V. Tereshkova

Biografía de Valentina Teréshkova Primera Mujer en Viajar Al Espacio

Resumen Biografía Valentina Teréshkova
Primera Mujer en Viajar Al Espacio

Hija de campesinos y más tarde humilde trabajadora de un complejo textil de la ciudad rusa de Yaroslavl, Valentina Teréshkova estaba sin embargo señalada para otros destinos. Su afición por el paracaidismo fue el paso inicial en su camino hacia el cosmos, porque el 16 de junio de 1962 se convirtió en la primera mujer que viajara en el espacio exterior, concretando una hazaña que le valió el reconocimiento mundial como una pionera de la era espacial.

Vladimir y Elena Teréshkov festejaban el nacimiento de Valentina, su segunda hija, en una pequeña granja colectiva no muy lejos de la antigua ciudad rusa de Yaroslavl, a orillas del Volga, a unos 300 kilómetros al nordeste de Moscú.

Corría el año 1937 y los felices padres no podían suponer que la pequeña Válechka llegaría a ser la primera mujer que paseara por el cosmos. En realidad, jamás les había pasado por la cabeza la posibilidad de que alguien llegara a hacerlo. Los problemas de los Teréshkov estaban bien ligados a la Tierra, y su principal preocupación por entonces era realizar lo mejor posible la pequeña parte que les correspondía en el cumplimiento del ambicioso tercer plan quinquenal del gobierno soviético.

Vladimir era un hombre alegre, trabajador y expansivo, y para él pocos ingenios podían superar a esa moderna y productiva máquina de la que estaba tan orgulloso: el sufrido tractor que manejaba en el koljós. Cuatro años más tarde, Hitler había de invadir la Unión Soviética y Vladimir Teréshkov moriría en el frente de batalla. Valentina casi no lo recuerda, pero ella y sus hermanos tuvieron en la madre a una mujer abnegada que hizo cuanto pudo por sus tres hijos.

En el año 1945 los Teréshkov se mudaron a Yaroslavl y se instalaron en casa de unos parientes. Elena comenzó a trabajar en una fábrica de tejidos mientras las dos hijas, Ludmila (la mayor) y Valentina, asistían a la escuela, y el menor, Vladimir, a un jardín de infantes. Cuando Valentina terminó el séptimo grado, decidió que comenzaría a trabajar y seguiría estudiando por la noche. Entró como obrera en una fábrica de neumáticos y más tarde se incorporó al gran complejo textil de Yaroslavl.

En esos años tenía dos pasiones: el esquí y la lectura. Cuando no se deslizaba sobre la nieve, eran las discusiones en el bosque alrededor de una fogata, en el otoño, o excursiones veraniegas a las playas del Volga, siempre acompañada fielmente por los libros. Al terminar el décimo grado, comenzó a estudiar por correspondencia en una escuela técnica.

Por esa época se fue aficionando a otro deporte que sería el primer paso en su rápido camino al espacio cósmico. En un principio, todo se limitó a escapadas furtivas, a primera hora de la mañana, hasta la puerta de calle. Un avión sobrevolaba regularmente su casa y de él se arrojaban paracaidistas. «¡Esos sí que son valientes!», comentaba luego a su madre y a su hermana, al dirigirse a la fábrica. Pronto comenzó a saltar en paracaídas.

Cuando el 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin fue el primer hombre en recorrer el espacio extra-terrestre, Valentina integraba la Liga Juvenil Comunista y seguía trabajando en la fábrica. Todavía no se habían apagado en Yaroslavl los ecos del júbilo despertado por la hazaña del primer astronauta, cuando una persona llegada de Moscú conversó largo rato con Valentina y otras integrantes del club de paracaidismo que habían solicitado ingresar en la Escuela de Cosmonáutica. Poco después Valentina partía para la capital.

