Virreinato

Historia Virreinato del Peru:Organizacion, Cultura y Comercio

Historia Virreinato del Peru Organizacion Política, Cultura y Comercio

EL VIRREINATO DEL PERÚ
Organización y área jurisdiccional.

Desmembramiento del Virreinato.— El Virreinato del Perú fue la segunda organización de esta índole creada en América.

Data del año 1543 y se implantó para facilitar el cumplimiento de las Nuevas Leyes u ordenanzas de 1542 dictadas para mejorar la situación de los indios.

El primer virrey fue Blasco Núñez de Vela, cuya intemperancia provocó graves acontecimientos: la tercera guerra civil del Perú acaudillada por Gonzalo Pizarro (1544), la muerte del Virrey después de la batalla de Añaquito (1546) y la pacificación del territorio por el licenciado La Gasea (1546-48).

Tras un breve interinato de la Real Audiencia, asumió el mando el Virrey don Antonio de Mendoza, el mismo que había iniciado el período virreinal en México.

La jurisdicción del Virreinato se extendía, en su origen, a todas las colonias españolas de la América del Sur, excepción hecha de Venezuela; abarcaba, por consiguiente, las actuales repúblicas de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay y parte del Brasil.

mapa del virreinato del peru inicial con 7 audiencias
Entidad político-administrativa establecida por España en 1542, durante su periodo colonial de dominio americano, que, en su máxima extensión, incluyó los actuales territorios de Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú, así como los de Chile y Argentina, pero que, a lo largo del siglo XVIII, y hasta la independencia de esas zonas respecto del poder español, apenas comprendía poco más de lo que hoy en día es Perú..

En el siglo XVIII se inició su desmembramiento: Nueva Granada (1717 y 1739) y el Río de la Plata (1776) fueron erigidos en Virreinatos; Chile (1778) en Capitanía General.

Su área jurisdiccional quedó limitada, por consiguiente, durante los últimos años de la dominación española, al territorio del Perú actual.

No obstante ello, tenía dos Audiencias: una en Lima (1542) ; la otra en el Cuzco (1787).

La capital del Virreinato era la ciudad de Lima, fundada por Francisco Pizarro, con el nombre de Ciudad de Los Reyes el 8 de enero de 1535, a orillas del río Rimac, cuyo nombre, transformado en Lima, sirvió para designarla.

En 1778 el Virreinato quedó dividido en ocho intendencias y dos provincias.

Gobierno de los Virreyes. Opulencia de Lima. — Cuarenta y dos virreyes actuaron en el Perú desde la creación del Virreinato hasta su extinción definitiva en 1824, como consecuencia de la batalla de Ayacucho que consolidó la independencia’ sudamericana.

Entre ellos hubo algunos gobernantes dignos de ser destacados.

En el siglo XVI, don Francisco de Toledo (1569-81) ejerció el gobierno durante doce años, mejoró la condición de los indios, organizó la administración, sancionó las Ordenanzas a las cuales debía ajustarse el funcionamiento de los Cabildos, aprisionó al primer Tupac Amarú, destruyó su corte de Vilcabamba y lo hizo morir en el patíbulo so pretexto de que intentaba un levantamiento. Toledo fue el verdadero organizador del Perú colonial.

En el siglo XVII el marqués de Montesclaros, D. Juan de Mendoza y Luna (1607 – 15) fue uno de los virreyes que se consagraron con mayor ahinco al progreso de la colonia y dejó en ella un recuerdo perdurable de su actuación: impulsó el comercio, protegió a los artesanos, realizó obras públicas y dedicó su atención a los indios, especialmente a los yanaconas a quienes liberó de la servidumbre.

Su sucesor el príncipe de Esquiladle (1615 -21) reveló análoga preocupación.

En el siglo XVIII, don José Antonio Manso de Velasco (1745-61) se mantuvo durante 16 años al frente del gobierno y tuvo oportunidad de revelar la entereza de su carácter con motivo del terremoto de 1746 que destruyó la ciudad de Lima: de 12.204 casas que tenía, solamente 25 quedaron en pie.

El Virrey hizo reconstruir la ciudad; fue, pues, su segundo fundador. Don Agustín de Jáuregui (1780 – 84) debió sofocar la sublevación del segundo Tupac Amarú.

Bajo el gobierno de su sucesor don Teodoro de Croix (1784 – 90) se dividió el territorio en Intendencias, se creó la Audiencia del Cuzco, se mejoró el puerto del Callao, progresaron las condiciones higiénicas de Lima, etc.

