Conquista del Río de la Plata

Guerras Civiles Entre Los Conquistadores del Peru

Reparto de Perú y Las Guerras Civiles Entre Los Españoles Conquistadores

La división del continente sudamericano en concesiones de conquista:

Después de repartido el rescate de Atahualpa, Hernando Pizarro recibió de su hermano Francisco la misión de trasladarse a la Metrópoli para comunicar al monarca el resultado de la empresa y entregarle el quinto que le correspondía.

Conquista peru atahualpa
Atahualpa

Al conocer los triunfos obtenidos por sus capitanes, Carlos V dividió los territorios sudamericanos, situados debajo de la línea ecuatorial, en cuatro distritos paralelos.

Las tierras adjudicadas a Francisco Pizarro en la capitulación de 1529, fueron ampliadas en setenta leguas de costa hacia el Sur, de modo que la gobernación de Nueva Castilla, que formaba el primer distrito, tenía 270 leguas de costa sobre el Océano Pacífico (mayo 4 de 1534).

Pizarro Francisco
Pizarro Francisco

El segundo fué concedido a Diego de Almagro con el nombre de Nueva Toledo. Tenía 200 leguas de costa sobre este océano y quedaba comprendido entre los paralelos 14 y 25 (mayo 21 del año 1534).

diego de almagro
Diego de Almagro

En esta misma fecha se concedieron los restantes distritos: Don Pedro de Mendoza recibió el territorio del Río de la Plata y doscientas leguas de costa sobre el Mar del Sur contadas desde el límite de la gobernación de Almagro; alcanzaba por el Sur hasta el paralelo 36º.

Simón de Alcazaba recibió el resto de la América hasta el estrecho de Magallanes, con el nombre de Nuevo León.

Se ha discutido si los dos primeros distritos llegaban hasta el Océano Atlántico. Debe entenderse que no, por cuanto las capitulaciones no lo dicen expresamente y se habrían lesionado los derechos de Portugal amparados por el tratado de Tordesillas.

En cambio, los dos restantes tenían costas sobre ambos océanos según resulta del texto de las respectivas concesiones.

Este reparto de la América del Sur, inspirado en sanos propósitos de expansión colonial, tuvo consecuencias insospechadas y fué la causa de la primera guerra civil del Perú (*).

Primera guerra civil. — La noticia del reparto llegó al territorio del Perú antes que los interesados recibiesen las cédulas reales correspondientes. Con tal motivo se suscitó la duda sobre la posesión del Cuzco, capital tradicional del Tahuantinsuyu y la ciudad más poblada de las regiones del Sur. Por sugestión de sus amigos, Almagro creyó que correspondía a su gobernación y el conflicto con Pizarro estuvo a punto de producirse.

Predominó, por fortuna, el buen sentido: toda discusión era prematura, pues, de acuerdo con la capitulación de 1529 y mientras no llegaran los despachos reales, Francisco Pizarro era el legítimo gobernador de todo el territorio’ conquistado.

(*) Las guerras civiles del Perú, que perturbaron la vida de esta colonia cuando aun no estaba asentada la dominación española (1537-48), no fueron los únicos episodios de esta índole que ocurrieron durante la conquista. En efecto, el carácter aventurero y bravio de los conquistadores, excitado por la codicia y la facilidad de sus triunfos, provocó sangrientos conflictos.

Los indios no fueron, pues, las únicas víctimas de la conquista; los conquistadores sufrieron también las consecuencias de su propia rudeza y la sangre castellana se derramó con igual prodigalidad en expediciones provechosas y estériles querellas intestinas.

Los conflictos producidos fueron numerosos, pero variaron de gravedad e importancia. Conocemos ya algunos de ellos, como la sublevación de los colonos de La Española contra Bartolomé Colón (1496-98) ; la conjuración de San Julián contra Hernando de Magallanes (1520) ; la desobediencia de Cortés, que Velázquez quiso castigar con la fracasada expedición de Narváez (1520). Hubo otros más, a los cuales nos referiremos en su oportunidad. Pero ninguno de ellos tuvo la importancia de las tres guerras civiles del Perú, como que en el transcurso de la última se sugirió la posibilidad de independizar a esta colonia.

