Ciencia Arabe

Origen del Califato Omeya y Abasida Historia de las Dinastías Arabes

Origen del Califato Omeya y Abásida
Historia de las Dinastías Arabes

HISTORIA: Mahoma murió sin descendencia masculina y no dejó resuelta la fórmula política de su Estado ni la cuestión sucesoria. Su actuación esencial fue como enviado de Dios o profeta y este cargo no podía dejarse en legado.

Los jefes y gobernantes que le sucedieron tomaron el título de Califas o Sucesores, y el primero de ellos fue su suegro Abu-Bekr (padre de Aixa, esposa favorita de Mahoma) que había actuado inseparablemente del Profeta desde los días de la Héjira. Este primer sucesor era hombre de carácter recto y enérgico. Hizo desaparecer a nuevos profetas que habían surgido. Terminó la conquista de Arabia y derrotó a los bizantinos cerca de Jerusalén.

historia de mahoma

En 635, fue elegido para sucederle Omar. Bajo su gobierno se conquistó Siria, Persia, Egipto y parte del norte de África (Libia, Barca y Trípoli).

En Egipto aprovechó las rivalidades existentes entre diversos sectores de la población, principalmente entre los coptos y bizantinos (este aprovechamiento de circunstancias políticas propicias; fue el procedimiento al que frecuentemente recurrieron los sarracenos y puede explicar la rapidez y rotundidad de sus éxitos). Sólo encontraron resistencia seria en Alejandría, que fue sitiada, tomada tras un largo asedio, e incendiada, siendo pasto de las llamas su famosa biblioteca.

Los primeros cristianos fueron quienes denominaron bajo el apelativo de “sarracenos” a los árabes instalados,
en los comienzos, en las regiones que actualmente ocupan desde Siria hasta Arabia Saudí. También fueron llamados moros.

La expansión religiosa, política y geográfica del Islam se hizo a través de la guerra, conocida como jihad o guerra santa, con la excepcional fuerza combativa de los beduinos. A la muerte del profeta, el califa Omar –su sucesor– no encontró mejor remedio para acabar con las disputas interminables de aquellos nómades que lanzar a esos jinetes y camelleros al jihad.

Así fue como las tribus de beduinos realizaron las primeras conquistas. ¿Cómo eran aquellas jihad? Basta imaginar el andar de aquellos grupos reducidos, montados a caballo o camello, a través de enormes distancias, con sus convoyes, tiendas de piel de camello y de cabra, llevando su nueva fe como estandarte y su ancestral espíritu guerrero.

Golpeando como una lluvia incesante sobre las ciudades y pueblos sedentarios, hasta terminar dominándolos. La expansión se hizo, fundamentalmente, hacia el oeste. No hacia el norte, porque allí los desiertos fríos reemplazan a los desiertos cálidos y los camellos no podían resistir temperaturas tan bajas. Esa es la razón por la cual los árabes no triunfaron en el siglo VII en Asia Menor.

Con la sola excepción del Asia Menor, salvada por los bizantinos, los conquistadores árabes se apoderaron de todo Medio Oriente y se extendieron en forma rápida también hacia el oeste. Tan vertiginoso avance se debe, fundamentalmente, a tres razones: lo inesperado del ataque, el veloz ritmo que tuvieron las campañas militares, y un tipo de ataque destructor a partir del aislamiento de las ciudades atacadas hasta obligarlas a rendirse, una tras otra.

Pero no solo el éxito militar alcanza para explicar la rápida expansión árabe: la región atacada y sus ciudades, además, estaban entrando en una lenta decadencia. Habían perdido dinamismo y protagonismo histórico.

Lo que sí mantenía vigente al Medio Oriente era una  antigua afinidad religiosa y moral: creencias, mitos, costumbres.

Como la nueva fe que trajeron los conquistadores árabes se había forjado dentro del mismo marco, no les resultó extraña. Después de la derrota militar siguió entonces una rápida asimilación al Islamismo: la nueva religión puso a aquellas viejas ciudades de nuevo en vigencia, con las fuerza renovadas.

El califa Omar fue asesinado en 644 por un esclavo persa. Fue elegido para sucederle Otmán, de la familia de los omeyas, quien, en 656, fue asesinado en su propio domicilio por unos sediciosos.

