Capitalismo Medieval

El Utilitarismo y La Felicidad General Mayor Placer y Bienestar Social

El Utilitarismo y La Felicidad General
El Mayor Placer y Bienestar Social

¿Cómo puede obtenerse la mayor felicidad para la comunidad? ¿Puede ser feliz una sociedad  en la que cada uno persigue sus propios intereses? He aquí unos puntos de vista objeto de polémicas.

La motivación que hay tras las acciones del hombre es su deseo de experimentar placer y evitar el dolor. En esta tesis se apoya una importante teoría del siglo XIX que se denomina principio de la utilidad: el mayor bien del mayor número de personas.

Según ella, todas las acciones humanas tienen su explicación en la forma en que asocian los hombres el placer y el dolor con las diversas formas de conducta; su objetivo consiste siempre en obtener la mayor cantidad posible del primero y evitar la mayor cantidad posible del segundo. Debe juzgarse la rectitud de conducta según la cantidad de felicidad obtenida en términos de placer, entendiendo el concepto de placer en su sentido más amplio.

A partir del siglo XVII se había ido desarrollando gradualmente una nueva aproximación empírica a las cuestiones humanas, por la que empezaba a reconocerse la importancia de principios psicológicos tales como la asociación de ideas. Sin ella, nunca habría sido posible formular el principio de la utilidad. En ética, política y derecho se manifestaba una actitud acorde con la aproximación empírica general. Ya no se podían atribuir los conceptos del bien y del mal a una especie de adecuación intrínseca a la naturaleza de las cosas: era preciso abandonar la vieja teoría de la ley natural.

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Jeremy Bentham

El utilitarismo es la concepción para la cual las acciones deben juzgarse como buenas o malas en atención a su capacidad para incrementar o reducir el bienestar humano o la «utilidad». Desde Bentham se han propuesto múltiples interpretaciones de la utilidad, pero para él consistía en la felicidad y el placer humanos, y su teoría de las acciones correctas se resume en ocasiones como el fomento de «la mayor felicidad del mayor número posible».

Francis Hurcheson (1694-1747) fue uno de los primeros en formular la nueva teoría. Claude Helvetius, en su obra De l’esprit (1758), la propugnó en Francia como instrumento para la reforma social. Partiendo del hecho de que el hombre actuará básicamente según su propia conveniencia, infiere que el único criterio general para juzgar los actos
es el principio del mayor bien para el mayor número de personas.

Sobre esta base se hace posible reformar la sociedad mediante una legislación, haciendo que el obedecerla sea ventajoso y conveniente para todos. Para ello se disponen diversas penas como castigo a los actos que vayan en contra del bien común.

Al evaluar las posibilidades de sufrimiento los hombres se sienten incitados a la obediencia. Debemos notar en este punto que la nueva perspectiva utilitarista se basa en ciertos supuestos propios no examinados.

En primer lugar se da por sentado que el mayor bienestar posible de la comunidad es consecuencia de la persecución por parte de cada cual, adecuadamente motivada, de los propios intereses. Se presupone que la igualdad de los intereses individuales y la armonía entre ellos reside en cierto modo en la naturaleza de las cosas.

La negación de la libertad
Los escritos de Paul Holbach (1723-89) subrayan la misma fuerza utilitarista, especialmente en lo que concierne a la naturaleza del gobierno. El bien de la humanidad se ve frustrado precisamente cuando los gobiernos se apartan del principio de la utilidad. La clase dirigente explota entonces al resto de la sociedad, negándole esa libertad a la que tienen derecho todos los hombres como único medio para realizar su propia felicidad y el bien común.

Lo único que se necesita para remediar los defectos del mal gobierno es la educación: una vez que los hombres hayan descubierto dónde reside su verdadera conveniencia, no tardarán en adoptar el principio adecuado.

El movimiento fisiocrático, nacido en la Francia del siglo XVIII, adoptó también el principio de la utilidad, pero combinándolo con la opinión de que el gobierno no debe intervenir en la esfera de la economía: se sirve mejor al bien común dejando que ésta siga su curso natural sin impedimentos.

La doctrina del laissez-faire del liberalismo económico habría de influir a su vez sobre los economistas británicos: queda bien evidente en esa especie de fatalismo económico de David Ricardo (1772-1823) o Thomas Malthus (1766-1834).

Jeremy Bentham se halla todavía entre nosotros: en su testamento legaba su cuerpo 2 la ciencia, pero dispuso que el esqueleto, vestido con sus ropas, se exhibiese en una urna para servir de inspiración a sus discípulos y a la  posteridad.

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David Hume señaló que los hombres actúan con frecuencia siguiendo sus impulsos y sin considerar previamente los resultados de sus  actos.

En el movimiento de reforma
liberal surgido durante el siglo XIX causaría cierta tensión, puesto que’se vio claramente que no era tan sencillo conciliar los ideales de la Revolución Francesa: libertad e igualdad parecían en cierto sentido antagónicas. Es en esta dificultad donde hallaría una de sus fuentes de inspiración el movimiento revolucionario de Marx y Engels.

En la obra de David Hume (1711-76) hallamos una aplicación directa del principio de la utilidad. Hume sostuvo que, de hecho, los hombres decidían el distinto curso de sus actos evaluando el equilibrio entre el bien y el mal que podría resultar. Al mismo tiempo estableció un punto muy importante al observar que, por lo general, no se calcula la acción en sentido estricto, sino que los hombres actúan según sus impulsos a la luz de lo que en ese momento consideran como más adecuado a sus mejores intereses.