Almagro comprendió la situación, desistió de sus propósitos y resolvió intentar la conquista de Chile, región sobre cuyas riquezas referían los indios noticias muy halagadoras (1535).

Hallábase empeñado en esta empresa, desalentado por las penurias de la marcha a través de la meseta boliviana, el N. O. argentino y la cordillera andina, fatigado por la resistencia de los naturales y disgustado por la pobreza mineral del territorio, cuando recibió cartas del Perú con interesantes noticias.

Hernando Pizarro había traído las cédulas correspondientes a los territorios peruanos. Fijaban la superficie de ambas gobernaciones en 270 y 200 leguas de costa, respectivamente.

Pero esta forma de adjudicación no permitía su inmediato deslinde. Nadie en el Perú poseía conocimientos de cosmografía ni de geodesia, y aunque el Cuzco quedaba dentro de la jurisdicción de Pizarro, los amigos de Almagro sostenían de buena fe que correspondía a la gobernación de su jefe.

Un error, nacido de la ignorancia y explotado por la antipatía que los. soldados de Almagro sentían hacia el afortunado Pizarro y especialmente contra su hermano Hernando, provocó la primera guerra civil (1537-38).

Almagro regresó con el propósito de reivindicar el gobierno del Cuzco. Su llegada coincidió con la más grave situación creada al Perú desde el comienzo de la conquista.

Los indígenas de las parcialidades vecinas al Cuzco se habían sublevado e iniciado el sitio de la ciudad, bajo las órdenes del Inca Manco, puesto en libertad por el codicioso Hernando Pizarro bajo la promesa de un fabuloso rescate, gemelo del de Cajamarca (febrero de 1536).

A la llegada de Almagro (marzo de 1537) los indios habían levantado el sitio para atender sus sembrados, pero se mantenían dispuestos a reanudarlo. Parte de la ciudad había sido incendiada; entre los españoles muertos durante el asedio, figuraba Juan Pizarro, hermano del gobernador.

La situación no era propicia para reivindicar derechos. Almagro lo entendió así y convino con Hernando Pizarro en diferir la solución del conflicto hasta que se fijaran los límites de ambas gobernaciones.

Pero los aprestos militares de aquel jefe, cuyas antipatías hacia él eran notorias, lo indujeron a posesionarse de la ciudad por sorpresa. Hernando y Gonzalo Pizarro quedaron, pues, prisioneros (abril 8 de 1537).

La toma del Cuzco fue el preludio de la guerra civil; su primer hecho de armas, la victoria de Abancay sobre las huestes de Alonso de Alvarado, teniente de Pizarro. La astucia del gobernador de Nueva Castilla y el carácter tolerante de su rival demoraron el rompimiento armado por espacio de varios meses.

Se iniciaron gestiones de acercamiento; hubo una conferencia entre ambos contendientes; Almagro puso en libertad a Hernando Pizarro (Gonzalo se había fugado) y hasta aceptó el arbitraje del padre Bobadilla, a quien creía un arbitro imparcial cuando era un simple agente de Pizarro.

Bobadilla resolvió el conflicto en forma perjudicial para los intereses de Almagro y le impuso la devolución del Cuzco, hasta que se determinara sobre el terreno la línea divisoria de las dos gobernaciones.

La batalla de las Salinas librada en los alrededores de la ciudad cuestionada, epilogó el conflicto (abril 6 de 1538). Vencedoras las tropas de Hernando Pizarro, los almagristas fueron dispersados y muerto el capitán Rodrigo de Orgóñez que los mandaba.

batalla de las salinas
Batalla de las Salinas

Almagro se rindió y pagó con su vida el error que había cometido. Procesado bajo la inculpación de haberse alzado en armas contra el legítimo gobernador, se le condenó sin apelación a sufrir la pena de garrote por el delito de traición (julio 8 de 1538). Ejecutada la sentencia, su cadáver fue decapitado.

Pizarro entró en el Cuzco después de cumplida la sentencia y afectó un profundo sentimiento. Su hermano Hernando marchó a España en 1539.