En la época de los califas electivos, el tercer califa  fue un Omeya: Otmán (570-656),
rico comerciante de La Meca casado sucesivamente con dos hijas de Mahoma.

A Otmán sucedió Alí, primo y yerno de Mahoma. Había pretendido anteriormente su elección. Tuvo desde el principio la enemiga de los partidarios de Otmán, uno de cuyos parientes llamado Moawia (ó Muawiya) , que gobernaba Siria, se alzó con el país al par que Aixa, viuda de Mahoma, se sublevaba en Mesopotamia. Acudió a las armas Alí, y aunque apresó a la segunda y venció al primero, no pudo, merced a un ardid de los soldados enemigos, consumar su victoria.

 Tras un convenio en que se acordó un arbitraje, cuyo resultado amañó Moawia en su favor, tuvo Alí que abandonar su cargo y, asesinado poco después, quedo Moawia como califa (661). Moawia situó la capital en Damasco. Esta decisión no fue caprichosa, sino que tenía una clara finalidad política.

Con el califa Walid I, que reinó del 705 al 715, se llega a la cumbre del poder de la dinastía omeya.

A Walid I le sigue Sólimán (715-717), luego Omar II, luego Yazid II, Hisham (724-743) , Walid II, Yezid III y finalmente Meruán II.

SINTESIS: DINASTÍA O CALIFATO OMEYA:  La familia de los Omeyas, descendiente de un tío de Mahoma, se hizo dueña del califato entre los años 661 y 750.

ya para entonces, el islam había trascendido las fronteras de la Península Arábiga para extenderse en forma vertiginosa por todo el Medio Oriente y el oeste de África. Los omeyas residieron en Damasco (Siria), para poder vigilar mejor el sistema administrativo y financiero del gobierno.

Además, continuaron con la expansión (también llamada «guerra santa» o jihad) e incorporaron nuevas tierras al inmenso imperio. Una de sus grandes conquistas fue la Península Ibérica, adonde ingresaron en el año 711: después de vencer a los visigodos, se apoderaron de casi todo el territorio, excepto una pequeña porción en el extremo norte.

España se convertirá en un emirato dependiente del califa de Damasco.

Si bien debieron renunciar a la conquista de Bizancio (el «fuego griego» flotando sobre el agua incendió sus naves) y también del reino franco (Carlos Martel los expulsó en el 732 después de rechazarlos en Poitiers), los califas de Damasco reinaron desde el Atlántico hasta los confines de la China y de la India.

En cien años, la antigua comunidad de la ciudad de Medina había dado origen al más vasto imperio de la época. Claro que, y este es todo un detalle, en los países conquistados, la administración seguía en mano de los pueblos «indígenas», los escritos se redactaban en griego o en persa antiguo. Y el arte continuaba siendo de inspiración netamente helenística.

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LA DINASTIAS ABASIDA:

HISTORIA: Poco tiempo se mantuvo el extenso imperio formado por las conquistas de los sarracenos o moros, bajo el gobierno de un solo califa.  Como dijimos antes al omeya Walid I (705-715)  sucedió su hermano Solimán (715-717), hombre relajado y cruel, y a éste Omar II (717-720), que intentó dar unidad política y religiosa al heterogéneo imperio.

Poco tiempo despúes apareció en escena otro personaje, Abul-Abbas, biznieto de Abbas, tío del Profeta, el cual se sumó al partido de los descendientes de Alí, que se adjudicaban la legitimidad en la sucesión, y procediendo con actividad y energía logró destronar , vencer y dar muerte a Meruán II, proclamándose califa y ordenando el exterminio de toda la familia de los omeyas.

Un joven miembro de aquella familia llamado Abderramán logró escapar de la matanza y, tras andar algún tiempo errante por el África, pudo llegar a España y fundó en ella la dinastía omeya española.

Así en el año 755 el imperio se dividió en dos califatos, el de Occidente, que comprendía solamente España con su capital en Córdoba y el imperio sarraceno de Oriente, que abarcaba el norte de África y todos los países orientales y cuya capitalidad fue trasladada de Damasco a Bagdad.

El califa de Bagdad fue considerado generalmente como jefe del mundo islámico, fundando asi  la dinastía de los abasidas (de Abbas, su primer califa), el segundo de ellos se trasladó a Mesopotamia, y estableció la capital del imperio en Bagdad, como ya hemos dicho.

