido en su ciudad pero que, por malversaciones, se ganó un año de reclusión, lo cual es bien poco. Para ser perdonado de sus faltas pasadas, trata por todos los medios de infundir ardor en el trabajo a los- prisioneros que despiezan el calzado.

A pesar de las precauciones que se toman en el campo, mediante una estrecha vigilancia, las fugas de prisioneros son numerosas. Un día los SS descubrieron a un grupo de «respetables», los llamados de «derecho común», en posesión de diamantes. El instinto profesional en estos señores había podido más que su entrega al Reich. El cambio producido en estos celosos cumplidores es normal. Ellos han visto próxima su liberación, y el temor a la indigencia ha hecho todo lo demás.

Estos bandidos cambian los diamantes robados por los prisioneros, para quienes este hecho es una recuperación completamente normal, por el pan del que aquéllos le privan: ¡qué no serian capaces de hacer estos pobres hambrientos y enfermos por un pedazo de pan! Un regalo hecho por uno de estos truhanes a su amante hace que los SS descubran una cadena de contrabando que opera en el campo diamantífero, la Ledertrennerei, y en los barracones del mismo. A raíz de esto, instalaron un puesto de aduana: desde aquel día, cada enfermo o repatriado es sometido a un recono— miento de veinticuatro horas. Los «aduaneros» examinan minuciosamente hasta sus evacuaciones para cerciorarse deque «nihil obstat>’. Todas estas «combinaciones», imágenes sin duda de la lucha por la existencia o por los privilegios y relaciones dentro de la estructura social del campo, imponen el conocimiento de su anatomía.

Pero, para comprender este mundo, es preciso también estudiar su geografía. Por lo pronto a Kug le bastaba con la recuperación de un kilo de diamantes por semana; no quiere más. Tampoco impide que Werth, agotado por los esfuerzos que había tenido que hacer para aumentar la producción, y así lograr su libertad, contrajera una tuberculosis que acabó con él en el verano de 1944. Los ingresos medios, sólo en el capítulo de los hallazgos realizados por los comandos del cuero, según los informes de las SS, son diariamente de unos 100.000 marcos. pero hubo jornadas-récord en que el valor del botín sobrepasé el millón de marcos. Cada semana, en este sótano, en esta cueva de Ali Babá, no es difícil ver frascos conteniendo hasta un kilo de piedras preciosas. En otoño de 1944 aún quedaba una montaña de quinientos metros cúbicos de calzados destinados a la destrucción. Oswald Pohl ordenó contarlos: había 904.000 pares; y anunció que para 1945 se recibirían un millón mas.

Era a los hombres en los que tenía más confianza a quienes Himmler confiaba las operaciones de expoliación.«Una expoliación masiva que abarque a todo un país, bien dirigida y acabada, vale por una victoria en el campo de batalla», repetían los SS, citando las palabras de Himmler. Según éste, era el modo de privar a los enemigos del Reich de los medios de efectuar un trabajo de zapa y, al mismo tiempo, de abastecer la tesorería de las SS. El Reichsführer prometía, a los más «valerosos» en estos menesteres, el ascenso inmediato y la Cruz de guerra. Repartido en tantas secciones, oculto en tantos escondrijos, es muy difícil calcular el valor exacto de este tesoro, sus reservas y a dónde iba a parar.

Como en Sachsenhausen estaban almacenados todos los efectos personales de los prisioneros que habían pasado por el campo más los de los deportados de Ravensbrück, los jefes ordenaron que, a partir del otoño de 1944, r tuviesen al día los libros concernientes a la población femenina de este último campo. En febrero de 1945, dos mujeres SS dejaron en el almacén tres cajas llenas de relojes, sortijas y pitilleras, todo ello perteneciente a las mujeres liquidadas en los campos de concentración. ¿Cuáles? Misterio… Según los libros de la central de Lichterfelde, sólo la operación «Reinhard», llevada a cabo en el campo de Lublín, se cifraba en más de cien millones de marcos en febrero de 1943. Este cálculo fue hecho por los servicios de Himmler.

Si los otros cinco campos (Treblinka, Dachau, Buchenwald, Mathausen y Neuengamme) aportaron por lo menos otro tanto, la cifra total representa la nada despreciable cantidad de 750 000 000 de marcos. Por otra parte, si se tiene en cuenta las requisaciones llevadas a cabo en los catorce pequeños campos (oro «recuperado> a los cadáveres, piedras preciosas escondidas en los zapatos, el contenido de las maletas y. baúles), se puede calcular que los campos en cuestión pudieron aportar a la economía de Himmler, como mínimo, la cantidad de mil millones de marcos. Y el doble de esta cantidad, sólo Auschwitz.

