Los Tapices Antiguos

Historia de los Tapices Antiguos Gobelinos y Flamencos

Historia de los Tapices Antiguos
Gobelinos y Flamencos

Los autores latinos refieren repetidas veces en sus escritos la existencia, en las casas romanas, de «tejidos historiados», es decir, de tejidos decorados con figuras. Centro de producción, en la época de los romanos, era el Oriente, donde la elaboración de tal manufactura había persistido desde los tiempos de la civilización egipcia, meda y persa.

Pérgamo,  Mileto y sobre todo Alejandría fueron por largo tiempo los mayores exportadores de «tejidos historiados», en los que figuraban también escenas mitológicas, que la aristocrática sociedad romana del período imperial no escatimaba en adquirir a altos precios.

Desgraciadamente no podemos dar una idea exacta de la magnificencia de los tejidos antiguos más que por medio de las descripciones de los escritores. Descripciones que, en realidad, además de no ser muy precisas, son demasiado genéricas y un tanto oscuras, pues confunden a menudo los diferentes tipos de tapices.

Algunos fragmentos de tejidos coptos encontrados en el alto Egipto, realizados en los primerose siglos de la era cristiana, han permitido dar una ídea sobre el tipo de telares y sobre la técnica empleada en aquellos tiempos en que los tapices contenían simples figuras geométricas o símbolos religiosos.

Se descubrió así que los tejedores de entonces se valían de una gama de hilos que comprendía cerca de una veintena de colores y que se servían ya del telar llamado «vertical», que fue luego el más usado para el tejido de los tapices. En realidad, estos ejemplares de arte textil, entre los más antiguos de cuantos han llegado a nosotros, pueden ser considerados como verdaderos tapices.

El término «tapiz» designa paño tejido, de lana o seda, más o menos grande, realizado con una técnica particular y con una función específica, desfinado a ser colgado, generalmente, contra una pared, y con motivos decorativos que ocupan toda su superficie.

El diseño que el tapicero debe efectuar está generalmente dibujado, con antelación, por un pintor o un artista especializado, quien lo traza sobre un cartón, indicando con claridad sus contornos y también, en la medida de lo posible, la limitación de la zona de los colores.

Recibido el cartón, o una copia del mismo, el tapicero debe repetir el diseño sobre la urdimbre que se encuentra ya debidamente preparada en el telar. Esta primera fase de su trabajo presenta no poca dificultad. El tapicero, en efecto, encuentra que debe operar no sobre una superficie lisa sino sobre un conjunto de hilos, en cada uno de los cuales deberá quedar claramente marcado el dibujo.

Junto al telar el tapicero coloca frente a sí su propia «paleta», es decir, la lanzadera con hilos de varios colores y diferentes tonalidades. Delante suyo también, un poco más atrás del telar, pone el cartón de manera que le permita controlar los colores que debe emplear.

Un espejo, dispuesto de modo conveniente, le permite ir observando cómo progresa el tejido y su fidelidad con respecto al cartón sin tener que levantarse, puesto que para poder anudar los hilos y manejar la lanzadera con mayor facilidad el tejedor está obligado a realizar su trabajo teniendo su vista puesta sobre el reverso del tapiz.

Además de la lanzadera, el tejedor tiene al alcance de su mano otros varios instrumentos, como el peine y agujas de diferente calibre, para poder así ejecutar los «puntos» o las «pasadas» con mayor precisión de acuerdo con el cartón.

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/tapiz2.jpg

Herramientas de uso en los telares

Sólo los tapices de pequeñas dimensiones o de diseño de fácil ejecución son generalmente realizados sobre telares horizontales, que son aquellos que se emplean para el tejido de telas y paños comunes. Con estos telares el trabajo puede hacerse mucho más rápidamente; pero estando la urdimbre en sentido horizontal, el tapicero no puede verificar lo que ha tejido sino a través del espejo. Desde el punto de vista técnico, el tapiz ejecutado en telares horizontales es llamado de «bajo lizo».

Los tapices de más compleja ejecución son, en cambio, realizados en telares verticales, llamándoselos de «alto lizo». En los telares verticales la urdimbre se extiende en ese mismo sentido, permitiendo que el tapicero, además de poder observar el tejido por medio del espejo, examine directamente su labor trasladándose al otro lado. Tejer un tapiz importa tanto una enorme habilidad como un trabajo minucioso de notable paciencia.

tapices manuales verticales

La habilidad y el estilo flamencos se impusieron en el siglo XV, y en el siguiente alcanzó la supremacía la manufactura francesa. He aquí dos artesanos mientras trabajan en telares de «alto lizo». La manufactura se realiza del revés del tapiz. A un costado del tapicero se ve el diseño para reproducir. Frente al telar se coloca un espejo en el que se puede controlar el resultado del trabajo.

Por ello los tapiceros fueron cotizados siempre con altísimos salarios, sobre todo en la época de máximo esplendor de este arte. Los tejedores, llamados y protegidos por apasionados coleccionistas, fueron especialmente considerados y tratados durante los siglos XVII y XVIII, en que se destacaron muchos y muy conocidos artesanos manufactureros y restauradores.

