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La Vida En Roma Antigua Costumbres Romanas Historia

La Vida y Costumbres En Roma Antigua

Sería muy interesante e instructivo hacer un viaje hacia la antigüedad, a los tiempos del mundo antiguo de Roma, un mundo que existió en realidad y pudiéramos ver con nuestros propios ojos la forma de vivir basada en la cual se ha levantado en época tan reciente nuestra civilización moderna.

Pompeya (la ciudad reconstruída luego de la erupción del Vesubio) da idea de lo que era la vida romana en una ciudad de la Italia del sur semi-helénica. Las casas son muy sencillas, sólo la de los ricos tienen decoraciones artísticas.

El mobiliario es el justo, mesas, sillas poco cómodas, cofres, lechos, candelabros y muchas lámparas de barro, y en las cocinas cacerolas de cobre, coladores de bronce, botellas y balanzas.

No hay relojes, sino cuadrantes solares. Nada de lo que hoy exigimos para una existencia confortable, excepto los baños. Es el carácter de la vida antigua y oriental, obras de arte y en casa de los ricos objetos de lujo, pero nada de comodidad.

Era un mundo cuyas casas no tenían chimeneas y cuyas habitaciones eran calentadas en tiempo de frío mediante un fuego encendido en medio de la habitación sobre un fogón o un brasero y que al encenderse lo llenaba todo de humo; en consecuencia las paredes, el techo y los muebles estaban ennegrecidos y más o menos cubiertos de hollín en todo momento.

La luz se obtenía con lámparas de aceite que no tenían tampoco, por supuesto, chimeneas y cuyo humo se añadía al del fuego del hogar y ocasionaba constantemente molestias oculares.

Era un mundo que tenía pocos conocimientos respecto de la forma de curar las enfermedades, pero que tenía gran fe en los remedios empíricos. «Mediáis nihil est, nisi conso-latio animi«, decía Petronio — el médico no es más que el consuelo de la mente—; el herbolario, que todavía encontramos en algunas esquinas de nuestras ciudades, en las ferias de las aldeas.

Las casas romanas, aun faltándoles aquellas comodidades que consideramos hoy más indispensables y simples, eran por lo menos de construcción sólida; pero las viviendas griegas eran pequeñas y hechas de adobes.

No tenían calefacción en invierno, ni cuarto de baño u otro dispositivo sanitario, ni lavatorios; las camas se tendían sin sábanas y estaban constituidas en algunos casos por tiras de cuero que hacían el papel de muelles o somier, aunque esta comodidad era tenida por afeminada por Plutarco, quien al describir el lujo de la vida de Alcibíades, dice que hizo cortar los tablones de su galera para poder descansar muellemente tendiendo la cama, no sobre las tablas, sino suspendida sobre correas.

En su «Vida de Pelópidas», Plutarco dice de Timágoras, el enviado ateniense a Persia, que no sólo aceptó del rey los regalos de plata y oro, sino también «una rica cama y esclavos para tenderla, como si ese hubiese sido un arte desconocido para los griegos».

La indignación de Plutarco sugiere, con todo, que el arte de hacer la cama era verdaderamente conocido en Grecia (la otra importante civilización antigua) en esta época; el conocimiento era sin embargo de adquisición reciente, porque sino, no sería necesaria esta defensa relativa a que tal regalo indica la ignorancia persa acerca de las costumbres domésticas romanas y griegas.

Las comidas consistían en un simple plato de cereales hervidos que los griegos llamaban «sitos», no muy diferente del plato que los romanos llamaban «puls» y de lo que nosotros denominaríamos potaje — o, posiblemente, algunas veces parecido al pan que usan actualmente los campesinos de Siria, masa sin levadura arrollada o conformada en forma de galleta delgada y cocida en el horno.

La carne no se obtenía comunmente, excepto en las festividades, cuando los animales sacrificados ante los dioses eran distribuidos hasta donde alcanzaba; había sin embargo otras cosas que podían comerse con los cereales: higos o aceitunas, dátiles secos, una cebolla o un nabo.

En un mundo como ése, ¿cuál es la posibilidad de obtener alimentos que se nos presenta?

En verano se podía obtener un poco de pescado, pero en invierno el mar estaba demasiado agitado para aquellos antiguos marineros, de manera que el pescado existente era principalmente aquel que había sido pescado y salado; verano e invierno la cantidad disponible era muy pequeña.

