Profetas

Los Profetas de la Biblia Los Mayores: Isaias – Jeremias Ezequiel

Profetas de la Biblia – Profetas Mayores: Isaías. Jeremías. Ezequiel. Daniel.

LOS PROFETAS: Origen:Las invasiones y los desastres que durante dos siglos fueron azote de los reinos de Israel y de Judá, habían perturbado grandemente a los israelitas.

«¿Por qué, se preguntaban, nuestro Dios el Eterno no nos defiende de nuestros enemigos?».

Algunos imaginaron que el Dios de Israel no era el más poderoso, y empezaron a adorar a los dioses de los pueblos vencedores, a los de los asirios, Baal y Astarté, y «todo el ejército de los cielos», es decir, el sol, la luna y los astros.

Otros se decían: «el Eterno es más poderoso que los otros dioses. Si no defiende a su pueblo, es que no quiere defenderle, que está irritado contra nosotros.

Precisa apaciguarle, haciendo lo que le agrade». Y acudían al templo de Jerusalen a sacrificar bueyes y quemar perfumes, llevaban a los sacerdotes los diezmos de sus cosechas y donativos en metálico, ayunaban y se cubrían de ceniza. A pesar de esto, los desastres continuaban.

Entonces aparecieron los profetas. Se ha traducido por este nombre griego, que significa «los que dicen el porvenir», el nombre hebreo nabí, que quiere decir «los que ven».

Eran, por lo común, hombres de condición modesta, a veces sencillos pastores, mal vestidos, que llegaban del campo o del desierto donde habían meditado largo tiempo.

Iban unas veces a Israel, otras a Jerusalem, a hablar al rey y a los sacerdotes en nombre del Eterno. Reprochaban al pueblo sus faltas y anunciaban las desventuras con que Dios iba a castigarle.

El más antiguo fue el célebre profeta Elias, que a mediados del siglo IX apareció en el reino de Israel, reinando Acab.

Sus predicaciones y sus luchas contra el culto de Baal son conocidas por la tradición; pero no se ha conservado ninguna de sus obras.

Otro de ellos fue Amos, pastor de una aldea judía, que vino por el año 750 a.C. a Betel, en el reino de Israel, a anunciar la voluntad de Dios, Se dirigió así a los jefes del pueblo: «Habéis edificado, dijo, casas de piedra tallada, pero no las habitaréis. Habéis plantado excelentes viñas, pero no beberéis el vino, porque vuestros crímenes son numerosos.

Oprimís al justo, recibís regalos y forzáis el derecho de los pobres.

Odiad el mal, amad el bien, haced reinar la justicia, y quizá el Eterno, el Dios de los ejércitos, tenga piedad de los restos del pueblo de José»

Pensaban los israelitas que la piedad consistía en realizar las ceremonias del culto. Amos vino a decir en nombre del Eterno: «Odio, desprecio vuestras fiestas. .. Cuando me presentáis holocaustos y ofrendas, no me causa ningún placer.

Los terneros cebados que me sacrificáis, ni siquiera los miro. ¡Lejos de mí el ruido de vuestros cánticos; pero que la justicia brote como corriente de agua! «

Más tarde, cuando la destrucción del reino de Israel, vivió en el de Judá el más célebre de los profetas, Isaías.

Por espacio de cuarenta años, en nombre del Eterno, habló al pueblo, a los sacerdotes, al rey, echándoles en cara sus culpas y anunciándoles nuevas desventuras.

Decía también que Dios quiere ser honrado, no con ceremonias, sino con una conducta virtuosa.

«¿Qué me importa la multitud de los sacrificios? dice el Eterno. Estoy hastiado de los holocaustos de carneros y de la grasa de las terneras.

No me causa ningún placer la sangre de los toros, de los corderos y de los machos cabríos. Cuando venís a mi presencia, ¿quién os pide que manchéis mis atrios? Dejad de traer vanas ofrendas.

Me causa horror vuestro incienso y vuestras fiestas de la luna nueva y vuestras asambleas. . . Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, purificaos.

Quitad de delante de mi vista vuestras malvadas acciones. Dejad de obrar mal. Aprended a hacer el bien.

profetas de la biblia
Algunos profetas de la Biblia

Proteged al oprimido. Sed justos con el huérfano. Defended a la viuda. Y aun cuando vuestros pecasos fueran rojos como el carmesí, se tornarán blancos como la nieve».

