Vaticano II

Enciclica Pacem In Terris Doctrina Social de la Iglesia Papa Juan XXIII

Encíclica de Juan XXIII: «Pacem in terris» Doctrina Social de la Iglesia

Apenas iniciado el concilio, en aquel mismo octubre, se registró la «crisis del Caribe», con la Cuba de Castro en juego y Washington y Moscú mirándose desafiantes y llevando «sus manos a sus espadas. A sus espadas nucleares.

Durante unos días muy tensos, el mundo se mantuvo expectante y angustiado, olvidado del concilio y preguntándose si iba a romperse el «equilibrio del terror» y sobrevenir una catástrofe tal vez definitiva para la especie humana. Como en anteriores ocasiones, Juan XXIII, que había dicho repetidamente que «no tenía más armas que la paz y el Evangelio», levantó su voz pidiendo reflexión y cordura a los gobernantes.

Se reflexionó y los gobernantes, aunque nerviosos y muy alterados, se mostraron cuerdos. Pasó la crisis y hubo un suspiro de alivio en el mundo. Y todos los pueblos tuvieron una mejor comprensión de la terrible amenaza bajo la que vivían en la era nuclear.

Muchos llamaban ya al bondadoso anciano que ocupaba el solio pontificio el «papa de la paz». En marzo de 1963 se decidió que el Premio Balzan de la Paz correspondía por pleno derecho a Juan XXIII. Nemine discrepante. Hasta Moscú expresó su calurosa aprobación. Aquel mismo mes, Juan XXIII concedió una audiencia privada aAlexis Adjubei, director de «Izvestia» —el órgano del gobierno soviético—, y a su esposa Rada, hija de Khruschev.

No faltaron quienes torcieron el gesto ante estos «coqueteos» entre el Vaticano y el «comunismo ateo» . Sin embargo, ya en enero de 1958, el canciller soviético Andrei Gromyko había señalado la posibilidad de una colaboración entre la Iglesia católica y el mundo comunista para el mantenimiento de la paz. Era una colaboración que no impedía otras con el mismo fin, y Juan XXIII ya se había acreditado como un hombre que sabía «mirar sin desafío, recibir sin temor y conversar sin comprometerse».

Al mes siguiente, exactamente el 11 de abril de 1963, día del Jueves Santo, Juan XXIII, con sus 81 años de edad y el quinto de su pontificado, dio a conocer su encíclica Pacem in terris, «la paz en la tierra», según el significado de las primeras palabras del documento. Es así como, de acuerdo con la costumbre, se conocen las encíclicas, ¿Qué es la Pacem in terris?.

Si la Mater et magistra es una adaptación de la «doctrina social de la Iglesia» a los tiempos modernos, la Pacem in terris es una exposición de la doctrina política, económica y social de 3a Iglesia frente a las tan complejas circunstancias y los tan graves problemas del mundo actual, de un mundo en cada vez mas rápida y revolucionaria transformación. Y también una apasionada invitación a la paz, «profunda aspiración de los hombres de todos los tiempos».

Ya no se dirige únicamente a los fieles, sino también a «todos los hombres de buena voluntad». Siempre desde un punto de vista estrictamente católico, muy distinto, como es natural, de otros, se refiere al «orden en el universo» y trata de los derechos y deberes de los seres humanos, de las «relaciones entre los hombres y los poderes públicos en el seno de las distintas comunidades políticas», de las relaciones entre estas comunidades y de las «relaciones entre los individuos, la familia, las asociaciones y las comunidades políticas, por una parte, y la comunidad mundial, por otra». Para terminar formulando una serie de «recomendaciones pastorales».

Es, pues, amplísimo el campo abarcado por esta encíclica, conforme a criterios que lógicamente plantean tanto coincidencias como discrepancias. Pero lo que desde el principio llamó especialmente la atención en ella, como una formulación nueva y atrevida, fue la parte de las «recomendaciones pastorales» referente a las «relaciones entre católicos y no católicos en el campo económico-social-político». Reproduzcamos algunos de sus párrafos.

