Concepto de Buena Salud Significado, Calidad de Vida y Cuidados


Concepto de  Buena Salud  – Calidad de Vida
Consejos Para Vivir Mejor

La salud—que realmente es una palabra equivalente a integridad y a santidad—es aquello que, conocido o ignorado, deseamos todos. La felicidad es el objetivo y el fin de nuestra existencia; pero es cierto también que, excepto para seres excepcionales, la felicidad y hasta el ser útiles para algo son imposibles sin la salud.

Aunque constituya una condición necesaria de nuestra propia naturaleza, lo positivo es que la salud perfecta constituye un ideal inasequible aún. Suele considerarse como sano al hombre en la edad madura y con algunas facultades; pero, sin embargo, que, en los múltiples actos que vive y en los que disfruta de la salud, vaya arriesgando ésta a lo largo del camino y exponiéndose, más o menos, a la vejez y a la muerte.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud es la condición de todo ser vivo que goza de un absoluto bienestar tanto a nivel físico como a nivel mental y social. Es decir, el concepto de salud no sólo da cuenta de la no aparición de enfermedades o afecciones sino que va más allá de eso.

Positivamente, nuestros cuerpos han nacido para morir y se puede admitir, como casi seguro, que nosotros vamos muñéndonos cada día; hay partes de nuestro cuerpo que realmente se mueren todos los días, y estas porciones muertas suponen substancias venenosas que se contienen constantemente en el cuerpo, y de las que es necesario librarse con toda urgencia. Por otra parte, parece demostrado que la separación de estos productos venenosos no es siempre completa y perfecta, siendo esta imperfección causa de un lento y progresivo deterioro orgánico, del que la senectud es, más pronto o más tarde, la terminación inevitable.

Por consiguiente, la salud perfecta no es más que un ideal, que debemos perseguir y que el hombre afortunado e inteligente (para lo cual también hace falta la salud) puede conseguir y conservar, hasta por espacio de decenios. Por otra parte, existen tipos de actividad que consideramos como inferiores; pero la actividad del más elevado tipo (que es la intelectual y la moral) puede conservarse, lo que hace suponer que existe una verdadera salud de la mente, hasta mucho tiempo después de haberse perdido definitivamente la verdadera salud del cuerpo.

El concepto de salud no puede ser, por consiguiente, el de una salud puramente física, ni mucho menos, puramente muscular, sino que en ella consideraremos el hombre completo, compuesto de cuerpo y de espíritu; y, además, nuestro concepto de espíritu no es el de suponer como tal sólo el poder de razonar (que es lo que, de un modo popular y hasta legal, pero también absurdo, se ha supuesto que representaba toda la vida espiritual), sino que en él comprendemos asimismo las sensaciones, las emociones y los deseos, el querer hacer y el poder refrenarse.

Hombre sano no es aquel hombre que puede correr diez millas, ni el que puede resistir la infección, ni el que puede sostener la atención por espacio de horas sin sentir fatiga, ni tampoco el que sabe ser dueño de sí en todas las circunstancias. El hombre sano es el que tiene algo de todas estas cualidades, y muchas más todavía. Comienza a evidenciarse que lo completo de estos medios hace mucho en este sentido; y ¡feliz el que logra esa integridad de condiciones!.

Tan complejo y tan variado como es el hombre, tan complejas y tan variadas son sus actitudes y sus relaciones con el mundo exterior, de tal modo que no podemos aspirar a dar una descripción perfectamente completa de la salud, supuesto que es imposible abarcar en ella todos sus múltiples aspectos.

No obstante, podemos conformarnos con hacer, como un mínimum de indicaciones, la descripción del día y de la noche de un hombre sano; y aun cuando esta descripción tendrá que componerse de muchas más negaciones que afirmaciones, sin embargo hay una satisfacción muy grande en establecer aquellas negaciones que han de servir para crear un número casi infinito de posibles afirmaciones.