En castigo de sus culpas, afirmaba Isaías, el Eterno entregará los judíos a los asirios, que se apoderarán de Jerusalem. Pero a la vez, Isaías anunciaba que vendrían tiempos mejores.

«Cuando el Señor haya realizado su obra, en la montaña de Sión, castigará al rey de Asiría, cuyo corazón está lleno de orgullo. Así habla el Eterno, el Dios de los ejércitos: » ¡Oh, pueblo mío que habitas en Sión, no temas al asirio!.

Te pega con el palo, como en otro tiempo los egipcios. Pero espera un poco y el castigo cesará, y mi cólera se volverá contra él y le destruirá.

«Luego saldrá una rama del tronco de David, y nuevo tronco nacerá de sus raíces. . . El espíritu del Eterno estará con él., . Juzgará a los pobres con equidad y con el soplo de sus labios hará morir al malvado. . .

«En este tiempo el lobo habitará con el cordero, y la pantera dormirá junto al cervatillo.

La ternera y el leoncillo estarán juntos, y un niño pequeño los conducirá. . . En este día el descendiente de David será como bandera para los pueblos. . . En este tiempo, el Eterno tenderá de nuevo su mano. . . Reunirá a los desterrados de Israel de los cuatro confines de la tierra»

Esta promesa del profeta sostuvo el valor de los judíos, aun después de la destrucción de Jerusalem.

Esperaron la venida del hijo de David, que debía restablecer el reino de Israel y hacer reinar en toda la tierra la justicia y la felicidad. Tal es el origen de la creencia en el Mesías.

Un siglo más tarde, cuando el reino de Judá empezó a ser amenazado por los caldeos, apareció ei profeta Jeremías.

Entró en el atrio del Templo un día de fiesta y dijo: «He aquí cómo habla el Eterno: Si no me escucháis y obedecéis mi ley, destruiré este templo como el de Siloh, y esta ciudad quedará despoblada».

Se prendió a Jeremías y se quiso condenarle a muerte, pero los jefes del pueblo le mandaron libertar.

El ejército caldeo llegó muy pronto, mandado por el hijo del rey de Babilonia. Jeremías apareció en público con un yugo al cuello, y aconsejó al rey Joaquín que se sometiera a los caldeos.

«Si una nación se niega a presentar el cuello al yugo del rey de Babilonia, la castigaré, dice el Eterno, con la espada, el hambre y la peste, y la aniquilaré.

No escuchéis a los que os dicen; No quedaréis sujetos al rey de Babilonia, porque os profetizan mentira». El rey se irritó contra Jeremías y quiso hacerle matar, pero el profeta consiguió huir.

Cuando Nabucodonosor sitió a Jerusalem, Jeremías quiso salir de la ciudad, pero fue golpeado, y apresado.

Allí decía: «He aquí cómo habla el Eterno: El que permanezca en esta ciudad, perecerá; el que salga para rendirse a los caldeos, tendrá la vida salva, porque esta ciudad será entregada al ejército del rey de Babilonia, que se apoderará de ella».

Los jefes dijeron a Sedecías: «Hay que hacer morir a este hombre, que desalienta a nuestros soldados y a todo el pueblo». El rey les entregó a Jeremías.

Le arrojaron a la cisterna de la prisión, en la que ya no quedaba agua. Jeremías cayó en el barro y habría muerto de hambre, pero un sirviente de la presión tuvo piedad de él y obtuvo permiso para sacarle con cuerdas.

Sedecías mandó consultar en secreto al profeta, que respondió: «Si vas a rendirte a los jefes de los caldeos, tendrás la vida salva y la ciudad será perdonada. Si no, los caldeos quemarán la ciudad y no escaparás de sus garras».

Después de destruida Jerusalem, Jeremías, que había permanecido en Judea, pronunció sus famosas lamentaciones sobre las ruinas de la ciudad santa. «¡Hela aquí, pues, sentada, solitaria, esta ciudad tan populosa! Semeja una viuda … los caminos de Sión están de luto, porque ya nadie va a sus fiestas, sus puertas están desiertas, sus sacerdotes gimen. . .