Acusado por los amigos de Almagro, el Consejo de Indias inició contra él un proceso y decretó su prisión. Permaneció encarcelado durante 20 años hasta que Felipe II ordenó su libertad (1560).

Tres años de tranquilidad. Después de la ejecución de Almagro, el Perú entró en un período de tranquilidad.

El gobernador intentó atraerse a la gente de Chile, como solía llamarse a los almagristas, pero éstos se mantuvieron alejados de él, si bien se abstuvieron de hacer manifestaciones de protesta; en un principio por razones elementales de prudencia; luego, por la noticia de que el Emperador había designado a Cristóbal Vaca de Castro, miembro de la Audiencia de Valladolid, para investigar los recientes sucesos y fijar responsabilidades.


Pizarro gobernó pacíficamente durante tres años los territorios de Nueva Castilla y Nueva Toledo.

Datan de esta época las expediciones de Pedro de Valdivia y Gonzalo Pizarro, a Chile y regiones orientales de Quito, respectivamente, y la fundación de las ciudades de Charcas o Chuquisaca (hoy Sucre) y Arequipa (1540).

Entretanto, el barco que conducía a Vaca de Castro se había apartado de la ruta habitual y la demora hizo creer a los colonos que el comisionado regio había perecido en un naufragio.

Los almagristas, que cifraban en él todas sus esperanzas, decidieron hacerse justicia por sí mismos. Bajo la dirección de Juan de Rada tramaron un complot para asesinar a Francisco Pizarro en su palacio de Lima.

El 26 de junio de 1541 los conjurados asaltaron la residencia del gobernador. Pizarro y su hermano Francisco Martín de Alcántara fueron muertos por los asaltantes. Un hijo natural de Almagro, de su mismo nombre y a quien los cronistas llaman Diego de Almagro el Joven o el Mozo, quedó al frente del gobierno.

La segunda guerra. — El asesinato de Pizarro provocó nuevos disturbios. Almagro fué reconocido como gobernador en casi todo el territorio, pero los pizarristas preparaban secretamente la venganza. La llegada de Vaca de Castro, favoreció sus planes.

Las instrucciones de la Corona lo autorizaban para asumir el gobierno en caso de que Pizarro hubiese muerto.

Procedió, pues, de acuerdo con ellas e hizo reconocer su autoridad en Quito y demás poblaciones del Norte.

Almagro se había retirado al Cuzco para reorganizar sus tropas. Vaca de Castro penetró en Lima (1542) y organizó un pequeño ejército.

El deseo de impedir la efusión de sangre evitó momentáneamente el desenlace violento que se esperaba. Almagro y Vaca de Castro intentaron inútilmente un avenimiento pacífico.

Fracasadas las negociaciones, sus ejércitos chocaron en la llanura de Chupas, próxima a la ciudad de Guamanga. Quinientos cadáveres quedaron sobre el campo de batalla (septiembre 16 de 1542).

Almagro fué vencido, apresado por las autoridades del Cuzco y decapitado en la plaza principal de la ciudad.

Restablecido el orden, el gobernador pudo dedicarse de lleno a fomentar el bienestar y progreso de la colonia. Desgraciadamente la paz no excedió de dos años.

Las Ordenanzas de 1542. El Virreinato. — La situación interna del Perú vino a complicarse en forma inesperada por la sanción de las ordenanzas de 1542 sobre el régimen de las encomiendas.

Fruto de una de las frecuentes reacciones del espíritupúblico frente a los excesos de la conquista, las Nuevas Leyes, como también se las llama, fueron provocadas por la publicación de un libro del padre Las Casas, titulado Brevísima relación de la destrucción de las Indias.

De acuerdo con la nueva reglamentación, las encomiendas, debían concederse con carácter vitalicio, es decir, por la vida del agraciado; se suprimían las otorgadas a las iglesias o monasterios y a los individuos que ejerciesen altos cargos gubernativos; quedaba prohibido el trabajo forzado en las minas y pesquerías de perlas; se suprimía el servicio personal de los indios y, como castigo por los recientes sucesos, se privaba de ellas a los conquistadores «más culpados» por su activa participación en las dos guerras civiles del Perú.