Veintiséis de los virreyes peruanos ostentaban títulos de nobleza o los recibieron posteriormente.

Trece marqueses, diez condes, dos príncipes y un duque, que figuran entre ellos, revelan la importancia del Virreinato y contribuyeron a dar un marcado carácter aristocrático a la sociedad peruana, que apreció la importancia social de los títulos nobiliarios y convirtió a la ciudad de Lima en el «centro político social de la América del Sur».

Allí residían las altas autoridades coloniales: el Virrey, la Real Audiencia, el Arzobispado, de quien dependían cinco Obispos, la Inquisición, el Consulado, etc.

Una aparatosa corte virreinal, formada por funcionarios, comerciantes y familias pudientes, remedaba con su boato y fastuosidad la vida palaciega de Madrid.

Lima contaba con buenas viviendas, palacios lujosos y magníficos templos.

La edificación era monumental. Lo mismo ocurría en el Cuzco, la capital tradicional del Tahuantinsuyu, que allí ofrece la particularidad de que muchos templos y viviendas, fueron levantados sobre murallas de construcción indígena, de tal manera que puede diferenciarse el Cuzco colonial, de adobe y tejas, del Cuzco incásico de piedra.

Dos civilizaciones y dos épocas, aparecen superpuestas en esta ciudad, que el 25º Congreso de Americanistas reunido hace algunos años en Montevideo, declaró la capital arqueológica de América del Sur.

La cultura. — Las Universidades de Lima (1551) y Cuzco (1692) eran los centros más importantes de la cultura peruana.

Pero en cierto momento de su existencia, el Perú llegó a tener también dentro de sus límites las de Bogotá, Córdoba, Charcas y Santiago de Chile.

La imprenta comenzó a’ funcionar en el siglo XVI (1584) y durante la primera mitad del siglo XVIII apareció el primer periódico (La Gaceta de Lima, en 1744) ; en las postrimerías del mismo se publicaron el Diario erudito, económico y comercial de Lima (1790) y meses después el Mercurio peruano de historia, literatura y noticias públicas (1791).

En materia artística el Perú acusa notables progresos en arquitectura, pero los estilos europeos de la época sintieron los efectos de las influencias locales con más intensidad que en México, donde conservaron una mayor pureza.

Dentro del territorio peruano, la influencia indígena se manifestó con más intensidad en la región serrana y en el altiplano, que en el resto del país.

La escultura fue el arte que menos importancia tuvo en el Perú: no contó, en efecto, con el apoyo de la tradición indígena, pues el pueblo incásico no alcanzó los progresos de la escultura y de la cerámica preincaica.

En cambio, la pintura tuvo manifestaciones importantes, sobre todo en el Cuzco, donde hubo uno de los centros artísticos más importantes de América, que llegó a proveer de esculturas, pinturas y orfebrería a todas las iglesias del Virreinato.

Allí funcionó en efecto, desde el siglo XVII una Escuela de Bellas Artes.

La pintura cuzqueña rivalizó con la quiteña de la época en el género religioso y en el retrato. La orfebrería floreció también en el Perú, principalmente en el Cuzco, lo mismo que la talla en madera que realizó notables progresos.

El comercio. — Antes de que comenzara el desmembramiento del Virreinato, el Perú contaba Con uno de los puertos de destino de las flotas.

Portobelo quedaba, en efecto, dentro de su jurisdicción y apenas llegaban a Cartagena las naves que la componían, se pasaba la correspondiente comunicación a las autoridades de Panamá que, a su vez, despachaban un navio de aviso al Virrey del Perú.

En esta forma, los comerciantes peruanos se informaban de la llegada de la Flota de Tierra Firme y enviaban a Panamá la Armada del Mar del Sur, que conducía la plata y mercaderías coloniales y a la cual se agregaba en el puerto de Payta, el navio del oro que conducían metal procedente de la presidencia de Quito.

De Panamá las mercaderías pasaban por tierra a Portobelo.

El Perú era, pues, el principal centro comercial de América del Sur y sus comerciantes proveían al Alto Perú, Chile, El Tucumán, Paraguay y Río de la Plata.

De aquí el interés que tenían de evitar la competencia del Puerto de Buenos Aires y las medidas adoptadas desde el siglo XVII y a su requerimiento para evitar el contrabando o reducir sus efectos: la fundación de la Aduana Seca de Córdoba (1622) y de la primera Audiencia porteña (1661-71).