Porque ei Eterno la ha rebajado a causa del gran número de sus culpas».— «¡Vosotros todos los que pasáis por aquí, dice, —mirad y ved si hay un dolor semejante al mío! «

El Eterno ha derribado a todos mis guerreros. . . Los reyes de la tierra no habrían creído, —nadie en el mundo habría creído—, que el enemigo entrase por las puertas de Jerusalem. ¡Desgraciados de nosotros, porque hemos pecado! «

Los judíos, conducidos cautivos a diferentes ciudades de Caldea, permanecieron en ellas más de medio siglo.

Conservaban la fe en el Eterno, su Dios, y esperaban confiados los días mejores anunciados por los profetas.

Dos profetas más, Ezequiel y Daniel, aparecieron durante el cautiverio y consolaron a su pueblo contando las visiones que el Eterno les enviaba.

«El Eterno, dice Ezequiel, tendió su mano sobre mí y me depositó en medio de un valle lleno de huesos humanos, y me dijo: «Hijo del hombre, ¿estos huesos podrán revivir?».

Yo respondí: «Señor, tú lo sabes». Me dijo: «Habla a estos huesos y diles: Huesos desecados, escuchad la palabra del Eterno».

Hablé y en seguida oí un ruido, los huesos se movieron y se juntaron, les vinieron nervios, carne y piel. Luego el Eterno me dijo: Habla y di: «Espíritu, ven de los cuatro vientos, sopla sobre estos muertos y que revivan». —Hablé y el espíritu penetró en ellos y recobraron la vida y se alzaron sobre sus pies. Era un ejército numeroso.

El Eterno me dijo: «Estos huesos son el pueblo de Israel, y dicen: Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza destruida. Diles: He aquí cómo habla el Eterno: Abriré vuestros sepulcros, os haré salir de ellos y os conduciré de nuevo al país de Israel».

Los profetas habían sido en vida enemigos de los sacerdotes y muchas veces de los reyes, habían despreciado el culto practicado en el Templo y concebido la religión de manera muy distinta a la Ley.

Pero después del cautiverio, desapareció el recuerdo de esta oposición y los judíos aprendieron a leer con respeto las obras de los profetas, que fueron reunidas en la Biblia a los antiguos libros sagrados.

Desde entonces «la Ley» y «los Profetas» formaron el conjunto de la religión judía.

ISAÍAS (765?-690? a. de J. C.)

Con Isaías empieza la serie de los grandes profetas de judá, en la época de la destrucción de Samaría y de la sumisión de los reyes de Jerusalén a Asiría.

Nacido probablemente en la misma ciudad de Jerusalén, de un tal Amos, hombre de estirpe aristocrática y muy hacendado, Isaías se dedicó al ministerio profético hacia los veinticinco años de edad, en 740, en la fecha en que murió el rey Azarías.

Profeta Mayor Isaias

Hasta entonces el reino de Judá había vivido en circunstancias relativamente prosperas, a excepción de un período en que había estado avasallado a la idolátrica dinastía de Israel.

El mismo Azarías había sometido a algunas tribus vecinas de su territorio.

La prosperidad siguió durante los reinados de Johatán y Áhaz, aunque este último, para defenderse de las amenazas de Damasco e Israel, llamó en su auxilio a Tiglatpileser III de Asiría (734), contra la opinión formal de Isaías.

De este modo se inició el vasallaje directo del pueblo judío a Asiría, cuya primera etapa da comienzo en 722 con la conquista de Samaría por Sargón II, la destrucción del reino de Israel y la deportación de sus habitantes.

Con el aniquilamiento de Samaría y la sumisión de Judá a Asiría, la idolatría se enseñorea de Judá, fomentada por los mismos reyes. Sin embargo, Ezequías recibe una prueba del poder de Jehová y rectifica la conducta de sus antecesores.

En efecto, había cometido la torpeza de aliarse con los adversarios de Senaquerib, que comprendían los babilonios de Marduk-apal-idina, los fenicios de Elulaios y los egipcios de Tirhaka.

Los ejércitos asirios aplastaron a los sublevados en Babilonia y derrotaron a la coalición occidental en los campos de batalla de Eltekeh (701).