«Los principios doctrinales que hemos expuesto —dice la Pacem in terris, cuya idea básica es que la paz sólo puede ser producto de un «orden justo»—, o se basan en la naturaleza misma de las cosas o proceden de la esfera de los derechos naturales. Ofrecen, por tanto, amplio campo de encuentro y entendimiento, ya sea con los cristianos separados de esta Sede Apostólica, ya sea con aquellos que no han sido iluminados por la Fe cristiana, pero poseen la luz de la razón y la rectitud natural.

En dichos contactos, los que profesan la religión católica han de tener cuidado de ser siempre coherentes consigo mismos, de no admitir jamás posiciones intermedias que comprometan la integridad de la religión y la moral. Muéstrense, sin embargo, hombres capaces de valorar con equidad y bondad las opiniones ajenas sin reducirlo todo al propio interés, antes bien dispuestos a cooperar con lealtad en orden a lograr las cosas que son buenas de por sí o pueden ser reducidas al bien.»

Más adelante, dice:
»Se ha de distinguir también cuidadosamente, entre las teorías filosóficas sobre la naturaleza, el origen, el fin del mundo y del hombre, y las iniciativas de orden económico, social, cultural o político, por más que estas iniciativas hayan sido originadas e inspiradas en tales teorías filosóficas; porque las doctrinas, una vez elaboradas y definidas, ya no cambian, mientras que las iniciativas, encontrándose en situaciones históricas continuamente variables, están forzosamente sujetas a los mismos cambios. Además ¿quién puede negar que, en la medida en que estas iniciativas sean conformes a los dictados de la recta razón e intérpretes de las justas aspiraciones del hombre, puedan tener elementos buenos y merecedores de aprobación?»

Y más adelante, sin formular condenaciones, la encíclica hace una prevención a quienes, exasperados por la injusticia y las miserias que ven a su alrededor, se inclinan por los métodos violentos:

«No faltan hombres de gran corazón que. encontrándose frente a situaciones en que las exigencias de la justicia o no se cumplen o se cumplen en forma deficiente, movidos del deseo de cambiarlo todo, se dejan llevar de un impulso tan arrebatado que parecen recurrir a algo semejante a una revolución. A estos tales quisiéramos recordarles que todas las cosas adquieren su crecimiento por etapas sucesivas y así, en virtud de esta ley, en las instituciones humanas nada se lleva a un mejoramiento si no es obrando desde adentro, paso a paso.»

Finalmente, la encíclica contiene una serie de vehementes exhortaciones en favor de la paz:

«A todos los hombres de alma generosa incumbe, pues, la tarea inmensa de restablecer las relaciones de convivencia basándolas en la verdad, en la justicia, en el amor. en la libertad . .. Tarea ciertamente nobilísima, como que de ella derivaría la verdadera paz conforme al orden establecido por Dios . . «.

Estas enseñanzas nuestras acerca de los problemas que de momento tan agudamente aquejan a la sociedad humana y que tan estrechamente unidos están al progreso de la sociedad nos la dicta un profundo anhelo. que comparten con Nos todos los hombres de buena voluntad, el anhelo de la consolidación de la paz en este mundo nuestro.

«Como Vicario —aunque indigno— de Aquél a quien el anuncio profético proclamó Príncipe de la Paz, creemos que es obligación nuestra consagrar todo nuestro pensamiento, todo nuestro cuidado y esfuerzo, a obtener este bien en provecho de todos. Pero la Paz será una palabra vacía si no está fundada sobre aquel orden que Nos, movidos de confiada esperanza, hemos esbozado en sus líneas generales en esta nuestra Encíclica: la paz ha de estar fundada sobre la verdad, construida con las normas de justicia, vivificada e integrada por la caridad y realizada, en fin, con la libertad.»

En estos tiempos de poca fe, en los que tantas «crisis espirituales» se registran, en el mismo clero, no todo el «orbe católico» aceptó con entusiasmo la Pacem in terris.