Para facilitar el cumplimiento de las nuevas leyes se creó una Real Audiencia en’la ciudad de Lima y se modificó el régimen político del Perú. Todo el territorio fué organizado en Virreinato y se designó como primer Virrey a Blasco Núñez de Vela.

La tercera guerra. — Las ordenanzas de 1542 herían los intereses de los conquistadores en general y especialmente de los del Perú. Las guerras civiles habían apasionado los ánimos de todos; no había español que directa o indirectamente no hubiese participado en ellas.

Por esta sola circunstancia, librada a la apreciación del Virrey y de la Audiencia, quedaban privados de las encomiendas, es decir, empobrecidos y sin perspectivas de mejorar su situación.

Serias protestas estallaron al tenerse conocimiento de las nuevas leyes; todos las reputaban desconsideradas e injustas. Blasco Núñez de Vela, hombre de temperamento rígido y violento, se manifestó dispuesto a implantar a toda costa el nuevo régimen. Así lo demostraron sus primeros actos de gobierno:

libertó a los indios que supuso mal encomendados, privó a los conquistadores de sus concubinas indígenas, confiscó caudales, amenazó con la horca a quienes reclamaran de sus resoluciones y asesinó en su palacio al factor Suárez de Carvajal.

La Audiencia y los oficiales reales se indispusieron con él y la protesta pública tomó los caracteres de un alzamiento popular, que acaudilló Gonzalo Pizarro (1544).

Las huestes insurrectas avanzaron hacia Lima; la Audiencia depuso y aprisionó al Virrey, pero no pudo impedir que Pizarro se hiciera reconocer como gobernador del Perú.

El conflicto parecía conjurado. Pero el Virrey recuperó la libertad (1544), levantó un ejército (1545) y chocó en Añaquito con las tropas de Gonzalo Pizarro (enero de 1546).

Núñez de Vela fue vencido y decapitado sobre el mismo campo de batalla. Suárez de Carvajal, quedaba vengado. En efecto, fue su hermano quien exigió su muerte.

La gravedad del suceso no escapó a los amigos del vencedor y uno de sus capitanes llamado Francisco de Carbajál, le insinuó un proyecto temerario que Pizarro no aceptó: la independencia del Perú y el casamiento con una princesa incásica para legitimar su autoridad ante los indios.

He aquí cómo una guerra civil originada por causas económicas, a diferencia de las anteriores que respondieron tan sólo a razones políticas, estuvo a punto de provocar ¡a pérdida de la más rica colonia antes de haber transcurrido tres lustros de su conquista.

Misión de La Gasca. — Al saberse en España los primeros episodios del alzamiento acaudillado por Pizarro, las autoridades se alarmaron, temerosas de sus posibles consecuencias.

El Infante Don Felipe, que por ausencia del Emperador desempeñaba la Regencia, recibió instrucciones para revocar las ordenanzas(1545) y designó pacificador del Perú a una de las figuras más interesantes y curiosas de la Historia Colonial: el licenciado Pedro de La Gasca.

Sacerdote y juez eclesiástico, el emisario real vino con amplios poderes, sin soldados ni cortejo alguno, ni otro título que el de Presidente de la Real Audiencia de Lima.

Traía, en cambio, poderes amplísimos. En menos de dos años consiguió, sin embargo, pacificar el Perú revelando estimables condiciones de diplomático y hombre de gobierno.

Apenas llegado, supo captarse las simpatías generales, aun por parte de los subalternos de Pizarro. En Panamá pudo disponer de su escuadra y la utilizó para reclutar hombres en Nicaragua y colonias vecinas.

Varios barcos fueron empleados más tarde para recorrer las costas peruanas, anunciando su llegada, la revocación de las nuevas leyes y el perdón concedido a cuantos depusieran las armas.

El espíritu público recibió con agrado estas noticias. Los sublevados se habían impuesto por el terror y cometido innumerables abusos: más de trescientos españoles fueron asesinados o ejecutados como enemigos de la revolución.

El anuncio de un período de orden y tranquilidad despertó las simpatías generales. Derogadas las ordenanzas, la insurrección, popular en sus orígenes, dejaba de serlo y resultaba innecesaria.