La vida, como nos ha enseñado Heriberto Spencer, es «la continua adaptación del medio interno a las condiciones externas». Por esta razón, cuando hablamos de salud, resumimos siempre algún estado particular, algún promedio de las condiciones externas; y, desde este punto de vista, se puede considerar que un hombre posee una salud robusta y hasta magnífica, aun cuando se encuentre en pleno ataque de una pulmonía, o postrado en el lecho con una pierna rota, o volando en un aeroplano, entorpecido, deslumhrado y medio ciego, a ocho millas de altura.

En todos estos casos, a pesar de verse oprimido por el medio exterior, el hombre ha podido salir triunfante gracias a sus profundos recursos, v esto demuestra de qué calidad es su magnífica salud.

Cómo estamos constantemente, de día y de noche, demostrando nuestros recursos vitales en múltiples sentidos: La verdad es que, en condiciones normales—es decir, en aquellas condiciones de la vida diaria, que en general nos resultan suficientes—, vivimos muy por dentro del margen de nuestros recursos vitales. Todavía nos queda siempre, sin consumir, un suplemento al que generalmente no se recurre, y cuya proporción v calidad nosotros no podemos determinar, ni siquiera imaginar, hasta que nos hemos visto obligados a ensayarlo.

La proporción de estos recursos varía, por consiguiente, según las necesidades, en las distintas personas y en las diferentes ocasiones de la vida.

Solemos considerar muy ampliamente la vida en términos de resistencia, y cada uno de nosotros querría resistir la fatiga mucho mejor que otro, que, a su vez, pensará que lucha mucho mejor contra la inanición, o que resiste más tiempo la falta de sueño, o la exposición al frío.

En realidad, los hombres difieien enormemente en su capacidad de resistencia para las diferentes empresas, y la capacidad del más sabio de todos los médicos resulta todavía muy imperfecta para poder calcular la energía de nuestro poder vital en todas las direcciones posibles, y para decir lo que podemos hacer y lo que no podemos hacer.

La vida al aire libre, balo los rayos del sol, respirando aire puro y jugando en las aguas purificadas de una piscina moderna, los organismos juveniles se fortalecen y acumulan reservas de salud para posteriores luchas contra las enfermedades.

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El hombre sano, aunque lleve una vida sana, está atravesando constantemente peligros: Ahora bien, aunque ninguno de nosotros sea capaz de tanta sabiduría, podemos, no obstante, ser testigos, en todos los momentos y en las más importantes direcciones, de nuestras energías vitales. Vamos viviendo un año y otro, sin habernos preocupado nunca en averiguar cuál es nuestro grado de resistencia contra la fatiga extrema, el frío extraordinario, la inanición o la forzada falta de sueño.

Ahora bien, aunque nunca nos hayamos encontrado en estas situaciones extremas, no por eso dejamos de luchar; constantemente, de día y de noche, estamos ejercitando nuestras fuerzas vitales en la lucha contra las substancias tóxicas. Esta intoxicación es, en parte, debida a muchos componentes peligrosos de nuestros alimentos y nuestras bebidas, o a substancias, peligrosas también, que se producen en el interior de nuestro cuerpo a expensas de los alimentos; en parte, es debida también a los productos vitales de nuestros propios órganos y tejidos; pero, sobre todo, es debida a la incesante invasión de nuestro cuerpo por otros seres vivos, que procuran sostenerse y propagar su vida a expensas de la nuestra.

La existencia de estos seres vivos, que pertenecen casi todos ellos a la clase llamada microbios, no ha sido conocida hasta una época relativamente moderna, y la manera como ellos pueden ocasionar la mayor de las enfermedades supone naturalmente conceptos de Medicina que no han podido ser aceptados por la inteligencia del estudiante hasta hace poco más de media centuria.

Estos seres microscópicos, principales enemigos de nuestra salud, están relacionándose con nosotros en todos los momentos y en todas las ocasiones.

Basta raspar suavemente la piel para adquirir el convencimiento de que en ella se encuentran casi todos los microbios de la «inflamación quirúrgica».

A veces los microbios causantes de la tuberculosis se encuentran en la leche que ingerimos; y si esta leche no es hervida o «pasteurizada», estos microbios penetran vivos en nuestro cuerpo, multiplicándose a nuestras expensas. Aparte de éstos, la leche contiene además otros microbios, muchas veces peligrosos. Los alimentos crudos están generalmente contaminados, y lo propio ocurre con el agua.

