Formación de los Estados Violeta y Abelardo

Concepto de Romanticismo Origen y Características de su Espiritu

Concepto de Romanticismo Origen y Características de su Espíritu

El romanticismo surgió en Alemania, a fines del siglo XVIII, pero pronto se extendió por el resto de Europa y en las nuevas repúblicas del continente americano, imponiéndose durante gran parte del siglo XIX. El nuevo movimiento proponía basarse en la imaginación, los sentimientos y las emociones por sobre lo racional, además de rescatar a la Edad Media, que durante muchísimo tiempo había sido considerada como una edad oscura para el saber y el arte.

También, al estar vinculado a la emoción más que a la razón, el romanticismo tuvo como inspiración lo misterioso, lo épico y también lo pintoresco y el aspecto majestuoso de la naturaleza.

A medida que el movimiento de la Ilustración del siglo XVIII, con su exaltación de la razón y el intelecto, iba debilitándose paulatinamente, se fue desarrollando una nueva actitud romántica que se prolonga durante la primera mitad del siglo XIX, con manifestaciones posteriores que llegan hasta el XX.

El romanticismo es un movimiento difuso con varias características diferentes, entre las que se distingue cierta tendencia en las diversas artes, como la pintura y la música. Si la tradición artística clásica se preocupaba por lo universal, los románticos se interesaron en lo individual y particular. Mientras el clasicismo hace hincapié en la racionalidad, el romanticismo exalta la libertad.

Goethe da comienzo al clasicismo alemán. El poeta, dramaturgo, novelista y científico alemán fue el iniciador del periodo clásico de la literatura alemana. Es autor de Fausto, un drama en dos actos en el que reelaboró la leyenda del erudito mago medieval Johann Faust.

Estas nociones no se limitan al arte, sino que inspiran el enfoque de todo un período. El contraste entre el antiguo régimen y la revolución francesa que lo destruyó es un aspecto político de esta misma evolución. Asimismo, el nuevo desarrollo del nacionalismo, una faceta política del romanticismo, contrasta con el enfoque universal del pasado.

En líneas generales, el desarrollo histórico puede resumirse en una fórmula: en la época medieval los hombres creían en Dios; el Renacimiento les enseñó a creer en sí mismos; durante la Ilustración creían en la razón y en la nueva era romántica creían en la libertad.

El hombre medieval nacía siervo de Dios, el hombre del Renacimiento se consideraba su propio dueño, los pensadores de la Ilustración concebían al hombre como un ser esencialmente razonable y los románticos lo imaginaron esencialmente libre.

Los románticos amaban la naturaleza frente a la civilización como símbolo de todo lo verdadero y genuino. También, en contraste con el carácter universalista del neoclasicismo, el romanticismo era individualista: había un gran aprecio por la individualidad y laí diferencias que esta establecía entre las diversas personas. Por eso, el romanticismo valoraba al «distinto», sus héroes eran siempre rebeldes que quebraban las reglas establecidas, fueran estas éticas o sociales.

En esa búsqueda de lo diferente, el romanticismo concentró su atención en lo exótico (países, lenguas y civilizaciones lejanas o perdidas), lo sobrenatural (nació la novela gótica, con monstruos, vampiros y fantasmas) y lo profundamente nacional (se rescataron tradiciones y lenguas regionales como el catalán, el vasco, el gaélico y el bretón), algo que también fomentó la aparición de un nuevo género literario: la novela histórica.

El Romanticismo impuso:

• Predominio de la imaginación y de la sensibilidad sobre la razón.

• Independencia trente a las reglas clásicas, a las políticas antiguas y a los paradigmas consagrados.

• Exaltación del individualismo.

• Ostentación del egocentrismo: el yo a través de la obra literaria.

• Democratización en los temas artísticos.

• Revalorización de la Edad Media y el arte ojival.

• Admiración del pasado nacional.

• Apertura del campo de la historia científica.

• Aparición del drama literario.

Jean J. Rousseau: El período romántico por excelencia, la era generalmente conocida como época romántica, es la de la revolución francesa y los cincuenta años siguientes. Su gran precursor fue el escritor francés Jean Jacques Rousseau (1712-78). Reaccionó contra la tendencia racionalista de la Ilustración y abogó por un retorno a la naturaleza.

Rosseau

Declaró que las excesivas formalidades y normas de la civilización moderna son influencias corruptoras y afirmó que los hombres deberían volver a la vida simple y saludable de la tierra. La hipótesis que encierra esta concepción es que los hombres han sido desviados de su condición original, «natural», en la que habían sido buenos y libres.

El «noble salvaje» de Rousseau no había sido contaminado por los valores inferiores de la vida civilizada y se había mantenido independiente en su estado.Tal concepción es, por supuesto, tan simplista como la creencia exagerada en el poder de la razón.

En cuanto a la educación, Rousseau condenó los métodos tradicionales basados en el formalismo y la disciplina y en su lugar quería simplemente fomentar la curiosidad natural y espontánea del joven. La práctica actual de la enseñanza desprovista de formalidades es una noción romántica directamente inspirada en Rousseau.

En el ámbito político, consideraba a todo gobierno como opresivo, a no ser que la autoridad permaneciera en manos de los gobernados. Tal concepción está recogida en forma vivida en la Declaración de Independencia Americana y en la frase de Lincoln: «gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo».

El espíritu nacionalista: Cuando en 1789 estalló la Revolución francesa, los escritores y filósofos de muchos países se inspiraron en los nuevos ideales de libertad. Prometía la liberación del antiguo orden político, lo mismo que en el terreno artístico el romanticismo constituía una ruptura con los hinchados convencionalismos del pasado.

Si bien la escultura romántica conserva bastantes aspectos estéticos del neoclasicismo, le suma cierto realismo histórico y el espíritu romántico, particularmente a la hora de elegir los temas. Aunque la escultura romántica no fue tan prolífica en su producción como la pintura o la literatura, sí manifestó mucha energía y dinamismo.

Los franceses fueron sus mejores representantes, particularmente Francois Rude (1784-1855) -considerado el escultor francés más importante de este período-, Pierre Jean David d’Angers (1788-1856), Jean-Baptiste Carpeaux (1827-1875) y Antoine Louis Barye (1796-1875), considerado el mejor escultor de animales desde la Antigüedad.

El mal es real
El movimiento romántico del siglo XIX fue una reacción contra la excesiva simplicidad de las soluciones aportadas por los pensadores de la Ilustración. Esta idea está perfectamente expresada en la advertencia de Goethe de que no podemos captar el universo simplemente realizando cálculos.

En definitiva, quizás es un recordatorio general de que el mundo es más complejo y a la vez más simple de lo que nuestra nueva y predominantemente científica civilización es capaz de permitir: más complejo, porque los hombres suponen fácilmente que sus racionalizaciones científicas hacen justicia a la situación humana; más simple, porque todos los hombres poseen una penetración natural que les permite comprender a su prójimo.

Por otra parte, el enfoque romántico contiene un fallo inherente. Si lo único importante son los sentimientos y emociones, ello supone que no existe ningún criterio independiente para juzgar las cosas. Todas las normas universales son eliminadas. No sólo existe el peligro de ver la naturaleza a la luz de nuestras emociones, sino, lo que es aún más grave, en la esfera social y política, queda el campo abierto para medidas arbitrarias sancionadas por autoridades tan vagas como el instinto nacional o la voluntad general (ésta última noción es de Rousseau).

Nuestra época ha presenciado una despiadada represión en nombre de estas entidades míticas. En la medida en que el romanticismo invita a los hombres a no actuar razonablemente, su influencia es perniciosa. Los hombres no sólo sienten, sino que también piensan. Si pierden sus facultades de pensamiento racional, lo que queda es menos que un hombre, es algo inhumano.

LOS ROMÁNTICOS:
UN PECULIAR ESTILO DE VIDA.