Cesare Beccaria (1738-94), seguidor italiano de Helvetius, propuso la reforma del derecho penal sobre la base del principio de la utilidad. Con un espíritu muy propio de la Ilustración, pretendió abolir la tortura judicial y la pena de muerte, insistiendo en que ercastigo no debería ser más de lo necesario para hacer al crimen poco atractivo en comparación. Además debería suprimirse todo aplazamiento y, sobre todo, toda duda respecto a cual sería tal castigo.

Aumento de la felicidad
En tanto que el fermento de la Ilustración conducía en Francia a la revolución de 1798, en Inglaterra tomó un sesgo mucho menos violento. La reforma se fue operando gradualmente, gracias a los esfuerzos de los radicales filosóficos, en línea directa con los grandes filósofos empiristas. Uno de los más influyentes fue Jeremy Bentham (1748-1832). Pese a no ser un pensador verdaderamente original, dio notable impulso a la causa de la reforma con sus detallados estudios, especialmente en el campo de las leyes. Siguió a Helvetius y Beccaria y, al igual que ellos, adoptó el principio de la utilidad como dogma básico.

El criterio para juzgar si una acción es buena o mala es el aumento de la felicidad o la disminución de la infelicidad. Lo que produce la felicidad es el placer o la ausencia de dolor; se supone que lo único que persigue el hombre por su propia causa es el placer y la evitación del dolor. Naturalmente, hay que tomar el concepto de placer en un sentido adecuadamente general. Pero nunca se explica con claridad cómo debe entenderse. Bentham va más allá y afirma que se puede atribuir a cada placer y a cada dolor una especie de valor numérico en una escala general, no sólo para una persona, sino para diferentes personas.

Evidentemente, este método de los equilibrios de placer no es un principio ético muy útil para servir de guía y norma de conducta. De hecho, el cálculo de Bentham es la parte más endeble de todo su método: incluso sus propios seguidores pudieron verlo. Por otra parte, no está nada claro cómo debe efectuarse la reducción de todas las cosas a una sola escala, ni tan siquiera si ello es posible.

Sin embargo, y como guía para la reforma legal, el principio de la utilidad tiene indudablemente cierto mérito. Con arreglo a él, Bentham examina todo el campo de la ley y de los procedimientos legales. En vez de las viejas justificaciones teóricas que acompañaban a la teoría de la ley natural, Bentham valoraba todas las disposiciones legales por medio del principió de la utilidad.

En tanto que los teóricos de la ley natural condenarían el robo, por ejemplo, por ir contra el derecho de propiedad, los utilitaristas lo condenan porque la inseguridad que crea menoscaba la felicidad humana. En derecho penal especialmente establecieron un sistema de sanciones cuya finalidad consistía en hacer que al hombre le resultase desagradable cometer un delito.

La proporción de la pena es tal, que sólo las consideraciones utilitaristas pueden disuadir al criminal. Bentham sostuvo que la bárbara severidad de los castigos entonces al uso era un error, no tanto a causa de su crueldad como porque no se ajustaba al principio de la utilidad. Con todo, trabajó seriamente en favor de la reforma penitenciaria, propugnando mejores condiciones para los presos y un trato más humano; por desgracia, sus esfuerzos para que el gobierno adoptase el nuevo tipo de prisión que él mismo había diseñado resultaron infructuosos.

Aún estaba muy lejana la reforma penal: a finales del siglo XVIII, el niño que fuese descubierto robando un pan porque tenía hambre, corría el riesgo de morir ahorcado.

Uno de los aspectos legales que hoy día vuelven a atraer una vez más la atención de los reformadores es el campo de los procedimientos. En él formuló Bentham importantes sugerencias que se hallan entre sus proposiciones más originales y, al mismo tiempo, menos afortunadas en la práctica. También aquí se hallaba demasiado adelantado a su tiempo, pues argüyó que los tediosos procedimientos y la oscuridad del lenguaje legal eran un obstáculo para la auténtica jurisprudencia.

Las actuaciones legales resultaban así indebidamente largas, costosas e inciertas. Lo que él proponía a cambio era un sistema en el que los litigantes pudiesen reunirse en una especie de ambiente de comité, con el juez como presidente y arbitro de la causa.

Lo mejor para la comunidad
En la esfera de la economía, el principio utilitarista negó toda intervención del gobierno. Ello se debió en parte a la creencia de que el libre intercambio de los intereses propios de cada individuo conduciría al mejor resultado posible para la comunidad en conjunto.

Otro concepto que respaldaba dicha actitud era la convicción de que las leyes económicas actuaban, en términos generales, como las leyes físicas de Newton, por lo que resultaba sencillamente inútil intervenir. Esto pone de relieve uno de los aspectos más débiles de la teoría utilitarista, no sólo en la esfera de la economía, sino también en los campos legal y político: los utilitaristas omitieron por completo toda consideración de la fuerza de las tradiciones e instituciones que se han desarrollado a lo largo de la historia.

La tarea de los primeros utilitaristas en el campo político era, en cierto modo, limitada. La función del gobierno quedaba para ellos muy restringida, ya que no incluía los asuntos económicos. Tanto Bentham como James Mill (1773-1836) eran partidarios de la ampliación del derecho político sobre la base del principio de la utilidad: al conceder el voto a mayor número de personas, y al reducir el período de mandato de los representantes elegidos, el gobierno podría hallarse más directamente relacionado con la mayor felicidad del mayor número  de seres.

Thomas Malthus fue, junto con Ricardo, una importante figura en el desarrollo de la teoría económica en la Gran Bretaña, si bien es mucho más conocido por su teoría sobre la expansión de la población, teoría que no ha  perdido vigencia.