Nosotros inhalamos numerosos microbios cada vez que respiramos. Cuando el aire contiene polvo está intensamente sobrecargado de ellos, especialmente si es el polvo de las calles, y más aún el polvo de las habitaciones, que las mujeres caseras aborrecen tan a conciencia, y, generalmente, reparten tan a destiempo.

No obstante, aunque es posible que se encuentren en nuestra boca y en nuestra garganta y en otros muchos puntos del organismo los microbios más peligrosos, y aunque nosotros estamos constantemente deglutiendo e inhalando nuevas dosis de los mismos, permanecemos casi siempre sanos, y el hombre sano pasa entre todos estos peligros disfrutando una vida casi feliz. Únicamente suele verse afectado por los microbios extraordinariamente virulentos.

MICROBIOS ENEMIGOS DEL HOMBRE

tipos de microbios

La resistencia vital del hombre sano para las enfermedades: Todavía más. Hay muchos microbios que cuando penetran en nuestro organismo en dosis suficientemente grandes, o cuando son especialmente virulentos, dan lugar a verdaderas enfermedades. Casi todos los niños son «atacados», o han sido atacados por el sarampión y por la tos ferina, y así mismo, el más sano de los hombres, suficientemente picado por un mosquito que conduzca el parásito del paludismo, o por una pulga de la rata, que esté afectada por el microbio de la peste, se verá atacado por una u otra de estas enfermedades.

Sin embargo, los niños que son apropiadamente cuidados casi siempre se restablecen del sarampión y de las tos ferina, y el hombre se cura también del paludismo, y algunas veces de la peste. El remedio para estos y para un gran número de otros microbios es completamente natural, y hasta puede ocurrir que actúe en un determinado día, como, por ejemplo, en la crisis de la pulmonía.

Esto depende, sencillamente, de nuestro poder de resistencia, y si nosotros llegamos a establecer la diferencia entre el hombre que inhala los bacilos de la tuberculosis y los mata, y el hombre que, por el contrario, los inhala para ser muerto por ellos, entre el hombre que adquiere una enfermedad y el hombre que, colocado en condiciones análogas, no la adquiere, y entre los hombres que habiendo cogido una enfermedad, son, respectivamente, dominados por ella, o dominadores de ella, nosotros habremos conseguido fácilmente una idea, bastante real y bastante exacta de lo que debe entenderse con la palabra salud, y una idea que es, además, aplicable a todas las exigencias diarias de la vida, incluso a !a propiedad de digerir los alimentos.

Precisamente tiene tanta importancia desde el punto de vista de la salud el digerir algiinos microbios como el digerir algunos alimentos, y, aunque la comparación es atrevida, resulta, sin embargo, justa, supuesto que la resistencia vital, y por consiguiente la salud, depende, principalmente, de la producción de fermentos que digieran y destruyan los microbios invasores.

Los verdaderos elementos que defienden nuestra salud: Desde el momento que se han establecido estos modos de pensar, como todos aquellos que se refieren a la salud de las generaciones presentes y futuras, hemos continuado avanzando en ellos, descubriendo en estos conceptos los verdaderos elementos, en algún grado, de nuestra salud. Hace varias décadas, Metchnikoff ha podido demostrar que los glóbulos blancos de nuestra sangre figuran entre los principales defensores de nuestra salud, supuesto que constantemente, día y noche, se han impuesto la obligación de descubrir, detener y matar inmediatamente todo género de microbios invasores. Metchnikoff designa, por esto, a los glóbulos blancos con el nombre de fagocitos o células que comen.

Resulta posible contemplar la realidad de la salud, en el más importante de sus aspectos, en la platina del microscopio o en la pantalla de un cinematógrafo. Un hombre sano, que ha salido de paseo, exponiéndose incautamente al aire de la noche—en sí mismo, tan delicioso como inocente—, ha sido picado por un mosquito hembra, que habiendo utilizado como alimento una o dos gotas de sangre, ha dejado en cambio, como recuerdo, un pequeño parásito del paludismo o malaria.