Allí inició una etapa de intensos estudios y entrenamientos hasta que en mayo de 1962 fue incorporada al equipo de cosmonautas. El propio coronel Gagarin, comandante del Destacamento de Astronautas, fue uno de sus maestros. Valentina debió aprobar cursos teóricos sobre técnica coheteril y pilotaje de cápsulas espaciales, además de someterse a arduas pruebas en la pista rodante, el rotor, la centrífuga, la cámara sorda y otras. Finalmente, le tocó a Valentina destruir el mito de que los cosmonautas debían ser seleccionados entre los pilotos de pruebas militares.

Sin embargo, no todos fueron estudios, entrenamiento y trabajo. Valentina dedicó todo el año 1962 a prepararse para el vuelo, pero los domingos iba a Moscú, donde frecuentaba el teatro Bolshói y las salas de concierto. Pronto se hizo admiradora de Chaikovsky y Beethoven, al tiempo que el prestigioso pianista soviético Emil Guílels y el talentoso joven norteamericano Van Cliburn pasaron a ser sus intérpretes preferidos.

VALENTINA SE CONVIERTE EN «GAVIOTA»

El 15 de junio de 1963 Valentina Teréshkova, vestida con un traje sastre azul y zapatos blancos, está sentada junto a sus compañeros, a los técnicos de la base y a los periodistas soviéticos, en un amplio salón de reuniones del cosmodromo de Baikonur.

En un estrado se encuentran los integrantes de la comisión oficial encargada de decidir los lanzamientos. El presidente de la comisión llama a Valentina y le dice ¡»Ciudadana Teréshkova, ha sido usted designada para comandar la nave espacial Vostok VI. La fecha de partida está fijada para mañana, domingo 16 de junio de 1963″. Valentina, visiblemente emocionada pero con la calma propia de todo astronauta, agradece la designación, que considera un honor, y declara sentirse feliz y orgullosa. La sala estalla en aplausos. Valeri Bikovski, el astronauta que más órbitas (81) realizó sin acompañante, ya se encontraba en el espacio desde el 14 de junio tripulando la nave espacial Vostok V, y esperaba el lanzamiento de su colega, que conmocionaría al mundo.

Aquel domingo Valentina se levantó con el sol. Su gorro blanco lucía a la izquierda una paloma bordada sobre un fondo dorado de rayos solares. «Estoy lista para el vuelo», anuncia a los jefes de la operación. Le regalan flores: nunca antes un hombre había obsequiado flores a una mujer que partía a las estrellas. La joven astronauta ya está en la cabina, donde escucha la voz familiar de Gagarin: «Cinco minutos para preparativos». Y Valentina informa: «Ajusté mi casco, me puse los guantes».

A las 11.30, hora de Moscú, se inicia la fase final, la cuenta regresiva. La intrépida cosmonauta tiene ante sí una carpeta con tapas blancas y unas iniciales en grandes caracteres cirílicos: CCCP (es decir, SSSR, iniciales del nombre en ruso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas); es su libro de navegación. Solo falta esperar que termine la cuenta regresiva. Valentina observa cómo la aguja del segundero recorre una, otra y otra vez la esfera del cronómetro. «Comenzar el despegue -ordena el puesto de mando-. ¡Despegue!»

Por obra y gracia del código de vuelo, Valentina se convierte desde ese instante en «Gaviota». Bikovski ya es «Halcón», y Gagarin, a cargo de los contactos radiales Tierra-Vostok, «Amanecer».

-Aquí Amanecer. ¿Me oye, Gaviota? Su vuelo se desarrolla normalmente, los cohetes funcionan a la perfección.
-Aquí Gaviota, aquí Gaviota. Estoy bien, me siento muy bien. Soporto la aceleración normalmente.

E sel primer diálogo entre una mujer lanzada al espacio y un hombre. Cuando Valentina fue a reunirse con él, Bikovski estaba en su 32a vuelta alrededor de la Tierra. Se comunicaron por radio en seguida pero la emoción les hacía olvidar sus nombres de código: «Valerik -dijo Teréshkúva-, voy a cantar, para que no te aburras, nuestra canción preferida: la de los cosmonautas.»