Por igual motivo combatieron en el siglo siguiente, aunque sin resultado, la creación definitiva del Virreinato del Río de la Plata.

El comercio peruano creó también vinculaciones con otras colonias: el puerto del Callao mantenía, al igual de los de Panamá y Guayaquil, relaciones comerciales con el de Acapulco, convertido en centro del comercio americano con Asia que se realizaba por intermedio de la Urca de Manila o Nao de la China.

El Reglamento del Comercio Libre habilitó los puertos peruanos de Arica y Callao, y posteriormente lo fue el de Trujillo.

Las producciones. — Desde los principios de la conquista, la principal riqueza peruana fueron los metales preciosos.

Las minas de plata de Potosí, descubiertas en 1544 eran de una riqueza extraordinaria pero la forma deficiente como fueron explotadas redujo su producción en el siglo XVIII.

Para su obtención se empleaba el azogue, procedente de las minas de Huancavélica, y que fue declarado monopolio de la Corona, en tanto que la explotación de la plata’ era una empresa particular.

El laboreo de las minas de Potosí se realizaba por medio de la mita en la cual participaban, como ya hemos visto, ciento treinta y nueve pueblos indígenas.

La Villa Imperial de Potosí, fundada en 1545, era una de las ciudades más suntuosas del Perú, hasta la creación del Virreinato,del Río de la Plata: contaba con 30 templos, 10 conventos, numerosas casas particulares, algunas de ellas verdaderos palacios, y edificios públicos de importancia, tales como el Cabildo y la famosa Casa de Moneda.

Pero el Perú producía también otras riquezas: la quina, cuyas virtudes medicinales la hacían indispensable para combatir las fiebres; el algodón, cáñamo, lino, lanas, cacao, etc.

La industria era un tanto rudimentaria, pero se fabricaban paños
y telas de algodón y arreos de cuero en el Cuzco; vidrio en lea; cueros estampados y dorados en Huamanga. Se fabricaba también azúcar, aguardientes, etc.

En suma, el Perú fue la colonia más rica de la América del Sur y, como consecuencia, la más culta. Era también el centro del poderío español.

Por eso el General San Martín entendió que mientras el Perú no fuese dominado, peligraba la independencia argentina y se decidió a tentar la empresa que el éxito coronó ampliamente.

Fuente Consultada:
Curso de Historia Colonial Americana Editorial Estrada – J.M. Saenz Valiente

Caracteristicas de la Arquitectura Colonial en el Rio de la Plata

Caracteristicas de la Arquitectura Colonial en el Virreinato del Rio de la Plata

EL ARTE ARQUITECTÓNICO:

Producido el descubrimiento y exploración de nuestras costas marítimas y fluviales, y establecida la comunicación directa con el Perú mediante la expedición encabezada por Diego de Rojas, fueron surgiendo las primeras poblaciones argentinas en las rutas convergentes al Río de la Plata.

Haciendo una digresión al tema, es interesante consignar aquí la minuciosa reglamentación que disponían las Leyes de Indias para dar nacimiento a las ciudades y que explica, en cierto modo, esa uniformidad de delineamento que revisten todas las poblaciones de la América hispana:

«Cuando hagan la planta del lugar, repártanlo por sus plazas, calles y solares a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor, y sacando de ella las calles a los puntos y caminos principales, y dejando tanto campo abierto, que aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda proseguir y dilatar en la misma forma…

De la plaza salgan cuatro calles principales, una por medio de cada costado; y además de éstas, dos por cada esquina: las cuatro esquinas miren a los cuatro vientos principales, porque saliendo así las calles de la plaza no estarán expuestas a los cuatro vientos, que será de mucho inconveniente; todo en contorno y las cuatro calles principales que de ella han de salir, tengan portales para comodidad de los tratantes que suelen concurrir; y las ocho calles que saldrán de las cuatro esquinas, salgan libres, sin encontrarse en los portales, de forma que tengan la acera derecha con la plaza y la calle».

Primeras Edificaciones en el Virreinato Tecnicas y Caracteristicas
Imagen de Buenos Aires en los incios del siglo XVII

Ver: La Ciudad Colonial Americana

Los primitivos colonizadores se vieron abocados a serias dificultades en la edificación de sus viviendas por la carencia de los elementos de construcción.

De aquí el carácter de pobreza que caracterizó el nacimiento de nuestras ciudades, muchas de vida tan precaria que sólo nos han dejado el nombre.

En la región montañosa del centro y noroeste del país se empleó la piedra yuxtapuesta, pero sin cemento alguno, techándose la vivienda con maderas de cardón revestidas con barro y paja.