Este parásito intenta multiplicarse en la sangre del hombre, y desde este momento, nosotros podemos apreciar la salud y la enfermedad en forma visible, cara a cara y hasta enlazadas en mortal abrazo. Una gota de sangre de ente hombre, colocada en un porta-objeto calentado, pone bien de manifiesto la salud: observaremos, al microscopio, los glóbulos blancos atacando, engullendo, destruyendo, digiriendo o disgregando por completo en su interior, los negros parásitos representantes de la enfermedad. Una media hora de contemplar esta escena es bastante para que la salud y la enfermedad queden grabadas para siempre en la mente del espectador como cosas reales y positivas.

Un hecho evidentemente cierto, a pesar de estar sumamente generalizada la idea contraria, es el de que la salud o la vitalidad y la simple fuerza muscular no están en constante relación. Se puede admitir que los músculos de una persona dada, por ejemplo, los músculos de la expresión de la fisonomía, se encuentran mejor adaptados, ofreciendo mejor tono muscular, cuando esta persona tiene buena salud que cuando no la tiene; pero esto es cosa muy diferente que admitir que la salud debe ser alcanzada y sostenida por el desarrollo muscular.

Es indudablemente cierto que el ejercicio muscular o físico constituye un factor favorable a la salud, mejorando la función respiratoria, favoreciendo la digestión, distrayendo el espíritu, evitando el aburrimiento, facilitando el sueño, arrojando lejos las necias preocupaciones. Estos son fines de primer orden desde el punto de vista de la salud; pero, en el fondo, no tienen nada que ver con el número de centímetros que alcanza la circunferencia del brazo.

La gran fuerza vital de la débil mujercita que cría a Hércules: Un argumento final y abrumador en contra del punto de vista de ser la musculosidad y la fuerza vital términos equivalentes es el que suministra la comparación en este sentido de uno y otro sexo. Según este modo de pensar, la mujer sería menos sana que el hombre, o, por lo menos, tendría menos fuerza vital.

Ella es, según la frase consagrada, el débil vaso, o el sexo débil, como decimos generalmente. Y, sin embargo, en todos los tiempos, en todas las edades y en todos los lugares, en igualdad de las restantes condiciones,el tanto por ciento de mortalidad es más bajo en el sexo femenino que en el masculino. Encontramos dos o tres mujeres centenarias por cada hombre que haya llegado a los cien años.

Durante toda su existencia la fuerza vital de la mujer es superior a la del hombre. lilla resiste mejor el hambre la exposición al frío y la acción de calor; soporta macho mejor que el hombre las grandes pérdidas de sangre, los envenenamientos y las fatigas. Empleando el lenguaje de los boxeadores, podríamos decir que la mujer es más dura, soporta mejor el castigo que el hombre.

Cuándo debe despertarse por la mañana el hombre sano: Y ahora, permítasenos considerar una noche y un día de un hombre razonable y sano. De este modo no podremos deducir ninguna conclusión segura acerca del modo cómo él debe hacer frente a un ataque de pulmonía o a un acceso de vértigo; pero, desde algún punto de vista, deduciremos consejos para que gaste su tiempo mejor como le indicamos que no de otro modo.

Cuando el hombre sano se despierta por la mañana debe hacerlo de uu modo completamente espontáneo, por la sencilla razón de que ha dormido bastante, su cerebro ha descansado por completo, todos los venenos de la fatiga del día anterior han desaparecido por completo y su cerebro vuelve a estar, una vez más, listo e impaciente para la actividad espontánea.

El despertar puede ser rápido, o lento y gradual—esto parece constituir un detalle meramente individual—, pero es siempre un fenómeno natural y de origen interno. Además, en los casos en que el despertar va haciéndose de un modo gradual, esto debe constituir un hecho completamente placentero—siendo, por otra parte, este un rasgo que caracteriza, en todos los momentos, todos los actos del hombre sano—.

En algunas afortunadas personas, este período del despertar va acompañado de formas no habituales de actividad mental. Estas personas tienen, en este momento, ideas originales, componen tiradas de versos excelentes, componen frases musicales, o conciben diálogos brillantes, o trazan buenos argumentos de cuentos y novelas.