TRES DÍAS Y DOS MILLONES DE KILÓMETROS

El vuelo de la Vostok VI estaba planeado inicialmente para durar 24 horas. Poco antes de ese plazo se consultó con.Teréshkova sobre su estado físico. Al responder la astronauta que se encontraba perfectamente bien, la experiencia se prolongó dos días más. El miércoles 19 de junio a las 11 de la mañana «Amanecer» habló con «Gaviota»: «Válechka, pronto iniciarás tu descenso. Ya te adjudicaste una serie de triunfos y tu padre estaría orgulloso de ti si viviera». No hubo respuesta: Valentina quizás lloraba.

Aterrizó a las 11.20. La ciudad de Kamen del Obi, en Siberia occidental, se insinuaba al norte. Valentina Teréshkova había recorrido dos millones de kilómetros (más de cinco veces la distancia que separa la Tierra de la Luna), en 70 horas y 50 minutos, a una velocidad media de 28 mil kilómetros por hora, durante sus 48 vueltas alrededor de la Tierra.

Después vinieron los agasajos en la Plaza Roja de Moscú y en muchas Otras capitales del mundo, y su casamiento, en el otoño de 1963, con un compañero de trabajo, el astronauta Andrián Nikoláiev, que había tripulado durante 94 horas y 35 minutos la Vostok III en agosto de 1962. Al año siguiente nació su hija Elena, en las cercanías de Moscú.

Además de haber sido la primera astronauta del mundo, Valentina Teréshkova es diputada al Soviet Supremo de la URSS y presidenta del Comité de Mujeres Soviéticas. La primera mujer que vio la Tierra desde el espacio cósmico expresó así su emoción: «Me siento muy feliz. Veo el horizonte. Un celeste pálido con estrías azules. Es la Tierra. ¡Cuan bella es!»

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder

Biografia Sor Juana de la Cruz Resumen de Su Vida y Obra Literaria

Biografía Sor Juana de la Cruz – Vida y Obra Literaria

Biografía de Sor Juana Inés de la Cruz
Dotada de una inteligencia que le valió en el siglo XVII la admiración de la corte virreinal de México y le abrió perspectivas de una exitosa vida mundana, Juana Inés Asbaje eligió en cambio retirarse a un convento.

Allí, absorbida por los estudios y la creación literaria, llevó una existencia callada y dejó una obra notable, cuyas normas rigieron la poesía de su tiempo.

Fue La figura más importante de la poesía, y al mismo tiempo de tode la literatura hispanoamericana del siglo XVII, fue una monja, calificada como la «décima musa».

Representa típicamente al movimiento barroco en literatura, por su estilo gongorista, imperante en esa época en España y en Hispanoamérica.

 Su espíritu curioso la impulsó al estudio de las ciencias, y pretendió ingresar con ropas de varón en la Universidad para continuar sus estudios. Al oponerse sus padres a esta pretensión, se dio a leer los libros de la biblioteca de su abuelo.

Enterado el virrey de México de la precocidad de la niña, la incorporó a la corte, como dama de honor. Allí vivió mimada y festejada.

En cierta oportunidad deslumhró a más de cincuenta catedráticos de la universidad, teólogos y hombres de letras, que integraron un tribunal para someterla a un examen académico.

BIOGRAFIA DE JUANA INES DE LA CRUZ

La vida de sor Juana Inés de la Cruz —llamada por sus admiradores la Décima Musano fue rica en anécdotas espectaculares ni hechos detonantes.

Su aguda inteligencia y acertado sentido común le señalaron tempranamente las dificultades que en esa época cerraban el paso a las mujeres que pretendían apartarse de los estrechos límites impuestos por las normas sociales entonces vigentes.

