Religión en Grecia

Los Patriarcas de la Biblia Abraham Isaac Jacob y Jose

Historia de los Patriarcas de la Biblia

LOS PATRIARCAS: En tiempos del primer Imperio caldeo, había bandas de pastores que recorrían los grandes desiertos situados entre el Eufrates y Siria.

El jefe de cada una de ellas, el patriarca, tenía consigo varias mujeres, gran número de hijos y muchos servidores.

Vivían todos juntos como una gran familia y obedecían todos al patriarca.

Cada familia llevaba rebaños de carneros, cabras o camellos. Se paraba en los sitios donde había hierba, plantaba las tiendas de piel de camello y a su resguardo dormía.

Luego, cuando la hierba se había agotado, se ponía de nuevo en camino para buscarla en otro lugar.

Su vida era muy sencilla. Se alimentaban con leche y carne, se vestían con grandes trozos de paño, no habitaban en casas, y en punto a enseres, sólo tenían algunas vasijas de barro, unas cuantas alfombrillas de pelo de camello y cofres.

En punto a alhajas, ajorcas de oro o de plata que las mujeres se ponían en los tobillos, collares, pendientes y anillos para la nariz. De esta manera viven todavía los beduinos de Arabia.

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Abraham es detenido por un ángel que evita la prueba del sacrificio exigida por Dios

PRIMER PATRIARCA ABRAHAM

Unos de aquellos patriarcas, Abraham, salió con su tribu de Caldea y atravesó todo el desierto hasta la Siria.

En la Biblia puede leerse su historia.

Tenía ya setenta y cinco años cuando oyó la voz de Dios: «Sal de tu país, le decía, y ve a la tierra que te mostraré. Haré de tus hijos una gran nación, haré tu nombre grande, y todas las naciones de la tierra serán benditas en tu persona».

Abraham partió como Dios le ordenaba. Su sobrino Lot le acompañaba, llevando ambos consigo toda la familia.

Caminaron largo tiempo juntos, hasta Siria, luego, hasta Egipto. Llegaron al fin a un país donde no había bastante hierba para todos sus ganados, lo cual ocasionó disputas entre los pastores de Abraham y los de Lot.

Abraham dijo a Lot: «Que no haya, te lo ruego, disputas entre tú y yo y entre nuestros pastores, porque somos hermanos. Sepárate de mí, y si vas a la izquierda, yo iré a la derecha, y si te encaminas a la derecha yo iré a la izquierda».

Lot bajó a la llanura del Jordán, que estaba bien regada y parecía un jardín. Se estableció cerca del mar Muerto, en el territorio de Sodoma, cuyos habitantes estaban muy corrompidos. Abraham fue a acampar cerca de Mambié y allí erigió un altar a Dios.

Un día, Abraham oyó de nuevo la voz de Dios: «Abraham, no temas nada, soy tu escudo, y tu recompensa será muy grande».

Abraham respondió: «Señor Dios, ¿qué me darás? Voy a morir sin hijos y mi único heredero será mi servidor Eliezer».

—La voz de Dios respondió: «No será él tu heredero, sino un hijo nacido de ti».

La voz le mandó entonces a salir de su tienda, y le dijo cuando estuvo fuera: «Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Tan numerosa será tu descendencia».

La mujer de Abraham, Sara, no tenía hijos. Dijo a su marido: «Toma mi sirvienta, Agar, la egipcia. Quizá tendré hijos mediante ella».

Agar tuvo un hijo, Ismael.

Más tarde Sara tuvo también un hijo, Isaac. Abraham se llenó de alegría y celebró un gran festín el día que Isaac fue destetado. Ismael se burló del niño.

Sara irritada dijo entonces a Abraham: «Arroja a esta sirvienta y a su hijo».

Abraham se levantó muy temprano, cogió pan y un odre de agua, que dio a Agar, y la despidió con su hijo.

Agar marchó al desierto y se perdió. Cuando se acabó el agua del odre, dejó a Ismael debajo de un arbusto.

Fue a sentarse a tiro de flecha para no ver morir a su hijo y rompió a llorar.

Un ángel de Dios la llamó entonces: Agar, dijo, no temas nada. Dios ha oído la voz de tu hijo. Levántate, coge al niño, yo haré de él una gran nación». Agar, abriendo los ojos, vio entonces un pozo.

Fue a llenar en él el odre y dio de beber a su hijo. Ismael llegó a ser hábil arquero y fue pregenitor de la nación árabe.

Lot, que había permanecido en Sodoma, estaba una tarde sentado a la puerta de su morada, cuando vio llegar a dos viajeros.

Eran ángeles de Dios. Lot fue a su encuentro y se prosternó ante ellos: «Entrad, les dijo, en la casa de vuestro servidor, lavaos los pies y pasad la noche en mi casa. Os levantaréis de madrugada para proseguir vuestro camino». Y les dio de comer.

No se habían acostado todavía, cuando las gentes de Sodoma llegaron delante de la casa y a grandes voces pidieron a Lot que les entregase a los extranjeros para ultrajarles. Lot se negó. Las gentes de Sodoma quisieron derribar la puerta, pero los ángeles les dejaron ciegos.