Inquietó especialmente a ciertos círculos de catolicismo meramente nominal, cómodamente ajustados a la tradición cultural de su propia sociedad y habituados a ver en la religión un amparo más de su «propio interés». ¡Caramba con el «papa de transición»! ¿No podía callarse? ¿No le bastaba el revuelo que había armado con la convocación del concilio, en el que ya se estaban registrando sus más y sus menos, a pesar de que el dogma no estaba en juego? Bien, sería una encíclica más. Todo seguiría igual.

En cambio, Moscú, como si atribuyera más valor que estos círculos a lo que consideraba el «opio del pueblo», vio en la encíclica un aporte «positivo» a la causa de la paz. La prensa soviética publicó el documento papal. Un hecho realmente inusitado. Por lo demás, Juan XXIII el Bueno no tardaría en callarse.»

Ver:Principios de la Doctrina Social de la Iglesia

Biografia de Juan XXIII Papa Bueno Angelo Roncalli Juan 23

Biografía de Juan XXIII Papa Bueno Angelo Roncalli

Biografia de Juan XXIII Papa Bueno Angelo Roncalli Juan 23¿Qué es un papa? Por si el mundo lo hubiese olvidado, Juan XXIII vino a recordarlo. Un papa no es sólo el vicario de Jesucristo, un hombre de oración, un orador, un asceta, un doctor, un erudito, un soberano pontífice, un jefe de estado, un hombre del mundo, una figura de ventanal, un perfil de medalla.

Un papa es, también, sencillamente, un hombre, el primero de los obispos, un pastor, el padre amado de los incrédulos, el hermano de los humildes, aquel en quien todos desean confiarse porque están seguros de ser comprendidos; el representante del Jesús de Belén, de Betania, del sermón de la montaña… ¿Por qué en el buen papa Juan esas cualidades eran inmediatamente perceptibles y percibidas, saltaban a la vista?.

¿Quién era Juan XXIII? Un papa no exento de contradicciones. Juan XXIII no puede ser un mito. Pero nadie negará que por menosprecio de los honores, por su aversión al lujo, por su exquisita afabilidad se puso al nivel del pueblo.

Desmitificó el oficio de papa; el único papa de los tiempos modernos del cual un obrero comunista pudo decir: «He aquí un hombre con el cual iría muy a gusto a beber algo en el bar de la esquina.» Ante él, la gente no se sentía juzgada, sino querida tal cual era. ¿Un papa demagogo? Nada menos cierto, tan digno siempre dentro de su espontaneidad; ignoraba la adulación, y la cortesía le brotaba del corazón. Pero sigamos más detenidamente el desarrollo de la vida de este hombre que supo admirar al mundo por su bondad y su humildad. (Fuente: Forjadores del Mundo Contemporáneo Tomo III – Papa JUan XXIII – E. Planeta)

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Angelo O. Roncalli (1881-1963) se convirtió en el Papa Juan XXIII en 1958, tras la muerte de Pío XII. El nuevo pontífice fue el encargado de renovar la Iglesia católica a través del Concilio Vaticano II, inaugurado el 11 de octubre de 1962. Su finalidad, era abrir las ventanas para que entrara aire fresco en la Iglesia.

(Sotto – il – Monte, 25 noviembre 1881 – Roma, 3 junio 1963) Ángel el José Roncalli es el tercer hijo de Juan Battista Roncalli y Marianna Mazzola. Los Roncalli son labriegos venidos a menos y tienen que hacer grandes sacrificios para dar una educación a sus hijos.

Asiste a la escuela primaria en Cervico y recibe la instrucción elemental de manos de don Pedro Bolís. Terminados los estudios primarios, comienza la segunda enseñanza en el colegio de Celena. Una vez terminada ésta, ingresa en el seminario episcopal de Bérgamo.

El 28 de junio de 1895 recibe la tonsura y tres años después las Órdenes menores y finalmente, en el año 1900, termina sus estudios. Obtiene una beca en el colegio Cersaoli, incorporado al Pontificio Seminario Romano y así, en 1901, llega a Roma para continuar sus estudios en el Ateneo de San Apollinare.