Más aún, los pescados mediterráneos no se consideraban un lujo y nunca eran ofrecidos como sacrificio.

Las hortalizas se cultivaban, pero había pocas substancias para abonarlas  y gran parte del de Italia no era muy fértil; las lluvias eran escasas en verano, y la mayor parte de las verduras debían comerse en estado fresco; los frijoles y los guisantes podían guardarse secos e incluso los nabos y cebollas podían hacerse durar bastante tiempo si se almacenaban en forma adecuada.

También podían conservarse los alimentos en salmuera, y Columella, en su libro 12°, da muchas recetas a este respecto.

Donde había muchos bosques que producían bellotas, los cerdos crecían a sus anchas y su carne si no se comía fresca podía salarse para comerla más tarde; pero estos alimentos eran como los dos fardos de alimentos que el coro de contrabandistas saca a escena en la ópera «Carmen», es decir, eran un decorado, no un medio de vivir.

El alimento más durable era el cereal y la labor más importante del agricultor era la producción de granos, 180 a 200 kilos era la producción media de una hectárea de trigo, en la cual se habían sembrado 40 kilos como semilla, afirmación que se obtiene de las cifras que da M. Francois de Neufcháteau en sus notas a «Le théátre d’agriculture«.

Además de esto, no obstante, como en el verdadero sentido de las palabras, el hombre no puede vivir sólo de pan o de potaje, los antiguos campesinos producían asimismo vino y aceite.

El potaje era el alimento principal que mantenía vivo el mundo antiguo, pero empleaban el aceite de oliva en la misma forma que los pueblos del norte usan hoy día la manteca, y, como lenitivo, bebían un vino poco fuerte que diluían con agua; además tenían algunos extras, como los llamaríamos hoy, constituidos por pescado o panceta de cerdo, generalmente salada, o verduras, generalmente secas o encurtidas, según proveía la buena suerte.

Cada comunidad se veía obligada a asegurarse la debida existencia de todos estos alimentos, y si esta cantidad no alcanzaba, entonces empezaban las penurias.

El mundo antiguo, por consiguiente, tanto en Grecia como en Roma, fue un mundo donde imperó el trabajo manual y la miseria.

Excepto las velas de los barcos y la fuerza del agua que se había usado poco, el hombre no disponía de ninguna fuente de poder mecánico que pudiese ayudarlo en su propio esfuerzo.

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LA SOCIEDAD ROMANA: EN ROMA era muy importante ser un cives (ciudadano). En un principio la ciudadanía romana estaba reservada a los que vivían en la ciudad de Roma, pero en el 89 a.C. se extendió a todos los que vivían en la península Itálica.

En el 212 d.C. se incluyó a todos los hombres libres que vivían dentro de los límites del imperio. Sin embargo, ni las mujeres ni los esclavos estaban incluidos.

EL ORDEN SOCIAL ROMANO

La sociedad romana estaba organizada siguiendo una estricta jerarquía. Esta división social empezó muy pronto en la historia de Roma, alrededor del s. VI a.C.

Los ciudadanos más poderosos y privilegiados eran los patricios. Muchos de ellos descendían de terratenientes romanos y familias de políticos. De estas familias provenían casi todos los senadores que gobernaban Roma.

En el segundo peldaño del escalafón estaban los equites (caballeros), que solían ser banqueros o ricos mercaderes que habían servido en el ejército o en la administración del estado.

PLEBEYOS El gran grupo, formado por los ciudadanos más pobres, era el de los plebeyos, que en cierto momento ganaron la igualdad política con los patricios y los equites, y pudieron ser elegidos para formar parte del ejército u ocupar puestos en la administración.

ESCLAVOS Los esclavos ocupaban el escalón más bajo de la sociedad romana y hacían los trabajos más duros. Muchos de ellos eran prisioneros capturados durante las conquistas romanas.

No tenían ningún derecho, pero incluso entre los esclavos había distintas clases.

La dura vida de un esclavo que trabajaba en las minas no se parecía en nada a la de un esclavo griego que trabajaba como tutor de los niños romanos.