Luego dijeron a Lot: «Haz salir de esta ciudad a toda tu familia, pues vamos a destruir esta ciudad porque sus crímenes son grandes».

Al alborear, los ángeles cogieron de la mano a Lot, a su mujer y a sus dos hijos y les hicieron salir de la ciudad recomendándoles que no volvieran la cabeza para mirar. La mujer de Lot desobedeció, volvió la cabeza y fue transformada en estatua de sal.

Lot y sus dos hijos llegaron a una aldea en el momento de salir el sol. inmediatamente cayó una lluvia de azufre y de fuego sobre Sodoma y Gomorra y destruyó las dos ciudades con todos sus habitantes.

Dios, para poner a prueba a Abraham, le dijo un día: «Coge a tu hijo único, tu muy amado Isaac, y ve a ofrecérmelo en sacrificio en la cima de una montaña que te indicaré».

Abraham se levantó muy de mañana, aparejó su burro y marchó con Isaac y dos Servidores. Luego partió leña para la hoguera del sacrificio.

Al tercer día vio a lo lejos el lugar que Dios le designaba y ordenó a sus servidores que quedasen esperándole en tanto subía con su hijo a la montaña para adorar a Dios.

Cargó la madera en los hombros de Isaac y partió con él llevando el cuchillo y el tizón encendido. «Padre, decía Isaac, he aquí el fuego y la leña, ¿pero dónde está el cordero para el sacrificio? » Abraham respondió: «Hijo mío, Dios proveerá». Y siguieron caminando.

Cuando hubieron llegado a lo alto de la montaña, Abraham hizo un ara y en ella puso la leña.

Luego ató a su hijo, le colocó en el altar encima de la leña y asió el cuchillo para degollarle.

En aquel momento un ángel dio voces: «¡Abraham, Abraham, no pongas la mano sobre este niño, porque ahora sé que temes a Dios, puesto que no te has negado a darle tu único hijo! » .

Abraham, alzando los ojos, vio un carnero sujeto a un arbusto por los cuernos, se apoderó de él y le degolló en lugar de su hijo. Luego oyó otra la voz que decía: «Porque no me has negado a tu único hijo, te bendeciré y tu posteridad será numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar».

ISAAC Y REBECA

Abraham, antes de morir, quiso casar a su hijo. Hizo jurar a su servidor Eliezer que iría a su país para buscar mujer a Isaac, porque no quería mujeres del país de Canaán, en que habitaba.

Eliezer cogió diez camellos, los cargó de presente y se fue a Caldea, a la aldea que habitaba Nacor, hijo del hermano de Abraham.

Llegó al atardecer, se detuvo fuera de la aldea y cerca de los pozos, y dejó descansar a los camellos sobre las rodillas. Era el momento en que las muchachas salían de sus casas par ir a buscar agua.

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Eliezer se puso a orar: «Eterno, Señor de mi dueño Abraham, haz que encuentre lo que busco. Las doncellas van a venir al pozo; que la joven que me dé de beber a mí y a mis camellos, sea la que has destinado para Isaac». En aquel momento apareció una linda joven, el cántaro al hombro.

Era Rebeca, hija de Nacor. Bajó a la fuente, llenó su cántaro y volvió a subir. Eliezer corrió a su encuentro y le dijo: «Déjame beber un poco de agua en tu cántaro».

Ella respondió: «Bebe, señor». Y bajó el cántaro a su mano. Cuando hubo acabado de beber, le dijo: «Voy a coger agua para tus camellos». Vació su cántaro en el abrevadero y volvió a coger agua, hasta que todos los camellos dejaron de estar sedientos.

Eliezer la miraba con sorpresa, pero sin decir nada. Cuando ios camellos hubieron acabado de beber, sacó un anillo y dos brazaletes de oro, puso los brazaletes en los brazos de Rebeca y le preguntó: «¿De quién eres hija? ¿Queda en la casa de tu padre lugar donde pasar la noche?» Respondió que era hija de Nacor y que había lugar en su casa.

Entonces Eliezer se prosternó diciendo: «Bendito sea el Eterno, Señor de mi dueño Abraham, que me ha conducido a la casa de mi dueño».

La joven corrió a advertir a su madre. Su hermano Laban, que había visto los brazaletes y el anillo de oro, fue a buscar a Eliezer y le llevó a la casa.

Mandó descargar los camellos y les dio forraje.

Dios agua a Eliezer para lavarse los pies y le sirvió de comer. «No comeré, dijo Eliezer, antes de haber dicho lo que tengo que decir».

Y contó de dónde había venido, cómo buscaba esposa para su joven dueño y cómo había rogado a Dios que se la designara. El padre y el hermano de Rebeca respondieron: «El Eterno ha hecho estas cosas.

No tenemos nada que decir. Toma a Rebeca y que sea esposa del hijo de tu dueño, como el Eterno ha dicho».

Eliezer se prosternó para dar gracias a Dios, luego dio a Rebeca objetos de oro y plata y vestidos. Al día siguiente pidió volver a casa de su dueño.

El hermano y la madre de Rebeca quisieron retenerla diez días más. Respondió: «No me retraséis, puestp que el Eterno ha hecho que resulte bien mi viaje».