Pero los abasidas, en su oposición a todo cuanto pudiera recordar la actuación de los omeyas, volvieron a considerarse como jefes religiosos mezclando la religión con la política; el efecto de este sistema fue el de robustecer el poder despótico de los soberanos que actuaban como los antiguos reyes orientales.

Se implantaron algunas reformas como la de las postas oficiales, que en realidad vinieron a ser una red de información policial al servicio del monarca.

El primer califa fue Abul-Abbas (750-754), apodado el Saffah (el sanguinario, por las grandes matanzas que ordenó). A éste sucedió su hermano Almansur, que reinó hasta 775. Realizó importantes obras; implantó el árabe como idioma oficial; mejoró la economía del país, que alcanzó gran prosperidad y protegió las letras y ciencias, que florecieron en su reinado.

El más famoso de todos los califas de Bagdad fue Harún-ar-Raschid, que subió al trono en 786 y bajo su gobierno alcanzó su corte un inusitado esplendor. En Las Mil y una Noches podemos encontrar relatos y estampas de la vida que llevaba aquel monarca y el pueblo de su capital.

Era artista y magnánimo pero cometió grandes crueldades. Sostuvo campañas afortunadas con los bizantinos.

En su tiempo un rebelde llamado Edris, de la familia de Alí, fundó en Fez el reino independiente de los edrisitas y enviado para combatirle Ibrahim-Ben-Aglab, se sublevó en Túnez y estableció la dinastía de los aglabitas, con su capital en Keruán.

Muerto Harún-ar-Raschid en 809 se sucedieron numerosos califas en medio de sangrientos desórdenes y asesinatos. Abundaron las divergencias religiosas, y los musulmanes se dividieron en numerosas banderías.

Los califas, sintiéndose inseguros, se acogieron a la custodia de una guardia personal formada por mercenarios extranjeros que acabaron por adueñarse de la situación.

Las provincias fueron cayendo unas tras otras en poder de los turcos, hasta que en 1258 los mongoles, bajo el mando de Hulagu, un nieto de Gengis Kan, conquistaron el califato de Bagdad y derrocaron la dinastía de los turcos selyúcidas.

SINTESIS DE LA DINASTIA ABASIDA: A mediados del siglo VIII se produjo una gran conmoción en el mundo islámico, al pasar el califato a manos de la dinastía Abasida (750-945) después de una cruenta lucha. El estandarte negro reemplazó a partir de entonces al estandarte blanco de los omeyas, que de algún modo representaban a lo más puro de la descendencia árabe.

Con los abásidas, el eje político dejará de ser Damasco para pasar a ser Bagdad. El Islam se replegará un poco más sobre el este y abandonará un tanto la zona del Mediterráneo. Durante el mismo período se construyeron grandes ciudades como Samara (sobre el Tigris), Basora, que es un gran puerto, y El Cairo.

En tanto, Abderramán, único sobreviviente de la matanza de los Omeyas ordenada por los Abasidas, desembarcó en España en el 755 y logró hacer reconocer su autoridad.  Creó así un emirato, ahora dependiente de Bagdad.

En el año 929, Abderramán III, imitando el ejemplo de sus correligionarios de Túnez, adoptó el título de califa, instalando la capital del Califato en Córdoba. Durante ese siglo, España se convirtió en un polo cultural y literario que asombró a Europa, hasta entonces sumida casi en la barbarie.

La fuerte organización del Califato de Córdoba duró hasta el 1002, cuando se desmembró en una serie de reinos llamados de Taifas (banderías), lo que favoreció la marcha de la reconquista cristiana de España. Este largo proceso lo había iniciado aquel pequeño núcleo del norte que resistió la entrada de los árabes en el 711.

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ALGO MAS…
EL MUNDO ISLAMICO 500-800 d.C.

La administración de los omeyas
BAJO LOS CALIFAS omeyas (661-750), el Islam dominó la tercera parte del mundo antiguo, formando así el imperio más extenso jamás visto. Las fronteras permanecieron relativamente estables bajo la siguiente dinastía abasida (750-1258), cuando se incrementó el comercio a larga distancia y las condiciones pacíficas estimularon el crecimiento económico.