[Al romántico] Le gusta hacerse notar por cualquier rareza en su aspecto, sus gustos y su carácter. Su modo de vestir, admite Théophile Gautier, está «profundamente meditado».

León Gozlan lo dibuja así: «un traje negro, abotonado desde el epigastrio hasta las carótidas maxilares, un cuello flojo»; además: «la tez pálida, escuálida y opalina…», una tez que debe revelar la angustia de una muerte próxima.  Debe vivir intensamente o desaparecer.

De hecho Byron, lord desengañado, a la vez amargo e insolente, muestra el tipo narcisista que no espera nada de los hombres antes del sacrificio altivo en Missolonghi; Sandor Petofi caerá en el campo de batalla de Segesvar en 1849; los duelos abrevian la vida de un Puchkin a los 37 años, de un Lerrriontov a los 27; de un Galois a los 21; Kleist mata a su amante, y luego se pega un tiro sobre el cadáver; Gérard de Nerval se cuelga en una callejuela; el actor Nourrit se precipita por una ventana, y, si algunos como Lenau, Schumann, Poe, se hundían en la locura 0 el alcoholismo, otros, Novalis, Shelley, Keats, Leopardi, Schubert, Chopin, Delacroix, Abel, son arrebatados por la enfermedad, las privaciones y las decepciones. ¡Cuántos desequilibras entre los príncipes de la época: un Carlos Alberto, un Federico Guillermo IV, un Luis I de Baviera, mientras que Luis Napoleón, sonámbulo, vive en su sueño y cree en su estrella!.

Cada uno es su propia ley y la rebelión le levanta contra las costumbres corrientes.

Robert Schnerb. El siglo XIX… [En Historia General de las Civilizaciones, dirigida por M. Crouzet.

Ver: El Romanticismo en la Literatura

Ver: El Romanticismo en la Música

Fuente Consultada: La Llave del Saber Tomo II La Evolución Social – El Romanticismo – Ediciones Cisplatina S.A.

Reinado de Carlos X de Francia Biografía y Gobierno

BIOGRAFÍA Y GOBIERNO DE CARLOS X DE FRANCIA

La restauración monarquica en Europa de 1815, sufrió una leve transformación al morir Luis XVIII en 1824 y llegar al trono Carlos X. Carlos X (1757-1836) era nieto de Luis XV y hermano menor de Luis XVI, y fue  rey de Francia durante 6 años, desde 1824-1830. Se le conocía como Carlos Felipe, conde de Artois, hasta que fue proclamado rey. Fue uno de los líderes durante la Revolución Francesa.

Posteriormente residió en Gran Bretaña (1795-1814). Tras la ascensión de Luis XVIII al trono francés (1814), Carlos regresó a Francia, donde encabezó al reaccionario partido ultramonárquico. El favoritismo hacia la Iglesia católica y la aristocracia que caracterizó su reinado levantó un gran rechazo en el pueblo. Atacado internamente por todos, pensó que una aventura guerrera fuera de Europa afianzaría su poder, sin enemistarlo con los demás soberanos europeos.

Así concibió la expedición a Argelia y al norte de África. Sin embargo, para realizarla debió desafiar la amenaza de Inglaterra, cuya posición era predominante en el Mediterráneo. De todas maneras, el resto de Europa veía con benevolencia esta acción francesa que, cualquiera que fuera su resultado, limitaría el absorbente y cada vez más extenso poderío inglés.

La aventura no fue secundada por el pueblo francés y la burguesía mantuvo su oposición al rey, quien limitó más la libertad de prensa, lo que condujo a la revolución en 1830, conocida como la Revolución de Julio. La revolución ganó la calle, se enarboló nuevamente la bandera tricolor y Carlos X debió huir del país.

Revolución de 1830: En la ciudad de París estalla un movimiento revolucionario que obliga a abdicar al rey francés de la Casa de Borbón, Carlos X, antes de extenderse a otros países europeos. Aunque los dirigentes más radicales propugnan la instauración del régimen republicano, los liberales defienden la continuación de la monarquía, si bien limitada en sus poderes, en la persona de Luis Felipe, duque de Orleans, que poco después será proclamado rey de Francia por la Asamblea Nacional.

carlos x de francia

El rey francés Carlos X sucedió a su hermano Luis XVIII en 1824 y acentuó la política reaccionaria de la restauración monárquica.  En el retrato  aparece Carlos X con la vestimenta propia de la consagración regia.

Carlos X a sus 67 años de edad, como nuevo rey conservaba del gran señor del Antiguo Régimen los modales y los principios. Su esbelta figura, sus aristocráticas maneras y su elegancia eran legendarias. Aferrado a las prerrogativas reales más que a nada, se hizo consagrar en Reims con el mayor ceremonial.

Contrario a toda reforma, estaba completamente decidido a continuar con la política reaccionaria; pero su falta de inteligencia, su mediocridad y su testarudez terminarían por perderle. Villéle siguió en su puesto y trató de consolidar la mayoría ultra para satisfacer a su nuevo soberano. Ligó más estrechamente el clero al Gobierno, haciendo votar la ley sobre el sacrilegio, que penaba severamente los ultrajes a la Iglesia. Y se aseguró el apoyo de los defensores del Antiguo Régimen haciendo votar la ley de los mil millones en favor de los emigrados, que indemnizaba a todos los que habían visto confiscados sus bienes por la Revolución.

Estas leyes irritaron a la oposición, que manifestó su hostilidad de diversas maneras: los entierros de liberales como el general Foy, Manuel y La Rochefoucault-Liancourt sirvieron de pretexto para que se reunieran inmensas multitudes, que chocaron violentamente con la policía.

En la Cámara, los constitucionales, con Royer-Collard a la cabeza, formaron un bloque con los liberales, los galicanos, e incluso con «la punta», grupo de oposición de extrema derecha, dirigido por La Bourdonnaye y Chateaubriand. Villéle pensó poner fin al desorden que provocaban, disolviendo la Cámara «retrouvée» para anticipar las elecciones, pero éstas arruinaron sus esperanzas: todos los oposicionistas se habían unido en la sociedad denominada «Ayúdate a ti mismo, y el cielo te ayudará», dirigida por Guizot; su propaganda fue tal, que consiguieron sacar 250 diputados contra los 200 que obtuvieron los partidarios del Gobierno.

Considerando lo ocurrido, Villéle presentó su dimisión al rey, en enero de 1828. Carlos X se halló, pues, ante una Cámara ingobernable, la mayoría de cuyos diputados le era hostil. Comenzó por contemporizar, y puso en el ministerio del Interior al vizconde de Martignac, un constitucional de derecha, partidario del acercamiento a los liberales. Todos sus proyectos de ley fueron rechazados por la Cámara de Diputados, y Carlos X se sirvió de estos fracasos para destituir a Martignac, en agosto de 1829, y confió el ministerio a uno de sus amigos ultras, el príncipe de Polignac. El nuevo ministro, hijo de la favorita de María Antonieta, y jefe de la emigración, se rodeó de ultras, todos hostiles a la Carta Constitucional.

1830: LAS «TRES GLORIOSAS»
Junto a los republicanos, que atacaban al régimen en sus periódicos «La Tribune» y «La Jeune France», apareció una nueva corriente de oposición, formada alrededor del duque de Orleáns; sus partidarios, entre los que se encontraban Talleyrand, Carrel, Mignet y Thiers —estos dos últimos, directores del periódico «Le National»—, eran realistas moderados, preocupados, sobre todo, por los intereses de la burguesía; la República les atemorizaba tanto como la vuelta del Antiguo Régimen, y soñaban con una monarquía a la inglesa, en la que el poder estuviera repartido entre el rey y las Cámaras. Ante la amplitud de la agitación, el soberano acabó por convocar a las Cámaras en marzo de 1830.