Dijeron: «Llamemos a la muchacha y consultémosla». Luego preguntaron a Rebeca: «¿Quieres irte con este hombre?» Respondió: «Iré». Y partió, llevando consigo a su hermano y a su nodriza.

Una tarde, Isaac estaba en el campo y vio llegar camellos, uno de ellos montado por una joven. Era Rebeca. Alzando los ojos vio a Isaac y bajó de su camello, preguntando a Eliezer: «¿Quién es este hombre? » Respondió: «Es mi señor». Entonces cogió su velo y se tapó. Eliezer contó a su joven dueño cuanto le había sucedido. Isaac tomó de la mano a Rebeca y la llevó a la tienda de su madre Sara. Luego se casó con ella.

JACOB Y ESAU

Rebeca permaneció mucho tiempo sin tener hijos. Por fin Isaac imploró al Eterno, y dio a luz dos hijos. El primero era rubio y todo cubierto de pelo, y fue llamado Esaú.

Al crecer, se hizo hábil cazador que pasaba la vida en el campo. El segundo, Jacob, fue hombre de suaves costumbres que permanecía de ordinario en la tienda. Isaac amaba a Esaú porque le llevaba caza. Rebeca prefería a Jacob.

Un día Jacob hacía un guiso de lentejas, Esaú volvió de la caza cansadísimo y dijo a su hermano: «Déjame comer de este plato, porque estoy muy cansado». Jacob le respondió «Véndeme entonces tu derecho de primogenitura».

Esaú se dijo: «Voy a morirme de hambre, ¿de qué me servirá ese derecho?» Y lo vendió para que Jacob le diese las lentejas.

Isaac envejeció y quedó casi ciego. Un día llamó a Esaú y le dijo: «Soy viejo y no sé el día de mi muerte. Coge tu arco y tus flechas, ve a buscarme caza y prepárame un plato como yo lo quiero, para que te bendiga antes de morir».

En tanto Esaú estaba de caza, Rebeca contó a Jacob lo que había dicho su padre y añadió: «Ve a coger en el rebaño dos buenos cabritos, haré con ellos a tu padre un plato de los que le gustan, se lo llevaremos para que coma, a fin de que te bendiga antes de su muerte».

—»Pero, dijo Jacob, mi hermano Esaú es velludo y yo no lo soy.

— Quizá mi padre me toque y me tomará por impostor y atraeré sobre mí.

no una bendición, sino una maldición». Su madre le dijo: «¡Que la maldición caiga sobre mí! » Jacob la obedeció y preparó el plato. Luego Rebeca cogió los lindos vestidos de Esaú, hizo que Jacob se los pusiera y cubrió sus manos y su cuello con la piel de los cabritos.

Jacob se acercó a Isaac con el plato y el pan y dijo: «¡Padre mío! » Isaac respondió: «Heme aquí, ¿quién eres? —»Soy Esaú, tu hijo amado». «He hecho lo que me habías ordenado.

Levántate, siéntate y come de mi caza».— «¿La has encontrado ya?» —»Es que el Eterno la ha hecho venir delante de mí».— «Acércate para que te toque, que sepa si eres mi hijo Esaú». Jacob se acercó y le tocó su padre.

No reconoció las manos que estaban cubiertas de pelo, y dijo: «La voz es la de Jacob, pero las manos son las de Esaú».

Hizo que le trajeran el plato, comió y bebió vino. Luego dijo a su hijo que viniera a besarle.

Palpó sus vestidos, que eran los de Esaú, y le bendijo, diciendo: ¡Dios te conceda el rocío del cielo y la substancia de la tierra, trigo y vino en abundancia! ¡Los pueblos te sean sometidos y las naciones se prosternen ante ti! ¡Sé dueño de tus hermano y que los hijos de tu madre se prosternen ante ti! «

Acabada la bendición, salió Jacob, y Esaú volvió de la caza. Hizo un plato con lo que había traído llevólo a su padre y le pidió que le bendijera. Isaac, muy conmovido, le dijo: «¿Quién me ha traído caza y yo le he bendecido?» Esaú empezó a gritar, y luego dijo: «Bendíceme también, padre mío». Pero Isaac respondió: «Tu hermano ha venido con engaño y se ha llevado tu bendición. Le he hecho tu dueño y le he dado a todos tus hermanos por servidores. ¿Qué puedo hacer por ti? «

Esaú, irritado, dijo que mataría a Jacob. Rebeca tuvo miedo e hizo que su hijo marchase al país de su hermano Laban.

JACOB EN CASA DE LABAN

Marchó Jacob. Llegada la noche, detúvose para dormir y cogió una piedra sobre la cual reposó la cabeza. Durmióse y tuvo un sueño. Vio una escala apoyada en tierra y que en lo alto tocaba el cielo. Por ella subían y bajaban los ángeles de Dios.

El Eterno estaba en lo alto y dijo a Jacob: «Soy el Eterno, el Dios de Abraham, el dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te pertenecerá a ti y a tus descendientes, tu posteridad será numerosa como el polvo del suelo.

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Estoy a tu lado, velaré por ti a donde quiera que vayas, y te volveré a este país». Jacob despertó, tuvo miedo y dijo: «Esta es ¡a casa de Dios, la puerta del Cielo». Y a guisa de monumento, puso derecha la piedra en que había dormido.