De todas partes acudieron soldados para engrosar las huestes del Rey: Benalcázar vino desde su gobierno de Popayán; Valdivia desde el lejano Chile.

La derrota de Pizarro era inminente, y aunque su segundo, Francisco de Carbajal, la figura siniestra de la rebelión, apodado por sus crímenes el «demonio de los Andes», venció a Diego Centeno en Huarinas, cerca del lago Titicaca (octubre 20 de 1547), no era difícil comprender que el desenlace de la guerra civil se aproximaba.

La Gasca avanzó hacia el Cuzco y los rebeldes lo esperaron en el valle de Sajsawaman a cinco leguas de la ciudad. La batalla no se produjo y se limitó a una serie de movimientos que decidieron la deserción en masa de las tropas insurrectas, deseosas de acogerse a la amnistía concedida (abril 18 de 1548).

Pizarro rindió su espada; Carbajal fue aprisionado en la fuga; ambos fueron decapitados. Así terminó la tercera guerra civil.

Al cabo de dos años, La Gasca regresó a España; dejaba pacificada la colonia y concluida su misión. Tras un breve interinato de la Real Audiencia, asumió el mando el Virrey Don Antonio de Mendoza (septiembre 23 de 1551), funcionario que había inaugurado el virreinato de Nueva España (1534) y revelado estimables condiciones de estadista y hombre de gobierno.

Fuente Consultada:Curso de Historia Colonial Americana y Argentina de J.N. Saenz Valiente Editorial Estrada


La Noche Triste Conquista del Imperio Azteca Por Cortes Monteczuma

La Noche Triste en la Conquista del Imperio Azteca

Cortés tomó de nuevo el camino haciaTenochtitlán. Al día siguiente, la tormenta estallaba en toda su violencia y el pueblo en armas, entabló terrible combate en torno al templo de Huitzilipochtli.

Los españoles consiguieron apoderarse del edificio, pero Cortés se percató en el acto de que su Única esperanza estaba en abandonar la dudad.

Un suceso inesperado, acontecimiento capital en aquellos momentos, había trastornado la situación: la muerte de Moctezuma.

El soberano había exhortado a sus súbditos a cesar las hostilidades, pues todo lo que había sucedido respondía a la voluntad de los dioses.

Sus palabras causaron efectos contraproducentes; el silencio respetuoso de la multitud se trocó de súbito en rabiosa cólera y sobre el tejado llovieron flechas y piedras.

Herido en la cabeza, Moctezuma perdió el conocimiento y pocos días después murió. Sobrevino la “noche triste”, uno de los episodios más dramáticos de la historia de la conquista. Los españoles abandonaron el palacio en que se habían atrincherado. Llegados al dique, los españoles oyeron una señal concertada de antemano y, en el acto, el sordo estruendo de los tambores de guerra.

El enemigo iniciaba la ofensiva: los aztecas atacaban a los españoles por la espalda y por ambos flancos los hostigaban guerreros embarcados en canoas.

A la mañana que siguió a aquella noche terrible comprobó, al pasar revista a sus tropas, que más de la mitad de los efectivos habían caído ante el enemigo o fueron hechos prisioneros. Los reveses sufridos durante la “noche triste» señalan un hito en la carrera del conquistador y en la historia de la colonización española en América.

Cortés se había percatado de que el único modo de reducir la capital azteca a la capitulación era aislarla completamente de las orillas del lago, y así, decidió apoderarse de las ciudades situadas en las riberas del Texcoco, y primero construir luego embarcaciones que permitieran una ofensiva directa a la ciudad; en tercer lugar, proyectó cortar el acueducto que llevaba agua potable a Tenochtitlán.

PARA SABER MAS…
LA TERRIBLE VENGANZA DE LOS AZTECAS

Ya en el camino de regreso a México- Tenochtitlan, después de la ludia contra Narváez, Cortés recibe noticias inquietantes. Durante su ausencia, estalló en la capital azteca una rebelión: de la pequeña guarnición española que dejara quedaban pocos hombres, ahora prisioneros de los indios.