En el litoral, la falta de piedra hizo que la vivienda fuese más rudimentaria aún, reduciéndose a un tipo único de construcción: el «rancho», tal como lo conocemos todavía en nuestros campos, con paredes de barro mezclado con hojas de totora y espadaña, tan abundantes en las riberas de nuestros ríos, y el suelo de tierra apisonada.

De la rusticidad de estas viviendas dan testimonio los cronistas y viajeros de las dos primeras centurias, desde Schmidel hasta el Padre Sepp.

He aquí el juicio que emite el jesuíta al hablar del «pueblecito» de Buenos Aires: «Las casas son de paja, O, mejor dicho, cabanas de barro; tienen un solo piso y apenas duran más de siete años…»

Más tarde empezó a estilarse el uso de tierra amasada o apisonada, a lo que se refieren los documentos de la época cuando hablan de las «tapias de tierra».

Para construir los tapiales se empleaban tableros sujetos a las paredes, los que servían de molde, dentro del cual se iba echando, por parte, la tierra húmeda, que luego era apisonada con angostos pisones, como se practica hoy en el encofrado de las estructuras de cemento armada.

Una vez colmado el molde, se ascendían y aseguraban de nuevo los tablones para continuar con otra sección horizontal.

Es de advertir que las aberturas para las puertas y ventanas se Practicaban a través de las paredes después de terminadas estas de modo a poder colocar convenientemente los marcos.

El revoque de las paredes se practicaba con boñiga fresca, o a base de tierra, arena y estiércol caballar seco y molido con agua arcillosa, agregándosele mas tarde yeso de las barrancas del Paraná.

He aquí una descripción tan amena como interesante, que de la construcción de estos tapiales nos ha dejado, a mediados del siglo XVIII, el jesuíta alemán P. Florián Baucke:

«Cuando se quiere levantar un muro, se hacen primero de tablas gruesas y cepilladas parejamente unas tablazones largas y altas en una longitud de más o menos de cinco o seis varas, pero en una altura de diez varas; éstas se clavan pareja y espesamente en el dorso sobre travesanos de modo que en el interior las tablas son completamente lisas; en cada travesano o crucero se ata soga larga con la cual se pueden clavar las tablas y ser tiradas más o menos a lo alto, conforme el muro se eleva más.

A espalda de estas tablas se colocan profundamente en tierra, tras cada crucero, unos postes de palmas gruesas y altas que están afirmados en contra y aseguran los tablas para que no cedan cuando se comienza con pisonear la tierra en el interior entre las tablas; y para que la pared sea levantada también derecha, se cortan en una longitud, en cuanto a la pared debe ser gruesa, unos palos iguales que deben servir adentro como separadores para que las tablas no se inclinen tampoco en el interior cuando las tablas arriba en las puertas se unen por sogas.

construccion de los aborigenes en el virreinato
Se puede observar los encofrados de madera que se van subiendo para formar las pardes

«También hacen de rajas de cañas un enrejado tejido [zaranda], echan la tierra a través de él y la vuelcan adentro por entremedio de las tablas sólo en altura de un dedo parado, suben luego entre las tablas y pisan primero con los pies la tierra, luego con angostos pisones de madera, preparados al efecto, pisonean poco a poco tan firme hasta que esta primera carnada de tierra ya empieza a retumbar y la uña del dedo puede ser impresa [solo] con dificultad.

Después se vuelca adentro la segunda capa de tierra, otra vez en la misma altura como antes; ésta se pisa y pisonea como antes; así se acostumbra hacer hasta que la tierra está pareja con las tablas.

Si cada capa ha sido bien pisoneada, no queda más gruesa que un dedo. La tierra no debe estar demasiado seca ni demasiado mojada, sino únicamente algo húmeda.

Yo tenía hasta diez tablas iguales de fuertes maderos gruesos de las cuales colocaba cinco a cada lado; por lo tanto yo podía construir en una mañana con suficiente pisoneo un trecho de pared de una longitud y altura como tenían los maderos.

Luego las tablas se tiraban hacia arriba aseguradas de nuevo abajo en la pared terminada, y se seguía como al principio.

Las tablas abarcaban abajo un cuarto de vara de alto de la pared, contra la cual en parte se afirmaba por las palmas mediante cuñas hechas; arriba se colocaban otra vez los separadores para que la pared acaso no se ensanchara o angostara, y las palmas también se unían de nuevo por las sogas, y en igual forma como al principio, la tierra se echaba en altura de un dedo y se apisoneaba.