Cuando hubo llegado al país de Laban, se detuvo delante de un pozo cerrado con una gran piedra y al que se llevaban a beber los ganados.

Preguntó a los pastores si conocían a Laban. Le enseñaron una doncella que venía con su rebaño y le dijeron que era Raquel, hija de Laban.

Jacob apartó la piedra que tapaba el pozo y ayudó a la joven a dar de beber a sus ganados. Luego manifestó ser hijo de Rebeca. Acudió Laban, le abrazó y le rogó que fuese a su casa.

Al cabo de un mes le dijo: «¿Es preciso, porque seas mi pariente, que me sirvas de balde? Dime qué salario quieres». Jacob dijo: Te serviré siete años para obtener tu hija menor».

Era Raquel. Jacob sirvió siete años que le parecieron unos días, porque amaba a Raquel. Luego reclamó su mujer. Laban celebró las bodas, pero en lugar de Raquel puso a su hija mayor Lía.

Jacob se quejó del engaño. «No es costumbre en el país, respondió Laban, dar la menor antes que la mayor». Jacob consintió en quedarse otros siete años para obtener a Raquel y casó con ella al cabo de los siete años.

Permaneció en el país, adquirió grandes rebaños y tuvo doce hijos, de los que dos eran de Raquel.

VUELTA DE JACOB

Los hijos de Laban censuraron a Jacob por haberse hecho rico a expensas de su padre. Se decidió entonces voíver al país en que había nacido, y partió en secreto con su familia y sus rebaños.

Pasó cerca de la comarca donde su hermano Esaú estaba establecido y le envió mensajeros para que le refirieran sus aventuras e imploraran su perdón.

Los mensajeros volvieron diciendo: «Tu hermano viene a tu encuentro con 400 hombres». Jacob se asustó mucho, creyendo que su hermano venía a matarle.

Apartó, para ofrecerlos como regalo a Esaú, 200 cabras y 20 machos cabríos, 200 ovejas y 20 carneros, 30 camellos con sus crías, 40 vacas y 50 toros, 20 borricas y 10 burros, y con ellos formó cinco rebaños.

Ordenó a los pastores que fueran delante, dejando un intervalo entre cada rebaño, y les dijo a cada uno: «Cuando te encuentres con Esaú y te pregunte quién eres, a dónde vas y de quién es el rebaño, responderás: Es de tu servidor Jacob, que lo envía como regalo a su señor Esaú». Jacob esperaba calmar de este modo a su hermano.

Envió a su familia al otro lado del torrente y se quedó solo. Durante la noche tuvo que luchar con un desconocido de fuerza prodigiosa que, no habiendo podido derribarle, le hirió en la cadera y le dejó cojo.

Cuando llegó el día, el hombre dijo a Jacob: «Déjame marchar, porque ya es de día». Jacob respondió: «No te dejaré partir antes de que me hayas bendecido? «. «¿Cuál es tu nombre? » —»Jacob».— «Tu nombre, dijo aquél, ya no será Jacob, sino Israel, es decir, el que combate por Dios». Jacob comprendió que había luchado con un enviado de Dios.

Llegó Esaú al frente de 400 hombres. Jacob puso en línea a su familia y se prosternó siete veces, yendo al encuentro de su hermano.

Esaú se conmovió, corrió a su encuentro, se arrojó a su cuello y ambos lloraron. Luego Esaú, viendo a las mujeres y a los hijos de Jacob, preguntó quiénes eran. «Son, respondió Jacob, los hijos que Dios ha concedido a tu servidor».

Las sirvientas se acercaron con sus hijos y se prosternaron ante Esaú. Luego Lía y sus hijos, por último Raquel y su hijo.

Esaú no aceptó al pricipio los rebaños que Jacob le ofrecía, diciendo: «Estoy en la abundancia, hermano mío, conserva lo que te pertenece». Pero, a instancia de Jacob, accedió. Luego se separaron.

Jacob fuese al lado de Isaac, que murió a la edad de ciento ochenta años.

JOSÉ VENDIDO POR SUS HERMANOS

El hijo mayor de Raquel, José, era el preferido de su padre, y sus hermanos tuvieron envidia de él.

Aumentó su odio contándoles un sueño que había tenido: «Estábamos ocupados en el campo atando gavillas. Mi gavilla se alzó y se tuvo derecha, las vuestras la rodearon y se prosternaron ante ella».

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Jose vendido a Putifar por sus hemanos envidosos

—»¿Esto significa, dijero sus hermanos, que reinarás sobre nosotros?» Otro día contó: «He soñado que el sol, la luna y once estrellas se prosternaban ante mí». Su padre le regañó diciendo: » ¡Haría falta, pues, que viniéramos yo, tu madre y tus once hermanos a prosternarnos delante de ti! «.

Un día, Jacob envió a José a obtener noticias de sus hermanos que habían llevado un rebaño a pacer muy lejos.

Sus hermanos dijeron, viéndole llegar: «He aquí el soñador, matémosle, arrojémosle a una cisterna, y diremos que una fiera le ha devorado, y así veremos qué será de sus sueños».

Rubén les dijo: «No derraméis sangre, arrojadle solamente en la cisterna». Pensaba darle libertad cuando sus hermanos hubieran partido.