Optó prudentemente por el estado religioso y la más absoluta discreción, como pautas de vida, a tal grado que sus más íntimos anhelos quedan hoy escondidos detrás de los hermetismos barrocos de su estilo literario, y resulta imposible determinar hasta qué punto sus poesías líricas hablan de dolores sinceros o son la esgrima conceptual de la que se valía para tratar temas muy de moda en su tiempo.

El padre de Juana Inés, Pedro Manuel Asbaje, era un vasco que llegó en 1625 a la villa de Yecapixtla, en el sur del virreinato de la Nueva España, donde casó con Isabel Ramírez de Santillana, y ambos se trasladaron a la Alquería de San Miguel de Nepantla.

Allí nació en 1651 Juana Inés de Asbaje, y al poco tiempo sus padres se trasladaron con ella a Amecameca, pequeña ciudad que tenía catedral y -detalle importante- escuela.

La misma Juana Inés, en su autobiográfica Carta a sor Pilotea recuerda su primer contacto con la enseñanza: cuando tenía solo tres años acompañó cierto día a una hermana mayor que debía tomar lección; la pequeña Juana no vaciló en decir a la maestra que la madre quería que se le diese lección también a ella.

La instructora le dio, medio en broma, medio en serio, la lección solicitada, y al cabo de unos días la maestra comprobó con asombro que la niña aprendía a leer en brevísimo tiempo y a escondidas de sus padres, «creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden (…)»

De los pocos libros a su alcance no quedó una sola página que no leyese la niña; eran -no podían dejar de serlo en Amecameca- libros religiosos edificantes, la mayoría escritos en verso, de modo que la niña fue creciendo convencida de que la forma natural de expresión escrita era el verso y no la prosa.

A los ocho años descubre unos libros de su abuelo escritos en latín y se entera de que es posible estudiar esa lengua en la Universidad fundada un siglo antes en la ciudad de México.

Comienza entonces a asediar a sus padres para que la envíen allá, y como estos no logran disuadirla, aducen una objeción que les parece decisiva: la Universidad no admite mujeres.

Juana no se arredra y les pide permiso para asistir a la Universidad disfrazada de hombre.

Los padres accedieron a ruegos tan insistentes y permitieron que prosiguiera su educación en la capital, donde tomaría lecciones particulares de latín.

Su padre la encomendó al cuidado de una caravana que se dirigía a la ciudad de México, donde la pequeña Juana fue acogida por unos parientes lejanos.

Nació en la alquería de San Miguel de Nepantla (1651), y su nombre familiar fue Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana. De belleza singular y una inteligencia superior, leía y escribía a los tres años de edad, y luego aprendió el latín de veinte lecciones. A los ocho años compuso una loa poética al Santísimo Sacramento.

EXAMEN EN LA CORTE
No quedan muchas huellas de sus primeros años en la capital. Un documento certifica que tomó veinte lecciones de latín con el bachiller Martín de Oliva.

El resto de su erudición -que poco después causaría asombro— lo adquirió por sus propios medios, con disciplina de autodidacta y recurriendo a curiosos métodos.

Para controlar sus progresos en el estudio se valía de un originalísimo «reloj»: cuando, ya adolescente, tuvo edad de complacerse con su figura, se cortaba los cabellos cuatro o seis dedos por encima de lo normal y se proponía estudiar un tema mientras su cabellera creciera hasta tener otra vez aspecto presentable; pues «no parecía razón que estuviese vestida de cabellos, cabeza que estaba tan desnuda de noticias».

El recurso debió ser muy eficaz, y la fama de su saber voló de boca en boca hasta interesar al mismo virrey, Antonio de Toledo, funcionario progresista y protector de las artes.

La corte virreinal brillaba por méritos propios, y la joven Juana Inés fue incorporada a ella a los catorce años, bajo la protección de la virreina, doña Leonor.

No tardó la muchacha en conquistar la admiración general por su donaire, su discreción y, sobre todo, por su saber.

En poco tiempo se formó un círculo de admiradores que hicieron de ella el ídolo mundano de la ciudad.