«Ahora hay que advertir que en la construcción de las paredes no se hace ninguna ventana ni puerta, sólo se colocan derechos en los cuatro costados grandes postes labrados, uno al lado del otro, en grosor de la pared, lo mismo también donde debe estar la puerta. Sobre estos postes se echa de nuevo la tierra y se sigue pisoneando.

Después que la pared ya tiene una altura de seis o siete varas, son retirados a un lado las tablas y palmas y donde se ve estar los postes que muestran la altura de las ventanas y puertas, se coloca una plomada en el cordel y se dibuja la anchura y altura de la ventana y de la puerta, luego con una fuerte barra de fierro, puntiaguda de un lado, afilada por el otro, de un peso de a lo menos veinticuatro libras, se hace la abertura a través de la pared y se la arregla de manera que los marcos de ventana puedan ser colocados convenientemente.

La pared si bien aún no secada y todavía húmeda se atraviesa difícilmente y la tierra que se tira hacia afuera es aún más firme si se pisonea humedecida y de nuevo se usa para la pared.

Pero cuando hay que romper una pared ya secada y reseca, está tan fuerte que se apercibe hasta fuego cuando se la labra a través mediante la barra de fierro.

«A causa de haber allá poca cal, aunque se encuentran suficientes piedras de cal en otros parajes, cuesta sin embargo mucha fatiga, trabajo y dinero para conseguir ésta, por eso hacen diferentes revoques en las paredes: el primero es de tierra, arena y estiércol caballar seco molido que se mezcla con agua arcillosa; este revoque no se raja jamás, y mucho menos aún, el segundo que se hace de puro estiércol vacuno fresco sin una mezcla de otra materia; el tercero se mezcla con arena, caliza de puras ostras quemadas y con polvo de ladrillo.

Al principio he usado siempre el primero hasta que he encontrado yeso en el Paraná; después he revocado las paredes por completo con yeso.

Esto ocurrió en los últimos siete anos cuando yo me había edificado una casa completa y la había cubierto por entero con tejas quemadas.

El comerciante holandés Acáratte de Biscay, que visitara la ciudad en 1658, nos ha dejado al respecto una interesante descripción de Buenos Aires, entre cuyos párrafos sacamos:

«Las casas del pueblo están construidas de barro, porque hay poca piedra en todas estas regiones hasta llegar al Perú; están techadas con caña y paja y no tienen pisos altos; las habitaciones son de un solo piso y muy espaciosas; tienen grandes patios, y detrás de las casas, grandes huertas llenas de naranjos, limoneros, higueras, manzanos, perales y otros árboles frutales, con legumbres en abundancia… Las casas de los habitantes de la clase elevada están adornadas con colgaduras, cuadros y otros ornamentos y muebles decentes, y todos los que se encuentran en situación regular son servidos en vajilla de plata y tienen muchos sirvientes».

Con la prosperidad económica y el advenimiento del adobe y el ladrillo, el descubrimiento de la cal en varias regiones del país y la introducción y poco después la fabricación de tejas, pronto mejoró la arquitectura solariega de Buenos Aires y de los pueblos del interior, y el primtivo «rancho» fué evolucionando, hasta convertirse, no sólo en vivienda confortable, sino también elegante, como de ello dan testimonio numerosos ejemplares que todavía podemos admirar en algunas ciudades, sobre todo en Córdoba y Salta.

Las casas se construyeron más sólidas y más amplias, adoptándose la disposición española: un zaguán, un patio rodeado de habitaciones y a veces, en el fondo, un huerto o un corral.

Este patio central, privilegio de que sólo gozaban en Europa las casas señoriales, se debió al singular ingenio de los fundadores de nuestras ciudades, quienes dotaron a sus casas de este recurso edilicio tan indispensable al confort y a la salud.

vivienda colonial en salta
Vivienda colonial en salta

El zaguán presentaba un artesonado más o menos caprichoso, y de un fuerte soporte, incrutado en la pared, pendía el farol con velones de aceite.

Los pisos se pavimentaban con ladrillos y las puertas se fabricaban con madera dura.

Próximos al umbral, un par de poyos, de recio material, completaban el buen gusto y la comodidad.

Mención aparte merecen los frentes de las casas, adornados con molduras, florones y pináculos cónicos, y con pilastras a ambos costados de las puertas (estilo colonial).

Cobra importancia la arquitectura civil con la construcción de
los cabildos y de algunas la arquitectura religiosa, mediante la erección, en las ciudades de amplios templos y conventos.