José llegó. Sus hermanos le despojaron de la túnica y le arrojaron a una cisterna que no tenía agua, sentándose luego para comer.

En aquel momento pasó una caravana que iba a Egipto, con camellos cargados de incienso y perfumes. Judá dijo a sus hermanos: «¿Qué ganaremos con hacerle perecer?.

Vendámosle a estos mercaderes, porque es nuestro hermano, nuestra carne».

Los otros le atendieron, sacaron a José de la cisterna y le vendieron por veinte monedas de plata. Luego cogieron su túnica, y habiendo matado un macho cabrío, la empaparon en la sangre.

Le enviaron a Jacob, mandándole decir que la habían encontrado en el campo. Jacob le reconoció y dijo: «Es la túnica de mi hijo, una fiera le ha devorado».

Desgarró sus vestiduras, sujetóse un saco a la cintura en señal de luto y no quiso oír palabra de consuelo. Decía: «Lloraré hasta que descienda en busca de mi hijo a la morada de los muertos».

Culto al Hogar y a los Muertos en Roma Antigua Ritos y Sacerdotes

Culto al Hogar y a los Muertos en Roma Antigua Ritos y Sacerdotes

LA RELIGIÓN EN LOS ORÍGENES DE ROMA:
EN LOS PRIMEROS TIEMPOS los latinos sentíase rodeados por las fuerzas de la Naturaleza, diferentes de las humanas y superiores a ellas, que podían aplastarles o darles ayuda y prosperidad: el Sol, las fuentes, la tierra, ciertos animales, los árboles centenarios y aun las cosas inertes.

De noche las piedras- límites y numerosos árboles y animales fueron mirados como sagrados: así el roble estaba consagrado a Júpiter, y el lobo pertenecía a Marte.

El hombre romano era de una simplicidad robusta y práctica, desprovisto de imaginación.

Así, ni inventó mitologías, ni imaginó a sus dioses bajo una forma humana, y mucho menos se cuidó de escribir leyendas. Tampoco esculpió imágenes de sus divinidades.

La diosa Vesta (imagen) no tuvo jamás estatuas, pues sólo estaba representada por el fuego sagrado que no debía extinguirse nunca.

En fin, en aquellos tiempos no aparece ninguna especulación profunda sobre la naturaleza de Dios y sobre el origen y destino del universo y del alma.

El romano como ser práctico no se preocupaba por  reflexionar acerca del mundo, sino de servirse de él.

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La generación, la concepción, el nacimiento, la infancia poseían su cortejo de divinidades, teniendo cada una su función especial, cumplida la cual nadie pensaba ya en invocarlas; por ejemplo Cunina velaba sobre el infante en la cuna; Stanana le enseñaba a tenerse en pie; Levana le levantaba cuando caía; Ossipaga fortalecía sus huesos, etcétera.

Con frecuencia, esos poderes se hallaban clasificados por grupos bajo un nombre colectivo. Así, las Comenas eran las diosas de las fuentes y no tenían individualidad más consistente que la de nuestras hadas.

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LAS FIESTAS: Una forma del culto era la fiesta (feria). Todos los años, en épocas determinadas, se celebraba una ceremonia destinada a agradar a un dios y a captarse su buena voluntad.

En primavera era la Fiesta de Pales, diosa de los carneros. Aquel día se purificaban las casas, se quemaba paja, y se saltaba tres veces por encima del fuego.

Se sacrificaban carneros a Pales y luego se comían las víctimas.

Otras fiestas más solemnes eran los juegos (ludí), análogos a los de Grecia y quizá imitado de los juegos griegos. Se hacía los juegos para regocijar a los dioses.

Los juegos romanos, los más solemnes de todos, comenzaban por una procesión (pompa) en la que figuraba toda la juventud de Roma, los ricos a caballo, los demás a pie.

Luego venían carreras de carros y de caballos, o luchas y danzas. La fiesta, que al principio duraba sólo un día, se prolongó poco a poco con nuevos espectáculos, hasta el extremo de durar dieciséis días en la época del Imperio. Fueron creados otros juegos semejantes.

A veces, por lo común en casos de desastre, se ofrecía a los dioses un lectisternium, es decir, un banquete. Se colocaban en una plaza pública lechos como para un festín, con cojines.

En ellos se tendían las imágenes de madera en la posición de un convidado y se les llevaban los manjares. Las imágenes de las diosas aparecían sentadas.

TEMPLOS: Era otra forma del culto dar a una divinidad una casa (aedes) para que en eila habitase.

El pueblo había establecido de esta suerte, en la ciudad muchos dioses y diosas, comúnmente para cumplir un voto (votum), es decir, una promesa hecha por un magistrado.

Así la leyenda atribuía el templo de Júpiter Stator a un voto hecho por Rómulo para que el dios detuviera a sus tropas que huían. La casa del dios, de ordinario levantada en lugar consagrado según el rito etrusco, un templo se llamaba templum.

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EL FORMULISMO EN LOS RITOS: Pensaban los romanos que los dioses eran muy exigentes en punto a formas, que querían ante todo que cualquier acto del culto fuera ejecutado estrictamente según los ritos, es decir, las reglas antiguas.