Manuscritas en páginas que circulaban de mano en mano aparecieron sus primeras poesías: sonetos, odas, poemas de circunstancias.

Tanto éxito despertó el resquemor y la envidia de muchos personajes, hasta que la discusión sobre si era genuina o fingida la ciencia de Juana hizo que la Universidad tomara cartas en el asunto y organizara un examen en el que la joven debía responder a las preguntas de un tribunal integrado por más de cuarenta sabios versados en distintas materias.

La prueba se efectuó en presencia de toda la corte, y la examinanda respondió con aplomo y amplitud impresionantes.

Tal fue su único e insólito contacto con la soñada Universidad.

«LOS DOLORES QUE PADEZCO»
Antes de esta prueba, Juana Inés había ingresado en un convento de Teresas, pero un tropiezo de salud la devolvió al mundo después de tres meses de reclusión. Un año después, el 24 de febrero de 1669, a los dieciocho años, tomó definitivamente los hábitos en el convento de las Jerónimas, con el nombre de sor Juana Inés de la Cruz.

No dejaron de fabularse historias alrededor de su vocación religiosa. Según su propia versión: «Éntreme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado muchas cosas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado que podía elegir en materia de seguridad que deseaba mi salvación, a cuyo primer respeto (…) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinentillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio (…)»

Su conducta, no obstante, fue ejemplar: cumplió con todas las obligaciones de su estado religioso y dedicó el resto de su tiempo al estudio, acompañada por los cuatro mil volúmenes que se llevó al convento, además de sus mapas, globos terráqueos y aparatos científicos.

La liberalidad de su regla monástica le facilitó el quehacer intelectual, pero no faltaron algunos inconvenientes. Una de sus superioras le prohibió el estudio, convencida de que estaba vedado por la Inquisición: «Yo la obedecí (…) y aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió (…)». La prohibición duró tres meses, y los buenos oficios de las autoridades allanaron todos los inconvenientes pues la sabia monja era visitada y consultada por los estudiosos y literatos de su tiempo, y hasta por los virreyes. Pero un dolor insaciable, del que se queja con palabras amargas, la mortifica en el convento, donde sus días solitarios carecen «no solo de maestro, sino de condiscípulos con quienes conferir y ejercitar lo estudiado, teniendo solo por maestro un libro mudo,, por condiscípulo un tintero insensible (…)».

Al final de su vida un cambio radical se produjo en su forma de ser. En 1693 vendió todos sus libros e instrumental, y destinó la recaudación al auxilio de los pobres, conservando solo algunos cilicios y disciplinas y tres devocionarios. Al poco tiempo su superiora la reprendió por llevar los ejercicios de penitencia a límites que bordeaban el suicidio. En 1695 la peste asoló el convento y sor Juana se empeñó en la atención de las enfermas hasta caer ella, víctima del mal el 17 de abril.

Su obra literaria revela una inteligencia penetrante que nunca olvida su condición femenina. No faltan en ella sugerencias llenas de sensatez sobre la educación de las mujeres, la conducta de los hombres para con estas (como en las conocidas redondillas: «Hombres necios que acusáis…») y sobre la angustiante situación espiritual de su sexo. Quizá su ambiente fue un yugo que la asfixiaba, pero nunca se quejó abiertamente: «Bien ha visto, quien penetra/lo interior de mis secretos, / que yo misma estoy formando / los dolores que padezco».

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder

Biografia de Madame Satel Resumen de su Vida

Biografía de Madame Satel
Resumen de su Vida

Resumen Biografia de Madame de Stael
Célebre por las tertulias realizadas en su salón parisiense y por sus escritos, que la convirtieran en favorita del público europeo, Mme. de Stael fue una de las figuras más brillantes del Imperio Francés, y a pesar de su abierta enemistad con Napoleón Bonaparte -que le valió el destierro- supo manejar con habilidad los hilos de la política de su país.