También hubo un deslumbrante florecimiento cultural que sintetizó con éxito muchos de los progresos de pueblos sometidos, incluidos los greco-romanos del Mediterráneo oriental y los persas de Irán. Se produjo un renacimiento en la construcción de magníficos edificios con artesanos talentosos y un nuevo desarrollo del saber.

Los palacios en medio del desierto, en Siria y Jordania, incorporaron baños y mosaicos en la mejor tradición greco-romana y fueron construidos por los descendientes directos de artesanos que habían gozado de la protección bizantina. Los eruditos y científicos islámicos copiaron y desarrollaron el trabajo de sus predecesores greco-romanos. En algunos aspectos, efectivamente, fueron los omeyas y abasidas, más que Bizancio o Europa occidental, los herederos de las artes y el saber de Grecia y Roma.

Con la ascensión de la dinastía abasida, hubo un cambio en la perspectiva cultural trasladándose desde el Mediterráneo hacia Mesopotamia y Persia. La capital omeya había sido Damasco, pero en el 766 los abasidas la trasladan a Bagdad.

Estratégicamente ubicada a orillas del Tigris, en la encrucijada de las principales rutas comerciales de Oriente y Occidente, Bagdad se convirtió en un poderoso símbolo del dominio abasida.

La Ciudad Circular, un complejo administrativo, tenía dobles defensas de ladrillos de barro con cuatro entradas en los puntos cardinales.

El califa ubicó su palacio en el centro de la Ciudad Circular; los funcionarios habitaban en un anillo de residencias, al interior de las murallas. Los mercados y la mayoría de la población se ubicaban afuera, alrededor del antiguo centro de Al Karkh.

Las mezquitas, los edificios más importantes del Islam, existían en todas los pueblos islámicos. A pesar de las variaciones, todas consistían en un patio y salón cubierto para oraciones con un mihrab, un nicho en la muralla, que indicaba la dirección de la oración, hacia La Meca.

Otra característica era el minarete, o torre, desde el cual todavía se hace el llamado a oración. Una de las mezquitas más grandes se construyó en España, en Córdoba, se comenzó en el 785 y era capaz de albergar a 5.500 fieles; sin embargo, la mayor de todas era la Gran Mezquita, erigida en Samarra, Irak, por el califa Al-Mutawak-kil en 849-850.

Aunque, probablemente, el más imponente de los antiguos edificios religiosos del Islam no es una de estas grandes mezquitas sino el santuario menor de la Cúpula de la Roca en Jerusalén, ricamente decorado con mosaicos de frutas, vino y árboles se consideraba idolátrico,representar figuras humanas y animales en un contexto religioso.

Fuentes Consultadas:
Historia Universal de la Civilizacion Tomo II Editorial Biblioteca Hispania Ilustrada  – Los Sarracenos –
La Magia del Islam Historia de la Humanidad Para Principiantes  – Colección Biliken Cuadernillo Nº11

Arquitectura Árabe o Islamica Arco Herradura, Arabescos, Alminares

Arquitectura Árabe o Islámica
Arco Herradura, Arabescos, Alminares

El arte musulmán nació del contacto con otras culturas. Sin embargo, la religión restringió la exteriorización de la forma artística en la construcción de mezquitas y palacios. En cambio, fue mayor la riqueza de la decoración y de los motivos ornamentales. La cerámica, el estuco, los frisos y los arabescos abundan en las paredes y en los arcos de herradura con motivos en madera, cobre o bronce.

En el momento en que los árabes, espoleados por su reciente fe en Mahoma, se lanzaron a la conquista del mundo, sólo eran nómadas sin el menor pasado cultural. Todo lo referente al arte les era extraño y el primer contacto lo tuvieron en los países conquistados, de tradiciones artísticas y culturales bien establecidas; a saber, Siria, Egipto y Mesopotamia.

Los musulmanes tuvieron el enorme mérito de no ignorar este capital y mucho menos de destruirlo. Por el contrario, lo aceptaron y adaptaron a sus necesidades personales y estéticas. Esta mezcla, esta fusión de valores artísticos extranjeros y conceptos propios, es una de las más importantes características del arte musulmán cuyo florecimiento duró tres siglos. La influencia de la religión en la estética es una segunda característica de este arte.