Tenían cuidado, por tanto, de seguir exactamente todas las fórmulas, en los sacrificios o en las fiestas. Si se introducía el cambio más insignificante, se pensaba que el acto perdía todo valor y que no se obtendría ningún resultado.
De igual modo, cuando un magistrado hacía celebrar juegos en nombre del pueblo, debía seguir todas las fórmulas.

Cicerón lo hace notar: «Si se varía una palabra de las de ritual, si un flautista se para, si el actor no habla a tiempo, los juegos no son ya conforme a los ritos y hay que empezar de nuevo».

Cuando se quería edificar un templo era preciso, ante todo, determinar el emplazamiento por un augurio conforme a los ritos. Es lo que significa la palabra inaugurar.

El augur empezaba por circunscribir la extensión en que iba a operar y empleaba palabras consagradas. Varrón ha conservado la fórmula que se pronunció antes de inaugurar el templo de Júpiter en el Capitolio:

«Que el templum y el recinto sean tales como los haya designado exactamente con mi lengua. Que este viejo árbol, cualquiera que sea, que tengo intención de designar, limite el templum y el recinto por la derecha. Que el intervalo entre ambos sea regulado por líneas, la mirada, el pensamiento como yo he pensado, del modo más exacto».

Habiendo limitado un espacio de esta suerte por la palabra (locus effatus), el augur se sienta y espera un signo, un ave, un relámpago. Si no ve nada de esto se va a otra parte a empezar de nuevo. Si ve algo, es prueba de que el sitio ha agradado al dios.

Deviene entonces un fanum y la propiedad del dios. Puede permanecer vacío, no ser más que un lugar sagrado con un bosque, un altar al aire libre, una fuente. Si en él se edifica con tablas o con piedra, la construcción debe tener una sola abertura.

En la colina donde se edificó el templo de Júpiter, otras divinidades estaban ya instaladas, tenían un fanum. Fue preciso, mediante una ceremonia especial, preguntar una por una a las divinidades si consentían en irse.

A esto se decía exaugurare. Hubo tres que no respondieron. Marte, Termino, Juventa, y sus santuarios quedaron en el Capitolio.

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En los alrededores de Roma había un bosque sagrado perteneciente a una diosa antigua. Dea Día. Todos los años un colegio sacerdotal los Hermanos Anales, se reunían en él para ejecutar una danza sagrada y cantar un himno en su honor.

El himno estaba escrito en un idioma antiguo que nadie entendía ya. A cada sacerdote se entregaba un formulario escrito que tenía encargo de repetir.

Este formulario ha llegado a nosotros por una inscripción del siglo III de Jesucristo. Cuando ya hacía varios siglos que no era entendido por nadie, los hermanos Arvales seguían cantándolo sin la menor variación.

Por el mismo respeto a las fórmulas se guardaba con el mayor cuidado una recopilación griega de versos sagrados, los libros sibilinos. Decíase que eran obra de la Sibila de Cumas, sacerdotisa de Apolo, que dictaba oráculos en una caverna cercana a Cumas.

Contaban que la Sibila había ido cierto día a avistarse con el rey Tarquino, llevando consigo nueve libros sabrados que ofrecía venderle por determinado precio.

El rey juzgó los libros demasiado caros. La Sibila arrojó al fuego tres de ellos, y por los seis que quedaban pidió doble precio.

El rey no aceptó y dijo que la Sibila se burlaba de él. La Sibila arrojó al fuego otros tres libros y dobló otra vez el precio para los que quedaban.

El rey reflexionó y compró los tres libros al precio que la Sibila pedía.

Un cuerpo sacerdotal, dos, luego diez, más tarde quince, fueron encargados de la guarda de los libros sibilinos. En los momentos de peligro el Senado ordenaba consultarlos y los guardianes manifestaban lo que había de hacerse.

Cuando los galos fueron sobre Roma, el Senado mandó consultar los libros sibilinos.

En ellos se vio profetizado que los galos tomarían posesión del suelo de la ciudad.

En consecuencia, para que el oráculo se cumpliera, manifestaron que el pueblo debía enterrar vivo en la Plaza del Mercado a un hombre y una mujer de nacionalidad gala, y así se hizo.

AUGURIOS Y PRESAGIOS: Los romanos conservaban los procedimientos de adivinación etrusca. Creían que los dioses enviaban signos, los presagios, para indicar su voluntad y que se podía adivinar el porvenir interpretando estos signos.

Antes de hacer nada importante se empezaba, por tanto, por consultar a los dioses. El magistrado, antes de reunir una Asamblea, el general antes de entablar una batalla y atravesar un río, interrogaban los signos. A esto se llamaba tomar los auspicios (la palabra significa mirar las aves).

Tan pronto se miraba a las aves que pasaban por el cielo, como se traían los pollos sagrados mantenidos por el Estado y se les daba de comer. Si no comían era que los dioses desaprobaban la empresa.

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Otro procedimiento para adivinar el porvenir consistía en sacrificar un animal y examinar las entrañas. Si en ellas había algo excepcional, era un mal presagio.

Había en Roma un cuerpo especial, los augures públicos del pueblo romano, encargados de interpretar los presagios.

Los augures decidían si había habido error al realizar una ceremonia y en tal caso volvía a empezarse. El magistrado tenía junto a sí un augur para decirle si los presagios eran o no favorables.