Según el filósofo inglés de finales del siglo XYIII Jeremy Bentham: «La mayor felicidad del mayor número es la medida de lo que es correcto o equivocado». Este principio creaba una ciencia de la toma de decisiones ética, un medio de resolver controversias por métodos prácticos y contrastables que, llevados al extremo, podían llegar a ser cuantitativos y estadísticos. Con este objetivo, Bentham inventó un método para «calcular la felicidad») que abarcaba siete dimensiones del placer y del dolor: la intensidad (¿cómo de intenso es el placer o el dolor?), la duración (¿cuánto tiempo dura?), la certeza (¿qué probabilidades hay de que el resultado final sea ese tipo de sensación?), la propincuidad (¿con qué prontitud se producirán los resultados?), la fecundidad (si el resultado es placentero, ¿puede ser seguido por sensaciones del mismo tipo?), la pureza (¿es probable que el resultado sea seguido por sensaciones del tipo contrario?) y la extensión (¿a cuántas personas afectará?). Alguien que contemple la posibilidad de empezar a fumar puede hacer un cálculo de este tipo al plantearse: «¿Merece la pena?». En la esfera pública, esta es la estrategia de los economistas para realizar el análisis coste-beneficio, en el que se sopesan, por ejemplo, los costes de los sistemas de seguridad ferroviarios frente al número de vidas que salvarán.

El abandono de un principio
Sin embargo, pronto se hicieron evidentes los fallos del primer programa utilitarista en el campo económico. Lejos de mejorar la suerte de la humanidad en conjunto, el crecimiento no regulado del industrialismo sumió a vastos contingentes de población en las condiciones más abyectas de sordidez y miseria. Tenía que haber algún error básico en los viejos supuestos.

Así supo reconocerlo John Stuart Mill (1806-1873), que fue descubriendo gradualmente la necesidad de modificar la filosofía utilitarista. Sufrió en parte la influencia de la filosofía idealista germánica, y en parte de la de Auguste Comte (1798-1857).

Como resultado, el utilitarismo de John Stuart Mill representa en ciertos aspectos un abandono total del antiguo principio de la utilidad. Si bien lo establece explícitamente, en la práctica está muy lejos de aplicarlo, cosa que por otra parte resulta imposible dado sus nuevos puntos de vista, puesto que introduce distinciones entre los placeres, y ello impide el tipo de comparaciones que requerían los cálculos de Bentham.

Además, al definir el placer simplemente como lo que el hombre desea, y al admitir que algunos de esos placeres son buenos como fines en sí mismos, independientemente de las consecuencias, lo que realmente hace es abandonar el utilitarismo. Sigue prodigando alabanzas a la vieja doctrina, pero ya no se adhiere a ella. Al mismo tiempo, es incapaz de desarrollar una doctrina nueva coherente: Mill tiene conciencia de los problemas, pero no sabe hacerles frente. Su actitud es más contemplativa que de acción.

En su famoso ensayo Sobre la libertad describe la libertad de pensamiento y de discusión como acordes con el principio de la utilidad, puesto que permite difundir las nuevas ideas y estimula la inventiva; pero también dice que la negativa de esta libertad perjudica a la naturaleza moral del hombre. Evidentemente, considera la libertad como una cosa buena en sí misma.

En la época de Mill, las amenazas a la libertad no estaban ya en las restricciones impuestas por una mayoría invasora que trataba de suprimir las opiniones de la minoría. No creía que la tarea del gobierno consistiese en intervenir para ayudar al pueblo; era mejor dejarle defenderse por sí mismo, a fin de fortalecer su propio sentido de autoconfianza.

Sin embargo. Mill empezaba a comprender al mismo tiempo la necesidad de que el Estado introdujese una legislación protectora en el orden económico —legislación que, de hecho, llevaba ya algún tiempo en vigor. Ella contribuía a evitar la explotación de las mujeres y los niños, y garantizaba unos niveles adecuados en las condiciones de trabajo, aspecto en el que habían resultado totalmente inoperantes los motivos utilitaristas privados.

Ciertamente, y a pesar de las tradicionales sospechas liberales contra la interferencia, Mill era partidario de varias actuaciones gubernativas; pero fue incapaz de establecer un criterio general respecto a qué legislación era deseable y cuál no.

La doctrina del utilitarismo sigue siendo importante en la única esfera donde puede resultar hasta cierto punto plausible, esto es, como una especie de guía aproximada para la legislación. Cuando se establecen, por ejemplo, unas disposiciones para el tráfico, el objetivo es promover el bien general.

Que la evaluación del problema sea correcta y la finalidad conseguida es ya, naturalmente, otra cosa. Además, hay ciertas ocasiones en las que el legislador confunde el bien general con sus propias conveniencias administrativas. Gran parte de la legislación social se basa en el supuesto de que habrá de proporcionar el mayor bien a la mayoría de personas. Sin embargo, el principio utilitarista puede degenerar en tiranía.

Una de las mayores dificultades de Mill fue reconciliar la utilidad con la libertad. Pero para este problema no existe una solución general.

Gremios en la Edad Media y la Organizacion Laboral

Los Gremios y Cofradías de Artesanos
Organización Laboral en la Edad Media

GREMIOS O CORPORACIONES MEDIEVALES:

En el siglo XII ya está instalado el artesano con su pequeño taller en un burgo. En los últimos tiempos ha progresado notablemente. Desarrolla una gran actividad. Cada vez fabrica mayor cantidad y más variedad de objetos: armas, ropas, sombreros , arcones, calzados, carretones, féretros, etc. Cuenta ahora con la seguridad de poder vender toda su producción. Los mercaderes ambulantes van de castillo en castillo, de ciudad en ciudad.

En las ciudades, los comerciantes organizan ferias, y en estas ferias compran los señores y los campesinos, que ahora utilizan la moneda para adquirir las mercaderías. El trueque o intercambio de productos ha sido reemplazado por este sistema, que se incorporará ahora definitivamente al mundo del comercio.