Las acusaciones y las amenazas proferidas por él en el discurso de la Corona contra los oposicionistas, no intimidaron en absoluto a éstos; en la contestación, votada por 221 diputados, se proclamaba solemnemente el derecho de los franceses a discutir los intereses públicos, y se acusaba al rey de violar abiertamente la Carta. Ante tanta jactancia, Polignac hizo disolver la Cámara y fijó la fecha de las nuevas elecciones para el mes de junio o julio.

Raras veces una campaña electoral conoció una animación semejante. El Gobierno depuró los ministerios, censuró los periódicos, hizo que interviniese el clero e incluso el rey, que dirigió un solemne llamamiento a los franceses. Pero la oposición no se mostró menos activa, y, pese a los obstáculos, consiguió un triunfo sin precedentes, obteniendo 274 diputados.

El Gobierno no tenía más que una alternativa: aceptar lo ocurrido, o apelar a la fuerza. Carlos X hizo que se recurriera al artículo 14 de la Carta, que le permitía promulgar ordenanzas con fuerza de ley; así, el 25 de julio, firmó, en el castillo de Sainr-Cloud, las cuatro famosas ordenanzas que iban a desencadenar la revolución.

La primera de ellas sometía la prensa, «instrumento de desorden y de sedición», a una censura rígida, y ningún periódico podría publicarse sin autorización previa, renovable cada tres meses, bajo pena de ser secuestrado. La segunda decretaba la disolución de la nueva Cámara, debido a las maniobras que «habían engañado y extraviado a los electores».

La tercera concedía el derecho de voto sólo a los ciudadanos franceses que pagasen contribución territorial y el impuesto personal y mobiliario, descartando así a muchos comerciantes, industriales y miembros de profesiones liberales juzgados muy hostiles al régimen. Por último, la cuarta disponía que las nuevas elecciones se celebrasen en septiembre.

Los periodistas fueron los primeros en reaccionar: el 26 de julio, firmaron un llamamiento redactado por Thiers, en el que declaraban que publicarían sus periódicos sin petición de autorización previa, «ya que el Gobierno había perdido el carácter legal que obliga a la obediencia». Aquel atardecer, se manifestaron obreros, impresores y estudiantes al grito de «¡Abajo los ministros!». Al día siguiente, obreros y artesanos de los barrios populares se unieron a ellos, y se levantaron las primeras barricadas en las calles de la capital. Cuando, el día 28, llegó a París la noticia del nombramiento del mariscal Marmont (que había traicionado al emperador en 1814) como jefe del ejército, miles de hombres y mujeres se echaron a la calle, y, portando banderas tricolores al frente, ocuparon el barrio de Saint-Antoine, y después el Ayuntamiento y Notre-Dame.

El joven republicano Cavaignac se apoderó, con ayuda de los alumnos de la Escuela Politécnica, de varios cuarteles y distribuyó armas a la población. Los regimientos reales que no se habían pasado al lado de los insurgentes fueron aplastados en pocas horas; el Louvre y las Tullerías fueron sitiados; Marmont, derrotado, tuvo que evacuar París. El pueblo por sí solo, y en tres jornadas —las «tres gloriosas»—, había barrido a una monarquía execrada.

LA VICTORIA FINAL DE LOS ORLEANISTAS
Cuando la victoria del pueblo fue indudable, los diputados de la oposición comprendieron que no era posible ningún compromiso con Carlos X; así, cuando éste, consciente, al fin, de los peligros que corría, les envió emisarios para darles cuenta de que retiraba las ordenanzas promulgadas, aquéllos se negaron a recibirlos. Hostiles a Carlos X, estos ricos burgueses no lo eran menos a la república democrática. Supieron aprovecharse, hábilmente, de una situación que les era favorable; en efecto, el partido republicano no tenía ni jefes de prestigio, ni un programa coherente, ni arraigo profundo en el pueblo.

Ellos, en cambio, tenían un candidato y un programa, pero era necesario actuar con rapidez; reunidos en la tarde del 29, en casa del banquero Laffitte, con los jefes orleanistas nombraron una comisión municipal de cinco miembros, encargada de administrar provisionalmente París; después, por la noche, hicieron cubrir las calles de la capital con carteles donde se trazaba un retrato elogioso del duque de Orleáns, partidario de las conquistas de la Revolución, de la Carta Constitucional y de la bandera tricolor. Y les fue fácil, en las primeras horas de a tarde del día 30, convencer a los diputados y a los pares de que enviaran una delegación a Luis Felipe para ofrecerle la lugartenencia general del reino, hábil solución que descartaba la República y no imponía aún la monarquía.

Aunque Carlos X no había abdicado todavía, Luis Felipe respondió favorablemente a la proposición. Aprovechándose de las rivalidades entre los republicanos y los bonapartistas, los orleanistas organizaron, el día 31, un gran cortejo que, a través de las calles de París obstruidas por las barricadas, condujo a Luis Felipe, triunfalmente, de su residenica del Palais Royal al Ayuntamiento. Aunque primeramente hostil, la masa acabó por dejarse convencer y aplaudió hasta con entusiasmo cuando el príncipe, acompañado por el viejo La Fayette, ganado por el partido orleanista, apareció en el balcón, envuelto en una bandera tricolor.

Para evitar lo peor, Carlos X abdicó en favor de su nieto, el duque de Burdeos, hijo póstumo del duque de Berry, y rogó a Luis Felipe que asumiera la regencia; pero éste se negó e hizo un llamamiento a los parisienses para que marcharan sobre Rambouillet, refugio del viejo soberano. Entonces, el rey huyó a Inglaterra, dejando el trono vacante. El 3 de agosto, las Cámaras ofrecieron a Luis Felipe el título de rey de los franceses, a condición de que aceptara la revisión de la Carta y que prestara juramento ante ellas. Así terminó el período de la Restauración.

La toma de Argelia, unos días antes de la revolución, la excelente situación económica de Francia, la paz mantenida desde hacía quince años, no habían sido bastantes para salvar a un régimen cuyos excesos le habían hecho muy impopular.

Fuente Consultadas:
Todo Sobre Nuestro Mundo Christopher LLoyd
HISTORAMA La Gran Aventura del Hombre Tomo X La Revolución Industrial
Historia Universal Ilustrada Tomo II John M. Roberts
Historia del Mundo Para Dummies Peter Haugen
La Revolución Industrial M.J. Mijailov

Biografía de Luis IX El Santo Rey de Francia Obra Política

VIDA Y OBRA POLÍTICA DE LUIS IX EL SANTO DE FRANCIA – LAS CRUZADAS –

El rey Luis IX de Francia, uno de los santos de la Iglesia Católica, dirigió las dos últimas cruzadas y es uno de los personajes más notables de esa época turbulenta. Nació el 25 de abril de 1215, hijo del rey Luis El León.

Recibió una educación muy esmerada, en particular de su madre, Blanca de Castilla, quien según una difundida biografía solía decir: «Hijo, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por el pecado mortal».

VEAMOS SU BIOGRAFIA

Luis IX el Santo, llamado San Luis (Poissy, 1215 – Túnez, 1270) , rey de Francia (1226-1270), hijo y sucesor de Luis VIII el León.

Su madre, Blanca de Castilla, hija del rey de Castilla, Alfonso VIII, actuó como regente durante su minoría de edad y desde 1248 hasta la muerte de ella, ocurrida en el año 1252.

Durante sus últimos años de vida estuvo en Tierra Santa, participando en la séptima Cruzada, donde murió cuando estaba en Túnez.

Luis ix el santo de Francia

Dada su corta edad, la Regencia recayó en la reina madre, en cuyas manos dejó luego Luis la gobernación del reino, desde que fuera declarado mayor de edad en 1234 hasta 1242.

De esta forma, Blanca de Castilla gozo, durante su regencia, de un papel que ninguna reina iba a desempeñar en lo sucesivo, hasta llegar a Catalina de Médicis, tres siglos después.

Sin embargo, necesitó de toda su energía y toda su inteligencia pare imponerse, pues los barones de Francia, a la muerte de Luis VIII, padre de Luis IX,  habían declarado noblemente que el reino era «algo demasiado grande para ser gobernado por una mujer».