Además de lo que acabamos de decir, el hombre sano en el momento de despertar no guarda ningún recuerdo de ningún estado, parcial o total, de conciencia desde algunos minutos después del momento de haberse acostado la noche antes.

En otros términos, ha pasado una noche de un sueño continuo, del género inapreciable que no va acompañado de ensueños lo bastante intensos para que sean recordados en el momento de despertar. Es positivo que nosotros tenemos muchos ensueños que luego no se recuerdan, y hasta es muy posible que no haya ningún sueño sin ensueños, salvo el sueño producido por medicamentos. Pero estos sueños deben ser tan superficiales, digámoslo así, y tan vagos e incoherentes que no dejan ninguna huella, ni recuerdo al despertar.

Un apetito regular y vivo constituye una parte de la salud: Lo que si puede decirse es que si el ritmo del hombre sano es para desayunar al levantarse, debe ser porque en este momento esté ya preparado para ello, a causa de que tener un apetito intenso y reglamentado constituye una parte de la salud. A esto debe, sin embargo, añadirse que existen algunas condiciones respecto de este apetito.

En primer lugar, aun cuando no cabe duda de que la variedad del alimento es siempre bien recibida, ésta no debe ser una condición imprescindible, y el apetito debe ser para el alimento en sí mismo; es decir, debe ser verdadera hambre, y no un mero deseo de olfatear y de saborear los alimentos. El pan seco, por ejemplo, debe resultar un manjar delicioso.

No menos importante, tanto para el mismo hombre como para las personas que le rodean, es el hecho de que, aunque esté dispuesto para desayunarse en el momento de despertarse, no esté desesperado. Si el desayuno se retrasa sabe conservar su ecuanimidad. «La sangre fría dura poco por la mañana», pero esto no ocurre así. El ha dormido profunda y perfectamente en el aire puro y no le desagrada que se retrase el desayuno, o que haya alguna interrupción mientras se lo están sirviendo; es «dueño de sí mismo aunque caiga China».

El tiempo que debe dormir cada persona no puede ser medido por el reloj: En este momento, el lector podrá decirnos que hemos olvidado algo: ¿Cuánto tiempo debe dormir el hombre sano? Responderemos que es este un asunto que no conoce, ningún médico, y además que no les preocupa. Si nosotros conocemos el carácter y los efectos del sueño, no necesitamos conocer nada respecto de su duración; puede tener una duración de cinco horas—y no sólo tratándose de ancianos puede ser sólo de cuatro horas, y puede también prolongarse nueve horas—.

Las personas ofrecen una extraordinaria variabilidad desde este punto de vista, y hasta resulta extraordinariamente probable el que nosotros podamos entrenarnos de tal modo que lleguemos a comprimir mayor cantidad de sueño en un mismo tiempo, necesitando, por tanto, dormir menos tiempo El sueño no puede ser medido de un modo exacto con el reloj, porque éste no nos daría más que la longitud del sueño, y de ningún modo la profundidad, y ésta es de las dos cualidades del sueño la de mayor importancia.

El viejo proverbio dice que «una hora de sueño antes de la media noche vale por dos después de ella», y otro añade que la salud y otras cosas siguen a la costumbre de «acostarse pronto y levantarse temprano». Estas afirmaciones no son completamente exactas, aun cuando se encuentran bastante aproximadas a la verdad para resultar mucho más útiles que una doctrina abstracta. Eo que sí es completamente cierto es que las primeras horas del sueño son mucho más profundas y, por tanto, mucho más útiles que las últimas, como se ha podido demostrar por cuidadosos experimentos.

También habría mucho que decir a propósito de la doctrina de que si nosotros tenemos el hábito de acostarnos a una hora determinada es mejor que no sea demasiado tarde. No es la hora en absoluto, sino la regularidad y el método lo que realmente tiene importancia, por más de que sea necesario admitir que son muchas las personas capaces de desafiar impunemente estas reglas.

Fuente Consultada:
Colección Moderna de Conocimientos Universales –  La Salud – Tomo III – Editores W.M. Jackson , Inc.





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