Además de un comercio regional, cuentan con la gran demanda de un comercio internacional entre los puertos de Oriente y los puertos del Mediterráneo Occidental (Italia, Sicilia, Francia, Provenza, Aragón, Mallorca).

Por lo tanto, la fabricación debe aumentar. Aunque el taller no se amplía, pues sólo siguen trabajando en él cinco o seis artesanos, la técnica mejora con los nuevos telares a pedal que se incorporan, y además, con la aplicación de los molinos de agua, cuyas fuerzas se utilizan tanto para moler el trigo como para golpear el paño en el batán. Son famosos los paños flamencos, que luego los florentinos perfeccionan con un mejor teñido y más delicada presentación. La industria del cuero, del hierro, la fabricación de armas y de navios enriquece a la burguesía.

Vendedor de Pescado en la Edad Media

COMERCIANTES Y ARTESANOS SE ORGANIZAN

El comerciante, que vive de la exportación y de la importación, está dispuesto ahora a emprender un viaje, y prepara su caravana.   A partir de este momento comienzan todas las dificultades, que luego se acrecentarán. Si la ruta que siue es terrestre, no faltarán robos y ataques hasta de los mismo señores feudales; si la ruta es mar´tima , se sabe que los piratas estarán en acecho.   No se puede viajar solo, sino en unipo; no se debe enviar un solo barco, sino tratar de organizar una flotilla.   Hay que con seguir guardias para cuidar las caravanas.

Hansa, Guilda, Liga, Hermandad: Por eso los mercaderes empiezan a asociarse en forma permanente. Estas asociaciones se llamaron Guildas en Inglaterra. En Alemania aparece con esta misma intención la Liga hansiática Hansa (Federación de ciudades libres).

En Italia se organizará la Liga Lombarda, y en España la Hermandad de las Marismas (1296), que agrupa a las ciudades marítimas. Cualquier mercader podía ingresar al principio en estas asociaciones, pero después las cosas se complicaron. En ellas se vigiló la competencia, se organizaron las ferias, se exigió una determinada nacionalidad para sus miembros, y además mediante estas ligas las ciudades se protegieron. Tenían sus milicias y hasta una armada.

Corporaciones o Gremios: Las asociaciones de artesanos aparecieron más tardiamente que las de mercaderes. Cada corporación corresponde a un oficio determinado y demuestra en sus severos reglamentos la modalidad de la época:  el ordenamiento jerárquico, rígido.   Para abrir un taller se necesitaba que la corporación lo aprobara. Los precios y los salarios eran fijos.

En el escalón más bajo estaban:

♦     Los aprendices (discipuli), los que debían aprender a trabajar, de 10 a 12 anos de edad. Vivían con su maestro y debían servirlo en el taller y en el hogar durante tres años.

♦    Los compañeros (famuli), es decir los obreros que trabajaban con el maestro dos o tres años.

♦    Los maestros (magistri), los dueños del taller. Sólo cuando se llegaba a ser maestro se podía abrir un taller.
Al que no pertenecía a la corporación, no le estaba permitido ejercer en esa rama de la artesanía.

Las corporaciones o gremios eran también centros de ayuda mutua; ayudaban al enfermo, a la viuda, al huérfano. Así, el estatuto del gremio de los sastres de Londres fijaba una pensión que se le debía pagar a cualquiera de sus miembros, impedido de trabajar.

Cofradías: En España existían las Cofradías, asociaciones profesionales con fines benéficos, de acentuado carácter religioso, vinculadas con un santo al que tomaban como protector.

Las cofradías de mareantes (marineros, pescadores, etc.), fueron las más antiguas. En el sur de España, en Sevilla especialmente, los pilotos, navieros y contramaestres se unieron en la Cofradía de Nuestra Señora del Buen Aire. Junto a las cofradías aparecen los gremios, las verdaderas corporaciones profesionales, menos importantes allí que en Francia e Italia, naciones de fuerte artesanía.

En España, país esencialmente ganadero, fue importante el Concejo la  Corporación de la Mesta   (1273), asociación de pastores y propietarios que llegó a ejercer un verdadero control del comercio ganadero.

Boticario en la Edad Media

DISTINTAS CATEGORÍAS DE BURGUESES

A la ciudad medieval la dirigen magistrados y un consejo municipal o ayuntamiento. Los ciudadanos más ricos y poderosos piensan que a ellos solos les corresponde gobernar la ciudad. Esta oligarquía o patriciado urbano se considera muy superior y bastante próximo a la nobleza.

A veces, también poseía tierras como la nobleza, pero se diferenciaba de ella por la riqueza monetaria que había adquirido con la actividad industrial o comercial de sus antepasados. Este patriciado urbano no se dedicaba ahorn a ningún trabajo; sólo colocaba sus capitales en empresas que otros atendían. Por debajo de ellos en la escala social, estaban los mercaderes, los fuertes empresarios y los navieros con barcos de su propiedad y mercaderías acumuladas, dispuestos a llegar hasta China para conseguir el máximo beneficio de sus fuerzos y su audacia.

Luego venían los pañeros, drogueros, cirujanos, notarios y los artistas importantes, como los maestros de obras de las catedrales. Todo ellos miraban con desprecio a los artesanos o gente de oficios (menestrales): carpinteros, herreros, sastres, zapateros, pequeños comerciantes, y a su vez, no consideraban por encima del resto de los habitantes de la ciudad. Todos los burgueses, a pesar de las diferentes categorías sociales estable cidas, se sienten hijos de su propio esfuerzo y no creen que dentro de la vida urbana deban existir vallas sociales infranqueables.