En una época en que el prestigio social y la influencia que podía alcanzar una mujer dependían de su relación con algún gran hombre, la figura de Madame de Stael es una de las pocas que han pasado a la historia por sus propios méritos.

Autora de novelas, ensayos y artículos políticos, fue para muchos de sus contemporáneos —entre ellos Napoleón- persona incansable que desde su salón parisiense movía los hilos rectores de Francia.

Aunque algunos la consideraban una intrigante y otros una iluminada, nadie dudaba de que fuese una de las personalidades más vigorosas e interesantes de los años de la Revolución y del Imperio.

Al nacer, en 1766, Madame de Staél era sencillamente Germaine Necker, la hija de un acaudalado banquero suizo que residía en- París y a quien los propios reyes solían pedir consejo. Entre tanto, su madre recibía en su hogar a los personajes más importantes del reino y permitía a su hija asistir a esas veladas.

El salón de los Necker era frecuentado por muchos reformistas y se lo consideraba un foco de ideas avanzadas. Sin embargo, al cumplir Germaine los veinte años, sus padres decidieron casarla con un buen partido, según la usanza de la época. Pusieron los ojos en el barón Staél Holstein, embajador sueco en París y 17 años mayor que ella.

En las negociaciones matrimoniales intervinieron hasta los reyes de Francia y de Suecia, pues la novia aportaba una dote considerable a un marido extranjero y ello tenía implicaciones políticas y económicas.

Germaine no amaba al barón, pero sí la libertad de que gozó como baronesa y pronto madre de dos niños, que puso al cuidado de un aya, para dedicarse a la vida social. Fue recibida en Versalles, donde deslumbró a la Corte con el brillo de su conversación; pero había también una reina, María Antonieta, que se reservaba el papel protagonice.

Mme. de Staél se instaló en París en la rué de Bac, donde abrió un salón que llegaría a ser célebre. En sus tertulias discutían a fondo todos los temas de la época, especialmente política y filosofía; solo estaban prohibidos los lugares comunes y la falta de talento.

En 1788 Luis XVI nombró a Necker ministro de finanzas, designación que fue bien acogida por el pueblo, cuyos aplausos halagaron asimismo a la hija del ministro. Pero el ministro fue despedido poco después, cuando ya la Revolución era inminente.

LAS INTRIGAS POLÍTICAS
Madame de Stael y su salón tenían muchos enemigos: por todo París circulaban epigramas que la tildaban de intrigante y la acusaban de llevar una vida disipada. Después de 1789 la popularidad de su padre le evitó muchas dificultades, e inclusive la salvó de la guillotina.

Ella se había convertido en una ardiente constitucionalista, que deseaba para Francia una monarquía como la inglesa, pero se avecinaba el Terror y tales ideas no tenían muy buena acogida: pronto rodaron las cabezas de Luis XVI y -poco después- de María Antonieta.

Germaine, que había intentado en vano salvar la vida de la reina, consiguió que fuese nombrado ministro Narbonne, su amante. A través de él pudo influir sobre el gobierno, aunque no por mucho tiempo: Narbonne cayó y Mme. de Stael, se retiró prudentemente a un cómodo y apacible refugio suizo, donde conoció a quien habría de ser el gran amor de su vida, Benjamin Constant.

Esa mujer bella y deslumbradora, de férrea voluntad y excepcional inteligencia, quedó fascinada por ese joven de largos bucles dorados, alto y espigado, que sumaba a su talento un pasado de bohemia.

Constant se sintió halagado por la pasión que había inspirado en esa especie de musa europea, pero los dos soles no tardaron en competir entre sí en las reuniones hasta llegar a atormentarse. Las escenas terribles y los amores tempestuosos jalonaron sus relaciones durante largos años.