Cuando se veía un signo sin previa consulta, se suponía que los dioses lo enviaban para advertir que no fuera continuada la empresa.

Cuando la Asamblea del pueblo estaba reunida para deliberar o para elecciones, se admitía que Júpiter no quería permitir que se resolviera nada aquel día, y la Asamblea había de disolverse.

Esta costumbre dio lugar más tarde a un procedimiento que los magistrados utilizaron para desembarazarse de una Asamblea. Se consideraban signos desfavorables un temblor de tierra, una tempestad, un rayo, una rata que cruzaba el camino, y en tales casos había que renunciar a lo emprendido.

Cuando Marcelo, en la segunda guerra púnica, había tomado una resolución, se hacía conducir en litera cerrada para estar seguro de no ver ningún mal presagio.

LOS SACERDOTES: Había en Roma personajes encargados de realizar ciertas ceremonias en nombre del Estado, y eran los sacerdotes agrupados en corporaciones, cada una de las cuales tenía su función.

Los 15 flamines (encendedores) prendían la llama del altar y hacían el sacrificio. Los tres principales eran el’flamín de Júpiter, el de Quirino y el de Marte (que todos los años sacrificaba un caballo a Marte).

Los 12 Salios del Plalatino guardaban un escudo consagrado a Marte. Este escudo, que se decía cayó un día del cielo, era venerado como un dios.

Para impedir que fuera robado, se había mandado hacer once escudos iguales. Todos los años los salios hacía una ceremonia en su honor.

Sacaban del santuario los doce escudos, cada uno de los sacerdotes tomaba uno y ejecutaban una danza guerrera, cantando un himno en honor de Mamurius.

Los hermanos Arvales se reunían una vez al año en un bosque sagrado, a dos leguas de Roma, y danzabancantando un himno a la diosa Dea día, para rogarle que enviase una buena cosecha.

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En Roma había distintas clases de sacerdotes, debido a lo variado del culto. Los más importantes eran los pontífices, presididos por el Pontifex Maximus. Los Flamines se encargaban de encender el Fuego de los Sacrificios. Los decemvin interpretaban los libros sibílicos. Los lupercii salían en las fiestas en honor del dios Pan y azotaban con látigos a las mujeres que encontraban a su paso. Otros sacerdotes eran los festiales, los salii y las vestales.

Los Lupercos celebraban todos los años los luper-cales en honor de Fauno. Medio desnudos, cubiertos solamente con pieles de macho cabrío, corrían alrededor del antiguo recinto del Palatino, llevando en las manos correas de piel del animal mencionado y azotando con ellas a las mujeres que encontraban.

Los Feciales no servían más que en las relaciones con ios pueblos extranjeros. Para firmar un tratado, su jefe llegaba con hierba sagrada cogida en el Capitolio, un cetro y la piedra sagrada del templo de Júpiter Feretriano, y, tomando por testigo a aquella piedra (que era consideraba como un dios), juraba en nombre del pueblo respetar el tratado, y luego mataba un cabrito (Foedus icere, matar el cabrito, ha venido a significar de esta suerte concertar un tratado).

Para declarar la guerra, el fecial había de ir a la frontera del enemigo y lanzar un venablo a su territorio. Cuando se quiso hacer la guerra a Pirro, rey de Epiro, los romanos se vieron al principio ante una dificultad.

Su religión les prohibía combatir a un enemigo antes de haberle declarado la guerra en ¡a forma antigua. ¿Cómo declarar la guerra a Pirro cuyo país se encontraba al otro lado del mar?.

Se dio con un recurso. Un epirota, probablemente un desertor del ejército de Pirro, compró un campo. Se consideró este campo como si fuera territorio epirota, y el fecial fue a arrojar en él el venablo y declarar la guerra.

El más importante de todos los colegios de sacerdotes era el de los Pontífices, encargados de dirigir el culto de los antiguos dioses de Roma (dii patrii).

Hacían las ceremonias e indicaban cómo debían celebrarse las fiestas en nombre del pueblo romano.

Cuando un magistrado o el Senado habían prometido a un dios un templo o una fiesta para bien del pueblo, los pontífices recibían la promesa en nombre del dios.

Cuando una catástrofe hacía pensar que algún dios estaba irritado contra el pueblo romano, los pontífices buscaban la causa del prodigio y resolvían las ceremonias que era necesario hacer y las víctimas que habían de sacrificarse para apaciguar al dios.

Arreglaban el calendario, la manera de contar el tiempo, los días del mes que debían mediar entre las calendas y las nonas. Custodiaban los archivos depositados en un santuario e interpretaban la ley de las XII Tablas.

Indicaban, la principio de cada año, qué día se debía celebrar cada fiesta, cuáles eran los días fastos, aquellos en que podían juzgar los tribunales o reunirse las Asambleas, y los días nefastos, aquellos en que la religión prohibía realizar ningún acto público.

El jefe de los pontífices, el gran pontífice, era uno de los personajes de más representación en Roma, «juez y arbitro de las cosas divinas y humanas».

Su acción se extendía a los particulares mismos, a los que obligaba a celebrar las ceremonias, porque se creía que el Estado debía hacer que todos tributasen a los dioses lo que les era debido.