Cuando Senaquerib se disponía a poner sitio a Jerusalén, una peste se difundió entre sus huestes, lo que le obligó a levantar el asedio. Isaías, que había predicho este acontecimiento, logró que Ezequías se desprendiera de los cultos idolátricos y volviera, a la pureza de la religión de Jahvé.

Los ejércitos asirios aplastaron a los sublevados en Babilonia y derrotaron a la coalición occidental en los campos de batalla de Eltekeh (701).

Cuando Senaquerib se disponía a poner sitio a Jerusalén, una peste se difundió entre sus huestes, lo que le obligó a levantar el asedio.

Isaías, que había predicho este acontecimiento, logró que Ezequías se desprendiera de los cultos idolátricos y volviera, a la pureza de la religión de Jahvé.

Durante este reinado, el profeta gozó de gran predicamento en la corte.

Pero cuando Manases heredó en 692 la corona de su padre, se restauró la idolatría y se propagaron los cultos asiriobabilónicos.

Incluso se llegó a perseguir a los servidores del verdadero Dios, y es fama que en esta persecución murió martirizado Isaías, el profeta de los arrebatos sublimes y majestuosos.

Durante este reinado, el profeta gozó de gran predicamento en la corte. Pero cuando Manases heredó en 692 la corona de su padre, se restauró la idolatría y se propagaron los cultos asiriobabilónicos.

Incluso se llegó a perseguir a los servidores del verdadero Dios, y es fama que en esta persecución murió martirizado Isaías, el profeta de los arrebatos sublimes y majestuosos.

Isaías se esforzó en hacer comprender la necesidad de no imitar a Israel en su impiedad. Por el contrario, Judá debía buscar su salvación no en fortalezas deleznables, sino en la gracia de Jahvé, cuyo poder era más grande que todas las alianzas, pues de El eran el castigo y el triunfo.

Los mismos asirios eran únicamente un instrumento de Dios, a cuya voluntad se sometían todas las naciones del mundo. ((Santo, santo, santo es el Dios de los ejércitos, y su gloria llena toda la Tierra.» Estas memorables palabras indican que en Isaías se supera el concepto de un Dios nacional, para llegar a la conclusión de la universalidad de los designios de Jahvé.

Pero la experiencia convence a Isaías de lo prematuro de sus doctrinas. Sólo con el transcurso del tiempo, después que la fe haya madurado en el corazón de los elegidos, será posible el reino de Dios.

Y entonces profetiza el advenimiento del Mesías, bajo cuyo reinado se restaurarán el imperio y la gloria de David.

EZEQUIEL (627?-573? a. de J. C.)

He aquí al tercero de los grandes nabis del pueblo de Israel. Contemporáneo de Jeremías, y, por lo tanto, testigo de uno de los mayores dolores históricos de su nación, Ezequiel es el hombre invadido por la idea de Dios, que busca en la interpretación de sus designios hallar el nervio de acero para soportar las calamidades de la cautividad de Babilonia.

Profeta Exequiel

Su figura adquiere una grandiosidad trágica, y muy pocos son los rasgos de sus profecías que se libran de la aspereza dramática de su vigorosa personalidad.

Nació hacia el año 627, en el último período de esplendor de Judá bajo la sabia dirección del rey Josías. Su juventud, por lo tanto, se desarrolló bajo el signo de la nueva ley, el Deuteronomio, encontrado por aquel entonces en un escondrijo de las paredes del templo de Jerusalén (621).

Fue educado desde la infancia en la observación más rigurosa de las leyes y de la ortodoxia, tal como correspondía a su estirpe sacerdotal.

Ya mayor, cuando Ezequiel cobró la plenitud de su inteligencia, sus años fueron ensombrecidos por la tormenta que se formaba en el horizonte y que, por último, iba a descargar como un alud devastador sobre el reino de Judá.

En efecto, la descomposición del Imperio asirio permitió una nueva tentativa para recuperar la plena independencia política.

Por Palestina pasaron los orgullosos ejércitos de Neco, el faraón egipcio, y a poco regresaron del Eufrates después de haber sido derrotados por las tropas de Nabucadrezar (Nabucodonosor) de Babilonia (609).

Esta victoria dió al soberano mesopotámico el dominio del Próximo Oriente hasta la península del Sinaí. Pero el rey Johakim, despreciando las fuerzas de aquel poderoso monarca, creyó llegada la hora de desprenderse del vasallaje extranjero. Se sublevó, y fue derrotado.