A partir del s. I d.C. las condiciones de los esclavos empezaron a mejorar y algunos consiguieron la libertad.

via publica en roma

He aquí una de las vías públicas del centro de Roma. Como se ve, presenta un aspecto animadísimo. Estamos a media mañana, la «hora clave» de los romanos.

Esclavos y ciudadanos se apresuran a efectuar sus tareas, el vendedor ambulante de agua pregona su mercancía en busca de compradores, los comerciantes y artesanos trabajan en sus locales abiertos.

A la izquierda, vemos el establecimiento de un «tonsor», o peluquero. Un cliente, sentado en un escabel, espera ser… «desollado» por la tosca navaja del barbero.

Al lado hay un «termopolio», un bar, como decimos hoy.

El mostrador, una losa de mármol, da a la calle: un transeúnte se ha detenido para tomar una taza de vino caliente (la bebida preferida por los romanos), aromatizado con hierbas y resina de pino.

En todo el lado izquierdo de la calle aparecen altos edificios de amplios portales, siempre colmado degente que entra y que sale.

Estos grandes edificios son las «insulae», esto es, casas de varios pisos en que habitaban Ias familias  plebeyas. Pero no todas las casas romanas eran míseras como las «insulae». A la derecha tenemos la «domus» de un rico patricio.

Por fuera no parece muy hermosa: consta sólo de planta baja y se abre a la vía pública mediante un estrecho portal  además, no tiene ventanas. Pero veámosla por dentro.

Pasada la entrada , nos hallamos en el «atrio» , una gran pieza con una extraña particularidad: en su techo hay una abertura cerca de seis metros cuadrados, y bajo ella, excavado en el  pavimento, un receptáculo llamado «impluvio».

A los romanos no les gustaba que su casa se abriera al exterior por medio de ventanas; para dar aire y luz a la misma, dejan el atrio parcialmente descubierto; cuando llovía, el agua, corriendo por los tejados inclinados, caía en el «impluvio» .

El atrio era, al principio, la habitación más importante de la «dormís»: en él estaba el hogar, símbolo de la unidad de la familia; en la época que nos ocupa, guardaba el altar de los Lares, las divinidades que «protegían» la casa, y también los bustos de los antepasados.

Los lados del atrio se abren a distintas habitaciones: la del vigilante o portero, la biblioteca , el escritorio, el guardarropa.

El «tablino»  separa el atrio del jardín. Muchos romanos hacían de esta otra habitación el centro de la vivienda, el lugar de reunión de la familia, donde permanecía el amo de la casa y la señora se retiraba para hilar.

Hacia la derecha se encuentra el «triclinio» , el comedor de la «domus» romana. Aquí, dispuestos a lo largo de las paredes, en forma de herradura, se hallaban los característicos lechos llamados «triclinia», en los que se tendían los romanos para comer.

Más allá del comedor un pasillo conduce al «peristilo» , bello jardín rodeado de galerías cubiertas. A estas galerías  dan otras habitaciones: la alcoba de dormir los señores y las de sus hijos, y los alojamientos de los esclavos. Nuestra visita ha terminado.

LA VIDA EN POMPEYA:

Como dijimos al inicio un hecho natural y fortuito nos ha proporcionado el medio de representarnos con cierta seguridad la vida que se hacía en una ciudad romana del imperio. El año 79 de nuestra Era, una erupción del Vesubio destruyó dos ciudades llamadas: Herculano y Pompeya.

Aproximadamente en el siglo XIX se hicieron excavaciones en esas ciudades donde se encontraron bellas estatuas y rollos de manuscritos abrasados.

Mediante esas investigaciones Pompeya ha vuelto a ver la luz. Los tejados de los edificios están caídos y faltan los objetos más preciosos que los habitantes fueron a buscar después de la erupción.

Pero todas las paredes de las construcciones permanecen en pie, con los anuncios pintados en rojo y hasta los letreros hechos con carbón. El pavimento de las calles muestra todavía los carriles hechos para el tránsito de los carros.

Pompeya era una ciudad nueva y una ciudad de placer, con calles rectas y que se cortaban en ángulo recto, pavimentadas con anchas losas y provistas de aceras, excepto la calle principal que era estrecha y tortuosa y en la que dos carros no podían cruzarse.

Las casas, bajas (de dos pisos a lo sumo), apenas tenían ventanas a la calle, las habitaciones miraban al patio interior según la costumbre griega.