También  se rebelaron Felipe Hurepel, hijo legitimado de Felipe Augusto, aliado con el rey de Inglaterra Enrique III, con el conde de la Marca, Hugo de Lusignan, y con el duque de Bretaña, Pedro Mauclerc.

La monarquía vivió momentos dramáticos; los conjurados estuvieron a punto, en 1228, de raptar al joven rey, y,dos años después, Enrique III desembarcaba en Saint-Malo. Pero los barones de Bretaña se unieron en Ancenis al campo de Blanca, a donde acudió también Teobaldo de Champaña con trescientos caballeros. Enrique tuvo que volverse a Inglaterra.

De esta manera, frente a los intereses particulares de los grandes señores, la nueva sociedad, desligada poco a poco de la tutela feudal, tendía a reunirse bajo la poderosa protección de la corona.

Cuando Luis IX alcanzó su mayoría de edad, en 1235, la regente continuó, durante algunos años, desempeñando el papel de gran animadora de la política francesa.

El primer acto del rey fue, sin embargo, la guerra, porque Enrique III, a quien el conde de la Marca había vuelto a convocar, estaba en el continente. Victorioso en Taillebourg, el 22 de julio de 1241, Luis persiguió al inglés, pero fue detenido por la disentería y aceptó una tregua que devolvió al rey de Inglaterra a su isla.

Solamente a partir de 1254, cuando hubo de regresar de Tierra Santa a causa de la muerte de su madre, Luis IX se impuso por sus cualidades, que le inmortalizarían en el espíritu de los pueblos  con  el nombre de  San  Luis.

San Luís puso el máximo empeño en realizar su ideal de paz y de justicia. Aunque  multiplicaba los actos de devoción personal (ayunos,  penitencias,  servicio a los pobres y enfermos), desempeñó sin debilidad su oficio real, muy imbuido de las prerrogativas de la corona, y no dudando en hacerlas respetar incluso por el clero y el Papado. El esplendor de Francia en el siglo XIII es debido, en gran parte, a su personalidad.

El rey de Francia cuenta entonces cuarenta años. Alto y esbelto, de tez clara, ojos azules y cabellos rubios, es un hermoso  caballero,   cuya  agradable  fisonomía y voluntarioso mentón logran, a la vez, atraer e imponer respeto.

Parece haber recibido en herencia las mayores virtudes de su tiempo: el orgullo castellano y la inteligencia de su madre, el valor de su padre, a quien habían apodado el León, la sabiduría política de su abuelo Felipe Agusto. Posee igualmente la gracia, la rectitud y la alegría.

Por ello, la Edad Media ha encontrado en él su símbolo, y la cristiandad preferirá su personalidad dulce y sencilla, aunque noble y enérgica, a la de los grandes papas dominantes.

Autoritario e independiente, se rodeó de consejeros y amigos, pero nunca de ministros influyentes. A su hermano Carlos, que prendió injustamente a un vasallo, le declaró que «no hay más que un solo rey en Francia», y, en otra ocasión, dijo al Emperador: «la corona de Francia no ha caldo tan bajo que se cuelgue de vuestras espuelas». 

El, tan generoso, una vez que se había pronunciado una sentencia justa, no concedía gracia más que en casos excepcionales.

Pero el milagro de la santidad de Luis consiste en que toda esta energía estaba dirigida muy lejos de toda ambición personal, hacia el bien común.

Desde luego, las circunstancias le resultaron favorables; fue una suerte para el rey haber subido al trono después de la Cruzada contra los albi-genses, y no tener que mancharse con las matanzas de aquella sangrienta expedición. Fue también otra gran suerte el haber heredado de su padre y de su abuelo un reino poderoso y respetado.

Reinó sobre un país sin herejes y al que le fue dado ennoblecer, afirmar, y completar en la paz lo que había hecho la espada de sus precursores.

LA PAZ DEL REINO DE FRANCIA
«Después que el rey Luis volvió de ultramar a Francia, miró y pensó que era muy hermosa cosa, y muy huena, mejorar el reino de Francia», nos dice Joinville. En efecto, la obra interna de San Luis proseguía la de Felipe Augusto, dando al reino de Francia una estructura sólida, y el país, durante su reinado, conoció un período de prosperidad innegable.

Hasta entonces,   la   administración   monárquica   había servido, sobre todo, para salvaguardar los derechos de la corona, para favorecer su jurisdicción y desarrollar sus finanzas. Ahora, tiende a asegurar el orden público, a mejorar las condiciones del pueblo.

Los bailes, los senescales, creados por Felipe, tendrán tareas más «complejas por la preocupación cada vez más viva del rey por penetrar en todos los engranajes de la vida y de la sociedad; agentes especializados auxiliarán al baile en sus funciones.

Ciertos cargos militares se confiarán, a expensas de los bailes, a capitanes que vigilan las fortalezas reales, mientras que en el Mediodía, un juez-mayor suplantará al senescal en sus atribuciones judiciales.

Esta administración múltiple necesitará cuerpos constituidos, actuando cerca del rey, encargados de vigilarla. Así, los especialistas de la justicia reforzarán el Parlamento, los de las finanzas harán lo mismo, y, de esta forma, nacerá el Tribunal de Cuentas.

El Parlamento somete los tribunales judiciales de provincia a su intervención, y su acción contribuyó a la unificación del derecho y a la supresión de antiguas costumbres pasadas, como el duelo judicial.

En la administración corriente, el francés ocupó el lugar del latín. Por primera vez, el pueblo sentía que el gobierno no era una máquina para oprimirlo; por primera vez:, el funcionario cesaba de aparecérsele como un dueño y señor.

La fuerza de la realeza se aliaba con la justicia, y el rey, cesde lejos, velaba por su pueblo y se compadecía de sus miserias. La realeza se hacía popular, arraigaba en las provincias, se atraía la opinión pública y se convertía en indispensable, porque también era bienhechora.

Luis IX de Francia

Probablemente fue también la influencia de su madre la que le hizo profundamente religioso, consagrándose a la tarea de reinar con firme apego a los principios cristianos, pero su dulzura no impedía al rey de Francia recurrir, cuando la necesidad. así lo exigía, a una severidad implacable en la que se revelaba el orgullo de los Capetos. La justicia  de San  Luis—Manuscrito  francés—París, Biblioteca Nacional.

EL ÚLTIMO CRUZADO
La paz y la justicia que el rey quiso hacer reinar entre sus subditos fueron también la regla constante de la política internacional de Luis IX. Habría podido, sin duda, arrancar al rey de Inglaterra los últimos jirones de sus posesiones continentales, y al rey de Aragón los feudos que poseía en el Languedoc.

Sin embargo, ofreció a ambos, pese a la opinión de sus consejeros, arreglos amistosos. El tratado de Corbeil, en 1258, sancionaba los esponsales de Isabel de Aragón con el heredero de Francia, Felipe.

El rey renunciaba a una soberanía poco efectiva sobre el Rosellón y el condado de Barcelona, mientras que Jaime de Aragón abandonaba definitivamente sus pretensiones sobre el condado de Toulouse.

En diciembre de 1259, iba a ser firmado el tratado de París, que ponía fin a un siglo de guerra entre Francia e Inglaterra. Muy criticado por sus contemporáneos, sin duda es una medida política discutible, pero San Luis deseaba: «poner amor entre nuestros hijos y los de Inglaterra, que son primos hermanos».

Enrique reconocía el abandono de Normandía, del Maine, de Anjou, de la Turena y de Poitiers, mientras conservaba la Guyena y sus dependencias, por las que se declaraba feudatario del rey de Francia.

Desde entonces, la justicia, las monedas, las ordenanzas francesas iban a invadir el ducado de Guyena, como los otros feudos, y, en caso de felonía de su vasallo, la monarquía francesa se apoderaría legalmente de la tierra. Luis IX no podía pensar que el germen de la Guerra de los Cien Años se encontraba en este tratado.