Esta cifra de tres mil millones de marcos, deducida del conjunto de bienes pertenecientes a los deportados, no es más que una evaluación modesta si la comparamos con el precio real que los expoliados habrían tenido que pagar para volver a comprar, en una economía normal, mercancías semejantes a aquellas de que habían sido despojados por los servicios SS. En esta suma total de tres mil millones de marcos no se ha incluido, sin embargo, los respetables ingresos procedentes del acopio de diversos metales no ferrosos, chatarrería, cables, tejidos y cantidad ingente de otras materias primas confiscadas en los países ocupados.

Estaba, por tanto, justificada la importancia que Himmler concedía a la recogida de metales: eran necesarios para la industria de guerra. Por el contrario, la orden de almacenar el cabello cortado a hombres y mujeres en los campos de concentración pareció, a todos los detenidos, el colmo de lo grotesco, pese a la explicación que dieron de que estos cabellos, transformados en fieltro, servirían para la industria sombrerera.

Robo a Judio de los Bienes Para la SS en Campos de Concentracion

Robo de Bienes Judíos Para la SS en Campos de Concentración

Son diez los encargados de llevar los libros, de enumerar y de catalogar el oro y las joyas. Los otros compañeros del servicio de la Effektenkammer, el economato, se ocupan del vestuario y de otros objetos recuperados a los prisioneros y deportados: desde lienzos y libros hasta «souvenirs» de la familia, fotos, diplomas… (imagen: Himmler)

En resumen, un prodigioso almacén de trajes nuevos y de ropa interior y de toda clase de trapos. También, ¿cómo no?, tienen a su cuidado los archivos de la documentación perteneciente a cada uno de los prisioneros que tuvieron la desgracia de pasar el enorme portal de Sachsenbausen. El lugar de trabajo se halla al lado de una ventana desde donde se contempla gran parte del campo de reunión de los prisioneros. Basta abrir la puerta para ver la totalidad de esta enorme plaza. Es una especie de ágora: la mayor parte de la jornada transcurre en ella y los acontecimientos más importantes tienen en ella su eco: concentración de los detenidos, castigos a la vista de todos, transporte de muertos, el paseo del domingo por la tarde y los ahorcamientos de la noche.

El Appelplatz, la plaza del llamamiento, es una necrópolis de vivos. De la mañana a la noche se puede ver un grupo de cien a doscientos hombres, en filas de a cinco, dando vueltas a la plaza a paso de marcha. Cargados de sacos, estos desgraciados cantan una y otra vez: «Weit, weit ist der Weg ms fieimatland, so weit, so weit…» («Lejos, muy lejos queda mi país natal, tan lejos, tan lejos…»)

Y siempre la misma canción. A todas horas se oye esta letanía monótona que, cuando pasan cerca de la ventana, parece que se hincha, para ir desvaneciéndose poco a poco, a medida que de alejan. Y así, cada diez minutos. Es el comando de castigo. Si la canción no suena con la fuerza suficiente, los SS lanzan siempre la misma amenaza: «Cantad todos y fuerte, porque, de lo contrario, en vez de cincuenta vueltas a la explanada, daréis sesenta!».

La procesión de los castigados tiene también su utilidad, aunque ustedes crean que no, para la economía de la guerra. El campo es el centro de experimentación del calzado militar, donde se comprueba la resistencia de los cueros alemanes: naturales o sintéticos. Para ello, los desdichados paseantes son obligados a pasarse el día dando vueltas a la plaza de reunión, al tiempo que moldean las botas militares con que se calzarán los soldados de Hitler. Como ya se verá, en el campo también se aprovechan las sustancias orgánicas extraídas de los cadáveres, sustancias que los investigadores utilizan para medir las cualidades biológicas de la raza nórdica.

Se llegó a saber que en el campo de concentración fue constituida una colección de cráneos de diferentes tipos humanos que se enviaban a los institutos y a las escuelas especializadas en cuestiones raciales. Al mismo tiempo que se recupera el oro, se pasa a los libros la relación de las dentaduras postizas. Ya hay almacenadas en un cuarto de la enfermería más de treinta mil coronas, puentes y dientes de porcelana.

De cuando en cuando, los contramaestres cuya dentadura es deficiente pueden escoger la que más les guste de este montón que hay de reserva. Los dentistas del campo no quieren saber nada de terapéutica dentaria, sólo se limitan a extraer las piezas. La falta de vitaminas hace estragos en las encías, pero nadie se preocupa de acudir al médico. Sin dientes, calvo, esquelético, qué más da; lo que de verdad importa es salir, salir de este infierno: es el único pensamiento, la obsesión de cada uno de estos desdichados.