AMPLIACIÓN DEL TEMA…

CORPORACIONES: Durante mucho tiempo, cada artesano pudo trabajar libremente, pero, poco a poco, las profesiones se’ fueron organizando en corporaciones. Se comenzaba siendo aprendiz: los muchachos aprendían el oficio en la tienda u obrador del patrón; vivían con él y eran utilizados para todas las tareas,   incluidos   los   trabajos   domésticos que les imponía la mujer del patrón. No estaban remunerados; su trabajo servía para pagar, además del alojamiento y la comida, la formación profesional. Después, el aprendiz se convertía en obrero u oficial.

Para hacerse maestro y tener derecho a abrir un taller e instalarse por su cuenta, tenía que realizar una «obra maestra», que le ocupaba largos meses y que le exigía el empleo de materias primas costosas.

El acceso a la maestría era, pues, difícil, sobre todo en algunos oficios, porque, para evitar la competencia y limitar su número, se tendía a cobrar derechos de entrada, y, además, los encargados de juzgar las «obras maestras» se mostraban cada vez más severos. Lo más sencillo, por supuesto, era ser hijo o yerno de un maestro; en este caso, las barreras se alzaban.

Esto dio lugar a una herencia de los oficios paralela a la de los feudos, que permitió mantener en la sociedad una rigidez que se consideraba necesaria para la buena marcha del mundo. Desde luego, estos exámenes estaban justificados, a veces: así, hoy podemos admitir que el oficio de barrer: fuera objeto de una reglamentación precisa, pues los miembros de esta profesión actuaban también como cirujanos.

Para hacer frente al egoísmo de los maestros, los obreros se asociaban, a veces, en gremios. Estas organizaciones permitían discutir con más eficacia las condiciones de los salarios, representando el papel de los sindicatos contemporáneos. Sin embargo, las corporaciones, dirigidas por los maestros, consiguieron generalmente quebrantar estas asociaciones disidentes, a las que calificaban de asambleas facciosas.

Los maestros, pues, no admitían la lucha de clases en el seno de su profesión. Estimaban que las corporaciones velaban por el bien de todos y que había que continuar unidos para oponerse a las clases dominantes de la aristocracia.

De hecho, las corporaciones desempeñaron en Italia, y particularmente en Flandes y en París, un papel revolucionario, que prefiguraba el del Tercer Estado en la revolución de 1789. Así, en el siglo xiv, Esteban Marcel se apoyó en los carniceros para oponerse al poder real; por su parte, Jacobo van Artevelde recibió en Gante el apoyo de las corporaciones.

LAS COFRADÍAS

En el curso de esa Edad de la Fe que fue la Edad Media, era normal que las corporaciones, organizaciones económicas, se relacionaran con lo religioso. Gada corporación formaba normalmente una cofradía; cada cofradía rendía culto a un santo particular (a Eloy los orfebres, a Crispín los zapateros, a José los carpinteros) y edificaba una capilla en la que se reunía.

Además, las cofradías organizaban procesiones y fiestas, obligaban a sus miembros a asistir a las exequias de los cofrades muertos y, sobre todo, era un organismo de asistencia mutua, encargado de ayudar a los compañeros pobres, enfermos o ancianos. Algunas cofradías llegaron a crear centros hospitalarios. Tanto los aprendices como los oficiales y los maestros estaban, pues, unidos por un conjunto de lazos económicos, jurídicos, políticos, religiosos y sentimentales que los hacían solidarios y los protegían, pero que impedían las innovaciones.

Nuestra mentalidad moderna encuentra normal la competencia: que quien descubra un truco técnico, que quien dé pruebas de inventiva, consiguiendo fabricar a menos precio, quite la clientela a un competidor, nos parece justificado. La Edad Media, en cambio, consideraba esto desleal y deshonesto. Se condenaba el progreso, que podía arrebatar el pan de la boca de los cofrades.

Las corporaciones, al reglamentar los precios y las técnicas de fabricación, conseguían la seguridad de sus miembros, pero paralizaban los progresos técnicos. Por esto la Revolución Francesa, que suprimió las corporaciones en nombre de la libertad individual, favoreció el progreso técnico, pero, al mismo tiempo,el aplastamiento de los misérrimos proletarios del siglo XIX.

LA CORTE DE LOS MILAGROS

Sin embargo, existía la miseria en las ciudades: el vagabundeo, la mendicidad y el bandidaje hacían estragos tanto en la ciudad como en el campo. Las guerras, los disturbios y las epidemias hacían crecer el número de los desheredados de la sociedad. La mendicidad era para algunos un género de vida normal, que la moral cristiana no reprobaba. Guillebert de Metz llegó a jactarse de los ochenta mil mendigos que, según él, probaban el esplendor de París.

Como ocurría siempre en la Edad Media, la cifra era exagerada. Los verdaderos pobres podían quejarse de la competencia que les hacían los «caimanes» o falsos mendigos, que sabían remedar admirablemente innobles enfermedades y que se disfrazaban para presentar a la compasión pública heridas sangrientas, aplicándose una mezcla de harina, pintura y sangre. Algunos, con moras y bermellón, hacían apiadarse a los transeúntes, echando sangre por la boca y por la nariz. Muchos niños eran raptados, mutilados y puestos a mendigar. La «Corte de los Milagros» bordeaba la callejuela laboriosa.

Vendedores de falsas reliquias, monederos falsos, tramposos, malhechores, intentaban escapar a la justicia mostrando una tonsura y afirmando  que  sólo podían  ser  juzgados  por las autoridades eclesiásticas. Todos ellos hacían de las ciudades lugares peligrosos. Para poner fin a los manejos del hampa, fueron promulgadas diversas ordenanzas; sin embargo, su repetición periódica prueba que eran ineficaces.