El 30 de noviembre de ese mismo año inicia el cumplimiento del servicio militar obligatorio, quedando así sus estudios interrumpidos. Su cordialidad y alegría conquistan las simpatías de todos los compañeros de armas y de los superiores, siendo ascendido rápidamente a cabo y luego a sargento. Vuelve de nuevo al seminario romano y es ordenado diácono por el cardenal Respighi, vicario de Su Santidad.

El 10 de julio de 1904 se gradúa como doctor en Teología y un mes después es ordenado sacerdote en Sta. María in Monte por monseñor José Cappetelli. En noviembre vuelve al Apollinare para continuar sus estudios de Derecho Canónico, y el 29 de enero de 1905 es consagrado por el papa Pío X como obispo de Bérgamo.

Al reorganizarse la Acción Católica Diocesana se le nombra presidente de la V Sección (1910). En 1916 es nombrado capellán del Hospital militar de reserva de Bérgamo y el 22 de agosto de ese mismo año aparece su libro: En memoria de monseñor Radini Tedeschi, obispo de Bérgamo. En 1920 fue llamado a la Congregación de Propaganda Fide, para colaborar en la reorganización de las actividades misioneras.

En noviembre de 1924 es nombrado profesor del Pontificio Ateneo Lateranense. En marzo de 1925 es nombrado visitador apostólico en Bulgaria y arzobispo de Aneópolis por el cardenal Tacci. En 1934 es nombrado delegado apostólico de Turquía y Grecia y administrador apostó1ico de Constantinopla. En abril de 1936 aparece el primer volúmen de su obra Las Actas de la visita apostólica de S. Carlos Borromeo a Bérgamo.

En 1944 le nombran nuncio en París, y en 1953 es nombrado cardenal y patriarca de Venecia. El 9 de octubre de 1958 muere Pío XII y el día 28, por la tarde, es elegido papa. El 25 de enero de 1959 anuncia la celebración de un Sínodo para la diócesis de Roma, de un Concilio para la Iglesia universal y la reforma del Derecho Canónico.

En 1962 se inaugura el Concilio Vaticano II, interviniendo a pesar de su avanzada edad, en algunas ocasiones, sobre todo cuando el reglamento del Concilio parece inadecuado. El 23 de septiembre de 1962 se anuncian los primeros síntomas de una enfermedad a la que se trata de quitar importancia.

Sus mayores logros fueron la convocatoria del Concilio Vaticano II con el objetivo de llevar a cabo la renovación de la vida religiosa católica gracias a la modernización (aggiornamento) de la enseñanza, la disciplina y la organización de la Iglesia, así como alentar la unificación de los cristianos, extender el ecumenismo eclesiástico y posibilitar el acercamiento a otras creencias. Sus escasas intervenciones en el Concilio (que finalizó después de su muerte) apoyaron el movimiento por el cambio al que la mayoría de los delegados era favorable. También escribió siete encíclicas, entre ellas Mater et magistra (1961), dedicada al problema social, que enfatiza la dignidad individual como base de las instituciones sociales, y Pacem in terris (1963), que exhortó a la cooperación internacional por la paz y la justicia, y al compromiso de la Iglesia a interesarse por los problemas de toda la humanidad.

Abrió las sesiones del concilio Vaticano II –el primero en casi un siglo– en octubre de 1962, con un discurso inaugural en el que expresó su intención de acometer una reforma de la Iglesia basada en el aggiornamento, es decir, su puesta al día. Si bien sólo se celebró una sesión bajo su pontificado, ésta sirvió para originar una apertura sin precedentes en el seno de la Iglesia Católica.

El nuevo cambio de rumbo siguió dos ejes fundamentales: una actitud hacia los cristianos no católicos basada en el respeto y la tolerancia, y una posición independiente y sin alianzas en política internacional, sin participación en la férrea división en bloques de la época. Esta última cuestión encontró su fundamento político en la encíclica Pacem in terris, publicada el año 1963 y destinada a asentar la posición del Vaticano en cuestiones referentes a política internacional.