Su hijo Jeconías, su sucesor en el trono, fué hecho prisionero, y con él muchos judíos fueron arrancados de la patria y trasplantados a la Baja Mesopotamia (597).

Entre los deportados — en su mayoría aristócratas y guerreros — figuraba Ezequiel. Allí, en un país extraño y de costumbres idolátricas, el nabi levanta su voz ante los ancianos de la comunidad de exilados de Tel Aviv.

Entre 594 y 593 tiene la primera comunicación con la Divinidad, en el valle del río Kebar. La grandeza de la visión le deja petrificado por siete días.

Luego, ya no le abandonará jamás la palabra de Dios, y sus escritos resonarán con sus acentos o bien referirán acciones simbólicas que continuarán expresando los designios divinos, hasta su última profecía, escrita en 573.

Gozando de relativa libertad, pues Ezequiel, consciente del poder de Babilonia, se mantiene leal a sus señores, puede mantener relaciones con los judíos que permanecieron en la lejana patria.

Este hecho amplifica su obra y da mucha influencia a sus profecías. En realidad, es uno de los forjadores del nuevo Israel, purificado en el crisol de la desgracia.

La destrucción de Jerusalén, las aflicciones sobrevenidas al pueblo judío a la «Casa de la rebeldía» , son exponentes de la necesidad de purificarse y de librarse para siempre de las inmundicias que se levantan como una barrera entre Dios y su pueblo.

Despedazada la unidad nacional, Ezequías indica el nuevo camino del perfeccionamiento religioso individual y favorece el desarrollo de la doctrina de la retribución o castigo personal en la vida de ultratumba.

De esta manera, por la mejora de todos, reflejada en un nuevo esplendor del culto y del rito, llegarán los, tiempos en que, como indicó con vehemencia el gran profeta Isaías, Dios trasplantará un cedro en la cumbre más prominente de la Tierra al que irán a acogerse todos los pájaros.

Y en esta idea de la universalidad de la idea mesiánica en la casa de David, culmina el espíritu profético de Ezequiel.

JEREMÍAS (650?-585? a. de J. C.)

El profeta de las profundidades desgarradoras de las Lamentaciones vivió en la época de la primera gran catástrofe del pueblo judío. Ni el ejemplo candente de la destrucción de Samaría ni las doctrinas de los nabis, entre las que había descollado el gran Isaías, habían servido para mantener a la realeza de Judá en el puro culto del Señor.

Profeta Mayor Jeremias

Judá tendía poco a poco a un sincretismo religioso, espoleado por la servil imitación de los cultos de los grandes pueblos de Oriente: los egipcios y los babilónicos, sucesores del Imperio asirio en la hegemonía política de aquel espacio.

En esta lucha de carácter político y religioso, entre las vacilaciones, las esperanzas y los retrocesos, ejerció su ministerio Jeremías, que por su actividad y la grandeza de su doctrina es considerado como el último gran profeta del pueblo hebreo antes del cautiverio de Babilonia.

Nació Jeremías en Anathoth, una aldea situada en las cercanías de Jerusalén, en el seno de una familia de abolengo sacerdotal.

El muchacho, de carácter dulce y pacífico, fue educado por su padre Helcio, el cual hizo de él un ferviente adorador de Jahvé.

La pugna ideológica con la idolatría que le rodeaba, determinó la vocación profética de Jeremías.

En 626 abandonó su familia y su apacible hogar para lanzarse al torbellino de los conflictos políticorreligiosos.

Esta vida le disgustaba en el fondo de su intimidad. Pero antes que dar satisfacción a los deseos de su persona, era preciso servir a Dios.

Y en este servicio Jeremías, enardecido por el incendio de su fe, dio pruebas del alto temple de su espíritu.

Su participación en la vida pública, anunciando los males que obrevendrían a Judá si no se acataba la ley de Dios, coincidió con la reforma religiosa del rey Josías, motivada por el hallazgo del Libro de las Leyes (621) correspondiente a la-mayor parte del actual Deuteronomio.

Josías aplicó sus preceptos, inspirados en el más acabado cumplimiento de la ley divina. Pero su fracaso ante los egipcios y su muerte en la batalla de Megido (608), determinaron una reacción del elemento idolátrico.