Después de haber trabajado como condenados descargando cemento, al encontrarse en esta barraca propia con un centenar de compañeros, todos ocupados en trabajos de oficina, entre secretarios, contables, mecanógrafos, estos afortunados tienen la impresión de ser empleados de banca. Siendo el campo una simple administración de bienes del Reich, una finca de explotación más confiada a la Organización SS, el derecho sobre la vida y la muerte está en manos del Cuartel General de Himmler, cuyos representantes en los campos son los jefes de laPoütische Abteitung. Ellos controlan las ejecuciones, ordenan los traslados, llevan a cabo los interrogatorios, comunican los objetos de valor que es preciso preparar cuando un alemán debe ser liberado, lo cual es bastante raro.

Antes de verlo con los propios ojos, jamás se hubiera imaginado uno la BItektettammer de Sachseitausen y la Inspección de los Campos como la mayor bolsa de divisas y de oro y que estuviera regentada por elReichsfübrer SS. No vamos a hacer aquí un inventario de los cientos de miles de prendas de vestir y de calzados, de las maletas y cajas llenas de ropa interior procedentes de todas las regiones de Alemania y de países al otro lado de las fronteras del Reich, sobre todo de Polonia y de Rusia, en donde una población de más de doscientos millones de hombres fue condenada al despojo de todo lo que le pertenecía.

Durante la batalla de Moscú, cuando (Goebbels -imagen- lanzó un llamamiento a la población invitándola a entregar a los soldados que estaban en el frente las prendas de lana y abrigos que tuviesen, el depósito de Sachsenhausen vio incrementadas sus existencias con un convoy de treinta vagones de ropa: jerseis, bufandas, calcetines, ropa interior y una ingente cantidad de abrigos y pieles.

Si todas las futuras víctimas de este gangsterismo generalizado respondieron al llamamiento de Goebbels entregando todo su dinero, su oro y sus divisas, así como toda la ropa que tenían en buen estado, fue porque se dejaron llevar por las promesas de los SS, quienes, en el momento de su detención, les aconsejaron, dándoselas de buenas personas: «Como ustedes van a quedar bajo nuestra protección durante largo tiempo, ¿para qué guardar y dejar aquí abandonados vuestros bienes? Entréguennos todo lo que poseen, sin dejar nada; nosotros cuidaremos de ello.»

El procedimiento de confiscación es el mismo en todas partes, en Francia, en Holanda, en Bélgica, en los Balcanes, en Europa Central, en Polonia o en los países bálticos. Las poblaciones «trasladadas» cargaban con sus sacos y maletas para estar seguras de que, en su «nuevo país«, podrían al menos subsistir hasta que la situación cambiara.

Con los polacos y judíos que residen en territorios integrados en el Reich emplean un método distinto. Estos tendrán que ceder su morada a los colonos alemanes, a cuyo poder pasará todo lo que en ella se encuentre, incluídos muebles y hasta la ropa interior. El secuestro es efectuado por el Comisariado de recuperación de la nación alemana (el Reichskommissariat für dic Festigung des deutschen Volkstums, R.K.F.D.V.), cuyo jefe es Himmler. Sus directrices precisan: cada polaco puede llevar consigo una maleta, un traje completo y una manta. No podrá llevar acciones, ni divisas, ni cuenta bancaria ni objetos de valor (oro, platino, etc., a excepción de la alianza). Es, sin embargo, tolerado que los «trasladados», recuperen en sus compañeros los objetos de primera necesidad que puedan hacerles falta. En cuanto a los «transferidos», de Hungría, éstos deben llevárselo todo consigo a fin de evitar el pillaje de sus bienes a manos de sus compatriotas que se quedan.

Esta avalancha de oro, de divisas y de ropa de buena calidad era una crecida constante del río opulento de las SS. La industria ya no tenía necesidad de trabajar para atender a sus necesidades: así podía dedicarse exclusivamente a la fabricación de uniformes y de armamento. En principio, todo lo que entra en Sachsenhausen: ropa, maletas y su contenido, es rigurosamente contabilizado. Después, una vez hecho el inventario de todo ello, lo toma a su cargo la Administración de los Bienes de los Deportados. Como se ve, todo impecablemente organizado.

El almacenaje y control del calzado y vestuario es cosa de otros: los prisioneros encargados del almacén. Lo hacen metiendo cada lote individual en un saco de papel (con frecuencia queda demasiado justo, porque es prodigioso ver lo que un refugiado, posiblemente apremiado por el tiempo y por las amenazas de los SS, puede meter en una simple maleta).

Secretos del Tesoro del 3° Reich El Oro Robado a Prisioneros

Sectetos del Tesoro del 3° Reich

Nuestra agrupación (comentario de  un prisionero del campo) es solicitada a menudo por las SS para ayudarles en la ordenación y selección de los informes que frecuentemente hay que enviar al Reichsfülirer.