Moctezuma había esperado el buen momento, había aceptado la coexistencia con los conquistadores en tanto no podia hacer otra cosa. Mas el jefe blanco se ocupaba ahora en combatir a otros hombres de su misma raza. Moctezuma también sabría aprovecharse de las divisiones en el campo enemigo.

Para sorpresa de Cortés, ninguna fuerza azteca impide su entrada en la capital.

—»Ya la primera vez fue así» —dice él—. El conquistador no imaginaba la trampa en que caería cuando la tropa española ya estaba dentro de la ciudad, de todas las casas próximas surgieron guerreros indios, fuertemente armados. La capital es sitiada por sus propios moradores y todo camino de ida queda impedido a los españoles.

La situación de éstos se hace cada vez más crítica, el cerco se prolonga los víveres comienzan a escasear en-::e ellos. Cortés inicia tratativas con Moctezuma, quien nuevamente pactaba —o fingía pactar— con los invasores. El soberano azteca es invitado a pronunciar un discurso a su pueblo.

Apenas aparece en la terraza le gritan: «¿Qué quiere de nosotros Moctezuma, mujer de los españoles?», y es Acamado mortalmente por una lluvia   de piedras. El pueblo azteca ya no lo aceptaba más como líder. Prefería la rebelión declarada contra los ocupantes a la complicada diplomacia de Moctezuma.

Agotado ese intento, sólo queda a Cortés una alternativa desesperada: romper el cerco enemigo. Para ello es necesario atravesar los puentes y canales de la ciudad, con todos los hombres y además el pesado equipo de guerra. La retirada se produce en condiciones dramáticas. De cada diez españoles, uno apenas consigue llegar a la otra orilla. Los demás mueren acribillados por las flechas o simplemente ahogados.

Muchos de los retrasados que recorrían todavía los templos en busca de las piezas de oro azteca también fueron hechos prisioneros por los indios y sacrificados en masa.


NUEVO CERCO: ESTA VEZ DE LOS ESPAÑOLES

La «noche triste» —como los españoles llamaron a la retirada— es la madrugada del 30 de junio de 1520. Con los efectivos bastante reducidos, Cortés decide reorganizar sus fuerzas rápidamente. Da la batalla de Otumba. Llegan refuerzos de Jamaica, de las Canarias e incluso de España. «Mi concepto no debe ser tan malo por aquellos lados», dice Hernán. Mas no tiene tiempo para preocuparse por su fama. Todas las fuerzas deben concentrarse en la reconquista de México.

En abril del año siguiente, Cortés tiene a su vez ocasión de establecer el sitio: durante tres meses la ciudad es aislada, privada de víveres y agua potable. En el mes de agosto, Cortés atraviesa los puentes y, después de encarnizado combate, hace prisionero a Cuauhtémoc («Águila que desciende» es la traducción de su nombre), el segundo sucesor de Moctezuma. Llevado a presencia de Cortés, levanta la cabeza, altivo: «Vengo obligado a verte porque soy prisionero de tus hombres; toma la espada que traes en la cintura y mátame!»

No se sabe ciertamente si el jefe azteca fue ejecutado en esa ocasión o mucho más tarde. Según algunos historiadores, Cortés lo habría torturado para que revelase el escondrijo del tesoro real y lo hizo perecer tres años después, durante una expedición.

Hernán Cortés es ahora señor absoluto de México. Instalado en suntuoso palacio, tiene una corte de servidores indígenas. El conquistador parece haber realizado su viejo sueño. Falta sólo el reconocimiento oficial de su hazaña. El 15 de octubre de 1522, un enviado del rey se anuncia. Llegándose hasta donde lo espera Cortés, desenrolla un mensaje y lee:

«Agradeciéndoos la bravura, el coraje y la fidelidad que demostrasteis para con la corona, yo, Carlos, rey de España, de Alemania y de Flandes, soberano emperador de Roma, os nombro gobernador y capitán general de Nueva España, con plenos poderes para gobernar y explorar las nuevas tierras».

Es el triunfo; la suprema consagración del empecinado conquistador.

Fuente Consultada: Historia Universal de Carl Crimberg