Como la Mafia contemporánea, los maleantes formaban una corporación con sus reglamentos interiores y su jerarquía de aprendices, oficiales y maestros; la «obra maestra» consistía en cortar la bolsa de una mujer arrodillada en una iglesia, o asaltar sin ruido a un burgués. Sólo les faltaba el santo patrono.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IV La Gran Aventura del Hombre

Los Castillos Medievales Caracteristicas Historia Funcion Defensa

Los Castillos Medievales: Características, Historia y Función

Durante las invasiones del siglo IX, los señores hicieron recintos fortificados para defenderse de los piratas. Se elegía una roca escarpada, o bien, en los países llanos, se alzaba un enorme montón de tierra llamado mota.

En lo alto se ponía la vivienda del señor llamado donjon, torreón, o torre del homenaje ( dominium, morada del dueño).

No fue al principio más que una gruesa torre de madera. Para impedir que el enemigo le prendiera fuego, se cubría con pieles de animales recién degollados.

No se podía llegar a ella sino por una tabla movible e inclinada que servía de puente. Al pie de la colina artificial se alzaban otras construcciones de madera, las cuadras, las cocinas, los alojamientos de los criados.

En los lados que no estaban protegidos por un escarpe, se abría un foso ancho y profundo. La tierra sacada del foso, echada al interior, formaba una muralla encima de la cual se colocaban maderos fuertemente unidos, de modo que formaban una empalizada.

ORIGENES DE LOS CASTILLOS: Hasta el siglo IX los nuevos centros de población no creían en la utilidad de las ciudades fortificadas. Los vikingos que sitiaron París en el 886-888 encontraron cortado el paso por las murallas.

Más o menos en la misma época, Alfredo de Inglaterra ideó un procedimiento para cerrar las ciudades con murallas, que debían ser vigiladas por fuerzas de la propia localidad.

Para levantar y defender fortificaciones de este tipo era preciso que las autoridades públicas obligasen a algunos habitantes a pagar, construir y encargarse de guarnecer dichas murallas.

Si el ejercicio de la autoridad pública recaía en manos que no fueran las de los reyes, cosa que ocurrió sobre todo en Francia durante el siglo X, estos personajes tenían poderes, y a menudo razones, para levantar estas fortificaciones por su propia cuenta.

castillo medieval

Los castillos como lugares fortificados y ocupados permanentemente eran de piedra, material que desde el principio exigió la participación de albañiles especializados y exigió tiempo para su construcción.

Para construir rápidamente una obra defensiva bastaba con unos montículos de tierra provistos de una robusta empalizada de madera en la parte superior con la cual poder resguardar un pequeño destacamento de soldados.

Es probable que las fuerzas invasoras llevaran consigo obreros especializados capaces de proceder de improviso a construir fortificaciones de este tipo, pero es probable también que se contratara localmente a los trabajadores encargados de hacer esos montículos de tierra.

Habría sido imposible levantar un castillo, por pequeño que fuera, sin que el señor que debía ocuparlo no gozara de grandes poderes, incluso temporales, sobre una zona local o sobre un contingente de soldados.

Los castillos, una vez construidos, debían ser confiados a sus castellanos, que muy pronto descubrían que aquella fortificación podía convertirse en la base de una acción política independiente.

El castillo, siempre que estuviera adecuadamente dotado de agua y almacenes, pasaba a proporcionar a algunos señores locales, a veces absolutamente insignificantes, suficiente poder para mantener una independencia efectiva.

Reyes provistos de grandes recursos militares y de una cierta visión política, como Enrique II de Inglaterra, parece que tuvieron la habilidad de influir en los castellanos que amenazaban su seguridad consiguiendo que desmantelasen los castillos sobrantes y buscasen castellanos leales para los restantes, pero los gobernantes de este tipo no abundaban y fueron muchos los castillos que subsistieron y se convirtieron en centros de estados autónomos.

La función básica del castillo era siempre defensiva. Se elegía el emplazamiento primordialmente por las ventajas que ofrecía el lugar como defensa: una lengua de tierra accesible únicamente a través de un camino, terraplenes empinados, incluso un peñasco rocoso.

El castillo estaba defendido por un foso, que se llenaba de agua cuando era posible. (Delante del foso se levantaba a veces una pequeña fortaleza, la barbacana).

Detrás del foso se levantaba fuerte empalizada de madera. Detrás de la empalizada venía el muro exterior, la cortina, muralla de piedra muy gruesa y alta (comúnmente tenía más de seis metros) guarnecida de torres más altas y que sobresalían de la Inea del muro.

Todo alrededor de la muralla, en lo alto, los sitiados podían circular por el camino de ronda, cubiertos por un alto parapeto que dejaba espacios vacíos, las almenas, por las cuales podían lanzar proyectiles contra los sitiadores.

Se entraba en este recinto por el puente levadizo, que pasaba por encima del foso. Estaba colgado con cadenas y no se bajaba sino cuando se quería que alguien entrase. Este puente conducía delante de una puerta abovedada defendida por una gran viga, la barra; luego por una reja de hierro, el rastrillo, que se alzaba para permitir el paso.

Al pasar la puerta se penetraba en el recinto, en un patio rodeado de construcciones, los graneros, las despensas, las viviendas de los criados, la capilla. Era casi un pueblo.

Allí los campesinos de los alrededores acudían en caso de guerra a refugiarse con su ganado y su ajuar. A veces había que atravesar todavía uno y hasta dos recintos.

Se llegaba al fin al torreón, torre enorme de tres o cuatro pisos. El de Baugency tiene 40 metros de altura y 24 de diámetro; el de Coucy, 64 metros de alto y 31 de diámetro.

En el torreón el señor tenía su gran sala, donde recibía a los convidados, su cámara, las de su familia, su tesoro, en el que conservaba los objetos preciosos, su dinero y sus pergaminos.