Sin embargo, la confianza que inspiraba su equidad le valió un prestigio que hizo que lo tomaran por arbitro en diversas circunstancias. San Luis partirá, por segunda vez, para la más loca y la más anacrónica de las empresas: la Cruzada, cuyo peligro, inutilidad y fracaso le vaticinaban todos.

El entusiasmo de los primeros cruzados revivía en este rey, a quien sería concedido morir tal como había soñado siempre, combatiendo por la fe, el 25 de agosto de 1270, en Túnez.

ALGO MAS…
SAN LUIS EN SIRIA
En 1244, gravemente enfermo, hizo voto de participar en la Cruzada si se restablecía. Cuatro años después, se embarcó en Aigues-Mortes, acompañado de sus tres hermanos y de la flor de la caballería francesa. Las galeras, con los bellos nombres de: la Reine, la Demoiselle, la Montjoie, anclaron en Chipre, donde el rey Enrique I de Lusignan los recibió con una fastuosa hospitalidad.

Después, el rey decidió atacar a los musulmanes en el corazón de su poderío, es decir, en Egipto.

La ciudad de Damieta fue  elegida como objetivo, y,  el 6 de junio de 1249, los barones de Francia, rivalizando en ardor con los de Siria, se apoderaron de la ciudad.

El temor a la crecida del Nilo impidió a los francos sa car provecho de su ventaja para march;n sobre El Cairo, y esa demora de cinco meses permitió al enérgico sultán de Egipto Es-Salih-Ayub, recobrarse.

Reincidiendo en el error de Pelayo, Luis IX, mal acón sejado por su hermano Roberto de Artois, rechazó la proposición del sultán, que ofrecía Jerusalén a cambio de Damieta, y, el 20 de noviembre, se precipitó hacia la ca pital.

Ante la fortaleza de Mansurah, los francos fueron detenidos de nuevo. La temeridad de Roberto de Artois, lanzándose alocadamente a las calles de la ciudad, supuso, con su propia muerte, el aniquilamiento de la vanguardia.

El rey, estimando que el honor le prohibía batirse en retirada, hizo frente a los egipcios, a pesar de que el tifus diezmaba al ejército franco.

Ni el valor del soberano (del que Joinville ha conservado la visión inolvidable «del héroe, por sí solo, más grande que la batalla»), ni el heroísmo de sus soldados fueron suficientes para salvar al ejército franco, que capituló el 6 de abril de 1250.

Mientras tanto, el sultán de Egipto fue asesinado por los mercenarios turcos de la guardia, los mamelucos, que estuvieron a punto de degollar a Luis IX en su prisión.

Sin embargo, aceptaron por el rescate de éste y el de su ejército la rendición de Damieta y la entrega de 500.000 libras, tornesas. El 8 de mayo, el rey embarcó para Siria. Allí permaneció  cuatro  años,  reorganizando el país, con el fin de preservalos contra el atque del Islam.

LA REORGANIZACIÓN DE TIERRA SANTA
Desde hacía más de veinte años, las colonias francas eran los territorios más anárquicos. Luis IX quiso restablecer en ellas la noción del Estado.

Su sentido del deber, su lealtad absoluta, su cortés entereza hicieron que sus medidas autoritarias fueran aceptadas de buen grado por los barones de Acre y de Tiro. Y el rey de Francia, por anacrónico que pudiera parecer en su afecto a la vieja idea de la liberación de los Santos Lugares, se mostró notablemente audaz en su juego diplomático.

Cuando toda Europa temblaba ante el despliegue de los mongoles, Luis, sabiendo que eran en parte cristianos nestorianos, envió al gran Khan de Tartaria un emisario, el franciscano Guillermo de Rubruquis.

Esperaba hacer coincidir su ataque contra el sultán de Egipto con la invasión con que los mongoles amenazaban a éste. Pero la lentitud de los intercambios no permitió una sincronización eficaz de las operaciones. Por otra parte, el rey, yendo contra el Islam oficial, no dudó en concluir una alianza con el «Viejo de la Montaña», jefe de los temibles «asesinos». Se trataba de una secta disidente creada en el siglo XI, cuyos adeptos llevaban oficialmente el nombre de ismaelitas.

En   el  término   de   «asesinos», puede observarse la deformación de hash-shashin, consumidoras de hashish, porque los pertenecientes a la secta se embriagaban con esta planta antes de cometer sus fechorías. Eran, en efecto, fanáticos, especializados en atentados terroristas.

Esperando intimidar a Luis IX, lo habían amenazado con asesinarle. Después, comprendiendo que tal amenaza no tenía posibilidad de éxito, su jefe envió al rey, en prueba de amistad, «su camisa y su anillo», además de un elefante de cristal, un soberbio juego de ajedrez y perfumes maravillosos.

Luis respondió a estas amabilidades con el regalo de «joyas, tela color escarlata, copas y frenos de plata para los caballos». Cuando el soberano, llamado a Francia tras la muerte de su madre, la regente Blanca de Castilla, dejó el país, había introducido en la Siria franca notables mejoras, tanto por lo que se refiere a la organización interior como a la situación diplomática.

EL FIN DE LA EPOPEYA DE LAS CRUZADAS
La unidad que la presencia de San Luis  había dado a Tierra Santa, no sobrevivió, a su marcha. El reino entero se dividió, y la guerra civil enfrentó a los partidarios de las dos ciudades italianas.

El mongol Hulagú, nieto de Gengis-Khan, se apoderó de Bagdad, y después, de Alepo y de Damasco.

Un mameluco de origen mongol, Baibars, llegado al trono de Egipto mediante una serie de asesinatos, se reveló como uno de los primeros estadistas de su tiempo, feroz y desleal, pero soldado de genio e incomparable administrador. Los francos tuvieron por adversario a este personaje sin igual.

En principio, arrebató Siria a los lugartenientes de Hugalú, y después se volvió contra la cristiandad. Cesárea, Arsuf, Jafa, Beaufort y Antioquía cayeron en sus manos, entre 1265 y 1268.

En Francia, el rey Luis decidió volver a partir, a pesar de los consejos de todos los que le sugerían que deje esa guerra. Inició la octava la Cruazada, que se dirigió a Túnez con la idea de convertir al cristianismo al sultán de ese país, pero debido al gran calor en esa región , el cólera enseguida se difundió y contagió a gran parte del ejército francés y entre ellos al Rey también, quien murió en 1270.

Fuente Consultada:
HISTORAMA La GRan Aventura del Hombre Tomo III Vida de Luis IX de Francia Edit. CODEX

Biografia de Marqués de La Fayette Héroe de Francia y EE.UU.

RESUMEN BIOGRAFÍA Y VIDA POLÍTICA DEL MARQUES DE LAFAYETTE

Marie Joseph Motier, conocido como marqués de La Fayette (1757-1834), fue un militar y político francés, que defendió  los principios democráticos y tuvo una actuación destacada en la independencia de las colonias británicas en América.

Mas y tarde  fue miembro de la Asamblea Nacional en los orígenes de la  Revolución Francesa de 1789, donde promulgó una Declaración de Derechos basada en la Declaración de Independencia estadounidense.

Recibió el mando de la Guardia Nacional de París; y creó un sociedad de políticos moderados que defendía la instauración de una monarquía constitucional.

Se lo considera un héroe de la independencia estadounidense y luego de la Revolución francesa, La Fayette contribuyó a la caída de la monarquía. Por tanto, en dos ocasiones impuso a un rey el emblema tricolor que se había convertido en el símbolo de la República.

En EE.UU. conoció a George Washington, con quien mantuvo muy buena amistad. Su intervención en la campaña de Virginia provocó la rendición de los británicos en Yorktown.

La Fayette, héroe de la revolución francesa

Nacido el 6 de septiembre de 1757 en el castillo de Chavaniac, en Auvernia, Marie-Joseph du Motier Paul nació en una familia noble.