Los más antiguos tapices que han llegado hasta nosotros provienen de Basilea y París. Datan de la segunda mitad del siglo XIV, aunque sus características denotan ya una técnica evolucionada, con dibujos perfectos y armónicos que hacen suponer que, en los siglos anteriores a los mismos, existían grandes maestros anónimos de este difícil y complejo arte.

Los tapices se originaron mucho antes de la época románica por una exigencia ornamental. Durante la Edad Media, los muros de las iglesias y de los castillos, de piedra o de ladrillos descubiertos, no fueron tan decorados como sucedió durante el Renacimiento, bajo la influencia del arte italiano.

Después de Francia y Holanda está, en orden de importancia en la fabricación de los tapices, Italia. Venecia fue una de las primeras ciudades italianas que poseyó manufactura de ellos. Pero tal actividad no tuvo largo desenvolvimiento y no logró conseguir más que difundir sus obras en otras ciudades de Italia. Aquí vemos un tapicero del siglo XVIII que teje, en una calle veneciana, un tapiz en el telar de «bajo lizo».

Los tapices fueron reemplazando entonces sus funciones decorativas de cubrir paredes, por la de ilustrar, a través de sus representaciones, la vida de los santos, los episodios del Evangelio, las costumbres y usos de los pueblos, los
sucesos  históricos  más   destacados  y las   anécdotas más pintorescas de la sociedad europea, las novelas más conocidas o los poemas épicos.

Esta doble función estética e ilustrativa se desarrolló a ejemplo de los Paramentos del Apocalipsis, una serie de enormes tapices —el mayor de los cuales era de 4 metros de altura por 2,50 metros de ancho— realizados por encargo de Luis d’Angio, en 1375, por el tapicero parisiense Nicolás Bataille, con quien colaboró un numeroso grupo de antiguos maestros de este arte.

Símbolos religiosos y composiciones alegóricas distribuidos en la superficie de las obras con perfecta armonía, de un estilo netamente gótico, fueron el contenido de los Paramentos del Apocalipsis, tapices repetidamente reproducidos en menor tamaño según una costumbre muy difundida de aquella época.

A fines del siglo XIV la actividad de los manufactureros parisienses fue a tal punto escasa, por turbulentos sucesos políticos, que gran parte de los maestros tapiceros abandonaron la ciudad y radicaron su industria en distintos lugares de Francia, Alemania, Italia e incluso Inglaterra.

Probablemente fueron tejedores ambulantes franceses los autores de una aprecíable serie de tapices de fines del siglo XV, distinguidos con el nombre de «milflores» por la característica decoración del fondo.

Los tapiceros ambulantes favorecieron, sin duda alguna, la difusión de la técnica del tapiz que, hacia principios del siglo xiv, los centros manufactureros de Arras y Tournai comenzaron a producir en gran escala.

Durante la segunda mitad del siglo XV se encuentran industrias manufactureras en casi todas las ciudades de Europa. De Francia y de Flandes proviene la mayor parte de los tejedores que se radican en Italia gracias al generoso apoyo de los mecenas de Ferrara, Florencia, Milán, Mantua y Venecia.

En una época los tapiceros se inspiraron en cuadros de célebres pintores: Rafael, Rubens, David, Vernet, Simón Vouet, Nicolás Poussin, Carlos Le Brun. En España, Francisco Goya y otros artistas de valor resolvieron dar un carácter de cierta originalidad a la manufactura de tapices más famosa: la «Santa Bárbara» de Madrid.

En los últimos años del siglo XV se inicia la más importante competencia contra la tapicería francesa con los tejidos de Bruselas, que logran imponer su producción en todos los países del viejo continente, no sólo por la inmejorable calidad de su manufactura, tejida con delicados y sutiles hilos de gran calidad, empleándose, incluso, hilos de oro y plata, sino también por la ejecución de los dibujos, que comenzaron a realizar grandes maestros de la pintura.

En cierto modo se independiza, en ese entonces, la relación que anteriormente existía entre el tejedor y el dibujante. En efecto, el pintor se reserva ahora la más amplia libertad de ejecutar los temas, limitándose a trazar los diseños únicamente en negro, teniendo el tapicero la facultad de interpretar, y no de copiar, los cartones, agregando los colores y las tonalidades según su propio gusto. Los matices empleados no superaban una veintena y los colores más comúnmente usados eran amarillo, azul, rojo, castaño y verde.

La tapicería de Bruselas enriquece, sin embargo, la gama de colores, vivos y vistosos, colocándose inmediatamente a la cabeza de la producción europea tanto por la variedad de sus gustos como por la de sus modelos. Adopta el estilo de la pintura renacentista italiana, grandiosa y monumental, rica en temas mitológicos, inclinada a las formas exuberantes y pintorescas.