En los primeros días de noviembre de 1944 se reúne en un informe global los inventarios de los tres primeros trimetres del año; las existencias en el almacén eran las siguientes: 65.000 relojes de bolsillo, 110.000 relojes de pulsera, 60.000 plumas estilográficas y lapiceros, 800 despertadores, millares de tijeras, instrumental quirúrgico requisado en casa de médicos pertenecientes a la resistencia o judíos, máquinas de afeitar eléctricas, etc.

De 1941 hasta finales de 1944, la lihrmacherkommando entregó diariamente al Cuartel General de Himmler unos 180 relojes ya reparados, es decir, alrededor de 60 000 relojes por año, que en cuatro años son 240.000. En una carta de Oswald Pohl constaba que, a finales de 1944, las reservas de la Inspección eran todavía de 150.000 relojes. Si se toma como base la apreciación de Winkels, según la cual sólo el veinte por ciento de los relojes tomados a los deportados son defectuosos, se calcula que el número de relojes en buen estado sería cuatro veces mayor.

Pero a finales de 1944 dispondrá Himmler de 112.000 relojes más no reparados y hasta el final de la guerra se recuperaron otros tantos. Además, si los hombres de Himmler (imagen) arrebataron a las víctimas 1.600.000 relojes aproximadamente, los 52.000 de Sachsenhausen no representan más que el cinco por ciento del botín total de relojes.

Y si esta misma proporción se aplica a otros objetos, resulta que el tesoro de Himmler recuperado sobre los 18 millones de personas que pasaron por las prisiones y campos de concentración alemanes estaría constituido por: — 1.200.000 sortijas y alianzas; — 600.000 estilográficas; — 110.000 gafas de calidad; — 12.000 máquinas fotográficas y máquinas de escribir; — 140 000 alhajas, joyeros, pitilleras…

Es muy difícil calcular la cifra exacta de las divisas tomadas a los deportados, pero, sabiendo que sólo en Sachsenhausen se reunieron 140 millones de marcos y considerando que Sachsenhausen no representa más que el chaco por ciento del total recuperado, se deduce que los servicios de Himmler recogieron un botín valorado en2.800 millones de marcos. Hay que tener en cuenta, además, que el «self-service» de las SS no está incluido en esta cifra, es decir, los fraudes cometidos, que no figuran en los registros y que elevarían la suma a más de tres mil millones de marcos.

Los casos de malversación y de corrupción no son raros, hasta el punto de que, al final de la guerra, serán muchos los SS que pasarán por las armas, por orden de Himmler, para dejar bien en claro que cualquiera que obrase contra la moral, aunque fuera un miembro de las SS, sería abatido sin piedad. Esta era, ni más ni menos, la buena manera de librarse de los SS demasiado curiosos o demasiado bien informados.

Pero ¿qué hacen los SS con todos los objetos <secuestrados»? Las alianzas son fundidas y convertidas en lingotes. No es que se llegara a ver la operación, pero sí los resultados, los lingotes. Los brillantes son enviados, a través de un servicio especial de Himmler, a los talleres secretos como materia de primera importancia estratégica, para los aparatos de precisión; otros son depositados en casas de anticuarios para ser vendidos y otros irán a parar a las cajas fuertes del Banco del Estado, por común acuerdo entre Himmler y Funck, ministro de Finanzas. De las antiguas listas que tenía Winkels en su poder, resulta que la <mercancía» confiscada a los judíos está considerada comoDiebesgut (bienes arrebatados a los ladrones).

Oswald Pohl propone a Himmler enviarle:

a) Para cada división que esté en combate, 500 relojes; para el primero de octubre de 1943 le promete otros 500. La Leibstandarte (guardia de Hitler) y la División Das Reich han recibido ya 500 relojes cada una.

b) A las tripulaciones de los submarinos, 3000 relojes, cantidad que repite el día primero de octubre de 1943.

c) A los guardianes de los comandos exteriores de los campos les promete también 200 de estos relojes.

Con respecto a las plumas estilográficas, está previsto el envío de 300 a cada división y 2000 para las tripulaciones de submarinos. Algunos objetos de culto israelita, como los candelabros de siete brazos, fueron enviados al «museo de la Judería», instalado en Praga, en una sinagoga. Los emblemas masónicos fueron reservados a un «museo de la «Francmasonería» que se proyectaba crear en París. Tales emblemas habían sido presentados durante la guerra en una exposición ambulante; el mismo Himmler había seleccionado las piezas.

Gran interés demostraron también el Reichsführer y Goering por las tapicerías, los cuadros, los violines toma a los deportados y a los desaparecidos para que embellecieran los castillos y las casas de campo de los nuevos señores, ya que no sólo Goering es amante de estas cosas, pues todos los altos dignatarios de las SS se han beneficiado con residencias principescas ricamente amuebladas.