En lo alto, en una garita, un centinela estaba apostado para vigilar la comarca. En lo más bajo, en el espesor de la tierra, estaba la prisión, una mazmorra oscurísima, húmeda, sucia, a la que había que bajar a los presos con una escala o una cuerda.

Todavía pueden verse en toda Europa ruinas de estos castillos, a veces encaramados en lugares increíbles, hoy más pintorescos que amenazadores. La pólvora ha arruinado sus construcciones defensivas, pero sólo cuando las condiciones políticas y económicas ya habían minado su seguridad.

En el siglo XIII, la renovada importancia de las ciudades hizo que el acceso a ellas, si no su control, fuera indispensable para la preeminencia de la vida pública.

Las ciudades desde el principio estuvieron provistas de murallas defensivas propias, murallas que debían ser permanentes y efectivas.

Las técnicas de construcción de defensas de este tipo tenían que ver con la construcción de los propios castillos.

Eduardo I de Inglaterra, el inglés que construyó más castillos en Gales y Escocia, se sirvió de un arquitecto de Saboya, James of St George, quien demostró en Caernarvon cómo había que defender conjuntamente el castillo y la ciudad. De hecho, sólo una calidad de construcción de este género podía resistir los asaltos de los enemigos medievales.

Y sólo castellanos situados en lugares aislados e inverosímiles podían preservar su independencia. En otros lugares el castillo había perdido todo su sentido para la política local.

En los dos o tres siglos que duró su preeminencia, el castillo tuvo una profunda influencia sobre la vida y mentalidad de los señores, vasallos, soldados y habitantes de la localidad.

La finalidad principal de un castillo consistía en permitir que una guarnición cercada en él resistiese más que el sitio al que la podían someter sus enemigos.

No había ningún castellano que tuviera interés en ganarse la enemistad de la población local ni en privarla del alimento y trabajo que pudiese encontrar en la inmediata vecindad.

El castillo brindaba refugio contra las incursiones intermitentes, pero repetidas, de enemigos que venían de lejos, no contra la población local.

Cuando se presentaba el enemigo, el castillo se convertía en refugio de hombres y animales de las cercanías y contaba con las provisiones suficientes para atenderlos.

El castillo, cuando se mantenía con propósitos que no fueran temporales y se convertía en una poderosa estructura de piedra, tenía la función especial de fortaleza para el vecindario o para la sociedad política.

Guarnecido siempre con la fuerza mínima capaz de hacer frente a un Sitio, en ocasiones también podía acomodar a un gran número de personas, que no lo habitaban necesariamente en tiempo de guerra.

Cuando llegaba a él el señor acompañado de su séquito, tenía allí su corte, recibía a sus vasallos y vecinos en la sala más grande, dando muestra de riqueza, munificencia y, en caso necesario, de justicia.

Al señor feudal le compete también la administración de la justicia en su pequeño Estado. Había un torreón donde se encuentran las estrechas, oscuras y húmedas celdas de la prisión. En ellas se encierra a los enemigos, a los súbditos que no han aportado el tributo al señor, y aun a los viajeros que han intentado evadir el pago de gravosos peajes. Junto a la prisión están las mazmorras donde se tortura a los prisioneros cuando se desea arrancarles alguna información.

A veces convocaba a los alguaciles locales para que expusieran sus alegatos, recibía a los nuevos arrendatarios, dictaba nuevas normas y dirimía antiguos litigios. El castillo era su casa de campo, su tesoro, su palacio, su casa temporal, el símbolo permanente de su poder y de su dignidad.

En las islas británicas todavía siguen en pie suficientes castillos, algunos habitados aún, como Windsor o Warwick o Alnwick, que proclaman cuál era su propósito. Las reparaciones posteriores no han desvirtuado totalmente su aspecto original, aunque sería más difícil imaginar cómo debió ser su interior.

Las mejoras realizadas en el siglo XIII indican que sólo tardíamente su propietario adquiría casas más íntimas y confortables.

El castillo era en gran parte un edificio público donde vivían aquellos que se tenían confianza mutua, donde comían y dormían, y donde sólo se encontraban especialmente recluidas las damas de alta alcurnia.

Los castillos, como los monasterios, eran lugares austeros en los que se había tenido en cuenta la importancia de la cuestión sanitaria, como lo demuestra su construcción. De la elegancia de los muebles, tapicerías o cortinajes que cubrían las paredes, de la comodidad de las camas y salones, sólo encontramos algunas alusiones en los romances.

Su perfil dentado pretendía infundir miedo y respeto a los que se acercaban al castillo pero, así que penetraba en el patio, el viajero pasaba a formar parte de la gran familia del señor y vivían en él como miembro de ella.

cena medieval

En la noche la familia del castellano se reúne delante de un enorme hogar, en la cocina, espaciosa y oscura, del castillo. Se escuchan los relatos del trovador y se festejan las chanzas del bufón. Luego los pajes sirven al señor una última copa de vino: es el «vino del sueño».

La castellana, el señor, las damas de la corte y los pajes, alumbrándose con velas, se dirigen a sus habitaciones, subiendo las empinadas escaleras de caracol; los siguen los galgos que, echados sobre los cobertores, calentarán las camas. La mesa está servida: se comen carnes vacunas, de jabalí, rebeco, cabra, carnero, peces y aves, cocidas al horno, guisadas y al asador.

Para condimentar se usan fuertes salsas preparadas con pimienta, clavo de olor, nuez moscada, canela y jenjibre. No se usan cubiertos: los comensales toman los alimentos con las manos. Al finalizar la comida los pajes alcanzan jofainas con agua perfumada para lavarse las manos.