Fue entonces cuando Jeremías se mostró un profeta de gran talla: predicó contra la corrupción en el templo y en la realeza y profetizó el fin de la monarquía en el exilio. Insultado, encarcelado, a punto de ser asesinado por los fanáticos, nada bastó para doblegar la energía de su propaganda.

Muerto el rey Johakim, los acentos de Jeremías cobraron tonos de calma desoladora, pues estaba convencido del próximo fin de Judá.

En efecto, en 597 Jerusalén cayó en poder de los babilonios, y el rey Jeconías llevado al destierro con la corte real y los nobles partidarios de Egipto.

Bajo el reinado de Sedecías (597-586), no corrigiéndose la idolatría, Jeremías volvió a pregonar la destrucción de Judá, pero ahora con la esperanza de que el Señor no la querría definitiva, sino para la redención y purificación de su pueblo en la penitencia.

Sus palabras se cumplieron al pie de la letra: en 586 Jerusalén caía por segunda vez en poder de Nabucadrezar; fue arrasada por completo y sus habitantes, con los del reino, fueron deportados en masa a Mesopotamia. Jeremías, que había sufrido mucho durante el asedio, quiso permanecer en Palestina para ayudar a la reconstrucción del país.

Pero fue llevado a Egipto por un grupo de fanáticos antibabilónicos (585). Es posible que muriera poco después, martirizado, en Tafni.

DANIEL (siglo VI a. de J. C.)

Entre los grandes profetas del pueblo hebreo, Daniel ocupa un lugar característico por la potencia de su genio, la extremada importancia de sus revelaciones y la sugestión de sus manifestaciones apocalípticas.

Vivió durante uno de los momentos más amargos de la existencia histórica de los israelitas, cuando sufrían cautiverio en Babilonia bajo Nabucadrezar. Pero también es posible que presenciara su liberación por el rey persa Ciro, y que él mismo muriera en Jerusalén, en la patria recobrada.

Profeta Mayor Daniel

Durante su vida profetizó de modo claro el sucederse de los imperios, y anunció con precisión maravillosa la venida del Mesías — bajo su forma de Hijo del Hombre—y su muerte, con el triunfo final del nuevo reino y la destrucción de Jerusalén.

Llevado a la corte de Nabucadrezar por mandato de este monarca y elección del jefe de los eunucos, Daniel debía pertenecer a la aristocracia hebrea y quizás era de estirpe real, aunque esta afirmación sea de época muy posterior.

Sus compatriotas le reconocían como hombre — todavía era muy joven — de gran prudencia, santidad y rectitud de juicio, como lo había demostrado al deshacer las viles calumnias que pesaban sobre la casta Susana.

Ya en Babilonia, fué instruido en la literatura de aquel imperio. Muy pronto dio pruebas asombrosas de la penetración de su espíritu al revelar el secreto de los sueños de Nabucadrezar, entre los cuales el del coloso de pies de barro, derribado por una piedra que se precipitaba desde el monte.

Esta admirable sabiduría le valió ocupar un alto cargo en la corte, y fue uno de los tres ministros que regían a los sátrapas del imperio.

Pero a pesar de esta brillante carrera, jamás renegó de su fe, antes al contrario, la demostró en muchas ocasiones ante Nabucadrezar y sus sucesores.

Durante el breve gobierno de Belshassar, hijo de Natonido, Daniel interpretó las palabras Mane, Thecel, Phares, escritas de modo misterioso en la sala de banquetes del príncipe, revelándole la próxima caída de su Estado.

En efecto, muy pronto Ciro se apoderó de Babilonia (539). El conquistador renovó las tentativas de forzar a los judíos a la idolatría; con este motivo, Daniel fué condenado a muerte y echado a la fosa de los leones.

El Señor le salvó de este martirio. Salió inmune de la prueba; sus enemigos fueron castigados y, en cambio, Ciro le dispensó nuevos favores. Es posible que muriera a los tres años de la toma de Babilonia, aunque este dato es muy inseguro.

La fuerza apocalíptica de los escritos de Daniel, el encadenamiento maravilloso de su biografía y la potencia de su penetración histórica, hicieron de él uno de los grandes profetas, honrado por los judíos y venerado por la tradición cristiana posterior.

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