Su padre murió en Minden (Alemania) en 1759, y su madre y su abuelo, murieron en 1770.

A los 16 años, se casó con Marie Francoise Adrienne de Noailles († 1807), hija del duque de Ayen y nieta del duque de Noailles, una de las familias más influyentes del reino.

 A los 17 años, después de su matrimonio se negó a aceptar un lugar en la corte, lo  que le habría asegurado una vida cómoda y prefiere dirigir su destino hacia una carrera militar.

Entró en la casa militar del rey en 1772. Era un joven capitán de dragones a la edad de 19 años cuando las colonias inglesas en América declararon su independencia.

Consciente de esta importante cuestión política, donde las colonias luchaban por su libertad , siente que su corazón se inflama por sumarse a esa causa y en abril de 1777, desafiando la prohibición del Rey, se embarca a América. Después de un viaje de dos meses, que atracó en Filadelfia, la sede del gobierno de las colonias, ofrece sus servicios al Congreso.

La Fayette aún no liene veinte años, y, a pesar de las prohibiciones de su padre y del rey, se alista.  «La felicidad de América está íntimamente ligada a la felicidad de la humanidad: ella se convertirá en el respetable y seguro
asilo de la honradez, de la tolerancia, de la igualdad y de una tranquila libertad».

« Desde el primer momento que escuch pronunciar el nombre de América, lo he amado; desde el instante en que supe que combatía por la libertad, deseé con vehemencia derramar mi sangre por ella». Con estas palabras, el marqués de La Fayette justificó su compromiso en favor de los insurgentes norteamericanos en su lucha contra la corona de Inglaterra.

El marqués de La Fayette, fue un ejemplo célebre de compromiso ciego por la causa de las colonias inglesas, pues con apenas diecinueve años de edad, deja su cómoda vida en Francia para embarcarse en la dura y peligrosa taera de luchar contra la potencia militar mas grande de esa época. Silas Deane, impresionado por  tan importante actitud y ciraje, le prometió el grado de mayor general.

Los oficiales franceses se sentían, a menudo, decepcionados por la acogida bastante fría de los americanos, que no aceptaban con gusto  el   ser mandados  por unos  extranjeros que ni siquiera hablaban su idioma.

En compañía del vizconde de Noailles y del conde de Segur, La Fayette llegó a América en  junio  de 1777.

En   Filadelfía fue, al principio, mal recibido: se lo tomaba como un aventurero. Orgullosamente, La Fayette exigió servir sin estipendio, como simple soldadodo.

Una carta de Franklin aclara los malentendidos y La Fayette se convierte en mayor general del ejército americano.

Fue herido en la toma Pennsylvania en la batalla de Brandywine Creek, y, en el curso del invierno siguiente, entabló amistad con Washington en los penosos cuarteles de invierno de Valley Forge: el aristócrata francés y el burgués de Virginia parecen haber nacidos para entenderse.

Se incorporó con cierta dificultad en el Ejército de Estados Unidos con el rango de general de división. Su papel militar es interrumpido por un período de seis meses cuando George Washington se encargó de convencer al rey de Francia para que enviara una fuerza expedicionaria.

Francia y Estados Unidos sellaron una alianza contra Gran Bretaña en 1778, razón por la cual esta última declaró la guerra a los franceses.

La Fayette regresó a su país y permaneció allí durante seis meses a fin de conseguir ayuda económica y militar para los rebeldes de las colonias. De vuelta en los EE.UU. en 1780 a bordo de la Hermione, recibe una petición de Washington, para comandar las tropas de Virginia.

Participó en 1780 en la decisiva batalla de Yorktown, que conduce a la rendición de Cornwallis, fue un 18 de octubre de 1781. Regresó a Canadá en 1782 donde fue ascendido a mariscal de campo.

Regresa a Francia en 1785 y convencido de los ideales de la Constitución estadounidense, La Fayette quiso que la monarquía adoptase algunos de sus principios.

Luego de participar en la Asamblea de los notables de 1787, fue elegido como representante de su orden ante los estados generales de 1789.

Muy pronto se declaró partidario del tercer estado, lo que le valió una gran popularidad, que culminó cuando redactó, junto con otros, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, inspirada en la Constitución estadounidense.

Presenta un proyecto de Declaración sobre los Derechos Humanos en la Asamblea Constituyente. Fue nombrado comandante de la Guardia Nacional en julio de 1789.

Su papel en esta posición durante la Revolución todavía sigue siendo un poco enigmática, pues el 5 de octubre de 1789, cuando los parisinos van hasta Versalles para pedir pan a Luis XVI, la Guardia Nacional dirigida por La Fayette llega a tiempo para defender al rey y la reina, frente a una multitud enardecida que invadia las habitaciones reales, cansada de hacer colas interminables por un poco de alimento.

Responsable de la seguridad del castillo, le resultará incapaz de evitar nuevas invasiones de gente descontenta con las medidas de la familia real.

En 1791 fue él quien trajo a París al rey, sorprendido en Varennes cuando intentaba huir de Francia; pero fue también él quien ordenó disparar sobre las masas de manifestantes que, como consecuencia, pedían su destronamiento (matanza del Campo de Marte). Tras la formación del régimen republicano de la Convención (1792), La Fayette dio la razón a quienes dudaban de su lealtad, al huir de Francia después de haber fracasado en el intento de sublevar a sus tropas en favor del rey.

En diciembre de 1791, Lafayette toma el mando de uno de los tres ejércitos formados para luchar contra los austríacos, pero viendo que la vida de la pareja real era cada días mas amenazada, se opuso el partido jacobino, y se opuso a utilizar su ejército para restaurar una monarquía constitucional.

El 19 de agosto de 1792, se lo declara un traidor a la partia francesa. Obligado a refugiarse en Lieja, será capturado por los prusianos y los austriacos, y se le mantuvo arrestado en prisiones de Prusia y Austria desde 1792 hasta 1797.

A la sazón más prudente, La Fayette asistió de lejos a la entronización de Napoleón y renunció a desempeñar un papel en el escenario político, a sabiendas que no tenía cupo. Oportunista, esperó la noticia de la derrota de Waterloo para oponerse a un emperador caído.

El retorno de los Borbones al trono de Francia no hizo que su situación se tornase más propicia, y no pudo contar con el favor de los hermanos de Luis XVI, al que defendió tan mal.

Finalmente volvió en 1799; pero apenas participó en la vida política porque desaprobaba el programa de Napoleón I Bonaparte. En 1802 se opuso bajo el gobierno de Napoleón cónsul vitalicio; y en 1804, votó contra el título de emperador.

Fue electo diputado de Sarthe y de  Seine-et-Marne durante los cien días, le pide la abdicación de Napoleón primero. Adjunto de la Sarthe en octubre de 1818 y de nuevo en Seine et Marne en septiembre de 1819, se opone resueltamente a la Restauración y se adhiere a los carbonarios en 1821.

Reelegido diputado en noviembre de 1822, en Meaux, fue derrotado en las elecciones 1823.

En 1824 a septiembre de 1825 regresó a Estados Unidos donde realiza  una gira triunfal en 182 ciudades. Fue recibido con honores por el pueblo americano, quien le entrega $ 200.000 y 12.000 ha en Florida.

De regreso a Francia, fue reelegido diputado en junio 1827.

En tres días, 27,28 y 29 de julio de 1830, que pasaron a la historia con el nombre de las «Tres jornadas gloriosas», el pueblo parisiense puso fin al reinado de Carlos X, donde muchos partidarios le piden su apoyo, pero tal vez debido a sus 73 años, él apoya la causa de Luis Felipe, a quien le da la tricolor.

Lafayette sigue al mando de la Guardia Nacional durante unos meses, pero renuncia finalmente.

Lafayette muere en París el 20 de mayo de 1834. Está enterrado en el cementerio de Picpus en París.