Balcon colonial de una casa en Salta
Balcon colonial de una casa en Salta

La aparición del ladrillo y de la teja, que tanta importancia tuvo en la evolución arquitectónica, data de fines del siglo XV en Córdoba, y principios del xvn en Buenos Aires.

A esta industria hace alusión el gobernador Hernandarias en cartas del 5 de abril de 1604 y 30 de junio de 1608, cuando escribe, en la primera: «Porque para perpetuidad y lustre de todos los edificios y particularmente de las iglesias, hacía gran falta en toda esta Gobernación la teja, he dado orden se haga en la ciudad de la Asunción, Santa Fe y en ésta [de Buenos Aires], y se va haciendo con gran diligencia y cuidado» ; en la segunda, aclara:

«He puesto por obra casas de Cabildo y Cárcel que no había en esta ciudad [de Buenos Aires], y será una de las buenas casas que halla en ella, y de mucho momento… y con la teja que he ordenado se haga, quedarán cubiertas de ellas».

Los primeros tejeros con que contó Buenos Aires fueron portugueses, entre ellos Joseph de Acosta y Antonio Franco a quienes el gobernador permitió entrada y estadía «por la utilidad que viene a la República por estar por cubrir las casas de esta ciudad» ; en 1608 hace su petición el Cabildo el tejero de oficio, Fernando Alvarez, y, a partir de esos años, las industrias tejera y ladrillera fueron creciendo sin cesar durante los siglos XVII y XVIII.

En cuanto a la cal, tan necesaria para la construcción, pero tan escasa en esa época, se mencionan tres tipos: la cal de conchilla, procedente de Magdalena y sus alrededores, la cal de Córdoba, la más apreciada, y la cal de la Banda Oriental.

Hacia 1700 empiezan a edificarse casas de dos pisos, y algunas construcciones, por sus proporciones y ornato, adquieren categoría señorial.

Puerta y ventana de una casa Colonial en el virreinato
Puerta y ventana de una casa colonial

Cincuenta años más tarde, los techos cubiertos de tejas tipo español y a dos aguas, van cediendo a casas con azotea con caños salientes o gárgolas para el desagüe de las aguas pluviales; se generaliza el uso del vidrio en las ventanas, separadas de la calle por sencillas rejas salientes o «voladas», de hierro forjado ; las puertas de calle son amplias y de cuarterones, y
simple cornisa, y en la balaustrada de la azotea, las pilastras rematan por un motivo en forma de vaso, florón, pina o perillón.

El patio interno, adornado con magnolias y glicinas y rodeado de macetones con plantas y flores de malvones, presenta en la parte céntrica un aljibe destinado a recoger el agua de lluvia para el lavado de ropa, estando decorado con hermosas mayólicas, ya florentinas, ya sevillanas.

Este es el tipo de casa que constituye la mayoría de las existentes en la ciudad si descontamos algunas raras excepciones como las de Azcuénaga o de la

«Virreina, que lucían regios portales inspirados en el lujoso barroco andaluz del siglo XVIII esta misma monotonía es la que da a la ciudad ese aspecto frío y falto de elegancia de que nos habla Brackenridge: «Buenos Aires se extiende sobre la barranca unas dos millas de largo sus cúpulas y torres y las pesadas masas de edificación le dar un aspecto imponente, pero algo sombrío. Inmensas moles de ladrillos pardo oscuros, con poca variedad, pesadas y tristes, demostraban que no había surgido bajo el patronato de libertad.»

Poco a poco, las principales ciudades y villas más importantes van perdiendo su característica de pobreza al surgir una edificación homogénea pero de líneas armoniosas, sobresaliendo, por sus proporciones arquitectónicas, las cúpulas de las iglesias y las torres de los cabildos.

Como reliquias de este antepasado histórico aún podemos admirar, además de esos templos y cabildos, algunas casas señoriales que han resistido a la acción del tiempo y a la piqueta del progreso moderno.

Resumiendo las impresiones de los viajeros de mediados del siglo XVIII sobre la edificación de Buenos Aires, consignamos el juicio de don Juan F. de Aguirre, miembro de la Comisión de Límites:

«Ningún edificio hay en Buenos Aires que merezca el nombre de magnífico; estoy cierto que si el viajero de España viera la ciudad no encontraría en qué formar la consideración de las Nobles Artes; pero también me inclino que le gustaría y se diera por satisfecho de examinar la medianía general que se observa.