A fin de imponer a los tapiceros el máximo de cuidado y seriedad en sus trabajos, la sociedad de tejedores de Bruselas estableció la obligación de que cada tapicero debía colocar al margen de los tapices una marca que indicase el nombre del tejedor junto al de la fábrica que los producía. Esta costumbre se difundió en seguida en todas las manufacturas de Europa.

Se conservan magníficos tapices de un experto tejedor de Bruselas de nombre Pedro van Aelst, fechados en 1515, que representan distintos episodios del Evangelio, tomados de cartulinas pintadas por él mismo y por Rafael. Estos tapices significaron una verdadera revolución en la manufactura de esta industria.

Hasta ese entonces, como vimos, los tapices cumplían sólo una función ornamental, pero en el Renacimiento los dibujos fueron cambiando y el cartonista se preocupó por «impresionar» en vez de «decorar». Cada pequeño trozo del tapiz adquiere entonces la misma importancia; el fondo y la figura llaman la atención con igual intensidad y los motivos ornamentales son hechos con tanto cuidado qué predominan sobre el conjunto.

castillo en viena con tapices

El castillo de Schonbrunn, en Viena, que fue la residencia veraniega de los emperadores austrohúngaros, posee una rica colección de tapices que decoran las paredes de la espaciosa sala. Mientras la mayor parte de los países europeos participó activamente, desde su iniciación, en la evolución de los tapices, Austria no hizo ningún aporte a este delicado arte, y las preciosas obras que, en interesante colección, enriquecieron los más bellos palacios y museos más célebres de esa nación provienen de manufacturas extranjeras.

Tanto Rafael, como luego su mejor alumno, Julio Romano, y también los pintores flamencos influidos por la escuela pictórica italiana, concibieron los tapices como verdaderos cuadros en los que resaltaban sus personajes.

Se introduce también la perspectiva, eliminándose, por otra parte, el rígido contorno negro que en los tapices anteriores ocultaban y confundían las figuras, y se lo sustituye con vivos colores que hacen resaltar las zonas de luces y sombras. Se comienza, además, a usar guardas, en todo el contorno de los tapices, consistentes en dibujos de flores o frutas, que dan mayor realce a la parte central del tejido.

En el siglo XVI Francisco I intentó devolver a la industria tapicera francesa el prestigio que había tenido antes de que las manufacturas instaladas en Bruselas compitieran exitosamente con ella. A ese fin creó un establecimiento textil permanente en Fontainebleau e, igualmente, otros del mismo carácter en París.

Sin embargo, el mérito de haber conseguido imponer de nuevo este arte típicamente francés se debe al ministro de Finanzas del rey Luis XIV, Juan Bautista Colbert, quien reorganizó esta industria constituyendo un ordenamiento que hoy se llamaría «estatal». Legó, así, a los tejedores, un estatuto completo, fijó los salarios de trabajo, estabilizó los precios de los tapices e introdujo la costumbre, que continuó en los siglos siguientes, de que conocidos pintores ejecutasen los cartones pertinentes. Estas providencias permitieron un renacer de la tapicería en Francia, constituyendo una fuente de riqueza que sobrevive hasta el día de hoy.

En el año 1652 el ministro Colbert agrupó a todos los tejedores parisienses en una única gran fábrica llamada Manufactura de los Gobelinos, por el nombre de los antiguos propietarios de los terrenos en los cuales se instaló la industria.

Bajo la dirección artística del pintor Le Brun, la fábrica fue casi exclusivamente encargada de la ejecución de los tapices y de toda clase de paramentos destinados a la corte de Versalles, aunque también se dispuso la venta particular de algunos ejemplares.

El más conocido diseño que pintó Le Brun fue utilizado en una serie de tapices sobre la Historia de Alejandro Magno, de un gusto grandilocuente que satisfizo mucho al Rey Sol.

Otras manufacturas reales de gobelinos destinados a la venta fueron creadas por Colbert en Beauvais y Aubusson, que se convirtieron en centros industriales de este arte.

//historiaybiografias.com/archivos_varios5/tapiz1.jpg

Tapiz de los Gobelinos  (1703-1704):  Muchachos jardineros. Palacio Pitti (Florencia)

El interés de los reyes Luis XV y Luis XVI, la capacidad y habilidad de los pintores, inclinados por un estilo rococó, como Boucher, hicieron que también en el siglo XVIII la manufactura real produjera obras de extrema belleza. Sin embargo fue decayendo el gusto por los grandes paramentos murales de acuerdo con las nuevas concepciones sobre el arte de la decoración. La técnica textil llega ahora al máximo de la perfección, terminando por reducir este género artístico a un arte de imitación.

Esta crisis de la tapicería francesa, que se puede notar en toda la producción del siglo pasado, parece hoy resolverse gracias a la intervención de una serie de pintores (entre los cuales debe recordarse a Juan Lurcat) que han provisto a la Manufactura de los Gobelinos, de Aubusson y de Beauvais de un buen número de cartones de gustos modernos y de efectos muy decorativos.

Fuente Consultada:
LO SE TODO Tomo IV Editorial Larousse – Historia: El Arte de la Tapicería –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA Microsoft