El papel del marqués de Lafayette en la historia de la independencia americana está consagrado desde hace mucho tiempo en un plaza en Washington que lleva su nombre y hay levantada una  estatua ecuestre en el centro, frente a la Casa Blanca. El 8 de agosto de 2002, fue elevado a título póstumo, como  ciudadano honorario de los Estados Unidos de América, un raro privilegio que se ha concedido sólo cuatro veces antes en la historia estadounidense.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1757 Nacimiento de Gilbert Motier, marqués de La Fayette, en el castillo de Chavaniac, el 6 de septiembre.

1773 Es oficial en un regimiento de mosqueteros.

1776 Proclamación de la Independencia  de Estados Unidos de América.

1777 La Fayette se embarca hacia  América del Norte.

1781 Victoria de Yorktown sobre los ingleses.

1787 La Fayette es elegido para la Asamblea   de los notables.

1789 Es representante de la nobleza en los estados generales. Nombrado comandante de la Guardia Nacional después de la toma de la Bastilla, le impone a Luis XVI la escarapela tricolor.

1791 La Fayette ordena a la Guardia   Nacional abrir fuego sobre los partidarios de la monarquía constitucional que
asisten a una manifestación en el Campo de Marte. Creación del Club des Feuillants.

1792 La Fayette comanda el ejército del   I Norte y luego, después del 10 de agosto, es detenido por los austríacos.
La Fayette retorna a Francia tras el golpe de Estado de Bonaparte, el 18 de brumario.

1818-1824 Elegido diputado de Sarthe.

1827 Diputado de Seine-et-Marne.

1830 La revolución de julio.

1834 La Fayette muere en París, el 20 de mayo.

HITOS DE LA HISTORIA DE FRANCIA EN LA ÉPOCA DE LAFAYETTE

    • Etapa absolutista hasta la revolución francesa en 1789 cuando Luis XVI es destituído y luego condenado a la guillotina.
    • Nace la primera república bajo los principios de «fraternida, libertad e igualdad»
    • Continua una Convención, el Directorio y luego Napoleón se proclama Cónsul y en 1804 es Emperador del imperio francés.
    • 1814 es derrotado Napoleón, y en 1815 en el Congreso de Viena se restituyen las monarquías en todo Europa.
    • Nace la Santa Alianza para enfrentar contra todo nuevo levantamiento a las monarquías.
    • LLega al trono Luis XVIII en Francia y luego le sigue Carlos X
    • Las ideas liberales de Napoleón tuvieron su arraigo y evolución, generando distintas revoluciones en Europa, contra el poder absolutista. Una de ellas en 1830 , destrona a Carlos X , quien es reemplazado por Luis Felipe I de Orleans, quien apoya estas nuevas ideas de la ilustración francesa, difundidas durante la etapa napoleónica.
    • En 1848 sectores marginados, como los obreros, estudiantes, comerciantes, maestros, profesionales, provocan otra revolución, reemplazado a Luis Felipe por Napoleón II, sobrino del emperador. Nace la 2° república.
    • Napoleón III , hijo de anterior Napoleón destituído dá un golpe de estado, dando origen al 2° Imperio que durará hasta 1870, cuando Francia pierde la guerra contra Prusia y pierde algunos territorios.
  • 1871, nace la 3°república francesa con Thiers como presidente.

Crisis Del Antiguo Regimen Hitos y Hechos Mas Importantes

Crisis Del Antiguo Regimen Hitos y Hechos Mas Importantes

¿QUE ES UNA CRISIS?

Puede analizar la crisis del antiguo regimen feudal mas abajo, pero antes creo que es importante aclarar a que llamamos CRISIS en la historia.

En el lenguaje cotidiano se utiliza frecuentemente la palabra crisis para referirse a que «algo no funciona bien» o a un «momento dramático». Se habla de crisis económica, crisis de la educación, crisis de valores, crisis de autoridad, crisis mundial, crisis emocional, crisis cultural.

La palabra crisis se originó en la Grecia clásica. Para los médicos griegos, krisis era el cambio que sufría el estado de un enfermo. Fuera del campo de la mediana, los griegos también llamaban krisis a un momento de decisión.

Desde su origen hasta la actualidad, la palabra fue usada de maneras diferentes y fue cambiando su significado, hasta tal punto que nosotros, en la actualidad, asociamos crisis con momento de indecisión o de incertidumbre.

Los historiadores también utilizaron el concepto de crisis de maneras muy diversas.

Algunos lo aplicaron al estudio de la economía, y hablaron de crisis financieras o crisis económicas. Otros relacionaron las crisis con las revoluciones o con los cambios violentos.

También se empleó el concepto de crisis para intentar explicar el paso de un tipo de sociedad a otro, cuando se transformaba una sociedad en su conjunto: entonces aparecieron expresiones tales como crisis del feudalismo o crisis del capitalismo.

Ante un panorama tan diverso es casi imposible intentar una explicación del concepto de crisis que abarque todos los usos que le dieron y le dan los historiadores.

Sin embargo, hay una idea que está presente en todos los usos: una época de crisis es una época de cambios en la que se quebró el orden, el equilibrio o la estabilidad que existía en la época anterior. Tanto en las épocas de crisis como en las épocas de estabilidad existen tensiones y contradicciones.

La diferencia está en que durante las épocas de estabilidad las tensiones pueden ser resueltas, sin que lleguen a producirse grandes conflictos. En las épocas de crisis, por el contrario, las tensiones acumuladas estallan porque los hombres no encuentran la forma de resolverlas.

En las crisis, los conflictos son más visibles, salen a la superficie, y los cambios se precipitan.

En la época que estudiamos en esta unidad se produjeron diferentes tipos de crisis. Hubo una crisis del imperialismo cuando las potencias colonialistas se enfrentaron entre sí en las dos guerras mundiales; no pudieron resolver las tensiones que la misma expansión había provocado, y el conflicto estalló.

Hubo una crisis política de las democracias liberales cuando en algunos países se impusieron Estados autoritarios como el fascista y el nacionalsocialista. Hubo una crisis económica cuando se produjo el crack de Wall Street en 1929. Hubo una crisis de los postulados científicos cuando Einstein elaboró su teoría de la relatividad y puso en duda las bases del pensamiento científico moderno.

También hubo una crisis de las ideas cuando muchos hombres dejaron de creer que el progreso era indefinido y de confiar en que todos los avances científicos eran positivos para la humanidad.

Para algunos historiadores, todas estas crisis, ocurridas en una misma época y relacionadas entre sí, indican que entre 1914 y 1945 hubo una crisis general del sistema capitalista, ¿Esto significa que el sistema capitalista estaba a punto de desintegrarse, que se acercaba hacia su crisis final? Para muchos hombres que vivieron a principios de siglo, el éxito de la revolución socialista en Rusia anunciaba el derrumbe del capitalismo; sin embargo, la revolución no se extendió rápidamente a otros países.

En 1929, ante una crisis económica nunca antes conocida, hubo quienes pensaron que el fin del capitalismo era inmediato; pero la economía capitalista logró reorganizarse y llegar a un nuevo equilibrio.

En 1939, otros creyeron que una segunda guerra mundial anunciaba el final inevitable del sistema; a pesar de ello, las potencias vencedoras se repartieron las zonas de influencia y establecieron un nuevo orden político-militar internacional y el mundo quedó dividido en dos bloques.

En 1960, ante la desaparición casi total de los imperios coloniales, algunos creyeron que los países del Tercer Mundo podrían quebrar ese orden mundial y salir de la pobreza y el estancamiento; sin embargo, no lograron formar un bloque sólido ni resolver sus problemas económicos más graves.

Como se ve, no es sencillo determinar que, aun cuando se producen muchas crisis simultáneamente, estamos frente a la crisis final de una forma de organización social. Para realizar una afirmación tan contundente es necesario tener una mayor perspectiva histórica, es decir, poder analizar los hechos luego de transcurrido más tiempo.