Pero en la calle principal las casas estaban bordeadas por una fila de tiendecitas en que moraban los mercaderes.

La plaza, bastante pequeña, estaba rodeada de monumentos: del lado oriental la curia donde se reunía el Senado de la ciudad, un edificio erigido por una sacerdotisa y otro que parece haber sido mercado; del lado sur tres pequeños tribunales; al oeste una basílica y un templo.

Las tiendas en que todavía se hallan los objetos de venta dan idea de un comercio poco importante. Eran pequeñas, cerradas solamente con postigos de madera.

Los establecimientos de bebidas tenían un distintivo pintado. Uno de ellos representa un elefante que custodia un enano y está rodeado de una serpiente con este letrero en encarnado: «Albergue. Aquí se alquila un comedor». (Hospitium. Hic locatur tríclinium cum tribus lectis).

Se ha encontrado pan, moldes de pastelería, vasijas de barro con frutas dentro. Se han descubierto también panaderías con molinos de brazo, una platería con alhajas de plata, la tienda de un tintorero, la casa de un cirujano, con instrumentos de bronce, el taller de un escultor con bloques de mármol y estatuas empezadas.

Las termas, baños clientes públicos, se componían de un vestuario donde se desnudaban los oncurrentes, una piscina de agua fría, otra de agua caliente y una sala de estufa.

El baño comprendía tres partes por lo menos: el bañista entraba en la sala tibia (tepidaium), luego en la sala caliente para transpirar, luego hacía que la rociaran el cuerpo con agua caliente o se sumergía en la piscina de agua fría.

En una quinta de Pompeya (que se ha llamado de Diómedes) el propietario tenía toda una organización de baños alrededor de un patio triangular, calentado por una caldera colocada en un subterráneo, desde la que el calor subía por tubos de barro cocido metidos dentro de las paredes.

Había un vestuario, tres salas (fría, tibia y caliente) y en el patio una piscina a la que se bajaba por escaleras.

Los letreros en las paredes hacían el oficio de nuestros carteles electorales. Se han encontrado más de 1.500 relativos a las elecciones de duunviro o de edil.

Por lo común uno de los ciudadanos o una corporación es la que recomienda al candidato.

Un letrero dice, por.ejemplo: «Nombrad edil a Cayo Polibio, trae buen pan». Muchas veces se hace el elogio del candidato: «Jamás ha hecho mal a nadie», o «no dilapidará el Tesoro». Se trataba de elecciones municipales, ya no se verificaban en el Imperio elecciones políticas.

LAS COSTUMBRES

Los escritores romanos de los primeros tiempos del Imperio, Séneca, Tácito, y sobre todo los satíricos, Petronio, Juvenal y Marcial, han descrito de tai manera las costumbres de su época, que nos hemos habituado a considerar como muy corrompida la «Roma de los Césares».

Pero al querer formarnos una idea justa de la sociedad de aquel tiempo, no hay que confundir Roma con el resto del Imperio, ni a los ricos hechos de pronto con el conjunto de la población.

Había, ciertamente, una desigualdad enorme entre las gentes desde que un corto número de nobles de una sola ciudad había reconcentrado en sus manos todas las riquezas y todos los poderes del mundo antiguo.

De un lado aparecían unos cuandos millares de nobles y gente advenediza viviendo con un lujo desenfrenado, de otro centenares de miles de hombres libres en la indigencia y millones de esclavos padeciendo en completa-opresión.

La transformación de la sociedad, empezada desde el momento de la conquista, en el siglo II antes de nuestra Era, se había acabado en tiempos del Imperio. Los ricos romanos habían copiado los hábitos de los príncipes del Oriente helenizado.

Pasaban horas enteras a la mesa, tendidos en lechos a la moda oriental. Muchos, después de haber comido, tomaban un vomitivo para poder comer de nuevo.

Los platos refinados que describen los autores no son más que ostentaciones de vanidad: sesos de pavos reales, lenguas de pájaros cantores, si es que no nos parecen ordinarios comparados con nuestra cocina moderna.

El servicio seguía siendo también poco refinado, se continuaba comiendo con los dedos.

Pero la mesa ocupaba considerable lugar en la vida. Se ponían a comer los romanos a la una, considerándose terminada para esta hora la jornada de tra bajo, y hasta la noche no se apartaban de la mesa. Se había adoptado la costumbre griega de beber por la noche (commissatio).