El 1 de marzo de 1963 se le concede el Premio Internacional de la Paz, de la Fundación Eugenio Balzán. El 17 de mayo de 1963 celebra por última vez la Misa y el día 20 recibe las últimas audiencias. El 3 de junio de ese mismo año muere, a la caída de la tarde y es sepultado en las grutas vaticanas.

Juan XXIII superó toda esperanza. No sólo porque no fue un papa de transición como sus electores habían pensado que sería, sino porque nadie, ni entre los más clarividentes, podía prever aquella revolución en las costumbres del papado, aquella aptitud de ser accesible a los más alejados, aquella apertura, no tanto a la izquierda, como se ha dicho con un poco de ligereza, sino a todas las aspiraciones de una época anhelante de justicia, de tolerancia y de fraternidad. Un minero sardo lo expresó con su vocabulario pintoresco: «Juan XXIII no era ni blanco, ni negro, ni rojo. No tenía color. Era el hombre de todos, el papa de la paz; por eso todo el mundo lo escuchaba y lo amaba.»

El Concilio Vaticano II :
Juan XXIII dispuso como tarea inmediata del Concilio renovar la vida religiosa de los católicos, actualizar la doctrina, la disciplina y la organización. El fin último era la unidad de todos los cristianos.

El primer período del Concilio duró desde el u de octubre de 1962 al 8 de diciembre del mismo año. Se trató una considerable cantidad de «schemata» pero no se aprobó ninguna. El Papa, ya enfermo, asistió a la última asamblea general para dar gracias a los presentes.

Juan XXIII murió el 3 de junio de 1963. Poco después de su elección, Pablo VI reinició las sesiones del concilio, que se habían suspendido automáticamente por la muerte del pontífice.

El segundo período comenzó el 29 de septiembre de 1963 y duró hasta diciembre del mismo año. Los padres del concilio aprobaron la constitución Sacrosantum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia y el decreto Inter Mirífica, sobre los medios de comunicación social.

El tercer período se extendió desde el 14 de septiembre de 1964 al 21 de noviembre de ese año. En ese período muchos sacerdotes fueron invitados a participar de la asamblea general como representantes del clero parroquial. Los padres aprobaron la constitución Dei Verbum, sobre la Iglesia, el decreto Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, y el decreto Unitatis Redintegratio, sobre el ecumenismo.

El período final empezó el 14 de septiembre de 1965 y terminó el 8 de diciembre del mismo año. En este lapso de tiempo se aprobaron la mayor parte de los documentos. Fue también en esta sesión cuando el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras se encontraron y expresaron sus deseos de unidad entre Oriente y Occidente.

La última sesión publica, el 8 de diciembre de 1965, tuvo lugar en la plaza majestuosa y encolumnada de la basílica de San Pedro. En una solemne ceremonia, los líderes de la Iglesia católica junto con los representantes de ochenta y un gobiernos y nueve organizaciones internacionales festejaron los logros de este gran concilio ecuménico. La eficiente y dura labor de sus integrantes produjo y publicó cuatro constituciones, nueve decretos y tres declaraciones. En efecto, el Concilio marcaba un punto decisivo en la historia de la Iglesia.

Los Últimos Días de Juan XXIII
Aunque «vicarios de Cristo en la tierra», los papas mueren como los demás hombres. Con cierta frecuencia, porque, por lo general, llegan al solio pontificio a avanzada edad. El Papa buono, según lo llamaban todos en la tierra de Don Camilo y Peppone, le llegó el turno muy poco después de la publicación de la Pacem in terris.

Ya en mayo de 1963 corrieron alarmantes rumores. Se decía que su salud declinaba rápidamente, que estaba aquejado por diversos males, que no podía ya seguir las tareas del concilio como él deseaba. Y pronto los rumores tuvieron confirmación. El papa estaba muy enfermo. Era un organismo consumido por los años y una actividad incesante, no precisamente física. La enfermedad fue larga y dolorosa y a ella se agregó el suplicio impuesto por los médicos, empeñados, en cumplimiento de lo que juzgaban su deber mientras hubiera una sombra de esperanza, en prolongar una vida que fatalmente se extinguía.