No se ve lo magnífico, pero tampoco lo miserable; se entiende en el casco de la ciudad, pues a… de tierra es la mayor parte de ranchos.

«Las casas de Buenos Aires comprenden por lo general una superficie cuadrilonga; las principales dan por zaguán entrada a un patio al que caen las viviendas, que es circunstancia apreciable y muy ventajosa miren las puertas y ventanas al norte.

Son buenas casas y capaces: la mayor no ocupará media cuadra. Las de segundo origen siguen el mismo estilo y también el de comunicar a las calles sin zaguán, sino inmediatamente por salas y cuartos».

Este juicio que acabamos de emitir, y con el que coinciden todos los viajeros de esa época, abstracción hecha de los poco halagadores juicios británicos, podemos hacerlo extensivo a todas las demás ciudades del Virreinato.

Por lo que respecta a la edificación en los años de la independencia, he aquí el interesante relato que nos dejara el inquieto viajero y hombre de ciencias inglés Charles Darwin, que nos visitara a los pocos años de los acontecimientos de Mayo:

«Consideradas desde el interior, las casas tienen un patio cuadrado y todas las habitaciones se abren sobre este pequeño pero confortable patio. Las casas, por lo general, sólo tienen un piso, pero con azotea, estando ésta provista de asientos utilizados frecuentemente por los inquilinos en los días de verano.

El conjunto de estas casas (que rodean a la plaza) ofrece un aspecto bello tomadas en conjunto, aunque ninguna en particular puede vanagloriarse de su arquitectura».

Urbanismo.

Conocemos que el trazado de las ciudades se realizaba de conformidad a minuciosas ordenanzas reales sabiamente estudiadas; en cuanto a su ubicación, fué tan acertada, que casi todas las grandes ciudades con que cuenta hoy nuestro país datan de años anteriores a 1810.

Respecto a la estética edilicia y a la higiene, podemos afirmar que regían en las ciudades de América las ordenanzas vigentes en la Península. Sería un error creer que era lícito edificar al capricho de cada uno sin tener en cuenta los intereses vecinos o las reglas de la estética y de la higiene.

La misión de los «alarifes, veedores y medidores» tenía por objeto impedir que la edificación invadiera terrenos ajenos.

Como los hormigueros, en esa época, constituían en Buenos Aires un problema muy serio para los cimientos, se introdujo la práctica de emplear piedra en esta parte a pesar de la escasez de ese material, que se traía de la otra banda del Río de la Plata.

No se permitía que las aguas de lluvia se vertieran sobre el tejado del vecino, a menos «que conste por instrumento el haberse convenido el uno y otro vecino en consentirlo»; de lo contrario, debía retirarse la obra de construcción cuanto fuere menester para que las aguas cayesen dentro de la misma propiedad y no en la ajena; las aguas de las azoteas debían encauzarse de tal suerte que no cayeran sobre las veredas , y por esta misma razón los aleros de los tejados con pendiente a la calle debían tener «canalones de plomo o de hoja de lata»; en cuanto a las aguas de cocina y otras menores, deben ser conducidas hasta donde más convenga por «un conducto con arcones vidriados».

Las paredes de calle, revocadas de cal y arena hasta dos varas y media de alto, y las veredas, estar cubiertas «con baldosas de piedra berroqueña de tres pies en cuadro, que han de tener un agujero en medio para poderlas levantar con palancas cuando se necesite».

Desde 1627 se había ordenado en Buenos Aires el empedrado de las calles, dejando un espacio de una vara de la pared para veredas, cuya construcción se urgió años más tarde.

Además, en 1638 se nombró un almotacén o encargado de la limpieza de las calles.

A los alarifes incumbía verificar la «entera nivelación de la ciudad, según y conforme está mandado, y queden construidas todas las veredas, que han de servir para lo sucesivo de balizas constantes por donde se dirija no sólo la fábrica de las casas, sino también el general arreglo del plano de las calles por su centro».

Y ya en 1754 se había ordenado por Bando que los dueños de terrenos baldíos, dentro del ámbito de la ciudad, los rodearan de cerco; de lo contrario serían desposeídos de su propiedad.

Todas estas ordenanzas minuciosas, que uno tomaría por disposiciones modernas, nos demuestran las preocupaciones de los gobernantes de esa época por el mejoramiento edilicio de los pueblos y que sus habitantes no vivían, como pudiera creerse, a la manera de nómades o gitanos.

Por sus iniciativas edilicias y el espíritu práctico, culto y progresista que los animó, merecen citarse el virrey Vértiz y el gobernador-intendente Francisco de Paula Sanz.