Por tal motivo, dado que el Islam veía con malos ojos la representación de seres vivos, la escultura y la pintura no existen prácticamente, pero como los califas y altos dignatarios eran protectores naturales de las artes, sus palacios y casas estuvieron ricamente decorados. Esto explica que en todos los países musulmanes se encuentren, a pesar de todo, frescos murales y frisos con numerosos personajes.

Sin embargo, todo esto repercute en el arte decorativo. Pero fue un arte decorativo que no conquistó las mezquitas, en las que, no obstante, la creación artística se manifestaba con mayor fuerza. Puede decirse, pues, que la escultura, así como la pintura, tuvieron sólo un papel secundario en todas las manifestaciones y creaciones artísticas del Islam.

Por el contrario, los motivos decorativos son mucho más importantes y ricos, hasta el punto que constituyen la característica esencial de la arquitectura. Con frecuencia las formas estructurales se ven sofocadas por exuberantes motivos decorativos, tanto en el interior como en el exterior de las construcciones. Asimismo, el artista usa como temas, puertas, hornacinas y arcos. Así, los arcos de herradura se han extendido a través de todo el Islam.

arcos herradura de la arquitectura arabe

Santa María la Blanca, en Toledo, que fue primero una sinagoga y después una iglesia católica, es un testimonio de la influencia e importancia del   estilo   árabe   en   España

El carácter ornamental llevado al máximo en la arquitectura musulmana impidió que fuera monumental. Este abuso de técnicas decorativas se debe al hecho de que los artistas musulmanes copiaron de otros pueblos los medios de exprésión artística.

Los asirios y los persas les transmitieron el arte de la loza y la cerámica, pero hay que reconocer el valor de sus trabajos en yeso, que les permitía dar a una pared desnuda la finura ; riqueza de un tapiz.

El estuco, mezcla de cal muerta, polvo de mármol y agua, les permitió realizar magníficos frisos que rodeaban arcos o dividían las paredes en varios paneles.

El arabesco es una de estas magníficas decoraciones murales. Se compone de figuras geométricas y líneas íntimamente mezcladas (ajaracas y almocárabes, atauriques), hojas estilizadas o motivos de escritura en árabe arcaico, particularmente destinado a este efecto.

En Córdoba, Granada y Sevilla, donde abundan las obras maestras de la arquitectura musulmana, encontramos otra forma de decoración de complicada poligonía, en «estalactita», es decir, que cae del techo. Asimismo se hizo empleo intensivo de mosaicos esmaltados.

Las mezquitas de España y Sicilia están adornadas con notables cinceladuras en madera y marfil. En otros países musulmanes predominó, sobre todo, la cerámica, tanto para el revestimiento del suelo como para la decoración de objetos de uso. El trabajo del cobre y el bronce, así como la perfección alcanzada en el arte del vidrio, completan la muy variada gama del arte ornamental musulmán.

Esta profusión y riqueza de motivos decorativos, ¿pueden considerarse una compensación o reacción contra la sobriedad del moblaje y la ausencia de cualquier otra ornamentación en las mezquitas? Cualquiera que sea el tipo al que pertenezca la mezquita, el único mobiliario está constituido por el mimbar, pulpito desde el cual el játib pronuncia la plática del viernes.

Este pulpito está situado en una especie de hornacina llamada mihrab, practicada en medio de la pared posterior de la mezquita y que señala la dirección de La Meca. La entrada al santuario está delimitada por un pequeño patio rectangular en medio del cual se alza la fuente que sirve para las abluciones rituales. Por el contrario, no hay bancos, sillas ni cuadros. Cada mezquita está coronada por un alminar. Los entendidos pueden reconocer el estilo arquitectónico de la mezquita observando su alminar…

Desde esas torres, siempre distintas, pero siempre esbeltas, donde mayormente se evidencia la diversidad y evolución del estilo árabe, e incluso sus influencias, el almuédano convocaba o convoca a los fieles a la oración.

alminar en la arquitectura árabe

Alminar árabe:El Corán es el libro sagrado de los musulmanes. Contiene los preceptos y dogmas que muchos musulmanes saben de memoria. «Los cinco pilares del islam» tiene especial importancia; junto con la fe en Alá, la oración, la caridad, el ayuno y la peregrinación a La Meca, forma el centro de las preocupaciones espirituales de los discípulos de Mahoma

Fuente Consultada:Enciclopedia Juvenil – Tomo I Credsa AZETA – Historia del Arte Árabe