Ángel José Roncalli, Juan XXIII como papa, soportó todos aquellos padecimientos estoicamente, ofreciéndolos como «expiación de sus muchos pecados». Orando e invitando a orar a quienes lo rodeaban. Al modo de un buen cristiano. Al modo de lo que fue siempre: un hombre de acendrada fe. Hubo varios días de agonía.

Hasta que el 3 de junio de 1963 llegó el desenlace. Se dijo que, momentos antes, se había oído decir al moribundo con voz muy débil: «Hijos míos, hermanos míos, ¡hasta la vista!».

Aunque esperada, la noticia de la muerte de Juan XXIII conmovió al mundo. Hubo unos funerales imponentes, con todo el esplendor del ritual romano. Realzados por la presencia de los cardenales, prelados y demás dignidades eclesiásticas que se habían congregado en Roma con ocasión del concilio. Con la asistencia también de innumerables personalidades civiles, incluidos algunos representantes del otro lado de la «cortina de hierro».

El hombre que había «pisoteado su orgullo» desde muy joven hubiera aceptado aquel homenaje únicamente en la medida en que pudiera redundar en bien de la fe y de la Iglesia a cuyo servicio había estado durante toda su vida.

Fue entonces cuando el mundo conoció a la familia del extinto papa bergamasco: era toda ella ruda gente del campo, de aspecto muy modesto, desmañada y torpe en medio de las suntuosidades del Vaticano. Hijos del pueblo, como el propio muerto. El nepotismo, que se manifiesta con frecuencia en la historia del papado, en ocasiones muy tumultuosa, no fue una debilidad de Juan XXIII.

Quedó del extinto un «testamento espiritual». ¿La disposición de los bienes materiales? ¡Fueron tan pocos! El jefe supremo de una Iglesia a la que se atribuyen enormes riquezas murió como un pobre de solemnidad. Pero ese «testamento espiritual» es, en cambio, muy rico. En cuanto encierra grandes valores humanos, una auténtica grandeza de alma. Vale la pena reproducir algunos párrafos de esta «última voluntad».

«Pido perdón —se lee en ella— a quienes inconscientemente hubiera ofendido, a cuantos para quienes no hubiera sido causa de edificación. Siento que no tengo que perdonar nada a nadie, porque, en cuantos me conocieron y han tenido relaciones conmigo —aunque me hubiesen ofendido, o despreciado, o tenido, y esto con justicia, en poca estima, o sido para mí motivo de aflicción—, sólo reconozco a hermanos y bienhechores, a los que estoy agradecido y por los que ruego y rogaré siempre.

«Nacido pobre, pero de familia honrada y humilde, siento particular alegría de morir pobre, tras haber distribuido, según las diversas exigencias y circunstancias de mi vida sencilla y modesta al servicio de los pobres y de la santa Iglesia, que me ha alimentado, cuanto tuve entre manos —en medida bastante limitada— durante los años de mi sacerdocio y de mi episcopado. Apariencias de holgura velaron a menudo ocultas espinas de acongojante pobreza y me impidieron siempre dar con la largueza que hubiera deseado. Agradezco a Dios esta gracia de la pobreza, de la que hice voto en mi juventud:» pobreza de espíritu, como sacerdote del Sagrado Corazón, y pobreza real, que me sostuvo para no pedir nunca nada, ni cargos, ni dinero, ni favores. Nunca, ni para mí, ni para mis parientes o amigos.

«A mi querida familia secundum sanguinem —de la cual, por otra parte, no he recibido ninguna riqueza material— no puedo dejar más que una grande y especialísima bendición, invitándola a conservar ese temor de Dios que me la hizo siempre tan querida y amada, aunque fuera sencilla y modesta, lo cual nunca me sonrojó. Porque ése es su verdadero título de nobleza. A veces la he socorrido en sus necesidades más graves, como pobre con los pobres. pero sin sacarla de su pobreza honrada y dichosa. Pido y pediré siempre por sn prosperidad . . .»

Ver: El Concilio y la Teología de la Liberación