Cada sacerdote tenía un solo rito que cumplir, y no estaba obligado a enseñar la religión.

Era un cargo muy respetado, pero que no bastaba para ocupar a un hombre. Los sacerdotes eran personajes de nota, mas no constituían una clase.

Eran electivos como los magistrados y seguían ejerciendo otros cargos, juzgando, presidiendo las Asambleas, mandando los ejércitos. Seguían siendo, por tanto, ciudadanos.

De esta suerte no hubo en Roma casta sacerdotal.

CULTO DEL HOGAR: Había en el centro de cada casa un hogar sagrado que la familia adoraba. Antes de empezar la comida, había que dirigirle una oración y que derramar unas gotas de vino sobre el fuego (libación).

Se creía que junto al hogar moraba un genio protector de la casa, el lar familiaris, y se le presentaba comida. Próximo al hogar se conservaban los penates (dioses domésticos, pequeños ídolos de la familia).

culto a los muertos en roma

Junto al culto público y oficial a los grandes dioses nacionales, los romanos veneraban en sus hogares a los dioses tutelares de la casa y de la familia. En el Larario doméstico se representaba a la diosa Vesta, flanqueada por dos jóvenes que simbolizaban a los Lares.

El hogar era un santuario al que se debía respeto. No conocemos muy bien el significado de estos ritos; pero eran muy antiguos, porque se encuentran ritos análogos en otros pueblos de lengua aria, sobre todo entre los indios.

Quizá el fuera era adorado en calidad de dios, al que se hacían ofrendas.

Quizá los penates eran las almas de los antepasados de la familia.

Roma tenía también su hogar sagrado en el santuario de Vesta, y en este mismo santuario su ídolo, el Palladium. Las vírgenes vestales, jóvenes de las principales familias romanas, tenían a su cargo la conservación del fuego sagrado.

Vivían en el santuario para mantener el fuego que debía permanecer constantemente encendido.

La vestal que dejaba apagar el fuego era azotada. Si una vestal faltaba a sus votos, era enterrada viva por haber puesto en peligro al pueblo romano.

Las vestales ocupaban en el teatro el puesto de honor, y en las calles, el que las encontraba, aun cuando fuera el cónsul, debía cederles el paso.

CULTO DE LOS MUERTOS: Consideraban los romanos las almas de los muertos como espíritus poderosos; pero creían que aquellas almas tenían necesidad de que los vivos se ocupasen de ellas.

Cuando moría un individuo había que darle sepultura según una forma consagrada. Se le enterraba o se le incineraba. Es probable que el modo más antiguo de sepultura fuera poner el cadáver en un féretro que luego era depositado en una fosa.

Porque, cuando se incineraba el cadáver, se empezaba por cortarle un pedazo de un dedo, que se llamaba os resectum (hueso cortado), y este pedazo se enterraba.

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Las procesiones funerarias, según la categoría social del difunto, iban acompañadas de plañideras, músicos y toda la familia. Parte importante del funeral era el panegírico, consistente en un recitado sobre la vida del muerto

La ceremonia se hacía conforme a antiguos ritos. Aun cuando se enterrase en pleno día, se llevaban antorchas hechas con estopa recubierta de cera, porque en los tiempos antiguos se enterraba de noche.

Un cortejo formado por los parientes, servidores y amigos, iba a enterrar o a quemar el cadáver y a recoger las cenizas en una urna. Luego la urna era encerrada en la tumba.

Era ésta un santuario semejante a un templo pequeño, con las letras D,M., abreviatura de Dis Manibus. Se llamaba Manes a las almas de los muertos, y se les tributaba culto como a dioses.

Se les llevaba de comer y beber. Se derramaba vino o leche en el suelo, se dejaban en vasijas tortas, se mataban animales y se quemaba la carne. Todos los años había que repetir las ceremonias, tarea de que se encargaban los descendientes del difunto.

Si el cadáver no había sido enterrado según las fórmulas, el alma no podía penetrar en la morada de los muertos, volvía a la tierra para asustar a los vivos, y los atormentaba hasta lograr que se le diera sepultura.

Estas almas malas se llamaban entonces lémures o larvas. Todos los años, en mayo, por espacio de tres noches, se desparramaban habas negras para apaciguarlas o ahuyentarlas. Esta creencia duró hasta los últimos tiempos de la sociedad romana.

En el siglo II de nuestra Era, Plinio el Joven, una de las personas más instruidas de su tiempo, cuenta la historia de una casa perseguida por los espíritus en Atenas.

En ella se aparecía un fantasma tan horrible que causaba la muerte a los que le veían. Nadie quería habitar en aquella casa.

Un filósofo se estableció en ella, vio aparecer al fantasma que le hacía señas de que le siguiera, y en el sitio en que desapareció se hizo una excavación y se encontraron huesos. El filósofo los mandó enterrar ritualmente y no volvió a repetirse la aparición.

El alma del emperador Calígula había vagado, díce-se, por los jardines del palacio. Se desenterró su cadáver para enterrarlo seguidamente en la forma debida y el alma no volvió a aparecer.

Fuente Consultada:HISTORIA UNIVERSAL ILUSTRADA Tomo I Historia Antigua-Los Romanos de  Charles Seignobos Editorial Publinter Bs.As.