¿Se puede predecir o anticipar una crisis? Éste es un problema aún más difícil. Como vimos, muchos pensadores sostuvieron que se estaba por producir una crisis final del capitalismo y que esta crisis era inevitable. Sin embargo, hasta hoy, el capitalismo ha encontrado formas de resolver sus crisis. Un caso opuesto es el ocurrido en la Unión Soviética.

El primer Estado socialista del mundo se desintegró en poco tiempo. Casi nadie, antes de 1990, supuso que el sistema que tan sólidamente se había establecido en la URSS podía caer de ese modo.

La crisis que llevó a la rápida disolución de la URSS y a su desaparición como Estado hizo que, a partir de entonces, muchos hablaran de la crisis final del socialismo. ¿Habrá sido su crisis final o la crisis de! socialismo estalinista? .

Es difícil contestar hoy con certeza preguntas como ésta. También en este caso es necesario que el paso del tiempo nos permita analizar los hechos con una mayor perspectiva histórica.

CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN:

cuadro criris antiguo regimen

En el siglo XVIII finalizó el proceso de transición del feudalismo al capitalismo en Europa occidental. Se produjeron cambios sociales, económicos, políticos e ideológicos que transformaron profundamente la organización social europea e iniciaron los tiempos del capitalismo.

La crisis del siglo XVII, la última crisis de la sociedad feudal, fue seguida por importantes reformas políticas —la monarquía parlamentaria inglesa— y por la difusión de nuevas ideas —la Ilustración y el liberalismo—, que rompieron definitivamente con la mentalidad feudal La clase social que impulsó estas transformaciones fue la burguesía.

Sus deseos de desarrollo económico y de participación la hicieron protagonista de una doble revolución.

Una revolución económica (Revolución Industrial) que se inició en Inglaterra y que fue tal vez el proceso transformador más Importante desde los lejanos tiempos neolítico.

Una revolución política (Revolución Francesa) que señaló la primera gran derrota de la nobleza y del absolutismo monárquico. Ambas revoluciones permitieron la consolidación de una nueva sociedad capitalista.

Su forma de organización económico-social —basada en el trabajo de obreros y asalariados— y las ideas que la sustentaban —-el liberalismo— se difundieron rápidamente por todos los continentes. La difusión del capitalismo permitió superar muchos de los límites que imponía el orden feudal y, a la vez, dio origen a nuevos problemas, crisis y conflictos.

Hitos técnicos y económicos en la crisis del Antiguo Régimen

1716 El financiero escocés John Law funda la Banque Genérale de Francia.

1719 Law obtiene el derecho de fabricación de moneda.

1720 Law, controlador general de las finanzas en Francia. Dimisión y huida del financiero John Law. Desarrollo de la especulación en Inglaterra («Bubbles»).

1721 Encuesta sobre las operaciones de Law.

1733 John Kay inventa la «lanzadera volante».

1735 Abraham Darby inventa la metalurgía al carbón.

1747 Charles-Daniel Trudaine funda la Escuela de Minas de París.

1749 Benjamín Huntsman inventa la fabricación del acero fundido.

1758 Francois Quesnay: «Tabla económica».

1764 james Hargreaves inventa la «Spinning Jenny».

1766 Turgot: «Formación y distribución de las riquezas».

1767 James Watt acaba de construir su máquina de Joseph Priestley: «Historia de la electricidad».

1768 Francois Quesnay: «Fisiocracia».

1771 Richard Arkwright inventa la «water-frame».

1774 Ascenso de Turgot.

1775 John Wilkinson adquiere la máquina de vapor de Watt.

1776 Adam Smith: «Ensayo sobre la riqueza de las naciones». Construcción del ferrocarril.El marqués de Jouffroy hace navegar un buque de vapor sobre el Doubs. Caída de Turgot.

1779 Invención de la «mulé» o hiladora mecánica de Samuel Crompton.

1785 Claude-Louis Berthollet realiza el análisis del amoníaco. Invención del ingenio mecánico de Edmund Cartwright. Creación de la primera hilatura a vapor en Nottingham. Jean-Pierre-Francois Blanchard atraviesa el canal de la Mancha en globo, jacques Necker: «Tratado de la administración de las finanzas».

1788 Caspard Monge: «Tratado de estadística».

Hitos sociopolíticos y culturales en la crisis del Antiguo Régimen

1721 Primera generación «¡lustrada», típica en Francia. Montesquieu publica sus «Cartas Persas». Se funda la primera logia masónica de Francia.

1748 Segunda generación «ilustrada» en Francia: «los enciclopedistas» propiamente dichos. Montesquieu publica su «Espíritu de las Leyes»; 1750-1753, Voltaire, en Berlín; 1750, Rousseau: «Discurso sobre las ciencias y las artes»; 1751 Aparición del primer volumen de la «Enciclopedia». David Hume: «Ensayos filosóficos». En 1751, Voltaire: «El siglo de Luis XIV».

1775 Petición de Massachusetts (1768). Convención de Boston (1768). Reunión de la Convención de Nueva York. Declaración de Derechos de Virginia (1775). Reunión de la Convención norteamericana y voto de la constitución de los Estados Unidos (1787). Generación prerrevolucionaria europea. Máximas manifestaciones de los enciclopedistas y análogos: Rousseau: «Emilio», «El contrato social» (1762); Voltaire: «Tratado de la tolerancia» (1763); Beccaria: «De los delitos y las penas» (1763-1764); Voltaire: «Diccionario filosófico»; Holbach: «El cristianismo desvelado» (1765), «Sistema de la Naturaleza» (1770), «La Moral Universal» (1776); Mably: «Principio de las leyes» (1776), «De la forma de escribir la historia» (1782); Kant: «Crítica de la razón pura» (1781), «Prolegómenos» (1783), «Fundamento de la metafísica de las costumbres» (1785), «Crítica de la razón práctica» (1788); Bentham: «Introducción a los principios de la moral» (1789). Publicación del «Federaliste» (1788).

1789 Comienza la Revolución burguesa en Francia.

Fue Inglaterra el único país europeo en el que durante el siglo XVII, se produjeron los cambios económicos, sociales y políticos que transformaron la organización feudal de la sociedad.

La producción agrícola se vendía en el mercado, no existían trabas para la libertad de comercio, y la monarquía parlamentaria aseguraba a los burgueses el impulso y la protección de las nuevas actividades económicas y de la acumulación del capital que formaba la nueva riqueza.

En cambio, en el resto de Europa, durante los siglos XVII y XVIII, la organización tradicional de las sociedades no se modificó. Bajo la protección de las monarquías absolutas, la nobleza, propietaria de una gran parte de las tierras, mantuvo su posición de grupo privilegiado.

La agricultura continuó siendo la principal actividad económica y en ella se empleaba más del 80 por ciento del total de la población europea. Las monarquías absolutas europeas se propusieron controlar las actividades económicas y las relaciones sociales, lo que también contribuyó a frenar los cambios.

Mientras Inglaterra avanzaba hacia una nueva forma de organización social, el resto de Europa mantenía las bases del antiguo régimen. Pero en el curso de dos siglos, en algunas regiones antes que en otras, se fueron consolidando los grupos sociales que impulsaron los cambios que, finalmente, destruyeron el antiguo régimen.

La Revolución Francesa de 1789 originó cambios tan profundos que sus protagonistas fueron conscientes de que ellos estaban iniciando una nueva época para la humanidad, construyendo un mundo distinto. Por eso, comenzaron a utilizar la expresión antiguo régimen para referirse a la sociedad que existía antes de la Revolución. Con ella querían marcar que el antiguo régimen precedía al nuevo, y también condenar al conjunto de principios e instituciones en que se basaba la sociedad que habían destruido. En la actualidad, la mayoría de los historiadores utiliza el concepto antiguo régimen para referirse al orden social que existía con anterioridad al triunfo de la burguesía y del sistema liberal.

Fuente Consultada: Historia Europa Moderna y América Colonial Alonso-Elisalde-Vazquez