Fuente Consultada:
Europa Medieval de Donald Mathew
Enciclopedia Estudiantil Tomo IV CODEX

Origen del Capitalismo en la Edad Media Crisis Feudal Causas

Origen del Capitalísmo en la Edad Media: Crisis Feudal – Causas

LA CRISIS DE LA SOCIEDAD FEUDAL

La sociedad feudal, durante el siglo XIV sufrió una grave crisis debido a un descenso demográfico generado por el retroceso de la producción agraria (malas cosechas, guerras, mal clima), lo cual produjo una escasez y carestía de alimentos, y las consecuentes hambrunas y epidemias por una mal alimentación e higiene de la población, donde cabe destacar la PESTE NEGRA, una peligrosa infección bacteriana que provocaba dolorosas lesiones de aspecto negruzco que exudaba sangre y pus, y que afectó a Europa a partir de 1348. (leer sobre este tema)

edad media, ciudad castillo

A partir del siglo XV comenzaron a producirse transformaciones significativas en la vida económica, política, social y cultural de Europa occidental, que fueron modelando lo que se conoce como Modernidad. Sin embargo, al abordar este período es importante advertir que no hubo un corte tajante con la Edad Media. Por el contrario, persistieron algunos aspectos de la Baja Edad Media, que marcaron una continuidad con el pasado.

En el aspecto económico, durante los siglos XV y XVI, se mantuvieron las formas feudales de producción. A pesar de ello, paralelamente comenzaron a asentarse en Italia y en Flandes las bases para el surgimiento de formas capitalistas -es decir, formas de vida económica basadas en la división del trabajo y en el capital-, cuya vigencia plena se alcanzó recién en el siglo XVIII.

En el plano político, se constituyeron estados centralizados en torno de un monarca, que contribuyeron al progresivo abandono de la fragmentación política propia del sistema feudal. El modelo de un poder universal, heredado del Imperio Romano -que sobrevivió en el Sacro Imperio Romano Germánico-, fue siendo reemplazado por los modelos nacionales.

EL PRIMER CAPITALISMO: Las primeras grandes formas de capitalismo se desarrollaron en el siglo XV. Surgieron gracias a la conjunción de una serie de factores, entre los que destacan:

a) La acumulación originaria de capital. Es decir, los capitales acumulados mediante la usura, las expropiaciones, la rapiña, etc.
b) La proliferación de mano de obra asalariada.
c) La existencia desde el siglo XIII de la manufactura.

Para que estos factores se conjuntaran convenientemente, primero hubo de producirse un incremento de las actividades comerciales. Ello fue posible, en buena medida, gracias al descubrimiento de riquísimas minas de plata en Europa Central, que permitieron poner en circulación grandes cantidades de dinero para disponer de un medio de cambio propicio. Este dinero, en moneda, facilitó las compras a larga distancia, con lo que se incrementó el número de compradores.

En dicha situación pronto se crearon importantes empresas mercantiles, cuyas ganancias se invirtieron, en parte, en el negocio. Surgió así la figura del empresario, aquel que proporciona todo lo necesario para la producción: capital e instrumentos de trabajo, y contrata trabajadores a sueldo. Por lo tanto, por primera vez surgieron dos grupos bien definidos en cuanto sus funciones: el capitalista o proveedor, y quien aporta su trabajo a cambio de un salario.

No debe confundirse el primer capitalismo, basado principalmente en actividades comerciales, con el capitalismo moderno de los siglos XIX y XX, fundamentado en las actividades industriales.

Pronto el dinero cobraría una importancia extraordinaria. Muchos comerciantes lograron reunir considerables fortunas, convirtiéndose en grandes personajes. Es célebre el caso del francés Jacques Coeur, un «nuevo rico» de la época, quien llegaría a poseer diez fastuosos palacios, cifrándose su capital en veintidós mil ducados de oro.

La acción del capitalismo inicial, en su necesidad de ampliar los límites de las rutas comerciales medievales, favoreció extraordinariamente los viajes expedicionarios por ultramar, propios del siglo XV. En el plano ideológico, este capitalismo propició el desarrollo de una mentalidad donde era dominante el deseo de lucro, es decir, el espíritu mercantil que sobrepasó con mucho a la entonces estrecha mentalidad gremial.

cuadro crisis feudal

En el aspecto social, aunque continuó el predominio de la aristocracia feudal, empezó a adquirir mayor peso la burguesía, sector vinculado al comercio. Aparecieron nuevas técnicas comerciales, como la letra de cambio y la contabilidad por partida doble. Los burgueses, que invertían en el campo las ganancias obtenidas en el comercio, impulsaron adelantos técnicos y nuevas formas de producción en el ámbito rural.

En el plano cultural, el pensamiento de los humanistas -con su interés por el pasado-, las traducciones de los sabios de la Antigüedad y la nueva forma de concebir al hombre desplazaron el saber escolástico medieval. Se revalorizó la experiencia como fuente de conocimiento, en detrimento de la tradición que primaba durante la mayor parte de la Edad Media. La imprenta permitió difundir ampliamente no sólo el conocimiento de la Antigüedad sino también las obras de los eruditos medievales y la de los hombres del Renacimiento. En el arte surgieron nuevas formas de representación.

El desarrollo de la ciencia y de la técnica trajo consigo nuevas formas de concebir el universo que modificaron la imagen de los mundos conocidos. La evolución de los medios de transporte favoreció la expansión del comercio marítimo y los viajes de exploración. Con el descubrimiento de América y la profundización del conocimiento de África se amplió el horizonte geográfico de los hombres europeos.

Durante los siglos XV y XVI, se produjeron también importantes cambios en la vida cotidiana, la familia, el lugar de la mujer y de los niños en la sociedad, y en el modo de entender la educación. Así, continuidades y cambios, permanencias y rupturas con la tradición, fueron modelando un mundo del cual, en muchos aspectos, somos todavía herederos.

Ver: Historia de las Ciudades Capitalistas