Hacia 1794 Germaine se entusiasma con las ideas republicanas y sueña, para Francia, con un gobierno como el de los flamantes E U A. Al año siguiente regresa a París para imponer sus ideas. Reabre su salón para promoverlas, pero el severo Comité de Salud Pública la miró con suspicacia y le «sugirió» que se retirara nuevamente a Coppet (Suiza). Así lo hizo, pero para consolarse publicó algunas novelas, una Epístola de la desgracia y Zulma.

Escribía en el exilio como si ello fuera una expiación de la vida y de la política. Eso le permitía desentenderse de sus problemas cotidianos. En 1796 apareció De las pasiones con éxito clamoroso.

El exilio no se prolongó mucho: en 1797, gracias a sus relaciones y contactos, consiguió volver a París. Reabrió una vez más su salón, donde nuevamente se urdieron complicadas intrigas y se discutieron los proyectos más audaces. Poco después del fallecimiento de su marido (1798) de quien estaba separada, se presentó en su casa un general que venía de triunfar en Italia: Napoleón Bonaparte.

Aunque el militar corso la fascinó aún más que Constant, Napoleón no cayó bajo su influjo. Ambos se observaron, se estudiaron y finalmente decidieron enfrentarse. El futuro emperador despertaba en ella una mezcla de miedo, admiración y respeto. Cuando fue nombrado primer cónsul, evidenció su desconfianza por Germaine y su salón. Sin embargo, ella no hesitó en publicar De la literatura, interesante combinación de coquetería hacia la persona del cónsul y alusiones satíricas a su gobierno. Napoleón disimuló apenas su cólera y finalmente prohibió las reuniones en casa de la autora, cuyo destierro ordenó.

UN EXILIO APASIONADO
Germaine volvió a Coppet y siguió escribiendo. Así publicó Delfina, novela en que, según sus propios términos, lo dijo todo. Pero también comenzó a viajar: si en Francia Napoleón le cerraba las puertas, otras cortes la recibirían con los brazos abiertos.
Viajó primero a Weimar donde deslumbró con su talento y vitalidad incluso al gran poeta Schiller, que al despedirla exclamó: «Me parece que salgo de una fiebre». Pasó luego a Italia, donde acopió nuevas imágenes y vivencias que volcó en su novela más importante, Carina, que la consagró ante el público europeo.

Coppet se convirtió en la meca de cuanto poeta o artista visitaba Suiza. Constant siguió un tiempo a su vera haciéndole una corte discreta, pero terminó por casarse con otra mujer: daba así a su relación con Germaine el picante sabor del adulterio.

Germaine, imitando a Benjamín, aprovechó una corta ausencia de este para casarse en secreto con Alberto de Rocca, un joven oficial de veintitrés años. Alberto devolvía la ilusión de la juventud, aunque a veces, por la noche, la indomable mujer debía apelar a las drogas para poder conciliar el sueño y dominar el miedo: desde la publicación de su libro Alemania, temía que Napoleón no se conformara con haberla desterrado y ordenase matarla. Pero la vida le deparó otra sorpresa: el nacimiento de un tercer hijo al que hubo de abandonar poco después para no ser apresada por agentes de Napoleón.

EL REGRESO Y LA MUERTE
Recorrió entonces Europa buscando en vano la paz, pero anhelaba volver a París, aunque presentía que ni la reapertura de su salón podría devolverle los ánimos.

La caída de Napoleón alivió sus temores pero ya era tarde: el regreso a París no le devolvió la felicidad. Abrió su casa en la rué Royale como en los buenos tiempos y pasó algunos meses brillantes, pero sus hijos la veían decaer, y una noche la sorprendió la parálisis en pleno baile.

Siguió recibiendo, tendida en su lecho, hasta que en la noche del 13 de julio de 1817, después de que la visitara Chateaubriand, se durmió con un ejemplar de Carina entre las manos, para ya nunca despertar. Sus hijos, casi religiosamente, cerraron ese salón en el que había reinado y al que había entregado sus últimas fuerzas.

Fuente Consultada: Vida y Pasión de Grandes Mujeres – Las Reinas – Elsa Felder