Cada convidado había de consumir una copa conteniendo determinada cantidad de una mezcla de vino y agua preparada de antemano, llegándose a consumir hasta medio litro. Se hacía aparecer en las comidas músicos, cantores, bailarinas, jugadores de manos o bufones para divertir a la concurrencia.

Los vestidos se usaban cada vez más lujosos. Se habían adoptado las telas ligeras y las formas flotantes del Oriente.

Se llevaba mucho la dalmática, que se ha conservado en el ropaje de los sacerdotes cristianos. Las mujeres habían complicado su arreglo, usaban pelo postizo y se untaban variados afeites.

La casa de los ricos no se parecía ya a la antigua casa romana, era imitación de las casas griegas de Oriente. La cochera miraba, no a la calle, como la de nuestras moradas, sino al interior.

Al entrar se pasaba por una galería cerrada que sustituía al antiguo vestíbulo y se llegaba a la sala de recibir. Aun cuando se llamara todavía atrium, se asemejaba más bien al aula griega. Estaba sostenida con columnas de mármol, pavimentada de mosaico, adornada con estatuas.

Las salas que daban al atrio no servían ya como alcobas, eran salas de tertulia, comedores con lechos de bronce y hasta de plata, y había también una galería de pinturas (pinacoteca), una biblioteca y un gran salón de recibir.

El antiguo patio, detrás de la casa, se había sus tituído por el peristillo: galerías abiertas sostenidas por filas de columnas, rodeaban un pequeño jardín con arbustos y macizos de flores, en el que había un estanque con un surtidor.

Por último, alrededor de aquel jardín estaban las cámaras destinadas al dueño de la casa, a su mujer y a sus hijos, las salas de baño y la de gimnasia.

Todas estas habitaciones estaban adornadas en su interior, el suelo con pavimento de mosaico, las paredes con pinturas, mármoles o cortinajes, el techo con artesonados de maderas finas. Había mesas de maderas preciosas y aparadores de bronce o de plata, en que se ostentaba la vajilla, también de plata.

En el campo, cerca de la casa, se disponían parques, estanques, depósitos de agua en que se criaban pescados, pajareras con ejemplares raros, galerías subterráneas para tomar el fresco durante los calores fuertes.

Las construcciones anejas, las cocinas, el coladero, el molino, el horno, la fragua, los talleres donde las mujeres hilaban y tejían los vestidos, las celdas en que se alojaban los esclavos, formaban muchas veces un verdadero pueblo. Es el origen de la aldea de los tiempos medios.

Pero este lujo se ostentaba sobre todo en Roma. En provincia, las mismas familias ricas llevaban una vida sencilla. Y aun en la aristocracia romana, había discípulos de los estoicos que consideraban obligatorio hacer una vida austera.

El estoico más céiobre había sido un griego, Epicteto, esclavo de un favorito de Nerón, quien murió reinando Trajano.

Predicaba que el objeto de la filosofía es enseñarnos a despreciar la vida del mundo y darnos la serenidad perfecta que no puede turbar nada. Su doctrina se resume en esta fórmula: Sufre y abstente.

El estoicismo estuvo aa moda en el siglo I entre los nobles de Roma, sobre todo entre los adversarios del emperador. Los senadores más respetados tenían con frecuencia a su lado un filósofo para dirigir su conciencia y animarlos en los malos momentos.

Cuando les era notificada su sentencia de muerte, tenían a honra matarse con valor. Séneca, el preceptor de Nerón, estoico bastante imperfecto puesto que había reunido una gran fortuna y había justificado al emperador asesino de su madre, se hizo abrir las venas con calma, y en tanto la sangre corría dictó a su secretario un largo discurso.

Hubo entonces filósofos de profesión que servían de directores de conciencia, dando consejos acerca del modo de conducirse en la vida. Iban a visitar a los presos, a los enfermos, a los condenados a muerte para mostrarles «la luz saludable de la verdad», según frase de Séneca.

Con frecuencia su vida era muy penosa, comiendo mal, no bebiendo más que agua, durmiendo en el suelo, vestidos solamente con un manto, la barba y el pelo muy crecidos. Algunos ni siquiera tenían cama.