Supuesta la mísera condición económica que aquejó al Virreinato por ese entonces, y teniendo presente su escasísima población, hay que convenir que las condiciones higiénicas y el aspecto estético de nuestras ciudades eran mejores que los de no pocas poblaciones de nuestro siglo embriagadas de riqueza y de progreso.

Fuente Consultada: Historia de la Cultura Argentina de Francisco Ariola Tomo II Editorial Stella

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Enlace Externo: Arquitectura Colonial

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Una de las actividades más practicadas por los argentinos durante varias décadas fue sin dudas las partidas de billar, un entretenimiento que despertó el interés de los hombres, que durante años se reunían frente a la mesa con paño verde para disfrutar de una competición en la que se requería destreza.

Fue en el año 1801 que se supone abrió una de las primeras confiterías que incluían billar.

Por lo menos así lo retrataron las publicaciones de la época, como es el caso de un anuncio del El Telégrafo Mercantil, en relación a la apertura del Café de Marco, que se encontraba ubicado en la esquina de Santísima Trinidad y San Carlos, en la actualidad Bolívar y Alsina.

El artículo publicitario mencionaba lo siguiente:

«Mañana jueves se abre con superior permiso una casa café en la esquina frente del colegio, con mesa de billar, confitería y botillería. Tiene hermoso salón para tertulia, y sótano para mantener fresca el agua en la estación de verano. A las 8 de la noche hará la apertura un famoso concierto de obligados instrumentos».

No obstante, se sabe que el billar llegó a Buenos Aires a comienzos del siglo XVII, y en sus primeras épocas fue conocido con el nombre de Truque, utilizando los mismos elementos, reglas y técnicas que se usarían posteriormente en las partidas de billar.

Por lo general, todos los que deseaban jugar al Truque asistían a un local que precisamente se encontraba emplazado en el mismo sitio donde 200 años después comenzaría a funcionar el Café de Marco.

Este popular café era propiedad de Simón de Valdéz, quien además se desenvolvió por un corto período de tiempo como tesorero de la Hacienda Real, y en sus ratos libres gustaba de realizar operaciones comerciales ilícitas, tales como contrabando y tráfico de esclavos.

Pero aquel no era el único reducto en el que se podía disfrutar del billar, ya que en la segunda mitad del siglo XVIII abrió sus puertas el Café de la Sonámbula, cuya principal atracción era precisamente la mesa de billar.

Para el año 1779 diversas crónicas de la época aluden a un denominado Café de los Trucos, cuyo nombre deriva de aquel juego del truque.

Fue en ese mismo año que se inauguró el Café de los Catalanes.

Con el paso de los años el billar o truque se convirtió en una de las actividades más populares de Buenos Aires, por lo que el Virrey Vértiz decidió reglamentarla en el año 1799.

Probablemente por ese motivo surgiría el Café de Marco dos años después.

Por aquel entonces era común ver a distintos visitantes ingleses que viajaban a Buenos Aires y pasaban parte de su tiempo en los cafés donde se jugaba billar, atraídos seguramente por el ambiente porteño que podía respirarse en esos sitios.

Entre las crónicas de la época, podemos citar la del periodista y cronista británico Thomas George Love, el cual dentro de su obra «Cien años en Buenos Aires (1820-1825)» comenta al respecto:

«El café de la Victoria, en Buenos Aires, es espléndido y no tenemos en Londres nada parecido; aunque quizá sea inferior al Mille Colonnes y otros cafés parisinos.

Dignos de mención son el San Marcos, el Catalán y el café de Martín.

Todos ellos tienen patios tan grandes como no podría darse en Londres, donde el terreno es tan caro.

En verano están estos patios cubiertos de toldos, ofreciendo un placentero refugio contra el calor y el sol y tiene aljibes con agua potable.

Nunca falta en estos café una mesa de billar siempre concurrida, juego muy apetecido por los criollos, y las mesas están siempre rodeadas de gente».

Otra de las crónicas, en este caso una publicación que data del año 1836 y que pertenece a Alcides D’Orbigny nos relata lo siguiente:

«Eran malos y concurridos por gente pendenciera», mientras que Arsenio lsabelle describió a estos cafés como «espaciosos, pero pasablemente malos».

Por su parte, J. A. Beaumont documentó en 1828:

«Los cafés de Buenos Aires son muy concurridos y todas las noches se reúne en ellos gran cantidad de público a jugar a las cartas o al billar».

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